Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali.
Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza.
neonadaismo@gmail.com
La mera cifra estremece:
4902 familias deberán abandonar su viviendapara ser reubicadasy dar paso a
algunas “obras de progreso” talescomo
un Metrocable dondese exige el desalojo de 652 familias. Una vez más
bienvenido “el progreso” pero también por desgracia la zozobra y el desasosiego pues como ya
sabemos estas obras en Medellín suelen
no sólo de carecer de una necesaria planeación respecto a los afectadossino que su terminación se expande
descaradamente en el tiempo y con éste los costes previstosinicialmente. Lo hemos comprobado en las “obras de valorización” de El Poblado, en Parques del Río y en el llamado
tranvía de Ayacucho, en el mamotreto del Puente de la Cuatro, lo que nos
llevaentonces a analizar algo que ya es
comprobable y es el hecho de tener que
referirnos a la crisis de una disciplina como la ingeniería y a la comprobación de su fracaso
en larealización de estas obras públicas,
puesto de manifiesto en la
incapacidadpara incorporarsatisfactoriamente las nuevas tecnologías en el tratamiento de laderas, de cañadas, en lo referente a las
nuevas tipologías de amoblamiento urbano,
lo que ha llevado en Medellín a un
crecimiento desbordado de la fealdad . Esto
cuando hacia los años 50 nuestra ingeniería demostró la solvencia profesional
suficiente en el diseño y construcción de puentes, avenidas, paisajismo, dejando un inmenso legado ético y estético. Los errores cometidos en el diseño y ejecución
de la loma de los Balsos son realmente terribles y ante esta desfiguración de
ubicación de semáforos y cruces viales no hay más accidentes de milagro. ¿Cómo
se pudo aceptar y por qué clase de interventoresque los carriles quedesde el puente de la Cuatrodesembocanen la avenida de El Poblado en dirección a Envigado, se redujeran a un
embudo, estrecho y peligroso? ¿Cuántos son los errores garrafales cometidos en
el llamado puente de laMadre Laura
respecto a los llamados“damnificadospor proyectos viales”?
Los grandes y necesarios
viaductos que conecten la malla urbana con los barrios aislados no se construyen. Aquí el Instituto Tecnológico de Massachusetts,
constituiría un chiste para un
contratismo que sólo quiere gananciasyque
con la complicidad de la corrupciónha permitido que las distintas obras públicas
se queden a mitad de camino y carezcan de la calidadestética necesaria. Frente al anunciadodesalojo de 4902 familias que en el tiempo habían logrado fortalecer su tejido social y urbano, la respuesta oficial para impedir que siga creciendo
la tugurización debió consistir en la urgenterehabilitación y renovación de ese tejido
urbano ya que de este modo se reconocería su territorialidad. Un desalojo
improvisado es siempre un atentado contra el sagrado derecho a una morada, a
una malla social establecida de vecinos, por precaria que sea Destruirla, sin
haber construido antes las viviendas necesarias, el hábitat y la calidad de vida indispensables, es lanzara la diáspora a estos ciudadanos, no resolver un problema sino ahondarlo; ya que de lo que se trata en estos casos es de
rescatar un borde abandonado, en humanizar un territorio, cohesionando el grupo social no lanzándolo al vacío mediante la argucia de recurrir a alquileres de ocasión. Una vía, un metrocabledeben integrar a la malla urbanade la ciudad
los territorios deprimidos, aislados.
Hay varias formas de abordar la realidad poética
en un momento determinado. Una de ellas enfundado y buscando brillo al hablar
solo de escritores importantes, entre comillas, muchos de ellos impuestos por
el marketing y el insidioso mundo editorial, donde se confunde literatura y
negocios. Esto trae como retaliación una manera de escudarse y vivir del brillo
de los poetas de relieve. Otra es la comodidad del mundillo académico
pervertido y cifrado solo en escudarse tras el prestigio del legado de escritores
muertos, impidiendo que haya una reflexión sobre el presente, lo cual excluye,
y deja de lado a los escritores actuales, hasta que un remoto historiador los
recobre. Todo lo anterior por pereza de buscar aspectos diferentes, como si nos
señalaran para decir que esos escritores fueron de mayor fuste. Todo esto
debido a ese lastre borgiano, admitido como mandamiento, cuando añadió que el
antólogo verdadero es el tiempo, y esa cuasi sentencia mal entendida trajo como
seña y saña olvidar las escrituras actuales. De tal manera añaden algo en este
desalojo, que siempre la literatura está en otra parte; entre más lejos mejor.
Ambas decisiones juegan con las cartas marcadas. Además, en esta revisión, en
esta exacerbación por la pos eternidad, por la posteridad, perdura cierto
atisbo de retaliación en quienes escriben sin su aquiescencia y sin sus
permisos y entelequias. Aunque aclaro que muchos escritores que nos
antecedieron son nuestro legado y nuestro refugio.
Pero hay otra manera de abordar la escritura y su
reflexión y es no mirando atrás, ya sabemos que nuestros maestros tutelares
están con nosotros, nos influyen, mirando a cada lado donde caminan y escriben personas
que son cercanas, creadores que, al igual que nosotros, van de la mano, en la
ensoñación de la escritura o en la difícil tarea de reflexionar, en la ardua y
aun conciliada manera de indagar por la poesía; en síntesis reflexionarnos. Lo
que lleva a decir que cuando se escribe sobre nosotros es amainar en un campo
nunca minado sino en reconocer al otro, en tenerlo presente, en entablar ese diálogo
casi imposible pero abierto de una manera actual, presente. Ese tipo de
diálogos es necesario.
De ahí que cuando leo Al filo del ojo de Omar castillo (Colección Otras Palabras, Fondo
Editorial Ateneo, 2018), es saber que él reflexiona esas otras palabras que
merodean y se escriben ahí justo ante nosotros, esas otras palabras que
aciertan e indagan, que se atreven a equivocar, que abren brechas, que asedian
a veces, lejos de los circuitos de la comodidad donde se mira la literatura, no
solo de soslayo, sino como un infatuado camino nunca brumoso sino lleno de la molicie
de versos y de aquellas historias que no requieren una confrontación donde no
existen preguntas y menos respuesta a lo que somos, lo mismo para responder
preguntas fundamentales, sobre el papel de la literatura como la decisión del
ser en no pasar desapercibido en la medida en que requiere no solo dejar una
huella sino pensarse.
Al principio una reflexión, “Sobre poesía”,
donde el autor, en una suerte de proemio, reflexiona sobre su quehacer poético al
cual le deja de lado la nostalgia, como algo corrosivo. Ante ello añade: “No
debemos olvidar que la poesía es un riesgo de integridad llevado hasta sus últimas
consecuencias y no un pasatiempo para mentes correctas y con buen ánimo social”.
Y después prefiere el silencio como escudo ante la banalidad. Para ser exactos ahí
reside el espíritu de su poesía. Aunado a un aspecto fundamental en Omar, y es
que ha sido un autodidacta, lo cual lo hace un poeta libre de ataduras, lo que se
traduce en buscar sus caminos, en inferir sus indagaciones, en construir el quehacer
notorio en su poesía donde fluye un destino, seguir la propia construcción de
esa poética con sus presupuestos, hasta encontrar sus definiciones tan suyas,
lejos de la tenue ambientación nunca poética de lo que llamaría León de Greiff
las greyes planas.
Pero también en la medida en que leemos esta síntesis,
Omar Castillo, reflexiona sobre diversos autores, y es que ahí mismo en su
escritura va dejando el rastro de lo que se constituye en su concepción sobre la poesía o sobre la
narrativa. Ahí va abriendo ese camino que en cada texto terminado se convierte
en la summa de su obra. Es decir, en cada texto que uno escribe va dejando sus
huellas, que son sus reflexiones así, como esas palabras que asedian y conjuran.
Miremos en este libro, el texto “Palabras en el Laberinto de la infancia”. Allí
Omar deja su inicio en los caminos de la escritura al leer y evidenciar su
cercanía con tres poetas fundamentales, Porfirio, León de Greiff y José
Asunción Silva. De cada uno de ellos recobra sin definirlo aun sino más tarde,
como si esas voces le abrieran el camino a la escritura, como si esas voces confluyeran
para el inicio de una formación sentimental en la poesía. De ahí que Omar en
cada uno de ellos recobrara aspectos
fundamentales como en Silva, sopesar las palabras y darle su medida justa. En
de Greiff ritmo y sonoridad de las palabras, y en Porfirio el desgarramiento y
la orfandad. Ahí en la infancia ya estaba dispuesto Omar para adentrarse en los
caminos de la poesía, en los vericuetos de la creación. Por supuesto, luego llegarán
otros maestros pero ahora vamos a referimos a los otros textos del libro.
En estos textos hay una concepción donde se
avizora el sentido de distanciamiento y desconfianza con el medio literario. De
ahí que él en su escepticismo elabore su mundo poético, al establecer su propia
conciencia y al elegir sus vasos constructores, porque cuando uno escribe sobre
alguien es porque da cierta cercanía. En estas reflexiones, porque lo son,
porque al uno escribir sobre alguien también escribe desde sí y sobre sí mismo
la concepción de su escritura. Al abordar al otro se aborda uno mismo en los
ecos que encontró en ellos, que son esos puntos de contacto para reflexionar
sobre ellos, es decir sobre uno mismo. Es decir,en esta instancia cuando se
piensa en el otro, se reflexiona a partir de la propia experiencia
estableciendo una cercanía a través del habla, a través de pensar lo creativo
del otro. Omar lo hace alertado por su conciencia punzante ante la duda y
deterioro del lenguaje que es la materia que concibe y hace al poeta. No en
vano cuando se refiere a Colinas anota: “El poeta siempre será un invasor
invadido”.
En estos textos hay una visión un poco escéptica
pero apasionada del desafuero de las palabras, que contrasta con la perspectiva
optimista de la realidad de estos textos que al él mirarlos permiten hallar
otra definición, donde el lenguaje, las palabras, apenas son un artificio, ante
la posibilidad del escritor para recuperar lo inexpresable, su vivencia. No en
vano cada escritor de estos con los cuales Omar dialoga, intentan expresar un
mundo que se evade y que las palabras, su lenguaje propio, capta en lo más mínimo,
aunque allí es posible encontrar y definir: razón y caos, sensibilidad y orden,
pasión y desenfreno, creatividad y fracaso.
En este libro de Omar Castillo desfilan de una
manera no blasonada, Alberto Escobar Ángel, Luis Iván Bedoya, Rafael Patiño,
Carlos Enrique Sierra, Pablo Montoya, Helí Ramírez, Mario Ángel Quintero, Oscar
Castro García, León Pizano, Carmenza Arango, Víctor Bustamante… y hago referencia
a ellos por una razón de peso, pensar a los amigos, lejos del acomodo de alguna
lisonja siempre me ha causado curiosidad y entusiasmo, ya que casi siempre nos referimos
al otro, a los lejanos.
Pero aquí no solo hay referencia a poetas o
escritores que trabajan y permean las palabras. Aparece Carlos Puerta con sus fotografías,
Raúl Restrepo con sus telas atiborradas de colores, y la memoria del teatrero,
siempre lamentado, José Manuel Freidel.
Por supuesto ésta Medellín que se presencia en
estos escritores que buscan la ciudad desde diversos ángulos está presente en su
ensayo “Medellín, un grafiti que se abre”. Una reflexión entre los escritores y
poetas anónimos que dejan en sus muros, en sus paredes, en sus tapias, no solo
sus frases sino también sus palabras, aquellas palabras de la ironía, aquellas
reflexiones, aquellos insultos, aquellas diatribas. Es una Medellín donde estos
escritores, los grafiteros, sopesan solo una frase llena de escarnio y de esperpento,
una frase pensada, para escribirla casi siempre en las horas de la noche cuando
la mirada inquisidora del transeúnte no existe y cuando en la eficacia de
un momento la escriben con donosura para
crear desazón y criticar, y además, librarse de cierto estado de cosas y de su
malestar.
En síntesis, a los escritores que el poeta nombra,
se le suman aquellos que con algunas palabras fugaces se les lee, pero estas
palabras son borradas luego, con lo cual siempre sentimos que reescriben su perversidad
y su desventura de una manera momentánea.
Al filo del
ojo, es andar alerta,
buscar la reflexión y la cercanía de otras palabras y otras voces, también es
una autoexploración como en “Visión y prisión de las palabras”. Al filo del ojo también es saber que hay
diálogos diversos con Floriano Martíns y con Alfonso Peña. Es indagar por esos lazos
en apariencia invencibles, pero que están presentes con la poesía y los poetas
que forman al escritor, es la ensoñación nunca perse por las palabras, por
saber que Medellín es de nuevo expresada a partir de otro punto de vista, desde
la mirada de un poeta, que redefine y alindera algunos escritores. Así Omar Castillo.
Contemplando
desde un amplio mirador la panorámica dela ciudad hacia el perfil de
lacadena de montañas queenmarca el occidente del valle, me sorprende la consolidada muralla de un un
borde apretado de altos edificios de vivienda que han sobrepasado la cota de lo
quese había consideradocomo malla urbana. ¿Cómo se produjo esta desbocada invasión de las laderas? Debo de inmediato preguntarme sobre las vías que
debieron construirse para incorporar esos
bordes y en qué medida se han resuelto los servicios de agua, luz, transporte,
zonas verdes, para esa numerosa y desconocida población. Hacia la zona de Castilla el número
de urbanizaciones es aún mayor y la densificación más intensa ya que se
desperdiga sin orden alguno en las
laderas dondeel bordeestuvo marcado por huertas, fincas, lo que
hace que la frontera con Bello se apretuje aún más. ¿Cuál ha sido el impacto
del cable en el barrio Caicedo y la Sierra? ¿Qué fue del llamadoJardín Circunvalar que serviría de freno a las invasiones
irregulares y conectaría al transeúnte con la autopista Medellín, Bogotá?
¿Cuántas personas llegan cada semana de distintas regiones del país a invadir estas laderas bajo el señuelo de que van a tener vivienda
gratis? Es algo palpable el hecho de que tanto Medellín como el resto de
ciudades colombianashan sido sacudidas
porla violencia de la última década,
masas dedesplazadosy nuevas estructuras
criminalesa través de cuyo accionar los
espacios públicos, los símbolos de la ciudad han sido aniquilados y hoy esas organizaciones
muchas de ellas nacidas del tándem guerrilla-paramilitares- narcotráfico tratan
de imponer su territorialidad bajo formas aberrantes de gobernabilidad.
Si
Bogotá ha recibido ingentes cantidades de desplazados prácticamente de todo el
país, si Cali ha recibido del Pacífico,
si Medellín de los pueblos, del Bajo Cauca, del Chocó, esto quiere decir que hoy al mirar las ciudades colombianas nos
enfrentamos a una problemática que nadie ha querido ver, analizar, enfrentar. ¿Qué
brotó del choque entre la ciudad tradicional yla
presencia de estos nuevos relatos? ¿Discriminación o incorporación? ¿Cuál fue
la respuesta de los urbanistas para impedir
que estos desplazados se sumieran en el
crimen y la miseria? ¿Porqué los demógrafos, los ingenieros hidráulicos, fueron
suplantados por los politiqueros? El desconocimiento de la realidadhaceespuriaslas llamadas ciencias sociales, desenmascara la llamada literatura
“política” : para describir esta complejísima problemática hacen falta lenguajes capaces de nombrar estas nuevas
situaciones. Volvemos a convertir en anécdota lo que en realidad es un choque de territorialidades
no establecidas por la planificación sino
por los nuevos poderes criminales. Las intenciones de la Alcaldía Fajardo con
su plan de bibliotecas fueron buenas pero rápidamente las devoró el vértigo de este proceso de cambio de dueños del
territoriourbano. Colocarun edificio en un área conflictiva no llevaba necesariamente al rescate de ésta,
era necesario contar a la vez con un plan de renovación urbana, con el debidocontrol del crecimiento de la ciudad construida, enfrentar radicalmente el crecimiento de la ciudad
ilegal y la corrupción aberrante de la burocracia. ¿Las matanzasde hoy son solamente un enfrentamiento entre
bandas o la demostración de una dramática pérdida de los espacios legales? ¿Para qué, entonces,una oficina del Área Metropolitana incapaz de
dar respuesta a estas problemáticas?
La
Playa al medio día con un sol que le da ese no sé qué al Centro. Una Playa
serena donde se puede caminar sin afán, una Playa que se disfruta. Hay pocos
autos, pocos transeúntes; en síntesis, La Playa a esta hora, se puede poseer de
una manera calmada, y de esa misma manera se disfruta. En este domingo el cielo
es más transparente, y le da a la ciudad ese toque imperecedero.
Llegué,
llegamos al frente de la casa con el número, Calle 52 N. 45-22. La fachada es de
color amarillo y se destaca al lado izquierdo de La Playa entre las diversas
construcciones recientes. Esta casa al igual que la de Carlos Arturo Longas,
ahí en la esquina con El Palo, no ha perdido su identidad, ya que podemos disfrutar
del boceto de su arquitectura.
Sí,
frente a la fachada de color amarillo, la cámara mira de una manera
insistente, la cámara quiere escudriñarla, quiere reparar en sus rejas
elaboradas de tono gris, que resguardan los arcos de sus puertas y ventanas, tanto
la que bordea las escalas, tanto como la de los dos balconcillos. Quiere tatuar
la veleta que le da ese toque al coronar el torso de un torreón incrustado en
la fachada semicurva, que rompe la simetría de las formas hasta el techo, pero también quiere entrar a la casa, a esa
casa donde tantos medellinenses buscaron quedar para la eternidad de papel, al
ir allí a fotografiarse. Pero nosotros también
hemos ido allá a buscar esta casa, queremos que la memoria no solo personal,
sino de la cámara la guarde. Que le de ese oasis, esa importancia de saber que
ahí quedará en su memoria como una visita irrepetible, lo cual contrasta con
algo paradójico: estas fotografías, en su mayor parte, fueron realizadas en el
sistema analógico; y en este domingo de febrero es buscada en una cámara
digital para que algún día sepamos que esta fotografía existió no solo en este
momento sino como una herencia grata en la memoria de los medellinenses.
Sí,
el tono de amarillo la destaca en este día caluroso, además contrasta con el
color gris cemento que esta fachada poseía cuando la fotografía aún existía.
Ese color amarillo llama la atención en medio de todas las fachadas, no en vano
el color amarillo es el único que perdura en la lejanía.
Pero
no estamos lejos sino al frente de la casa, lejos en el sentido del tiempo ya
que la Foto Garcés ya no existe. Por esa razón subí, subimos las escalas, esas
escalas de granito que tantas personas subieron para hacerse una fotografía,
ahora para entrar a la exposición en homenaje a don Libardo Garcés, el
fotógrafo y creador de este estudio, por esa razón miro los muros sobre todo el
curvo con una suerte de aspillera incrustada con cristales de diversos colores,
por esa razón esta tarde de domingo buscamos esta presencia, La Foto Garcés.
Libardo
Garcés Ángel había nacido en Armenia Mantequilla en 1918. Desde el año 1939
poseía un laboratorio fotográfico en su casa. Decide viajar a Bogotá donde se
especializa en fotografía social con Valenzuela. La Foto Valenzuela era un
estudio que funcionaba desde la década de 1930 y sus retratos gozaban de una gran
aceptación en la capital. Cuando regresa a Medellín abre su estudio fotográfico
en lo que fue el Palacio Amador en 1945, que se convertiría en el Hotel Bristol.
En el primer piso existían almacenes de telas, la Foto Garcés y en la esquina
el Café Londres. Luego de algunos años sitúa su estudio en la Avenida de Greiff
cerca al Hotel Nutibara. En 1950 se traslada su estudio a la Avenida Primero de
Mayo. en el primer piso, ya que en el segundo quedaba la Sociedad Antioqueña de Radiodifusión
donde había una emisora, Radio Sonorama.
Ante
una propuesta del pintor Fernando Botero, el municipio decide crear la Plaza
Botero; con solo su apellido y ningún otro, para exhibir las obras donadas con
la requisitoria de Botero, orgulloso y vindicativo, con el apellido Zea, para
que fuera Museo de Antioquia, y no el tradicional, y casi escondido Museo de
Zea. Nunca supimos si era para dejar de lado el nombre de Francisco Antonio
Zea, quien dilapidó una fortuna ajena, un préstamo a la Nueva Granada, durante la Independencia del país, y hasta se creía
un hombre con título nobiliario que entraba a Madrid, España, en un carroza casi
barroca por lo ostentosa, con caballos costosos y criados de librea resguardándolo, o si era una discusión, de parte del pintor con la familia de sus suegros, los descendientes de Zea, ahora
bogotanos, encabezados por ese pater familiae que fue Germán Zea Hernández siempre
en los círculos de poder, quien cuando la rivalidad López Michelsen y Lleras Restrepo
al presentarlo el primero como un posible candidato del liberalismo, Lleras socarrón
llamó, a Zea Hernández, la esperanza marchita del partido liberal.
Así claudicó el municipio ante el ofrecimiento
de esa sed de eternidad del pintor, y, además, demolió la manzana, llevándose la
sede de Foto Garcés y, junto a esta, los edificios Hausler, el San Andresito, el
Restrepo Hermanos, el Emi Álvarez y los centros comerciales contiguos: el
Calibío y el Luna Park, con sus billares y peluquerías, en total 217 edificaciones, contando el edificio
de la esquina de Bolívar con la Avenida Primero de Mayo, donde se construyó uno para
el Metro y a los pocos meses se destruyó sin ninguna razón y sin ninguna explicación, dándole visibilidad al edificio de lo que ahora es el Palacio de Cultura, como
lo había planteado Goovaerts en 1927.
Fotografía de Luisa Vergara
Debido
a este tropiezo La Foto Garcés recala en
La Playa en el año 2000. Su nombre era Estudios Fotográficos Garcés, lo cual le
daba ese toque de distinción, esa legitimidad en medio de los otros negocios de
fotografía, porque hacerse un estudio fotográfico
era señal de distinción, señal de saber que allí tendrían la paciencia de fotografiar
a la persona para una ceremonia específica, ya fuera una boda, ya fuera una primera
comunión, unos quince, ya fuera algún onomástico. Allí había que asistir para un estudio donde don Libardo que, con toda la sapiencia y la paciencia
del mundo, sabía que él mismo debía darle ese toque final para mantener el
equilibro de su nombre tan bien ganado, debido a su perseverancia y seriedad.
Allí en esta fotografía quedaba la memoria, la imagen de la persona que se
hacía fotografías, y, de hecho, se convertía en un punto de referencia para
cuando necesitara nuevas copias; eso sí con el tiempo esas fotografías se
convertirían en el archivo de los medellinenses.
De
este rito de las fotografías, de los estudios, además una tarjeta de
presentación señala que se sacan fotos en
blanco y negro, sepia, color, para visa, pasaporte, libreta militar, cédula de
ciudadanía, estudios, hojas de vida, restauración de fotos, fototarjetas,
mosaicos, archivos, fotografía digital. Es decir, en la fotografía descansa la
vida social de las personas que luego reclamarán para pegar en sus documentos,
para su identificación, para sus trámites, para su movilidad en las diversas
esferas públicas; los llamados “papeles” deben tener esa identificación que da
la fotografía. Por esa razón miles de fotografías de medellinenses deben de
reposar en sus archivos. Pero estas fotos, que son un requisito oficial, no se
muestran, ya que son fotografías corrientes, tomadas para la ceremonia de la
responsabilidad. Estas fotos poseen el mismo formato, la misma iluminación, el
mismo gesto de seriedad. Estas fotos, muestran a la persona como en realidad es, ya
que en los papeles públicos se busca como identificarlo, nada más. Además
debían ser en blanco y negro, sin ninguna pose, sin ningún ángulo o iluminación
que variara para saber que la persona que allí aparecía era la que se necesita identificar.
Paradójicamente nunca he visto una exposición de este tipo de fotos, como si
una fotografía realizada para lo público no mereciera este tipo de mirada, lejos
de esa clase de requisitos, además sin pretensiones, sino el mismo gesto. Además la misma mirada a la cámara, además sin una sonrisa, solo el
rostro para congelar a la misma persona; nada más interesa. Eso sí la persona debe mirar directamente a la cámara.
Hay
otro concepto que manejaba en su fotografía, don Libardo Garcés, y era el de los
mosaicos, para referirse a las fotos de los bachilleres al final de su graduación
que se fotografían individualizados para luego reposar en conjunto para lA eternidad personal sobre un marco, como el máximo final de sus tiempos de estudio.
Las
otras fotografías, las llamadas artísticas, enseñan ángulos diversos,
iluminación diversa, se busca huir de la vida normal, se indaga otras poses de
la misma persona, por esa razón es algo ficticia. De ahí lo artístico, se toman
varias fotografías en diversas posiciones. De ahí que estas sean más costosas,
de ahí que estas causen más curiosidad porque estas definen los rostros de las
personas, se convierten en su rastro. Muchas de estas fotografías son realizadas en alguna ceremonia religiosa, ya sea con la persona arrodillada, con
sus ademanes de poner las manos en señal de oración, otras en las primeras
comuniones con sus cirios y, muchas de ellas, alejadas de la realidad, muchas de
ellas no miran a la cámara. Toda una puesta en escena.
Entonces
era necesario tomarse una foto, ahí un deseo de perseverar en la memoria
personal, ya fuera en blanco y negro o iluminada a mano como la máxima expresión
de un acabado donde la pintura aún mantenía su pulso con las fotos.
Hay
una maquina tarjetera, dispuesta con sus tipos de plomo, como si esperara que
la utilizaran de nuevo, donde se nota una imagen religiosa, luego comienza la exposición,
el descubrimiento de este tesoro de fotografías con una breve reseña de la
familia Garcés. También en la esquina esta la lámpara de iluminación testigo de
tantas fotografías, y en un armario de color blanco reposan las cámaras unas de
ellas, la principal, la clásica Yashica 635 con dos objetivos y formato de película
de 6x6, la Konica más liviana con película de 35 mm, y una cámara Kodak Fiesta
con visor y flash incorporado para 12 fotos en formato 4x4.
La
casa aún está intacta y su interior es un oasis en Plena Playa de domingo. Esta
casa cuando fue construida solo tenía un propósito, ser residencia de una
familia, de ahí la funcionalidad de sus espacios interiores: las dos salas, el
patio y el salón que es el comedor, de ahí las piezas como dormitorios, la
cocina al fondo, lo solariego con su identidad, de ahí nada menos que encontramos
aun un baño de inmersión. De las casas visitadas de La Playa solo lo poseen la
casa Barrientos y esta casa, aunque son de épocas y estilos diferentes. Entonces,
un baño de inmersión sí que era un descanso, sí que era un relax en la vida apacible
de esos años. Esta casa, aun intacta, expresa un modo de concebir, de vivir,
unas costumbres determinadas por el tiempo. En este interior aun reposa un concepto
de una época y su relato. En el cuarto la exposición enseña de
una manera llamativa en la pared donde han sido fijadas muchísimas fotos, también allí hay
una pared forrada en papel de colgadura con motivos que acercan a la naturaleza
al enseñar flores y hojas como una síntesis para mantener cerca el ámbito y la tranquilidad
que entrega un espacio alejado de un solo color. También las ménsulas discretas
en las esquinas del cuarto, hacen dejar de lado el punto donde se configuran
las líneas y sirven de soporte aparente al techo.
La
fotografía vence el tiempo y entrega, desde su lejanía, el rostro, la presencia
de tantas personas, de tanto Medellín, de tantos que entraron en los diversos lugares
donde estuvo La Foto Garcés; aquí la memoria de todos, ellos reposan en sus
archivos.
Esta
iniciativa fue preparada por Verónica Zuluaga y Raúl Rojas de 7 Ovejas con la coordinación
de Néstor Rojas y con la presencia de Alejandra
García, Dolly Rojas y Erika Sosa, quienes logran captar y valorar la actividad
de don Libardo Garcés en su trasiego, en esa labor de fotografiar y, así mismo, de mantener la memoria de los medellinenses que pasaron por su lente. a quienes él iluminó para buscar el mejor ángulo posible y así dejarlos para
esa posteridad, lo valioso de la fotografía.
Verónica y Raúl perseveran en la memoria de don Libardo Garcés, así como para que esta bella casa esté abierta y activa. Por esa razón, 7 Ovejas, Cultura / Bar, es una apuesta fundamental para que La Playa mantenga su pulso vital.
Esta
tarde del 5 de febrero hemos conversado
con Juan Fernando Garcés, su hijo, él nos ha donado una parte de esa memoria, él nos ha llevado tras los pasos
de su padre y de su oficio.
Aquí,
en esta muestra fotográfica de Jairo Osorio, existe una versión del Medellín
intelectual que giraba, la mayor parte, en torno a la Biblioteca Piloto. Cada
una de esas personas han aportado su talento desde sus diversos campos, ya sea en la
escritura, en la crítica, en la poesía, en la novela o en el teatro, o en el cine. Ellos son parte de esa gran tradición que la ciudad aporta,
que la ciudad entrega y que allí poseían un punto de encuentro. Cada uno de
ellos merece, en esta antología, un lugar muy especial, ya que para ese
momento, al mostrarlos acá su autor los considerada una parte de esa generación
que ha tratado que la ciudad no se indigne y sea mirada y enfrascada como la
ciudad violenta que en ese periodo perdido que muchos quisieron ver desde esa
perspectiva, sino que en diversos aspectos Medellín define a sus
artistas con otras preocupaciones, ahora congelados para la posteridad en estas
fotografías tan elocuentes, que obligan a mirar esos rostros, esa actitud
de aquellos que algo le donaron y advirtieron desde su creatividad.
He
visto la exposición varias veces, he mirado una a una sus fotos. Cada una de ellas expresando al fotógrafo, no
solo desde su concepto de la fotografía, sino de los personajes buscados, y,
además, dando la certeza de lo que quiso captar en cada uno ellos, así como la
razón por la cual los ha seleccionado. A quien más ha fotografía ha sido Mejía
Vallejo como un homenaje directo. Borges además aparece junto a María Kodama,
que causa cierta hilaridad por lo que fue ella con él. En unas memorias la
casera de Borges advertía que la Kodama le pegaba al escritor ciego
inevitablemente protegido por ella misma que se convertiría en su guardiana no
de la fe sino de su literatura. Lo cual hace visible ese adagio popular que
añade como detrás de un gran hombre hay una gran mujer… así le pegue.
Cada
una de esas fotografías, por supuesto, posee su historia. El espectador solo ve
la imagen coagulada en blanco y negro, con el rostro que cada uno de los
fotografiados ha dejado para la posteridad de papel, sí, cada una de ellas merece un texto definitivo
por lo que expresan. Cada una de ellas es la summa de la ciudad, y juntas, como
ahora, manifiestan una crónica detenida en el tiempo. Me refiero a las fotos de
estas personas tomadas en Medellín. Las otras rompen la pregunta, mi
indagación, sobre la ciudad, lo cual no invalida esta exposición.
En
ese corte histórico que se convierten en relato, ya lo acabo de decir, como si
se tratara de la visión de un indagador exhaustivo, cohabitan en tres
fotografías, los nadaístas Jaime Jaramillo Escobar mirando de soslayo al abrir
una puerta, como siempre ha sido, sigiloso. Eduardo Escobar de perfil serio y
algo taciturno. Jaime Espinel alegre y vital como siempre fue. Ellos conviven,
luego de sus manifiestos, junto a un gran señor, Miguel Escobar Calle, amable,
siempre dispuesto a compartir sus lecturas. Aquí está León Zuleta en una de sus
mejores fotos, atrabiliario y claro, en su condición de persona de talante. A
Mejía Vallejo con su bonhomía y su ser afectuoso. A Darío Ruiz tan crítico y
punzante, siempre atento a las noticias de otros escritores así como a andar
pendiente del pulso citadino, dándole
otro cariz a la literatura de la ciudad, aunque últimamente añade, un poco
despistado, que hay un gran novelista, Tomás González perdido en su cuitas
solitarias. También miramos a Pedro Nel Gómez como expresión del artista que ha
viajado y ha estado inmerso en la ciudad, en cuanto a su diseño y utopía, pero
ante todo como el artista total. En otra
placa Óscar Collazos mira a la cámara, mientras lleva un cigarro al cenicero, y
al fondo Fanny Buitrago, casi sin notarse, advierte a cada momento que nunca fue
nadaísta sino cuando le conviene. Gustavo Álvarez Gardeazabal, juicioso y
concentrado, al frente de su máquina de escribir, a lo mejor, indaga en alguna
novela que escribe, aunque esta foto es de Tuluá; en otra el mismo escritor se
nota en su cachaco, elegante y corbatudo, junto a Juan Rulfo, del cual corría la leyenda,
ingenua de los teóricos y académicos, de que había dejado de escribir porque ya
se creía inmortal con dos de sus libros, cuando en realidad, había dejado de
escribir debido a que los electrochoques aplicados para dejar el licor le habían calcinado su
creatividad. Pero volvamos a Gardeazábal, en este tiempo no existía para él ni
la más remota idea de convertirse en el extraordinario crítico de La luciérnaga,
tampoco había pensado en comprar un nicho eterno cerca a la tumba de Jorge
Isaacs en Medellín. En esta foto apenas se percibe a Carlos Bueno advirtiendo
que ya mostraría su talento como escritor. En otra fotografía Carlos Mario
Aguirre, quien ha afianzado el humor como nadie en el país, sonríe casi
socarronamente. Luis Alberto Álvarez de perfil, cuando él miraba el cine de frente
y con cierta acedia sin aceptar críticas de nadie. Tampoco falta Arenas
Betancur en una cabina en París y en otra con su barba a lo Miguel Ángel de la
vereda el Uvital de Fredonia, y su espíritu libre, dispuesto a una copa de
licor en sus errancias. Tulio Bayer lleno de utopías y de mentiras, lleno de
vida y con proyectos inconclusos; exilado en su casa de París camina por jardín
que era su reclusorio con esta estatura enorme, cuando a lo mejor se creyó un incomprendido.
José Manuel Arango, delgado, con esa tranquilidad suya tan indefinible, sonríe
junto a Elkin Restrepo. Víctor Gaviria
en dos fotos tiene un libro en la mano, y a lo mejor piensa en algún guion inconcluso
o en algún poema que nunca escribió, a lo mejor pensando en el oasis de la
eternidad. Luis Fernando Peláez rabiosamente joven y creativo aparece en dos
fotografías.
En
otra, en un homenaje a Castro Saavedra, aparecen sus amigos, pero no el poeta, pero
sí uno que es o fue ideólogo del partido que fue liberal, Álvaro Tirado, y que nos
indigestó con una obra sobre López. Hay una foto donde aparecen Hernán Restrepo
Duque y su señora, y Fanny Mickey, pero de esa fotografía me interesa Hernán
Restrepo Duque por su aporte a la música, coleccionista eximio, le dio un sitio
a la música colombiana. Pero también, cuando fue director musical de Sonolux, casi nos deja escuchando a Margarita Cueto, ya que no le gustaba el rock. En otra
Elkin Restrepo al lado de Leonardo Álvarez, aun preguntándome por qué motivo no
tuvo una vida más activa como cantante tan contradictorio que fue, de cantar
canciones de Ginette Acevedo Cariño malo, de Serrat La
la la, de criticar a Leonardo Fabio, de quien decía que cantaba como arreando
vacas, hasta componer una música encantadora a los poemas de León de Greiff y de Porfirio.
En otra fotografía Ernesto López mira a la cámara mientras le señala un
linotipo de que los tiempos han cambiado.
Las
únicas fotos a color pertenecen a su hermano Darío Osorio, al frente de una
registradora, acaso en alguno de los cafés familiares, y la otra es la de Fernando Vallejo, aquel
rebelde que aún no ha salido de la sacristía de la iglesia del Sufragio en
Boston con su rostro rosadito de santo de semana santa.
Pero
también están los visitantes: Sábato, Uslar Pietri, Benedetti, y Vargas Llosa
bañado por la lluvia o el papel picado de la revista Hola de España contradiciendo al crítico que es, ya detrás de la ex
de Julio Iglesias, ahora suya y de nadie más. Otra de las visitantes, Helena
Poniatowska de quien se dice que es dulce y amable, pero que en su escritura es
muy aburrida, sin riesgo. Cuando empecé hace años a leer Hasta no verte Jesús mío, ese libro se me cayó de las manos. Pero Jairo
no solo la ha fotografiado, sino que aún cree que es una diva y una escritora
talentosa. Entre estos visitantes hay uno perturbador, Camilo José Cela, censor
franquista y académico quien nunca permitió
que María Moliner ejerciera un cargo de número en La Real Academia de la Lengua
Española. Cela, celoso, buscó el Nobel con todas sus influencias y perversidades.
Cínico, sicalíptico y desmesurado, lo leo en sus obras menos mencionadas, donde
se revela su talento, eso sí lejos del escritor vendido que fue a ciertos
dictadores. Aun me pregunto, qué lo trajo a Medellín, donde vivió algunos
meses.
También
hay fotografías de algunos políticos, pero debido a la penuria personal que
suscitan prefiero no comentarlas. Ellos son tan variables, ellos son tan serios
en sus discursos, en sus análisis, en sus razones y sinrazones, que ya sabemos,
que, desde cualquier extremo, mienten, así posean o mejor, crean poseer, el
remedio a los males de un país siempre en vías de extinción. Los adictos al
poder no olvidan a Maquiavelo.
Por
supuesto, que no podían faltar las fotos de su pueblo, Caramanta, en los bares
de billar donde aun habita una Antioquia campesina y encerrada entre las
cornisas del exceso de verde de las montañas. Tímido homenaje.
Pero
la mejor fotografía, la que más me llama la atención, es donde aparece Oscar Jaramillo con una chica, a la salida de Rigoletto, ahí
en Maracaibo. Ninguno de los dos, ni el pintor de vestido negro como saliendo
de la oscuridad de la taberna ni su acompañante, una chica de cabello corto con
corbata suelta, se percatan de la presencia de la cámara; parecen perdidos en sí
mismos. En casi la misma posición, él mira al piso. Ella, con su perfil
fino mira a la calle. Me gusta la
posición de las manos de ambos. Él, alto con sus manos grandes, se apoya en el
vano de la puerta y la derecha en su cintura. Ella, con un aire de ausencia, también
tiene su mano derecha en la cintura, y
la otra se desliza sobre el jean. Me gusta su corbata floja y suelta, su camisa blanca,
cierto desenfado, cierta tranquilidad, cierta anuencia de ella, que tiene
detrás a un gran artista, pero que ella prefiere fijarse en la calle, en un
gesto de suficiencia, de mundo. Hay algo inconcluso en esta fotografía que la
hace la más valiosa, acaso sea la indiferencia de ella, acaso sea el pintor
fijo en el suelo, tal vez al acecho. Precisamente en esta indefinición se
haya la pregunta que siempre me hago cada que veo esta fotografía, lo
indefinible.
He
hablado de unas pocas fotografías, de las que me interesan. He referido algunas
circunstancias del cambio de piel de algunas de estas personas, unas valiosas para
mí, otras miradas de soslayo, pero esto es solo una opinión. Ya que las fotos
en su conjunto son una crónica sobre la ciudad, sobre sus escritores, sobre sus
artistas, donde todos ellos, reunidos acá, perduran en el tiempo y con su circunstancia,
con sus quimeras. Cada uno de ellos ha apostado algo, con sus pasiones,
con sus desvelos, con su faltonería, con su creatividad. No sé si Jairo Osorio habrá
pensado en contarnos la circunstancia de cada fotografía. No sé si él la
escribirá, yo lo hago desde afuera, su autor debería referir de una manera exhaustiva,
qué ocurrió allí y dónde fueron tomadas, en qué lugar de la ciudad, ya que cada una de
esas fotografías es una memoria, cada una de ellas posee una historia que solo Jairo conoce.