sábado, 19 de septiembre de 2026

EL FUTURO PRESENTE DE LA ORIENTACIÓN VOCACIONAL EN LA ERA ALGORÍTMICA: POSTULADOS DE/PARA LA ELECCIÓN IRREDUCTIBLE A LA DATISTIKA / Carlos Alberto M-Gómez. Omar Alberto Carabalí Chara

 

Carlos Alberto M-Gómez.  Omar Alberto Carabalí Chara  

EL FUTURO PRESENTE DE LA ORIENTACIÓN VOCACIONAL EN LA ERA ALGORÍTMICA: POSTULADOS DE/PARA LA ELECCIÓN IRREDUCTIBLE A LA DATISTIKA

 

Carlos Alberto M-Gómez[1].

Omar Alberto Carabalí Chara[2].

 

                                                 OTRO REFUGIO

 

En un mundo donde la Inteligencia Artificial y el lifelong learning funcional se erigen como nuevos oráculos de la orientación profesional, esta breve reflexión parte de un testimonio rebelde: el de un orientador vocacional que opera por fuera del paradigma algorítmico. Desde esta opción, se emprende una crítica filosófica al tecno-autoritarismo pedagógico que reduce la elección de profesión a un problema de gestión de datos y adaptación a mercados. Frente al modelo binario de la IA y la educación por competencias para un mundo laboral explotador y manipulador, se defiende la elección de profesión como un acto psico-espiritual de responsabilidad ante uno mismo. Se argumenta que otra orientación –quizá la psicagogía– no consiste en predecir trayectorias óptimas, sino en acompañar el auto-cuestionamiento que valida o invalida desde la singularidad irrepetible del diamante interior. Se abre el debate: ¿puede la educación tecnológica reconciliarse con la formación de un sujeto dueño de su deseo o está condenada a producir tributarios dóciles de Microsoft, Google y Meta?

    Testimonio del orientador vocacional. Se deja aquí el testimonio intacto con todo su contenido, estructura y tono original: “El sistema binario de información condensada, llamado equivocadamente inteligencia artificial, en sí mismo está posibilitándole a los usuarios del mismo generar maneras versátiles y alternativas de percibir y gestionar el quehacer profesional en diversos campos de conocimiento, enviando innegociablemente a otros a los museos arqueológicos. Me agrada constatar que mi asesoría en Elección Acertada de Carrera sigue estando por fuera del paradigma algorítmico; porque sigo acompañando a individuos contemporáneos que interactúan prenatalmente con los dispositivos tecnológicos y con la infocomunicación, mediante los cuales se procesa y comunica visiones de realidad manipulada; con la fortuna de que mi método aún apela a la capacidad de autocuestionamiento que, al interrogar, sigue estando en la posibilidad de validar o invalidar propuestas, respuestas y resultados. El proceso sigue delegando en el sujeto la capacidad de determinar lo que es válido para sí mismo; porque quien converge o diverge consigo mismo, sigue siendo gestor y responsable de sí, pues el método no le condicionó su capacidad de elegir, rechazar, descartar, valorar, o más. Mi método propone una senda donde quien la transite tiene la opción incluso de no transitarla; apela a esa fanegada de diamantes interiores: su psiquismo, su fisiología y su capacidad espiritual. No me tocó a mí, pero con sensación de satisfacción se lo posibilito a quien lo quiere acoger. Respecto al experto, lo etiqueto en el ámbito de análisis de sistemas de productividad simbiótica entre máquinas y seres humanos; que, por ejemplo, pasa por alto el tema de 'los computadores cuánticos', que sí me parecen un real 'reto-amenaza'; aunque tú y yo sabemos que en nuestros contextos operamos ordenadores con psiquismo colonial y por eso somos tributarios de Office, Microsoft, Apple, Google, Meta y otras hierbas aromáticas. El reto es que el ideal del sujeto promedio sea anhelar convertirse en un Quantum P.C. para interpretar y obviar, para así decidir y delegar lo indelegable. La responsabilidad de sí ante sí mismo.”

     Artículo: El modelo de estudiar una carrera para toda la vida caducó; el futuro es el lifelong learning. (28 de diciembre de 2025). El Mercurio (Sección Línea Directa / Comunidad, p. C14). Santiago, Chile. Versión impresa y digital. Disponible en https://www.elmercurio.com/ (acceso según suscripción).

 

La pregunta en la era del oráculo binario.

 

Vivimos en la era del oráculo binario. Una época donde la pregunta angustiosa y fundacional –¿qué haré con mi vida? – parece encontrar una respuesta no en el murmullo confuso del deseo, ni en la lenta maduración de una vocación, sino en el frío y veloz cálculo de un sistema de información condensada al que, con notoria imprecisión semántica, llamamos Inteligencia Artificial.

     El artículo periodístico que sirve de contrapunto a esta reflexión plasma con cruda claridad el nuevo dogma: el modelo de estudiar una carrera para toda la vida ha caducado. Su sucesor es el lifelong learning, un aprendizaje perpetuo que ya no se orienta hacia la sabiduría o la realización personal, sino hacia la reconfiguración constante del ser humano para que encaje, como un engranaje siempre actualizable, en un mercado laboral transformado por la misma tecnología que dicta las reglas.

     La radiografía laboral es elocuente: advierte de profesiones en riesgo de obsolescencia –el administrativo, el contable rutinario– y señala con dedo profético aquellas con buen futuro –el arquitecto de IA, el ingeniero verde, el guardián de ciberseguridad–.

     Se trata de un discurso que, bajo la apariencia de una descripción neutral y técnica, ejerce una violencia simbólica formidable. No solo describe un futuro; lo prescribe. Convierte la contingencia histórica –el avance de la automatización bajo el régimen del capitalismo de plataformas– en un destino ineludible, en una nueva ley natural a la que el individuo debe someterse so pena de irrelevancia social y económica.

     En este paisaje, la orientación vocacional quizá se pueda ir vislumbrando como una rama de la futurología corporativa. O como un servicio de coaching no algorítmico ni datistiko para navegar eficientemente las olas de la disrupción, donde el éxito se mide por la capacidad de aprender, desaprender y reaprender lo que el sistema productivo demande en cada ciclo. Es precisamente contra este paisaje homogeneizador donde emerge, con la fuerza de un mal visto anacronismo deliberado, la voz del orientador vocacional que motiva esta reflexión.

     La postura del orientador vocacional no es la de un nostálgico, sino la de un resistente que cartografía un territorio distinto. Él no ofrece respuestas desde un algoritmo. Acompaña preguntas desde una praxis que a lo mejor se podría denominar: psicagógica.

     Su método, afirma, sigue estando por fuera del paradigma algorítmico. Esta afirmación no es una boutade. Es una declaración de principios filosóficos profundos. Lo que está en juego en esa simple preposición –por fuera– es nada menos que la definición de la subjetividad humana.

     ¿Somos sistemas de procesamiento de información, conjuntos de competencias digitales y blandas que pueden ser mapeadas, evaluadas y optimizadas para una productividad simbiótica con las máquinas? ¿O somos algo más, algo irreductible a lo binario, algo que reside en esa fanegada de diamantes interiores que él menciona: el psiquismo, la fisiología singular, la capacidad espiritual?

     Esta reflexión se propone seguir el hilo de esta resistencia. Pretende desarrollar una primigenia crítica filosófica a la colonización tecno-autoritaria de la elección profesional, utilizando como brújula el testimonio de este orientador vocacional.

     Se argumenta que su práctica encarna, quizás sin proponérselo de modo teórico, una ontología crítica del presente educativo: una que defiende la elección como acto de libertad radical y responsabilidad intransferible ante uno mismo, frente a un modelo que busca delegar en el algoritmo lo indelegable: el sentido de una vida. Así hoy se esté volviendo moda pasajera acudir a la IAG para encontrarle sentido a la vida. Claro, una vida maquínica. Ex-machina. La consciencia y el sentido de la vida de un humano guiado por una máquina. Se cumple la profecía: no son las máquinas cada vez más parecidas a los humanos. Somos los humanos cada vez más parecidos a las máquinas. Ron da error[3] (Ron's Gone Wrong)[4]

 

Del sujeto-dato al diamante interior: cartografía de una elección irreductible.

 

El experto en recursos humanos del artículo opera dentro de un marco de referencia preciso: el análisis de sistemas de productividad simbiótica entre máquinas y seres humanos. Su mirada es la del gestor del capital humano, para quien los individuos son, ante todo, recursos. Recursos que, eso sí, deben ser actualizados constantemente. La lógica es la de la adaptación funcional. El futuro ya no le pertenece a quien acumula más títulos académicos, sino a los profesionales que integran la curiosidad y el aprendizaje continuo (lifelong learning) como estrategia de supervivencia. He aquí la palabra clave: supervivencia.

     No se habla de florecimiento, de plenitud, de contribución al bien común o de búsqueda de la verdad. Se habla de la lógica darwiniana aplicada al mercado laboral digital.

     La IA es el nuevo ambiente al que hay que adaptarse. Ella es la que dictamina qué habilidades son valiosas y cuáles son prescindibles. Ella es la que, al automatizar tareas rutinarias, libera al humano para que supuestamente se ocupe de lo irreemplazablemente humano: Paradójicamente, mientras más nos digitalizamos, más valor cobra lo irreemplazablemente humano. Pero esta liberación es una trampa o espada de Damocles.

¿Qué es lo irreemplazablemente humano? ¿La empatía, el criterio, la creatividad estratégica?

     Si fuese eso pareciera que también es inmediatamente reificado y convertido en una nueva competencia blanda, cuantificable y demandable por el mercado. La empatía del enfermero, el criterio del analista financiero, la creatividad del arquitecto de IA, dejan de ser disposiciones éticas o expresiones de carácter para transformarse en skills que mejoran el rendimiento y la competitividad. Todo manipulado al servicio de la Matrix-necro-capitalista globalitaria.

     El sujeto producido por este discurso es el sujeto-dato: un ser cuya identidad profesional es un conjunto mutable de certificaciones, habilidades y experiencias, constantemente evaluado y re-evaluado por sistemas que miden su adecuación a las necesidades del sistema productivo. Su elección no es un acto fundacional, sino una táctica de posicionamiento en un juego cuyas reglas él no escribe.

     Frente a este sujeto-dato, el orientador vocacional de nuestro testimonio opone una figura radicalmente distinta: el sujeto-diamante. Su método no empieza con un test psicométrico digitalizado ni con un análisis de big-data sobre tendencias del mercado. Empieza en un lugar ancestral y a la vez complejo: en el auto-cuestionamiento. Mi método aún apela a la capacidad de auto-cuestionamiento que al interrogar sigue estando en la posibilidad de validar o invalidar propuestas, respuestas y resultados. Este es el núcleo de su praxis filosófica.

     La validación o invalidación no viene dada por una autoridad externa –el algoritmo, el experto, el mercado–. Es una operación que el propio sujeto realiza desde un lugar interior que precede y excede a cualquier sistema de información.

     El proceso, añade el orientador vocacional, sigue delegando en el sujeto la capacidad de determinar lo que es válido para sí mismo.

     He aquí una defensa práctica de la autonomía kantiana rodeada quizá de una dimensión existencial. No se trata de seguir la ley moral que la razón descubre en sí misma. Se trata de descubrir, en la singularidad irrepetible de la propia existencia, una ley propia.

     El método del orientador vocacional es, por tanto, un arte de la mayéutica socrática aplicada a la vida contemporánea. No impone un contenido (debes ser arquitecto de IA). Activa una forma: la de la pregunta que obliga a volver sobre sí. Y es en este volver sobre sí donde el sujeto encuentra esa fanegada de diamantes interiores: su psiquismo único (con sus traumas, sus fantasías, sus estructuras de deseo), su fisiología singular (sus ritmos, sus energías, sus disposiciones corpóreas) y su capacidad espiritual, término polémico y de difícil manejo pero posiblemente potente que alude a la búsqueda de sentido, a la conexión con algo que trasciende la mera funcionalidad: Mi método propone una senda donde quien la transite tiene la opción incluso de no transitarla; apela a esa fanegada de diamantes interiores, su psiquismo; su fisiología y su capacidad espiritual.

     Esta praxis es un acto de resistencia política. El tecno-autoritarismo, encarnado en las grandes corporaciones de software y plataformas (las hierbas aromáticas de Microsoft, Apple, Google, Meta de las que habla el orientador), busca producir tributarios. Un tributario no es solo un usuario que paga con dinero o datos. Es un sujeto cuya subjetividad ha sido moldeada para operar dentro de los ecosistemas cerrados de esas corporaciones. Piensa con Office, se comunica con Meta, busca con Google, se entretiene con Apple.

     Su psiquismo, como señala irónicamente el orientador, es colonial: está colonizado por las lógicas de usabilidad, inmediatez, estandarización y consumo que esos sistemas promueven.

     La educación por competencias para el mundo laboral es la fábrica perfecta de estos tributarios. Enseña a usar las herramientas, a desarrollar las skills demandadas, a pensar dentro de la caja que las propias corporaciones han diseñado.

     La elección vocacional, en este contexto, se reduce a elegir qué tipo de tributario útil se quiere ser. ¿Prefieres tributar con tu habilidad para programar algoritmos (arquitecto de IA) o con tu empatía cuidadosa (enfermero)? Ambas son necesarias para el sistema. La gran máquina tecno-necro-económica necesita tanto los algoritmos como los cuerpos que cuiden a los programadores estresados.

     Lo que no necesita, lo que no puede tolerar, es el diamante interior en su irreductible singularidad. Porque el diamante, con sus facetas únicas y sus inclusiones imperfectas, no encaja sin fricción en ningún engranaje. Es inoptimizable. Su valor no es funcional, sino intrínseco.

     El método del orientador vocacional, al apelar a ese diamante, al posibilitar a quien lo quiere acoger la tarea de tallarlo a través del auto-cuestionamiento, está creando sujetos potencialmente ingobernables por la lógica del algoritmo. Sujetos que pueden decir no a la propuesta más racional del mercado, porque han validado o invalidado desde un criterio que les es propio.

     Este orientador vocacional lanza, además, entre líneas una advertencia sutilmente bulliciosa sobre el horizonte último de este proceso: los ordenadores cuánticos. Para el experto en recursos humanos, esto es solo un detalle técnico más en la carrera evolutiva. Para este orientador vocacional, es el real reto-amenaza. ¿Por qué?

     Porque si la IA binaria actual opera con lógica probabilística y basada en datos del pasado, la computación cuántica promete una capacidad de procesamiento y modelado de realidades alternativas de una potencia inconcebible. A lo mejor se podría suponer que el ideal del sujeto promedio podría ser anhelar convertirse en un Quantum P.C. para interpretar y obviar para así decidir y delegar lo indelegable. Esta sería una previsión de primer orden.

     El sueño tecno-autoritario no es simplemente que un algoritmo nos asesore, sino que se convierta en una prótesis cognitiva tan perfecta, tan capaz de simular y predecir los resultados de cada posible elección en un árbol de ramificaciones cuántico, que la decisión misma sea delegada: El nuevo escenario exige preguntarse "que estudiar" bajo una óptica de datos y tendencias globales en que la intuición dé paso a una decisión informada y pensando en el futuro.

     Revisemos los hilos de esta afirmación que es bastante sonara y en apariencia inocente: preguntarse "que estudiar" bajo una óptica de datos y tendencias globales; óptica de datos y tendencias globales; que la intuición dé paso a una decisión informada; pensando en el futuro. Una bella construcción que podría estar cargada de un dulce opiáceo.

     La afirmación de que el nuevo escenario exige decidir qué estudiar bajo una óptica de datos y tendencias globales, sacrificando el deseo, la pasión, el interés propio por la decisión informada, constituye la culminación de la psicopolítica digital. Esta frase, presentada con retórica edulcorada, implica una mutación silenciosa del sujeto decisional. Preguntarse qué estudiar ya no se concibe como un acto existencial, conflictivo y situado, sino como una operación de lectura de flujos. En esta nueva estructura, el ser humano deja de ser un sujeto introspectivo para convertirse en un proyecto de auto-optimización dentro de un mercado de visibilidad. El yo que decide se disuelve en un enjambre de indicadores donde no hay deliberación interior, solo correlaciones.

     Bajo la apariencia de una decisión pensando en el futuro, se opera la sustitución del pensamiento por el cálculo.

     La intuición, el deseo, la pasión, el interés propio —un residuo opaco de experiencia, deseo y riesgo— se nos podría presentar quizá como un ruido que debe ser neutralizado en favor de una elección informada, conforme al consenso estadístico. Al delegar la elección vital al análisis de datos, el individuo se somete a la dictadura del rendimiento: ya no se estudia para ser, sino para encajar en una cuadrícula de productividad previsible. Esta lógica enjambrosa hace que la decisión no surja de la singularidad de la experiencia, sino de la presión difusa de lo que el sistema Matrix señala como viable, rentable o prometedor.

     La decisión informada a menudo se confunde con libertad. Es en realidad una forma de alineación que opera por sugestión. Nadie ordena explícitamente; nadie prohíbe. En este escenario de optimización y promesas de porvenir, el sujeto se autoajusta para no quedar fuera del ritmo global. El futuro deja de ser un horizonte de posibilidades abiertas y se transforma en una proyección estadística del presente, modelada por algoritmos. Pensar en el futuro ya no implica imaginar lo posible, sino asegurar la adaptación, reduciendo la educación a una inversión y el estudio a una simple estrategia de supervivencia dentro del mercado de competencias.

     El dulce opiáceo de esta construcción reside en su promesa de seguridad y su efecto anestésico. Al delegar la decisión a los datos, el sujeto se ve liberado del peso del error, pero a la vez se priva del riesgo de la libertad y de la singularidad de su existencia.

     Estamos ante la domesticación del espíritu. Un gobierno del alma en el que las grandes corporaciones sólo necesitan sugerir el camino más eficiente para que el sujeto renuncie a su propio misterio. La promesa de seguridad calma la angustia, pero atrofia la capacidad de decidir contra la tendencia, de fracasar creativamente o de habitar un tiempo propio. Así, la decisión informada se revela como una decisión ya tomada por el enjambre, una seducción que transforma la búsqueda del conocimiento en una mera adaptación a reglas predefinidas.

     La ansiedad de elegir, el peso de la responsabilidad, el vértigo de lo irreversible, todo ello sería obviado. El sujeto, en su pereza ontológica, anhelaría esa delegación total. Querría ser, él mismo, un ordenador cuántico: una máquina de calcular optimalidades sin el lastre de la duda, la pasión o el significado.

     Frente a este ideal deshumanizante, nuestro orientador plantea su última y más contundente barrera: La responsabilidad de sí ante sí mismo. Esta frase, que resuena desde la ética griega hasta las tecnologías del yo, es el antídoto final. La responsabilidad no es hacia el mercado, ni hacia la eficiencia del sistema, ni siquiera hacia el futuro que predice un oráculo cuántico. Es una relación ética consigo mismo. Es el reconocimiento de que, al final del día, quien converge o diverge consigo mismo, quien valida o invalida, es uno. Y de esa convergencia o divergencia íntima, nadie puede absolvernos. Es lo indelegable por excelencia.

     El método del orientador, al no condicionar la capacidad de elegir, rechazar, descartar, valorar, lo que hace es custodiar y fortalecer ese músculo de la responsabilidad íntima. No ofrece un mapa del territorio del mercado (ese mapa lo hace mejor la IA), sino que entrena al viajero para que confíe en su propia brújula interior, por titubeante que sea.

 

Apertura al Debate: ¿Psicagogia o Tecno-aprendizaje? El futuro de la orientación en la era del algoritmo.

El contraste no podría ser más nítido. Un discurso hegemónico que proclama la muerte de la carrera vitalicia y en su lugar erige el lifelong learning como estrategia de supervivencia en un mercado reconfigurado por la IA. Su orientación es prospectiva, adaptativa y funcional. Produce sujetos-dato, tributarios dóciles de un ecosistema tecno-necro-corporativo, cuya seguridad laboral depende de su plasticidad para ser remodelados según las demandas del sistema.

     Una praxis marginal y resistente que opera por fuera del paradigma algorítmico y apela al diamante interior. Su orientación es retrospectiva y prospectiva a la vez, pero en un sentido radical. Retrospectiva porque bucea en el psiquismo y la historia singular. Prospectiva porque ayuda a proyectar un futuro que sea una expresión auténtica de esa singularidad, no una adaptación a un molde externo. Es una práctica que podríamos llamar, recuperando el término griego, psicagogia: conducción del alma. No conduce al alma a un destino predeterminado por los dioses (o por los algoritmos), sino que la acompaña en su propio y tortuoso camino de autodescubrimiento y de asunción de responsabilidad.

     Esto nos abre un debate urgente y necesario, especialmente en los escenarios donde las narrativas sobre la identidad y la vocación son materia prima esencial (que no son precisamente los espacios escolares).

     ¿Qué modelo de orientación queremos para los jóvenes que crecieron, como señala el orientador, interactuando prenatalmente con los dispositivos tecnológicos? ¿Una psicagogia que los entrena en el difícil arte del auto-cuestionamiento y la validación interior, incluso a riesgo de llevarlos por caminos improductivos u obsoletos según el estándar del mercado? ¿O un tecno? aprendizaje por competencias que los convierte en ágiles navegantes de las plataformas digitales, pero que puede dejar atrofiado ese músculo espiritual de la elección irreductible?

     El cine y la literatura están llenos de arquetipos de ambos modelos: desde el héroe que sigue una llamada interior contra todo pronóstico (una vocación artística, científica o espiritual) hasta el personaje distópico perfectamente adaptado a un sistema que ha anulado su capacidad de desear por sí mismo.

     La educación formal, hoy capturada por la lógica de las competencias para el empleo, parece inclinarse peligrosamente hacia el segundo modelo. Se convierte en la antesala del mundo laboral asalariado y autoexplotador, donde el lifelong learning no es una aventura del conocimiento, sino una obligación para mantener la empleabilidad. En este marco, la orientación vocacional como psicagogia aparece no como un lujo, sino como un acto de sabotaje necesario, un espacio de fuga dentro del sistema educativo. Es el lugar donde se puede recordar que la vida no es solo un CV por optimizar, sino una biografía por escribir, y que el autor de esa biografía debe ser, en última instancia, uno mismo, con toda la angustia y la gloria que eso conlleva.

     El reto, entonces, es formidable. ¿Podemos imaginar una educación tecnológica que no sea meramente funcional? ¿Una que, sin renunciar a preparar para el mundo digital, no sacrifique en el altar de la empleabilidad la formación del diamante interior? ¿Una que enseñe a usar Python y a la vez a leer a Sófocles, no como adornos culturales, sino como herramientas igualmente vitales para el auto-cuestionamiento? La propuesta del orientador nos señala que el camino no está en rechazar la tecnología, sino en negarse a que ella defina los términos de nuestra humanidad. Su método es un testimonio vivo de que, incluso en la era del oráculo binario, es posible –y quizás más urgente que nunca– guardar un espacio para la pregunta lenta, para la duda fértil, para la elección que nace no del cálculo, sino de la convergencia íntima de un ser consigo mismo. El futuro de la orientación, y en el fondo de la educación, dependerá de cuántos estemos dispuestos a escuchar ese llamado y a defender ese espacio, ese último refugio de la responsabilidad indelegable. Porque, en palabras que podrían cerrar una gran novela o una película sobre el tema, al final no seremos juzgados por cuán bien nos adaptamos a los algoritmos, sino por cuán fieles fuimos a la insondable y singular geología de nuestro propio diamante interior.

 

 

 



[1] Magíster en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana Cali (Colombia). Magíster en Estudios Políticos de la Pontificia Universidad Javeriana Cali (Colombia). Especialista en Gerencia de Servicios Sociales de la Universidad Católica Luis Amigó, Medellín (Colombia). Ph. D. Doctor Filosofía en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá (Colombia) con tesis doctoral distinguida. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y espiritualidad. Minciencias: Investigador Junior (IJ). CvLAC. GrupLAC. Orcid: 0000-0002-6153 -7675. camolina@uniquindio.edu.co molinagomezcarlosalberto@gmail.com

[2] Psicoterapeuta y orientador profesional -Vocacional Universidad Cooperativa de Colombia. Gestor de procesos de auto descubrimiento personal para la autoconfiguración de perfiles de desempeño contextualizado, vinculados a experiencias vitales significativas. Asistente personalizado para el afrontamiento de experiencias de auto relacionamiento critico consigo mismo o con agentes del medio psico-social. Interesado en el acompañamiento de personas en labores autónomas de búsqueda, hallazgo, configuración e identificación de nuevas semánticas vitales. omarcarabali@gmail.com

 

 

[3]. Ron da error retrata la Matrix contemporánea: corporaciones que gobiernan el alma mediante vigilancia y manipulación algorítmica. Bajo la promesa de aliviar la soledad, la IAG impone una sujeción donde lo humano no humaniza a la máquina, sino que el humano se mecaniza, delegando su conciencia a un diseño ex-machina.

[4]      Smith, S. J. y Vine, J.-P. (directores). (2021). Ron da error [Ron's Gone Wrong] [Película]. 20th Century Studios; TSG Entertainment; Locksmith Animation.

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