Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali.
Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza.
neonadaismo@gmail.com
Cuando se es joven,
estudias “Licenciatura en Español y Literatura” y transcurre la década de los
ochentas, el “Magazín” literario de “El Espectador” era el referente de lectura
dominical. Más allá de evocaciones y demás detalles al respecto de dicha
publicación, fue allí donde me topé con la figura de Raúl Gómez Jattin. En la
memoria versos al río Sinú, exuberancia de paisajes y de frutos como el mango.
Cada domingo, por lo general, se citaba y publicaban asuntos sobre algún poeta
local o internacional. Muy curioso que una década después, también por la
prensa, supiese de su ridículo accidente en Cartagena. Quienes hemos ido allí
(en esos años), presenciábamos la temeraria velocidad de buses llamados “ejecutivos”.
Al avanzar por sectores como “el laguito”, la inminencia de un accidente se
hacía casi real. Muere obtusamente el poeta, se cree que fue suicidio, pero me
parece inviable, dadas las circunstancias de su enajenamiento y de la barbarie
letal del transporte en su ciudad nativa. Poeta pues, de no escasos titulares y
por lo visto, sujeto asiduo de secciones de farándula y amarillismo.
Un asunto más, leído
en algún tabloide: los acudidos recitales, masas de admiradores y metiches que
colmaban salas donde él se presentaría con su tamaño, aura e impronta de “poeta
maldito” en vida. Leí que en cierta ocasión le fue prestada la edición que hizo
NORMA de su poesía para que declamase y luego, entre apuntes, reclamos y risas
se quedó con ese ejemplar. Era ya una “vedete”, imantaba con su presencia de
poeta extraño, sobreviviendo a veces con la venta de inéditos versos.
Pareciera que de
tanto en tanto se vuelve urgente, necesario, el advenimiento de un nuevo poeta
“maldito”. Malditismo sospechoso y
sesgado, más para sobrevalorar la obra o la biografía de un escritor. Ignoro si
a priori algunos vates lo buscan, lo ansían como pretexto para trascender un
poco más, hacerse notar, llamar la atención en caos de trasuntos y mañas de la
sociología y de la psicología, más proclives hacia apologías de tres centavos.
¿Quién, antes de Raúl, era nuestro poeta maldito de ocasión? En Medellín -aún-
pervivía Darío Lemos, pero una vez fallece de mugre y de miseria, ¿era el
momento para adueñarse de semejante sitial? La denominación de “poeta maldito”
pudiera ser más lejana que su formulación en la Francia del siglo XIX y
extenderse hasta que rocemos la extinción. Esa cuestionable aura de “maldito”
luce facilista y oportunista, salvo que sea sacrificio y reacción ante la indolencia
de medios, poder y corrupción de aquellos que manipulan la cultura
gubernamental.
Nace y muere Raúl
Gómez Jattin en Cartagena (1945-1997). Pronto se nutre de la notoriedad del
Caribe: su mar, ríos, exuberancia, frutos y va a habitarlo todo con palabras y
poemas energéticos, adjetivos cálidos como los entornos en los que se mueve,
entre estudios, ocio y temporadas en la vasta región sabanera del norte de
Colombia. Hacia 1980 aparece su libro “Poemas” y entre ellos uno que se
convierte en su propia “Parábola del retorno”, siendo Raúl más contundente en
la nostalgia. El poema se titula “Qué te vas a acordar Isabel”. El lirismo es
intenso y los contrastes que maneja entre los lejanos chicos y el ahora
adultecido de ambos, son devastadores: “Cuando nos vemos me tiras un “qué hay
de tu vida”/frío e impersonal/Como si yo tuviera de eso/Como si yo todavía
usara eso”. Líneas de admirable sencillez, lo coloquial transformado en herida
visceral.
No dudo que parte de
su atractivo para figurar como interlocutor de “parrandas” y/o reuniones
etílicas y poéticas, ha debido ser por su sugestiva y explícita zoofilia: cero
tabús y enumeración, veraz o no, de prácticas que se asumen como usuales de
idiosincrasias regionales. En ciertos ámbitos ha debido provocar escándalos y
risotadas, tamaña franqueza de su yo sexual -que habría abochornado al mismo
Porfirio Barba Jacob- se deja leer en varios textos, generando relativa
curiosidad y singularidad ante su lascivia personal. No sé, es una apuesta
temeraria el irse despojando de prejuicios o iniciar una ácida
despersonalización para provocar al otro, con inusitadas proezas de la libido.
No es ése el Raúl notable, el escritor vertical y sumido en sus épicas y
tragedias.
Pronto, también, nos
encontramos con el hombre de lecturas, el actor, el conocedor de teatro y
maestros de la literatura. Son perceptibles ecos de sensualidad y elaboración
en él de Kavafis, más allá de su homosexualidad y, de Aurelio Arturo, en sus
meticulosas descripciones de la naturaleza. Igual es poeta que no rehúye a su
propio “desbarrancadero”, transeúnte del pesimismo y de la impotencia. El
ejercicio que realiza en “Retratos”, bastante autobiográfico, le permite
oscilar entre la angustiada primera persona y salirse de ella, ejerciendo como
narrador y cronista de su época, familia y amigos. Más adelante otro de sus
célebres poemas: “Casi obsceno”, testamento de su deseo, finalizando con
ominosas etopeyas de sí mismo: “No soy malvado. Trato de enamorarte/Intento ser
sincero con lo enfermo que estoy/y entrar en el maleficio de tu cuerpo/como un
río que teme al mar pero siempre muere con él”.
Podría colegirse que
en su madurez a Raúl le tiene sin cuidado dejar escuela, ser huésped de ismos
arribistas o grupúsculos elitistas de la lírica escrita en Colombia. Demuestra
suficiente coraje y desdén para no venderse. En este poema “De lo que soy”,
finaliza con versos memorables: “La poesía es la única compañera/acostúmbrate a
sus cuchillos/que es la única”. No le llama la atención ser modelo de
publicidad, lucir toscamente elegante o hacer parte de logias higiénicas y
castas. “Estoy viejo”, nos dice, lo expresa para sí y para todos. Y no es que
sea “maldito”, es que la no pertenencia te aproxima, sino a ese apelativo, si a
diversos como desconocido, anónimo, distante. Rigor y valentía en el poeta
cartagenero.
La edición que
realizó la editorial NORMA, corresponde a los años comprendidos entre 1980 y
1989, después hay otros títulos. En “Hijos del tiempo”, su lenguaje es más
depuradamente fino y conciso, ha sabido tomarse tiempo para escribirlo, el
último de esos poemas es de belleza sobrecogedora: “Lola Jattin”, la madre,
atractiva mujer y silenciosa esposa. El poeta, su hijo, ha dejado espurios,
lastres de arrabales y mendicidades y se ha acercado emocionado y nostálgico a
la evocación: “Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte” … “Más allá de
estas lágrimas que corren por mi cara/está Lola -la muerta- aún vibrante y
viva/sentada en un balcón mirando los luceros”. La incontenible presencia de la
nostalgia que sólo posibilita el saber que hubo un más allá de lo feliz y
significativo, envuelve al poema en hipnótica atmósfera de tristeza y de
derrota. Pero es tristeza y derrota de lo inevitable, de lo que provee el
tiempo y sus agentes: muerte, óxidos y olvido de aquello vital y exultante.
Este es, tal es su POEMA, que lo ubica con méritos en lo selecto de la poesía
universal. Es el poeta de ciénagas, luceros, amor y decadencia, perplejo ante
la inasible perfección de la belleza y la horadación segundo a segundo del azar
y del discurrir de los años.
En nuestro medio,
sabemos de degollinas de críticos y áulicos de editoriales y medios masivos. La
vigencia o no del artista o poeta pasa más por tamices políticos y
regionalistas, que por agudos análisis. Tras años de su muerte, Raúl Gómez Jattin
ha sabido ganarse el espacio logrado por sus versos, no tanto por su curioso
eclecticismo sobre lo escatológico y sexual, sino por los riesgos que asumió al
hablarnos de su serena epopeya del Caribe y de desnudeces extremas al sentirse
poseído por el desasosiego y la melancolía. Sin embargo, se ha ido
incrementando revisitada iconografía del Raúl hombre, dándole mayor importancia
al legado anecdotario sobre el literario. Vende más lo irrelevante, libros
grotescamente personales, reivindicando en el semejante miserias y misceláneas
memorísticas. Paradójico sería que sobreviviera más la imagen del Raúl Gómez
Jattin execrable y oligofrénico, que la del poeta de exuberancias y nostalgias.
Tal vez, podría ser: la frivolidad evita lo inconmensurable y profundo.
Por el correo de las
brujas, ese que permite que llegue de una manera inesperada recibo de manos de
John Sosa, transeúnte del centro, inmerso en su seriedad, -a veces lo siento así,
él siempre de afán- una buena sorpresa. Y por esa razón ha permitido que ahora,
en este domingo caluroso de febrero, lea Punto
Seguido N. 58. Y cuando digo sorpresa, es por la persistencia en la poesía como
acto de afecto y creatividad, y, sobre todo de comunicación en un momento donde
la misma poesía anda permeada y prostituida por los negocios, el aprovechamiento
personal y no la cercanía con ella como manera de sustituir y paliar un mundo
confuso, atrabiliario lleno de falsedades donde el entretenimiento y la superficialidad
gana terrenos en la vida cotidiana, y deja la poesía desmantelada en los sótanos
de la desmemoria.
La poesía pura, y
vigorosa no sucumbe a este falso camino que la corroe, ¡que no!, la poesía, la
que vale, mantiene su lucidez en el crepúsculo, en la ordalía de la noche y en
la irreverencia de lo cotidiano. Por esa razón celebramos el nuevo número de Punto Seguido, por esa razón en la
revista, donde ella sobrevive, sabemos que el pulso de la escritura se encuentra
intacto, y nos demuestra que aún hay constancia en la poesía como norma de
vida, como pulsión creativa. En las revistas, en este caso con Punto Seguido, le damos otra mirada a la
realidad de la ciudad, a las preocupaciones de sus escribas, a las sinrazones
de sus poetas, al pulso y nervio de sus escritores que calle a calle y página a
página no dejan que la mentalidad paisa de negociantes la hayan sumido en un
cuadro de aperos y relojes extraviados en la mesita de noche, sino que ellos:
John Sosa, Luis Fernando Cuartas, Óscar González y Carlos Bedoya asumen el reto
de enseñarnos que la poesía posee el misterioso adagio de las comunicaciones,
de la vitalidad del asunto pasional para que ella no se sumerja y naufrague en
el mandato de la mediocridad, como ahora, en estos tiempos no del cólera sino
de tanto aspaviento y donde la musa, ¿Calíope?, se encuentra encarcelada.
Los poetas
antologizados como Guillermo Sepúlveda con su desconcierto nos devuelve un eco
de una bella canción: “En primavera / una arrebatada sinfonía de Mozart/ iluminará
de colores / el jubiloso aroma del jardín y la pradera”. Tarsicio Valencia con
su poemas de la naturaleza como refugio al desespero: “Agua memoriosa/ Orquídea
blanca de la infancia”. Carlos Ciro nos dice ante el misterio y las mil preguntas
del asombro ante el bosque: “tú que fluyes /tropiezas una vez más/ sobre esta
piedra/ y sea tu espuma / el arraigo de estos ecos”. O la apesadumbrada Anna Francisca
Rodas que huye al deseo y cree ser víctima y no victimaria dice: “Podría llamarme
Juana,/ Salomé,/ Virginia,/ Antonia/ o ser liturgia de vagamundos / cuyo nombre
devoran/ las fieras.” Cuartas erotizado decide no levar anclas sino quedarse en
ella, esa desconocida, a quien no nombra sino en sus deseos: “Bisagra que muerde
decían los profetas, la gran puerta ardiendo decían los poetas, es el centro universal,
la garganta hirviendo, el brebaje del sol…”. John Sosa perplejo ante el silencio
y ll palabra como mediatizado, añade: Mientras espero el mar se desdobla. Suceden
imprecaciones de alas. Ella fue. Con sus camellos pasó por el ojo de la aguja.
Sus cartas, el licor. Los ninfos parlotean. Su amor, nudo corredizo. Istar en
su casa de hongos. Expíame bajo el árbol de manzano”. Ah, y no podía falta Carlos
Bedoya, uno de los pocos poetas incontaminados de la ciudad: “La luna llena /
labial viscoso/ de acequias en flor/ de sueños/ al borde del tálamo/ donde
yacemos/ en víspera de la risa/ a punto de estallar/ como glaciares voraces”. Dominio
y plenitud en su poesía. Óscar González lúcido
y a veces lejano, bordeando los caminos de las artes visuales entrevista a
German Soto. Pero Jesús Gómez, a pesar de su nombre bíblico, antes mesiánico,
poetiza: “Todos los días / llegan camiones cargados / en su interior / cada uno
trae su historia...”
En síntesis, Punto Seguido nos demuestra que la poesía
aún está que arde, que aún perdura en sus presencias, y, en esa cercanía,
renace solo una vez al año para entregar su huella y su esfuerzo, su osadía de
los collages. O sea, para decirnos que ellos están ahí en el ruido cotidiano de
la calle, lejos del asombro de la corrupción que permea el país que parece no habitarnos,
que la poesía es el destino de la generosidad y del afecto, pero, sobre todo,
del diálogo y la perseverancia en la vida. Que en sí la revista como objeto no
oscuro sino fulgente es una obra de culto por el cuidado, el diseño (Adriana Lopera entrega su talento), la
prestancia, y, sobre todo, la correspondencia de sus hacedores entre vida y poesía.
Punto Seguido es todo un manantial
fresco, agua clara, poesía pura, en este verano tan temido.
Aunque en esta parte de
la calle, el cruce de Maracaibo con El Palo, se disminuye el tráfago citadino,
y se puede caminar de una manera algo serena, cuando entramos a la Librería El
Acontista sentimos la máxima frescura y además la llegada a un lugar lleno de
esa magia que dan los libros; pero qué digo, no solo magia, sino también la
curiosidad y el afán de mirar los libros con el universo de su autor que se
anuncia en sus portadas. En la Liberia los libros son pasivos, esperan a quien
se los lleve, desde sus portadas invitan o el gran escritor con su nombre
brilla para hojearlo y decidir llevarlo, pero sobre todo es el título del libro
que llama la atención. En la Librería los libros también son puertas que abren
sus hojas para entrar a la vastedad de esos diversos mundos que allí habitan.
La librería es el paraíso para los libros, allí lo habitan, lo viven hasta que
son comprados. En la librería es el mundo sin hostilidades para que el libro mantenga
su peso específico: ser el bastión de la cultura, el transmisor de la civilidad,
el advenimiento de la aventura del pensamiento, así como las diversas
geografías de las ciudades que vivimos. Y sobre manera la expresión de una
ciudad. Una ciudad sin librerías demuestra el mal síntoma y perversidad de la
época. En este índice de actualidad es notorio que una librería es necesario
cuidarla, darle exenciones no ser tratada como un negocio cualquiera. En la
librería se va a aprender, a continuar con esa aventura diaria que es la
palabra y su expresión más prístina.
En la librería existe,
muchas veces, el encuentro fortuito entre libro y lector. Uno va en busca de un
libro determinado y a veces se encuentra una sorpresa al leer una sola página
de un libro que atrapa. Otras, se coincide con el descubrimiento de algún autor
que no conocía.
Principios del 2000 en
La Boa, perseveramos algunos amigos escritores. La Boa era, es punto de
encuentro para conversar, escuchar música, tangos o boleros o salsa, en La Boa
la literatura y los sueños de escribir, de editar revistas y libros mantienen
su pulso. Rubén López. José Martínez, Omar Castillo, Raúl Henao, Jairo Guzmán,
Carlos Bedoya, John Sosa, Luis Fernando Cuartas, ah y el poeta Alberto Escobar,
conversamos allí, pura literatura y algo de licor. A veces Billy llega en la
noche de viernes. Lo digo en presente porque estos momentos se tatúan en la
memoria. Y comento este instante por una
razón de peso, allí ocasionalmente entraba un señor, que luego se llamaría Ricardo
López. Él entraba acompañado por una chica alta, Alejandra, lejos de su Diván
Rojo. Ellos venían de un negocio cercano, del cual era dueño Ricardo, una
suerte de bar. Además contaba que deseaba abrir una librería en el segundo
piso, lo cual era una paradoja en la tierra del auri sacra fames. Y en realidad
en medio de ese avatar de lo que es crear una librería, por la dificultad ante
la frivolidad de los medios, el denominado reino de la imagen, y la pereza
intelectual que es la peor plaga de todo, la librería se abrió y aun funciona.
Y se llama El Acontista. Esa palabra que la aprendimos muchas personas debido
al poema del gran león de Greiff.
Relato de Guillaume de
Lorges
Yo,
señor, soy acontista.
Mi
profesión es hacer disparos al aire.
Todavía
no habré descendido la primera nube.
Mas,
la delicia está en curvar el arco
y
en suponer la flecha donde la clava el ojo.
Yo, señor, soy acontista.
La
librería El Acontista posee una idea que la caracteriza, ser al mismo tiempo un
espacio para conversar, para buscar un acercamiento mediante la idea de café
libro con los lectores posibles. Lugar de conferencias de cine, lectura de
poemas, presentación de libros.
Al
subir las escalas nos da la bienvenida un proyector de cine, lo cual expresa el
amor de su dueño, por ese arte, nos señala que la más alta tecnología también
sufre sus apocamientos. Pero en seguida, unos escalones más, y ya obtenemos el
paraíso de esa isla soñada en medio del tráfago de las calles, con sus libros
en los anaqueles y el deseo de a perseverancia en la lectura como una respuesta
a la barbarie no solo del ser humano en su inmediatez, sino en medio de la
ciudad que necesita estos espacios para oxigenarse.
Hay
una contante en la naturaleza, cuando desaparecen las mariposas es síntoma de
que el medio ambiente se haya en estado de alta contaminación. Así ocurre con
las librerías cuando, estas se cierran es síntoma de que la población de la
ciudad va en camino a la más baja pobreza mental, y al entretenimiento como
norma de vida. En esas vidas desoladas y deshojadas sin un libro en sus manos
que los lleven a preguntar, a aprender y a cuestionar.
Dice
un eslogan de la página web de la Alcaldía: “Creemos que la Medellín que
soñamos es posible”. Pero ya sabemos que como todo eslogan esas palabras son
algo general. Lo digo porque es necesario proteger las librerías. Así soñamos
una ciudad más culta.
Fotografía de Melitón Rodríguez, 1900
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36 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico: Río Medellín ---
Pequeña biografía del
Río Medellín
Para Rubén López
Rodrigué
Víctor Bustamante
Abandonado, destrozado,
saqueado, olvidado, relegado, menospreciado, el río Medellín sigue su curso,
pero, qué digo, ¿río? No, perdón, la cañería a cielo abierto más grande de la
ciudad y del departamento, se desliza por la mitad de la topografía. Y cuando
digo cañería, es algo cierto. En eso, esa cosa sucia, la hemos convertido.
Nunca sentimos el río. Ellos hicieron, sin desparpajo, lo mismo que realizaron
con las quebradas: las taparon con losas de concreto, las convirtieron en otras
cañerías para ampliar el plano citadino y valorizar terrenos a un amplio precio
ecológico. Eso es Medellín: la ciudad caníbal. Y qué decir de las industrias a
las cuales nunca les interesó el río menos a una ciudadanía maleducada, sin
sensibilidad, menos a sus dirigentes que viven en otras esferas, como ahora, en
esta época de una premisa que arrasa su interior: la Internacionalización. Lo
que ya había realizado la mafia sin darse cuenta lo copiarían desde hace poco.
Si los mafiosos son ostentosos con sus construcciones, con su lujo desmedido
por las baratijas de marca, pasando por encima de cualquier reclamo. Esa
mentalidad se traspasó sin pena ni gloria por las diversas administraciones que
no saben qué hacer con el dinero del presupuesto, sino destruir el patrimonio
de Medellín, olvidar el centro histórico, por vivir en la fantasía de las
grandes obras como esnobismo personal. El boato y el descontrol, la falsa
representación, los ansiados y buscados títulos honoríficos que se alquilan a
la cuidad, en convenios o relaciones exteriores, no son más que el velo sucio
para ocultar la poca sensibilidad con Medellín.
Frontera y límite para pasar a Otrabanda,
suburbio de los desplazados y desclasados. Así el río poco a poco se convirtió
en el hábitat depravado de los marginados. Una película reciente y algunos
textos realizan una alegoría sobre los habitantes de sus cuevas por ahí, por
sus orillas en Barrio Triste. Cuando ya se conquistó la Otrabanda, se
construyeron y se siguen construyendo puentes elevados solo pensando en el tráfico.
Cuando se pasó al otro lado, ya quedó lista la aniquilación del río Medellín.
Fue una labor paciente, callada, incesante, de muchos años. Estruendosa por
cierto.
Pero miremos un poco su
historia. En un relato de 1675 se atestigua que para pasar a Otrabanda, cuando
el río crecía, era necesario caminar tres leguas hasta el puente del Alférez,
puente del Mico hoy. O también se debería caminar hacia el remanso, llamado Las
Playas, y pasarlo, en lo que es hoy un tramo desde El Poblado hasta El Rincón,
en Belén, donde el río se expandía y era fácil franquearlo.
Gregorio Gutiérrez
González en 1850, escribe uno de los poemas más sentidos sobre la ciudad,
“Medellín desde el alto de Santa Elena”:
Allí está Medellín, la
hermosa villa,
Muellemente tendida en
la llanura,
Cual una amante, tímida
hermosura
Reclinada en el tálamo
nupcial.
Allí está Medellín: su
sol ardiente
La hace ostentar su
gala y sus primores,
Y la da los fantásticos
colores
Del magnífico Edén del
oriental.
Ciñe su talle esbelto
su ancho río
Cual cinturón de perlas
y de plata,
Y en su onda limpia la
beldad retrata
Y allí su imagen
sonreída ve.
Murmura el río
enamoradas voces,
Para adormir a su
coqueta reina,
Y ella en sus aguas sus
cabellos peina
Y moja en ellas el
desnudo pie.
En este fragmento de
este poema es notoria la presencia del río, ya que aún no ha sido devorado por
las diversas intervenciones, sino que aún es presencia del paisaje ya que
discurre, manso, entre los campos verdes, entre sus orillas, y el poeta por esa
razón lo destaca, como si acordonara la ciudad de una manera amorosa. Aun eran
tiempos en que había una idealización entre el individuo y la naturaleza, el
poeta no luchaba por domeñarla sino por convivir con ella, por sentirse
exultante ante los parajes y paisajes que le imprimían un fervor casi místico.
Pero también había una
interacción solapada ya que al mismo tiempo se daba la destrucción de su medio
natural, sus orillas, su cauce, que había comenzado desde 1838. Dice don
Lisandro Ochoa: “Nos contaba mi abuelo paterno, Nicolás Ochoa, que la banda
oriental del río Aburrá, desde el Alto de San Luis, arriba en Envigado, hasta
el punto llamado Bocaná, estaba cubierta de espesos montes, los que fueron
destruidos para aprovechar la leña y dejar la mayor parte de los terrenos para
potreros; por tal motivo se fueron secando las aguas del río Medellín, de la
quebrada La Ayurá, la Aguacatala, la Poblada, y Santa Elena con sus afluentes,
llegando la sequía de las aguas hasta quedar
estas reducidas a una octava parte. ¡Cuánto nos servirían hoy estas siete
octavas partes de agua pura y cristalina, si por ignorancia de nuestros
antepasados, y por la impotencia de las autoridades de aquellos tiempos que no
se dieron cuenta, los primeros de la riqueza que destruían al arrasar los
montes, y por falta de alguna ley, las segundas que ordenaran a todo
propietario a dejar siquiera unos treinta metros arborizados a lado y lado de
cada preciosa fuente!”.
En este texto, en esta
referencia, al río de hace unos años es notoria la medida de la destrucción
interna del valle de Aburrá, y por lo tanto su efecto devastador sobre el río.
Eladio Gónima, otro
escritor que sin ser historiador da también su versión: “El río Medellín era en
aquella época un verdadero río, más caudaloso, relativamente al presente. Por
cualquier parte que se quisiera pasarlo había necesidad de alzar mucho la ropa,
mientras que hoy no hay exageración en decir que se pasa a pie enjuto.
Generalmente era tan profundo que para bañarse las gentes no tenían que rebuscar,
pues en cual punto casi subía el agua al pecho.
No tenía puente alguno,
de tal manera que todo bicho viviente que tenía que entrar al agua para pasar
de un lado a otro. El paso principal para los de la otra banda, quedaba al
frente de la calle de la Alameda (Colombia), en cuyo punto era bastante
explayado el río; pero cuando levantaba un poco su nivel no había para los
paseantes remedio; y como era mucha la concurrencia de hombres y mujeres, el
lector puede considerar el bonito y pintoresco cuadro que se desarrollaba a la
vista.
Cuando venían las
grandes crecientes, en el invierno, los muchachos hacían balsas, que cogidas
con grandes rejos de punta y punta facilitaban el paso por una pequeña cuota, y
formaban tan bien esos aparatos que nunca hubo desgracia alguna. Al otro lado del río,
pocas cuadras de él, se asentaba el bonito pueblecito de San Ciro, más tarde
Aná, Anapolis y últimamente Robledo, fundado más alto”.
Estos testimonios, con
el tiempo se convertirían en lo inusitado ante la sobrepoblación y el
descarnado efecto, sin afecto, de la mala planeación sobre Medellín.
Hay, además, una
primorosa pintura de uno de los pioneros de la fotografía, Emiliano Isaza, —con
un gorrito turco, un fez, da su toque de hombre de mundo—, donde vemos desde
Santa Elena a la ciudad en 1884. Allí Medellín es apenas un pueblo acunado en
las estribaciones de las montañas, y al fondo el cerro El Volador y a los pies
de este, el río Medellín que va tranquilo por el valle. En ese recorrido, como
lo vio y pintó Isaza, para sorpresa se destaca una suerte de islote, más allá
de lo que es hoy la Universidad Nacional.
En 1907, Hermes García
, nunca Trismegisto, viajero proveniente de Cúcuta, detalló: “El río Aburrá o
Medellín baña a la población hacia el Occidente, y ya es notable en frente de
ella por la cantidad de sus aguas, por lo hermoso de sus orillas, por la
mansedumbre de sus ondas y por los encantadores paisajes que ofrece a la
contemplación. Tanto este río, como el riachuelo antes mencionado (la quebrada
Santa Elena), además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la
comodidad y salud de los vecinos”.
Pero sigamos. Dice
Agapito Betancur, uno de los pocos alcaldes que también escribía, en su libro
Ciudad, 1925: “El río Medellín carecía entonces de puentes en la ciudad, y la
abundancia de sus aguas, sobre todo en invierno, requería de balsas para
pasarlo. Su parte más explayada era el remate de la calle Colombia (antes la
Alameda), por donde muchos vecinos devotos se dirigían al pueblo de San Ciro. Este puente era de mampostería para unir a
Robledo con Medellín.
Tomás Carrasquilla en Hace tiempos, todo un jinete a caballo
por La Alameda rumbo a la Obrabanda, rememora, cuando pasa el puente de
Colombia, a unos chicos bañándose en el río y describe el ámbito y la
bullaranga en plena tarde de verano.
El río era navegable
desde Sabaneta, la mayor parte del año, entre los puentes de la América y
Colombia. En balsas se traía de Sabaneta víveres, plátanos, yuca, aguacate,
panela, etc., Con madera para alfardas y cañabravas elaboraban las canoas y las
cargaban con víveres, refiere Alberto Bernal en su primoroso libro, que es su
huella y la de Medellín que se deshace ante nuestros impávidos ojos.
Los paseantes internos
que disfrutaban la ciudad, porque los hubo, buscaban algunos charcos. Uno de
ellos, Los Naranjos, bajo el puente de Guayaquil; el de La Palma. Además, el
más popular, bajo el puente de Colombia. Había otros, El Sauce para aprender a
nadar, El Palomo habitado por chicos peligrosos del Llano y el del Mico que
luego daría el nombre al puente del ferrocarril en su paso.
Es decir, había
integración de los habitantes con el río, podían sentir el fluir del agua, su
rumor, y además, su presencia: nadar en sus aguas. Algunas damas se bañaban en
las madrugadas para evitar ser espiadas por los hombres y chicos que merodeaban
durante el día por las playas, siendo cuidadas por amigos cercanos.
Esta es una corta
versión y cohabitación que se tenía sobre el río, pequeña memoria dispersa en
algunos libros de autores que no dejaron que la vida cotidiana de la ciudad, y
menos del río, se olvidara.
Y algo cierto, lo que
no hizo ninguna peste, ninguna guerra, ningún desastre natural, lo realizarían
los mismos medellinenses, con esa elaborada cirugía de intervenir el río como
si fuera la ampliación de una calle, y no, el amnio universal que le da vida a
una ciudad y que cualquier capital con carácter, respeta.
Los puentes sobre el
río fueron la primera gran intervención con un propósito, pasar a la otra
orilla y continuar extendiendo el plano citadino. El primero de ellos era de
madera, el Puente de Colombia, fue luego reconstruido en 1846 bajo la dirección
de Henrique Hausler, quien era mecánico y ebanista. El segundo fue el de
Guayaquil en mampostería aún en pie diseñado por el mismo Hausler, para
conectar Belén, La Estrella, Itagüí y Caldas entre 1877 y 1879. Sobre el río
construirían otros puentes: el de Don Jorge para ir a Robledo y el colgante de
la América.
Desde 1899 las áreas
cercanas a los puentes fueron apropiadas por personas excluidas. Y nada más
provocador que los primeros travestis paisas que se apostaban en los estribos
del puente o se acodaban en las barandas del puente mismo fumando cigarrillos
egipcios y bebiendo tapetusa. Mientras otros, más arriesgados, en la orilla del río, se arrojaban
agua con totuma. Todas unas damiselas encantadoras, con sus rostros
maquillados, sus afeites provocadores, y su ropaje femenino, incitando a los
viandantes que lo cruzaban. No sabría si definir esta actitud como una
prehistoria a las posteriores marchas del orgullo gay en la ciudad, pero lo
cierto es que ahí podríamos dar estos apuntes históricos e histriónicos de las locas paisas en
estos domingos, su día preferido.
El primer grupo de
gitanos que recalaría en Medellín se asentaría unos meses cerca al puente de
Colombia en 1920, por inmediaciones de lo que es hoy Suramericana. Nadie le
prestó atención a su piel cobriza, a sus patillas de héroes, ni a sus palabras
extrañas que intercambian entre ellos para tumbar a algún cliente. Poseían el
engaño famoso de comprar caballos desnutridos, con peladuras de la cola hasta la crin, para luego, en poco
tiempo, reanimarlos con potajes secretos, amolarles los dientes, pintarlos como si fueran corceles
pura sangre de raza árabe. Cuando los paseantes salían los días domingos a
buscar la orilla del río, quedaban sorprendidos por sus inmensas carpas, y por
las gitanas hermosas con su cabello largo y sus anillos de baratijas en sus
dedos. Una gitana quedó durante mucho tiempo en la memoria de los muchachos de
antes: Lupe Montes bañándose desnuda en las mañanas en el río; inalcanzable por los celos de los
hombres gitanos. Cualquier día, cuando los caballos perdieron su color y mostraron el truco de la infamia en tierra de caballistas,
obligó a que los gitanos desaparecieran así mismo como habían llegado.
Luego vendrían los
grandes puentes, entre mayúsculas grandes puentes. Al construir estos puentes
elevados, se pierde cercanía con el río, huyéndole a lo que hay allá abajo: la
letrina maloliente. También bajo estos grandes puentes se crean zonas de
exclusión, oscuras. Dentro de esa dinámica, un alcalde propondría hace poco
pavimentar el río para construir una avenida.
El saqueo al río
comenzará con una obra de progreso, según el canon de la época, al cambiar su
rumbo natural en la década de 1940. Lo que se definiría como una gran epopeya,
no fue más que al rectificarlo, acabaría con sus meandros, con sus charcos, así
como con la posibilidad de pesca, y sobre todo, con las inundaciones. Si ya
habían tapado sus afluentes, sus quebradas, se le daba una estocada final, al quedar
el río solo como un desaguadero de esas quebradas ya pestilentes.
Pero sigamos dando
algunos saltos en el tiempo. El 11 de octubre de 1950, el alcalde encargado,
José María Bernal (1950-1951), manifestó: “
[…] Los que hemos vivido en Medellín toda la vida, podemos recordar
fácilmente lo que era este pueblo hace 20 o 30 años, y de todo corazón
excusamos a nuestros padres por no haber previsto los tremendos problemas de
toda índole que hoy confrontamos. En aquel entonces el Río era capaz de
absorber cualquier cantidad de aguas negras que pudiéramos imaginar, era
diversión de los domingos el baño en el Río a todo lo largo del valle, y aun en
la quebrada Santa Helena. Hoy las aguas al nivel del Hospital de San Vicente,
carecen en absoluto de oxígeno, están saturadas de mugre y hacen imposible, ya
no el baño, sino la vida animal. Los sitios que entonces constituían paseos del
día entero como El Jordán, Las Estancias, El Edén, y el Raizal, son ahora parte
de la gran ciudad, que apenas ayer no era concebible […].
Luego, en 1952, vendría
la canalización de sus orillas, que se completaría con grandes bloques de
concreto, aprisionándolo así como a las quebradas de Otrabanda. Esta fue la segunda gran intervención al río,
con un propósito, no dejar que el agua mordiera las orillas de los terrenos
valorizados, dándole cierto aspecto de falsedad paisajística y de dominio por
parte de la administración, al canalizarlo de esa manera y asimilarlo a las
autopistas que lo bordean. Desde ahí el ciudadano comenzó a darle la espalda,
así como a huir de las autopistas a lado y lado que lo desplazaron ante el paso
raudo de los autos.
Cierto, los excesos de
las industrias con sus desechos, en la Ciudad Industrial de Colombia, la
ciudadanía y sus basuras personales y de consumo, bajo el ojo ciego de las
diversas administraciones, saquearon, vilipendiaron, abusaron del río. Es mejor
decirlo de una vez, nunca les importó cuidarlo, mimarlo. Era, es el tiempo del
abuso del cemento. Todos pasamos de agache. De ahí que se taponaron las quebradas,
y se perdió el contacto con sus charcos. Al rectificar el río no se permitía
vivir esa cultura de la naturaleza, para la eterna primavera que parecíamos
vivir, ya que las indeclinables urbanizaciones, la apertura de calles y el
hacinamiento contaminaron y acabaron las quebradas. El río, incapaz de absorber
tanto detritus que le arrojaron, colapsó ante nuestra indiferencia.
En la década de 1970
desde la Universidad Nacional hasta la Macarena, donde se centraba el paisaje
citadino y sus orillas ya urbanizadas, para embellecerlo, se sembraron jardines
simétricos que le daban cierto tono de frescura al río ya totalmente degradado
y de un color café, síntesis de la podredumbre total, tratando de ser recobrado
por las eras de flores precisamente en la Ciudad de las Flores, pero venenosas,
ante la destrucción y el descuido de su hábitat.
Desde 1993 hasta 1998,
cada año, en enero, se realizaron algunos festivales que utilizaron al río como
pretexto. Vanos intentos de volverlo navegable, y en realidad la ciudadanía
participaba con sus botes, barcos caseros, neumáticos improvisados como balsas,
sin ancla, eso sí con mucho entusiasmo. La alegría pasajera con cierto ademán
de rescatar el río no dejó de ser una tímida propuesta, una invitación para su
funeral. Nadie quería volver a un río pestilente. Los últimos bañistas se
habían esfumado desde hacía unos cincuenta años. Esa cultura, esa vivencia,
donde se integraban personas y naturaleza colapsaría, había sido reducida al
álbum de fotos familiares, ya que la ciudad renegaba de su pasado como un
testamento heredado, quería ser innovadora, urbanizada a como diera lugar,
quería ser una metrópoli de cemento y espejismo, es decir, borrando su origen,
pareciéndose en cada administración a los planeadores de turno que nunca la
vivieron. La poderosa e irresponsable EPM (aún no dan una respuesta sobre la extinción
de la Laguna de Guarne), cada diciembre inaugura los alumbrados, con la
fastuosidad del nuevo rico, para continuar y retar a las otras ciudades del
país. Ellos dicen que es un regalo a la ciudad, lo que faltaba. Pero esa
algarabía y bullaranga nace y muere cada año con decorados fastuosos que
ocultan y maquillan el río pestilente. Desde aquí por la orilla del río
iluminado y el estruendo de las fanfarrias, y la música guasca que define al
paisa, miro el Edificio Inteligente con su diseño de vanguardia y cemento gris,
donde se elaboran y establecen su dominio sobre los servicios públicos, y me
pregunto, cuál será la razón para que nunca hayan establecido políticas serias
para darle vida al río. Todo ese fasto es similar al que hacen las putillas con
sus afeites y sus lociones de contrabando o las otras damas encopetadas con el
falso Chanel 5 traído de China. Pura simulación.
Ahora, en la pasada
administración, se les ocurrió una idea que continúa ese juego de espejos
sucios que persevera desde el año 1940 cuando se rectificó el cauce a esta
arteria fluvial, construir Parques del Río, lo cual sería una buena propuesta
si antes se hubiera recuperado el río mismo, pero ya sabemos que al paisa
cazurro y ladino solo le interesa pensar entre comillas en el futuro de sus
negocios como promesa y no en solucionar sus abusos porque le da temor de las
excusas y de los pésimos manejos. Siempre vive en su eterno presente.
Parques del Río fue
impuesto precisamente en el lugar donde reside el poder económico y político de
la ciudad. De ahí la razón por la cual antes se destruyó la Plaza de Cisneros
por una más adecuada a la burocracia, que es coherente en su alevosa
representación. Así las sucesivas administraciones, (rojas, azules o verdes; de
derecha, centro o de izquierda), quieren que sus orillas, ahí en La Alpujarra,
se vean bien atractivas para la masa amorfa de turistas y los ostentosos y
feroces burócratas que cada día madrugan a sus oficinas, sin sospechar, que
nunca solucionan nada. La soberbia de su alcalde aquí alcanzó su clímax, ni que
fueran los jardines de Versalles. Pero olvidaron lo más importante, mientras
embellecen las orillas, la pomposidad de las propuestas vacuas hacia la ciudad
se hilvanan con un pasado que ya ha definido al político antioqueño, no sabe
qué hacer, como los mafiosos, con tanto dinero, pero sí son capaces de exhibir
sus fantasías con obras públicas que ellos creen en su mente bucólica de
perennidad que refundan la ciudad. No en vano en la composición de sus
fotografías para publicitar Parques del Río, el color de sus aguas es de un
azul de ficción.
La burocracia se
recicla, pero es endeble en sus propuestas, las anuncia con muchos bombos,
platillos y trompetas, y publicidad pagada a alto costo. Pero ya sabemos el
antiguo juego de la disuasión, del alambicamiento, de los proyectos a largo
plazo que los anuncia sin respeto, sin compromiso a una ciudadanía atemporal
que es indiferente a ellas, por una razón de peso: no se cumplen. Como decía
Keynes, a largo plazo todos estaremos muertos.
Existió una entidad
desde 1992, el instituto Mi Río, más interesada en actividades complementarias
como senderos, puentes peatonales, recolección de basuras en las quebradas de
los barrios que en el río mismo, en su recuperación.
Ahora me refiero a una
propuesta de mediados del 2015 acerca de la recuperación del río por parte de
17 entidades gubernamentales, como respuesta tardía y complementaria a Parques
del Río. El espejismo de las grandes obras los llevó a olvidar que existía en
su interior el río mismo, solo tenían en sus cerebros cemento, hierro y
discursos (iba a decir babas costosas). Ahora rectificado ese olvido insolente,
lo cual es muy común en el país, ellos prometen que van a arborizar sus
orillas, que van a crear conciencia con Nuestro Río. Se asevera que se conformó
una gran alianza para su recuperación en diez años. Lo cual percibimos que no
ocurrirá. La burocracia es ostentosa, para mantenerse en el curubito se muerde
la cola y se miente a sí misma. Ya sabemos ese cuento de taumaturgos que en
foros y seminarios, ante la estólida ciudadanía, sacan sus ases mentirosos con
soluciones explayadas, pero, por debajo de la mesa hacen pistola y se ríen de
la bonhomía de los participantes. La improvisación y la mentira conforman su
logo más a la mano.
En esta sátira de lo
cotidiano nos acostumbramos a escuchar las palabras sin peso, solo titulares de
un periódico de ayer, provenientes de planeadores y especialistas, -doctores
sin ley-, que no sienten la ciudad. La preocupación por el medio ambiente en
manos de la burocracia se convierte en discurso, en lo vacuo, en el
aplazamiento, en los 45 grandes proyectos para recuperar el río, simples
fantasías guardadas en las gavetas de la desolación por los soba chaquetas de
la improvisación. Pero, a pesar de esos 45 proyectos ilusorios, cada día el río
repta convertido en la cloaca pestilente que vemos, sin caer en cuenta que es
el crimen ecológico más grande que ha tenido y padecido la ciudad.
Hace unos años cuando
la conciencia ecológica se hizo necesaria, pero aquí se tomó como una moda más,
se proyectaron plantas para el saneamiento del río. Y solo una de ellas fue
realidad, la de San Fernando. Pero una sola planta era como un vano remedio.
Eso sí se dijo a todo timbal que regresarían los peces. Eso fue hace unos
treinta años. Ese augurio se cumplió en parte. Y algo es cierto, sí regresaron
los peces, pero los peces gordos de las diversas administraciones con su
astucia y con sus discursos, y su fatuidad, mientras el río languidece, sin
vida biológica, muerto, atiborrado de desechos industriales, de heces, de
animales muertos, de abortos, de basura, de cadáveres, de más inmundicia. Y lo
peor, desde La Alpujarra nadie ve nada, sino que en su continuo festín, solo
ellos ven el color azul del río en sus pósteres promocionales. Ah, tan
innovadores.
Noche de puro nadaísmo en Otraparte.
Manifiestos, dicterios, reclamos, poesía, sí, mucha poesía, sobre todo, poesía
nadaísta en estos tiempos de la sociedad del entretenimiento donde solo basta
el espectáculo más banal para pensar que la poesía es un decorado y no la
manera más directa de sentir, de comunicarse, de abordar los delirios de la
misma poesía, de la locura, y del suicidio, ante la desesperanza de un
mundo más que gris, negro. Con esas palabras escritas, con estos manifiestos, se
expresa, se dice la dura condición del hombre, pero también se realizan sus
reclamos para no caer en el abismo de la abyección y la pasarela personal llena
de los sombríos poemas escritos sin corazón, sin la pasión que merece el ser
poeta.
Sí, noche de puro nadaísmo donde aún
perduran y resuenan sus manifiestos, es decir toda su presencia. Y es que ellos
fueron capaces de ser contemporáneos y aun los sentimos aquí, en el duro
asfalto, en las calles desoladas, en las paredes grises de nuestros cuartos, en
los parques donde algunos muchachos y muchachas leen su poesía o en las noches
quebradas de esta ciudad, Medellín, que aún mantiene el pulso de la abyección
más temeraria pero que también nos ha devuelto hoy la prístina poesía, la
presencia de ellos en toda su carnadura. Y esa es la razón por la cual los
amamos; su entereza, su capacidad de haber sido contemporáneos.
De no ser por ellos aún les
estaríamos escribiendo a las montañas, o trovando, y a las mustias amantes que
nos abandonan cada día, o a las mujeres muertas con olor a alhucema y a labial
barato, y peor, escondidos tras el folklor con sus hebras de maíz. No, no,
ellos, sí los nadaístas abrieron, tumbaron esas puertas, esos muros, de
una poesía llena de pocas circunstancias.
Sexo, drogas alcohol, o lo uno o lo
otro, de ahí no se tiene escapatoria. Manifiestos, crítica, y sobre todo, humor
y amor para un país luctuoso, alucinado por la violencia, lleno de paraísos
perdidos e inservibles en esta vida que huye como un potro salvaje no se sabe
hacia dónde. No, los nadaístas establecieron la realidad escribiendo sobre la
realidad, dándole a la ciudad, al país, la presencia que se merece, caminando
sus calles, expresándolas, derrumbando los idolillos que campeaban impunemente
desde el pasado, hasta conquistar con poesía los brazos de la mujer que los
acababa de asaltar en sus soledades de humo, hierba sagrada y un poco del
misticismo de eros.
Con el nadaísmos dejamos la minoría
de edad, fuimos capaces de pensar por nosotros mismos, lejos de las
elucubraciones de infiernos llenos de fuego y azufre.
Con el nadaísmo llegamos a la alegría
de la poesía, descubrimos las ciudades. Y que la existencia y su fugacidad
merece ser vivida hasta la última gota del alba. Con el nadaísmo conquistamos
las noches, las vivimos, las padecimos, las deslumbramos con nuestros vinos
negros.
Cómo olvidar esta noche los videos de
Michael Smith redescubriendo la Voz el Nadaísmo, aquel programa de radio que
ellos hicieron donde lanzaron toda clase de diatribas a una ciudad atiborrada
de poesía muerta y de industriales sonrientes sobre los espasmos de las
espaldas ajenas. Cómo no escuchar a Gonzaloarango con su voz serena para
alertarnos de un país congelado en las turbias redes sangrientas del pasado, en
los turbios negocios y en la fatua muerte presente como supremacía.
El nadaísmo es nuestra tradición, el
camino de la poesía. El nadaísmo es nuestra más bella e intensa primavera. Y el
más intenso y fragoroso verano, nunca temido por cierto, vivido hasta el
desespero antes de la aniquilación de la noche, de las noches.
A
Sergio Cabrera le cabe un valioso merito, haber dirigido una de las películas
colombianas de mayor aceptación entre el público. Por qué no decirlo, La
estrategia del caracol, es una gran película donde hay de todo: humor,
escarnio, sobrevivencia, ingenio; en síntesis, buen cine. Donde se identificó
el público que la vio por su temática y elaboración equilibrada. Es tan
colombiana, tan sentida, que uno sale satisfecho de la película luego de
disfrutarla, vivirla, saborearla, porque esas son las palabras que permiten
recordarla. Además, como plus, se abría la posibilidad de seguir realizando un
buen cine colombiano.
Hoy
16 de noviembre, por pura casualidad, en casa de una amiga, supe que Sergio
Cabrera había filmado Todos se van. Y, para
empezar, una cintilla en el DVD añade que es Cine Colombiano. Viendo la
película sabemos que hay aportes del Ministerio de Cultura y de otras empresas
de acá, pero no, esta película no es colombiana, es una realización de un
director del país. El tema, las preocupaciones, no tienen nada que ver con
Colombia. Esta anotación la hago porque entiendo que hay escasos fondos, cuando
no se quiere ayudar a algunos cineastas, para promover el fomento del cine
nacional. O sea que esta película es una coproducción, según entiendo, donde
hay tantos responsables que el director termina por realizar un film donde
queda bien a todo el mundo, no como un guardia rojo sino como un guardia moral.
Sobre todo porque no cuestiona, no indaga, sino que trascribe de un solo lado,
ya que el tema es cruel. Algunos dirán que fue fiel a la novela. Y así olvida nada menos que
la causa de quienes se fueron de la isla, aún está vivo en la memoria. Otra
cosa es ver allí como
Cabrera maxfactoriza su versión de los que se fueron, se van y se seguirán
yendo, mientras la burocracia de un solo partido, sin prensa libre, y sin
elecciones de la única dinastía familiar en América Latina mantenga la
postración de la bella Cuba.
Pero
bueno, antes de que nos digan que somos provincianos, antes de que nos digan
que en otros países hacen coproducciones y que los directores pueden filmar en
cualquier parte del mundo en ese caos creativo, y de marketing que se impone. O
el coro griego que no tiene autocritica, afirme que se cometieron errores en
ese caso; crueles por cierto, digamos que me sorprende que Cabrera filme una
película cubana, porque lo es, teniendo en cuenta un tema tan álgido y de una
vez sea incapaz de poner el dedo en la llaga, y de no decir lo que en realidad
pasó porque el título del film, Todos se van, basado en la
novela de la cauta Wendy Guerra, no entrega ni un asomo de lo que en verdad
ocurrió. Nunca supimos en este film por qué se fueron los cubanos, o si lo
sabemos de una manera superficial con los estereotipos necesarios para dar la
impresión de que fue algo fugaz y no un malestar general ante ese agobio de la
burocracia castrista para el pueblo de Cuba, que obligó a que unos ciento
veinte mil cubanos se fueran, en ese momento, tratados como escoria.
La
historia es sencilla. Una niña, Nieves Guerra, vive con su madre, pero la madre
es separada y convive con un sueco algo disoluto. El maltrato moral y la mala
fama endilgada a su mujer por parte de Manuel, su esposo, hacen tomar partido
del espectador por esa mujer cuidadosa que vive su otro amor, ya que rehace su
vida. Manuel es un escritor nunca crítico, más bohemio de estereotipo que otra
cosa, y quien, con ayuda de funcionarios, se les entrega en cuerpo y alma.
Y, en ese amancebamiento, entre un escritor frágil y funcionarios le permiten
la custodia de Nieves, su hija. Pero Manuel prosigue en su eterna rumba,
irresponsable, y con sus mujeres. Vive en una casa donde todo falta, con un
cuarto secreto donde, ingenuo y perseverante, con su santería de plástico,
mantiene una esfinge que representa a su mujer. La punza con agujas con tan
mala suerte que esta nunca regresa a su lado, como si esa suerte de brujería
diera un efecto contrario, y ella se apegara más al sueco bondadoso, siempre al
margen, siempre sirviendo de espejo de lo que debe ser un hombre, más que todo
un padre. Este personaje, Manuel, que pudo haberle dado grandeza a la película
se disuelve en sí mismo como un istmo, y así se deja de lado el verdadero peso
de la historia, al no darle el carácter de ser un disidente con todo el riesgo
que ello implica en un país sin libertad de prensa.
Luego el drama se asocia más a
Manuel, que al comienzo era una persona recataba para luego convertirse en un
borracho, -esa es la versión de Wendy y Sergio de los disidentes-, y ya el
espectador pierde el cariño que sentía hacia el escritor, ya que revela su
verdadera personalidad: es mal padre, y lo más grave, se va de la isla. Nieves,
su hija, es devuelta al hogar materno luego de los desmanes y abandono de su
padre. Poco a poco se plantea el estatus de Manuel como disidente sin
aura al entrar a la fuerza en la embajada del Perú. Y es aquí cuando el
tono rosa de la película se trasgrede a un tono rosa pálido, blando e
insignificante, digno de la frivolidad de una telenovela, porque se olvida que
Manuel ya estaba siendo preparado para ser una persona de pésimo carácter, que
agrava su situación. Lo de disidente, -allá les dirán gusanos-, nos sorprende
después, ya que de él no sabemos si participó en alguna actividad
clandestina, como leer en una noche cerrada en una casa al escondido,
junto a sus amigos escritores, poemas en contra del régimen, de la dictadura
mejor, para luego quemarlos debido al miedo, ya que en público era impensable.
O si dirigió una revista de escasos ejemplares, escrita a mano para mantener la
llama viva de la poesía.
Wendy,
nunca en guerra, sino algo frívola dice en una entrevista aparecida en el Miami
Herald, durante el festival de cine, que en Cuba no quiere que se
filmen películas donde se tocan ese tipo de heridas. Es un lenguaje taimado. ¿Herida?,
puro maquillaje de una ligereza cruel. Debió haber dicho catástrofe social, y
mal gobierno, porque quienes se fueron no lo hicieron por gusto sino
presionados por quienes crearon el socialismo de la pobreza, porque si fueran
disidentes serían llevados a la prisión del Castillo. Si eran homosexuales a
los únicos campos de concentración de América Latina, UMAP. Y si querían huir
de allá, como los balseritos, serían ejecutados.
Hay
un libro de cuentos de Reinaldo Arenas, Termina el desfile, ese sí
toca la brutalidad de ese estado de cosas, con el vigor que se merece, donde se
narra desde adentro esa crisis social y plantea el tema de la embajada de Perú,
donde se hacinaron diez mil cubanos. Y luego vendría no la herida, como añade
la cándida escritora, sino el aniquilamiento social de esas personas que
debieron huir a Miami. Fueron ciento veinte mil, que el mismo Arenas luego nos
contará en otro de sus libros. Por eso la nueva generación de escritores,
cubanos falsean la historia, y así ese tipo de películas coayuda a suavizar la
imagen de un régimen que se cae a pedazos, que no sabe cómo el comunismo con
tinte estalinista es el mayor fracaso de la reciente historia política en
América Latina.
Por
eso en esa dosis de liviandad, la chica que dibuja, Nieves, lleva a donde vaya
un monigote que se presenta en la película, como su dulce compañía. Nunca un
Ángel de la guarda sino un demonio, con la imagen del Che, el ex guerrillero
heroico, a quien los hechos verdaderos resquebrajan su imagen. Es como si
Nieves en otro contexto llevara en su desidia de adolescente un muñeco con el
rostro de Hitler o de Rasputín.
En
esa misma línea se dirige el español que filmó una película del Che, ese icono
chic de las rebeliones, que igual sufre un menoscabo cuando se comienza a
revelar su verdadero corazón negro y lleno de odio con sus opositores. Ordenó
ejecuciones sin sumario y hay unos ciento cincuenta casos descritos
en la red, sin contar los asesinatos de su propia mano.
Falsear
la historia es fácil en el cine, ocultarla es mal síntoma. No sé si Cabrera,
sin cabrearse, habrá leído a Reinaldo Arenas que fue el gran escritor que se
educó y padeció durante la Revolución cubana, el disidente nato, que cuestionó
desde adentro, y sufrió todo tipo de vejámenes, de humillaciones, incluso
cuando estuvo encarcelado, así algunas escritoras como Wendy Guerra, con su
novela escamoteen ese tipo de cosas que sucedieron y que el tiempo histórico
parece y perece, histriónico, en ella y en Sergio Cabrera. Por esa razón
recuerdo Termina el desfile de Arenas. Hay allí un relato sobre el
asalto a de la embajada del Perú, inesperado por la turba insatisfecha, lejos
de los discursos del Caballo y de la masa pasiva de los noticiarios. Luego, en
varios de sus libros, contará lo que padece un escritor disidente de verdad que
toca puntos álgidos, no un caprichoso como Manuel, sino un valiente como
Reinaldo Arenas.
Todos se van parece
una telenovela de un tonillo rosa pálido que tiene como trasfondo un momento
histórico sin precedente: la catástrofe de refugiados que huyeron, como fuera
de la isla, convertida no en el territorio libre de América sino en prisión y síntesis
de la utopía cubana, que oculta una realidad exasperante por lo cruel, pero que
aquí, en la película, se centra más en una historia de amor.
Esa
reelaboración histórica o mejor falsificación histórica da sus frutos. Padura
en la Feria del libro de Guadalajara, en una entrevista, no quiso hablar de
política. Ya sabemos lo que le espera en la isla si critica. En las últimas
películas sobre el Che lo evidencian mostrándolo como un poeta o como un
luchador por la causa social, dejando de lado su estalinismo y crueldad.
Algunos intelectuales alienados y alineados con los Castro se silencian, son genuflexos
con esa dictadura, con tentáculos en todo el mundo, inaugurando la nueva clase
de intelectuales cubanos adictos al régimen que así, cómplices y silenciados,
los deja salir y entrar, mientras las cárceles están llenas de disidentes.
Así
la historia de ese país pasó a ser tergiversada por las nuevas generaciones de
escritores. Aún recuerdo el silencio a que fue sometido el gran Lezama Lima. La
traición de sus mismos compañeros de ruta a Carlos Franqui. El olvido total a
Virgilio Piñera. El exilio de Heberto Padilla. La humillación a Reinaldo
Arenas. El valor, el temple, la honestidad intelectual de Cabrera Infante. Y
una pregunta, además, ¿Por qué se fueron de la isla, Norberto Fuentes, Raúl
Rivero y Zoé Valdés? Es decir, todos ellos, la literatura valiosa de Cuba.
En
esta suerte de apología al régimen, en Todos se van, espero que
Wendy Guerra salga de su urna de cristal y Sergio Cabrera, antes de su
desplome, ponga los pies en la tierra, pero no en la isla, sino en su cine, y
lea a algunos de los escritores que lucharon por la democracia y la libertad en
Cuba y fueron apresados o debieron marcharse.
.Como
colofón podría decir que también Antonioni fracasó al filmar en Estados Unidos, Zabriskie
Point, sobre un tema que él nunca fue capaz de captar en su esencia.