Familia
De
Jairo Osorio
Víctor Bustamante
“Todas las familias felices son más o menos distintas; todas
las familias desgraciadas son más o menos iguales”. Estas palabras, escritas
por Tolstoi al comienzo de Ana Karenina,
impresionaron tanto a Nabokov que las retomaría en Ada o el ardor cuando decide
escribir sobre otra de sus lolitas más refinadas. De tal manera establece su
árbol genealógico con una prolijidad despiadada que hace perder la frescura, el
desenfado y la poesía que había logrado en Lolita.
Por esa razón, cuando terminé de leer, Familia de Jairo Osorio, de inmediato las recordé. Si me adhiriera
a estas palabras del escritor ruso, especulativas, de todas maneras, la familia
Osorio podría situarla en la primera, en algunos casos, cuando la fortuna y el buen
viento soplaba por sus linderos y en sus familiares más avezados no existían
malos presagios ni la amargura del vacío de esas soledades que desalojan la
falta de triunfo en su trasiego. Por el contrario, uno de ellos, Alfredo Gómez,
fue un príncipe, a su manera, un príncipe oscuro, para luego caer en desgracia,
traicionado por sus adláteres. Pero también está la otra cara de la moneda, el
rostro oscuro de la desgracia, reflejado en la vida disoluta de su hermano
Darío. Igualmente permanece el tesón de su padre, jugador empedernido, que triunfó
con su constancia en una tierra de nadie, al llegar a Medellín.
Familia son muchas historias que se entrelazan, muchos personajes
que van y vienen; sobre todo sus progenitores, su círculo familiar. Desde el
inicio hay una huella memorable e inmoral de Caramanta. De Caramanta solo
sabíamos el peso de su Normal, o sea poco. En el origen, su pueblo, sitúa su
relato, indaga sobre esa historia perdida, así como los gonfalones que dan
presencia a sus apellidos, para centrarse, luego, en la fundación mítica del pueblo
y como se consolidan poco a poco las diversas familias, así como los extranjeros,
que le otorgan ese matiz de exuberancia. Es notorio ese deseo de situar un
pueblo con sus circunstancias más espectrales y perennes. En esta parte, el
comienzo, hay más historia. Osorio la rescata con la meticulosidad de una
reconstrucción para no dejar esa historia, que de no realizarla se perdería.
Pero si el autor quiere relatar el pasado de su pueblo y así mismo el momento
de su infancia, también está la desmesura de la propia narración al querer
abarcar en ese universo, su propia experiencia, ya en Medellín, donde se abren
sus vivencias, que complementan su descubrimiento de la ciudad, como si necesitara
contarlo todo de una vez.
Afirmo lo anterior porque hay muchas aristas que dejan al lector
en la incertidumbre, muchos cabos sueltos de la reciente historia de Medellín;
ese Medellín secreto del cual se habla y se habla pero que Jairo ha conectado
en la parte subterránea, lo que fue vox populi aquí se revela en la definición
más abyecta: el contubernio entre los políticos, la mafia, con un solo ideal:
el dinero. Nada menos que Osorio regresa al mundo que le fascina a muchos escritores
de la ciudad, y del país, y que nunca fueron capaces de captar, porque se
deslizaron hacia lo más a la mano el sicariato y sus muertes. Osorio devela
este momento siniestro con sus éxitos y sus traiciones y el master de faltonería,
al cual ha dedicado sus mejores páginas en este libro por las conexiones que
aparecen. No en vano un personaje como Alfredo Gómez muy mencionado entre el
ámbito de quienes admiran a los mafiosos lo consideraban con respeto, una suerte
de Padrino a lo paisa, negociante a morir, traficante a morir. Una de las respuestas
que da el libro es acerca del contrabando que entraba por Turbo. Recuerdo lo de
los camiones cargados con Marlboro que inundaron la cuidad, pero que nadie vio, a pesar de pasar por los diversos retenes y puestos de control. Así es Medellín.
Innovadora siempre. Mafiosa toda la vida. De ahí que, en este sentido, Familia cuestione el statu quo de donde
no se escapa la prensa, sobre todo los periódicos que ingenuos, en apariencia,
ocultaron la verdad de los hechos narrados.
Familia comienza con un flash back que ha golpeado a su autor: la
muerte de su padre, ese padre que aparecerá durante toda la novela. A veces se
olvida pero luego reaparece para contarnos su valor, su tesón, su capacidad de
imponerse a la adversidad de su vida en Caramanta hasta llegar a Medellín y levantarse
de la mano de don Gabriel Mejía, el dueño de Café Don Quijote, la empresa, que
le ha ayudado, pero paradójicamente, más tarde, Darío, su hermano díscolo, es asesinado
por el administrador del café Don Quijote ahí en Boyacá con Bolívar, aparejando
la vida y las circunstancias en dos eventos trascendentales para el autor. El
azar y la muerte llegan de la mano. De ahí, de la lectura, la admiración por el
padre que nos deja perplejos, su adaptación en Medellín, su carrera como dueño
de bares, desde el Buen tinto, el Industrial, el Bola Bola, hasta el definitivo
San Cristóbal. Hago referencia a los bares, porque esa memoria se ha ido
perdiendo de una manera letal.
La saga de la
familia Osorio, con sus nombres, me recuerda un álbum familiar. Es más, el autor
menciona algunas fotografías, casi desvaídas, desde comienzos del siglo
antepasado; esas fotografías familiares que al paso del tiempo, no solo pierden
su brillo en el papel, sino que desde ese momento hablan a quien las mira, su
familia, pero con el transcurso de los años esos personajes caen al territorio
de la anonimidad cuando hayan muerto y las otras generaciones no los reconozcan.
No solo la fotografía le sirve a Jairo para auscultar a su familia, sino, lo más
eficaz, el poder de invocación de sus recuerdos, de sus indagaciones. Padres, hermanos,
tíos, primos y primas, con un mismo árbol genealógico se dividen, y su autor pregunta,
persevera por sus oficios, por sus lugares, sobre todo por su destino el cual
se conjura con la muerte, como un tema que subyace a través de sus páginas.
Los capítulos, las páginas,
correspondientes a Guayaquil, aunque este lugar siempre estará presente en el
libro, son sentidos, poseen el color local de quien lo ha vivido. Allí apreciamos
el estremecimiento de esas vidas en ese lugar que no ha sido narrado en la
ciudad como se merece. Creo que Jairo tiene capacidad de realizarlo, y se ha
acercado; lo cuenta desde adentro. No en vano vivió experiencias que debería
retomar con más prolijidad. Hay una apreciación de él que es justa y recobra
ese sitio que fue calcinado y calumniado por las malas leyendas de quienes se asomaron
allí y salieron corriendo, Guayaquil no era solo un lugar de maleantes, de violencias
y vilezas, no, Jairo lo demuestra en su narración. El trabajo era la norma de
esos ciudadanos que madrugaban y trasnochaban allá y también vivían así, al
borde del abismo, como aquellas mujeres sencillas, llenas de vida, y aquellos tipos desolados que debían
supervivir diariamente.
Hay tantos temas,
que van y vuelven, la familia, la muerte, -sobre todo la muerte con sus fechas precisas-,
el fracaso, el éxito, la mafia con sus similares, los políticos de baja estofa.
El narrador queda oculto entre ese montón de temas que se entrecruzan que van y
vuelven, que se reinician, cuando un recuerdo lo conmueve. Entonces no queda más
que juntar esos cabos sueltos, a veces narrados de una manera puntillosa; otras,
pasando de largo o blasfemando a la manera de su amado Fernando Vallejo. Creo
que en esta persistencia e intento de hablar de todo, es lo que hace que la
novela, a veces, se disuelva en ella misma porque su autor quiere contar todo,
todo lo que vive y que él ha visto; la premura lo obsede. Pero él olvida hablarnos
de él, olvida moralista, peor que Morelli, no nos habla más de su experiencia
sino de lo que podríamos llamar la vida de los otros. Así guarda silencio, el
golpeado yo queda de lado, a lo mejor nunca lo auscultaremos. Y, ¿por qué lo
digo? Queda un gran enigma: la amante M, la única persona que cuenta para él,
luego que él ha hablado de toda su familia, de sus amigos cercanos. A ella le
dedica un capítulo afanado, de rápidas menciones, de una urgencia; su urgencia
por mencionarla, como si ella, y esa historia de amor oculto durante treinta y
seis años no mereciera una escritura más detallada, pero él tenía que
recordarla, hacerla presente aquí; homenajearla en su ocultamiento.
Sí, a ella la sitúa,
y se divierte con su paso ambulatorio de voyeur, relatando las folladas felices
en los diversos moteles de la cuidad, en los lugares inhóspitos por los cuales
el autor pasa rápido. Claro que, en el edificio azul, el primero construido por
la mafia, si se detiene a contar su perseverancia erótica y su mansedumbre detrás
de esa dama, que era la esposa de uno del M-19; aquel fallido partido de izquierda
que pactó con la mafia, cuyos dirigentes terminaron en el poder, igualados con
los partidos que tanto criticaron.
Algo es cierto, el
narrador no dice casi nada sobre su vida, o sí, pocas cosas: Nació en Caramanta,
estudió en la Porfirio Barba Jacob de Campo Valdés, trabajó con su padre en los
cafés. Las putas cuando estudiaba ya en la universidad lo recordaban con ese
nombre que le gustó: Don Jairo. Cuando le pide trabajo su tío Alfredo se lo
niega. También sabemos que dese su infancia mostraba su afán de soberbia, por
eso le decían Calígula; así su amiga que lo rebautizó así no se equivocaría con
ese presagio. De otro lado nos cuenta que el tío lo va pelar y él se esconde
por los lados de la iglesia del Calvario. Lo golpea duro de la muerte del padre
y la madre, pero sobre todo, narra hacia afuera, cuenta lo de los demás y no se
adentra en otros aspectos. O sí, que era un niño de cuatro y otras de ocho
añitos. Pero no es problema, cada uno cuenta lo que quiere contar y de la
manera que desee. La observación la hago porque es un texto autográfico.
Luego el autor nos sorprende: le ha escrito apreciaciones sentimentales
a María Dolores Pradera; aquella de, “devuélveme el rosario de mi madre”. Prosigue
con las sempiternas canciones de las serenatas, lo conmueven, así como otro
tema, El guayabo de la Y, lo
enternece. De él no nos cuenta, no sé la razón, por qué estuvo en Ancón, sus
mismas fotos lo enseñan, dando la impresión de que fue allí a pasear y no a participar
de esa rebelión juvenil. Aquí Osorio olvidó la buena música pero sí nos revela
su inesperado carácter romántico.
Víctima de su propio
rol como editor, muy arrogante, ni que fuera Gallimard, Osorio ha decidido pensar
que un novelista tiene un límite en paginaje de un libro, debe recapacitar ya
que el escritor no escribe de esa manera. De ahí que, víctima de su propia
autocensura, haya esbozado muchas historias, muchos caminos posibles en un solo
texto. Sabemos que poco a poco los deslindará en libros autónomos y así sus
historias tendrán respuestas más profundas.
Pero al final Osorio,
a quien nadie le ha preguntado, afirma,
sin ruborizarse, que la mejor novela escrita en Medellín es Casablanca la bella, de aquel último Vallejo
que ya no disfruta la escritura, que ya ha perdido el vigor de las tres
primeras novelas. ¿Es la mejor?, je, je, je. Ahí, en ese instante, cuando lo
afirma tajante, sabemos que Osorio no lee escritores antioqueños, solo los de
galardones impuestos por editoriales, y a su cofrade Vallejo, el rebelde de sacristía
con pulpito propio, que ávido de santidad, aun pelea con los curas, ama los
perros, y le encanta los escándalos cuando no tiene tema. Y así, Osorio, le
realiza su homenaje, —iba a decir genuflexión—, al ingenuo Vallejo de los
sermones.
Familia, no es amoral, como señala el
subtítulo, pero si es verdadera y grande porque es atrevida y precede a los
límites más oscuros de la presencia de la mafia, en esa ciudad de emblemas, o
sea de engaños, desde La Tacita de Plata, a la Más Innovadora. Aquí subyace ese
sustrato del ser paisa, donde cohabitan la degradación por encima de los
ideales, y la catástrofe continua. La novela conserva un sentido subterráneo e
inalterable de la lucidez humana, sus sueños, sus dicterios, sus afectos y sus
valores, aunque al final, de cada una de esas vidas, persiste la muerte, a veces,
lejos de la concordia. Sus personajes, ávidos de sueños y riqueza, sucumben a la
traición, al desorden del decoro, y a sí mismos. Y, en esta redefinición de
valores, los vemos en una caída lisa y perfecta, como un destello negro y sucio,
pero febril, dentro de esa ciudad, Medellín, donde una familia trasiega, lucha
con un altísimo significado, extremo e irreductible de la vida, en esa selva
sangrienta donde el auri sacra fames
es lo único que interesa como ambivalente código de lealtad.
Familia de Jairo
Osorio se lee con fruición, es apasionante. En ella emergen personajes apasionados, frágiles,
soñadores; otros, a veces, inasequibles, siniestros en toda su carnadura con su condición humana llena de
oscuridad y falsedad. Por eso los sucesos los cuenta -con enorme lealtad- un
narrador consentido como siempre, contundente cuando quiere, para evidenciar
con soltura ese tránsito desde Caramanta hasta Medellín. Donde la familia,
peregrina de una manera, prístina de otra, violenta e indefensa en otro
sentido, expresa un momento de nuestra historia reciente; sucio a veces, de
esa ciudad contradictoria, dulce y perenne, Medellín.
No hay comentarios:
Publicar un comentario