viernes, 18 de marzo de 2016

RAÚL GÓMEZ JATTIN: EXUBERANCIA Y NOSTALGIA / Raúl Alberto Mejía



RAÚL GÓMEZ JATTIN: EXUBERANCIA Y NOSTALGIA
Raúl Alberto Mejía


Cuando se es joven, estudias “Licenciatura en Español y Literatura” y transcurre la década de los ochentas, el “Magazín” literario de “El Espectador” era el referente de lectura dominical. Más allá de evocaciones y demás detalles al respecto de dicha publicación, fue allí donde me topé con la figura de Raúl Gómez Jattin. En la memoria versos al río Sinú, exuberancia de paisajes y de frutos como el mango. Cada domingo, por lo general, se citaba y publicaban asuntos sobre algún poeta local o internacional. Muy curioso que una década después, también por la prensa, supiese de su ridículo accidente en Cartagena. Quienes hemos ido allí (en esos años), presenciábamos la temeraria velocidad de buses llamados “ejecutivos”. Al avanzar por sectores como “el laguito”, la inminencia de un accidente se hacía casi real. Muere obtusamente el poeta, se cree que fue suicidio, pero me parece inviable, dadas las circunstancias de su enajenamiento y de la barbarie letal del transporte en su ciudad nativa. Poeta pues, de no escasos titulares y por lo visto, sujeto asiduo de secciones de farándula y amarillismo.

Un asunto más, leído en algún tabloide: los acudidos recitales, masas de admiradores y metiches que colmaban salas donde él se presentaría con su tamaño, aura e impronta de “poeta maldito” en vida. Leí que en cierta ocasión le fue prestada la edición que hizo NORMA de su poesía para que declamase y luego, entre apuntes, reclamos y risas se quedó con ese ejemplar. Era ya una “vedete”, imantaba con su presencia de poeta extraño, sobreviviendo a veces con la venta de inéditos versos.

Pareciera que de tanto en tanto se vuelve urgente, necesario, el advenimiento de un nuevo poeta “maldito”.  Malditismo sospechoso y sesgado, más para sobrevalorar la obra o la biografía de un escritor. Ignoro si a priori algunos vates lo buscan, lo ansían como pretexto para trascender un poco más, hacerse notar, llamar la atención en caos de trasuntos y mañas de la sociología y de la psicología, más proclives hacia apologías de tres centavos. ¿Quién, antes de Raúl, era nuestro poeta maldito de ocasión? En Medellín -aún- pervivía Darío Lemos, pero una vez fallece de mugre y de miseria, ¿era el momento para adueñarse de semejante sitial? La denominación de “poeta maldito” pudiera ser más lejana que su formulación en la Francia del siglo XIX y extenderse hasta que rocemos la extinción. Esa cuestionable aura de “maldito” luce facilista y oportunista, salvo que sea sacrificio y reacción ante la indolencia de medios, poder y corrupción de aquellos que manipulan la cultura gubernamental.

Nace y muere Raúl Gómez Jattin en Cartagena (1945-1997). Pronto se nutre de la notoriedad del Caribe: su mar, ríos, exuberancia, frutos y va a habitarlo todo con palabras y poemas energéticos, adjetivos cálidos como los entornos en los que se mueve, entre estudios, ocio y temporadas en la vasta región sabanera del norte de Colombia. Hacia 1980 aparece su libro “Poemas” y entre ellos uno que se convierte en su propia “Parábola del retorno”, siendo Raúl más contundente en la nostalgia. El poema se titula “Qué te vas a acordar Isabel”. El lirismo es intenso y los contrastes que maneja entre los lejanos chicos y el ahora adultecido de ambos, son devastadores: “Cuando nos vemos me tiras un “qué hay de tu vida”/frío e impersonal/Como si yo tuviera de eso/Como si yo todavía usara eso”. Líneas de admirable sencillez, lo coloquial transformado en herida visceral.

No dudo que parte de su atractivo para figurar como interlocutor de “parrandas” y/o reuniones etílicas y poéticas, ha debido ser por su sugestiva y explícita zoofilia: cero tabús y enumeración, veraz o no, de prácticas que se asumen como usuales de idiosincrasias regionales. En ciertos ámbitos ha debido provocar escándalos y risotadas, tamaña franqueza de su yo sexual -que habría abochornado al mismo Porfirio Barba Jacob- se deja leer en varios textos, generando relativa curiosidad y singularidad ante su lascivia personal. No sé, es una apuesta temeraria el irse despojando de prejuicios o iniciar una ácida despersonalización para provocar al otro, con inusitadas proezas de la libido. No es ése el Raúl notable, el escritor vertical y sumido en sus épicas y tragedias.

Pronto, también, nos encontramos con el hombre de lecturas, el actor, el conocedor de teatro y maestros de la literatura. Son perceptibles ecos de sensualidad y elaboración en él de Kavafis, más allá de su homosexualidad y, de Aurelio Arturo, en sus meticulosas descripciones de la naturaleza. Igual es poeta que no rehúye a su propio “desbarrancadero”, transeúnte del pesimismo y de la impotencia. El ejercicio que realiza en “Retratos”, bastante autobiográfico, le permite oscilar entre la angustiada primera persona y salirse de ella, ejerciendo como narrador y cronista de su época, familia y amigos. Más adelante otro de sus célebres poemas: “Casi obsceno”, testamento de su deseo, finalizando con ominosas etopeyas de sí mismo: “No soy malvado. Trato de enamorarte/Intento ser sincero con lo enfermo que estoy/y entrar en el maleficio de tu cuerpo/como un río que teme al mar pero siempre muere con él”.

Podría colegirse que en su madurez a Raúl le tiene sin cuidado dejar escuela, ser huésped de ismos arribistas o grupúsculos elitistas de la lírica escrita en Colombia. Demuestra suficiente coraje y desdén para no venderse. En este poema “De lo que soy”, finaliza con versos memorables: “La poesía es la única compañera/acostúmbrate a sus cuchillos/que es la única”. No le llama la atención ser modelo de publicidad, lucir toscamente elegante o hacer parte de logias higiénicas y castas. “Estoy viejo”, nos dice, lo expresa para sí y para todos. Y no es que sea “maldito”, es que la no pertenencia te aproxima, sino a ese apelativo, si a diversos como desconocido, anónimo, distante. Rigor y valentía en el poeta cartagenero.

La edición que realizó la editorial NORMA, corresponde a los años comprendidos entre 1980 y 1989, después hay otros títulos. En “Hijos del tiempo”, su lenguaje es más depuradamente fino y conciso, ha sabido tomarse tiempo para escribirlo, el último de esos poemas es de belleza sobrecogedora: “Lola Jattin”, la madre, atractiva mujer y silenciosa esposa. El poeta, su hijo, ha dejado espurios, lastres de arrabales y mendicidades y se ha acercado emocionado y nostálgico a la evocación: “Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte” … “Más allá de estas lágrimas que corren por mi cara/está Lola -la muerta- aún vibrante y viva/sentada en un balcón mirando los luceros”. La incontenible presencia de la nostalgia que sólo posibilita el saber que hubo un más allá de lo feliz y significativo, envuelve al poema en hipnótica atmósfera de tristeza y de derrota. Pero es tristeza y derrota de lo inevitable, de lo que provee el tiempo y sus agentes: muerte, óxidos y olvido de aquello vital y exultante. Este es, tal es su POEMA, que lo ubica con méritos en lo selecto de la poesía universal. Es el poeta de ciénagas, luceros, amor y decadencia, perplejo ante la inasible perfección de la belleza y la horadación segundo a segundo del azar y del discurrir de los años.

En nuestro medio, sabemos de degollinas de críticos y áulicos de editoriales y medios masivos. La vigencia o no del artista o poeta pasa más por tamices políticos y regionalistas, que por agudos análisis. Tras años de su muerte, Raúl Gómez Jattin ha sabido ganarse el espacio logrado por sus versos, no tanto por su curioso eclecticismo sobre lo escatológico y sexual, sino por los riesgos que asumió al hablarnos de su serena epopeya del Caribe y de desnudeces extremas al sentirse poseído por el desasosiego y la melancolía. Sin embargo, se ha ido incrementando revisitada iconografía del Raúl hombre, dándole mayor importancia al legado anecdotario sobre el literario. Vende más lo irrelevante, libros grotescamente personales, reivindicando en el semejante miserias y misceláneas memorísticas. Paradójico sería que sobreviviera más la imagen del Raúl Gómez Jattin execrable y oligofrénico, que la del poeta de exuberancias y nostalgias. Tal vez, podría ser: la frivolidad evita lo inconmensurable y profundo.


martes, 15 de marzo de 2016

LOS AMIGOS DE LA PAZ... / Saúl Bustamante C.







LOS AMIGOS DE LA PAZ...

Saúl Bustamante C.

Sustituyen el hambre por canciones
Cuál mundo fue mejor...
Si ante las necedades crecen las guerras
Soy humano, cordial, soy de la filosofía moderna,
La de Costeau y la Naturaleza...
La de Lennon y sus protestas...
La de Mandela en la paz obscena...
Demagogia los cantos no liberan las naciones
Mi poesía muere cuando dejas de leerla...
Cuál mundo fue mejor...
El de las hordas, el comunismo opresor, o la república desenfrenada
Quién ha desfallecido en el intento...
Kennedy, algún negro, algún blanco,
¿Atinas a la gravedad y su propio peso?
Cual sentimiento hay en ti, si la soberbia degrada sin atenuantes
Viertes amor en esta tierra, o tus hijos han cobrado con interés la desdicha de tu madre...
Burning Kina no ha muerto...
Margren apenas comienza...
Y Mariajosé creo que me olvida lentamente,
Háblame de paz y yo te diré que guerras he batallado...
He militado en la soledad, cuando el alma intenta desfallecer
Aún no muero. Pero sigo el camino de la muerte...
Que hay de Porfirio de Acuarimántima,
Que hay de Poe de Annabel Lee,
Que hay de Víctor y el amor por la revolución,
Que hay de Borges y la negación de un Nobel mutilado,
Que hay de Santiago si su madre muere,
No hay salvación en mis palabras

Muere el soldado, muere la canción muere tu voz...

domingo, 28 de febrero de 2016

Punto Seguido N. 58



Punto Seguido o la persistencia en la poesía

Víctor Bustamante

Por el correo de las brujas, ese que permite que llegue de una manera inesperada recibo de manos de John Sosa, transeúnte del centro, inmerso en su seriedad, -a veces lo siento así, él siempre de afán- una buena sorpresa. Y por esa razón ha permitido que ahora, en este domingo caluroso de febrero, lea Punto Seguido N. 58. Y cuando digo sorpresa, es por la persistencia en la poesía como acto de afecto y creatividad, y, sobre todo de comunicación en un momento donde la misma poesía anda permeada y prostituida por los negocios, el aprovechamiento personal y no la cercanía con ella como manera de sustituir y paliar un mundo confuso, atrabiliario lleno de falsedades donde el entretenimiento y la superficialidad gana terrenos en la vida cotidiana, y deja la poesía desmantelada en los sótanos de la desmemoria.

La poesía pura, y vigorosa no sucumbe a este falso camino que la corroe, ¡que no!, la poesía, la que vale, mantiene su lucidez en el crepúsculo, en la ordalía de la noche y en la irreverencia de lo cotidiano. Por esa razón celebramos el nuevo número de Punto Seguido, por esa razón en la revista, donde ella sobrevive, sabemos que el pulso de la escritura se encuentra intacto, y nos demuestra que aún hay constancia en la poesía como norma de vida, como pulsión creativa. En las revistas, en este caso con Punto Seguido, le damos otra mirada a la realidad de la ciudad, a las preocupaciones de sus escribas, a las sinrazones de sus poetas, al pulso y nervio de sus escritores que calle a calle y página a página no dejan que la mentalidad paisa de negociantes la hayan sumido en un cuadro de aperos y relojes extraviados en la mesita de noche, sino que ellos: John Sosa, Luis Fernando Cuartas, Óscar González y Carlos Bedoya asumen el reto de enseñarnos que la poesía posee el misterioso adagio de las comunicaciones, de la vitalidad del asunto pasional para que ella no se sumerja y naufrague en el mandato de la mediocridad, como ahora, en estos tiempos no del cólera sino de tanto aspaviento y donde la musa, ¿Calíope?, se encuentra encarcelada.

Los poetas antologizados como Guillermo Sepúlveda con su desconcierto nos devuelve un eco de una bella canción: “En primavera / una arrebatada sinfonía de Mozart/ iluminará de colores / el jubiloso aroma del jardín y la pradera”. Tarsicio Valencia con su poemas de la naturaleza como refugio al desespero: “Agua memoriosa/ Orquídea blanca de la infancia”. Carlos Ciro nos dice ante el misterio y las mil preguntas del asombro ante el bosque: “tú que fluyes /tropiezas una vez más/ sobre esta piedra/ y sea tu espuma / el arraigo de estos ecos”. O la apesadumbrada Anna Francisca Rodas que huye al deseo y cree ser víctima y no victimaria dice: “Podría llamarme Juana,/ Salomé,/ Virginia,/ Antonia/ o ser liturgia de vagamundos / cuyo nombre devoran/ las fieras.” Cuartas erotizado decide no levar anclas sino quedarse en ella, esa desconocida, a quien no nombra sino en sus deseos: “Bisagra que muerde decían los profetas, la gran puerta ardiendo decían los poetas, es el centro universal, la garganta hirviendo, el brebaje del sol…”. John Sosa perplejo ante el silencio y ll palabra como mediatizado, añade: Mientras espero el mar se desdobla. Suceden imprecaciones de alas. Ella fue. Con sus camellos pasó por el ojo de la aguja. Sus cartas, el licor. Los ninfos parlotean. Su amor, nudo corredizo. Istar en su casa de hongos. Expíame bajo el árbol de manzano”. Ah, y no podía falta Carlos Bedoya, uno de los pocos poetas incontaminados de la ciudad: “La luna llena / labial viscoso/ de acequias en flor/ de sueños/ al borde del tálamo/ donde yacemos/ en víspera de la risa/ a punto de estallar/ como glaciares voraces”. Dominio y plenitud en su poesía.  Óscar González lúcido y a veces lejano, bordeando los caminos de las artes visuales entrevista a German Soto. Pero Jesús Gómez, a pesar de su nombre bíblico, antes mesiánico, poetiza: “Todos los días / llegan camiones cargados / en su interior / cada uno trae su historia...”

En síntesis, Punto Seguido nos demuestra que la poesía aún está que arde, que aún perdura en sus presencias, y, en esa cercanía, renace solo una vez al año para entregar su huella y su esfuerzo, su osadía de los collages. O sea, para decirnos que ellos están ahí en el ruido cotidiano de la calle, lejos del asombro de la corrupción que permea el país que parece no habitarnos, que la poesía es el destino de la generosidad y del afecto, pero, sobre todo, del diálogo y la perseverancia en la vida. Que en sí la revista como objeto no oscuro sino fulgente es una obra de culto por el cuidado, el diseño (Adriana Lopera entrega su talento), la prestancia, y, sobre todo, la correspondencia de sus hacedores entre vida y poesía. Punto Seguido es todo un manantial fresco, agua clara, poesía pura, en este verano tan temido.


domingo, 21 de febrero de 2016

Librería El Acontista




Librería El Acontista

Víctor Bustamante

Aunque en esta parte de la calle, el cruce de Maracaibo con El Palo, se disminuye el tráfago citadino, y se puede caminar de una manera algo serena, cuando entramos a la Librería El Acontista sentimos la máxima frescura y además la llegada a un lugar lleno de esa magia que dan los libros; pero qué digo, no solo magia, sino también la curiosidad y el afán de mirar los libros con el universo de su autor que se anuncia en sus portadas. En la Liberia los libros son pasivos, esperan a quien se los lleve, desde sus portadas invitan o el gran escritor con su nombre brilla para hojearlo y decidir llevarlo, pero sobre todo es el título del libro que llama la atención. En la Librería los libros también son puertas que abren sus hojas para entrar a la vastedad de esos diversos mundos que allí habitan. La librería es el paraíso para los libros, allí lo habitan, lo viven hasta que son comprados. En la librería es el mundo sin hostilidades para que el libro mantenga su peso específico: ser el bastión de la cultura, el transmisor de la civilidad, el advenimiento de la aventura del pensamiento, así como las diversas geografías de las ciudades que vivimos. Y sobre manera la expresión de una ciudad. Una ciudad sin librerías demuestra el mal síntoma y perversidad de la época. En este índice de actualidad es notorio que una librería es necesario cuidarla, darle exenciones no ser tratada como un negocio cualquiera. En la librería se va a aprender, a continuar con esa aventura diaria que es la palabra y su expresión más prístina.

En la librería existe, muchas veces, el encuentro fortuito entre libro y lector. Uno va en busca de un libro determinado y a veces se encuentra una sorpresa al leer una sola página de un libro que atrapa. Otras, se coincide con el descubrimiento de algún autor que no conocía.

Principios del 2000 en La Boa, perseveramos algunos amigos escritores. La Boa era, es punto de encuentro para conversar, escuchar música, tangos o boleros o salsa, en La Boa la literatura y los sueños de escribir, de editar revistas y libros mantienen su pulso. Rubén López. José Martínez, Omar Castillo, Raúl Henao, Jairo Guzmán, Carlos Bedoya, John Sosa, Luis Fernando Cuartas, ah y el poeta Alberto Escobar, conversamos allí, pura literatura y algo de licor. A veces Billy llega en la noche de viernes. Lo digo en presente porque estos momentos se tatúan en la memoria.  Y comento este instante por una razón de peso, allí ocasionalmente entraba un señor, que luego se llamaría Ricardo López. Él entraba acompañado por una chica alta, Alejandra, lejos de su Diván Rojo. Ellos venían de un negocio cercano, del cual era dueño Ricardo, una suerte de bar. Además contaba que deseaba abrir una librería en el segundo piso, lo cual era una paradoja en la tierra del auri sacra fames. Y en realidad en medio de ese avatar de lo que es crear una librería, por la dificultad ante la frivolidad de los medios, el denominado reino de la imagen, y la pereza intelectual que es la peor plaga de todo, la librería se abrió y aun funciona. Y se llama El Acontista. Esa palabra que la aprendimos muchas personas debido al poema del gran león de Greiff.

Relato de Guillaume de Lorges

Yo, señor, soy acontista.
Mi profesión es hacer disparos al aire.
Todavía no habré descendido la primera nube.
Mas, la delicia está en curvar el arco
y en suponer la flecha donde la clava el ojo.

                    Yo, señor, soy acontista.

La librería El Acontista posee una idea que la caracteriza, ser al mismo tiempo un espacio para conversar, para buscar un acercamiento mediante la idea de café libro con los lectores posibles. Lugar de conferencias de cine, lectura de poemas, presentación de libros.

Al subir las escalas nos da la bienvenida un proyector de cine, lo cual expresa el amor de su dueño, por ese arte, nos señala que la más alta tecnología también sufre sus apocamientos. Pero en seguida, unos escalones más, y ya obtenemos el paraíso de esa isla soñada en medio del tráfago de las calles, con sus libros en los anaqueles y el deseo de a perseverancia en la lectura como una respuesta a la barbarie no solo del ser humano en su inmediatez, sino en medio de la ciudad que necesita estos espacios para oxigenarse.

Hay una contante en la naturaleza, cuando desaparecen las mariposas es síntoma de que el medio ambiente se haya en estado de alta contaminación. Así ocurre con las librerías cuando, estas se cierran es síntoma de que la población de la ciudad va en camino a la más baja pobreza mental, y al entretenimiento como norma de vida. En esas vidas desoladas y deshojadas sin un libro en sus manos que los lleven a preguntar, a aprender y a cuestionar.

Dice un eslogan de la página web de la Alcaldía: “Creemos que la Medellín que soñamos es posible”. Pero ya sabemos que como todo eslogan esas palabras son algo general. Lo digo porque es necesario proteger las librerías. Así soñamos una ciudad más culta.


lunes, 8 de febrero de 2016

36 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico: Río Medellín


                                            Fotografía de Melitón Rodríguez, 1900
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36 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico: Río Medellín
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Pequeña biografía del Río Medellín

                                             Para Rubén López Rodrigué

Víctor Bustamante

Abandonado, destrozado, saqueado, olvidado, relegado, menospreciado, el río Medellín sigue su curso, pero, qué digo, ¿río? No, perdón, la cañería a cielo abierto más grande de la ciudad y del departamento, se desliza por la mitad de la topografía. Y cuando digo cañería, es algo cierto. En eso, esa cosa sucia, la hemos convertido. Nunca sentimos el río. Ellos hicieron, sin desparpajo, lo mismo que realizaron con las quebradas: las taparon con losas de concreto, las convirtieron en otras cañerías para ampliar el plano citadino y valorizar terrenos a un amplio precio ecológico. Eso es Medellín: la ciudad caníbal. Y qué decir de las industrias a las cuales nunca les interesó el río menos a una ciudadanía maleducada, sin sensibilidad, menos a sus dirigentes que viven en otras esferas, como ahora, en esta época de una premisa que arrasa su interior: la Internacionalización. Lo que ya había realizado la mafia sin darse cuenta lo copiarían desde hace poco. Si los mafiosos son ostentosos con sus construcciones, con su lujo desmedido por las baratijas de marca, pasando por encima de cualquier reclamo. Esa mentalidad se traspasó sin pena ni gloria por las diversas administraciones que no saben qué hacer con el dinero del presupuesto, sino destruir el patrimonio de Medellín, olvidar el centro histórico, por vivir en la fantasía de las grandes obras como esnobismo personal. El boato y el descontrol, la falsa representación, los ansiados y buscados títulos honoríficos que se alquilan a la cuidad, en convenios o relaciones exteriores, no son más que el velo sucio para ocultar la poca sensibilidad con Medellín.

 Frontera y límite para pasar a Otrabanda, suburbio de los desplazados y desclasados. Así el río poco a poco se convirtió en el hábitat depravado de los marginados. Una película reciente y algunos textos realizan una alegoría sobre los habitantes de sus cuevas por ahí, por sus orillas en Barrio Triste. Cuando ya se conquistó la Otrabanda, se construyeron y se siguen construyendo puentes elevados solo pensando en el tráfico. Cuando se pasó al otro lado, ya quedó lista la aniquilación del río Medellín. Fue una labor paciente, callada, incesante, de muchos años. Estruendosa por cierto.

Pero miremos un poco su historia. En un relato de 1675 se atestigua que para pasar a Otrabanda, cuando el río crecía, era necesario caminar tres leguas hasta el puente del Alférez, puente del Mico hoy. O también se debería caminar hacia el remanso, llamado Las Playas, y pasarlo, en lo que es hoy un tramo desde El Poblado hasta El Rincón, en Belén, donde el río se expandía y era fácil franquearlo.

Gregorio Gutiérrez González en 1850, escribe uno de los poemas más sentidos sobre la ciudad, “Medellín desde el alto de Santa Elena”:

Allí está Medellín, la hermosa villa,
Muellemente tendida en la llanura,
Cual una amante, tímida hermosura
Reclinada en el tálamo nupcial.

Allí está Medellín: su sol ardiente
La hace ostentar su gala y sus primores,
Y la da los fantásticos colores
Del magnífico Edén del oriental.

Ciñe su talle esbelto su ancho río
Cual cinturón de perlas y de plata,
Y en su onda limpia la beldad retrata
Y allí su imagen sonreída ve.

Murmura el río enamoradas voces,
Para adormir a su coqueta reina,
Y ella en sus aguas sus cabellos peina
Y moja en ellas el desnudo pie.

En este fragmento de este poema es notoria la presencia del río, ya que aún no ha sido devorado por las diversas intervenciones, sino que aún es presencia del paisaje ya que discurre, manso, entre los campos verdes, entre sus orillas, y el poeta por esa razón lo destaca, como si acordonara la ciudad de una manera amorosa. Aun eran tiempos en que había una idealización entre el individuo y la naturaleza, el poeta no luchaba por domeñarla sino por convivir con ella, por sentirse exultante ante los parajes y paisajes que le imprimían un fervor casi místico.

Pero también había una interacción solapada ya que al mismo tiempo se daba la destrucción de su medio natural, sus orillas, su cauce, que había comenzado desde 1838. Dice don Lisandro Ochoa: “Nos contaba mi abuelo paterno, Nicolás Ochoa, que la banda oriental del río Aburrá, desde el Alto de San Luis, arriba en Envigado, hasta el punto llamado Bocaná, estaba cubierta de espesos montes, los que fueron destruidos para aprovechar la leña y dejar la mayor parte de los terrenos para potreros; por tal motivo se fueron secando las aguas del río Medellín, de la quebrada La Ayurá, la Aguacatala, la Poblada, y Santa Elena con sus afluentes, llegando la sequía de las aguas hasta  quedar estas reducidas a una octava parte. ¡Cuánto nos servirían hoy estas siete octavas partes de agua pura y cristalina, si por ignorancia de nuestros antepasados, y por la impotencia de las autoridades de aquellos tiempos que no se dieron cuenta, los primeros de la riqueza que destruían al arrasar los montes, y por falta de alguna ley, las segundas que ordenaran a todo propietario a dejar siquiera unos treinta metros arborizados a lado y lado de cada preciosa fuente!”.

En este texto, en esta referencia, al río de hace unos años es notoria la medida de la destrucción interna del valle de Aburrá, y por lo tanto su efecto devastador sobre el río.

Eladio Gónima, otro escritor que sin ser historiador da también su versión: “El río Medellín era en aquella época un verdadero río, más caudaloso, relativamente al presente. Por cualquier parte que se quisiera pasarlo había necesidad de alzar mucho la ropa, mientras que hoy no hay exageración en decir que se pasa a pie enjuto. Generalmente era tan profundo que para bañarse las gentes no tenían que rebuscar, pues en cual punto casi subía el agua al pecho.

No tenía puente alguno, de tal manera que todo bicho viviente que tenía que entrar al agua para pasar de un lado a otro. El paso principal para los de la otra banda, quedaba al frente de la calle de la Alameda (Colombia), en cuyo punto era bastante explayado el río; pero cuando levantaba un poco su nivel no había para los paseantes remedio; y como era mucha la concurrencia de hombres y mujeres, el lector puede considerar el bonito y pintoresco cuadro que se desarrollaba a la vista.

Cuando venían las grandes crecientes, en el invierno, los muchachos hacían balsas, que cogidas con grandes rejos de punta y punta facilitaban el paso por una pequeña cuota, y formaban tan bien esos aparatos que nunca hubo desgracia alguna. Al otro lado del río, pocas cuadras de él, se asentaba el bonito pueblecito de San Ciro, más tarde Aná, Anapolis y últimamente Robledo, fundado más alto”.

Estos testimonios, con el tiempo se convertirían en lo inusitado ante la sobrepoblación y el descarnado efecto, sin afecto, de la mala planeación sobre Medellín.

Hay, además, una primorosa pintura de uno de los pioneros de la fotografía, Emiliano Isaza, —con un gorrito turco, un fez, da su toque de hombre de mundo—, donde vemos desde Santa Elena a la ciudad en 1884. Allí Medellín es apenas un pueblo acunado en las estribaciones de las montañas, y al fondo el cerro El Volador y a los pies de este, el río Medellín que va tranquilo por el valle. En ese recorrido, como lo vio y pintó Isaza, para sorpresa se destaca una suerte de islote, más allá de lo que es hoy la Universidad Nacional.

En 1907, Hermes García , nunca Trismegisto, viajero proveniente de Cúcuta, detalló: “El río Aburrá o Medellín baña a la población hacia el Occidente, y ya es notable en frente de ella por la cantidad de sus aguas, por lo hermoso de sus orillas, por la mansedumbre de sus ondas y por los encantadores paisajes que ofrece a la contemplación. Tanto este río, como el riachuelo antes mencionado (la quebrada Santa Elena), además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la comodidad y salud de los vecinos”.

Pero sigamos. Dice Agapito Betancur, uno de los pocos alcaldes que también escribía, en su libro Ciudad, 1925: “El río Medellín carecía entonces de puentes en la ciudad, y la abundancia de sus aguas, sobre todo en invierno, requería de balsas para pasarlo. Su parte más explayada era el remate de la calle Colombia (antes la Alameda), por donde muchos vecinos devotos se dirigían al pueblo de San Ciro.  Este puente era de mampostería para unir a Robledo con Medellín.

Tomás Carrasquilla en Hace tiempos, todo un jinete a caballo por La Alameda rumbo a la Obrabanda, rememora, cuando pasa el puente de Colombia, a unos chicos bañándose en el río y describe el ámbito y la bullaranga en plena tarde de verano.

El río era navegable desde Sabaneta, la mayor parte del año, entre los puentes de la América y Colombia. En balsas se traía de Sabaneta víveres, plátanos, yuca, aguacate, panela, etc., Con madera para alfardas y cañabravas elaboraban las canoas y las cargaban con víveres, refiere Alberto Bernal en su primoroso libro, que es su huella y la de Medellín que se deshace ante nuestros impávidos ojos.

Los paseantes internos que disfrutaban la ciudad, porque los hubo, buscaban algunos charcos. Uno de ellos, Los Naranjos, bajo el puente de Guayaquil; el de La Palma. Además, el más popular, bajo el puente de Colombia. Había otros, El Sauce para aprender a nadar, El Palomo habitado por chicos peligrosos del Llano y el del Mico que luego daría el nombre al puente del ferrocarril en su paso.

Es decir, había integración de los habitantes con el río, podían sentir el fluir del agua, su rumor, y además, su presencia: nadar en sus aguas. Algunas damas se bañaban en las madrugadas para evitar ser espiadas por los hombres y chicos que merodeaban durante el día por las playas, siendo cuidadas por amigos cercanos.

Esta es una corta versión y cohabitación que se tenía sobre el río, pequeña memoria dispersa en algunos libros de autores que no dejaron que la vida cotidiana de la ciudad, y menos del río, se olvidara.

Y algo cierto, lo que no hizo ninguna peste, ninguna guerra, ningún desastre natural, lo realizarían los mismos medellinenses, con esa elaborada cirugía de intervenir el río como si fuera la ampliación de una calle, y no, el amnio universal que le da vida a una ciudad y que cualquier capital con carácter, respeta.

Los puentes sobre el río fueron la primera gran intervención con un propósito, pasar a la otra orilla y continuar extendiendo el plano citadino. El primero de ellos era de madera, el Puente de Colombia, fue luego reconstruido en 1846 bajo la dirección de Henrique Hausler, quien era mecánico y ebanista. El segundo fue el de Guayaquil en mampostería aún en pie diseñado por el mismo Hausler, para conectar Belén, La Estrella, Itagüí y Caldas entre 1877 y 1879. Sobre el río construirían otros puentes: el de Don Jorge para ir a Robledo y el colgante de la América.

Desde 1899 las áreas cercanas a los puentes fueron apropiadas por personas excluidas. Y nada más provocador que los primeros travestis paisas que se apostaban en los estribos del puente o se acodaban en las barandas del puente mismo fumando cigarrillos egipcios y bebiendo tapetusa. Mientras otros, más arriesgados, en la orilla del río, se arrojaban agua con totuma. Todas unas damiselas encantadoras, con sus rostros maquillados, sus afeites provocadores, y su ropaje femenino, incitando a los viandantes que lo cruzaban. No sabría si definir esta actitud como una prehistoria a las posteriores marchas del orgullo gay en la ciudad, pero lo cierto es que ahí podríamos dar estos apuntes históricos e histriónicos de las locas paisas en estos domingos, su día preferido.

El primer grupo de gitanos que recalaría en Medellín se asentaría unos meses cerca al puente de Colombia en 1920, por inmediaciones de lo que es hoy Suramericana. Nadie le prestó atención a su piel cobriza, a sus patillas de héroes, ni a sus palabras extrañas que intercambian entre ellos para tumbar a algún cliente. Poseían el engaño famoso de comprar caballos desnutridos, con peladuras de la cola hasta la crin, para luego, en poco tiempo, reanimarlos con potajes secretos, amolarles los dientes, pintarlos como si fueran corceles pura sangre de raza árabe. Cuando los paseantes salían los días domingos a buscar la orilla del río, quedaban sorprendidos por sus inmensas carpas, y por las gitanas hermosas con su cabello largo y sus anillos de baratijas en sus dedos. Una gitana quedó durante mucho tiempo en la memoria de los muchachos de antes: Lupe Montes bañándose desnuda en las mañanas en el río; inalcanzable por los celos de los hombres gitanos. Cualquier día, cuando los caballos perdieron su color y mostraron el truco de la infamia en tierra de caballistas, obligó a que los gitanos desaparecieran así mismo como habían llegado.

Luego vendrían los grandes puentes, entre mayúsculas grandes puentes. Al construir estos puentes elevados, se pierde cercanía con el río, huyéndole a lo que hay allá abajo: la letrina maloliente. También bajo estos grandes puentes se crean zonas de exclusión, oscuras. Dentro de esa dinámica, un alcalde propondría hace poco pavimentar el río para construir una avenida.

El saqueo al río comenzará con una obra de progreso, según el canon de la época, al cambiar su rumbo natural en la década de 1940. Lo que se definiría como una gran epopeya, no fue más que al rectificarlo, acabaría con sus meandros, con sus charcos, así como con la posibilidad de pesca, y sobre todo, con las inundaciones. Si ya habían tapado sus afluentes, sus quebradas, se le daba una estocada final, al quedar el río solo como un desaguadero de esas quebradas ya pestilentes.

Pero sigamos dando algunos saltos en el tiempo. El 11 de octubre de 1950, el alcalde encargado, José María Bernal (1950-1951), manifestó: “  […] Los que hemos vivido en Medellín toda la vida, podemos recordar fácilmente lo que era este pueblo hace 20 o 30 años, y de todo corazón excusamos a nuestros padres por no haber previsto los tremendos problemas de toda índole que hoy confrontamos. En aquel entonces el Río era capaz de absorber cualquier cantidad de aguas negras que pudiéramos imaginar, era diversión de los domingos el baño en el Río a todo lo largo del valle, y aun en la quebrada Santa Helena. Hoy las aguas al nivel del Hospital de San Vicente, carecen en absoluto de oxígeno, están saturadas de mugre y hacen imposible, ya no el baño, sino la vida animal. Los sitios que entonces constituían paseos del día entero como El Jordán, Las Estancias, El Edén, y el Raizal, son ahora parte de la gran ciudad, que apenas ayer no era concebible […].

Luego, en 1952, vendría la canalización de sus orillas, que se completaría con grandes bloques de concreto, aprisionándolo así como a las quebradas de Otrabanda.  Esta fue la segunda gran intervención al río, con un propósito, no dejar que el agua mordiera las orillas de los terrenos valorizados, dándole cierto aspecto de falsedad paisajística y de dominio por parte de la administración, al canalizarlo de esa manera y asimilarlo a las autopistas que lo bordean. Desde ahí el ciudadano comenzó a darle la espalda, así como a huir de las autopistas a lado y lado que lo desplazaron ante el paso raudo de los autos.

Cierto, los excesos de las industrias con sus desechos, en la Ciudad Industrial de Colombia, la ciudadanía y sus basuras personales y de consumo, bajo el ojo ciego de las diversas administraciones, saquearon, vilipendiaron, abusaron del río. Es mejor decirlo de una vez, nunca les importó cuidarlo, mimarlo. Era, es el tiempo del abuso del cemento. Todos pasamos de agache. De ahí que se taponaron las quebradas, y se perdió el contacto con sus charcos. Al rectificar el río no se permitía vivir esa cultura de la naturaleza, para la eterna primavera que parecíamos vivir, ya que las indeclinables urbanizaciones, la apertura de calles y el hacinamiento contaminaron y acabaron las quebradas. El río, incapaz de absorber tanto detritus que le arrojaron, colapsó ante nuestra indiferencia.

En la década de 1970 desde la Universidad Nacional hasta la Macarena, donde se centraba el paisaje citadino y sus orillas ya urbanizadas, para embellecerlo, se sembraron jardines simétricos que le daban cierto tono de frescura al río ya totalmente degradado y de un color café, síntesis de la podredumbre total, tratando de ser recobrado por las eras de flores precisamente en la Ciudad de las Flores, pero venenosas, ante la destrucción y el descuido de su hábitat.

Desde 1993 hasta 1998, cada año, en enero, se realizaron algunos festivales que utilizaron al río como pretexto. Vanos intentos de volverlo navegable, y en realidad la ciudadanía participaba con sus botes, barcos caseros, neumáticos improvisados como balsas, sin ancla, eso sí con mucho entusiasmo. La alegría pasajera con cierto ademán de rescatar el río no dejó de ser una tímida propuesta, una invitación para su funeral. Nadie quería volver a un río pestilente. Los últimos bañistas se habían esfumado desde hacía unos cincuenta años. Esa cultura, esa vivencia, donde se integraban personas y naturaleza colapsaría, había sido reducida al álbum de fotos familiares, ya que la ciudad renegaba de su pasado como un testamento heredado, quería ser innovadora, urbanizada a como diera lugar, quería ser una metrópoli de cemento y espejismo, es decir, borrando su origen, pareciéndose en cada administración a los planeadores de turno que nunca la vivieron. La poderosa e irresponsable EPM (aún no dan una respuesta sobre la extinción de la Laguna de Guarne), cada diciembre inaugura los alumbrados, con la fastuosidad del nuevo rico, para continuar y retar a las otras ciudades del país. Ellos dicen que es un regalo a la ciudad, lo que faltaba. Pero esa algarabía y bullaranga nace y muere cada año con decorados fastuosos que ocultan y maquillan el río pestilente. Desde aquí por la orilla del río iluminado y el estruendo de las fanfarrias, y la música guasca que define al paisa, miro el Edificio Inteligente con su diseño de vanguardia y cemento gris, donde se elaboran y establecen su dominio sobre los servicios públicos, y me pregunto, cuál será la razón para que nunca hayan establecido políticas serias para darle vida al río. Todo ese fasto es similar al que hacen las putillas con sus afeites y sus lociones de contrabando o las otras damas encopetadas con el falso Chanel 5 traído de China. Pura simulación. 

Ahora, en la pasada administración, se les ocurrió una idea que continúa ese juego de espejos sucios que persevera desde el año 1940 cuando se rectificó el cauce a esta arteria fluvial, construir Parques del Río, lo cual sería una buena propuesta si antes se hubiera recuperado el río mismo, pero ya sabemos que al paisa cazurro y ladino solo le interesa pensar entre comillas en el futuro de sus negocios como promesa y no en solucionar sus abusos porque le da temor de las excusas y de los pésimos manejos. Siempre vive en su eterno presente.

Parques del Río fue impuesto precisamente en el lugar donde reside el poder económico y político de la ciudad. De ahí la razón por la cual antes se destruyó la Plaza de Cisneros por una más adecuada a la burocracia, que es coherente en su alevosa representación. Así las sucesivas administraciones, (rojas, azules o verdes; de derecha, centro o de izquierda), quieren que sus orillas, ahí en La Alpujarra, se vean bien atractivas para la masa amorfa de turistas y los ostentosos y feroces burócratas que cada día madrugan a sus oficinas, sin sospechar, que nunca solucionan nada. La soberbia de su alcalde aquí alcanzó su clímax, ni que fueran los jardines de Versalles. Pero olvidaron lo más importante, mientras embellecen las orillas, la pomposidad de las propuestas vacuas hacia la ciudad se hilvanan con un pasado que ya ha definido al político antioqueño, no sabe qué hacer, como los mafiosos, con tanto dinero, pero sí son capaces de exhibir sus fantasías con obras públicas que ellos creen en su mente bucólica de perennidad que refundan la ciudad. No en vano en la composición de sus fotografías para publicitar Parques del Río, el color de sus aguas es de un azul de ficción.

La burocracia se recicla, pero es endeble en sus propuestas, las anuncia con muchos bombos, platillos y trompetas, y publicidad pagada a alto costo. Pero ya sabemos el antiguo juego de la disuasión, del alambicamiento, de los proyectos a largo plazo que los anuncia sin respeto, sin compromiso a una ciudadanía atemporal que es indiferente a ellas, por una razón de peso: no se cumplen. Como decía Keynes, a largo plazo todos estaremos muertos.
 
Existió una entidad desde 1992, el instituto Mi Río, más interesada en actividades complementarias como senderos, puentes peatonales, recolección de basuras en las quebradas de los barrios que en el río mismo, en su recuperación.

Ahora me refiero a una propuesta de mediados del 2015 acerca de la recuperación del río por parte de 17 entidades gubernamentales, como respuesta tardía y complementaria a Parques del Río. El espejismo de las grandes obras los llevó a olvidar que existía en su interior el río mismo, solo tenían en sus cerebros cemento, hierro y discursos (iba a decir babas costosas). Ahora rectificado ese olvido insolente, lo cual es muy común en el país, ellos prometen que van a arborizar sus orillas, que van a crear conciencia con Nuestro Río. Se asevera que se conformó una gran alianza para su recuperación en diez años. Lo cual percibimos que no ocurrirá. La burocracia es ostentosa, para mantenerse en el curubito se muerde la cola y se miente a sí misma. Ya sabemos ese cuento de taumaturgos que en foros y seminarios, ante la estólida ciudadanía, sacan sus ases mentirosos con soluciones explayadas, pero, por debajo de la mesa hacen pistola y se ríen de la bonhomía de los participantes. La improvisación y la mentira conforman su logo más a la mano.

En esta sátira de lo cotidiano nos acostumbramos a escuchar las palabras sin peso, solo titulares de un periódico de ayer, provenientes de planeadores y especialistas, -doctores sin ley-, que no sienten la ciudad. La preocupación por el medio ambiente en manos de la burocracia se convierte en discurso, en lo vacuo, en el aplazamiento, en los 45 grandes proyectos para recuperar el río, simples fantasías guardadas en las gavetas de la desolación por los soba chaquetas de la improvisación. Pero, a pesar de esos 45 proyectos ilusorios, cada día el río repta convertido en la cloaca pestilente que vemos, sin caer en cuenta que es el crimen ecológico más grande que ha tenido y padecido la ciudad.

Hace unos años cuando la conciencia ecológica se hizo necesaria, pero aquí se tomó como una moda más, se proyectaron plantas para el saneamiento del río. Y solo una de ellas fue realidad, la de San Fernando. Pero una sola planta era como un vano remedio. Eso sí se dijo a todo timbal que regresarían los peces. Eso fue hace unos treinta años. Ese augurio se cumplió en parte. Y algo es cierto, sí regresaron los peces, pero los peces gordos de las diversas administraciones con su astucia y con sus discursos, y su fatuidad, mientras el río languidece, sin vida biológica, muerto, atiborrado de desechos industriales, de heces, de animales muertos, de abortos, de basura, de cadáveres, de más inmundicia. Y lo peor, desde La Alpujarra nadie ve nada, sino que en su continuo festín, solo ellos ven el color azul del río en sus pósteres promocionales. Ah, tan innovadores.


sábado, 23 de enero de 2016

III Internacional Nadaísta.






III Internacional Nadaísta.      

Víctor Bustamante


Noche de puro nadaísmo en Otraparte. Manifiestos, dicterios, reclamos, poesía, sí, mucha poesía, sobre todo, poesía nadaísta en estos tiempos de la sociedad del entretenimiento donde solo basta el espectáculo más banal para pensar que la poesía es un decorado y no la manera más directa de sentir, de comunicarse, de abordar los delirios de la misma poesía, de la locura, y del suicidio, ante la desesperanza de un mundo más que gris, negro. Con esas palabras escritas, con estos manifiestos, se expresa, se dice la dura condición del hombre, pero también se realizan sus reclamos para no caer en el abismo de la abyección y la pasarela personal llena de los sombríos poemas escritos sin corazón, sin la pasión que merece el ser poeta.

Sí, noche de puro nadaísmo donde aún perduran y resuenan sus manifiestos, es decir toda su presencia. Y es que ellos fueron capaces de ser contemporáneos y aun los sentimos aquí, en el duro asfalto, en las calles desoladas, en las paredes grises de nuestros cuartos, en los parques donde algunos muchachos y muchachas leen su poesía o en las noches quebradas de esta ciudad, Medellín, que aún mantiene el pulso de la abyección más temeraria pero que también nos ha devuelto hoy la prístina poesía, la presencia de ellos en toda su carnadura. Y esa es la razón por la cual los amamos; su entereza, su capacidad de haber sido contemporáneos.

De no ser por ellos aún les estaríamos escribiendo a las montañas, o trovando, y a las mustias amantes que nos abandonan cada día, o a las mujeres muertas con olor a alhucema y a labial barato, y peor, escondidos tras el folklor con sus hebras de maíz. No, no, ellos, sí los nadaístas abrieron, tumbaron esas puertas, esos muros, de una poesía llena de pocas circunstancias.

Sexo, drogas alcohol, o lo uno o lo otro, de ahí no se tiene escapatoria. Manifiestos, crítica, y sobre todo, humor y amor para un país luctuoso, alucinado por la violencia, lleno de paraísos perdidos e inservibles en esta vida que huye como un potro salvaje no se sabe hacia dónde. No, los nadaístas establecieron la realidad escribiendo sobre la realidad, dándole a la ciudad, al país, la presencia que se merece, caminando sus calles, expresándolas, derrumbando los idolillos que campeaban impunemente desde el pasado, hasta conquistar con poesía los brazos de la mujer que los acababa de asaltar en sus soledades de humo, hierba sagrada y un poco del misticismo de eros.

Con el nadaísmos dejamos la minoría de edad, fuimos capaces de pensar por nosotros mismos, lejos de las elucubraciones de infiernos llenos de fuego y azufre.

Con el nadaísmo llegamos a la alegría de la poesía, descubrimos las ciudades. Y que la existencia y su fugacidad merece ser vivida hasta la última gota del alba. Con el nadaísmo conquistamos las noches, las vivimos, las padecimos, las deslumbramos con nuestros vinos negros.

Cómo olvidar esta noche los videos de Michael Smith redescubriendo la Voz el Nadaísmo, aquel programa de radio que ellos hicieron donde lanzaron toda clase de diatribas a una ciudad atiborrada de poesía muerta y de industriales sonrientes sobre los espasmos de las espaldas ajenas. Cómo no escuchar a Gonzaloarango con su voz serena para alertarnos de un país congelado en las turbias redes sangrientas del pasado, en los turbios negocios y en la fatua muerte presente como supremacía.


El nadaísmo es nuestra tradición, el camino de la poesía. El nadaísmo es nuestra más bella e intensa primavera. Y el más intenso y fragoroso verano, nunca temido por cierto, vivido hasta el desespero antes de la aniquilación de la noche, de las noches.







domingo, 17 de enero de 2016

Todos se van de Sergio Cabrera, ¿Una telenovela? / Víctor Bustamante


Todos se van de Sergio Cabrera, 

¿Una telenovela?

Víctor Bustamante


A Sergio Cabrera le cabe un valioso merito, haber dirigido una de las películas colombianas de mayor aceptación entre el público. Por qué no decirlo, La estrategia del caracol, es una gran película donde hay de todo: humor, escarnio, sobrevivencia, ingenio; en síntesis, buen cine. Donde se identificó el público que la vio por su temática y elaboración equilibrada. Es tan colombiana, tan sentida, que uno sale satisfecho de la película luego de disfrutarla, vivirla, saborearla, porque esas son las palabras que permiten recordarla. Además, como plus, se abría la posibilidad de seguir realizando un buen cine colombiano. 

Hoy 16 de noviembre, por pura casualidad, en casa de una amiga, supe que Sergio Cabrera había filmado Todos se van. Y, para empezar, una cintilla en el DVD añade que es Cine Colombiano. Viendo la película sabemos que hay aportes del Ministerio de Cultura y de otras empresas de acá, pero no, esta película no es colombiana, es una realización de un director del país. El tema, las preocupaciones, no tienen nada que ver con Colombia. Esta anotación la hago porque entiendo que hay escasos fondos, cuando no se quiere ayudar a algunos cineastas, para promover el fomento del cine nacional. O sea que esta película es una coproducción, según entiendo, donde hay tantos responsables que el director termina por realizar un film donde queda bien a todo el mundo, no como un guardia rojo sino como un guardia moral. Sobre todo porque no cuestiona, no indaga, sino que trascribe de un solo lado, ya que el tema es cruel. Algunos dirán que fue fiel a la novela. Y así olvida nada menos que la causa de quienes se fueron de la isla, aún está vivo en la memoria. Otra cosa es ver allí como Cabrera maxfactoriza su versión de los que se fueron, se van y se seguirán yendo, mientras la burocracia de un solo partido, sin prensa libre, y sin elecciones de la única dinastía familiar en América Latina mantenga la postración de la bella Cuba.

Pero bueno, antes de que nos digan que somos provincianos, antes de que nos digan que en otros países hacen coproducciones y que los directores pueden filmar en cualquier parte del mundo en ese caos creativo, y de marketing que se impone. O el coro griego que no tiene autocritica, afirme que se cometieron errores en ese caso; crueles por cierto, digamos que me sorprende que Cabrera filme una película cubana, porque lo es, teniendo en cuenta un tema tan álgido y de una vez sea incapaz de poner el dedo en la llaga, y de no decir lo que en realidad pasó porque el título del film, Todos se van, basado en la novela de la cauta Wendy Guerra, no entrega ni un asomo de lo que en verdad ocurrió. Nunca supimos en este film por qué se fueron los cubanos, o si lo sabemos de una manera superficial con los estereotipos necesarios para dar la impresión de que fue algo fugaz y no un malestar general ante ese agobio de la burocracia castrista para el pueblo de Cuba, que obligó a que unos ciento veinte mil cubanos se fueran, en ese momento, tratados como escoria.

La historia es sencilla. Una niña, Nieves Guerra, vive con su madre, pero la madre es separada y convive con un sueco algo disoluto. El maltrato moral y la mala fama endilgada a su mujer por parte de Manuel, su esposo, hacen tomar partido del espectador por esa mujer cuidadosa que vive su otro amor, ya que rehace su vida. Manuel es un escritor nunca crítico, más bohemio de estereotipo que otra cosa, y quien, con ayuda de funcionarios, se les entrega en cuerpo y alma. Y, en ese amancebamiento, entre un escritor frágil y funcionarios le permiten la custodia de Nieves, su hija. Pero Manuel prosigue en su eterna rumba, irresponsable, y con sus mujeres. Vive en una casa donde todo falta, con un cuarto secreto donde, ingenuo y perseverante, con su santería de plástico, mantiene una esfinge que representa a su mujer. La punza con agujas con tan mala suerte que esta nunca regresa a su lado, como si esa suerte de brujería diera un efecto contrario, y ella se apegara más al sueco bondadoso, siempre al margen, siempre sirviendo de espejo de lo que debe ser un hombre, más que todo un padre. Este personaje, Manuel, que pudo haberle dado grandeza a la película se disuelve en sí mismo como un istmo, y así se deja de lado el verdadero peso de la historia, al no darle el carácter de ser un disidente con todo el riesgo que ello implica en un país sin libertad de prensa.

Luego el drama se asocia más a Manuel, que al comienzo era una persona recataba para luego convertirse en un borracho, -esa es la versión de Wendy y Sergio de los disidentes-, y ya el espectador pierde el cariño que sentía hacia el escritor, ya que revela su verdadera personalidad: es mal padre, y lo más grave, se va de la isla. Nieves, su hija, es devuelta al hogar materno luego de los desmanes y abandono de su padre.  Poco a poco se plantea el estatus de Manuel como disidente sin aura al entrar a la fuerza en la embajada del Perú.  Y es aquí cuando el tono rosa de la película se trasgrede a un tono rosa pálido, blando e insignificante, digno de la frivolidad de una telenovela, porque se olvida que Manuel ya estaba siendo preparado para ser una persona de pésimo carácter, que agrava su situación. Lo de disidente, -allá les dirán gusanos-, nos sorprende después, ya que de él no sabemos si participó en alguna actividad clandestina,  como leer en una noche cerrada en una casa al escondido, junto a sus amigos escritores, poemas en contra del régimen, de la dictadura mejor, para luego quemarlos debido al miedo, ya que en público era impensable. O si dirigió una revista de escasos ejemplares, escrita a mano para mantener la llama viva de la poesía.
Wendy, nunca en guerra, sino algo frívola dice en una entrevista aparecida en el Miami Herald, durante el festival de cine, que en Cuba no quiere que se filmen películas donde se tocan ese tipo de heridas. Es un lenguaje taimado. ¿Herida?, puro maquillaje de una ligereza cruel. Debió haber dicho catástrofe social, y mal gobierno, porque quienes se fueron no lo hicieron por gusto sino presionados por quienes crearon el socialismo de la pobreza, porque si fueran disidentes serían llevados a la prisión del Castillo. Si eran homosexuales a los únicos campos de concentración de América Latina, UMAP. Y si querían huir de allá, como los balseritos, serían ejecutados.

Hay un libro de cuentos de Reinaldo Arenas, Termina el desfile, ese sí toca la brutalidad de ese estado de cosas, con el vigor que se merece, donde se narra desde adentro esa crisis social y plantea el tema de la embajada de Perú, donde se hacinaron diez mil cubanos. Y luego vendría no la herida, como añade la cándida escritora, sino el aniquilamiento social de esas personas que debieron huir a Miami. Fueron ciento veinte mil, que el mismo Arenas luego nos contará en otro de sus libros. Por eso la nueva generación de escritores, cubanos falsean la historia, y así ese tipo de películas coayuda a suavizar la imagen de un régimen que se cae a pedazos, que no sabe cómo el comunismo con tinte estalinista es el mayor fracaso de la reciente historia política en América Latina.


Por eso en esa dosis de liviandad, la chica que dibuja, Nieves, lleva a donde vaya un monigote que se presenta en la película, como su dulce compañía. Nunca un Ángel de la guarda sino un demonio, con la imagen del Che, el ex guerrillero heroico, a quien los hechos verdaderos resquebrajan su imagen. Es como si Nieves en otro contexto llevara en su desidia de adolescente un muñeco con el rostro de Hitler o de Rasputín.

En esa misma línea se dirige el español que filmó una película del Che, ese icono chic de las rebeliones, que igual sufre un menoscabo cuando se comienza a revelar su verdadero corazón negro y lleno de odio con sus opositores. Ordenó ejecuciones sin sumario y hay unos ciento cincuenta casos descritos en la red, sin contar los asesinatos de su propia mano.

Falsear la historia es fácil en el cine, ocultarla es mal síntoma. No sé si Cabrera, sin cabrearse, habrá leído a Reinaldo Arenas que fue el gran escritor que se educó y padeció durante la Revolución cubana, el disidente nato, que cuestionó desde adentro, y sufrió todo tipo de vejámenes, de humillaciones, incluso cuando estuvo encarcelado, así algunas escritoras como Wendy Guerra, con su novela escamoteen ese tipo de cosas que sucedieron y que el tiempo histórico parece y perece, histriónico, en ella y en Sergio Cabrera. Por esa razón recuerdo Termina el desfile de Arenas. Hay allí un relato sobre el asalto a de la embajada del Perú, inesperado por la turba insatisfecha, lejos de los discursos del Caballo y de la masa pasiva de los noticiarios. Luego, en varios de sus libros, contará lo que padece un escritor disidente de verdad que toca puntos álgidos, no un caprichoso como Manuel, sino un valiente como Reinaldo Arenas.

Todos se van parece una telenovela de un tonillo rosa pálido que tiene como trasfondo un momento histórico sin precedente: la catástrofe de refugiados que huyeron, como fuera de la isla, convertida no en el territorio libre de América sino en prisión y síntesis de la utopía cubana, que oculta una realidad exasperante por lo cruel, pero que aquí, en la película, se centra más en una historia de amor.

Esa reelaboración histórica o mejor falsificación histórica da sus frutos. Padura en la Feria del libro de Guadalajara, en una entrevista, no quiso hablar de política. Ya sabemos lo que le espera en la isla si critica. En las últimas películas sobre el Che lo evidencian mostrándolo como un poeta o como un luchador por la causa social, dejando de lado su estalinismo y crueldad. Algunos intelectuales alienados y alineados con los Castro se silencian, son genuflexos con esa dictadura, con tentáculos en todo el mundo, inaugurando la nueva clase de intelectuales cubanos adictos al régimen que así, cómplices y silenciados, los deja salir y entrar, mientras las cárceles están llenas de disidentes.

Así la historia de ese país pasó a ser tergiversada por las nuevas generaciones de escritores. Aún recuerdo el silencio a que fue sometido el gran Lezama Lima. La traición de sus mismos compañeros de ruta a Carlos Franqui. El olvido total a Virgilio Piñera. El exilio de Heberto Padilla. La humillación a Reinaldo Arenas. El valor, el temple, la honestidad intelectual de Cabrera Infante. Y una pregunta, además, ¿Por qué se fueron de la isla, Norberto Fuentes, Raúl Rivero y Zoé Valdés? Es decir, todos ellos, la literatura valiosa de Cuba.

En esta suerte de apología al régimen, en Todos se van, espero que Wendy Guerra salga de su urna de cristal y Sergio Cabrera, antes de su desplome, ponga los pies en la tierra, pero no en la isla, sino en su cine, y lea a algunos de los escritores que lucharon por la democracia y la libertad en Cuba y fueron apresados o debieron marcharse.

.Como colofón podría decir que también Antonioni fracasó al filmar en Estados Unidos, Zabriskie Point, sobre un tema que él nunca fue capaz de captar en su esencia.