DE ANDRÉS Y GONZALO
Juan Fernando Uribe Duque
Ni Andrés Caicedo ni Gonzalo Arango fueron mártires o víctimas de sus propios demonios, fueron dos artistas que compartieron una épica coyuntural y que cada uno de acuerdo a su sensibilidad y talento, plasmaron o al menos lo intentaron, una actitud ante la vida, ante el mundo y ante su época. Definirlos moralmente como si hubieran sucumbido a sus propios demonios, a sus enfermedades y desafueros, no debe ser del talante de un académico que se supone vela por la conservación de la cultura literaria del país como es el actual director del Instituto Caro y Cuervo.
Si
bien Andrés manejaba estados de ánimo cambiantes y una, al parecer, terrible
drogadicción, ello no obsta para demeritar su obra maravillosa y al igual que
Gonzalo, iconoclasta y efusivo contestatario, líder de una turba de
adolescentes magníficos y bullosos que con los años devinieron en publicistas,
y algunos de ellos en magníficos poetas, la presencia de ambos en el parnaso
colombiano no deja de ocupar un sitial señalado para una juventud que logró
cambiar el sombrero y las cargaderas, por la melena y la lira que aun hace
estremecer a las élites y a los políticos que han encharcado de sangre a
Colombia.
Todo
en su lugar, y no es cuestión de condenar o suponer otro destino mejor para
esos corazones y esas ardentías que lograron fugarse de los determinantes
culturales de una época convulsa, más en un país que como en el nuestro
expresar “No somos católicos porque Dios
hace quince días que no se afeita” fue un sacrilegio, o que el deambular por la
ciudad envuelto en un delicioso sopor de
salsa, rock y marihuana se convirtiera en esa magia de película como si se viviera la mejor de las escenas de
Passolini o una pesadilla de Hitchcock en el caso de Andrés, mientras ambos
cantaban un himno a la ciudad que también los cautivó cuando exclamaron “Cali
calabozo, aparta de mí este cáliz”
Artistas
como Andrés y Gonzalo, sensibles, creativos, inteligentes y comprometidos hasta
el suicidio, son los que está patria adolorida necesita como prueba de que no
es en el lenguaje de la guerra donde se encontrará la redención y el abrazo que
tanto necesitamos, pero sí en el amor, ese indómito sentimiento que tan difícil
se nos hace comprender, y ante el cual caen como ángeles empantanados todos los
dioses vencidos.
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