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| Carlos Alberto M-Gómez. Omar Alberto Carabalí Chara |
EL FUTURO PRESENTE DE LA ORIENTACIÓN
VOCACIONAL EN LA ERA ALGORÍTMICA: POSTULADOS DE/PARA LA ELECCIÓN IRREDUCTIBLE A
LA DATISTIKA
Carlos Alberto
M-Gómez[1].
Omar Alberto
Carabalí Chara[2].
OTRO REFUGIO
En un mundo donde la Inteligencia Artificial y el lifelong
learning funcional se erigen como nuevos oráculos de la orientación
profesional, esta breve reflexión parte de un testimonio rebelde: el de un
orientador vocacional que opera por fuera del paradigma algorítmico.
Desde esta opción, se emprende una crítica filosófica al tecno-autoritarismo
pedagógico que reduce la elección de profesión a un problema de gestión de
datos y adaptación a mercados. Frente al modelo binario de la IA y la educación
por competencias para un mundo laboral explotador y manipulador, se defiende la
elección de profesión como un acto psico-espiritual de responsabilidad ante uno
mismo. Se argumenta que otra orientación –quizá la psicagogía– no consiste en
predecir trayectorias óptimas, sino en acompañar el auto-cuestionamiento que
valida o invalida desde la singularidad irrepetible del diamante interior.
Se abre el debate: ¿puede la educación tecnológica reconciliarse con la
formación de un sujeto dueño de su deseo o está condenada a producir
tributarios dóciles de Microsoft, Google y Meta?
Testimonio del orientador vocacional. Se deja aquí el testimonio intacto con todo su contenido, estructura y
tono original: “El sistema binario de información condensada, llamado
equivocadamente inteligencia artificial, en sí mismo está posibilitándole a los
usuarios del mismo generar maneras versátiles y alternativas de percibir y
gestionar el quehacer profesional en diversos campos de conocimiento, enviando
innegociablemente a otros a los museos arqueológicos. Me agrada constatar que
mi asesoría en Elección Acertada de Carrera sigue estando por fuera del
paradigma algorítmico; porque sigo acompañando a individuos contemporáneos que
interactúan prenatalmente con los dispositivos tecnológicos y con la
infocomunicación, mediante los cuales se procesa y comunica visiones de
realidad manipulada; con la fortuna de que mi método aún apela a la capacidad
de autocuestionamiento que, al interrogar, sigue estando en la posibilidad de
validar o invalidar propuestas, respuestas y resultados. El proceso sigue
delegando en el sujeto la capacidad de determinar lo que es válido para sí
mismo; porque quien converge o diverge consigo mismo, sigue siendo gestor y
responsable de sí, pues el método no le condicionó su capacidad de elegir,
rechazar, descartar, valorar, o más. Mi método propone una senda donde quien la
transite tiene la opción incluso de no transitarla; apela a esa fanegada de
diamantes interiores: su psiquismo, su fisiología y su capacidad espiritual. No
me tocó a mí, pero con sensación de satisfacción se lo posibilito a quien lo
quiere acoger. Respecto al experto, lo etiqueto en el ámbito de análisis de
sistemas de productividad simbiótica entre máquinas y seres humanos; que, por
ejemplo, pasa por alto el tema de 'los computadores cuánticos', que sí me
parecen un real 'reto-amenaza'; aunque tú y yo sabemos que en nuestros
contextos operamos ordenadores con psiquismo colonial y por eso somos
tributarios de Office, Microsoft, Apple, Google, Meta y otras hierbas
aromáticas. El reto es que el ideal del sujeto promedio sea anhelar convertirse
en un Quantum P.C. para interpretar y obviar, para así decidir y delegar lo
indelegable. La responsabilidad de sí ante sí mismo.”
Artículo:
El modelo de estudiar una carrera para toda la vida caducó; el futuro es el lifelong
learning. (28 de diciembre de 2025). El Mercurio (Sección Línea Directa /
Comunidad, p. C14). Santiago, Chile. Versión impresa y digital. Disponible en
https://www.elmercurio.com/ (acceso según suscripción).
La pregunta en la era del oráculo binario.
Vivimos en la era del oráculo binario. Una época
donde la pregunta angustiosa y fundacional –¿qué haré con mi vida? –
parece encontrar una respuesta no en el murmullo confuso del deseo, ni en la
lenta maduración de una vocación, sino en el frío y veloz cálculo de un sistema
de información condensada al que, con notoria imprecisión semántica, llamamos
Inteligencia Artificial.
El
artículo periodístico que sirve de contrapunto a esta reflexión plasma con
cruda claridad el nuevo dogma: el modelo de estudiar una carrera para toda la
vida ha caducado. Su sucesor es el lifelong learning, un aprendizaje
perpetuo que ya no se orienta hacia la sabiduría o la realización personal,
sino hacia la reconfiguración constante del ser humano para que encaje, como un
engranaje siempre actualizable, en un mercado laboral transformado por la misma
tecnología que dicta las reglas.
La
radiografía laboral es elocuente: advierte de profesiones en riesgo de
obsolescencia –el administrativo, el contable rutinario– y señala con dedo
profético aquellas con buen futuro –el arquitecto de IA, el ingeniero
verde, el guardián de ciberseguridad–.
Se trata
de un discurso que, bajo la apariencia de una descripción neutral y técnica,
ejerce una violencia simbólica formidable. No solo describe un futuro; lo
prescribe. Convierte la contingencia histórica –el avance de la automatización
bajo el régimen del capitalismo de plataformas– en un destino ineludible, en
una nueva ley natural a la que el individuo debe someterse so pena de
irrelevancia social y económica.
En este
paisaje, la orientación vocacional quizá se pueda ir vislumbrando como una rama
de la futurología corporativa. O como un servicio de coaching no algorítmico ni
datistiko para navegar eficientemente las olas de la disrupción, donde
el éxito se mide por la capacidad de aprender, desaprender y reaprender
lo que el sistema productivo demande en cada ciclo. Es precisamente contra este
paisaje homogeneizador donde emerge, con la fuerza de un mal visto anacronismo
deliberado, la voz del orientador vocacional que motiva esta reflexión.
La
postura del orientador vocacional no es la de un nostálgico, sino la de un
resistente que cartografía un territorio distinto. Él no ofrece respuestas
desde un algoritmo. Acompaña preguntas desde una praxis que a lo mejor se
podría denominar: psicagógica.
Su
método, afirma, sigue estando por fuera del paradigma algorítmico. Esta
afirmación no es una boutade.
Es una declaración de principios filosóficos profundos. Lo que está en
juego en esa simple preposición –por fuera– es nada menos que la
definición de la subjetividad humana.
¿Somos
sistemas de procesamiento de información, conjuntos de competencias digitales y
blandas que pueden ser mapeadas, evaluadas y optimizadas para una productividad
simbiótica con las máquinas? ¿O somos algo más, algo irreductible a lo binario,
algo que reside en esa fanegada de diamantes interiores que él menciona:
el psiquismo, la fisiología singular, la capacidad espiritual?
Esta reflexión se propone seguir el hilo de
esta resistencia. Pretende desarrollar una primigenia crítica filosófica a la
colonización tecno-autoritaria de la elección profesional, utilizando como
brújula el testimonio de este orientador vocacional.
Se
argumenta que su práctica encarna, quizás sin proponérselo de modo teórico, una
ontología crítica del presente educativo: una que defiende la elección como
acto de libertad radical y responsabilidad intransferible ante uno mismo,
frente a un modelo que busca delegar en el algoritmo lo indelegable: el sentido
de una vida. Así hoy se esté volviendo moda pasajera acudir a la IAG para
encontrarle sentido a la vida. Claro, una vida maquínica. Ex-machina. La
consciencia y el sentido de la vida de un humano guiado por una máquina. Se
cumple la profecía: no son las máquinas cada vez más parecidas a los humanos.
Somos los humanos cada vez más parecidos a las máquinas. Ron da error[3]
(Ron's Gone Wrong)[4]
Del sujeto-dato al diamante interior: cartografía de una elección
irreductible.
El experto en recursos humanos del artículo opera
dentro de un marco de referencia preciso: el análisis de sistemas de
productividad simbiótica entre máquinas y seres humanos. Su mirada es la
del gestor del capital humano, para quien los individuos son, ante todo,
recursos. Recursos que, eso sí, deben ser actualizados constantemente. La
lógica es la de la adaptación funcional. El futuro ya no le pertenece a
quien acumula más títulos académicos, sino a los profesionales que integran la
curiosidad y el aprendizaje continuo (lifelong learning) como estrategia de
supervivencia. He aquí la palabra clave: supervivencia.
No se
habla de florecimiento, de plenitud, de contribución al bien común o de
búsqueda de la verdad. Se habla de la lógica darwiniana aplicada al mercado
laboral digital.
La IA es
el nuevo ambiente al que hay que adaptarse. Ella es la que dictamina qué
habilidades son valiosas y cuáles son prescindibles. Ella es la que, al
automatizar tareas rutinarias, libera al humano para que supuestamente se ocupe
de lo irreemplazablemente humano: Paradójicamente, mientras más nos
digitalizamos, más valor cobra lo irreemplazablemente humano. Pero esta
liberación es una trampa o espada de Damocles.
¿Qué es lo
irreemplazablemente humano? ¿La empatía, el criterio, la creatividad
estratégica?
Si fuese
eso pareciera que también es inmediatamente reificado y convertido en una nueva
competencia blanda, cuantificable y demandable por el mercado. La empatía del
enfermero, el criterio del analista financiero, la creatividad del arquitecto
de IA, dejan de ser disposiciones éticas o expresiones de carácter para
transformarse en skills que mejoran
el rendimiento y la competitividad. Todo manipulado al servicio de la
Matrix-necro-capitalista globalitaria.
El
sujeto producido por este discurso es el sujeto-dato: un ser cuya identidad
profesional es un conjunto mutable de certificaciones, habilidades y
experiencias, constantemente evaluado y re-evaluado por sistemas que miden su
adecuación a las necesidades del sistema productivo. Su elección no es un acto
fundacional, sino una táctica de posicionamiento en un juego cuyas reglas él no
escribe.
Frente a
este sujeto-dato, el orientador vocacional de nuestro testimonio opone una
figura radicalmente distinta: el sujeto-diamante. Su método no empieza con un
test psicométrico digitalizado ni con un análisis de big-data sobre tendencias
del mercado. Empieza en un lugar ancestral y a la vez complejo: en el
auto-cuestionamiento. Mi método aún apela
a la capacidad de auto-cuestionamiento que al interrogar sigue estando en la
posibilidad de validar o invalidar propuestas, respuestas y resultados.
Este es el núcleo de su praxis filosófica.
La
validación o invalidación no viene dada por una autoridad externa –el
algoritmo, el experto, el mercado–. Es una operación que el propio sujeto
realiza desde un lugar interior que precede y excede a cualquier sistema de
información.
El
proceso, añade el orientador vocacional, sigue
delegando en el sujeto la capacidad de determinar lo que es válido para sí
mismo.
He aquí
una defensa práctica de la autonomía kantiana rodeada quizá de una dimensión
existencial. No se trata de seguir la ley moral que la razón descubre en sí
misma. Se trata de descubrir, en la singularidad irrepetible de la propia
existencia, una ley propia.
El
método del orientador vocacional es, por tanto, un arte de la mayéutica
socrática aplicada a la vida contemporánea. No impone un contenido (debes ser
arquitecto de IA). Activa una forma: la de la pregunta que obliga a volver
sobre sí. Y es en este volver sobre sí donde el sujeto encuentra esa fanegada de diamantes interiores: su
psiquismo único (con sus traumas, sus fantasías, sus estructuras de deseo), su
fisiología singular (sus ritmos, sus energías, sus disposiciones corpóreas) y
su capacidad espiritual, término
polémico y de difícil manejo pero posiblemente potente que alude a la búsqueda
de sentido, a la conexión con algo que trasciende la mera funcionalidad: Mi método propone una senda donde quien la
transite tiene la opción incluso de no transitarla; apela a esa fanegada de
diamantes interiores, su psiquismo; su fisiología y su capacidad espiritual.
Esta
praxis es un acto de resistencia política. El tecno-autoritarismo, encarnado en
las grandes corporaciones de software y plataformas (las hierbas aromáticas de Microsoft, Apple, Google, Meta de las que
habla el orientador), busca producir tributarios. Un tributario no es solo un
usuario que paga con dinero o datos. Es un sujeto cuya subjetividad ha sido
moldeada para operar dentro de los ecosistemas cerrados de esas corporaciones.
Piensa con Office, se comunica con Meta, busca con Google, se entretiene con
Apple.
Su
psiquismo, como señala irónicamente el orientador, es colonial: está colonizado por las lógicas de usabilidad,
inmediatez, estandarización y consumo que esos sistemas promueven.
La
educación por competencias para el mundo laboral es la fábrica perfecta de
estos tributarios. Enseña a usar las herramientas, a desarrollar las skills demandadas, a pensar dentro de la
caja que las propias corporaciones han diseñado.
La
elección vocacional, en este contexto, se reduce a elegir qué tipo de
tributario útil se quiere ser. ¿Prefieres tributar con tu habilidad para
programar algoritmos (arquitecto de IA) o con tu empatía cuidadosa (enfermero)?
Ambas son necesarias para el sistema. La gran máquina tecno-necro-económica
necesita tanto los algoritmos como los cuerpos que cuiden a los programadores estresados.
Lo que
no necesita, lo que no puede tolerar, es el diamante interior en su
irreductible singularidad. Porque el diamante, con sus facetas únicas y sus
inclusiones imperfectas, no encaja sin fricción en ningún engranaje. Es
inoptimizable. Su valor no es funcional, sino intrínseco.
El
método del orientador vocacional, al apelar a ese diamante, al posibilitar a quien lo quiere acoger la
tarea de tallarlo a través del auto-cuestionamiento, está creando sujetos
potencialmente ingobernables por la lógica del algoritmo. Sujetos que pueden
decir no a la propuesta más racional
del mercado, porque han validado o invalidado desde un criterio que les es
propio.
Este
orientador vocacional lanza, además, entre líneas una advertencia sutilmente
bulliciosa sobre el horizonte último de este proceso: los ordenadores
cuánticos. Para el experto en recursos humanos, esto es solo un detalle técnico
más en la carrera evolutiva. Para este orientador vocacional, es el real
reto-amenaza. ¿Por qué?
Porque si
la IA binaria actual opera con lógica probabilística y basada en datos del
pasado, la computación cuántica promete una capacidad de procesamiento y
modelado de realidades alternativas de una potencia inconcebible. A lo mejor se
podría suponer que el ideal del sujeto promedio podría ser anhelar convertirse
en un Quantum P.C. para interpretar y obviar para así decidir y delegar lo
indelegable. Esta sería una previsión de primer orden.
El sueño
tecno-autoritario no es simplemente que un algoritmo nos asesore, sino que se
convierta en una prótesis cognitiva tan perfecta, tan capaz de simular y
predecir los resultados de cada posible elección en un árbol de ramificaciones
cuántico, que la decisión misma sea delegada: El nuevo escenario exige preguntarse "que estudiar" bajo una
óptica de datos y tendencias globales en que la intuición dé paso a una
decisión informada y pensando en el futuro.
Revisemos
los hilos de esta afirmación que es bastante sonara y en apariencia inocente: preguntarse "que estudiar" bajo
una óptica de datos y tendencias globales; óptica de datos y tendencias
globales; que la intuición dé paso a una decisión informada; pensando en el
futuro. Una bella construcción que podría estar cargada de un dulce
opiáceo.
La
afirmación de que el nuevo escenario exige decidir qué estudiar bajo una óptica de datos y tendencias globales,
sacrificando el deseo, la pasión, el interés propio por la decisión informada, constituye la culminación de la psicopolítica
digital. Esta frase, presentada con retórica edulcorada, implica una mutación
silenciosa del sujeto decisional. Preguntarse qué estudiar ya no se concibe como un acto existencial, conflictivo
y situado, sino como una operación de lectura de flujos. En esta nueva
estructura, el ser humano deja de ser un sujeto introspectivo para convertirse
en un proyecto de auto-optimización dentro de un mercado de visibilidad. El yo
que decide se disuelve en un enjambre de indicadores donde no hay deliberación
interior, solo correlaciones.
Bajo la
apariencia de una decisión pensando en el
futuro, se opera la sustitución del pensamiento por el cálculo.
La
intuición, el deseo, la pasión, el interés propio —un residuo opaco de
experiencia, deseo y riesgo— se nos podría presentar quizá como un ruido que
debe ser neutralizado en favor de una elección informada, conforme al consenso estadístico. Al delegar la elección
vital al análisis de datos, el individuo se somete a la dictadura del rendimiento: ya no se estudia para ser,
sino para encajar en una cuadrícula de productividad previsible. Esta lógica
enjambrosa hace que la decisión no surja de la singularidad de la experiencia,
sino de la presión difusa de lo que el sistema Matrix señala como viable,
rentable o prometedor.
La decisión informada a menudo se confunde
con libertad. Es en realidad una forma de alineación que opera por sugestión.
Nadie ordena explícitamente; nadie prohíbe. En este escenario de optimización y
promesas de porvenir, el sujeto se autoajusta para no quedar fuera del ritmo
global. El futuro deja de ser un horizonte de posibilidades abiertas y se
transforma en una proyección estadística del presente, modelada por algoritmos.
Pensar en el futuro ya no implica
imaginar lo posible, sino asegurar la adaptación, reduciendo la educación a una
inversión y el estudio a una simple estrategia de supervivencia dentro del
mercado de competencias.
El dulce
opiáceo de esta construcción reside en su promesa de seguridad y su efecto
anestésico. Al delegar la decisión a los datos, el sujeto se ve liberado del
peso del error, pero a la vez se priva del riesgo de la libertad y de la
singularidad de su existencia.
Estamos
ante la domesticación del espíritu. Un gobierno del alma en el que las grandes
corporaciones sólo necesitan sugerir el camino más eficiente para que el sujeto
renuncie a su propio misterio. La promesa de seguridad calma la angustia, pero
atrofia la capacidad de decidir contra la tendencia, de fracasar creativamente
o de habitar un tiempo propio. Así, la decisión informada se revela como una
decisión ya tomada por el enjambre, una seducción que transforma la búsqueda
del conocimiento en una mera adaptación a reglas predefinidas.
La
ansiedad de elegir, el peso de la responsabilidad, el vértigo de lo
irreversible, todo ello sería obviado. El sujeto, en su pereza ontológica,
anhelaría esa delegación total. Querría ser, él mismo, un ordenador cuántico:
una máquina de calcular optimalidades sin el lastre de la duda, la pasión o el
significado.
Frente a
este ideal deshumanizante, nuestro orientador plantea su última y más
contundente barrera: La responsabilidad
de sí ante sí mismo. Esta frase, que resuena desde la ética griega hasta
las tecnologías del yo, es el antídoto final. La responsabilidad no es hacia el
mercado, ni hacia la eficiencia del sistema, ni siquiera hacia el futuro que
predice un oráculo cuántico. Es una relación ética consigo mismo. Es el
reconocimiento de que, al final del día, quien converge o diverge consigo
mismo, quien valida o invalida, es uno. Y de esa convergencia o divergencia
íntima, nadie puede absolvernos. Es lo indelegable por excelencia.
El
método del orientador, al no condicionar la
capacidad de elegir, rechazar, descartar, valorar, lo que hace es custodiar
y fortalecer ese músculo de la responsabilidad íntima. No ofrece un mapa del
territorio del mercado (ese mapa lo hace mejor la IA), sino que entrena al
viajero para que confíe en su propia brújula interior, por titubeante que sea.
Apertura al Debate: ¿Psicagogia o Tecno-aprendizaje? El futuro de
la orientación en la era del algoritmo.
El contraste no podría ser más nítido. Un discurso
hegemónico que proclama la muerte de la carrera vitalicia y en su lugar erige
el lifelong learning como estrategia
de supervivencia en un mercado reconfigurado por la IA. Su orientación es
prospectiva, adaptativa y funcional. Produce sujetos-dato, tributarios dóciles
de un ecosistema tecno-necro-corporativo, cuya seguridad laboral depende de su
plasticidad para ser remodelados según las demandas del sistema.
Una
praxis marginal y resistente que opera por
fuera del paradigma algorítmico y apela al diamante interior. Su orientación es retrospectiva y prospectiva a
la vez, pero en un sentido radical. Retrospectiva porque bucea en el psiquismo
y la historia singular. Prospectiva porque ayuda a proyectar un futuro que sea
una expresión auténtica de esa singularidad, no una adaptación a un molde
externo. Es una práctica que podríamos llamar, recuperando el término griego, psicagogia:
conducción del alma. No conduce al alma a un destino predeterminado por los
dioses (o por los algoritmos), sino que la acompaña en su propio y tortuoso
camino de autodescubrimiento y de asunción de responsabilidad.
Esto nos
abre un debate urgente y necesario, especialmente en los escenarios donde las
narrativas sobre la identidad y la vocación son materia prima esencial (que no
son precisamente los espacios escolares).
¿Qué
modelo de orientación queremos para los jóvenes que crecieron, como señala el
orientador, interactuando prenatalmente
con los dispositivos tecnológicos? ¿Una psicagogia que los entrena en el
difícil arte del auto-cuestionamiento y la validación interior, incluso a
riesgo de llevarlos por caminos improductivos
u obsoletos según el estándar del
mercado? ¿O un tecno? aprendizaje por competencias que los convierte en ágiles
navegantes de las plataformas digitales, pero que puede dejar atrofiado ese
músculo espiritual de la elección irreductible?
El cine
y la literatura están llenos de arquetipos de ambos modelos: desde el héroe que
sigue una llamada interior contra todo pronóstico (una vocación artística,
científica o espiritual) hasta el personaje distópico perfectamente adaptado a
un sistema que ha anulado su capacidad de desear por sí mismo.
La
educación formal, hoy capturada por la lógica de las competencias para el
empleo, parece inclinarse peligrosamente hacia el segundo modelo. Se convierte
en la antesala del mundo laboral asalariado y autoexplotador, donde el lifelong learning no es una aventura del
conocimiento, sino una obligación para mantener la empleabilidad. En este
marco, la orientación vocacional como psicagogia aparece no como un lujo, sino
como un acto de sabotaje necesario, un espacio de fuga dentro del sistema
educativo. Es el lugar donde se puede recordar que la vida no es solo un CV por
optimizar, sino una biografía por escribir, y que el autor de esa biografía
debe ser, en última instancia, uno mismo, con toda la angustia y la gloria que
eso conlleva.
El reto, entonces, es formidable. ¿Podemos
imaginar una educación tecnológica que no sea meramente funcional? ¿Una que,
sin renunciar a preparar para el mundo digital, no sacrifique en el altar de la
empleabilidad la formación del diamante
interior? ¿Una que enseñe a usar Python y a la vez a leer a Sófocles, no
como adornos culturales, sino como herramientas igualmente vitales para el
auto-cuestionamiento? La propuesta del orientador nos señala que el camino no
está en rechazar la tecnología, sino en negarse a que ella defina los términos
de nuestra humanidad. Su método es un testimonio vivo de que, incluso en la era
del oráculo binario, es posible –y quizás más urgente que nunca– guardar un
espacio para la pregunta lenta, para la duda fértil, para la elección que nace
no del cálculo, sino de la convergencia íntima de un ser consigo mismo. El
futuro de la orientación, y en el fondo de la educación, dependerá de cuántos
estemos dispuestos a escuchar ese llamado y a defender ese espacio, ese último
refugio de la responsabilidad indelegable. Porque, en palabras que podrían
cerrar una gran novela o una película sobre el tema, al final no seremos
juzgados por cuán bien nos adaptamos a los algoritmos, sino por cuán fieles
fuimos a la insondable y singular geología de nuestro propio diamante interior.
[1] Magíster
en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana Cali (Colombia). Magíster
en Estudios Políticos de la Pontificia Universidad Javeriana Cali (Colombia).
Especialista en Gerencia de Servicios Sociales de la Universidad Católica Luis
Amigó, Medellín (Colombia). Ph. D. Doctor Filosofía en Educación de la
Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá (Colombia) con tesis doctoral
distinguida. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y
espiritualidad. Minciencias: Investigador Junior (IJ). CvLAC. GrupLAC. Orcid:
0000-0002-6153 -7675. camolina@uniquindio.edu.co molinagomezcarlosalberto@gmail.com
[2] Psicoterapeuta
y orientador profesional -Vocacional Universidad Cooperativa de Colombia.
Gestor de procesos de auto descubrimiento personal para la autoconfiguración de
perfiles de desempeño contextualizado, vinculados a experiencias vitales
significativas. Asistente personalizado para el afrontamiento de experiencias
de auto relacionamiento critico consigo mismo o con agentes del medio
psico-social. Interesado en el acompañamiento de personas en labores autónomas
de búsqueda, hallazgo, configuración e identificación de nuevas semánticas
vitales. omarcarabali@gmail.com
[3]. Ron
da error retrata la Matrix contemporánea: corporaciones que gobiernan el alma
mediante vigilancia y manipulación algorítmica. Bajo la promesa de aliviar la
soledad, la IAG impone una sujeción donde lo humano no humaniza a la máquina,
sino que el humano se mecaniza, delegando su conciencia a un diseño ex-machina.
[4] Smith, S. J. y Vine, J.-P. (directores). (2021).
Ron da error [Ron's Gone Wrong] [Película]. 20th Century Studios; TSG Entertainment; Locksmith
Animation.

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