viernes, 25 de septiembre de 2026

DEL JARDÍN PICTÓRICO AL JARDÍN LITERARIO: EL BOSCO DE PABLO MONTOYA / Fredy Fernández Márquez[1]. Fredy Fernández Márquez

 


DEL JARDÍN PICTÓRICO AL JARDÍN LITERARIO: EL BOSCO DE PABLO MONTOYA

                                                                                      

Fredy Fernández Márquez[1].



[1] Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral. Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias: CvLAC-GrupLAC  frecho13@hotmail.com  

 

A tres grandes amigos y artistas: Bibiana Betancourt Arango, Alonso Meneses Jaramillo y Alonso Restrepo Villegas. Tres pinceles, tres miradas, tres tiempos, tres espacios que alguna vez encontraron en torno a un solo café la posibilidad de conversar, crear y compartir la vida. Porque el arte también nace de esos instantes sencillos en los que la amistad convierte una conversación en memoria y el tiempo en una obra que permanece filosóficamente. A ustedes, tres artistas, tres amigos: un abrazo enorme y siempre agradecido.

 

 

A través del tiempo, la multiplicidad de brotes de las diversas plantas fanerógamas, agrupadas y entrelazadas, ha dado forma al jardín. Autótrofas y fotosintéticas, provistas de carpelos y estambres, sus hojas, flores y tallos colman de aromas los rincones más recónditos y sutiles. Son espacios odoríferos donde la naturaleza parece entregarse a sí misma y, al mismo tiempo, esconder aquello que no siempre puede ser nombrado. Muchos jardines han sido prohibidos porque, detrás de su aparente inocencia, conforman el perianto de un delicado pecado: un territorio donde la belleza, el deseo y la transgresión encuentran refugio.

     El jardín ya no es solo un conjunto de flores: es una comarca donde la pasión, la intimidad, lo prohibido y el escape conviven con la ausencia. Un sueño vedado que, aun así, no hiere al corazón. Los celos se han apagado, nadie desvía la pasión. Solo en el jardín se construye lo imaginario; allí no hay conflicto, solo escenas donde el dolor aprende a llamarse alegría. Amar en el jardín no es un sueño imposible… es un sueño que no se atreve a despertar.

     Sin embargo, a través de sus obras, grandes artistas han puesto en tela de juicio los pecados de la humanidad o, quizá en sentido contrario, han dejado en sus pinceles y lienzos la testificación de la vida, la pasión y las emociones como una posibilidad distinta frente a sus desaciertos. Sus jardines no son únicamente espacios de contemplación: están habitados por el color, la pasión, el desamor y el amor; por la danza, la embriaguez del alma y del cuerpo; por la delicadeza, la tibieza y la humedad del deseo más viril. Así, el jardín se transforma en algo más que un territorio vegetal. Se convierte en un espacio de revelación, un lugar donde la vida puede ser imaginada de otra manera. Entre sus hojas, perfumes, sombras y flores aparece aquello que la moral, la costumbre o la prohibición intentan ocultar. Es otra vida, otras posibilidades de existir, de sentir y de mirar más allá de los perfumes del jardín.

     El escritor alemán Patrick Süskind, en El perfume (2025), propone otra forma de jardín: uno regido por el olfato antes que por la vista. También él contempla un jardín de damiselas aún vírgenes, y entre cuerpos curvados encuentra el bálsamo más perfecto. Aunque Jean-Baptiste Grenouille haya nacido en medio de desperdicios humanos, recrea su propio jardín, porque lo contempla al revés. Los maestros han recreado jardines colmados de flores, olores y bellas damas; Süskind extrae de esas obras la belleza y las sensibilidades más sublimes. No camina por el jardín: succiona sus fragancias, atrapa los olores más íntimos de esos cuerpos jóvenes y virginales. Cada cuerpo posee su propio olor, y de ese jardín obtiene un aroma absoluto.

     Süskind no pinta un jardín: lo narra. No ve el pecado; ve lo más puro de los cuerpos en mitad del jardín. Su propuesta, en definitiva, invierte el gesto tradicional del artista: no representa el jardín, lo respira; no lo describe, lo extrae.

     ¿Por qué es importante el jardín? Se ha llevado a la pintura, a la escultura, la música, la literatura y otras tantas disciplinas. En el área de la pintura: El jardín de las delicias (1500) — del pintor neerlandés Jheronimus Van Ake conocido como El Bosco, proveniente de la escuela flamenca. El Jardín del Boticario — de Carl Spitzweg (1838). El Jardín Del Artista — Claude Monet (1880). Jardín En Flor — Vincent Van Gogh (1888). El Jardín De Las Hespérides — Frederic Leighton (1892). Jardín De Rosas — Gustav Klimt (1906). El Jardín — Joan Miró (1925). Jardín de Invierno — (1909) atribuida a varios artistas, entre ellos, Ernst Ludwig Kirchner y Henri Matisse.

     Esculturas como: El jardín De Las Delicias — réplica de Salvador Dalí inspirada en el Bosco. Obra de teatro: Jardín De Invierno — (2003) Pablo Gutiérrez. Obras musicales: La banda argentina Babasónicos Jardín. El Jardín de los senderos que se bifurcan Dedicada al escritor Jorge Luis Borges. Obras literarias con el título de Jardín, de Manuel Azaña El jardín de los frailes (1927). Jardín (2014) de Marta Orriols. El Jardín De Al lado por José Donoso (1981). Jardín de Invierno Pablo Simonetti (2002). Jardines de Kensington por Rodrigo Fresan (2003). El Jardín Secreto Hodgson Burnett (1911). Jardín De Cemento por McEwan (1978). El Jardín De Las Bestias de Erik Larson (2011). Un Jardín En Venecia de Frederic Eden (2019). El Jardín De Los Cerezos por Antón Chéjov (1904).  El Jardín de Claude Simon (1961). El Jardín De Los Suplicios por Octave Mirbeau (1899). El Jardín De Epicuro por Anatole France (1989). El más reciente: El Jardín Del Mundo (2026) por Pablo Montoya Campuzano, novela histórica inspirada en Jheronimus Van Ake: El Bosco.

     ¿Qué encierra el jardín? ¿Cuál es su misterio, dónde reside su magia? Quizá el jardín no sea solamente un espacio de naturaleza, sino también un territorio simbólico donde la vida, el deseo, el pecado, la belleza y la imaginación encuentran una particular forma de coexistir con lo prohibido. La obra del escritor colombiano Pablo Montoya Campuzano, se adentra precisamente en ese territorio fronterizo entre la historia y la ficción. Su novela propone un viaje hacia el universo de El Bosco y sitúa sus acontecimientos en el contexto del medioevo tardío, en los umbrales de una nueva época histórica: el tránsito entre la Edad Media y la modernidad renacentista, aproximadamente entre los siglos XIV y XVI. Es un tiempo de profundas transformaciones, de creencias que comienzan a resquebrajarse y de nuevas formas de comprender al ser humano, la naturaleza, el cuerpo, el placer y el mundo. En ese escenario de cambios y de tiempos venideros, el jardín emerge como un espacio enigmático: un lugar donde lo sagrado y lo profano, la inocencia y el pecado, lo visible y lo oculto parecen encontrarse.

     El ejercicio literario de Montoya Campuzano, se articula en dos momentos fundamentales. El primero, de carácter histórico, reconstruye aspectos de la vida de Jheronimus van Ake, El Bosco; el segundo se desplaza hacia la relación entre José Diego y Ana Micaela, espacio en el que la ficción adquiere plena autonomía y se convierte en el recurso mediante el cual el escritor barranqueño amplía las posibilidades interpretativas de la historia. Esta imbricación entre historia y ficción conduce al lector hacia una comprensión más amplia del contexto del medioevo tardío y, particularmente, de las formas en que los españoles de la época percibían a los habitantes provenientes de las Indias, condición que atraviesa la experiencia de José Diego, el pintor neogranadino. Así, la novela no se limita a recrear un tiempo histórico: lo interroga desde la ficción y lo convierte en escenario de tensiones culturales, religiosas y humanas. 

     En el primer momento, A Jeroen van Ake, conocido como El Bosco, lo visita Felipe el Hermoso, soberano de los Países Bajos: “pidió al maestro que, en su nueva obra, expresara la condición del hombre frente al Creador” (2026, p. 13). En primera instancia, El Bosco parece acudir a lo más profundo de su alma y de su imaginación para recrear esa condición humana suspendida entre el paraíso y el infierno, en consonancia con el imaginario religioso de su tiempo. Este episodio constituye uno de los soportes históricos de la novela. Sin embargo, Pablo Montoya no se limita a reconstruir el pasado: entreteje historia y ficción para introducir una nueva dimensión en torno a la enigmática pintura El jardín de las delicias.

     El segundo momento, es un juego narrativo, donde relaciona la obra de El Bosco con la figura de un virtuoso pintor nacido en el Nuevo Reino de Granada, abriendo así el territorio propio de la ficción. Montoya desplaza las fronteras del tiempo literario y hace departir períodos o épocas, geografías, espacios, tiempos, artistas y sensibilidades distantes. De este modo, la novela transita entre el acontecimiento histórico y la imaginación creadora, en una época convulsionada por el fanatismo religioso, el poder de la Iglesia y las empresas de conquista y sometimiento legitimadas por el poder político. La visita de Felipe el Hermoso se convierte, entonces, en el acontecimiento narrativo que da origen al célebre tríptico y, al mismo tiempo, en el umbral desde el cual Montoya interroga aquello que El Bosco quiso revelar sobre la condición humana que se refleja en José Diego. Dos temporalidades que, aunque separadas por más de un siglo, terminan encontrándose en la ficción a través de personajes cuyas vidas, experiencias y mundos culturales son igualmente disímiles.    

     Continuando con el párrafo anterior, Montoya, experimenta un profundo arrobamiento ante El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch, fascinación que se proyecta y adquiere una nueva dimensión en su novela El jardín del mundo. Allí sitúa al joven pintor oriundo del Nuevo Reino de Granada, cuya sensibilidad artística se encuentra atravesada por la lectura y el pensamiento de Erasmo de Róterdam. La construcción de José Diego como lector, intérprete y seguidor del humanista neerlandés lo convierte en una figura de ruptura frente al orden establecido: un personaje que encuentra en el arte no solamente una forma de expresión estética, sino también un territorio de resistencia. En este sentido, su condición libertaria adquiere una dimensión radical, pues su rebeldía no se expresa mediante la confrontación directa, sino a través de la representación, del color, de la sensualidad y de la imaginación.

     Desde esta perspectiva, cada trazo del joven pintor parece desafiar la severidad de una época sometida a los dispositivos de la regulación teológica. Su pintura se convierte en una forma de insubordinación sensible frente a aquello que pretende disciplinar el cuerpo, el deseo y el placer. El hedonismo que emerge de sus pinceladas no constituye únicamente una celebración de los sentidos; es, ante todo, una posibilidad de subvertir mediante el arte los límites impuestos a la experiencia humana. José Diego pinta aquello que el orden moral intenta ocultar: el deseo, el cuerpo, el placer y las contradicciones de una existencia que se resiste a ser reducida al pecado.

     Entre ambos personajes emerge, entonces, una relación que trasciende el tiempo y la geografía y que encuentra en el arte su principal punto de convergencia. El jardín de las delicias opera como ese hilo invisible que permite la transferencia de una sensibilidad estética de un tiempo a otro, de un pintor a otro, de un mundo europeo a un territorio neogranadino. El Bosco y José Diego quedan así unidos por una misma vena estética: desde sus respectivos lenguajes —el lienzo, la imaginación y la escritura— proyectan hacia el mundo una mirada inconforme frente a las formas de dominación, el sufrimiento y la deshonra. En la ficción de Montoya, el arte adquiere de este modo una dimensión de resistencia: no solo representa una época, sino que hace visible aquello que el poder intenta ocultar, particularmente la manera en que el mundo hispánico sometió, desarraigó y violentó la vida de los habitantes originarios de las Indias.

     Jheronimus y José Diego constituyen, en detalle, una misma página escrita con los trazos de la belleza, la contemplación y el asombro ante el arte. Dos sensibilidades separadas por el tiempo, pero unidas por una mirada que encuentra en el deseo, la deconstrucción y el sinsentido una vía para develar la irracionalidad humana. En ambos jardines, el placer no aparece simplemente como transgresión de lo prohibido, sino como una forma de interrogar aquello que la moral, la religión y el poder han señalado como límite. El jardín se transforma así en un territorio ambiguo: allí donde unos encuentran pecado, otros descubren deseo; donde la moral impone silencio, el arte hace visible lo que permanece oculto. Por ello, los dos jardines no representan únicamente espacios de placer, sino escenarios donde la condición humana se contempla a sí misma, entre el deseo y la culpa, entre la belleza y el sinsentido, entre aquello que se permite y aquello que se condena.

     El jardín del mundo, de Montoya Campuzano, no se reviste del cuidado dócil del jardinero ni de la paciencia con que se cultiva aquello destinado a florecer. Por el contrario, en sus trazos se devela un amor que transgrede los límites de las pasiones y las emociones, para internarse en la liberación del cuerpo. Queda así fuera del camino la estirpe, la prohibición y aquello teológico que condena la libertad de poseer el cuerpo para convertir, posteriormente, ese mismo deseo en pecado. Y es precisamente de ese pecado, impuesto sobre el cuerpo, de donde parece emerger la maldad de lo humano. La culpabilidad deshoja el jardín.

     Por tanto, la obra de Montoya reivindica, lo pasional del parterre: allí no parece existir la culpa, porque lo sensual alcanza la máxima expresión del goce. No se trata de una satisfacción lacaniana del deseo como falta, sino de un principio enajenado del placer, una experiencia que desborda sus propios límites y, por un instante, consigue sobrepasar el sufrimiento. El cuerpo deja de ser objeto de condena para convertirse en territorio de posibilidad; la piel, en lugar de frontera, se transforma en paisaje.

     El jardín del mundo se encuentra, entonces, al borde de Perséfone —del griego antiguo Περσεφόνη, vinculada al mundo subterráneo, a la muerte y a la renovación—, en ese umbral incierto donde el placer parece rozar su propia desaparición: sentirse morir sin haber dejado de vivir. Es allí donde emerge la atopía (del griego ἀτοπία: aquello extraño, insólito, fuera de lugar), como si el cuerpo habitara por un instante un territorio que no le pertenece y, precisamente por ello, pudiera reconocerse de nuevo. El jardín se convierte así en una línea de fuga: un lugar sin culpa donde el deseo, antes de ser pecado, todavía puede ser vida. El cuerpo deja de ser superficie de inscripción del pecado para convertirse en una fuerza que resiste su propia captura.

     La transgresión no reside únicamente en el acto de desear, sino en sustraer el deseo del régimen que pretende nombrarlo, clasificarlo y condenarlo. Así, aquello que comienza como libertad termina convertido en confesión, vigilancia y castigo. El pecado aparece entonces no como una esencia de lo humano, sino como una tecnología de sujeción mediante la cual el deseo aprende a sentirse culpable de existir. Es justamente en ese exceso donde Bataille podría reconocer la experiencia de la transgresión: no la destrucción de la prohibición, sino el instante en que la prohibición es llevada hasta su propio límite y deja entrever aquello que pretendía ocultar.

     Pero todo límite produce también una fuga. El jardín no constituye únicamente un lugar: es una línea de escape frente a las formas que han aprendido a gobernar el cuerpo. En sentido deleuziano, el deseo no sería aquí aquello que falta, sino aquello que produce, conecta y abre pasajes; una fuerza que inventa otras posibilidades de existencia cuando las formas establecidas de vida comienzan a resultar demasiado estrechas. El cuerpo, liberado de la identidad que lo aprisiona, se vuelve tránsito, intensidad, multiplicidad. Ya no pregunta qué debe ser, sino hasta dónde puede llegar. Entonces el jardín deja de ser paraíso. Tampoco es infierno. Es un intersticio, una zona de indeterminación donde el cuerpo suspende por un instante la sentencia que pesa sobre él. Allí donde la moral había plantado la culpa, el deseo vuelve a germinar. Allí donde la teología había levantado el pecado, la carne recupera su potencia. El jardín no lo salva lo humano: lo libera, por un instante, de la necesidad de ser salvado.

     Ese jardín fue poseído por el goce, la pasión y las emociones de los imaginarios más fecundos de los amantes que Montoya Campuzano instala en su obra. Pero el cuerpo del jardín no es simplemente el vicio: es el vicio mismo, una materia palpitante que florece al ritmo de los movimientos giratorios de los cuerpos sudorosos, atravesados por gemidos que ya no consiguen disimularse, porque emergen desde una profundidad donde el alma y la carne dejan de reconocerse como territorios separados. Allí, poseer y ser poseído pierden sus fronteras; el sujeto se desvanece en el otro y el deseo deja de pertenecerle.

     Es entonces cuando retorna aquella imagen: “la culpabilidad deshoja el jardín”. No porque el deseo sea culpable en sí mismo, sino porque sobre el cuerpo se deposita una mirada que lo juzga, lo nombra y lo somete. José Diego y Ana Micaela quedan suspendidos en esa zona incierta donde el amor se aproxima al pecado y el pecado, despojado de su condena, recupera la potencia del deseo. Son dos cuerpos que se entregan y dos almas que se despeñan; no hacia el vacío, sino hacia ese abismo íntimo donde toda prohibición parece perder momentáneamente su poder.

     Dos sorbos pecadores bastan para desvirgar El jardín de las delicias del Bosco y devolverlo, mediante la pluma de Montoya Campuzano al Jardín Del Mundo, a una corporalidad que la moral había intentado domesticar. El jardín ya no representa la inocencia perdida: se convierte en el escenario de su transgresión. Sus frutos, sus cuerpos y sus sombras parecen conspirar contra la mirada que pretende distinguir entre lo permitido y lo prohibido. El deseo se vuelve así una fuerza sin propietario, una corriente que atraviesa los cuerpos hasta hacerlos olvidar el nombre que los separaba.

     Al jardín le roban el amanecer, pero no la luz. Le acarician la suavidad del viento mientras la noche permanece adherida a la piel, como si el tiempo hubiese decidido detenerse ante aquella escena. Y, sin embargo, algo de lo perdido permanece: lo virginal junto a la inocencia nocturnal, suspendidos en la calidez del rosal. Quizá porque todo jardín conserva, incluso después de haber sido profanado, la memoria de aquello que alguna vez creyó ser. La inocencia no desaparece: queda herida, abierta, respirando en silencio entre las espinas.

     Desde esta perspectiva, la imagen puede comprenderse como la representación simbólica de un territorio interior donde aquello que ha sido censurado, reprimido o declarado inaceptable encuentra la posibilidad de manifestarse sin quedar sometido, de manera inmediata, al juicio moral. En este espacio liminal, lo racional y lo instintivo, el deseo y la culpa, lo permitido y lo prohibido dejan de constituirse como contrarios absolutos y comienzan a coexistir en la compleja trama de la experiencia humana. La sombra, entonces, no representa simplemente aquello que se oculta, sino aquellas dimensiones del sujeto que han sido relegadas porque entran en conflicto con la imagen consciente que cada individuo construye de sí mismo y con aquello que cree que debería llegar a ser.

     El jardín del mundo puede leerse, así, como una invitación a reconocer que aquello que la conciencia intenta contener no desaparece por el hecho de ser negado. Permanece, persiste y, en ocasiones, busca otras formas de hacerse visible: en el cuerpo, en el deseo, en la imaginación, en el lenguaje y en la experiencia estética. El jardín se convierte, entonces, en ese territorio de fuga donde lo reprimido puede adquirir forma y donde la subjetividad se confronta con aquello que preferiría mantener en silencio. No se trata de reivindicar lo prohibido por el simple hecho de serlo, sino de comprender que la condición humana también está constituida por aquello que la moral, la cultura y la propia conciencia han intentado excluir.

     La obra desplaza la mirada desde la condena hacia la comprensión. Los jardines no aparecen únicamente como espacios de placer o transgresión, sino como lugares simbólicos en los que el sujeto puede contemplar sus propias contradicciones y reconocer que aquello que habita en la sombra también forma parte de su existencia. Tal vez allí radique una de las potencias filosóficas de la imagen: recordarnos que no siempre es necesario expulsar aquello que nos incomoda de nosotros mismos; a veces es preciso mirarlo, escucharlo y comprender el lugar que ocupa en nuestra propia experiencia de ser humanos.

     Las dimensiones del tríptico El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch, conocido como El Bosco, son de 220 × 389 cm. El panel central mide 220 × 195 cm, mientras que sus dos laterales o alas alcanzan 220 × 97 cm cada uno. La obra fue realizada al óleo sobre tabla de madera de roble. En sus superficies se despliega un universo desconcertante, poblado por figuras bíblicas, cuerpos humanos, animales, criaturas que parecen escapar de los contornos de la naturaleza y seres fantasmagóricos, espectrales y demoníacos que producen, a un mismo tiempo, fascinación y recelo. Cada fragmento parece contener una escena autónoma y, sin embargo, todos participan de una composición de extraordinaria complejidad, en la que el detalle se convierte en una forma de pensamiento visual.

     Pero ¿por qué esta obra continúa siendo tan célebre? ¿Qué es aquello que, siglos después, sigue provocando preguntas, interpretaciones y asombro? Y, sobre todo, ¿por qué Montoya Campuzano vuelve sobre ella desde la literatura? Tal vez porque El jardín de las delicias no se limita a representar una sucesión de pecados, sino que convierte el cuerpo humano, sus deseos y sus excesos en un territorio donde se enfrentan el placer y la culpa, la libertad y la condena, la fascinación y el castigo. El Bosco parece recrear, mediante cuerpos, criaturas y escenas imposibles, una humanidad suspendida entre el deseo de gozar y el temor de ser castigada.

     Quizá allí reside una de las razones por las cuales la obra resulta tan fecunda para la literatura: el jardín no ofrece una respuesta definitiva, sino una pregunta abierta sobre la condición humana. Puede ser leído como celebración de los placeres terrenales, como advertencia moral frente a sus excesos o como una representación de las contradicciones que habitan al ser humano. El placer aparece entonces acompañado por su reverso: la culpa, la penitencia, el castigo y la mortificación del alma. El jardín se transforma así en un escenario donde Eros y Tánatos, deseo y condena, creación y destrucción parecen encontrarse.

     No resulta extraño, por ello, que la figura de El Bosco haya sido objeto de interpretaciones contradictorias. Algunos lo han señalado como hereje; otros han visto en su obra la expresión de un profundo imaginario cristiano. La paradoja permanece: ¿cómo comprender que un artista capaz de poblar sus imágenes de criaturas monstruosas, cuerpos desnudos, placeres desbordados y escenas inquietantes pudiera ser, al mismo tiempo, un hombre vinculado a la tradición cristiana de su tiempo? Tal vez la respuesta no se encuentre en elegir entre el hereje y el creyente, sino en reconocer que su pintura habita precisamente esa frontera ambigua donde la fe, el deseo, el pecado, el miedo y la imaginación se confunden. Allí comienza también la posibilidad de que Montoya Campuzano transforme el jardín pictórico en jardín literario: un territorio donde la imagen deja de ser solamente contemplada para convertirse en pregunta, relato y pensamiento sobre aquello que, desde siempre, inquieta al ser humano.

     Lo que más inquieta de El jardín de las delicias es, precisamente, su maravillosa complejidad: un enigma que obliga a detener la mirada, a recorrer color por color, figura por figura, como si cada habitante de la obra guardara detrás de su apariencia una historia todavía por descifrar. Panel por panel, El Bosco traza lo imposible y convierte lo inimaginable en materia visible. La mirada avanza de una escena a otra y descubre, en cada superficie, un universo que parece contener a otro universo.

     En el primer panel se presenta el Paraíso, con Adán y Eva en el momento inaugural de la creación; en el panel central se despliega el jardín, poblado por cuerpos, animales, frutos, arquitecturas imposibles y escenas de placer; y en el último, la atmósfera se transforma radicalmente y conduce hacia un mundo oscuro, generalmente interpretado como una representación del infierno. Existe, así, una secuencia visual que articula los tres espacios y los convierte en una suerte de relato pictórico sobre la condición humana. La composición avanza desde la luminosidad hacia la oscuridad, y los colores parecen acompañar ese tránsito: de los tonos más claros y abiertos del Paraíso a una paleta progresivamente sombría y amenazante en el panel final.

     Sin embargo, el jardín central introduce una perturbación decisiva. Allí la lujuria no aparece únicamente como condena; por momentos adquiere la apariencia seductora de un paraíso terrenal, de un espacio donde el deseo parece liberarse de sus límites. El placer se presenta con tal intensidad que resulta difícil determinar si estamos ante una celebración de la existencia, ante una advertencia moral o ante ambas cosas simultáneamente. Esa ambigüedad constituye una de las mayores fuerzas de la obra: aquello que atrae también puede conducir a la perdición; aquello que parece prometer salvación puede contener, en su interior, la semilla de la condena.

     La infinitud parece hacerse presente en cada rincón del tríptico. El Bosco construye una proliferación de detalles que exige una mirada paciente, casi microscópica. Adán y Eva aparecen en el primer panel junto a elementos asociados al relato de la creación y al fruto prohibido; las fuentes y estructuras fantásticas introducen formas de vida que desbordan lo natural y sitúan al espectador ante un universo donde lo maravilloso y lo inquietante conviven. Cada figura, cada animal, cada fruto y cada objeto parece participar de una gramática simbólica cuya totalidad resulta imposible de agotar.

     Y quizá allí reside el verdadero poder de la obra: en que no termina cuando el espectador ha recorrido sus tres paneles. Por el contrario, comienza nuevamente cada vez que alguien vuelve a mirarla. El Bosco no ofrece un mundo cerrado, sino un universo que se multiplica ante los ojos. Cada pincelada parece abrir una pregunta; cada color conduce hacia otro significado. El jardín, entonces, deja de ser únicamente un lugar representado para convertirse en una metáfora de la propia humanidad: luminosa y oscura, deseante y culpable, fascinada por lo que teme y atraída por aquello que sabe que puede perderla.

     Montoya Campuzano, a través de su novela El jardín del mundo, recrea literariamente la pintura de El Bosco, El jardín de las delicias. En su relato, José Diego y Ana Micaela construyen su propio jardín: un territorio íntimo donde el deseo, el amor y la contemplación parecen suspender, por un instante, las prohibiciones del mundo exterior. Sin embargo, alrededor de ese espacio luminoso comienzan a proyectarse las sombras más oscuras que habitan el tercer panel del tríptico. El paraíso de los amantes lleva consigo, desde el comienzo, la posibilidad de su propia destrucción.

     La desgracia irrumpe en la vida de los amantes tras el fallecimiento de Ana Micaela. Una vez más, la muerte se interpone entre el deseo y la felicidad, como si el amor estuviera condenado a encontrarse con aquello que inevitablemente habrá de separarlo. Buscar amar parece convertirse, paradójicamente, en aproximarse a la muerte; no porque el amor conduzca necesariamente a ella, sino porque amar supone exponerse a la pérdida, a la ausencia y a la fragilidad de aquello que se ama. En este sentido, la novela instala una pregunta inquietante: ¿puede existir un amor absoluto sin que, al mismo tiempo, lleve consigo la conciencia de su propia finitud?

     Los amantes parecen habitar entonces una especie de duermevela: un estado intermedio en el que la conciencia permanece suspendida entre la vigilia y el sueño, entre la plenitud del encuentro y la inminencia de la pérdida. El amor adquiere allí una condición liminal; es vida mientras se experimenta, pero también anticipación de la muerte cuando se comprende que ningún encuentro puede sustraerse al paso del tiempo. Si amar es transgredir aquello que otros han establecido como permitido, entonces el amor puede adquirir, simbólicamente, la forma de una condena: no porque amar constituya un pecado en sí mismo, sino porque los amantes se enfrentan a un orden que pretende decidir por ellos el destino de sus cuerpos y de sus afectos.

     En esta dimensión, Ana Micaela puede leerse en diálogo con Julieta, el personaje de Shakespeare. Ambas figuras femeninas quedan atrapadas en un conflicto entre el deseo propio y las decisiones impuestas por la familia. En Romeo y Julieta (2009), la muerte aparece como una salida trágica frente a un orden que impide la realización del amor; en El jardín del mundo, la muerte de Ana Micaela adquiere una resonancia semejante: el amor encuentra su límite no en la ausencia del deseo, sino en las circunstancias que lo rodean. De este modo, el jardín de los amantes termina proyectando su propia sombra sobre ellos. El espacio que parecía destinado al encuentro se transforma, finalmente, en un territorio atravesado por la ausencia.

     Así, Montoya Campuzano parece prolongar literariamente el gesto de El Bosco: detrás de todo jardín existe una sombra; detrás de todo paraíso, la posibilidad de la pérdida. José Diego y Ana Micaela construyen su propio Edén, pero ese Edén no permanece intacto. Como en el tríptico, la luminosidad del jardín contiene desde su interior la posibilidad de la oscuridad. El amor, entonces, no aparece simplemente como salvación, sino como una experiencia límite en la que el ser humano descubre, al mismo tiempo, la intensidad de vivir y la imposibilidad de escapar de la muerte, «Nos besamos y, de nuevo, embriagados por la fruta, traspasamos las fronteras» (2026. P. 317). El beso se convierte así en el umbral hacia otra dimensión, en un territorio donde las fronteras entre realidad e imaginación, deseo y transgresión, cuerpo y espíritu comienzan a desvanecerse. La fruta deja de ser únicamente un elemento del jardín para transformarse en signo del deseo que impulsa a los amantes a cruzar aquello que les ha sido prohibido. En ese instante, la infinitud de la creación abre un pasadizo entre dos universos: del Jardín del Mundo al Jardín de las Delicias, de la palabra literaria a la imagen pictórica, del cuerpo que desea al cuerpo que contempla. Ambos jardines terminan encontrándose en un mismo espacio simbólico: el lugar donde amar, crear y transgredir parecen formar parte de una misma experiencia humana.

     Finalmente, encuentro una línea de continuidad entre La sed del ojo (2019) y El jardín del mundo (2026), en la que ambas obras parecen conjugar el hedonismo como una forma de experiencia atravesada por el placer, el arte, el amor y la estética. En este territorio, el cuerpo deja de ser únicamente el lugar donde se inscribe la culpa y el pecado para convertirse en un espacio de revelación, deseo y transgresión. El placer corporal, entonces, no aparece como simple exceso de los sentidos, sino como una posibilidad de resistencia frente a los dispositivos morales que históricamente han pretendido disciplinarlo. De este modo, el arte abre una vía hacia aquello que el orden establecido condena o silencia: el deseo, la sensualidad, el goce y aquellas zonas de la existencia que, bajo la mirada de la moral, parecen carecer de sentido. El cuerpo, al liberarse de la culpa, encuentra en la experiencia estética y en el erotismo una forma de expresar aquello que la razón normativa intenta contener. 

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Referencias Bibliográficas

 

Montoya, P. (2026). El Jardín Del Mundo. Colombia. Random House.   

_________ (2019). La Sed Del Ojo. Colombia. Random House.     

Süskind, P. (2025). El perfume. Barcelona. Seix Barral.

Shakespeare, W. (2009). Romeo y Julieta. España. Editorial Almadraba.    



[1] Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral. Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias: CvLAC-GrupLAC  frecho13@hotmail.com  

 

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