martes, 3 de noviembre de 2026

LAS NUEVAS IDEOLOGIAS / Darío Ruiz Gómez

Jacques Rhalechi


LAS NUEVAS IDEOLOGIAS

Darío Ruiz Gómez

Hace tres décadas los movimientos juveniles o los intelectuales que impugnaban el poder del capitalismo recurrían a un concepto justo: cuestionar el poder en todos sus alcances y significados O sea desvelar mediante la investigación lo que suponían en una sociedad los hilos del poder capitalista según ellos los causantes de todos los males que sufrían las llamadas clases oprimidas. Todavía hoy en España y no sé si en Colombia existe un grupo minúsculo pero muy beligerante que se llama los Anticapitalistas y que han participado de manera muy dinámica en las asonadas de a Coruña, Bilbao y Barcelona. Como lo había analizado Dostoievski en “Los endemoniados” – 1871 -   estos grupos caotizados mentalmente van derivando inexorablemente hacia un agujero negro existencial que justifica en ellos las vías del terror como argumento extremo de su autodestrucción. Lo cual tal como lo están describiendo los analistas de estas jornadas de terror deja al descubierto que estas no son manifestaciones de un inconformismo social tal como sucedió con los jóvenes franceses protestando por la faltas de profesores, por el mal estado de los colegios y que rápidamente tal como ha venido sucediendo en Colombia fueron infiltrados por los escuadrones de este nuevo terrorismo conformado en su mayoría por jóvenes marroquíes, argelinos, subsaharianos  que nunca se asimilaron a su patria de adopción y que viviendo en barriadas dominadas por el crimen organizado -recordemos aquella extraordinaria película “Los miserables”- han prolongado en el tiempo el recurso al terror por el terror o sea a una supuesta causa política que no es otra cosa que una farsa. Puedo parecer reiterativo, pero es que estas violencias son reiteradamente olvidadas cuando nos referimos a quiénes hoy pretenden convertirse en los adalides del nuevo anti-capitalismo, en la mutación del comunismo a este descontrolado anarquismo. Sesenta y nueve muertos en un accidente ferroviario conmueven hoy a España, en el Cauca en un atentado de las Disidencias a un bus murieron cuarenta inocentes campesinos. Y todos han guardado obedientemente silencio.

La actitud de las autoridades en Europa como en Colombia ha pasado afortunadamente de  la indiferencia ante el pillaje callejero, a detener e identificar a cada encapuchado, a cada destructor de propiedades privadas y enjuiciarlos bajo el Estatuto mundial contra el terrorismo como amenaza contra la convivencia, contra el derecho de la ciudadanía a disfrutar del espacio público, de los estudiantes a estudiar ¿Porqué, repito, califican a  los otros de fascistas cuando su intolerancia puesta de manifiesto en su apoyo al pillaje y los saqueos es del orden del más puro fascismo? ¿Quiénes son los que nos colocan el fusil en el cuello, nuestra Policía, ¿nuestro Ejército con sus vidas sacrificadas por los terroristas? Ya no cuestionan nada, todo lo que les impone la teología del terror lo aceptan ciegamente. Todo acuerdo de Paz entre poderes es una mentira contra el padecimiento de las víctimas ya que, ignorando a éstas, el sadismo, la tortura son perdonadas no por quienes las padecieron si no por quienes firman ese supuesto Acuerdo de Paz. Con arrogancia Fidel Castro llegó a decir “que la historia me absolverá” lo cual no fue cierto pero al desmontar la estructura del odio y de la maledicencia que las FARC y el petrismo utilizaron para tratar de manchar la conducta de Álvaro Uribe ha quedado en claro que la verdad ha prevalecido en un mundo de mutantes disfrazados de estudiantes o de intelectuales de pacotilla que aplauden el paredón  de los verdugos, y aceptan los nuevos campos de concentración a donde sumisamente están entrando para tener por fin al dictador que reclama su cobardía moral, tal como lo predijo Lacan  el padre del Psicoanálisis.

martes, 27 de octubre de 2026

El poder de la red de Aaron Sorkin o el desalmado bot mayor y la granja digital / Víctor Bustamante

 

Jacques Rhalechi

El poder de la red de Aaron Sorkin o el desalmado bot mayor y la granja digital  /  

Víctor Bustamante 

 Para Rafael Puentes

El Mark Zuckerberg que aparece en The Social Reckoning (2026), película escrita y dirigida por Aaron Sorkin, ha conseguido ambas cosas, poder y soledad; eso sí pobladas de millones que anestesian su ser. No es su inmensa riqueza lo que más inquieta, ni siquiera el extraordinario desarrollo tecnológico de una empresa que terminó penetrando en la vida cotidiana de millones de personas de todo calado. Lo perturbador es su representación de una personalidad glacial, calculadora, aparentemente incapaz de comprender que detrás de cada decisión empresarial existen afectos imprevistos, recuerdos soslayados y tragedias. Jeremy Strong interpreta a Zuckerberg con una frialdad que convierte su presencia en una especie de anticipación humana de los sistemas automatizados que gobiernan las redes sociales, entre ellos el regreso del robot perfecto. No parece un hombre que haya construido máquinas casi pensantes, sino una máquina gélida que ha aprendido a dirigir hombres a su antojo.

La película encuentra uno de sus centros dramáticos en Frances Haugen (Mikey Madison), la empleada que descubre información interna comprometedora y termina colaborando con el periodista Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), de The Wall Street Journal, para hacerla pública. Su enfrentamiento no consiste simplemente en denunciar una compañía poderosa, sino en cuestionar una concepción de la tecnología según la cual los resultados empresariales pueden imponerse sobre las consecuencias humanas de sus decisiones.

El Zuckerberg cinematográfico aparece, no solo como un robot que augura más automatización, sino como una representación de la soberbia tecnológica: la convicción de que poseer una inteligencia excepcional concede también una autoridad excepcional sobre los demás. Pero la inteligencia, cuando carece de sensibilidad y de autocrítica, puede convertirse en una forma particularmente sofisticada de su aparente magnificencia que solo es su estupidez.

Una de las paradojas de nuestro tiempo consiste en que las máquinas, creadas para obedecer instrucciones humanas, han terminado interviniendo en innumerables decisiones que afectan a las personas ahogadas en lo masivo para lograr aceptación. Clasifican, recomiendan, ordenan, restringen y distribuyen información. Su aparente neutralidad puede ocultar el hecho elemental de que sus objetivos han sido establecidos por seres humanos y organizaciones con intereses determinados donde solo el éxito es la carta a mostrar a como dé lugar.

El algoritmo es el fantasma que recorre el mundo con su buena nueva entre comillas, es decir, las entrañas de Facebook. No tiene rostro, imperturbable no se sienta frente al usuario para escuchar sus reclamaciones y no explica de manera individual cada una de sus fallos. Sin embargo, interviene en la visibilidad de nuestras palabras, en las recomendaciones que recibimos y en las posibilidades de que una publicación alcance a unos pocos lectores o a miles de personas.

El poder ya no necesita manifestarse exclusivamente mediante la prohibición. Puede operar a través del repartimiento y manejo de la curiosidad que da el mirar sin parar la información de toda clase que aparece en las redes. Una publicación puede permanecer en una plataforma y, sin embargo, recibir una visibilidad insignificante. Esto no demuestra que cada contenido poco visto haya sido deliberadamente silenciado, pero sí revela una transformación fundamental: publicar y ser visible han dejado de ser experiencias equivalentes, ya que en este medio tambien existe el relegamiento; lo que no esté de moda no existe parece decirnos las redes en su dinámica descarnada.

En esta perspectiva, el personaje de Zuckerberg adquiere una dimensión simbólica: es el bot mayor, la figura humana de un sistema cuya autoridad puede ejercerse sin diálogo. La expresión no pretende describir literalmente a una persona, sino condensar una crítica a la impersonalidad del poder tecnológico. Zuckerberg es un autócrata que piensa que está por encima sus usuarios. Y ademas que decide a su favor.

Los millones de usuarios de Facebook participan en un espacio donde aparentemente todos disponen de las mismas herramientas: publicar, comentar, compartir, reaccionar. Pero esa igualdad superficial desaparece cuando examinamos quién establece las reglas y quién dispone de los mecanismos para modificarlas, lo cual desentraña esta película al advertir las reuniones del CEO de Facebook con sus subalternos y en sus empleados sumidos en las pantallas y en los pocos encuentros entre compañeros de trabajado.

Por ese motivo, hay miles de usuarios que intentan descifrar cuál es el secreto del algoritmo como si fuera el Santo grial o alguna criatura sobrenatural independiente de la voluntad humana, dejando de lado la realidad de que son construcciones técnicas que responden a objetivos, modelos y decisiones empresariales. Su complejidad puede dificultar la comprensión pública de sus resultados, pero no elimina la responsabilidad de quienes los diseñan y administran a oscuras. 

De ahí que los grupos organizados también aprenden a aprovechar esos mecanismos. Una campaña coordinada, una comunidad particularmente activa o una inversión publicitaria pueden contribuir, por vías distintas, a aumentar la circulación de determinados mensajes. No toda popularidad es espontánea y no toda popularidad representa un consenso social. Mil likes no equivalen necesariamente a mil adhesiones reflexivas. Un millón de visualizaciones tampoco convierte una mentira en verdad.

El problema aparece cuando las cifras se presentan como una expresión transparente de la opinión pública. La intensidad y persistencia de una minoría organizada puede adquirir la apariencia de una voluntad colectiva. Entonces el sistema no se limita a reflejar la sociedad: también participa taimadamente y de una forma eficaz en la construcción de la imagen que la sociedad tiene de sí misma.

En Rebelión en la granja, George Orwell mostró cómo una revolución que prometía autonomía podía terminar reproduciendo las jerarquías que pretendía destruir. Los nuevos dirigentes modificaban las reglas mientras los demás habitantes continuaban creyendo en las promesas originales.

La granja digital tiene características desconocidas para los animales de Orwell. Sus habitantes ingresan voluntariamente, producen contenidos, establecen amistades, conservan recuerdos y regresan todos los días. No necesitan alambradas porque buena parte de su vida social se encuentra allí.

Pero las cartas no están distribuidas de manera equivalente. Los usuarios conocen las herramientas visibles; los administradores disponen y pueden modificar mecanismos que condicionan el funcionamiento del conjunto de usuarios adictos a las redes.

En 1984, Orwell imaginó un poder capaz de intervenir en la información y la percepción de la realidad. Las redes sociales plantean problemas diferentes, pero relacionados con la concentración de información, la vigilancia comercial y la capacidad de influir en aquello que millones de personas encuentran cada día ante sus ojos.

El asalto al Capitolio estadounidense del 6 de enero de 2021 introdujo una dimensión histórica particularmente grave en este debate. La circulación de desinformación, las comunidades extremistas y los mecanismos de recomendación habían suscitado advertencias sobre los riesgos de amplificar determinados contenidos. Las plataformas no fueron la única causa de aquellos acontecimientos, pero su papel en el ecosistema informativo exige una investigación rigurosa, ademas hay personas que lo saben, pero han callado.

La cuestión fundamental no es si un algoritmo manipulado tiene convicciones políticas. Es si una organización puede conocer riesgos importantes asociados a sus sistemas y, pese a ello, mantener mecanismos insuficientes para prevenirlos.

Facebook ofrece innumerables oportunidades para compartir acontecimientos personales: cumpleaños, celebraciones, viajes, fotografías familiares y pequeños triunfos cotidianos. Pero la existencia humana no está compuesta exclusivamente de acontecimientos felices. También están la enfermedad, el fracaso, el duelo, la desesperación y la muerte.

Hace poco publiqué en Facebook un video dedicado a las honras fúnebres del poeta Eduardo Escobar, uno de los protagonistas del nadaísmo y un amigo cuya despedida merecía conservarse. Allí se habían leído poemas y recordado su obra. Era un homenaje, una manifestación de afecto y memoria. Sin embargo, Facebook retiró la publicación y la presentó, según la explicación que recibí, como un contenido negativo.

La experiencia resulta reveladora por su contradicción: una plataforma dedicada a conectar personas terminó impidiendo la circulación de un acto de amistad.

¿Qué entiende una máquina lo que significa la muerte de un poeta admirado ? ¿Puede distinguir entre la celebración de la violencia y el testimonio de un duelo? ¿Comprende que una ceremonia fúnebre no constituye una apología de la tragedia, sino una de las formas más antiguas de reconocimiento de la dignidad humana?

No sabemos si aquella decisión fue completamente automatizada ni cuáles fueron los criterios internos que la produjeron. Pero su resultado permite formular una pregunta mucho más amplia: ¿qué ocurre cuando la experiencia humana es sometida a clasificaciones incapaces de reconocer sus significados culturales de parte de una máquina programada para el control? Ya que en el oasis digital parece que somos invitados a sonreír. Pero la vida real no es un catálogo de felicitaciones.

Aldous Huxley imaginó en Un mundo feliz una sociedad donde el malestar podía ser neutralizado mediante el soma, una sustancia que ofrecía tranquilidad sin resolver las contradicciones de la existencia. De ahí que las redes sociales son equivalentes a aquella droga ficticia, donde la comparación permite pensar en las pequeñas gratificaciones que organizan nuestra vida digital con sus notificaciones precisas, corazones de colores, felicitaciones blandas, seguidores inoficiosos y reacciones desabridas. Una persona puede tener cinco mil amigos en Facebook y descubrir, al cerrar la pantalla, que no tiene a quién contarle sus fracasos y las diatribas de su tristeza. De ahí que la abundancia de contactos no garantiza la compañía. La multiplicación de los mensajes tampoco equivale a la profundidad de una conversación.

Hay algo particularmente significativo en los cumpleaños. Antes, recordar una fecha suponía un ejercicio personal de memoria y afecto. Hoy una plataforma puede recordar por nosotros el cumpleaños de centenares de conocidos y desconocidos que nos invita a felicitarlos, y así nos ofrece una ocasión para regresar y convierte una antigua y valiosa costumbre de amistad en una actividad digital recurrente sin diálogo precisos. Con las felicitaciones no es que sean necesariamente falsas. Muchas expresan sentimientos auténticos. La paradoja consiste en que una maquinaria incapaz de experimentar afecto puede organizar millones de manifestaciones de cariño y beneficiarse de las interacciones que produce. Facebook no inventó la amistad, pero aprendió a contabilizar sus manifestaciones.

Aquí se encuentra una de las grandes contradicciones de la sociedad digital: la conexión permanente puede convivir con una soledad profunda. La necesidad humana de ser reconocido, escuchado y querido puede transformarse en una fuente de información y actividad económica.

En octubre de 2021, Facebook Inc. adoptó el nombre de Meta Platforms. La empresa presentó aquella transformación como el anuncio de una nueva etapa tecnológica vinculada al metaverso. El cambio coincidió con una época de fuertes controversias públicas sobre las prácticas de Facebook, sus investigaciones internas y sus responsabilidades sociales.

No podemos afirmar, sin pruebas, que el nuevo nombre fuera concebido exclusivamente para escapar de aquellas controversias. Pero sí podemos preguntarnos qué modificaciones reales acompañaron la transformación de la identidad corporativa. Cambiar el nombre de una empresa no implica necesariamente modificar sus relaciones de poder, sus mecanismos de decisión ni su manera de responder a los usuarios.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa construyó en El gatopardo una de las reflexiones literarias más penetrantes sobre la conservación del poder mediante la apariencia del cambio, de ahí que el gatopardismo tecnológico aparece como una posibilidad crítica: anunciar mundos nuevos mientras las preguntas fundamentales del mundo existente permanecen sin resolver.

Facebook se convirtió en Meta, pero la cuestión esencial no es cómo se llama la compañía, sino quién controla sus decisiones y qué posibilidades tienen los ciudadanos de cuestionarlas.

La libertad de expresión no consiste únicamente en la posibilidad formal de publicar un mensaje. También exige examinar las condiciones en que ese mensaje circula, los procedimientos mediante los cuales puede ser restringido y las oportunidades de reclamar frente a una decisión equivocada.

Una empresa privada puede establecer reglas legítimas para prevenir amenazas, fraudes y otros daños. Pero esas reglas necesitan claridad, proporcionalidad y mecanismos de revisión capaces de corregir errores.

La dificultad comienza cuando el ciudadano descubre que su interlocutor es una respuesta automática, una fórmula repetida o un procedimiento que no consigue comprender las particularidades de su caso.

La tecnología prometió acercarnos y cada que surge un aporte o un invento se añade que es para darle a la sociedad bienestar. Sin embargo, en determinadas circunstancias se levanta una nueva burocracia, más veloz y con las cejas en alto sobre las anteriores, pero no necesariamente más comprensiva.

El problema no consiste en que existan algoritmos, ni en que la automatización sea necesariamente perjudicial. Consiste en permitir que decisiones con consecuencias humanas importantes permanezcan insuficientemente explicadas, supervisadas o sometidas a revisión.

Y aquí regresamos a la imagen cinematográfica del bot mayor: el poder que escucha solamente su propia voz, convencido de que la eficacia técnica basta para justificar sus decisiones. De ahí que Zuckerberg al tomar decisiones y hablar de libertad de expresión, solo para él, para que cada día crezca su empresa, él habla de defender la democracia, pero no ejerce la democracia, sino su autarquía y su poder de hormigón. De ahí que Zuckerberg, a la hora decisiva es quien mantiene el mando, sin humanismo, sin aceptar críticas de sus cercanos.

La película de Sorkin nos obliga a considerar una pregunta que trasciende a Zuckerberg y a Facebook: ¿qué sucede cuando una corporación desarrolla instrumentos asombrosos para comunicarse, pero no desarrolla con igual profundidad el compromiso de escuchar?

Porque la verdadera grandeza de una tecnología no debería medirse solamente por la cantidad de personas que consigue conectar, sino también por el respeto que demuestra hacia las personas que dependen de ella, lo cual es notorio en los reclamos sin respuesta de parte de los bots.

Hace décadas, Orson Welles realizó una obra maestra, Ciudadano Kane, en la que lanzó una crítica feroz contra un magnate que dominaba buena parte de la industria periodística. Allí observamos a un personaje hundido en sus propias contradicciones, a veces fantasmal, otras convertido en un insolente augur con los pies en el lodo. Las últimas palabras de Kane fueron «Rosebud». El inicuo Zuckerberg, con cerebro de corcho, habría dicho: «Algoritmo».

Algo hay entre estas dos películas que las atrae: la concentración del poder, la soberbia de sus protagonistas y la devastación humana que dejan a su paso. Pero la semejanza termina allí. Aaron Sorkin está a años luz del excelso Orson Welles. Mientras Welles desciende a los abismos de Kane, los explora en cada plano y convierte sus contradicciones en una de las grandes tragedias del cine, Sorkin apenas descifra y descrucifica al gélido bot Zuckerberg. No necesita penetrar en su vida privada, ni parece interesado en hacerlo: le basta con arrojarnos a la perversidad y a la marejada infiel de las redes sociales. Welles hizo del poder un misterio humano; Sorkin, una acusación cinematográfica. Entre ambos se extiende la distancia que separa una obra maestra de una denuncia.

No podemos dejar reposar al desalmado Zuckerberg, pero sí valorar a Frances Haugen como el contrapeso ético.

sábado, 24 de octubre de 2026

HISTORIA Y PATRIMONIO / Darío Ruiz Gómez

 

Jacques Rhalechi



HISTORIA Y PATRIMONIO

Darío Ruiz Gómez

¿Qué sucede cuando una obra se saca de un Museo? Se pregunta una militante petrista ante lo que está sucediendo en el Museo Nacional después de que por orden de la Ministra de Cultura se sacaran afiches, objetos del M19, propuestas de paz de las FARCEP, etc. Se olvidó que el actual Director del Museo al  incluir estos objetos de guerra, estos afiches de propaganda, abrió las puertas del Museo para “que comenzaran a entrar los vientos del Pacífico” Recuérdese que la cultura petrista se tomó la Radio Nacional y suprimió los programas sobre música clásica, sobre nuestros grandes compositores “blancos” y nos puso a escuchar “música del Pacífico” y  convirtió la opinión en insultos personales. La llamada “descolonización” de museos,  se inició en Colombia con el fin de borrar la huella del “maldito español” que “solo vino a violar indígenas y robarse el oro” ¿Cómo permitir que en un parque bogotano estuviera la estatua de un “depredador” como Gonzalo Jiménez de Quesada? ¿No intentaron destruir las maravillosas pinturas de Efraín Martínez y eliminar al llamado por ellos “el Popayán de la raza blanca” bajo esta ideología de la cancelación.? ¿Cuántas cabezas de Belalcázar alcanzaron a cortar? Es un axioma que cada grupo político que llega al poder lo primero que hace es  eliminar los valores de la historia vigente e imponer su acomodada versión de la historia. ¿Conspirando hasta apoderarse del Museo de la Memoria no se han dedicado a exaltar los verdugos y desconocer a las víctimas? ¿ No censuraron los textos de Liévano Aguirre, de Jaime Uribe y asesinaron a Jesús Bejarano?

¿El concepto de patrimonio que Emma y Teresa Cuervo  incorporaron para dar identidad al Museo Nacional  y en el  cual el planteamiento de la obra plástica en la historia que hizo Beatriz González, sirvió para recordar que tanto la pintura, la escultura así como el artista existen por encima  de la política cuando precisamente se sabe distinguir entre arte y propaganda. “Sabemos, recuerda Marx, que en Grecia imperó la esclavitud pero lo que tenemos qué preguntarnos es porque esas obras siguen despertando nuestra admiración” El entonces Ministro Correa fue a Puerto Rellena en Cali, calificado como lugar de una gloriosa asonada popular y declaró como Monumento Nacional un mamarracho que según sus Comisarios de Cultura representaba el modelo de arte “del pueblo”.  Existen los museos de la Memoria, el Colonial que estuvo en peligro de ser quemado por los indigenistas, etc. Si a Álvaro Medina le debemos un estudio sobre la pintura a partir de la revolución en marcha de López Pumarejo, rigor, visión en la historia con más que sorpresa se nos acaba de  presentar  bajo  la estética  del petrismo que la nueva  curadora del Museo Nacional es Aída Avella, quien cuando la cámara la enfoca  con voz falsamente doliente protesta porque están censurando “nuestra historia” y lo hace mirando en enfrente del Museo los escudos de niños que han traído sus seguidores enfurecidos que de inmediato se entregan a los disturbios.

En apoyo a esta agitadora, insólitamente aparece el  unánime respaldo de todos los museos de Arte Moderno al arte estalinista  con lo  cual dan licencia al wockepetrismo para que censure en los museos a los artistas reaccionarios y se coloquen los retratos de los jefes de las FARCEP.  ¿Qué memoria hay que defender, la que han tratado de imponer los victimarios o las de las víctimas que estos museos totalitarios tratan de mantener en las nieblas del olvido? La batalla cultural la comenzó el petrismo cuando impuso su impostado concepto de cultura  afrosdescendiente, indígena, mestizos  excluyendo “la cultura blanca” ¿No  demandó una pintora peruana al Museo del Prado porque en  colección de la pintura del Renacimiento, el Barroco, Goya, Velásquez, Boticelli, Brueghel, etc. no había sido incluida ninguna pintora negra o indígena de Latinoamérica?

 

 

 

DE ANDRÉS Y GONZALO / Juan Fernando Uribe Duque

 

DE ANDRÉS Y GONZALO

 Juan Fernando Uribe Duque

Ni Andrés Caicedo ni Gonzalo Arango fueron mártires o víctimas de sus propios demonios, fueron dos artistas que compartieron una épica coyuntural y que cada uno de acuerdo a su sensibilidad y talento, plasmaron o al menos lo intentaron, una actitud ante la vida, ante el mundo y ante su época. Definirlos moralmente como si hubieran sucumbido a sus propios demonios, a sus enfermedades y desafueros, no debe ser del talante de un académico que se supone vela por la conservación de la cultura literaria del país como es el actual director del Instituto Caro y Cuervo.

Si bien Andrés manejaba estados de ánimo cambiantes y una, al parecer, terrible drogadicción, ello no obsta para demeritar su obra maravillosa y al igual que Gonzalo, iconoclasta y efusivo contestatario, líder de una turba de adolescentes magníficos y bullosos que con los años devinieron en publicistas, y algunos de ellos en magníficos poetas, la presencia de ambos en el parnaso colombiano no deja de ocupar un sitial señalado para una juventud que logró cambiar el sombrero y las cargaderas, por la melena y la lira que aun hace estremecer a las élites y a los políticos que han encharcado de sangre a Colombia.

Todo en su lugar, y no es cuestión de condenar o suponer otro destino mejor para esos corazones y esas ardentías que lograron fugarse de los determinantes culturales de una época convulsa, más en un país que como en el nuestro expresar  “No somos católicos porque Dios hace quince días que no se afeita” fue un sacrilegio, o que el deambular por la ciudad envuelto en un delicioso sopor  de salsa, rock y marihuana se convirtiera en esa magia de película como si  se viviera la mejor de las escenas de Passolini o una pesadilla de Hitchcock en el caso de Andrés, mientras ambos cantaban un himno a la ciudad que también los cautivó cuando exclamaron “Cali calabozo, aparta de mí este cáliz”

Artistas como Andrés y Gonzalo, sensibles, creativos, inteligentes y comprometidos hasta el suicidio, son los que está patria adolorida necesita como prueba de que no es en el lenguaje de la guerra donde se encontrará la redención y el abrazo que tanto necesitamos, pero sí en el amor, ese indómito sentimiento que tan difícil se nos hace comprender, y ante el cual caen como ángeles empantanados todos los dioses vencidos.

QUÉ ME PASA CON LOS BEATLES / Juan Fernando Uribe

 

QUÉ ME PASA CON LOS BEATLES

Juan Fernando Uribe

Para mí son los más grandes, pues ese gusto y esa belleza hacen parte fundamental de mi vida, desde lo más profundo, produciéndome una alegría y un bienestar tales, que todo parece pasar a un segundo plano cuando escucho sus canciones, el mundo se detiene y  cierro los ojos para degustar con todo mi cuerpo, mi historia y mis sentimientos más íntimos, la irradiación de esa magia que solo entre ellos se produjo, y que día a día me conmueve y hechiza.

Su obra, si se quiere extensa dada su vitalidad, su maestría y su ternura, es plena en sobresaltos y arrebatos de una fuerza avasalladora que te lleva entre ensueños y gracejos previos a la danza, a cantar y sonreir; te inducen a tocar la guitarra y a explorar esas armonías sorprendentes que partieron en dos la música popular y que le dan un carácter que solo aparece cada mil años en ese cielo de estrellas que por su luz e incandescencia los hace  eternos, inmortales, únicos.

Muy extraño en verdad.

Los Fabulosos de Liverpool, definitivamente son los mejores.

 

viernes, 16 de octubre de 2026

LA HISTORIA ES HOY / Darío Ruiz Gómez



 

Jacques Rhalechi

LA HISTORIA ES HOY

Darío Ruiz Gómez

Cada día nos sorprenden los medios de comunicación con nuevos escándalos del gobierno Petro presentados desafortunadamente como un folletín donde el suspenso tiene como finalidad mantener en ascuas nuestra atención. ¿Matará Caín a su hermano Abel? ¿Caerá por fin en manos de la justicia el exMinistro Jaramillo uno de los más malos de este relato postergado?  Lo que constituye una grave información a analizar sobre la degradación de unos personajes, algunos medios de información la están desvirtuando mediante una romantización de estas infamias, con edulcoradas crónicas donde el político incriminado por  un delito de peculado o prevaricato se nos quiere  mostrar no como el delincuente que es sino como  un equivocado  “hombre del pueblo”. La justicia del petrismo ha sabido astutamente explotar esta romantización cuando se trata de enjuiciar a uno de los suyos. ¡Pobre Ramón González que en lugar de estar en su país disfrutando de su jubilación en una hermosa mansión la justicia universal lo tiene corriendo por el mundo como un apátrida!   ¿Será la Alcocer una princesa Zenú que baila cumbia y la denunciante española su antigua consejera una  colonialista  cuya misión es llevarla esposada a una mazmorra de Cádiz? Todavía en algunas universidades, institutos de Cultura esta versión edulcorada de la historia enfocada  desde un punto de vista sentimental donde el español es el malo y las princesas indígenas las heroínas, se da  como la versión “descolonizada” de la historia de Colombia. Pero  lo que la realidad del país nos está descubriendo  de este cuatrienio horroroso  es que al conocer  cada día la verdad sobre   lo que supone el mayor atropello que contra la civilización se ha cometido en la historia de América Latina estamos frente a algo sucio, obsceno que aunque quisiéramos eludir ya no podemos hacerlo. Y es aquí donde como solicitaba Ortega y Gasset debemos hacer el esfuerzo de volver a los reclamos críticas de la razón y reflexionar estos hechos como seres razonables. La tortura. 

Al llamar a juicio a Maduro y Cilia la justicia Norteamericana lo ha hecho esta vez para recordarles lo que significa una  atrocidad como la tortura. Montaigne dedica a la tortura una desgarrada reflexión ante estos sufrimientos elaborados por la maldad humana, los lentos desmembramientos, el potro donde se iba jalando de las cadenas hasta destrozar el cuerpo en medio de los gritos de los torturados en las mazmorras donde los gobiernos tiránicos siguen pretendiendo silenciar las voces contrarias como en la Venezuela de Maduro y la Colombia de Timochenko. Acabo de recordar que la violencia de los años 50 llegó a superar cualquier imaginación posible acerca de la tortura, la desmembración de cuerpos, las mutilaciones en 300. 000 víctimas. Y que por lo tanto ya habíamos superado un horror que nos sigue presentando como la sociedad más cruel cuando la persistencia en la tortura, en el descuartizamiento de niños, los shocks eléctricos se han mantenido como un desafío de la monstruosidad salida del inframundo en el caso de las FARC, del ELN justificadas por pensadores y profetas progresistas y esto es lo terrible, por la corrupción moral del hombre común. ¿Cómo puede un sacerdote o un profesor justificar que durante meses se torture a una comunidad indígena en el Chocó manteniéndola aislada, negándole salud y alimentación mientras vuelan por los aires una madre indígena y su hijo al pisar una mina? Vuelvo entonces a recordar en este lastimoso caso de la ceguera de la justicia en Colombia que en los Juicios de Nuremberg no solo se condenó a muerte y a cadena perpetua a los desalmados jerarcas nazis, sino que igualmente se condenó a jueces, magistrados, funcionarios de justicia por su implícita complicidad en un desastre moral como el que padeció el pueblo alemán y hoy padece la sociedad en Colombia.



CAROLINA DE GÜNDERRODE: EL AMOR, LA POESÍA Y LA MUERTE

 


CAROLINA DE GÜNDERRODE: EL AMOR, LA POESÍA Y LA MUERTE

Carolina de Günderrode nació el 11 de febrero de 1780 en Karlsruhe, Alemania, y murió el 26 de julio de 1806, a los veintiséis años, en Winkel, a orillas del Rin. Su breve existencia transcurrió en una época de profundas transformaciones intelectuales, cuando el romanticismo alemán buscaba establecer nuevas relaciones entre la poesía, la filosofía, la naturaleza y el espíritu humano. Sin embargo, durante mucho tiempo su nombre estuvo asociado principalmente a su muerte y a sus relaciones sentimentales, mientras su obra literaria permanecía en un segundo plano.

Hija de una familia aristocrática, perdió a su padre cuando todavía era niña. En 1797 ingresó en una fundación protestante para mujeres de la nobleza en Fráncfort del Meno, institución que le proporcionaba seguridad material, pero cuya vida reglamentada resultaba difícil para una joven que aspiraba a una existencia independiente. Allí cultivó sus lecturas y sus intereses filosóficos y literarios. Estudió historia, mitología y pensamiento antiguo, y encontró en la escritura una forma de explorar las preguntas que la acompañaban: el sentido de la existencia, la relación entre el amor y la muerte, la libertad individual y la posibilidad de superar los límites de la condición humana.

Su formación estuvo marcada por Goethe, Herder, Novalis, Schelling y otros representantes del pensamiento alemán de su tiempo. También se interesó por la filosofía de Heráclito y Plotino, y por las antiguas tradiciones mitológicas. Estas influencias contribuyeron a una poesía en la que el amor no aparece solamente como una experiencia sentimental, sino como una fuerza capaz de unir aquello que la existencia mantiene separado.

Carolina publicó Poemas y fantasías (Gedichte und Phantasien, 1804) y Fragmentos poéticos (Poetische Fragmente, 1805), utilizando el seudónimo de Tian. Escribió también obras dramáticas y textos en prosa de contenido filosófico. Su proyecto literario era ambicioso: reunir en una misma expresión la reflexión, la imaginación mitológica y la emoción poética.

Entre sus amistades destacó Bettina Brentano, posteriormente conocida como Bettina von Arnim, quien conservó su recuerdo en el libro Die Günderode, publicado en 1840. Aquella amistad reunió a dos mujeres de temperamentos diferentes, vinculadas por su interés por la literatura y por una vida intelectual que desbordaba las convenciones de su época.

En 1804 Carolina conoció al filólogo Friedrich Creuzer, con quien mantuvo una relación amorosa e intelectual. Creuzer estaba casado y, después de un prolongado conflicto personal, decidió poner fin a aquella relación. Poco después, Carolina se quitó la vida junto al Rin. Su muerte contribuyó a convertirla en una figura legendaria del romanticismo, pero también favoreció una lectura de su poesía excesivamente subordinada a su biografía.

Conviene, por tanto, regresar a sus versos sin reducirlos a un presagio de su destino. En ellos encontramos una voz que interroga la naturaleza del amor, la insuficiencia de las alegrías pasajeras, el poder de los sueños y el deseo de alcanzar una unidad que la vida cotidiana parece negar. Su poesía no se limita a lamentar una pérdida: busca comprender por qué el ser humano, aun rodeado de belleza, continúa deseando algo que se encuentra más allá de su alcance.

Los tres poemas que presentamos permiten acercarse a distintas manifestaciones de esa búsqueda. En El beso en sueños, la noche se convierte en refugio de una felicidad inaccesible durante el día. En Amor por todas partes, ni siquiera el descenso al reino de los muertos consigue escapar a la fuerza del amor. Y en El único lamento, la pérdida de un ser amado revela la imposibilidad de sustituir una experiencia irrepetible.

Más de dos siglos después de su muerte, Carolina de Günderrode merece ser leída no solamente como una figura trágica del romanticismo alemán, sino como una escritora que intentó convertir las contradicciones de la existencia en pensamiento y poesía.



EL BESO EN SUEÑOS

Der Kuß im Traume

Un beso me ha infundido vida,
ha calmado el más profundo anhelo de mi pecho.
¡Ven, oscuridad! Envuélveme íntimamente en tu noche,
para que mis labios beban una nueva dicha.

En sueños estaba sumergida semejante vida,
por eso vivo contemplando eternamente los sueños;
puedo despreciar el esplendor de todas las demás alegrías,
porque solo la noche exhala un bálsamo tan dulce.

El día es mezquino en dulzuras amorosas;
me hiere la vana ostentación de su luz
y me consumen los ardores de su sol.

¡Ocúltate, ojo mío, del resplandor de los soles terrenales!
Envuélvete en la noche: ella apacigua tu deseo
y cura el dolor, como las frescas aguas del Leteo.

AMOR POR TODAS PARTES

Überall Liebe

¿Puedo llevar ardientes deseos en el corazón,
contemplar las coronas floridas de la vida
y pasar junto a ellas sin recibir ninguna,
sin desesperarme tristemente en mi interior?

¿Debo renunciar, como si cometiera un sacrilegio, a mi deseo más querido?
¿Debo descender valientemente al reino de las sombras?
¿Implorar otras alegrías a otros dioses,
preguntar a los muertos por nuevos placeres?

Descendí, pero también en los dominios de Plutón,
en el seno de las noches, arde el fuego del amor,
y las sombras, anhelantes, se inclinan unas hacia otras.

Perdido está aquel a quien el amor no hace dichoso;
aunque descendiera hasta las aguas de la Estigia,
ni siquiera el esplendor de los cielos lograría conmoverlo.

EL ÚNICO LAMENTO

Die eine Klage

Quien la más profunda de todas las heridas
ha sentido en el espíritu y en los sentidos,
el dolor de una amarga separación;
quien ha amado aquello que ha perdido,
quien debe abandonar lo que había elegido,
el corazón amado,

ese comprende las lágrimas en medio de la dicha
y el eterno anhelo del amor
de ser uno siendo dos,
de encontrarse a sí mismo en el otro,
de que desaparezcan los límites de la dualidad
y el tormento de la existencia.

Quien con todo su corazón y sus sentidos
ha llegado a amar profundamente a un ser,
¡oh!, no encuentra consuelo
en que, por las alegrías perdidas,
nazcan otras nuevas:
porque no son aquellas.

La vida amada y dulce,
ese recibir y ese entregar,
la palabra, el sentimiento y la mirada,
ese buscar y ese encontrar,
ese pensar y ese sentir,
ningún dios puede devolverlos.


Fuentes y referencias

  • Karoline von Günderrode, Gedichte und Phantasien (1804) y Poetische Fragmente (1805).
  • Karoline von Günderrode, Melete, colección póstuma.
  • Martin Glaubrecht, «Günderrode, Caroline Friederike Louise Maximiliane», Neue Deutsche Biographie, volumen 7, 1966, pp. 261–262. Consultada como fuente de investigación biográfica, sin reproducir su texto.
  • Frankfurter Personenlexikon, entrada «Günderrode, Karoline».
  • Projekt Gutenberg, colección digital de poemas de Karoline von Günderrode.
  • Universidad de Gotinga, edición digital de Die eine Klage, a partir de TextGrid.

Nota editorial: Traducciones originales al español realizadas para esta publicación a partir de los textos alemanes de dominio público.

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Tres poemas de una escritora del romanticismo alemán

Nota y selección: Víctor Bustamante y Clarita de Bustamante
Traducciones del alemán: Clarita de Bustamante
Revisión editorial: Víctor Bustamante