Jan Bartelsman: Fotografías de Medellín, 1955
Víctor Bustamante
«Antes de fotografiar
Medellín, Jan Bartelsman tuvo que aprender algo más difícil que mirar:
sobrevivir.»
En otoño de 1943 Jan Bartelsman sabe que lo buscan.
Es pintor y uno de los hombres de la resistencia en Laren, Holanda; para los
ocupantes alemanes pesa sobre él la sospecha de espionaje y una culpa todavía
más grave en aquellos años: esconder judíos.
Prepara las maletas apresuradamente. Se despide de
Marie Henriette —Mieke—, su esposa, y de su hija de tres años. Todo parece
dispuesto para la fuga hasta que recuerda el jabón de afeitar y regresa a casa.
A veces la historia, que después será contada mediante grandes fechas y
movimientos de ejércitos, entra en una vida por un objeto insignificante. Un
jabón olvidado puede separar la libertad de una prisión. Un contingente alemán
lo reconoce. Bartelsman da media vuelta. Un disparo en el talón derecho lo
derriba sobre los rieles. Comienza entonces otra geografía.
Primero una celda en el cuartel de policía. Allí
intenta escapar excavando un túnel debajo de la cama. Una noche, al mover una
tabla, los guardianes descubren el pasadizo. Después vienen los campos: Vught,
Kassel y Dachau. Diecisiete meses durante los cuales Europa deja de ser para él
el territorio de ciudades, caminos y fronteras que muestran los mapas y se
convierte en una sucesión de alambradas, barracas, vigilancia y espera. En
Dachau está preso con su mejor amigo, Ted Marchand. Más tarde Marchand será
enviado a Auschwitz.
Jan y Mieke habían comenzado años antes su labor
clandestina protegiendo judíos del asedio nazi. Los escondíanen casas,
armarios, cajones, sótanos y entretechos. Es difícil imaginar hoy esa extraña
arquitectura del miedo, una casa aparentemente normal y, detrás de una puerta o
encima de un cielorraso, alguien obligado a permanecer inmóvil para continuar
existiendo. El hogar, lugar destinado a proteger de la intemperie, debía
proteger entonces de la Historia. No siempre lo conseguía. Muchos fueron
descubiertos.
La resistencia necesitaba además inventar una
geografía de la comunicación. Primero utilizaban el teléfono. Una llamada
alcanzaba a cinco amigos; cada uno avisaba a otros cinco y la alarma se
extendía. Cuando los teléfonos fueron incautados, aparecieron las bicicletas.
Cuando también estas se hicieron sospechosas, quedaron los pies. Los mensajes
comenzaron a viajar caminando e incluso por los techos de las casas. Una red
clandestina aprendía así a transformarse cada vez que era descubierta.
Entre enero y febrero de 1945, en uno de aquellos
inviernos europeos en los que la nieve parece borrar los caminos, Bartelsman
escapa junto con otros prisioneros. Caminan durante la noche y se esconden
durante el día. Algunos mueren en el intento. Los sobrevivientes continúan
avanzando sin saber exactamente dónde termina la fuga.
Hasta que un día encuentran soldados
estadounidenses.
Para Bartelsman termina allí una parte de la
odisea. Pero quien ha atravesado ciertos lugares quizá nunca salga
completamente de ellos. Los campos quedan atrás y, sin embargo, continúan
viajando con quien los sobrevivió.
Cuatro años después, en 1949, los Bartelsman
abandonan Laren. Ya tienen dos hijas, Emelie y Anemieke. Se dirigen a Chile,
donde nace Pablo, su tercer hijo. Después vendrá otro desplazamiento: Colombia.
El barco llegó a Buenaventura. Allí los Bartelsman experimentaron uno de los
primeros desconciertos del nuevo continente: según el recuerdo familiar, se
asustaron al encontrarse con personas negras, pues nunca antes habían visto
una. El episodio, más que hablar de quienes los recibían, revela la estrechez
del mundo conocido que los viajeros traían consigo. Habían atravesado países y
océanos, pero viajar significaba también descubrir hasta qué punto la propia
mirada estaba hecha de límites.
Después continuaron
hacia Cali y, en 1953, se instalaron en una casa del barrio San Fernando. El
itinerario resulta extraño cuando se mira sobre un mapa: Laren, Chile,
Buenaventura, Cali. Europa queda al otro lado del océano y la nieve es
reemplazada por el trópico. Bartelsman trabaja como contador, pero continúa
siendo fotógrafo, músico y pintor. En Cali entra en contacto con un mundo
artístico que también está buscando nuevas maneras de mirar. Allí se vincula
con un grupo, El Taller, junto a otros pintores: Lucy Tejada, Pedro Alcántara
—nadaísta—, Beatriz Daza, Nirma Zárate, María Thereza Negreiros y Guillermo
Wiedemann.
Tal vez los exilios verdaderos no consistan
solamente en abandonar un país, sino en aprender lentamente a mirar otro.
Medellín,
1955
Dos años después de su llegada a Cali, Bartelsman está en Medellín. Lleva una Rolleiflex. Con ella realiza once fotografías. Podrían considerarse simplemente documentos de una ciudad desaparecida. Pero vistas juntas cuentan otra historia: la de un hombre que cambia continuamente de posición porque parece sospechar que ninguna ciudad puede comprenderse desde un único lugar.
Primero la mira desde el aire. La fotografía aérea convierte Medellín en una superficie legible. Calles, manzanas, diagonales, barrios, terrenos vacíos y zonas construidas se organizan debajo del avión. Por un instante desaparecen incluso las montañas que habitualmente definen la ciudad.
Medellín deja de ser paisaje. Se vuelve dibujo. Casi un mapa. Resulta inevitable pensar en el hombre que pocos años antes había recorrido otra geografía durante la noche, huyendo entre la nieve. Ahora contempla desde arriba una ciudad desconocida y pacífica. Los caminos ya no sirven para escapar. Pueden simplemente ser observados.
Después Bartelsman desciende. Desde las alturas del Centro descubre una Medellín todavía baja. Los tejados ocupan grandes extensiones y entre ellos comienzan a levantarse edificios modernos. La ciudad antigua y la nueva no aparecen separadas por una frontera. Conviven dentro de la misma fotografía.
Una Medellín horizontal empieza a ensayar la
verticalidad. Bartelsman cambia de posición continuamente desde el Hotel
Nutibara. Parece buscar no tanto aquello que debe fotografiar como el lugar
desde donde hacerlo. Cada desplazamiento modifica la ciudad. Pero existe algo
que nunca desaparece completamente: la montaña.
En varias fotografías el cielo y las cordilleras
ocupan una parte enorme del encuadre. Abajo queda Medellín, comprimida entre
las laderas. La arquitectura no domina todavía el paisaje; debe negociar con
él.
La ciudad cabe dentro de su valle. Todavía
no se ha desbordado. Desde otro punto aparece la Plaza Nutibara. Las palmeras
dibujan una curva; circulan buses y automóviles; se levantan edificios
modernos; aparecen avisos comerciales, emisoras y nuevas formas de publicidad.
Al lado sobreviven construcciones pertenecientes a otro tiempo.
Las ciudades quizá nunca abandonan completamente
aquello que fueron. Construyen el futuro al lado del pasado y durante algún
tiempo ambos comparten la misma calle.
En esa fotografía Medellín parece sorprendida precisamente en ese instante. Quiere seguir siendo reconocible y, al mismo tiempo, tiene prisa por parecerse a su futuro. Entonces aparece una piscina. Bartelsman inclina la cámara casi verticalmente y personas, automóviles, muros, escaleras y agua dejan de ser objetos para convertirse en geometría. Rectángulos, curvas, superficies. Por un momento Medellín desaparece. Queda el pintor. Pero después el fotógrafo vuelve a bajar. Frente a la iglesia de la Veracruz descubre una multitud concentrada alrededor de la entrada. Otras personas miran desde los márgenes. La iglesia podría dominar la escena, pero algo pequeño se interpone entre la solemnidad y la fotografía: un carro de Paletas La Antioqueña.
Quizá una ciudad se reconoce precisamente por esas contradicciones. La ceremonia y el comercio. La piedra antigua y el vendedor ambulante. Lo solemne y lo trivial.
La historia suele conservar iglesias; la fotografía, algunas veces, tiene la generosidad de conservar también el carrito de paletas. Después llega la noche.
Las montañas desaparecen, pero solamente en
apariencia. Otra geografía comienza a dibujarse sobre ellas. Pequeños puntos
luminosos ascienden por las laderas.
Las luces dibujan el valle.
Bartelsman ya no fotografía edificios. Fotografía
señales. Medellín existe en la oscuridad como una constelación terrestre.
En otra imagen realiza el movimiento contrario.
Abandona el Centro, asciende por la montaña y vuelve la cámara hacia la ciudad.
Un árbol ocupa el primer plano. Luego aparecen la vegetación, las laderas, el
valle cubierto por la bruma y finalmente Medellín, casi deshecha por la
distancia.
La ciudad que desde el Centro parecía crecer
vertiginosamente vuelve a ser pequeña.
Es una vieja ilusión de las ciudades: creer que su
tamaño les pertenece. Basta subir una montaña para desmentirlas.
Finalmente Bartelsman coloca la Rolleiflex casi a
la altura de un caminante.
Una calle sin pavimentar desciende entre casas
encaladas y aleros de teja. Las fachadas forman un embudo que conduce la mirada
hacia el fondo. Hay pocas personas. Ningún monumento. Ningún gran edificio.
Ninguna industria. Ningún acontecimiento que explique por qué alguien decidió
detenerse allí y disparar una cámara.
Precisamente por eso la fotografía resulta tan
hermosa.
Después de buscar Medellín desde el avión, las
terrazas, las montañas, las plazas y la noche, Bartelsman parece descubrir que
una ciudad también puede caber en una calle cualquiera y en un hombre que
camina por ella.
Tal vez toda fotografía de viaje contenga esa
derrota feliz: se parte buscando aquello que distingue un lugar y finalmente se
encuentra aquello que podría pertenecer a cualquier lugar.
Vistas juntas, las once fotografías dejan entonces
de ser solamente documentos de la Medellín de 1955.
Cuentan una aventura de la mirada.
Bartelsman se acerca y se aleja. Sube y baja. Gira.
Mira desde el Centro y desde la periferia. Observa durante el día y regresa
durante la noche. Medellín se convierte sucesivamente en mapa, paisaje,
arquitectura, geometría, multitud, luz y vida cotidiana.
Quizá esa inquietud tenga algo que ver con el viaje
anterior, el mucho más terrible. El hombre que había conocido una Europa donde
los caminos conducían a fronteras, escondites, campos y fugas podía ahora
permitirse algo extraordinariamente sencillo: desplazarse por una ciudad
solamente para mirarla.
No sabemos si Bartelsman pensó alguna vez esa
relación.
Sus fotografías tampoco necesitan demostrarla.
Pero existe una extraña correspondencia entre
aquella vida desplazada y esta mirada que nunca permanece quieta.
Quizá por eso las imágenes conservan todavía su
frescura: no parecen hechas por alguien que ya sabe qué es Medellín, sino
por alguien que todavía está tratando de descubrirla.
Y en ese aprendizaje ocurre una paradoja: cuanto
más cambia Bartelsman de lugar, más reconocible se vuelve la ciudad.
Después de tantos desplazamientos —Laren, los
campos, la nieve, Chile, Buenaventura, Cali—, en Medellín vuelve a comprobar
que ningún territorio puede comprenderse desde una sola posición.
Medellín no estaba en un solo punto. Había que
mirarla desde todas partes.
.....
Asesora: Clarita de Bustamante
….
-Bibliografía:
-Bongue, Erick, Rostros y Rastros: Jan Bartelsman
(1988), Canal Univalle TV.
-El
Tiempo, Bogotá, 1989.
-Facebook,
Historia fotográfica de Medellín (HFM), Erick Bongue.
- Jan Bartelsman, Revistas Artnexus 31, https://www.artnexus.com/es/magazines/article-magazine-artnexus/6399fc807bd43d50b9aa8f29/31/jan-bartelsman
-Semilla,
herencia y color, INSTITUTO POPULAR DE CULTURA, Cali, 2016
-
Bartelsman, Gertjan. Pasajeros, 1978-1980, Banco de la República, 2016.
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