lunes, 14 de enero de 2019

Arboles en Rebelión




Nos sumamos al primer día de ACCIÓN global de Extinction Rebellion. El 15 de enero será un día de movilizaciones, toma de espacios públicas y diversas actividades en varias ciudades del mundo para seguir llamando la atención sobre el #CambioClimatico.

Nuestra acción: ÁRBOLES en REBELIÓN ((Siembra de árboles nativos))
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Nos juntamos alrededor de una acción poderosa y necesaria en tiempos de deforestación y perdida de biodiversidad. Sembrar un árbol es la oportunidad para volver a sentir la tierra, aprender más sobre las dinámicas de los bosques mientras entendemos su importancia para el equilibrio ecológico.

!!Rebelarnos o extinguirnos!!
#ExtinctionRebellionColombia
#ResistenciaContraLaExtincion

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Lugar: Santa Elena, Antioquia / Vereda Barro Blanco.
Fecha: 20 de enero con alternativa de amanecer desde 19 de enero en una cabaña cercana al lugar de la siembra.

+Info y para confirmar participación: 
Cel / whatsapp: 319 556 80 80
Correo: rexistenciaextincion@gmail.com

martes, 8 de enero de 2019

Horacio Marino Rodríguez en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia




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Horacio Marino Rodríguez en el Paraninfo de la Universidad de 

Antioquia

Víctor Bustamante

Poco sabemos de la vida cotidiana, durante su proceso de aprendizaje, de Horacio Marino Rodríguez cuando ya había dejado su formación, porque así es, básica de su bachillerato, y ya se disponía a iniciar el camino hacia la ruptura de un momento relevante en su vida. Acaso impulsado por la curiosidad, luego de trabajar en la talla de lápidas. Su estro creativo, lo conduce por el camino  de indagar para ilustrarse en la fotografía, en ese aprendizaje arduo y severo con una metodología muy particular. HMR realiza un acto impensable, en un momento donde el conocimiento factura, escribir un libro sobre este arte, su hermano que había llegado de París le ha enseñado los rudimentos que luego de su experiencia le sirven para escribir las 18 lecciones de fotografía. Nada sabemos si tradujo de libros franceses, nada sabemos cómo, de una forma inesperada, daba a conocer la experiencia para teorizarla en ese apretado proceso de aprendizaje sobre una forma artística que ya llevaba unos 60 años de consolidada, pero que aquí en el trópico de montañas, en el interior de una ciudad ya conectada con los movimientos del exterior en sus diversos ordenes, daba la posibilidad de escribir y publicar un texto sobre la fotografía en un momento en que la ciudad configuraba un determinado paisaje y, sobre todo, cuando los comerciantes indagaban por el mundo sobre las diversas mercaderías a importar y, además, con el empuje de la minería y la ascesis por el oro, consolidaba esa ciudad conectada por el mundo con lo esencial: el comercio. Entre ellos, los mencionados pioneros del comercio, luego de la industria, HMR ocupaba un lugar que nuestro mutuo olvido no ha podido relegar.

En esa ciudad solo mirada en ese momento a través de fotografías en blanco y negro, que es nuestro pasado. Imagino a HMR en su gabinete de trabajo, ahí en Palacé con La Playa inmerso en algo que lo consolidaría como un pionero, inicialmente el de ser un autodidacta movido por la curiosidad, por discernir un camino básico con sus materias necesarias para indagar en el proceso de fotografía, acaso maravillado por ese misterio de que en un proceso de luz y papel, de químicos y de un cuarto oscuro, apareciera la imagen fotografiada como una manera de aprehender ese paisaje, esos rostros, esos grupos familiares, como un modo de comenzar a vencer el tiempo de una manera teórica, y lo digo por una razón, en sus fotografías reside aun un espíritu tierno al fotografiar a esas personas, esos grupos, sin ningún alarde de intelectualismo, como la fotografía de Los zapateros (1895), ellos tan inmersos en su labor, que a pesar de realizarla en La Playa, lugar público para transeúntes, se hayan tan inmersos en sí mismos, es decir, en su labor, que olvidan el mundo que pasa frente a ellos, encabezados por una persona mayor, que es el de la experiencia, el maestro artesano, quien  preside este momento cenital, su fotografía, que lo define, ya que la persona mayor, el zapatero no en un lunes, su día, sino en la posteridad, a lo mejor le ha llamado la atención a HMR, y por esa razón  ha ido a su gabinete por su pesado equipo fotográfico y se ha detenido a plasmar este grupo de personas.

Cierto, él quiere dejar para esa posteridad que, ahora lo recobra, ese frágil momento en que unas personas o una persona o un grupo de familia miran a la cámara o evaden la lente de una manera coqueta, furtiva como si al no mirar al lente no nos dejará a esa persona, a esas personas, mirándonos a los ojos en esa postura, nunca el punctun como diría Barthes, sino en la fidelidad de mirarnos a los ojos cada que reparamos en sus fotografías, como ese acto milagroso cuando HMR se encerraba en el cuarto oscuro a revelar, a prestigiar la magia que le entregaba ese proceso químico que disuelve de las sombras esas fotografías para conceder ese momento pleno y justo.

De ahí que en este libro, con esa experiencia en lectura de libros en otros idiomas, HMR, a lo mejor haya reflexionado y se haya dicho que ese arte merecía la pena en ser divulgado, y al escribir este libro, desde ahí comienza su labor de ser maestro, de enseñar el conocimiento adquirido o de guardarlo de una manera total sino darlo a conocer, que a lo mejor será una manera de sembrar una semilla, ese protocolo sin preámbulos para que alguien también se decida a advertir y, sobre todo, a darle un nuevo aire a ese arte aún en proceso que poco a poco con la evolución técnica abrirá otras fronteras. Al titularlo 18 lecciones de fotografía, publicado en 1897,  ya estaba inmerso dentro de sí mismo ese deseo de ensañar, de compartir lo aprendido, de dar a conocer lo que él mismo había aprendido en su arduas noches de sus desvelos, de su curiosidad, que le insuflaba ese deseo de escudriñar, de saber.

Horacio Marino se mantiene firme, es tanto su poder de concentración, de indagación, de reflexión, y, sobre todo, de estudio, en solitario, eso sí con un alto nivel de confianza en esos caminos y en sus conclusiones que lo llevaron en un momento determinado a abandonar la fotografía debido a que el gabinete fotográfico no daba para Melitón y para él, y ya casados el sostenimiento de una familia es cosa seria.

Hay una fotografía donde ambos, Melitón y HMR posan para esa posteridad de este momento en que miramos esa placa en definitivo blanco y negro, Melitón sostiene un libro, y sus ojos están fijos en las páginas del libro abierto, algo displicente, HMR posa la mano en el libro, como vínculo de unión entre ambos, pero así mismo se aleja de él, no es que lo deje o denigre de él de una manera visual sino que mira al horizonte cercano a las paredes del cuarto pero que en la fotografía revelan la mirada de HMR al horizonte al exterior como si nos indicara con ese gesto que el necesita el saber indagar en otras disciplinas como motivo de sus circunstancias, de su curiosidad.

A lo mejor HMR ya quería salir del cuarto oscuro, de fotografías de paisajes y personas quería algo mas palpable y así, inmerso en su autodidactismo, ese proceso de ruptura seguro lo ha llevado a indagar en sus diversos libros sobre la construcción, no sabemos que lo ha llevado a apersonarse y mucho más tarde a aprestigiarse como querer convertirse en un maestro nato. Mientras la mayoría, nunca voy a decir el rebaño en los términos despectivos de ese filosofo que quería ser  profeta Nietzsche, él se sumió de nuevo en su cuarto no sabemos cómo se aprovisiono de libros sobre el tema y se dispuso a construir edificios con lo cual se motivó a publicar su libro sobre arquitectura. Ya había construido.

HMR enseñó dibujo en la Escuela Normal de Varones, en la Normal de Señoritas, en la Escuela de Minas y en la Escuela de Artes y Maquinaria, que le dan peso para publicar El libro del constructor de 1919, entre ambos libros hay 23 años, los suficientes, para que Horacio Marino aprendiera de sus maestros, y en solitario, ese oficio ser arquitecto. Dos de sus maestros en este campo fueron Enrique Haeusler como su maestro en las aulas y Carlos Carré, con quien trabajó como asistente en la construcción de la catedral Metropolitana. También antes se  había iniciado en la labor de enseñar por otro medio, las revistas literarias donde participó, lo que da la medida de que HMR era un ser extraordinario y, además, contemporáneo en esa labor de saber para divulgar; o sea dar a conocer, crear curiosidad.

En este recinto, en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, ha sido presentada la exposición de HMR, donde se valora su oficio como maestro en las diversas instituciones donde el dictó clases; él que se había labrado en sus saberes a partir de las semillas que le otorgaron algunos de su maestros, pero que él prosiguió con su curiosidad. Llegó a dictar clases de la Escuela de artes y oficios al ser un buen aprendiz de Enrique Haeusler, su suegro, que lo valoraba, debido a su firmeza y a sus deseos de ser un alumno meticuloso, que no superaría a sus maestros sino que buscaría sus caminos propios.

En esta exposición notamos el inicio y consolidación de diversas instituciones pero también como se comienza a crear la Escuela de Artes y Maquinaria de la mano de HMR. En una fotografía grande, del tamaño de personas, es posible observar la llegada y utilización de los pequeños motores para aligerar el oficio de los artesanos. Aquí en, otras fotografías notamos el paso del artesano a lo que sería el obrero, solo faltarán algunos años.

Aquí, en este recinto, que fue testigo y lugar como aulas de clase, pero además cárcel para prisioneros, en tiempos de las guerras civiles, sufrió toda variedad de deterioros en los años finales de 1800, luego se dio paso para la consolidación de la Universidad de Antioquia, y HMR tuvo un papel preponderante, al reformar una suerte de convento de franciscanos para adaptarlo a una verdadera universidad. El Paraninfo ha estado siempre presente en la vida de la ciudad, y es parte inalienable de la ciudad.

Por esos pasillos y zaguanes, por esas escalas y sus diversos pisos, por los patios y salones, en esos días de 1910, Horacio Marino caminó, indagó sobre materiales, la disposición de planos, conversó con oficiales y artesanos, dio instrucciones; en síntesis, supervisaba su obra, y por esa razón esta búsqueda de sus pasos, de su labor como arquitecto que ha llegado aquí, a ubicarlo, a saber de ese trasiego de su vida como uno de los medellinenses de mucha presencia, inobjetable.

Sí, aquí al lado de Juan Camilo Escobar, de Maribel Tabares, de Juan Carlos Buriticá, de Blas Navarro, y la ausencia de Luis Fernando González, que nos debe una charla sobre la disposición espacial de este edificio; con todos ellos responsables de este gran proyecto, hemos regresado al Paraninfo a recuperar la memoria de Horacio Marino. Incluso los investigadores han recobrado de él un manuscrito que se creía perdido sobre la Historia de Medellín.



lunes, 7 de enero de 2019

Darío Ruiz Gómez / Cuentos


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Darío Ruiz Gómez

Seis cuentos de Madrid, Universidad de Antioquia, 2017.
Cuentos, Debajo de la estrellas, Eafit, 2018

Víctor Bustamante

Pleno 2 de enero al aire de la tarde en los cafés aledaños al Centro Suramericana. Un grupo de personas, hombres y mujeres, conversan y juegan en una confortable reunión, como deben de ser los encuentros a principios de año, bajo el solaz de los buenos augurios que luego te arañarán.

He leído Seis historias de Madrid y quiero conversar son su autor, con  Darío Ruiz. Siempre me ha llamado la atención ese periplo suyo por esas tierras de España, cuando se fue a estudiar periodismo, ya que en esos días, reside la cristalización de su destino de escritor. Esto lo había avizorado en algunos cuentos de su estancia allá en 1959, y  un puñado de poemas, en La soledad de la madre, Argueyes arde, luego en Las sombras y ahora aquí en este libro donde desglosa una parte de esa estadía, de esa formación en tiempos de estudio en Madrid y en Bilbao, las ciudades que más menciona. De ahí que esa experiencia presente y vivida, nos entregue la medida de su quehacer literario, así como la consolidación de sus criticas de cine, en ese oficio del cual él debería destapar esa Caja de Pandora con sus textos críticos antes de que la crítica cinematográfica se volviera ese anecdotario de fórmulas normales que abundan por estos pagos.

Hay en este libro un cuento, el último, Biografía, donde el escritor camina por la calle Arenal, y al hacerlo describe ese cambio hora a hora en el perfil citadino cuando sus habitantes adquieren esa variabilidad, de saber que al irse ellos llegarán otros dentro de esa simultaneidad en que se convierte la calle con esos ánimos secretos de sus transeúntes, con esa vida de solitarios dentro de la multitud, en esa búsqueda constante de una compañía, entre personas, muchas veces, de origen desconocido pero que los une algo presente, una conversación o el destino pasajero de un encuentro, de una mirada. Pero si comienzo por este último cuento, es por algo sencillo, de esa misma manera Darío al escribir estos cuentos es como si cuando saliera a la calle nos describiera lo que ve, como si quisiera contarnos cada una de esas historias que él ha vivido y que quiere rescatarlas de esa región que si él no las escribe se perderían en el océano de ese destino sin sosiego, los olvidos mutuos, de los que están impregnadas esas vidas cotidianas que tuvieron en algún momento toda una exhalación de vitalidad pero que con el tiempo se van agotando, van palideciendo y se van como sin ningún interés mientras sabemos que para el autor ahí reside esa posibilidad de proseguir en su narrativa y no dejar que ese chispazo de vida, esa atracción por esos personajes le posibilitaran responder preguntas que aparecen nunca de soslayo sino que él quiere ahondar en ellas y decirnos de esas presencias que él no quieren que pasen desapercibidas por que irían al cesto del ostracismo, donde la historia se convierte en un comentario. De ahí que estos cuentos posibiliten saber de una España en el estertor del franquismo, mirada desde el ojo avizor de quien distingue muchos rasgos, como percibirla en la calle, sentida, caminada desde el grosor mismo de saber que esa indagación nos da otra imagen. El Madrid cotidiano de los bares, de las reuniones de los intelectuales de peso que Darío vivió.

De ahí que, en estos cuentos, la banalidad aparente no subsiste desde esas existencias agotadas, debido al paso del tiempo, ya que  Darío ahonda en cada una de ellas hasta escrutar esos destinos, en esa saciedad del escritor por saber de cada uno de esos personajes que son los ejes centrales de cada uno de sus cuentos. Uno de ellos Pedro Rodríguez, el militar, uno de los cincuenta mil combatientes de la División Azul que, a pesar de haber participado en una guerra, no como una sigla sino como una evidencia, de ahí que  su vida, su trasegar termina en los sótanos del olvido. Esos personajes pese a esa vida, en apariencia anodina, mantienen una vulnerabilidad y energía, su sensibilidad y estoicismo, como partes contundentes que los mantiene a flote. Otro de ellos Salazar, el detective cauto, medio pintoresco, viviendo en la ambigüedad de dos patrias: Madrid y Bogotá. Trinidad juiciosa al comienzo, así mismo el magistrado despabilado e interesado en las minucias aparentes de la subsistencia.

Otro texto es la Antología de cuentos de Darío Ruiz Gómez, editado por Eafit, (Debajo de las estrellas), allí hay una elaborada selección por parte del escritor Juan Diego Mejía. Con respecto a las antologías siempre me he preguntado cómo cada persona que la realiza debe procurar una manera muy crítica y cuidadosa para seleccionarla de tal manera que represente esos instantes, senderos, caminos, creativos del escritor elegido, que se refleja en los cuentos más relevantes que son la parte esencial de cada uno de sus libros, pero también queda la duda, ya que es una manera de dejar de lado otros escritos, que a lo mejor posean logros formales o temáticos donde podemos percibir los diferentes periodos creativos del antologado. De todas maneras una antología es la espuma refrescante del escritor, así el mismo autor de pronto piense y escoja otros textos con diverso criterio y con sus propios y audaces justificaciones de las cuales él no quiere desprenderse, ya que todos fueron escritos con la sazón y la mesura correspondiente para evidenciar una pequeña historia, un personaje que anda por ahí solitario y no cabe en alguna novela, o, a lo mejor, pueda tratarse de un borrador, un bosquejo para un texto de más peso. De ahí que una antología posea ese carácter de ser diferente de acuerdo a la persona que la realice.

Esta selección de cuentos tiene una premisa y potencialidad que dejan de lado la falsa historiografía o el llamado periodismo narrativo como asilo. Ya que Darío escribe y escudriña de  una manera más minuciosa, preguntando, indagando con certeza: de aquí que observa y debate la tragicomedia humana. Para ello es necesario ese continuo oficio de escritor como una constante reflexión, seguida de una persuasión tan personal, nunca en pos de lo entretenido ni de la tergiversación. Y es así que Darío huye de cualquier atisbo de verse como un vendedor de entretenimiento abaratado o escapismo ilustrado. Él es un escritor perspicaz, presente y testigo, de la existencia humana con sus conflictos y contradicciones crueles y paródicas, festivas y cotidianas, y así  no ha dejado que nos enfrentemos con ese inaudito presente que luego se convierte en añoranza como en “Lo último en guaracha”, donde al releerlo observamos que la topografía de un lugar, caro a su autor, ya no existe. En el incierto futuro ha quedado como una huella fuerte. Su vigorosa agudeza, nos ha dado este relato, con su conciencia lúcida e inquisitiva, su firme devoción por la palabra escrita.

Darío tiene una mirada perspicaz, acerada y muy imparcial sobre el carácter y las debilidades de la gente, sus personajes, pero nunca los desprecia, así provengan de ese territorio de la curiosidad y de los anhelos de siempre querer saber quiénes son en realidad. Algo es cierto, una cosa es que ellos sean lo que muestren y no lo que en contexto es lo que el escritor indague y los defina en esa atmósfera más grande y difícil que es la realidad misma; esa que se conoce a través de sus preguntas. Hacerlo de otra manera sería no darles el peso que se merecen desde esa óptica tan definida, tan segura para observar y narrarlos.

Los primeros cuentos de Darío  muestran un descubrimiento de sí mismo, a través de otra mirada a la ciudad. No en vano él inaugura una nueva narrativa, una nueva manera de observar las situaciones de esos personajes que deambulan o que medran o simplemente sabemos que andan por ahí hasta ser definidos por su autor que los recobra.

Darío se atreve en sus experimentos formales, eso sí, sin alardes, sino cuidadosos, sin maquillar pero efectivos.  Él escribe sobre personas engullidas por una historia feroz, tan propias, tan inobjetables,  pero casi pasajera, poco observable. Los individuos que él recobra  –sencillos, sin apariencia, simples– nunca los reconoceremos en relatos académicos o en la incomprensión de lo académico como inclusión en su desprestigio, sino en estos relatos que perseveran en la ciudad, como sus personas, en su peculiar manera de ser recobrados. De ahí que en esta antología es notoria la labor de toda una vida. Darío se aparta de sus ensayos, para acercarse claramente a ese  caos  y al estoicismo de algunos de sus personajes,  despertando la cercanía de historias, que se rompen ante un sentimiento de la injusticia y un sentido de su propia dignidad. Puedes situarlos al principio o en el centro del viaje que el propio escritor ha hecho, a lo mejor un pausado ascenso desde la configuración misma de su trasegar, en esa larga mirada hacia la propia comprensión de ellos, ante un despertar libre de espejismos hacia el mundo propio. Todos estos descubrimientos que entrega una escritura tan personal, y tan propia, enseña, además hombres desarraigados que son la obra de toda una vida acumulada narrados con admirable rigor en una sola vía de esas vidas que nos dejan perplejos.

Es difícil no pensar en un escritor tan fundamental, que ha narrado y lleva dentro de sí  tantos universos paralelos que conviven apartados y que él los junta, para expresar una época, un concepto, en cada uno de sus libros de cuentos. Pero lo que es más llamativo es el agudo sentido que tiene él para alejarse de  esa aureola que poseen los escritores cómodos y ahítos de cierta abulia intelectual. Para él no existen la satisfacción momentánea, ni la percepción pasajera de las noticias; o sea, que ante ese engaño y la tragedia y la fiesta en que define sus cuentos, también hay  muchas zonas grises para esos personajes que son rescatados por él  –inseparables de su oficio y de su apariencia–, ellos coexisten con una actitud de aceptación y optimismo, otras veces con la perseverancia, a medio camino del éxito y del fracaso, como una entendible y generosa confianza, compasión podría ser, donde el autor trasluce la energía y la desazón humanas.


Nota Bene. No sé si Juan Diego, el antólogo, habrá olvidado otro de los libros de Darío, En tierra de paganos, donde existen también cuentos memorables.






sábado, 5 de enero de 2019

Ensayos inútiles sobre Historia Urbana de Medellín de Luis Fernando González (Ediciones UNAULA, 2018). / Víctor Bustamante


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Ensayos inútiles sobre Historia Urbana de Medellín 
de Luis Fernando González 

(Ediciones UNAULA, 2018).

Víctor Bustamante

Medellín  visitada, revisitada, cuestionada, olvidada, avasallada, destruida palmo a palmo. Medellín definida desde eslóganes, frases ideadas, fantasiosas, luego olvidadas y reemplazadas por otras con la llegada y la posterior llaga, impronta menesterosa, dejada por sus nuevos administradores y su ejército de ideólogos y asesores; de los asesores que piensan que con ellos se funda de nuevo la ciudad. Medellín, poetizada, reescrita, pero cosificada como una marca. Medellín buscada en cada fachada, en cada cornisa destruida, en cada calle ampliada, en cada edificio arruinado. Medellín, la ciudad caminada por los diversos caminantes que la buscan en sus rincones y calles, en los balcones olvidados de Prado, en los palacetes destruidos de Aranjuez y en las casonas solariegas, demolidas de Buenos Aires, en las fachadas ocultadas por los avisos comerciales del Centro. En fin, Medellín siempre escrita y reescrita tantas veces, debido a que los intereses y la falta de sentido crítico de sus administradores la devora. Medellín, solo inscrita en su historia, en fotografías, donde permanece inmutable, a veces, pero siempre variable, siempre destruida, de una manera lenta, despiadada. Pero en fin ahí la ciudad que se define cada que la caminamos.

Todo ese proemio para referirme a un texto de Luis Fernando González, Ensayos inútiles sobre  Historia Urbana de Medellín (Ediciones UNAULA, 2018). Y es que desde su mismo título esa palabra “inútil” causa escozor, debido a que su autor nos lleva por diversas reflexiones sobre algunos momentos donde hay tanta claridad y tanta lucidez para demostrar que por mucho que se reflexione, se planifique, se piense, se investigue, no pasan de ser esas buenas intenciones, dadas en las entrevistas por funcionarios impúdicos y codiciosos, algunos con lo que llaman, los pendientes, con lenguaje escolar. Por esa razón los planes de desarrollo de la ciudad se quedan de donde nunca debieron haber salido, en el olvido de los anaqueles de esa misma mentalidad de funcionarios llenos de mentiras, nunca de indagaciones serias; eso sí y de más pendientes. Cuántas veces ha sido diagnosticado, por ejemplo, el Centro de Medellín, cuántas veces se ha estudiado, precisado, mirado pero también arrumado esos diagnósticos en los folios correspondientes cuando llega una nueva administración con su ejército de ejecutivos que piensan refundar la ciudad, sin conocerla, desde otros puntos de vista. Para muestra la indecencia de un alcalde que entra a Versalles a tomarse un tinto, protegido por veinte guardaespaldas, ilusos como él,  y dice que no sabía de ese lugar ya con sesenta años de permanencia en el Centro. Esto da la medida de algo ya común, la mayoría de los funcionarios públicos no saben en qué ciudad viven; no la caminan, no la conocen. Viven en otro lugar detrás de las fachadas pretenciosas de El Poblado y en las cabinas de vidrios polarizados de sus autos con el pesado engranaje de su blindaje, así como ellos en su insensibilidad.

Por ahí hablan de la Teoría del caos. Me explico, la Teoría del caos señala que el resultado de algo depende de distintas variables que es imposible de predecir. Por ejemplo, si colocamos un huevo en la cúspide de una pirámide no sabremos hacia dónde caerá. Exactamente así ocurre en la ciudad, se piensa en realizar una obra, se hacen muchísimas reuniones, cuando medio se concreta algo y ya hay planos, alguien pide un cambio, otros piden otro cambio de acuerdo a sus intereses, después el presupuesto no alcanza, después este presupuesto obliga a que otros planes sociales se queden sin dinero, pero algo es cierto, la obra sale, eso sí con planos diferentes, con variaciones; estos son los llamados ajustes o el otro sí. Para muestra no un botón sino varios: el Metro y el tranvía a Buenos Aires, la destrucción del Pasaje Sucre, las pirámides y las bibliotecas, uno de los puentes del Poblado con uso tergiversado, las plantas de saneamiento del río Medellín, el caso peculiar de la Biblioteca Pública Piloto.

Pero mejor sigamos con el libro de Luis Fernando, en el primer ensayo: “Trasformación del centro de la ciudad: ¿de cuál centro hablamos?, hay una minuciosa descripción de las políticas administrativas con respecto a la ciudad inicial que luego se convertiría en descuido al expandirse con sus tentáculos hacia las montañas y al resto del valle, olvidando el Centro de Medellín. Una de esas políticas es la visión higienista para sanear la ciudad pero también para urbanizarla en detrimento de algunos grupos sociales, donde era prioritaria la ampliación de calles. Luego llegaría el concepto de valorización que, detrás de su propaganda minuciosa con el llamado progreso, arrasaría a la ciudad, y no solo eso, continuaría con el desalojo de muchas familias, debido al alto valor de este concepto; calles y avenidas erigidas, para que el cemento plantara su huella de la mano de los especuladores inmobiliarios. Legislaciones anodinas cuya letra menuda se reinterpreta, con sus huecos negros, para poder filtrarse el negocio de los constructores sin amor a la ciudad, para ir desguazándola a la luz plena del día y con el respaldo de normas mal hechas. La palabra desguazar, sinónimo de los negocios turbios de autos detrás de La Alpujarra, en La Bayadera, tiene su concomitancia con lo que realizan los responsables de la ciudad. Es más, un curador de nombradía, entre ellos mismos me refiero, entre los teóricos y ejecutores de los desguazadores oficiales, en clase, a sus alumnos universitarios enseña como burlar esa normatividad. Por esa razón el Plan Piloto de 1950,  el Plan Director del 59 las diversas versiones del POT, del PEPP traen escondidas en su normatividad maneras para burlarlas por los constructores y urbanizadores y por los mismos que las promulgan. Es decir, quedamos desde siempre en un desequilibro con los que no quieren que el Centro se destruya. O sea, a una cultura de normatividad sin peso, sigue una simulación de creer que conservar la ciudad inicial, el Centro, es dar premiecillos y conferencias como consolación y caminadas para saciar las preguntas de los patrimonialistas. 

El texto sobre Ayacucho es una reflexión dura, lúcida, esmerada, para llenarse uno de preguntas, ante tales hitos tan sucios para destruir lugares valiosos y seguir con lo que su autor dice que Medellín se ve siempre nueva, eso sí, y sin memoria, que es lo que le da lustre a una ciudad. Y de algo que es necesario hablar, así sigan las frases de esa civilidad de pandereta del Metro hacia Medellín, mientras a su paso arrasa con el paisaje desde su construcción hasta la variación de la construcción del tranvía que iría por otro lugar.

Hay un texto, de alguna manera esperanzador: “El espacio público en el centro de Medellín”, que ha cambiado de una manera perceptible en sus manifestaciones, así como ocurre algo que percibimos, las personas se aglutinan y disfrutan otros espacios, con cierta estolidez, muchas veces, como si esa ciudad “nueva” no tuviera lo que le da peso y amor: su historia. Pero sobre todo teniendo en cuenta que el Centro se convirtió en el lugar neutro, para comerciantes.

Los otros ensayos se articulan entre sí, y escritos desde hace años, son reflexiones en caliente, sobre la ciudad, sobre ese Medellín que transitamos, que poetizamos, que tenemos presente, pero de una manera dura, perenne; siempre esa ciudad llena de desalojos y vacíos en ese proceso de gentrificación que pasa frente a nosotros. Pero que Luis Fernando de la mano de la reflexión y la certeza en sus investigaciones desglosa desde diversos puntos de vista en esa ciudad que varía, ese Centro que exige nuevas políticas y definiciones de peso, no la simulación de políticas poco concretas, es decir, dejar el Centro siempre al desgaire.






martes, 1 de enero de 2019

Poemas de Paula Guarín



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Poemas de Paula Guarín


La sombra.

Era una sombra extraña
tejida desde el suelo,
hecha con el filo de la aurora y de la noche,
adornada con tormentos que la hicieron más pura,
elegida por la lluvia nació danzando la sombra,
urgida de perfumes voraces y sedientos.
Así iba ella con su rostro atestado de rocío,
multiplicada en la hierba, apartada de las cosas,
era apenas un engendro incubado en la fatiga,
el negativo de una chispa que se negó a ser lumbre.
…..


Costuras

Esto que yo siento es más grave que una aguja,
más grave que olvidar las letras de una cosa,
más terrible que señalar un sitio que se mueve,
más horrendo que ahogarse en una gota de sombra.
Esto que yo siento desafía los adverbios,
se multiplica irresponsable, se prorroga sin pausa,
se percibe suave, jugoso, inexplicable.
Esto que yo siento va de viaje a todos los lugares,
se augura feroz, pasmoso, permanente.
Una aguja que olvida sus letras,
un sitio que se ahoga en su sombra,
un adverbio sin pausa en cualquier un predicado,
una puntada suave, jugosa, grave, gravísima.
….

Herejía

“Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible e invisible”
No quiero esta cruz inmaculada
ni este corazón de más en el costado,
ni los labios irritados de luz y de belleza,
ni mis jardines de humo que florecen ante el fuego
 (…) un cuerpo olvidado por el color de las cosas.
 “dentro de tus llagas escóndeme,
no permitas que me separe de ti,
del enemigo malo defiéndeme,
a la hora mi muerte llámame,
mándame ir a ti, colócame junto a ti.”
Recuérdame que sangro aunque sea entre las costuras.
Impídeme cortar el hondo relato de mis muslos,
Sálvame y si no puedes… embriágame.
Como un pecado reciente, lávame.
Empújame contra ti, interrumpe el rito,
este solemne y humillado gesto de pureza,
muerde, hunde, quema, despedaza,
mi piel, dásela a cualquier desesperado.
Como a los otros vivos en el purgatorio confórtame,
“a la hora mi muerte llámame,
mándame ir a ti, colócame junto a ti.”
Para que cada noche los gemidos te alaben,
Por los siglos de los siglos.
Amèn.
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Suplicios.

Arráncame este idioma tan sesgado,
quítalo de mí con muchas púas,
impídele mentir con látigos y sombras,
tortúralo con rabia hasta que pierda el sentido,
hasta que le salgan venas, voz, malicia.
Ninguna frase debería salvarlo,
porque no hay belleza en él (que no te engañe)
Aplícale suplicios que sean impronunciables,
destruye su sintaxis, mutílale el fonema,
- Ojalá el más protuberante -
prométele la vida mientras lo llevas a rastras.
Es un hijo mío adorado por las cosas,
sembrado en mí a la fuerza para obligarme a hablar.
Quítalo de mí con muchas púas,
con atroces silencios, hazle trampa.
Porque no hay belleza en esto que repito,
porque cuando hablo se me sale el alma.
….


Arrullos

Ser cualquier hambre,
dormir sin meter las manos en el sueño.
Saberse ajeno a los pecados terribles,
al exquisito pesar del gusto inacabado,
doblarse sin pudor como un abismo ciego,
sin sospechar el ángulo mortal que depara la caída.
Cicatrices que se cuecen a oscuras,
huérfanas de heridas,
cercadas por el miedo de no haber sido carne,
espantadas de sanar antes de ser sufridas
o aliviadas.

Caprichos

Abajo en la tierra el cielo me sepulta,
me priva de la noche y su canción implacable,
me espantan las alas que recién me nacían,
me despoja del viento que me arrullaba las ansias.
Este cielo mío se empeña en ser mi tumba,
se regodea con cinismo de ser interminable.
Antes yo sabía nombrar todas las muertes,
las decía despacio como si fueran cifras,
las invitaba a mi casa y las miraba bailar.
Ahora nada es sombra, la luz me irrita las ideas...
y abajo en la tierra el cielo me sepulta
porque me sabe estrella,
pero enemiga del sol.
….


Escalofrío

Voy a darte este silencio,
este silencio donde nacen las noches y los gritos. 
Te daré también mis pies pequeños,
mis ojos sucios de mirar con sorna los abrazos.
Tú has de quedarte, terco, voluptuoso,
con los labios podridos de ternura,
con los dedos temblorosos de tocar tantos asuntos.
Cada ruido encontrará espacio en nuestra sombra.
Seremos pasos breves, puentes plegadizos,
voces agotadas de vivir en los rincones,
sangre atribulada creciendo en las espinas.
Voy a darte estas alas que se queman presurosas,
estas ganas lastimadas de morder el vacío.
Ven a mis horas.
No preguntes.
Deja que nazca la noche con sus gritos.
….


El ruego.

Vámonos antes de que venga el futuro
y nos mire sentado con el ceño fruncido.
Insúltame, desnúdame, compárteme,
hazme objeto tuyo como un libro nuevo.
No me espantes con promesas insulsas,
tú bien sabes que no tengo paciencia
ni siento compasión por las cosas sin alma.
No intentes arrastrar mi belleza a tu horizonte,
sobre todo, porque tiene jardines,
comida caliente, rutinas implacables
y para desgracia tuya no soy ama de casa.
Úsame, muérdeme, conversa conmigo...
pero por Dios Santo, no me traigas anillos,
sin duda entiendes cuanto temo a las jaulas.
….


Viernes

Te pareces al jardín que brota de tu boca,
tu cuerpo es pasto fresco,
terrones de sol mojados por la lluvia.
Eres como un miedo recién inventado,
mariposas en los ojos, en la piel,
café dulce en las mañanas.
Déjame guardarte como música nueva,
enséñame a llevarte entre mis simples asuntos.
Sígueme mirando así, sin intenciones,
sin saber nunca que decirme...
brevemente aterrado por mi voz y mis ideas.
Te pareces al jardín que brota de tu boca,
a todo lo exquisito que pueda caber en nuestras manos.
Hueles a libros, a silencio,
a tu nombre que habita y se deshace en mis horas.
…..


Mandrágora

Sentida como brisa, mordida como pan,
crujidos macilentos ignorantes del sol.
Al otro lado del bosque gime una semilla,
y las hojas la oyen con sus ojos enormes.
manos que se creen bocas la germinan,
la ven hundirse plácida en su tumba de musgo.
Afuera el cielo comiéndose las horas,
el pasto amargo cantando amaneceres,
Silencio... cuerdo y plano silencio,
lazos de lluvia ahorcando  la mañana,
espejismos hambrientos de noche y de locura,
crepitar indecente de los frutos contra el piso,
mujer de trigo y barro condenada a la piel.
Palabras que lloran porque las escribo,
un tallo de ideas al que agobian las púas...
Yo, sentida como brisa, mordida como pan,
famélica, indulgente, casi presta a morir.
….


La indeseable

Yo sufría de un temor incurable,
temor de mi boca siempre llena de ideas,
temor mi lengua comprobando palabras.
Yo era un diminutivo que parecía un nombre,
miradas dulces como cruces, largas como ejemplos,
suturas intangibles pero sensibles al tacto.
Yo era encanto y era risa, papel suave,
memoria predecible, ridícula añoranza...
Era tanta la piel que me sobraba cada día,
que la tela evitaba pasarme entre los muslos.
Yo me sabía etérea, diluida, infranqueable,
una herida veloz que no dolía en nadie.
La carne se acumula y se muere de fe,
yo no tengo fe (ni estallo, ni me quejo)
porque si la tuviera sería más indeseable.