sábado, 20 de octubre de 2018

El gesto exterminador de un anarquista de Omar Ardila / Víctor Bustamante




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El gesto exterminador de un anarquista, 
Aforismo de Vargas Vila.

Omar Ardila

Víctor Bustamante

Sobre Vargas Vila hay un velo sucio que ha ocultado su escritura y lo ha mostrado muchas veces solo como un autor de algunas novelas. Una de ellas la más leída. Aura las violetas, que, incluso se ha llevado al cine. También abunda la mala prensa que  ha opacado su obra con la persistencia de esos  chismes, como que sedujo a su madre, como que era masón y mantenía su quehacer gay. También  ha existido un silencio elocuente que no ha podido borrar su obra abundante en el campo de la novela, pero a la hora de esa verdad esquiva, lo que ha molestado en Vargas Vila es la perdurabilidad de su crítica, de hecho ha sido el único escritor desterrado en los años 1900.

Y aunque la menospreciada cultura popular, aquella que solo posee como medio de comunicación, el voz a voz, lo ha leído, no era raro ver en los ventorrillos de libro en las calles y en las librerías de segunda sus novelas, que eran leídas en ediciones de segunda hasta que mucho después, en 1973, fueron publicadas sus novelas. De ellas me molesta ese continuo adjetivar que les da a su escritura un brillo innecesario, pero y este otro pero es que en algún ensayo Borges estuvo presente en la conferencia que Vargas Vila dio en Buenos aires en 1924. O sea, queda una idea  sobre Vargas Vila que era un escritor de peso, un escritor que era muy leído, en el ámbito hispanoamericano, aunque el vasto y sucio silencio intentó callar su obra, sobre todo en Colombia donde muchos escritores nunca dicen lo que piensan en sus textos sino en baja voz. Algo no le perdonaban a Vargas Vila sus diatribas contra Núñez y la Regeneración y su sometimiento al clero, así como pone en su sitio e esos “prohombres” que saquean el país, solo interesados en el poder como su paraíso buscado. En los países donde debió huir fundó periódicos o revistas, en Venezuela, La Federación, Eco Andino y Los Refractarios, y fue expulsado ante las quejas desvergonzadas del gobierno colombiano. En Estados Unidos funda la revista Hispano América, luego de ser echado de del diario neoyorquino El Progreso ante su cara contra la tiranía de los presidentes gramáticos, que marcan y aun define el carácter del sr colombiano. Las babas para acceder al poder.

Por esa razón al leer el libro de Omar Ardila, El gesto exterminador de un anarquista, Aforismos de Vargas Vila, (La valija de fuego, Editorial, 2018), él ha indagado en algo que nunca sabía, y son sus aforismos, al leerlos, caemos en cuenta de sus acerados conceptos, donde la política, los mitos, la academia, la gramática, la religión, el amor, las leyes, son vapuleados con un sentido de desmesura y propiedad, bajo el influjo de un yo poderoso que no se esconde, sino que habla con toda su furia desde adentro, que me digo, por qué motivo no había leído este Vargas Vila de los aforismos, ese escritor, ese pensador, que es único en ese momento en el país, en ese país bogotano que aun cantaba los bambucos y pasillos de Julio Flórez, ese país que mantenía una tradición del amor como algo cercano a la muerte creado por Isaacs, visible en Tránsito en Salve Regina y que fue cristalizado en la María del mismo Isaacs y que pasa por Aura o las violetas, como el amor con el deseo que subyace con la remembranza a un ser muerto. Ese país que solo se recrea y traza como legado su memorabilia de escritores que nada dicen, que, extasiados transcienden el tiempo sin saber la razón por la cual muestran un país desde un solo lado, donde se olvida la virulencia y honestidad, la osadía y la necesidad de que un escritor diga algo.

Pero Vargas Vila mientras escribía ficciones de este tipo, también trazaba lo más contundente de su obra, sus aforismos, criticando no solo el ser colombiano, los esbirros con una manera de permear con sus discursos, cualquier estado de cosas sino que todo lo dejan como una insaciable tabula rasa  , y que nos reclamaba y nos recuerda como desde hace muchos años que alguien en el país fue capaz, con su osadía y acerados conceptos, oponerse al curato, y a los políticos, graciosos gramáticos,  y al partido conservador que duró en el poder tantos años.

Por las páginas de este libro obtenemos ese Vargas Vila, confrontador, disparando desde su panóptico con sus aforismos, contrariado por algunos de sus exegetas como, Federica Montseny, Ignacio Cornejo, Pompeyo Gener, que algunos van valorado su obra, otros recobran solo parte de ella, otros lo desquician, otros no le han perdonado, que haya tenidos cargos diplomáticos de Ecuador y Nicaragua, pero también que los obreros de Barcelona lo hayan leído como uno de los arúspices del movimiento anarquista donde Vargas Vila es una de sus voces poderosas.

Omar Ardila ha escogido de varios de los libros del mordaz Varas Villa, los aforismos que más le han dado lustre al escritor, y que nos hacen pensar como esa tradición de escritores que se debieron ir del país, así como esa presencia y tradición del anarquismo un perdura como esa otra escritura de ideas que combatió a quienes se escondieron detrás de las sotanas, de la gramática y de los cargos públicos a dirigir un país que no merecerían.

Con esta investigación, presentación y  ensayo crítico, Omar Ardila devuelve un Vargas Vila fresco, potente, acerado, cínico, punzante, mordaz, con su escritura  tan personal como debe de ser un escritor en su completa soledad alejado de la fisura que le otorgan los medios y que domestican las alabanzas.


Marco Osa, Queequeg editorial, con tatuajes en su brazos, también ha tatuado este libro a su manera, le ha dado su carácter, es decir su sello, su personalidad. Sus páginas rebosan del cuidado, del detalle, de la disposición de las fotografías que le dan una nueva aura a la afilada pluma de Vargas Vila.






lunes, 15 de octubre de 2018

La gran película del mundo, Cine y filosofía de Andrés Upegui / Víctor Bustamante

Andrés Upegui      -Babel, 2018-

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La gran película del mundo, Cine y filosofía

Andrés Upegui

Víctor Bustamante

El cine, su interpretación, su crítica, su aproximación, siempre merece las diversas reflexiones que lo acercan. A veces muy literarias, otras reseñas someras, otros intentos de acercarlo a diversas ciencias. A veces puro divertimento, otras; las más, reseñitas, lo cual, a pesar de algunas contemplaciones con sus parrafitos didascálicos, lo convierten en un punto de inflexión, ya que para unos es el arte de nuestro tiempo, para otros como el director de cine, Peter Greenaway, ya es una forma de arte desueta, de otro siglo; y aun así, él persiste tratando de acercarse e ideando nuevos formatos para narrar. De todas maneras este tipo de especulaciones, llevan a un intento de interpretar el cine, esa sucesión de imágenes que nos abstrae y distrae de la vida cotidiana, esa forma de arte que no ha podido desligarse de la literatura; es más, que trata de absorberla, de devorarla, sin poder lograrlo. Así una frase publicitaria tomada del antiguo vademécum chino persiste, en decir que una imagen vale más que mil palabras. De sí una imagen solo muestra, no interroga, pero si quien mira la imagen y posee, sin poses, un bagaje apreciable la puede interrogar y darle su valor.

En este caso, y, desde otro punto de vista, Andrés Upegui, en su libro, La gran película del mundo, Cine y filosofía, intenta acercar estos saberes del pensar al echo cinematográfico de la mano de uno de sus arúspices de la sociedad civil, Giles Deleuze, al hurgar en ese laberinto teórico para merodear por el concepto y la imagen como la piedra basal en la cual fundamenta su aproximación al cine para buscar su diversidad de significados. Pero este arduo camino hacia la interpretación del cine también conduce a su autor por un camino impensado: su religiosidad, con la cual trata de abordar y darle cierto carácter a su argumentación sobre este arte que, a veces, es industria, desde diversas maneras, dándole ese tono contradictorio a su acercamiento a Deleuze. Pero con la fe, como sustrato que no deja de ser una manera de proximidad a lo oscuro con la creencia de que lo sobrenatural, como Dios, que es un invento de la soledad, merodee en su libro para establecer más cadenas, como algo que persiste.

Cuando Andrés Upegui se aparta de este sustrato cuasi filosófico y religioso, entrega su versión sobre el cine, y más concretamente sobre películas poco mencionadas, y, así reflexiona con textos brillantes como: “Un personaje en contra de su autor”, “La tragedia del artista sin cabeza”, “El cuerpo prisión del alma”, pero percibo que no pierde su sustrato confesional cuando en un texto preciso y contundente sobre Andre Rubliov de Andrei Tarkovski, incluso, casi justifica el asesinato que lleva a cabo el monje con ciertas medidas ex profeso, y, termina comparando ciertos pasajes de esta película que sobrecoge, con los ocurridos de una manera sobrenatural en la Biblia, ese libro excluyente, con milagros o eventos que son pura ficción. Sí, la Biblia aquel libro cuyo productor, Cecil B. de Mille, para el cine de Hollywood le dio tantos réditos al describir su ficción.

Pero también en un texto sobre Wenders, El cielo sobre Berlín, Andrés más teólogo que crítico de cine, se extenúa con los ángeles, aquellos seres incorpóreos que hacen parte de la cofradía católica y que en el tiempo en que fue filmada esta película aparecían de la mano de la moda californiana. Ya sabemos cómo la Nueva era se trasvasó en angelología y nos hicieron creer en este tiempo de crasa irreligiosidad que los ángeles, seres de ficción, llegarían. Wenders, aún más ingenuo, los lleva a que se pierdan entre los libros de las bibliotecas, cuando su único fin dentro de esas creencias es ser portadores de mensajes que se inician así, El ángel del Señor anunció a María, el acto de más crueldad hacia un hombre al establecer a San José, carpintero diligente, como una víctima del amor, y del dogmatismo religioso.

Este discurrir católico a ultranza se soslaya y otras veces reaparece de una manera contundente en muchas de sus apreciaciones, en su texto sobre El abrazo de la serpiente, no por los efectos especiales y risibles del final, sino de una crueldad inusitada, en un chico de Laureles, que deja de lado lo que es un exterminio. Luego Andrés se refiere a Luis Alberto Álvarez, su mentor, como un verdadero apóstol del cine que con tesón, inteligencia y amor abrió, y enseñó el camino de ese arte en la ciudad. Pero también, en sus opiniones, Andrés condena al género biográfico como algo de farándula, olvidando que la vida y los aportes de una persona no deberían pasar de largo. Luis Alberto en ningún momento, en sus críticas, apeló de una manera directa a su religiosidad para analizar una película ya que sospechaba que era un muro de contención donde se quedaría atrapado, y podría quedar cercenada su objetividad.

De todas maneras la aproximación de Andrés, cuando no es tan confesional, continúa con una posibilidad casi inédita, para abordar una crítica de cine donde se tengan en cuenta los diversos elementos que aportan la literatura, así como la filosofía para darle al cine una confrontación con las otras ciencias y asumirlo de una manera total, para que no queden fisuras cuando se interpreta o se analiza una película. Ejemplo de este enfoque valioso, ya los había mencionado, pero reitero en ellos: “Un personaje en contra de su autor”, donde juega con haber encontrado a Figueroa, aquel protagonista de fábula hasta llevarlo a una intrigante conversación. Este texto es el único donde Upegui, muy serio y ecuménico, desborda su humor y contundencia como una manera de abordar un documental. Un texto esclarecedor. “La tragedia del artista sin cabeza” sobre el cine de Carlos Santa, en este texto cumple lo que debería sr un escrito sobre cine, invita a ver el trabajo de Santa, que por fortuna no es un santo, y es uno de los más acertados del libro. Dentro de las otras críticas en, “El cuerpo prisión del alma”, Andrés aborda el caso de un secuestro y lo hace con donosura y mucha sapiencia. También en el texto sobre La mujer del animal, desborda su capacidad y conocimiento de cine para encontrar otro matiz, lejos de la violencia y ven en su interior el drama humano.

Aun así, el cine regresa de la mano de Andrés Upegui con su carácter contradictorio, donde la pasión y el análisis fraguan un texto lúcido.

Como colofón hay unas palabras de un gran cineasta Claudio Lanzmann que le da un peso inusitado al testimonio directo: “Él insistió en que la palabra era la única forma de transmitir el Holocausto hasta el punto de afirmar que si, en el curso de sus investigaciones, encontrara imágenes de los campos filmadas por los nazis, las destruiría”.







martes, 9 de octubre de 2018

Horacio Marino Rodríguez en Estación Central de Medellín


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Horacio Marino Rodríguez en la Estación Central de Medellín

Víctor Bustamante

Una obra de arte posee una significación que la distingue de las otras, lo que aporta, la tendencia que abre una posibilidad creativa, y quién la llevó a cabo. Además por pertenecer a una ciudad determinada, termina con el tiempo, dándole su sentido de pertenencia a esa ciudad donde fue creada. Me refiero a los edificios que, año tras año, crean el perfil, su silueta. Edificios que con los días se convierten en el paisaje para muchas personas que lo tienen como un punto de referencia. Ya que sus muros, sus paredes, sus esquinas, sus arcos, el artesonado de sus puertas le otorgan esa identidad. Así que valorar un edificio, así como a su arquitecto, es darle a este el doble carácter de ser una obra de arte pero también que ha sido creado por un artista. El arquitecto posee esa doble función en idear obras de arte pero también que sean funcionales, que sirvan de algo, que sean de utilidad para que diversas personas lo habiten, lo usen, lo disfruten, vivan en él. Así estos edificios se convierten en el oasis, en la oficina necesaria, en el lugar para una función pública. Es decir, es parte de todos, así que lo circundan no solo los transeúntes y sus habitúes, también termina convirtiéndose muchas veces en símbolo de la ciudad o, a lo mejor,  en uno de sus lugares preferidos, ya sea en una calle de un barrio.

De ahí que cada edificio considerado como obra de arte posee un rasero, es uno solo, con las ideas creadas y materializadas por su autor que es su arquitecto. Un edificio es único en su género, de ahí que valorar su preservación y su cuidado es una labor que debería mantenerse para que la ciudad recuerde su historia, sus diversos periodos creativos; que la ciudad no olvide a quienes la construyeron y que la hacen relevante. Arquitectos, ingenieros y maestros de obra, alarifes y artesanos, dibujantes y escultores, ebanistas y carpinteros, merodean en cada una de sus construcciones.

Un edificio adquiere con los años su pátina, y no es una simple casa vieja, algo que es necesario demoler para que el hombre actual destruya lo que dejaron sus antecesores. Un edificio es una memoria, un edificio es el diálogo con otros arquitectos que antecedieron a los llamados modernos o posmodernos que han arrasado con la historia por el mismo efecto, el síndrome del progreso per se, el estar, en lo actual sin advertir que la ciudad la han construido diversos artistas, desde los albañiles, desde los artesanos, hasta el más serio arquitecto que la dibujó en el papel, hasta llegar al plano con el esmero y su detalle.

Un edificio posee algo que lo define, es un ejemplar único. Contrasta con el libro, el cine y la música; estos han sido editados en varios ejemplares, muchas veces en miles. Además en las bibliotecas se conservan originales o ejemplares de ellos, y además se pueden repetir, copiar ya sea de una manera legal o pirateándolos. Con un edificio no ocurre, es así mismo un ejemplar único, es así mismo la expresión de su autor, es así mismo su propio incunable. Es muy peculiar y difícil que un edificio sea construido en la misma ciudad dos veces con los mismos planos, a no ser las casitas del Estado o los actuales edificios de apartamentos que cambien el paisaje de la ciudad. De una manera indirecta se copia el modelo socialista, uniformado y sin gracia y sin color para los obreros y sus vidas desde afuera, grises. Alguna vez se construyeron o mejor se reedificaron los mismos edificios en una misma ciudad. Cuando, Varsovia, fue destruida en la Segunda Guerra Mundial, sus habitantes la reconstruyeron con la misma configuración paisajística, ya que ese crimen de lesa arquitectura, no podía dejar que la ciudad, su paisajes, su ámbitos: su esencia quedara solo en fotografías. Ellos la reconstruyeron con el mismo entusiasmo de querer que su vida cotidiana se mantuviera presente.

Por esos antecedentes, por esa contrastada manera, lo valiosa de esta segunda parte que recobra la obra de Horacio Marino Rodríguez, como arquitecto, se convierte en un réquiem, ya que la mitad de sus obras han sido destruidas lentamente y con la solapada manera de los dueños de estas obras, ya que sus edificios caen, se destruyen.

Esta exposición, que es también, recuerdo, presencia y reunión, comienza de una manera didáctica con nombres fijados en las paredes de la Estación Central de Medellín ya que remiten a una manera y a un estilo: balaustrada, arquitrabe, fuste, arco de punto. También hay un telón de color blanco donde el dibujo de un horno enseña cómo se fabricaba cemento, luego en el piso, dispuesto, un arco en ladrillo, en diversos entramados de ladrillos para mostrar cómo se dispone un muro, y, en hierro, una parte de lo que fue la cúpula de un banco así como sus vitrales. También la definición, en alto relieve, en madera, quemadas otras palabras y sus diagramas, con su significación, lo cual remite a aquellos nombres de la personalísima creación de la arquitectura en sus comienzos aquí en la ciudad. Cierto, aquí en lo que ha quedado de la poderosa Estación Central de Medellín nos disponemos para entrar a este edificio de estilo renacimiento francés que si no fuera por la protesta de un puñado de estudiantes de arquitectura de la UPB, hubiera sido destruido. Seguro, aquí, en este lugar entró Horacio Marino a reparar en su estilo. Seguro por estos pasillos, el arquitecto ha caminado para reparar en algún detalle o cuando salía de viaje, así como en este día celebramos sus obras, y sobre todo su obra, su actitud ante la vida, sobre todo, su inteligencia, su talento, su talante, para celebrar que algunas de sus obras están aun en pie.

Al interior, la exposición nos ilustra acerca de un libro de Horacio Marino, el Libro del constructor, donde él expone esa manera suya de resumir los materiales que se usaban, los procedimientos técnicos y, así mismo, da una idea acerca de su magnanimidad al no dejar que esos conocimientos sean de unos pocos sino que el público tenga derecho a utilizarlos, al igual que con su otro libro, Dieciocho lecciones de fotografía.

Pero y, ese pero nos advierte sobre las obras de HM Rodríguez en este campo específico de la arquitectura donde el réquiem que había mencionado sobre sus obras está presente debido a la insensatez de los medellinenses: el Circo España, el edificio Hincapié Garcés, el Banco Alemán antioqueño, el Teatro Bolívar, el Banco Sucre, el edificio Tobón Uribe, el edificio Sierra, la Fábrica Nacional de Chocolates, así como el núcleo de ellos mismos, donde la fotografía y la arquitectura confluyeron, el edificio donde funcionaba la Fotografía Rodríguez y la oficina de HM Rodríguez  en Palacé. Es decir, parte de su obra situada en el Centro de la ciudad, ha sufrido los embates y que la destrocen, que es como decir avasallar el Centro mismo. A pesar de que a Horacio Marino se le realiza un homenaje con justicia y con amor, es el arquitecto que más ha sido golpeado con la destrucción de su obra.

Esta clase de eventos, que son muy valiosos, solo poseen la escritura y la fotografía como una suerte de protección, pero también se convierten en una especie de perfidia y reclamo, ya que comienzan toda suerte de preguntas acerca de la indolencia y la insensibilidad que preside a diversas generaciones de medellinenses, que dejaron pasar de largo la nefasta manía destructora. Por eso solo tenemos la ironía de escribir páginas inútiles y sin sosiego para la evocación de un recuerdo pertinaz, la Medellín que nunca conocimos, sino en fotografías, en periódicos o en novelas. De ahí la paradoja de acudir al lenguaje a fin de señalar sus limitaciones, ya que las palabras solo pueden describir, mostrar estos momentos. Ante esa imposibilidad, y esa barrera, queda, esa aspereza, y el desconcierto, de estar hurgando una memoria que huye cada día ante la ciudad que marcha sin sosiego dejando de lado a sus creadores, en este caso a Horacio Marino Rodríguez, como si se preparara una trampa en la que siempre caemos, así nos retrasemos, y que es el llamado progreso. Tal vez porque esas continuas traiciones, de no preservar, trasmiten la desfachatez de aquellos mecanismos sin solución que conducen a la destrucción, como algo irremediable.

De todas maneras Luis Fernando González, al liderar parte de este evento, nos libera momentáneamente  de esas traiciones y olvidos, y recobra a un artista.







Horacio Marino Rodríguez en Comfama / oct. al 29 de nov 2028



Horacio Marino Rodríguez en Comfama / 
oct. al 29 de nov 2028

sábado, 6 de octubre de 2018

HM Rodríguez en Eafit / Piedra, Papel y tijera


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HM Rodríguez en Eafit.

Piedra, Papel y tijera


Víctor Bustamante

La vida cultural de Medellín está por replantearse en sus diversos aspectos desde hace muchos años, ya que existe la costumbre de establecer procesos de cultura a un nivel muy general lo cual ha llevado a que muchos de sus personajes se dejen de lado, se excluyan por comodidad, se mencionen de soslayo, o de paso, se le otorgan una mención precipitada debido a la premura y a la tozudez de agrupar este proceso de identidad cultural en poco espacio, ya sea en algún libro, ya sea en algún video de diez minutos para establecer el formato de ligereza cultural ante espectadores de afán, cuyas vidas son un video clip. La vida cultural en Medellín casi siempre se ha impregnado desde ese  punto de vista con intelectuales, como políticos emergentes, tan apresurados, ya que ellos desfilan por las páginas de la historiografía, con sus realizaciones, y desafinan y desafían la inteligencia con sus leves definiciones, por esa razón, un campo tan lleno de presencias y riqueza cultural ha sido dejado de lado; me refiero a la arquitectura y a sus creadores, de ahí que la escasa ilustración y humanismo lleve a decir a algunas arquitectas cuando se refieren al patrimonio, como el oasis de algunas casas viejas, lo cual se extiende y entiende en términos generales a las personas, aquellas que pasan por algunos de esos edificios y no interrogan, tal impavidez es necesario derogarla y darle a esos lugares su contenido y su presencia. Interrogar la ciudad, con sus calles y edificios, así como a sus personajes, es darle el peso específico que se merece. Por ese motivo esta exposición, y las que siguen sobre Horacio Marino, llenan ese cúmulo de respuestas y aclaraciones necesarias acerca de lo que hemos sido, y es tal dimensión que de no verla se perdería el linaje de la creación en un momento muy determinado de ebullición de la ciudad.

Esta exposición, “Piedra, papel y tijera”, y las que siguen, junto a diversos eventos en versos sitios de la ciudad, se convierten en un acto de justicia, ya que se repara y se analiza el verdadero papel de Horacio Marino Rodríguez, en lo que se refiere a su vida creativa, ya fuera como editor de revistas, como escritor, como fotógrafo, ya fuera como arquitecto, ya que su presencia casi se había esfumado en medio del quehacer y el talento de sus hermanos y de sus otros familiares, por ejemplo en la fotografía ante Melitón, por ejemplo como arquitecto ante la firma MH Rodríguez y la sociedad con sus hijos.

Un acto loable, un acto irresistible, lleno de curiosidad nos acerca a su vida, a la dinámica de su universo creativo, y ese acto que lo hace aún más valioso, es el autodidactismo, ya que Horacio Marino prácticamente se hizo solo y así mismo indagó y escribió sobre esos temas. De qué manera abordó la pasión creativa que, ahora sacada a la luz pública, nos conmueve y aún más nos enternece, ya que arrojarse a los diversos campos del conocimiento y de las artes, que investigó, llevan a abordar una pregunta, de qué manera, y con qué tesón, con qué medios posibles se acercó a los campos que con los años él decidió establecer como una presencia, su presencia. Cual fue la razón que lo movió a ser un gran fotógrafo, a ser editor de revistas y por último a convertirse en arquitecto, labores que se encuentran entre lo artístico pero también con la posibilidad de ser una labor de manutención. Nunca sabremos la razón por la cual Horacio Marino cambió de actividad aunque siempre moviéndose en la parte artística, lo que sí dilucidamos después de tanto tiempo, es saber que su talento creativo aún persiste y resiste la fatal idea de progreso, definida desde la óptica del comerciante paisa que solo vive la actualidad frágil sin su historia como sustento y presencia en la ciudad, de todas las fugas.

Por ese motivo esta labor, con sus investigadores, nos cita a ver en esta exposición, algo de lo cual no deja que se pierda en la espuma del afán, la perdurabilidad de una obra.  Nunca sabremos si su constate cambio de labor, de HM, entre lo artístico y el negocio, se debió a que no se sentía cómodo cada que abandonaba uno de ellos, o si buscaba ampliar su estro creativo, lo que sí sabemos en la distancia es que este evento devuelve un Horacio Marino en toda su extensión con su talento y arrojo porque decidirse a ser arquitecto sin pasar por la universidad, es poseer arrojo y confianza, y así mismo saber que en los libros subyace el conocimiento y así, él se apropió de esos saberes en arduas jornadas de estudio, para dejar su huella en los edificios construidos que aún están en pie, pero también en las fotografías que él creo y que lo ubican como uno de los grandes fotógrafos y  además uno de sus divulgadores ya que escribió libros sobre ambos temas: Fotografía y arquitectura, sus pasiones, su indagar, su asocio y aproximación a la realidad. En ambas artes Horacio Marino nos conmueve; fue un creador total. Allí hay que buscarlo.

Esta jornada inicial lo recobra como fotógrafo, este inicio por el ductus de sus búsquedas, lo apartan de las lapidas, lo acercan al dibujo, a la pintura, y lo ubican en una labor llena de un rigor muy consustancial a la memoria: los retratos, los paisajes. Esta jornada inicial ubican a su familia, a sus quehaceres, a sus amigos, a la circunstancia del espiritismo, esta jornada inicial es la entrada a su mundo.

Meses atrás me había encontrado en la sala de periódicos de la Universidad de Antioquia con los historiadores e investigadores Juan Carlos Buriticá y Maribel Tabares, indagaban con la paciencia del alquimista en los diarios y otras publicaciones a la caza de notas de prensa, de anuncios comerciales; es decir, tras las huellas de Horacio Marino para que su historia, su quehacer no se extraviara en los meandros de nuestra indiferencia.

La exposición me deja perplejo, ya que hay reunidos diversos objetos de los Rodríguez, que provienen de diversas colecciones, y que enternecen; han permanecido en manos generosas que los han conservado `porque estos constituyen una referencia,  ya que son la presencia de ellos, trozos de su vida, ya sea los diarios, los cuadernos y sus manuscritos, los gabinetes, los sofás, por supuesto más fotografías, las tarjetas de visita, su sellos, sus diplomas, por supuesto sus libros de aprendizaje, no como simples abalorios sino que estos objetos que sirvieron para su oficio, los tuvieron cerca, fueron en su conjunto indispensables para su labor, para establecer su nombradía; los acompañaron en este proceso de dejar la memoria fotográfica de Medellín,  ya que, cada que vemos una fotografía desconocida de ellos redescubrimos la ciudad y así mismo los personajes con esa estética que nos enajena, la de ese taller fotográfico. Ahí en esos negativos de la colección de la Biblioteca Piloto subyacen unas doce mil fotografías que definió desde su óptica HM Rodríguez en su época de fotógrafo.

Además existe en esta exposición, en estos trozos y trazos arrancados al olvido y a las cenizas de nuestra indolencia ese sustrato en las creencias teosóficas que tanto persuadieron a esa familia tan valiosa en el devenir de Medellín, ya que en largas sesiones de espiritismo buscaron el equilibro, la inobjetable huida de esa sociedad que intentó acorralarlos, como perversa y rara avis, bajo la aquiescencia de la jerarquía de los purpurados, cuando en realidad el espiritismo desembocaría con los años nada menos que en el primer socialismo tamizado de punzadas de un cristianismo primitivo.

Todas las piezas aquí reunidas coinciden, todas apuntan a establecer la labor de HM Rodríguez, llegan desde diversos sitios, desde diversas personas, así se restituye su imagen, su labor, en una palabra, su presencia. Por una vía o por otra, por una indagación o una huella,  la atmosfera se impregna con la aquiescencia de los asistentes a quienes conmueve, tanto talento, tanto talante, tanto arrojo.