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| Jacques Rhalechi |
LA FE DE FRANCIA
Darío Ruiz Gómez
Los setecientos mil católicos que se reunieron en el centro de París colmando los Campos Elíseos para participar de la misa oficiada por León XIV no era un enjambre ni era una masa conducida por unas plataformas emitiendo consignas totalitarias. Lo primero que desde su pontificado ha venido a recordarle al mundo el Papa es que un ser humano no es una cifra ni responde a un algoritmo y se opone al pretendido objetivo de algunos líderes de convertirlo en una máquina más. La libertad inalienable del ser humano, de la vida, conduce a la exigencia no de ser liberados, una actitud de detestable sumisión ante los falsos mesías que proliferan gracias a las redes, sino que desde que abrimos los ojos al mundo ya la gracia nos había dado la libertad. Y ante los verdugos el recordar imperiosamente que la vida de cada ser humano es sagrada. “Para que el mundo tenga vida” Maliciosamente para algunos este renacer glorioso de la fe católica en Francia “se debe al envejecimiento de una población que busca algún refugio” Como si cada anciana o anciano, hombre y mujer maduro viniera en Francia de un vacío espiritual y no de una profunda vivencia sobre lo que significa la religión católica como respuesta hoy a décadas de infamias y de decidida persecución contra los católicos por parte de minorías manipuladas por la llamada República Islámica, por los intelectuales estalinistas en su intento de borrar algo imposible de borrar. Occidente es el Cristianismo: el libre albedrio que a todos nos reconoce como seres espirituales, el perdón que, el Corán desconoce. En Francia en medio de una guerra declarada contra el catolicismo, León XIV ha logrado a reunir a la Iglesia de las catacumbas una comunidad perseguida, martirizada, en unas inolvidables jornadas de afirmación de fe.
Al
insistir que lo que es legal no es necesariamente moral aclara una situación en
que para la ley y para los medios de comunicación, para la “divina izquierda”
el católico debe ser señalado como el victimario a quien se debe castigar y lo
primero que se debe borrar es la historia del catolicismo. Matar con una barra
de hierro a un adolescente católico por un grupo de fanáticos de izquierda ha
llevado a la distorsionada conclusión de que aceptando la verdad “ésta puede
ser aprovechada por las fuerzas de derecha”. Burdo sofisma. Degollar a un
profesor de bachillerato alegando el niño musulmán que creyó en clase
escucharlo burlarse del Profeta demuestra lo que la batalla del fanatismo
salafista implica en este intento de destrucción de la sociedad cristiana de
Francia y de su tradición. Es “la justa laicidad” la que le reclama al mediocre
Macron. Ochenta mil adolescentes cantando con León XIV el “Salve Regina” solo
expresan el Joie de Vibre el gozo de vivir sobre el chantaje inadmisible del
fundamentalismo islamistas, no de la religión musulmana. La luz de Chartres, la
elocuencia de Bossuet, la ascesis de Pascal, es la visión al medio día de la
Virgen en el inmortal poema de Claudel en momentos en que se nos quiere hacer
creer que la salida a la crisis de la economía es la que ofrece un terrorista
de la talla de Melenchon bajo cuyo gobierno Francia caería en la barbarie
absoluta tal como lo están demostrando sus enfurecidas hordas de muchachos
adoctrinados quemando colegios, amenazando con incendiar Francia. Si el ultranacionalismo
de Le Pen está ahí no es la culpa de los cristianos si no del fracaso de una
izquierda que con el incumplimiento de sus promesas ha permitido que la clase
obrera francesa se haya marchado sin retorno posible hacia la Derecha.

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