viernes, 25 de septiembre de 2026

LOS OJOS DE LA IDEOLOGIA / Darío Ruiz Gómez

 

Jacques Rhalechi

LOS OJOS DE LA IDEOLOGIA

Darío Ruiz Gómez

Las ideas son hipótesis sobre la realidad que duran o perviven cuando la práctica política las afirma -cosa que sucede escasas veces -  o comprueba que no eran nada y por ser efímeras no podemos convertirlas en dogmas. Ese mesianismo vulgar que ha hecho carrera durante décadas en universidades “La revolución triunfará irremediablemente” no es pues una afirmación de esperanza en el ser humano, en la libertad sino una manera mañosa de eludir la responsabilidad de pensar por sí mismo permitiendo que la ideología tome decisiones por nosotros. La transformación de las ideas de Marx en ideología se encargó de dispensar a los estudiantes de estas últimas décadas de partir del conocimiento de la realidad real ¿Por qué entonces los estudiantes y profesores decidieron irreflexiblemente dogmatizarse, transformarse en apóstoles ateos de un materialismo histórico de risa, negar y perseguir a los “enemigos de la causa” tal como lo han venido haciendo públicamente? La ideología es una fabricada explicación de la realidad manipulada previamente bajo intereses políticos. Por eso hablamos del ser unidimensional, un ser incapaz de diferenciar los matices de la realidad social que se vive. Lo que conduce a un estado mental que ya el gran Gustave Thibon hacia 1930 había denunciado “Nunca antes habíamos desarrollado una cultura del infantilismo tan universal e intensa” Infantilismo que caracteriza ya dos generaciones de “revolucionarios” radicales  que aún siguen siendo utilizados en el mundo por esta ideología para sus fines desequilibrantes.  ¿Qué sucede entonces en un momento como éste en que la farsa que ha supuesto esta ideología se ha puesto al descubierto y en que  tienen que darse cuenta de que los considerados líderes del pueblo son despiadados narcotraficantes tal como lo estamos viendo cada día en Colombia? Hay personas que se acostumbraron tanto a vivir en el totalitarismo que les queda muy difícil aceptar la libertad, a no recibir consignas, órdenes.

Construir un edificio  como símbolo  de la justicia leninista se hizo  para ocultar  la verdad de esta infamia contra una población y como exaltación depravada del mal.  Creada por  la JEP  para exonerar de sus crímenes al Comisariado de las FARC  salta a la vista al ver ese edificio que parece escapado de una distopía sobre una dictadura totalitaria la dimensión de esta burla. ¿Cuántos robots  se esconden en su inmenso vientre observados en sus movimientos segundo a segundo por poderosas cámaras de seguridad que como en la novela de Kadaré tiene como tarea descubrir en los sueños de las gentes aquellos sueños que son peligrosos para el Partido y deben ser eliminados de inmediato? ¿Cabe pensar que en Colombia esta masa inerme de implícitos apoyadores de los “Comisarios del pueblo” sean capaces de dar una muestra de valor moral y aceptar que se han equivocado? Me acabo de acordar de la justicia de Nicaragua, Cuba, de Maduro ¿O la opción son robots o zombies? Este palacio del mal surge entonces a consecuencia de la de la abdicación de la inteligencia crítica ante la brutalidad del totalitarismo que en el petrismo intentó destruir la cultura, la justicia, para imponer sus territorios del miedo como lo demuestra su caricatura cultural. A los(as) “trabajadores de la cultura” que protestan contra una supuesta guerra cultural de De La Espriella contra los derechos de la mujer y la cultura; a quienes hemos padecido su intolerancia y persecución durante años tenemos el deber de solicitarles que los tres Ministros(as) de Cultura de Petro antes que sacarlos a las calles a repetir bobas consignas apocalípticas nos expliquen antes como se gastaron los 185.482 millones faltantes hasta  dejar al Ministerio en la miseria?     

 

DEL JARDÍN PICTÓRICO AL JARDÍN LITERARIO: EL BOSCO DE PABLO MONTOYA / Fredy Fernández Márquez[1]. Fredy Fernández Márquez

 


DEL JARDÍN PICTÓRICO AL JARDÍN LITERARIO: EL BOSCO DE PABLO MONTOYA

                                                                                      

Fredy Fernández Márquez[1].



[1] Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral. Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias: CvLAC-GrupLAC  frecho13@hotmail.com  

 

A tres grandes amigos y artistas: Bibiana Betancourt Arango, Alonso Meneses Jaramillo y Alonso Restrepo Villegas. Tres pinceles, tres miradas, tres tiempos, tres espacios que alguna vez encontraron en torno a un solo café la posibilidad de conversar, crear y compartir la vida. Porque el arte también nace de esos instantes sencillos en los que la amistad convierte una conversación en memoria y el tiempo en una obra que permanece filosóficamente. A ustedes, tres artistas, tres amigos: un abrazo enorme y siempre agradecido.

 

 

A través del tiempo, la multiplicidad de brotes de las diversas plantas fanerógamas, agrupadas y entrelazadas, ha dado forma al jardín. Autótrofas y fotosintéticas, provistas de carpelos y estambres, sus hojas, flores y tallos colman de aromas los rincones más recónditos y sutiles. Son espacios odoríferos donde la naturaleza parece entregarse a sí misma y, al mismo tiempo, esconder aquello que no siempre puede ser nombrado. Muchos jardines han sido prohibidos porque, detrás de su aparente inocencia, conforman el perianto de un delicado pecado: un territorio donde la belleza, el deseo y la transgresión encuentran refugio.

     El jardín ya no es solo un conjunto de flores: es una comarca donde la pasión, la intimidad, lo prohibido y el escape conviven con la ausencia. Un sueño vedado que, aun así, no hiere al corazón. Los celos se han apagado, nadie desvía la pasión. Solo en el jardín se construye lo imaginario; allí no hay conflicto, solo escenas donde el dolor aprende a llamarse alegría. Amar en el jardín no es un sueño imposible… es un sueño que no se atreve a despertar.

     Sin embargo, a través de sus obras, grandes artistas han puesto en tela de juicio los pecados de la humanidad o, quizá en sentido contrario, han dejado en sus pinceles y lienzos la testificación de la vida, la pasión y las emociones como una posibilidad distinta frente a sus desaciertos. Sus jardines no son únicamente espacios de contemplación: están habitados por el color, la pasión, el desamor y el amor; por la danza, la embriaguez del alma y del cuerpo; por la delicadeza, la tibieza y la humedad del deseo más viril. Así, el jardín se transforma en algo más que un territorio vegetal. Se convierte en un espacio de revelación, un lugar donde la vida puede ser imaginada de otra manera. Entre sus hojas, perfumes, sombras y flores aparece aquello que la moral, la costumbre o la prohibición intentan ocultar. Es otra vida, otras posibilidades de existir, de sentir y de mirar más allá de los perfumes del jardín.

     El escritor alemán Patrick Süskind, en El perfume (2025), propone otra forma de jardín: uno regido por el olfato antes que por la vista. También él contempla un jardín de damiselas aún vírgenes, y entre cuerpos curvados encuentra el bálsamo más perfecto. Aunque Jean-Baptiste Grenouille haya nacido en medio de desperdicios humanos, recrea su propio jardín, porque lo contempla al revés. Los maestros han recreado jardines colmados de flores, olores y bellas damas; Süskind extrae de esas obras la belleza y las sensibilidades más sublimes. No camina por el jardín: succiona sus fragancias, atrapa los olores más íntimos de esos cuerpos jóvenes y virginales. Cada cuerpo posee su propio olor, y de ese jardín obtiene un aroma absoluto.

     Süskind no pinta un jardín: lo narra. No ve el pecado; ve lo más puro de los cuerpos en mitad del jardín. Su propuesta, en definitiva, invierte el gesto tradicional del artista: no representa el jardín, lo respira; no lo describe, lo extrae.

     ¿Por qué es importante el jardín? Se ha llevado a la pintura, a la escultura, la música, la literatura y otras tantas disciplinas. En el área de la pintura: El jardín de las delicias (1500) — del pintor neerlandés Jheronimus Van Ake conocido como El Bosco, proveniente de la escuela flamenca. El Jardín del Boticario — de Carl Spitzweg (1838). El Jardín Del Artista — Claude Monet (1880). Jardín En Flor — Vincent Van Gogh (1888). El Jardín De Las Hespérides — Frederic Leighton (1892). Jardín De Rosas — Gustav Klimt (1906). El Jardín — Joan Miró (1925). Jardín de Invierno — (1909) atribuida a varios artistas, entre ellos, Ernst Ludwig Kirchner y Henri Matisse.

     Esculturas como: El jardín De Las Delicias — réplica de Salvador Dalí inspirada en el Bosco. Obra de teatro: Jardín De Invierno — (2003) Pablo Gutiérrez. Obras musicales: La banda argentina Babasónicos Jardín. El Jardín de los senderos que se bifurcan Dedicada al escritor Jorge Luis Borges. Obras literarias con el título de Jardín, de Manuel Azaña El jardín de los frailes (1927). Jardín (2014) de Marta Orriols. El Jardín De Al lado por José Donoso (1981). Jardín de Invierno Pablo Simonetti (2002). Jardines de Kensington por Rodrigo Fresan (2003). El Jardín Secreto Hodgson Burnett (1911). Jardín De Cemento por McEwan (1978). El Jardín De Las Bestias de Erik Larson (2011). Un Jardín En Venecia de Frederic Eden (2019). El Jardín De Los Cerezos por Antón Chéjov (1904).  El Jardín de Claude Simon (1961). El Jardín De Los Suplicios por Octave Mirbeau (1899). El Jardín De Epicuro por Anatole France (1989). El más reciente: El Jardín Del Mundo (2026) por Pablo Montoya Campuzano, novela histórica inspirada en Jheronimus Van Ake: El Bosco.

     ¿Qué encierra el jardín? ¿Cuál es su misterio, dónde reside su magia? Quizá el jardín no sea solamente un espacio de naturaleza, sino también un territorio simbólico donde la vida, el deseo, el pecado, la belleza y la imaginación encuentran una particular forma de coexistir con lo prohibido. La obra del escritor colombiano Pablo Montoya Campuzano, se adentra precisamente en ese territorio fronterizo entre la historia y la ficción. Su novela propone un viaje hacia el universo de El Bosco y sitúa sus acontecimientos en el contexto del medioevo tardío, en los umbrales de una nueva época histórica: el tránsito entre la Edad Media y la modernidad renacentista, aproximadamente entre los siglos XIV y XVI. Es un tiempo de profundas transformaciones, de creencias que comienzan a resquebrajarse y de nuevas formas de comprender al ser humano, la naturaleza, el cuerpo, el placer y el mundo. En ese escenario de cambios y de tiempos venideros, el jardín emerge como un espacio enigmático: un lugar donde lo sagrado y lo profano, la inocencia y el pecado, lo visible y lo oculto parecen encontrarse.

     El ejercicio literario de Montoya Campuzano, se articula en dos momentos fundamentales. El primero, de carácter histórico, reconstruye aspectos de la vida de Jheronimus van Ake, El Bosco; el segundo se desplaza hacia la relación entre José Diego y Ana Micaela, espacio en el que la ficción adquiere plena autonomía y se convierte en el recurso mediante el cual el escritor barranqueño amplía las posibilidades interpretativas de la historia. Esta imbricación entre historia y ficción conduce al lector hacia una comprensión más amplia del contexto del medioevo tardío y, particularmente, de las formas en que los españoles de la época percibían a los habitantes provenientes de las Indias, condición que atraviesa la experiencia de José Diego, el pintor neogranadino. Así, la novela no se limita a recrear un tiempo histórico: lo interroga desde la ficción y lo convierte en escenario de tensiones culturales, religiosas y humanas. 

     En el primer momento, A Jeroen van Ake, conocido como El Bosco, lo visita Felipe el Hermoso, soberano de los Países Bajos: “pidió al maestro que, en su nueva obra, expresara la condición del hombre frente al Creador” (2026, p. 13). En primera instancia, El Bosco parece acudir a lo más profundo de su alma y de su imaginación para recrear esa condición humana suspendida entre el paraíso y el infierno, en consonancia con el imaginario religioso de su tiempo. Este episodio constituye uno de los soportes históricos de la novela. Sin embargo, Pablo Montoya no se limita a reconstruir el pasado: entreteje historia y ficción para introducir una nueva dimensión en torno a la enigmática pintura El jardín de las delicias.

     El segundo momento, es un juego narrativo, donde relaciona la obra de El Bosco con la figura de un virtuoso pintor nacido en el Nuevo Reino de Granada, abriendo así el territorio propio de la ficción. Montoya desplaza las fronteras del tiempo literario y hace departir períodos o épocas, geografías, espacios, tiempos, artistas y sensibilidades distantes. De este modo, la novela transita entre el acontecimiento histórico y la imaginación creadora, en una época convulsionada por el fanatismo religioso, el poder de la Iglesia y las empresas de conquista y sometimiento legitimadas por el poder político. La visita de Felipe el Hermoso se convierte, entonces, en el acontecimiento narrativo que da origen al célebre tríptico y, al mismo tiempo, en el umbral desde el cual Montoya interroga aquello que El Bosco quiso revelar sobre la condición humana que se refleja en José Diego. Dos temporalidades que, aunque separadas por más de un siglo, terminan encontrándose en la ficción a través de personajes cuyas vidas, experiencias y mundos culturales son igualmente disímiles.    

     Continuando con el párrafo anterior, Montoya, experimenta un profundo arrobamiento ante El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch, fascinación que se proyecta y adquiere una nueva dimensión en su novela El jardín del mundo. Allí sitúa al joven pintor oriundo del Nuevo Reino de Granada, cuya sensibilidad artística se encuentra atravesada por la lectura y el pensamiento de Erasmo de Róterdam. La construcción de José Diego como lector, intérprete y seguidor del humanista neerlandés lo convierte en una figura de ruptura frente al orden establecido: un personaje que encuentra en el arte no solamente una forma de expresión estética, sino también un territorio de resistencia. En este sentido, su condición libertaria adquiere una dimensión radical, pues su rebeldía no se expresa mediante la confrontación directa, sino a través de la representación, del color, de la sensualidad y de la imaginación.

     Desde esta perspectiva, cada trazo del joven pintor parece desafiar la severidad de una época sometida a los dispositivos de la regulación teológica. Su pintura se convierte en una forma de insubordinación sensible frente a aquello que pretende disciplinar el cuerpo, el deseo y el placer. El hedonismo que emerge de sus pinceladas no constituye únicamente una celebración de los sentidos; es, ante todo, una posibilidad de subvertir mediante el arte los límites impuestos a la experiencia humana. José Diego pinta aquello que el orden moral intenta ocultar: el deseo, el cuerpo, el placer y las contradicciones de una existencia que se resiste a ser reducida al pecado.

     Entre ambos personajes emerge, entonces, una relación que trasciende el tiempo y la geografía y que encuentra en el arte su principal punto de convergencia. El jardín de las delicias opera como ese hilo invisible que permite la transferencia de una sensibilidad estética de un tiempo a otro, de un pintor a otro, de un mundo europeo a un territorio neogranadino. El Bosco y José Diego quedan así unidos por una misma vena estética: desde sus respectivos lenguajes —el lienzo, la imaginación y la escritura— proyectan hacia el mundo una mirada inconforme frente a las formas de dominación, el sufrimiento y la deshonra. En la ficción de Montoya, el arte adquiere de este modo una dimensión de resistencia: no solo representa una época, sino que hace visible aquello que el poder intenta ocultar, particularmente la manera en que el mundo hispánico sometió, desarraigó y violentó la vida de los habitantes originarios de las Indias.

     Jheronimus y José Diego constituyen, en detalle, una misma página escrita con los trazos de la belleza, la contemplación y el asombro ante el arte. Dos sensibilidades separadas por el tiempo, pero unidas por una mirada que encuentra en el deseo, la deconstrucción y el sinsentido una vía para develar la irracionalidad humana. En ambos jardines, el placer no aparece simplemente como transgresión de lo prohibido, sino como una forma de interrogar aquello que la moral, la religión y el poder han señalado como límite. El jardín se transforma así en un territorio ambiguo: allí donde unos encuentran pecado, otros descubren deseo; donde la moral impone silencio, el arte hace visible lo que permanece oculto. Por ello, los dos jardines no representan únicamente espacios de placer, sino escenarios donde la condición humana se contempla a sí misma, entre el deseo y la culpa, entre la belleza y el sinsentido, entre aquello que se permite y aquello que se condena.

     El jardín del mundo, de Montoya Campuzano, no se reviste del cuidado dócil del jardinero ni de la paciencia con que se cultiva aquello destinado a florecer. Por el contrario, en sus trazos se devela un amor que transgrede los límites de las pasiones y las emociones, para internarse en la liberación del cuerpo. Queda así fuera del camino la estirpe, la prohibición y aquello teológico que condena la libertad de poseer el cuerpo para convertir, posteriormente, ese mismo deseo en pecado. Y es precisamente de ese pecado, impuesto sobre el cuerpo, de donde parece emerger la maldad de lo humano. La culpabilidad deshoja el jardín.

     Por tanto, la obra de Montoya reivindica, lo pasional del parterre: allí no parece existir la culpa, porque lo sensual alcanza la máxima expresión del goce. No se trata de una satisfacción lacaniana del deseo como falta, sino de un principio enajenado del placer, una experiencia que desborda sus propios límites y, por un instante, consigue sobrepasar el sufrimiento. El cuerpo deja de ser objeto de condena para convertirse en territorio de posibilidad; la piel, en lugar de frontera, se transforma en paisaje.

     El jardín del mundo se encuentra, entonces, al borde de Perséfone —del griego antiguo Περσεφόνη, vinculada al mundo subterráneo, a la muerte y a la renovación—, en ese umbral incierto donde el placer parece rozar su propia desaparición: sentirse morir sin haber dejado de vivir. Es allí donde emerge la atopía (del griego ἀτοπία: aquello extraño, insólito, fuera de lugar), como si el cuerpo habitara por un instante un territorio que no le pertenece y, precisamente por ello, pudiera reconocerse de nuevo. El jardín se convierte así en una línea de fuga: un lugar sin culpa donde el deseo, antes de ser pecado, todavía puede ser vida. El cuerpo deja de ser superficie de inscripción del pecado para convertirse en una fuerza que resiste su propia captura.

     La transgresión no reside únicamente en el acto de desear, sino en sustraer el deseo del régimen que pretende nombrarlo, clasificarlo y condenarlo. Así, aquello que comienza como libertad termina convertido en confesión, vigilancia y castigo. El pecado aparece entonces no como una esencia de lo humano, sino como una tecnología de sujeción mediante la cual el deseo aprende a sentirse culpable de existir. Es justamente en ese exceso donde Bataille podría reconocer la experiencia de la transgresión: no la destrucción de la prohibición, sino el instante en que la prohibición es llevada hasta su propio límite y deja entrever aquello que pretendía ocultar.

     Pero todo límite produce también una fuga. El jardín no constituye únicamente un lugar: es una línea de escape frente a las formas que han aprendido a gobernar el cuerpo. En sentido deleuziano, el deseo no sería aquí aquello que falta, sino aquello que produce, conecta y abre pasajes; una fuerza que inventa otras posibilidades de existencia cuando las formas establecidas de vida comienzan a resultar demasiado estrechas. El cuerpo, liberado de la identidad que lo aprisiona, se vuelve tránsito, intensidad, multiplicidad. Ya no pregunta qué debe ser, sino hasta dónde puede llegar. Entonces el jardín deja de ser paraíso. Tampoco es infierno. Es un intersticio, una zona de indeterminación donde el cuerpo suspende por un instante la sentencia que pesa sobre él. Allí donde la moral había plantado la culpa, el deseo vuelve a germinar. Allí donde la teología había levantado el pecado, la carne recupera su potencia. El jardín no lo salva lo humano: lo libera, por un instante, de la necesidad de ser salvado.

     Ese jardín fue poseído por el goce, la pasión y las emociones de los imaginarios más fecundos de los amantes que Montoya Campuzano instala en su obra. Pero el cuerpo del jardín no es simplemente el vicio: es el vicio mismo, una materia palpitante que florece al ritmo de los movimientos giratorios de los cuerpos sudorosos, atravesados por gemidos que ya no consiguen disimularse, porque emergen desde una profundidad donde el alma y la carne dejan de reconocerse como territorios separados. Allí, poseer y ser poseído pierden sus fronteras; el sujeto se desvanece en el otro y el deseo deja de pertenecerle.

     Es entonces cuando retorna aquella imagen: “la culpabilidad deshoja el jardín”. No porque el deseo sea culpable en sí mismo, sino porque sobre el cuerpo se deposita una mirada que lo juzga, lo nombra y lo somete. José Diego y Ana Micaela quedan suspendidos en esa zona incierta donde el amor se aproxima al pecado y el pecado, despojado de su condena, recupera la potencia del deseo. Son dos cuerpos que se entregan y dos almas que se despeñan; no hacia el vacío, sino hacia ese abismo íntimo donde toda prohibición parece perder momentáneamente su poder.

     Dos sorbos pecadores bastan para desvirgar El jardín de las delicias del Bosco y devolverlo, mediante la pluma de Montoya Campuzano al Jardín Del Mundo, a una corporalidad que la moral había intentado domesticar. El jardín ya no representa la inocencia perdida: se convierte en el escenario de su transgresión. Sus frutos, sus cuerpos y sus sombras parecen conspirar contra la mirada que pretende distinguir entre lo permitido y lo prohibido. El deseo se vuelve así una fuerza sin propietario, una corriente que atraviesa los cuerpos hasta hacerlos olvidar el nombre que los separaba.

     Al jardín le roban el amanecer, pero no la luz. Le acarician la suavidad del viento mientras la noche permanece adherida a la piel, como si el tiempo hubiese decidido detenerse ante aquella escena. Y, sin embargo, algo de lo perdido permanece: lo virginal junto a la inocencia nocturnal, suspendidos en la calidez del rosal. Quizá porque todo jardín conserva, incluso después de haber sido profanado, la memoria de aquello que alguna vez creyó ser. La inocencia no desaparece: queda herida, abierta, respirando en silencio entre las espinas.

     Desde esta perspectiva, la imagen puede comprenderse como la representación simbólica de un territorio interior donde aquello que ha sido censurado, reprimido o declarado inaceptable encuentra la posibilidad de manifestarse sin quedar sometido, de manera inmediata, al juicio moral. En este espacio liminal, lo racional y lo instintivo, el deseo y la culpa, lo permitido y lo prohibido dejan de constituirse como contrarios absolutos y comienzan a coexistir en la compleja trama de la experiencia humana. La sombra, entonces, no representa simplemente aquello que se oculta, sino aquellas dimensiones del sujeto que han sido relegadas porque entran en conflicto con la imagen consciente que cada individuo construye de sí mismo y con aquello que cree que debería llegar a ser.

     El jardín del mundo puede leerse, así, como una invitación a reconocer que aquello que la conciencia intenta contener no desaparece por el hecho de ser negado. Permanece, persiste y, en ocasiones, busca otras formas de hacerse visible: en el cuerpo, en el deseo, en la imaginación, en el lenguaje y en la experiencia estética. El jardín se convierte, entonces, en ese territorio de fuga donde lo reprimido puede adquirir forma y donde la subjetividad se confronta con aquello que preferiría mantener en silencio. No se trata de reivindicar lo prohibido por el simple hecho de serlo, sino de comprender que la condición humana también está constituida por aquello que la moral, la cultura y la propia conciencia han intentado excluir.

     La obra desplaza la mirada desde la condena hacia la comprensión. Los jardines no aparecen únicamente como espacios de placer o transgresión, sino como lugares simbólicos en los que el sujeto puede contemplar sus propias contradicciones y reconocer que aquello que habita en la sombra también forma parte de su existencia. Tal vez allí radique una de las potencias filosóficas de la imagen: recordarnos que no siempre es necesario expulsar aquello que nos incomoda de nosotros mismos; a veces es preciso mirarlo, escucharlo y comprender el lugar que ocupa en nuestra propia experiencia de ser humanos.

     Las dimensiones del tríptico El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch, conocido como El Bosco, son de 220 × 389 cm. El panel central mide 220 × 195 cm, mientras que sus dos laterales o alas alcanzan 220 × 97 cm cada uno. La obra fue realizada al óleo sobre tabla de madera de roble. En sus superficies se despliega un universo desconcertante, poblado por figuras bíblicas, cuerpos humanos, animales, criaturas que parecen escapar de los contornos de la naturaleza y seres fantasmagóricos, espectrales y demoníacos que producen, a un mismo tiempo, fascinación y recelo. Cada fragmento parece contener una escena autónoma y, sin embargo, todos participan de una composición de extraordinaria complejidad, en la que el detalle se convierte en una forma de pensamiento visual.

     Pero ¿por qué esta obra continúa siendo tan célebre? ¿Qué es aquello que, siglos después, sigue provocando preguntas, interpretaciones y asombro? Y, sobre todo, ¿por qué Montoya Campuzano vuelve sobre ella desde la literatura? Tal vez porque El jardín de las delicias no se limita a representar una sucesión de pecados, sino que convierte el cuerpo humano, sus deseos y sus excesos en un territorio donde se enfrentan el placer y la culpa, la libertad y la condena, la fascinación y el castigo. El Bosco parece recrear, mediante cuerpos, criaturas y escenas imposibles, una humanidad suspendida entre el deseo de gozar y el temor de ser castigada.

     Quizá allí reside una de las razones por las cuales la obra resulta tan fecunda para la literatura: el jardín no ofrece una respuesta definitiva, sino una pregunta abierta sobre la condición humana. Puede ser leído como celebración de los placeres terrenales, como advertencia moral frente a sus excesos o como una representación de las contradicciones que habitan al ser humano. El placer aparece entonces acompañado por su reverso: la culpa, la penitencia, el castigo y la mortificación del alma. El jardín se transforma así en un escenario donde Eros y Tánatos, deseo y condena, creación y destrucción parecen encontrarse.

     No resulta extraño, por ello, que la figura de El Bosco haya sido objeto de interpretaciones contradictorias. Algunos lo han señalado como hereje; otros han visto en su obra la expresión de un profundo imaginario cristiano. La paradoja permanece: ¿cómo comprender que un artista capaz de poblar sus imágenes de criaturas monstruosas, cuerpos desnudos, placeres desbordados y escenas inquietantes pudiera ser, al mismo tiempo, un hombre vinculado a la tradición cristiana de su tiempo? Tal vez la respuesta no se encuentre en elegir entre el hereje y el creyente, sino en reconocer que su pintura habita precisamente esa frontera ambigua donde la fe, el deseo, el pecado, el miedo y la imaginación se confunden. Allí comienza también la posibilidad de que Montoya Campuzano transforme el jardín pictórico en jardín literario: un territorio donde la imagen deja de ser solamente contemplada para convertirse en pregunta, relato y pensamiento sobre aquello que, desde siempre, inquieta al ser humano.

     Lo que más inquieta de El jardín de las delicias es, precisamente, su maravillosa complejidad: un enigma que obliga a detener la mirada, a recorrer color por color, figura por figura, como si cada habitante de la obra guardara detrás de su apariencia una historia todavía por descifrar. Panel por panel, El Bosco traza lo imposible y convierte lo inimaginable en materia visible. La mirada avanza de una escena a otra y descubre, en cada superficie, un universo que parece contener a otro universo.

     En el primer panel se presenta el Paraíso, con Adán y Eva en el momento inaugural de la creación; en el panel central se despliega el jardín, poblado por cuerpos, animales, frutos, arquitecturas imposibles y escenas de placer; y en el último, la atmósfera se transforma radicalmente y conduce hacia un mundo oscuro, generalmente interpretado como una representación del infierno. Existe, así, una secuencia visual que articula los tres espacios y los convierte en una suerte de relato pictórico sobre la condición humana. La composición avanza desde la luminosidad hacia la oscuridad, y los colores parecen acompañar ese tránsito: de los tonos más claros y abiertos del Paraíso a una paleta progresivamente sombría y amenazante en el panel final.

     Sin embargo, el jardín central introduce una perturbación decisiva. Allí la lujuria no aparece únicamente como condena; por momentos adquiere la apariencia seductora de un paraíso terrenal, de un espacio donde el deseo parece liberarse de sus límites. El placer se presenta con tal intensidad que resulta difícil determinar si estamos ante una celebración de la existencia, ante una advertencia moral o ante ambas cosas simultáneamente. Esa ambigüedad constituye una de las mayores fuerzas de la obra: aquello que atrae también puede conducir a la perdición; aquello que parece prometer salvación puede contener, en su interior, la semilla de la condena.

     La infinitud parece hacerse presente en cada rincón del tríptico. El Bosco construye una proliferación de detalles que exige una mirada paciente, casi microscópica. Adán y Eva aparecen en el primer panel junto a elementos asociados al relato de la creación y al fruto prohibido; las fuentes y estructuras fantásticas introducen formas de vida que desbordan lo natural y sitúan al espectador ante un universo donde lo maravilloso y lo inquietante conviven. Cada figura, cada animal, cada fruto y cada objeto parece participar de una gramática simbólica cuya totalidad resulta imposible de agotar.

     Y quizá allí reside el verdadero poder de la obra: en que no termina cuando el espectador ha recorrido sus tres paneles. Por el contrario, comienza nuevamente cada vez que alguien vuelve a mirarla. El Bosco no ofrece un mundo cerrado, sino un universo que se multiplica ante los ojos. Cada pincelada parece abrir una pregunta; cada color conduce hacia otro significado. El jardín, entonces, deja de ser únicamente un lugar representado para convertirse en una metáfora de la propia humanidad: luminosa y oscura, deseante y culpable, fascinada por lo que teme y atraída por aquello que sabe que puede perderla.

     Montoya Campuzano, a través de su novela El jardín del mundo, recrea literariamente la pintura de El Bosco, El jardín de las delicias. En su relato, José Diego y Ana Micaela construyen su propio jardín: un territorio íntimo donde el deseo, el amor y la contemplación parecen suspender, por un instante, las prohibiciones del mundo exterior. Sin embargo, alrededor de ese espacio luminoso comienzan a proyectarse las sombras más oscuras que habitan el tercer panel del tríptico. El paraíso de los amantes lleva consigo, desde el comienzo, la posibilidad de su propia destrucción.

     La desgracia irrumpe en la vida de los amantes tras el fallecimiento de Ana Micaela. Una vez más, la muerte se interpone entre el deseo y la felicidad, como si el amor estuviera condenado a encontrarse con aquello que inevitablemente habrá de separarlo. Buscar amar parece convertirse, paradójicamente, en aproximarse a la muerte; no porque el amor conduzca necesariamente a ella, sino porque amar supone exponerse a la pérdida, a la ausencia y a la fragilidad de aquello que se ama. En este sentido, la novela instala una pregunta inquietante: ¿puede existir un amor absoluto sin que, al mismo tiempo, lleve consigo la conciencia de su propia finitud?

     Los amantes parecen habitar entonces una especie de duermevela: un estado intermedio en el que la conciencia permanece suspendida entre la vigilia y el sueño, entre la plenitud del encuentro y la inminencia de la pérdida. El amor adquiere allí una condición liminal; es vida mientras se experimenta, pero también anticipación de la muerte cuando se comprende que ningún encuentro puede sustraerse al paso del tiempo. Si amar es transgredir aquello que otros han establecido como permitido, entonces el amor puede adquirir, simbólicamente, la forma de una condena: no porque amar constituya un pecado en sí mismo, sino porque los amantes se enfrentan a un orden que pretende decidir por ellos el destino de sus cuerpos y de sus afectos.

     En esta dimensión, Ana Micaela puede leerse en diálogo con Julieta, el personaje de Shakespeare. Ambas figuras femeninas quedan atrapadas en un conflicto entre el deseo propio y las decisiones impuestas por la familia. En Romeo y Julieta (2009), la muerte aparece como una salida trágica frente a un orden que impide la realización del amor; en El jardín del mundo, la muerte de Ana Micaela adquiere una resonancia semejante: el amor encuentra su límite no en la ausencia del deseo, sino en las circunstancias que lo rodean. De este modo, el jardín de los amantes termina proyectando su propia sombra sobre ellos. El espacio que parecía destinado al encuentro se transforma, finalmente, en un territorio atravesado por la ausencia.

     Así, Montoya Campuzano parece prolongar literariamente el gesto de El Bosco: detrás de todo jardín existe una sombra; detrás de todo paraíso, la posibilidad de la pérdida. José Diego y Ana Micaela construyen su propio Edén, pero ese Edén no permanece intacto. Como en el tríptico, la luminosidad del jardín contiene desde su interior la posibilidad de la oscuridad. El amor, entonces, no aparece simplemente como salvación, sino como una experiencia límite en la que el ser humano descubre, al mismo tiempo, la intensidad de vivir y la imposibilidad de escapar de la muerte, «Nos besamos y, de nuevo, embriagados por la fruta, traspasamos las fronteras» (2026. P. 317). El beso se convierte así en el umbral hacia otra dimensión, en un territorio donde las fronteras entre realidad e imaginación, deseo y transgresión, cuerpo y espíritu comienzan a desvanecerse. La fruta deja de ser únicamente un elemento del jardín para transformarse en signo del deseo que impulsa a los amantes a cruzar aquello que les ha sido prohibido. En ese instante, la infinitud de la creación abre un pasadizo entre dos universos: del Jardín del Mundo al Jardín de las Delicias, de la palabra literaria a la imagen pictórica, del cuerpo que desea al cuerpo que contempla. Ambos jardines terminan encontrándose en un mismo espacio simbólico: el lugar donde amar, crear y transgredir parecen formar parte de una misma experiencia humana.

     Finalmente, encuentro una línea de continuidad entre La sed del ojo (2019) y El jardín del mundo (2026), en la que ambas obras parecen conjugar el hedonismo como una forma de experiencia atravesada por el placer, el arte, el amor y la estética. En este territorio, el cuerpo deja de ser únicamente el lugar donde se inscribe la culpa y el pecado para convertirse en un espacio de revelación, deseo y transgresión. El placer corporal, entonces, no aparece como simple exceso de los sentidos, sino como una posibilidad de resistencia frente a los dispositivos morales que históricamente han pretendido disciplinarlo. De este modo, el arte abre una vía hacia aquello que el orden establecido condena o silencia: el deseo, la sensualidad, el goce y aquellas zonas de la existencia que, bajo la mirada de la moral, parecen carecer de sentido. El cuerpo, al liberarse de la culpa, encuentra en la experiencia estética y en el erotismo una forma de expresar aquello que la razón normativa intenta contener. 

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Referencias Bibliográficas

 

Montoya, P. (2026). El Jardín Del Mundo. Colombia. Random House.   

_________ (2019). La Sed Del Ojo. Colombia. Random House.     

Süskind, P. (2025). El perfume. Barcelona. Seix Barral.

Shakespeare, W. (2009). Romeo y Julieta. España. Editorial Almadraba.    



[1] Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral. Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias: CvLAC-GrupLAC  frecho13@hotmail.com  

 

martes, 22 de septiembre de 2026

Cioran, Ensayos Selectos, presentación en el Ateneo. Medellín

 

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Cioran, Ensayos Selectos

Víctor Bustamante

 

Apuntes para una Genealogía del suicidio

Siempre regresamos a Cioran ya que su lucidez hace permanecer con los pies en la tierra, es decir ubicados ante las vanidades de la paleta de colores y del celofán adolescente que piensa que leer y escribir, es preocuparse en promover instancias que no se cumplen con el riesgo de convertir la escritura en la indignidad que tanto es notoria en la locuacidad de las imágenes en las redes. En Cioran atisba la crítica a lo banal que nos mantiene en vilo, y alerta, para no sucumbir a ese festín del renombre, en estos tiempos aciagos de tanto premio Nobel hacia abajo. Su pensamiento es un leño ardiente al cual nos aferramos para estar despiertos y para seguir escribiendo, y descubriendo una ciudad, Medellin, que tantas historias mantiene en secreto. La buscamos en su ocultamiento, en sus olvidos convenientes.

Hoy he buscado a Cioran, demasiado infrahumano, y más certero que el Nietzsche de cartilla, con esa escritura diáfana, pero afilada y contundente que denota el mundo oscuro que se oculta; ese que sacude, ese que nos dice, que no cerremos la puerta al final. Al editar Sergio López y Gustavo Zuluaga este libro, Cioran, Ensayos Selectos, (Ed. Defensa de la Palabra, 2009), he buscado a Cioran en uno de sus temas que cautivan.

En sus ensayos hay ideas que no le pertenecen enteramente a pesar de formularlas, ya que poseen su historia. Pasan de un escritor a otro, cambian de sentido, se contradicen, se radicalizan. A veces una novela plantea una pregunta que décadas después reaparece convertida en filosofía; otras veces la filosofía devuelve esa pregunta a la vida y descubre que ya no puede contemplarla desde lejos.

Algo semejante ocurre con el suicidio desde Dostoievski hasta Cioran. No se trata, por supuesto, de afirmar que Dostoievski inaugura el problema filosófico del suicidio. La cuestión es muchísimo más antigua. La genealogía que interesa aquí es otra, más precisa: la del suicidio entendido como problema de la libertad, de Dios y, finalmente, de la posibilidad misma de soportar la existencia.

En ese recorrido aparecen cuatro nombres: Dostoievski, Camus, Cioran y Gabriel Marcel. El primero inventa un personaje dispuesto a morir para demostrar una idea; el segundo convierte aquella muerte en un problema filosófico; el tercero descubre que quizá no sea necesario realizar el suicidio para obtener la extraña libertad que promete su posibilidad; y el cuarto, situado en las antípodas espirituales de Cioran, reconoce en él la sombra lejana de aquel personaje, Alexéi Kiríllov, de Dostoievski.

En Los demonios, Dostoievski crea uno de los personajes más extraños de la literatura moderna. Kiríllov no es simplemente un hombre desesperado que quiere morir. Tampoco pretende suicidarse por una desgracia amorosa, por pobreza, enfermedad o cansancio. Su muerte debe demostrar una idea. De tal manera se pregunta por qué los hombres no se matan, y así encuentra dos obstáculos inmediatos: el dolor y el temor al otro mundo. Pero detrás de ambos descubre algo más profundo: el miedo a la muerte mantiene al hombre sometido. Mientras exista ese miedo, la libertad humana será incompleta.

Su razonamiento lo conduce a un extremo. Si Dios existe, la voluntad humana está subordinada a la voluntad divina. Pero si Dios no existe, toda la voluntad pertenece al hombre. Alguien tendrá entonces que asumir hasta sus últimas consecuencias esa soberanía y demostrar que puede disponer absolutamente de sí mismo. Ese hombre es Kiríllov, oscuro y al borde de la mendicidad.

La paradoja que construye Dostoievski es formidable porque Kiríllov, al mismo tiempo, ama la vida. Puede disfrutar de ella, hablar de los niños, experimentar entusiasmo, ser gimnasta y, sin embargo, conservar intacta su decisión de matarse. No estamos simplemente ante el desprecio por la existencia. Estamos ante una idea que exige una prueba, ya Kiríllov, tiene presente su idea del suicidio, solo que se demora para pegarse un tiro. 

Así esa idea que lo acompaña necesita el episodio certero. Una libertad que no sea demostrada mediante la muerte seguiría siendo para él una libertad incompleta. Pero precisamente allí queda planteada una pregunta que sobrevivirá al personaje: ¿es necesario realizar la posibilidad del suicidio para ser libre o basta saber que esa posibilidad existe?

Décadas después, Albert Camus vuelve sobre Kiríllov, en El mito de Sísifo, 1942, lleva el suicidio al centro mismo de la filosofía. Antes de ocuparnos de innumerables problemas metafísicos, sostiene Camus, existe una cuestión elemental: decidir si la vida merece o no ser vivida. Kiríllov le interesa porque ha intentado resolver mediante su propia muerte una contradicción metafísica. Su suicidio no es solamente psicológico: es una consecuencia del pensamiento. Camus puede observarlo entonces como una especie de experimento llevado hasta el límite.

Camus no celebra de Kiríllov su disparo, refiere como respuesta al absurdo el permanecer. Ese absurdo nace del enfrentamiento entre la necesidad humana de sentido y el silencio del mundo. Reconocerlo, sin embargo, no obliga a eliminar mediante la muerte uno de los términos de esa confrontación. Hay que sostener la tensión.

Aquí aparece la primera bifurcación. Kiríllov realiza el suicidio, y al leerlo Camus piensa el suicidio y rechaza que constituya una solución al absurdo. Entre el escritor y el suicida todavía existe una distancia. Camus observa a Kiríllov, lo interroga, intenta comprender la lógica que conduce desde la inexistencia de Dios hasta la pretensión de disponer absolutamente de la propia vida.

Con Cioran se vislumbra otro camino, él conocía perfectamente el universo de Dostoievski, a quien define como el novelista supremo. Gabriel Marcel su gran amigo y confidente dejó un testimonio excepcional. Recuerda haber asistido con Cioran a un ensayo general de Los justos, de Camus. Al salir, Cioran le hizo una observación feroz: bastaba pensar un instante en Los demonios para darse cuenta, según él, de que de aquello que acababan de contemplar no quedaba nada. La comparación con Dostoievski, por lo tanto, no es una construcción posterior. Cioran mismo enfrentaba a Camus con Dostoievski.

Pero el verdadero replanteamiento con el inconveniente de Kiríllov aparece en El aciago demiurgo, publicado en 1969, particularmente en su ensayo, “Encuentros con el suicidio”, donde el rumano explora desde diversos puntos de vista, de ánimo, y bajo confrontación misma esa idea hasta exprimirla.

Aquí ocurre una transformación asombrosa, ya que Cioran conserva de Kiríllov la relación entre suicidio y soberanía, al saber que podemos disponer de nuestra existencia para provocar una sentenciosa sensación de libertad, ser Dios. Sin embargo, descubre una posibilidad que Kiríllov no vislumbró: no es necesario ejecutar el acto supremo para disfrutar de esa soberanía, puede aplazarse escribiendo sobre él, reflexionándolo; en síntesis, conservándolo indefinidamente como posibilidad que está latente.

De ahí surge una de las paradojas más conocidas y perturbadoras de Cioran: sin la idea del suicidio, acaso uno se mataría inmediatamente. Estamos ya muy lejos del suicidio entendido únicamente como destrucción de la existencia. La posibilidad de morir se convierte, paradójicamente, en una razón para continuar viviendo, alargar esa decisión se convierte en norma y rutina. El solo proyecto de abordarlo causa cierta dosis de tranquilidad

Así, en esta continuidad, Kiríllov que mantenía un revólver como parte de su solución, se pega el tiro como lo había prometido; Cioran se queda con la idea, la exacerba, la redefine. Pero quedarse con la idea no significa retroceder ante ella. Significa incorporarla a la existencia. Kiríllov necesita una vez el suicidio: el instante definitivo que demuestra su libertad. Cioran puede necesitar durante toda la vida la posibilidad del suicidio. Uno realiza el acto y desaparece. El otro aplaza el acto y permanece, lo asume como una utopía, es decir lo inasible lo cual le otorga perdurabilidad. La muerte posible se convierte así en una extraña compañera de rutina que asoma su cara oscura detrás del hombro.

Hay una distancia entre pensar una herida y escribir desde ella. Camus coloca el suicidio en el centro de la filosofía y convoca autores, ideas y personajes para interrogarlo. Entre ellos está Kiríllov. Lo observa, examina su razonamiento, trata de comprenderlo. Cioran no necesita reinventar a su amaño un Kiríllov ni colocar a un personaje delante de sí para examinarlo. El hombre sobre el cual realiza el experimento es él mismo. Por ese motivo tan lacerante sus preguntas tienen otra temperatura. Camus puede preguntarse qué significa filosóficamente suicidarse. Cioran termina preguntándose por qué él mismo no se mata.

La diferencia no permite establecer ningún juicio de valor sobre el sufrimiento íntimo de Camus. Sería absurdo deducir la vida interior de un hombre únicamente a partir del procedimiento de su escritura. Lo que sí podemos reconocer es que estamos ante dos maneras diferentes de aproximarse al mismo abismo. Camus convierte el suicidio en problema filosófico. Cioran convierte su propia existencia en el lugar donde ese problema sucede, y lo espera a la vuelta de la esquina. Camus, ya una estatua, analiza distante e institucionalizado. Cioran se expone nada tiene que perder, porque todo lo ha perdido, es un vagabundo en la misma ciudad, Paris, visto a su manera.

Y quizá por eso adquiere una resonancia especial el encuentro que Cioran recordaría años después. Tras la publicación del Breviario de podredumbre, 1949, Camus le habría recomendado entrar en la esfera de las cosas «verdaderamente intelectuales». Cioran nunca olvidó aquella frase. La consideró impertinente y recordaría también el tono con que Camus se había dirigido a él: como si hablara a un colegial.

Podría tratarse simplemente de una antipatía entre escritores. Pero cuando se observa desde sus respectivas maneras de escribir sobre el suicidio, la escena adquiere otra dimensión. ¿Qué significaban aquellas «cosas verdaderamente intelectuales»? No podemos saber exactamente qué quiso decir Camus ni atribuirle intenciones que no conocemos. Eso sí, Cioran lo siguió considerando un escritor provinciano que solo leía autores franceses. Cioran, exultante y lacerado, no abandonó el yo; es más se hundió, todavía más en él, imbuido en esa costumbre de hablar consigo mismo.

De tal manera hizo trizas la norma de la escritura, precisamente para mirar en aquello que podía parecer asistemático y pendenciero —la confesión, la contradicción, el insomnio, la desesperación, la vacilación— una forma para asumir y ahondar hacia el centro mismo de su propio discernimiento. Cioran no demuestra: se compromete a ser autentico en su propia conflagración interior. No escribe simplemente que el hombre piensa en suicidarse. Escribe desde el hombre que piensa en suicidarse, para así alargar el final de su partida.

Y tampoco construye una doctrina destinada a resolver la contradicción. La conserva. Puede desear desaparecer y descubrir poco después que la posibilidad misma de desaparecer lo ayuda a permanecer. Puede pensar el suicidio como liberación y reconocer simultáneamente que pensar en él lo tranquiliza. Allí se aleja tanto de Camus como de Kiríllov. Kiríllov, malvado, nihilista y locuaz necesita llevar la idea hasta el acto. Camus somete el acto a la interrogación filosófica y rechaza el suicidio como solución del absurdo; se disuelve en su curiosidad. Cioran descubre algo mucho más ambiguo: puede quedarse con la idea, revolverse en ella sin ningún recato. Y al quedarse con ella significa no resolverla, mantenerla intacta sospechando que cada día el horizonte es más oscuro, degradado desde el gris hasta la constelación del color negro.

Es precisamente esto lo que inquieta a Gabriel Marcel, que el 28 de junio de 1969 publica en Le Monde un texto sobre Cioran. Marcel habla desde una posición singular: siente enorme afecto y admiración por el hombre y, simultáneamente, un profundo rechazo hacia buena parte de su pensamiento. Cuando llega a “Encuentros con el suicidio”, reconoce inmediatamente una presencia: Kiríllov. Para Marcel resulta imposible leer aquellas páginas sin encontrar la huella del personaje de Dostoievski. Pero enseguida agrega algo decisivo: con Cioran se ha llegado «más lejos, mucho más lejos, y concluye Cioran es el mismo Diablo. Y entonces introduce a Camus. A juicio de Marcel, el caso de Cioran es más perturbador y complicado. Considera que Cioran jamás habría aceptado cierta posición intermedia en la que, según su interpretación, Camus parecía haberse instalado desde El hombre rebelde. Cioran permanece irreductible, ya que en él su palabra importa, es incandescente. Marcel no está diciendo que Cioran sea más pesimista que Camus, que guarda su historia personal sin estridencias. Percibe una diferencia más profunda: Cioran se niega a clausurar la contradicción. No construye una salida filosófica capaz de neutralizar aquello que ha descubierto. Habita la contradicción como un posible motor de su existencia.

Así esta suerte de genealogía deja entonces de ser una simple sucesión de influencias, porque se trata de otra lectura, de otros interrogantes que se dan con el tiempo, ya que Dostoievski inventa un hombre para quien la libertad absoluta exige una prueba: Kiríllov debe morir para demostrar que puede morir por su propia voluntad. Camus recoge aquella experiencia y pregunta si el descubrimiento del absurdo obliga al suicidio. Su respuesta consiste en permanecer vivo sin resolver el absurdo mediante la muerte.

Cioran introduce una torsión todavía más extraña: la posibilidad del suicidio puede ser precisamente aquello que permita soportar la vida. No elimina la salida. Necesita conservarla abierta. Y Marcel, situado fuera de esa lógica y profundamente contrario a ella, es quizá quien percibe con mayor claridad la distancia recorrida. Reconoce a Kiríllov en Cioran, pero comprende que ya no estamos ante el mismo problema. Hay algo paradójico en que sea precisamente Marcel, pensador de la esperanza y de la trascendencia, quien nos ayude a comprender hasta dónde ha llegado Cioran. El sospecha además otra evidencia que lo ronda. Conociéndolo personalmente, Marcel se pregunta si el hombre, Cioran, coincide verdaderamente, en su profundidad última, con el alegato devastador de sus libros. Incluso aventura la posibilidad de que detrás de aquella sucesión de sarcasmos, negaciones y blasfemias exista secretamente una protesta en favor de algún orden y alguna plenitud.







sábado, 19 de septiembre de 2026

DONDE AÚN MORA MI AMOR. / Alexander Sierra.

 

Alexander Sierra.

DONDE AÚN MORA MI AMOR.

                  

Alexander Sierra. 


ANTES DE COMENZAR.

 

Hay personas que llegan en silencio y, sin hacer ruido, terminan cambiando el rumbo de todo.

   A veces basta una conversación cualquiera, una coincidencia inesperada o una mirada sostenida unos segundos más de lo habitual para que el mundo, de pronto, comience a sentirse diferente.

Nadie nos enseña a reconocer el instante en que comienzan las historias que habrán de marcarnos. Quizá porque, mientras suceden, parecen insignificantes: pequeños acontecimientos que pasan casi inadvertidos, como si la vida los escondiera entre sus pliegues.

   Pero el tiempo tiene una extraña manera de revelar lo que entonces no supimos comprender.

   Con los años descubrimos que ciertos momentos no desaparecen. Permanecen habitando la memoria con una claridad inexplicable, como si alguna parte de nosotros hubiera decidido quedarse allí, suspendida en aquel instante.

Y quizá esta historia comienza precisamente así: con una coincidencia que parecía pequeña,   con una mirada que duró un poco más de lo esperado, con dos personas que aún no sabían que acababan de encontrarse en un lugar del tiempo del que, de alguna manera, ninguna de las dos volvería a salir siendo la misma. Porque hay encuentros que no llegan para pasar. Llegan para quedarse. 


LAS COSAS QUE LLEGAN SIN ANUNCIARSE

Antes de saber tu nombre

Alessandro recuerda el rostro de su padre más joven de lo que era.
Recuerda tardes que nunca existieron, enteras, luminosas.
Y hay cosas, en cambio, que no recuerda en absoluto.

Pero otras se niegan a envejecer con él. Cuarenta años después siguen ahí, intactas, tercas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellas.

Medellín, por ejemplo. Las mañanas tibias, el aire que bajaba de las montañas al caer la tarde, esa sensación de que la ciudad estaba despierta y esperaba a alguien. Aunque él todavía no supiera quién.  enía veinticinco años cuando llegó por primera vez a aquella oficina.

El edificio se encontraba en una avenida animada, rodeada de pequeñas cafeterías, vendedores ambulantes y personas que caminaban con prisa desde las primeras horas de la mañana. Alessandro acostumbraba llegar unos minutos antes de su horario. Se sentaba afuera con un café barato entre las manos y observaba a la gente pasar.

     En aquel entonces creía que aparentaba tranquilidad.

La verdad era otra.

No conocía a nadie.

     Y quizá esa era la razón por la que observaba tanto.

Miraba los rostros, los gestos, las conversaciones fugaces; intentaba descubrir, entre aquella multitud de desconocidos, alguna señal que le indicara que también él podía pertenecer a ese lugar.

     Todavía no sabía que la vida estaba a punto de alterar, de una manera casi imperceptible, aquella soledad.

Ni podía imaginar que, entre tantas personas que pasaban frente a sus ojos, estaba a punto de aparecer alguien cuyo recuerdo sobreviviría durante cuarenta años.

     No entendía realmente qué estaba haciendo con su vida y llevaba demasiado tiempo intentando llenar silencios con personas equivocadas.

Fue así como terminó acercándose a Camila.

Ella era de esas personas incapaces de convivir con el silencio. Siempre estaba hablando, riéndose o involucrándose en conversaciones ajenas como si llevara años conociendo a todo el mundo.

Alessandro pensó que quizá alguien así podría ayudarlo a sentirse menos perdido dentro de aquel lugar.

     Durante semanas las cosas giraron alrededor de conversaciones simples, almuerzos compartidos y jornadas laborales interminables que parecían volverse más lentas después de las cinco de la tarde.

Y entonces apareció Anne.

O tal vez siempre había estado allí y él simplemente no había aprendido a mirarla todavía.

     Alessandro recordaba haberla visto varias veces atravesando el pasillo principal con una carpeta entre los brazos y el cabello cayéndole ligeramente sobre el rostro mientras hablaba con alguien más.

Nunca intentaba llamar la atención.

     De hecho, parecía exactamente el tipo de persona que podía desaparecer entre la multitud sin esfuerzo.

Pero había algo extraño en ella.

Algo tranquilo.

     Como si no necesitara demostrarle nada al mundo.

La primera conversación entre ambos ocurrió por accidente.

Alessandro había tenido una discusión innecesaria con Camila aquella tarde y, sin entender muy bien por qué, terminó sentado junto a Anne en una de las mesas exteriores del edificio mientras el resto de empleados comenzaba a irse.

Hablaron poco.

Cosas simples.   
Trabajo.
La ciudad.
El cansancio.

     Pero Alessandro recuerda claramente haber pensado, mientras la escuchaba:

“Qué extraño se siente conocer a alguien que parece entender el silencio”.

Cuando se despidieron, Medellín comenzaba a encender sus luces lentamente.

     Aunque en aquel momento todavía no podía saberlo, una parte importante de su vida acababa de empezar esa misma tarde.

 

Alessandro tardó varios días en volver a hablarle.

No porque no quisiera hacerlo.

Simplemente no sabía cómo acercarse otra vez sin parecer demasiado interesado.

A los veinticinco años todavía confundía muchas cosas:  
la prudencia con indiferencia,      
el orgullo con tranquilidad,
y el miedo con madurez.

     Sin embargo, Anne comenzó a aparecer lentamente en lugares pequeños de sus días.

A veces coincidían en la cafetería del edificio.
Otras veces en el ascensor, mientras el resto de personas revisaban sus teléfonos en silencio.

     Eran conversaciones cortas.     
Casi insignificantes.

     Pero Alessandro empezó a notar algo extraño:   
siempre terminaba pensando en ellas después.

Anne no hablaba demasiado.       
Nunca parecía esforzarse por impresionar a nadie y, aun así, tenía una forma particular de quedarse en la mente de las personas.

Escuchaba de verdad.

     Eso era raro.

Especialmente en una ciudad donde todos parecían demasiado ocupados intentando ser vistos.

Fue durante una semana especialmente pesada en la oficina cuando Alessandro volvió a buscarla de verdad.

     Las cosas con Camila comenzaban a desgastarse. Nada serio. Nada importante. Pero suficiente para dejarlo agotado mentalmente.

Discutían por tonterías.       
Mensajes sin responder.      
     Comentarios malinterpretados.
Expectativas que ninguno de los dos sabía explicar.

Alessandro recuerda haber encontrado a Anne aquella tarde revisando unos documentos cerca de una de las ventanas del fondo.

Afuera, Medellín parecía suspendida en esa luz anaranjada que aparecía justo antes del atardecer.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, apoyándose suavemente sobre el escritorio.

Anne levantó la mirada.

—Depende de qué tan grave sea.

Alessandro sonrió un poco.

Fue la primera vez que la vio bromear.

     Extrañamente, eso le gustó más de lo que debería haberle gustado.

La conversación comenzó hablando de Camila.      
De relaciones complicadas. 
     Del desgaste que producen algunas personas cuando uno insiste demasiado en que algo funcione.

     Pero en algún momento dejaron de hablar de eso.

     Empezaron a hablar de ellos mismos.

De música.
De libros. 
De la ciudad.     
     De lo mucho que cansaba fingir que la vida siempre estaba bajo control.

Alessandro no recuerda cuánto tiempo pasaron allí.

Cuarenta años después, la memoria ya no conserva ciertas medidas exactas.

Pero todavía recuerda la sensación de calma.

Como si por primera vez en mucho tiempo no estuviera intentando aparentar nada.

Después de aquella tarde, las conversaciones comenzaron a repetirse.

Primero fueron coincidencias.

Luego costumbre.

     Finalmente, necesidad.

Alessandro empezó a buscarla apenas llegaba a la oficina.

A veces solo para hacer un comentario cualquiera.
Otras veces únicamente para escucharla hablar unos minutos antes de comenzar el día.

     Había algo peligrosamente fácil en hablar con Anne.

Como si la confianza hubiera llegado antes que el tiempo necesario para construirla.

Y aunque todavía no existía amor entre ellos —al menos no uno que Alessandro pudiera reconocer—, algo comenzaba a ocupar espacio lentamente dentro de él.

Algo silencioso.

Algo que todavía no tenía nombre.

 

El lugar donde dijiste que sí

Hay recuerdos que sobreviven intactos al paso del tiempo.

Alessandro había olvidado cientos de conversaciones importantes.  
Fechas.
Rostros.
     Incluso lugares enteros que alguna vez creyó imposibles de abandonar.

Pero todavía podía recordar con exactitud la sensación de nervios aquella noche.

Le parecía absurdo pensarlo cuarenta años después.

A los setenta y cinco uno debería preocuparse por cosas distintas.

     Aun así, cada vez que volvía a ese recuerdo, Alessandro seguía sintiendo al muchacho de veinticinco años golpeándole dentro del pecho.

Para entonces, Anne ya se había convertido en parte de sus días.

Las conversaciones nocturnas eran cada vez más largas. 
Los mensajes comenzaban antes del amanecer y terminaban entrada la madrugada.  
     Había momentos en los que Alessandro tenía la impresión de que el resto del mundo desaparecía apenas ella aparecía en pantalla.

Nunca había conocido a alguien capaz de traerle tanta calma y tanto desorden al mismo tiempo.

     Lo extraño era que todo había ocurrido lentamente.

No hubo un instante exacto donde pudiera decir:

“Aquí empezó todo”.

El amor rara vez anuncia su llegada.

Simplemente empieza a ocupar espacio.

Primero en los pensamientos.       
Luego en las costumbres.    
Después en la vida entera.

     Anne ya estaba en todas partes.

En las canciones que Alessandro comenzaba a escuchar. 
En las pausas del trabajo.    
En los trayectos largos por la ciudad.    
Incluso en el silencio antes de dormir.

     Fue precisamente una madrugada cualquiera cuando entendió algo que llevaba semanas intentando ignorar:

ya no quería imaginar sus días sin ella.

     Alessandro nunca fue un hombre particularmente valiente.

Había aprendido a esconder muchas inseguridades detrás de una aparente tranquilidad, como hacen la mayoría de las personas.

Pero Anne lograba desordenar todas esas defensas con demasiada facilidad.

Tal vez por eso tardó tanto en decidirse.

Primero habló con la familia de ella.

     Ahora, tantos años después, Alessandro apenas recuerda las palabras exactas que dijo aquella tarde, pero todavía puede recordar la sensación de estar sentado frente a personas que querían a Anne tanto como él comenzaba a quererla.

Recuerda el calor incómodo en las manos.     
La necesidad absurda de parecer más seguro de lo que realmente estaba.
Y también recuerda haber entendido, mientras escuchaba hablar a la madre de Anne, que amar a alguien significaba aprender a cuidar el mundo que existía alrededor de esa persona.

     Días después la llevó a un pequeño restaurante al final de una avenida iluminada por faroles cálidos y música suave.

Medellín estaba especialmente tranquila aquella noche.

     El aire fresco recorría las calles y la ciudad parecía moverse más despacio de lo normal.

Anne hablaba de cualquier cosa.  
Alessandro apenas podía concentrarse.

Había pasado toda la cena ensayando mentalmente frases que terminaban desapareciendo antes de llegar a su boca.

Hasta que finalmente respiró hondo y dijo:

—Creo que llevo semanas intentando encontrar una manera bonita de decirte esto… y ninguna me parece suficiente.

Anne sonrió apenas.

Esa sonrisa tranquila que siempre parecía desarmarlo.

—Entonces dilo sin pensar tanto.

Alessandro bajó la mirada unos segundos.

     Por primera vez en mucho tiempo decidió no esconder lo que sentía.

Cuando terminó de hablar, el silencio entre ambos duró apenas unos segundos.

Pero Alessandro juraría que, en aquel instante, el tiempo entero se detuvo a esperar la respuesta de Anne.

      Ella tomó suavemente su mano por encima de la mesa.

     Dijo que sí.

Cuarenta años después, Alessandro todavía cree que existen momentos capaces de dividir una vida entera en dos partes:

antes de alguien, y después de alguien.

Anne había terminado de convertirse en eso aquella noche.

 

Aprender a pertenecer a alguien

El amor tiene una manera extraña de instalarse en la vida de las personas.

Al principio parece ligero.

Una conversación más larga de lo normal.     
Una canción enviada a medianoche.     
     La costumbre de esperar un mensaje apenas despiertas.

Después, sin que nadie lo note exactamente, comienza a ocuparlo todo.

Para cuando Alessandro y Anne cumplieron sus primeros meses juntos, ya habían construido pequeñas rutinas que terminaron convirtiéndose en refugio.

Los viernes en la tarde casi siempre terminaban igual:

     Alessandro saliendo tarde de la oficina, Anne esperándolo cerca de la entrada principal y ambos caminando sin prisa mientras Medellín comenzaba a llenarse de luces.

A veces hablaban durante horas. 
Otras veces simplemente caminaban en silencio.

     Curiosamente, esos silencios nunca resultaban incómodos.

Alessandro empezó a descubrir cosas pequeñas sobre ella.

Que solía reírse repetidamente cuando estaba nerviosa.  
Que odiaba las mentiras.     
     Que tenía la costumbre de quedarse congelada cuando necesitaba pensar.

Anne, por su parte, parecía aprender a leerlo incluso cuando él intentaba ocultarse detrás de sí mismo.

Notaba cuando estaba agotado, aunque él dijera que todo estaba bien.      
Sabía cuándo algo le preocupaba únicamente por la forma en que guardaba silencio.
     Tenía esa extraña capacidad de calmarlo sin necesidad de hacer demasiado.

Alessandro jamás se lo dijo directamente, pero durante mucho tiempo comenzó a sentir que el mundo se volvía menos pesado cuando estaba con ella.

Fue también durante esa época cuando empezó a acercarse a la familia de Anne.

Las visitas de los domingos.
     Las conversaciones largas después de la cena.    
El hermano menor de Anne siguiéndolo por toda la casa haciéndole preguntas absurdas mientras ella se reía desde el otro lado de la sala.

Todo comenzó a sentirse peligrosamente parecido a un hogar.

     Eso asustaba a Alessandro más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Porque hay personas acostumbradas a perder las cosas incluso antes de tenerlas.

     Alessandro llevaba años viviendo así.

Aun así, intentaba disfrutarlo.

Lo intentaba cuando Anne aparecía con pequeños regalos inesperados.    
Cuando llenaba notas escritas a mano con frases simples que Alessandro terminaría guardando durante décadas.        
O cuando hablaba del futuro con una tranquilidad que a él le parecía imposible.

Alessandro también empezó a entregarse de maneras torpes pero sinceras.

Cartas escondidas entre libros.     
     Flores compradas apresuradamente antes de verla.    
Regalos que parecían exagerados para alguien que todavía estaba aprendiendo a expresar lo que sentía.

     En Navidad le regaló unos zapatos que llevaba semanas observando en silencio cada vez que pasaban frente a una vitrina.

Anne lo abrazó riéndose, diciendo que estaba loco.

     Alessandro recuerda haber pensado, mientras la veía sonreír aquella noche, que probablemente no existía un lugar donde quisiera estar más que allí.

     Quizá ese fue el principio del problema.

Porque amar a alguien nunca debería significar convertirlo en el centro absoluto de tu existencia.

     Pero Alessandro todavía no entendía eso.

Para entonces, Anne ya ocupaba demasiado espacio dentro de él.

Más del que estaba preparado para manejar.

 

El miedo de perderte

Alessandro tardó muchos años en entender que el miedo puede disfrazarse de amor.

     A los veinticinco, en cambio, todo parecía más confuso.

Porque cuando uno ama profundamente a alguien, empieza a justificar cosas que jamás debería justificar.

Incluso dentro de sí mismo.

     Durante un tiempo, las cosas entre ellos siguieron siendo hermosas.

Las cartas continuaban apareciendo entre libros y escritorios.  
Las llamadas nocturnas seguían extendiéndose hasta la madrugada.
     Alessandro todavía sentía esa calma absurda cada vez que Anne tomaba su mano mientras caminaban por la ciudad.

     Pero lentamente comenzaron a cambiar pequeñas cosas.

Casi invisibles al principio.

Anne empezó a salir menos con sus amigas.  
Alessandro comenzó a molestarse por detalles que antes parecían insignificantes.
Los silencios empezaron a durar demasiado.

     Aunque ninguno de los dos lo decía directamente, algo estaba comenzando a desgastarse debajo de todo lo que todavía se amaban.

Alessandro recuerda especialmente una noche.

Habían quedado de verse después del trabajo, pero Anne canceló a último momento porque iría a cenar con unas amigas que llevaba semanas sin ver.

Era algo completamente normal.

Hoy lo entiende.

     A los setenta y cinco, Alessandro puede mirar hacia atrás y reconocer cuántas veces confundió amor con necesidad.

Pero aquella noche no supo hacerlo.

Recuerda haberse quedado mirando el teléfono demasiado tiempo. 
Releyendo mensajes innecesariamente.
Imaginando escenarios absurdos que solo existían dentro de su cabeza.

     Recuerda también la manera en que Anne guardó silencio cuando él empezó a reclamarle cosas que ni siquiera sabía explicar correctamente.

No era rabia lo que había en ella.

Era cansancio.

     Un cansancio silencioso que Alessandro todavía no sabía identificar.

Porque el problema nunca fueron únicamente los celos.

El problema era el miedo constante de perder algo que sentía demasiado importante para su vida.

     El miedo, cuando no se aprende a controlar, termina convirtiéndose en una forma de destruir lentamente aquello que uno intenta conservar.

Alessandro comenzó a necesitar demasiadas certezas.

Quería respuestas inmediatas.     
Más tiempo.       
Más atención.    
Más tranquilidad.

     Mientras más intentaba sentirse seguro, más terminaba alejando a Anne sin darse cuenta.

Ella seguía intentando comprenderlo.

Lo tranquilizaba.
Le repetía que lo amaba.     
Intentaba evitar discusiones innecesarias.

Pero había algo dentro de Anne que también comenzaba a protegerse.

Alessandro lo notó en pequeñas cosas.

En la forma en que empezó a pensar demasiado antes de responder ciertos mensajes.
     En cómo evitaba algunas conversaciones para no terminar discutiendo.
O en la manera en que comenzó a quedarse callada cuando algo le dolía.

     Aun así, seguían amándose.

Tal vez demasiado.

Porque hay amores que no terminan por falta de sentimiento.

A veces terminan porque dos personas heridas empiezan a lastimarse sin querer mientras intentan sostenerse mutuamente.

     Alessandro no sabía cómo explicar lo que le ocurría en aquel entonces.

Solo sabía que la idea de perder a Anne comenzaba a asustarlo más de lo normal.

Y cuanto más miedo sentía, más difícil se volvía amar de manera tranquila.

Cuarenta años después, todavía cree que una de las cosas más dolorosas de crecer es descubrir que el amor, por sí solo, no siempre corrige lo que llevamos roto dentro.

 

Las heridas que no eran tuyas

Anne fue el primer amor real de Alessandro.

No el primero que lo ilusionó.      
No el primero que le pareció bonito.

El primero que verdaderamente logró entrar en su vida hasta el punto de cambiarla.

Y Alessandro también lo fue para ella.

Quizá por eso todo terminó sintiéndose tan intenso.

Ninguno de los dos sabía realmente cómo amar todavía.

Estaban aprendiendo mientras ocurría.

Aprendiendo a acompañar a alguien.   
A compartir el tiempo.
     A incluir a otra persona dentro de los planes propios. 
A sostener emociones que a veces ni siquiera entendían completamente.

Pero nadie les enseñó qué hacer con los miedos que aparecen cuando uno ama por primera vez de verdad.

     Alessandro llevaba heridas antiguas que nunca había sabido nombrar correctamente.

     Inseguridades pequeñas que crecieron con los años hasta convertirse en una necesidad constante de sentirse suficiente para alguien.

Durante mucho tiempo creyó que podía ocultarlas detrás de regalos, cartas y demostraciones exageradas de amor.

Pero las heridas que uno no enfrenta siempre terminan apareciendo de alguna manera.

     Casi siempre aparecen donde más daño pueden hacer.

Anne intentaba entenderlo.

De verdad lo intentaba.

     Alessandro recuerda noches enteras donde ella permanecía despierta escuchándolo hablar sobre cosas que jamás había contado antes.

Miedos absurdos.       
Inseguridades.
     La sensación constante de no sentirse suficiente.

Anne siempre encontraba alguna manera de calmarlo.

A veces con palabras. 
A veces simplemente quedándose.

Pero el problema de las personas que viven con miedo a ser abandonadas es que rara vez logran sentirse completamente tranquilas.

Alessandro necesitaba reafirmaciones constantes.

Necesitaba escuchar “te amo” más veces de las necesarias.      
Necesitaba saber dónde estaba Anne.   
Con quién.
Haciendo qué.

     Aunque intentaba convencerse de que aquello nacía del amor, una parte de él comenzaba a entender que también nacía del temor.

Anne empezó a cansarse lentamente.

No de amarlo.

Sino de sentir que debía demostrarlo todo el tiempo.

Alessandro lo recuerda ahora con una claridad dolorosa.

La forma en que ella comenzaba a guardar ciertas cosas para evitar discusiones.
Las veces que prefirió quedarse en casa antes que salir y tener que explicar demasiado después.   
O esa costumbre reciente de responder:

—No pasa nada.

Cuando claramente sí pasaban muchas cosas.

     Aun así, seguían intentando.

Porque cuando uno ama por primera vez cree que amar fuerte es suficiente para salvarlo todo.

Alessandro llenaba los vacíos con detalles.

Flores inesperadas.     
Cartas cada vez más largas.
     Regalos que Anne recibía con una mezcla extraña de ternura y tristeza que él todavía no sabía interpretar.

     Ahora entiende que, en el fondo, estaba intentando compensar emocionalmente cosas que necesitaban conversación y no únicamente afecto.

Pero a los veinticinco años todo parecía más difícil de entender.

Especialmente cuando el amor era tan grande.

Hubo una noche que Alessandro jamás olvidó.

     Estaban sentados dentro del auto, estacionados cerca de una avenida silenciosa mientras Medellín comenzaba a vaciarse lentamente.

Habían discutido, otra vez.

     Ni siquiera recuerda exactamente por qué.

Quizá porque, después de cierto punto, las discusiones dejan de tratarse del motivo inicial y empiezan a acumular todo lo que nadie sabe decir correctamente.

Anne permaneció callada durante varios minutos mirando las luces de la ciudad al otro lado de la ventana.

     Entonces dijo algo que Alessandro tardaría décadas en comprender completamente:

—A veces siento que tienes miedo de que deje de amarte… incluso cuando estoy aquí.

     Alessandro no respondió.

Porque la verdad era esa.

     Quizá fue en ese instante cuando empezó a entender, aunque todavía demasiado tarde, que algunas heridas no nacen dentro de una relación.

Solo terminan revelándose allí.

 

Amar también puede cansar

El final de una relación rara vez llega de golpe.

No ocurre en una sola discusión. 
Ni en una única despedida.

Llega lentamente.

Como una grieta pequeña que comienza a extenderse en silencio hasta atravesarlo todo.

     Cuando Alessandro piensa en aquellos últimos meses junto a Anne, eso es precisamente lo que recuerda:

el desgaste.

Porque todavía existía amor.

Muchísimo.

     Pero también existía cansancio.

Las discusiones comenzaron a hacerse más frecuentes.

Algunas nacían por cosas pequeñas.     
     Otras simplemente parecían aparecer porque ambos ya cargaban demasiadas emociones acumuladas.

Alessandro seguía intentando aferrarse a ella con más fuerza cada vez que sentía distancia.

     Anne, sin darse cuenta, comenzaba a alejarse un poco más cada vez que sentía que la estaban reteniendo.

Ninguno quería lastimar al otro.

Pero lo hacían.

Constantemente.

     Alessandro recuerda que Anne empezó a verse diferente.

No físicamente.

Era algo en la mirada.

Como si llevara demasiado tiempo intentando sostener emociones que ya comenzaban a pesarle más de lo que podía soportar.

     Aun así, seguía quedándose.

Seguía intentando hablar.   
Explicar.
Comprender.

     Pero hay conversaciones que dejan de funcionar cuando dos personas empiezan a escuchar más desde el miedo que desde el amor.

Alessandro comenzó a notar que Anne ya no contaba ciertas cosas con la misma tranquilidad de antes.

Pensaba demasiado antes de responder.
Medía palabras.
     Evitaba discusiones incluso cuando algo claramente le dolía.

Él, en vez de entender lo que aquello significaba, se desesperaba más.

Porque cuanto más sentía que Anne se alejaba emocionalmente, más necesitaba acercarla.

     Cuanto más intentaba acercarla, más terminaba asfixiándolo todo.

Hubo noches donde ambos terminaban llorando en silencio después de discutir.

No porque dejaran de amarse.

Sino porque comenzaban a entender que el amor no siempre sabe cómo salvar lo que las heridas dañan.

     Alessandro recuerda especialmente una madrugada.

Anne estaba sentada al borde de la cama mirando el suelo mientras él hablaba demasiado rápido intentando explicar cosas que ni siquiera comprendía del todo.

Hasta que ella dijo, casi en un susurro:

—Estoy cansada de sentir que siempre tengo que demostrarte que me voy a quedar.

El silencio que vino después fue peor que cualquier discusión.

Porque Alessandro supo inmediatamente que algo dentro de Anne comenzaba a romperse.

     Aun así, ninguno de los dos sabía cómo detenerlo.

Intentaron continuar.

Se prometieron cambiar.     
Hablar más.       
Discutir menos. 
Empezar de nuevo.

     Pero algunas relaciones llegan a un punto donde el amor sigue existiendo… mientras la tranquilidad desaparece por completo.

Y vivir amando desde el agotamiento termina consumiendo incluso las cosas más bonitas.

     Cuando finalmente terminaron, no hubo gritos.

No hubo escenas dramáticas.

Solo dos personas emocionalmente cansadas intentando aceptar algo que ninguno quería aceptar realmente.

O al menos eso fue lo que Anne intentó hacer.

Porque Alessandro no supo aceptar la despedida.

No ese día.

     No después de todo lo que habían construido juntos.

Recuerda haber salido a buscarla desesperadamente apenas entendió que la relación realmente había terminado.

     Medellín seguía moviéndose con absoluta normalidad mientras él sentía que el mundo acababa de derrumbarse frente a sus ojos.

El tráfico.  
Las luces de los negocios.    
Las personas caminando sin saber que alguien acababa de perder aquello que más amaba.

     Alessandro llevaba un pequeño anillo guardado consigo aquella noche.

Un anillo sencillo.       
Una promesa torpe nacida desde el miedo y el amor desesperado.

Durante semanas había pensado en entregárselo.

No como una propuesta perfecta ni como una solución mágica a sus problemas.

Sino como una manera de decirle:

“Quiero seguir aquí.   
Quiero aprender contigo.    
Quiero que esto funcione”.

     Pero las promesas llegan tarde cuando el cansancio ya ha hecho demasiado daño.

Alessandro recuerda haberla mirado intentando encontrar alguna manera correcta de salvarlos.

Explicarle que podía cambiar.      
Que iba a mejorar.      
     Que todavía podían volver a ser quienes eran antes.

Pero Anne lloraba en silencio.

     Eso fue lo que más lo destruyó.

Porque por primera vez entendió que ella también estaba sufriendo.

No estaba yéndose porque hubiera dejado de amarlo.

Estaba yéndose porque ya no sabía cómo seguir sosteniendo todo lo que les estaba ocurriendo.

     Alessandro nunca le entregó aquel anillo.

Durante años lo guardó dentro de una pequeña caja en el fondo de un cajón, junto a cartas viejas, fotografías y otras cosas que el tiempo jamás consiguió volver insignificantes.

     Los días posteriores fueron extraños.

El teléfono dejó de sonar igual.    
Las madrugadas comenzaron a sentirse demasiado largas.      
Medellín siguió funcionando como siempre, indiferente al desastre silencioso que ocurría dentro de él.

     Entonces pasó algo que Alessandro tardaría años en comprender completamente:

ambos intentaron continuar con otras personas.

Lo intentaron de verdad.

Alessandro salió con mujeres que parecían correctas.      
Anne también intentó reconstruirse lejos de él.

Pero había algo imposible de ignorar.

Ninguna conversación se sentía igual.  
     Ninguna presencia lograba ocupar el mismo lugar.    
Ningún intento conseguía borrar completamente todo lo que habían significado el uno para el otro.

     Porque existen personas que dejan una marca demasiado profunda para desaparecer por completo de la vida de alguien.

     Anne se había convertido exactamente en eso.

El problema era que Alessandro todavía no entendía si amar a alguien eternamente significaba que estaban destinados a volver…

o simplemente que algunas historias nunca terminan de irse.

 

El tiempo hizo lo que siempre hace.

Continuó avanzando.

Incluso cuando Alessandro sentía que una parte de su vida se había quedado detenida en aquel último adiós.

Los meses posteriores a la ruptura pasaron lentamente.

Demasiado lentamente.

     Alessandro comenzó a acostumbrarse al silencio de maneras extrañas.

A despertar sin mensajes de buenos días.       
A caminar por la ciudad sin tener a quién contarle las pequeñas cosas que le ocurrían durante el día.   
A guardar pensamientos que antes terminaban inevitablemente en conversaciones con Anne.

     Aun así, ella seguía apareciendo en todas partes.

En canciones.     
En cafeterías.     
     En ciertas calles iluminadas al anochecer.  
Incluso en la forma en que algunas personas pronunciaban determinadas palabras.

Alessandro descubrió que el amor no desaparece de golpe después de una despedida.

Se transforma.

Se vuelve memoria.    
Costumbre.
Ausencia.

     Hubo días donde creyó estar mejorando.

Días donde incluso lograba pasar varias horas sin pensar en ella.

Pero bastaba cualquier detalle insignificante para derrumbar nuevamente todo el esfuerzo.

     Una carta encontrada entre páginas viejas.
El olor de un perfume parecido en medio de la multitud.
O simplemente la madrugada.

Las madrugadas siempre terminaban trayéndola de vuelta.

Fue precisamente durante aquellas noches silenciosas cuando Alessandro empezó a escribir más que nunca.

     Al principio no lo hacía con intención literaria.

Ni siquiera pensaba que alguien más fuera a leerlo algún día.

Escribía porque no encontraba otra manera de acomodar el desastre que llevaba dentro.

Algunas personas lloran.    
Otras desaparecen.

Alessandro escribía.

     Llenó cuadernos enteros con pensamientos desordenados, recuerdos incompletos y poemas que hablaban de Anne incluso cuando evitaban mencionar su nombre.

     Aunque en aquel entonces todavía no podía entenderlo, fue precisamente el dolor lo que terminó revelándole una parte de sí mismo que había permanecido dormida durante años.

     Anne se convirtió, sin proponérselo, en la musa de muchas cosas que Alessandro jamás habría escrito sin haberla amado antes.

Lo extraño era que incluso después de todo lo ocurrido, él no lograba odiarla.

Lo intentó algunas veces.

Intentó convencerse de que habría sido más fácil si alguno de los dos hubiese dejado de amar primero.

Pero no ocurrió así.

     Porque incluso la distancia conservaba algo entre ellos.

Algo difícil de romper.

Alessandro recuerda haber vuelto a verla tiempo después de la ruptura.

No fue una escena dramática.

Ni una de esas casualidades cinematográficas que aparecen en las películas románticas.

Fue algo mucho más simple.

     Quizá por eso dolió más.

Anne estaba distinta.

Más callada.      
Más seria. 
     Como si el tiempo también hubiera dejado marcas sobre ella.

Hablaron poco aquella vez.

Preguntas normales.  
Respuestas cuidadosas.       
     Sonrisas incómodas intentando esconder todo lo que todavía existía debajo.

Pero Alessandro notó algo inmediatamente:

ninguno había logrado irse del todo.

Lo entendió en la manera en que Anne evitaba sostenerle demasiado la mirada.
En los silencios largos entre frases simples. En esa tristeza tranquila que ambos parecían cargar sin mencionarla directamente.

     Después de despedirse aquella noche, Alessandro caminó durante horas por la ciudad sin rumbo específico.

     Las luces de la ciudad parecían más lejanas de lo normal.

     Mientras avanzaba entre calles todavía llenas de personas desconocidas, entendió algo que tardaría años en aceptar completamente:

hay amores que no terminan cuando las personas se separan.

Terminan convirtiéndose en parte de quienes somos.

     Quizá por eso, incluso cuarenta años después, todavía existían cosas dentro de él donde Anne seguía viviendo silenciosamente.

 

Lo que aprendí del amor

A los setenta y cinco años, Alessandro ya no veía el amor de la misma manera.

El tiempo había suavizado muchas cosas.

El orgullo.
La rabia.   
     Incluso ciertas heridas que durante años creyó imposibles de cerrar.

Pero había algo que jamás desapareció completamente:

la certeza de que Anne cambió su vida.

No únicamente por haberla amado.

     Sino por todo lo que ese amor le obligó a descubrir sobre sí mismo.

Durante mucho tiempo, Alessandro creyó que perder a Anne había sido la tragedia más grande de su vida.

     Ahora entiende que también fue una de las experiencias que más lo hicieron crecer.

Porque el dolor termina enseñándole cosas a las personas que la tranquilidad jamás podría enseñarles.

Alessandro aprendió, demasiado tarde, que amar no significa poseer.

Que cuidar a alguien no es vigilarlo.     
     Que necesitar demasiadas certezas puede terminar destruyendo la calma de una relación.
     Que existen heridas emocionales capaces de convertir el miedo en una forma silenciosa de control.

Le tomó años aceptar que Anne no fue únicamente alguien a quien amó profundamente.

También fue alguien a quien lastimó mientras intentaba evitar ser lastimado él mismo.

     Esa verdad le dolió más que la ruptura.

Porque es más fácil culpar al destino, al tiempo o a otras personas.

Lo difícil es aceptar la responsabilidad sobre las propias sombras.

Alessandro recuerda que durante mucho tiempo intentó imaginar cómo habría sido su vida si ambos hubiesen sabido amar de una manera más sana.

Si él hubiese aprendido antes a controlar sus inseguridades.    
     Si Anne hubiese sabido expresar más claramente el cansancio que llevaba dentro.
Si ambos hubieran tenido la madurez emocional que solo llegó años después.

Pero la vida rara vez funciona desde el “qué habría pasado si”.

Las personas aman con la versión de sí mismas que tienen en ese momento.

     A veces eso basta para crear recuerdos hermosos…

y también para destruirlos.

Hubo algo que Alessandro entendió muchos años después de haber perdido a Anne:

el amor no siempre fracasa porque desaparezca.

A veces fracasa porque llega cuando todavía no sabemos sostenerlo correctamente.

Y quizá eso fue exactamente lo que ocurrió con ellos.

Dos personas que se amaron de verdad.
Dos personas que intentaron quedarse.
     Dos personas demasiado jóvenes emocionalmente para comprender todo lo que llevaban roto dentro.

Aun así, Alessandro jamás consideró aquel amor como un error.

Nunca.

     Porque incluso el dolor dejó cosas hermosas detrás.

Anne le enseñó a escribir.   
A sentir más profundamente.       
A mirar el amor no solo como felicidad, sino también como responsabilidad emocional.

     Aunque pasaron décadas enteras, Alessandro nunca volvió a encontrar una conexión que se pareciera realmente a la de ellos.

Hubo otras personas.

Algunas buenas.
Algunas pasajeras.

     Pero ninguna consiguió hacerle sentir aquella extraña mezcla de calma y hogar que había sentido junto a Anne.

     Tal vez por eso dejó de buscar comparaciones con el tiempo.

Porque ciertas personas no llegan para repetirse.

Llegan una sola vez.

     Ahora, sentado frente a una ventana mientras Medellín continúa respirando allá afuera como lo ha hecho siempre, Alessandro entiende algo que a los veinticinco años jamás habría comprendido:

amar verdaderamente a alguien también significa aceptar que no puedes cambiar el pasado.

     Solo puedes aprender de él.

Y quizá crecer consiste exactamente en eso:

en mirar las versiones antiguas de uno mismo con compasión… sin dejar de reconocer todo el daño que fueron capaces de causar.

 

Donde aún mora mi amor

Alessandro siempre creyó que el tiempo tendría la última palabra sobre ciertas cosas.

     Lo creyó cuando Anne se fue.  
Lo creyó durante las madrugadas interminables posteriores a la ruptura.
     También lo creyó mientras intentaba construir una vida donde ella dejara de aparecer en cada pensamiento importante.

Pero el tiempo no borró nada.

     Solo transformó la manera en que el recuerdo dolía.

Porque después de cuarenta años, Anne ya no habitaba su vida como una herida abierta.

Habitaba como esas canciones antiguas que uno no escucha todos los días… pero que todavía son capaces de detenerle el alma apenas vuelven a sonar.

Alessandro aprendió a vivir.

Trabajó.
Conoció personas.      
Vio cambiar la ciudad incontables veces.

     Medellín dejó de parecerse a aquella ciudad que ambos recorrieron a los veinticinco años.

Muchos lugares desaparecieron.  
Otros cambiaron de nombre.        
     Algunos simplemente dejaron de existir de la misma manera dentro de él.

Pero había recuerdos que permanecían intactos.

Anne riéndose mientras caminaban entre luces amarillas al final de la tarde.      
El sonido de su voz durante las llamadas nocturnas.       
La manera en que sostenía su mano por encima de la mesa cuando quería tranquilizarlo.

     Durante años, Alessandro intentó convencerse de que eventualmente dejaría de pensar en ella de aquella manera.

Creyó que el amor, como tantas otras cosas humanas, terminaría desgastándose con el tiempo.

Pero ocurrió algo distinto.

El amor cambió de forma.

Se volvió más silencioso.     
Más tranquilo.   
Menos desesperado.

Pero nunca desapareció.

     Hubo otras personas después de Anne.

Algunas llegaron con buenas intenciones.      
Otras intentaron quedarse más tiempo del que realmente podían sostener.

Alessandro incluso llegó a imaginar, en ciertos momentos, que tal vez finalmente estaba aprendiendo a continuar.

Pero siempre ocurría lo mismo.

Algo faltaba.

No era comparación.  
Ni obsesión.

Era ausencia.

     Porque ninguna conversación lograba sentirse tan honesta como aquellas madrugadas junto a Anne.  
Ninguna presencia conseguía darle aquella calma extraña que ella provocaba incluso en medio del caos.      
     Ninguna mirada volvió a hacerlo sentir verdaderamente visto de la forma en que ella lo hacía.

A veces Alessandro se preguntaba qué habría ocurrido si ambos se hubiesen conocido en otro momento de sus vidas.

Más maduros.   
Más tranquilos. 
     Menos heridos emocionalmente.

Tal vez habrían sabido quedarse sin destruirse.      
Tal vez habrían aprendido a hablar antes de herirse.       
Tal vez el amor habría sido suficiente en otra versión de ellos mismos.

Pero con el tiempo dejó de luchar contra preguntas que jamás tendrían respuesta.

Porque algunas historias no existen para resolverse.

Existen para transformarnos.

Anne había hecho exactamente eso con él.

Alessandro jamás volvió a amar de la misma manera.

No porque el corazón deje de sentir después de alguien.

Sino porque existen personas que cambian para siempre la forma en que uno entiende el amor.

Anne fue eso.

     La mujer que le enseñó cuánto podía amar alguien incluso desde sus imperfecciones. 
La mujer que despertó su necesidad de escribir.     
La razón detrás de páginas enteras que jamás habrían existido sin ella.     
Y también el recuerdo más humano de una versión de sí mismo que todavía estaba aprendiendo a amar correctamente.

Alessandro entendió mucho tiempo después que amar no siempre significa retener.

A veces amar significa aprender. 
Crecer.
Cambiar.

     Aunque la vida los llevó por caminos distintos, jamás logró sentir que Anne se hubiera ido completamente.

Porque hay personas que no abandonan nuestra vida cuando se marchan.

Se quedan habitando silenciosamente todo aquello que somos después de haberlas amado.

     Quizá por eso, incluso cuarenta años más tarde, todavía existía una parte de él que seguía guardándole un lugar a Anne.

No desde la desesperación. 
Ni desde la tristeza.

Sino desde ese tipo de amor sereno que aprende a permanecer incluso cuando no puede tocar aquello que ama.

     Porque algunas promesas nunca terminan de romperse del todo.

Alessandro levantó la mirada hacia las luces lejanas de Medellín y sonrió apenas.

La ciudad seguía respirando igual que aquella primera noche.

     Mientras el tiempo continuaba avanzando afuera, dentro de él todavía sobrevivía una certeza imposible de borrar:

si algún día la vida volvía a cruzar sus caminos,

él seguiría sabiendo reconocerla.

Porque después de toda una vida, después de todos los errores, de todas las despedidas y de todos los intentos fallidos de olvidarla, Alessandro finalmente entendió algo:

     Algunas personas no llegan para quedarse un tiempo.

Llegan para convertirse en hogar.

Y Anne, incluso después de cuarenta años,

todavía seguía siendo el lugar donde aún moraba su amor.

 

     Alessandro comprendió demasiado tarde que algunas personas llegan a nuestra vida para transformarla por completo.

Anne hizo exactamente eso.

No fueron perfectos.

Se equivocaron.

Se hirieron mientras intentaban amarse.

A veces estuvieron cerca; otras, demasiado lejos. Y, sin embargo, incluso después del tiempo, de la distancia y de todas las despedidas, hubo algo que jamás consiguió desaparecer:

el amor.

      Porque existen personas que uno no logra olvidar, por más que avance la vida. Personas que dejan de ser únicamente un recuerdo y terminan convirtiéndose en una parte secreta de lo que somos.

Anne siempre fue eso para Alessandro.

Su recuerdo más hermoso.

Su herida más humana.

     Ese lugar invisible al que, de alguna manera, siempre regresaba su corazón.

Tal vez por eso decidió escribir esta historia.

No para corregir el pasado.

No para recuperar lo perdido.

     Mucho menos para cambiar aquello que alguna vez ocurrió.

La escribió para dejar constancia de algo sencillo y, al mismo tiempo, inexplicable:

que existen amores que nunca terminan de irse.

Con el tiempo aprenden otra forma de existir.

     Dejan de pedir presencia, dejan de reclamar palabras y abandonan la urgencia de los encuentros.

Simplemente permanecen.

En una canción.

En una calle.

En una tarde de lluvia.

En el olor de un café.

En una ciudad que conserva, sin saberlo, los pasos de quienes alguna vez se amaron.

Quizá por eso Alessandro volvió a escribir.

     Porque hay historias que no se cuentan para ser terminadas, sino para impedir que el olvido tenga la última palabra.

     Quizá, en algún lugar de Medellín, exista todavía alguien capaz de reconocerse entre estas páginas.

Alguien que también haya amado.

Alguien que haya perdido.

     Alguien que, después de muchos años, todavía guarde en silencio el nombre de una persona a la que nunca consiguió olvidar.

Porque quizá el amor verdadero no consiste en permanecer juntos para siempre.

Quizá consiste en que, aun cuando la vida nos lleva por caminos distintos, alguien continúe viviendo en nosotros.

     Eso, después de cuarenta años, era Anne para Alessandro.

No un pasado.

No un recuerdo.

     Sino una forma de permanecer.