lunes, 12 de noviembre de 2018

2 de noviembre del 2018 / Víctor Bustamante

Liliana Afanador

2 de noviembre del 2018
Para José Agustín Román
Para Blanca Gómez 


Víctor Bustamante

Esta noche, padre, he escrito tu nombre en una cintilla de color amarillo

Y la he pegado al borde de un altarcito azteca junto a los demás nombres de los deudos de nuestros muertos amados.

Esta noche es lluviosa, muy lluviosa, y los invitados conversan en grupos aislados y los invitados somos agasajados con comida y bebida de México.

Agustín celebra la muerte de sus padres y los rememora con una foto de ellos en la plenitud de su edad madura, ya que los padres nunca envejecen  ni dejan de ser nuestros padres, así hayamos recorrido tantas noches detrás de tantos universos y así hayamos caminado tantas calles lluviosas, áridas o polvorientas creyendo ser milenarios.

A ellos les ha situado, alrededor de la fotografía un bibelot, o un presente que instala sus gustos, sus sensibilidades, para darles a entender en la eternidad de este día como son recordados de una manera tal que las lágrimas y los reproches no existen.

Esta noche de noviembre siento a México  en nuestra memoria, y ya también entiendo la reunión y decencia de la muerte en los grabados de Guadalupe Posada.

Hemos caminado por una senda con figuritas de hojas secas a sus lados que llevan hacia ese altarcito  donde la  cultura indígena no se deja avasallar por la española,  ya que se combinaron para sobrevivir. Lo percibo en estos aires de vino en una tierra lejana como es Medellín.

Esta noche las calaveras azules y rojas decoradas con líneas y figuras geométricas ríen para esa permanencia de las porcelanas que le dan otra significación, lejos de los huesos calcinados de nuestros mayores que desfallecen en el  destino de una noche donde las cenizas también claudican, ya que esas presencias son caras entre las músicas y la celebración.

He paladeado varios tequilas y he viajado al desierto de Sonora donde el agave azul crece para traerme su sabor.

He esperado a Octavio Paz para que hable de ritos y ceremonias con sus calaveras de azúcar y alfeñique a la entrada de antiguos cementerios cuando la fiesta estalla con los deudos que llevan sus ofrendas y conversan y bailan y beben frente a las tumbas de sus ancestros.

He bebido en Cuernavaca con Lowry ajusticiado por el mezcal  y brindando por el Cónsul que no ha llegado porque Ivonne saborea sus temores y sus venganzas

México de un azul violáceo y violento en las orillas del río Bravo,

México  alumbrado desde aquí en la llama de una veladora.

México, hoy he brindado por tus muertos, junto un vaso ceremonial con agua y sal, donde diversos nombres en cintillas de colores  centellean los muertos caros a los invitados

Pero, padre, hoy he escrito tu nombre y has estado aquí en ese trago de ron que claudica en la música que retiene a los deudos, cuando llegas, y entonces tu ausencia se hace larga, noche de noviembre,

Cuando la lluvia agujerea techos, fachadas y calles formando el espejo de tus pasos donde los escasos transeúntes huyen

hacia la niebla
hacia la noche.


Nov. 3 de 2018







Luisa Vergara

MEMORIAS DE POCO TIEMPO / Darío Ruiz Gómez

Pawel Kuczynski



MEMORIAS DE POCO TIEMPO

Darío Ruiz  Gómez

Joe Brainard, diseñador, cineasta,  escribió un texto que se ha convertido en una obra de culto para lectores inteligentes, es decir lectores que han sabido escapar de las mentiras y falsedades impuestas  por la publicidad. El  texto se llama “Me acuerdo cuando y otros autorretratos” y plantea una estrategia para recuperar  la memoria inconsciente  a partir de esa pregunta: “Me acuerdo  cuando  en 1951 - esto ya es mío-  veníamos mi primo Gustavo y yo de la Biblioteca de la Universidad de Antioquia a la cual acudíamos  a leer  por  la tarde y nos detuvo  la policía. Éramos unos  simples  niñitos y nunca pudimos regresar a la biblioteca porque ya el terror se había apoderado de las calles”   Recurrir a esta metodología es impedir que nuestros  recuerdos  personales sean  desvirtuados  o que incluso lleguemos a avergonzarnos de ellos o a pensar que debemos olvidarlos. “Me acuerdo, dice Brainant, de los días lluviosos a través de la ventana”.  Contra el recuerdo  personal  enfocó  sus baterías  ideológicas  el estalinismo  calificándolo  de “subjetividad pequeño burguesa” reacia  a integrarse a la “memoria colectiva”, lo que supone  la aberrante  manipulación ideológica de los recuerdos. Por eso persiguen  a  lo íntimo ya que es en esta intimidad donde se refugia el alma, el alma  que guarda fidelidad a sus muertos ya que hasta allí no puede penetrar la garra  del censor.  Esta aberrante teoría fue llevada a la práctica en la Cuba castrista, en la Venezuela de Maduro  y ha sido  impuesta en Colombia  a través de una larga tarea de adoctrinamiento de grupos de ingenuos escritores o de militantes disfrazados de intelectuales. Ya  Zamiatin  en su inmortal “ Nosotros” mostró los procedimientos  de un sistema totalitario para eliminar de la memoria  individual todo rastro de recuerdo e imponer la verdad del Partido Único. Walter Benjamin replicó diciendo que lo que llaman Historia es un recuerdo que está en peligro.  Broinard  a través de esta metodología rescata por el contrario el valor que alcanza  el  lograr  recordar  y  no el tener que aceptar la memoria  impuesta por  una organización que  preconiza  la aceptación del olvido por decreto de todas sus fechorías  pero – por carambolas-  deja muy mal parados a quienes  se las justificaron. “Me acuerdo de la sopa de pollo con fideos cuando estaba enfermito” pero también Brainard  se acuerda: ”Me acuerdo de los uniformes de los alemanes, me acuerdo de los refugiados”  ¿Por qué no sabemos nada de los guerrilleros muertos, de los fusilados por “desviaciones ideológicas”? ¿De los heridos que fueron abandonados en la selva?  “Me acuerdo cuando el Comandante volvió a violarme”. 

Como lo ha señalado con gran solvencia  jurídica  Nicolás Uribe lo que la JEP  busca al calificar de  político  en el caso de las FARC, un crimen de lesa humanidad  como el secuestro,  es  corromper  el lenguaje, es, como en el caso del siniestro Juez que reclama airado que Estados Unidos “debe” entregarle todas las pruebas que  tiene contra Santrich, dilatar el proceso mediante un despropósito verbal  y finalmente tratar de socavar el Estado de Derecho.   El, me acuerdo es lo que  están haciendo  directamente las  víctimas que hablan ante unos imperturbables  jueces de mármol. “Me acuerdo –podría decir una madre  llena de tristeza- cuando se llevaron a mi hijito  y lo  desaparecieron ”  Ese niño como tantos otros  también tomaba sopa de pollo con fideos cuando estaba enfermito. 


DEL AZADÓN A LA VOLQUETA / Darío Ruiz Gómez


Pawel Kuczynski


DEL  AZADÓN A LA VOLQUETA

Darío Ruiz Gómez

Como un pueblo negado a la agricultura  paradójicamente el azadón  se convirtió en símbolo de nuestra  identidad regional, una herramienta primitiva pero eficaz  en su tarea de  preparar la tierra para  sembrar el maíz  y mantener la huerta familiar. Las technés  de las agriculturas  históricas  nos fueron  desconocidas  incluso en la era moderna donde  el tractor fue imposible de asimilar a estas pronunciadas y áridas  laderas.  Mientras el tractor era el símbolo del triunfo del proletariado en la Unión Soviética,  en los Estados Unidos de 1930 fue la imagen de la derrota de los aparceros  ante la tecnificación de la agricultura. Nuestras grandes fábricas  de las  décadas  40-50-60 fueron insólitas con sus jardines,  su inserción natural en la malla urbana. La idea de progreso si lo hemos de convenir ha sido entre nosotros una idea bastante frágil tal como lo acabamos de comprobar  en el clamoroso fracaso de Hidroituango.  ¿Acaso solamente  somos aptos para el negocio y el comercio  y no para  la  racionalización que exigen  en la modernidad  las tecnologías más complejas y  avanzadas? Es cierto que  la máquina irrumpe  como la imagen de la destrucción, pero las tecnologías  aprendieron a ser respetuosas  con el medio  ambiente, lección  que  nosotros al parecer no hemos  tenida en cuenta  y por eso estamos  asistiendo a  una impactante destrucción  del paisaje construido, que es un patrimonio intocable,  con  la irrupción  del  símbolo  del nuevo “progreso”: la volqueta. ¿Por qué no se  redactó  un  estatuto vial que racionalizara  la irrupción de  este monstruo que se desplaza a grandes velocidades poniendo en peligro la vida de los transeúntes, de los  vehículos particulares, destruyendo  a su paso el asfalto, las calles de las poblaciones? Al coronar el alto de Las Palmas nos encontramos con el desusado  obstáculo de un restaurante situado en un  simulacro  de rotonda  y cuyos empleados levantan continuamente el avisito de “Pare” y “Siga” para controlar la llegada y salida de sus clientes. La vía que conduce el peaje es una curva estrecha flanqueada por  vehículos aparcados. Después  un enredo de  mallas  de color encarnado  que  cortan bruscamente  el flujo vehicular  y ya después,  nos abrimos a la constatación de ver cómo se destruye  la antigua  carretera  en  la cual hace ya tres larguísimos años  un grupo de trabajadores  tiende  redes de servicios  y  cuyo lentísimo  paso  ha ido  acompañado de  la proliferación de tenderetes de comida, chazas, basura, o sea de una  tugurización  por  la irresponsabilidad  de no aplicar las normas establecidas  sobre  el debido retiro de las construcciones. Y es ya ante la desbordada capacidad de la carretera,  donde constatamos la  agresiva  presencia de las  descomunales  volquetas  impidiendo el tránsito  de los vehículos particulares  – hasta tres se colocan en fila con su paso lento-   lo que nos lleva a preguntarnos. ¿En nombre de qué clase de progreso se atenta con un tráfico pesado   lo que hasta hace poco  fue una bella carretera?  ¿Prima el interés privado sobre el público?. ¿Qué entidad debió planificar  y prever este brusco cambio de uso – Naturaleza e Historia, demografía- que ha aumentado  el tiempo de desplazamientos en más de una hora?  ¿No se ha tenido en cuenta el aumento de población  que  vive  ya en Oriente y necesita contar con una carretera que brinde confianza y seguridad en los diarios desplazamientos?

Es aquí donde constatamos la urgente necesidad  de que este  país  desconocido para legisladores y políticos necesita de  normas acordes con los cambios sufridos en los  territorios,  de recordar  los derechos del ciudadano  a carreteras confiables,  o sea a la calidad en las obras públicas y a la racionalización del tráfico vehicular para evitar que nos  hundamos  más y más en la jungla  en que vivimos  hoy.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Horacio Marino Rodríguez en el Museo Cementerio de San Pedro


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70. Medellín: Patrimonio recuperado
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Horacio Marino Rodríguez en el Museo Cementerio de San Pedro

Víctor Bustamante

Tarde de domingo 28 de octubre en el Cementerio Museo de San Pedro para persistir en la búsqueda de las huellas de Horacio Marino Rodríguez. Con certeza sabemos que él estuvo aquí y aun, con más certeza, sabemos que ya está aquí en definitiva. No voy a decir, descansa, porque esa palabra imbricada de derrota nunca se la mereció él en ese largo periplo de su vida, porque lo fue, ya que él la vivió al máximo y, además, por ese motivo asistimos a esta cita  para descubrir una parte de ese eslabón, de esa creatividad, su talento, que ha legado y aquí se haya en su inicio.

El día es soleado, el día trae sus aciertos, y aquí a las dos de la tarde un puñado de personas, así como algunos familiares iniciamos un recorrido. Sí, uno de esos recorridos por la ciudad. Medellín aquí abre una de las páginas de ese libro secreto, a veces indescifrable, atiborrado de preguntas, en que se convierten sus espacios entrañables; otras, ya perdidos. En esta tarde en compañía de los expositores se abrirán esas páginas aquí en el cementerio, esas  que perviven aquí al sol y al agua ante la mirada muchas veces atónita; las más, tristes, y desprevenida de sus visitantes. De hecho el cementerio guarda sus secretos y este puñado de investigadores lo sacan a la superficie. El primero de ellos es saber que una lápida, que es la carta de identificación, con el tiempo se convierte en la representación de quien ha muerto, ya que con el paso de los años, esas personas se consideran en personajes, y de ahí, el nombre inscrito en esas lápidas, remite a una serie de datos que perviven en la esfera de sus deudos. De sí una lápida no solo por su elaboración en mármol, el mármol duro y frío de la muerte, se asocia a grandes gestas, sino que también es la piedra noble que permite escribir su nombre y las dos fechas fatales al decir de Borges, pero igual en estas lápidas reside un secreto, las iniciales de su ejecutor. En este caso también buscamos las huellas de Francisco Antonio Cano, las de Melitón y, sobre todo, las iniciales de HMR, su monograma, como una manera de saber que él había participado en este negocio familiar que ofrecía sus servicios de pompas fúnebres como una manera de despedida, como una manera de saber que el muerto merecía una homenaje con todas las de ley. De ahí la proximidad de esta familia con la elaboración de lápidas, y con el servicio de honras fúnebres, hasta llegar al punto de que uno se pregunta si esta cercanía con la ceremonia de la muerte no habría llevado a que ellos, los Rodríguez, ubicados de tal manera en esta profesión, también quisieran saber por las noticias de esa zona oscura, especulativa, indescifrable, que nadie ha visitado, el más allá, donde habitan los espíritus.

Para ellos hay un enlace, una persona muy conocida, sobrina de la esposa de Melitón, Carmen Luisa, que trabajó con ellos retocando fotografías. Me refiero a María Ramona Antonia de Jesús, la Rurra, también hermana de María Cano, que era conocida como médium de peso en esa Medellín silenciosa en las noches, pero que en algunas casas se alegraban en la búsqueda de esos espíritus que, especulativos, nunca tenían por qué regresar a contar lo que no existía y menos en esa zona de exclusión del más allá.


Aquí, en el cementerio,  entramos a lo que fue parte laica, muy determinante en anteriores momentos de exclusión, hoy, ya integrada al cuerpo total del camposanto, donde existió el mausoleo de Horacio Marino Rodríguez, de la familia de María Cano y, además, de los extranjeros, de otras legiones, de los señeros suicidas que yacen aquí ante la persistencia de quienes los buscamos y hemos admirado en esa Medellín que posee su historia en esta página de este su gran libro, no como letra menuda, nunca como una apostilla o la llamada de atención  de algún historiador atónito sino como una certeza. Aquí después de este periplo por las diversas salas con las exposiciones en la ciudad, descubro y me asombró de su oficio de tallador de lápidas donde es visible su monograma, aquí estamos buscando una de esas historias de vida de uno de los medellinenses ilustres que ni la muerte fue capaz de sumir en el olvido.

La educación práctica nunca sentimental, el trabajo inicial a los diez y seis años, imbricaba a HMR en el taller de su padre, junto a sus hermanos, ahí en Palacé con la Avenida Primero de Mayo, centro de sus labores, que luego se fraguó como la Fotografía de Melitón y la Oficina de arquitectura de HMR. Aquí miramos de la mano de sus expositores: Juan Diego Torres, Maribel Tabares, Juan Carlos Buriticá y Jorge Andrés Suarez, como en este espacio dedicado a guardar la memoria y a la muerte, existían personas que vivían de ese oficio, no como carroñeros, sino con la mansedumbre y la fraternidad tan característica de los espiritistas, que más teosofistas  que cualquier otra cosa, dedicaron su vida a mantener la persistencia y la memoria de las personas fallecidas.

Muy cierto, cada uno de estos pasos por las diversas alas y pasillos nos conducen hacia un camino generoso, encontrar las huellas de los Rodríguez que escribieron para esa memoria que buscamos, la de ellos, las lápidas talladas con su caligrafía precisa a golpes de buril y de cincel en el mármol añorado como festón por Borges cuando visitaba La Recoleta lugar de sus mayores.



El Museo Cementerio de San Pedro es un canto, mejor una elegía misma a esos mayores de diverso estrato que aquí exhiben su memoria en las edificación como la llama Luis Fernando González, de su arquitectura religiosa no de la muerte sino de la celebración de una permanencia, pero también con la presencia de nombres contundentes como el del Indio Uribe, de la familia Cano, de los Rodríguez, de Carlos Arturo Longas e Isaacs que conmueven, y mucho. Todos aquí, los poderosos con su llamado de mármol, sus epitafios y sus decorados y sus momentos yacen junto a quienes pasaron por una vida heroica, pero ya nada de eso interesa, en esta Medellín más promocionada a la cultura del espectáculo donde el turismo es el filón de una ciudad que da entretenimiento y servicios a los turistas perplejos que caminan por el Centro. Pero aquí en este lugar escapamos a todo ese tipo de veleidades porque la  muerte con sus galas negras lleva al territorio de las sombras. Aquí en el silencio ruidoso por el recuerdo en el Museo Cementerio de San Pedro  pienso en la La antología de Spoon River, cuando Edgar Lee Master nos refiere a los sepultados en la colina del cementerio cercano. Habla el fotógrafo: Penniwit: “Me quedé sin clientela en Spoon River / tratando de meterle espíritu a la cámara / para captar el alma de la gente". Y también el tallador Richard Bone dice: "Solía traerme un epitafio y dar vueltas / por el taller mientras tallaba / diciendo “Era tan bueno,” “Era maravilloso,” “La más dulce entre las mujeres,” / “Un verdadero cristiano.” Yo lo decía todo con mi cincel, sin saber si fuera verdad". O cuando habla alguien sin nombre: El desconocido: "Escuchen, ambiciosos, la historia de un desconocido que yace / aquí, sin lápida que indique el lugar. / De un muchacho, temerario y travieso, vagando, / fusil en mano, por el bosque cercano a la finca / de Aaron Hartfield, disparé a un halcón posado / en la copa de un árbol seco"./

Cierto, exquisiteces, poesía, diálogo entre dos ciudades lejanas, una en la imaginación, y otra, Medellín, aquí en este domingo cubierto de pasos, abriendo las páginas secretas, casi escondidas, pero nunca olvidadas de su libro, es decir, ese gran libro que es Medellín y que caminamos en sus páginas cada día.

Mientras Maribel Tabares hace referencia, frente al mausoleo de los Rodríguez, pasa un pequeño cortejo fúnebre liderado por un auto blanco con líneas muy estilizadas, lejos de los autos mortuorios y miedosos, lejos del séquito vestido de negro liderado por el cura con sus ornamentos ceremoniales en ese rito sin rociar agua bendita ni decir un réquiem, “Quien cree en ti Señor no morirá para siempre“, sin la sed por otra vida que fustiga. No, aquí pasa la misma ceremonia con los dolientes de vestidos vistosos, y una canción, Al otro lado del silencio de los Ángeles del Infierno, y deja la estela de su música. Este último evento hubiera sido impensable hace algunos años. Ahora en plena sociedad donde el espectáculo es lo que mueve a las personas, así como a los turistas despabilados que sonámbulos viajan a ver rápidamente una ciudad, caemos en cuenta que lo sagrado en la manera que lo habíamos vivido, ha perdido su razón y su valor.

En un cementerio la mitad de la vida está escrita en los libros cuando ya no se aprende de los sabios ni de los tontos, y ya el reloj y las autopistas se han detenido, pero aquí, en este instante se abre otra página de algo que no sabíamos, y aprender estimula: sí, completamos el rostro de HMR.

Al otro lado del silencio se hunde hacia allá, en voz baja, hacia el horno crematorio, con los deudos impávidos. Sabemos que Horacio Marino ha muerto hace muchos años, pero como paradoja su espíritu flota, pervive en el hálito de sus manos de tallador de lápidas, también cuando accionó el obturador de su cámara fotográfica para plasmar en blanco y negro algunas personas, o cuando en la solidez de su búsqueda continuó en leer para aprender diversas artes, y pasó y repasó las páginas de esos libros que le revelan conocimiento,  así como cuando sus manos elaboraron los planos de su arquitectura, y así Medellín bosquejaba su paisaje, esa silueta tan personal, tan de ciudad, y así dejar sus huellas, esas que seguimos en este instante, imperecederas, nunca frágiles de Horacio Marino.




Fotos de Luisa Vergara

sábado, 3 de noviembre de 2018

Jotamario en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín /2018


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Jotamario en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín /2018

A LA INMENSA MINORÍA / Darío Ruiz Gómez




A LA INMENSA MINORÍA
Darío Ruiz Gómez
La dedicatoria de Juan Ramón Jiménez  se daba en España en momentos históricos en que las masas en estampida, a medida que daban rienda suelta a sus desmanes,  reclamaban su supuesto derecho  a destruir desenfrenadamente lo que consideraban el orden burgués o las razas inferiores. Los desmanes que se cometieron en la Unión Soviética  llegaron a extremos de inconcebible  barbarie contra  iglesias, obras de arte, un gran patrimonio  histórico, en una orgía que el mismo Lenin tuvo que detener. Durante la Guerra Civil española  estas mismas  chusmas  se dedicaron al pillaje, al asesinato de  quienes consideraban sus enemigos, cerca de 11.000  personas  fueron fusiladas por las llamadas Checas en Madrid. Lo que vino a recordar Juan Ramón es que la poesía es un acto de afirmación cuando la montonera  atentaba en Europa contra la libertad de pensar. Naturalmente a los defensores de esas hordas  la dedicatoria de Juan Ramón les pareció ofensiva. Pero  la aparición del individuo  constituye  la  gran conquista  de lo humano frente a la irracionalidad de las ideologías  políticas convertidas en profecías banales por demagogos  de ocasión. Ya en esos momentos  aparecía el texto premonitorio de Ortega y Gasset “La rebelión de las masas” que hoy  mantiene  aún su magisterio en el pensamiento  mundial. También la luminosa lucidez de  Elías Canetti nos aclaró en ese texto decisivo “Masa y poder” lo que significa  dejar de ser un  individuo  para  ser devorado  por  el magma  de las masas, después de ser testigo de lo que significó  la nefasta irrupción de los totalitarismos, la traición  de muchos intelectuales   a la defensa de las libertades lo que condujo  a la catástrofe de la civilización. Fue el exilio, la muerte, la tortura de los espíritus libres  que no claudicaron ante la fuerza bruta revestida de nacionalismos como recientemente  lo  fue la violencia etarra  y su cadena de crímenes y atropellos y hoy lo es la xenofobia catalana y su “raza superior”. Porque  lo peor para ese ser masificado no es sólo perder su libertad   sino  el  aflorar  en él de  un sórdido resentimiento una vez que comprueba  que carece de inteligencia y sensibilidad y  se  refugie  en el ejercicio de su oscura capacidad  de revancha.  La imposición del  terror permite que la delación, la traición contra los  colegas, los amigos,  se disimule  como  una  justificación política. Veo, discreto, dueño de la soledad del verdadero orgulloso,  a Eugenio Montejo  cuya inmensa poesía  despertó de inmediato la envidia de los funcionarios  chavistas que trataron de anularlo sin saber que su verso era ya una llama perenne.
 Acabo de leer  emocionado que el gran poeta venezolano Rafael Cadenas  ha recibido en España el premio Reina Sofía la mayor  distinción  que en lengua castellana  se otorga a una obra.  Cadenas  cada semana   en distintos  barrios de Caracas ha leído un poema como afirmación de la resistencia  de la poesía contra la opresión. No voy, desde luego, a dar los nombres de los funcionarios  que al traicionarlo  traicionaron la poesía envileciendo la figura del poeta, convirtiéndose  en bufones de Chávez y Maduro. ¿Seguirán escribiendo para las “masas populares”  negándose a ver  este terrible drama humano que vive un pueblo al cual supuestamente  iban a redimir y que huye de su patria porque se muere de hambre? Puede detectarse en la poesía de Cadenas  cierto escepticismo  propio de la feroz lucidez de su mirada interior,  pero su poesía cargada  de ironía certifica que la fuente de todas los  escepticismos  es precisamente la palabra  con que todo  pueblo ofendido responde a sus tiranos, con que a través de las solas  armas de la inteligencia logra   burlar  el cerco de los censores. Con su familia Cadena apenas  sobrevive con su exiguo sueldo pero nunca se ha doblegado ante el sátrapa.

   

LA CIUDAD ABANDONADA A SU SUERTE / Darío Ruiz Gómez




LA CIUDAD ABANDONADA  A SU SUERTE

Darío Ruiz Gómez

En sendos  artículos  llenos de rabia  disimulada señalan  Juan Gómez Martínez  y J.J. García Posada el caos imperante en las calles de esta ciudad en donde  reina  abiertamente la ley del más fuerte y en donde los valores cívicos  han desaparecido por completo y como en una distopía de Jim Ballard  las calles  aparecen  invadidas  por conductores y conductoras  frenéticas que no tienen ningún escrúpulo  en abandonar  sus  vehículos  en un semáforo, en obstruir el tráfico mientras se bajan a comprar algo. Parquean  a ambos lados  de manera  que la calle se convierte en un espacio inhóspito  para el derrotado  peatón. La idea de que las cámaras bastan para ordenar el tráfico urbano  no es cierta ya que  se limitan  solamente a dar inmensas ganancias a los particulares que  monopolizan las sanciones  mientras  el ciudadano  que debe sufrir  estos trancones, crónicos ya, levanta  su voz de protesta al darse cuenta de que  las prometidas  y necesarias soluciones  que la  tecnología nos daría,  se han incumplido  y  lo que escuchamos es  un ruido de fondo  que  es nada menos que el tam tam de aquellas  feroces tribus que perturbaron nuestro  sueño en las películas sobre la jungla urbana en los años 40-50. ¿Quién manda en las calles ante la comprobación de la total ausencia de la autoridad? “Pánico en las calles” el film de Elia Kazan de los años 50 radiografió con maestría la violencia  que comenzaban a vivir las ciudades modernas. Un emigrante  asesinado en un juego de póquer entre delincuentes,  tiene  la peste negra la cual se podría  contagiar  a millones de personas si no son  localizados  a tiempo a estos delincuentes. La peste negra asoló las ciudades medievales  diezmando terriblemente a la población europea. En “El séptimo sello” el film de Ingmar Bergman el caballero aparece jugando cartas con la muerte  a quien - como el inmortal Peralta de Carrasquilla- quiere distraer para que la peste  se detenga. Es el desquiciamiento de  una sociedad cuyos habitantes  se  transforman  de repente en una versión actualizada de “Invasión de los Zombies” o de los muertos caminantes  de “Walking  Dead” : la dulce señora que en un trancón pierde la cordura y se transforma en una fiera que lanza insultos y  amenazas, entre choques de vehículos, muerte de motociclistas, peatones agredidos,  el sonar  de las  sirenas de las ambulancias. El futuro ya no es lo que era antes.

¿Cuándo podremos llegar a casa?  Se preguntan los ojos aterrados de los niños y niñas,  se pregunta el obrero o la empleada ya que los trayectos  han prolongado exageradamente su duración.  La corrupción se encarga de desprestigiar a la tecnología encargada de  racionalizar el flujo vehicular pues  en una pequeña  glorieta una alcaldía anterior  que había comprado  cantidad de semáforos  debió  colocar  ocho pares de estos cortando  el flujo, creando  la locura. Revisen calles y avenidas para que comprueben, caso de Las Palmas,  que no hay peraltes, que los parcheos  crearon peligrosísimos  desniveles, dejaron promontorios, abrieron zanjas, borraron la franja de los peatones. ¿Dónde está la Veeduría ciudadana? ¿A qué se ha dedicado entonces la frondosa burocracia municipal?  En la ciudad  abandonada a su suerte rápidamente se borran las fronteras entre la civilización y la barbarie: no hablemos de las Comunas donde la locura vial no es registrada por las autoridades, donde la extorsión, el pillaje redondean esta visión de una ciudad que parece irremediablemente estar cerca de anularse . Amén

viernes, 2 de noviembre de 2018

NO ANALICES MUCHACHO, NO ANALICES / Darío Ruiz Gómez




NO ANALICES MUCHACHO, NO ANALICES
Darío Ruiz Gómez

Me refiero claro al refrán popular que reza: “ Si quieres ser feliz como me dices, no analices muchacho, no analices” Porque llegar  a  emitir un juicio propio  es algo que  para siempre nos saca de la falsa bonhomía  en que habíamos vivido  sin asumir nuestra  responsabilidad ante la vida y  ante los otros  ¿Por qué sustituí a Dios por el Partido? ¿Por qué acepto sin rechistar lo que me impone cada poder? La noción de individuo nace de este tipo de cuestionamiento necesario:  Lo que se descubre entonces es la vida como una pregunta que no debe cesar ante cada hecho que compromete nuestra conducta personal. Debo preguntarme quién es Dios  recuerda  Kierkegaard, para poder  reconocerlo  y convertirlo no en la imagen  que me impone  un poder sino  una  permanente  búsqueda existencial.  Pero abrirse a una pregunta  no es algo al alcance de las almas tibias que prefieren acomodarse   a las  consignas  establecidas  tal como sucede en la sociedad moderna donde la alienación de  las  conciencias conduce al rebañismo, a la muerte de la libertad. ¿Piensan los colombianos?   o ¿Porqué nunca llegan a pensar, a cuestionarse  algo? La respuesta de Fernando  González  es certera: “porque los colombianos mueren huérfanos de realidad”  ya que  asumir los retos que nos hace  la realidad es enfrentarnos a nosotros mismos, es decidir  independientemente nuestro lenguaje,  nuestra escritura. Sobre el impacto de los atentados contra las Torres Gemelas el 11 de noviembre, sobre la era Trump, la crisis europea  se han escrito ensayos muy importantes. Hay películas,  novelas donde se analiza la mentira del juego político y su silenciada violencia en la actual sociedad española, italiana, mexicana, argentina, las trampas de la  banca, el comercio de armas, los camuflajes de las nuevas mafias del narcotráfico, la trata de blancas,  ya que el análisis de cada una de estas situaciones  donde la sociedad  es agredida, es lo  que nos  permite  hacer una radiografía  objetiva  sobre  acontecimientos que se hacen históricos por su gran complejidad  ya que  terminaron  por desvirtuar  la misión de la política,  la ética empresarial o sea impactando negativamente nuestras conductas, nuestros destinos, lanzando a la sociedad a la mayor  incertidumbre y a la mayor confusión. Por desgracia en Colombia solemos  hacer lo contrario ante los traumas causados  por cada  nueva fractura  social  como las que acabamos  de vivir tan dolorosamente  y que necesitan de una reflexión  profunda  y objetiva  para no repetir los errores  y para no prolongar el odio que soterradamente  están sembrando los sombríos perdedores de las elecciones  ya que  por desgracia parece que   estamos  como el avestruz  escondiendo  la cabeza en las tentaciones de la frivolidad comercial,  mientras,  tal como sucede con cierto periodismo,  permitimos  que se vuelvan costumbre  la bajeza de la difamación  y del infundio.

 En manos de los agitadores a sueldo, de los demagogos reencauchados para la ocasión,  este mutante  terrorismo  distrae a los incautos  de la tarea de hacer frente a los verdaderos problemas que vive el país  ante  la  ruina económica  que premeditadamente dejó el gobierno anterior,  ante  los intentos de un neopopulismo de caricaturizar  la cultura bajo los señuelos del peor de los identatarismos maduristas  y sobre todo para  recordar a esos alaracosos  perdedores que ellos firmaron su acuerdo de paz renunciando a la violencia, al juego sucio de seguir intentando   desestabilizar  el país  olvidando que su verdadera tarea consiste en fundamentar la existencia de una  oposición  política respetuosa  del libre juego de opiniones  que se supone es la esencia de una democracia.

Películas rigurosamente editadas a mano / Víctor Bustamante




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Películas rigurosamente editadas a mano

Víctor Bustamante

Prólogo

Estos cuentos fueron escritos en el trascurso de diversos años, entonces se trataba de un proceso de aprendizaje acompañado de disímiles contingencias y calles. Con el tiempo se convirtieron en una presencia a través de las sucesivas indagaciones que entregan ciertas curiosidades, determinadas maneras de acercarse al cine. Poe, Borges, Ruiz Gómez, Onetti, Cabrera Infante, y Cortázar me acompañaban y aun me acompañan con el deseo de desentrañar el secreto de la creación. Poco a poco estas historias surgieron como una manera de exorcizar la imposibilidad de hacer cine, ya que en esos días de mil novecientos ochenta era vedado, debido a la circunstancia tecnológica y al aislamiento. Apenas existía la fotografía como una manera de acercar la gran pantalla, pero era lejana la posibilidad de filmar, de poseer las imágenes en movimiento.

Durante estos años el cine ha ocupado un lugar primordial. He auscultado esa otra forma de arte, aún más popular, convertido en films muchas veces extractados de novelas o cuentos. En estos, es notoria la imposibilidad de cristalizar en múltiples fotogramas la escritura misma. De sí, cada novela o relato convertido en película da el sabor de que algo ha fallado, ya que es improbable que este sea expresado en imágenes. Existen innumerables circunstancias que lo verifican. Orson Welles lo intentó con El Quijote, diversos autores claudicaron con Proust, Corman, con Vincent Price, merodearon por la saga del gran Poe; de alguna manera ellos se aproximaron. De ahí que la escritura, tan personal, solo permita que, al ser  convertida en novela o cuento, quede como una solita y sólida expresión de su autor, y que los lectores hipócritas, luctuosos e imaginativos, conjeturen como sería al convertirla en película, ya que las palabras son fugaces y huyen de quien quiera convertirlas en imágenes.

Con mi llegada al cine, he tratado de aprehender ese universo paralelo que cohabita junto a la literatura. Nombres como Fellini con su ensoñación y la poesía de sus imágenes, Pasolini con su humor y su dureza como su propia expiación,  Altman y su acedia, Renoir y su ternura para narrar junto a Michel Simón. Bergman haciendo un posible universo impreso en su existencialismo religioso. Houston dando una visión diferente a un cine de Hollywood que también merodea por la creación de autor.

Junto a la labor de dirigir cine, han aparecido multitud de oficios. Uno de ellos el hablar de los diversos films vistos que desemboca en convertirse en crítico, pero nunca he querido serlo. Pero sí he investigado sobre el tema cuando se refiere a películas perdidas, así como aquí, en estos relatos, hay un acercamiento a esa utopía. Ya sea con los diversos nombres de los guionistas y sus proyectos inacabados, ya sea el director de cine lleno de más fantasía y discurso que solo posee películas en su memoria, ya sea en los camarógrafos que filman documentales como una manera de decir que ellos hacen cine. Pero la materia de esos cuentos, en última instancia, pertenece a ese secreto que guardamos allá, muy escondido, en nuestra zona aún más oscura, la poesía del fracaso con todos sus demonios e infiernos personales. Los personajes y circunstancias de estos cuentos hubieran preferido entrar a la pantalla durante la proyección de una de sus películas preferidas y perderse como en el célebre relato de Margarita Yourcenar, sobre Wan Fo, a su vez retomado de un texto de Herman Hesse, cuando el pintor entra y huye al interior de su propia  pintura.
V.B




LA PATRIA ÍNTIMA / Darío Ruiz Gómez



LA PATRIA ÍNTIMA

Darío Ruiz Gómez

El expulsado de su tierra ha sido, desde las Sagradas escrituras  una imagen constante para señalar  lo que implica la violencia contra los inocentes y a la vez la fortaleza de la humildad ante la tiranía.  Estoicismo, virtud esencial para cruzar el árido desierto tal como en su magna obra poética lo describe Edmond  Jabés, virtudes calladas sobre las cuales se erigen las metáforas  de la epopeya de la liberación humana, del pueblo sometido.  Los venezolanos  lanzados por  la tiranía a la diáspora remiten necesariamente a esas imágenes de destierro y de expulsión de una comunidad imágenes  que se repiten  una y otra vez  en Colombia–caso de Tarazá-  pero convertidas aquí  en historia silenciada y negada ya que sus relatos “no han sido vistos ni escuchados” por  los historiadores  de oficio. Repetir  la  historia es realmente  el castigo por haber tratado de ignorarla  ya que aquello que pretendió  silenciar nuestra desidia regresa siempre  a recordarnos  una responsabilidad postergada. La palabra del justo nopuede ser la palabra del tirano y en  los  relatos del destierro  la verdad  no brotará de los acomodados  testimonios  y frías estadísticas   de los  propietarios de la llamada memoria histórica  sino de cada lugar, de cada recodo de un camino, de cada calle donde los asesinos actuaron con una total impunidad. Las heridas  que la brutalidad dejó en la memoria de una niña o de una adolescente brotarán  impensadamente  en el futuro con la fuerza de una  llama,  de manera que quienes  llegarán a reconocer  el rostro de los asesinos, quienes  los someterán a juicio  no será  la justicia de los jueces en  tribunales de ocasión  sino la implacable  justicia del inocente silenciado. En la desheredad como señaló Annah  Arendt es imposible  intentar rehacer aquello que la violencia destruyó, de ahí que, afortunados  quienes  no tienen patria  ya que  pueden hacerla cada día. De ahí la certeza de que la verdadera patria del ser humano  es el lenguaje ya que el lenguaje constituye en medio de los yertos caminos  del destierro el refugio del alma del perseguido, ese espacio íntimo donde ya no se necesitan las palabras para establecer una comunión con los otros perseguidos. ¿Cómo volver a escribir,  se preguntaba Celan, en la lengua en la cual justificaron todos sus horrores los nazis?  ¿Cómo puede llamarse escritor quien  ha justificado la matanza de los inocentes a nombre de la Historia, a nombre del llamado “futuro socialista”?  Es una pregunta que se plantean  las conciencias libres del mundo después del  de los exterminios de los viejos y nuevos  totalitarismos. Una pregunta que va de Camus a Steiner  y que nuestra clase intelectual no podrá  eludir a medida que vayan  apareciendo  las fosas comunes, los nombres de los niños abusados. Un asesino depravado de la guerrilla  puede argumentar que sus matanzas  estaban  justificadas por las teorías  totalitarias  que le metieron en la cabeza los teóricos de su organización  pero  éste es  un problema de conciencia  personal frente al cual no es aceptable esa delegación de responsabilidades directas, esa disculpa.

Porque el santismo  es una  perversión del lenguaje  y la “utopía socialista”  ha demostrado ser sólo un manual para pillos. De manera que quienes resistieron esta patraña saben que la verdadera  patria va en la intimidad preservada de quienes ahora comienzan a escribir con sus voces acalladas  los relatos de la comunidad que vendrá. P.D El fortalecimiento de la Universidad Pública es el fortalecimiento del conocimiento en libertad.      

EL CHOQUE CON EL PROGRESO / Darío Ruiz Gómez





EL CHOQUE CON EL PROGRESO
Darío Ruiz Gómez

Hace ya muchos años cuando se inauguró  el deprimido de la 80 con San Juan se hicieron dos pestañas   tan burdamente hechas que causaron risa. Sin embargo en un aviso se leía:”Esta es una obra de progreso” De manera que el progreso convertido en una ideología  política  al uso para justificar cualquier error ingenieril, cualquier  desafuero urbanístico, cualquier desalojo,  comenzó desde los años 70 a convertirse en un contrasentido evidente, pues si, tal como lo atestiguan las fotografías de Gabriel Carvajal tuvimos  una excelente ingeniería, la acertada respuesta tecnológica  en edificios, puentes, túneles donde  en  el concreto, el hierro, se logró dar presencia a un nuevo concepto  estético y estar a la altura de la mejor ingeniería moderna, algo grave sucedió para que esas disciplinas entraran en crisis y la calidad de las obras públicas se degradara de manera alarmante. Laureles, El Estadio, San Joaquín se constituyeron en ejemplos notables de planeación de un territorio, de un urbanismo que buscaba la luz, la presencia del árbol y el jardín y en la canalización de las quebradas logró obtener una impronta de notable calidad al afirmar la poética de los lugares.  El Instituto de Crédito Territorial construía y diseñaba viviendas y no tugurios al por mayor. Entonces  con la decadencia de unas profesiones  irrumpió sorpresivamente un elemento maligno que terminó abruptamente  con una  idea de futuro racionalizado  al negar cualquier proyecto de ciudad: la llamada economía subterránea. Ese descomunal y diabólico capital terminó con la noción de ética propia del capital empresarial fiscalizado por el catolicismo. Un joven López Michelsen se atrevió a señalar la raíz calvinista en este  tipo de capitalismo  bendecido por el esfuerzo personal y la ética cristiana  tal como sucedió en el desarrollo del capitalismo norteamericano, inglés. ¿Qué podía oponerse  al arrasador capital brotado ferozmente de las ganancias del llamado dinero fácil? La ciudad que había ido  surgiendo a través de  décadas de esfuerzo humano, de un urbanismo a escala, la ciudad de la cultura popular con sus  imaginarios nacidos de la probidad  y  el aporte del humilde, del arquitecto y el artesano, de los enfrentamientos entre  la simulación social y la afirmación de los lugares, ¿Hacia dónde  voló hecha añicos por este desbocado y hoy mutante  capital capaz de comprar toda la ciudad, de apoderarse de nuestra misma sentimentalidad  sustituyéndola por la perversa imaginación del mal? Que un delincuente invisible  obtenga en poco tiempo  el triple de las ganancias que en años logró obtener  el capital de un ya histórico empresariado  industrial, un pequeño negociante ¿no consiste  en destruir de tajo  cualquier ideal  de progreso material y moral? Una sociedad sometida a capitales  fantasmas que niegan el esfuerzo humano,  el sentido ético del trabajo,  es una sociedad líquida, una sociedad sin valores.

Lo que era territorio se des-territorializa entonces mediante un POT que impide el afianzamiento del tejido urbano, del paisajismo que prioriza el edificio aislado y destruye el intercambio social de  la vida de barrio, la necesaria presencia del vecino, el espacio público. “La gestión del miedo que provoca la inseguridad ciudadana se ha convertido en carta blanca para generar consenso social en torno a políticas discriminatorias y autoritarias”  medidas que, como señala Mike Davis, desembocan  en un alarmante crecimiento de la población reclusa. Todo porque lo que busca  la  des- urbanización es convertir al peatón en un fantasma, al ciudadano en una entelequia, a la ciudad en un panóptico.