miércoles, 12 de agosto de 2026

DOS VOCES, UNA SOLA ALMA. SELVA ROJINEGRA / Alonso Meneses Jaramillo[1].

 

Zdzisław Beksiński


DOS VOCES, UNA SOLA ALMA.

SELVA ROJINEGRA

Alonso Meneses Jaramillo[1].

Muy adentro de la selva amazónica, el aire posee una consistencia casi líquida, llevando consigo el aroma de la tierra negra fértil y antigua que soporta los árboles que emergen como catedrales vivientes, flores de fantasía, resinas aromáticas, los perfumes dulce de la orquídea de vainilla, victoria amazónica y concha de almeja,  cánticos de pájaros exóticos entonados a pleno vuelo por el campanero blanco y el guardabosques gritón, rugidos de jaguares, zumbidos de insectos, aleteos de pirañas y silbidos de serpientes multicolores. Toda esta inmensidad verde colombiana, ignora que, hacia el centro del país, hay otro mundo lleno de ruidos y objetos repetidos, otra jungla de especies en un paisaje gris, amenizado por discursos grandilocuentes en palacios de pisos brillantes, por donde deambulan apagados personajes encanecidos de trajes oscuros. Cada uno de ellos, cual mesías, habla de paz, reconciliación, esperanza, olvido y futuro sin tropiezos, palabras dichas con tal limpieza, que parecen recién avaladas por la Rae, aumentando así, con el pasar de los meses, todo el fervor mundial que pueda garantizar sin dudas, el Premio Nobel de Paz para el mandatario de turno. Este era el presidente sanido, viajero insistente del mundo que abanderaba el proceso de paz en Colombia y la posterior entrega de armas, que en su mayoría poseía el frente guerrillero más dominante del país, llamado cáncer libre, liderado por el comandante peluche. Lo apodaban así porque desde niño, volvía añicos todo muñeco que le regalaban.

     Este apodo era una burla ante su naturaleza. Cincuentón, de un rostro redondo que albergaba dos tildes como ojos, mejillas de rubor quemado, nariz ancha y abajo con un bigote cantinflesco, de una barriga ancha y templada, medía casi dos metros, caminaba lento y altivo con pecho velludo descubierto y un pañuelo rojo y negro al cuello, convencido de ser el único dueño de la selva entera, incluso antes de su creación, con una voz tan poderosa que los monos aulladores chillaban y se escondían cuando él hablaba. Alguna vez, dando la orden para fusilar a un guerrillero, dos guacamayas que volaban a media altura, las derribó el grito de peluche y las manadas de loros repetían lo mismo durante tres días, cuando ordenaba con berridos enérgicos, la toma de un pueblo.

     Controlaba miles de hectáreas a la redonda, reclutaba niños, extorsionaba comerciantes, desaparecía familias, violaba jovencitas como a los Derechos Humanos, sembraba coca donde antes crecían árboles centenarios, movía armas como juguetes en navidad y se reunía con amigos de oficinas elegantes de la capital que nunca pisaron, ni pisarán el barro de la selva.

     Una tarde de ocio destructivo, en uno de esos impulsos que el ego da a los poderosos, peluche ordenó que reclutaran cinco estudiantes de grado noveno a la salida del colegio veredal más cercano. Todo se cumplió a cabalidad. Reunido frente a una de sus tropas, vio pasar a las cinco estudiantes todavía con sus uniformes de educación física, amarradas de manos, llorosas y tiernas como le gustaban al este grandulón, su rostro rojizo giró y clavó su mirada en la jovencita más linda de todas.

     Muy temprano del día siguiente, le llevaron la muchachita a su improvisado palacio de plásticos negros y palos secos. En mucho silencio y en un ajetreo sexual casi juvenil, peluche disfrutó de la piel fresca de esta doncella, como si fuera el último orgasmo de su vida. En posición medio fetal, tembloroso y dando la espalda a la salida del cambuche, miraba a la jovencita mientras se limpiaba el sudor del rostro con su pañoleta, respiraba con dificultad, casi cerrando los ojos, y rodeado de casi cien guerrilleros, apareció de entre la maleza una diminuta rana de un rojo brillante y manchas negras, tan pequeña que habría cabido en la boca de un bebé.

     Saltó de una hoja a otra. Luego se perdió entre la maleza hasta acomodarse detrás de una raíz. Permaneció inmóvil apenas un instante, con su diminuto cuerpo orientado hacia la espalda del máximo comandante. De un brinco lo mordió y volvió a desaparecer entre el musgo, con una lentitud desconcertante, bajo la mirada atónita de todos. Peluche apenas alcanzó a reaccionar. Giró sobre sí mismo en un intento desesperado por incorporarse y buscó con la mirada a sus escoltas. Entonces lanzó un alarido que hizo temblar la espesura y pareció rebotar hasta el último rincón verde del horizonte. Después, su cabeza cayó pesadamente sobre la tierra. Murió sin disparos, sin juicios, sin discursos. Los guerrilleros permanecieron inmóviles, incapaces de apartar la vista de aquella diminuta criatura de exótica belleza. Su piel, brillante y salpicada de rojos y negros, evocaba el mismo pañuelo que todos llevaban anudado al cuello. Fue entonces cuando comprendieron que los colores también engañan, que la naturaleza no reconoce los símbolos de la guerra y que, a veces, se burla de las certezas humanas.

     Los indígenas del Amazonas, en su tradición oral repetían que las ranas venenosas son diminutos jueces enviados desde los más recóndito de la selva, cuando los tribunales humanos tergiversan su oficio. Ningún guerrillero en esta mañana se atrevió a tocar el cadáver y menos a opinar sobre el deceso de su comandante, en sus rostros desfigurados por el cansancio, solo había escepticismo y desconfianza frente a lo seguiría siendo su misión selva adentro.

     En ese preciso instante, al otro lado del continente, el presidente sanido recibía en Oslo el Premio Nobel de Paz, en medio de aplausos y cámaras que inmortalizaban sonrisas, en un acto de cortar y pegar fragmentos de discursos repetidos, que celebraban el fin de la guerrilla en este lado de Suramérica. Pero la selva no veía televisión y tampoco supo de premios, ni sabía de ilusiones mediáticas, sólo se escuchó un silencio distinto y natural, el silencio que deja un diminuto depredador cuando desaparece.

 

ESPECIE DE RIO

A fuerza de decretos y de interminables jornadas legislativas en los salones del alto gobierno, consiguieron que el Magdalena dejara de figurar en los mapas políticos de Colombia como un río. Desde entonces pasó a llamarse, con toda la solemnidad de la burocracia, «corredor hídrico biotecnológico sostenible», una denominación respaldada por el Fondo Mundial para la Naturaleza que, en el fondo, no era más que el ropaje técnico de un nuevo negocio estratégico para la nación.

Sin embargo, aquellas decisiones jamás alteraron el pulso de Puerto Delicia, un municipio ribereño casi invisible para el Estado, aunque indispensable como despensa pesquera de buena parte del país. Allí los días seguían oliendo a pescado sudado, a yuca recién cocida, a gasolina de motores envejecidos y a lociones baratas que apenas conseguían disimular el sudor. El aire arrastraba vallenatos melancólicos y miradas desconfiadas, mientras la vida transcurría con la paciencia de la corriente.

     Los hombres salían de sus casas antes del amanecer y, mucho antes de levantar la vista hacia el cielo, escrutaban el color del agua. Habían aprendido que el río siempre hablaba primero. En sus remolinos, en sus silencios y en sus cambios de tono anunciaba, con la precisión de un viejo profeta, cualquier jugarreta del destino.

     Entre los habitantes del lugar, hace algunos años, corría un rumor que fue convirtiéndose en una creencia, en la que sostenían que en las profundidades del rio Magdalena al frente del pueblo, sobrevivía muy escondido, un enorme pez. Era el último de los bagres rayados de los millones que habitaron este afluente, con alegría repetían que era una hembra y estaba embarazada. Las abuelas decían que el pez llevaba siglos escondiéndose de la codicia y del hambre de los humanos y que en su vientre cargaba todos los peces que el rio había perdido desde que comenzaron las represas, el mercurio, el exceso de lanchas rápidas, la carne humana como alimento y las promesas presidenciales.

     La noticia llegó rápido a la familia Rico Hurtado, una de las cinco más influyentes y dueñas del país. Eran propietarios de medios de comunicación, puertos, minas, petróleo, del azúcar, la sal y todo lo visible, los giros de las costumbres, la moda, las palabras, incluido el futuro y las variables del clima, como también una fuerte injerencia en las ONGS de conservación ambiental. Hicieron toda la gestión necesaria frente al gobierno de turno y en menos de una semana instalaron plataformas inteligentes sobre el rio, sensores térmicos y drones capaces de leer el ADN del agua y rastrear la presencia de algún ser vivo de un tamaño anormal. Todo parecía legal. Los ministros citaban la Constitución colombiana, la protección de especies endémicas se puso de moda, las leyes contra el tráfico de fauna silvestre y los tratados internacionales de biodiversidad ocupaban todos los titulares, en simultáneo los ambientalistas extranjeros aplaudían el operativo, mientras la National Geographic filmaba un documental sobre la relación ancestral entre el hombre y el rio en Colombia. Los pescadores escuchaban todo tipo de falacias desde las orillas del rio mientras veían pasar sus aguas verdosas y apacibles.

     -Qué locura de gobierno! - decía un viejo muy conocido en la región llamado Pedro Chispas- Cuando el rio se llenó de mercurio nadie vino a salvarlo, pero ahora que el último bagre tiende a desaparecer como especie, hasta la ley aprendió a navegar- murmuró al final mientras dejaba caer el agua del rio entre sus manos.

     Los ambientalistas prohibieron la pesca artesanal alrededor de la zona protegida, afirmando que era necesario para preservar esta especie de bagre tan importante para el país. A varios pescadores les decomisaron las atarrayas y les trajeron de Bogotá atún enlatado, huevos y bienestarina para suplir la falta de pescado, aunque unos kilómetros más arriba, las dragas mineras seguían trajinando día y noche con permiso estatal, al tiempo que se inventaban otro cauce para las aguas.

     El operativo se anunció desde la capital a primera hora de la mañana, con una alocución presidencial de argumentos incoherentes y visajes aguardienteros, como testigos estaban la prensa local e internacional en simultánea con Puerto Delicia que invitó alcaldes, concejales, organizaciones, pancartas y habitantes noveleros con ropajes fiesteros.  La captura estaba calculada para hoy domingo a las nueve de la mañana, hora en la que ya estaba despierto todo el pueblo y el calor no golpeaba a los visitantes de todo el mundo. El show mediático comenzó en el rio. Luces, cámaras, drones, rayos ultravioletas, radares sumergidos, buzos, lanchas rápidas, políticos de camisas blancas y gafas oscuras a lo largo y ancho de la orilla y amenizado el ambiente con la algarabía en varios idiomas.

     Sacaron al gran pez. Grises brillantes en sus manchas sobre el blanquecino de su piel, húmeda e imponente moviendo sus dos barbillas, con sus diminutos ojos dirigidos por primera vez a una multitud de seres que dicen proteger la naturaleza, pero son de lo peor que le ha pasado al planeta Tierra, desnuda como fue creada al comienzo del universo, dentro de un inmenso tanque transparente, se retorcía lenta y movía la cola con fortaleza. El animal parecía un pedazo de visos oscuros verdosos del mismo rio. Tenía cicatrices blancas sobre el lomo y un vientre inmenso que se movía lentamente, como si respirara otros mundos dentro de ella. Los biólogos marinos prepararon de inmediato la extracción genética del vientre animal y procedieron a masajear con rapidez sus papilas genitales, salían revolturas de huevos embriones, pedacitos de piel humana y pequeños fragmentos de oro mientras los periodistas transmitían en vivo. Entonces el bagre abrió la boca, no rugió, no hizo ningún sonido animal.

-Habló.

     Pero nadie entendió lo que dijo. extrañamente los ribereños comenzaron a llorar en silencio y los visitantes a mirarse entre sí. Las cámaras fallaron de inmediato, los drones cayeron al agua, la transmisión nacional quedó convertida en una lluvia de punticos grises y durante unos segundos el Magdalena entero pareció detener su corriente, como si estuviera escuchando.

     Ya era mediodía y el sol estaba en su mayor esplendor, de pronto en segundos, desaparecieron la bagre, los embriones, los huevos y los buzos que apoyaban el trascendental hallazgo. Este fue el momento más silencioso del que se tenga razón en Puerto Delicia, no comentarios, no cervezas, no bullicios, no vallenatos, no fritanga de bocachico, no promesas humanas. Nada. Al día siguiente, el gobierno anunció que todo había sido un sabotaje de pescadores ilegales y grupos eco terroristas. Los ambientalistas publicaron comunicados rechazando este revés del destino y la familia Rico Hurtado negó cualquier responsabilidad.

     En Puerto Delicia, mientras el río continuaba su lento y espeso recorrido frente a las casas de madera, Pedro Chispas juró haber visto algo moverse bajo el agua. Al principio creyó que era un banco de peces; después comprendió que eran decenas de pequeñas sombras deslizándose en silencio detrás del enorme bagre, como si lo escoltaran hacia el fondo del río. Desde aquel día nadie volvió a lanzar una atarraya en ese recodo del Magdalena. No por miedo a la ley ni a las autoridades, sino por temor a descubrir qué fue aquello que el viejo bagre alcanzó a decir antes de desaparecer para siempre entre las aguas oscuras.

 



[1] Maestro en Artes Plásticas, Universidad Nacional Medellín. Licenciado en Educación Artes Plásticas, Universidad de Antioquia. Fundador y profesor del Taller de Pintura Arte Azul Intenso. Tallerista de Artes Plásticas en el Programa Desarrollo de Pensamiento Creativo Crisol, Comfenalco-Antioquia. Docente de Pintura Artística en el Instituto de Educación de Comfenalco-Antioquia. Docente de Creatividad en la Universidad Remington. Docente de cátedra en Artes Plásticas en ITM, Medellín. Docente de Formación Artística en la I.E Gilberto Alzate Avendaño. Correo: alonsomenesesarte@gmail.com

 

martes, 11 de agosto de 2026

LA DICTADURA DE PASARLA BIEN: RESONANCIAS DE UN VÍA/DÍA/LOGOS CON JAVILLAFA / Carlos Alberto Molina Gómez[1].

 

                                      Zdzisław Beksiński


LA DICTADURA DE PASARLA BIEN: RESONANCIAS DE UN VÍA/DÍA/LOGOS CON JAVILLAFA

 

Carlos Alberto Molina Gómez[1].



[1] Carlos Alberto Molina Gómez. Magíster en Educación. Magíster en Estudios Políticos. Especialista en Gerencia de Servicios Sociales. Doctor en Educación. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y espiritualidad. Orcid: 0000-0002-6153-7675. Minciencias: Investigador Junior (IJ).        CvLAC: https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0000794856.

GrupLAC: G I ETNOEPISTEME Lógica y Singularidad Humana. camolina@uniquindio.edu.co  

https://scienti.minciencias.gov.co/gruplac/jsp/visualiza/visualizagr.jsp?nro=00000000013135.

 

 

El pasado 2 de julio de 2026 con el motivo corpóreo-espiritual del cumpleaños de mi colega/maestro/amigo/hermano/ Jaime Villafañe Padilla tuvimos una extensamente breve conversación telefónica en la que Jaime rasgo el velo de un mundo sutil: Me habló de audiciones de música, de encuentro de melómanos y coleccionistas, de encuentros alrededor de la música. Detengo la marcha para contextualizar al lector: Jaimillo o JaVillafa no pertenece a la estirpe del coleccionista común. Él se define, con orgullosa precisión, como seleccionista/melómano. Seleccionista porque rescata e integra únicamente la música que quiere, aquella que pasa de manera soberana por su reverendo gusto y gana, esquivando el esnobismo y la manía del coleccionista tradicional que se obliga a acumular piezas por el solo hecho de tenerlas o porque nadie más las posee. Melómano porque padece una pasión sin remedio por la música.

 

     En su altar musical, Richie Ray, Roberto Carlos, Raphael —el inconfundible Rafael Martos de España— y The Beatles constituyen la cereza del pastel o la mismísima joya de la corona. Me habló de tejer lazos alrededor de la melodía pura, manteniéndose a salvo de la fatídica/trampiellista política colombiana o de las rigideces de la anquilosada religión. Habló con entusiasmo de gozarse el Mundial de fútbol de 2026. Me habló, sobre todo, de la voluntad de no rendirse, de seguir celebrando la vida juntos y de romper -en amistad cómplice- la telaraña que nos seduce/atrapa/deshidrata. Luego de ese volver a versar o con/versar con JaVillafa me salió al encuentro esta cita que en extensión de la vía/día/logos con él resuena como el eco de Un mundo feliz. Es por supuesto un homenaje a este colega/maestro/amigo/hermano:

 

— ¿No desearías ser libre, Lenina?

—No sé a qué te refieres. Soy libre. Libre de pasármelo estupendamente. Hoy en día, todo el mundo es feliz.

Bernard rio.

—Sí, hoy en día todo el mundo es feliz. A los niños comenzamos a inculcarles eso a los cinco años. Pero, Lenina, ¿no te gustaría ser feliz de otro modo? Por ejemplo, a tu manera, no en la forma en la que lo son los demás. (Huxley, 2024, p. 84).

 

Este diálogo entre Bernard Marx y Lenina en Un mundo feliz posiblemente estaría anticipando una de las mutaciones más profundas del poder contemporáneo: el pliegue de la dominación por coerción al de la dominación por seducción. Cuando Lenina afirma: Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz y Bernard responde: ¿No te gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? A tu modo, por ejemplo; no a la manera de todos (Huxley, 2024, p. 84), se muestran dos concepciones de la libertad. La primera identifica la libertad con el consumo administrado del placer; la segunda reivindica la posibilidad de sustraerse a la felicidad estandarizada.

 

     Se dice por ahí con moderada instancia que nosotros, sujetos neoliberales, ya no somos reprimidos; somos persuadidos/engatusados/atontados para producir, consumir y entretenernos sin descanso. Pareciera entonces que la sociedad del rendimiento transforma la libertad en autoexplotación, donde el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. (Han, 2012, pp. 31-32). La obediencia adopta la forma de elección. La autoexplotación se experimenta como realización personal. La libertad deja de ser emancipación para convertirse en rendimiento.

 

     La propaganda ha cedido su lugar al advertising, al marketing y al entertainment. El advertising y el entertainment se han convertido en los nuevos instrumentos de dominación, más sutiles que la propaganda, porque actúan sobre el deseo y no sobre el miedo. El advertising y el entertainment no interpelan al ciudadano, sino al consumidor; no exigen convicción, sino atención. Sustitución de la verdad/diseñada/modulada por el estímulo. Sustituyen la coerción por la seducción, colonizando el deseo y vaciando la política de su sustancia deliberativa, transformando la esfera pública en un mercado de impulsos. La propaganda exigía adhesión a un relato; el marketing y el entertainment solo requieren clics.

     La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron no necesita que creas, solo que consumas. La dominación ya no es ideológica, sino neuronal: atrapa la atención para anular la reflexión. La publicidad, que hace desear nuestra prosperidad al resto del mundo, se guarda mucho de hacer más apreciables, para sus nuevos conversos, los cimientos religiosos, filosóficos, morales y jurídicos, que «no venden mucho», sobre los que se olvida a menudo que descansa. ¿No los hemos olvidado también nosotros, o los hemos dado por algo obvio? Este malentendido nos prepara para extraños efectos bumerán. Lenin decía de su régimen: «los soviets más la electricidad». El capitalismo más la sharia no es un porvenir más prometedor que el capitalismo trasplantado al comunismo chino. Uno y otro trabajan noche y día para dominar y asediar a nuestro capitalismo de los derechos humanos, cada vez menos seguro, a pesar de 1989, de tener el privilegio y el monopolio del futuro. (Fumaroli, 2010, p. 34).

     El poder ya no exige adhesión doctrinal; basta con capturar la atención. La ciudadanía se transforma en clientela y la deliberación política en espectáculo permanente.

     La pregunta de Bernard conserva así toda su vigencia: ¿es libre quien puede divertirse indefinidamente o quien puede vivir, pensar y ser feliz de un modo distinto al programado? La verdadera disputa política contemporánea no gira en torno al acceso al entretenimiento, sino a la posibilidad de recuperar una subjetividad capaz de resistir la colonización del deseo. Romper la telaraña, así lo expresa Jaimillo. Esta pregunta no es un mero ejercicio de nostalgia literaria. Es el diagnóstico de una mutación profunda que ha transformado el poder en espectáculo y la felicidad en obligación. Para comprender su alcance, podríamos atrevidamente arriesgarnos a desentrañar el mecanismo de la dictadura que da título a este panfleto: la dictadura de pasarla bien. La dictadura contemporánea no se ejerce únicamente con tanques ni censores, sino con likes, stories y algoritmos de recomendación. Su lema no es obedece, sino disfruta. Su promesa no es la salvación, sino la viralidad. Y su dios no es un tirano con rostro, sino una Entidad difusa, una Matrix sin centro, un Palantir que todo lo ve y todo lo predice, una suerte de Sauron digital que no aniquila, sino que seduce. No destruye cuerpos; coloniza deseos.

     La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron —expresada como Gran Hermano 2.0, algoritmo, mercado total o inteligencia artificial predictiva— ha diseñado un modelo de felicidad a medida. Una felicidad que se expresa en la superficialidad del emperador/faraón/ídolo contemporáneo de helio: el yo egoísta, exhibido y performado en el escaparate de las redes sociales. Allí, el yo/individuo se convierte en gran hermano/emperador/faraón/becerro/ídolo de su propia biografía, construye una pirámide de selfies, poses y opiniones prefabricadas. Pero este emperador/faraón/ídolo es hueco: reina sobre un reino de apariencias, pero no gobierna sobre su propia vida. Su felicidad es la de un espectador que aplaude su propio reflejo, sin advertir que el espejo es un dispositivo de control. El yo show/espectador en libre esclavitud. Frente a esa felicidad insulsa, gelatinosa, incolora e insípida —la felicidad del yo/individuo que se pavonea, pero no se encuentra—, se alza otra posibilidad, casi olvidada: la felicidad del encuentro con el prójimo/próximo, con aquel que no es un avatar ni un seguidor, sino un rostro, una carne, una historia compartida. Esa felicidad no se mide en me gusta, sino en silencios cómplices, en miradas que no buscan aprobación, en gestos que no buscan registro. No es la felicidad del yo de silicio inflado con helio sino la del nosotros: un nosotros común, común/unitario, que no se diluye en la masa anónima, sino que se reconoce en la fragilidad compartida: común/unidad en parte/sí/pasión.

     Para Shallis (1986), el peligro de nuestra era tecnológica no es meramente técnico, sino profundamente antropológico:

El hombre, redefinido por un ídolo hecho por el hombre, siempre quedará disminuido. En los últimos años hemos construido ídolos de silicio, y nuestra creciente fe en ellos nos ha hecho más inhumanos, porque el ídolo de silicio no es humano. Hasta el punto de que es una parodia de un ser humano, una perversión de las cosas reales, podría ser descrito como algo diabólico, no bueno, no de Dios. (pp. 223–224).

Desde esta perspectiva, la promesa tecnológica corre el riesgo de empobrecer aquello que hace propiamente humana la existencia cuando sustituye la experiencia vivida por sus representaciones técnicas. En este horizonte crítico, la felicidad ofrecida por las máquinas puede entenderse como una ilusión que debilita el vínculo comunitario y desplaza la experiencia del encuentro hacia mediaciones tecnológicas, razón por la cual recuperar un «nosotros común» supone reivindicar la fragilidad compartida y la primacía de las relaciones humanas sobre sus simulacros. Ya no hay más un nos/otros, un nos/otros que incluya al otro como parte de sí mismo. Lo que queda es un yo insulso, deshidratado de contacto real, que se desliza por el feed como un fantasma en busca de reconocimiento. La dictadura de pasarla bien nos ha robado algo más profundo que el tiempo: nos ha robado la capacidad de desear lo que no está en el catálogo. Nos ha vuelto adictos a una felicidad de usar y tirar. Nos ha hecho olvidar que la alegría verdadera —la que no necesita publicidad— nace siempre en el encuentro, nunca en el consumo.

     Con respecto al impacto de la informática en los vínculos humanos, Shallis advierte que la máquina “se interpone entre las personas, sustituyendo las relaciones humanas por la interacción con las máquinas; y también se interpone entre el hombre y la naturaleza de un modo engañosamente "útil".” (Shallis, 1986, p. 5).

     Por eso, la pregunta de Bernard no es literaria. Es etho/política. Es, quizá, la única pregunta que vale la pena formular en un mundo que nos ofrece todo menos lo que necesitamos: la libertad de ser felices… a nuestro modo, no a la manera de todos. ¿Para donde la felicidad? Para donde va Vicente. ¿Para dónde va Vicente? Excelentes ovejas en procesión conducidas por sus profetas/pastores/gurús/coaching de la nueva era, del pensamiento positivo, de la espiritualidad de supermercado banal. Pero si la dictadura de pasarla bien ha secuestrado la felicidad y la ha convertido en un producto de consumo, cabe preguntarse: ¿qué podría significar entonces pasarla bien desde las filosofías del vivir/ser? ¿Acaso la contra-conducta consiste en renunciar al placer, en abrazar el ascetismo o la melancolía?

     No. Lo que toca romper no es el pasarla bien en sí mismo, sino la dictadura del pasarla bien como guberna/mentalidad: esa forma de gobierno que nos dice como pasarla bien de esa manera y como dicen ellos. La contra-conducta no es la negación del goce, sino la reapropiación del goce como una tecnología de la subjetivación alternativa, una hermenéutica de sí que nos permita desenmascarar la telaraña que seduce, atrapa y deshidrata. Romper la telaraña en amistad cómplice, lo diría JaVillafa. La contra-conducta no es una rebelión frontal contra el poder, sino una lucha contra los procedimientos de conducción de la conducta. Se trata de movimientos del sentípensar álmico espiritual cuyo objetivo es otra conducta, es decir, querer ser conducido de otro modo no por otros ni por sus objetivos sino por mí mismo.

     En este sentido, pasarla bien a contrapelo de la dictadura del entretenimiento es una práctica de re/existencia que cuestiona la guberna/mentalidad neoliberal. Si el poder nos conduce hacia el consumo estandarizado del placer, la contra-conducta consistiría en conducirse a sí mismo hacia placeres no estandarizados, hacia experiencias que no pueden ser monetizadas ni convertidas en engagement. Se trata quizás de vincular esta posibilidad con el cuidado de sí (epimeleia heautou), una ética que no es un retiro narcisista, sino una práctica de libertad que implica relaciones complejas con los otros. Pasarla bien desde el cuidado de sí no es pavonearse en redes sociales, sino cultivar una relación reflexiva con el propio deseo, una hermenéutica de sí que permita distinguir entre el placer impuesto y el placer elegido.

     La filosofía del devenir y del afecto nos invita a pensar el pasarla bien no como un estado, sino como una intensidad, un pasaje entre estados. El afecto, no tiene representación diría Deleuze; no es un like ni un selfie, sino una variación intensiva en el modo de sentir. Pasarla bien sería entonces devenir: devenir-música al escuchar un tango, devenir-cuerpo al bailar, devenir-amigo al compartir un asado. No se trata de acumular experiencias para el catálogo de la identidad digital, sino de dejarse afectar por el acontecimiento, de abrirse a la alteridad. La emoción no es del orden del yo, sino del acontecimiento como tal vez podría señalar Deleuze en algún momento. La dictadura de pasarla bien nos ofrece emociones prefabricadas para un yo prefabricado; la contra-conducta nos invita a experiencias que nos desbordan, que nos hacen devenir-otro.

     Para Deleuze (1981), el afecto no se reduce a una comparación entre estados del yo, sino que constituye una variación intensiva que afirma una realidad mayor o menor en el cuerpo: La emoción no es, pues, propiedad de un yo sustancial, sino el registro de un devenir que nos atraviesa y nos transforma. No somos dueños de nuestras emociones. Somos atravesados por ellas. Las emociones nos cambian, nos potencian o nos debilitan, y ese cambio es lo que realmente somos en cada instante. No hay un yo detrás; hay un devenir que se expresa en cada afecto.

     Imagine que siente alegría, tristeza, rabia o amor. Normalmente, pensaría: yo estoy alegre, yo estoy triste. El yo parece el dueño de la emoción, un sujeto fijo que siente cosas. Eso es un espejismo, porque el afecto no es una comparación, sino una variación real. Cuando se pasa de la tristeza a la alegría, no se están comparando dos fotos mentales (antes estaba triste, ahora estoy alegre). Se está experimentando un cambio real en la propia fuerza de existir: el cuerpo y la mente están funcionando con más o menos potencia. La alegría es entonces un aumento de la capacidad de obrar, de relacionarse, de pensar; la tristeza, una disminución.

     No es que el yo juzgue que ahora está mejor; es que el afecto mismo es la afirmación de que el cuerpo y el espíritu son más o menos reales, más o menos potentes, en ese instante. No hay un yo detrás de la emoción que la mida, porque la emoción es el cambio mismo. El afecto no se reduce a una comparación entre estados del yo, sino que constituye una variación intensiva que afirma una realidad mayor o menor en el cuerpo:

Cuando hablo de una fuerza de existir mayor o menor que antes, no entiendo que el espíritu compare el actual estado del cuerpo con lo pasado, sino que la idea que constituye la forma del afecto afirma del cuerpo algo que envuelve realmente mayor o menor realidad que antes. (Deleuze, 1981, p. 62-63, citando y explicando la definición general de los afectos de Spinoza, Ética, III, definición general).

Esta afirmación implica que el afecto no es un juicio del espíritu sobre sí mismo, sino una modificación efectiva de la potencia de obrar y de pensar. Lo que experimentamos como alegría o tristeza no es una etiqueta que el yo coloca sobre un estado dado, sino el registro inmediato de un cambio en nuestra capacidad de existir.

     El afecto es un paso, no un estado, y las emociones no son cosas que se tienen a la manera de una foto fija, sino pasajes, transiciones, devenires. Se pasa de un estado a otro, y esa variación es el afecto: no una imagen mental de lo que ocurre, sino el movimiento mismo de pasar de una potencia a otra. Por eso, la emoción no es una propiedad de un yo estable, sino el registro de un devenir que nos atraviesa y nos transforma.

     De este modo, los afectos-sentimientos remiten al paso de un estado a otro distinto, considerada la variación correlativa de los cuerpos afectantes (Deleuze, 1981, p. 62). No se trata de una imagen fija ni de una representación mental, sino de una transición vivida, de un devenir que nos atraviesa y nos modifica. La emoción no es propiedad de un yo sustancial, sino el testimonio de un encuentro, de una composición o descomposición de relaciones entre cuerpos: la alegría es el signo de que nuestro cuerpo se compone con otro y aumenta su potencia; la tristeza, el indicio de que una relación se descompone y nuestra fuerza disminuye.

     En consecuencia, el afecto no expresa una identidad previa, sino un acontecimiento que nos transforma, una intensidad que no puede medirse desde un sujeto exterior a ella. El yo no es la causa ni el dueño del afecto, sino aquello que el afecto constituye y disuelve en cada instante. La emoción es, pues, el devenir mismo, y en ese devenir se juega la posibilidad de una vida más intensa o más precaria, más abierta o más contraída sobre sí misma.

     ¿Cuál es el mecanismo de esta dictadura? Hemos pasado de una sociedad disciplinaria, basada en la negatividad del deber (debes), a una sociedad del rendimiento, basada en la positividad del poder (puedes). El sujeto de rendimiento se autoexplota creyendo que se realiza. La dictadura de pasarla bien es la forma más sutil de esta autoexplotación: nos obliga a disfrutar, a ser felices, a rendir en el campo del placer. “La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento.” (Han, 2012, p. 25). Frente a esto, pasarla bien como contra-conducta implicaría recuperar la negatividad, el aburrimiento profundo, la pausa contemplativa. El cansancio fundamental, lejos de ser un agotamiento, es una facultad que inspira y deja surgir el espíritu. Pasarla bien podría ser, entonces, saber aburrirse, saber no hacer nada, saber escuchar un disco entero sin distraerse, saber estar con otros sin la mediación de una pantalla.

     Pasarla bien como otra tecnología de la subjetivación en esta telaraña neoliberal que diseña un yo a la altura de las redes sociales. Pasarla bien con amistades en un encuentro para escuchar música jazz, salsa, rock clásico, baladas, tangos. Pasarla bien compartiendo un asado con esas amistades y las familias. Pasarla bien leyendo buena literatura o poesía. Pasarla bien saliendo a caminar con las mascotas caninas. Pasarla bien tirado en la cama sin hacer nada más que ver una película icónica o de culto. Como bien expresa El Gran Combo de Puerto Rico (1983) en su icónica canción:

Me levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo... Me como un buen desayuno y no hago más na', más na'. Después yo leo la prensa, yo leo hasta las esquelas o me pongo a ver novelas y no hago más na', más na'. A la hora de las doce yo me como un buen almuerzo de arroz con habichuelas y carne guisada y no hago más na', más na'. Después me voy a la banca a dormir una siestita; y a veces duermo dos horas y a veces más, no hago más na', más na'. Y me levanto como a las tres, y me tomo un buen café. Me fumo un cigarrillito con mi guitarra y me pongo a cantar. A la la, a la la, ala la, a la la. Y a la hora de la comida, me prepara mi mujer un bistec con papas fritas con ensalada y mil cosas más. Y me lo mando y no hago más na', más na'. Luego me voy al balcón, cuál si fuera un gran señor a mecerme en el sillón con mi mujer a platicar. A larara, la, la. ¡Ay! Cuando se me pega el sueño enseguidita me voy a acostar y duermo hasta por la mañana y no hago más na', más na'. ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡oígan! Yo nunca he doblado el lomo y no pierdan su tiempo no voy a cambiar. ¡qué va! ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡señores! ¡si yo estoy declarado en huelga! ¡Mi mujer que me mantenga! ¿oíste? ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡qué bueno!, ¡qué bueno!, ¡qué bueno! ¡Qué bueno es vivir la vida! ¡comiendo, durmiendo y no haciendo na’! El Gran Combo de Puerto Rico, (1983).

Friedrich Nietzsche, en su crítica al espíritu de la pesadez, ofrece una imagen poderosa: “Yo no creería más que en un dios que supiese bailar.(Nietzsche, 2003, p. 74). El dios que baila es el dios que afirma el devenir, que no se petrifica en la moral del deber ni en la pesadez del resentimiento.

     El relato evangélico presenta a Jesús el Nazareno como una figura que, lejos del ascetismo severo, celebra la vida en comunidad a través de la comida y la bebida compartida. Esta imagen se manifiesta inicialmente en las bodas de Caná, donde su primer acto público, un signo, consiste en convertir el agua en vino para prolongar la fiesta nupcial, revelando una gloria que se manifiesta en el gozo del banquete. Más tarde, en casa de Leví (Mateo), se le encuentra en una mesa junto a muchos publicanos y pecadores. Ante las críticas de los fariseos, que preguntan por qué come con esa clase de gente, Jesús responde con la metáfora del médico que no necesita a los sanos, sino a los enfermos. Incluso, cuando se le cuestiona por qué sus discípulos no ayunan, su respuesta es contundente y evoca la imagen de la boda: ¿Acaso pueden ayunar los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Para él, el tiempo de su presencia es un tiempo de fiesta y celebración, no de duelo y abstinencia, revelando así a un Dios que no se petrifica en la seriedad del deber, sino que sabe bailar en el compartir la mesa con los excluidos y marginados.

     La felicidad no es un estado de satisfacción pasiva, sino una danza, un juego, una ligereza que se eleva por encima de la gravedad. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila en mí. Pasarla bien sería bailar, reír, afirmar la vida en su devenir.

Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez, - él hace caer a todas las cosas. No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos el espíritu de la pesadez! He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empujado para moverme de un sitio. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí. (Nietzsche, 2003, pp. 74-75).

Pero cuidado: la dictadura de pasarla bien también ofrece una danza —la danza del consumo, del scroll infinito, de la posesión performática. La diferencia es que la danza nietzscheana es creación, no repetición; es afirmación de la propia singularidad, no sumisión al algoritmo. “Pero es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelicidad, es mejor bailar torpemente que caminar cojeando… -incluso la peor de las cosas tiene buenas piernas para bailar: ¡aprended, pues, de mí, hombres superiores, a teneros sobre vuestras piernas derechas!” (Nietzsche, 2003, p. 400) La contra-conducta también sería atreverse a bailar torpemente, a ser feliz de una manera que no está coreografiada por la Entidad.

     Esto recuerda la fragilidad de toda felicidad. Nadie es feliz, sentencia el escepticismo radical. La felicidad auténtica, si existe, es una experiencia tan esquiva que apenas puede distinguirse de la desdicha, pues lo único que puede afirmarse con certeza es que no constituye un estado positivo. Más que una condición permanente, parece manifestarse como un destello fugaz, inestable y difícil de aprehender; de hecho, se suele advertir que la plenitud es tan abrumadora que, paradójicamente, puede llegar a despertar una profunda nostalgia por el fin absoluto de la existencia.

     La felicidad auténtica se resiste a ser definida, pues el conocimiento profundo de la condición humana revela que el saber es sinónimo de desdicha. Así, la verdadera experiencia radical no se formula en términos de satisfacción estable, sino en la intensidad de lo vivido y en reacciones fisiológicas. Esta perspectiva no es un llamado al nihilismo, sino una advertencia contra la felicidad falsa: aquella que se exhibe, se cuantifica y se confunde con la comodidad o el éxito social. Conviene desconfiar de la complacencia y de la certidumbre del que cree haber alcanzado la estabilidad, porque la comodidad del asentamiento suele ser el precio de la obediencia.

     Una comunidad que se acomoda pierde su vitalidad transformadora, del mismo modo que todo individuo que obedece sin resistencia renuncia a su libertad interior y se estanca espiritualmente. Intentar ser libre, por el contrario, implica asumir altos costos personales, condenando casi inevitablemente al aislamiento, al hambre y a la intemperie. El entramado social no tolera la independencia real y solo acepta a quienes oscilan, alternativamente, entre la servidumbre y el despotismo. Vivimos en una prisión sin carceleros que favorece la adaptación antes que la autonomía, una estructura de la que, si se logra escapar, solo aguarda la propia destrucción. Al final, la verdadera vida no se encuentra en el catálogo de las satisfacciones oficiales, sino en la búsqueda, en la tensión y en la imposibilidad misma de ser plenamente feliz.

     La dictadura de pasarla bien nos ofrece un asentamiento: la comodidad del consumo, la certeza del like. La contra-conducta sería, quizá, mantener viva la inquietud, la insatisfacción creadora, la conciencia de que la verdadera felicidad no se encuentra en el catálogo de las satisfacciones oficiales, sino en la búsqueda, en la tensión, en la imposibilidad misma de ser plenamente feliz. Pasarla bien no es entonces un escape de la realidad, sino una inmersión más profunda en ella. No es la búsqueda del placer fácil, sino la práctica de un placer que nos transforma. Es escuchar un disco de jazz con atención plena, dejándose llevar por la improvisación. Es compartir un asado con amigos, no para publicarlo, sino para saborear la conversación. Es leer un poema de Emily Dickinson, Alfred Tennyson, Pablo Neruda o Mario Benedetti; o una página de Friedrich Nietzsche, Stefan Zweig, Flannery O'Connor, Carson McCullers, Italo Calvino, Jorge Luis Borges, José Saramago, Gabriel García Márquez, Cormac McCarthy, Pablo Montoya o Gabriel Jaime Álzate Ochoa, no para acumular cultura, sino para ser interpelado por la palabra. Es salir a caminar con el perro, sintiendo el aire y el suelo, sin la necesidad de documentarlo. Es tirarse en la cama a ver Casablanca o El Padrino, no como un acto de consumo pasivo, sino como un ritual de encuentro con la obra.

     En definitiva, la contra-conducta consiste en sustraerse a la coreografía de la felicidad impuesta para inventar, con los materiales de la vida cotidiana, una danza propia. No se trata de renunciar al pasarla bien, sino de despojarlo de su dictadura, de devolverle su condición de experiencia irrepetible, no cuantificable, no publicable. La contra-conducta no es un acto puramente negativo; es la afirmación de que el poder nunca determina de manera exhaustiva las posibilidades de un sujeto. Siempre queda un margen, un pliegue, una grieta por donde puede filtrarse otra manera de ser feliz. La pregunta de Bernard —¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? — es, en el fondo, la pregunta por ese margen. La respuesta no está en el catálogo de La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron, sino en la experiencia singular, intransferible y siempre precaria de cada encuentro, cada escucha, cada danza:

Queda mucho por hacer; y aunque se haya perdido mucho, aún queda bastante; y aunque no tengamos ahora aquella fuerza que en los antiguos días movía cielo y tierra, somos lo que somos: un corazón de estirpe heroica enardecido por igual por el tiempo y el destino, pero fuerte en voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse. (Tennyson, 2004, pp. 604-605).

Tal vez de eso trataba, sin que entonces lo supiera del todo, aquella conversación. No era simplemente una llamada de cumpleaños, ni un intercambio de anécdotas sobre discos, melómanos, audiciones o el Mundial de futbol que se jugaba en México. Era, a lo mejor, una pequeña conspiración contra esa telaraña. Porque toda época teje sus propias telarañas que consumen/deshidratan. Telarañas que prometen seguridad democrática, éxito, progreso, firmeza por la patria, felicidad administrada; incluso alguna en modo de autodefensa grita: ¡estudien vagos! Todas terminan, pues esa es su naturaleza, inmovilizando el deseo, secando lentamente la capacidad de asombro y convirtiendo la existencia en una rutina dócil. Romper esa telaraña —en amistad cómplice— no significa huir del mundo, sino negarse a vivir únicamente según los algoritmos del rendimiento, las liturgias de la polarización (expresión cotidiana por esos días en Colombia: entre la gente decente y los de bien) o los mandamientos del consumo y del resentimiento o más bien de ese sentimentalismo exacerbado que obliga/exige decir/mostrarse políticamente correcto para no herir a nadie. Significa sentarse a escuchar un disco como quien recupera una forma de oración laica; conversar durante horas sin la urgencia de tener razón; celebrar un gol, una carcajada o un silencio compartido como si en esos gestos mínimos todavía pudiera respirarse una libertad que ninguna maquinaria consigue programar.

     Por eso, cuando colgué el teléfono aquel 2 de julio, supe que la conversación había sido, en sí misma, un acto de desobediencia. Jaimillo me habló de algoritmos ni de encuestas, ni de las fauces del Palantir advertising, marketing y entertainment que todo lo digiere y todo lo devuelve mercancía (como la misma música y los encuentros de coleccionistas). Me habló de música, melómanos, audiciones; del Mundial de futbol en México; me habló, sobre todo, de romper —en amistad cómplice— la telaraña que nos seduce, nos atrapa y nos deshidrata.

     Y entendí entonces que esa telaraña no se rompe con discursos ni con manifiestos, sino con una canción puesta a todo volumen de Riche Ray, de Roberto Carlos, de Raphael y de los Beatles, con una risa compartida, con un abrazo que dura lo que dura un verso de Let It Be. Entendí que gozar no es evadirse: es la forma más lúcida de estar presente. Que bailar, aunque sea a solas en la cocina, es un gesto político. Que escuchar a un amigo que selecciona música con el rigor de quien elige la vida es ya un acto de contra-conducta.

     En un mundo que nos prefiere dóciles, predecibles y deshidratados por la fatídica tramoya de la política trampiellesca -tan de moda por estos días aciagos en Colombia- y el dogma, la melomanía y la amistad se erigen como nuestra más alta forma de re-existencia. Al final, sintonizar la música que nos da la reverenda gana, gozarse el mundial y elegir el afecto sobre el desencanto es la manera más radical de romper —en amistad cómplice— esa telaraña que nos seduce y nos atrapa. Porque, aunque el tiempo y el destino pretendan desgastarnos, la decisión de pasarla bien, de buscar el encuentro y de danzar sobre las grietas del sistema no es mera evasión: es una vibrante, emotiva y poética re-existencia colectiva que se niega rotundamente a rendirse.

     Esa voluntad inquebrantable de la que habla Tennyson es la misma que late cuando decidimos desobedecer la inercia del aislamiento. Por eso, resistir al peso de los días y a las prisiones invisibles que pretenden codificar nuestra alegría no es una abstracción teórica; es un acto urgente que se concreta en la complicidad de una llamada, en el calor de un reencuentro. La telaraña se nutre de nuestra seriedad, de nuestra fatiga, de nuestra creencia de que resistir exige rostro grave y puño cerrado. Pero Jaimillo —seleccionista, melómano, hermano— me recordó que también se resiste riendo, también se desobedece bailando, también se lucha cantando.

     Lo que Tennyson canta con voz de héroe cansado pero firme —esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse— es, en el fondo, el eco de aquella conversación telefónica del 2 de julio de 2026. Porque romper la telaraña no es un acto de guerra ni de renuncia: es, como bien sabe Jaime Villafañe Padilla, un arte de la selección y del encuentro. No se trata de acumular discos por esnobismo, sino de escuchar solo la música que pasa por el filtro del propio gusto y gana; no se trata de engrosar el catálogo de La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron tidad, sino de compartir una audición, un asado, una charla sin política ni religión anquilosada, un mundial de fútbol gozado en complicidad. Esa es la contra-conducta del melómano, del seleccionista, del amigo que sabe que la felicidad no está en el like ni en la posesión, sino en el instante compartido: el sonido bestial y el mulato de Richie Ray, el gato en la oscuridad de Roberto Carlos, la gran noche de Raphael o la melodía inmortal de los Beatles con su all you need is love.

     Romper la telaraña es, entonces, habitar el margen, el pliegue, la grieta por donde se cuela otra manera de ser feliz. No la felicidad que se mide, sino la que se siente; no la que se exhibe, sino la que se vive en la precariedad luminosa del encuentro. Queda mucho por hacer, sí, pero mientras quede un amigo con quien escuchar, un balón que rodar, una canción que compartir, la voluntad de esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse será la misma que nos mantiene vivos, libres, a contracorriente de la telaraña. Y si el tiempo nos ha quitado aquella fuerza que movía cielo y tierra, si el destino nos ha dejado debilitados, pero no vencidos, entonces que sea la amistad el temple heroico que nos queda. Que sea la música el mundo nuevo que aún podemos buscar. Que sea el goce pagano compartido, cómplice, seductor, la forma más terca y más dulce de no rendirse.

     Porque tal vez la resistencia más profunda comience precisamente allí: en la decisión de seguir celebrando la vida juntos, no como una evasión de la realidad, sino como una forma de habitarla con mayor lucidez, dignidad y alegría.

 

Referencias Bibliográficas.

 

Deleuze, G. (1981). Spinoza: Filosofía práctica (A. Escohotado, Trad.). Tusquets.

El Gran Combo de Puerto Rico. (1983). No hago más na. En: From the Beginning. Combo Récords.  

Fumaroli, M. (2010). París–Nueva York–París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes. Diario de 2007 a 2008 (J. L. López, Trad.)

Huxley, A. (2024). Un mundo feliz (S. Gaspar Mosqueda, Trad.). Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1932).

Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial.

Shallis, M. (1986). El ídolo de silicio: La «revolución» de la informática y sus implicaciones sociales (J. Vicuña, Trad.). Salvat.

Tennyson, A. L. (2004). Ulysses. En C. Ricks (Ed.), The poems of Tennyson (2.ª ed., pp. 599–605). Routledge. (Obra original publicada en 1842).

 

 

 

 



[1] Carlos Alberto Molina Gómez. Magíster en Educación. Magíster en Estudios Políticos. Especialista en Gerencia de Servicios Sociales. Doctor en Educación. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y espiritualidad. Orcid: 0000-0002-6153-7675. Minciencias: Investigador Junior (IJ).        CvLAC: https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0000794856.

GrupLAC: G I ETNOEPISTEME Lógica y Singularidad Humana. camolina@uniquindio.edu.co  

https://scienti.minciencias.gov.co/gruplac/jsp/visualiza/visualizagr.jsp?nro=00000000013135.

 

domingo, 2 de agosto de 2026

Estación del tren en Barbosa, Antioquia. / Víctor Bustamante

 

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La Estación del tren en Barbosa

Víctor Bustamante

 

El ferrocarril nunca llega únicamente a un lugar: también arriba a un tiempo distinto. Cada estación es una pausa en el curso de la historia y, al mismo tiempo, una promesa de otra continuidad. Barbosa se volvió ferroviaria al integrarse a la línea trazada desde Botero; luego fue el silbato de las locomotoras, después el edificio que habría de darle hospedaje transitorio a los viajantes. Como ocurre con tantas obras humanas, la realidad se adelantó a la arquitectura.

… La denominada línea del río Porce, segunda división del Ferrocarril de Antioquia en el Valle de Aburrá, inició oficialmente su recorrido desde la Estación Botero hacia Barbosa el 26 de octubre de 1910. La entrega formal de la línea se produjo el 5 de enero de 1912, aunque desde octubre de 1911 los trenes ya prestaban servicio entre ambas localidades. Los rieles avanzaban con la impaciencia del progreso, que es nada menos que la intención de los viajeros y del comercio que necesitan agilidad, mientras los edificios que debían conferir permanencia a ese avance marchaban con lentitud y tropiezo. Solo a partir de septiembre de 1915 continuarían las obras de extensión hacia Medellín.

… Los periódicos con tantas vicisitudes y entusiasmo, testigos de primera línea, transmitían el optimismo propio de una sociedad que veía en el ferrocarril una victoria sobre la geografía. El 26 de julio de 1911 El Tiempo anunciaba que muy pronto sería inaugurada la Estación Barbosa. Restaban apenas diez o doce leguas de terreno llano, sin dificultades de consideración. El artículo concluía con una frase reveladora de aquel espíritu: el Ferrocarril de Antioquia era ya "una cosa hecha", lo que equivalía a decir que se había consumado la redención de Antioquia. En esa expresión convivían la ingeniería y la esperanza de progreso, como si las líneas de acero tuvieran la capacidad de corregir el destino para redefinir la historia.

… Pero la historia rara vez avanza con la uniformidad de los discursos triunfales. Mientras los rieles se tendían con notable tardanza, las estaciones eran todavía proyectos, dibujos sobre una mesa o cimientos apenas insinuados. La inauguración simbólica de una estación muchas veces precedía al edificio mismo, señalando el lugar donde algún día la arquitectura alcanzaría a la llegada de la locomotora.

… El 27 de octubre de 1911, nuevamente El Tiempo publicó una entrevista con el superintendente del Ferrocarril de Antioquia, el doctor Carlos Cock. A una pregunta sobre la apertura del servicio hasta Barbosa respondió que la línea estaría lista para el público a comienzos de enero del año siguiente. Allí existiría una estación modesta, suficiente para atender el movimiento inicial. La comunicación con el poblado se haría mediante un puente provisional de madera, construido por apenas cuatrocientos pesos oro. El puente definitivo, cuyo costo ascendía a doce mil pesos, habría de esperar tiempos más favorables. Aquella diferencia entre la obra provisional y la permanente resume, quizá mejor que cualquier estadística, la constante negociación entre el ideal del progreso y las limitaciones del presupuesto.

… En la misma conversación, Carlos Cock explicó que la banca entre Barbosa y Girardota se encontraba muy adelantada. Con una inversión adicional de cuarenta mil pesos podría concluirse la obra, en la que ya se habían invertido más de ciento cuarenta mil. Doscientos trabajadores laboraban entonces en el tramo, cifra que pronto se duplicaría para permitir la llegada del servicio ferroviario hasta Girardota durante el segundo semestre de 1912. El ferrocarril no era solamente una línea sobre el mapa: era un organismo vivo, sostenido por centenares de hombres anónimos cuya fatiga y aposte permanecía invisible detrás de las cifras oficiales.

… Las estaciones reflejaron esa diversidad de circunstancias. No todas poseían la misma jerarquía ni respondían a idénticas aspiraciones arquitectónicas. Su importancia dependía de la población atendida, de la actividad económica circundante y de las conexiones regionales que articulaba. Barbosa, Santiago, Popalito, Botero y Porce fueron concebidas como edificaciones sobrias: volúmenes sencillos de tapia, enriquecidos por una refinada carpintería en madera. Otras, como El Limón, El Hatillo, Villa y Medellín, exhibían propuestas arquitectónicas más ambiciosas, donde la mampostería, el eclecticismo o la monumentalidad expresaban una jerarquía distinta dentro de la red ferroviaria.

… La mayor parte de estas estaciones se levantó después de la entrega oficial de la línea. Los trenes llegaban antes que estos complejos; el movimiento precedía al refugio. Esa secuencia revela una lógica profundamente moderna: lo esencial era garantizar el tránsito. La arquitectura podía esperar.

Las restricciones económicas terminaron por influir decisivamente en el aspecto de las edificaciones. Hacia 1912 la planta técnica de la división Porce se había reducido considerablemente. Permanecían el superintendente Ernesto Cadavid, el ingeniero de sección Pablo E. Pérez, el ayudante Eleazar Arango y el dibujante Théophile Teche. Poco antes aún figuraban el ingeniero arquitecto Enrique Olarte y los dibujantes Arturo Longas y Raúl Quevedo, pero la supresión del cargo de arquitecto modificó el rumbo de muchos proyectos. Es probable que fueran los propios dibujantes quienes asumieran el diseño de algunas estaciones. Cuando en julio de 1912 se aprobaron los planos de Barbosa y Girardota, Teche era el único integrante de la oficina de dibujo. Todo indica que sobre él recayó la responsabilidad de proyectar edificios discretos, funcionales y compatibles con la estrechez de los recursos disponibles.

… Así surgió la Estación Barbosa: una construcción sin pretensiones monumentales, elaborada con materiales tradicionales —tapia y teja de barro—, pero cuidadosamente proporcionada. En 1915 una descripción señalaba que, como las demás estaciones de aquella sección del ferrocarril, sus edificios eran "risueños y de limpio aspecto". Los muros, de tapia apisonada, alcanzaban cuarenta y cinco centímetros de espesor y cinco metros de altura. Para contener su verticalidad se reforzaban mediante bastiones en las esquinas, mientras un amplio tejaroz de madera protegía los muros del sol y de la lluvia. La cubierta, sostenida por cerchas de madera y revestida con teja de barro, permanecía oculta tras los muros ático, protegidos por plaquetas cortagoteras.

Sin embargo, la solución constructiva contenía el germen de su propia fragilidad. Los muros áticos facilitaron la penetración de la humedad y aceleraron el deterioro de las tapias. Décadas más tarde, cuando la estación comenzó a desmoronarse, las advertencias de arquitectos, historiadores y administraciones municipales chocaron contra un obstáculo burocrático: el edificio pertenecía a Ferrovías, entidad del orden nacional, y el municipio carecía de facultades para intervenirlo; es obvio que tampoco les interesaría preservarlo. Desde los años 80 más o menos ninguna administración se dio cuenta que en el municipio existía la estación del tren. La ruina avanzó con la misma paciencia con que antes había avanzado la construcción.

… De este complejo arquitectónico permanecieron, sin embargo, la bodega y la casa del jefe de estación y la casa del ingeniero, capaces todavía de integrarse a un espacio público que enlazara el parque principal a través del camellón o vía a la estación. Como suele ocurrir con los paisajes de la memoria, aquello que sobrevive en apariencia no siempre es lo más importante, pero sí lo suficiente para recordar lo perdido.

… La historia del ferrocarril también quedó escrita en episodios mínimos, casi olvidados por las grandes narraciones. El 2 de mayo de 1914 la prensa informó que el notable ingeniero José María Jaramillo Martínez había sufrido un grave accidente cerca de Barbosa mientras inspeccionaba la línea del ferrocarril. La noticia ocupó apenas unas líneas, pero basta para recordar que detrás de cada kilómetro construido existieron cuerpos expuestos al riesgo y vidas entregadas a una empresa que transformó la geografía antioqueña.

… Quizá por eso las antiguas estaciones producen una emoción difícil de explicar. No son únicamente edificios. Son la materialización de una confianza colectiva en el futuro. Cuando desaparecen, no se pierde solamente un ejemplo de arquitectura ferroviaria; también se desvanece una manera de imaginar el tiempo, cuando el progreso parecía avanzar con el ritmo pausado de una locomotora y cada estación era la promesa de que el mundo, por fin, estaba un poco más cerca.

… El 13 de mayo de 1914, El Tiempo informó que los maestros de las escuelas públicas de Barbosa llevaron en tren a sus alumnos a Medellín con el plausible propósito de darles una lección ecuánime en el Museo de esa ciudad, así como hacerles conocer al gobernador y enseñarles el respeto que el mandatario merecía. La distancia recorrida por los escolares fue de 41 kilómetros. Eso sí, fueron recibidos a pedradas en los alrededores de la quebrada Santa Elena, no como un acto de bienvenida, sino como una travesura, nunca memorable, de los muchachos díscolos de la Villa.

… Un suceso ocurrido poco después da cuenta de la responsabilidad que exigía el manejo del ferrocarril. Por la inexperiencia de un peón encargado provisionalmente del manejo del suiche en la Estación Barbosa, el coche de primera clase del tren de la mañana, que iba hacia Botero, se salió de la línea y quedó inclinado. Felizmente no ocurrió ninguna novedad con los pasajeros. Tanto el encargado de los suiches en Barbosa como el peón que hizo el cambio fueron reducidos a prisión.

… Por este valle, entonces muy despoblado, pasó Rufino Gutiérrez, geógrafo y escritor, quien en su artículo Impresiones de Antioquia. La División del Porce (1917), escribió, recordando su recorrido del 18 de abril de ese mismo año:

“Los carros de pasajeros son bastante buenos y cómodos, tanto los de primera como los de segunda y tercera. Los vagones de carga me parecen de los mejores que los de otros ferrocarriles. El balastaje, las cunetas, los taludes y los desagües los encontré muy bien, mejor que los de las demás vías del país.

… Me gustó ver que no se permite fumar en los carros de primera ni permanecer en las plataformas. En cambio, los empleados del tren no tienen uniforme y el conductor no avisa siempre a los pasajeros el nombre de la estación a que va llegándose. Las locomotoras no pitan para avisar a los vecinos que se preparen a tomar el tren o que salgan a recibir a los pasajeros a quienes esperan, pero sí dan un pitazo muy corto en cada poste kilométrico.

… Algo es cierto: Rufino no se interesó en detallar la estación y menos aún en referirse a Barbosa. Pasó de largo hacia Medellín y Sopetrán.

Pero su gran cronista, Luis Tejada, en 1920, tampoco se detuvo después de tanto tiempo para dejar su versión. En cambio, escribiría:

… “No hubo más remedio; aquel sábado tomé el tren, después de envolver cuidadosamente unos pantalones de repuesto, por si me tumbaba el macho en el camino.

… En la estación encontré puntualmente a Pancho Villa, alto, negro, con el hocico claro y peludo y las orejas nerviosas; me eché una sincera bendición, porque nunca soy tan cristiano como cuando me acerco a una mula desconocida, y la emprendí por el sendero amarillo hacia la cordillera”.

… El 4 de octubre de 1932, en ese paso vertiginoso del tiempo que arrastra toda clase de sucesos hacia la nebulosa del olvido, se informó que el gran actor mexicano Arturo Rambal estuvo con su compañía teatral unos minutos en esta estación, de paso hacia Medellín. Ya en la década de 1960 regresaría como actor de cine consagrado en El Mártir del Calvario, película que se proyectó no solo en Barbosa, sino en todo el país durante mucho tiempo.

… Ese mismo año también pasó por la estación Jorge Eliécer Gaitán, quien venía desde Medellín en un tren expreso fletado por el Partido Liberal para hacer campaña en cada una de las estaciones del recorrido, se detuvo unos minutos, los suficientes para dar sus arengas y prometer un mejor país.

… Otro cronista relevante, Adel López Gómez, en Una visita a la mina de Caramanta, publicada en El Tiempo el 18 de diciembre de 1949, escribió:

… “Estamos en Barbosa.

… —¡Chicharrones, chorizos, sabaletas! —dice el pregón de las mujeres; canta el grito de los niños a lo largo del tren detenido.

… Cómo le gustarían a Inés estas sabaletas recién salidas de la sartén, tostaditas y olorosas, que fueron pescadas esta misma mañana en el río”.

… Me sorprende como la prolijidad de Adel haya sido tan llena de parquedad, cuando él sus textos da rienda suelta al detalle. Pero no es para menos él tiene un propósito, visitar una mina de oro en Caramanta.

Con el paso de los años en la Estación Barbosa se va escribiendo su historia, aquella de los eventos inesperados, y así, como de aquellas personas que estuvieron de paso, que enseñan como la vida cotidiana trae la sorpresa de algunos      visitantes que salen de su pasarela portátil y llegan por estas tierras a través de lo más común: el viaje.

… Uno de esos instantes ocurrió el 14 de marzo de 1940 cando fue traído desde Bogotá el cadáver del insigne ingeniero civil Alejandro López. Lo acompañaban el presidente Santos y una comitiva de alto nivel que había viajado desde la capital en un vuelo de Scadta. Luego de la ceremonia fúnebre, el ataúd fue colocado en el último vagón, cubierto con paños negros, adornado con la bandera nacional y literalmente abrumado por ofrendas florales.

… La marcha se inició desde Medellín en un tren de diez vagones ocupados por distinguidos personajes de la ciudad, entre ellos el gobernador, los secretarios de despacho, altos dignatarios del Ferrocarril de Antioquia, una compañía del regimiento, profesores, alumnos de la Escuela de Minas y los familiares de Alejandro López. El tren llegó a La Quiebra a las siete de la noche y regresó a la medianoche.

… El doctor Alejandro López había manifestado su deseo de ser enterrado bajo las paralelas de la carrilera, en la mitad del Túnel de La Quiebra, la máxima obra del Ferrocarril de Antioquia, ideada por él. Sin embargo, no fue posible cumplir su voluntad, pues ello habría interrumpido el paso de los trenes. Se decidió entonces construir su tumba en una roca, a un costado del túnel. Dos mineros fueron contratados para ejecutar la obra.

… El convoy fúnebre se detenía en las estaciones intermedias para rendir homenaje a López: Bello, Copacabana, Girardota, Barbosa, Botero, Porcesito, Santo Domingo y Santiago. A su paso, el vagón mortuorio fue visitado por humildes campesinos y otras personas, sus admiradores, que subieron para ofrecer oraciones y depositar ofrendas florales en la despedida del ingeniero.

… Entre los viajeros que dieron lustre a la Estación Barbosa se encuentra el fotógrafo Sady González. En la tarde del domingo 7 de diciembre de 1941 coincidió allí con Esperanza Uribe, quien se encontraba casualmente con dos amigas. Ella advirtió que, a cierta distancia, un señor fingía leer el periódico mientras insistía en observarla. Cuando llegó el tren y ella subió, él le indicó que a su lado había una banca vacía esperándola.

… De aquella contingencia nacieron no solo el amor, sino también una fecunda sociedad de trabajo que dio prestigio a Foto Sady en Bogotá. Él, maestro del fotoperiodismo, recorría los pueblos de Antioquia, Cundinamarca y Boyacá captando imágenes con una naturalidad admirable. De esa unión nació un hijo: el escritor Guillermo González Uribe.

… Por supuesto, esta estación también forma parte de mi memoria. Aún conservo indeleble el recuerdo de mi primer viaje a Medellín, en los años sesenta, cuando, de la mano de mi padre, permanecía frente a una locomotora de negro metálico que exhalaba vapor de agua, y resoplaba con afán como un furioso dragón mitológico para proseguir su marcha mientras algunos técnicos vertían aceite en los ejes con aceiteras de pico largo.

… También, con algunos amigos de la escuela, los rieles de la estación eran un reto para dispones a lo largo de sus lomos metálicos tapas de gaseosa para verlas aplanarse bajo el paso del tren que seguía raudo hacia Medellín. Cuántas caminatas hice por sus corredores exteriores; cuántas veces entré a aquella amplia bodega donde se vendían los tiquetes, al lado derecho, mientras unas sillas servían de descanso a los pasajeros y, al fondo, permanecían almacenados y aforados los paquetes y los bultos con las mercancías.

… Afuera, el director de la estación, Fabio Zuleta, hacía sonar la campana de cobre y, mediante un aro sujeto a una larga vara, entregaba un mensaje al maquinista, quien aminoraba la marcha. Cuántos veranos recorrí sus alrededores para tomar una gaseosa en alguno de los bares del frente, caminar junto a la casa del director de la estación, acercarme a la vivienda del ingeniero y contemplar aquella armazón del tanque de agua desde donde se abastecían las locomotoras para mantener la presión.

… Pero no hablaré más de esta parte, ni de los accidentes que los hubo, ni de las ceremonias de sangre, porque no quiero que se manche esta memoria.

… Lo único cierto y letal, frente al desaforado paso de los acontecimientos y al abandono de la Estación Barbosa, es que se permitió que la naturaleza reclamara lo suyo; frente a quienes la desmantelaron, ante la desidia de las llamadas autoridades municipales, inútiles y presuntuosas, que nada hicieron para impedir su destrucción y dejaron arrasar el patrimonio del municipio, que solo queda buscarlo en los testimonios que conservan su historia.

… Queda también la certeza de que aquel lugar, que conectó al pueblo con el resto del departamento y del país. Indagar en su existencia evita que la memoria del tren se reduzca a un informe infatuado o a una huella perdida. Allí permaneció, durante décadas, la presencia tan valorada, tan querida, tan sentida y tan amada de la Estación Barbosa del Ferrocarril de Antioquia en un pueblo que, paradójicamente, tampoco ha sabido valorar su propia historia.

… Las babas de los políticos produjeron una ley en 1997 que declaraba patrimonio todas las instalaciones de los Ferrocarriles Nacionales. Pero eso no bastaba. No hubo manera de hacerla cumplir. Lo demás fueron más y más leyes arrumadas en esta Patria Boba como basura: la misma historia falaz e improvisada de quienes legislan y creen que un país se ordena simplemente entreteniéndolo acumulando leyes.

Bibliografía:

Patrimonio urbanístico y arquitectónico del Valle de Aburrá, Un proyecto del Área

-Metropolitana del Valle de Aburrá. Capítulo de Villa a Área Metropolitana. - Roberto Luís Jaramillo V., Capítulos Edificaciones para el comercio y Estaciones del Norte y del Sur. Luís Fernando González E., Otros capítulos: Giuliana Guerra Gómez y Gloria Ceballos Restrepo. Medellin, Litoimpresos, Colombia, 2010

-Gutiérrez, Rufino. Monografías, Imprenta Nacional, Bogotá, 1920

-Jesús Cañas Escobar, Fotografías.