| Blaise Cendrars y HenryMiller |
Henry Miller a la mesa: el recuerdo de Blaise
Cendrars
Una
conversación filmada en 1979
Henry Miller
tiene ochenta y siete años. Está sentado a la mesa, come, bebe vino y conversa.
No parece estar concediendo una entrevista en el sentido convencional. La
cámara permanece allí mientras su memoria va escogiendo sus propios caminos.
La película
es Dinner with Henry, filmada en 1979 en la casa de Miller, en Pacific
Palisades. Richard Young y John Chesko participaron en la realización de la filmación
y Brenda Venus estuvo presente durante aquella cena. Lo que inicialmente debía
estar relacionado con el vino terminó convirtiéndose en algo mucho más
interesante: una conversación errante sobre la literatura, el dinero, el Premio
Nobel, Francia, Marcel Proust, D. H. Lawrence, Knut Hamsun y, sobre todo, el
hombre que Miller consideraba uno de sus grandes héroes: Blaise Cendrars.
La
conversación tiene precisamente el desorden de una sobremesa. Miller interrumpe
un recuerdo para quejarse del plato que le han servido, vuelve al vino,
abandona una historia y comienza otra. Pero debajo de esa dispersión aparece
una extraordinaria confesión acerca de la literatura y de la formación de un
escritor.
El
Premio Nobel para pagar las deudas
En un
momento de la cena surge el Premio Nobel.
Miller
asegura que nunca había pensado seriamente en obtenerlo. La idea se le ocurrió
por una razón mucho menos solemne que la gloria literaria: el dinero.
Su contador
le había explicado lo que podía suceder con sus bienes después de su muerte.
Los impuestos podían obligar a vender la casa y perjudicar la herencia de sus
hijos. Miller comenzó entonces a hacer cuentas y pensó en el dinero del Nobel.
La
literatura universal descendía súbitamente a la contabilidad doméstica.
Miller se divierte
con la idea. Habla incluso de la necesidad de conseguir personas que escriban
apoyando su candidatura. Pero inmediatamente aparece otra historia: alguna vez
conoció a un hombre relacionado posteriormente con el comité literario del
Nobel y, después de conversar apenas unos minutos con él en un café parisino,
Miller se aburrió tanto que inventó una cita y escapó corriendo.
Años después
supo que aquel hombre había llegado a ocupar una posición importante
relacionada con el premio.
La
posibilidad del Nobel parecía haberse complicado considerablemente.
Miller
recuerda también una explicación que Lawrence Durrell habría recibido acerca de
por qué nunca le habían concedido el premio: esperaban que Henry Miller se
volviera respetable.
La sola idea
lo indignaba.
Ser
respetable era precisamente aquello que no estaba dispuesto a conseguir.
El
héroe
Pero el
verdadero centro de la conversación aparece cuando Miller comienza a hablar de Blaise
Cendrars.
No lo
presenta simplemente como un escritor admirado. La palabra que utiliza es mucho
más fuerte: su héroe.
Lo admiraba
como escritor, como personalidad y como hombre. Su manera de vivir le parecía
tan extraordinaria como sus libros.
No era una
admiración reciente. Cendrars llevaba décadas ocupando un lugar privilegiado en
el universo literario de Miller. Ya había escrito sobre él en The Books in
My Life. Cuando el Miller anciano vuelve a evocarlo frente a la cámara, por
tanto, está regresando a una de las figuras fundamentales de su formación como
escritor.
Miller y
Cendrars se habían conocido en París en los años treinta, después de la
aparición de Trópico de Cáncer. Cendrars había leído el libro y quiso
conocer a su autor.
Para Miller,
encontrarse con uno de sus héroes debió de constituir una de esas rarísimas
ocasiones en las que el escritor previamente imaginado a través de sus libros
aparece de pronto convertido en un hombre de carne y hueso.
Cendrars
llama a la puerta
Miller
recuerda la visita de Cendrars después de la publicación de Trópico de
Cáncer.
Cendrars
había leído la novela y le había gustado, aunque también tenía objeciones.
Una estaba
relacionada con Matisse. Consideraba que determinada referencia artística
introducida por Miller resultaba demasiado cultural. Tampoco compartía su
entusiasmo por Marcel Proust.
Miller, por
el contrario, admiraba profundamente a Proust.
La escena
permite imaginar dos concepciones literarias frente a frente: el escritor
estadounidense que estaba encontrando su voz y aquel aventurero europeo que ya
había convertido la experiencia en una forma de literatura.
Pero Miller
no recuerda a Cendrars únicamente por sus opiniones literarias.
Recuerda al
hombre.
El
hombre que había perdido un brazo
Cendrars
había perdido el brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial.
Miller
reconstruye dramáticamente el episodio. Habla de las trincheras, de la herida y
de la urgencia de recibir atención médica. En su relato, Cendrars aparece como
alguien capaz de imponer su voluntad incluso frente a la posibilidad inmediata
de morir.
Esa imagen
de coraje permanecería asociada para siempre a él.
Muchos años
después, Miller volvió a verlo cuando Cendrars estaba gravemente enfermo.
Esta vez la
escena fue completamente diferente.
El hombre
que había atravesado guerras y aventuras estaba sentado, sufriendo. Según
recuerda Miller, Cendrars rechazaba los analgésicos porque quería experimentar
conscientemente qué significaba morir.
El dolor
terminó haciéndolo llorar.
Miller no
pudo soportarlo.
Ver llorar
de dolor al hombre que había considerado indestructible fue demasiado para él.
Salió de la habitación sin despedirse y nunca regresó.
Cendrars
murió poco después.
La memoria
de Miller conserva todavía, muchos años más tarde, aquella última imagen.
Una
literatura eléctrica
Cuando le
preguntan qué encontraba en la escritura de Cendrars, Miller intenta explicar
una experiencia física.
Leerlo lo
electrizaba.
A veces
tenía que cerrar el libro, levantarse y caminar por la habitación. No podía creer
que alguien hubiera escrito aquello de aquella manera.
No habla de
teorías literarias.
Habla de una
conmoción.
También
recuerda la extraordinaria amplitud del vocabulario de Cendrars. No solamente
conocía el lenguaje literario: podía apropiarse de palabras procedentes de los
oficios, de los delincuentes, de la calle y de mundos completamente alejados de
los salones culturales.
Miller
reconoce algo parecido en sus propios comienzos.
Cuando
comenzó a escribir, tenía pegada junto al escritorio una gran hoja de papel
llena de palabras que le gustaban. Mientras trabajaba levantaba los ojos,
encontraba alguna de ellas y procuraba introducirla en el texto.
La
literatura todavía era descubrimiento, apropiación, hambre verbal.
«No
influyó en mi escritura»
La
revelación más interesante llega casi al final.
Ante la
suposición de que semejante admiración tuvo que ejercer una influencia directa
sobre su estilo, Miller establece una diferencia extraordinariamente precisa.
Cendrars
había influido profundamente en su psique, pero no en su escritura.
La
diferencia es fundamental.
Un escritor
puede transformar a otro sin dejar huellas reconocibles en sus frases. Puede
modificar su manera de mirar, darle coraje, ampliar aquello que considera
posible o mostrarle una forma diferente de estar en el mundo.
Eso había
hecho Cendrars con Miller.
Knut
Hamsun y el fracaso necesario
La
conversación conduce entonces a otro de sus héroes: Knut Hamsun.
Miller
confiesa que había deseado escribir como el novelista noruego. Incluso había
intentado imitarlo.
No pudo.
Y
precisamente aquel fracaso terminó enseñándole algo esencial.
Después de
intentar escribir como los escritores que admiraba, no tuvo otra posibilidad
que regresar a sí mismo.
Ese regreso
constituye quizás una de las mejores confesiones literarias de toda la
conversación.
El escritor
joven comienza leyendo voces que parecen inalcanzables. Quiere escribir como
ellas. Las imita, fracasa y, si tiene suerte, descubre finalmente una voz que
no estaba en ninguno de sus maestros.
La suya.
Volver
a ser nadie
En otro
momento Miller recuerda a D. H. Lawrence y una interpretación de la
resurrección de Cristo que le fascinaba.
Según la
recuerda Miller, después de haber sido maestro y salvador, Cristo habría
deseado convertirse simplemente en un hombre común, en un cualquiera.
La idea
entusiasma a Miller.
Después de
haberlo probado todo, dice, uno quiere regresar a nada.
Hay algo
profundamente coherente entre esa imagen y el hombre que vemos sentado a la
mesa en 1979.
Henry Miller
había provocado escándalos, padecido censura, vivido durante años en Europa,
escrito algunos de los libros más controvertidos de su generación y terminado
convertido él mismo en personaje literario.
Sin embargo,
frente a la cámara, el anciano continúa hablando con entusiasmo de los
escritores que alguna vez lo hicieron levantarse de una silla.
El hombre
famoso vuelve a convertirse en lector.
Y acaso allí
se encuentra el secreto de toda esta conversación.
Henry Miller
habla de Cendrars, de Hamsun, de Lawrence y de Proust, pero en realidad está
reconstruyendo su propia formación. Nos muestra que una influencia literaria no
consiste necesariamente en copiar una frase, una estructura o un estilo.
Algunos
escritores nos enseñan a escribir.
Otros hacen
algo más extraño:
nos muestran
que es posible vivir de otra manera.
Para Henry
Miller, Blaise Cendrars pertenecía a estos últimos.
Nota
documental
Este
artículo reconstruye y comenta la conversación registrada en Dinner with
Henry (1979), utilizando como material de trabajo la filmación y una
transcripción automática en inglés. No es una traducción ni una reproducción
íntegra de la entrevista. Los nombres deformados por la transcripción
automática fueron identificados y corregidos durante la preparación del texto.
Fuente
audiovisual: Dinner with Henry (1979), filmación
realizada en la casa de Henry Miller en Pacific Palisades.
Texto y
preparación de la versión española: Víctor
Bustamante.
Asesoría: Clarita de Bustamante.