Enunciaciones de Gloria Posada
Víctor Bustamante
Cuando se lee un libro de poemas, por supuesto que hay
temas fundamentales que atraviesan sus páginas, pero, encriptados también
existen a través de esa escritura precisa que no permite dislocaciones, nada
menos que sugerencias, puertas que se abren y se complementan luego, en senderos
en los cuales se escribe un poema que al juntarlos indican que estos fragmentos
en apariencia sueltos como un poetizar autónomo, dan la nota casi secreta de su
autor. De ahí que ninguno de ellos, así acuda a un hermetismo como un escudo
protector, o a cualquier ética literaria, escapa a esa posibilidad de ser
interpretado, es más cada lector da su exégesis de esa fragmentación dentro de
la aparente disolución de cada texto cuando se lee.
A través de la escritura se filtran y persisten
exhortaciones personales, limaduras de la noche, pensamientos breves, indicios
de cierta ambigüedad, pero también huellas firmes que denotan la fuerza con que
fueron escritas, y por supuesto sugerencias leves que el autor no se permite
seguir; todo lo anterior, mejor, traza los senderos presentes de la escritura
de una autora en toda la sensatez de su presencia.
De ahí que al leer Enunciaciones
de Gloria Posada (Colección Respirando el verano, 2026), es notoria la
temática que envuelve a su autora, visible en la piel inicial de sus poemas.
Ella inicia reclamando, Invocan a los
ausentes / tocan puertas/ bautizan tierras y
cuerpos. Creen /que pueden nombrar / el silencio. ¿Quiénes son aquellos que
invocan, tocan, bautizan, creen?, lo digo por el
tono de reconvención ya que uno espera luego que haya un punto certero donde
ella nos lo descubra. De tal manera que en es primer poema escueto que abre el
libro nos queda esa duda, esa pregunta donde no se dijo quiénes eran ellos, que
aprecen ser quienes detentan el poder de invocar, tocar, bautizar, creer; eso
si no pueden de ninguna manera abarcar el territorio del silencio, ya que este está
vedado solo para otra clase de espíritus de alto vuelo, pero continúa la
pregunta, ¿quiénes son ellos?, pregunta que se mantendrá a flote hasta que
llegamos a la página 25 donde: Creen en
la justicia / Buscan la verdad / Dan amor a los oprimidos.
Por supuesto son los verdugos quienes llegan pisando
fuerte e imponiendo no solo su malestar sino su proceder del desalojo y del
miedo.
Al no titular cada uno de sus poemas, da la impresión que
estos fragmentos, pensamientos, o invocaciones, constituyeran el lento movimientos
del pulso de un río que va lento en las noches no
de su desvelo, sino de la vida; río que se arrastra lento, inmisericorde, y que
no merece ser nombrado sino escrito durante varios años en que Gloria va
pulsando su creatividad hasta formar un puñado de poemas que son síntesis,
pueden ser de un solo poema, donde hay diversas facetas, diversas preocupaciones
y poderosos reclamos. De ahí que en estos enunciados en su conjunto se convierten
en una expresión no un simple conjunto de palabras que comunican una idea
completa sino por el contario una summa de sus preocupaciones esenciales.
Entonces, aparecen ciertas preguntas —debido a la incertidumbre
y a su nervio punzante—, ya que la síntesis de esos poemas está no sólo patente
sino que prosigue en su intensidad por la misma identidad casi hierática
notoria nada menos que en sus regresos, en constatar por la palabra como
recurso tan personal para decir, para expresar, para esconderse o sobreaguar en
la incertidumbre o en los titubeos y parsimonias ineludibles cuando se quieres
expresa muchas veces lo inexpresable, que es aquellos caminos donde la poeta, sii,
Gloria se inmiscuye, caminos a veces áridos, donde ella poco a poco reaparece
en medio de soledades y dudas y en la propia incertidumbre de ese poema que es extraño
en este libro, digo extraño por la dubitativa integración de él junto a poemas
donde la soledad, la identidad de la palabra y la soledad o a veces el testimonio
de situaciones se describe dentro de esta escritura limada para dejar las asperezas
de lado:
Un hombre dice que soy mujer
Un padre dice que soy hija
Un niño que soy madre
Un maestro que soy alumna
Un industrial que soy obrera
Un médico que soy enferma
Un gobernador que soy ciudadana
Un amo que soy esclava
Un fantasma me ha dicho que no existo.
Digo que este poema es extraño dentro de la escritura de este libro, por algo sórdido, su final donde luego de los diversos niveles de significación, de ver como diversos hombres la definen, la recuperan en sus indecisiones, ella parece fustigarlos por el oficio que le otorgan. Es como si existiera en ella una reconvención, ya en el último verso un ser etéreo, fantasma de medianoche, le dice a ella que no existe. Es decir, ese yo acepta la disolución final en esa pasmosa pasividad de la poeta que acepta ese destino dentro de su escritura y lo confiesa sin ningún atisbo de recuperar otro estado dentro de esa lasitud que indica una propia derrota. Cada uno de esos hombres la rotulan y le definen un lugar, como si cada uno de ellos dieran un veredicto, y ella aquí los señalara sin reconvenciones, pero si con esa duda que reaparece ante el otro que solo ve y define apenas una parte de su totalidad.
En esta escritura en marcha, apasionada y sin sosiego,
Gloria María persiste en su oficio, que es decirnos, desde su lejanía, que está
presente en la palabra, su palabra, esa que tanto la embarga y la recobra. Ella
insiste: No es retocar la palabra / ni
hablar hermosamente / hasta conmover espíritus y carnes. En este poema, uno
de los más reflexivos ella lo remata de una manera certera: No es una división entre el decir y el hacer
/ Es el ser /un acto indivisible del vivir. O sea, la desicion de la poeta,
es que ambiciona escribir con exactitud, con respeto y sobre todo con sinceridad, con ese peso específico
que exige que la poesía sea el acto más puro que exprese al ser, ese ser que
debe ser uno solo cuando escribe desde
el fondo, eso sí sin vacilaciones pero sí con esa
entrega total, con esa pasión y sobre todo como la llegada al ser , así mismo
porque la poesía exige esa definición única, sin exhibiciones, ser uno mismo,
ante cualquier escollo, para que la palabra inscrita dentro de uno mismo,
dentro del ser se pronuncie con todo el peso con que no se merodea por zaguanes
y recintos ajenos sino propios, vividos hasta el desespero y es cuando la
palabra debe pronunciarse para no ahogarse en ella no como decorado, ya que en
Gloria la palabra no es servidumbre ni fatiga sino lucidez en el umbral de la
memoria.
Eso sí a través del texto hay una herida que traspasa
algunos poemas que como unidad son no su marca de agua sino su huella, su
herida, su dolor, es decir la perseverancia en exorcizar al mencionarlos
Después, llega la otra lectura, la de aquel poema que está
inscrito, casi secreto, entre los otros, ya que cada libro quiérase o no, es un
palimpsesto que guarda varias aristas sueltas que entregan una significación peculiar.
Podría ser una insólita ruptura que está a la vista del curioso lector que se
rebela al releer y que delimita un intervalo donde surge la herida invisible en
toda su dimensión. Esta herida es vuelta a encontrar en la diversidad de los
poemas donde surge con esa fuerza de reclamo, es decir nada más que este dolor
cuya alteridad se confunde con la escritura misma en todos los senderos que la
llegan a tramitar. Entonces de repente ese otro secreto, oculto dentro de los demás
versos van adquiriendo una significación diferente que dan lugar a que brille
algo así como un descubrimiento que la rebela a ella, a Gloria María.
Te alejas /con el ritmo de la ausencia /presente aún /en tus regresos (pag.12)
En este trópico /la atmósfera es impredecible /como
el deseo (pag.13)
En el lecho /a la hora del silencio/ esperará que el viento /en su cuerpo/
le ayude a encontrar /la plenitud (pag.21)
Búsqueda infructuosa /de una voz /del calor de un cuerpo (pag.24)
¿Tú reposas a mi lado /será que te conozco? (pag.36)
…
En Enunciaciones
Oscar González, Andrés Vergara se destacan en sus entrevistas con la autora. También
hay textos valorativos de Álvaro Marín, Adolfo Castañón, Jaime García Mafla y Juan Manuel Roca.

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