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| Jacques Rhalechi |
El poder de la red de Aaron Sorkin o el desalmado bot mayor y la granja digital /
Víctor Bustamante
Para Rafael Puentes
El Mark Zuckerberg que aparece en The Social Reckoning (2026), película escrita y dirigida por Aaron Sorkin, ha conseguido ambas cosas, poder y soledad; eso sí pobladas de millones que anestesian su ser. No es su inmensa riqueza lo que más inquieta, ni siquiera el extraordinario desarrollo tecnológico de una empresa que terminó penetrando en la vida cotidiana de millones de personas de todo calado. Lo perturbador es su representación de una personalidad glacial, calculadora, aparentemente incapaz de comprender que detrás de cada decisión empresarial existen afectos imprevistos, recuerdos soslayados y tragedias. Jeremy Strong interpreta a Zuckerberg con una frialdad que convierte su presencia en una especie de anticipación humana de los sistemas automatizados que gobiernan las redes sociales, entre ellos el regreso del robot perfecto. No parece un hombre que haya construido máquinas casi pensantes, sino una máquina gélida que ha aprendido a dirigir hombres a su antojo.
La película encuentra uno de sus centros dramáticos
en Frances Haugen (Mikey Madison), la empleada que descubre información interna
comprometedora y termina colaborando con el periodista Jeff Horwitz (Jeremy
Allen White), de The Wall Street Journal, para hacerla pública. Su
enfrentamiento no consiste simplemente en denunciar una compañía poderosa, sino
en cuestionar una concepción de la tecnología según la cual los resultados
empresariales pueden imponerse sobre las consecuencias humanas de sus
decisiones.
El Zuckerberg cinematográfico aparece, no solo como
un robot que augura más automatización, sino como una representación de la
soberbia tecnológica: la convicción de que poseer una inteligencia excepcional
concede también una autoridad excepcional sobre los demás. Pero la
inteligencia, cuando carece de sensibilidad y de autocrítica, puede convertirse
en una forma particularmente sofisticada de su aparente magnificencia que solo
es su estupidez.
Una de las paradojas de nuestro tiempo consiste en
que las máquinas, creadas para obedecer instrucciones humanas, han terminado
interviniendo en innumerables decisiones que afectan a las personas ahogadas en
lo masivo para lograr aceptación. Clasifican, recomiendan, ordenan, restringen
y distribuyen información. Su aparente neutralidad puede ocultar el hecho
elemental de que sus objetivos han sido establecidos por seres humanos y
organizaciones con intereses determinados donde solo el éxito es la carta a
mostrar a como dé lugar.
El algoritmo es el fantasma que recorre el mundo
con su buena nueva entre comillas, es decir, las entrañas de Facebook. No tiene
rostro, imperturbable no se sienta frente al usuario para escuchar sus
reclamaciones y no explica de manera individual cada una de sus fallos. Sin embargo,
interviene en la visibilidad de nuestras palabras, en las recomendaciones que
recibimos y en las posibilidades de que una publicación alcance a unos pocos
lectores o a miles de personas.
El poder ya no necesita manifestarse exclusivamente
mediante la prohibición. Puede operar a través del repartimiento y manejo de la
curiosidad que da el mirar sin parar la información de toda clase que aparece en
las redes. Una publicación puede permanecer en una plataforma y, sin embargo,
recibir una visibilidad insignificante. Esto no demuestra que cada contenido
poco visto haya sido deliberadamente silenciado, pero sí revela una
transformación fundamental: publicar y ser visible han dejado de ser
experiencias equivalentes, ya que en este medio tambien existe el relegamiento;
lo que no esté de moda no existe parece decirnos las redes en su dinámica descarnada.
En esta perspectiva, el personaje de Zuckerberg adquiere
una dimensión simbólica: es el bot mayor, la figura humana de un sistema cuya
autoridad puede ejercerse sin diálogo. La expresión no pretende describir
literalmente a una persona, sino condensar una crítica a la impersonalidad del
poder tecnológico. Zuckerberg es un autócrata que piensa que está por encima
sus usuarios. Y ademas que decide a su favor.
Los millones de usuarios de Facebook participan en
un espacio donde aparentemente todos disponen de las mismas herramientas:
publicar, comentar, compartir, reaccionar. Pero esa igualdad superficial
desaparece cuando examinamos quién establece las reglas y quién dispone de los
mecanismos para modificarlas, lo cual desentraña esta película al advertir las
reuniones del CEO de Facebook con sus subalternos y en sus empleados sumidos en
las pantallas y en los pocos encuentros entre compañeros de trabajado.
Por ese motivo, hay miles de usuarios que intentan descifrar
cuál es el secreto del algoritmo como si fuera el Santo grial o alguna criatura
sobrenatural independiente de la voluntad humana, dejando de lado la realidad
de que son construcciones técnicas que responden a objetivos, modelos y
decisiones empresariales. Su complejidad puede dificultar la comprensión
pública de sus resultados, pero no elimina la responsabilidad de quienes los
diseñan y administran a oscuras.
De ahí que los grupos organizados también aprenden a aprovechar esos mecanismos. Una campaña coordinada, una comunidad particularmente activa o una inversión publicitaria pueden contribuir, por vías distintas, a aumentar la circulación de determinados mensajes. No toda popularidad es espontánea y no toda popularidad representa un consenso social. Mil likes no equivalen necesariamente a mil adhesiones reflexivas. Un millón de visualizaciones tampoco convierte una mentira en verdad.
El problema aparece cuando las cifras se presentan
como una expresión transparente de la opinión pública. La intensidad y persistencia
de una minoría organizada puede adquirir la apariencia de una voluntad
colectiva. Entonces el sistema no se limita a reflejar la sociedad: también
participa taimadamente y de una forma eficaz en la construcción de la imagen
que la sociedad tiene de sí misma.
En Rebelión en la granja, George Orwell
mostró cómo una revolución que prometía autonomía podía terminar reproduciendo
las jerarquías que pretendía destruir. Los nuevos dirigentes modificaban las
reglas mientras los demás habitantes continuaban creyendo en las promesas
originales.
La granja digital tiene características
desconocidas para los animales de Orwell. Sus habitantes ingresan
voluntariamente, producen contenidos, establecen amistades, conservan recuerdos
y regresan todos los días. No necesitan alambradas porque buena parte de su
vida social se encuentra allí.
Pero las cartas no están distribuidas de manera
equivalente. Los usuarios conocen las herramientas visibles; los
administradores disponen y pueden modificar mecanismos que condicionan el
funcionamiento del conjunto de usuarios adictos a las redes.
En 1984, Orwell imaginó un poder capaz de
intervenir en la información y la percepción de la realidad. Las redes sociales
plantean problemas diferentes, pero relacionados con la concentración de
información, la vigilancia comercial y la capacidad de influir en aquello que
millones de personas encuentran cada día ante sus ojos.
El asalto al Capitolio estadounidense del 6 de
enero de 2021 introdujo una dimensión histórica particularmente grave en este
debate. La circulación de desinformación, las comunidades extremistas y los
mecanismos de recomendación habían suscitado advertencias sobre los riesgos de
amplificar determinados contenidos. Las plataformas no fueron la única causa de
aquellos acontecimientos, pero su papel en el ecosistema informativo exige una
investigación rigurosa, ademas hay personas que lo saben, pero han callado.
La cuestión fundamental no es si un algoritmo
manipulado tiene convicciones políticas. Es si una organización puede conocer
riesgos importantes asociados a sus sistemas y, pese a ello, mantener
mecanismos insuficientes para prevenirlos.
Facebook ofrece innumerables oportunidades para
compartir acontecimientos personales: cumpleaños, celebraciones, viajes,
fotografías familiares y pequeños triunfos cotidianos. Pero la existencia
humana no está compuesta exclusivamente de acontecimientos felices. También
están la enfermedad, el fracaso, el duelo, la desesperación y la muerte.
Hace poco publiqué en Facebook un video dedicado a
las honras fúnebres del poeta Eduardo Escobar, uno de los protagonistas del
nadaísmo y un amigo cuya despedida merecía conservarse. Allí se habían leído
poemas y recordado su obra. Era un homenaje, una manifestación de afecto y
memoria. Sin embargo, Facebook retiró la publicación y la presentó, según la
explicación que recibí, como un contenido negativo.
La experiencia resulta reveladora por su
contradicción: una plataforma dedicada a conectar personas terminó impidiendo
la circulación de un acto de amistad.
¿Qué entiende una máquina lo que significa la
muerte de un poeta admirado ? ¿Puede distinguir entre la celebración de la
violencia y el testimonio de un duelo? ¿Comprende que una ceremonia fúnebre no
constituye una apología de la tragedia, sino una de las formas más antiguas de
reconocimiento de la dignidad humana?
No sabemos si aquella decisión fue completamente
automatizada ni cuáles fueron los criterios internos que la produjeron. Pero su
resultado permite formular una pregunta mucho más amplia: ¿qué ocurre cuando la
experiencia humana es sometida a clasificaciones incapaces de reconocer sus
significados culturales de parte de una máquina programada para el control? Ya que
en el oasis digital parece que somos invitados a sonreír. Pero la vida real no
es un catálogo de felicitaciones.
Aldous Huxley imaginó en Un mundo feliz una
sociedad donde el malestar podía ser neutralizado mediante el soma, una
sustancia que ofrecía tranquilidad sin resolver las contradicciones de la
existencia. De ahí que las redes sociales son equivalentes a aquella droga
ficticia, donde la comparación permite pensar en las pequeñas gratificaciones
que organizan nuestra vida digital con sus notificaciones precisas, corazones
de colores, felicitaciones blandas, seguidores inoficiosos y reacciones desabridas.
Una persona puede tener cinco mil amigos en Facebook y descubrir, al cerrar la
pantalla, que no tiene a quién contarle sus fracasos y las diatribas de su tristeza.
De ahí que la abundancia de contactos no garantiza la compañía. La
multiplicación de los mensajes tampoco equivale a la profundidad de una
conversación.
Hay algo particularmente significativo en los
cumpleaños. Antes, recordar una fecha suponía un ejercicio personal de memoria
y afecto. Hoy una plataforma puede recordar por nosotros el cumpleaños de
centenares de conocidos y desconocidos que nos invita a felicitarlos, y así nos
ofrece una ocasión para regresar y convierte una antigua y valiosa costumbre de
amistad en una actividad digital recurrente sin diálogo precisos. Con las
felicitaciones no es que sean necesariamente falsas. Muchas expresan
sentimientos auténticos. La paradoja consiste en que una maquinaria incapaz de
experimentar afecto puede organizar millones de manifestaciones de cariño y
beneficiarse de las interacciones que produce. Facebook no inventó la amistad,
pero aprendió a contabilizar sus manifestaciones.
Aquí se encuentra una de las grandes
contradicciones de la sociedad digital: la conexión permanente puede convivir
con una soledad profunda. La necesidad humana de ser reconocido, escuchado y
querido puede transformarse en una fuente de información y actividad económica.
En octubre de 2021, Facebook Inc. adoptó el nombre
de Meta Platforms. La empresa presentó aquella transformación como el anuncio
de una nueva etapa tecnológica vinculada al metaverso. El cambio coincidió con
una época de fuertes controversias públicas sobre las prácticas de Facebook,
sus investigaciones internas y sus responsabilidades sociales.
No podemos afirmar, sin pruebas, que el nuevo
nombre fuera concebido exclusivamente para escapar de aquellas controversias.
Pero sí podemos preguntarnos qué modificaciones reales acompañaron la
transformación de la identidad corporativa. Cambiar el nombre de una empresa no
implica necesariamente modificar sus relaciones de poder, sus mecanismos de
decisión ni su manera de responder a los usuarios.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa construyó en El gatopardo
una de las reflexiones literarias más penetrantes sobre la conservación del
poder mediante la apariencia del cambio, de ahí que el gatopardismo tecnológico
aparece como una posibilidad crítica: anunciar mundos nuevos mientras las
preguntas fundamentales del mundo existente permanecen sin resolver.
Facebook se convirtió en Meta, pero la cuestión
esencial no es cómo se llama la compañía, sino quién controla sus decisiones y
qué posibilidades tienen los ciudadanos de cuestionarlas.
La libertad de expresión no consiste únicamente en
la posibilidad formal de publicar un mensaje. También exige examinar las
condiciones en que ese mensaje circula, los procedimientos mediante los cuales
puede ser restringido y las oportunidades de reclamar frente a una decisión
equivocada.
Una empresa privada puede establecer reglas
legítimas para prevenir amenazas, fraudes y otros daños. Pero esas reglas
necesitan claridad, proporcionalidad y mecanismos de revisión capaces de
corregir errores.
La dificultad comienza cuando el ciudadano descubre
que su interlocutor es una respuesta automática, una fórmula repetida o un
procedimiento que no consigue comprender las particularidades de su caso.
La tecnología prometió acercarnos y cada que surge un
aporte o un invento se añade que es para darle a la sociedad bienestar. Sin
embargo, en determinadas circunstancias se levanta una nueva burocracia, más
veloz y con las cejas en alto sobre las anteriores, pero no necesariamente más
comprensiva.
El problema no consiste en que existan algoritmos,
ni en que la automatización sea necesariamente perjudicial. Consiste en
permitir que decisiones con consecuencias humanas importantes permanezcan
insuficientemente explicadas, supervisadas o sometidas a revisión.
Y aquí regresamos a la imagen cinematográfica del
bot mayor: el poder que escucha solamente su propia voz, convencido de que la
eficacia técnica basta para justificar sus decisiones. De ahí que Zuckerberg al tomar decisiones y hablar de libertad de expresión, solo para él,
para que cada día crezca su empresa, él habla de defender la democracia, pero no
ejerce la democracia, sino su autarquía y su poder de hormigón. De ahí que Zuckerberg,
a la hora decisiva es quien mantiene el mando, sin humanismo, sin aceptar críticas
de sus cercanos.
La película de Sorkin nos obliga a considerar una
pregunta que trasciende a Zuckerberg y a Facebook: ¿qué sucede cuando una corporación
desarrolla instrumentos asombrosos para comunicarse, pero no desarrolla con
igual profundidad el compromiso de escuchar?
Porque la verdadera grandeza de una tecnología no
debería medirse solamente por la cantidad de personas que consigue conectar,
sino también por el respeto que demuestra hacia las personas que dependen de
ella, lo cual es notorio en los reclamos sin respuesta de parte de los bots.
Hace décadas, Orson Welles realizó una obra maestra, Ciudadano Kane, en la que lanzó una crítica feroz contra un magnate que dominaba buena parte de la industria periodística. Allí observamos a un personaje hundido en sus propias contradicciones, a veces fantasmal, otras convertido en un insolente augur con los pies en el lodo. Las últimas palabras de Kane fueron «Rosebud». El inicuo Zuckerberg, con cerebro de corcho, habría dicho: «Algoritmo».
Algo hay entre estas
dos películas que las atrae: la concentración del poder, la soberbia de sus
protagonistas y la devastación humana que dejan a su paso. Pero la semejanza
termina allí. Aaron Sorkin está a años luz del excelso Orson Welles. Mientras
Welles desciende a los abismos de Kane, los explora en cada plano y convierte
sus contradicciones en una de las grandes tragedias del cine, Sorkin apenas
descifra y descrucifica al gélido bot Zuckerberg. No necesita penetrar en su
vida privada, ni parece interesado en hacerlo: le basta con arrojarnos a la
perversidad y a la marejada infiel de las redes sociales. Welles hizo del poder
un misterio humano; Sorkin, una acusación cinematográfica. Entre ambos se
extiende la distancia que separa una obra maestra de una denuncia.
No podemos dejar
reposar al desalmado Zuckerberg, pero sí valorar a Frances Haugen como el
contrapeso ético.




