martes, 4 de agosto de 2020

LOS ESTUDIANTES Y MARX Darío Ruiz Gómez






LOS ESTUDIANTES Y  MARX

Darío Ruiz Gómez

“Ha habido revuelta de estudiantes en el PC alemán. Desde hace dos o tres años multitud de estudiantes, literatos y otros jóvenes burgueses desclasados se han lanzado al Partido, han llegado a tiempo para ocupar la mayoría de los puestos de redactores  en los nuevos periódicos  que pululan y como de costumbre consideran la universidad burguesa como una escuela de Saint-Cyr  socialista que les da el derecho de entrar en las filas del PC no con título de oficiales sino de Generales. Estos señores practican el marxismo, pero de la especie que se conoce en Francia desde hace diez años y del que Marx decía: ”Todo lo que sé es que yo no soy marxista” Y probablemente diría  de estos señores lo que Heine decía de sus imitadores: “Sembré dragones y coseché pulgas”  En esta carta de Federico Engels  a Paul Lafargue  el inolvidable autor de “El Derecho a la Pereza”  del 27 de octubre de 1890 se analiza  con  fina ironía lo que supuso la presencia de los estudiantes de la pequeña burguesía tratando de adscribirse al Partido Comunista el cual como reclama Engel  debía estar únicamente  conformado por esa nueva fuerza histórica que era el proletariado como esperanza hacia la anulación de la Historia en una sociedad sin clases . Lenin llegaría a ser más claro respecto al intento de ciertos intelectuales burgueses de “dar voz a los oprimidos” recordándoles  que esa voz solo es legítima en quienes hablan desde la opresión y el sufrimiento. Pero detrás de estas consideraciones está el escenario de unos grupos sociales degradados  tal como  visionariamente  lo analiza  Dostoievsky en su grandiosa novela  “Los demonios”  donde  la derrota de la razón,  la sustitución de Dios por un cruel Comisario, el surgimiento del terrorista y  del terrorismo responden  a la derrota de los valores  espirituales  y a la  brusca caída en el profundo abismo  que supone el nihilismo como la sin salida  de una sociedad putrefacta.  Necháiev el terrorista que escribió el espeluznante "Catecismo del revolucionario” repudiado hasta por el mismo Bakunin y por los más lúcidos anarquistas, expresa ese sentimiento  de  vacío existencial  que se transforma en un odio enfermizo propio del  estudiante  dostoievskano reclutado en  la franja más miserable del estudiantado pobre de Moscú. Necháiev un personaje de la vida real que terminó asesinando a su camarada, dice en su “Catecismo” : “El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses propios ni sentimientos propios. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, por una sola pasión: la revolución” ¿Cuántas engañadas  estudiantes  han muerto colocando una bomba? ¿A cuántos muchachos les estalló antes de tiempo el material destinado para un atentado? ¿Qué clase de pérfidos  les reclutaron  y los adoctrinaron? En esta novela el mediocre profesor Stepan Trofimovich y su hijo natural Piotr y Nicolái su amigo  pretenden  con su célula anarquista  destruir la ciudad corrupta de funcionarios corruptos en que viven, pero la protesta, en principio justa, se degrada en manos de estos terroristas que  convierten un medio en un fin.

Hace unos años al llegar a clase una mañana varios de mis estudiantes me recibieron con la noticia de que uno de ellos se había suicidado “incapaz de resolver  la aporía  entre su fervor revolucionario con su condición de burgués” Dostoievsky  incomparable escrutador de la condición humana, de la derrota del individuo, se adentra con la piedad necesaria en las pestilentes  tinieblas  de la decepción y la pérdida de la esperanza, si Dios ha muerto todo está permitido como lo enuncia Iván Karamazov: ninguna luz a la distancia para el perdido de sí mismo, ninguna voz de aliento desde la borrada imagen de la madre: el adoctrinamiento de los reclutadores está encaminado a demostrar que nada es puro ni limpio pues lo que están haciendo a través de sus adoctrinados  es dar rienda suelta a sus odios  personales  contra la sociedad.  La política ha sido sustituida por falsos mesías en las cuales no existe la heroicidad ni por supuesto la grandeza que posibilitaba una causa noble. Cualquier parecido con lo que nos está haciendo vivir nuestro populismo es mera coincidencia. Grandeza, heroísmo lo da el ejemplo de las familias que saliendo de Iquitos durante casi dos meses recorrieron la selva atravesando ríos, padeciendo calamidades hasta llegar a Florencia.

LOS DÍAS SIN CIUDAD, SIN PATRIA / Darío Ruiz Gómez




LOS DÍAS SIN CIUDAD, SIN PATRIA

Darío Ruiz Gómez

Miles y miles de kurdos que habían creado un territorio para fundamentar su vida cotidiana, fueron de pronto  bombardeados, asesinados y debieron emprender una vez más la huída por los borrados caminos del desierto dejando atrás sus muebles y retratos, los cuadernos de los niños. En la frontera con Grecia la multitud de sirios, kurdos, afganos que avanzaba buscando la libertad en Europa fueron brutalmente rechazados por el gobierno griego y por la dictadura fundamentalista de Erdogán.  En la isla italiana de Gatopardo se hacinan más de 40.000 africanos que quisieron atravesar el Mediterráneo en frágiles pateras. Con olímpica desidia  Obama permitió que apareciera  y se conformara el territorio de un sanguinario  califato  de los yihadies, mientras ante las cámaras de t.v. asistíamos a uno de los más desvergonzados espectáculos como lo fue el degollamiento de más de siete mil cristianos  que desfilaron sostenidos por el cuello, junto a sus verdugos cuchillo en mano, con la más admirable dignidad , recordándonos que la fe no muere  mientras los “progres” del mundo  ni se conmovieron. En estos casos palabras como exilio, desplazamiento, fronteras, manipuladas por el fariseísmo político de ciertas onegés  se han vaciado de su primigenio significado humano tal como lo seguimos comprobando  en las nuevas guerras periféricas en el Cauca, el Chocó, Meta, Nariño donde en lugar de plantear abiertamente el gobierno lo que significan estas formas de agresión contra el derecho a la paz, se ha dedicado a disfrazar y postergar su intervención inmediata  para evitar el aumento de víctimas y dar a conocer a la opinión del mundo el verdadero alcance de esta agresión internacional de la delincuencia. ¿El implacable informe de Human Rihgts sobre las atrocidades del ELN en Arauca que en nada se diferencian de las atrocidades  en Kenia, Eritrea, ninguna resonancia ha tenido en nuestra sociedad ¿Lo ventilaron acaso en las universidades en una de esas retóricas “Cátedras de la Paz”? Arauca es hoy como el Putumayo un territorio incorporado a la alta delincuencia internacional, una indescriptible pérdida de patria, una exasperada  forma de violencia  que se agrega a la de los desplazamientos de familias en las ciudades –para diabólicas especulaciones inmobiliarias- lo que constituye una mutación de lo que  es realmente  una encubierta variación de nuevas formas de apropiación  del territorio urbano, del  alejamiento de los ciudadanos de su patria -que es el campo, el barrio- y ante la cual la farándula de izquierda del Congreso, nuestro liberalismo pegajoso, desconocen o prefieren  cerrar los ojos para continuar responsabilizando al Estado, olvidando aquello que recuerda T.W. Adorno: “La abundancia de sufrimiento real no tolera el olvido”

Detrás de los victimarios, de los verdugos está el poder oculto de los verdaderos dueños y estrategas de la nueva violencia, de manera que inculpar al Estado de los crímenes de los grupos armados  corresponde a la estrategia de  neutralizar  la responsabilidad de esos actores detrás de las sombras. Es diluir en el eufemismo del lenguaje de los distintos medios de comunicación lo que aconteció de verdad en la realidad –reclutamiento de niños, mujeres violadas, ancianos asesinados, destrucción de las culturas ancestrales- con la complicidad de una  justicia sinnombre. “El porvenir, dice Andreas Huyssen, no habrá de juzgarnos por olvidar, sino por recordarlo todo y, aún así, no actuar en concordancia con esos recuerdos”

sábado, 1 de agosto de 2020

LA CARAVANA DE GARDEL / Carlos Palau por Olga Lucia Betancourt S.

Carlos Palau

.. .. ..

LA CARAVANA DE GARDEL / Carlos Palau
por
Olga Lucia Betancourt S.

El alma del Tango surge desde los primeros planos, como una puerta a la historia, y un homenaje a Gardel. En ese ambiente de malevaje, música y baile, entre la profunda voz de la cantante, el realizador nos va aproximando, recordando el ambiente gardeliano, reviviendo nuestra propia alma tanguera, patrimonio de una bohemia que nos llega desde las fondas campesinas, donde tango y Pasillo eran el reducto de los amores y desamores en el placer de la noche y el cálido regusto de las copas. Todo eso nos recuerda que Medellín, donde murió Gardel, se levanta a golpe de hacha y guitarra, música que después fue bandoneón y tango. Y cabe preguntarse, ¿Por cuál azar de la vida, Gardel vino a morir a Colombia, un país que había crecido entre el tango y la milonga?

Entonces parecería trágico creer en ese juego del destino que nos envió el Ángel de la tragedia, y le permitió a Colombia, a Medellín convertir a Gardel en un Mito; en un raro y doloroso regalo de la suerte, como para afianzarnos en la tradición de esa música que adoptamos desde siempre. Porque desde que tenemos memoria, nos ha acunado el sonido de un tango lejano.

Esta hermosa película va dosificando sabiamente ese mito, esa imagen, a través de fotografías, como de la evocación nostálgica, de la "moda" gardeliana, con su sombrero coquetamente de lado, de ese color jugando con el Sepia del ambiente en el que se danza el tango. El alma de Gardel planea en el ambiente y nos permite comprender esa melancólica travesía, por entre el paisaje atormentado de montañas y caminos solitarios, como el propio despojo, de quien fuera voz, sonoridad, sonrisa... Un contraste acentuado por los largos planos que rodean el pequeño camión que rueda hacia el adiós. Y qué bello el ojo de la cámara, trotando detrás del camioncito, al ritmo de un lamento musical, hasta que desaparece como absorbido por la fuerza de las montañas desnudas.

La película es sostenida por un escenario maravilloso de viejos puentes, el río con su frescura protectora y unos caminos sombrosos que Gardel, nunca recorrería con su acariciante voz, su corazón viajero y su figura de galán.

El pasearse de la cámara por el cementerio, con una profunda música de fondo, acariciando las tumbas, el mármol evocador de la de Jorge Isaacs, y el paso marcial de los que vienen por sus restos, son detalles importantes de la sensibilidad del realizador, que nos impone con el ojo de su cámara, la silenciosa soledad de la muerte.

Y como despedida al largo viaje, nos recrea el río con su luminoso vaivén, llevando el féretro al ritmo del canto ritual de los habitantes del puerto, como un candoroso contraste mágico-primitivo, para el cantor viajero que tuvo al mundo en el timbre de su voz y se silenció para siempre al borde de las majestuosas montañas de la tierra colombiana.




 
Olga Lucia Betancour S.


lunes, 27 de julio de 2020

Entrevista a Carlos Palau por Teófilo Rodríguez


Carlos Palau



Carlos Palau (Cali, Colombia, 1952), director, guionista y productor de cine; se formó en el Conservatoire Libre du Cinema Française, en París. Hasta la fecha, ha dirigido cuatro largometrajes: En India, documental rodado en India, Nepal, Cachemira y Sri Lanka, A la salida nos vemos, sobre la vida adolescente en un colegio de provincia manejado por religiosos, Hábitos sucios,  inspirado en un caso judicial real, El sueño del paraíso, que relata la inmigración japonesa que se produjo en los años 20 hacia el Valle del Cauca y La caravana de Gardel,   acerca del recorrido que los restos mortales del cantante de tangos argentino Carlos Gardel realizaron en 1935 a través de las montañas colombianas, desde la ciudad de Medellín hasta el puerto de Buenaventura. Ha recibido importantes premios por su obra en numerosos festivales internacionales de cine, como los de Cartagena, Valladolid o La Habana, entre otros.





 
Entrevista a Carlos Palau por Teófilo Rodríguez

Carlos, ¿Hasta qué punto era importante el cine en el ambiente familiar que viviste durante tu infancia?


La deliciosa adolescencia la viví en un pueblo pequeño llamado Tuluá, donde hice mi primer largometraje en 1985, recuerdo esa querida etapa durante los años 60. Allí, el papá de un compañerito se hizo con el viejo y bellísimo teatro del pueblo, donde pasaban desde las maravillosas películas de El Santo o El enmascarado de plata hasta las de Buñuel y la Nouvelle Vague.

Claro, para mí, todo ese universo que se me revelaba en estas maravillosas películas influyó un día en mi decisión de abandonar definitivamente mis estudios de derecho, irme a Bogotá y encontrar un papel de extra en una cinta erótica colombo-italiana con Barbara Bouchet y Carmen Villani, se filmó en Medellin y allí quedé fascinado al ver cómo se hacía una película.
La amistad que hice con el director italiano Mauro Ivaldi hizo que éste me asegurara que si viajaba a Roma me ayudaría convirtiéndome en su asistente de dirección. Mi padre, después de mucho pensarlo, decidió ayudarme a viajar a Italia; pero con una condición: ¡Sólo me daría un billete de ida y 200 dólares!


¿Qué película hizo que decidieras dedicar tu vida al séptimo arte?

Indudablemente, La novia vestida de negro, de François Truffaut, fue fascinante para alguien que se paseaba casi siempre solo por los teatros descubrir esa película, ¡Fue casi lo mismo que sintió San Pablo cuando cayó del caballo rumbo a Damasco!


¿Cuánto crees que queda en ti del niño que se maravillaba ante las historias que se contaban en la gran pantalla?

Aunque los años nos hacen a todos un poco más escépticos y cínicos, afortunadamente, conservamos aún ese deslumbramiento por las cosas simples de la vida, como mis caminadas de cada tarde por la ribera del río Cali, donde los árboles, el agua y el viento me hacen sentir vivo y agradecido de estarlo.


¿Qué te dijeron en casa cuando les contaste tu decisión de estudiar cine?

Como te decía anteriormente, mi padre cedió, finalmente, e hizo posible el viaje a Italia, que fue todo un fiasco; cuando encontré al director italiano en las afueras de Roma, se extrañó de verme allí y nunca más quiso recibirme.

Aquellos 200 dólares se esfumaron como por encanto y terminé, como buen sudaca, vendiendo periódicos en las calles de Roma, lo que finalmente resultó fascinante, ya que en la Piazza Navona conocí a Richard Burton, que me regaló diez mil liras al pensar que le pedía dinero cuando, asombrado de verle, me acerqué a él; también conocí con mis periódicos a una directora de teatro, Ángela Redini, muy amiga de Rafael Alberti, vecino de ella en el barrio de Trastévere y que estaba montando una obra de un primo de mi madre, Enrique Buenaventura, obra que conocía muy bien.

Así que pasé de vivir en un albergue de inmigrantes africanos, tan pobres como yo, a hacerlo en un ático en vía Arco dei Monti, junto al Campo da Fiori donde, gracias a ella, conocí a Alberti y a algunos maravillosos directores italianos; pero la vida no se terminaba allí, sólo era un trozo del camino y ya sabía que sería duro y largo de recorrer.





¿Por qué elegiste concretamente París para formarte como cineasta?

A París llegué por el fiasco de mi desencuentro con el director Mauro Ivaldi y la claridad de que no podía convertirme en el mantenido de una notable directora de teatro romana; así que una tarde descubrí que la embajada de Francia se encontraba cerca del Campo da Fiori y me animé a entrar. Al preguntar que si en París tenían escuelas donde estudiar cine, me sacaron una lista de cincuenta. ¡Qué paleto y pueblerino era yo en esa época!


¿Cuáles fueron tus primeras impresiones como alumno de cine en Francia? ¿La realidad superó tus expectativas o te defraudó?

Una amiga colombiana, que aún vive en Florencia, me ayudó muchísimo a diseñar la estrategia para que mi padre me ayudara a ir a París, que no sabía ni dónde quedaba... Estando en Florencia, recibí una llamada del consulado de Colombia en Roma en la que me anunciaban que había recibido un giro de mi padre.

Al otro día estaba en Roma recibiendo los 800 dólares enviados por mi viejo y que pedí me dieran en francos franceses, ¡Una fortuna!. Así que, cual brillante paleto, llegué a París con mi inmensa maleta a ver por dónde comenzaba.

Y en la Alianza Francesa, donde alquilaban unas pequeñas habitaciones, me puse a estudiar francés y me matriculé en esa pequeña escuela de cine donde no entendía nada, sólo me enteraba cuando volvía a mi cuarto y traducía todo lo que nos habían enseñado durante el día. Una vez, otro sudaca, como yo, con quien había hecho buena amistad, me dijo que él vivía en un pequeño apartamento no lejos de allí y que me lo dejaba muy barato.

Hasta ahí llegó un día un señor que tocó a la puerta diciendo ser un enviado del Banco de Roma y que el cajero se había equivocado, que no eran 800 dólares los que debí haber recibido, sino 300.

Al ver mi sincero nerviosismo, me dijo que no me preocupara, que su función era encontrarme y cerciorarse de ver si podía recuperar para el banco ese dinero, pero veía que no había por dónde.

Siempre me ha acompañado una mano poderosa salvadora que en los peores momentos llega en mi ayuda, como la de una señora del consulado de Colombia en París; gracias a su bondad, hizo que conociera a un sonidista francés casado con una cartagenera, abriéndome así las puertas de la televisión francesa, donde hice un largo recorrido como aprendiz en programas de variedades hasta llegar a películas filmadas en los estudios de Joinville le Pont.
Tuve la suerte de que Marcel Bruwal, director de una de esas películas, me acogió con gran cariño y me permitió ver cómo hacía una de sus cintas, protagonizada por Michel Piccoli, Daniel Lebrun, François Simon… durante seis meses, no salí de mi asombro. Estaba aprendiendo, ahora sí, cómo se hacía una película; después vendría descubrir la Cinematheque Francesa y a su director, Henry Langlois, a quien seguía en sus cursos sobre el expresionismo alemán.

Por la Cinematheque pasaban todos los grandes cineastas del momento, como Rosselini, Godard o Pasolini, a quienes escuchábamos embelesados; más tarde descubriría que en el Colegio de Francia se podía escuchar, de forma gratuita, a Michel Foucault, Claude Lèvi- Strauss o Roland Barthes y en la universidad de Vincennes, el reino de la anarquía, a Gilles Deleuze y Félix Guatari.

Apasionantes años de formación, festivales de teatro en Nancy, donde conocí a Julio Cortázar, en Cannes, adonde llegaba como Pedro por su casa; aunque sin un duro. De esa época parisina sólo guardo los mejores recuerdos y el privilegio de haberla vivido.




¿Crees que el cine de cada país tiene su propio adn y va dirigido a un público geográfico muy determinado o piensas que sólo hay buen y mal cine, se haga donde se haga?

Sí, cada país tiene su marca cuando de cine se trata. El expresionismo alemán, danés o noruego sólo se pudo cultivar en esos parajes fríos y solitarios, que nos dieron a un irrepetible Ingmar Bergman.

O como la Nouvelle Vague sólo se pudo hacer en Francia, ya que nació de la rebelión de unos jóvenes críticos que no querían más ese cine clásico acartonado que se hacía en aquellos años 30 y 40.

Lo mismo ocurre con el neorrealismo italiano, sólo pudo incubarse en Italia, dadas las condiciones de pobreza durante y después de la II Guerra Mundial. Ahora, ¿Quién sino los hindúes pueden hacer el cine que ellos hacen?


¿Siempre tuviste claro que, tras tu formación académica, ibas a volver a Colombia o en algún momento pensaste quedarte a trabajar en Europa?

En París, descubrí El Viaje de los Comediantes, película de Theo Angelopoulos, quedé tan maravillado con su cine que me fui a buscarlo a Grecia, eso fue amor a primera vista.

Dos años después de ese verano en Grecia, en 1977, se anunció en las carteleras de los cines de París otra película de Angelopoulos, Los Cazadores, grandiosa. Y volví a Grecia, recorriendo el Peloponeso en bus y en una estación donde debía tomar una conexión para bajar más al sur estaba Theo Angelopulos.

Lo vi desde la ventanilla creyendo que alucinaba. Me bajé corriendo, le pregunté si era Theo Angelopoulos y el paleto que llevo a todas partes le dijo que estaba en Grecia gracias a sus películas. Pasé tres memorables días con él y su familia.
Una tarde, mientras navegábamos, me dijo que uno tiene que hacer cine en su país. Fue él quien me reveló lo que años más tarde haría después de mi viaje a India, regresar a Colombia.


¿Qué te atrajo de India, Nepal, Cachemira o Sri Lanka para ubicar allí la acción de tu primer largometraje?

En un viaje por tierra desde París a África del Norte, conocí en Túnez a una joven francesa con quien habría de vivir en París durante varios años. Su padre, Mario Bianchi, trabajaba en ese momento para la AFP, con sede en Nueva Delhi. Tuve siempre en mis recuerdos el poema El sueño de las escalinatas, del poeta colombiano Jorge Zalamea, ambientado en Benarés.
Llegó por fin el día de ir a la India para visitar a mi suegro, pero la relación terminó en medio de ruidos y vacas vagabundas en un país que casi me enloquece. Así que comencé mi propia bajada a los infiernos, saqué mi cámara y comencé a filmar en Benarés El sueño de las escalinatas, que se terminaría llamando En India.


Tu segundo proyecto de larga duración, “A la salida nos vemos”, obtuvo en 1985 un importante respaldo por parte del público e incluso fue premiado en varios festivales internacionales de cine, como el de Cartagena o Valladolid; sin embargo da la impresión de que no supuso el ansiado trampolín hacia la consagración definitiva. ¿Por qué no volviste a rodar hasta 2002, cuando vio la luz “Hábitos sucios”?

Cuando en Cannes vieron A la salida nos vemos, que estaba en proceso de ser seleccionada, me dijeron que la película estaba muy bien, pero que hacía unos años había estado nominada una película francesa parecida a la mía, La Boum, con Sophie Marceau, fue un momento muy triste y doloroso.

Recuerdo ir llorando por las calles de París, con los cinco pesados rollos en una caja de cartón, sin saber a dónde ir con ellos. Durante 17 años, en Colombia nadie pudo volver a hacer cine. Focine, adonde todos llegábamos buscando una limosna con que hacer una película, había cerrado.


Más tarde, en 2006, llegó “El sueño del paraíso”, una deliciosa película sobre la inmigración japonesa hacia el Valle del Cauca, ¿Te atrae especialmente la cultura oriental? ¿Qué crees que podemos aprender de ella los habitantes de Occidente?

Durante 20 años trabajé para contar El sueño del paraíso, lo que finalmente se pudo hacer en el 2006. La historia de la migración japonesa a mi tierra estaba inspirada por la novela María, del escritor caleño Jorge Isaacs, esta obra literaria fue el detonante para que nunca en esos 20 años bajara la guardia y buscara hacerla.

Cuando los japoneses llegaron a Colombia, concretamente a mi tierra, aquí sólo había ganado y una incipiente industria azucarera; fueron ellos los que condujeron el primer tractor y enseñaron a sembrar arroz y frijol.

Durante aquellos años del primer cuarto del siglo XX, ejercieron una gran influencia en el crecimiento económico de mi departamento. Por eso, siempre tuve presente, como eje central de la historia, su injusta persecución y confinamiento en aquel hotel-campo de concentración en el que fueron recluidos.

Inicialmente, por pudor, ellos no querían que contara esa parte de su historia, estaban empeñados en que no lo hiciera y yo, al mismo tiempo, les decía que, sin esa parte dramática y vergonzosa que habían sufrido, no haría la película.

Por fin, entraron en razón gracias a una matrona japonesa que los obligó a hacer la película tal y como estaba escrita. Semanas después de terminar el rodaje, esta maravillosa y divertida señora murió ahogada en un lago.

Adoro el cine japonés, especialmente a Kenji Mizoguchi y Yasuhiro Ozu. En Cannes, tuve el honor de sentarme junto a Nagisha Oshima cuando estrenó El Imperio de los sentidos, que causó encendidas polémicas, aunque a mí me hacía gracia ver a tanto critico rasgándose las vestiduras.




Y llegamos a la que, de momento, es tu última obra, “La caravana de Gardel”, una exquisita película que refleja tu gloriosa madurez como ser humano y como cineasta; llama la atención el extremo cuidado puesto en cada matiz de la obra, ya sea relativo al guion, la dirección, el vestuario, la fotografía, la música... es un trabajo realmente sublime, en el que el ritmo no decae ni un solo segundo a lo largo de toda la rocambolesca historia. ¿Cómo ha sido acogida dentro y fuera de Colombia?

Siempre me han tratado muy mal los dueños de las salas de cine, aunque ha habido contadas excepciones; los dos principales exhibidores de mi país, Cine Colombia y Royal Films, no quisieron exhibirla, porque la consideraban muy mala.

Claro, en eso influyó la antigua ministra de Cultura, quien puso a todo el aparato del Estado y a sus críticos a sueldo a desprestigiar la obra; ella me había demandado por injuria y calumnia, así que su venganza fue destruir la película para que no se viera.

Ahora, hemos tenido presentaciones magníficas en eventos culturales a lo largo y ancho de Colombia, me han llenado de satisfacción y han suplido la malparidez de esta gentuza. En 2015, estrenamos la película en una poética premier celebrada en el propio cementerio de San Pedro, donde estuvo enterrado Carlos Gardel, asistieron más de 2 mil personas que se situaron en medio de tumbas y mausoleos, ¡Grandioso, macondiano!

A los espectadores de Argentina y Uruguay les ha encantado la película, han alucinado con ella. Una importante historiadora argentina, Martina Íñiguez, quien -después de profundas investigaciones- sostiene que Carlos Gardel nació en Uruguay, dijo de La caravana que era la página que le faltaba a la historia de Carlos Gardel.

Te imaginarás lo feliz que me siento con esos cines cerrados en Colombia, que pierden miles de millones y que rechazaron con crudeza y humillación nuestra cinta. ¡Que se pudran en los profundos infiernos!


¿El guion de La caravana de Gardel es fiel a la realidad vivida en 1935 o te has permitido incluir ciertas licencias cinematográficas a modo de metáforas estéticas? Me refiero, por ejemplo, a la insinuación explícita de que el cuerpo del Morocho del Abasto fue robado y enterrado en Colombia o al hecho de que en la película el trayecto se realizara íntegramente en coche, cuando (al parecer) se hizo en distintos medios de transporte: Tren, automóvil, mulas, etc.

El guion de La caravana está inspirado libremente en la novela homónima de un amigo, Fernando Cruz Kronfly, quien también, como yo, se tomó algunas licencias poéticas, necesarias para que la historia real fluya sin perder su esencia.

Sólo es una metáfora el que haya enterrado el cadáver de Gardel en las montañas de Medellín; oficialmente, recibió sepultura en el cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires; aunque tengo mis dudas al respecto...

Tengo entendido que esta película ha contado con la participación absolutamente desinteresada de gran parte del elenco, supongo que con ese clima de solidaridad profesional se habrán vivido momentos mágicos durante el rodaje.

Todos los actores y actrices se enamoraron del guion y me dijeron que no me cobraban, incluso uno de los actores principales, Alejandro Aguilar, renunció a un contrato millonario para venir a trabajar gratis conmigo. ¡Estamos locos, Teo, de remate!


¿Cuánto ha marcado a Medellín y a sus gentes el hecho de que Gardel muriera allí de forma tan absurda y trágica?

La ha marcado para siempre, cada año por el mes de junio se celebra en Medellín el Festival Internacional de Tango Carlos Gardel. Es maravilloso, vienen orquestas y cantantes de Argentina y Uruguay, que se suman a las que hay aquí y que son muy buenas. Hacen encuentros, simposios, todo alrededor de Gardel.

Salen de sus buhardillas los francesistas y uruguayistas a darse duro, a ver quién tiene razón. El año pasado nos invitaron y ofrecieron 8 funciones de la película. Fue grandiosa la receptividad que ha tenido la cinta, a pesar de la forzada distribución independiente que está teniendo.

Según ingenieros aeronáuticos que han reconstruido el accidente, es imposible que sea cierta la versión oficial de que fue una ráfaga de viento la que hizo chocar al avión de Gardel contra el Manizales y todo apunta a una falta de pericia técnica por parte del piloto, Ernesto Samper. ¿Crees que se ocultan muchas cosas de la verdadera historia acaecida aquel nefasto 24 de junio por defender el honor de la aviación patria colombiana?

En mi humilde opinión, la fatalidad de este absurdo accidente fue fruto de la rivalidad comercial que tenían las dos compañías de aviación, una de ellas alemana y la otra colombiana.

Por una pueril muestra de rivalidad con el avión de la compañía alemana, que estaba en tierra esperando su turno para despegar, colisionaron frontalmente con él y nos mataron a Gardel, que venía para Cali a dar varios conciertos; por eso los caleños, como también los paisas de Medellín, somos huérfanos de Carlos Gardel.

Uno piensa en la historia y se imagina el traslado del cadáver de Gardel con una comitiva formal, con policías, diplomáticos, periodistas... ¿De verdad fueron dos transportistas anónimos, sin medios de seguridad algunos, los que realizaron el viaje?

El viaje del cadáver de Carlos Gardel se hizo en varias etapas por una compañía transportadora que lo llevó por tierra, a lomo de caballo y en tren. Nosotros, por costos de producción, no podíamos darnos el lujo de filmarlo como fue en realidad, así que tomamos la decisión de hacerlo como lo hicimos.

Fuimos carne de cañón para los puristas, que nos atacaron y dijeron que todo ese viaje así como lo habíamos hecho faltaba a la verdad; así que les dije: “Consigan 5 millones de dólares y háganlo como ustedes quieran y a mí me dejan tranquilo”. Hicimos nuestra Caravana con sólo ¡100.000 dólares!

Bueno, intrigas al margen, tratemos asuntos puramente cinematográficos., cuando hiciste la película, ¿Pensaste en que fuera una cinta destinada, exclusivamente, al público colombiano o la veías con cierto recorrido internacional?

Teo, el único afán que tenía era hacer la película. Era tal el estrés que uno no se planteaba la veleidad de llegar a ninguna parte con ella y mucho menos ganar plata y volverse famoso, esos tiempos ya pasaron.


¿Qué tal fue acogida la película en Argentina?

Te contaba que a la gente que la ha visto y que me ha escrito le ha encantado. Teníamos el estreno para este próximo mes de agosto en Buenos Aires y en septiembre una gira por Uruguay; pero se ha aplazado todo para el año que viene.


Tanto la historia en sí como la película que la relata son verdaderamente fascinantes, ¿Has recibido ofertas de Hollywood para hacer una versión en inglés de la misma?

No, no he recibido oferta alguna; pero, al principio, cuando estaba socializando el proyecto, unos argentinos y colombianos con plata, me ofrecieron hacerla, aunque sin que yo la dirigiera… ¡Los mandé al carajo y la hicimos como la hicimos!!!


Dice un viejo refrán que “Nadie es profeta en su tierra”, ¿Qué tal ha tratado Colombia a tu obra?

Como te contaba, hemos tenido una discreta pero intensa distribución independiente en Colombia, donde el cariño del público es nuestra mayor recompensa. Hace dos años nos invitó la Asociación Argentina de Los Ángeles a una preciosa premier, donde fuimos homenajeados por el estado de California y la ciudad de Los Ángeles; también la universidad de La Florida nos hizo otra emotiva presentación. Tenemos una página en Facebook, bajo el nombre de La caravana de Gardel, en la que mantendremos informados de las novedades que surjan a todos los seguidores de la película.


Cuéntanos qué proyectos profesionales tienes a corto o medio plazo.

Siempre estoy leyendo, mirando, buscando historias que puedan ser susceptibles de llevarse al cine, pero como están las cosas hoy en día, la crisis nos va a llevar a una pausa muy larga, que debo aprovechar para nutrirme con nuevos proyectos para cuando llegue la ocasión.

Carlos, me gustaría darte las más efusivas gracias por concederme esta entrevista y, sobre todo, por haber soportado estoicamente el tercer grado periodístico al que te he sometido con tan interminable cuestionario. Igualmente, aprovecho tu pasión por la filosofía para pedirte que concluyas este apasionante encuentro en torno al cine con una frase de hondo calado intelectual.

To be or not to be,
that’s the question!

© Teófilo Rodríguez 2020




miércoles, 22 de julio de 2020

O COMISIÓN O TRIBUNALES DE LA VERDAD / Darío Ruiz Gómez




O COMISIÓN O TRIBUNALES DE LA VERDAD

Darío Ruiz Gómez

El  exministro  Pinzón ha dado una opinión –bastante  sustentada por cierto- sobre la Comisión de la Verdad y el hecho de que la mayoría  de  sus miembros (as) sean  sesgadamente de izquierda. Lo cual  es cierto y por lo tanto  hace  discutible  su nombramiento  en la medida en que la tarea de una Comisión de la Verdad  debe ser la de aclarar  con criterio racional  la verdad  respecto  a los horrores que el pueblo  colombiano ha  padecido por parte  de un grupo de violentos  que quiso imponerse a través de la llamada  violencia  revolucionaria  y es el grupo con quien el Estado ha firmado un Acuerdo de Paz  y por otro lado  lograr diferenciar  estos ángeles del materialismo histórico  de los también siniestros  grupos de delincuencia  del narcotráfico en unas fronteras donde unos y otros muchas veces llegan a  confundirse. Una Comisión de la Verdad exige la presencia de jueces probos capaces de vencer la  tentación  de partir de una Verdad pre-fabricada por parte de cualquier ideología al uso porque la Verdad es el único camino posible hacia la reconciliación y la paz. ¿Cuáles son al respecto los fundamentos de justicia establecidos  como premisas  por esta  Comisión de la Verdad  para juzgar a los distintos culpables de este horror que hoy  seguimos viviendo si todavía  aún no  hemos hecho claridad sobre conceptos definitorios como Crímenes de Lesa Humanidad, genocidio?  Los juicios  a los jerarcas nazis, a los dirigentes soviéticos  - ejemplo que no me cansaré de repetir-  por sus atrocidades  se  extienden hoy a Castro, Ortega, Maduro, y a quienes a nombre de cualquier  ideología inhumana pretendan justificar una violencia ciega. Entonces  la pregunta es lógica: ¿Los miembros de la Comisión de la Verdad no debieron  ser escogidos entre quienes  representan  la  justicia de un  Estado de Derecho? Alfredo Molano q.e.p. d.  quien nunca  negó  su cercanía ideológica con las FARC conoció de primera mano las andanzas  de los distintos  Frentes, lo que le impedía como lo dije en una columna aparecida antes de su muerte,  ser parte de la Comisión de  búsqueda de una verdad cuyos victimarios  ya conocía.  Hace poco el padre De Roux  firmó  con el Arzobispo Darío Monsalve un equívoco  comunicado sobre el actual Bojayá  sin que para nada  mencionara  al directo responsable  de esa matanza, Benkos Bihojó  ni haya señalado al ELN  como responsable del asesinato de líderes indígenas y afrodescendientes.  ¿No debería el padre de Roux  ahorrarle  tiempo y  dinero a los contribuyentes  y no dilatar  la espera para que el país conozca la verdad sobre los autores de masacres y matanzas  cuyos nombres le son familiares desde hace tiempos?  Una militante de izquierda como Michel Bachelet   dio una demostración  de su altura moral al presentar  al mundo  un informe objetivo sobre las cloacas del madurismo. Los  métodos  de la llamada justicia  revolucionaria   donde  a nombre de una “verdad”  totalitaria  se recurrió a toda clase de vejámenes, torturas psicológicas  y físicas  para señalar a los “culpables”  nos sirven  en nuestro caso, repito, para poner de presente  ante la opinión pública la diferencia que  existe entre una justicia  democrática  nacida del Humanismo y las farsas de esos” tribunales del pueblo”.  La Mona González ha tenido siempre la sinceridad de reconocer  que milita en el Partido FARC lo que éticamente  la imposibilita a la hora de desentrañar la maraña de mentiras, encubrimientos, que es necesario desvelar para encontrar a los verdaderos culpables y reconocer el sacrificio de las víctimas, pues la verdad  es un problema moral y no un problema político. Recibí un mail anónimo que dice que “Darío Ruiz a través de sus artículos  va señalando  el nombre de aquellos a quienes considera sus enemigos” Claro, ellos pueden calumniar impunemente, chantajear a quien discrepa de sus estrategias recurriendo a la falacia  de que criticarlos  los puede exponer a que los maten. Una manera disfrazada de negar la libertad  de opinión frente a una problemática decisiva que es pública por lo tanto y admitir que quienes realmente corren peligro son aquellos que, en una demostración de libertad intelectual,  se han  atrevido  a hacerles reparos . Vuelvo a Antonio Machado: ”Ni mi verdad ni tu verdad: la verdad”     

LA INTOLERANCIA DE LOS INTOLERANTES / Darío Ruiz Gómez




LA INTOLERANCIA DE LOS INTOLERANTES

Darío Ruiz Gómez

Encabezados por Noam Chomsky, ciento cincuenta prestigiosos intelectuales de habla inglesa han emitido un enérgico comunicado llamando la atención sobre la peligrosa deriva que han ido tomando los llamados  movimientos  izquierdistas  que combaten el racismo en la sociedad norteamericana a partir de la muerte de  George Floyd  y que se dedican hoy a derribar estatuas de “esclavistas” como Juan Junípero Serra –defensor de los indios- o de Colón por el hecho de haber descubierto a América. Esta nueva versión de la Cultura de la Queja ha explotado ahora buscando presentándose una vez más como victimarios y mediante  una nueva policía del lenguaje  a quienes supuestamente  no están  recurriendo al lenguaje correcto para referirse a esta problemática social y racial. Y esta virulenta persecución de enemigos ha expandido su condena a profesores, periodistas, historiadores que no recurran a las citas bibliográficas “correctas” lo que como se señala en la carta de los intelectuales   ha conducido a que en las universidades : “el libre intercambio de ideas sea cada día más limitado” y se imponga  el veto y el señalamiento “a quienes  se aparten de estas normas”. “El fascismo de extrema izquierda que pide lealtad absoluta si no hablas su idioma, practicas sus rituales y rectos sentimientos y sigues sus mandamientos,  pecados por los cuales  serás confinado, perseguido y castigado”  Lo que hace veinte años se llamó en Colombia el fascismo de izquierdas precisamente  - y que ha seguido actuando en las sombras- imponiendo  dogmáticamente  sobrepasado textos revolucionarios y la expresa condena de autores y músicos “extranjeros” como Cervantes, Shekaspeare, Camus, Santo Tomás, Mozart, Bach, Beethoven, Vivaldi y sobre todo con el señalamiento y el linchamiento de aquellos  a quienes consideran de derechas o sea a quienes los critican. Fue la perversa imposición del identatarismo y del igualatarismo mediante los  cuales  una canasta  artesanal tenía el mismo valor estético que la Monalisa  y el conocimiento de un  científico era igual a la ignorancia de uno de estos apóstoles de la nueva barbarie. Lo que Simón May llama “la idiotez social” y que ahora toma nuevos perfiles en su incapacidad para estructurar el discurso de sus supuestos  reclamos  pero disimulando agresivamente su distanciación  respecto a las clases  campesinas y  trabajadoras, el miedo a abandonar  la universidad para enfrentar los sufrimientos que una era histórica tan difícil les presenta. Unas trifulcas alentadas por iconoclastas  aquejados de esa enfermedad psicológica llamada el peterpanismo o sea el miedo a enfrentar el reto de la madurez para quedarse en esa infancia  inventada de los llamados niños grandes. La madurez de los antiguos revolucionarios que dieron su vida por una causa, se ha transformado entonces en la recocha de la llamada oposición que  día a día cae en la necedad y en el nihilismo más peligroso, preámbulo del verdadero fascismo.

Lo que llama la atención es que esta carta la encabece Noam Chomsky un grandioso lingüista y un pésimo político que alentó siempre a las guerrillas y contó con el fervor de los intelectuales progresistas colombianos a quienes, seguramente, va a desconcertar este llamado a hacer de la tolerancia la única vía de la verdadera   defensa de la Universidad.  Pero lo acompañan entre otros Greis Marcus, Jean Buruma, Marck Lilla, Martin Amis, Jhon Banville, Michael Ignatieff, Margaret Atwood, Salman Rusdhdie: “Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias funestas” Ocho años de ideología farc-santista han sido una experiencia de una atosigante  uniformidad política, de censura velada pero certera a la cultura y desconocimiento del significado de  la opinión pública. Banderas, consignas, marchas, huelgas inmotivadas, violencia peterpanesca cuyo secreta consigna es no volver a estudiar.   

viernes, 10 de julio de 2020

La destrucción de Los hornos Hoffman en Itagüí

Los Hornos Hoffman (Luisa Vergara)

,, ,,
Itagüí, Destrucción y Abandono de su Patrimonio Histórico (83)

La destrucción de Los hornos Hoffman en Itagüí

Víctor Bustamante

Hace unos años estas noticias mancharon la cultura en Oriente: Talibanes destruyen Budas gigantes con 1500 año de antigüedad en Afganistán. Otros años más tarde llega una noticia acerca de la irrupción del Estado islámico en el Medio Oriente, es decir, reaparecía esa mentalidad de fanatismo, que causó malestar, junto a su carácter sanguinario de imponer su cruzada a sangre y fuego. Ese momento aciago fue la destrucción de Palmira, Hatra, Nínive, Nimrod, en Tombuctú. Estas noticias que son lejanas, pero ciertas, demuestran la barbarie de aquellos grupos que solo aceptan su punto de vista para expresar la pobreza intelectual y miseria ética ante el pasado, no asumido como nostalgia sino como lo que ha permitido que la civilización haya creado disimiles maneras de pensar, de analizar y, sobre todo, de respetar el tesoro entregado por la historia, que es nuestra conexión sublime con el pasado.

Estos titulares de prensa confirman la barbarie de estos grupos que dan pábulo a pensar que ocurrieron muy lejos, y por ese acomodo, la conciencia frágil y poco solidaria, se acuna entre la complicidad y el silencio. Aquí en el trópico de las leyes escritas y reescritas, y burladas, con antelación, traen ese servilismo y adefesio local por la mentira, que es la burla con las leyes en la mano.

Por esa razón hiere la forma atroz como las grúas de la empresa constructora, Conconcreto, desarman y echan a tierra lo que fue un complejo, el Galpón Medellín con sus hornos Hoffman, únicos en el mundo. Y aun hiere más la pobreza intelectual del alcalde de Itagüí, José Fernando Escobar, con sus argumentos baladíes, anodinos, que llevan a pensar qué clase de alcaldes son las personas que el iluso electorado escoge, ya que, con esta destrucción, se borra de un plumazo parte de la historia de esa ciudad, que en un tiempo no muy lejano, fue considerada como un polo industrial, ahora reducida a ser solo acreditada por el Día de la Pereza, a lo cual le agrego la pereza de pensar, de ser capaces de preservar la riqueza patrimonial, pero para tener esa sensibilidad, para querer un municipio, se necesita algo que los alcaldes simuladores de la cultura no consideran al no ser ilustrados, a pesar de sus títulos, que como fórmulas apenas lucen para sus puestos públicos, pero que no poseen inteligencia ni sentido común, sino la fatal voracidad del yo.

Itagüí ostenta su historia, pero poco a poco desaparece ante el desprecio de sus actuales autoridades. Un pueblo sin historia se reduce al paisaje habitual: casas convertidas en galpones con la reja de hierro, centros comerciales como símbolo, entrecomillas del progreso, y como su máxima expresión, este alcalde que instrumentaliza con su discursillo lo que no sabe de patrimonio ni de historia para eructar lo que él cree que es su justificación, para permitir, genuflexo, el arrasar con el paisaje, me refiero al valioso acervo de lugares que la piqueta y la infamia llevan a destrozar una de las riquezas patrimoniales de Antioquia y del país.

Son tan pueriles y despreciables los argumentos del alcalde de Itagüí, para la destrucción de los hornos Hoffman, que, junto a su calanchín, el antropólogo del SIPAH, que uno piensa al escucharlos en sus razones que solo son sinrazones con un arduo sinsabor histórico, ya que el jefe, y su calanchín con sombrero y camiseta parecen empleados de Conconcreto. En ellos no hay responsabilidad histórica con el patrimonio de la que fue ciudad industrial. No, ellos tienen solo una direccional, destruir lo que ellos mismos han condenado, sin saber su valor histórico. Por esa razón cuando el alcalde habla de memoria histórica se le cae el juicio, y miente, ya que él precisamente no tiene capacidad ni principios éticos para hablar de ello. Junto a él, arqueólogo, Juan Carlos Diez, luce el uniforme nuevecito de burócrata con las siglas del SIPAH y con una desvergüenza total refiere que con los materiales que queden como desecho después de la destrucción se va a realizar un monumento en conmemoración a las chimeneas, a los hornos, de los que ellos no encontraron una razón, una justificación para no destruirlos. Ambos coinciden con un guion puesto de acuerdo, y repiten que los hornos amenazan destrucción y peligro para quien pase cerca. Eso sí a ellos no se les cayó encima ninguna chimenea, mientras daban sus criterios tan pobres y desvergonzados. Esa suerte de consejero del desastre que es el antropólogo con sombrero light como si hubiera salido para una expedición arqueológica de relieve, cuando según lo que concluimos con su homilía torticera es que no ha salido del solar de su casa.


Buscamos en la red y vemos como en su portal la Corporación SIPAH, señala: Guardianes del tesoro arqueológico de Itagüí. ¿Guardianes del tesoro arqueológico? No sé a cuál tesoro se refieren porque según su arqueólogo y sus declaraciones destempladas los noto dóciles y entregados al contratico y a las limosnas. Miro el link: “Quienes somos”, y cuando leí la mención a lo de Vigías de Patrimonio, se cayó la mascarada y la mentira que reduce el patrimonio a caminadas y no a la preservación.

Arguye, si así puede decirse, el alcalde, dándoselas de adolescente, que este bien no se encuentra en la lista de patrimonio, pero él no cae en cuenta que precisamente, en un país con lagunas y pantanos en los reglamentos, él como encargado de un municipio tiene la responsabilidad de buscar una manera de salvaguardar los lugares valiosos de Itagüí, buscar un consenso para que se logre una moratoria, que se busque una forma de integrarlo al patrimonio (lista de bienes declarados). También aduce una suma extraordinaria para recuperarlos, pero es solo su fantasía, para conmover a la opinión pública, como una manera de justificar su posición anodina y miserable. Se le salió el politiquero tribal a lo Onésimo Sánchez.

Ante tal tipo de imbecilidades en boca de estos dos funcionarios no queda más que uno quedarse perplejo. Es más, para el video de su visita a los hornos, ambos van cubiertos con tapa bocas, pero no es que allí merodee el Coronavirus, sino que más bien parece un bozal para para exhibir su envilecimiento y chapucería. Ambos, parecen muñecos de ventrílocuo, a la manera de Carlos Donoso con Kini y Lalo, mientras su creador, el talentoso venezolano, los acciona y les habla en voz baja para que el público los escuche. Pero Carlos Donoso ya no está, pero sí los desenfrenados, Kini y Lalo, que andan por el mundo burlándose de quienes les pidieron una reconsideración para no destruir ese patrimonio, así como de la comunidad que aun desea que haya puntos de referencia en las ciudades y los pueblos, para que sepan que esas ciudades no empiezan con el mandato estólido de turno, sino que hay todo un peso histórico que identifica estos lugares, donde se expresan personas que hicieron grande con sus ladrilleras, con sus fábricas a Itagüí  y al país.

Hay funcionarios, como los dos mencionados, que reinician un relato, el de la bufonada y el de la risa, el de construir como homenaje a los hornos, con los materiales destruidos, una obra para recordarla. Otra imbecilidad, pura canallada, que no les da pena regurgitar para exhibir como caramelos del llamado progreso a costa de su historia. Caramelos venenosos, por cierto, para ocultar lo que fue una ciudad pujante. Ambos funcionarios, cuya historia les resbala, a lo mejor, poseen como sitios históricos del municipio:  las discotecas de la autopista, los moteles donde el diablo del carnaval asusta a los amantes solapados, y los centros comerciales, como significado y sinónimo de su estulticia. Estas decisiones, sus decisiones dan asco.

Colombia, país sin memoria, país sin historia en su continua Patria Boba, con dirigentes que no poseen sensibilidad para amarlo y protegerlo. Colombia, país atiborrado de leyes, descoordinado, descuadernado, país sin norte, país donde nada se cumple. Colombia, país donde las instituciones del Estado siempre llegan tarde. Colombia país donde nadie sabe nada a la hora de cumplir. Colombia país inculto, sin quien cuide su patrimonio. Colombia país de calanchines y de bufones.