domingo, 2 de agosto de 2026

Estación del tren en Barbosa, Antioquia. / Víctor Bustamante

 

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La Estación del tren en Barbosa

Víctor Bustamante

 

El ferrocarril nunca llega únicamente a un lugar: también arriba a un tiempo distinto. Cada estación es una pausa en el curso de la historia y, al mismo tiempo, una promesa de otra continuidad. Barbosa se volvió ferroviaria al integrarse a la línea trazada desde Botero; luego fue el silbato de las locomotoras, después el edificio que habría de darle hospedaje transitorio a los viajantes. Como ocurre con tantas obras humanas, la realidad se adelantó a la arquitectura.

… La denominada línea del río Porce, segunda división del Ferrocarril de Antioquia en el Valle de Aburrá, inició oficialmente su recorrido desde la Estación Botero hacia Barbosa el 26 de octubre de 1910. La entrega formal de la línea se produjo el 5 de enero de 1912, aunque desde octubre de 1911 los trenes ya prestaban servicio entre ambas localidades. Los rieles avanzaban con la impaciencia del progreso, que es nada menos que la intención de los viajeros y del comercio que necesitan agilidad, mientras los edificios que debían conferir permanencia a ese avance marchaban con lentitud y tropiezo. Solo a partir de septiembre de 1915 continuarían las obras de extensión hacia Medellín.

… Los periódicos con tantas vicisitudes y entusiasmo, testigos de primera línea, transmitían el optimismo propio de una sociedad que veía en el ferrocarril una victoria sobre la geografía. El 26 de julio de 1911 El Tiempo anunciaba que muy pronto sería inaugurada la Estación Barbosa. Restaban apenas diez o doce leguas de terreno llano, sin dificultades de consideración. El artículo concluía con una frase reveladora de aquel espíritu: el Ferrocarril de Antioquia era ya "una cosa hecha", lo que equivalía a decir que se había consumado la redención de Antioquia. En esa expresión convivían la ingeniería y la esperanza de progreso, como si las líneas de acero tuvieran la capacidad de corregir el destino para redefinir la historia.

… Pero la historia rara vez avanza con la uniformidad de los discursos triunfales. Mientras los rieles se tendían con notable tardanza, las estaciones eran todavía proyectos, dibujos sobre una mesa o cimientos apenas insinuados. La inauguración simbólica de una estación muchas veces precedía al edificio mismo, señalando el lugar donde algún día la arquitectura alcanzaría a la llegada de la locomotora.

… El 27 de octubre de 1911, nuevamente El Tiempo publicó una entrevista con el superintendente del Ferrocarril de Antioquia, el doctor Carlos Cock. A una pregunta sobre la apertura del servicio hasta Barbosa respondió que la línea estaría lista para el público a comienzos de enero del año siguiente. Allí existiría una estación modesta, suficiente para atender el movimiento inicial. La comunicación con el poblado se haría mediante un puente provisional de madera, construido por apenas cuatrocientos pesos oro. El puente definitivo, cuyo costo ascendía a doce mil pesos, habría de esperar tiempos más favorables. Aquella diferencia entre la obra provisional y la permanente resume, quizá mejor que cualquier estadística, la constante negociación entre el ideal del progreso y las limitaciones del presupuesto.

… En la misma conversación, Carlos Cock explicó que la banca entre Barbosa y Girardota se encontraba muy adelantada. Con una inversión adicional de cuarenta mil pesos podría concluirse la obra, en la que ya se habían invertido más de ciento cuarenta mil. Doscientos trabajadores laboraban entonces en el tramo, cifra que pronto se duplicaría para permitir la llegada del servicio ferroviario hasta Girardota durante el segundo semestre de 1912. El ferrocarril no era solamente una línea sobre el mapa: era un organismo vivo, sostenido por centenares de hombres anónimos cuya fatiga y aposte permanecía invisible detrás de las cifras oficiales.

… Las estaciones reflejaron esa diversidad de circunstancias. No todas poseían la misma jerarquía ni respondían a idénticas aspiraciones arquitectónicas. Su importancia dependía de la población atendida, de la actividad económica circundante y de las conexiones regionales que articulaba. Barbosa, Santiago, Popalito, Botero y Porce fueron concebidas como edificaciones sobrias: volúmenes sencillos de tapia, enriquecidos por una refinada carpintería en madera. Otras, como El Limón, El Hatillo, Villa y Medellín, exhibían propuestas arquitectónicas más ambiciosas, donde la mampostería, el eclecticismo o la monumentalidad expresaban una jerarquía distinta dentro de la red ferroviaria.

… La mayor parte de estas estaciones se levantó después de la entrega oficial de la línea. Los trenes llegaban antes que estos complejos; el movimiento precedía al refugio. Esa secuencia revela una lógica profundamente moderna: lo esencial era garantizar el tránsito. La arquitectura podía esperar.

Las restricciones económicas terminaron por influir decisivamente en el aspecto de las edificaciones. Hacia 1912 la planta técnica de la división Porce se había reducido considerablemente. Permanecían el superintendente Ernesto Cadavid, el ingeniero de sección Pablo E. Pérez, el ayudante Eleazar Arango y el dibujante Théophile Teche. Poco antes aún figuraban el ingeniero arquitecto Enrique Olarte y los dibujantes Arturo Longas y Raúl Quevedo, pero la supresión del cargo de arquitecto modificó el rumbo de muchos proyectos. Es probable que fueran los propios dibujantes quienes asumieran el diseño de algunas estaciones. Cuando en julio de 1912 se aprobaron los planos de Barbosa y Girardota, Teche era el único integrante de la oficina de dibujo. Todo indica que sobre él recayó la responsabilidad de proyectar edificios discretos, funcionales y compatibles con la estrechez de los recursos disponibles.

… Así surgió la Estación Barbosa: una construcción sin pretensiones monumentales, elaborada con materiales tradicionales —tapia y teja de barro—, pero cuidadosamente proporcionada. En 1915 una descripción señalaba que, como las demás estaciones de aquella sección del ferrocarril, sus edificios eran "risueños y de limpio aspecto". Los muros, de tapia apisonada, alcanzaban cuarenta y cinco centímetros de espesor y cinco metros de altura. Para contener su verticalidad se reforzaban mediante bastiones en las esquinas, mientras un amplio tejaroz de madera protegía los muros del sol y de la lluvia. La cubierta, sostenida por cerchas de madera y revestida con teja de barro, permanecía oculta tras los muros ático, protegidos por plaquetas cortagoteras.

Sin embargo, la solución constructiva contenía el germen de su propia fragilidad. Los muros áticos facilitaron la penetración de la humedad y aceleraron el deterioro de las tapias. Décadas más tarde, cuando la estación comenzó a desmoronarse, las advertencias de arquitectos, historiadores y administraciones municipales chocaron contra un obstáculo burocrático: el edificio pertenecía a Ferrovías, entidad del orden nacional, y el municipio carecía de facultades para intervenirlo; es obvio que tampoco les interesaría preservarlo. Desde los años 80 más o menos ninguna administración se dio cuenta que en el municipio existía la estación del tren. La ruina avanzó con la misma paciencia con que antes había avanzado la construcción.

… De este complejo arquitectónico permanecieron, sin embargo, la bodega y la casa del jefe de estación y la casa del ingeniero, capaces todavía de integrarse a un espacio público que enlazara el parque principal a través del camellón o vía a la estación. Como suele ocurrir con los paisajes de la memoria, aquello que sobrevive en apariencia no siempre es lo más importante, pero sí lo suficiente para recordar lo perdido.

… La historia del ferrocarril también quedó escrita en episodios mínimos, casi olvidados por las grandes narraciones. El 2 de mayo de 1914 la prensa informó que el notable ingeniero José María Jaramillo Martínez había sufrido un grave accidente cerca de Barbosa mientras inspeccionaba la línea del ferrocarril. La noticia ocupó apenas unas líneas, pero basta para recordar que detrás de cada kilómetro construido existieron cuerpos expuestos al riesgo y vidas entregadas a una empresa que transformó la geografía antioqueña.

… Quizá por eso las antiguas estaciones producen una emoción difícil de explicar. No son únicamente edificios. Son la materialización de una confianza colectiva en el futuro. Cuando desaparecen, no se pierde solamente un ejemplo de arquitectura ferroviaria; también se desvanece una manera de imaginar el tiempo, cuando el progreso parecía avanzar con el ritmo pausado de una locomotora y cada estación era la promesa de que el mundo, por fin, estaba un poco más cerca.

… El 13 de mayo de 1914, El Tiempo informó que los maestros de las escuelas públicas de Barbosa llevaron en tren a sus alumnos a Medellín con el plausible propósito de darles una lección ecuánime en el Museo de esa ciudad, así como hacerles conocer al gobernador y enseñarles el respeto que el mandatario merecía. La distancia recorrida por los escolares fue de 41 kilómetros. Eso sí, fueron recibidos a pedradas en los alrededores de la quebrada Santa Elena, no como un acto de bienvenida, sino como una travesura, nunca memorable, de los muchachos díscolos de la Villa.

… Un suceso ocurrido poco después da cuenta de la responsabilidad que exigía el manejo del ferrocarril. Por la inexperiencia de un peón encargado provisionalmente del manejo del suiche en la Estación Barbosa, el coche de primera clase del tren de la mañana, que iba hacia Botero, se salió de la línea y quedó inclinado. Felizmente no ocurrió ninguna novedad con los pasajeros. Tanto el encargado de los suiches en Barbosa como el peón que hizo el cambio fueron reducidos a prisión.

… Por este valle, entonces muy despoblado, pasó Rufino Gutiérrez, geógrafo y escritor, quien en su artículo Impresiones de Antioquia. La División del Porce (1917), escribió, recordando su recorrido del 18 de abril de ese mismo año:

“Los carros de pasajeros son bastante buenos y cómodos, tanto los de primera como los de segunda y tercera. Los vagones de carga me parecen de los mejores que los de otros ferrocarriles. El balastaje, las cunetas, los taludes y los desagües los encontré muy bien, mejor que los de las demás vías del país.

… Me gustó ver que no se permite fumar en los carros de primera ni permanecer en las plataformas. En cambio, los empleados del tren no tienen uniforme y el conductor no avisa siempre a los pasajeros el nombre de la estación a que va llegándose. Las locomotoras no pitan para avisar a los vecinos que se preparen a tomar el tren o que salgan a recibir a los pasajeros a quienes esperan, pero sí dan un pitazo muy corto en cada poste kilométrico.

… Algo es cierto: Rufino no se interesó en detallar la estación y menos aún en referirse a Barbosa. Pasó de largo hacia Medellín y Sopetrán.

Pero su gran cronista, Luis Tejada, en 1920, tampoco se detuvo después de tanto tiempo para dejar su versión. En cambio, escribiría:

… “No hubo más remedio; aquel sábado tomé el tren, después de envolver cuidadosamente unos pantalones de repuesto, por si me tumbaba el macho en el camino.

… En la estación encontré puntualmente a Pancho Villa, alto, negro, con el hocico claro y peludo y las orejas nerviosas; me eché una sincera bendición, porque nunca soy tan cristiano como cuando me acerco a una mula desconocida, y la emprendí por el sendero amarillo hacia la cordillera”.

… El 4 de octubre de 1932, en ese paso vertiginoso del tiempo que arrastra toda clase de sucesos hacia la nebulosa del olvido, se informó que el gran actor mexicano Arturo Rambal estuvo con su compañía teatral unos minutos en esta estación, de paso hacia Medellín. Ya en la década de 1960 regresaría como actor de cine consagrado en El Mártir del Calvario, película que se proyectó no solo en Barbosa, sino en todo el país durante mucho tiempo.

… Ese mismo año también pasó por la estación Jorge Eliécer Gaitán, quien venía desde Medellín en un tren expreso fletado por el Partido Liberal para hacer campaña en cada una de las estaciones del recorrido, se detuvo unos minutos, los suficientes para dar sus arengas y prometer un mejor país.

… Otro cronista relevante, Adel López Gómez, en Una visita a la mina de Caramanta, publicada en El Tiempo el 18 de diciembre de 1949, escribió:

… “Estamos en Barbosa.

… —¡Chicharrones, chorizos, sabaletas! —dice el pregón de las mujeres; canta el grito de los niños a lo largo del tren detenido.

… Cómo le gustarían a Inés estas sabaletas recién salidas de la sartén, tostaditas y olorosas, que fueron pescadas esta misma mañana en el río”.

… Me sorprende como la prolijidad de Adel haya sido tan llena de parquedad, cuando él sus textos da rienda suelta al detalle. Pero no es para menos él tiene un propósito, visitar una mina de oro en Caramanta.

Con el paso de los años en la Estación Barbosa se va escribiendo su historia, aquella de los eventos inesperados, y así, como de aquellas personas que estuvieron de paso, que enseñan como la vida cotidiana trae la sorpresa de algunos      visitantes que salen de su pasarela portátil y llegan por estas tierras a través de lo más común: el viaje.

… Uno de esos instantes ocurrió el 14 de marzo de 1940 cando fue traído desde Bogotá el cadáver del insigne ingeniero civil Alejandro López. Lo acompañaban el presidente Santos y una comitiva de alto nivel que había viajado desde la capital en un vuelo de Scadta. Luego de la ceremonia fúnebre, el ataúd fue colocado en el último vagón, cubierto con paños negros, adornado con la bandera nacional y literalmente abrumado por ofrendas florales.

… La marcha se inició desde Medellín en un tren de diez vagones ocupados por distinguidos personajes de la ciudad, entre ellos el gobernador, los secretarios de despacho, altos dignatarios del Ferrocarril de Antioquia, una compañía del regimiento, profesores, alumnos de la Escuela de Minas y los familiares de Alejandro López. El tren llegó a La Quiebra a las siete de la noche y regresó a la medianoche.

… El doctor Alejandro López había manifestado su deseo de ser enterrado bajo las paralelas de la carrilera, en la mitad del Túnel de La Quiebra, la máxima obra del Ferrocarril de Antioquia, ideada por él. Sin embargo, no fue posible cumplir su voluntad, pues ello habría interrumpido el paso de los trenes. Se decidió entonces construir su tumba en una roca, a un costado del túnel. Dos mineros fueron contratados para ejecutar la obra.

… El convoy fúnebre se detenía en las estaciones intermedias para rendir homenaje a López: Bello, Copacabana, Girardota, Barbosa, Botero, Porcesito, Santo Domingo y Santiago. A su paso, el vagón mortuorio fue visitado por humildes campesinos y otras personas, sus admiradores, que subieron para ofrecer oraciones y depositar ofrendas florales en la despedida del ingeniero.

… Entre los viajeros que dieron lustre a la Estación Barbosa se encuentra el fotógrafo Sady González. En la tarde del domingo 7 de diciembre de 1941 coincidió allí con Esperanza Uribe, quien se encontraba casualmente con dos amigas. Ella advirtió que, a cierta distancia, un señor fingía leer el periódico mientras insistía en observarla. Cuando llegó el tren y ella subió, él le indicó que a su lado había una banca vacía esperándola.

… De aquella contingencia nacieron no solo el amor, sino también una fecunda sociedad de trabajo que dio prestigio a Foto Sady en Bogotá. Él, maestro del fotoperiodismo, recorría los pueblos de Antioquia, Cundinamarca y Boyacá captando imágenes con una naturalidad admirable. De esa unión nació un hijo: el escritor Guillermo González Uribe.

… Por supuesto, esta estación también forma parte de mi memoria. Aún conservo indeleble el recuerdo de mi primer viaje a Medellín, en los años sesenta, cuando, de la mano de mi padre, permanecía frente a una locomotora de negro metálico que exhalaba vapor de agua, y resoplaba con afán como un furioso dragón mitológico para proseguir su marcha mientras algunos técnicos vertían aceite en los ejes con aceiteras de pico largo.

… También, con algunos amigos de la escuela, los rieles de la estación eran un reto para dispones a lo largo de sus lomos metálicos tapas de gaseosa para verlas aplanarse bajo el paso del tren que seguía raudo hacia Medellín. Cuántas caminatas hice por sus corredores exteriores; cuántas veces entré a aquella amplia bodega donde se vendían los tiquetes, al lado derecho, mientras unas sillas servían de descanso a los pasajeros y, al fondo, permanecían almacenados y aforados los paquetes y los bultos con las mercancías.

… Afuera, el director de la estación, Fabio Zuleta, hacía sonar la campana de cobre y, mediante un aro sujeto a una larga vara, entregaba un mensaje al maquinista, quien aminoraba la marcha. Cuántos veranos recorrí sus alrededores para tomar una gaseosa en alguno de los bares del frente, caminar junto a la casa del director de la estación, acercarme a la vivienda del ingeniero y contemplar aquella armazón del tanque de agua desde donde se abastecían las locomotoras para mantener la presión.

… Pero no hablaré más de esta parte, ni de los accidentes que los hubo, ni de las ceremonias de sangre, porque no quiero que se manche esta memoria.

… Lo único cierto y letal, frente al desaforado paso de los acontecimientos y al abandono de la Estación Barbosa, es que se permitió que la naturaleza reclamara lo suyo; frente a quienes la desmantelaron, ante la desidia de las llamadas autoridades municipales, inútiles y presuntuosas, que nada hicieron para impedir su destrucción y dejaron arrasar el patrimonio del municipio, que solo queda buscarlo en los testimonios que conservan su historia.

… Queda también la certeza de que aquel lugar, que conectó al pueblo con el resto del departamento y del país. Indagar en su existencia evita que la memoria del tren se reduzca a un informe infatuado o a una huella perdida. Allí permaneció, durante décadas, la presencia tan valorada, tan querida, tan sentida y tan amada de la Estación Barbosa del Ferrocarril de Antioquia en un pueblo que, paradójicamente, tampoco ha sabido valorar su propia historia.

… Las babas de los políticos produjeron una ley en 1997 que declaraba patrimonio todas las instalaciones de los Ferrocarriles Nacionales. Pero eso no bastaba. No hubo manera de hacerla cumplir. Lo demás fueron más y más leyes arrumadas en esta Patria Boba como basura: la misma historia falaz e improvisada de quienes legislan y creen que un país se ordena simplemente entreteniéndolo acumulando leyes.

Bibliografía:

Patrimonio urbanístico y arquitectónico del Valle de Aburrá, Un proyecto del Área

-Metropolitana del Valle de Aburrá. Capítulo de Villa a Área Metropolitana. - Roberto Luís Jaramillo V., Capítulos Edificaciones para el comercio y Estaciones del Norte y del Sur. Luís Fernando González E., Otros capítulos: Giuliana Guerra Gómez y Gloria Ceballos Restrepo. Medellin, Litoimpresos, Colombia, 2010

-Gutiérrez, Rufino. Monografías, Imprenta Nacional, Bogotá, 1920

-Jesús Cañas Escobar, Fotografías.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

SISIFO Y NARCISO COMO METÁFORA DEL SUJETO CONTEMPORÁNEO / Fredy Fernández Márquez.

 

Fredy Fernández Márquez



SÍSIFO Y NARCISO COMO METÁFORA DEL SUJETO CONTEMPORÁNEO

 

 

                                     Fredy Fernández Márquez[1].

 

El ser humano contemporáneo se despierta cada día para reincidir en su propio crepúsculo. Allí se enfrenta consigo mismo y vuelve a emprender la interminable tarea de construir una lógica capaz de sostener la fragilidad de su existencia. Como un Sísifo contemporáneo, asciende con las piedras que pesan sobre sus manos para caer, una vez más, en el tártaro, en la insondable profundidad del báratro que él mismo ha cavado. La salvación le permanece ajena, no porque le haya sido negada, sino porque desprecia las preterías de la otredad. Al clausurar el acceso al otro, queda encerrado en el círculo de su propia insuficiencia, condenado a repetir el ascenso y la caída de una existencia que confunde la persistencia con el sentido. Mientras Sísifo asciende la pendiente con todas sus fuerzas, su cuerpo, cubierto de sudor y con el olor a petricor impregnado en la piel, se aproxima a la cima donde la roca debería encontrar reposo. Sus manos tiemblan por el agotamiento cuando el viento de la cumbre roza su rostro; sin embargo, en el instante decisivo, el pedrusco vuelve a precipitarse hacia el valle. Ese esfuerzo incesante, que aparenta conducir a una superación permanente, termina por convertirse en una ilusión de triunfo. Es precisamente allí donde Sísifo deja de ser únicamente el héroe del absurdo para transformarse en Narciso: «el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso» (1994. p. 162).

     Se niega a escucharse y a escuchar; por ello, tampoco consigue liberarse de sí mismo. Se condena a repetir el círculo de su propia insuficiencia y contempla en los demás no a un interlocutor, sino a un potencial opresor que amenaza con limitar su existencia. Incapaz de reconocer en la alteridad una posibilidad de realización, convierte al otro en la medida de sus temores y frustraciones. Como el prisionero de la caverna platónica que permanece cautivo de las sombras, se repliega sobre sí mismo hasta contemplar únicamente su propia imagen. Incapaz de abrirse a la alteridad, convierte el yo en el único horizonte posible de existencia. En esa clausura interior nace el Sísifo-Narciso: una figura que reúne la obstinación del primero y la fascinación egocéntrica del segundo. Cree que todo puede alcanzarlo mediante la fuerza de su voluntad y el culto a su propia imagen; sin embargo, cada jornada reproduce el mismo itinerario: ascender para volver a caer, esforzarse para regresar al punto de partida y descubrir que la aparente plenitud no es más que el reflejo de una existencia vaciada de sentido.

     Sin advertirlo, ignora que la contemporaneidad no constituye un simple momento cronológico, sino un acontecimiento histórico, sociocultural y político atravesado por profundas transformaciones. En ella convergen procesos y tensiones que han erosionado la aparente solidez de los paradigmas sobre los cuales se edificaron la cultura de la sociedad moderna. Como consecuencia, no solo se han fragilizado las relaciones del ser humano consigo mismo y con los otros, sino también las formas tradicionales de autoridad, legitimidad y poder. Es precisamente esta condición de inestabilidad la que exige ser pensada para comprender las dinámicas culturales del Sísifo contemporáneo: un sujeto que, mientras insiste en ascender con el peso de su propia piedra, desconoce que la verdadera condena no reside en el esfuerzo, sino en la incapacidad de transformar ese esfuerzo en una experiencia de reconocimiento, libertad y apertura hacia la alteridad.  

     Cada amanecer repiquetea con fuerza el reloj para recordar que, una vez más, habrá que regresar a la repetición cotidiana del quehacer: asumir el absurdo de la existencia. Ese pedrusco incómodo, pesado e imaginario termina convirtiéndose en una realidad ineludible, hasta hacer sentir que el esfuerzo diario carece de sentido. Sin embargo, cada despertar constituye un desafío que no se elude; se vive en medio de la incertidumbre, donde la única certeza es la persistencia del camino. No hay retorno posible ni resignación definitiva frente a la roca de Sísifo. Ascender para descender, y volver a ascender una y otra vez: en ese incesante movimiento se consume la vida, pero también se revela la obstinación del ser humano por continuar, aun cuando el horizonte parezca desprovisto de toda promesa. ¿Por qué se lucha entonces, si la vida es una carga pletórica de dudas?

     La comunidad nace y se sostiene en la palabra compartida. Es un círculo que, para unos, permanece abierto al encuentro, mientras que, para otros, se cierra bajo el peso del individualismo. En ella, el diálogo y la escucha constituyen expresiones esenciales del respeto por la palabra, permiten confrontar ideas, fundamentar conceptos y defender, con argumentos, los paradigmas que orientan el pensamiento. Escuchar no significa únicamente oír; implica reconocer la legitimidad del otro como interlocutor y concederle un lugar desde el cual su voz pueda ser comprendida e interpretada.

     Esta disposición parece haberse extraviado en el Sísifo-Narciso contemporáneo. Su atención ha sido progresivamente absorbida por la mediación permanente de los dispositivos tecnológicos —teléfonos inteligentes, relojes inteligentes, auriculares y múltiples pantallas— que, lejos de ser simples herramientas, terminan ocupando el espacio destinado al encuentro humano. La interlocución se debilita, la conversación cede ante la inmediatez de las notificaciones y el silencio reflexivo es sustituido por el incesante flujo de información. En ese escenario, el sujeto comienza a distanciarse de los otros y, paradójicamente, también de sí mismo. La escucha se desvanece, la presencia pierde densidad y la realidad queda eclipsada por representaciones fragmentarias e instantáneas. Incapaz de escucharse a sí mismo, difícilmente podrá escuchar a los demás. Así, la existencia se empobrece en medio de una conectividad que multiplica los contactos, pero reduce la posibilidad del auténtico encuentro. Los Sísifos actuales, no están condenados a las tecnologías en sí mismas, sino que se absorbe por ella y abandona la posibilidad de escuchar y de dialogar, dejando de lado en pleno abandono el cuidado de sí para con los otros.

     Este individuo ha conquistado las grandes distancias mediante los avances de la alta tecnología y los dispositivos que habitan su intimidad cotidiana. Paradójicamente, mientras el mundo parece comprimirse y los lugares más remotos se vuelven próximos, el otro permanece cada vez más distante. La capacidad de prestar oídos se desvanece, porque se ha perdido el interés por acoger la palabra ajena. En la lógica del sujeto contemporáneo, escuchar deja de ser un acto de reconocimiento para convertirse en una interrupción de su propio monólogo. Por ello:

En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedara nadie más que nos escuche (2022. P. 109).

 

Desde hace mucho tiempo existen profesiones cuya vocación fundamental consiste en escuchar a quienes necesitan ser escuchados; entre ellas se encuentran la psicología, la filosofía, la terapia, la teología y otras disciplinas dedicadas al cuidado y la comprensión de la existencia humana. Sin embargo, la disposición para escuchar parece extinguirse progresivamente. Se trata de una sordera deliberada que ensancha la distancia entre los seres humanos y favorece el desconocimiento del otro como interlocutor legítimo.

     Quienes eligen hacerse los sordos suelen hallarse resguardados por el ego, expresión del resurgimiento de un narcisismo hedonista que caracteriza amplios sectores de la contemporaneidad. En este escenario, la atención se desplaza hacia lo banal, lo insustancial, lo trivial y lo efímero; la exaltación de la individualidad termina por imponerse sobre el reconocimiento del otro, mientras la frivolidad, el culto a la apariencia y la satisfacción inmediata ocupan el lugar que antes correspondía al diálogo, la escucha y el encuentro humano.

     El discurso sordo se despliega sobre una superficie donde la reflexión acerca de las conductas y los comportamientos humanos ha perdido profundidad. En ese escenario se configura una distorsión de la realidad que el propio sujeto termina por asumir como verdadera, mientras el ego se expande hasta convertirse en el criterio desde el cual interpreta el mundo. De este modo, el individuo habita una ficción de verdad en la que el narcisismo opera como una forma de agnosia liminar: una incapacidad para reconocer al otro y para reconocer(se) más allá de los límites impuestos por la propia autocomplacencia.   

     Esta transformación no solo altera la comprensión del ser, sino que también erosiona los fundamentos éticos heredados de la modernidad. El deber deja de constituir un horizonte moral compartido y cede su lugar a la primacía del deseo, del rendimiento y de la satisfacción inmediata. Surge así un sujeto con nuevas formas de habitar el mundo, de relacionarse, de sentir, de interpretar la realidad y de construir su identidad. La metamorfosis de la individuación, el progresivo debilitamiento del humanismo y el ocaso del deber configuran una subjetividad cuya mayor carencia no es la ausencia de información, sino la pérdida de la capacidad de escuchar. Precisamente por ello, resulta imprescindible una nueva comprensión filosófica de la escucha, entendida no solo como una facultad comunicativa, sino como una condición ética y ontológica para el reconocimiento del otro y para la reconstrucción del vínculo humano en la contemporaneidad.

     A quien se escucha se le recibe con hospitalidad. La escucha constituye un acontecimiento de acogida desde la alteridad, reconoce al otro en su singularidad y le permite ser aquello que es: un ser en sí mismo, libre de etiquetas, prejuicios o clasificaciones que limiten su existencia. Escuchar implica, por tanto, dar la bienvenida al otro sin levantar fronteras ni establecer distancias que obstaculicen el encuentro.

     La alteridad exige una disposición auténtica hacia quien toma la palabra. Supone interesarse por su experiencia, comprender el sentido de su intervención y reconocer la legitimidad de su voz. En este sentido, la escucha trasciende el ámbito de la comunicación para convertirse en una acción ética y axiológica que hace posible la confianza, fortalece el vínculo interpersonal y propicia un diálogo genuino. Quien se siente escuchado encuentra un espacio de serenidad desde el cual puede expresar sus ideas, emociones y convicciones con libertad y determinación.

     A medida que la conversación avanza, el simple acto de escuchar despliega una profunda potencia humanizadora: «El oyente es una caja de resonancia en la que el otro se libera hablando. Así, escuchar puede tener efectos salutíferos» (Han). La escucha no solo acoge la palabra del otro, sino que también la dignifica, la hace fecunda y contribuye a restaurar una dimensión esencial de la existencia humana: la posibilidad de reconocerse y ser reconocido a través del diálogo. Su finalidad es la audición generosa, hospitalaria, no es la atención de la escucha metódica, ordenada, razonada, no es enterarse, por el contrario, es la escucha acogedora. En términos kantianos: un fin en sí mismoquien se expresa desde sus propias palabras, posee una valoración inherente, connatural y categórica. Por elemental que sea, no se debe recurrir a utilizarlo como medio o instrumentalización para lograr alcanzar un interés particular. La utilidad del otro no es aceptable a través del diálogo: «el oyente hospitalario se vacía haciéndose una caja de resonancia para el otro que lo redime devolviéndolo a él mismo. La escucha puede bastarse a sí misma para sanar» (2022. P. 111). Departir es una práctica milenaria que restablece el alma.  

     Para que exista una conversación auténtica, es necesario reconocer en el otro a un ser íntegro, digno de consideración ética y de respeto por su palabra. En términos foucaultianos, ello supone el ejercicio del cuidado de sí, una disposición que cultiva la serenidad, el sosiego y la capacidad de abrirse a la presencia del otro: «la pasividad de la paciencia es la primera máxima de la escucha» (2022. P. 112). Quien escucha con atención no solo recibe un discurso, sino que reconoce la dignidad de quien lo pronuncia. Sin embargo, la contemporaneidad parece haber extraviado esta disposición. La prisa, la inmediatez y la aceleración permanente han convertido la existencia en una incesante moneda de cambio, donde el tiempo se mercantiliza y la calma se desvanece. En un mundo sometido a la lógica de la productividad, la conversación pierde su profundidad y la escucha deja de ser un acto de hospitalidad para transformarse en una espera impaciente del turno para hablar.

     Saber oír, allí donde «el oyente se pone a merced del otro sin reservas. Quedar a merced es otra máxima de la ética de la escucha» (Han), no significa silenciar el alma ni abdicar de la propia conciencia. Implica, por el contrario, una disposición ética mediante la cual quien escucha suspende el afán de juzgar, interpretar o condenar moralmente la existencia del otro. Escuchar no consiste en absolver ni en censurar, sino en acoger la palabra ajena desde una presencia serena que permita al interlocutor habitar su propia verdad sin el peso inmediato del juicio.

     Quien asume el lugar de receptor, desde una postura ética, desplaza conscientemente la centralidad de su propio yo para abrir un espacio de hospitalidad donde el otro pueda desprenderse de los miedos, las incertidumbres y los vacíos que le impiden manifestarse en su autenticidad. En este sentido, el acto de escuchar no invade la conciencia del hablante ni la sustituye; más bien, se sitúa junto a ella, acompañándola con una presencia silenciosa que favorece el despliegue de su palabra. El diálogo auténtico acontece precisamente cuando el oyente suspende la hegemonía de su ego y permite que la voz del otro adquiera legitimidad, densidad y sentido. Solo entonces la escucha deja de ser una recepción pasiva para convertirse en un verdadero acontecimiento ético, en el que la alteridad encuentra un lugar desde el cual revelarse sin temor y sin violencia.

     Quienes antes prestaban sus oídos al otro han sido progresivamente reemplazados por dispositivos que simulan escuchar, pero que, en realidad, capturan datos, emociones y fragmentos de la intimidad humana. Un «me gusta», una selfie, la IA, las consultas virtuales y las múltiples formas de interacción digital constituyen escenarios donde la comunicación se multiplica, mientras la escucha auténtica se desvanece. La paradoja contemporánea consiste en que nunca se ha hablado tanto y, sin embargo, pocas veces el ser humano ha encontrado un interlocutor dispuesto a escuchar sin prisa, sin cálculo y sin juicio. De este modo, las tecnologías no solo median la comunicación, sino que también estrechan los espacios donde puede acontecer el arte de la escucha.

     Permitir que otro escuche la propia palabra supone un acto de profunda vulnerabilidad. Quien habla expone aquello que hiere su existencia, abre las fisuras de su intimidad y se arriesga a ser comprendido o rechazado: «la herida rompe la intimidad casera y narcisista abriéndola. Pasa a ser una puerta abierta para el otro» (2022, p. 113). La herida deja de ser únicamente una experiencia de sufrimiento para convertirse en la posibilidad ética del encuentro. La escucha hospitalaria acoge esa apertura con cordialidad y respeto, evitando que el dolor se perpetúe en el aislamiento o en el silencio. En este sentido, hablar constituye un giro de la mirada sobre sí mismo: aquello que permanecía oculto en el alma encuentra, mediante la palabra compartida, un camino hacia la comprensión, la reconciliación y el cuidado de sí. Quien no se escucha, estará condenado a carga su propia piedra, hará parte del club de Sísifo.

     Sísifo es también ese Narciso (2022) al que la contemporaneidad rinde culto:  una figura que habita en el inconsciente y despierta cada día para alimentar la ilusión de un yo que se contempla, se exhibe y se consume a sí mismo. En esa metamorfosis surge el homo consumens, sujeto que ya no encuentra sentido en la comunidad, sino en la permanente satisfacción de sus deseos y en la incesante construcción de su propia imagen. El antiguo héroe condenado a empujar la roca ha dejado de enfrentarse al peso del destino; ahora carga con el imperativo de mostrarse, de producirse y de consumirse sin descanso. Esta mutación ha debilitado el tejido de las sociedades liberales al exacerbar el individualismo y convertir el reconocimiento del otro en un acontecimiento cada vez más excepcional. El Sísifo-Narciso encarna así la paradoja del sujeto posmoderno: mientras persigue incansablemente su realización personal, termina aislado en el laberinto de su propia identidad. Su existencia gira alrededor de la representación, donde la apariencia sustituye progresivamente a la experiencia y la visibilidad adquiere mayor valor que la autenticidad.

     En este escenario, la figura de Narciso opera como una máscara desde la cual se interpreta la realidad contemporánea. Es el rostro de la sociedad del espectáculo, de la banalización de la existencia, de la ironía convertida en entretenimiento permanente y del exceso de comicidad que, lejos de suscitar reflexión, termina vaciando de significado la experiencia humana. La risa deja de ser una forma de liberación para convertirse en un mecanismo de distracción que impide confrontar el sufrimiento, la soledad y el silencio. Como ideal estético y cultural, Narciso representa la máxima expresión del individualismo posmoderno. Su erotismo ya no remite únicamente al deseo del otro, sino a la fascinación por la propia imagen, convertida en objeto de contemplación, consumo y reconocimiento. De este modo, el sujeto contemporáneo no solo vive para ser visto; termina interpretándose a sí mismo como un espectáculo permanente, mientras la escucha, la hospitalidad y el encuentro con la alteridad se desvanecen bajo el predominio del ego.

     El individuo contemporáneo personifica las dos facetas del mito y de la leyenda griega: Sísifo y Narciso. Como Sísifo, carga el peso de su propio silencio, condenado a una existencia repetitiva que lo aparta de los círculos del diálogo y de la comunidad. Como Narciso, permanece cautivo de sí mismo, incapaz de mirar más allá del reflejo de sus propias pupilas. Esta obstinación lo conduce a una forma de autofagia espiritual: se consume en su propia imagen, se repliega sobre sí mismo y renuncia a la posibilidad de encontrarse auténticamente con el otro, convirtiéndose en su contumacia idílica, estos personajes son una alegría para el presente porque son consumo y un júbilo para el futuro porque ya se sabe para donde va lo humano. El estímulo intelectual pasará al baúl de los desechos.

     Gran parte de las generaciones presentes y de las venideras parecen orientarse hacia una cultura del consumo permanente de dispositivos digitales. En ese contexto, el otium fecundo, entendido en su acepción clásica como el tiempo destinado al cultivo del espíritu, la contemplación y la formación de sí, ha cedido terreno frente a la inmediatez tecnológica. Los libros, el buen cine, las conversaciones entre amigos, los recitales poéticos, la música escuchada con atención y otras experiencias estéticas y humanísticas han sido progresivamente desplazados por las tabletas, los teléfonos inteligentes, las múltiples plataformas audiovisuales y el incesante flujo de contenidos digitales.

     Este giro cultural configura un Homo novus cuya relación con el mundo se encuentra mediada por el consumo continuo de pantallas. La intensidad de esta transformación alcanza incluso los primeros años de vida. No son pocos los padres que, desde edades tan tempranas como los dos años, introducen a sus hijos en el universo digital, convirtiendo los dispositivos electrónicos en instrumentos de distracción o de entretenimiento permanente. En numerosos casos, estas tecnologías dejan de ser recursos complementarios para convertirse en sustitutos de la presencia, el diálogo y el acompañamiento que exige la tarea educativa. Así, las pantallas terminan ocupando un lugar que corresponde, ante todo, a la responsabilidad formativa de la familia.  

     En buena medida, la familia contemporánea ha experimentado un desplazamiento de algunas de sus responsabilidades formativas esenciales. La dedicación al diálogo, al acompañamiento y a la transmisión de referentes éticos y culturales ha cedido espacio, en numerosos contextos, a la mediación creciente de la tecnología y de la lógica del consumo. Como consecuencia de esta transformación han surgido diversas categorías para describir al sujeto de nuestro tiempo: Homo mediaticus, Homo digitalis, Homo consumens, entre otras. Estas denominaciones intentan dar cuenta de una subjetividad modelada por la omnipresencia de las pantallas, el consumo permanente de información y la progresiva sustitución del encuentro humano por la interacción tecnológica. Muchos críticos consideran:

Numerosas almas ilustradas: premios Nobel de literatura, periodistas, profesores de universidad, psiquiatras, doctores en psicología, investigadores de neurociencia, y personal sanitario que trabaja sobre el terreno (médicos, logopedas, psicólogos, etc.). Estas personas, que en su mayoría han estudiado atentamente la literatura disponible, nos explican que la juventud actual es, a todas luces, la generación «más estúpida» (2025. p. 18-19).

La proliferación de estas críticas no responde únicamente a un ejercicio de señalar, constituye, más bien, el intento de comprender una mutación antropológica en la que el ser humano comienza a definirse menos por su capacidad de pensar, dialogar y contemplar, y más por su condición de consumidor, espectador y productor incesante de información. En este horizonte, el otium (tiempo libre o descanso) creador es reemplazado por la hiperconectividad, mientras que el silencio reflexivo cede ante el ruido constante de los estímulos digitales. Conduce a que la persona se configura en un contexto social que favorece este proceso de subjetivación, al propiciar el desarrollo ególatra de la propia representación. El sujeto termina por reconocerse, valorarse y proyectarse a partir de la imagen que construye de sí mismo, antes que desde el encuentro con la alteridad. En este sentido, el individualismo contemporáneo expresa las múltiples formas de una creciente «narcisificación» de la existencia, entendida como un proceso mediante el cual el yo se convierte en el centro de referencia de la experiencia, desplazando progresivamente el vínculo con los otros y con la comunidad.

     La sociedad contemporánea presenta profundas asimetrías con respecto a las sociedades precedentes. Entre sus rasgos más significativos se encuentra la progresiva depreciación de los deberes comunitarios y el debilitamiento de aquellos imperativos categóricos que, durante largo tiempo, orientaron la vida colectiva. En este contexto, la moral fundada en la reciprocidad y en la responsabilidad hacia el otro cede paso a una ética centrada en la autorreferencialidad del individuo. El resultado es una transformación del comportamiento social caracterizada por el debilitamiento de los vínculos comunitarios y por una creciente desestructuración del horizonte ético que tradicionalmente regulaba la convivencia.

     Esta mutación encuentra su expresión en la figura del Sísifo-Narciso contemporáneo, un sujeto que se desvincula progresivamente de las éticas heredadas de la tradición y de la modernidad. No porque estas carezcan de valor, sino porque sus fundamentos parecen insuficientes para responder a las complejas exigencias culturales, tecnológicas y antropológicas del presente. Uno de los signos más evidentes del declive de nuestra época consiste, precisamente, en la dificultad para construir un horizonte ético compartido que otorgue sentido al bien común y restablezca el equilibrio entre la autonomía personal y la responsabilidad frente a los otros. Todo ello ha provocado una profunda transformación histórica de los fines y de las modalidades de la socialización. En la actualidad, esta se desarrolla bajo la égida de dispositivos abiertos, plurales y altamente mediatizados, que privilegian la autonomía individual por encima de los vínculos comunitarios. En consecuencia, el individualismo hedonista y la personalización de la existencia han adquirido una legitimidad social difícilmente cuestionable. En este horizonte cultural, la revolución permanente, el escándalo como forma de visibilidad y la expectativa de un futuro siempre renovado rasgos inseparables del proyecto moderno y de sus prolongaciones posmodernasse consolidan como expresiones dominantes de la sensibilidad contemporánea.

     En este escenario emerge con mayor claridad el Sísifo-Narciso contemporáneo: un sujeto que ya no encuentra resistencia cultural significativa frente a la exaltación del ego. La libertad se interpreta como la posibilidad irrestricta de autorrealización, mientras que el deber, el sacrificio, la memoria y el compromiso con la comunidad se perciben como vestigios de un pasado que la cultura del rendimiento y del consumo se considera superado. Así, la socialización deja de orientarse hacia la construcción del nosotros para concentrarse en la permanente afirmación del individuo.

     El Sísifo-Narciso fractura la construcción comunitaria del sujeto contemporáneo y favorece la configuración de una subjetividad cada vez más flexible, autorreferencial e individualizada. En este proceso, el individuo tiende a relativizar sus responsabilidades sociales para privilegiar la satisfacción inmediata de sus deseos, inclinaciones y pasiones. El culto al yo termina por imponerse sobre el sentido del deber, mientras la búsqueda del bienestar personal adquiere el estatuto de principio orientador de la existencia. En la medida en que la sociedad moderna pierde la severidad normativa que regulaba las costumbres y los comportamientos colectivos, emerge un nuevo horizonte cultural en el que los placeres, los gustos, los deseos y los proyectos individuales alcanzan una legitimidad sin precedentes. Las instituciones, lejos de imponer modelos homogéneos de vida, comienzan a reconfigurarse para responder a las expectativas, aspiraciones y formas de autorrealización de los sujetos. De este modo, el Sísifo contemporáneo no constituye una anomalía de la cultura actual, sino el resultado de un prolongado proceso histórico de individualización que redefine la relación del ser humano consigo mismo, con los otros y con la sociedad.

     Las influencias que reciben gran parte de las generaciones contemporáneas encuentran su principal vehículo en los dispositivos digitales y en los medios audiovisuales que estructuran la vida cotidiana. La información circula con una inmediatez sin precedentes, mientras los flujos culturales reconfiguran de manera constante las formas de pensar, sentir y relacionarse. Paradójicamente, esta aceleración comunicativa no ha producido mayor serenidad ni un fortalecimiento de los vínculos humanos; por el contrario, ha contribuido a extender la inquietud, la decepción y el desasosiego. Las instituciones tradicionales experimentan una pérdida progresiva de legitimidad, al tiempo que la lógica del consumo transforma la escala de valores y reviste al individuo con una sensación de felicidad tan inmediata como efímera.

     En este contexto, buena parte de la industria audiovisual alimenta imaginarios de éxito, reconocimiento y realización personal que ofrecen una vía de evasión frente a las tensiones de la existencia cotidiana. El cine convertido en espectáculo y los programas de telerrealidad, junto con el incesante flujo de contenidos digitales, ocupan con frecuencia el lugar que antes correspondía a la reflexión, al diálogo y al cultivo interior. La narcisificación constituye, así, uno de los rasgos más visibles de esta transformación cultural. Lo audiovisual reorganiza la percepción del presente, mientras el consumo se convierte en el principio que orienta la experiencia social. De esta metamorfosis antropológica emerge la figura del Sísifo-Narciso, símbolo del individuo que oscila entre la permanente exhibición de sí mismo y la incesante búsqueda de satisfacción en una cultura dominada por la inmediatez, el rendimiento y el consumo.

     El Sísifo-Narciso se erige como el símbolo del individualismo contemporáneo, propio de una sociedad de consumo globalizada que, seducida por la promesa de la autorrealización y el bienestar permanente, termina reproduciendo el movimiento circular del héroe condenado a empujar la piedra. La ilusión del progreso oculta en realidad una repetición incesante de prácticas, deseos y aspiraciones que impiden toda transformación profunda del sujeto y de la vida colectiva. Se trata de una sociedad que ha debilitado los fundamentos éticos y comunitarios necesarios para impulsar cambios verdaderamente estructurales. En este contexto, la contemporaneidad ha quedado atrapada en el imperio de lo banal, de lo light y de lo efímero. La cultura de la imagen ha desplazado la profundidad del ser, mientras la apariencia adquiere mayor valor que la existencia misma. El sujeto ya no busca comprenderse ni transformar el mundo que habita; se conforma con proyectar una versión idealizada de sí mismo, convirtiendo su propia imagen en el principal objeto de culto y consumo.

     Germina un giro inesperado: El cambio «ser» al «parecer». En esa línea, el Sísifo-Narciso no solo personifica al sujeto que reitera una y otra vez el sacrificio de Sísifo, sino al individuo que se engaña a través de la mostración con la identidad, la diafanidad con el reconocimiento, la diferencia y el consumo con la integridad. Dicha sentencia contemporánea no es solamente en reiterar, sino en repetir admitiendo que cada reanudación establece una construcción para la actuación individual. Se descuida el concepto foucaultiano de «cuidado de sí» por el instinto de la razón, las figuras del individualismo, la individualidad de la razón, la economía del cuidado y bienestar, conveniencia ultrarrápida, experiencias digitales y entretenimiento, consumo inteligente e IA, sostenibilidad y segunda mano, productos Premium silenciosos. Estas nuevas categorías son la superación del yo en el nosotros, que asociados a los Sísifo-Narcisos contemporáneos, acompañado del consumismo habitual, ocasional de experimentación y compulsivo se han convertido en nuevas formas de vida.

     Estas nuevas lógicas de vida han penetrado profundamente en el ámbito educativo, transformando tanto las dinámicas individuales como las colectivas de los procesos de enseñanza-aprendizaje. La creciente presencia de los dispositivos digitales ha reconfigurado la relación con el conocimiento, desplazando progresivamente la centralidad del docente y privilegiando formas de interacción mediadas por la inmediatez, la hiperconectividad y el consumo permanente de información. No se trata de afirmar que la tecnología sustituirá por completo al maestro, sino de advertir el riesgo de que su función formativa se vea subordinada a una racionalidad técnica que privilegia la eficiencia sobre la reflexión y la formación humana. En este contexto, diversos estudios han señalado un incremento en problemáticas relacionadas con la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes, entre ellas dificultades de atención, trastornos de ansiedad, síntomas depresivos, alteraciones del lenguaje, conductas impulsivas y otras manifestaciones del malestar psicológico. Aunque estos fenómenos poseen un origen multifactorial, no puede desconocerse que el uso indiscriminado de las tecnologías digitales, sumado a una cultura orientada por el consumo y reforzada, en ocasiones, por las propias dinámicas familiares, constituye uno de los factores que contribuyen a profundizar dichas dificultades. Estos dispositivos son las nuevas piedras que cargan los jóvenes en la actualidad convertidos en los Sísifos-Narcisos.

     La preocupación pedagógica, no radica únicamente en el desarrollo tecnológico, sino en el tipo de ser humano que este contribuye a configurar. Si la educación renuncia a su misión de formar sujetos críticos, autónomos y capaces de establecer vínculos auténticos con los otros, las generaciones venideras corren el riesgo de convertirse en individuos cada vez más dependientes de los sistemas tecnológicos que ellas mismas han creado. En esa paradoja reside el drama del Sísifo-Narciso contemporáneo: creyéndose más libre gracias a sus inventos, termina sometido a ellos, repitiendo incesantemente una existencia gobernada por la lógica del consumo, la aceleración y la dependencia tecnológica. Desmurget, sostiene que:

han nacido con un ratón en una mano y un smartphone en la otra [...], son multitarea, saben hacer de todo y pasan con genialidad de una cosa a otra.» Sus «circuitos neuronales están especialmente cableados para las ciberbúsquedas de fuego rápido». Gracias al efecto beneficioso de todo tipo de pantallas, su cerebro «se desarrolla de un modo diferente». «Ya no [tiene] la misma arquitectura», y en estos momentos está siendo «mejorado, aumentado, perfeccionado, amplificado (y liberado) gracias a la tecnología». Estos cambios son tan profundos y esenciales «que ya no hay vuelta atrás posible (2025. P. 17). 

El consumo de dispositivos digitales se ha convertido en una de las nuevas tareas pedagógicas que hacen parte de la vida de las generaciones actuales. Porque es el reemplazo de todas las herramientas académicas. Ha existido una línea del tiempo de la humanidad, primero fue: pre-australopitecinos, australopithecus, Homo habilis, Homo ergaster, Homo erectus, Homo neanderthalensis y el Homo sapiens. Desmurget, advierte la llegada de alguien más y lo llama: Homo digitalisel humano digital (p. 16). De acuerdo a lo anterior, se dejó atrás la era del cerebro (neuronal) y se pasó a una nueva época llamada: era digital, o sea nativos digitales. Quienes la viven y la habitan, poseen otras capacidades diferentes de aquellos que no recurren a estos dispositivos. Sostiene el neuro científico, que les hacen creer que son más veloces en utilizar y buscar toda información que necesitan, educación de primera mano, o ¿la presente generación es diferente? Supuestamente, son más competentes, ágiles lo cual son productivos para el trabajo colectivo, aunque estén distantes.

     Desmurget, recurre a las estadísticas, deja por sentado los porcentajes del consumo de los dispositivos: 

Entre los ocho y los doce años de edad, la exposición a los dispositivos se divide de forma más o menos armoniosa en niveles que van desde «ligero» (un consumo inferior a una hora, que se da en el 19 % de los chicos) hasta «intenso» (seis horas o más, en el 20 % de los casos). Entre los trece y los dieciocho años, la categoría de usuarios furibundos aumenta considerablemente, desde luego, pero no llega ni de lejos a constituir la mayoría (los que consumen más de seis horas se quedan en el 39 %). De hecho, el 12 % de los adolescentes presentan una exposición inferior a sesenta minutos diarios, y casi una cuarta parte del total permanecen por debajo de las dos horas. En buena medida, estas disparidades tienen que ver con las características socioeconómicas de los hogares: el consumo de los individuos de familias desfavorecidas presenta una media muy significativamente superior (más de dos horas y media) a la de sus compañeros de entornos privilegiados (P. 42). 

A renglón seguido manifiesta la influencia en el campo de lo doméstico:

También en este terreno se observa una considerable variabilidad interindividual. Tomemos a los adolescentes: se distribuyen de un modo más o menos equilibrado entre quienes hacen un uso de los dispositivos a diario (29 %), una vez por semana (44 %) y en ocasiones puntuales (una vez al mes o menos, 27 %). También en este caso la desigualdad está ligada a las circunstancias socioeconómicas de las familias. Así, los individuos de entornos acomodados que recurren a Internet para hacer sus deberes cada día son casi el doble que sus compañeros de los entornos desfavorecidos (39 %, frente a un 22 %). Si nos vamos ahora al porcentaje complementario de usuarios puntuales, comprobaremos que la proporción se invierte (17 %, frente al 39 %).37 Así pues, presentar a todos estos chicos como una generación uniforme, con necesidades, comportamientos, competencias y formas de aprender homogéneos no tiene sentido alguno, sencillamente (p. 42-44).

La industria digital ha traspasado todas las fronteras geográficas, culturales y simbólicas, conduciendo a las nuevas generaciones y a familias enteras hacia un consumo cada vez más desmesurado. Este fenómeno ha configurado un nuevo paradigma de interacción que articula, mediante las tecnologías digitales, los ámbitos de la educación, el trabajo y la vida cotidiana, difuminando los límites que tradicionalmente separaban estos espacios.

     En este nuevo escenario emerge un umbral donde convergen tanto las posibilidades de inclusión como las múltiples formas de desigualdad. La conectividad global, sustentada en la expansión de los dispositivos digitales, universaliza prácticas individuales caracterizadas por la inmediatez, la hiperconectividad y la lógica del consumo, reconfigurando las relaciones sociales y los procesos de formación. En consecuencia, los referentes éticos heredados del humanismo moderno pierden progresivamente su capacidad orientadora frente a una racionalidad tecnocrática que privilegia la eficiencia, la productividad y la satisfacción inmediata por encima de la reflexión crítica y del cultivo de la vida común.

     Las utopías colectivas que aspiraban a una formación integral del ser humano ceden su lugar a una cultura centrada en el rendimiento, la autoexposición y el consumo permanente. El Sísifo-Narciso contemporáneo, deja de proyectar horizontes compartidos para concentrarse en la administración de su propia imagen y en la satisfacción de deseos incesantemente renovados por la industria digital, reproduciendo así un modelo de existencia que privilegia lo individual sobre el bien común.

     Sísifo-Narciso, deja a un lado la gran piedra pesada y en su reemplazo utiliza los nuevos dispositivos donde puede y logra amar más su bella imagen por fatigosa que sea, se refleja a través de pantallas interindividuales y rechaza toda tradición moderna como referente histórico. Jamás volverá a ver el pasado, superando la inteligencia callejera en las aulas de clase.     

 


Referencias Bibliográficas

 

Camus, A. (1994). El mito de Sísifo. Barcelona. Altaya.

Desmurget, M. (2025). La fábrica de cretinos digitales. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos. España. Península.  

Han, B. (2022). La expulsión de lo distinto. Barcelona. Herder.

Ovidio. (2022). Metamorfosis. España. Ediciones Cátedra.  



[1] Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral. Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias: CvLAC-GrupLAC  frecho13@hotmail.com  



MEDIDA DE UNA TRANSICIÓN SOCIAL / Darío Ruiz Gómez

 

Zdzisław Beksiński

MEDIDA DE UNA TRANSICIÓN SOCIAL

Darío Ruiz Gómez

 Quisiera volver a recordar que en España lo que se ha llamado la Transición de la dictadura franquista hacia la instauración de una moderna democracia lo primero que quedó en claro es que recurrir a la lucha armada no era el camino debido para derribar el Régimen e instaurar un sistema democrático. Al inesperado vacío dejado por la muerte de Franco vino entonces un gobierno que seguiría siendo franquista para evitar caer en la anarquía e impedir que el extremismo no sacara provecho de estas circunstancias o para que los comunistas se apropiaran del crédito de lo que fue un movimiento por las libertades donde participaron activamente movimientos católicos, liberales y el consolidado Partido Obrero Español opuesto radicalmente al Partido Comunista. El franquismo tal como lo viví a partir de 1958  cuando llegué a Madrid era a través de la Falange un régimen nacionalsocialista con el poder otorgado a los grandes sindicatos, a la secciones femeninas y juveniles que instauraron un tipo de vida social caracterizado por la tranquilidad y la seguridad, por la vivencia de una supuesta cándida alegría  gracias a la cual se preservaba a los españoles de caer o en las manos “del comunismo ateo o del capitalismo masónico”. etc.  Consolidar la democracia fue una tarea llena de conquistas pero también de sinsabores, tarea  que no termina tal como lo vemos hoy ante el peligro que supone Pedro Sánchez.

Lo que quiero señalar es que ad puertas del regreso de Colombia a la democracia después de padecer los efectos   letales de una dictadura blanda  somos afortunados ya que  gracias a la corrupción el petrismo no pudo estructuralmente a consolidarse tal como se hizo en Venezuela o Nicaragua bajo el  simulacro de “ un gobierno del pueblo” la tarea de prioritaria de un demócrata es la de restituir urgentemente los valores y derechos que esta dictadura nos negó.  La consigna de que “vamos por el cambio” se desacreditó sola gracias, repito,  a la codicia de la burocracia y al rápido incumplimiento de las promesas de un país menos desigual, menos injusto. Es aquí donde el nuevo gobierno debe entender la importancia de enfrentar la manipulación de la información que ha hecho el petrismo desde las plataformas venezolanas.

El Pacto Histórico que sigue siendo un Partido Frankestein, nada ha logrado respecto a la promesa  de un cambio social y anclado en el populacherismo se  olvidó de la verdadera tarea de construir una izquierda democrática. ¿Qué significó entonces tal como muchas veces me lo he preguntado la propuesta de un cambio social si lo que finalmente nos han dejado es un país en manos de la delincuencia armada y de una quinta columna de boicoteadores infiltrada para sabotear al nuevo gobierno? Marx descalifica el llamado cambio social por ser  una propuesta que se contenta con  quedarse en un “comunismito moderado”  pero también debemos recordar que  como lo observa Baumam el error de quienes empecinadamente insisten en legitimar la violencia armada como única respuesta para el cambio de la sociedad,  olvidan que la revolución de los niños y de los adolescente, de la sexualidad liberada de ideologías, de las razas en la pluralidad, de la religión, son ya conquistas consolidadas  que hoy definen a una nueva sociedad como lo recuerda el mensaje de León XIV. Es la filosofía de que a los enemigos de la democracia no se los derrota sino que se los trasciende ya que lo más importante es precisar ante la sociedad agredida lo que significa recuperar sus derechos, sus valores negados por esta dictadura blanda. La democracia no es un sustantivo abstracto sino un gerundio pues quien quiera democracia deberá mantenerse en la tarea de hacerla permanentemente para que no caiga en manos de politiqueros o de demagogos o de quienes se lucran de ella pero no viven y mueren  para defenderla.