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| Renzon de Jesús Flórez Londoño |
ASPECTOS ÉTICOS DEL PODER: ¿DEBEMOS O NO OBEDECER? UN DIÁLOGO
DESDE LA PARRHESÍA
Renzon
de Jesús Flórez Londoño
“No es necesario obedecer a las leyes, sino a la naturaleza”.
Epicteto. Disertaciones, IV, 1.60.
Introducción: Aclaraciones iniciales
La pregunta si debemos
obedecer o no, constituye una inquietud que ha sido eje central de la reflexión
filosófica occidental. Esta inquietud aparentemente simple, trasciende el plano
individual para adentrarse en el tejido mismo de las relaciones de poder y de
la legitimidad de los gobiernos. A lo largo de la historia, desde las tragedias
griegas hasta los debates contemporáneos, la obediencia y su contracara, la
desobediencia, han sido estudiadas no solo desde una perspectiva moral, sino
también como formas de confrontar estructuras de poder político y social. El
problema de la obediencia no se limita al plano de las decisiones individuales,
sino que penetra en el tejido mismo de las relaciones sociales, políticas y
éticas que configuran la vida en comunidad. La tensión entre el imperativo de
mantener el orden social y la necesidad de resistir ante la injusticia ha
generado debates que trascienden las fronteras disciplinarias de la filosofía
para adentrarse en los campos de la política, el derecho, la educación y la
sociología.
Este ensayo, tiene como
objetivo realizar un recorrido por las tensiones que al respecto aparecen, lo
haremos a partir de obras clásicas como Antígona (2020), Hécuba (2018),
Critón, y Apología de Sócrates (2006); se considerarán referentes más
actuales como el Leviatán de Hobbes (2007), hasta llegar a manera de
cierre con obligación impuesta y Wondrak de Stefan Zweig (2024), obras
que motivaron originariamente la construcción de este texto.
El análisis se estructurará en torno a tres líneas de tensión
principales que atraviesan la reflexión: la obediencia entendida como
imposición del poder y sus mecanismos de legitimación, la desobediencia
concebida como acto de justicia cuando las leyes contravienen principios éticos
y la problemática de la legitimidad de la justicia cuando esta ópera por fuera
de los marcos legales establecidos. Nos proponemos no solo responder con un
"sí" o un "no" a nuestra pregunta inicial, sino adentrarnos
en el entramado ético y político que subyace a estas decisiones. En este orden
de ideas, la Parrhesía como categoría de análisis tendrá importantes
repercusiones, convirtiéndose en punto clave para el análisis que, desde las
obras ya indicadas, abordan la problemática en cuestión.
El camino que se seguirá adopta el análisis hermeneútico de textos
antiguos, con una aproximación genealógica que busca identificar continuidades
y rupturas en el abordaje de la obediencia y su contrario la desobediencia en
momentos muy específicos de la historia occidental. Nos detendremos con
especial atención en el concepto de Parrhesía, entendido como el acto de
hablar libremente y con franqueza ante el poder; categoría, que resulta
esencial para vislumbrar las formas de resistencia ética que aparecen en
contextos de dominación política. Este concepto, traído desde la antigüedad
griega y actualizado por Michel Foucault en sus últimos estudios en Francia y
Estados Unidos, posibilita desarrollar un análisis más profundo de las
relaciones entre verdad, poder y subjetividad.
El cuerpo teórico seleccionado incluye tragedias griegas como Antígona
de Sófocles y Hécuba de Eurípides, que plantean problemas fundamentales
sobre la obediencia a las leyes humanas versus las leyes divinas o naturales,
convirtiéndose en un punto de inicio que nos permite enfocar específicamente el
análisis; estas tragedias, ofrecen un terreno ubérrimo para examinar las
tensiones que aparecen. Así mismo, los diálogos platónicos Apología a
Sócrates, Critón y Fedón, posibilitan una mirada más que atractiva en torno
al individuo y su relación con las leyes de la comunidad, presentando la
paradójica posición de Sócrates quien, siendo víctima de una pena injusta,
elige obedecer las leyes de Atenas. Dando continuidad y contraste al mismo
tiempo, el Leviatán de Thomas Hobbes viabiliza una argumentación moderna
del poder soberano y el imperativo de la obediencia para evitar el “estado de
naturaleza”. posteriormente, las obras obligación impuesta y Wondrak de
Stefan Zweig permiten el análisis de estos asuntos en el ámbito del siglo XX,
marcado por guerras mundiales y fascismos.
La importancia de este estudio se haya no solo en su valor
histórico-filosófico, sino en su pertinencia para comprender los conflictos
éticos y políticos contemporáneos en un mundo caracterizado por formas cada vez
más sofisticadas de control social, vigilancia tecnológica y manipulación
informativa. Este ejercicio académico que aborda la pregunta sobre la
obediencia adquiere nuevas dimensiones que demandan ser pensadas teniendo en
cuenta la tradición filosófica, pero también en diálogo con los desafíos
específicos de nuestro tiempo. El artículo emprende un camino que va desde el
examen de las tensiones principales descritas, pasando por el escrutinio de las
posiciones filosóficas antiguas y modernas, hasta llegar a un análisis sobre
las implicaciones contemporáneas de estas discusiones para la teoría y la
práctica política actual.
La obediencia como problema filosófico fundamental
Estos estudios se ubican en una larga tradición que se remonta a los
orígenes mismos del pensamiento occidental. Las problematizaciones sobre la
obediencia no pueden percibirse de manera aislada, deben más bien situarse en
el contexto amplio de las relaciones entre sujeto y sociedad, entre libertad y
autoridad, entre ética y política. Como señala Hannah Arent en La condición
humana: “la capacidad de actuar en concierto, que constituye el
fundamento del poder político, requiere cierto grado de obediencia o, más
precisamente, de consentimiento por parte de los gobernados” (Arendt,
2009). Sin embargo, este consentimiento nunca es absoluto ni incondicional,
está atravesado por tensiones que emergen cuando las demandas de poder entran
en conflicto con los imperativos éticos individuales o colectivos.
La obediencia, tal y como se comprende en este análisis, no se limita a
la mera subordinación inmediata a las órdenes de un poder o una autoridad,
involucra, por el contrario, una relación compleja en la que interceden
elementos como el reconocimiento de la legitimidad, la estimación de las
consecuencias y la ponderación de valores en conflicto. La obediencia política,
en particular, supone una forma de relación social en la que los individuos
aceptan subordinar, en cierta medida, su voluntad particular a una voluntad
colectiva expresada en las leyes y en instituciones. Esta subordinación, sin
embrago, plantea inmediatamente la cuestión de sus límites: ¿hasta qué
punto debe el individuo obedecer cuando las leyes o las órdenes de la autoridad
contravienen sus convicciones morales más profundas?
El concepto Parrhesía como herramienta analítica.
Para abordar estas cuestiones, resulta fundamental recurrir al concepto
griego de Parrhesía, que Foucault explica extensamente en sus últimos
cursos en el College de France, designado como el acto de hablar con franqueza,
decir la verdad incluso cuando esto implica un riesgo para quien habla. Se
trata de una práctica ético-política que establece una relación particular
entre el sujeto, la verdad y el poder. El parrhesiastés o parrhesiasta, aquel
que practica la parrhesia, no se limita a enunciar verdades abstractas o
proposiciones teóricas, sino que compromete su propia existencia en el acto de
decir la verdad, arriesga la vida de ser necesario. Esta dimensión existencial
de la parrhesia, la convierte en una forma privilegiada de resistencia ética
frente al poder injusto o tiránico. Foucault distingue entre diferentes formas
de parrhesia: la política, practicada en el ágora y dirigida a los pueblos; la
filosófica, ejemplificada en sus estudios principalmente por Sócrates y
Diógenes de Sinope en su relación con los ciudadanos de Atenas; y la ética, que
implica el trabajo del sujeto sobre sí mismo en la búsqueda de una vida
auténtica. Estas distintas modalidades de la parrhesía no son excluyentes la
una de la otra, sino que se articulan de maneras complejas, en las prácticas
concretas de resistencia y crítica del poder.
El contractualismo y la justificación moderna de la obediencia
La modernidad introduce una nueva perspectiva en el debate sobre la
obediencia a través de las teorías contractualistas. Hobbes, en su obra Leviatán,
ofrece una justificación racional de la obediencia política basada en la
necesidad de superar el estado de naturaleza, Según Hobbes, en ausencia de un
poder soberano capaz de imponer orden, los seres humanos vivirán en una
condición de guerra perpetua, donde la vida sería “solitaria, pobre,
desagradable, brutal y corta” (Hobbes. 2007. p. 93). El contrato social
mediante el cual los individuos transfieren sus derechos naturales al soberano
constituye, en esta perspectiva, un acto de racionalidad prudencial orientado a
garantizar la propia supervivencia y la seguridad.
La teoría hobbesiana establece que la obediencia al soberano es
absoluta, con la única excepción del caso en que el soberano amenace
directamente la vida del súbdito. Esta concepción absolutista del poder
político será posteriormente matizada por otros teóricos contractualistas como
John Locke y Jean Jaques Rosseau, quienes introducen límites más estrictos al
poder soberano y reconocen el derecho de resistencia cuando el gobierno viola
los términos del contrato social. Aun así, en estas versiones más liberales del
contractualismo, persiste la tensión fundamental entre la necesidad de un orden
político y el absoluto de salvar la libertad individual.
Hécuba y
Antígona: entre la parrhesía, la sumisión y la venganza frente al poder
En La tragedia Hécuba de Eurípides podemos mencionar distintos casos
bastante representativos de las tensiones que aparecen cuando la obediencia se
convierte en receptor de deshonra y degradación. Hécuba, caída en desgracia y
transformada de reina a esclava tras la caída de Troya, tiene que vérselas con
una serie de difíciles experiencias bajo el dominio de quienes ahora gobiernan
su ciudad. Debe soportar la muerte de su esposo, el rey Príamo, y de sus hijos,
incluyendo la traición a manos de Polimestor quien asesina a su hijo Polidoro
con el objetivo de adueñarse de las riquezas que le habían sido encargadas por
el rey de Troya. A lo largo de la obra, Hécuba se ve envuelta en un entramado
de dilemas morales y éticos derivados de estos actos de injusticia; es por
esto, por lo que nos aparecen una serie de preguntas: ¿Debe someterse
pasivamente a su destino? ¿Debe buscar justicia por la traición sufrida a manos
de Polimestor? ¿Debe resistirse a lo que considera un agravio a la honra de su
familia? Estos dilemas ponen en cuestión la obediencia a las estructuras de
poder. A través de su lucha, vemos que la obediencia a la autoridad no siempre
es moralmente correcta, y que lo que llamamos justicia puede requerir actos de
desobediencia, incluso de violencia.
Hécuba se convierte en el eje que articula las
tensiones entre obediencia a la ley y al poder, y la justicia personal que nace
del deseo de venganza. A lo largo de la obra, la protagonista muestra dos
caras: por un lado, la obediencia como imposición del poder para preservar la
vida cuando en su papel de esclava sigue órdenes, tal como las mujeres troyanas
que antes habían sido sus sirvientes. Por otro lado, la desobediencia surge
como venganza cuando Hécuba descubre al traidor Polimestor a quien había
confiado a su hijo Polidoro junto con riquezas para su protección, lo ha asesinado
para apropiarse del oro y se enfrenta a la realidad de que las convenciones que
deberán regular las relaciones humanas, incluso en tiempos de guerra, han sido
completamente violadas. La traición de Polimestor no es solo un crimen
personal, sino una ruptura del tejido mismo de las obligaciones recíprocas que
hacen posible la vida en sociedad.
La respuesta de Hécuba a esta situación revela las complejidades morales
de la desobediencia como forma de justicia. Su decisión de vengarse de Polimestor,
cegándolo y matando a sus hijos, constituye un acto que opera fuera de
cualquier marco legal establecido. Sin embargo, Eurípides presenta esta
venganza no como un simple salvajismo, sino como una forma distorsionada de
justicia que emerge cuando los canales institucionales para obtener reparación
han sido bloqueados o son inexistentes. La negociación de Hécuba con Agamenón
para obtener su aquiescencia tácita a la venganza muestra cómo, en situaciones
de asimetría radical de poder, los oprimidos deben recurrir a estrategias
oblicuas y moralmente ambiguas para obtener alguna forma de justicia.
La venganza que busca Hécuba
también propone una destrucción de la justicia y su legitimidad por fuera de
las leyes, un trato extralegal que Hécuba negocia con Agamenón, otro rey que,
según aparece en la literatura clásica, ha traicionado a su esposa Clitemnestra
al sacrificar a su hija Ifigenia; y a Aquiles al arrebatarle a Briseida en la
división del botín de guerra.
Este conflicto abre aquí una inevitable intertextualidad, no solo con
las obras Homéricas, sino también con Antígona de Sófocles, al igual que
Hécuba, en Antígona se desafía la justicia humana en nombre de la
justicia familiar, se evidencia el conflicto entre obediencia a las leyes
humanas, la justicia divina y las lealtades personales. Antígona, en plena
parrhesía, que es libertad de palabra y honestidad, desafió el decreto de
Creonte al enterrar a su hermano Polinices, quien había sido condenado a no
recibir sepultura. Antígona en sus palabras le expresa a Creonte:
No fue por cierto Zeus quien impuso estas leyes, tampoco la justicia,
que vive con los dioses del Hades esas leyes a los hombres dictó. No creí que
tus bandos tanta fuerza tuvieran, para que, en gracia de ellos, pudieran los
mortales quebrantar de los dioses las leyes escritas e infalibles. No rigen ni
de hoy ni ayer: son eternas; y nadie sabe cuándo nacieron. No abre yo de
violarlas por el temor de nadie para exponerme al justo castigo de los dioses
(Sófocles, 2020, p. 38).
La figura de Antígona en las tragedias de Sófocles representa el
paradigma de la desobediencia fundamentada en principios éticos superiores; su
enfrentamiento con Creonte no es simplemente un conflicto entre dos voluntades
individuales, sino un choque entre dos concepciones irreconciliables del
derecho y la justicia. Antígona invoca las leyes que no están escritas y que
son inmutables porque los dioses así lo han determinado, con esto justifica la
decisión de enterrar a su hermano Polinices, desafiando así el decreto de
Creonte que prohíbe dar sepultura al que considera un traidor. Esta invocación
de un orden normativo superior al poder político establecido se erige como una
forma ejemplar de Parrhesía ética, en la que el sujeto arriesga su vida
para afirmar una verdad que considera fundamental.
Las palabras de Antígona ante Creonte simbolizan un momento crucial en
la historia del pensamiento político. Su argumentación establece una distinción
fundamental entre la legitimidad formal del poder político y su legitimidad
moral, pues Creonte, posee la autoridad legal para promulgar decretos y exigir
obediencia, pero esta autoridad encuentra su límite cuando pretende contravenir
los deberes sagrados que los seres humanos tienen hacia sus muertos. La postura
de Antígona no ejemplifica un rechazo total a la jurisdicción política de la
época, sino una delimitación de su esfera legítima de acción. Hay ámbitos de la
experiencia humana, sugiere Sófocles, a través de su heroína, que permanecen
fuera del alcance legítimo del poder político.
La reacción de Creonte a la insubordinación de Antígona devela la lógica
inherente al poder autoritario. Para Creonte, la desobediencia de Antígona no
es solo una infracción personal, sino un rechazo al orden político establecido,
dado que, si se accede a que una mujer joven rete manifiestamente los preceptos
del gobernante, se ponen en tela de juicio y en riesgo los fundamentos mismos
de la autoridad política. Esta lógica del poder, que no tolera ninguna
excepción sin ver amenazada su propia existencia, conducirá finalmente a la
catástrofe trágica que destruye tanto a Antígona como a la familia de Creonte.
La tensión entre las leyes divinas y las leyes humanas que articula el
conflicto en Antígona trasciende el contexto especifico de la tragedia griega
para convertirse en un problema permanente de la filosofía política. Esta
tensión no debería entenderse básicamente como un problema entre religión y
política, más bien, como una expresión de una aporía fundamental en la
constitución misma del orden político, recordemos que todo sistema legal
positivo aspira a la integralidad y coherencia, pero irremediablemente tropieza
con limites en su capacidad para contener la totalidad de la experiencia
humana. Apelar a las leyes divinas (en este caso) o naturales, funciona como un
recurso fustigador frente a la reclamación totalizadora del poder político; sin
embargo, esta apelación también genera problemas, escollos significativos:
¿Cómo determinar el contenido de estas leyes superiores? ¿Quién tiene la
autoridad para interpretarlas? La historia muestra numerosos ejemplos de cómo
la invocación de principios divinos y naturales ha sido utilizada tanto para
resistir la opresión como para justificarla. La solución a este dilema no puede
encontrarse en una formula abstracta, sino que requiere un ejercicio continuo
de discernimiento ético y político.
La paradoja Socrática: obedecer la ley injusta
El juicio y condena de Sócrates en el año 399 a. c. representa uno de
los momentos más significativos en la historia de la filosofía, no solo por sus
consecuencias inmediatas sino por las profundas reflexiones que genera sobre la
relación entre el filósofo y la ciudad:
El contexto político de Atenas tras la guerra del Peloponeso y los
traumáticos episodios de la tiranía de los treinta proporcionan el
trasfondo necesario para comprender la complejidad de la posición socrática, la
democracia restaurada se encontraba en una situación de fragilidad, marcada por
la desconfianza hacia cualquier forma de cuestionamiento que pudiera percibirse
como subversiva (Stone, 1988. p.48).
Sócrates con su práctica constante del examen crítico y su negativa a
aceptar acríticamente las opiniones dominantes, representaba la figura incómoda
para el orden político restaurado. Su método de interrogación, la mayéutica, no
solo exponía la ignorancia de sus interlocutores, sino que cuestionaba los
fundamentos mismos sobre los que se asentaba el consenso social. La acusación
formal contra Sócrates- corromper a la juventud y no reconocer a los dioses de
la ciudad- puede entenderse en ese contexto como una expresión de la zozobra
política de una democracia que percibía en el cuestionamiento filosófico una
amenaza a su estabilidad.
En la Apología a Sócrates, Platón presenta el discurso de defensa
de su maestro como un ejercicio ejemplar de parrhesía filosófica, el maestro no
busca congraciarse con sus jueces mediante los recursos retóricos habituales en
los tribunales atenienses, sino que mantiene su compromiso inquebrantable con
la verdad, aun cuando esto pueda costarle la vida. Su defensa no es tanto una
refutación de los cargos específicos como una justificación de toda su vida
filosófica, presentada como una misión divina al servicio de la ciudad. El
argumento central de Sócrates establece una distinción crucial entre la
obediencia sin cuestionamientos a las posiciones de la mayoría y la obediencia
a un principio superior de búsqueda de la verdad y el bien. Sócrates afirma que
su actividad filosófica, lejos de corromper a los jóvenes, establece el mayor
servicio que puede prestar a la ciudad, comparándose como un tábano que
aguijonea a un caballo noble pero perezoso para mantenerlo despierto y activo
(Platón, Apología de Sócrates, 30e.). Este símil representa la
característica crítica de la filosofía en la esfera política: no como una
fuerza destructiva, sino como una incitación necesaria para evitar el letargo
moral e intelectual de la comunidad.
Sócrates en su discurso de defensa frente al tribunal, hace uso de la parrhesía,
y se manifiesta no solo en el contenido del discurso sino también en la forma,
Sócrates rechaza las súplicas y lamentaciones que eran habituales en los
acusados que buscaban despertar la compasión de los jueces, en su lugar,
mantiene una actitud de dignidad filosófica y subordina la preservación de la
vida física a la integridad moral de decir la verdad. Esta postura no debe
entenderse como un gesto de arrogancia ni como una forma de desprecio hacia el
tribunal que lo juzga, por el contrario, constituye la manifestación consciente
de una vida orientada por principios que van más allá de la mera supervivencia,
sostenida en una firme coherencia ética incluso frente a un juicio y una
condena de muerte injusta. En este sentido, opta por acatar las leyes de
Atenas, argumentando que: “ha disfrutado de los beneficios de la
ciudadanía ateniense toda su vida y que, por lo tanto, tiene la obligación de aceptar
sus veredictos, incluso cuando son injustos” (Platón, 2006).
El conflicto entre obedecer y hacer justicia pone en evidencia una
tensión estructural entre el poder instituido y la libertad individual, al
tiempo que sugiere que la vida en común exige la aceptación de las reglas
compartidas que hacen posible la convivencia pacífica; dicho orden puede
endurecerse y derivar en formas de opresión cuando demanda una obediencia
incondicional que anula el ejercicio moral o la posibilidad de resistir frente a
la injusticia. Desde esta óptica, obedecer no es solo una virtud política, sino
una decisión moral compleja que obliga a evaluar si las leyes resguardan
realmente el bien común o si, por el contrario, reproducen relaciones de poder.
En consecuencia, una noción legitima de justicia debe contemplar no solo el
acatamiento de la norma, sino también la apertura a los cuestionamientos que
aparecen debido a los excesos o incoherencias, pues en ese delicado equilibrio,
la obediencia puede fortalecer el bien común y sostener la justicia; pero
cuando se convierte en un dispositivo de control únicamente, ahoga la
conciencia y la capacidad crítica, deja de constituir un deber moral y se
reduce a una imposición meramente normativa.
En el Critón se abre otra dimensión para nuestra reflexión, la
paradójica posición socrática sobre la obediencia, pues, ante la oportunidad de
escapar de la prisión que le ofrece su amigo Critón, Sócrates desarrolla
un argumento complejo sobre por qué debe permanecer y aceptar la sentencia de
muerte. Este argumento no se basa en una sumisión servil al poder, sino en una
concepción profunda de la coherencia ética y la relación entre el individuo y
las leyes de la ciudad. Sócrates introduce con esto, la presunción de las
leyes, que le recuerdan que ha vivido toda su vida bajo su protección y que ha
tenido múltiples oportunidades de abandonar Atenas si no estaba de acuerdo con
su sistema legal. Sócrates argumenta que escapar sería equivalente a destruir,
en la medida de sus posibilidades, el orden legal mismo, pues si cada ciudadano
pudiera desobedecer las sentencias judiciales cuando las considera injustas, no
habría posibilidad de vida política ordenada (Platón, Critón, 50a-54d.). Este
argumento revela una comprensión sofisticada de la naturaleza del orden legal
como sistema que requiere cierto grado de obediencia general para poder
funcionar, incluso cuando produce resultados injustos en casos particulares.
En el Fedón, Platón presenta las últimas horas de Sócrates como
la culminación en coherencia de toda su vida filosófica, su serenidad para
enfrentar la muerte no es mera resignación, sino la expresión de una convicción
filosófica profunda sobre la naturaleza del alma y el significado de la vida
filosófica. La obediencia del filósofo ante la condena se eleva, en este
horizonte, a la categoría de un gesto filosófico extremo: en ella se afirma la
primacía del alma sobre el cuerpo y la dignidad de los valores espirituales por
encima de cualquier interés personal. El diálogo no escenifica la muerte de
Sócrates como una derrota, sino como la consumación de una victoria de la
filosofía frente a la arbitrariedad de la política, en la medida en que la
aceptación de la cicuta preserva intacta la fidelidad a sí mismo. En este acto,
Sócrates pone de manifiesto que el poder puede disponer del cuerpo, pero
permanece impotente ante aquello que constituye el núcleo irreductible del ser
humano, la capacidad de pensar y mantener sus convicciones. La escena adquiere
así una fuerza pedagógica para sus discípulos, quienes advierten que la
filosofía no se agota en la especulación, sino que exige encarnarse como forma
de vida, llevada con coherencia hasta el límite. Es allí donde la Parrhesía -el
coraje de decir la verdad- deja de ser un principio abstracto y se
vuelve presencia viva.
La argumentación del Fedón sobre la inmortalidad del alma
proporciona el marco metafísico que sustenta la actitud socrática ente la
muerte. Si el alma es inmortal, la muerte es simplemente la separación del alma
y el cuerpo, entonces el filósofo, que ha dedicado su vida a trascender
lo corporal para concentrarse en lo intangible, no debe temer la muerte sino
verla como culminación natural de su praxis filosófica; esta perspectiva,
transforma radicalmente el significado de la obediencia socrática: no es
sumisión a un poder externo, sino coherencia con los principios más profundos
de la vida filosófica.
Hobbes y el
Leviatán: la obediencia como fundamento del orden y el estado de naturaleza
como guerra perpetua
Tomas Hobbes desarrolla en el Leviatán una de las justificaciones
más influyentes de la obediencia política en la modernidad. Su punto de partida
es una caracterización objetiva, algunos dirán pesimista del estado de
naturaleza, concebido como una condición de guerra de todos contra todos donde
la vida humana es: “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”
(Hobbes, p.103). Esta descripción no pretende ser histórica sino analítica:
muestra lo que ocurriría si se eliminaran las restricciones que impone el poder
político sobre las pasiones humanas. Hobbes, fundamenta su teoría en una
antropología que enfatiza la igualdad natural de los seres humanos en cuanto
sus capacidades físicas y mentales. Esta igualdad, paradójicamente, es la
fuente del conflicto, genera en cada individuo la esperanza de poder obtener lo
que desea, incluso si debe arrebatárselo a otro; “la combinación de
escasez de recursos, igualdad de capacidades y ausencia de un poder superior
que imponga orden, resulta en una situación de inseguridad perpetua donde
ningún proyecto de vida a largo plazo es posible” (Hobbes, p. 98).
El estado de naturaleza hobbesiana no es necesariamente un estado de
violencia constante, representa más bien una amenaza permanente de violencia.
Esta amenaza es suficiente para hacer la vida miserable, pues obliga a cada
individuo a estar constantemente en guardia, a desconfiar de los demás y a
atacar preventivamente cuando percibe una amenaza potencial. En esta condición,
señala Hobbes: “no hay lugar para la agricultura, la industria, la
navegación, las artes o las letras, pues todos estos desarrollos requieren
seguridad y cooperación estable” (Hobbes, p. 103).
La salida del estado de naturaleza se produce mediante un contrato
social en el que los individuos transfieren sus derechos naturales a un soberado
que tendrá el poder absoluto de dictar leyes y hacerlas cumplir. Este contrato
no es un evento histórico, es una construcción lógica que explica la
legitimidad del poder político, responde a su propio fundamento y fin en sí
mismo. Hobbes argumenta que: “la única manera de establecer un poder
capaz de proteger a los individuos es concretar toda la fuerza y el poder en
una sola entidad, ya sea un individuo o una asamblea” (Hobbes, p. 141).
El contrato hobbesiano presenta características peculiares que lo distinguen de
otras teorías contractualistas, en primer lugar, es un contrato, no puede
violarse y, en segundo lugar, el contrato es irrevocable: una vez establecido
el soberano y los súbditos no pueden legítimamente rebelarse contra él, pues al
hacerlo sería volver al estado de naturaleza; en tercer lugar, el poder
soberano debe ser absoluto, un poder dividido o limitado no sería capaz de
cumplir su función de mantener la paz.
La justificación de Hobbes sobre la obediencia es, por tanto, prudencial
más que moral, los individuos obedecen al soberano no porque este tenga una
superioridad moral o porque sus mandatos sean intrínsecamente justos, sino
porque la alternativa a la obediencia es el caos del estado de naturaleza. Esta
fundamentación pragmática de la obediencia constituye una ruptura con las
justificaciones basadas en el derecho divino o la superioridad natural de los
gobernantes.
A pesar del carácter aparentemente absoluto del poder soberano en la
teoría hobbesiana, existen límites a la obediencia que el propio Hobbes
reconoce; el más evidente es el derecho a la autopreservación: ningún individuo
puede estar obligado a obedecer órdenes que pongan en peligro directo de su
vida. Este límite deriva de la lógica misma del contrato social que se
establece precisamente para preservar la vida de los contratantes. Hobbes
también reconoce que el soberano puede perder su legitimidad si se vuelve
incapaz de proporcionar protección a sus súbditos. La obligación de obediencia
está condicionada a la capacidad del soberano de mantener el orden y la
seguridad; si el poder soberano colapsa y se retorna de facto al estado de
naturaleza, los individuos recuperan su libertad natural y pueden buscar
protección donde la encuentren. Esta condición introduce un elemento de
contingencia en la teoría hobbesiana que matiza su absolutismo aparente.
Stefan Zweig: la obligación impuesta y Wondrak
De esta manera y, teniendo en cuenta todo lo
anterior, y con el ánimo de ir cerrando aspectos de nuestra reflexión, podemos
recurrir -sin romper nuestro hilo de análisis- a Stefan Zweig con sus obras la obligación impuesta y Wondrak,
allí se propone el análisis de “situaciones límites”, dilemas morales, y de
personajes centrales como Ferdinand, Paula y la “mujer calavera” que tienen que
vérselas con la guerra y la imposición de la obediencia. Estas obras, además,
dan pie a Bertolt Brecht para que este, según Patricio Pron (2024), en una
pieza de teatro, se preguntara: “¿hasta qué punto se debe sacrificar una
persona por la perpetuación de la comunidad a la que pertenece?” (p.13)
pregunta por excelencia de nuestra reflexión en este preciso momento del
ensayo. Aquí se nos abre, un punto de análisis en las tensiones citadas por
nosotros al inicio, y es que ahora en plena contemporaneidad, dos humanos que
se saben libres y se aman, tienen que vérselas con el dilema de hacer parte o
no de la gran guerra, en un territorio que no es el propio y conscientes de la
máquina de guerra que los vigila.
La novela corta Obligación impuesta de Zweig, escrita en 1920,
presenta una exploración profunda de los dilemas morales que enfrentan los
individuos cuando el poder estatal exige su participación en la guerra.
Ferdinand -uno de los protagonistas- pintor y artista, ha huido a Suiza junto
con su esposa para escapar de la primera guerra mundial, pues ha construido una
vida basada en principios férreos de valor humanista que le impiden hacer parte
de cualquier conflicto armado, recibe una orden escrita del consulado con el
fin de presentarse a exámenes médicos y probablemente podría ser enviado al
frente. Ferdinand y esposa Paula viven la tragedia del llamado del Leviatán, y
se preguntan si deben obedecer o no a una orden del gran monstruo que habita en
sus conciencias, que nunca los ha abandonado y que quiere arrebatarles su pacto
en libertad. Una vez Ferdinand recibe el llamado a presentarse a exámenes, su
mujer advierte el contenido de ese terrible comunicado, percibe el miedo y
quebrantamiento de sus sueños compartidos, quedan en un mutismo y no pueden
comprender.
-
[Paula:] ¿Te han llamado al
consulado?
-
[Ferdinand:] Si
-
¿Y vas a ir?
Él temblaba.
-
No sé, pero tendré que
hacerlo
-
¿Por qué tienes que
hacerlo? No pueden forzarte a obedecer en Suiza. Aquí eres libre.
-
¡Libre! ¿Y quién sigue
siendo libre hoy en día? -farfulló con enojo apretando los dientes.
-
Cualquiera que quiera ser
libre. Y tú el que más…
-
… ¿qué fuerza tiene eso
sobre ti, esos pedazos garrapateados por un pobre infeliz, por un escribiente
en un despacho, ¿qué son frente a ti que estás vivo y eres libre? ¿en qué
pueden afectarte?
-
La hoja en nada; pero sí el
que la envía.
-
¿Quién la envía? ¿qué
persona? Una máquina, la gran máquina de asesinar personas. Pero a ti no te
puede atrapar.
-
Han atrapado a millones ¿y
justamente a mí no? ¿por qué?
-
Porque tú no quieres.
(Zweig, 2024, p.31).
¿Debemos obedecer aun siendo conscientes del
absurdo al que nos convoca el dictamen del poder? ¿Debemos obedecer a costa de
nuestros seres amados? ¿A qué debemos obedecer?
Zweig, construye magistralmente la tensión psicológica que experimenta
Ferdinand. El llamado a filas no es solo un documento burocrático, sino un
símbolo del poder totalizador del estado moderno que reclama obediencia y la
vida misma de sus ciudadanos. La angustia de Ferdinand no deriva únicamente del
miedo a la muerte, se debe, además, a la comprensión de que obedecer significa
participar en una maquinaria de destrucción que contradice todos sus valores.
Su propio dilema ilustra cómo la obediencia en el contexto de los estados
modernos no constituye una simple cuestión de sumisión externa, involucra la
totalidad de la persona y le exige la complicidad moral con acciones que el
individuo considera éticamente inhumanos.
El diálogo entre Ferdinand y Paula revela las diferentes dimensiones del
problema. Paula representa la voz de la razón práctica y la libertad
individual, argumentando que Ferdinand no tiene ninguna obligación real de
obedecer a un mandato que proviene de la gran “máquina de matar” y que
contradice sus convicciones más profundas. Ferdinand, por otro lado, siente el
peso de una obligación que no puede racionalizar completamente pero que ejerce
sobre él una fuerza psicológica abrumadora. Estas tensiones que aparece entre
hacer lo que determina la ley y la claridad de salvaguardar la vida, junto con
la claridad racional y angustia existencial, nos ilustra la contundencia del
poder y su manera de operar a través de la coerción externa; además, patenta la
internalización de las normas de obediencia. La guerra como revelación del
poder.
La primera guerra mundial aquí representada en la obra de Zweig,
simboliza un momento de ruptura en la historia de la civilización moderna
occidental, revela el absurdo fundamental de un sistema político que puede
exigir a millones de seres humanos que se maten entre sí por razones que la
mayoría desconoce y por supuesto no comprenden ni comparten:
La obediencia masiva hace posible que la guerra
moderna aparezca como una forma de alienación colectiva en la que los
individuos abdican de su capacidad de juicio moral y se convierten en
instrumentos de fuerzas que los trascienden (Zweig, 2021, p. 238).
Zweig, muestra como la guerra moderna transforma la naturaleza misma de
la obediencia. Ya no se trata de la obediencia personal a un soberano visible
como en las monarquías tradicionales, sino de la sumisión a un aparato
burocrático impersonal que funciona según su propia lógica. El individuo se
enfrenta no a una persona a la que puede dirigirse y con la que puede razonar,
su disputa es con un sistema anónimo que procesa seres humanos como recursos de
guerra, los despersonaliza en su propio poder y les hace más difícil la
resistencia sin un adversario claro contra el cual rebelarse.
Los dos protagonistas se
mueven a través de las relaciones de tensión que aparecen en el centro del
análisis, legitiman en primera medida, la desobediencia en provecho de la
propia vida, eligen su supervivencia, no puede obligarse a ningún ser humano a
obedecer cuando el mandato va en contra del propio interés vital, la propia
existencia y la de los seres amados; incluso, algunos sistemas jurídicos en
nuestra actualidad, eximen a sus ciudadanos de testificar en contra de sí
mismos o de sus seres queridos. Ferdinand y Paula, eligen la continuación de su
propio plan de vida, eligen la vida antes que la muerte y dotan de significado
la libertad que juntos han construido. No se trata en este caso de indiferencia
frente a los padecimientos sufridos por sus semejantes en la guerra, sino más
bien, de la reivindicación de que ninguna causa tiene sentido si para lograrla
debemos aniquilar al otro. Se trata de estar del bando correcto, no de los
nomos únicamente porque es lo debido, sino del Bios, porque es ontológicamente lo primero, como le corresponde
estar a alguien que se considere creador o artista ¡la vida primero y siempre
la vida!
En segunda medida Ferdinand, frente al dictamen que aparece ante
él, prefiere no sucumbir ante el miedo,
elige una reflexión cívica de alta responsabilidad moral, siente que le
incumbe, sabe que a pesar de sí, y de su propia libertad, asumir la reflexión
ética de quien no obedece por obedecer, es su responsabilidad, se dota de
conciencia y sabe que su pensamiento no está marcado por la obediencia a
ciegas, se obedece a sí mismo como sujeto cognoscente, se pregunta cuándo tiene
sentido obedecer, y no solo por dictamen moral, sino por ética, ese espacio
primigenio de uso de la libertad. En este punto lo que representa Ferdinand,
como cualquier hombre que tiene derecho a proteger su vida, es la capacidad que
tienen algunos individuos que se saben libres, a hacer uso de su voluntad de
poder, porque la ética es ese campo de batalla donde el individuo se enfrenta
consigo mismo, se interpela y elige una manera de actuar, de construirse, de
ser en el mundo. Para este caso, podemos recordar el diálogo que se da entre
Ferdinand y Paula con respecto al llamado del consulado, el cual inicia con la
pregunta que ella le hace ¿quieres ir?
-
No, no y no, no quiero, no
hay nada en mí que quiera. Pero iré contra mi voluntad. Eso es precisamente lo
terrible de su poder, que uno los sirve contra su voluntad, contra sus
convicciones. Si por lo menos a uno le quedase su voluntad…, pero en cuanto
tiene una hoja como ésa en sus manos, la voluntad huye de él. Obedece. Es un
colegial: el profesor llama, uno se levanta y tiembla.
-
Pero Ferdinand, ¿quién es
el que llama? ¿Acaso es la patria? ¡Un escribiente! ¡Un aburrido oficinista! Y,
además, ni siquiera el estado tiene el derecho de forzarle a uno a asesinar,
ningún derecho…
-
Lo sé, lo sé. ¡Ahora sigue
citando a Tolstoi! Conozco todos los argumentos. ¿es que no lo entiendes? No
creo que tenga derecho a llamarme, ni que yo tenga el deber de seguirlo. Sólo
conozco un deber que se llama ser un hombre y trabajar. No tengo más patria que
la humanidad, ni me enorgullece matar personas, todo eso lo sé, Paula, lo veo
todo tan claro cómo tú…pero es que ellos ya se han apoderado de mí, me llaman y
sé que, a pesar de todo, de cualquier cosa, acudiré (Zweig, 2024, p. 33).
A pesar de su supuesta convicción de terminar
obedeciendo, ni Ferdinand ni Paula están convencidos de esas palabras, saben
que aún la voluntad y la conciencia no se han ido, y que la voluntad que es el
motor que todo lo mueve, elige en este caso la vida. Ferdinand, termina
desobedeciendo el llamado a la guerra, pero obedeciendo a sus propias ideas, a
sus principios, por amor a la humanidad, que cómo él mismo lo dice, es su
patria.
En Wondrak,
Zweig muestra la obediencia como la destrucción del individuo, presenta el
caso de un hombre, que no es simplemente un personaje individual, sino una
construcción simbólica del poder absoluto que se configura cómo un sujeto
ególatra auto-centrado. Wondrak, representa el tirano moderno en términos
narratológicos, no estamos ante un personaje psicológico profundo en sentido
realista, sino ante un personaje-tipología: su función es encarnar una
estructura de dominación que se presenta como una figura que se considera
excepcional, ontológicamente superior, como si él mismo fuera el soberano
absoluto, un déspota ilustrado degenerado, incluso un Ubermensch
malinterpretado (en clave de crítica de Nietzsche), que ha internalizado
completamente los valores de la disciplina militar y que se ha convertido en
una caricatura grotesca del soldado perfecto.
Wondrak, representa el extremo de la obediencia: ha eliminado toda
capacidad de juicio independiente y existe únicamente como extensión de la
voluntad de sus superiores. Su historia sirve como advertencia sobre los
peligros de una obediencia que anula la personalidad individual. El personaje,
ilustra lo que Hannah Arent posteriormente llamaría “la banalidad del mal”: la
capacidad de los seres humanos ordinarios para participar en atrocidades cuando
han renunciado a su capacidad de pensar y juzgar por sí mismos. Zweig muestra
cómo la obediencia extrema no es una virtud sino una forma de degradación moral
que convierte al ser humano en un autómata. La eficiencia militar acompañada de
una atrofia de sus capacidades humanas más básicas: la empatía, la creatividad,
la capacidad de cuestionarse.
La crítica de Zweig a la obediencia militar anticipa reflexiones
posteriores sobre el totalitarismo y sus mecanismos de coerción. El caso de
Wondrak muestra cómo la obediencia puede convertirse en una forma de anulación
de la libertad, al someterse completamente a la autoridad; este sometimiento,
hace que el individuo prefiera obedecer ciegamente a tener que cargar con la
responsabilidad de tomar decisiones morales y, pueda ejecutar cualquier orden,
por terrible que sea, sin experimentar culpa personal. Esta “libertad” mediante
la sumisión total es, por supuesto, una forma de esclavitud.
Reflexiones finales: El coraje
de desobedecer a partir de una educación para la parrhesía en el contexto
actual
Como consecuencia de nuestra reflexión, este recorrido genealógico, nos
aclara las líneas de tensión que nos hemos propuesto analizar, en primer lugar:
la obediencia entendida como una imposición unilateral del poder sobre los
individuos, una obediencia que se caracteriza por la asimetría radical entre
quien manda y quien obedece, y por la ausencia de reciprocidad o reconocimiento
mutuo. Al inicio, en Hécuba, esta imposición del poder se manifiesta en
el descenso de la antigua reina a la condición de esclava; en el
Leviatán de Hobbes, aparece como sumisión necesaria pero problemática al
soberano absoluto; en Zweig, toma la forma de la conscripción obligatoria que
el estado moderno impone a sus ciudadanos.
La obediencia como imposición plantea problemas fundamentales para la
legitimación del poder, que es la legitimidad política. Si la obediencia se
basa únicamente en la fuerza o en la amenaza de castigo, ¿puede considerarse
legítima? ¿cómo se garantiza la legitimación de ese poder? Podemos echar mano
del pragmatismo Hobbesiana: “la legitimidad deriva de la capacidad del
soberano para mantener el orden y proteger a los súbditos” (2007). Sin
embargo, esta respuesta no resuelve la tensión que surge cuando el poder exige
acciones que contradicen principios éticos de los individuos. La experiencia
moderna-contemporánea con sus guerras y regímenes autoritarios, ha mostrado los
límites y riesgos de una concepción puramente pragmática de la obediencia.
En segundo lugar: la obediencia concebida como respuesta legítima a la
injusticia del poder, la vemos encarnada en Antígona, patenta
paradigmáticamente esta forma de desobediencia, que no busca destruir el orden
político sino afirmar principios de justicia que trascienden las leyes
positivas. La desobediencia civil en la edad moderna y contemporánea,
practicada por figuras como Martín Luther King y Benkos Biohó se inscriben en
esa tradición de resistencia ética al poder injusto. La desobediencia
simbolizada por estos lideres políticos como acto de justicia, plantea la
cuestión de los criterios para determinar cuándo una ley o un mandato es
suficientemente injusto como para justificar la desobediencia que, no puede ser
simplemente, el desacuerdo personal con una ley, pues esto nos llevaría a una
especie de anarquía. Los teóricos de la desobediencia civil han propuesto
diversos criterios: la violación de derechos humanos fundamentales, la discriminación
sistemática contra grupos específicos, la contradicción con principios
constitucionales básicos; sin embargo, la aplicación de estos criterios en
casos concretos sigue siendo concebidos como actos de subversión y son objeto
de debate y controversia en la arena política.
En tercer lugar: la legitimidad de formas de justicia que operan fuera
del marco legal establecido. El caso de Hécuba, que obtiene venganza mediante
un acuerdo extralegal con Agamenón, ilustra cómo en situaciones de colapso del
orden jurídico o de exclusión sistemática de ciertos grupos al acceso a la
justicia institucional, pueden emergen formas alternativas de obtener
reparación. Esta problemática adquiere particular relevancia en contextos de
justicia transicional, donde se debe lidiar con crímenes masivos cometidos por
regímenes anteriores. La tensión entre justicia legal y justicia sustantiva se
manifiesta también en los debates contemporáneos sobre los límites del
positivismo jurídico, pues, la experiencia del nazismo y otros regímenes
totalitarios que utilizaron el aparato legal para cometer atrocidades ha
llevado a un renovado interés en teorías del derecho natural o en concepciones
de la justicia que trascienden el derecho positivo. Sin embargo, el recurso a
principios supralegales plantea sus propios problemas: ¿quién determina el
contenido de estos principios? ¿Cómo evitar que se conviertan en justificación
para la imposición de visiones particulares disfrazadas de universales?
A consecuencia de esto último, la pregunta ¿Debemos o no obedecer? no
admite una respuesta simple y universal. Como hemos visto a través de nuestro
recorrido por la literatura y el pensamiento filosófico hasta nuestra
actualidad, en la obediencia y la desobediencia existen estas líneas de
tensiones constantes, que reflejan las complejidades de la vida política y de
la misma ética. La obediencia ciega a la autoridad puede llevar a injusticias y
opresión, como se evidencia en la tragedia de Hécuba y en Apología de
Sócrates.
La parrhesía, entendida como práctica de resistencia de
resistencia y expresión de la verdad frente al poder, se configura como una
forma que no necesariamente desemboca en una ruptura absoluta de la norma, más
bien, abre un espacio intermedio desde el cual es posible interpelar y poner en
cuestión a la autoridad cuando esta deviene injusta, Sin que ello implique, de
entrada, una negación total del orden establecido. En este marco, la decisión
de obedecer o desobedecer, no puede resolverse de manera abstracta: exige una
ponderación rigurosa de las circunstancias concretas, de los principios éticos
comprometidos y de las consecuencias que se derivan de cada acción. De ahí que
la reflexión crítica y el coraje moral, encarnados en figuras como Antígona,
Hécuba, Sócrates y Ferdinand, continúan siendo referentes necesarios para
pensar los dilemas éticos y políticos contemporáneos. En todos ellos se
reconoce una misma exigencia: la de sostener los principios y la verdad incluso
cuando hacerlo implica confrontar estructuras de poder que buscan silenciarlos.
Esta indagación conduce, inevitablemente, a reconsiderar la vigencia de
estos debates- tanto clásicos como modernos- en el horizonte contemporáneo. Las
tensiones, entre obediencia y desobediencia continúa ocupando un lugar central
en las discusiones sobre derechos civiles, formas de resistencia y los limites
legítimos del poder estatal. Lejos de ser un problema superado, se reactualiza
constantemente en escenarios donde la autoridad y la conciencia individual
entran en fricción.
En el ámbito digital, esta problemática adquiere rasgos particularmente
complejos, por un lado, las plataformas han ampliado de manera significativa
las posibilidades de enunciación, permitiendo que voces históricamente
marginadas accedan a audiencias globales y, en cierta medida, reconfiguren las
relaciones tradicionales entre poder y discurso. Sin embargo, esta misma
apertura da lugar a una dinámica ambivalente, la sobreabundancia de
información, sumada a la circulación acelerada de contenidos, dificulta
discernir entre expresión auténtica de la verdad y las múltiples formas de
distorsión y falsación de la verdad, ya sea a través de la manipulación, la
mentira o la propaganda. En este contexto, la parrhesía no desaparece, pero se
vuelve más exigente, requiere no solo de coraje para decir la verdad, sino
también una capacidad crítica más aguda para reconocerla.
El coraje que exige la parrhesía en el entorno digital no se reduce a la
disposición de enfrentar sanciones o linchamientos mediáticos, implica, además,
sostener la integridad en medio de un ecosistema saturado de ruido,
desinformación y prácticas como el ciberacoso; en este escenario, decir la
verdad demanda valentía, además de, una disciplina ética capaz de resistir la
distorsión y la presión constante. Los caos de Edward Snowden, Chelsea Manning
y Julián Assange permiten dimensionar la complejidad que adquiere hoy la
parrhesía. Sus revelaciones sobre programas de vigilancia masiva global,
posibles crímenes de guerra y prácticas de corrupción gubernamental han tenido
repercusiones de alcance global, sacando a la luz expresiones de poder
altamente cuestionables; al mismo tiempo, han abierto debates de gran calado,
en torno a los límites de transparencia, la legitimidad de la filtración de la
información sensible y los riesgos a la seguridad nacional. Estos casos
evidencian que la parrhesía contemporánea se mueve en un terreno profundamente
tensionado, por un lado, el imperativo ético de hacer visible la verdad y, por
el otro, la necesidad de responder las consecuencias políticas, jurídicas,
económicas y sociales que se desprenden de su exposición.
En el marco de la sociedad informacional y la globalización, las formas
de ejercicio del poder tienden a volverse más dispersas y, en no pocas
ocasiones, difíciles de identificar con claridad. A diferencia de lo que
ocurría en las configuraciones políticas de la antigüedad; tanto la obediencia
como la desobediencia adoptan modalidades menos evidentes: se expresan, por
ejemplo, en prácticas de resistencia digital o en formas de activismo
articuladas a través de redes sociales, donde la acción política ya no siempre
se inscribe en los espacios tradicionales. Estas transformaciones introducen
nuevos interrogantes en torno a la naturaleza de la aparición de la verdad en
entornos digitales, así como los riesgos que implica interpelar al poder en un
mundo atravesado por la hiperconectividad; a ello se suma, la reformulación de
lo que Zweig ha conceptualizado mediante sus obras literarias, como formas de
obediencia inducida, que adquieren una complejidad inédita en sociedades donde
los mecanismos de control operan mediante tecnologías cada vez más sofisticadas, capaces de modular
conductas, percepciones y márgenes de acción sin recurrir necesariamente a la
coerción directa. La vigilancia masiva, el uso de big data para influir
en el comportamiento social, y la manipulación de la información plantean
nuevos desafíos éticos para quienes buscan resistir o cuestionar la autoridad.
La capacidad de evaluar críticamente el entorno actual del poder
político, económico y mediático, junto con sus demandas de obediencia, no es
innata, debe ser cultivada mediante la educación. Una educación que promueva
únicamente la obediencia sin desarrollar la capacidad de juicio crítico prepara
el terreno para el autoritarismo y el abuso de poder, donde los sujetos ni
siquiera comprenden la reducción de sus propias capacidades para confrontarlo y
buscar espacios para la libertad y la propia conciencia. Por el contrario, una
educación que enfatice la libertad de palabra honesta y franca, que permita la
crítica, posibilita la resistencia al abuso, sin olvidar el orden y la
cooperación social. El desafío educativo consiste en formar ciudadanos para la
liberación, capaces de obedecer reflexivamente cuando es necesario y de
resistir éticamente cuando su propia ética considera es un imperativo.
La formación del juicio crítico, capaz de poner en tela de juicio los
discursos dominantes requiere no solo del desarrollo de capacidades
intelectuales sino también de virtudes morales como coraje, integridad,
templanza, justicia e imprudencia de ser necesario. El ejemplo de Sócrates
muestra que el ejercicio del juicio crítico puede requerir estar dispuesto a
pagar un precio alto, incluso con la misma vida. Los maestros, teniendo como
referentes a estos grandes pensadores, están obligados de esta manera a enseñar
con la propia verdad que representan sus vidas, en coherencia con las
responsabilidades sociales y éticas que les asisten como referentes morales de
una sociedad.
La realidad política contemporánea, no puede estar alejada de las
reflexiones en las aulas, pues en este momento especifico de la historia de la
educación, se presenta un espectro mucho más amplio donde las formas de
educarse no están únicamente mediadas por la relación que se establece con la
autoridad educativa, sino también, con las decisiones que se toman
individualmente con los procesos formativos personales y la relación frente al
poder que cada sujeto establece. La complejidad de la educación en las sociedades
contemporáneas, con sus múltiples niveles de autoridad y sus diversas esferas
normativas, requiere una comprensión más matizada con la obediencia, los
individuos no se relacionan con una única autoridad como en el modelo
Hobbesiana, sino con múltiples centros de poder que pueden entrar en conflicto
entre sí: el Estado nacional, las organizaciones internacionales, las
instituciones educativas, las corporaciones económicas, las comunidades
locales, las tradiciones culturales. Estas múltiples demandas de obediencia
requieren capacidades de discernimiento y negociación que va más allá de la
simple sumisión o resistencia.
En suma, la interrogación acerca de si debemos obedecer o resistir
conserva hoy la misma densidad problemática que tuvo desde la antigüedad; lejos
de agotarse, los debates filosóficos heredados ofrecen un marco interpretativo
bastante fértil para encarar los dilemas éticos y políticos del presente,
persiste como una constante de la experiencia humana, la tensión entre la
necesidad de sostener un orden común y la exigencia de oponerse a la injusticia
cuando esta se institucionaliza. En este horizonte, la parrhesía mantiene su
vigencia como práctica decisiva para dirigirse en escenarios marcados por la
incertidumbre y la conflictividad. No obstante, la decisión de obedecer o no,
no admite formulas universales, exige un juicio atento a la singularidad de las
circunstancias, a los principios en juego y a las consecuencias previsibles de
cada acción. De ahí que la reflexión crítica, el coraje moral y la disposición
a responder por los propios actos sigan siendo condiciones ineludibles para
habitar éticamente el presente. La auténtica sabiduría no se encuentra en la
sumisión irreflexiva ni en la insurrección precipitada, sino en la capacidad de
discernir con rigor cuando la obediencia contribuye a la justicia y cuando, por
el contrario, la desobediencia se impone como exigencia moral.
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Licenciado en: Geografía e Historia Universidad de
Antioquia. Magister en: Filosofía– Universidad Pontificia Bolivariana.
Doctorado en: Filosofía– Universidad Pontificia Bolivariana. Docente de aula
Institución Educativa Francisco Luis Hernández Betancur, Colombia-Medellín. Correo: rflorezl@yahoo.es