jueves, 23 de abril de 2026

ESCULTOR RODRIGO ARENAS BETANCOURT –VILLA NEY, SU VIUDA, SUS MUJERES, SUS CASAS, Y SU OBRA– Orlando Ramírez-Casas (Orcasas), entrevistador;

 


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ESCULTOR RODRIGO ARENAS BETANCOURT

–VILLA NEY, SU VIUDA, SUS MUJERES,

SUS CASAS, Y SU OBRA–

 

Orlando Ramírez-Casas (Orcasas),

entrevistador 


 

Agradecimiento

 

Agradezco al amigo Víctor Bustamante Cañas por aceptar la propuesta de unirnos en esta entrevista a María Elena Quintero viuda de Arenas Betancourt; y los dos agradecemos a ella por concedérnosla.

 

Precisión geográfica

 

Para iniciar, debemos tener presente que la zona donde nació el maestro Arenas se conoce en Fredonia como la “zona alta”, en el noreste del municipio, de la que hacen parte las veredas Travesías, El Plan, La Toscana, y El Uvital, con separaciones no siempre claras (como decir un camino carreteable o una cañada divisoria) y para reconocerlas hay que ser oriundo de allá o ser viejo habitante de la zona. Saber esto nos permite entender lo del nacimiento del escultor que pasaba de los brazos de su madre a los de su abuela por caminos interveredales, y viceversa.

 

Dice María Elena, su viuda, que:

 

“A la casa donde nació en El Uvital me llevó a vivir, y me consiguió un puesto de maestra de escuela rural para tenerme ocupada mientras él se dedicaba a sus muchas labores. Allá vivimos, pero no es la que muestran con algunas obras de él en un video que hicieron sobre ese municipio”.

 

En El Uvital vivió los primeros años de la niñez, y de allí son sus primeros recuerdos.

 

Cuando su viuda María Elena Quintero de Arenas Betancourt nació en el año de 1950, él era un hombre de 31 años que llevaba seis años viviendo en México.

 

La ciudadanía mexicana de Rodrigo Arenas

 

Gabriel García Márquez era reportero del periódico El Espectador, y no tenía reconocimiento mundial, cuando hizo un reportaje al escultor fredonita que estaba hospedado de paso en el Hotel San Francisco de Bogotá, reportaje publicado en febrero de 1955 y reproducido en el libro “Crónicas y reportajes”, que es una compilación de varios trabajos de Gabo para ese periódico en sus inicios reporteriles. Empieza la entrevista con la siguiente anécdota contada por Arenas Betancourt en la página 59 del citado libro de Gabo:

 

“En 1953 un grupo de artistas de México visitó en comisión al presidente Adolfo Ruiz Cortines, y uno de ellos vestía un polvoriento y gastado overol. Entre el grupo de pintores y escultores, el pequeño y sólido visitante del overol parecía el más mexicano de todos, un indio puro, con su cabello indómito y su indescifrable rostro de cobre. Sin embargo, ese era el único de los comisionados que no había nacido en México, sino en la fracción rural de El Uvital en el departamento colombiano de Antioquia. Muy pocos compatriotas suyos sabían entonces que se llamaba Rodrigo Arenas Betancourt, y acaso ninguno lo admiraba tanto como el presidente Ruiz Cortines que se había pasado una tarde completa contemplando el monumental “Prometeo” de siete metros de altura que el sencillo colombiano del overol había levantado frente a la Torre de las Ciencias Exactas, en Ciudad de México”.

 

De esa comisión hacían parte todos o casi todos los grandes muralistas mexicanos como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, la pintora Frida Kahlo, y otros; y ser invitado a unirse de último momento, sin dar tiempo de cambiar las ropas de trabajo, fue un honor debido a que el presidente Ruiz Cortines había preguntado por qué él no estaba allí. Tuvieron que suplir rápidamente ese reclamo y enviar a buscarlo.

 

Sorprendido el presidente Ruiz Cortines de que Arenas no fuera mexicano, tomó la decisión de concederle la ciudadanía de ese país, por considerar que bien la merecía.

 

Lo que Gabo no sabía en el momento de la entrevista, y para ese momento Arenas no podía revelar al periódico porque el proyecto era confidencial, el escultor había firmado apenas un par de semanas antes un contrato por $300.000 para elaborar la escultura del Bolívar Desnudo de Pereira, con el que la municipalidad pensaba celebrar en el mes de agosto de 1963 el centenario de su fundación. La escultura de bronce, de once toneladas de peso, fue fundida en México y transportada en barco desde el puerto de Acapulco hasta el de Buenaventura por el Océano Pacífico. En su momento fue un escándalo, porque a Bolívar el pueblo lo imaginaba vestido con botas y casaca militar de charreteras, ignorando que al transponer el Páramo de Pisba el Libertador andaba en cotizas y no tenía camisa de repuesto, por lo que debía poner a secar la que se quitaba en el día a día. Por cierto que Bolívar transpuso ese páramo a lomo de mula y no en el caballo Palomo. Para atravesar páramos, los caballos no tienen la resistencia de las mulas.

 

 

Arenas Betancourt, el escultor

 

Para ser sinceros, no es fácil hablar de un tema sobre el que se diría que ya se ha dicho todo, pero teníamos que abordar por algún lado la tarea.

 

Después de superar su humilde origen campesino del Uvital, y de haber pasado por varias escuelas de primaria, y hasta fugazmente por una beca en el Seminario de Misiones de Yarumal, de donde no tuvieron necesidad de echarlo porque él mismo lio bártulos y se escapó, lo que le valió una reprimenda de la madre y una azotaina del padre que ya se soñaban con un hijo cura, Arenas llegó para ir a estudiar bellas artes en Bogotá, de 1939 a 1941, donde casualmente conoció al escritor Jorge Zalamea Borda. Regresó a Medellín con habilidades escultóricas reconocidas por un pequeño pero importante puñado de amigos, que contaba con Belisario Betancur Cuartas, Otto Morales Benítez, Jaime Sanín Echeverri, Hernán Merino Puerta, y otros. Estos conformaron un grupo denominado PRAB (Pro o para Rodrigo Arenas Betancourt), seudónimo con el que publicaron artículos de prensa cuyos emolumentos constituyeron en un fondo para patrocinar y becar a este prometedor y desconocido escultor con un viaje a México para que estudiara Bellas Artes en ese país, al que viajó con un par de recomendaciones del ya para entonces exembajador de Colombia en México Jorge Zalamea Borda, que lo había sido por los años de 1941 y 1942. Arenas llegó a Ciudad de México en marzo de 1944, y ese país era su meca artística por encontrarse allí los grandes muralistas mencionados, que se convirtieron en amigos suyos; pero no fue fácil elevarse a su nivel porque, como dijo García Márquez, antes “tuvo que pasar por todo” lo habido y por haber, o como decimos por estos lados “comer de las verdes y de las maduras”.

 

Las casas de Arenas Betancourt

 

Hay que anotar que la casa donde nació, paupérrima y humildísima, no dejó en él ningún recuerdo; y muy humilde y pobre era también la de la abuela materna que vivía en la vecindad, ambas construcciones se ven muy deterioradas por el tiempo en un video del canal local Tele Fredonia.

 

Dice su viuda que:

 

“Vi ese video, pero la casa que muestran como museo no es la misma donde vivimos cuando mi hija Elena María estaba de brazos. Por cierto que la obras que muestran allí como regaladas por Margarita, su hermana menor, que en este momento está muy anciana y con la memoria perdida, fueron sacadas sin mi permiso de la casa de Belén Granada. Uno no puede regalar lo que no es de uno, y hay un litigio jurídico de restitución patrimonial al respecto. Creo que debido a ese litigio la pretendida casa museo de Fredonia ya está cerrada, hasta que el juzgado emita su fallo”.

 

Al regresar Arenas a Colombia, en la década de los años sesenta, compró una casa en la calle 29 con carrera 72 del barrio Belén Granada de Medellín, y se trajo de Fredonia a sus tres hermanas mujeres: Elvia, Mariela, y Margarita. Las dos primeras murieron, y queda Margarita de avanzada edad y con la memoria perdida. Ocasionalmente las visitaba su tía Rosa que a lo último estaba también de edad avanzada y viajaba en compañía de Oscar Ossa, el joven que la cuidaba. Los últimos dos meses, con su salud ya muy precaria, los pasó la tía allí, y allí murió. Ossa se quedó viviendo con la tía Margarita, y no se sabe cómo tramitaron con una abogada la venta de esa casa. Ese es otro elemento patrimonial que se encuentra en litigio, a la espera de que los jueces determinen la validez de la operación que concluyó en el traspaso de esa casa. Dos litigios hay pendientes por cuenta de Ossa y sus asociados.

 

Los otros hermanos de la familia paterna en Fredonia, varones, fueron Alfonso, José de Jesús, y Diego. Alfonso y José de Jesús, casados, vivían aparte. Diego venía ocasionalmente a Medellín, y se quedaba en casa de sus hermanas, pero regresaba a Fredonia en donde tenía sus actividades.

 

Al visitar el “Hoyo de Misiá Rafaela” en el sector de La Toma en el barrio Buenos Aires, donde al decir de García Márquez el escultor vivió por corto periodo en sus primeros tiempos de estudiante de Bellas Artes en Medellín, no se identifica cuál fue ese lugar de residencia.

 

Vivió lapsos en París, Grecia, Italia, en casas y hoteles que no quedaron marcados para su historia; y seguramente vivió también en varios sitios más.

 

No hubo una casa donde viviera con la escultora mexicana Celia Calderón de la Barca Olvera, su primera esposa, porque ella lo visitaba en el taller del convento de San Diego en la ciudad de México, y se casaron en notaría ad portas de ella viajar a Londres. David Alfaro Siqueiros fue el testigo o padrino de bodas. Ella fue la que propuso matrimonio, “para tener al menos un doliente en este país”.

 

Ángel Rodrigo Arenas Betancourt nació, según su decir, en la Vereda El Uvital de Fredonia, Antioquia, el 23 de octubre de 1919 (y no de 1921, como dicen algunos), y para saber la fecha exacta hay que tirar una moneda al aire porque nació con un pie en el jueves 23 y otro en el viernes 24, debido a que los trabajos de parto empezaron antes de la medianoche, y él nació al empezar la madrugada. El 23 quedó como fecha oficial de nacimiento.

 

Celia, nacida el 10 de febrero de 1921, era apenas un año largo menor que Arenas, nacido el 23 de octubre de 1919.

 

Para cuando ella regresó a México, era vox populi en los entornos de Arenas que para olvidar a su maestro el pintor Julio Castellanos ella había viajado en pos del amor de su vida, el escultor británico Henry Moore, pero él no la recibió porque estaba casado con la pintora ucraniana Irina Radetsky. Celia volvió de Londres, desdeñada y decepcionada, pero se encontró con que Arenas ya estaba viviendo con Lydia Rosas, la mexicana que convirtió en su segunda esposa.

 

Estando Arenas en Medellín el 9 de octubre de 1969, y teniendo con María Elena a su primera hija Elena María, recibió una llamada telefónica del fotógrafo Guillermo Angulo desde México con una contundente noticia que lo dejó anonadado:

 

     Celia se suicidó”.

 

Arenas y Celia no tuvieron hijos.

 

Cuando Celia volvió de Londres a México, Arenas estaba viviendo en Axotla con Lydia Rosas Rodríguez, su segunda esposa. Tuvieron tres hijos: José Patricio, Rita Virginia, y Margarita. Vivieron en esa que convirtió en casa taller, y hay allí muchos cuadros y dibujos, pero no hay esculturas de formato pequeño porque Arenas al pelearse con Lydia se trajo para Colombia las obras de volumen que tenía en el taller y, naturalmente, allá solo quedaron las obras monumentales instaladas en lugares públicos de ese país. Lydia Rosas falleció cinco años después de haber fallecido Rodrigo Arenas y, fallecida la madre, la casa de Axotla es conservada con sentido patrimonial por los hijos de la familia mexicana de Arenas.

 

Cuando contrajo su tercer matrimonio, en Medellín, con la poeta María Elena Quintero de Arenas Betancourt, adquirió la propiedad campestre de Villa Ney en la vereda El Cano, que queda a cincuenta metros de la carretera vieja a la entrada urbana del municipio, limitando con la vereda La Tablaza del municipio de La Estrella. A pesar de la cercanía con la cabecera municipal, el predio era y sigue siendo campestre, pero los alrededores se van poblando cada vez más de casas y edificios.

 

Los matrimonios de Arenas Betancourt

 

Estuvo casado con tres mujeres: la primera fue Celia Calderón de la Barca Olvera, que lo dejó viudo y sin hijos, a quien describe diciendo que era:

 

“Una mujer india, cruel, déspota, extraña, áspera, dura, inflexible, que no perdonaba ni transigía… y sólo algunas veces, muy pocas, tenía inflexiones de ternura”.

 

En el libro Crónicas piensa en ella y le hace el reclamo:

 

Desde aquella mañana en que te encerraste en tu nauseabundo salón de clases de pintura en la Academia de San Carlos, te pusiste la pistola en la sien, jalaste del gatillo, y te volaste los sesos…”.

 

¿Cuál pudo ser el encanto de esta mujer, para que Rodrigo Arenas se prendara incondicionalmente de ella? Él así lo describe en el libro Crónicas:

 

“Era bella, con esa cierta belleza ambigua de algunas indígenas mayas, y con un ligero dejo de masculinidad. Se le notaba ese acento masculino en su actitud desafiante ante la vida, y en esa cierta prevención a no dejarse dominar, y aún en la energía física que desplegaba por momentos. Ahora pienso que no era mujer para ser compañera, y menos para ser esposa. A pesar de todo, yo la amé como un loco furioso, como un enajenado… Puedo decir, aún a costa de que mancille su recuerdo, que era una mujer sensible a los juegos eróticos. Su piel sedosa y morena se estremecía al tacto. Besaba con una voracidad e intensidad que enajenaba…”.

 

No se diga más. De una mujer así es difícil escapar, y el corazón de Arenas no la pudo borrar.

 

La segunda, Lydia Rosas Rodríguez, que le dio los tres hijos mencionados y de la que se separó para viajar a Colombia cuando su relación se había deteriorado por causa de lo que llaman “incompatibilidad de caracteres”. Sobrevivió cinco años a la muerte del escultor.

 

Y, la tercera, fue María Elena Quintero de Arenas Betancourt, con la que tuvo los dos hijos ya mencionados, y a la que él dejó viuda por dejarse arrastrar por los brazos de la muerte.

 

Otras mujeres en la vida de Arenas Betancourt

 

Las mujeres que pasaron por su vida fueron muchas y de todos los pelambres. Mujeres no le faltaron, pero él empezó su vida amorosa con el pie izquierdo sufriendo los horrores de una decepción sentimental. Cuenta él a la Dra. María Cristina Laverde en la página 59 del libro “Rodrigo Arenas Betancourt, el sueño de la libertad, pasos de una vida en la muerte” que:

 

“Analizar el amor es cruel… absolutamente irracional, fatalidad e irremediabilidad que no acepta raciocinio… Es como un toro que se suelta a chocarse contra todo… El amor se consustancia con mi existir. Desde los primeros recuerdos, siempre he sido tímido. Con frecuencia el amor platónico me ronda. A los catorce años me enamoré frenéticamente de la hija del juez en Fredonia. Jamás le dije una palabra porque le tenía un miedo de horror. En el amor he sido imbécil e irracional, y así moriré”.

 

El juez pertenece a la élite aristocrática de un municipio, y una hija suya no se conforma con alguien que sea menos que hijo del boticario. Un campesino venido a la cabecera desde una remota vereda, con el capote pegado a los talones, no califica para pretendiente suyo. El campesino que fue rechazado sin haber abierto la boca se refugió en brazos de una jericoana non sancta, según cuenta él en el libro de la Dra. Laverde.

 

Arenas menciona en la página 213 del libro “Los pasos del condenado”, de su autoría, a la mexicana Mariana Yampolsky, “Que fue un amor blanco de juventud”, y eso tal vez signifique que fue solamente un amor platónico. Menciona en la página 217 del mismo libro:

 

A Esperanza, que iba de pueblo en pueblo vendiendo suspiros de azúcar para traer al condenado con su oscura carga de afecto”.

 

El condenado es el seudónimo con el que él se autonombra. Luego menciona a Ofelia, y a Lucía, y a Germana… En la página 151 menciona que el “Prometeo” en México lo hizo amparado bajo el arrullo de Constanza Herrera, la andrógina chica que también menciona en la página 11 de su libro “Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte”; y en la página 151 de “Los pasos del condenado” habla de que el “Monumento a los Lanceros” del Pantano de Vargas en Paipa, Boyacá, lo hizo a martillazos endulzados por las caricias de Margarita… la Margarita que reafirma en la página 160 de ese libro diciendo que fue:

 

“…Fue un amor casto y era una mujer hermosa, de extracción campesina, que se desenvolvía con una cierta rigidez en el contexto social, lo que le daba una especial personalidad, un aire hermoso que atraía”.

 

Dice ese libro que Arenas:

 

“La encontró trabajando en Coltejer, cuando fundía en bronce en los talleres de Furesa el Córdova de Rionegro, y después el de los Lanceros que se fundió en Medellín y fue trasladado a Boyacá”.

 

Dice él en las páginas 165 y 166 de “Los pasos del condenado” que:

 

“Una mañana brumosa partió… hubiera querido ir al aeropuerto y detenerla… en la distancia sonó el avión y él estaba petrificado… en él iba Margarita… a ella le dolía el corazón y quería morirse”.

 

En entrevista al periódico El Tiempo puso la pieza que faltaba en el rompecabezas: Su nombre era Margarita Muriel. Algo se rompió entre ellos en el momento en que por alguna razón ella no pudo darle el hijo que él quería, pero fueron cosas del destino que en la vida del maestro se apareciera María Elena Quintero, a quien vinimos a entrevistar en la casa taller de Villa Ney donde él vivió sus últimos días “porque aquí vivíamos. Él iba a Fredonia a pagar trabajadores, y teníamos lo de Fredonia como casa campestre, de recreo”.

 

En su libro “Pasos del condenado”, Arenas recuerda a Eunice, una mujer bella que conoció en algún burdel de Medellín y que, disgustada, se fue a vivir a Tailandia a ganarse la vida con el sudor de sus sudores. Un día metió ella sus ahorros entre el corpiño y vino a buscarlo para proponerle matrimonio. Lo encontró en la vereda El Uvital de Fredonia, casado con María Elena que ya tenía a su hija Elena María de brazos y, frustrada y decepcionada, Eunice volvió al Asia o “a algún lugar del mundo” para seguir haciendo lo que mejor sabía hacer, o tal vez lo único.

 

En el artículo “Rodrigo Arenas Betancourt, ave fénix que resurgió de su secuestro”, publicado en el blog Postigo de Orcasas, hago el siguiente recuento sobre otras mujeres que pasaron por la vida del escultor:

 

Como el hombre no vive solo por amor al arte, ni vive solo del arte, ni vive solo del amor; en sus viajes por el mundo Arenas no solo se dedicó a visitar museos y lugares históricos, en aquellos días en que no había asentado cabeza, sino aquellos lugares del sexo que no es amor sino sólo amor al sexo. Así lo dice en la página 59 de “Pasos del condenado”:

 

“Sólo he podido escanciar la vida en los inciertos rostros y cuerpos de las muchachas que, como sombras, esperan a los fantasmas bajo los dinteles destartalados de México, Washington, París, Roma, Atenas, Sevilla, El Cairo, Barcelona, Mérida, Manzanillo, Fredonia, Cochabamba, El Pireo (¡Ah, El Pireo!)…”.

 

Cuando se trata de recorrer el mundo, hay que conocer el mundo para volverse un hombre de mundo. De sus recorridos recuerda en la página 81 de “Pasos del condenado” que:

 

“Fui feliz persiguiendo a una negra maorí desnuda por las calles de Saint Denis de París, mientras las gentes gritaban divertidas la negrés, la negrés, la negrés…”.

 

La maorí de brillante piel de ébano, a la que sorprendió esculcándole los bolsillos y rapándole la billetera con sus únicos haberes, fue una experiencia como para que se hiciera con ella una película.

 

También recuerda en la página 85 del mismo libro otros escarceos…

 

“…Con María Eunice Agudelo Puerta, que estará en alguna parte del mundo exhalando su lácteo aroma y por ese camino, por las anfructuosidades deliciosas de su cuerpo, el condenado se va hasta su amarga-hermosa-ardorosa-emputecida-juvenhombretud”, pensando que “Antes de que me maten, sueño con el coñito de María Eunice, sueño con la juventud, mi juventud maldita, y también en Fredonia, entre malparidos… el tormento de recordar aquellos días floridos y sombríos, asumidos en el pueblo, que estaban cargados de esperanzas, remordimientos y frustraciones”.

 

Con María Eunice Agudelo Puerta da inicio en la página 9 de su libro “Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte”, citándola como una “mujer mancillada y luminosa, que encontré sollozando en una casa pública y nocturna…”. El secreto de María Eunice era, según cuenta en la página 51:

 

“…La tierra, la montaña abierta, las manos que imploran en la noche, los ojos que son como mares de lágrimas… y un sexo insaciable e hirsuto”.

 

Ahí está el secreto de Eunice.

 

Y en la página 116 de “Pasos del condenado” recordó a Ofelia, cuyo nombre se hizo tatuar en la tetilla izquierda, el frustrado amor que le hizo un nudo de lágrimas en la garganta con sus desdenes. Y recuerda en la página 90 de ese libro a “La Gitana” de sus días de putañero cuando era un montañero que buscaba la zona de la putería, junto con “La Jericoana” a la que fue empujado por el zapatero que le dijo, según dice en la página 118 de “Pasos del condenado”, que “Tú le gustas a la jericoana”.

 

Esa frase tiene más magia que cualquier afrodisiaco.

 

En la página 12 de “Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte” menciona a Ana Magdalena Armel de Carvalho, y se reconoce como:

 

“El desdichado peregrino que sembró en tu alma, en tus pechos, en tu sexo, el signo del amor; y así me lo dijiste una noche cargada de blasfemias. Intento escribirte para recordarte y para amarte, mujer de Sopetrán, mujer estéril, amarga, agridulce, mía y ajena, casta y puta, de amor rencoroso, abierta como una herida y sellada como un misterio…”.

 

De Esperanza Olivares Santana, india de Zacoaltipán, dice en la página 13 de esas crónicas que:

 

“Su figura escuálida se me viene a la memoria con los bancos de la escuela, el patio de recreo, la estampa rechoncha del maestro…”.

 

De ella vuelve a decir en la página 28 del mismo libro que:

 

“…Era una criada del vecindario que me cayó con necesidad de marido y nos liamos luego, luego; y al fin, como yo no tenía nada que ganar, pero tampoco que perder, me fui a vivir con ella a las calles de El Nogal, cerca de San Cosme… Era una vieja puta, inocente, enamorada, y cachonda, que venía de Zacoaltipan en el estado de Hidalgo. India de a tiro, con su personalidad madura y agradable, vivía en aquella vecindad con el hermano y sus cuñados, y tenía un muchacho de algunos años que de ninguna manera impedía nuestros desfogues. Era una mujer valiente que había salido de su tierra con dificultades, acosada por el hambre y por los pretendientes. Hacía bien de comer, y yo me divertía consumiendo el pescado frito con fríjoles y el plátano maduro cocido que hacía. Dentro de aquella miseria de espanto pasé unos días felices y tranquilos porque todo me daba igual y todo estaba todavía por delante. Es muy claro y confuso a la vez el cómo perdí a Esperanza Olivares. Muy claro, porque sabía de sus infamias y fui testigo de sus infidelidades y de sus desmanes de prostituta; y muy confuso porque a su lado fui feliz. En los peores momentos de mi destierro, ella me enseñó los misterios de la vida, los mimos, las súplicas, las caricias, los celos, y el lecho tibio. A su lado sufrí mucho, y fui infinitamente feliz”.

 

Y en la página 13 de Crónicas recuerda a una mujer que:

 

“Ni siquiera he conocido tu nombre, pero ceñí a tu vida mi ansiedad de bestia alucinada; y, de rodillas, besé tu sexo, oscuro paraíso, bosque encantado, origen de mi cosmogonía; mujer de ojos garzos sobre la piel morena: Amo en ti a la tierra profanada…”.

 

Muchas otras menciona en las páginas de sus libros, con sus nombres, con sus iniciales, con simples referencias de su paso fugaz pero imborrable, y juntas todas se convierten en los fantasmas que lo atosigaron en los días del secuestro que sufrió cuando ya había doblado muchas páginas en su vida y para contarlas, para escribirlas, para publicarlas, pidió a su amigo Dr. Otto Morales Benítez que, según dice en la página 24 de Crónicas que:

 

“No sé si puedas encontrar editor y tampoco sé si estos apuntes lleguen a mortificar oídos inocentes, pero te ruego que te defiendas con ellos así como están, sin hacerles recortes o mutaciones mojigatas”.

 

El borrador que envió a su amigo Morales Benítez tal vez no pasó el escrutinio de la censura editorial porque no llegó a ser publicado.

 

Casa taller campestre de Villa Ney en Caldas-La Estrella

 

Esta casa la compró en la vereda El Cano, sobre la antigua vía que conduce de Medellín al municipio de Caldas, y en las goteras de la zona urbana de este municipio. Allí llevó a vivir a su tercera esposa, María Elena Quintero, y a sus dos hijos Rodrigo José y Elena María. Allí vive su viuda, convertida en guardiana del patrimonio artístico y cultural, legado por el artista, lo que le supone ingentes gastos de sostenimiento que incluyen mayordomo permanente encargado de oficios varios y armado con escopeta, y varios perros guardianes. “No puedo prescindir de ellos”, nos dice María Elena, “porque al menor descuido en el día o en la noche se entran los ladrones y desmantelan lo que quedó”. Ya ha sido víctima de robos y sustracciones, y en su caso habla la voz de la experiencia.

 

Esta casa campestre, llamada Villa Ney en recuerdo del Mariscal Michel Ney, del ejército de Napoleón Bonaparte, cuya entrada se aparta menos de un centenar de metros de la vía de llegada a Caldas, está resguardada del exterior por un amplio portón con la jaula de los perros en primer lugar a mano derecha, y el alojamiento de Edison, el mayordomo, a continuación que “entré a trabajar con el maestro y con doña María Elena desde que era casi un niño”.

 

Al centro está la casa antigua de corredores que alberga a los ocupantes con sus estancias de habitaciones, sala, comedor, cuartos de baño, y demás recintos necesarios para la comodidad de los ocupantes; y con el taller artístico en que trabajaba el maestro en la parte de atrás. Rodeando la casa, en los alrededores, hay dispuestas esculturas de distintos tamaños y de las distintas temáticas trabajadas por él, amén de maquetas, proyectos, esculturas pequeñas, dibujos, bocetos, cuadros. Hay una pequeña biblioteca, y hay también fotografías. Al fondo se ve un hangar y María Elena aclara que “ese es el automóvil de mi hija que está al lado de las habitaciones ocupadas por ella y por mi nieto Miguel Ángel”. El joven, que ya pasó los años de la adolescencia, se acercó a darnos la bienvenida y ofrecernos alguna atención. Está acostumbrado a que su abuela reciba visitantes.

 

     ¿Conociste a tu abuelo Rodrigo?, le preguntamos.

 

     Nací cuando él tenía diez años de muerto, pero habiéndome criado en esta casa donde su presencia se siente en todas partes, en las paredes, en el jardín, en las pinturas y esculturas, y oyendo permanentemente hablar de él, es como si me hubiera cargado en los brazos. Yo he vivido, y vivo, con él.

 

María Elena, la abuela, afirma:

 

     Aunque mi hijo y su familia también pasan a saludarnos, mi hija y mi nieto son mi apoyo y compañía, porque de lo contrario entre estas paredes se sentiría una soledad abrumadora; pero lo que dice mi nieto es cierto. La presencia de Arenas se siente aquí por todos lados, y nosotros vivimos con la misión de preservar su legado y su memoria.

 

     Y, ¿No estás ya cansada, María Elena, de entrevistas para hablar sobre el maestro?

 

     ¿Sabes que no, querido? Estas entrevistas no cansan porque contribuyen a mantener viva la memoria de un artista inmenso que me dio el orgullo de compartir nuestra vida y procrear a nuestros dos hijos.

 

     Sobre sus matrimonios y sus mujeres él habla en los libros y, al parecer, no deja nada en el aire. Todo está dicho. Pero no sé si alguna vez haya hablado contigo sobre esos asuntos.

 

     Muy poco, por no decir casi nada. Esos temas no son cómodos de tratar en una pareja. Yo no desconocía sus escarceos, pero prefería mantener una distancia, por dignidad que él también respetaba. El mundo era el mundo, y el hogar era el hogar.

 

     Las parejas matrimoniales se tienen apodos de trato en la intimidad. En el caso de ustedes, ¿Cómo se trataban?

 

     Él me decía “Gorda”, y yo a él le decía simplemente Arenas, por lo general, o también le decía “Maestranza”, reconociéndole su calidad de maestro.

 

     ¿Maestranza? Tal vez te sentías intimidada por el maestro.

 

     Con los años de larga convivencia e intimidad las distancias tal vez no se borren del todo, pero las personas se acercan. Sin embargo, un aspecto de él para resaltar es que en nuestras conversaciones salía a relucir el maestro y siempre estaba explicándome alguna cosa de la mitología griega, o de la romana, o de la historia universal. Mi vida con él fue un continuo aprendizaje.

 

     Las obras monumentales del maestro son suficientemente conocidas, como el Prometeo de la Universidad UNAM de México; el de la Universidad de Antioquia; el Monumento a la vida en Suramericana de Seguros de Medellín; el Monumento a la raza en La Alpujarra de Medellín; La Gaitana en Neiva; Los Lanceros en Boyacá; Bolívar Desnudo en Pereira; el Córdova de Rionegro; el Cristo de la Catedral de Barranquilla; La revolución en marcha de Valledupar; y tantas obras de gran tamaño regadas por la geografía nacional. Están las obras privadas, y las de pequeño formato. Están las pinturas. Está la temática indígena mexicana. Están los estudios sobre Bolívar. están los Cristos. Un amplio inventario es el que trae el libro de la Dra. María Cristina Laverde en sus últimas páginas. ¿Cuáles son tus preferidas?

 

     Su obra es un todo, y es monumental; pero, en lo personal, me siento atraída por las esculturas de la serie Los Amantes, y por la serie de Los Flautistas. En las primeras, el amor está apenas insinuado, y en las segundas la flauta física no aparece sino que está también insinuada por la posición de las manos, de la boca, y de los dedos que parecen estar tocando unas teclas. Pero hay otra faceta de la producción de Arenas que no es tan conocida, y es su faceta de escritor. Él fue un gran escritor, y yo soy admiradora de sus libros y de sus escritos.

 

     Hay unas que yo llamo “las esculturas misteriosas” de Rodrigo Arenas. Se sabe que son de él, pero no han corrido con la mejor de las suertes. Una es, por ejemplo, la que no sé si es del grupo denominado “Los amantes”, que vi en un quiosco frente al atrio de la iglesia catedral del municipio de Caldas. Me dicen que alguna vez tuvo placa identificándola e identificando el nombre del escultor, pero esa placa desapareció y hasta el momento ninguna otra placa ha venido a reemplazarla. Los que pasan por su lado la ven sin saber de qué se trata.

 

     Estuve hablando con los funcionarios de la Casa de la Cultura, y me dijeron que la están buscando en las bodegas para regresarla a su lugar.

 

     Hay otra titulada “La familia”, que consiste en un hombre desnudo que sostiene a una mujer desnuda que sostiene a un niño desnudo. Iba a ser instalada en el municipio de Fredonia, pero por razones que ignoro no se pudo. Fue adquirida por Pablo Escobar Gaviria para el frontis del edificio Mónaco, pero el edificio fue impactado por una bomba y luego fue demolido. Para saber el paradero de la estatua hay que preguntar al Mono de la Pila o enviar para que “Lo averigüe Vargas”, en Bogotá. La última vez la vieron en los sótanos del Museo de Antioquia en calidad de préstamo o custodia por parte de la Policía, pero esta institución la retiró de allí y no se sabe adónde fue a parar.

 

     De esa no sé. Espero que la encuentren y le den un tratamiento por su valor artístico y no por los antecedentes de su propietario.

 

     Hay un desnudo de John Lennon, que fue adquirido por Carlos Lehder Rivas para su hotel La Posada Alemana en el Eje Cafetero, pero tras la deportación de Lehder a Estados Unidos, y la venida a menos de sus propiedades en los departamentos del Viejo Caldas, la escultura desapareció y fue a dar al paraíso de las cosas perdidas. ¿Has vuelto a saber sobre ellas?

 

     Sí. La familia de Lehder se enteró de que pensaban convertir la escultura en chatarra, y la escondió para preservarla. Ahora, que Lehder ha regresado, entiendo que la han devuelto a la entrada de ese establecimiento en la ciudad de Armenia.

 

     ¿Por qué Arenas resolvió volver a Colombia y radicarse acá, si en México tenía una carrera apreciada, una nacionalidad, un hogar con hijos?

 

     Había tenido un disgusto fuerte con su mujer de allá, y las relaciones entre ellos andaban muy mal, mientras que en Colombia las perspectivas de trabajo se habían ampliado con lo del Bolívar Desnudo de Pereira, seguido por el Córdova de Rionegro y Los Lanceros de Boyacá. Colombia se volvió un lugar de muchos contratos y eso ameritó que se instalara de nuevo por estos lados.

 

     Naturalmente. Eso es entendible para la década de los sesenta. Luego llegaron los años setenta y apareciste tú. Eso tuvo que cambiar totalmente el proyecto de vida del maestro.

 

     Sí, lo cambió. Enamorarnos y tener una vida juntos marcó unas nuevas prioridades para él.

 

     Él no trabajó como asalariado, y por lo tanto no cotizó para pensión de vejez. ¿Cómo llevas tu vida en ese sentido?

 

     En lo económico lo que nos descompensó fue el secuestro por parte de las Farc. Ellos pensaban que él tenía guardados debajo del colchón los dineros recibidos por las obras instaladas en los distintos lugares, pero la realidad es que a medida que se iban recibiendo los anticipos se iban gastando. Una obra de esas demanda muchos gastos desde la preparación hasta la entrega. Dinero no había, y hubo que hacer maromas para recabar lo que a ellos se les entregó para que lo devolvieran vivo. Lo devolvieron, pero él no volvió a ser el mismo. Yo dependo de las obras patrimoniales que dejó, y ocasionalmente logra venderse alguna copia de formato pequeño para colecciones particulares. No es mucho, pero unido al trabajo de mis hijos hemos podido sobrellevarla hasta el momento.

 

     ¿Por qué dices que él no volvió a ser el mismo?

 

     Porque emocionalmente ese secuestro lo derrumbó. Hasta ese día él era simpatizante de izquierda, y recibir el ataque de parte de ellos removió sus cimientos políticos. Porque sentirse atado, literalmente, de brazos y piernas, con los ojos vendados, maltratado sicológicamente, lo hizo sentir impotente, y saber lo que le estaban haciendo a su familia, a nosotros, lo hizo sentir ira. Llegó deprimido, y no se recuperó de la depresión. Se refugió en el licor, y el licor le alteró el genio. La convivencia con él se volvió difícil, y la armonía de pareja se vino al piso. Las cosas para mí tampoco eran fáciles, y para mí la vida tampoco volvió a ser lo mismo. Luego descubrieron lo de su cáncer, y el declive se aceleró. Es posible que el cáncer se hubiera despertado, o por lo menos se hubiera agravado, como consecuencia de ese secuestro. El libro “Los pasos del condenado” es una bitácora de lo que sufrió.

 

     Hace mucho tuviste la idea de conformar en Villa Ney o en otra ciudad una casa museo para preservar el legado artístico del maestro, y estableciste una fundación con ese propósito, ¿Qué ha pasado para que tal cosa no haya ocurrido hasta el momento? ¿Hay posibilidad de concretar ese sueño que ha pasado a ser tu proyecto de vida?

 

     Un proyecto de esos es de mucha envergadura que demanda ingentes cantidades de dinero no solo para montarlo sino para sostenerlo. Bien dices que una cosa así se convierte en un proyecto de vida. Hemos tenido algunos contactos con alcaldes y gobernadores de Antioquia y Risaralda, pero hasta el momento no han prosperado. Se requiere de presupuesto, y se requiere de voluntad política. Cada cuatro años cambian las personas que están al frente y eso significa que hay que empezar de nuevo con las gestiones. Además está de por medio lo de los litigios jurídicos que requieren una solución que no depende de nosotros sino de la Justicia. Reunir el patrimonio artístico del maestro es un rompecabezas de innumerables piezas. Todavía no parece haber lo que llaman “la luz al final del túnel”.

 

     Bueno, y está también lo que hay en México y lo de la familia mexicana. Eso también cuenta.

 

     Aunque lo que hay allá es más que todo pinturas, sí hay que tener en cuenta los derechos de los tres hijos mexicanos que también son herederos. Una vez solucionado lo de los litigios jurídicos, hay que entrar a levantar una sucesión en la que la Justicia determine qué corresponde a cada quién, y los herederos nos pongamos de acuerdo en lo de la preservación del legado artístico. En esto tenemos que acordar, porque de lo contrario el juez daría a unos unas cosas y a otros otras, vendría lo de la valoración, y vendría lo de tener que rematar cosas para repartir dineros. Son varias etapas, y falta un trecho por recorrer en ese sentido.

 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

Abril 15 de 2026

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Bibliografía

 

1 “Arenas Betancourt, un realista más allá del tiempo” (MAT), Benjamín Villegas Editores, 1986. Cuatro textos de Rodrigo Arenas Betancourt con fotografías de sus obras y prólogo del Dr. Otto Morales Benítez.

 

https://villegaseditores.com/arenas-betancourt-cronologia-del-artista-y-su-obra

 

2 “Los pasos del Condenado” (PDC), Rodrigo Arenas Betancourt, Arango Editores, 1988.

 

3 “Crónicas de la errancia, del amor, y de la muerte” (CEAM), Rodrigo Arenas Betancourt, OP Gráficas Ltda., 1990, con prólogo de Harold Alvarado Tenorio.

 

4 “Rodrigo Arenas Betancourt, el sueño de la libertad, pasos de una vida en la muerte” (PVM), María Cristina Laverde Toscano, Fundación Universidad Central de Bogotá, 2ª edición 1989, prólogo del Dr. Jorge Enrique Molina Mariño.