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Cioran, Ensayos Selectos
Víctor Bustamante
Apuntes para una Genealogía
del suicidio
Siempre regresamos a Cioran ya que su lucidez hace permanecer con los pies en la tierra, es decir ubicados ante las vanidades de la paleta de colores y del celofán adolescente que piensa que leer y escribir, es preocuparse en promover instancias que no se cumplen con el riesgo de convertir la escritura en la indignidad que tanto es notoria en la locuacidad de las imágenes en las redes. En Cioran atisba la crítica a lo banal que nos mantiene en vilo, y alerta, para no sucumbir a ese festín del renombre, en estos tiempos aciagos de tanto premio Nobel hacia abajo. Su pensamiento es un leño ardiente al cual nos aferramos para estar despiertos y para seguir escribiendo y descubriendo una ciudad, Medellin, que tantas historias mantiene en secreto. La buscamos en su ocultamiento, en sus olvidos convenientes.
Hoy he buscado a Cioran, demasiado infrahumano, y más
certero que el Nietzsche de cartilla, con esa escritura diáfana, pero afilada y
contundente denota el mundo oscuro que se oculta, ese que sacude, ese que nos
dice, que no cerremos la puerta al final. Al editar Sergio López y Gustavo Zuluaga
este libro, Cioran,
Ensayos Selectos, (Ed. Defensa
de la Palabra, 2009), he buscado a Cioran en uno de sus temas que cautivan.
Hay ideas no pertenecen enteramente a quien las formula ya que poseen su historia. Pasan de un escritor a otro, cambian de sentido, se contradicen, se radicalizan. A veces una novela plantea una pregunta que décadas después reaparece convertida en filosofía; otras veces la filosofía devuelve esa pregunta a la vida y descubre que ya no puede contemplarla desde lejos.
Algo semejante ocurre con el suicidio desde
Dostoievski hasta Cioran. No se trata, por supuesto, de afirmar que Dostoievski
inaugura el problema filosófico del suicidio. La cuestión es muchísimo más
antigua. La genealogía que interesa aquí es otra, más precisa: la del suicidio entendido
como problema de la libertad, de Dios y, finalmente, de la posibilidad misma de
soportar la existencia.
En ese recorrido aparecen cuatro nombres:
Dostoievski, Camus, Cioran y Gabriel Marcel. El primero inventa un personaje
dispuesto a morir para demostrar una idea; el segundo convierte aquella muerte
en un problema filosófico; el tercero descubre que quizá no sea necesario
realizar el suicidio para obtener la extraña libertad que promete su
posibilidad; y el cuarto, situado en las antípodas espirituales de Cioran,
reconoce en él la sombra lejana de aquel personaje, Alexéi Kiríllov, de
Dostoievski.
En Los demonios, Dostoievski crea uno de los
personajes más extraños de la literatura moderna. Kiríllov no es simplemente un
hombre desesperado que quiere morir. Tampoco pretende suicidarse por una
desgracia amorosa, por pobreza, enfermedad o cansancio. Su muerte debe demostrar
una idea. De tal manera se pregunta por qué los hombres no se matan, y así encuentra
dos obstáculos inmediatos: el dolor y el temor al otro mundo. Pero detrás de
ambos descubre algo más profundo: el miedo a la muerte mantiene al hombre
sometido. Mientras exista ese miedo, la libertad humana será incompleta.
Su razonamiento lo conduce a un extremo. Si Dios
existe, la voluntad humana está subordinada a la voluntad divina. Pero si Dios
no existe, toda la voluntad pertenece al hombre. Alguien tendrá entonces que
asumir hasta sus últimas consecuencias esa soberanía y demostrar que puede
disponer absolutamente de sí mismo. Ese hombre es Kiríllov, oscuro y al borde
de la mendicidad.
La paradoja que construye Dostoievski es formidable
porque Kiríllov, al mismo tiempo, ama la vida. Puede disfrutar de ella, hablar
de los niños, experimentar entusiasmo, ser gimnasta y, sin embargo, conservar
intacta su decisión de matarse. No estamos simplemente ante el desprecio por la
existencia. Estamos ante una idea que exige una prueba, ya Kiríllov, tiene
presente su idea del suicidio, solo que se demora para pegarse un tiro.
Así esa idea que lo acompaña necesita el episodio
certero. Una libertad que no sea demostrada mediante la muerte seguiría siendo
para él una libertad incompleta. Pero precisamente allí queda planteada una
pregunta que sobrevivirá al personaje: ¿es necesario realizar la posibilidad
del suicidio para ser libre o basta saber que esa posibilidad existe?
Décadas después, Albert Camus vuelve sobre Kiríllov, en El mito de Sísifo, 1942, lleva el suicidio al centro mismo de la filosofía. Antes de ocuparnos de innumerables problemas metafísicos, sostiene Camus, existe una cuestión elemental: decidir si la vida merece o no ser vivida. Kiríllov le interesa porque ha intentado resolver mediante su propia muerte una contradicción metafísica. Su suicidio no es solamente psicológico: es una consecuencia del pensamiento. Camus puede observarlo entonces como una especie de experimento llevado hasta el límite.
Camus no celebra de Kiríllov su disparo, refiere
como respuesta al absurdo el permanecer. Ese absurdo nace del enfrentamiento
entre la necesidad humana de sentido y el silencio del mundo. Reconocerlo, sin
embargo, no obliga a eliminar mediante la muerte uno de los términos de esa
confrontación. Hay que sostener la tensión.
Aquí aparece la primera bifurcación. Kiríllov
realiza el suicidio, y al leerlo Camus piensa el suicidio y rechaza que
constituya una solución al absurdo. Entre el escritor y el suicida todavía
existe una distancia. Camus observa a Kiríllov, lo interroga, intenta
comprender la lógica que conduce desde la inexistencia de Dios hasta la
pretensión de disponer absolutamente de la propia vida.
Con Cioran se vislumbra otro camino, él conocía
perfectamente el universo de Dostoievski, a quien define como el novelista
supremo. Gabriel Marcel su gran amigo y confidente dejó un testimonio
excepcional. Recuerda haber asistido con Cioran a un ensayo general de Los
justos, de Camus. Al salir, Cioran le hizo una observación feroz: bastaba
pensar un instante en Los demonios para darse cuenta, según él, de que
de aquello que acababan de contemplar no quedaba nada. La comparación con
Dostoievski, por lo tanto, no es una construcción posterior. Cioran mismo
enfrentaba a Camus con Dostoievski.
Pero el verdadero replanteamiento con el inconveniente
de Kiríllov aparece en El aciago demiurgo, publicado en 1969, particularmente
en su ensayo, “Encuentros con el
suicidio”, donde el
rumano explora desde diversos puntos de vista, de ánimo, y bajo confrontación
misma esa idea hasta exprimirla.
Aquí ocurre una transformación asombrosa, ya que Cioran
conserva de Kiríllov la relación entre suicidio y soberanía, al saber que
podemos disponer de nuestra existencia para provocar una sentenciosa sensación
de libertad, ser Dios. Sin embargo, descubre una posibilidad que Kiríllov no vislumbró:
no es necesario ejecutar el acto supremo para disfrutar de esa soberanía, puede
aplazarse escribiendo sobre él, reflexionándolo; en síntesis, conservándolo
indefinidamente como posibilidad que está latente.
De ahí surge una de las paradojas más conocidas y perturbadoras
de Cioran: sin la idea del suicidio, acaso uno se mataría inmediatamente. Estamos
ya muy lejos del suicidio entendido únicamente como destrucción de la
existencia. La posibilidad de morir se convierte, paradójicamente, en una razón
para continuar viviendo, alargar esa decisión se convierte en norma y rutina. El
solo proyecto de abordarlo causa cierta dosis de tranquilidad
Así, en esta continuidad, Kiríllov que mantenía un revólver como parte de su solución, se pega el tiro como lo había prometido; Cioran se queda con la idea, la exacerba, la redefine. Pero quedarse con la idea no significa retroceder ante ella. Significa incorporarla a la existencia. Kiríllov necesita una vez el suicidio: el instante definitivo que demuestra su libertad. Cioran puede necesitar durante toda la vida la posibilidad del suicidio. Uno realiza el acto y desaparece. El otro aplaza el acto y permanece, lo asume como una utopía, es decir lo inasible lo cual le otorga perdurabilidad. La muerte posible se convierte así en una extraña compañera de rutina que asoma su cara oscura detrás del hombro.
Hay una distancia entre pensar una herida y escribir desde ella. Camus coloca el suicidio en el centro de la filosofía y convoca autores, ideas y personajes para interrogarlo. Entre ellos está Kiríllov. Lo observa, examina su razonamiento, trata de comprenderlo. Cioran no necesita reinventar a su amaño un Kiríllov ni colocar a un personaje delante de sí para examinarlo. El hombre sobre el cual realiza el experimento es él mismo. Por ese motivo tan lacerante sus preguntas tienen otra temperatura. Camus puede preguntarse qué significa filosóficamente suicidarse. Cioran termina preguntándose por qué él mismo no se mata.
La diferencia no permite establecer ningún juicio de
valor sobre el sufrimiento íntimo de Camus. Sería absurdo deducir la vida
interior de un hombre únicamente a partir del procedimiento de su escritura. Lo
que sí podemos reconocer es que estamos ante dos maneras diferentes de
aproximarse al mismo abismo. Camus convierte el suicidio en problema
filosófico. Cioran convierte su propia existencia en el lugar donde ese
problema sucede, y lo espera a la vuelta de la esquina. Camus, ya una estatua,
analiza distante e institucionalizado. Cioran se expone nada tiene que perder,
porque todo lo ha perdido, es un vagabundo en la misma ciudad, Paris, visto a
su manera.
Y quizá por eso adquiere una resonancia especial el
encuentro que Cioran recordaría años después. Tras la publicación del Breviario
de podredumbre, 1949, Camus le habría recomendado entrar en la esfera de
las cosas «verdaderamente intelectuales». Cioran nunca olvidó aquella frase. La
consideró impertinente y recordaría también el tono con que Camus se había
dirigido a él: como si hablara a un colegial.
Podría tratarse simplemente de una antipatía entre
escritores. Pero cuando se observa desde sus respectivas maneras de escribir
sobre el suicidio, la escena adquiere otra dimensión. ¿Qué significaban
aquellas «cosas verdaderamente intelectuales»? No podemos saber exactamente qué
quiso decir Camus ni atribuirle intenciones que no conocemos. Eso sí Cioran lo siguió
considerando un escritor provinciano que solo leía autores franceses. Cioran, exultante
y lacerado, no abandonó el yo, es más se hundió todavía más en él, imbuido en
esa costumbre de hablar consigo mismo.
Hizo col norma de escritura precisamente aquello
que podía parecer asistemático y pendenciero —la confesión, la contradicción,
el insomnio, la desesperación, la vacilación— una forma para asumir y ahondar
hacia el centro mismo de su propio discernimiento. Cioran no demuestra: se compromete
a ser autentico en su propia conflagración interior. No escribe simplemente que
el hombre piensa en suicidarse. Escribe desde el hombre que piensa en
suicidarse, para así alargar el final de su partida.
Y tampoco construye una doctrina destinada a
resolver la contradicción. La conserva. Puede desear desaparecer y descubrir
poco después que la posibilidad misma de desaparecer lo ayuda a permanecer.
Puede pensar el suicidio como liberación y reconocer simultáneamente que pensar
en él lo tranquiliza. Allí se aleja tanto de Camus como de Kiríllov. Kiríllov,
malvado, nihilista y locuaz necesita llevar la idea hasta el acto. Camus somete
el acto a la interrogación filosófica y rechaza el suicidio como solución del
absurdo; se disuelve en su curiosidad. Cioran descubre algo mucho más ambiguo: puede
quedarse con la idea, revolverse en ella sin ningún recato. Y al quedarse con
ella significa no resolverla, mantenerla intacta sospechando que cada día el horizonte
es más oscuro, degradado desde el gris hasta la constelación del color negro.
Es precisamente esto lo que inquieta a Gabriel Marcel, que el 28 de junio de 1969 publica en Le Monde un texto sobre Cioran. Marcel habla desde una posición singular: siente enorme afecto y admiración por el hombre y, simultáneamente, un profundo rechazo hacia buena parte de su pensamiento. Cuando llega a “Encuentros con el suicidio”, reconoce inmediatamente una presencia: Kiríllov. Para Marcel resulta imposible leer aquellas páginas sin encontrar la huella del personaje de Dostoievski. Pero enseguida agrega algo decisivo: con Cioran se ha llegado «más lejos, mucho más lejos, y concluye Cioran es el mismo Diablo. Y entonces introduce a Camus. A juicio de Marcel, el caso de Cioran es más perturbador y complicado. Considera que Cioran jamás habría aceptado cierta posición intermedia en la que, según su interpretación, Camus parecía haberse instalado desde El hombre rebelde. Cioran permanece irreductible, ya que en él su palabra importa, es incandescente. Marcel no está diciendo que Cioran sea más pesimista que Camus, que guarda su historia personal sin estridencias. Percibe una diferencia más profunda: Cioran se niega a clausurar la contradicción. No construye una salida filosófica capaz de neutralizar aquello que ha descubierto. Habita la contradicción como un posible motor de su existencia.
Así esta suerte de genealogía deja entonces de ser
una simple sucesión de influencias, porque se trata de otra lectura, de otros interrogantes
que se dan con el tiempo, ya que Dostoievski inventa un hombre para quien la
libertad absoluta exige una prueba: Kiríllov debe morir para demostrar que
puede morir por su propia voluntad. Camus recoge aquella experiencia y pregunta
si el descubrimiento del absurdo obliga al suicidio. Su respuesta consiste en
permanecer vivo sin resolver el absurdo mediante la muerte.
Cioran introduce una torsión todavía más extraña:
la posibilidad del suicidio puede ser precisamente aquello que permita soportar
la vida. No elimina la salida. Necesita conservarla abierta. Y Marcel, situado
fuera de esa lógica y profundamente contrario a ella, es quizá quien percibe
con mayor claridad la distancia recorrida. Reconoce a Kiríllov en Cioran, pero
comprende que ya no estamos ante el mismo problema. Hay algo paradójico en que
sea precisamente Marcel, pensador de la esperanza y de la trascendencia, quien
nos ayude a comprender hasta dónde ha llegado Cioran.
Porque sospecha además otra evidencia que lo ronda.
Conociéndolo personalmente, Marcel se pregunta si el hombre, Cioran, coincide
verdaderamente, en su profundidad última, con el alegato devastador de sus
libros. Incluso aventura la posibilidad de que detrás de aquella sucesión de
sarcasmos, negaciones y blasfemias exista secretamente una protesta en favor de
algún orden y alguna plenitud.
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