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| Paul Adler |
LAS CORRIENTES
Paul Adler
A los contemporáneos
Contemporáneos,
¿no veis pasar precipitadamente
el prodigio más formidable,
el arrollamiento, ay, y la devastación?
El
Tiempo, que ahoga al mundo entero. Por sus orillas
se persiguen las primaveras como niños.
Los veranos irrumpen con cuchillos; los días, para acortar
la vida oscura, como si fueran todos días de invierno.
—Y sucede
que todos nosotros hemos naufragado;
no una sola vez; no: naufragios
de Las mil y una noches,
y junto a ellos, mástiles que se desploman en cada
ola, con cada helada.
Y que
nosotros, entre los hielos a la deriva, vimos
a nuestra otra mitad: los muertos.
La cabeza de nuestro padre,
ahora —¡no hay salvación!— hundiéndose en las profundidades,
y nuestros tíos, nuestros primos,
con las manos amoratadas.
—¿Qué
queremos todavía en medio de esta devastación, hermanos?
La corriente
ha sido desviada hacia el mal;
su curso se precipita hacia donde nosotros no debemos estar.
¿Qué
gritamos desde nuestros escombros?
La inundación
ha resultado vencedora.
¡Un
barco,
compañeros!
¡Nuestro país entero por un barco!
Compañeros,
que el cielo os conceda
lo que ahora me concede a mí:
¡un nuevo
viaje!
¡Una vela
blanca en el viento del cielo!
¡Lejos del encallamiento,
rumbo a una fuente paradisíaca!
A mí me
arrebató, amigos, la otra corriente.
Me
arrebató, confluyendo desde cien fuentes,
aquella largamente perdida:
un camino
de sirga, derecho,
entre los nomeolvides
y las golondrinas que pasan como flechas.
¡Alabada
sea!
—Y que os
sea concedido también a todos vosotros, hermanos,
su afluente más poderoso:
El que
colma
—cuyo nombre todavía no os digo—.
El que
asciende:
ya no escoria
ni roca muerta;
no, colmado de calor
y de sales.
El que
nos desborda,
fuente medicinal sobre nuestras mejillas
desgarradas—
la flecha
del cielo.
El que ya
no está sepultado; no:
el que asciende ahora
hacia la gloria
del Padre.
Su
prodigio sublime:
¡el
surtidor de lágrimas!
¡BASTA! ¡BASTA!
Ah,
¿existe un Dios? — ¡Y también aquí esta miseria!
¡Una y otra vez esta muerte que vuelve una y otra vez!
La muerte del corazón y el engaño más profundo.
¿Y no
bastaba ya con todo eso?
¿Para
qué, entonces?
¡Tierra!
Sorda y ciega.
¡Qué
padre eres, Dios del cielo, para tu hijo!
Y tú no
piensas, Sangre, que estamos llorando.
Oh, ni la
peor escoria trataría así
a su criatura, a su niño.
¿Qué
asesino no moriría por ello
de dolor y arrepentimiento?
¡Oh,
basta!
¡Basta!
¡Basta!
La luz se
extinguió.
Yo,
ciertamente, te amé, Cristo.
Pero tú
no me amaste.
Te
lamentas diciendo que eres nuestro amigo.
Es al
revés, Mesías:
somos
nosotros, completamente solos,
quienes morimos todos por ti.
—¡Y como
si no bastara
con que tengamos que morir!—
Llega la
Pascua,
y tú estás en alguna parte del éter
y eres llorado.
Pero
maldito por el Padre
e inmóvil.
¡Cuántas
Pascuas han pasado!
Y no
regresaste,
amigo nuestro.
¿Sombras?
¿Rayos?
¿Ningún cuerpo?
—¿Y Tomás
no te tocó?
¿No te
tocó la prostituta,
ahora, en el jardín?
Y aquel
era, sin embargo, un santo.
¿Y yo?
¿Soy yo
el malvado?
Soy un
pobre desgraciado,
no un perro.
Y jamás
mataría a un gusano
con una millonésima parte de la astucia
—ni
asesino alguno
heriría de tal manera a unas moscas—
con la
que tú, Dios,
nos tratas a todos.
Tu
morada, como en la locura.
—Y si tu
obra cotidiana nos parece cierta
—tu criatura, de la cual dijiste:
«Es buena»—,
mira
entonces cómo seduce,
igual que tú mismo.
Y jamás
llegará a ser bueno
tu trabajo.
Revienta
por la mordedura del Diablo.
Somos
inocentes.
Todos
pequeños corderos.
Nos
amamos.
Y tú no
lo permites.
Nos
amamos según tu mandamiento.
Pero
entonces vienes tú,
demente guardián de dementes,
y lo
matas todo.
A tu
alrededor,
hoy o mañana.
Y
eternamente
solo amas la Nada.
Es
Pascua, Redentor.
Y el
mundo tiembla
en la misma angustia.
Y hay
sepulcro.
Y el
Diablo reina
con mucha mayor seguridad que Tú,
(Padre e
Hijo).
Y penetra
en tu vino y en tu pan.
¿Dónde
está el «Consolador», Señor?
—Y tú,
Jeschuh ben Josef,
¿te limitarías a contemplarlo?
¡No!
—Al menos
si fuiste
un hombre
y un judío.
¿Y Tú te
engrandeciste
sobre este cadáver
que reventó?
¿¡Espíritu
y llama!?
—Pero ¿no
eres Tú
quien divide todo nuestro saber
sobre este polvo?
—¡Y como
si no bastara
con que tengamos que morir!
.........
Traducción del alemán: Clarita de Bustamante

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