 |
| Ángel Santiago Regino |
COLILLAS
Ansar (Angel Santiago Regino Giraldo)
“Preludio”
Una
última calada, y pudo verse la ceniza caer de su cigarro que ya quemaba la
espuma del filtro, tornando aquel cuarto de un fétido alquitrán. Sus venas, ya
dilatadas a causa de la nicotina que también le volvía taciturno, parecían a
punto de estallar violentamente para pasar a fundirse en las sábanas de su
cama. Ansar, quien ya había tomado de costumbre tan despreciable ritual (dicho
desde sus propias palabras), se notaba siempre distinto con cada noche que
recurría a esto. Cada noche, la sombra en sus ojos parecía arraigarse un poco
más... Quizás no tenía relación directa con el consumo. Pero en aquel estado
estaba convencido de ello; no solo él, su entorno se lo recordaba
constantemente a través de esos eternos espejos que le seguían en cada idea de
psicosis que su mente invadía. Pero aquella noche, al parecer, la nicotina
tenía otro destino frente a su sangre contaminada de oscuro tabaco de mala
muerte.
Al
sentir ese último sorbo de humo gris en su pecho, presintió la víspera de la
muerte misma tocando en su consciencia. Una ráfaga de dopamina, cargada de
inmenso “terror”, sacudió su sistema nervioso tan fuertemente como para querer
morir al instante. La desesperación mostrada en el desorden de su cuarto se
arremetió contra sí mismo, haciendo notables rápidamente las súplicas de su
alma que se carbonizaba en el infierno de la abstinencia y la culpa.
First
Redemption
Verse I
Crecí
hablando con ecos que nadie escuchaba,
Frías
Calles, mi nombre flotando en la nada,
“estás
raro” me dijeron … solo observaba,
el
mundo se rompe… mientras todos actuaban.
Temblando
el pulso, firme la mente,
he
visto sombras como cualquier delincuente,
las
calles… en mil miradas, en decente gente,
luchando
por ser diferente.
Pre-Coro
Si
caigo… no es derrota, es descenso consciente,
elegí
ver el fondo… para volver más fuerte…
Coro melódico
No
me fui… solo crucé la línea del ruido,
el
alma se escucha, aunque todo esté herido,
testigo
soy del abismo… pero sigo vivo,
aunque
el mundo me ve como un perdido mendigo.
Verso II
No
romantizo el dolor… pero lo entiendo,
cada
error fue un idioma que aprendí viviendo,
háblame
Dios en silencio… fui respondiendo,
a
veces mi fe… iba deshaciendo.
Ceniza
fui en cuartos donde nadie volvía,
la
mente nublada… el alma encendida,
muchos
juraron que no saldría,
Estoy
aquí… escribiendo mi propia salida.
Puente
Me
pierdo… no me busquen en lo obvio,
yo
vivo en la forma… vivo en el fondo…
Coro Final
No
me fui… solo crucé la línea del ruido…
ACT I : The Answer
CAPÍTULO I : Víspera
Quisiera
que mis convicciones, respecto a mis recientes conexiones con la sociedad
urbana, no me traicionen en el ejercicio de la razón; pues es en ello donde ha
de sostenerse mi pensamiento, y donde mi problemática adquiere un carácter
particularmente íntimo.
Percibo
la presencia de la dualidad desde que tengo memoria. Siempre la polaridad dual
ha sido clave en el desarrollo del drama de mi vida (si puedo llamarle así). He
sido, casi por condena, el punto de tensión entre dos fuerzas. Esto sin
distinción de lo que consideres positivo o negativo. Y aunque a simple vista
esto pudiera parecer fascinante, hay en ello una carga poco gratificante. No es
grato advertir cómo dos voluntades se enfrentan a razón de tu propia
existencia.
No
es fácil cargar con esa bisagra invisible que sostiene conflictos ajenos, sea
por lo que Franz Kafka plasmaba en su obra “La Metamorfósis” tras ver cómo el
valor del individuo era reducido a su utilidad, a su capacidad de proveer, a su
absurda condición de ser en función de otros, donde la existencia misma parece
perder legitimidad en el instante en que deja de ser conveniente... Otras
veces, sin embargo, este conflicto no responde a lo material… sino a aquello
que, con una ligereza casi cruel, hemos decidido llamar “amor”.
El
siguiente relato no data de hace mucho. No más de un lustro. Esto quizás ha de
deberse a que he de considerarme alguien bastante joven, y ciertamente lo es.
Casi a punto de expresar mi libertad en amplitud, decido poner en escrito las
siguientes crónicas que a mi pensamiento convienen.
Sépase,
de primera mano, que a lo largo de mi vida siempre me he considerado una
“máscara” poco agraciada, sin llegar a comprender del todo la percepción de los
demás sobre mí; quizás por la frialdad que constantemente percibo en ellos.
También ha de considerarse que las relaciones sociales exigen habilidades
blandas muchas veces básicas, pero que en aquellos lugares donde divagué mi
infancia poco pude aprender de ello.
Durante
mi preparatoria, aunque mantenía una buena relación con la mayor parte de
personas que me rodeaban, ninguna parecía poder aportar beneficio alguno en
cuanto a mi desarrollo intelectual; claro está, eso era algo en lo que ni
siquiera pensaba por entonces.
Como
no es divergente en chicos de esa edad, mi percepción del mundo parecía
comprender una amplitud mayor, pero aún con los deseos de un chico que no
llegaba ni a los quince años. A pesar de cargar siempre con cierta “aura”
sombría, logré relacionarme rápidamente en los distintos institutos y lugares a
los que llegaba debido a mi constante cambio de residencia.
El
primer año de secundaria recuerdo caminar en las noches hasta mi casa
aproximadamente una hora, atravesando el corregimiento de San Antonio de Prado.
Esto duró apenas tres meses, pues inmediatamente comenzó la inminente plaga
viral. Confinamiento y muerte son gran parte de lo que atraviesa mi memoria de
aquella época. Y, por supuesto, la negligencia de un Estado mediocre; opresor
de quienes sobreviven con la honradez de la calle, y de quienes buscan escapar
de un sistema que castiga al miserable.
El
segundo año comenzó prácticamente igual. Luego de junio —mes en el que suelen
dar vacaciones— logré llegar a Sonsón durante el confinamiento. Aquello
representaba para mí una especie de “burla” a la autoridad, y quizá por eso
siempre lo recordé con cierta satisfacción.
Tras
el confinamiento, se logró una presencialidad parcial, por lo que me matriculé
en una institución con media técnica comercial. Inicialmente, lo que convergía
con la media técnica de esta institución se me resultó complejo, pues créeme
que algo con lo que poco tenía experiencia era con el manejo de un patrimonio o
un capital.
Extrañamente,
logré ganarme el cariño de gran parte de directivos, alumnos y maestros. Ese
primer año transcurrió bien, manteniendo principalmente relaciones sociales con
otros chicos. No era precisamente popular entre las chicas. Como decía antes,
no consideraba merecerlo. Salvo por una situación ocurrida al final de ese año
escolar… y que, justamente, daría paso al primer drama.
Solía
situarme con algunos amigos en las canchas de basket de aquella institución,
misma que daba la impresión de tratarse de una cárcel, no solo en su
infraestructura, sino también en sus reglamentaciones ambiguas y directivos
poco flexibles ante los constantes cambios dentro de la sociedad del pueblo.
Uno
de esos días, bajo un sol abrasivo que invadía cada rincón de la cancha, me
encontraba sentado tras uno de los aros junto a varios amigos, esperando el
timbre para regresar a casa. En medio del bullicio, escuché una voz tierna
coreando los nombres de la boyband surcoreana BTS. Evidentemente no fui el
único en notarlo, y no tardó alguno de mis compañeros en lanzar un comentario
burlón.
Para
ese entonces, también sentía cierta admiración hacia esa cultura, desde las
boybands, hasta el concepto de belleza que allá predominaba. Una masculinidad
menos marcada por los estándares occidentales, que muchas veces chocaban con
ciertos principios que mantenía. Sus ideales parecían centrarse más en el
autocuidado, la buena alimentación, la falta de imperfecciones en el rostro, el
maquillaje… en fin, lo que aquí muchos llamarían “feminidad”.
Al
sonar el timbre —esperado por todos para dirigirse a sus hogares y continuar
sus días fuera del instituto,—, me levanté y me dirigí a secretaría, pues debía
recibir un certificado de estudio solicitado por mi madre para alguna
afiliación de su trabajo.
Al
terminar aquello, justo estaba por cruzar la puerta de la institución, cuando
sentí unos pasos frenéticos tras de mí, a los que reaccioné rápidamente
girándome, todo para cruzarme con la mirada fija de aquella misma chica, al
parecer fanática de la misma boyband que yo.
—Kim
Seok Jin…! —dijo, señalándome con el dedo.
—¿Por
qué asumes que me gusta BTS? —respondí, aún algo sobresaltado por la repentina
situación.
—Jeje,
es que lo noté, vi cuando te reíste al pasar al lado de ustedes. Además…
pareces uno… ¡Adiós!… —no tardó en desaparecer de mi vista.
—Qué
chica tan rara… —dije entre susurros.