ESCULTOR RODRIGO ARENAS BETANCOURT
–VILLA NEY, SU VIUDA, SUS MUJERES,
SUS CASAS, Y SU OBRA–
Orlando Ramírez-Casas (Orcasas),
entrevistador
Agradecimiento
Agradezco
al amigo Víctor Bustamante Cañas por aceptar la propuesta de unirnos en esta
entrevista a María Elena Quintero viuda de Arenas Betancourt; y los dos
agradecemos a ella por concedérnosla.
Precisión
geográfica
Para
iniciar, debemos tener presente que la zona donde nació el maestro Arenas se conoce
en Fredonia como la “zona alta”, en el noreste del municipio, de la que
hacen parte las veredas Travesías, El Plan, La Toscana, y El Uvital, con separaciones
no siempre claras (como decir un camino carreteable o una cañada divisoria) y
para reconocerlas hay que ser oriundo de allá o ser viejo habitante de la zona.
Saber esto nos permite entender lo del nacimiento del escultor que pasaba de
los brazos de su madre a los de su abuela por caminos interveredales, y
viceversa.
Dice
María Elena, su viuda, que:
“A la casa donde nació en El Uvital me llevó a vivir, y me consiguió un
puesto de maestra de escuela rural para tenerme ocupada mientras él se dedicaba
a sus muchas labores. Allá vivimos, pero no es la que muestran con algunas
obras de él en un video que hicieron sobre ese municipio”.
En
El Uvital vivió los primeros años de la niñez, y de allí son sus primeros
recuerdos.
Cuando
su viuda María Elena Quintero de Arenas Betancourt nació en el año de 1950, él
era un hombre de 31 años que llevaba seis años viviendo en México.
La
ciudadanía mexicana de Rodrigo Arenas
Gabriel
García Márquez era reportero del periódico El Espectador, y no tenía
reconocimiento mundial, cuando hizo un reportaje al escultor fredonita que
estaba hospedado de paso en el Hotel San Francisco de Bogotá, reportaje
publicado en febrero de 1955 y reproducido en el libro “Crónicas y
reportajes”, que es una compilación de varios trabajos de Gabo para ese
periódico en sus inicios reporteriles. Empieza la entrevista con la siguiente
anécdota contada por Arenas Betancourt en la página 59 del citado libro de Gabo:
“En 1953 un grupo de artistas de México visitó en comisión al presidente
Adolfo Ruiz Cortines, y uno de ellos vestía un polvoriento y gastado overol.
Entre el grupo de pintores y escultores, el pequeño y sólido visitante del
overol parecía el más mexicano de todos, un indio puro, con su cabello indómito
y su indescifrable rostro de cobre. Sin embargo, ese era el único de los
comisionados que no había nacido en México, sino en la fracción rural de El
Uvital en el departamento colombiano de Antioquia. Muy pocos compatriotas suyos
sabían entonces que se llamaba Rodrigo Arenas Betancourt, y acaso ninguno lo
admiraba tanto como el presidente Ruiz Cortines que se había pasado una tarde
completa contemplando el monumental “Prometeo” de siete metros de altura que el
sencillo colombiano del overol había levantado frente a la Torre de las
Ciencias Exactas, en Ciudad de México”.
De
esa comisión hacían parte todos o casi todos los grandes muralistas mexicanos
como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo,
la pintora Frida Kahlo, y otros; y ser invitado a unirse de último momento, sin
dar tiempo de cambiar las ropas de trabajo, fue un honor debido a que el
presidente Ruiz Cortines había preguntado por qué él no estaba allí. Tuvieron
que suplir rápidamente ese reclamo y enviar a buscarlo.
Sorprendido
el presidente Ruiz Cortines de que Arenas no fuera mexicano, tomó la decisión
de concederle la ciudadanía de ese país, por considerar que bien la merecía.
Lo
que Gabo no sabía en el momento de la entrevista, y para ese momento Arenas no
podía revelar al periódico porque el proyecto era confidencial, el escultor
había firmado apenas un par de semanas antes un contrato por $300.000 para
elaborar la escultura del Bolívar Desnudo de Pereira, con el que la
municipalidad pensaba celebrar en el mes de agosto de 1963 el centenario de su
fundación. La escultura de bronce, de once toneladas de peso, fue fundida en
México y transportada en barco desde el puerto de Acapulco hasta el de
Buenaventura por el Océano Pacífico. En su momento fue un escándalo, porque a
Bolívar el pueblo lo imaginaba vestido con botas y casaca militar de
charreteras, ignorando que al transponer el Páramo de Pisba el Libertador andaba
en cotizas y no tenía camisa de repuesto, por lo que debía poner a secar la que
se quitaba en el día a día. Por cierto que Bolívar transpuso ese páramo a lomo
de mula y no en el caballo Palomo. Para atravesar páramos, los caballos no
tienen la resistencia de las mulas.
Arenas Betancourt, el escultor
Para
ser sinceros, no es fácil hablar de un tema sobre el que se diría que ya se ha
dicho todo, pero teníamos que abordar por algún lado la tarea.
Después
de superar su humilde origen campesino del Uvital, y de haber pasado por varias
escuelas de primaria, y hasta fugazmente por una beca en el Seminario de
Misiones de Yarumal, de donde no tuvieron necesidad de echarlo porque él mismo
lio bártulos y se escapó, lo que le valió una reprimenda de la madre y una
azotaina del padre que ya se soñaban con un hijo cura, Arenas llegó para ir a estudiar
bellas artes en Bogotá, de 1939 a 1941, donde casualmente conoció al escritor
Jorge Zalamea Borda. Regresó a Medellín con habilidades escultóricas
reconocidas por un pequeño pero importante puñado de amigos, que contaba con
Belisario Betancur Cuartas, Otto Morales Benítez, Jaime Sanín Echeverri, Hernán
Merino Puerta, y otros. Estos conformaron un grupo denominado PRAB (Pro o para Rodrigo
Arenas Betancourt), seudónimo con el que publicaron artículos de prensa cuyos
emolumentos constituyeron en un fondo para patrocinar y becar a este prometedor
y desconocido escultor con un viaje a México para que estudiara Bellas Artes en
ese país, al que viajó con un par de recomendaciones del ya para entonces exembajador
de Colombia en México Jorge Zalamea Borda, que lo había sido por los años de
1941 y 1942. Arenas llegó a Ciudad de México en marzo de 1944, y ese país era
su meca artística por encontrarse allí los grandes muralistas mencionados, que
se convirtieron en amigos suyos; pero no fue fácil elevarse a su nivel porque,
como dijo García Márquez, antes “tuvo que pasar por todo” lo habido y
por haber, o como decimos por estos lados “comer de las verdes y de las
maduras”.
Las
casas de Arenas Betancourt
Hay
que anotar que la casa donde nació, paupérrima y humildísima, no dejó en él
ningún recuerdo; y muy humilde y pobre era también la de la abuela materna que vivía
en la vecindad, ambas construcciones se ven muy deterioradas por el tiempo en
un video del canal local Tele Fredonia.
Dice
su viuda que:
“Vi ese video, pero la casa que muestran como museo no es la misma donde
vivimos cuando mi hija Elena María estaba de brazos. Por cierto que la obras
que muestran allí como regaladas por Margarita, su hermana menor, que en este
momento está muy anciana y con la memoria perdida, fueron sacadas sin mi
permiso de la casa de Belén Granada. Uno no puede regalar lo que no es de uno,
y hay un litigio jurídico de restitución patrimonial al respecto. Creo que
debido a ese litigio la pretendida casa museo de Fredonia ya está cerrada,
hasta que el juzgado emita su fallo”.
Al
regresar Arenas a Colombia, en la década de los años sesenta, compró una casa
en la calle 29 con carrera 72 del barrio Belén Granada de Medellín, y se trajo
de Fredonia a sus tres hermanas mujeres: Elvia, Mariela, y Margarita. Las dos
primeras murieron, y queda Margarita de avanzada edad y con la memoria perdida.
Ocasionalmente las visitaba su tía Rosa que a lo último estaba también de edad
avanzada y viajaba en compañía de Oscar Ossa, el joven que la cuidaba. Los
últimos dos meses, con su salud ya muy precaria, los pasó la tía allí, y allí
murió. Ossa se quedó viviendo con la tía Margarita, y no se sabe cómo
tramitaron con una abogada la venta de esa casa. Ese es otro elemento
patrimonial que se encuentra en litigio, a la espera de que los jueces
determinen la validez de la operación que concluyó en el traspaso de esa casa.
Dos litigios hay pendientes por cuenta de Ossa y sus asociados.
Los
otros hermanos de la familia paterna en Fredonia, varones, fueron Alfonso, José
de Jesús, y Diego. Alfonso y José de Jesús, casados, vivían aparte. Diego venía
ocasionalmente a Medellín, y se quedaba en casa de sus hermanas, pero regresaba
a Fredonia en donde tenía sus actividades.
Al
visitar el “Hoyo de Misiá Rafaela” en el sector de La Toma en el barrio
Buenos Aires, donde al decir de García Márquez el escultor vivió por corto periodo
en sus primeros tiempos de estudiante de Bellas Artes en Medellín, no se
identifica cuál fue ese lugar de residencia.
Vivió
lapsos en París, Grecia, Italia, en casas y hoteles que no quedaron marcados
para su historia; y seguramente vivió también en varios sitios más.
No
hubo una casa donde viviera con la escultora mexicana Celia Calderón de la
Barca Olvera, su primera esposa, porque ella lo visitaba en el taller del
convento de San Diego en la ciudad de México, y se casaron en notaría ad portas
de ella viajar a Londres. David Alfaro Siqueiros fue el testigo o padrino de
bodas. Ella fue la que propuso matrimonio, “para tener al menos un doliente
en este país”.
Ángel
Rodrigo Arenas Betancourt nació, según su decir, en la Vereda El Uvital de
Fredonia, Antioquia, el 23 de octubre de 1919 (y no de 1921, como dicen
algunos), y para saber la fecha exacta hay que tirar una moneda al aire porque
nació con un pie en el jueves 23 y otro en el viernes 24, debido a que los
trabajos de parto empezaron antes de la medianoche, y él nació al empezar la
madrugada. El 23 quedó como fecha oficial de nacimiento.
Celia,
nacida el 10 de febrero de 1921, era apenas un año largo menor que Arenas,
nacido el 23 de octubre de 1919.
Para
cuando ella regresó a México, era vox populi en los entornos de Arenas que para
olvidar a su maestro el pintor Julio Castellanos ella había viajado en pos del
amor de su vida, el escultor británico Henry Moore, pero él no la recibió
porque estaba casado con la pintora ucraniana Irina Radetsky. Celia volvió de
Londres, desdeñada y decepcionada, pero se encontró con que Arenas ya estaba
viviendo con Lydia Rosas, la mexicana que convirtió en su segunda esposa.
Estando
Arenas en Medellín el 9 de octubre de 1969, y teniendo con María Elena a su
primera hija Elena María, recibió una llamada telefónica del fotógrafo
Guillermo Angulo desde México con una contundente noticia que lo dejó
anonadado:
–
“Celia se
suicidó”.
Arenas
y Celia no tuvieron hijos.
Cuando
Celia volvió de Londres a México, Arenas estaba viviendo en Axotla con Lydia
Rosas Rodríguez, su segunda esposa. Tuvieron tres hijos: José Patricio, Rita
Virginia, y Margarita. Vivieron en esa que convirtió en casa taller, y hay allí
muchos cuadros y dibujos, pero no hay esculturas de formato pequeño porque
Arenas al pelearse con Lydia se trajo para Colombia las obras de volumen que
tenía en el taller y, naturalmente, allá solo quedaron las obras monumentales
instaladas en lugares públicos de ese país. Lydia Rosas falleció cinco años
después de haber fallecido Rodrigo Arenas y, fallecida la madre, la casa de
Axotla es conservada con sentido patrimonial por los hijos de la familia
mexicana de Arenas.
Cuando
contrajo su tercer matrimonio, en Medellín, con la poeta María Elena Quintero
de Arenas Betancourt, adquirió la propiedad campestre de Villa Ney en la vereda
El Cano, que queda a cincuenta metros de la carretera vieja a la entrada urbana
del municipio, limitando con la vereda La Tablaza del municipio de La Estrella.
A pesar de la cercanía con la cabecera municipal, el predio era y sigue siendo
campestre, pero los alrededores se van poblando cada vez más de casas y
edificios.
Los
matrimonios de Arenas Betancourt
Estuvo
casado con tres mujeres: la primera fue Celia Calderón de la Barca Olvera, que
lo dejó viudo y sin hijos, a quien describe diciendo que era:
“Una mujer india, cruel, déspota, extraña, áspera, dura, inflexible, que
no perdonaba ni transigía… y sólo algunas veces, muy pocas, tenía inflexiones
de ternura”.
En
el libro Crónicas piensa en ella y le hace el reclamo:
“Desde aquella
mañana en que te encerraste en tu nauseabundo salón de clases de pintura en la
Academia de San Carlos, te pusiste la pistola en la sien, jalaste del gatillo,
y te volaste los sesos…”.
¿Cuál
pudo ser el encanto de esta mujer, para que Rodrigo Arenas se prendara
incondicionalmente de ella? Él así lo describe en el libro Crónicas:
“Era bella, con esa cierta belleza ambigua de algunas indígenas mayas, y
con un ligero dejo de masculinidad. Se le notaba ese acento masculino en su
actitud desafiante ante la vida, y en esa cierta prevención a no dejarse
dominar, y aún en la energía física que desplegaba por momentos. Ahora pienso
que no era mujer para ser compañera, y menos para ser esposa. A pesar de todo,
yo la amé como un loco furioso, como un enajenado… Puedo decir, aún a costa de
que mancille su recuerdo, que era una mujer sensible a los juegos eróticos. Su
piel sedosa y morena se estremecía al tacto. Besaba con una voracidad e
intensidad que enajenaba…”.
No
se diga más. De una mujer así es difícil escapar, y el corazón de Arenas no la
pudo borrar.
La
segunda, Lydia Rosas Rodríguez, que le dio los tres hijos mencionados y de la
que se separó para viajar a Colombia cuando su relación se había deteriorado
por causa de lo que llaman “incompatibilidad de caracteres”. Sobrevivió
cinco años a la muerte del escultor.
Y,
la tercera, fue María Elena Quintero de Arenas Betancourt, con la que tuvo los dos
hijos ya mencionados, y a la que él dejó viuda por dejarse arrastrar por los brazos
de la muerte.
Otras
mujeres en la vida de Arenas Betancourt
Las
mujeres que pasaron por su vida fueron muchas y de todos los pelambres. Mujeres
no le faltaron, pero él empezó su vida amorosa con el pie izquierdo sufriendo
los horrores de una decepción sentimental. Cuenta él a la Dra. María Cristina
Laverde en la página 59 del libro “Rodrigo Arenas Betancourt, el sueño de la
libertad, pasos de una vida en la muerte” que:
“Analizar el amor es cruel… absolutamente irracional, fatalidad e
irremediabilidad que no acepta raciocinio… Es como un toro que se suelta a
chocarse contra todo… El amor se consustancia con mi existir. Desde los
primeros recuerdos, siempre he sido tímido. Con frecuencia el amor platónico me
ronda. A los catorce años me enamoré frenéticamente de la hija del juez en
Fredonia. Jamás le dije una palabra porque le tenía un miedo de horror. En el
amor he sido imbécil e irracional, y así moriré”.
El
juez pertenece a la élite aristocrática de un municipio, y una hija suya no se
conforma con alguien que sea menos que hijo del boticario. Un campesino venido
a la cabecera desde una remota vereda, con el capote pegado a los talones, no
califica para pretendiente suyo. El campesino que fue rechazado sin haber
abierto la boca se refugió en brazos de una jericoana non sancta, según cuenta él
en el libro de la Dra. Laverde.
Arenas
menciona en la página 213 del libro “Los pasos del condenado”, de su
autoría, a la mexicana Mariana Yampolsky, “Que fue un amor blanco de
juventud”, y eso tal vez signifique que fue solamente un amor platónico.
Menciona en la página 217 del mismo libro:
“A Esperanza,
que iba de pueblo en pueblo vendiendo suspiros de azúcar para traer al condenado
con su oscura carga de afecto”.
El
condenado es el seudónimo con el que él se autonombra. Luego menciona a Ofelia,
y a Lucía, y a Germana… En la página 151 menciona que el “Prometeo” en
México lo hizo amparado bajo el arrullo de Constanza Herrera, la andrógina
chica que también menciona en la página 11 de su libro “Crónicas de la
errancia, del amor y de la muerte”; y en la página 151 de “Los pasos del
condenado” habla de que el “Monumento a los Lanceros” del Pantano de
Vargas en Paipa, Boyacá, lo hizo a martillazos endulzados por las caricias de
Margarita… la Margarita que reafirma en la página 160 de ese libro diciendo que
fue:
“…Fue un amor casto y era una mujer hermosa, de extracción campesina, que
se desenvolvía con una cierta rigidez en el contexto social, lo que le daba una
especial personalidad, un aire hermoso que atraía”.
Dice
ese libro que Arenas:
“La encontró trabajando en Coltejer, cuando fundía en bronce en los
talleres de Furesa el Córdova de Rionegro, y después el de los Lanceros que se
fundió en Medellín y fue trasladado a Boyacá”.
Dice
él en las páginas 165 y 166 de “Los pasos del condenado” que:
“Una mañana brumosa partió… hubiera querido ir al aeropuerto y detenerla…
en la distancia sonó el avión y él estaba petrificado… en él iba Margarita… a
ella le dolía el corazón y quería morirse”.
En
entrevista al periódico El Tiempo puso la pieza que faltaba en el rompecabezas:
Su nombre era Margarita Muriel. Algo se rompió entre ellos en el momento en que
por alguna razón ella no pudo darle el hijo que él quería, pero fueron cosas
del destino que en la vida del maestro se apareciera María Elena Quintero, a
quien vinimos a entrevistar en la casa taller de Villa Ney donde él vivió sus
últimos días “porque aquí vivíamos. Él iba a Armenia a pagar trabajadores, y
teníamos lo de Armenia como casa campestre, de recreo”.
En
su libro “Pasos del condenado”, Arenas recuerda a Eunice, una mujer
bella que conoció en algún burdel de Medellín y que, disgustada, se fue a vivir
a Tailandia a ganarse la vida con el sudor de sus sudores. Un día metió ella sus
ahorros entre el corpiño y vino a buscarlo para proponerle matrimonio. Lo
encontró en la vereda El Uvital de Fredonia, casado con María Elena que ya
tenía a su hija Elena María de brazos y, frustrada y decepcionada, Eunice volvió
al Asia o “a algún lugar del mundo” para seguir haciendo lo que mejor
sabía hacer, o tal vez lo único.
En
el artículo “Rodrigo Arenas Betancourt, ave fénix que resurgió de su
secuestro”, publicado en el blog Postigo de Orcasas, hago el siguiente
recuento sobre otras mujeres que pasaron por la vida del escultor:
Como
el hombre no vive solo por amor al arte, ni vive solo del arte, ni vive solo
del amor; en sus viajes por el mundo Arenas no solo se dedicó a visitar museos
y lugares históricos, en aquellos días en que no había asentado cabeza, sino
aquellos lugares del sexo que no es amor sino sólo amor al sexo. Así lo dice en
la página 59 de “Pasos del condenado”:
“Sólo he podido escanciar la vida en los inciertos rostros y cuerpos de
las muchachas que, como sombras, esperan a los fantasmas bajo los dinteles
destartalados de México, Washington, París, Roma, Atenas, Sevilla, El Cairo, Barcelona,
Mérida, Manzanillo, Fredonia, Cochabamba, El Pireo (¡Ah, El Pireo!)…”.
Cuando
se trata de recorrer el mundo, hay que conocer el mundo para volverse un hombre
de mundo. De sus recorridos recuerda en la página 81 de “Pasos del condenado”
que:
“Fui feliz persiguiendo a una negra maorí desnuda por las calles de Saint
Denis de París, mientras las gentes gritaban divertidas la negrés, la negrés,
la negrés…”.
La
maorí de brillante piel de ébano, a la que sorprendió esculcándole los
bolsillos y rapándole la billetera con sus únicos haberes, fue una experiencia
como para que se hiciera con ella una película.
También
recuerda en la página 85 del mismo libro otros escarceos…
“…Con María Eunice Agudelo Puerta, que estará en alguna parte del mundo
exhalando su lácteo aroma y por ese camino, por las anfructuosidades deliciosas
de su cuerpo, el condenado se va hasta su
amarga-hermosa-ardorosa-emputecida-juvenhombretud”, pensando que “Antes de que
me maten, sueño con el coñito de María Eunice, sueño con la juventud, mi
juventud maldita, y también en Fredonia, entre malparidos… el tormento de
recordar aquellos días floridos y sombríos, asumidos en el pueblo, que estaban
cargados de esperanzas, remordimientos y frustraciones”.
Con
María Eunice Agudelo Puerta da inicio en la página 9 de su libro “Crónicas
de la errancia, del amor, y de la muerte”, citándola como una “mujer
mancillada y luminosa, que encontré sollozando en una casa pública y nocturna…”.
El secreto de María Eunice era, según cuenta en la página 51:
“…La tierra, la montaña abierta, las manos que imploran en la noche, los
ojos que son como mares de lágrimas… y un sexo insaciable e hirsuto”.
Ahí
está el secreto de Eunice.
Y
en la página 116 de “Pasos del condenado” recordó a Ofelia, cuyo nombre
se hizo tatuar en la tetilla izquierda, el frustrado amor que le hizo un nudo
de lágrimas en la garganta con sus desdenes. Y recuerda en la página 90 de ese
libro a “La Gitana” de sus días de putañero cuando era un montañero que
buscaba la zona de la putería, junto con “La Jericoana” a la que fue
empujado por el zapatero que le dijo, según dice en la página 118 de “Pasos
del condenado”, que “Tú le gustas a la jericoana”.
Esa
frase tiene más magia que cualquier afrodisiaco.
En
la página 12 de “Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte” menciona
a Ana Magdalena Armel de Carvalho, y se reconoce como:
“El desdichado peregrino que sembró en tu alma, en tus pechos, en tu
sexo, el signo del amor; y así me lo dijiste una noche cargada de blasfemias.
Intento escribirte para recordarte y para amarte, mujer de Sopetrán, mujer
estéril, amarga, agridulce, mía y ajena, casta y puta, de amor rencoroso,
abierta como una herida y sellada como un misterio…”.
De
Esperanza Olivares Santana, india de Zacoaltipán, dice en la página 13 de esas
crónicas que:
“Su figura escuálida se me viene a la memoria con los bancos de la
escuela, el patio de recreo, la estampa rechoncha del maestro…”.
De
ella vuelve a decir en la página 28 del mismo libro que:
“…Era una criada del vecindario que me cayó con necesidad de marido y nos
liamos luego, luego; y al fin, como yo no tenía nada que ganar, pero tampoco
que perder, me fui a vivir con ella a las calles de El Nogal, cerca de San
Cosme… Era una vieja puta, inocente, enamorada, y cachonda, que venía de
Zacoaltipan en el estado de Hidalgo. India de a tiro, con su personalidad
madura y agradable, vivía en aquella vecindad con el hermano y sus cuñados, y
tenía un muchacho de algunos años que de ninguna manera impedía nuestros
desfogues. Era una mujer valiente que había salido de su tierra con
dificultades, acosada por el hambre y por los pretendientes. Hacía bien de
comer, y yo me divertía consumiendo el pescado frito con fríjoles y el plátano
maduro cocido que hacía. Dentro de aquella miseria de espanto pasé unos días
felices y tranquilos porque todo me daba igual y todo estaba todavía por
delante. Es muy claro y confuso a la vez el cómo perdí a Esperanza Olivares.
Muy claro, porque sabía de sus infamias y fui testigo de sus infidelidades y de
sus desmanes de prostituta; y muy confuso porque a su lado fui feliz. En los
peores momentos de mi destierro, ella me enseñó los misterios de la vida, los
mimos, las súplicas, las caricias, los celos, y el lecho tibio. A su lado sufrí
mucho, y fui infinitamente feliz”.
Y
en la página 13 de Crónicas recuerda a una mujer que:
“Ni siquiera he conocido tu nombre, pero ceñí a tu vida mi ansiedad de
bestia alucinada; y, de rodillas, besé tu sexo, oscuro paraíso, bosque
encantado, origen de mi cosmogonía; mujer de ojos garzos sobre la piel morena:
Amo en ti a la tierra profanada…”.
Muchas
otras menciona en las páginas de sus libros, con sus nombres, con sus
iniciales, con simples referencias de su paso fugaz pero imborrable, y juntas
todas se convierten en los fantasmas que lo atosigaron en los días del
secuestro que sufrió cuando ya había doblado muchas páginas en su vida y para
contarlas, para escribirlas, para publicarlas, pidió a su amigo Dr. Otto
Morales Benítez que, según dice en la página 24 de Crónicas que:
“No sé si puedas encontrar editor y tampoco sé si estos apuntes lleguen a
mortificar oídos inocentes, pero te ruego que te defiendas con ellos así como
están, sin hacerles recortes o mutaciones mojigatas”.
El
borrador que envió a su amigo Morales Benítez tal vez no pasó el escrutinio de
la censura editorial porque no llegó a ser publicado.
Casa
taller campestre de Villa Ney en Caldas-La Estrella
Esta
casa la compró en la vereda El Cano, sobre la antigua vía que conduce de
Medellín al municipio de Caldas, y en las goteras de la zona urbana de este
municipio. Allí llevó a vivir a su tercera esposa, María Elena Quintero, y a
sus dos hijos Rodrigo José y Elena María. Allí vive su viuda, convertida en
guardiana del patrimonio artístico y cultural, legado por el artista, lo que le
supone ingentes gastos de sostenimiento que incluyen mayordomo permanente
encargado de oficios varios y armado con escopeta, y varios perros guardianes.
“No puedo prescindir de ellos”, nos dice María Elena, “porque al
menor descuido en el día o en la noche se entran los ladrones y desmantelan lo
que quedó”. Ya ha sido víctima de robos y sustracciones, y en su caso habla
la voz de la experiencia.
Esta
casa campestre, llamada Villa Ney en recuerdo del Mariscal Michel Ney, del
ejército de Napoleón Bonaparte, cuya entrada se aparta menos de un centenar de
metros de la vía de llegada a Caldas, está resguardada del exterior por un
amplio portón con la jaula de los perros en primer lugar a mano derecha, y el
alojamiento de Edison, el mayordomo, a continuación que “entré a trabajar
con el maestro y con doña María Elena desde que era casi un niño”.
Al
centro está la casa antigua de corredores que alberga a los ocupantes con sus
estancias de habitaciones, sala, comedor, cuartos de baño, y demás recintos
necesarios para la comodidad de los ocupantes; y con el taller artístico en que
trabajaba el maestro en la parte de atrás. Rodeando la casa, en los
alrededores, hay dispuestas esculturas de distintos tamaños y de las distintas
temáticas trabajadas por él, amén de maquetas, proyectos, esculturas pequeñas,
dibujos, bocetos, cuadros. Hay una pequeña biblioteca, y hay también
fotografías. Al fondo se ve un hangar y María Elena aclara que “ese es el
automóvil de mi hija que está al lado de las habitaciones ocupadas por ella y
por mi nieto Miguel Ángel”. El joven, que ya pasó los años de la
adolescencia, se acercó a darnos la bienvenida y ofrecernos alguna atención.
Está acostumbrado a que su abuela reciba visitantes.
–
¿Conociste a tu
abuelo Rodrigo?, le preguntamos.
–
Nací cuando él
tenía diez años de muerto, pero habiéndome criado en esta casa donde su
presencia se siente en todas partes, en las paredes, en el jardín, en las
pinturas y esculturas, y oyendo permanentemente hablar de él, es como si me
hubiera cargado en los brazos. Yo he vivido, y vivo, con él.
María
Elena, la abuela, afirma:
–
Aunque mi hijo y su
familia también pasan a saludarnos, mi hija y mi nieto son mi apoyo y compañía,
porque de lo contrario entre estas paredes se sentiría una soledad abrumadora;
pero lo que dice mi nieto es cierto. La presencia de Arenas se siente aquí por
todos lados, y nosotros vivimos con la misión de preservar su legado y su
memoria.
– Y, ¿No estás ya cansada, María Elena, de
entrevistas para hablar sobre el maestro?
–
¿Sabes que no,
querido? Estas entrevistas no cansan porque contribuyen a mantener viva la
memoria de un artista inmenso que me dio el orgullo de compartir nuestra vida y
procrear a nuestros dos hijos.
– Sobre sus matrimonios y sus mujeres él habla
en los libros y, al parecer, no deja nada en el aire. Todo está dicho. Pero no
sé si alguna vez haya hablado contigo sobre esos asuntos.
–
Muy poco, por no
decir casi nada. Esos temas no son cómodos de tratar en una pareja. Yo no
desconocía sus escarceos, pero prefería mantener una distancia, por dignidad
que él también respetaba. El mundo era el mundo, y el hogar era el hogar.
– Las parejas matrimoniales se tienen apodos de
trato en la intimidad. En el caso de ustedes, ¿Cómo se trataban?
–
Él me decía
“Gorda”, y yo a él le decía simplemente Arenas, por lo general, o también le
decía “Maestranza”, reconociéndole su calidad de maestro.
– ¿Maestranza? Tal vez te sentías intimidada
por el maestro.
–
Con los años de
larga convivencia e intimidad las distancias tal vez no se borren del todo,
pero las personas se acercan. Sin embargo, un aspecto de él para resaltar es
que en nuestras conversaciones salía a relucir el maestro y siempre estaba
explicándome alguna cosa de la mitología griega, o de la romana, o de la
historia universal. Mi vida con él fue un continuo aprendizaje.
– Las obras monumentales del maestro son
suficientemente conocidas, como el Prometeo de la Universidad UNAM de México;
el de la Universidad de Antioquia; el Monumento a la vida en Suramericana de
Seguros de Medellín; el Monumento a la raza en La Alpujarra de Medellín; La
Gaitana en Neiva; Los Lanceros en Boyacá; Bolívar Desnudo en Pereira; el
Córdova de Rionegro; el Cristo de la Catedral de Barranquilla; La revolución en
marcha de Valledupar; y tantas obras de gran tamaño regadas por la geografía
nacional. Están las obras privadas, y las de pequeño formato. Están las
pinturas. Está la temática indígena mexicana. Están los estudios sobre Bolívar.
están los Cristos. Un amplio inventario es el que trae el libro de la Dra.
María Cristina Laverde en sus últimas páginas. ¿Cuáles son tus preferidas?
–
Su obra es un todo,
y es monumental; pero, en lo personal, me siento atraída por las esculturas de
la serie Los Amantes, y por la serie de Los Flautistas. En las primeras, el
amor está apenas insinuado, y en las segundas la flauta física no aparece sino
que está también insinuada por la posición de las manos, de la boca, y de los
dedos que parecen estar tocando unas teclas. Pero hay otra faceta de la
producción de Arenas que no es tan conocida, y es su faceta de escritor. Él fue
un gran escritor, y yo soy admiradora de sus libros y de sus escritos.
– Hay unas que yo llamo “las esculturas
misteriosas” de Rodrigo Arenas. Se sabe que son de él, pero no han corrido
con la mejor de las suertes. Una es, por ejemplo, la que no sé si es del grupo
denominado “Los amantes”, que vi en un quiosco frente al atrio de la
iglesia catedral del municipio de Caldas. Me dicen que alguna vez tuvo placa
identificándola e identificando el nombre del escultor, pero esa placa
desapareció y hasta el momento ninguna otra placa ha venido a reemplazarla. Los
que pasan por su lado la ven sin saber de qué se trata.
–
Estuve hablando con
los funcionarios de la Casa de la Cultura, y me dijeron que la están buscando
en las bodegas para regresarla a su lugar.
– Hay otra titulada “La familia”, que
consiste en un hombre desnudo que sostiene a una mujer desnuda que sostiene a
un niño desnudo. Iba a ser instalada en el municipio de Fredonia, pero por
razones que ignoro no se pudo. Fue adquirida por Pablo Escobar Gaviria para el
frontis del edificio Mónaco, pero el edificio fue impactado por una bomba y
luego fue demolido. Para saber el paradero de la estatua hay que preguntar al
Mono de la Pila o enviar para que “Lo averigüe Vargas”, en Bogotá. La
última vez la vieron en los sótanos del Museo de Antioquia en calidad de préstamo
o custodia por parte de la Policía, pero esta institución la retiró de allí y
no se sabe adónde fue a parar.
–
De esa no sé.
Espero que la encuentren y le den un tratamiento por su valor artístico y no
por los antecedentes de su propietario.
– Hay un desnudo de John Lennon, que fue
adquirido por Carlos Lehder Rivas para su hotel La Posada Alemana en el Eje
Cafetero, pero tras la deportación de Lehder a Estados Unidos, y la venida a
menos de sus propiedades en los departamentos del Viejo Caldas, la escultura
desapareció y fue a dar al paraíso de las cosas perdidas. ¿Has vuelto a saber
sobre ellas?
–
Sí. La familia de
Lehder se enteró de que pensaban convertir la escultura en chatarra, y la
escondió para preservarla. Ahora, que Lehder ha regresado, entiendo que la han
devuelto a la entrada de ese establecimiento en la ciudad de Armenia.
– ¿Por qué Arenas resolvió volver a Colombia y
radicarse acá, si en México tenía una carrera apreciada, una nacionalidad, un
hogar con hijos?
–
Había tenido un
disgusto fuerte con su mujer de allá, y las relaciones entre ellos andaban muy
mal, mientras que en Colombia las perspectivas de trabajo se habían ampliado
con lo del Bolívar Desnudo de Pereira, seguido por el Córdova de Rionegro y Los
Lanceros de Boyacá. Colombia se volvió un lugar de muchos contratos y eso
ameritó que se instalara de nuevo por estos lados.
– Naturalmente. Eso es entendible para la
década de los sesenta. Luego llegaron los años setenta y apareciste tú. Eso
tuvo que cambiar totalmente el proyecto de vida del maestro.
–
Sí, lo cambió.
Enamorarnos y tener una vida juntos marcó unas nuevas prioridades para él.
– Él no trabajó como asalariado, y por lo tanto
no cotizó para pensión de vejez. ¿Cómo llevas tu vida en ese sentido?
–
En lo económico lo
que nos descompensó fue el secuestro por parte de las Farc. Ellos pensaban que
él tenía guardados debajo del colchón los dineros recibidos por las obras
instaladas en los distintos lugares, pero la realidad es que a medida que se
iban recibiendo los anticipos se iban gastando. Una obra de esas demanda muchos
gastos desde la preparación hasta la entrega. Dinero no había, y hubo que hacer
maromas para recabar lo que a ellos se les entregó para que lo devolvieran
vivo. Lo devolvieron, pero él no volvió a ser el mismo. Yo dependo de las obras
patrimoniales que dejó, y ocasionalmente logra venderse alguna copia de formato
pequeño para colecciones particulares. No es mucho, pero unido al trabajo de
mis hijos hemos podido sobrellevarla hasta el momento.
– ¿Por qué dices que él no volvió a ser el
mismo?
–
Porque
emocionalmente ese secuestro lo derrumbó. Hasta ese día él era simpatizante de izquierda,
y recibir el ataque de parte de ellos removió sus cimientos políticos. Porque
sentirse atado, literalmente, de brazos y piernas, con los ojos vendados,
maltratado sicológicamente, lo hizo sentir impotente, y saber lo que le estaban
haciendo a su familia, a nosotros, lo hizo sentir ira. Llegó deprimido, y no se
recuperó de la depresión. Se refugió en el licor, y el licor le alteró el
genio. La convivencia con él se volvió difícil, y la armonía de pareja se vino
al piso. Las cosas para mí tampoco eran fáciles, y para mí la vida tampoco
volvió a ser lo mismo. Luego descubrieron lo de su cáncer, y el declive se
aceleró. Es posible que el cáncer se hubiera despertado, o por lo menos se
hubiera agravado, como consecuencia de ese secuestro. El libro “Los pasos del
condenado” es una bitácora de lo que sufrió.
– Hace mucho tuviste la idea de conformar en
Villa Ney o en otra ciudad una casa museo para preservar el legado artístico
del maestro, y estableciste una fundación con ese propósito, ¿Qué ha pasado
para que tal cosa no haya ocurrido hasta el momento? ¿Hay posibilidad de
concretar ese sueño que ha pasado a ser tu proyecto de vida?
–
Un proyecto de esos
es de mucha envergadura que demanda ingentes cantidades de dinero no solo para
montarlo sino para sostenerlo. Bien dices que una cosa así se convierte en un
proyecto de vida. Hemos tenido algunos contactos con alcaldes y gobernadores de
Antioquia y Risaralda, pero hasta el momento no han prosperado. Se requiere de
presupuesto, y se requiere de voluntad política. Cada cuatro años cambian las
personas que están al frente y eso significa que hay que empezar de nuevo con
las gestiones. Además está de por medio lo de los litigios jurídicos que
requieren una solución que no depende de nosotros sino de la Justicia. Reunir
el patrimonio artístico del maestro es un rompecabezas de innumerables piezas.
Todavía no parece haber lo que llaman “la luz al final del túnel”.
– Bueno, y está también lo que hay en México y
lo de la familia mexicana. Eso también cuenta.
–
Aunque lo que hay
allá es más que todo pinturas, sí hay que tener en cuenta los derechos de los
tres hijos mexicanos que también son herederos. Una vez solucionado lo de los
litigios jurídicos, hay que entrar a levantar una sucesión en la que la
Justicia determine qué corresponde a cada quién, y los herederos nos pongamos
de acuerdo en lo de la preservación del legado artístico. En esto tenemos que
acordar, porque de lo contrario el juez daría a unos unas cosas y a otros
otras, vendría lo de la valoración, y vendría lo de tener que rematar cosas
para repartir dineros. Son varias etapas, y falta un trecho por recorrer en ese
sentido.
ORLANDO
RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
Abril
15 de 2026
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Bibliografía
1 “Arenas
Betancourt, un realista más allá del tiempo” (MAT), Benjamín Villegas
Editores, 1986. Cuatro textos de Rodrigo Arenas Betancourt con fotografías de
sus obras y prólogo del Dr. Otto Morales Benítez.
https://villegaseditores.com/arenas-betancourt-cronologia-del-artista-y-su-obra
2 “Los
pasos del Condenado” (PDC), Rodrigo Arenas Betancourt, Arango Editores,
1988.
3 “Crónicas
de la errancia, del amor, y de la muerte” (CEAM), Rodrigo Arenas
Betancourt, OP Gráficas Ltda., 1990, con prólogo de Harold Alvarado Tenorio.
4 “Rodrigo
Arenas Betancourt, el sueño de la libertad, pasos de una vida en la muerte”
(PVM), María Cristina Laverde Toscano, Fundación Universidad Central de Bogotá,
2ª edición 1989, prólogo del Dr. Jorge Enrique Molina Mariño.