domingo, 8 de marzo de 2026

María Juliana Arias, Autorretratos.

 

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Autorretratos de María Juliana Arias 

/ Víctor Bustamante /

 

En los autorretratos de María Juliana Arias se percibe que las escenas provienen, directa o indirectamente, de episodios de su propia vida. No se trata de una autobiografía literal, sino de un conjunto de imágenes donde su experiencia personal se transforma en materia simbólica. En síntesis, lo que surge es un universo íntimo en el que se detectan las preocupaciones esenciales de una mujer que atraviesa el umbral entre la adolescencia y la juventud.

En ese tránsito vital se advierte un gesto significativo: los testamentos heredados —aquellos discursos, valores o imaginarios provenientes de generaciones anteriores— parecen perder peso o, al menos, no ocupar el centro de su mirada. En lugar de reproducirlos, Arias construye un territorio propio. Su pintura se levanta como un espacio donde formula su propio lenguaje y su propia sensibilidad, un territorio que se alimenta de experiencias y de elementos aparentemente dispersos: sus lecturas, ciertas exploraciones perceptivas como las asociadas a los hongos, la estética de los videojuegos, los momentos de fumar en soledad, y sobre todo el impulso irreprimible de pintar aquello que emerge de sus inquietudes estéticas.

De este modo, su pintura se convierte en una forma de indagación. No es un simple ejercicio formal ni un repertorio de imágenes decorativas, sino un procedimiento para interrogar su existencia. Cada cuadro parece una tentativa de acercamiento a sí misma, como si la artista pretendiera descifrar, a través del color y de la figura, aquello que la atraviesa interiormente.

Tal vez esta orientación se explique por una especie de intuición. El mundo que le ha tocado habitar es, en muchos sentidos, distinto del que contemplaron o experimentaron quienes la precedieron. Se trata de una realidad fragmentaria, saturada de estímulos, atravesada por nuevas sensibilidades culturales y tecnológicas. En ese contexto, el legado de las generaciones anteriores no aparece como una guía confiable. Más bien parece un horizonte distante, a veces irrelevante.

Por ello, en sus imágenes no se impone un universo dominado por figuras adultas o por estructuras simbólicas heredadas. En su lugar emergen otras presencias: atmósferas, gestos, escenas cotidianas, donde ella como personaje central se sitúa en un estado de búsqueda o de suspensión. Son instancias del mundo que la rodea —fragmentos de experiencia, sensaciones, visiones— a las cuales ella decide aproximarse con curiosidad y con una mirada profundamente personal.

En ese proceso, Arias va construyendo una perspectiva propia. No se limita a describir lo que ve; más bien transforma lo que la rodea en una experiencia estética. Es posible que esa insistencia en la exploración interior tenga que ver con una cierta percepción crítica del mundo exterior. El entorno social que la circunda puede parecerle, en ocasiones, injusto, confuso o incluso inicuo. Frente a ello, la artista parece optar por una vía distinta: en lugar de aceptar pasivamente ese orden, dirige su mirada hacia su propio interior.

Allí, en ese territorio tan íntimo, se encuentra un campo fructífero para la exploración. La pintura se convierte entonces en un espacio de resistencia silenciosa, veras, y al mismo tiempo en un laboratorio de autoconocimiento. Cada imagen es una tentativa por comprender sus propias circunstancias, para dar forma a las emociones, intuiciones y preguntas que surgen de su experiencia.

Así, el universo pictórico de María Juliana Arias no sólo revela una sensibilidad individual, sino también el gesto de una generación que busca construir su propio lenguaje frente a un mundo heredado que ya no parece ofrecer respuestas suficientes.

En uno de sus paisajes, ella da la espalda al espectador. Su cabello, largo y suelto, cae como una cascada negra que cubre la transparencia de su desnudez. Frente a ella se abre un cielo nocturno donde no sólo brillan estrellas: allí gravita, como en una constelación íntima, todo aquello que compone su vida. Frente a ella las luces flotan, hay una paleta de colores y un pincel, un aparato de play, un cigarrillo aun intacto, un libro abierto. También traspasan ese firmamento un murciélago y un pez, una cruz, un corazón rojo atravesado por una calavera, otras calaveras en gris que giran lentamente, un hongo solitario, otra cruz repetida como un eco, y una letra griega suspendida en el vacío: el signo de Géminis, pues cuando ese signo se nombra parece descomponer y multiplicar cualquier certeza. Es decir, cada objeto es un rastro de su biografía, un signo de su memoria y de su deseo.

Ella ha llegado allí hace apenas un instante. Lo delatan las huellas frescas que deja al caminar sobre una franja de colores que se derrama como un arcoíris —tal vez el arcoíris de la diversidad— cuyos reflejos reaparecen en las esquinas superiores del paisaje. Sí, está desnuda y sola frente al universo. Pero no es una soledad vacía: es la soledad de quien contempla el orden secreto de su propio mundo. Ese universo donde giran los símbolos que forman su riqueza espiritual, su intuición, su manera de estar viva.

La noche ocupa el cuadro, iluminada por estrellas pequeñas y lejanas. Parecen desafiar a quien las mire, como si cada una dijera que siempre habrá más misterio del que la mirada puede abarcar. La mujer, absorta, las observa, las atisba con la paciencia de quien sabe que, en el fondo, también a ella la están mirando desde la lejanía como si fuera una star secreta, soñada, que observa el universo.

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En otro de sus lienzos aparece una muchacha de frente, sumergida en una atmósfera azul. Lleva capul, como salida de la estética gótica, y sus ojos —grandes, abiertos— parecen contener una perplejidad luminosa ante el mundo que se despliega frente a ella. Hay en su mirada una mezcla de asombro y vigilia, como si descubriera la noche.

Un vestido negro de fiesta abraza su figura y le concede una elegancia casi ritual. En torno a ella se abre una oscuridad sembrada de estrellas rojas y círculos suspendidos, signos que flotan como pensamientos o constelaciones. Y detrás, una luna callada vigila la escena, insinuando que pertenece a esa región profunda donde el alma atraviesa su propia noche.

 

Sin embargo, algo ha cambiado. Ya no es la desnudez solitaria frente al universo de la pintura anterior. Aquí la muchacha parece bañada por luces azuladas, como si el resplandor interior de una discoteca se mezclara con la gravedad de la noche. La oscuridad no es solo abismo: también es escenario, pulso, latido.

Y en medio de ese paisaje de sombras vibrantes, sus labios rojos arden como una pequeña llama. Son el centro secreto de la imagen, el punto donde la vida insiste. Allí, en ese rojo encendido, parece concentrarse su presencia: una plenitud silenciosa que resiste y brilla en la noche.

Ella, la autora, lo señala: “Ella es la prueba de que incluso en la oscuridad puede existir algo deslumbrante. tiene una belleza que no se esfuerza, una elegancia que no necesita anunciarse y un magnetismo silencioso que la vuelve irresistible. Suave, intensa y magnética … así camina esta mujer creada entre sombras y brillo”.

Ella también necesita explicarse ese yo que la habita y la mantiene intacta y diversa. Al pintarse en ese estilo gótico —como si fuera un espejo transformándose— su fisonomía cambia, se vuelve más intensa, más nocturna. Es otra y, sin embargo, en esencia es la misma.

La joven aparece con capul, alta y esbelta, vestida con un traje lila que parece absorber la penumbra. Sus ojos vivaces arden con lucidez, como si miraran más allá del tiempo inmediato. Frente a ella se encuentra otra figura: una niña que la acompaña, presencia delicada que parece surgir de su propia memoria.

La muchacha gótica la observa como si contemplara a su doble. Esa niña —también vestida de morado— es su propio reflejo detenido en otra edad, en otro instante del ser. Entre ambas circula una mirada de reconocimiento y de asombro.

La perplejidad de la niña es profunda: descubre que ella misma, al crecer, se ha transformado en otra. Pero esa otra no es extraña; es apenas una dimensión distinta de sí misma, un paso más en el camino del tiempo. Lo que la inquieta no es la distancia, sino la revelación: esa mujer que la mira con serenidad es su futuro, su plenitud posible. Así, en ese silencioso diálogo de miradas, la niña comienza a comprender que dejar de ser niña no es perderse, sino abrirse a una forma más vasta de la existencia.

Y todo ocurre bajo un mismo ámbito secreto: la noche mágica y estrellada que envuelve ambos cuadros. Una noche profunda, casi cósmica, que sirve de trasfondo y de puente, como si el universo mismo custodiara ese encuentro entre lo que fuimos y lo que llegaremos a ser.

La autora muy reflexiva anota: “Dentro de estas pinceladas me retraté en dos tiempos: la mujer que soy, envuelta en la oscuridad gótica que me define, y la niña que aún habita en mí, luminosa, curiosa y sincera. Esa niña interior es quien guía mis pasos, quien toma las decisiones y me recuerda que, aunque crezca, nunca debo dejar de escucharla”.

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En otro de sus cuadros vuelve a aparecer la misma muchacha, pero ya transformada por el tiempo. Hay en ella una madurez serena, una belleza que parece haber alcanzado su plenitud. Sus labios, grandes y rojos, insinúan una sonrisa leve, como si guardaran un secreto. Sin embargo, sus ojos —apenas velados por algunos hilos de su cabello— dejan entrever una tristeza delicada, una sombra que la atraviesa.

A su lado se alza una figura inesperada: un esqueleto. Su presencia no es brutal ni aterradora; más bien parece un compañero silencioso, como si ella supiera que la muerte camina siempre cerca, discreta y paciente.

El fondo del cuadro estalla en colores psicodélicos, como un torbellino de sensaciones y pensamientos. Y en medio de ese universo vibrante, el esqueleto llama la atención: inclina su osamenta hacia la joven como si quisiera consolarla. Pero no es un esqueleto solemne. Lleva pequeños cuernos, torcidos y maltrechos, como los de un demonio cansado de su propia travesura.

Así, la muerte se vuelve casi una figura irónica, una caricatura tierna y absurda. Parece un esqueleto enamorado, una presencia que oscila entre la burla y la fidelidad imposible. No es solo la muerte: es también el amante inconcluso, el amor obstinado que persiste cuando ya no queda carne ni sangre. En esa escena late una sonrisa secreta, una ironía antigua. Como si el cuadro recordara, con eco barroco, la risa aguda de Quevedo, ese gesto burlón que desafía al destino mientras murmura:

«Déjame en paz, amor tirano,

déjame en paz.»

Y así, entre la belleza de la mujer, el esqueleto enamorado y la danza delirante del color, el cuadro parece decir que la vida, el amor y la muerte no son enemigos, sino actores de una misma comedia profunda: una farsa luminosa donde, al final, reímos de nosotros mismos.

En este cuadro la mujer alcanza una instancia distinta de sí misma, una totalidad donde lo erótico deja de ser insinuación para convertirse en presencia. Está desnuda, pero su desnudez no es fragilidad: es afirmación, un gesto de entrega al mundo y a su propia esencia.

Sobre su nuca se eleva una corona inesperada: un hongo. Uno de esos hongos que atraviesan otros cuadros de la pintora como un signo secreto, casi como un emblema personal. La amanita muscaria, roja y fantástica, parece que brotara de su pensamiento, como si la imaginación misma hubiese echado raíces.

 

A su lado vuelve el esqueleto sonriente, ese compañero extraño que hemos visto. Sus cuernos, persistentes, reaparecen como una señal ambigua: ironía, deseo, persistencia del amor inconcluso más allá de la carne y de la muerte. Esos cuernos, junto con los hongos delicados parecen crecer como antenas sobre su cráneo. Entonces surge una pregunta: si esta mujer alcanza un tono más alto al desnudarse y entregarse, ¿por qué su rostro no es exactamente el mismo?, ¿por qué su cabello ya no cae negro y suelto con su capul provocador que la define?

 

La respuesta parece insinuarse en la serie misma de otras de las pinturas: sabemos que es ella. Es la misma figura que se despliega en distintas etapas, como si cada lienzo capturara una metamorfosis de su espíritu. Donde ya no domina el aire gótico de los cuadros anteriores. En su lugar emerge una simbología más amplia, casi barroca, que recuerda aquel antiguo pensamiento de Quevedo: el amor constante más allá de la muerte. El esqueleto, lejos de ser amenaza, se convierte en cómplice de esa permanencia.

Los hongos, por su parte, adquieren una presencia decisiva. Son umbrales que la autora parece haber atravesado. La amanita muscaria se vuelve entonces metáfora de un viaje interior: un desalojo momentáneo de la realidad ordinaria y contumaz para entrar en otra región de la percepción, un territorio donde lo psicodélico se mezcla con lo simbólico y lo íntimo.

Allí, en ese mundo de visiones, la obra parece decirnos que la realidad no es una sola, sino una superposición de planos. Y la mujer del cuadro —desnuda, coronada por un hongo, acompañada por el esqueleto enamorado— permanece en el misterio, ya que atraviesa la vida, el deseo y la muerte.

 

Ella, María Juliana, la autora, lo dice: “Inefable es mi manera de retratar el amor. La figura del esqueleto representa la espera, lo inacabado, lo que aún no encuentra su forma plena. El día que llegue el amor verdadero, será él quien le dé cuerpo, quien lo llene de vida y de colores, como la presencia que lo acompaña. Porque el amor, para mí, es aquello que da carne al vacío y sentido a lo eterno.

En otro cuadro el mundo parece haber sido sembrado por la imaginación. El paisaje se puebla de hongos, de cactus y de flores que crecen como signos. Al fondo se levantan montañas rojas, ásperas y encendidas, mientras nubes moradas flotan bajo un cielo teñido de naranja y de verde. Un río cristalino atraviesa la escena y divide el territorio en dos silencios. Sobre sus aguas se extiende un pequeño camino de piedras que permite pasar de las montañas rojas, áridas y severas, hacia un paisaje verde que parece un oasis. Allí los cactus gigantes se elevan como guardianes inmóviles, y entre ellos florecen hongos y plantas que sugieren una tierra fértil, casi soñada.

Pero el cuadro también guarda una rareza inquietante: entre la tierra aparece la cabeza de un perro enterrado, como si vigilara el horizonte desde su extraño reposo. Es un detalle que introduce una nota de misterio, una sombra leve dentro de la fantasía del paisaje.

En medio de ese mundo simbólico aparece ella, la chica gótica. Vestida de negro, con zapatos negros, parece detenerse en el borde de las montañas rojas. Podría cruzar el río y entrar en el oasis verde, pero no lo hace. Permanece allí, en el límite, como si algo de esa aridez le perteneciera. Su figura se recoge en una quietud delicada. Hay en su postura una mezcla de silencio y timidez. Y sin embargo, su atención no está en las montañas ni en el río ni en el cielo fantástico que la rodea. Su mirada se dirige a algo más cercano, más íntimo: está pendiente de su gato. No es una metáfora ni un gesto casual: su mirada realmente descansa en él, como si en ese pequeño animal se concentrara todo su mundo. En medio de los hongos, de los cactus gigantes, de las montañas rojas y de los cielos imposibles, lo único que parece importarle es esa presencia.

Así, el cuadro guarda un secreto sencillo: en un universo lleno de visiones, símbolos y paisajes extraordinarios, el corazón de la escena permanece en un vínculo silencioso —la muchacha y su gato— compartiendo la quietud del mundo.

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En otro autorretrato, quizá el más elaborado y el más revelador, la pintora se muestra en primer plano, como si hubiera decidido, por fin, enfrentar el espejo de sí misma. Ya no es la muchacha que tantea el mundo: es una mujer que parece habitar plenamente su propia presencia. Su cabellera negra cae sobre la frente con ese capul que se ha vuelto su emblema. Desde allí, sus ojos miran de reojo, no con la serenidad ni con la pureza de una imagen devota, sino con esa mirada ladeada que en las colinas de Medellín llamarían “rayada”: una mirada oblicua, viva. Sus ojos son grandes, atentos, como si guardaran el asombro de quien ha visto demasiado y, aun así, continúa observando.

Alrededor de sus ojos se extiende una sombra purpura iridiscente, mientras que por su mejilla resbalan algunas lágrimas de oro que parecen recoger la luz de una noche secreta. Lágrimas que en otro cuadro ella misma nombrará—, lágrimas que contienen una tristeza difícil de descifrar. Tal vez provienen del descubrimiento de ese mundo adulto que tantas veces se revela pueril; que tal vez nacen de una herida más íntima, de la sensación de haber sido tocada por la crudeza del mundo.

Sus labios plenos poseen un rojo casi cruel, que sostienen el leño de un cigarrillo cuya brasa respira, mientras una estela de humo azul se disuelve en el aire. Ese humo parece envolverla con una seguridad nueva, como si el gesto de fumar le concediera un aura leve de una mujer de mundo, que ha aprendido a habitar sus propias sombras.

Es uno de los autorretratos que más cautivan, quizá porque se aleja de otros más díscolos y desbordados de color. En contraste con otro cuadro donde su rostro aparece azul, el cabello verde y espeso cayendo como aceite cenagoso sobre los hombros, los ojos rodeados de círculos con vórtices interiores y la lengua asomando entre los labios —un gesto ambiguo entre el placer y la travesura, mostrando sus pequeños dientes.

Aquí no hay desafío ni desmesura psicodélica. Aquí hay una presencia. Una mujer que se mira desde dentro, con lágrimas de oro, humo azul y una mirada que parece decir que el mundo —con toda su trémula aspereza— ya ha pasado por sus ojos.

 

jueves, 5 de marzo de 2026

El yo como territorio y revelación: los autorretratos de William Reazza / Víctor Bustamante

 

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El yo como territorio y revelación: los autorretratos de William Reazza

--- Víctor Bustamante

 

--- El yo es esa gema secreta que cada uno conserva de una manera ilimitada con sus abismos, sus destellos y dentelladas. El yo es diverso como las arenas de las playas o como los astros que no se pueden ver en la noche con su capa de obsidiana. El yo fulge de una manera inusitada, es algo que cada uno conserva para mantenerse alerta, lejos de las arbitrariedades de cada generación. En síntesis, el yo es lo que deslumbra y alumbra el camino de cada uno. El yo es múltiple y diverso, privado y asimismo la propia huella. Solo cada uno sabe lo que significa y cada uno sospecha que nadie puede abordarlo de una manera total. Ese sí se escapa desde cualquier ligera interpretación, el yo es cada uno en la diversidad.

--- Lo anterior para referirme a la persistencia de William Reazza en pintar su rostro, para descubrir y redescubrirse y auto descubrirse, en la continua perseverancia de un círculo virtuoso por la manera en que lo hace. De ahí que ese yo que pernocta en cada uno nunca como un vecino, ni como un amigo sino como el mejor amigo y el rival, sea expresado por el rostro de cada uno de nosotros. Huella visual, infierno personal, rayo que parte con una mirada como diría Rimbaud. Entonces la pregunta seria, cuál es la razón por la cual William se pinta así mismo y tiene como modelo en el mayor de los casos su rostro. Podríamos decir que es vanidad, en la primera instancia de una respuesta delirante. Podríamos decir que le gusta mostrarse, empaparse de sí mismo frente al espejo. Pero no, William está aparte de esa interpretación ya que él lo que busca es la diversa expresividad en cada una de esas instancias en que se ha pintado, es decir en que se ha redescubierto y así mismo autodefinido; en la entrañable búsqueda de sí mismo en la noche oscura del alma como diría San Juan de la Cruz.

--- He dicho antes de que podría realizar sus autorretratos mirándose al espejo, lo cual es una dualidad y un solipsismo, ya que se necesita mucho silencio y concentración para que las manos obedezcan y pinten a su amo, que frente al espejo detecte algún rasgo, una línea, un detalle que la mano debe plasmar al frente del lienzo en contraposición.

--- Sí, contraposición con el espejo primitivo y brillante que lo refleja y el lienzo que lo va describiendo a medida que el pincel llevado por sus manos decida darle forma al rostro de su dueño que ha decidido verse, hurgar, buscarse en sí mismo en esos momentos supremos de rebelión y soledad.

---  Pero también en algunas de sus pinturas se basan en selfis, a las cuales imprimirá sus pinceladas. Y es ahí que llegamos a esas selfis de William donde él en diversos instantes decide cuál de ellas será la escogida para darle su tono, para que mediante sus trazos él le otorgue su textura, a la propia devoción a su rostro, ese rostro que es cambiante cada día, como si temiera que la memoria le jugara una mala pasada. Pero William no se ahoga en su rostro como Narciso al decir de Lezama Lima.

---  Hay una presencia enorme en esa tradición de los autorretratos, pero solo voy a referirme a Van Gogh, a lo que el afirma que debe pintarse porque no tiene dinero para pagarle a una modelo. De ahí nace esa superposición, esa sucesión de rostros de Van Gogh en diferentes épocas en que él, a través de ese yo lacerado, se busca en su interiorización, a lo mejor para expresarse así mismo, pero también para explicarse así mismo. Y sin darse cuenta nos ha donado desde la soledad nada menos que el legado de su rostro, tosco, a veces, triste; silencioso otras, herido también como una manera de expresar no solo el paso del tiempo sino para saber cómo lo arredra esa sensibilidad que aflora a la superficie con sus trazos fuertes, únicos, disolventes y salvajes.

 ---  La soledad de William deslumbra en sus autorretratos, pero no es una queja sino una certeza en el sentido de que, a cada momento del día o de la noche, él debe realizar unos trazos, pero eso sí no en la esfera de lo que ve en ese momento, sino en la necesidad de verse, de saber cómo anda de ánimo, para así seguir con esa tradición de aquellos pintores que necesitaron, de una manera vital, expresarse mediante ellos mismos, es decir, de redescubrir su rostro como esa memorabilia que es necesario plasmar en ese instante, ya que están protegidos, es decir aupados y guiados por la inspiración, esa musa que atrapa y corre, y que obliga, a buscar el escenario, posible entre telones, es decir su propio rostro.

---  Podría ser que la pintura amengua su ilimitada persistencia en reflejarse, pues a través de su arte no solo se auto descubre, sino que se redefine en ese instante turbador cuando en esa ceremonia secreta de la inspiración y de su auscultación indaga por ese misterio de la creación misma, y no solo eso, porque la razón más poderosa es indagarse así mismo sin descubrirse a sí mismo. Como afirmaba Schopenhauer, uno nunca sabe quién es uno mismo.

---  Así, en esta circunstancia, William se abre paso a través de las horas espesadas de la noche o en el fragor del día cuando sus trazos buscan su rostro para detenerse un solo momento como haría Velásquez que mira al espejo antes de sumergirse en Las Meninas, pero Reazza solo sabe que se busca así mismo, solo sabe que él es el pintor y su modelo como una manera sagrada de expresar su libertad creativa y la agilidad de su trazo lo denota.

---  De ahí que sus pinturas expresen su lucidez, su silenciosa lucidez, y así mismo su independencia lejos de las modas y de los salones de arte entre comillas, de bienales de risa llenas de ridiculeces, donde una idea pueril pretende destruir la consciencia de un artista como William Reazza. Entonces caemos en cuenta que un artista como él expresa con sus autorretratos la crítica a su tiempo, ya que él está más allá de las llamadas instalaciones y cosas de esas porque él está aún y a más de eso enfrascado en su devenir como persona, y de ahí al pintar su rostro que lo acoge y lo acompaña, lo que denota es el devenir de su propia historia y su circunstancia. Comprendemos que, en esa rebelión interior, El pintor huye de la circunstancia de su tiempo, lo cual denota algo que poseen muy pocos y es la libertad de pertenecerse a sí mismo y a la sustancia del arte, de su arte, sin ninguna escuela y menos con el medio, porque él pertenece solo a la persistencia de sí mismo, a buscarte en su propia huella, donde es soberano, sin subordinarse a nadie sino a su creatividad.

---  En esta indagación está muy presente su cámara fotográfica, aquella que lo acompaña para pintar sus autorretratos. La cámara capta expresiones que se congelan de uno, que nunca serán repetibles, así como gestos, miradas solidificadas para el tiempo de una selfi que es el autorretrato clásico. Seguro que cuando William las realiza sabe que barre un instante captado, nunca previsto, que sorprende, y lo sorprende a él mismo en esta circunstancia de saber que la cámara posee sus secretos y su mirada al captar expresiones que se escapan.

---  Parece ser que, para William, sólo el artista se salva el mismo de lo banal y, de lo absurdo de los teóricos, siguiendo su camino en solitario, valioso y pertinaz, ya que solo él transforma en un presente radiante, palmario y fuerte lo que de otro modo no sería sino las coloquiales propuestas que al otro día son las ruinas del artista imbuido por las modas y la improvisación informe de una duración sin memoria, es decir la reproducción nada menos que de la descomposición asquerosa del cadáver de lo nuevo o novísimo o posmoderno sin tradición, sin sustento y sin entusiasmo.

---  William recobra los cauces de algo, en apariencia muy sencillo, como son los autorretratos en medio de tanto selfi inexpresivo. De ahí su valentía, de no querer parecerse a nadie ante esos innumerables selfis tan parecidos que, con el tiempo, se convertirán en ruinas. De ahí que sus búsquedas, porque las tiene, le otorgan ese privilegio enorme, de buscarse así mismo, sin preocuparse de lo llamado actual o moderno, ya que su arte da la medida de sus vestigios e indagaciones, impresas en esa huella tan personal como es el rostro de él mismo, como preocupación, iba a decir objeto, de su camino artístico que se enriquece sin cesar con un sentido siempre inquietante, que nos atrae y nos sugestiona porque estos rostros, sus diversos rostros, nos conmueven desde la premura o desde la misma osadía en que llegan desde su misma creación.

 


sábado, 28 de febrero de 2026

EL NUEVO RELATIVISMO MORAL Dario Ruiz Gómez

 

Zdzisław Beksiński

EL NUEVO RELATIVISMO MORAL

 Dario Ruiz Gómez

“Claro, reconocen  el profesor, la intelectual “progre”, que los “levantados en armas”   cometen masacres contra el pueblo, pero no olvidemos la crueldad de los romanos, de la  sociedad colonial inglesa” Un sofisma tan grande como una casa para eludir la responsabilidad que les corresponde ante la violencia que en Colombia se ha convertido en espectáculo gracias a este relativismo moral. A este cinismo es, recordemos, a lo que se califica como “la mala conciencia burguesa”, característica de ese estrato social que se ufana de  su identificación con  “la lucha contra el Estado burgués”,  lo cual constituye una clamorosa contradicción, ya que si fueran verdaderamente leales a estos enunciados habrían abandonado la cómoda vida que llevan  y hoy estarían pudriéndose en el monte. Hubo un momento en que las clases ilustradas de Colombia se declararon  “izquierdistas” señalando  a quienes no están de acuerdo con ellos como bichos raros por seguir creyendo en la civilización cristiana, en leyes universales de justicia. Ejemplo de la intolerancia de la llamada  social bacanería es el veto contra el más grande filósofo  que haya dado  Colombia y cuyo pensamiento es reconocido universalmente, me refiero a Nicolás Gómez Dávila, acusado, sin leerlo, de individualista, de anticomunista, manidas acusaciones para condenar a quienes no piensan como ellos, a quienes criticamos el borreguismo  de los que Dávila llama  revolucionarios de fines de semana.

 

“El hombre es historia -Ortega y Gasset dixit-  y  no naturaleza” recuerda que quien vive en una sociedad manipulado por los medios de comunicación e informado tanto de lo que acontece en Gaza como en Venezuela no puede devolverse, insisto, a la supuesta inocencia de lo ancestral ya que inexorablemente la crispación social  y sobre todo la ideología política nos ha convertido desgraciadamente en seres históricos. Observo a esta pareja a la cual  conocí cuando eran jóvenes universitarios antes de que ciegamente se entregaran a la  “Revolución”, me doy cuenta de que lo que los envejeció prematuramente fue el haber convertido en  mesianismo lo que no era más que una hipótesis política la cual terminó por alienar su cerebro al eludir  las contradicciones de la vida. Las lecciones que nacen del conocimiento de la historia -para no volver a repetirla- es darse cuenta de que la historia no es lo que sucedió en el pasado si no lo que está sucediendo en el presente y las infamias que la ciudadanía venezolana padeció se han vivido y se continúan viviendo en Colombia, solo que en  bajo la confabulación del  silencio tal como lo podemos constatar con la irresponsabilidad de muchos magistrados, con el sainete diario de la clase política, con la falsa neutralidad  de los medios de comunicación sobre la barbarie que está padeciendo el pueblo colombiano y con la  irresponsabilidad de las llamadas élites de la  izquierda ilustrada  que ahora, después de haber contado con cuatro años de gobierno para cambiar al país combinando “las distintas formas de lucha”  - dos millones de colombianos en el exilio, un millón desplazado, secuestros, atentados - piden que se frene a la Derecha y se continúe con  el farcismo de Cepeda, Aída Avello, Carolina Corcho, Isabel Zuleta, Clara López, Sanguino  o sea el mismísimo  Partido Comunista FARC EP esta vez camuflado de “Pacto histórico” 

 

 

 

 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

La vida en grande de Arnulfo Arias // Víctor Bustamante

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La vida en grande de Arnulfo Arias

Víctor Bustamante

En Arnulfo Arias se conjuga una palabra que es una actitud ante la vida: viajar. El viaje lo embarga, y lo embarca a la lejanía, no le crea incertidumbre, sino totalidad, pero no es para escapar, no es evasión; es el deseo de comprobar que el mundo, los mapas, sus calles, las ciudades antiguas y modernas, las fachadas de las casas, las diversas religiones, y sobre todo, las costumbres definen cada uno de sus pasos en ese transcurso. De ahí, que ese ser disperso por tantos lugares que al viajar se conoce, se planta, pero en su parcialidad siempre riñe por algo inusitado: su supervivencia. De ahí que conversar con Arnulfo, después de cada viaje, es saber que la totalidad de este mundo es aprehendida con sus palabras. En él, viajar no es huir, tampoco es turismo, pero sí es certeza, sí interiorizarse, ansias de saber, de conocer: comerse el mundo a dentelladas. A veces visita un zoco religioso en la India, o un castillo que lo deslumbra en Transilvania o a más de eso persiste la plenitud de su vida en Río de Janeiro, y de las favelas, que las ha vivido en toda su dimensión de belleza y miseria, donde indagó y padeció el esplendor de la carne en medio del hambre y del mundo encriptado en el círculo vicioso del eterno retorno de la desventura como norma de vida.

Aún tengo presente una historia que me había relatado en los dias de cine del Instituto Goethe, cuando se fue para Nueva York, donde unos colombianos, amigos cambiantes que, cuando Arnulfo llegó de visita le exigieron salir con ellos desde la madrugada a la ciudad; ellos al trabajo y Arnulfo a merodear Nueva York, y así caminó sus calles y sus paisajes secretos, lejos de los colombianos que lo invitaban a no quedarse en casa, ya que allí guardaban bajo el colchón sus ganancias de trabajo y de esa manera evitaban las posibles tentaciones por los dólares ajenos del visitante.

Pero si viajar trae sus pequeñas felicidades, así Cavafis nos reproche cuando poetiza ese ser interior que nos habita, que señala y reclama su lugar de origen. También es cierto que escribir es un viaje, sí, un viaje con retornos y huidas, con pausas y con diatribas, que se resumen en un libro. Y es precisamente de ese libro, su libro, La vida en grande, (Impacto editorial, 2008), el cual atrae por una de esas razones, el concepto del viaje, no solo en la memoria, sino a su origen, Riosucio.

Arnulfo no se previene para viajar, es más, parece que lo necesitara como materia de investigación no solo para corroborar como el ser humano siempre en cualquier parte del mundo es similar, tentado por las mismas aquiescencias y diatribas, sino que el interior del viajante necesita comprobarlo para saber que viajar no es un proceso de aniquilación sino de certeza. Esa certeza que a veces alegra en apariencia al respirar nuevos veranos, pero también se corrobora, como plantea Cavafis, que somos iguales en cualquier rincón del planeta, que solo nuestro carácter es lo que hace visible y notorio esta estrategia del viaje. De todas maneras los relatos de Arnulfo poseen esa materia que los funde con su creatividad, ya que él ha narrado lo que otros no vieron, de ahí que estos se encuentren imbuidos de recuerdos, como los cuentos sobre Riosucio, esos cuentos que son materia de su memoria en este caso un regreso, y qué es un regreso, sino ese viaje al centro de la memoria para denotar que esos eventos no se deberían olvidar, sino que hacen parte de esa síntesis de lo cotidiano que nutre la historia de un pueblo tan valioso como Riosucio. Como parte de esos pueblos que se resisten a olvidar sus orígenes, esos orígenes que desplegarán sus frutos, así como esos orígenes serán rescatados de esos recovecos de la memoria. De ahí que esos momentos que quedaron para el autor los recupera del rincón de la historia para contarlos, para dar una versión de Riosucio muy personal y no dejar que esos eventos pasen al archivo común de la oscuridad y del olvido. Sexo, muerte, asesinatos, faltonerías, mujeres extravagantes y hombres traviesos, calles que los inscriben, cenáculos donde pernoctan. Así, Arnulfo los reconstruye en estos viajes nunca metafísicos en los cuales alardeará de una manera total, ya que él estuvo allí y no quiere que esa materia se olvide, que pase injustificada al despeñadero de la oscuridad porque precisamente el autor lo recobra, lo cuenta,, y nos causa ese desparpajo porque así sabemos que Riosucio no solo posee una ceremonia con el diablo, sino que Arnulfo, al recobrar esos eventos de su infancia, hace apetecible otra forma de la historia y  es que, aunque no está escrita en los anales, podríamos decir oficiales o de escritores que no la vivieron, por esa razón el autor hace presencia y nos dice, aquí vi estos personajes y sobre ellos he escrito eso sí con la certidumbre de decir que lo hace para que  no se olvide su presencia, ni la de esos personajes, ya que Arnulfo al sacarlos de las gavetas oscuras del tiempo arrasador les da un lugar.

El escritor siempre tiene presente eventos que lo han marcado con fuego, de ahí que su estadía en Brasil lo haya llevado a vivir en las favelas, sí esas favelas, donde se inmiscuyó en ellas, de tal manera, que tuvo amoríos con una mujer feísima, de cuerpo estilizado, negra, faltona, llena de desparpajo que lo dejó marcado, para siempre con las huellas placenteras a fuego al abandonarlo. Allí Arnulfo ha sido testigo de ese hábitat cubierto de mala prensa donde la pobreza en términos totales obliga a sobrevivir. Arnulfo da ese paso hacia esa perspectiva que él vivió en esos lugares,, nunca santos y que le han servido para redefinir eso que llamamos amor. Allí participó no como espectador tibio, sino como involucrado en un rito, la macumba, para casarse en una ceremonia oscura, poseído por el don de la trampa almibarada y certera del amor en tierras extrañas.

En Arnulfo no existe la angustia de estar solo durante el viaje de la escritura. Todos sabemos que escribir es el viaje más oneroso, más atrabiliario y más profundo, ya que él no se deja delimitar, por el contrario, busca la vida de esos lugares en personas nunca de renombre, sino sencillas donde observa una verdadera definición sin maquillaje del lugar visitado. Escribir para él se convierte en una actividad que honra, nunca de turismo con manuales, sino que él va al fondo, a la parte que no se habla y que en él brilla. En él brillan, esas zonas oscuras en sus diversos relatos, no sólo por esas razones sino por otras más profundas y desconocidas.

Así, escribir para él, es percibir esa cosa escondida que no vemos sobre la superficie, que lo apabulla y le causa curiosidad; una curiosidad inmediata que lo lleva a ahondar y casi a abandonarse de una manera pragmática en esa corriente oculta que cruza cada día, cada ceremonia, cada diálogo; síntesis de cada viaje y que lo lleva a contarnos ese magnifico cuento en Brasil, sobre la macumba, donde en una ceremonia subterránea, se entrega a los abrazos impuros de la traición inesperada.

De ahí que, en La vida en grande, estas expresiones del viaje, de sus viajes, retrotraen una certeza incuestionable ya que evocan la atracción y la curiosidad, donde destella el intenso rayo que no cesa del deseo, la pasión detrás de la escena sin libreto de la vida cotidiana que se desencadena. Ya sea con la faltonerías, ya sea con la mentira, ya sea con el engaño o con la trashumancia de los llamados sentimientos interesados en otras circunstancias donde le teatralidad se pavonea cruda con la mentira que aflora, como norma de vida, que coordina la circunstancia del engaño y la muerte en algunos de sus cuentos. Así Arnulfo Arias.



 


sábado, 21 de febrero de 2026

Un gusto / Daniela Coha

Daniela Coha

Un gusto

Daniela Coha

 

Un gusto

Sí,

Un gusto es.

Compartir lo que amo conmigo.

Soltar la necesidad de que otros aprecien

Lo que he amado desde siempre.

El viento despeinando mi cabello.

Las flores de los Guayacanes en el suelo.

El anaranjado del atardecer.

No hay nadie a quien complacer.

Un gusto

Sí,

Un gusto es,

Compartir la vida conmigo.


RESTOS DE PATRIA / Darío Ruiz Gómez

 

Zdzisław Beksiński

RESTOS DE PATRIA

Darío Ruiz Gómez

Diosdado Cabello ha desmentido de nuevo al Presidente Petro, esta vez recordándole que la explosión que se sintió en un lugar del Golfo de Maracaibo  no fue en una fábrica  sino en un enfrentamiento entre el ELN y las Disidencias con presencia del Ejército venezolano y cuyo saldo mortal fue de ochenta muertos. ¿Lo hacen de verdad para apoderarse solamente de las rutas de exportación de cocaína hacia Estados Unidos y Europa o lo fundamental consiste en afirmar  territorios que en  una mesa de conversaciones podrían reclamar como propios? Por otra parte en la historia del movimiento guerrillero en Colombia, tal como se puso de presente en Urabá,  en la misma Venezuela donde eliminaron sin contemplación alguna a Santrich, a Gentil Duarte y a muchos comandantes del ELN en una lucha fraticida, este tipo de insania ha sido lo característica cuando estalla la suprema irracionalidad de la “justicia revolucionaria”  En un enfrentamiento entre los Comandos dela Frontera de Calarcá y la Carolina Ramírez fueron asesinados 22 muchachos indígenas de esta última .La visión de los cuerpos desnudos de estos indígenas arrojados por una volqueta en una fosa común ilustró el significado de este tipo de matanzas entre grupos guerrilleros. Por esto el espectáculo de treinta cuerpos de anónimos guerrilleros asesinados por Calarcá en el Guaviare su país privado y donde se dio el lujo de mantener bajo toque de queda a más de cuarenta mil habitantes comprueba la barbarie de estos actores armados que circulan en vehículos oficiales libremente sin que nadie pueda detenerlos. 

Aquí sí el jaguar que, es una bestia, da paso a quienes al ponerse un uniforme y aceptar como evangelio unas disparatadas versiones de  Marx o Lenin son presas de las más oscura insania que de militantes de una ideología tóxica  pasaron a convertirse en despiadados defensores de una patria inventada para engañar bobos. En abril del año 2.000 el Partido Comunista que había firmado la Paz refrendó el llamado Movimiento Bolivariano cuyo objetivo fue crear la República Bolivariana de Colombia respaldados y financiados por Chávez. Reyes, Marulanda, Santrich, Pablo Catatumbo, Alfonso Cano entre otros aparecen junto al Partido Comunista Clandestino como dirigentes de esta farsa cuyo verdadero objetivo tal como lo estamos viendo gracias a la detención de Maduro  fue constituirse realmente en una organización criminal dedicada a enriquecerse  a través del narcotráfico y la minería ilegal. Es lógico entonces que tilden a sus adversarios políticos de “antipatriotas” Calificarlos de fuerzas binacionales es exacto como lo pretendieron eliminando inicialmente las fronteras entre el Zulia y el Catatumbo. Que hoy a diez años de la firma del Pacto de Paz Santos-Timochenko las FARC no haya entregado ni un uno por ciento de la reparación debida a miles y miles de víctimas comprueba, repito, que la JEP no ha sido una justicia transicional sino parte de esta farsa donde no solamente incumplieron una promesa si no que bajo el señuelo de esa supuesta patria siguieron enriqueciéndose: 196 soldados y policías han sido asesinados desde 2025 hasta la fecha de hoy.  Señala a Petro, Salud Hernández.  como incapaz de haber detenido esta carnicería, olvidando que el gobierno las ha propiciado y es quien ha colocado las graderías invisibles para que una sociedad indiferente se distraiga contemplando este circo romano.

 

¿CRISIS DE LA IZQUIERDA O SU DESAPARICIÓN HISTÓRICA? / Darío Ruiz Gómez

 

Zdzisław Beksiński

¿CRISIS DE LA IZQUIERDA O SU DESAPARICIÓN HISTÓRICA?

Darío Ruiz Gómez

Dos acontecimientos han servido para colocar contra la pared a lo que especialmente en Colombia, por pereza mental, seguimos llamando Izquierda, la caída del brutal régimen de Maduro y el levantamiento de las mujeres en Irán. Alguien argumentará que ni siquiera gramaticalmente  se  puede reconocer categoría política al chavismo y al madurismo  que más que una dictadura pasaron a ser demostraciones de barbarie más cerca de un Boko Haram  o de aquel sanguinario intento de Califato que asesinó igualmente más de 10.000 católicos de una antiquísima iglesia. La brutalidad, volvamos a repetirlo, es la fase final de un tipo de  violencia que se justificó bajo argumentos de redención de los grupos oprimidos por el colonialismo y la miseria  pero que al perder toda conciencia sobre sus límites ya no sabe lo que se ha sobrepasado y entra de lleno en los desmanes de la brutalidad por la brutalidad caso del ELN y las FARC. El sadismo de los Comandos de la Frontera sobrepasa las brutalidades de los cuerpos de “defensa de la revolución” madurista. El infame espectáculo de ocho millones de exiliados no se produce solo por hambre como parece a simple vista sino como el uso de la brutalidad desbocada de unos esbirros. Y la Izquierda populista colombiana apoyando a Hezbolá y proclamando su antisemitismo ha terminado por justificar la brutalidad.

¿Qué queda entonces de los principios de la llamada Izquierda humanista, supuesta defensora de la libertad, del progreso moral ante el espectáculo circense que nos está dando el Pacto Histórico y la solapada izquierda que calladamente ha impuesto la dictadura del Pensamiento único en la educación escolar y en la educación Universitaria? Cuando astutamente se impone el multiculturalismo como se ha hecho en Colombia se niega la diversidad al negar y sobre todo perseguir el pluralismo, base de la democracia,  imponiendo el igualitarismo y no el derecho a la igualdad que son dos conceptos distintos. Que nadie piense por sí mismo que para eso está la constituyente que permite hoy que una persona que no ha terminado el bachillerato sea Canciller o embajadora. A estas alturas como queda claro en Venezuela la aridez mental, el cainismo sustituyen a la política para encubrir las nuevas formas de degradación de la justicia, la entrada de un gobierno en el narcotráfico y el panóptico como símbolo del odio a la libertad y a la inteligencia. Tenemos que volver a la lucidez de Ortega y Gasset para entender cómo se desfigura el concepto  de pueblo cayendo  en el plebeyismo que es lo característico de cada uno de los actores de la farsa madurista y de nuestros populistas colombianos. El nombre de Izquierda es lo de menos  ya que decir que Iván Cepeda, pongo un ejemplo, es el candidato de la ética no solamente constituye una broma sino el despropósito de quienes, eludiendo la autocrítica, solamente tratan ahora de aferrarse a un puesto burocrático sabiendo que ya no existen, precisamente por falta de ética.

Ética sería haber metido a la cárcel a los mayores asesinos de nuestra historia las Farc un proyecto de barbarie al cual Cepeda ha defendido durante los dieciséis años que ha pasado sentado en el Congreso bajo la paranoica obsesión de meter en la cárcel al mayor enemigo de las FARC, el Dr Uribe. ¿Ética quedarse callado ante estafas como lo el llamado Ministerio de Igualdad donde se han robado el dinero de las mujeres humildes, humilladas o el robo del Ministerio de Salud con miles y miles de humildes gentes sometidas al sufrimiento físico y a la muerte? A buscarse entonces un Partido  donde confluya su totalitarismo disfrazado porque en un sistema democrático ya no tiene cabida.