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| Fredy Fernández Márquez |
SÍSIFO Y NARCISO COMO METÁFORA DEL
SUJETO CONTEMPORÁNEO
Fredy
Fernández Márquez[1].
El ser humano contemporáneo se despierta cada día
para reincidir en su propio crepúsculo. Allí se enfrenta consigo mismo y vuelve
a emprender la interminable tarea de construir una lógica capaz de sostener la
fragilidad de su existencia. Como un Sísifo contemporáneo, asciende con
las piedras que pesan sobre sus manos para caer, una vez más, en el tártaro, en
la insondable profundidad del báratro que él mismo ha cavado. La salvación le
permanece ajena, no porque le haya sido negada, sino porque desprecia las
preterías de la otredad. Al clausurar el acceso al otro, queda encerrado en el
círculo de su propia insuficiencia, condenado a repetir el ascenso y la caída
de una existencia que confunde la persistencia con el sentido. Mientras Sísifo
asciende la pendiente con todas sus fuerzas, su cuerpo, cubierto de sudor y con
el olor a petricor impregnado en la piel, se aproxima a la cima donde la roca
debería encontrar reposo. Sus manos tiemblan por el agotamiento cuando el
viento de la cumbre roza su rostro; sin embargo, en el instante decisivo, el
pedrusco vuelve a precipitarse hacia el valle. Ese esfuerzo incesante, que
aparenta conducir a una superación permanente, termina por convertirse en una
ilusión de triunfo. Es precisamente allí donde Sísifo deja de ser únicamente el
héroe del absurdo para transformarse en Narciso: «el esfuerzo mismo
para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que
imaginarse a Sísifo dichoso» (1994. p. 162).
Se niega
a escucharse y a escuchar; por ello, tampoco consigue liberarse de sí mismo. Se
condena a repetir el círculo de su propia insuficiencia y contempla en los
demás no a un interlocutor, sino a un potencial opresor que amenaza con limitar
su existencia. Incapaz de reconocer en la alteridad una posibilidad de
realización, convierte al otro en la medida de sus temores y frustraciones. Como
el prisionero de la caverna platónica que permanece cautivo de las sombras, se
repliega sobre sí mismo hasta contemplar únicamente su propia imagen. Incapaz
de abrirse a la alteridad, convierte el yo en el único horizonte posible de
existencia. En esa clausura interior nace el Sísifo-Narciso: una figura
que reúne la obstinación del primero y la fascinación egocéntrica del segundo.
Cree que todo puede alcanzarlo mediante la fuerza de su voluntad y el culto a
su propia imagen; sin embargo, cada jornada reproduce el mismo itinerario:
ascender para volver a caer, esforzarse para regresar al punto de partida y
descubrir que la aparente plenitud no es más que el reflejo de una existencia
vaciada de sentido.
Sin
advertirlo, ignora que la contemporaneidad no constituye un simple momento
cronológico, sino un acontecimiento histórico, sociocultural y político
atravesado por profundas transformaciones. En ella convergen procesos y
tensiones que han erosionado la aparente solidez de los paradigmas sobre los
cuales se edificaron la cultura de la sociedad moderna. Como consecuencia, no
solo se han fragilizado las relaciones del ser humano consigo mismo y con los
otros, sino también las formas tradicionales de autoridad, legitimidad y poder.
Es precisamente esta condición de inestabilidad la que exige ser pensada para
comprender las dinámicas culturales del Sísifo contemporáneo: un sujeto
que, mientras insiste en ascender con el peso de su propia piedra, desconoce
que la verdadera condena no reside en el esfuerzo, sino en la incapacidad de
transformar ese esfuerzo en una experiencia de reconocimiento, libertad y
apertura hacia la alteridad.
Cada
amanecer repiquetea con fuerza el reloj para recordar que, una vez más, habrá
que regresar a la repetición cotidiana del quehacer: asumir el absurdo de la
existencia. Ese pedrusco incómodo, pesado e imaginario termina convirtiéndose
en una realidad ineludible, hasta hacer sentir que el esfuerzo diario carece de
sentido. Sin embargo, cada despertar constituye un desafío que no se elude; se
vive en medio de la incertidumbre, donde la única certeza es la persistencia
del camino. No hay retorno posible ni resignación definitiva frente a la roca
de Sísifo. Ascender para descender, y volver a ascender una y otra vez:
en ese incesante movimiento se consume la vida, pero también se revela la
obstinación del ser humano por continuar, aun cuando el horizonte parezca desprovisto
de toda promesa. ¿Por qué se lucha entonces, si la vida es una carga pletórica
de dudas?
La
comunidad nace y se sostiene en la palabra compartida. Es un círculo que, para
unos, permanece abierto al encuentro, mientras que, para otros, se cierra bajo
el peso del individualismo. En ella, el diálogo y la escucha constituyen
expresiones esenciales del respeto por la palabra, permiten confrontar ideas,
fundamentar conceptos y defender, con argumentos, los paradigmas que orientan
el pensamiento. Escuchar no significa únicamente oír; implica reconocer la
legitimidad del otro como interlocutor y concederle un lugar desde el cual su
voz pueda ser comprendida e interpretada.
Esta
disposición parece haberse extraviado en el Sísifo-Narciso contemporáneo.
Su atención ha sido progresivamente absorbida por la mediación permanente de
los dispositivos tecnológicos —teléfonos inteligentes, relojes inteligentes,
auriculares y múltiples pantallas— que, lejos de ser simples herramientas,
terminan ocupando el espacio destinado al encuentro humano. La interlocución se
debilita, la conversación cede ante la inmediatez de las notificaciones y el
silencio reflexivo es sustituido por el incesante flujo de información. En ese
escenario, el sujeto comienza a distanciarse de los otros y, paradójicamente,
también de sí mismo. La escucha se desvanece, la presencia pierde densidad y la
realidad queda eclipsada por representaciones fragmentarias e instantáneas.
Incapaz de escucharse a sí mismo, difícilmente podrá escuchar a los demás. Así,
la existencia se empobrece en medio de una conectividad que multiplica los
contactos, pero reduce la posibilidad del auténtico encuentro. Los Sísifos
actuales, no están condenados a las tecnologías en sí mismas, sino que se
absorbe por ella y abandona la posibilidad de escuchar y de dialogar, dejando
de lado en pleno abandono el cuidado de sí para con los otros.
Este individuo ha conquistado
las grandes distancias mediante los avances de la alta tecnología y los dispositivos
que habitan su intimidad cotidiana. Paradójicamente, mientras el mundo parece
comprimirse y los lugares más remotos se vuelven próximos, el otro permanece
cada vez más distante. La capacidad de prestar oídos se desvanece, porque se ha
perdido el interés por acoger la palabra ajena. En la lógica del sujeto
contemporáneo, escuchar deja de ser un acto de reconocimiento para convertirse
en una interrupción de su propio monólogo. Por ello:
En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A
cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos
al oyente porque, aparte de él, apenas quedara nadie más que nos escuche (2022.
P. 109).
Desde hace mucho tiempo existen profesiones cuya
vocación fundamental consiste en escuchar a quienes necesitan ser escuchados;
entre ellas se encuentran la psicología, la filosofía, la terapia, la teología
y otras disciplinas dedicadas al cuidado y la comprensión de la existencia
humana. Sin embargo, la disposición para escuchar parece extinguirse
progresivamente. Se trata de una sordera deliberada que ensancha la distancia
entre los seres humanos y favorece el desconocimiento del otro como
interlocutor legítimo.
Quienes
eligen hacerse los sordos suelen hallarse resguardados por el ego, expresión
del resurgimiento de un narcisismo hedonista que caracteriza amplios sectores
de la contemporaneidad. En este escenario, la atención se desplaza hacia lo
banal, lo insustancial, lo trivial y lo efímero; la exaltación de la individualidad
termina por imponerse sobre el reconocimiento del otro, mientras la frivolidad,
el culto a la apariencia y la satisfacción inmediata ocupan el lugar que antes
correspondía al diálogo, la escucha y el encuentro humano.
El
discurso sordo se despliega sobre una superficie donde la reflexión acerca de
las conductas y los comportamientos humanos ha perdido profundidad. En ese
escenario se configura una distorsión de la realidad que el propio sujeto
termina por asumir como verdadera, mientras el ego se expande hasta convertirse
en el criterio desde el cual interpreta el mundo. De este modo, el individuo
habita una ficción de verdad en la que el narcisismo opera como una forma de
agnosia liminar: una incapacidad para reconocer al otro y para reconocer(se)
más allá de los límites impuestos por la propia autocomplacencia.
Esta
transformación no solo altera la comprensión del ser, sino que también erosiona
los fundamentos éticos heredados de la modernidad. El deber deja de constituir
un horizonte moral compartido y cede su lugar a la primacía del deseo, del
rendimiento y de la satisfacción inmediata. Surge así un sujeto con nuevas
formas de habitar el mundo, de relacionarse, de sentir, de interpretar la
realidad y de construir su identidad. La metamorfosis de la individuación, el
progresivo debilitamiento del humanismo y el ocaso del deber configuran una
subjetividad cuya mayor carencia no es la ausencia de información, sino la
pérdida de la capacidad de escuchar. Precisamente por ello, resulta
imprescindible una nueva comprensión filosófica de la escucha, entendida no
solo como una facultad comunicativa, sino como una condición ética y ontológica
para el reconocimiento del otro y para la reconstrucción del vínculo humano en
la contemporaneidad.
A quien
se escucha se le recibe con hospitalidad. La escucha constituye un
acontecimiento de acogida desde la alteridad, reconoce al otro en su
singularidad y le permite ser aquello que es: un ser en sí mismo, libre de
etiquetas, prejuicios o clasificaciones que limiten su existencia. Escuchar
implica, por tanto, dar la bienvenida al otro sin levantar fronteras ni
establecer distancias que obstaculicen el encuentro.
La
alteridad exige una disposición auténtica hacia quien toma la palabra. Supone
interesarse por su experiencia, comprender el sentido de su intervención y
reconocer la legitimidad de su voz. En este sentido, la escucha trasciende el
ámbito de la comunicación para convertirse en una acción ética y axiológica que
hace posible la confianza, fortalece el vínculo interpersonal y propicia un
diálogo genuino. Quien se siente escuchado encuentra un espacio de serenidad
desde el cual puede expresar sus ideas, emociones y convicciones con libertad y
determinación.
A medida
que la conversación avanza, el simple acto de escuchar despliega una profunda
potencia humanizadora: «El oyente es una caja de resonancia en la que el
otro se libera hablando. Así, escuchar puede tener efectos salutíferos» (Han).
La escucha no solo acoge la palabra del otro, sino que también la dignifica, la
hace fecunda y contribuye a restaurar una dimensión esencial de la existencia
humana: la posibilidad de reconocerse y ser reconocido a través del diálogo. Su
finalidad es la audición generosa, hospitalaria, no es la atención de la
escucha metódica, ordenada, razonada, no es enterarse, por el contrario, es la
escucha acogedora. En términos kantianos: ‘un fin en sí mismo’ quien
se expresa desde sus propias palabras, posee una valoración inherente,
connatural y categórica. Por elemental que sea, no se debe recurrir a
utilizarlo como medio o instrumentalización para lograr alcanzar un interés
particular. La utilidad del otro no es aceptable a través del diálogo: «el
oyente hospitalario se vacía haciéndose una caja de resonancia para el otro que
lo redime devolviéndolo a él mismo. La escucha puede bastarse a sí misma para
sanar» (2022. P. 111). Departir es una práctica milenaria que restablece
el alma.
Para que
exista una conversación auténtica, es necesario reconocer en el otro a un ser
íntegro, digno de consideración ética y de respeto por su palabra. En términos
foucaultianos, ello supone el ejercicio del ‘cuidado de sí’, una
disposición que cultiva la serenidad, el sosiego y la capacidad de abrirse a la
presencia del otro: «la pasividad de la paciencia es la primera máxima
de la escucha» (2022. P. 112). Quien escucha con atención no solo recibe
un discurso, sino que reconoce la dignidad de quien lo pronuncia. Sin embargo,
la contemporaneidad parece haber extraviado esta disposición. La prisa, la
inmediatez y la aceleración permanente han convertido la existencia en una
incesante moneda de cambio, donde el tiempo se mercantiliza y la calma se
desvanece. En un mundo sometido a la lógica de la productividad, la
conversación pierde su profundidad y la escucha deja de ser un acto de
hospitalidad para transformarse en una espera impaciente del turno para hablar.
Saber
oír, allí donde «el oyente se pone a merced del otro sin reservas.
Quedar a merced es otra máxima de la ética de la escucha» (Han), no
significa silenciar el alma ni abdicar de la propia conciencia. Implica, por el
contrario, una disposición ética mediante la cual quien escucha suspende el afán
de juzgar, interpretar o condenar moralmente la existencia del otro. Escuchar
no consiste en absolver ni en censurar, sino en acoger la palabra ajena desde
una presencia serena que permita al interlocutor habitar su propia verdad sin
el peso inmediato del juicio.
Quien
asume el lugar de receptor, desde una postura ética, desplaza conscientemente
la centralidad de su propio yo para abrir un espacio de hospitalidad donde el
otro pueda desprenderse de los miedos, las incertidumbres y los vacíos que le
impiden manifestarse en su autenticidad. En este sentido, el acto de escuchar
no invade la conciencia del hablante ni la sustituye; más bien, se sitúa junto
a ella, acompañándola con una presencia silenciosa que favorece el despliegue
de su palabra. El diálogo auténtico acontece precisamente cuando el oyente
suspende la hegemonía de su ego y permite que la voz del otro adquiera
legitimidad, densidad y sentido. Solo entonces la escucha deja de ser una
recepción pasiva para convertirse en un verdadero acontecimiento ético, en el
que la alteridad encuentra un lugar desde el cual revelarse sin temor y sin
violencia.
Quienes
antes prestaban sus oídos al otro han sido progresivamente reemplazados por
dispositivos que simulan escuchar, pero que, en realidad, capturan datos,
emociones y fragmentos de la intimidad humana. Un «me gusta», una
selfie, la IA, las consultas virtuales y las múltiples formas de
interacción digital constituyen escenarios donde la comunicación se multiplica,
mientras la escucha auténtica se desvanece. La paradoja contemporánea consiste
en que nunca se ha hablado tanto y, sin embargo, pocas veces el ser humano ha
encontrado un interlocutor dispuesto a escuchar sin prisa, sin cálculo y sin
juicio. De este modo, las tecnologías no solo median la comunicación, sino que
también estrechan los espacios donde puede acontecer el arte de la escucha.
Permitir
que otro escuche la propia palabra supone un acto de profunda vulnerabilidad.
Quien habla expone aquello que hiere su existencia, abre las fisuras de su
intimidad y se arriesga a ser comprendido o rechazado: «la herida rompe la
intimidad casera y narcisista abriéndola. Pasa a ser una puerta abierta para el
otro» (2022, p. 113). La herida deja de ser únicamente una experiencia de
sufrimiento para convertirse en la posibilidad ética del encuentro. La escucha
hospitalaria acoge esa apertura con cordialidad y respeto, evitando que el
dolor se perpetúe en el aislamiento o en el silencio. En este sentido, hablar
constituye un giro de la mirada sobre sí mismo: aquello que permanecía oculto
en el alma encuentra, mediante la palabra compartida, un camino hacia la
comprensión, la reconciliación y ‘el cuidado de sí’. Quien no se
escucha, estará condenado a carga su propia piedra, hará parte del club de Sísifo.
Sísifo es también ese Narciso (2022) al que la contemporaneidad rinde culto: una figura que habita en el inconsciente y
despierta cada día para alimentar la ilusión de un yo que se contempla, se
exhibe y se consume a sí mismo. En esa metamorfosis surge el homo consumens,
sujeto que ya no encuentra sentido en la comunidad, sino en la permanente
satisfacción de sus deseos y en la incesante construcción de su propia imagen.
El antiguo héroe condenado a empujar la roca ha dejado de enfrentarse al peso
del destino; ahora carga con el imperativo de mostrarse, de producirse y de
consumirse sin descanso. Esta mutación ha debilitado el tejido de las
sociedades liberales al exacerbar el individualismo y convertir el
reconocimiento del otro en un acontecimiento cada vez más excepcional. El Sísifo-Narciso encarna así la paradoja del sujeto posmoderno: mientras persigue
incansablemente su realización personal, termina aislado en el laberinto de su
propia identidad. Su existencia gira alrededor de la representación, donde la
apariencia sustituye progresivamente a la experiencia y la visibilidad adquiere
mayor valor que la autenticidad.
En este escenario, la figura de Narciso opera como una máscara desde la cual se
interpreta la realidad contemporánea. Es el rostro de la sociedad del
espectáculo, de la banalización de la existencia, de la ironía convertida en
entretenimiento permanente y del exceso de comicidad que, lejos de suscitar
reflexión, termina vaciando de significado la experiencia humana. La risa deja
de ser una forma de liberación para convertirse en un mecanismo de distracción
que impide confrontar el sufrimiento, la soledad y el silencio. Como ideal
estético y cultural, Narciso representa la máxima
expresión del individualismo posmoderno. Su erotismo ya no remite únicamente al
deseo del otro, sino a la fascinación por la propia imagen, convertida en
objeto de contemplación, consumo y reconocimiento. De este modo, el sujeto
contemporáneo no solo vive para ser visto; termina interpretándose a sí mismo
como un espectáculo permanente, mientras la escucha, la hospitalidad y el
encuentro con la alteridad se desvanecen bajo el predominio del ego.
El individuo contemporáneo personifica las
dos facetas del mito y de la leyenda griega: Sísifo y Narciso. Como Sísifo, carga el peso de su propio silencio, condenado a una existencia
repetitiva que lo aparta de los círculos del diálogo y de la comunidad. Como Narciso, permanece cautivo de sí mismo, incapaz de
mirar más allá del reflejo de sus propias pupilas. Esta obstinación lo conduce
a una forma de autofagia espiritual: se consume en su propia imagen, se
repliega sobre sí mismo y renuncia a la posibilidad de encontrarse
auténticamente con el otro, convirtiéndose en su contumacia idílica, estos
personajes son una alegría para el presente porque son consumo y un júbilo para
el futuro porque ya se sabe para donde va lo humano. El estímulo intelectual
pasará al baúl de los desechos.
Gran parte de las generaciones presentes y
de las venideras parecen orientarse hacia una cultura del consumo permanente de
dispositivos digitales. En ese contexto, el otium fecundo, entendido en
su acepción clásica como el tiempo destinado al cultivo del espíritu, la
contemplación y la formación de sí, ha cedido terreno frente a la inmediatez
tecnológica. Los libros, el buen cine, las conversaciones entre amigos, los
recitales poéticos, la música escuchada con atención y otras experiencias
estéticas y humanísticas han sido progresivamente desplazados por las tabletas,
los teléfonos inteligentes, las múltiples plataformas audiovisuales y el
incesante flujo de contenidos digitales.
Este giro cultural configura un Homo
novus cuya relación con el mundo se encuentra mediada por el consumo
continuo de pantallas. La intensidad de esta transformación alcanza incluso los
primeros años de vida. No son pocos los padres que, desde edades tan tempranas
como los dos años, introducen a sus hijos en el universo digital, convirtiendo
los dispositivos electrónicos en instrumentos de distracción o de
entretenimiento permanente. En numerosos casos, estas tecnologías dejan de ser
recursos complementarios para convertirse en sustitutos de la presencia, el
diálogo y el acompañamiento que exige la tarea educativa. Así, las pantallas
terminan ocupando un lugar que corresponde, ante todo, a la responsabilidad
formativa de la familia.
En buena medida, la familia contemporánea
ha experimentado un desplazamiento de algunas de sus responsabilidades
formativas esenciales. La dedicación al diálogo, al acompañamiento y a la
transmisión de referentes éticos y culturales ha cedido espacio, en numerosos
contextos, a la mediación creciente de la tecnología y de la lógica del
consumo. Como consecuencia de esta transformación han surgido diversas
categorías para describir al sujeto de nuestro tiempo: Homo mediaticus, Homo
digitalis, Homo consumens, entre otras. Estas denominaciones
intentan dar cuenta de una subjetividad modelada por la omnipresencia de las
pantallas, el consumo permanente de información y la progresiva sustitución del
encuentro humano por la interacción tecnológica. Muchos críticos consideran:
Numerosas almas
ilustradas: premios Nobel de literatura, periodistas, profesores de
universidad, psiquiatras, doctores en psicología, investigadores de
neurociencia, y personal sanitario que trabaja sobre el terreno (médicos,
logopedas, psicólogos, etc.). Estas personas, que en su mayoría han estudiado
atentamente la literatura disponible, nos explican que la juventud actual es, a
todas luces, la generación «más estúpida» (2025. p. 18-19).
La proliferación de
estas críticas no responde únicamente a un ejercicio de señalar, constituye,
más bien, el intento de comprender una mutación antropológica en la que el ser
humano comienza a definirse menos por su capacidad de pensar, dialogar y
contemplar, y más por su condición de consumidor, espectador y productor
incesante de información. En este horizonte, el otium (tiempo libre o
descanso) creador es reemplazado por la hiperconectividad, mientras que el
silencio reflexivo cede ante el ruido constante de los estímulos digitales.
Conduce a que la persona se configura en un contexto social que favorece este
proceso de subjetivación, al propiciar el desarrollo ególatra de la propia
representación. El sujeto termina por reconocerse, valorarse y proyectarse a
partir de la imagen que construye de sí mismo, antes que desde el encuentro con
la alteridad. En este sentido, el individualismo contemporáneo expresa las
múltiples formas de una creciente «narcisificación» de la
existencia, entendida como un proceso mediante el cual el yo se convierte en el
centro de referencia de la experiencia, desplazando progresivamente el vínculo
con los otros y con la comunidad.
La sociedad contemporánea presenta
profundas asimetrías con respecto a las sociedades precedentes. Entre sus
rasgos más significativos se encuentra la progresiva depreciación de los deberes
comunitarios y el debilitamiento de aquellos imperativos categóricos que,
durante largo tiempo, orientaron la vida colectiva. En este contexto, la moral
fundada en la reciprocidad y en la responsabilidad hacia el otro cede paso a
una ética centrada en la autorreferencialidad del individuo. El resultado es
una transformación del comportamiento social caracterizada por el
debilitamiento de los vínculos comunitarios y por una creciente
desestructuración del horizonte ético que tradicionalmente regulaba la
convivencia.
Esta mutación encuentra su expresión en la
figura del Sísifo-Narciso contemporáneo, un sujeto que se desvincula
progresivamente de las éticas heredadas de la tradición y de la modernidad. No
porque estas carezcan de valor, sino porque sus fundamentos parecen
insuficientes para responder a las complejas exigencias culturales,
tecnológicas y antropológicas del presente. Uno de los signos más evidentes del
declive de nuestra época consiste, precisamente, en la dificultad para
construir un horizonte ético compartido que otorgue sentido al bien común y
restablezca el equilibrio entre la autonomía personal y la responsabilidad
frente a los otros. Todo ello ha provocado una profunda transformación
histórica de los fines y de las modalidades de la socialización. En la
actualidad, esta se desarrolla bajo la égida de dispositivos abiertos, plurales
y altamente mediatizados, que privilegian la autonomía individual por encima de
los vínculos comunitarios. En consecuencia, el individualismo hedonista y la
personalización de la existencia han adquirido una legitimidad social
difícilmente cuestionable. En este horizonte cultural, la revolución
permanente, el escándalo como forma de visibilidad y la expectativa de un
futuro siempre renovado —rasgos inseparables del proyecto moderno y de
sus prolongaciones posmodernas— se consolidan como expresiones
dominantes de la sensibilidad contemporánea.
En este escenario emerge con mayor
claridad el Sísifo-Narciso contemporáneo: un
sujeto que ya no encuentra resistencia cultural significativa frente a la
exaltación del ego. La libertad se interpreta como la posibilidad irrestricta
de autorrealización, mientras que el deber, el sacrificio, la memoria y el
compromiso con la comunidad se perciben como vestigios de un pasado que la
cultura del rendimiento y del consumo se considera superado. Así, la socialización
deja de orientarse hacia la construcción del nosotros para concentrarse en la
permanente afirmación del individuo.
El Sísifo-Narciso
fractura la construcción comunitaria del sujeto contemporáneo y favorece la
configuración de una subjetividad cada vez más flexible, autorreferencial e
individualizada. En este proceso, el individuo tiende a relativizar sus
responsabilidades sociales para privilegiar la satisfacción inmediata de sus
deseos, inclinaciones y pasiones. El culto al yo termina por imponerse sobre el
sentido del deber, mientras la búsqueda del bienestar personal adquiere el
estatuto de principio orientador de la existencia. En la medida en que la
sociedad moderna pierde la severidad normativa que regulaba las costumbres y
los comportamientos colectivos, emerge un nuevo horizonte cultural en el que
los placeres, los gustos, los deseos y los proyectos individuales alcanzan una
legitimidad sin precedentes. Las instituciones, lejos de imponer modelos
homogéneos de vida, comienzan a reconfigurarse para responder a las
expectativas, aspiraciones y formas de autorrealización de los sujetos. De este
modo, el Sísifo contemporáneo no constituye una anomalía de la cultura actual,
sino el resultado de un prolongado proceso histórico de individualización que
redefine la relación del ser humano consigo mismo, con los otros y con la
sociedad.
Las
influencias que reciben gran parte de las generaciones contemporáneas
encuentran su principal vehículo en los dispositivos digitales y en los medios
audiovisuales que estructuran la vida cotidiana. La información circula con una
inmediatez sin precedentes, mientras los flujos culturales reconfiguran de
manera constante las formas de pensar, sentir y relacionarse. Paradójicamente,
esta aceleración comunicativa no ha producido mayor serenidad ni un
fortalecimiento de los vínculos humanos; por el contrario, ha contribuido a
extender la inquietud, la decepción y el desasosiego. Las instituciones
tradicionales experimentan una pérdida progresiva de legitimidad, al tiempo que
la lógica del consumo transforma la escala de valores y reviste al individuo
con una sensación de felicidad tan inmediata como efímera.
En este
contexto, buena parte de la industria audiovisual alimenta imaginarios de
éxito, reconocimiento y realización personal que ofrecen una vía de evasión
frente a las tensiones de la existencia cotidiana. El cine convertido en
espectáculo y los programas de telerrealidad, junto con el incesante flujo de
contenidos digitales, ocupan con frecuencia el lugar que antes correspondía a
la reflexión, al diálogo y al cultivo interior. La narcisificación
constituye, así, uno de los rasgos más visibles de esta transformación
cultural. Lo audiovisual reorganiza la percepción del presente, mientras el
consumo se convierte en el principio que orienta la experiencia social. De esta
metamorfosis antropológica emerge la figura del Sísifo-Narciso, símbolo
del individuo que oscila entre la permanente exhibición de sí mismo y la
incesante búsqueda de satisfacción en una cultura dominada por la inmediatez,
el rendimiento y el consumo.
El
Sísifo-Narciso se erige como el símbolo del individualismo contemporáneo, propio
de una sociedad de consumo globalizada que, seducida por la promesa de la
autorrealización y el bienestar permanente, termina reproduciendo el movimiento
circular del héroe condenado a empujar la piedra. La ilusión del progreso
oculta en realidad una repetición incesante de prácticas, deseos y aspiraciones
que impiden toda transformación profunda del sujeto y de la vida colectiva. Se
trata de una sociedad que ha debilitado los fundamentos éticos y comunitarios
necesarios para impulsar cambios verdaderamente estructurales. En este
contexto, la contemporaneidad ha quedado atrapada en el imperio de lo banal, de
lo light y de lo efímero. La cultura de la imagen ha desplazado la
profundidad del ser, mientras la apariencia adquiere mayor valor que la
existencia misma. El sujeto ya no busca comprenderse ni transformar el mundo
que habita; se conforma con proyectar una versión idealizada de sí mismo,
convirtiendo su propia imagen en el principal objeto de culto y consumo.
Germina
un giro inesperado: El cambio «ser» al «parecer».
En esa línea, el Sísifo-Narciso no solo personifica al sujeto que reitera
una y otra vez el sacrificio de Sísifo, sino al individuo que se engaña a
través de la mostración con la identidad, la diafanidad con el reconocimiento,
la diferencia y el consumo con la integridad. Dicha sentencia contemporánea no es
solamente en reiterar, sino en repetir admitiendo que cada reanudación establece
una construcción para la actuación individual. Se descuida el concepto
foucaultiano de «cuidado de sí» por el instinto de la razón, las
figuras del individualismo, la individualidad de la razón, la economía del
cuidado y bienestar, conveniencia ultrarrápida, experiencias digitales y
entretenimiento, consumo inteligente e IA, sostenibilidad y segunda mano,
productos Premium silenciosos. Estas nuevas categorías son la superación del yo
en el nosotros, que asociados a los Sísifo-Narcisos contemporáneos, acompañado
del consumismo habitual, ocasional de experimentación y compulsivo se han
convertido en nuevas formas de vida.
Estas
nuevas lógicas de vida han penetrado profundamente en el ámbito educativo,
transformando tanto las dinámicas individuales como las colectivas de los
procesos de enseñanza-aprendizaje. La creciente presencia de los dispositivos
digitales ha reconfigurado la relación con el conocimiento, desplazando
progresivamente la centralidad del docente y privilegiando formas de
interacción mediadas por la inmediatez, la hiperconectividad y el consumo
permanente de información. No se trata de afirmar que la tecnología sustituirá
por completo al maestro, sino de advertir el riesgo de que su función formativa
se vea subordinada a una racionalidad técnica que privilegia la eficiencia
sobre la reflexión y la formación humana. En este contexto, diversos estudios
han señalado un incremento en problemáticas relacionadas con la salud mental de
niños, adolescentes y jóvenes, entre ellas dificultades de atención, trastornos
de ansiedad, síntomas depresivos, alteraciones del lenguaje, conductas
impulsivas y otras manifestaciones del malestar psicológico. Aunque estos
fenómenos poseen un origen multifactorial, no puede desconocerse que el uso
indiscriminado de las tecnologías digitales, sumado a una cultura orientada por
el consumo y reforzada, en ocasiones, por las propias dinámicas familiares,
constituye uno de los factores que contribuyen a profundizar dichas
dificultades. Estos dispositivos son las nuevas piedras que cargan los jóvenes
en la actualidad convertidos en los Sísifos-Narcisos.
La
preocupación pedagógica, no radica únicamente en el desarrollo tecnológico,
sino en el tipo de ser humano que este contribuye a configurar. Si la educación
renuncia a su misión de formar sujetos críticos, autónomos y capaces de
establecer vínculos auténticos con los otros, las generaciones venideras corren
el riesgo de convertirse en individuos cada vez más dependientes de los
sistemas tecnológicos que ellas mismas han creado. En esa paradoja reside el
drama del Sísifo-Narciso contemporáneo: creyéndose más libre gracias a sus inventos,
termina sometido a ellos, repitiendo incesantemente una existencia gobernada
por la lógica del consumo, la aceleración y la dependencia tecnológica.
Desmurget, sostiene que:
han nacido con un ratón en una mano y un smartphone
en la otra [...], son multitarea, saben hacer de todo y pasan con
genialidad de una cosa a otra.» Sus «circuitos neuronales están especialmente
cableados para las ciberbúsquedas de fuego rápido». Gracias al efecto
beneficioso de todo tipo de pantallas, su cerebro «se desarrolla de un modo
diferente». «Ya no [tiene] la misma arquitectura», y en estos momentos está
siendo «mejorado, aumentado, perfeccionado, amplificado (y liberado) gracias a
la tecnología». Estos cambios son tan profundos y esenciales «que ya no hay
vuelta atrás posible (2025. P. 17).
El consumo de dispositivos digitales se ha
convertido en una de las nuevas tareas pedagógicas que hacen parte de la vida
de las generaciones actuales. Porque es el reemplazo de todas las herramientas
académicas. Ha existido una línea del tiempo de la humanidad, primero fue: pre-australopitecinos,
australopithecus, Homo habilis, Homo ergaster, Homo erectus, Homo
neanderthalensis y el Homo sapiens. Desmurget, advierte la llegada
de alguien más y lo llama: ‘Homo digitalis’ el humano
digital (p. 16). De acuerdo a lo anterior, se dejó atrás la era del
cerebro (neuronal) y se pasó a una nueva época llamada: era digital, o sea ‘nativos
digitales’. Quienes la viven y la habitan, poseen otras capacidades
diferentes de aquellos que no recurren a estos dispositivos. Sostiene el neuro
científico, que les hacen creer que son más veloces en utilizar y buscar toda
información que necesitan, educación de primera mano, o ¿la presente generación
es diferente? Supuestamente, son más competentes, ágiles lo cual son
productivos para el trabajo colectivo, aunque estén distantes.
Desmurget, recurre a las estadísticas, deja por sentado los porcentajes
del consumo de los dispositivos:
Entre los ocho y los doce años de edad, la
exposición a los dispositivos se divide de forma más o menos armoniosa en
niveles que van desde «ligero» (un consumo inferior a una hora, que se da en el
19 % de los chicos) hasta «intenso» (seis horas o más, en el 20 % de los
casos). Entre los trece y los dieciocho años, la categoría de usuarios
furibundos aumenta considerablemente, desde luego, pero no llega ni de lejos a
constituir la mayoría (los que consumen más de seis horas se quedan en el 39
%). De hecho, el 12 % de los adolescentes presentan una exposición inferior a
sesenta minutos diarios, y casi una cuarta parte del total permanecen por
debajo de las dos horas. En buena medida, estas disparidades tienen que ver con
las características socioeconómicas de los hogares: el consumo de los
individuos de familias desfavorecidas presenta una media muy significativamente
superior (más de dos horas y media) a la de sus compañeros de entornos
privilegiados (P. 42).
A renglón seguido manifiesta la influencia en el campo de lo doméstico:
También en este terreno se observa una considerable
variabilidad interindividual. Tomemos a los adolescentes: se distribuyen de un
modo más o menos equilibrado entre quienes hacen un uso de los dispositivos a
diario (29 %), una vez por semana (44 %) y en ocasiones puntuales (una vez al
mes o menos, 27 %). También en este caso la desigualdad está ligada a las
circunstancias socioeconómicas de las familias. Así, los individuos de entornos
acomodados que recurren a Internet para hacer sus deberes cada día son casi el
doble que sus compañeros de los entornos desfavorecidos (39 %, frente a un 22
%). Si nos vamos ahora al porcentaje complementario de usuarios puntuales,
comprobaremos que la proporción se invierte (17 %, frente al 39 %).37 Así pues,
presentar a todos estos chicos como una generación uniforme, con necesidades,
comportamientos, competencias y formas de aprender homogéneos no tiene sentido
alguno, sencillamente (p. 42-44).
La industria digital
ha traspasado todas las fronteras geográficas, culturales y simbólicas,
conduciendo a las nuevas generaciones y a familias enteras hacia un consumo
cada vez más desmesurado. Este fenómeno ha configurado un nuevo paradigma de
interacción que articula, mediante las tecnologías digitales, los ámbitos de la
educación, el trabajo y la vida cotidiana, difuminando los límites que
tradicionalmente separaban estos espacios.
En este nuevo escenario emerge un umbral
donde convergen tanto las posibilidades de inclusión como las múltiples formas
de desigualdad. La conectividad global, sustentada en la expansión de los
dispositivos digitales, universaliza prácticas individuales caracterizadas por
la inmediatez, la hiperconectividad y la lógica del consumo, reconfigurando las
relaciones sociales y los procesos de formación. En consecuencia, los
referentes éticos heredados del humanismo moderno pierden progresivamente su
capacidad orientadora frente a una racionalidad tecnocrática que privilegia la
eficiencia, la productividad y la satisfacción inmediata por encima de la
reflexión crítica y del cultivo de la vida común.
Las utopías colectivas que aspiraban a una
formación integral del ser humano ceden su lugar a una cultura centrada en el
rendimiento, la autoexposición y el consumo permanente. El Sísifo-Narciso
contemporáneo, deja de proyectar horizontes compartidos para concentrarse en la
administración de su propia imagen y en la satisfacción de deseos
incesantemente renovados por la industria digital, reproduciendo así un modelo
de existencia que privilegia lo individual sobre el bien común.
Sísifo-Narciso, deja a un lado la
gran piedra pesada y en su reemplazo utiliza los nuevos dispositivos donde
puede y logra amar más su bella imagen por fatigosa que sea, se refleja a
través de pantallas interindividuales y rechaza toda tradición moderna como
referente histórico. Jamás volverá a ver el pasado, superando la inteligencia
callejera en las aulas de clase.
Referencias Bibliográficas
Camus, A. (1994). El mito de Sísifo. Barcelona.
Altaya.
Desmurget, M. (2025). La fábrica de cretinos
digitales. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos. España.
Península.
Han, B. (2022). La
expulsión de lo distinto. Barcelona. Herder.
Ovidio. (2022).
Metamorfosis. España. Ediciones Cátedra.
[1]
Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral.
Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente
universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de
Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias:
CvLAC-GrupLAC frecho13@hotmail.com


