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| Zdzisław Beksiński |
LA DICTADURA DE PASARLA BIEN: RESONANCIAS DE UN
VÍA/DÍA/LOGOS CON JAVILLAFA
Carlos Alberto
Molina Gómez.
El pasado 2 de julio de 2026 con el motivo corpóreo-espiritual
del cumpleaños de mi colega/maestro/amigo/hermano/ Jaime Villafañe Padilla tuvimos
una extensamente breve conversación telefónica en la que Jaime
rasgo el velo de un mundo sutil: Me habló de audiciones
de música, de encuentro de melómanos y coleccionistas, de encuentros alrededor
de la música. Detengo la marcha para contextualizar al lector: Jaimillo o JaVillafa no
pertenece a la estirpe del coleccionista común. Él se define, con orgullosa
precisión, como seleccionista/melómano.
Seleccionista porque rescata e integra únicamente la música que quiere,
aquella que pasa de manera soberana por su reverendo gusto y gana, esquivando
el esnobismo y la manía del coleccionista tradicional que se obliga a acumular
piezas por el solo hecho de tenerlas o porque nadie más las posee. Melómano porque padece una pasión sin
remedio por la música.
En su altar musical, Richie
Ray, Roberto Carlos, Raphael —el inconfundible Rafael Martos de España— y The
Beatles constituyen la cereza del pastel o la mismísima joya de la corona. Me
habló de tejer lazos alrededor de la melodía pura, manteniéndose a salvo de la
fatídica/trampiellista política colombiana o de las rigideces de la anquilosada
religión. Habló con entusiasmo de gozarse el Mundial de fútbol de 2026. Me
habló, sobre todo, de la voluntad de no rendirse, de seguir celebrando la vida
juntos y de romper -en amistad cómplice- la telaraña que
nos seduce/atrapa/deshidrata. Luego de ese
volver a versar o con/versar con JaVillafa me salió al encuentro esta cita que
en extensión de la vía/día/logos con él resuena como el eco de Un
mundo feliz. Es por supuesto un homenaje a este colega/maestro/amigo/hermano:
— ¿No desearías ser libre, Lenina?
—No sé a qué te refieres. Soy libre. Libre de pasármelo estupendamente.
Hoy en día, todo el mundo es feliz.
Bernard rio.
—Sí, hoy en día todo el mundo es feliz. A los niños comenzamos a
inculcarles eso a los cinco años. Pero, Lenina, ¿no te gustaría ser feliz de
otro modo? Por ejemplo, a tu manera, no en la forma en la que lo son los demás.
(Huxley, 2024, p. 84).
Este diálogo entre Bernard Marx y Lenina en Un
mundo feliz posiblemente estaría anticipando una de las mutaciones más
profundas del poder contemporáneo: el pliegue de la dominación por coerción al
de la dominación por seducción. Cuando Lenina afirma: Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo
es feliz y Bernard responde: ¿No te
gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? A tu modo, por ejemplo;
no a la manera de todos (Huxley, 2024, p. 84), se muestran dos concepciones
de la libertad. La primera identifica la libertad con el consumo administrado
del placer; la segunda reivindica la posibilidad de sustraerse a la felicidad
estandarizada.
Se dice
por ahí con moderada instancia que nosotros, sujetos neoliberales, ya no somos
reprimidos; somos persuadidos/engatusados/atontados para producir, consumir y
entretenernos sin descanso. Pareciera entonces que la sociedad del rendimiento
transforma la libertad en autoexplotación, donde “el sujeto de rendimiento
se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el
rendimiento”. (Han, 2012, pp. 31-32). La obediencia adopta la forma de
elección. La autoexplotación se experimenta como realización personal. La
libertad deja de ser emancipación para convertirse en rendimiento.
La
propaganda ha cedido su lugar al advertising,
al marketing y al entertainment. El advertising y el entertainment
se han convertido en los nuevos instrumentos de dominación, más sutiles que la
propaganda, porque actúan sobre el deseo y no sobre el miedo. El advertising y el entertainment
no interpelan al ciudadano, sino al consumidor; no exigen convicción, sino
atención. Sustitución de la verdad/diseñada/modulada por el estímulo. Sustituyen
la coerción por la seducción, colonizando el deseo y vaciando la política de su
sustancia deliberativa, transformando la esfera pública en un mercado de
impulsos. La propaganda exigía adhesión a un relato; el marketing
y el entertainment solo requieren clics.
La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron no necesita que creas, solo que consumas. La dominación ya
no es ideológica, sino neuronal: atrapa la atención para anular la reflexión. La publicidad, que hace desear nuestra prosperidad al
resto del mundo, se guarda mucho de hacer más apreciables, para sus nuevos
conversos, los cimientos religiosos, filosóficos, morales y jurídicos, que «no
venden mucho», sobre los que se olvida a menudo que descansa. ¿No los hemos
olvidado también nosotros, o los hemos dado por algo obvio? Este malentendido
nos prepara para extraños efectos bumerán. Lenin decía de su régimen: «los
soviets más la electricidad». El capitalismo más la sharia no es un porvenir más prometedor que el capitalismo
trasplantado al comunismo chino. Uno y otro trabajan noche y día para dominar y
asediar a nuestro capitalismo de los derechos humanos, cada vez menos seguro, a
pesar de 1989, de tener el privilegio y el monopolio del futuro. (Fumaroli,
2010, p. 34)
El poder ya no
exige adhesión doctrinal; basta con capturar la atención. La ciudadanía se
transforma en clientela y la deliberación política en espectáculo permanente.
La
pregunta de Bernard conserva así toda su vigencia: ¿es libre quien puede
divertirse indefinidamente o quien puede vivir, pensar y ser feliz de un modo
distinto al programado? La verdadera disputa política contemporánea no gira en
torno al acceso al entretenimiento, sino a la posibilidad de recuperar una
subjetividad capaz de resistir la colonización del deseo. Romper la telaraña,
así lo expresa Jaimillo. Esta pregunta no es un mero ejercicio de nostalgia
literaria. Es el diagnóstico de una mutación profunda que ha transformado el
poder en espectáculo y la felicidad en obligación. Para comprender su alcance, podríamos
atrevidamente arriesgarnos a desentrañar el mecanismo de la dictadura que da
título a este panfleto: la dictadura de pasarla bien. La dictadura
contemporánea no se ejerce únicamente con tanques ni censores, sino con likes, stories y algoritmos de recomendación. Su lema no es obedece, sino disfruta. Su promesa no es la salvación, sino la viralidad. Y su
dios no es un tirano con rostro, sino una Entidad difusa, una Matrix sin
centro, un Palantir que todo lo ve y todo lo predice, una suerte de Sauron
digital que no aniquila, sino que seduce. No destruye cuerpos; coloniza deseos.
La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron
—expresada como Gran Hermano 2.0, algoritmo, mercado total o inteligencia
artificial predictiva— ha diseñado un modelo de felicidad a medida. Una
felicidad que se expresa en la superficialidad del emperador/faraón/ídolo
contemporáneo de helio: el yo egoísta, exhibido y performado en el escaparate
de las redes sociales. Allí, el yo/individuo se convierte en gran hermano/emperador/faraón/becerro/ídolo
de su propia biografía, construye una pirámide de selfies, poses y
opiniones prefabricadas. Pero este emperador/faraón/ídolo es hueco: reina sobre
un reino de apariencias, pero no gobierna sobre su propia vida. Su felicidad es
la de un espectador que aplaude su propio reflejo, sin advertir que el espejo
es un dispositivo de control. El yo show/espectador en libre esclavitud. Frente
a esa felicidad insulsa, gelatinosa, incolora e insípida —la felicidad del yo/individuo
que se pavonea, pero no se encuentra—, se alza otra posibilidad, casi olvidada:
la felicidad del encuentro con el prójimo/próximo, con aquel que no es un
avatar ni un seguidor, sino un rostro, una carne, una historia compartida. Esa
felicidad no se mide en me gusta, sino en silencios cómplices, en
miradas que no buscan aprobación, en gestos que no buscan registro. No es la
felicidad del yo de silicio inflado
con helio sino la del nosotros: un
nosotros común, común/unitario, que no se diluye en la masa anónima, sino que
se reconoce en la fragilidad compartida: común/unidad en parte/sí/pasión.
Para
Shallis (1986), el peligro de nuestra era tecnológica no es meramente técnico,
sino profundamente antropológico:
El hombre, redefinido por un ídolo hecho por el hombre, siempre quedará
disminuido. En los últimos años hemos construido ídolos de silicio, y nuestra
creciente fe en ellos nos ha hecho más inhumanos, porque el ídolo de silicio no
es humano. Hasta el punto de que es una parodia de un ser humano, una
perversión de las cosas reales, podría ser descrito como algo diabólico, no
bueno, no de Dios. (pp. 223–224).
Desde esta perspectiva, la promesa tecnológica
corre el riesgo de empobrecer aquello que hace propiamente humana la existencia
cuando sustituye la experiencia vivida por sus representaciones técnicas. En
este horizonte crítico, la felicidad ofrecida por las máquinas puede entenderse
como una ilusión que debilita el vínculo comunitario y desplaza la experiencia
del encuentro hacia mediaciones tecnológicas, razón por la cual recuperar un
«nosotros común» supone reivindicar la fragilidad compartida y la primacía de
las relaciones humanas sobre sus simulacros. Ya no hay más un nos/otros, un nos/otros
que incluya al otro como parte de sí mismo. Lo que queda es un yo insulso,
deshidratado de contacto real, que se desliza por el feed como un fantasma en busca de reconocimiento. La dictadura
de pasarla bien nos ha robado algo más profundo que el tiempo: nos ha
robado la capacidad de desear lo que no está en el catálogo. Nos ha vuelto
adictos a una felicidad de usar y tirar. Nos ha hecho olvidar que la alegría
verdadera —la que no necesita publicidad— nace siempre en el encuentro, nunca
en el consumo.
Con
respecto al impacto de la informática en los vínculos humanos, Shallis advierte
que la máquina “se interpone entre las personas, sustituyendo las relaciones
humanas por la interacción con las máquinas; y también se interpone entre el
hombre y la naturaleza de un modo engañosamente "útil".” (Shallis,
1986, p. 5).
Por eso,
la pregunta de Bernard no es literaria. Es etho/política. Es, quizá, la
única pregunta que vale la pena formular en un mundo que nos ofrece todo menos
lo que necesitamos: la libertad de ser felices… a nuestro modo, no a la manera
de todos. ¿Para donde la felicidad? Para donde va Vicente. ¿Para dónde va
Vicente? Excelentes ovejas en procesión conducidas por sus
profetas/pastores/gurús/coaching de la nueva era, del pensamiento positivo, de
la espiritualidad de supermercado banal. Pero si la dictadura de pasarla
bien ha secuestrado la felicidad y la ha convertido en un producto de
consumo, cabe preguntarse: ¿qué podría significar entonces pasarla bien
desde las filosofías del vivir/ser? ¿Acaso la contra-conducta consiste en
renunciar al placer, en abrazar el ascetismo o la melancolía?
No. Lo
que toca romper no es el pasarla bien en sí mismo, sino la dictadura
del pasarla bien como guberna/mentalidad: esa forma de gobierno que nos
dice como pasarla bien de esa manera y como dicen ellos. La
contra-conducta no es la negación del goce, sino la reapropiación del goce como
una tecnología de la subjetivación alternativa, una hermenéutica de sí que nos
permita desenmascarar la telaraña que seduce, atrapa y deshidrata. Romper la
telaraña en amistad cómplice, lo diría JaVillafa. La contra-conducta no es una
rebelión frontal contra el poder, sino una lucha contra los procedimientos de
conducción de la conducta. Se trata de movimientos del sentípensar álmico
espiritual cuyo objetivo es otra conducta, es decir, querer ser
conducido de otro modo no por otros ni por sus objetivos sino por mí mismo.
En este
sentido, pasarla bien a contrapelo de la dictadura del entretenimiento
es una práctica de re/existencia que cuestiona la guberna/mentalidad
neoliberal. Si el poder nos conduce hacia el consumo estandarizado del placer,
la contra-conducta consistiría en conducirse a sí mismo hacia placeres no
estandarizados, hacia experiencias que no pueden ser monetizadas ni convertidas
en engagement. Se trata quizás de vincular esta posibilidad con el cuidado de sí (epimeleia heautou), una
ética que no es un retiro narcisista, sino una práctica de libertad que implica
relaciones complejas con los otros. Pasarla bien desde el cuidado de sí
no es pavonearse en redes sociales, sino cultivar una relación reflexiva con el
propio deseo, una hermenéutica de sí que permita distinguir entre el placer
impuesto y el placer elegido.
La
filosofía del devenir y del afecto nos invita a pensar el pasarla bien
no como un estado, sino como una intensidad, un pasaje entre estados. El
afecto, no tiene representación diría Deleuze; no es un like ni un selfie, sino una variación intensiva en el modo de sentir. Pasarla
bien sería entonces devenir: devenir-música al escuchar un tango,
devenir-cuerpo al bailar, devenir-amigo al compartir un asado. No se trata de
acumular experiencias para el catálogo de la identidad digital, sino de dejarse
afectar por el acontecimiento, de abrirse a la alteridad. La emoción no es
del orden del yo, sino del acontecimiento como tal vez podría señalar
Deleuze en algún momento. La dictadura de pasarla bien nos ofrece
emociones prefabricadas para un yo prefabricado; la contra-conducta nos invita
a experiencias que nos desbordan, que nos hacen devenir-otro.
Para Deleuze (1981), el afecto no se
reduce a una comparación entre estados del yo, sino que constituye una
variación intensiva que afirma una realidad mayor o menor en el cuerpo: La emoción no es, pues, propiedad de un
yo sustancial, sino el registro de un devenir que nos atraviesa y nos
transforma. No somos dueños de nuestras emociones. Somos atravesados por ellas.
Las emociones nos cambian, nos potencian o nos debilitan, y ese cambio es lo
que realmente somos en cada instante. No hay un yo detrás; hay un devenir que se expresa en cada afecto.
Imagine que siente alegría, tristeza,
rabia o amor. Normalmente, pensaría: yo
estoy alegre, yo estoy triste. El
yo parece el dueño de la emoción, un
sujeto fijo que siente cosas. Eso es un espejismo, porque el afecto no es una
comparación, sino una variación real. Cuando se pasa de la tristeza a la
alegría, no se están comparando dos fotos mentales (antes estaba triste, ahora estoy alegre). Se está experimentando un
cambio real en la propia fuerza de existir: el cuerpo y la mente están
funcionando con más o menos potencia. La alegría es entonces un aumento de la
capacidad de obrar, de relacionarse, de pensar; la tristeza, una disminución.
No es que el yo juzgue que ahora está mejor; es que el afecto mismo es la
afirmación de que el cuerpo y el espíritu son más o menos reales, más o menos
potentes, en ese instante. No hay un yo
detrás de la emoción que la mida, porque la emoción es el cambio mismo. El
afecto no se reduce a una comparación entre estados del yo, sino que constituye
una variación intensiva que afirma una realidad mayor o menor en el cuerpo:
Cuando hablo de una fuerza de existir
mayor o menor que antes, no entiendo que el espíritu compare el actual estado
del cuerpo con lo pasado, sino que la idea que constituye la forma del afecto
afirma del cuerpo algo que envuelve realmente mayor o menor realidad que antes.
(Deleuze, 1981, p. 62-63, citando y explicando la definición general de los
afectos de Spinoza, Ética, III, definición general).
Esta afirmación
implica que el afecto no es un juicio del espíritu sobre sí mismo, sino una
modificación efectiva de la potencia de obrar y de pensar. Lo que
experimentamos como alegría o tristeza no es una etiqueta que el yo coloca
sobre un estado dado, sino el registro inmediato de un cambio en nuestra
capacidad de existir.
El afecto es un paso, no un estado, y las
emociones no son cosas que se tienen a la manera de una foto fija, sino
pasajes, transiciones, devenires. Se pasa de un estado a otro, y esa variación
es el afecto: no una imagen mental de lo que ocurre, sino el movimiento mismo
de pasar de una potencia a otra. Por eso, la emoción no es una propiedad de un
yo estable, sino el registro de un devenir que nos atraviesa y nos transforma.
De este modo, los afectos-sentimientos remiten
“al paso de un estado a otro distinto, considerada la variación
correlativa de los cuerpos afectantes” (Deleuze, 1981, p. 62). No se
trata de una imagen fija ni de una representación mental, sino de una
transición vivida, de un devenir que nos atraviesa y nos modifica. La emoción
no es propiedad de un yo sustancial, sino el testimonio de un encuentro, de una
composición o descomposición de relaciones entre cuerpos: la alegría es el
signo de que nuestro cuerpo se compone con otro y aumenta su potencia; la
tristeza, el indicio de que una relación se descompone y nuestra fuerza
disminuye.
En consecuencia, el afecto no expresa una
identidad previa, sino un acontecimiento que nos transforma, una intensidad que
no puede medirse desde un sujeto exterior a ella. El yo no es la causa ni el dueño
del afecto, sino aquello que el afecto constituye y disuelve en cada instante.
La emoción es, pues, el devenir mismo, y en ese devenir se juega la posibilidad
de una vida más intensa o más precaria, más abierta o más contraída sobre sí
misma.
¿Cuál es
el mecanismo de esta dictadura? Hemos pasado de una sociedad disciplinaria,
basada en la negatividad del deber (debes), a una sociedad del rendimiento,
basada en la positividad del poder (puedes). El sujeto de rendimiento se
autoexplota creyendo que se realiza. La dictadura de pasarla bien es la
forma más sutil de esta autoexplotación: nos obliga a disfrutar, a ser felices,
a rendir en el campo del placer. “La
sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento.”
(Han, 2012, p. 25). Frente a
esto, pasarla bien como contra-conducta implicaría recuperar la
negatividad, el aburrimiento profundo, la pausa contemplativa. El cansancio
fundamental, lejos de ser un agotamiento, es una facultad que inspira y deja
surgir el espíritu. Pasarla bien podría ser, entonces, saber aburrirse,
saber no hacer nada, saber escuchar un disco entero sin distraerse, saber estar
con otros sin la mediación de una pantalla.
Pasarla
bien como otra tecnología de la subjetivación en esta
telaraña neoliberal que diseña un yo
a la altura de las redes sociales. Pasarla
bien con amistades en un encuentro para escuchar música jazz, salsa, rock
clásico, baladas, tangos. Pasarla bien
compartiendo un asado con esas amistades y las familias. Pasarla bien leyendo buena literatura o poesía. Pasarla bien saliendo a caminar con las
mascotas caninas. Pasarla bien tirado
en la cama sin hacer nada más que ver una película icónica o de culto. Como bien expresa El
Gran Combo de Puerto Rico (1983) en su icónica canción:
Me
levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo... Me como un buen desayuno
y no hago más na', más na'. Después yo leo la prensa, yo leo hasta las esquelas
o me pongo a ver novelas y no hago más na', más na'. A la hora de las doce yo
me como un buen almuerzo de arroz con habichuelas y carne guisada y no hago más
na', más na'. Después me voy a la banca a dormir una siestita; y a veces duermo
dos horas y a veces más, no hago más na', más na'. Y me levanto como a las
tres, y me tomo un buen café. Me fumo un cigarrillito con mi guitarra y me
pongo a cantar. A la la, a la la, ala la, a la la. Y a la hora de la comida, me
prepara mi mujer un bistec con papas fritas con ensalada y mil cosas más. Y me
lo mando y no hago más na', más na'. Luego me voy al balcón, cuál si fuera un
gran señor a mecerme en el sillón con mi mujer a platicar. A larara, la, la.
¡Ay! Cuando se me pega el sueño enseguidita me voy a acostar y duermo hasta por
la mañana y no hago más na', más na'. ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin
trabajar, ¡oígan! Yo nunca he doblado el lomo y no pierdan su tiempo no voy a
cambiar. ¡qué va! ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡señores!
¡si yo estoy declarado en huelga! ¡Mi mujer que me mantenga! ¿oíste? ¡Qué bueno
es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡qué bueno!, ¡qué bueno!, ¡qué bueno!
¡Qué bueno es vivir la vida! ¡comiendo, durmiendo y no haciendo na’! El Gran Combo de Puerto Rico, (1983).
Friedrich Nietzsche, en su crítica al espíritu de
la pesadez, ofrece una imagen poderosa: “Yo
no creería más que en un dios que supiese bailar.” (Nietzsche, 2003, p. 74). El dios
que baila es el dios que afirma el devenir, que no se petrifica en la moral del
deber ni en la pesadez del resentimiento.
El relato evangélico presenta a Jesús el Nazareno
como una figura que, lejos del ascetismo severo, celebra la vida en comunidad a
través de la comida y la bebida compartida. Esta imagen se manifiesta
inicialmente en las bodas de Caná, donde su primer acto público, un signo, consiste en convertir el agua en
vino para prolongar la fiesta nupcial, revelando una gloria que se manifiesta
en el gozo del banquete. Más tarde, en casa de Leví (Mateo), se le encuentra en
una mesa junto a muchos publicanos y pecadores. Ante las críticas de los
fariseos, que preguntan por qué come con esa clase de gente, Jesús responde con
la metáfora del médico que no necesita a los sanos, sino a los enfermos.
Incluso, cuando se le cuestiona por qué sus discípulos no ayunan, su respuesta
es contundente y evoca la imagen de la boda: ¿Acaso pueden ayunar los invitados a una boda mientras el novio está
con ellos? Para él, el tiempo de su presencia es un tiempo de fiesta y
celebración, no de duelo y abstinencia, revelando así a un Dios que no se
petrifica en la seriedad del deber, sino que sabe bailar en el compartir la mesa con los excluidos y marginados.
La
felicidad no es un estado de satisfacción pasiva, sino una danza, un juego, una
ligereza que se eleva por encima de la gravedad. Ahora soy ligero, ahora vuelo,
ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila en mí. Pasarla
bien sería bailar, reír, afirmar la vida en su devenir.
Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave,
profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez, - él hace caer a todas las
cosas. No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos el
espíritu de la pesadez! He aprendido a andar: desde entonces me dedico a
correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empujado para
moverme de un sitio. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por
debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí. (Nietzsche, 2003, pp. 74-75).
Pero cuidado: la dictadura de pasarla bien también ofrece una
danza —la danza del consumo, del scroll
infinito, de la posesión performática. La diferencia es que la danza
nietzscheana es creación, no repetición; es afirmación de la propia
singularidad, no sumisión al algoritmo. “Pero
es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelicidad, es mejor bailar
torpemente que caminar cojeando… -incluso la peor de las cosas tiene buenas
piernas para bailar: ¡aprended, pues, de mí, hombres superiores, a teneros
sobre vuestras piernas derechas!” (Nietzsche, 2003, p. 400) La
contra-conducta también sería atreverse a bailar torpemente, a ser feliz de una
manera que no está coreografiada por la Entidad.
Esto
recuerda la fragilidad de toda felicidad. Nadie es feliz, sentencia el
escepticismo radical. La felicidad auténtica, si existe, es una experiencia tan
esquiva que apenas puede distinguirse de la desdicha, pues lo único que puede
afirmarse con certeza es que no constituye un estado positivo. Más que una
condición permanente, parece manifestarse como un destello fugaz, inestable y
difícil de aprehender; de hecho, se suele advertir que la plenitud es tan
abrumadora que, paradójicamente, puede llegar a despertar una profunda
nostalgia por el fin absoluto de la existencia.
La
felicidad auténtica se resiste a ser definida, pues el conocimiento profundo de
la condición humana revela que el saber es sinónimo de desdicha. Así, la
verdadera experiencia radical no se formula en términos de satisfacción
estable, sino en la intensidad de lo vivido y en reacciones fisiológicas. Esta
perspectiva no es un llamado al nihilismo, sino una advertencia contra la
felicidad falsa: aquella que se exhibe, se cuantifica y se confunde con la
comodidad o el éxito social. Conviene desconfiar de la complacencia y de la
certidumbre del que cree haber alcanzado la estabilidad, porque la comodidad
del asentamiento suele ser el precio de la obediencia.
Una
comunidad que se acomoda pierde su vitalidad transformadora, del mismo modo que
todo individuo que obedece sin resistencia renuncia a su libertad interior y se
estanca espiritualmente. Intentar ser libre, por el contrario, implica asumir
altos costos personales, condenando casi inevitablemente al aislamiento, al
hambre y a la intemperie. El entramado social no tolera la independencia real y
solo acepta a quienes oscilan, alternativamente, entre la servidumbre y el despotismo.
Vivimos en una prisión sin carceleros que favorece la adaptación antes que la
autonomía, una estructura de la que, si se logra escapar, solo aguarda la
propia destrucción. Al final, la verdadera vida no se encuentra en el catálogo
de las satisfacciones oficiales, sino en la búsqueda, en la tensión y en la
imposibilidad misma de ser plenamente feliz.
La
dictadura de pasarla bien nos
ofrece un asentamiento: la comodidad del consumo, la certeza del like. La
contra-conducta sería, quizá, mantener viva la inquietud, la insatisfacción
creadora, la conciencia de que la verdadera felicidad no se encuentra en el
catálogo de las satisfacciones
oficiales, sino en la búsqueda, en la tensión, en la imposibilidad misma de ser
plenamente feliz. Pasarla bien
no es entonces un escape de la realidad, sino una inmersión más profunda en
ella. No es la búsqueda del placer fácil, sino la práctica de un placer que nos
transforma. Es escuchar un disco de jazz con atención plena, dejándose llevar
por la improvisación. Es compartir un asado con amigos, no para publicarlo,
sino para saborear la conversación. Es leer un poema de Emily Dickinson, Alfred
Tennyson, Pablo Neruda o Mario Benedetti; o una página de Friedrich Nietzsche,
Stefan Zweig, Flannery O'Connor, Carson McCullers, Italo Calvino, Jorge Luis
Borges, José Saramago, Gabriel García Márquez, Cormac McCarthy, Pablo Montoya o
Gabriel Jaime Álzate Ochoa, no para acumular cultura, sino para ser interpelado
por la palabra. Es salir a caminar con el perro, sintiendo el aire y el suelo,
sin la necesidad de documentarlo. Es tirarse en la cama a ver Casablanca o El Padrino, no como un acto de consumo pasivo, sino como un ritual
de encuentro con la obra.
En
definitiva, la contra-conducta consiste en sustraerse a la coreografía de la
felicidad impuesta para inventar, con los materiales de la vida cotidiana, una
danza propia. No se trata de renunciar al pasarla bien, sino de despojarlo de
su dictadura, de devolverle su condición de experiencia irrepetible, no
cuantificable, no publicable. La contra-conducta no es un acto puramente negativo;
es la afirmación de que el poder nunca determina de manera exhaustiva las
posibilidades de un sujeto. Siempre queda un margen, un pliegue, una grieta por
donde puede filtrarse otra manera de ser feliz. La pregunta de Bernard —¿no te
gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? — es, en el fondo, la
pregunta por ese margen. La respuesta no está en el catálogo de La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron,
sino en la experiencia singular, intransferible y siempre precaria de cada
encuentro, cada escucha, cada danza:
Queda mucho por hacer; y aunque se haya perdido
mucho, aún queda bastante; y aunque no tengamos ahora aquella fuerza que en los
antiguos días movía cielo y tierra, somos lo que somos: un corazón de estirpe
heroica enardecido por igual por el tiempo y el destino, pero fuerte en
voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse. (Tennyson, 2004, pp.
604-605).
Tal vez de eso trataba, sin que entonces lo supiera del todo, aquella
conversación. No era simplemente una llamada de cumpleaños, ni un intercambio
de anécdotas sobre discos, melómanos, audiciones o el Mundial de futbol que se
jugaba en México. Era, a lo mejor, una pequeña conspiración contra esa
telaraña. Porque toda época teje sus propias telarañas que
consumen/deshidratan. Telarañas que prometen seguridad democrática, éxito,
progreso, firmeza por la patria, felicidad administrada; incluso alguna en modo
de autodefensa grita: ¡estudien vagos! Todas terminan, pues esa es su
naturaleza, inmovilizando el deseo, secando lentamente la capacidad de asombro
y convirtiendo la existencia en una rutina dócil. Romper esa telaraña —en
amistad cómplice— no significa huir del mundo, sino negarse a vivir únicamente
según los algoritmos del rendimiento, las liturgias de la polarización
(expresión cotidiana por esos días en Colombia: entre la gente decente y los de bien) o los mandamientos del consumo y del resentimiento o más
bien de ese sentimentalismo exacerbado que obliga/exige decir/mostrarse
políticamente correcto para no herir a nadie. Significa sentarse a escuchar un
disco como quien recupera una forma de oración laica; conversar durante horas
sin la urgencia de tener razón; celebrar un gol, una carcajada o un silencio
compartido como si en esos gestos mínimos todavía pudiera respirarse una
libertad que ninguna maquinaria consigue programar.
Por eso, cuando colgué el
teléfono aquel 2 de julio, supe que la conversación había sido, en sí misma, un
acto de desobediencia. Jaimillo me habló de algoritmos ni de encuestas, ni de
las fauces del Palantir advertising, marketing
y entertainment que todo
lo digiere y todo lo devuelve mercancía (como la misma música y los encuentros
de coleccionistas). Me habló de música, melómanos, audiciones; del Mundial de
futbol en México; me habló, sobre todo, de romper —en amistad cómplice— la
telaraña que nos seduce, nos atrapa y nos deshidrata.
Y entendí entonces que esa
telaraña no se rompe con discursos ni con manifiestos, sino con una canción
puesta a todo volumen de Riche Ray, de
Roberto Carlos, de Raphael y de los Beatles, con una risa compartida, con
un abrazo que dura lo que dura un verso de Let It Be. Entendí que gozar
no es evadirse: es la forma más lúcida de estar presente. Que bailar, aunque
sea a solas en la cocina, es un gesto político. Que escuchar a un amigo que
selecciona música con el rigor de quien elige la vida es ya un acto de
contra-conducta.
En un mundo que nos prefiere
dóciles, predecibles y deshidratados por la fatídica tramoya de la política trampiellesca
-tan de moda por estos días aciagos en Colombia- y el dogma, la melomanía y la
amistad se erigen como nuestra más alta forma de re-existencia. Al final,
sintonizar la música que nos da la reverenda gana, gozarse el mundial y elegir
el afecto sobre el desencanto es la manera más radical de romper —en amistad
cómplice— esa telaraña que nos seduce y nos atrapa. Porque, aunque el tiempo y
el destino pretendan desgastarnos, la decisión de pasarla bien, de buscar el
encuentro y de danzar sobre las grietas del sistema no es mera evasión: es una
vibrante, emotiva y poética re-existencia colectiva que se niega rotundamente a
rendirse.
Esa voluntad inquebrantable
de la que habla Tennyson es la misma que late cuando decidimos desobedecer la
inercia del aislamiento. Por eso, resistir al peso de los días y a las
prisiones invisibles que pretenden codificar nuestra alegría no es una
abstracción teórica; es un acto urgente que se concreta en la complicidad de
una llamada, en el calor de un reencuentro. La telaraña se nutre de nuestra
seriedad, de nuestra fatiga, de nuestra creencia de que resistir exige rostro
grave y puño cerrado. Pero Jaimillo —seleccionista, melómano, hermano— me
recordó que también se resiste riendo, también se desobedece bailando, también
se lucha cantando.
Lo que Tennyson canta con voz
de héroe cansado pero firme —esforzarse,
buscar, encontrar y no rendirse— es, en el fondo, el eco de aquella
conversación telefónica del 2 de julio de 2026. Porque romper la telaraña no es
un acto de guerra ni de renuncia: es, como bien sabe Jaime Villafañe Padilla,
un arte de la selección y del encuentro. No se trata de acumular discos por
esnobismo, sino de escuchar solo la música que pasa por el filtro del propio
gusto y gana; no se trata de engrosar el catálogo de La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron tidad,
sino de compartir una audición, un asado, una charla sin política ni religión
anquilosada, un mundial de fútbol gozado en complicidad. Esa es la
contra-conducta del melómano, del seleccionista, del amigo que sabe que la felicidad
no está en el like ni en la posesión, sino en el instante compartido: el
sonido bestial y el mulato de Richie Ray, el gato
en la oscuridad de Roberto Carlos, la gran
noche de Raphael o la melodía inmortal de los Beatles con su all you need is love.
Romper la telaraña es,
entonces, habitar el margen, el pliegue, la grieta por donde se cuela otra
manera de ser feliz. No la felicidad que se mide, sino la que se siente; no la
que se exhibe, sino la que se vive en la precariedad luminosa del encuentro. Queda
mucho por hacer, sí, pero mientras quede un amigo con quien escuchar, un balón
que rodar, una canción que compartir, la voluntad de esforzarse, buscar,
encontrar y no rendirse será la misma que nos mantiene vivos, libres, a
contracorriente de la telaraña. Y si el tiempo nos ha quitado aquella fuerza
que movía cielo y tierra, si el destino nos ha dejado debilitados, pero no
vencidos, entonces que sea la amistad el temple heroico que nos queda. Que sea
la música el mundo nuevo que aún podemos buscar. Que sea el goce pagano compartido,
cómplice, seductor, la forma más terca y más dulce de no rendirse.
Porque tal vez la resistencia
más profunda comience precisamente allí: en la decisión de seguir celebrando la
vida juntos, no como una evasión de la realidad, sino como una forma de
habitarla con mayor lucidez, dignidad y alegría.
Referencias
Bibliográficas.
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Escohotado, Trad.). Tusquets.
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al mundo de las artes y de las imágenes. Diario de 2007 a 2008 (J. L. López,
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Mosqueda, Trad.). Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1932).
Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A.
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Shallis, M. (1986). El ídolo de silicio: La
«revolución» de la informática y sus implicaciones sociales (J. Vicuña, Trad.).
Salvat.
Tennyson, A. L. (2004). Ulysses. En C. Ricks (Ed.),
The poems of Tennyson (2.ª ed., pp. 599–605). Routledge. (Obra original
publicada en 1842).