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Julio Cortázar, El escritor y sus cuatro amores de Fernando Rivillas /
Víctor Bustamante
Julio
Cortázar es uno de nuestros clásicos, ya que cuando leí sus cuentos, de una vez
caí atrapado en los brazos de su escritura. Y no solo eso, sino en la forma en
que el escritor los resolvía de una manera inesperada, lo cual enriquecía esa
prosa tan personal, con ese humor que abre fronteras, con momentos paradójicos
que de inmediato nos hicieron decir: somos cortazarianos.
A
esa actitud y aptitud le sumamos su traducción precisa de los cuentos de otro
escritor amado, Edgar Allan Poe. Por supuesto que ahí no se iba a quedar
Cortázar, porque él había decidido convertirse en un escritor de peso, es
decir, con mundo propio tanto en su percepción como en su escritura. Entonces
caemos en su obra máxima, esa que convocó diversas generaciones: Rayuela.
Esa
obra que aún está intacta y que aún guarda el aroma y nuestros afectos por
París, por su relación con la Maga, por sus caminatas a través de las calles.
Cortázar nos lleva junto a él auscultando esa ciudad mítica, a través de las
orillas del Sena, a admirar el Pont des Arts, a perdernos en callejuelas
estrechas y desconocidas, pero, sobre todo, a vivir esa relación amorosa con la
Maga que a veces lo dejaba casi nocaut, así como a saber que Rocamadour estaba
tan presente.
Además,
hay un aliciente que alimentaba la curiosidad en su grado más alto, ya que el
escritor disponía y proponía al juicioso y cautivo lector nada menos que
diversas lecturas de su obra, lo cual permitía buscar otras significaciones,
para de esa manera indagar por otros laberintos, no solo de capítulos, sino en
ese abanico de disparidades en que Cortázar quería que admiráramos y viviéramos
ese libro, su libro, con otras significaciones más profundas y, por supuesto,
con algo muy peculiar en Cortázar: lo inesperado, así como el juego que nos
otorgaba desde su lejanía.
Si
hablo de lo anterior es para algo muy presente: Rayuela
es una obra enraizada en la propia experiencia del autor. Es decir, las obras
literarias, si bien hacen parte del imaginario de cada autor, este siempre se
basa en algo muy presente en cada uno, y es nada menos que la experiencia
vivida. Esa experiencia y ese carácter de ver una ciudad desde la perspectiva
del visitante que terminó arraigado en la Ciudad Luz.
Por
este motivo, Julio
Cortázar, El escritor y sus cuatro amores de Fernando Rivillas
(Planeta, 2026), no solo pulsa su investigación sobre el origen de la novela,
sino que, además, indaga sobre una parte de las mujeres que estuvieron cerca
del escritor, es decir, que tuvieron una relación sólida, dejando de lado a las
ninfas mendaces, múltiples ninfas que revolotearon a su alrededor, alrededor de
esa luz que generaba el talento de Cortázar, pero que se quemaron con el
olvido. Muchas de ellas son mencionadas en la obra, pero pronto se dispersan en
el olvido y bajo las sombras de la anécdota, de una o varias noches o del
intercambio de cartas, donde el modoso Cortázar las dejaba en un silencio
cauto, pero delicioso interregno, que es la vacua espera de quien no regresará
a cortejarlas.
Fernando
Rivillas, después de consultas y análisis, nos deja conocer el aporte que cada
una de estas mujeres, valiosas a veces, despiadadas otras, le entregaron a
Cortázar, lo cual nos retrotrae a esa sentencia que sale del cajón de la
memoria a cada rato: “Detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. Por
supuesto que, en este caso, existieron cuatro grandes mujeres en apariencia, de
las cuales puede inferirse que solo una de ellas puede considerarse su gran
mujer: Aurora Bernárdez.
Sin
embargo, Edith Arón será quien pase a la posteridad como la Maga de Rayuela.
Las incidencias, la vida, su carácter, fueron narrados por Cortázar mientras
descubría París junto a ella. Ella le daba la frescura de su ingenuidad
galopante; a él, un hombre que se refugiaba en ella y al cual le servía de
instructor casi, pero que con ella —o mejor, ambos— caminaron esa ciudad,
encontrando sitios, rincones, museos, teatros, lugares donde Cortázar poco a
poco va creando la ruta de su ciudad, es decir, sus recorridos con ella, que le
servirían de basamento literario en una ciudad que empezaba a recorrer: sus
calles, aceras, parques y recovecos que luego saldrían en su novela.
Pero
Edith Arón, que no creía —o mejor, no se interesaba— en el talento de un
escritor que no triunfaba, nunca tomó esa relación en serio, sino cuando
Cortázar brillaba con luz propia. Es entonces cuando ella confiesa, muchos años
después, que en realidad lo amaba. Es decir, Edith, que no asumió con rigor y
certeza el camino de Cortázar para ser su compañera, se convirtió en la musa
para su novela, ella que a la literatura poca atención le prestaba. Solo cuando
se identificó en la novela se daría cuenta del error tardío de no haber
valorado a este escritor que la había eternizado como modelo para su “otra
total”.
En
una forma de encadenamiento amoroso: Cortázar, cuando ya estaba con Aurora
Bernárdez, le presentó a Edith, que ya salía de su vida. Pero Aurora, celosa
—así no lo expresara—, se dio cuenta de que Edith no poseía talla. De tal
manera, Aurora, que había llegado de Buenos Aires a París, asume el relevo
amoroso, erótico y ético en la vida del escritor, quien asume con ella un serio
y dilatado oficio de escritor. Además, los dos trabajan en la Unesco como
traductores y viajan a diversos países, entre ellos Italia, con ese italiano de
Cortázar que nadie allí le entendía.
Creo
que es la relación más presente en Cortázar, más formativa y más notoria,
debido a que Aurora es toda una presencia en su vida.
Ella
añade sobre Cortázar en El libro de Aurora: “Las
‘virtudes’ personales de Julio, bien conocidas por quienes lo estimaban e
ignoradas por los demás, no son lo importante: lo que cuenta es la obra. En lo
otro hay más posibilidades de duda. E incluso, ¿quién puede meterse a decir,
con certeza, ¿cómo era un hombre? En el caso de Julio, sus actos fueron a veces
contradictorios: muchos de ellos te sorprenderían. No es el caso de convertirlo
en paradigma. Le hubiera repelido. De lo que hay que hablar es de la obra. Para
lo demás: silencio”.
En
efecto, Aurora, al guardar silencio, priva a los biógrafos de saber más de
Julio, olvidando que las biografías se convierten en otra parte de la
literatura y de la investigación que suscita un autor amado por sus lectores.
Sin embargo, pese a esa actitud, Aurora, sin rencores, ya exmujer de Cortázar
—ese Cortázar enamorado que barría a quien fuera a su paso—, se convirtió en la
albacea de su obra y fue quien rescató diversas cartas y manuscritos valiosos
que el autor no había publicado.
En
ese relevo amoroso, Cortázar, en Gallimard, conoce a Ugné Karvelis, quien lo
conduce no solo a esa editorial poderosa para que su obra sea conocida en otros
países, sino para que Cortázar asuma un camino impredecible, ya que el esteta,
el gran escritor, le da por volverse militante político y así comienza a
transitar por los caminos oscuros que lo deslumbran: el de aquellos que se
asumen como misioneros de la izquierda, tanto de la izquierda caviar y de tacón
alto como los “mamertos”, que se las dan de falsos Mesías con su demagogia.
Cortázar
vuelve a sus cauces creativos con Carol Dunlop, aquella escritora canadiense
que conoció en su casa cuando se separaba de su esposo, y a quien luego
Cortázar, consolador a la distancia, invitó a París para asesorarla en algunos
relatos. Terminó siendo su última esposa, con la cual escribieron un libro
maravilloso: Los
autonautas de la cosmopista.
Sabemos,
por supuesto, del interés que experimentó Fernando Rivillas cuando, gracias a
su empeño, dedicó tantos viajes, tantas indagaciones en archivos y conversó con
tantas personas buscando las huellas de su autor amado, lo cual dio como
resultado una obra donde Cortázar respira, camina. Lo sentimos cerca no solo
por Buenos Aires, sino por París, así como en tantos lugares que él visitó,
junto a tantas personas que hicieron posible que, gracias a su talento —ese que
se adquiere con disciplina y tesón—, escribiera de una manera tan llena de frescura
y de gozo.
De
la misma manera, Fernando siguió los pasos de sus travesuras eróticas,
ideológicas, sus discordancias, para situarlo en el plano de un libro
memorable, donde es posible leerlo con efusión, así como son de apasionados la
mayoría de los libros de Julio Cortázar.
De
tal manera, estas cuatro mujeres, tan presentes y valiosas en la vida de Julio
Cortázar, cada una desde una perspectiva muy peculiar, han sido también
valoradas por Fernando, y así ocupan un sitio primordial en la vida de
Cortázar. Cada vez que lo buscamos en este libro, que nos sorprende desde
diversos puntos de vista, comprendemos que un autor siempre tiene un basamento
en su experiencia para volverla literatura.
Con
este libro nos damos cuenta del inmenso aprecio por la literatura, con esa
forma tan peculiar de Cortázar concebirla, al crear ese mundo de cronopios y de
famas, y en esta manera de buscar un equilibrio. Así, siguiendo con Rivillas
los pasos en su libro, conocemos los intríngulis del Cortázar revolucionario,
para estar a tono con su época, pero con una condición —como advierte
Rivillas—: ya habíamos descubierto antes al escritor prolífico y explorador de
otros universos, donde nos demuestra cómo, asimismo, un escritor como él
mantiene su pulso y su mirada sobre momentos en las ciudades que pasaron
inadvertidos.
Fernando
Rivillas nos demuestra que no solo basta escribir bien, sino también darle
sentido a la vida y reconocer que en la literatura puede coexistir
perfectamente la biografía como una manera de acercarnos al autor, a Cortázar,
no como una reminiscencia fatal, sino en todo su esplendor, con sus
aspiraciones y alteridades, y asimismo con sus contradicciones, lo cual se
logra con un equilibrio donde se posesiona su arte de escribir con su vida
misma, hasta donde se puede auscultar, y además saber que de esta eclosión
surge, volcánica, la literatura.
Hay
un capítulo, el último, dedicado a la circunstancia de la muerte de Cortázar,
donde Fernando Rivillas se dedica con paciencia y pudor a esclarecer las
diversas versiones sobre el fallecimiento del escritor. Allí es notoria la
cantidad de consejas y chismes baratos con que se refieren a él en este suceso,
pero que Rivillas sabe capear con sus disquisiciones quirúrgicas y la precisión
de diversas fuentes.
Pero
prefiero al Cortázar presente, vivo, de los otros capítulos que merece estas
palabras, parodiando uno de sus cuentos: “Amamos tanto a Julio”. Además, merece
este trasegar sobre sus amores, sus amigos, sus ciudades, donde uno se contagia
del maestro, de sus palabras inmersas y dispuestas con un peso específico.
Cortázar
no es un rehén para Rivillas, sino un pretexto para rendirle no solo esa admiración
que profesamos, sino también la circunstancia de haber sido un compañero de
viaje —mejor, de vida— en esos momentos cuando despuntaba la curiosidad del
mundo presente, y mejor aún descubrir esa luz brillante que nos enviaba,
rutilante y llena de esplendor, desde París, el mismísimo Julio Cortázar.




