sábado, 24 de octubre de 2026

DE ANDRÉS Y GONZALO / Juan Fernando Uribe Duque

 

DE ANDRÉS Y GONZALO

 Juan Fernando Uribe Duque

Ni Andrés Caicedo ni Gonzalo Arango fueron mártires o víctimas de sus propios demonios, fueron dos artistas que compartieron una épica coyuntural y que cada uno de acuerdo a su sensibilidad y talento, plasmaron o al menos lo intentaron, una actitud ante la vida, ante el mundo y ante su época. Definirlos moralmente como si hubieran sucumbido a sus propios demonios, a sus enfermedades y desafueros, no debe ser del talante de un académico que se supone vela por la conservación de la cultura literaria del país como es el actual director del Instituto Caro y Cuervo.

Si bien Andrés manejaba estados de ánimo cambiantes y una, al parecer, terrible drogadicción, ello no obsta para demeritar su obra maravillosa y al igual que Gonzalo, iconoclasta y efusivo contestatario, líder de una turba de adolescentes magníficos y bullosos que con los años devinieron en publicistas, y algunos de ellos en magníficos poetas, la presencia de ambos en el parnaso colombiano no deja de ocupar un sitial señalado para una juventud que logró cambiar el sombrero y las cargaderas, por la melena y la lira que aun hace estremecer a las élites y a los políticos que han encharcado de sangre a Colombia.

Todo en su lugar, y no es cuestión de condenar o suponer otro destino mejor para esos corazones y esas ardentías que lograron fugarse de los determinantes culturales de una época convulsa, más en un país que como en el nuestro expresar  “No somos católicos porque Dios hace quince días que no se afeita” fue un sacrilegio, o que el deambular por la ciudad envuelto en un delicioso sopor  de salsa, rock y marihuana se convirtiera en esa magia de película como si  se viviera la mejor de las escenas de Passolini o una pesadilla de Hitchcock en el caso de Andrés, mientras ambos cantaban un himno a la ciudad que también los cautivó cuando exclamaron “Cali calabozo, aparta de mí este cáliz”

Artistas como Andrés y Gonzalo, sensibles, creativos, inteligentes y comprometidos hasta el suicidio, son los que está patria adolorida necesita como prueba de que no es en el lenguaje de la guerra donde se encontrará la redención y el abrazo que tanto necesitamos, pero sí en el amor, ese indómito sentimiento que tan difícil se nos hace comprender, y ante el cual caen como ángeles empantanados todos los dioses vencidos.

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