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| Julio Cortázar, el escritor y sus cuatro amores de Fernando Rivillas |
Neonadaísmo2011
Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali. Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza. neonadaismo@gmail.com
miércoles, 11 de marzo de 2026
EL ABISMO NEGADO / Darío Ruiz Gómez
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| Zdzisław Beksiński |
EL
ABISMO NEGADO
Vamos
hacia unas elecciones entre candidatos de diferente origen racial o
diferentes y diferentes grupos residuales de la
“internacional proletaria” En este proceso de destrucción de la democracia
mediante una violencia sistémica por un lado
- que no pasa de ser noticia - y
la anulación de los tradicionales Partidos políticos ajenos hoy a la
defensa de las libertades individuales y colectivas, a la defensa del bien
común y de la empresa privada, esto se
convierte en una conquista política de
nuestro poderoso totalitarismo. Acabo de escuchar al nuevo Comandante de las Fuerzas Armadas quien ante lo que
suponen el ELN y las Disidencias dueñas
de dos Estados venezolanos por voluntad de Maduro y que – repito, repito - cada semana matan tres policías indefensos,
han llevado a cabo el desplazamiento de 600. 000 ciudadanos del Catatumbo
para establecer como lo acordaron Petro y Maduro una “Zona Franca para
el intercambio comercial y cultural” -
no lo olviden- eludió la pregunta dejando perpleja a la ciudadanía en su derecho a esta
información así como a enterarse sobre los inauditos beneficios que se le están
otorgando a un delincuente como Calarcá. ¿La extrema violencia que se vive en
Cucuta no es consecuencia directa de todo esto?? ¿A dónde están huyendo estos
criminales tal como lo están haciendo
cientos de médicos cubanos? El desplazamiento de población, insisto,
pero en este caso como estrategia fallida con la captura de Maduro y el
inesperado confinamiento en la frontera de estos contingentes de invasores lleva a preguntarse por lo que acontece a
través de toda la frontera, algo
que sufre directamente la
población afectada pero que el Comandante de nuestras Fuerzas Armadas convierte
en secreto y sobre todo ninguno(a) de estos candidatos de ocasión ha puesto
sobre el tapete como un problema que de no resolverse puede afectar para
siempre la democracia colombiana y que olvidan
candidatos (as) que en vez de proclamar la restauración del Gobierno y el Congreso van a darle legitimidad a un disimulado traslado del madurismo hacia Colombia. Elecciones y gracias a las elecciones
manipuladas por la podredumbre de cierta
clase política preocupada más por sus curules que por las ya evidentes amenazas
contra nuestras libertades conquistadas.
El saboteo de las instituciones, el plan de perturbación del orden público recurriendo al terrorismo contra la población civil. Lo que me sonroja y no me asombra es ver que en esta rapiña electoral comiencen a proliferar los “antipetristas” y se denuncie la corrupción del gobierno ya que todo esto fue evidente desde el primer año de Petro y a nadie le importó que se agrediera el Estado de Derecho y la JEP terminara haciéndose la de la vista gorda al no castigar los crímenes de las FARC EP, la toma de universidades, los cinco secuestros diarios en la Panamericana. ¿Desconocían quién era y es Iván Cepeda? Al traicionar la reserva moral que fueron los Partidos Liberal y Conservador se desmantelaron los argumentos de la civilización y se terminó por callar ante lo que el estalinismo busca: silenciar y destruir. Que es lo que un parlamentarismo vendido propicia, ¿Qué buscan los Verdes si no apoyar a Cepeda o los evangélicos o ese desfachatado número de supuestos Partidos de garaje inventados por candidatos sacados de la zoología politiquera si no legitimar el nepotismo porque el nepotismo ya es una costumbre crónica en esta inesperada clase política? Si observamos con cuidado nos damos cuenta de que lo que prevalece no es la consciencia de salvar la democracia en momentos en que el abismo se abre ante nosotros. Votar libremente es votar por la libertad. Como recuerda Tony Jud . “Como ciudadanos de una sociedad libre, tenemos el deber de mirar críticamente nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento” P. D. Mi voto será por Paloma Valencia.
LOS EMIGRANTES Y ESPAÑA / Darío Ruiz Gómez
| Zdzisław Beksiński |
LOS
EMIGRANTES Y ESPAÑA
Darío Ruiz Gómez
Con
fines claramente electoreros el gobierno de Pedro Sánchez ha anunciado la
legalización de 500.000 emigrantes, cifra que se estima será sobrepasada pues
Marruecos ha comenzado a enviar cientos de sus ciudadanos para que sean
legalizados bajo la política de socavar desde dentro la sociedad española.
Sorprende el alto número de irregulares provenientes de África, de Argelia,
movilizados por el poder islámico. Musulmanizar Europa es el objetivo de este
fundamentalismo para sustituir la Biblia por el Corán. El Parlamento europeo
acaba hacer una enérgica advertencia a España por el peligro que supone para la
comunidad europea esta improvisada legalización dado que la mayoría de estos
emigrantes no se suelen quedar en España si no que buscan el amparo de
sociedades más prósperas, Francia, Alemania, Suecia. La incorporación a la vida
española en la última década de emigrantes colombianos, venezolanos,
latinoamericanos se ha hecho sin traumas, renovando la sociedad española. Y
esto mismo se ha dado con los ucranianos o sea con las poblaciones que se
integran a través del catolicismo, del cristianismo y lo mismo sucedió
históricamente con argelinos, marroquíes hasta el momento en que hizo presencia
el fundamentalismo islámico cuyo objetivo es, repito, destruir Europa. Mélenchon el líder populista admirador de
Maduro, de Castro y defensor del terrorismo islámico ha inventado el sofisma de
que frente a “la decadencia de la sociedad francesa” se hace necesario el
remplazo de esta por una nueva sociedad más vital como la representada por la
emigración africana, todo esto porque al haber girado la clase obrera hacia la
derecha busca a la desesperada una mayoría política.
Sin
escrúpulo ético Pedro Sánchez con el fin de mantenerse en la Presidencia no ha vacilado
en alentar al nacionalismo catalán concediéndole toda clase de prebendas,
auspiciando el separatismo, lo mismo que ha hecho reconociendo y pactando con
Bildu el Partido de los etarras asesinos y sobre todo entregándole al poder a
Podemos un Partido Frankenstein que nació con el dinero de los ayatolás iraníes
y contó con el permanente auspicio económico de Maduro. Este partido como el de
Sumamos que ya, repito, son una minoría de ignorantes, inventada para sostener
a Sánchez en el poder ha sido borrada en las últimas elecciones regionales de
Extremadura y Aragón y lo será en el resto de España. Vulgares arribistas
sociales, Irene Montero, siempre
haciendo gala de su ignorancia, fue la Ministra de Igualdad más nefasta en la
Historia de España, con Ione Belarra de su misma catadura han sido las
encargadas de defender esta oportunista
regularización de los emigrantes lo que ha sido aprovechado por el islamismo en
su estrategia de reemplazar una “sociedad agotada”, colocando un emigrante
musulmán donde está un trabajador español, algo manifiestamente estalinista,
imponer el velo, prohibir que las mujeres acudan a la universidad, volver al
atraso económico bajo el modelo talibán.
El racismo, pero al revés, la destrucción, mediante el caos social de la noción
de gobierno, democracia, religión. En su histeria de ignorante la Montero
anuncia que con la incorporación de estos emigrantes “vaciará a España de
fachas, de derechistas” calificativo ya desgastado para rechazar violentamente
a quienes se oponen a este peligroso aventurerismo. Claro, todos somos
migrantes y España aún más pero no podemos confundir esta migración con
aquellos que esclavizan los grandes Coyotes en un negocio donde miles de ellos
se ahogan, donde se camuflan los delincuentes.
¿Qué
hará con la clase obrera española que apenas sobrevive al desempleo, las bajas
pensiones y la más indignante falta de vivienda, los enviarán a ocupar los
países que estos manipulados emigrantes están abandonando para votar para que
Sánchez se perpetúe en el poder? P.D El reemplazo de una población por otra lo
han hecho y lo siguen haciendo las FARC EP reemplazando la memoria de las
comunidades por las ideologías de “la identidad”. Es lo que hacen en el
Guaviare, Briceño, el Cauca, el Chocó.
domingo, 8 de marzo de 2026
María Juliana Arias, Autorretratos.
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Autorretratos de María Juliana Arias
/ Víctor
Bustamante /
En
los autorretratos de María Juliana Arias se percibe que provienen,
directa o indirectamente, de episodios de su propia vida. No se trata de una
autobiografía literal, sino de un conjunto de imágenes donde su experiencia
personal se transforma en materia simbólica. En síntesis, lo que surge es un
universo íntimo en el que se detectan las preocupaciones esenciales de una
mujer que atraviesa el umbral entre la adolescencia y la juventud.
En
ese tránsito vital se advierte un gesto significativo: los testamentos heredados
—aquellos discursos, valores o imaginarios provenientes de generaciones
anteriores— parecen perder peso o, al menos, no ocupar el centro de su mirada.
En lugar de reproducirlos, Arias construye un territorio propio. Su pintura se
levanta como un espacio donde formula su propio lenguaje y su propia
sensibilidad, un territorio que se alimenta de experiencias y de elementos
aparentemente dispersos: sus lecturas, ciertas exploraciones perceptivas como
las asociadas a los hongos, la estética de los videojuegos, los momentos de
fumar en soledad, y sobre todo el impulso irreprimible de pintar aquello que
emerge de sus inquietudes estéticas.
De
este modo, su pintura se convierte en una forma de indagación. No es un simple ejercicio
formal ni un repertorio de imágenes decorativas, sino un procedimiento para
interrogar su existencia. Cada cuadro parece una tentativa de acercamiento a sí
misma, como si la artista pretendiera descifrar, a través del color y de la
figura, aquello que la atraviesa interiormente.
Tal
vez esta orientación se explique por una especie de intuición. El mundo que le
ha tocado habitar es, en muchos sentidos, distinto del que contemplaron o
experimentaron quienes la precedieron. Se trata de una realidad fragmentaria,
saturada de estímulos, atravesada por nuevas sensibilidades culturales y
tecnológicas. En ese contexto, el legado de las generaciones anteriores no
aparece como una guía confiable. Más bien parece un horizonte distante, a veces
irrelevante.
Por
ello, en sus imágenes no se impone un universo dominado por figuras adultas o
por estructuras simbólicas heredadas. En su lugar emergen otras presencias:
atmósferas, gestos, escenas cotidianas, donde ella como personaje central se
sitúa en un estado de búsqueda o de suspensión. Son instancias del mundo que la
rodea —fragmentos de experiencia, sensaciones, visiones— a las cuales ella
decide aproximarse con curiosidad y con una mirada profundamente personal.
En
ese proceso, Arias va construyendo una perspectiva propia. No se limita a
describir lo que ve; más bien transforma lo que la rodea en una experiencia
estética. Es posible que esa insistencia en la exploración interior tenga que
ver con una cierta percepción crítica del mundo exterior. El entorno social que
la circunda puede parecerle, en ocasiones, injusto, confuso o incluso inicuo.
Frente a ello, la artista parece optar por una vía distinta: en lugar de
aceptar pasivamente ese orden, dirige su mirada hacia su propio interior.
Allí,
en ese territorio tan íntimo, se encuentra un campo fructífero para la
exploración. La pintura se convierte entonces en un espacio de resistencia
silenciosa, veraz, y al mismo tiempo en un laboratorio de autoconocimiento.
Cada imagen es una tentativa por comprender sus propias circunstancias, para
dar forma a las emociones, intuiciones y preguntas que surgen de su
experiencia.
Así,
el universo pictórico de María Juliana Arias no sólo revela una sensibilidad
individual, sino también el gesto de una generación que busca construir su
propio lenguaje frente a un mundo heredado que ya no parece ofrecer respuestas
suficientes.
En
uno de sus paisajes, ella da la espalda al espectador. Su cabello, largo y
suelto, cae como una cascada negra que cubre su desnudez.
Frente a ella se abre un cielo nocturno donde no sólo brillan estrellas: allí
gravita, como en una constelación íntima, todo aquello que compone su vida.
Frente a ella las luces flotan, hay una paleta de colores y un pincel, un
aparato de play, un cigarrillo aun intacto, un libro abierto. También traspasan
ese firmamento un murciélago y un pez, una cruz, un corazón rojo atravesado por
una calavera, otras calaveras en gris que giran lentamente, un hongo solitario,
otra cruz repetida como un eco, y una letra griega suspendida en el vacío: el
signo de Géminis, pues cuando ese signo se nombra parece descomponer y
multiplicar cualquier certeza. Es decir, cada objeto es un rastro de su
biografía, un signo de su memoria y de su deseo.
Ella
ha llegado hace apenas un instante. Lo delatan las huellas frescas que
deja al caminar sobre una franja de colores que se derrama como un arcoíris
—tal vez el arcoíris de la diversidad— cuyos reflejos reaparecen en las
esquinas superiores del paisaje. Sí, está desnuda y sola frente al universo.
Pero no es una soledad vacía: es la soledad de quien contempla el orden secreto
de su propio mundo. Ese universo donde giran los símbolos que forman su riqueza
espiritual, su intuición, su manera de estar viva.
La
noche ocupa el cuadro, iluminada por estrellas pequeñas y lejanas. Parecen
desafiar a quien las mire, como si cada una dijera que siempre habrá más
misterio del que la mirada puede abarcar. La mujer, absorta, las observa, las
atisba con la paciencia de quien sabe que, en el fondo, también a ella la están
mirando desde la lejanía como si fuera una star secreta, soñada, que observa el
universo.
….
En
otro de sus lienzos aparece una muchacha de frente, sumergida en una atmósfera
azul. Lleva capul, como salida de la estética gótica, y sus ojos —grandes,
abiertos— parecen contener una perplejidad luminosa ante el mundo que se
despliega frente a ella. Hay en su mirada una mezcla de asombro y vigilia, como
si descubriera la noche.
Un
vestido negro de fiesta abraza su figura y le concede una elegancia casi
ritual. En torno a ella se abre una oscuridad sembrada de estrellas rojas y
círculos suspendidos, signos que flotan como pensamientos o constelaciones. Y
detrás, una luna callada vigila la escena, insinuando que pertenece a esa
región profunda donde el alma atraviesa su propia noche.
Sin
embargo, algo ha cambiado. Ya no es la desnudez solitaria frente al universo de
la pintura anterior. Aquí la muchacha parece bañada por luces azuladas, como si
el resplandor interior de una discoteca se mezclara con la gravedad de la
noche. La oscuridad no es solo abismo: también es escenario, pulso, latido.
Y
en medio de ese paisaje de sombras vibrantes, sus labios rojos arden como una
pequeña llama. Son el centro secreto de la imagen, el punto donde la vida
insiste. Allí, en ese rojo encendido, parece concentrarse su presencia: una
plenitud silenciosa que resiste y brilla en la noche.
Ella,
la autora, lo señala: “Ella es la prueba de que incluso en la oscuridad puede
existir algo deslumbrante. tiene una belleza que no se esfuerza, una elegancia
que no necesita anunciarse y un magnetismo silencioso que la vuelve
irresistible. Suave, intensa y magnética … así camina esta mujer creada entre
sombras y brillo”.
Ella
también necesita explicarse ese yo que la habita y la mantiene intacta y
diversa. Al pintarse en ese estilo gótico —como si fuera un espejo
transformándose— su fisonomía cambia, se vuelve más intensa, más nocturna. Es
otra y, sin embargo, en esencia es la misma.
La
joven aparece con capul, alta y esbelta, vestida con un traje lila que parece
absorber la penumbra. Sus ojos vivaces arden con lucidez, como si miraran más
allá del tiempo inmediato. Frente a ella se encuentra otra figura: una niña que
la acompaña, presencia delicada que parece surgir de su propia memoria.
La
muchacha gótica la observa como si contemplara a su doble. Esa niña —también
vestida de morado— es su propio reflejo detenido en otra edad, en otro instante
del ser. Entre ambas circula una mirada de reconocimiento y de asombro.
La
perplejidad de la niña es profunda: descubre que ella misma, al crecer, se ha
transformado en otra. Pero esa otra no es extraña; es apenas una dimensión
distinta de sí misma, un paso más en el camino del tiempo. Lo que la inquieta
no es la distancia, sino la revelación: esa mujer que la mira con serenidad es
su futuro, su plenitud posible. Así, en ese silencioso diálogo de miradas, la
niña comienza a comprender que dejar de ser niña no es perderse, sino abrirse a
una forma más vasta de la existencia.
Y
todo ocurre bajo un mismo ámbito secreto: la noche mágica y estrellada que
envuelve ambos cuadros. Una noche profunda, casi cósmica, que sirve de
trasfondo y de puente, como si el universo mismo custodiara ese encuentro entre
lo que fuimos y lo que llegaremos a ser.
La
autora muy reflexiva anota: “Dentro de estas pinceladas me retraté en dos
tiempos: la mujer que soy, envuelta en la oscuridad gótica que me define, y la
niña que aún habita en mí, luminosa, curiosa y sincera. Esa niña interior es
quien guía mis pasos, quien toma las decisiones y me recuerda que, aunque
crezca, nunca debo dejar de escucharla”.
……
En
otro de sus cuadros vuelve a aparecer la misma muchacha, pero ya transformada
por el tiempo. Hay en ella una madurez serena, una belleza que parece haber
alcanzado su plenitud. Sus labios, grandes y rojos, insinúan una sonrisa leve,
como si guardaran un secreto. Sin embargo, sus ojos —apenas velados por algunos
hilos de su cabello— dejan entrever una tristeza delicada, una sombra que la atraviesa.
A
su lado se alza una figura inesperada: un esqueleto. Su presencia no es brutal
ni aterradora; más bien parece un compañero silencioso, como si ella supiera
que la muerte camina siempre cerca, discreta y paciente.
El
fondo del cuadro estalla en colores psicodélicos, como un torbellino de
sensaciones y pensamientos. Y en medio de ese universo vibrante, el esqueleto
llama la atención: inclina su osamenta hacia la joven como si quisiera
consolarla. Pero no es un esqueleto solemne. Lleva pequeños cuernos, torcidos y
maltrechos, como los de un demonio cansado de su propia travesura.
Así,
la muerte se vuelve casi una figura irónica, una caricatura tierna y absurda.
Parece un esqueleto enamorado, una presencia que oscila entre la burla y la
fidelidad imposible. No es solo la muerte: es también el amante inconcluso, el
amor obstinado que persiste cuando ya no queda carne ni sangre. En esa escena
late una sonrisa secreta, una ironía antigua. Como si el cuadro recordara, con
eco barroco, la risa aguda de Quevedo, ese gesto burlón que desafía al destino
mientras murmura:
«Déjame
en paz, amor tirano,
déjame
en paz.»
Y
así, entre la belleza de la mujer, el esqueleto enamorado y la danza delirante
del color, el cuadro parece decir que la vida, el amor y la muerte no son
enemigos, sino actores de una misma comedia profunda: una farsa luminosa donde,
al final, reímos de nosotros mismos.
…
En
este cuadro la mujer alcanza una instancia distinta de sí misma, una totalidad
donde lo erótico deja de ser insinuación para convertirse en presencia. Está
desnuda, pero su desnudez no es fragilidad: es afirmación, un gesto de entrega
al mundo y a su propia esencia.
Sobre
su nuca se eleva una corona inesperada: un hongo. Uno de esos hongos que
atraviesan otros cuadros de la pintora como un signo secreto, casi como un
emblema personal. La amanita muscaria, roja y fantástica, parece que brotara de
su pensamiento, como si la imaginación misma hubiese echado raíces.
A
su lado vuelve el esqueleto sonriente, ese compañero extraño que hemos visto.
Sus cuernos, persistentes, reaparecen como una señal ambigua: ironía, deseo,
persistencia del amor inconcluso más allá de la carne y de la muerte. Esos
cuernos, junto con los hongos delicados parecen crecer como antenas sobre su
cráneo. Entonces surge una pregunta: si esta mujer alcanza un tono más alto al
desnudarse y entregarse, ¿por qué su rostro no es exactamente el mismo?, ¿por
qué su cabello ya no cae negro y suelto con su capul provocador que la define?
La
respuesta parece insinuarse en la serie misma de otras de las pinturas: sabemos
que es ella. Es la misma figura que se despliega en distintas etapas, como si
cada lienzo capturara una metamorfosis de su espíritu. Donde ya no domina el
aire gótico de los cuadros anteriores. En su lugar emerge una simbología más
amplia, casi barroca, que recuerda aquel antiguo pensamiento de Quevedo: el
amor constante más allá de la muerte. El esqueleto, lejos de ser amenaza, se
convierte en cómplice de esa permanencia.
Los
hongos, por su parte, adquieren una presencia decisiva. Son umbrales que la
autora parece haber atravesado. La amanita muscaria se vuelve entonces metáfora
de un viaje interior: un desalojo momentáneo de la realidad ordinaria y
contumaz para entrar en otra región de la percepción, un territorio donde lo
psicodélico se mezcla con lo simbólico y lo íntimo.
Allí,
en ese mundo de visiones, la obra parece decirnos que la realidad no es una
sola, sino una superposición de planos. Y la mujer del cuadro —desnuda,
coronada por un hongo, acompañada por el esqueleto enamorado— permanece en el
misterio, ya que atraviesa la vida, el deseo y la muerte.
Ella,
María Juliana, la autora, lo dice: “Inefable es mi manera de retratar el amor.
La figura del esqueleto representa la espera, lo inacabado, lo que aún no
encuentra su forma plena. El día que llegue el amor verdadero, será él quien le
dé cuerpo, quien lo llene de vida y de colores, como la presencia que lo
acompaña. Porque el amor, para mí, es aquello que da carne al vacío y sentido a
lo eterno.
…
En
otro cuadro el mundo parece haber sido sembrado por la imaginación. El paisaje
se puebla de hongos, de cactus y de flores que crecen como signos. Al fondo se
levantan montañas rojas, ásperas y encendidas, mientras nubes moradas flotan
bajo un cielo teñido de naranja y de verde. Un río cristalino atraviesa la
escena y divide el territorio en dos silencios. Sobre sus aguas se extiende un
pequeño camino de piedras que permite pasar de las montañas rojas, áridas y
severas, hacia un paisaje verde que parece un oasis. Allí los cactus gigantes
se elevan como guardianes inmóviles, y entre ellos florecen hongos y plantas
que sugieren una tierra fértil, casi soñada.
Pero
el cuadro también guarda una rareza inquietante: entre la tierra aparece la
cabeza de un perro enterrado, como si vigilara el horizonte desde su extraño
reposo. Es un detalle que introduce una nota de misterio, una sombra leve
dentro de la fantasía del paisaje.
En
medio de ese mundo simbólico aparece ella, la chica gótica. Vestida de negro,
con zapatos negros, parece detenerse en el borde de las montañas rojas. Podría
cruzar el río y entrar en el oasis verde, pero no lo hace. Permanece allí, en
el límite, como si algo de esa aridez le perteneciera. Su figura se recoge en
una quietud delicada. Hay en su postura una mezcla de silencio y timidez. Y sin
embargo, su atención no está en las montañas ni en el río ni en el cielo
fantástico que la rodea. Su mirada se dirige a algo más cercano, más íntimo: está
pendiente de su gato. No es una metáfora ni un gesto casual: su mirada
realmente descansa en él, como si en ese pequeño animal se concentrara todo su
mundo. En medio de los hongos, de los cactus gigantes, de las montañas rojas y
de los cielos imposibles, lo único que parece importarle es esa presencia.
Así,
el cuadro guarda un secreto sencillo: en un universo lleno de visiones,
símbolos y paisajes extraordinarios, el corazón de la escena permanece en un
vínculo silencioso —la muchacha y su gato— compartiendo la quietud del mundo.
…..
En
otro autorretrato, quizá el más elaborado y el más revelador, la pintora se
muestra en primer plano, como si hubiera decidido, por fin, enfrentar el espejo
de sí misma. Ya no es la muchacha que tantea el mundo: es una mujer que parece
habitar plenamente su propia presencia. Su cabellera negra cae sobre la frente con
ese capul que se ha vuelto su emblema. Desde allí, sus ojos miran de reojo, no
con la serenidad ni con la pureza de una imagen devota, sino con esa mirada
ladeada que en las colinas de Medellín llamarían “rayada”: una mirada oblicua,
viva. Sus ojos son grandes, atentos, como si guardaran el asombro de quien ha
visto demasiado y, aun así, continúa observando.
Alrededor
de sus ojos se extiende una sombra purpura iridiscente, mientras que por su
mejilla resbalan algunas lágrimas de oro que parecen recoger la luz de una
noche secreta. Lágrimas que en otro cuadro ella misma nombrará—, lágrimas que
contienen una tristeza difícil de descifrar. Tal vez provienen del
descubrimiento de ese mundo adulto que tantas veces se revela pueril; que tal
vez nacen de una herida más íntima, de la sensación de haber sido tocada por la
crudeza del mundo.
Sus
labios plenos poseen un rojo casi cruel, que sostienen el leño de un cigarrillo
cuya brasa respira, mientras una estela de humo azul se disuelve en el aire.
Ese humo parece envolverla con una seguridad nueva, como si el gesto de fumar
le concediera un aura leve de una mujer de mundo, que ha aprendido a habitar
sus propias sombras.
Es
uno de los autorretratos que más cautivan, quizá porque se aleja de otros más
díscolos y desbordados de color. En contraste con otro cuadro donde su rostro
aparece azul, el cabello verde y espeso cayendo como aceite cenagoso sobre los
hombros, los ojos rodeados de círculos con vórtices interiores y la lengua
asomando entre los labios —un gesto ambiguo entre el placer y la travesura,
mostrando sus pequeños dientes.
Aquí
no hay desafío ni desmesura psicodélica. Aquí hay una presencia. Una mujer que
se mira desde dentro, con lágrimas de oro, humo azul y una mirada que parece
decir que el mundo —con toda su trémula aspereza— ya ha pasado por sus ojos.
jueves, 5 de marzo de 2026
El yo como territorio y revelación: los autorretratos de William Reazza / Víctor Bustamante
.....
El yo como territorio y revelación: los
autorretratos de William Reazza
--- Víctor Bustamante
--- El yo
es esa gema secreta que cada uno conserva de una manera ilimitada con sus
abismos, sus destellos y dentelladas. El yo es diverso como las arenas de las
playas o como los astros que no se pueden ver en la noche con su capa de
obsidiana. El yo fulge de una manera inusitada, es algo que cada uno conserva
para mantenerse alerta, lejos de las arbitrariedades de cada generación. En
síntesis, el yo es lo que deslumbra y alumbra el camino de cada uno. El yo es
múltiple y diverso, privado y asimismo la propia huella. Solo cada uno sabe lo
que significa y cada uno sospecha que nadie puede abordarlo de una manera total.
Ese sí se escapa desde cualquier ligera interpretación, el yo es cada uno en la
diversidad.
--- Lo anterior para referirme a la persistencia de William Reazza en
pintar su rostro, para descubrir y redescubrirse y auto descubrirse, en la continua
perseverancia de un círculo virtuoso por la manera en que lo hace. De ahí que
ese yo que pernocta en cada uno nunca como un vecino, ni como un amigo sino
como el mejor amigo y el rival, sea expresado por el rostro de cada uno de
nosotros. Huella visual, infierno personal, rayo que parte con una mirada como diría
Rimbaud. Entonces la pregunta seria, cuál es la razón por la cual William se
pinta así mismo y tiene como modelo en el mayor de los casos su rostro.
Podríamos decir que es vanidad, en la primera instancia de una respuesta
delirante. Podríamos decir que le gusta mostrarse, empaparse de sí mismo frente
al espejo. Pero no, William está aparte de esa interpretación ya que él lo que
busca es la diversa expresividad en cada una de esas instancias en que se ha
pintado, es decir en que se ha redescubierto y así mismo autodefinido; en la entrañable
búsqueda de sí mismo en la noche oscura del alma como diría San Juan de la Cruz.
--- He dicho antes de que podría realizar sus autorretratos mirándose al
espejo, lo cual es una dualidad y un solipsismo, ya que se necesita mucho
silencio y concentración para que las manos obedezcan y pinten a su amo, que
frente al espejo detecte algún rasgo, una línea, un detalle que la mano debe plasmar
al frente del lienzo en contraposición.
--- Sí, contraposición con el espejo primitivo y brillante que lo refleja y el lienzo
que lo va describiendo a medida que el pincel llevado por sus manos decida
darle forma al rostro de su dueño que ha decidido verse, hurgar, buscarse en sí
mismo en esos momentos supremos de rebelión y soledad.
--- Pero también en algunas de sus
pinturas se basan en selfis, a las cuales imprimirá sus pinceladas. Y es ahí
que llegamos a esas selfis de William donde él en diversos instantes decide cuál
de ellas será la escogida para darle su tono, para que mediante sus trazos él
le otorgue su textura, a la propia devoción a su rostro, ese rostro que es cambiante
cada día, como si temiera que la memoria le jugara una mala pasada. Pero William
no se ahoga en su rostro como Narciso al decir de Lezama Lima.
--- Hay una presencia enorme en esa tradición
de los autorretratos, pero solo voy a referirme a Van Gogh, a lo que el afirma
que debe pintarse porque no tiene dinero para pagarle a una modelo. De ahí nace
esa superposición, esa sucesión de rostros de Van Gogh en diferentes épocas en
que él, a través de ese yo lacerado, se busca en su interiorización, a lo mejor
para expresarse así mismo, pero también para explicarse así mismo. Y sin darse
cuenta nos ha donado desde la soledad nada menos que el legado de su rostro,
tosco, a veces, triste; silencioso otras, herido también como una manera de expresar
no solo el paso del tiempo sino para saber cómo lo arredra esa sensibilidad que
aflora a la superficie con sus trazos fuertes, únicos, disolventes y salvajes.
--- La soledad de William deslumbra en sus autorretratos,
pero no es una queja sino una certeza en el sentido de que, a cada momento del día o de la noche, él debe realizar unos trazos, pero
eso sí no en la esfera de lo que ve en ese momento, sino en la necesidad de
verse, de saber cómo anda de ánimo, para así seguir con esa tradición de aquellos
pintores que necesitaron, de una manera vital, expresarse mediante ellos
mismos, es decir, de redescubrir su rostro como esa memorabilia que es necesario
plasmar en ese instante, ya que están protegidos, es decir aupados y guiados
por la inspiración, esa musa que atrapa y corre, y que obliga, a buscar el escenario,
posible entre telones, es decir su propio rostro.
--- Podría ser que la pintura amengua
su ilimitada persistencia en reflejarse, pues a través de su arte no solo se auto
descubre, sino que se redefine en ese instante turbador cuando en esa ceremonia
secreta de la inspiración y de su auscultación indaga por ese misterio de la creación
misma, y no solo eso, porque la razón más poderosa es indagarse así mismo sin descubrirse
a sí mismo. Como afirmaba Schopenhauer, uno nunca sabe quién es uno mismo.
--- Así, en esta circunstancia, William
se abre paso a través de las horas espesadas de la noche o en el fragor del día
cuando sus trazos buscan su rostro para detenerse un solo momento como haría Velásquez
que mira al espejo antes de sumergirse en Las
Meninas, pero Reazza solo sabe que se busca así mismo, solo sabe que él es
el pintor y su modelo como una manera sagrada de expresar su libertad creativa
y la agilidad de su trazo lo denota.
--- De ahí que sus pinturas expresen
su lucidez, su silenciosa lucidez, y así mismo su independencia lejos de las
modas y de los salones de arte entre comillas, de bienales de risa llenas de ridiculeces,
donde una idea pueril pretende destruir la consciencia de un artista como
William Reazza. Entonces caemos en cuenta que un artista como él expresa con
sus autorretratos la crítica a su tiempo, ya que él está más allá de las llamadas
instalaciones y cosas de esas porque él está aún y a más de eso enfrascado en
su devenir como persona, y de ahí al pintar su rostro que lo acoge y lo acompaña,
lo que denota es el devenir de su propia historia y su circunstancia. Comprendemos
que, en esa rebelión interior, El pintor huye de la circunstancia de su tiempo,
lo cual denota algo que poseen muy pocos y es la libertad de pertenecerse a sí
mismo y a la sustancia del arte, de su arte, sin ninguna escuela y menos con el
medio, porque él pertenece solo a la persistencia de sí mismo, a buscarte en su
propia huella, donde es soberano, sin subordinarse a nadie sino a su
creatividad.
--- En esta indagación está muy presente
su cámara fotográfica, aquella que lo acompaña para pintar sus autorretratos. La
cámara capta expresiones que se congelan de uno, que nunca serán repetibles, así
como gestos, miradas solidificadas para el tiempo de una selfi que es el autorretrato
clásico. Seguro que cuando William las realiza sabe que barre un instante
captado, nunca previsto, que sorprende, y lo sorprende a él mismo en esta circunstancia
de saber que la cámara posee sus secretos y su mirada al captar expresiones que
se escapan.
--- Parece ser que, para William,
sólo el artista se salva el mismo de lo banal y, de lo absurdo de los teóricos,
siguiendo su camino en solitario, valioso y pertinaz, ya que solo él transforma
en un presente radiante, palmario y fuerte lo que de otro modo no sería sino
las coloquiales propuestas que al otro día son las ruinas del artista imbuido
por las modas y la improvisación informe de una duración sin memoria, es decir
la reproducción nada menos que de la descomposición asquerosa del cadáver de lo
nuevo o novísimo o posmoderno sin tradición, sin sustento y sin entusiasmo.
--- William recobra los cauces de
algo, en apariencia muy sencillo, como son los autorretratos en medio de tanto selfi
inexpresivo. De ahí su valentía, de no querer parecerse a nadie ante esos innumerables
selfis tan parecidos que, con el tiempo, se convertirán en ruinas. De ahí que
sus búsquedas, porque las tiene, le otorgan ese privilegio enorme, de buscarse así
mismo, sin preocuparse de lo llamado actual o moderno, ya que su arte da la medida
de sus vestigios e indagaciones, impresas en esa huella tan personal como es el
rostro de él mismo, como preocupación, iba a decir objeto, de su camino
artístico que se enriquece sin cesar con un sentido siempre inquietante, que
nos atrae y nos sugestiona porque estos rostros, sus diversos rostros, nos
conmueven desde la premura o desde la misma osadía en que llegan desde su misma
creación.
sábado, 28 de febrero de 2026
EL NUEVO RELATIVISMO MORAL Dario Ruiz Gómez

Zdzisław Beksiński
EL NUEVO RELATIVISMO MORAL
“Claro, reconocen el profesor, la intelectual “progre”, que los “levantados en armas” cometen masacres contra el pueblo, pero no olvidemos la crueldad de los romanos, de la sociedad colonial inglesa” Un sofisma tan grande como una casa para eludir la responsabilidad que les corresponde ante la violencia que en Colombia se ha convertido en espectáculo gracias a este relativismo moral. A este cinismo es, recordemos, a lo que se califica como “la mala conciencia burguesa”, característica de ese estrato social que se ufana de su identificación con “la lucha contra el Estado burgués”, lo cual constituye una clamorosa contradicción, ya que si fueran verdaderamente leales a estos enunciados habrían abandonado la cómoda vida que llevan y hoy estarían pudriéndose en el monte. Hubo un momento en que las clases ilustradas de Colombia se declararon “izquierdistas” señalando a quienes no están de acuerdo con ellos como bichos raros por seguir creyendo en la civilización cristiana, en leyes universales de justicia. Ejemplo de la intolerancia de la llamada social bacanería es el veto contra el más grande filósofo que haya dado Colombia y cuyo pensamiento es reconocido universalmente, me refiero a Nicolás Gómez Dávila, acusado, sin leerlo, de individualista, de anticomunista, manidas acusaciones para condenar a quienes no piensan como ellos, a quienes criticamos el borreguismo de los que Dávila llama revolucionarios de fines de semana.
“El hombre es historia -Ortega y Gasset dixit- y no
naturaleza” recuerda que quien vive en una sociedad manipulado por los medios
de comunicación e informado tanto de lo que acontece en Gaza como en Venezuela
no puede devolverse, insisto, a la supuesta inocencia de lo ancestral ya que
inexorablemente la crispación social y
sobre todo la ideología política nos ha convertido desgraciadamente en seres
históricos. Observo a esta pareja a la cual
conocí cuando eran jóvenes universitarios antes de que ciegamente se
entregaran a la “Revolución”, me doy
cuenta de que lo que los envejeció prematuramente fue el haber convertido
en mesianismo lo que no era más que una
hipótesis política la cual terminó por alienar su cerebro al eludir las contradicciones de la vida. Las lecciones
que nacen del conocimiento de la historia -para no volver a repetirla- es darse
cuenta de que la historia no es lo que sucedió en el pasado si no lo que está
sucediendo en el presente y las infamias que la ciudadanía venezolana padeció
se han vivido y se continúan viviendo en Colombia, solo que en bajo la confabulación del silencio tal como lo podemos constatar con la
irresponsabilidad de muchos magistrados, con el sainete diario de la clase
política, con la falsa neutralidad de
los medios de comunicación sobre la barbarie que está padeciendo el pueblo
colombiano y con la irresponsabilidad de
las llamadas élites de la izquierda
ilustrada que ahora, después de haber
contado con cuatro años de gobierno para cambiar al país combinando “las
distintas formas de lucha” - dos
millones de colombianos en el exilio, un millón desplazado, secuestros,
atentados - piden que se frene a la Derecha y se continúe con el farcismo de Cepeda, Aída Avello, Carolina
Corcho, Isabel Zuleta, Clara López, Sanguino
o sea el mismísimo Partido
Comunista FARC EP esta vez camuflado de “Pacto histórico”


