lunes, 5 de octubre de 2026

Henry Miller a la mesa: el recuerdo de Blaise Cendrars

 

Blaise Cendrars y HenryMiller

Henry Miller a la mesa: el recuerdo de Blaise Cendrars

Una conversación filmada en 1979

Henry Miller tiene ochenta y siete años. Está sentado a la mesa, come, bebe vino y conversa. No parece estar concediendo una entrevista en el sentido convencional. La cámara permanece allí mientras su memoria va escogiendo sus propios caminos.

La película es Dinner with Henry, filmada en 1979 en la casa de Miller, en Pacific Palisades. Richard Young y John Chesko participaron en la realización de la filmación y Brenda Venus estuvo presente durante aquella cena. Lo que inicialmente debía estar relacionado con el vino terminó convirtiéndose en algo mucho más interesante: una conversación errante sobre la literatura, el dinero, el Premio Nobel, Francia, Marcel Proust, D. H. Lawrence, Knut Hamsun y, sobre todo, el hombre que Miller consideraba uno de sus grandes héroes: Blaise Cendrars.

La conversación tiene precisamente el desorden de una sobremesa. Miller interrumpe un recuerdo para quejarse del plato que le han servido, vuelve al vino, abandona una historia y comienza otra. Pero debajo de esa dispersión aparece una extraordinaria confesión acerca de la literatura y de la formación de un escritor.

El Premio Nobel para pagar las deudas

En un momento de la cena surge el Premio Nobel.

Miller asegura que nunca había pensado seriamente en obtenerlo. La idea se le ocurrió por una razón mucho menos solemne que la gloria literaria: el dinero.

Su contador le había explicado lo que podía suceder con sus bienes después de su muerte. Los impuestos podían obligar a vender la casa y perjudicar la herencia de sus hijos. Miller comenzó entonces a hacer cuentas y pensó en el dinero del Nobel.

La literatura universal descendía súbitamente a la contabilidad doméstica.

Miller se divierte con la idea. Habla incluso de la necesidad de conseguir personas que escriban apoyando su candidatura. Pero inmediatamente aparece otra historia: alguna vez conoció a un hombre relacionado posteriormente con el comité literario del Nobel y, después de conversar apenas unos minutos con él en un café parisino, Miller se aburrió tanto que inventó una cita y escapó corriendo.

Años después supo que aquel hombre había llegado a ocupar una posición importante relacionada con el premio.

La posibilidad del Nobel parecía haberse complicado considerablemente.

Miller recuerda también una explicación que Lawrence Durrell habría recibido acerca de por qué nunca le habían concedido el premio: esperaban que Henry Miller se volviera respetable.

La sola idea lo indignaba.

Ser respetable era precisamente aquello que no estaba dispuesto a conseguir.

El héroe

Pero el verdadero centro de la conversación aparece cuando Miller comienza a hablar de Blaise Cendrars.

No lo presenta simplemente como un escritor admirado. La palabra que utiliza es mucho más fuerte: su héroe.

Lo admiraba como escritor, como personalidad y como hombre. Su manera de vivir le parecía tan extraordinaria como sus libros.

No era una admiración reciente. Cendrars llevaba décadas ocupando un lugar privilegiado en el universo literario de Miller. Ya había escrito sobre él en The Books in My Life. Cuando el Miller anciano vuelve a evocarlo frente a la cámara, por tanto, está regresando a una de las figuras fundamentales de su formación como escritor.

Miller y Cendrars se habían conocido en París en los años treinta, después de la aparición de Trópico de Cáncer. Cendrars había leído el libro y quiso conocer a su autor.

Para Miller, encontrarse con uno de sus héroes debió de constituir una de esas rarísimas ocasiones en las que el escritor previamente imaginado a través de sus libros aparece de pronto convertido en un hombre de carne y hueso.

Cendrars llama a la puerta

Miller recuerda la visita de Cendrars después de la publicación de Trópico de Cáncer.

Cendrars había leído la novela y le había gustado, aunque también tenía objeciones.

Una estaba relacionada con Matisse. Consideraba que determinada referencia artística introducida por Miller resultaba demasiado cultural. Tampoco compartía su entusiasmo por Marcel Proust.

Miller, por el contrario, admiraba profundamente a Proust.

La escena permite imaginar dos concepciones literarias frente a frente: el escritor estadounidense que estaba encontrando su voz y aquel aventurero europeo que ya había convertido la experiencia en una forma de literatura.

Pero Miller no recuerda a Cendrars únicamente por sus opiniones literarias.

Recuerda al hombre.

El hombre que había perdido un brazo

Cendrars había perdido el brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial.

Miller reconstruye dramáticamente el episodio. Habla de las trincheras, de la herida y de la urgencia de recibir atención médica. En su relato, Cendrars aparece como alguien capaz de imponer su voluntad incluso frente a la posibilidad inmediata de morir.

Esa imagen de coraje permanecería asociada para siempre a él.

Muchos años después, Miller volvió a verlo cuando Cendrars estaba gravemente enfermo.

Esta vez la escena fue completamente diferente.

El hombre que había atravesado guerras y aventuras estaba sentado, sufriendo. Según recuerda Miller, Cendrars rechazaba los analgésicos porque quería experimentar conscientemente qué significaba morir.

El dolor terminó haciéndolo llorar.

Miller no pudo soportarlo.

Ver llorar de dolor al hombre que había considerado indestructible fue demasiado para él. Salió de la habitación sin despedirse y nunca regresó.

Cendrars murió poco después.

La memoria de Miller conserva todavía, muchos años más tarde, aquella última imagen.

Una literatura eléctrica

Cuando le preguntan qué encontraba en la escritura de Cendrars, Miller intenta explicar una experiencia física.

Leerlo lo electrizaba.

A veces tenía que cerrar el libro, levantarse y caminar por la habitación. No podía creer que alguien hubiera escrito aquello de aquella manera.

No habla de teorías literarias.

Habla de una conmoción.

También recuerda la extraordinaria amplitud del vocabulario de Cendrars. No solamente conocía el lenguaje literario: podía apropiarse de palabras procedentes de los oficios, de los delincuentes, de la calle y de mundos completamente alejados de los salones culturales.

Miller reconoce algo parecido en sus propios comienzos.

Cuando comenzó a escribir, tenía pegada junto al escritorio una gran hoja de papel llena de palabras que le gustaban. Mientras trabajaba levantaba los ojos, encontraba alguna de ellas y procuraba introducirla en el texto.

La literatura todavía era descubrimiento, apropiación, hambre verbal.

«No influyó en mi escritura»

La revelación más interesante llega casi al final.

Ante la suposición de que semejante admiración tuvo que ejercer una influencia directa sobre su estilo, Miller establece una diferencia extraordinariamente precisa.

Cendrars había influido profundamente en su psique, pero no en su escritura.

La diferencia es fundamental.

Un escritor puede transformar a otro sin dejar huellas reconocibles en sus frases. Puede modificar su manera de mirar, darle coraje, ampliar aquello que considera posible o mostrarle una forma diferente de estar en el mundo.

Eso había hecho Cendrars con Miller.

Knut Hamsun y el fracaso necesario

La conversación conduce entonces a otro de sus héroes: Knut Hamsun.

Miller confiesa que había deseado escribir como el novelista noruego. Incluso había intentado imitarlo.

No pudo.

Y precisamente aquel fracaso terminó enseñándole algo esencial.

Después de intentar escribir como los escritores que admiraba, no tuvo otra posibilidad que regresar a sí mismo.

Ese regreso constituye quizás una de las mejores confesiones literarias de toda la conversación.

El escritor joven comienza leyendo voces que parecen inalcanzables. Quiere escribir como ellas. Las imita, fracasa y, si tiene suerte, descubre finalmente una voz que no estaba en ninguno de sus maestros.

La suya.

Volver a ser nadie

En otro momento Miller recuerda a D. H. Lawrence y una interpretación de la resurrección de Cristo que le fascinaba.

Según la recuerda Miller, después de haber sido maestro y salvador, Cristo habría deseado convertirse simplemente en un hombre común, en un cualquiera.

La idea entusiasma a Miller.

Después de haberlo probado todo, dice, uno quiere regresar a nada.

Hay algo profundamente coherente entre esa imagen y el hombre que vemos sentado a la mesa en 1979.

Henry Miller había provocado escándalos, padecido censura, vivido durante años en Europa, escrito algunos de los libros más controvertidos de su generación y terminado convertido él mismo en personaje literario.

Sin embargo, frente a la cámara, el anciano continúa hablando con entusiasmo de los escritores que alguna vez lo hicieron levantarse de una silla.

El hombre famoso vuelve a convertirse en lector.

Y acaso allí se encuentra el secreto de toda esta conversación.

Henry Miller habla de Cendrars, de Hamsun, de Lawrence y de Proust, pero en realidad está reconstruyendo su propia formación. Nos muestra que una influencia literaria no consiste necesariamente en copiar una frase, una estructura o un estilo.

Algunos escritores nos enseñan a escribir.

Otros hacen algo más extraño:

nos muestran que es posible vivir de otra manera.

Para Henry Miller, Blaise Cendrars pertenecía a estos últimos.


Nota documental

Este artículo reconstruye y comenta la conversación registrada en Dinner with Henry (1979), utilizando como material de trabajo la filmación y una transcripción automática en inglés. No es una traducción ni una reproducción íntegra de la entrevista. Los nombres deformados por la transcripción automática fueron identificados y corregidos durante la preparación del texto.

Fuente audiovisual: Dinner with Henry (1979), filmación realizada en la casa de Henry Miller en Pacific Palisades.

Texto y preparación de la versión española: Víctor Bustamante.
Asesoría: Clarita de Bustamante.

 

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