martes, 26 de enero de 2021

LA CANCELACIÓN DEL FUTURO / Darío Ruiz Gómez

 

LA CANCELACIÓN DEL FUTURO

Darío Ruiz Gómez

 “La lenta cancelación del futuro, señaló  Mark Fisher, ha sido acompañada por una deflación de las expectativas”  Y de esta premisa parte Fisher para enunciarnos, no para tratar de comprobarnos - tarea de dogmáticos de la política o de la filosofía- que al volver la mirada  hacia el presente que nos habita, ese desvencijado paisaje de barrios obreros y de clase media empobrecida con padres alcoholizados, madres prematuramente desdichadas e hijos(as) agonizando en vida bajo la dimensión del nuevo tedio urbano,  son la prueba fehaciente de que la idea de futuro insertada en la gramática educativa, en la publicidad de las empresas comerciales  como conquista a corto plazo de la felicidad, fue un deliberado engaño y todo engaño supone el desmoronamiento de lo mejor que habíamos fraguado como ilusión de que en algún momento por fin seríamos nosotros en otras instancias de ese futuro libre de pánicos económicos, de nuevas enfermedades mentales. “Comparen el improductivo presente con la fecundidad de períodos previos y rápidamente serán acusados de “nostálgicos”  Nostalgia hacia la llamada Década feliz, la de los Beatles, los Rolling Stones” los “Jóvenes iracundos” que, supuestamente,  habían  sido  capaces de romper con un orden establecido, de crear otras sintaxis  de las emociones  en la palabra, en la música,  para terminar siendo absorbidos  por lo poderes que habían combatido.  Pero igualmente teniendo que reconocer  que  lo particular  de esta nostalgia  es, al abrir los ojos, darse cuenta de la miseria del presente, de  que lo que  habíamos convertido por anticipado  en realidad  no era más que el desvanecimiento de lo que  todo lo sólido se desvanece en el aire,  de ahí el “desierto y el páramo” camino de la depresión a donde se va sin regreso.  Fisher señala la irrupción de Margaret Thatcher “terminando con los molestos compromisos del llamado consenso social de postguerra e imponiendo una  reestructuración transnacional  de la economía capitalista” esto acompañado del  Internet y las tecnologías  de las comunicaciones móviles que “alteraron la textura de la experiencia cotidiana hasta volverla irreconocible”  O sea que la cultura que había tenido la tarea de crear un territorio reconocible para los precoces huérfanos urbanos es ahora incapaz de asir y sobre todo de articular el proceloso presente de preguntas sin respuestas hechas desde las últimas cabinas telefónicas. Pero, y esta aseveración es de una estremecedora lucidez, “ ya no existe más un presente susceptible de ser asido o articulado”  Una constatación del  abismo que Gramsci había anunciado.” El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”

O lo que Fisher acudiendo al Derrida de la Hauntología  sintomatiza  como la obstinación del no irse de un  fantasma que por supuesto nada tiene que ver con los fantasmas de la novela gótica y sí con lo que definitivamente desde la deriva del hoy sólo podría describirse como  lo que  todavía no es y seguramente nunca será. ¿Por qué fracasó el sueño de la clase obrera de una emancipación social, de estar en otra ciudad, de dar paso a las formas de otra música y de otra escritura? ¿Cuántas generaciones de jóvenes deberán ser sacrificadas al horror del desempleo, de la muerte de la camaradería, del anhelo de saberse en algo y por algo? Aquí el desplazamiento social a causa de la agresiva especulación inmobiliaria, del cambio de modelo económico que - recordemos la desaparición  del campo, de la minería en Inglaterra-  aniquila  la transitoria  memoria de los barrios, fractura la vivencia de lo que es ahora el estar en un presente fracturado. “Justo cuando pienso que estoy ganando/ cuando había roto cada puerta/ los fantasmas de mi vida/ soplan más salvajes que el viento…” dice la canción “Ghost” del grupo “Japan” ¿Qué vida puede aceptarse en medio del infame bofetón del paro, de la cárcel acechando, del atraso en la cuotas para pagar los muebles? Esta es la condición de  sobrevivientes descrita a través de una música que ya no sabe dónde está porque ha perdido la noción de lugar: “Después de algunos murmullos atonales y breatbeats nerviosos, la canción tambalea hasta detenerse súbitamente y en un momento, que, aclara Fisher, todavía me corta la respiración cada vez que la escucho, un breve fragmento de la electrónica enmarañada y abstracta inmediatamente reconocible del disco de “Japan” salta al abismo, antes de ser consumido por una supuración viscosa de bajos y por los chillidos sintéticos que eran las marcas sonoras del darkside  jungle”  En la bestia que es la ciudad Baudelaire pone de presente el spleen como definición de una nostalgia sin contenido existencial, un anuncio del reino nihilista. Para Fisher en este espléndido y lacerante ensayo “Los fantasmas de mi vida” lo que llama la atención en la música de “Joy División” es su aquiescencia con el fracaso, la imperturbable  fijación de su negatividad. “ Ni la tristeza ni la frustración, los estados deprimentes  estándar del rock, sino la depresión: la depresión cuya diferencia con la mera tristeza consiste en su declaración de haber descubierto la Verdad (final y sin adornos) sobre la vida y el deseo”  O sea la depresión, el helado transcurrirse de sí mismo ya sin ojos, el asumirse como un muerto en vida que “sin importar lo que hagas nunca podrás extinguir los fantasmas y ellos continuarán regresando” Verificado en una conclusión desesperante.”Bajo las condiciones de la memoria digital, es la pérdida misma la que se ha perdido” Las nuevas pistas de la conexión entre la psicología más íntima y la anomia social que subversivamente Fisher explora tal  como señala  o Pablo Schanton.

De fondo está el problema de la cultura popular, el descubrimiento de que era  posible ser popular sin ser populista y a la inversa es posible ser populista sin ser popular. Los Raven los Lad, los Jungle, el Punk, el PostPunk,lo Cool, lo Indie, etc . Y las comparsas fantasmales de “Joy  División”, “Japan”, “The Caretaker”, “The Focus Group”, la nomadalgia de “The Junior Boys”.

Pero estas son verdades que nacen de las teorías  de los hermeneutas  de esta nueva tristeza como Stuart Hall, Jameson, Greil Marcus,  Simón Reynolds, Didier Eribon, de la poesía de Ian Curtis.  Fisher se describe a sí mismo bajo las distintas agresiones de las  silentes estructuras  económicas  contra la vida urbana, al hecho de haber sido joven constatando que los nuevos fracasos carecen de nombre en los vademecum del psicoanálisis  en “una ciudad, Londres, acechada no solo por el pasado sino por los futuros perdidos”  Y este es el inflamado palimpsesto que los distintos grupos al margen de la música del establecimiento, la llamada “música de la decencia”, van configurando sentimentalmente como pedazos de recuerdo  de músicas atonales  aplastadas: el alcoholismo, las drogas pesadas y el suicidio.

Mark Fisher  cuyas propuestas críticas cuentan hoy con una amplia acogida, fue crítico cultural, profesor universitario y  se suicidó a los  49 años de edad en 2017. Su propuesta de análisis de la  música y la depresión en el marco de una ciudad inestable nos demuestra la  superfluidad de los enfoques  sociológicos, políticos donde el obrero, los(as) castigados por la depresión, el fantasma, se desconocen por la incapacidad de mirarse en las aguas en las cuales estas melancolías, estas eliminaciones  del futuro reclaman una lectura donde  el abismo no se asume con  una retórica esperanza  pequeño burguesa sino como el beckettiano “fracasa, fracasa una vez más”. “Quizás sea el momento para que los nuevos tiempo lleguen si podemos emerger titilando, de nuestros sótanos, ahora ampliamente conectados, y salir pero al desierto de un espacio público destituido, a una cultura de masas que fue reducida por la depredación corporativa a una insulsa homogeneización hedónica. Sí, es una región hostil, un territorio ocupado. ¿Pero qué tan bien está defendido? ¿Cuáles son allí nuestras posibilidades? Es decir, ¿qué nos podría pasar si nos saliéramos del underground?” No busquemos pues señales de tránsito o mapas que alguna vez reconoció la infancia: lo que sigue no es ni siquiera lo que alguna vez llamamos incertidumbre.

Libros de Mark Fisher publicados por “Caja Negra”: “Realismo capitalista”, “Los fantasmas de mi vida”, “Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma”


domingo, 24 de enero de 2021

LA DERECHA CIVILISTA / Darío Ruiz Gómez

 


LA DERECHA CIVILISTA

Darío Ruiz Gómez

“Muchos han perecido, decía Paul Valery, por no haber  sabido soltar  a tiempo el paraguas” Porque una situación límite como la que en el asalto al Congreso de los Estados Unidos se acaba de producir fue la ocasión para soltar a tiempo el paraguas  por parte de quiénes aún creían en sus propuestas  y no seguir aferrados  a lo que esa horda de desequilibrados pretendió simular haciéndose pasar como la consciencia de América, como el rescate de la autoridad y cuya irracionalidad extrema  continuará sacudiendo durante mucho tiempo  nuestra fe en los valores de la democracia norteamericana.  Esos   descerebrados  que  han desconocido  el esfuerzo de la civilización  y aún son víctimas de sectas innombrables, convertidos en histéricos  patrioteros  tal como no los han  descrito muchas películas, muchos libros de investigación sobre la  mal llamada “América profunda”:  lugares  donde  el linchamiento, la superchería han suplantado la justicia.  ¿No vieron recientemente una magnífica serie como “The Watchman”  con  la ridícula e inventada “aristocracia” de ricos  pueblerinos  con profundos estigmas psicológicos  que  impávidos  emergen  de la herida infectada   del  prejuicio  religioso  en  minorías sociales  que a pesar de beneficiarse  de  los logros  del progreso tecnológico como el lujo y el confort,  continúan recurriendo   a  exorcismos  tribales? ¿Qué tiene que ver la manipulación  de la ignorancia - que es siempre la regresión a la horda-   con los principios democráticos fijados en la Constitución norteamericana en la cual el Partido Republicano afirmó su condena de toda forma de intolerancia? ¿No es la democracia un juego de Partidos políticos  que  han evitado lo que hoy pretenden los extremistas blancos y los extremistas negros: una guerra cultural?  El Dr Fernando Londoño se pregunta si es de centro derecha o de extrema derecha teniendo en cuenta las declaraciones del Presidente Duque de haber estado contra la extrema izquierda y la extrema derecha. Extremista de derecha no soy ha confesado abiertamente  el Dr Londoño. Ya que ante los desmanes de estas hordas desaforadas  la pregunta hacia un Partido como el Republicano  tiene que ver con su falta de fiscalización interna ante el personalismo evidente de Trump poniendo a veces en peligro la seguridad del Estado.  La treta a la cual recurrió el nazismo para doblegar  al pueblo alemán  consistió en   fanatizarlo   mediante el venenoso sofisma del regreso a la gran patria Alemania ,  la de las  tradiciones  de nibelungos  y  Walkirias  sumergiéndolo  en las tinieblas del esoterismo.   “La civilización, vuelvo a  citar  a Ortega y Gasset,  no es otra cosa que  el ensayo  de reducir la fuerza a última ratio(razón). Ahora empezamos a ver con sobrada claridad porqué la “acción directa” consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio; como única razón”  ¿No es esto lo que Emerson proclama y está inscrito en la Constitución norteamericana? Tenemos  entonces  que distinguir  perentoriamente entre  un populismo que recurre a los peores instintos   proclamando  la violencia como su único método de acción – esa extrema derecha que se confunde con la extrema izquierda-  para invertir el orden,  y, el pensamiento  civilista  de la derecha  histórica  en la sociedad moderna. Pero la Derecha civilista que en el pensamiento moderno , supone la vigencia de pensadores que se opusieron con su vida  tanto a los desvaríos  del nazismo como del comunismo y hoy  lo hacen  frente a un  totalitarismo disfrazado de folclóricas identidades raciales, de rockeros de poncho y alpargatas, muestras del recurso a la  “acción directa” de los grupos de Choque  tal como perplejos  lo vimos – y los seguiremos viendo-  en los  desmanes   propiciados por el petrismo, Fecode  y la  izquierda radical : con ataque directos a la policía, incendios  programados, destrucción de pequeños almacenes, obstrucción del transporte, irrupción de millenials  y Ninis,  exhibición de su unidimensionalidad, de un deplorable   borreguismo  mental. De lo que se trata pues es de no caer en estos maniqueísmos manipulados por la llamada verdad postmoderna y defender al ciudadano y a las ciudadanas de este intento de acabar con las libertades individuales y el derecho a pensar de manera diferente.

Es tamos pues en ese punto límite donde la  derecha  civilista puede equivocarse  gravemente  y  sin saberlo, estarle abriendo  espacio, identificarse incluso, con  el extremismo populista cuando lo irracional  se impone a la lógica  propia  de la democracia. ¿Quiénes supieron soltar a tiempo el paraguas? Porque no se trata del enfrentamiento entre opositores y seguidores de Trump, sino que ante este desmedido intento de sedicción  que ha permitido que emerja el  rostro oculto  de un autócrata narcisista,  se hace perentorio  dejar en claro que Trump en modo alguno ha representado a la Derecha histórica. El derecho  a contradecirse es para Camus aquello  que  permite  la evolución del pensamiento y el lograr contar con la inteligencia  para  saber leer los hechos en su misma evolución. De este modo soltaron el paraguas  a tiempo “Fox News”  “The New York Post” y hoy ya muchos empresarios republicanos  que acompañaron a Trump hasta que se dieron cuenta de quién se escondía en él  y de este modo el Vicepresidente Pence dio una  lección de afirmación de la libertad al poner la democracia por encima de la presunta lealtad  a quien en esos momentos era ya un peligro para la nación. ¿Porqué nadie menciona a Putin? ¿Entienden lo que afrontaremos en el 22? 

jueves, 14 de enero de 2021

Robinson Quintero Ossa / Invitados del viento / U. de A.

 

Robinson Quintero Ossa

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Robinson Quintero Ossa / Invitados del viento / U. de A.

Víctor Bustamante

A veces nos escudamos y hacinamos de una forma predispuesta en algunos maestros, es decir, en aquellos poetas de cabecera que nos han acompañado en las calles y en las astucias de aporreados desvelos, y así olvidamos mirar alrededor, a ese presente que huye ante nuestros ojos, y que camina impávido hacia los canales sombríos de cierta indiferencia que perturba, y aun perturba debido a que sabemos de su presencia, la de Robinson Quintero, de sus ensayos, de su poesía. A veces preferimos no mencionarlo, y así se deja de lado un trasiego, sus derivaciones, sus caminos, sus viajes, en ese desplazamiento siempre inquietante de ser un poeta que transciende ante la consecuencia ineludible de tanta poesía, la suya, y al mismo tiempo de tanta falta de responsabilidad en la escritura en un momento de tanta poesía rupestre. He dicho, nuestros poetas, y lo afirmo sin egoísmo alguno, ellos han permanecido, son una presencia fuerte; siempre regresamos a sus palabras, pero otras veces el misterio de la escritura reclama otras voces, otras compañías, otras definiciones. Por esa razón he buscado la poesía de Robinson Quintero, de lo esencial en él, de su excesivo y turbulento silencio que no debería convertirse en el cilicio para quien escribe.  

Siempre he sabido de su poesía, de esa manera tacita de que ella perdure en él, inmerso en su disposición y en sus palabras siempre tan precisas. Él siempre desplazándose entre dos ciudades, Bogotá y Medellín, trasunto de su camino intelectual, espacio vital para el escritor que se refugia en ellas; iba a decir en su ubicuidad. De ahí que Robinson posea esa destreza de andariego que lleva a que su escritura esté mediada por el viaje, no en vano uno de los momentos de más presencia en este libro es ese tema, que es una predisposición: su actitud, pero ante todo por la reflexión constante por la poesía, por la maceración de sus poemas y ante todo por su oficio de poeta.

Robinson el tema del viaje lo define en su escritura, sentimos el peso de él al comentarlo, al describirlo todo, se regodea al mirar el chofer como una suerte de piloto, Jasón salido de los textos de historia ahora en sus continuos viajes, llevando pasajeros que no sabe que alguien lo escribe y lo describe. El escritor escruta y define no solo el paisaje, sino su viaje junto a ellos, los pasajeros; todos honrados por el paisaje que huye tras la ventanilla. En el viaje nos desnudamos, es tanto el paisaje que se sucede a cada minuto, es tanta la presencia de extraños, de ese mundo cotidiano que es una representación que se disolverá en la llegada cuando el poeta necesita atraparlos. En el viaje no somos nadie para nadie, pero sí somos algo para quien viaja, el todo se amontona, el todo aparece con sus pesados fardos, la sombra personal reaparece para acompañarnos en el viaje; cada viaje es una experiencia. Allí, en ese tópico, Robinson se encuentra en toda su solidez, su escritura es más incisiva, más llena de su circunstancia. En el viaje, en sus poemas, donde el viaje es su experiencia continua, el poeta se desgaja de su ser y necesita decirlo todo, ver todo.  No le cuesta trabajo encontrar cómo es cada viaje, lo sencillo, su avidez por lo simple que nos acerca, que da la apariencia de lo intrascendente, cuando en realidad su escritura en esa misma simpleza haya la razón de su vitalidad.

Hoy he visitado y conversado con Robinson no en una isla desierta sino en su libro, Invitados del viento, Poemas reunidos (Colección Poesía, Editorial U. de A., 2020). De un libro su título es el portal que se constituye asimismo en una invitación para entrar en esa morada de palabras. ¿Cuál es la razón para su título? Desbrocemos las palabras que lo componen: los invitados, son aquellos que se van a agasajar, pero al mismo tiempo al ser llamados por el viento significa que son instancias, personas o circunstancias de paso, que se van, que se alejan, que regresan, que al fin de cuentas en esa dinámica no se han ido. El viento mismo posee la aureola de lo frágil, de traer ese evento que inquieta en lo ya disuelto o en la dulzura cuando se empoza en su élan vital y el poeta debe atraparlo para que no solo posea el acontecimiento de los regresos, ante las ausencias sino el encanto, a veces, oscuro de la nostalgia.

De ahí que, en este lapso de la lectura de un libro, de su libro, en sus primeras páginas he visitado a Caramanta. El poeta la ha mencionado, la exalta varias veces, y, además, añade que nadie le ha escrito a su pueblo, mientras él sí debe hacerlo. De no hacerlo, de no mencionarlo, él sabe que no tendría justicia sino un remordimiento severo. Pero es justo decir que no solo la visita, sino que la trasciende. Es más, ahí en esos poemas iniciales, reside no solo Caramanta, sino su abuelo, su padre, su familia, el hermano asesinado y, sobre todo, alarma el brioso desasosiego que él se permite mostrar con una búsqueda sistemática en las mañanas con el árbol de naranjas que convive en sus poemas sencillos, diáfanos como esas mismas mañanas y su ámbito de infancia que captura, que necesita, sí necesita redefinir para decirnos que la infancia es la patria a la que siempre se regresa como en un tajo vindicativo.

Luego se inicia una lista de elegidos, que lo asisten y lo acompañan a la liturgia de su quehacer, de lo preciso que es su oficio, que no lo cansa, que lo redime. Cita a sus pares: Supervielle, Hordelin, y, además, a otros poetas: Fernando Linero y a Rafael del Castillo, a Luz Eugenia Sierra, a Daniel García Helder, a Ligia, en esa esquina de La Candelaria. Siguen: Octavio Mejía, Mario Rivero, Gustavo Ibarra, Arturo, Rimbaud, Apollinaire, Ramón Cote, Baudelaire, Gustavo Adolfo Garcés, Jaime Jaramillo Escobar, Fernando Herrera, Milcíades Arévalo. Al tenerlos presente entendemos de una vez que ellos son parte del paisaje vital de la escritura en el país. Al recordarlos los eterniza, se convierten en sus compañeros de viaje. Así los reclama.

Robinson permite al lector aceptar que él ha elegido, es decir, mencionado a uno de sus invitados del viento, su lugar de origen con su entorno venerado que lo cerca.  Ya en estos otros poemas su origen se redefine y demarca su oficio y nos hace pensar que el poeta se constituye en otro de los invitados del viento, debido a la fugacidad de las palabras, de la poesía misma, al capturar instantes que de no hacerlo el viento huracanado de las sombras llevaría y pasaría a confinarlo en el sitio mismo de su desazón y exigencia: vigilar que sus palabras no mientan. Así, en este apartado, sus palabras tan sopesadas, establecen su compromiso sobre el terror de empañar su propia escritura, de ahí su exigencia. Además, define, en Hormigas, su labor: “Seguiré mi tarea / hasta que no caigan más de mi mesa / estos versos”. Decididamente, después con ahínco en El peluquero señala: “El poema es el oficio de las manos de un hombre”. A través de un oficio decanta su quehacer y enriquece su texto con un alcance más necesario en lo humano, ya que su definición de este quehacer deja lo etéreo y repara en lo cotidiano que observa en su esencialidad. Luego en, Sin amor, continúa hilvanando su camino no solo por los baldíos de la ciudad: “Miro desde mi ventana las horas / permanezco / persevero / doy de comer a las palabras”.

De ahí la continua pregunta que es casi una obsesión sobre el oficio de poeta, sobre el destino de su escritura que lo lleva a una constante reflexión: “El poeta es quien más tiene que hacer / al levantarse: / saludar el día / espantar los pájaros amargos / limpiar las palabras / regarlas y vigilar / que no mientan “.

De tal manera su poesía, refrendación a su escritura, va adquiriendo sentido. Robinson presiente su compromiso al admitir en Oración esa mixtura en un burdel entre poetas y prostitutas como oficios que poseen cierta afinidad a lo mejor electivas, pero sobre todo sensitivas: “También para mí espera el trabajo / También para mí se hace tarde”. Al continuar leyéndolo encuentro palabras que son casi esas claves, huellas, que irán definiendo su concepción de escritor. En Poema que madruga insiste: “Buscador de poesía / contemplo desde aquí la otra orilla: / hacia la noche voy lleno de luz “. ¿Cuál es aquí sinónimo de luz: esa palabra que no menciona?: ¿Creatividad? ¿La poesía misma? ¿Sus entelequias?  ¿Su exorcismo?

En El malabarista, prosigue esa liaison que mezcla ahora con otros oficios que repasa, El carnicero, El lustrabotas, El dentista; personas que solo se encuentran en las calles, así como las prostitutas que atraen en las aceras como sílfides derrotadas. Estos oficios, junto al transeúnte que todo lo mira y lo deja de lado, es la compañía del poeta en su apropiación de la ciudad. Por eso añade “La poesía es también la experiencia del poema”. Muy cierto, para escribir y digerir las palabras, estas deben de haber hecho sentirlo esta instancia que sobrecoge para que las haga trascedentes y escriba sobre alguna persona o evento que haya captado.

En Alegría refiere, “La poesía feliz de día…que además de completar sus paisajes añade: Camina / camina/ vagar es un ocio justo”. Por supuesto que el poeta necesita caminar para superar su definición de poetizar que ha ido encontrando en cada poema. En Perro ya comienza a cristalizar su centro, su momento: “Igual yo / después de la noche / vagando sin rumbo /agradezco el anuncio de la luz”. En El poeta y el atleta corrobora: El otro vaga / —corredor de fondo también—/ vaga simplemente / sus ojos abismados / su corazón ocioso”. En Temporada de pájaros añade: “Escritor de la mañana / que va sin premura / componiendo el texto del día/ sin que se apunte a una escuela / sin que se note el oficio”, pero aquí ese efecto letal de recogimiento lo lleva a señalar:

Mi comida solitaria te ofrezco hoy

Señor

y este poema que susurro

en el silencio de mi cuarto

Contra la ventana sopla el viento

de costado

Mi corazón se angosta en las hendijas

Quien no vino hoy

no vendrá mañana

Mi corazón se angosta en las hendijas

En Autorretrato define su característica y su esencialidad, su ser de escritor: “El lápiz del poeta se asoma/ por el bolsillo roto/ Viene de las calles/ de la lluvia/ y espera”

Así Robinson en su isla, que es la habitación del poeta, merodea, piensa, medita para encontrar la definición precisa que defina y clausure ese círculo que es la pregunta no resuelta, que siempre admite, acerca de ese enigma interior sobre la significación de la poesía y sus poemas. Esa pregunta que no hace más que atraerlo, lo atrapa, una y otra vez regresa a ella, nunca lo molesta siempre la necesita para justificar su escritura, la desazón de su misma creatividad. Ya más adelante responde unas de las preguntas buscadas en el apartado anterior: “—porque la poesía hace suyo lo anónimo del mundo—“.

El poeta persiste en ese enigma tan personal que es el eterno regreso a una de sus preguntas sobre el oficio significativo de la poesía en sí que lo deja perplejo cada que la menciona, y sobre todo la escribe, pero no para un ajuste de cuentas sino, a lo mejor, al haber llegado luego de esa movilidad que le ha dado el llegar al poema, donde ya no hay comienzos sino la cristalización, que es su circunstancia casi resuelta del ser en su poesía.

En El poeta da vuelta a su casa: hay epígrafes de Peter Handke, de un texto que lo deslumbra: La tarde de un escritor, la explicación es total, se identifica con él, en su silencio, en la elipsis del silencio en su casa, en el apartamiento para acercarse a la observación de lo cotidiano cuando las reflexiones lo asedian. Es entonces que la llegada del doble acude para acompañar al poeta en su monólogo, como si fuera una conversación, un reclamo de ese otro que va con él, que lo acompaña, que reflexiona, que camina a su lado. Un doble que va delante de él y es escudriñado por su dueño, es un doble diferente a los demás que se proyecta y exige y siempre lleva la contraria, pero que escribe sus poemas y además es su compañía. Machado siempre nos sigue diciendo: “Converso con el hombre que siempre va conmigo”.

Hoy 16 de diciembre he visitado al poeta en Rionegro, hemos subido el ascensor, luego de algunos pasadizos, su piso. La habitación del poeta ofrece la austeridad necesaria para que el poeta no se distraiga sino con la compañía de libros, de los suyos, y de sus lecturas necesarias, así como una mesa para el computador donde se conecta con el mundo, lo que da la sensación de saber que él, sí, el poeta y ensayista, Robinson Quintero Ossa, necesitara del silencio, del apremio de su soledad bien preservada, de vivir con lo necesario como si mañana pudiera salir para otra ciudad de una manera fácil, es decir, siempre anda dispuesto para iniciar el viaje.  Eso sí Peter Handke le señala: “En tanto esté solo, seguiré siendo sólo yo solo. En tanto esté entre conocidos, seguiré siendo un conocido”