viernes, 4 de septiembre de 2026

poemas de Paul Adler

 

Paul Adler


LAS CORRIENTES

Paul Adler

A los contemporáneos

Contemporáneos, ¿no veis pasar precipitadamente
el prodigio más formidable,
el arrollamiento, ay, y la devastación?

El Tiempo, que ahoga al mundo entero. Por sus orillas
se persiguen las primaveras como niños.
Los veranos irrumpen con cuchillos; los días, para acortar
la vida oscura, como si fueran todos días de invierno.

—Y sucede que todos nosotros hemos naufragado;
no una sola vez; no: naufragios
de Las mil y una noches,
y junto a ellos, mástiles que se desploman en cada
ola, con cada helada.

Y que nosotros, entre los hielos a la deriva, vimos
a nuestra otra mitad: los muertos.
La cabeza de nuestro padre,
ahora —¡no hay salvación!— hundiéndose en las profundidades,
y nuestros tíos, nuestros primos,
con las manos amoratadas.

—¿Qué queremos todavía en medio de esta devastación, hermanos?

La corriente ha sido desviada hacia el mal;
su curso se precipita hacia donde nosotros no debemos estar.

¿Qué gritamos desde nuestros escombros?
La inundación
ha resultado vencedora.

¡Un barco,
compañeros!
¡Nuestro país entero por un barco!


Compañeros, que el cielo os conceda
lo que ahora me concede a mí:

¡un nuevo viaje!

¡Una vela blanca en el viento del cielo!
¡Lejos del encallamiento,
rumbo a una fuente paradisíaca!

A mí me arrebató, amigos, la otra corriente.

Me arrebató, confluyendo desde cien fuentes,
aquella largamente perdida:

un camino de sirga, derecho,
entre los nomeolvides
y las golondrinas que pasan como flechas.

¡Alabada sea!

—Y que os sea concedido también a todos vosotros, hermanos,
su afluente más poderoso:

El que colma
—cuyo nombre todavía no os digo—.

El que asciende:
ya no escoria
ni roca muerta;
no, colmado de calor
y de sales.

El que nos desborda,
fuente medicinal sobre nuestras mejillas
desgarradas—

la flecha del cielo.

El que ya no está sepultado; no:
el que asciende ahora
hacia la gloria
del Padre.

Su prodigio sublime:

¡el surtidor de lágrimas!



¡BASTA! ¡BASTA!

Ah, ¿existe un Dios? — ¡Y también aquí esta miseria!
¡Una y otra vez esta muerte que vuelve una y otra vez!
La muerte del corazón y el engaño más profundo.

¿Y no bastaba ya con todo eso?

¿Para qué, entonces?

¡Tierra! Sorda y ciega.

¡Qué padre eres, Dios del cielo, para tu hijo!

Y tú no piensas, Sangre, que estamos llorando.

Oh, ni la peor escoria trataría así
a su criatura, a su niño.

¿Qué asesino no moriría por ello
de dolor y arrepentimiento?

¡Oh, basta!

¡Basta! ¡Basta!

La luz se extinguió.

Yo, ciertamente, te amé, Cristo.

Pero tú no me amaste.

Te lamentas diciendo que eres nuestro amigo.

Es al revés, Mesías:

somos nosotros, completamente solos,
quienes morimos todos por ti.

—¡Y como si no bastara
con que tengamos que morir!—

Llega la Pascua,
y tú estás en alguna parte del éter
y eres llorado.

Pero maldito por el Padre
e inmóvil.

¡Cuántas Pascuas han pasado!

Y no regresaste,
amigo nuestro.

¿Sombras? ¿Rayos?
¿Ningún cuerpo?

—¿Y Tomás no te tocó?

¿No te tocó la prostituta,
ahora, en el jardín?

Y aquel era, sin embargo, un santo.

¿Y yo?

¿Soy yo el malvado?

Soy un pobre desgraciado,
no un perro.

Y jamás mataría a un gusano
con una millonésima parte de la astucia

—ni asesino alguno
heriría de tal manera a unas moscas—

con la que tú, Dios,
nos tratas a todos.

Tu morada, como en la locura.

—Y si tu obra cotidiana nos parece cierta
—tu criatura, de la cual dijiste:
«Es buena»—,

mira entonces cómo seduce,
igual que tú mismo.

Y jamás llegará a ser bueno
tu trabajo.

Revienta
por la mordedura del Diablo.

Somos inocentes.

Todos pequeños corderos.

Nos amamos.

Y tú no lo permites.

Nos amamos según tu mandamiento.

Pero entonces vienes tú,
demente guardián de dementes,

y lo matas todo.

A tu alrededor,
hoy o mañana.

Y eternamente
solo amas la Nada.

Es Pascua, Redentor.

Y el mundo tiembla
en la misma angustia.

Y hay sepulcro.

Y el Diablo reina
con mucha mayor seguridad que Tú,

(Padre e Hijo).

Y penetra
en tu vino y en tu pan.

¿Dónde está el «Consolador», Señor?

—Y tú,
Jeschuh ben Josef,
¿te limitarías a contemplarlo?

¡No!

—Al menos si fuiste
un hombre
y un judío.

¿Y Tú te engrandeciste
sobre este cadáver
que reventó?

¿¡Espíritu y llama!?

—Pero ¿no eres Tú
quien divide todo nuestro saber
sobre este polvo?

—¡Y como si no bastara
con que tengamos que morir!

.........
Traducción del alemán: Clarita de Bustamante


 

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