Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali. Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza. neonadaismo@gmail.com
jueves, 18 de octubre de 2018
martes, 16 de octubre de 2018
lunes, 15 de octubre de 2018
La gran película del mundo, Cine y filosofía de Andrés Upegui / Víctor Bustamante
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| Andrés Upegui -Babel, 2018- |
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La
gran película del mundo, Cine y filosofía
Andrés
Upegui
Víctor
Bustamante
El
cine, su interpretación, su crítica, su aproximación, siempre merece las
diversas reflexiones que lo acercan. A veces muy literarias, otras reseñas
someras, otros intentos de acercarlo a diversas ciencias. A veces puro
divertimento, otras; las más, reseñitas, lo cual, a pesar de algunas
contemplaciones con sus parrafitos didascálicos, lo convierten en un punto de
inflexión, ya que para unos es el arte de nuestro tiempo, para otros como el
director de cine, Peter Greenaway, ya es una forma de arte desueta, de otro
siglo; y aun así, él persiste tratando de acercarse e ideando nuevos formatos
para narrar. De todas maneras este tipo de especulaciones, llevan a un intento
de interpretar el cine, esa sucesión de imágenes que nos abstrae y distrae de
la vida cotidiana, esa forma de arte que no ha podido desligarse de la
literatura; es más, que trata de absorberla, de devorarla, sin poder lograrlo.
Así una frase publicitaria tomada del antiguo vademécum chino persiste, en
decir que una imagen vale más que mil palabras. De sí una imagen solo muestra,
no interroga, pero si quien mira la imagen y posee, sin poses, un bagaje
apreciable la puede interrogar y darle su valor.
En
este caso, y, desde otro punto de vista, Andrés Upegui, en su libro, La gran
película del mundo, Cine y filosofía, intenta acercar estos saberes del pensar
al echo cinematográfico de la mano de uno de sus arúspices de la sociedad
civil, Giles Deleuze, al hurgar en ese laberinto teórico para merodear por el
concepto y la imagen como la piedra basal en la cual fundamenta su aproximación
al cine para buscar su diversidad de significados. Pero este arduo camino hacia
la interpretación del cine también conduce a su autor por un camino impensado:
su religiosidad, con la cual trata de abordar y darle cierto carácter a su
argumentación sobre este arte que, a veces, es industria, desde diversas
maneras, dándole ese tono contradictorio a su acercamiento a Deleuze. Pero con
la fe, como sustrato que no deja de ser una manera de proximidad a lo oscuro
con la creencia de que lo sobrenatural, como Dios, que es un invento de la
soledad, merodee en su libro para establecer más cadenas, como algo que
persiste.
Cuando
Andrés Upegui se aparta de este sustrato cuasi filosófico y religioso, entrega
su versión sobre el cine, y más concretamente sobre películas poco mencionadas,
y, así reflexiona con textos brillantes como: “Un personaje en contra de su
autor”, “La tragedia del artista sin cabeza”, “El cuerpo prisión del alma”,
pero percibo que no pierde su sustrato confesional cuando en un texto preciso y
contundente sobre Andre Rubliov de
Andrei Tarkovski, incluso, casi justifica el asesinato que lleva a cabo el
monje con ciertas medidas ex profeso, y, termina comparando ciertos pasajes de
esta película que sobrecoge, con los ocurridos de una manera sobrenatural en la
Biblia, ese libro excluyente, con milagros o eventos que son pura ficción. Sí,
la Biblia aquel libro cuyo productor, Cecil B. de Mille, para el cine de
Hollywood le dio tantos réditos al describir su ficción.
Pero
también en un texto sobre Wenders, El
cielo sobre Berlín, Andrés más teólogo que crítico de cine, se extenúa con
los ángeles, aquellos seres incorpóreos que hacen parte de la cofradía católica
y que en el tiempo en que fue filmada esta película aparecían de la mano de la
moda californiana. Ya sabemos cómo la Nueva era se trasvasó en angelología y
nos hicieron creer en este tiempo de crasa irreligiosidad que los ángeles,
seres de ficción, llegarían. Wenders, aún más ingenuo, los lleva a que se
pierdan entre los libros de las bibliotecas, cuando su único fin dentro de esas
creencias es ser portadores de mensajes que se inician así, El ángel del Señor
anunció a María, el acto de más crueldad hacia un hombre al establecer a San
José, carpintero diligente, como una víctima del amor, y del dogmatismo
religioso.
Este
discurrir católico a ultranza se soslaya y otras veces reaparece de una manera
contundente en muchas de sus apreciaciones, en su texto sobre El abrazo de la serpiente, no por los efectos especiales y risibles del final,
sino de una crueldad inusitada, en un chico de Laureles, que deja de lado lo
que es un exterminio. Luego Andrés se refiere a Luis Alberto Álvarez, su mentor,
como un verdadero apóstol del cine que con tesón, inteligencia y amor abrió, y
enseñó el camino de ese arte en la ciudad. Pero también, en sus opiniones,
Andrés condena al género biográfico como algo de farándula, olvidando que la
vida y los aportes de una persona no deberían pasar de largo. Luis Alberto en
ningún momento, en sus críticas, apeló de una manera directa a su religiosidad
para analizar una película ya que sospechaba que era un muro de contención
donde se quedaría atrapado, y podría quedar cercenada su objetividad.
De
todas maneras la aproximación de Andrés, cuando no es tan confesional, continúa
con una posibilidad casi inédita, para abordar una crítica de cine donde se
tengan en cuenta los diversos elementos que aportan la literatura, así como la
filosofía para darle al cine una confrontación con las otras ciencias y
asumirlo de una manera total, para que no queden fisuras cuando se interpreta o
se analiza una película. Ejemplo de este enfoque valioso, ya los había
mencionado, pero reitero en ellos: “Un personaje en contra de su autor”, donde
juega con haber encontrado a Figueroa, aquel protagonista de fábula hasta
llevarlo a una intrigante conversación. Este texto es el único donde Upegui,
muy serio y ecuménico, desborda su humor y contundencia como una manera de abordar
un documental. Un texto esclarecedor. “La tragedia del artista sin cabeza”
sobre el cine de Carlos Santa, en este texto cumple lo que debería sr un
escrito sobre cine, invita a ver el trabajo de Santa, que por fortuna no es un
santo, y es uno de los más acertados del libro. Dentro de las otras críticas
en, “El cuerpo prisión del alma”, Andrés aborda el caso de un secuestro y lo
hace con donosura y mucha sapiencia. También en el texto sobre La mujer del animal, desborda su
capacidad y conocimiento de cine para encontrar otro matiz, lejos de la
violencia y ven en su interior el drama humano.
Aun
así, el cine regresa de la mano de Andrés Upegui con su carácter
contradictorio, donde la pasión y el análisis fraguan un texto lúcido.
Como
colofón hay unas palabras de un gran cineasta Claudio Lanzmann que le da un
peso inusitado al testimonio directo: “Él insistió en que la palabra era la
única forma de transmitir el Holocausto hasta el punto de afirmar que si, en el
curso de sus investigaciones, encontrara imágenes de los campos filmadas por
los nazis, las destruiría”.
martes, 9 de octubre de 2018
Horacio Marino Rodríguez en Estación Central de Medellín
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Horacio
Marino Rodríguez en la Estación Central de Medellín
Víctor
Bustamante
Una
obra de arte posee una significación que la distingue de las otras, lo que
aporta, la tendencia que abre una posibilidad creativa, y quién la llevó
a cabo. Además por pertenecer a una ciudad determinada, termina con el tiempo,
dándole su sentido de pertenencia a esa ciudad donde fue creada. Me refiero a
los edificios que, año tras año, crean el perfil, su silueta. Edificios que
con los días se convierten en el paisaje para muchas personas que lo tienen
como un punto de referencia. Ya que sus muros, sus paredes, sus esquinas, sus
arcos, el artesonado de sus puertas le otorgan esa identidad. Así que valorar
un edificio, así como a su arquitecto, es darle a este el doble carácter de ser
una obra de arte pero también que ha sido creado por un artista. El arquitecto
posee esa doble función en idear obras de arte pero también que sean funcionales,
que sirvan de algo, que sean de utilidad para que diversas personas lo habiten, lo usen, lo disfruten, vivan en él. Así estos edificios se convierten en el oasis,
en la oficina necesaria, en el lugar para una función pública. Es decir, es parte
de todos, así que lo circundan no solo los transeúntes y sus habitúes, también termina
convirtiéndose muchas veces en símbolo de la ciudad o, a lo mejor, en uno de sus
lugares preferidos, ya sea en una calle de un barrio.
De
ahí que cada edificio considerado como obra de arte posee un rasero, es uno
solo, con las ideas creadas y materializadas por su autor que es su arquitecto.
Un edificio es único en su género, de ahí que valorar su preservación y su cuidado
es una labor que debería mantenerse para que la ciudad recuerde su historia, sus
diversos periodos creativos; que la ciudad no olvide a quienes la construyeron
y que la hacen relevante. Arquitectos, ingenieros y maestros de obra, alarifes
y artesanos, dibujantes y escultores, ebanistas y carpinteros, merodean en cada
una de sus construcciones.
Un
edificio adquiere con los años su pátina, y no es una simple casa vieja, algo que
es necesario demoler para que el hombre actual destruya lo que dejaron sus
antecesores. Un edificio es una memoria, un edificio es el diálogo con otros arquitectos
que antecedieron a los llamados modernos o posmodernos que han arrasado con la
historia por el mismo efecto, el síndrome del progreso per se, el estar, en lo
actual sin advertir que la ciudad la han construido diversos artistas, desde
los albañiles, desde los artesanos, hasta el más serio arquitecto que la dibujó
en el papel, hasta llegar al plano con el esmero y su detalle.
Un
edificio posee algo que lo define, es un ejemplar único. Contrasta con el libro,
el cine y la música; estos han sido editados en varios ejemplares, muchas veces
en miles. Además en las bibliotecas se conservan originales o ejemplares de
ellos, y además se pueden repetir, copiar ya sea de una manera legal o pirateándolos.
Con un edificio no ocurre, es así mismo un ejemplar único, es así mismo la expresión
de su autor, es así mismo su propio incunable. Es muy peculiar y difícil que un
edificio sea construido en la misma ciudad dos veces con los mismos planos, a
no ser las casitas del Estado o los actuales edificios de apartamentos que cambien
el paisaje de la ciudad. De una manera indirecta se copia el modelo socialista, uniformado y sin gracia y sin color para los obreros y sus vidas desde afuera, grises. Alguna vez se construyeron o mejor se reedificaron los mismos edificios
en una misma ciudad. Cuando, Varsovia, fue destruida en la Segunda
Guerra Mundial, sus habitantes la reconstruyeron con la misma configuración
paisajística, ya que ese crimen de lesa arquitectura, no podía dejar que la ciudad,
su paisajes, su ámbitos: su esencia quedara solo en fotografías. Ellos la
reconstruyeron con el mismo entusiasmo de querer que su vida cotidiana se
mantuviera presente.
Por
esos antecedentes, por esa contrastada manera, lo valiosa de esta segunda parte
que recobra la obra de Horacio Marino Rodríguez, como arquitecto, se convierte en
un réquiem, ya que la mitad de sus obras han sido destruidas lentamente y con
la solapada manera de los dueños de estas obras, ya que sus edificios caen, se
destruyen.
Esta
exposición, que es también, recuerdo, presencia y reunión, comienza de una
manera didáctica con nombres fijados en las paredes de la Estación Central de Medellín ya que
remiten a una manera y a un estilo: balaustrada, arquitrabe, fuste, arco de punto.
También hay un telón de color blanco donde el dibujo de un horno enseña cómo se
fabricaba cemento, luego en el piso, dispuesto, un arco en ladrillo, en diversos entramados de ladrillos para mostrar cómo se dispone un muro, y, en hierro, una
parte de lo que fue la cúpula de un banco así como sus vitrales. También la definición, en alto relieve, en madera, quemadas otras palabras y sus diagramas, con su significación, lo cual remite
a aquellos nombres de la personalísima creación de la arquitectura en sus
comienzos aquí en la ciudad. Cierto, aquí en lo que ha quedado de la poderosa Estación Central de Medellín nos disponemos para entrar a este edificio de estilo renacimiento
francés que si no fuera por la protesta de un puñado de estudiantes de
arquitectura de la UPB, hubiera sido destruido. Seguro, aquí, en este lugar
entró Horacio Marino a reparar en su estilo. Seguro por estos pasillos, el arquitecto
ha caminado para reparar en algún detalle o cuando salía de viaje, así como en este día celebramos sus obras, y sobre todo su
obra, su actitud ante la vida, sobre todo, su inteligencia, su talento, su
talante, para celebrar que algunas de sus obras están aun en pie.
Al
interior, la exposición nos ilustra acerca de un libro de Horacio Marino, el Libro del constructor, donde él expone
esa manera suya de resumir los materiales que se usaban, los procedimientos
técnicos y, así mismo, da una idea acerca de su magnanimidad al no dejar que
esos conocimientos sean de unos pocos sino que el público tenga derecho a utilizarlos,
al igual que con su otro libro, Dieciocho lecciones de fotografía.
Pero
y, ese pero nos advierte sobre las obras de HM Rodríguez en este campo específico
de la arquitectura donde el réquiem que había mencionado sobre sus obras está presente debido a la insensatez de los medellinenses: el Circo España, el edificio Hincapié Garcés,
el Banco Alemán antioqueño, el Teatro Bolívar, el Banco Sucre, el edificio
Tobón Uribe, el edificio Sierra, la Fábrica Nacional de Chocolates, así como el
núcleo de ellos mismos, donde la fotografía y la arquitectura confluyeron, el edificio
donde funcionaba la Fotografía Rodríguez y la oficina de HM Rodríguez en Palacé. Es decir, parte de su obra situada
en el Centro de la ciudad, ha sufrido los embates y que la destrocen, que es
como decir avasallar el Centro mismo. A pesar de que a Horacio Marino se le realiza
un homenaje con justicia y con amor, es el arquitecto que más ha sido golpeado
con la destrucción de su obra.
Esta
clase de eventos, que son muy valiosos, solo poseen la escritura y la fotografía
como una suerte de protección, pero también se convierten en una especie de perfidia
y reclamo, ya que comienzan toda suerte de preguntas acerca de la indolencia y la
insensibilidad que preside a diversas generaciones de medellinenses, que dejaron
pasar de largo la nefasta manía destructora. Por eso solo tenemos la ironía de escribir
páginas inútiles y sin sosiego para la evocación de un recuerdo pertinaz, la Medellín
que nunca conocimos, sino en fotografías, en periódicos o en novelas. De ahí la
paradoja de acudir al lenguaje a fin de señalar sus limitaciones, ya que las palabras solo pueden describir, mostrar estos momentos. Ante esa imposibilidad, y esa
barrera, queda, esa aspereza, y el desconcierto, de estar hurgando
una memoria que huye cada día ante la ciudad que marcha sin sosiego dejando de
lado a sus creadores, en este caso a Horacio Marino Rodríguez, como si se preparara
una trampa en la que siempre caemos, así nos retrasemos, y que es el llamado progreso.
Tal vez porque esas continuas traiciones, de no preservar, trasmiten la desfachatez
de aquellos mecanismos sin solución que conducen a la destrucción,
como algo irremediable.
De
todas maneras Luis Fernando González, al liderar parte de este evento, nos libera momentáneamente
de esas traiciones y olvidos, y recobra a un artista.
sábado, 6 de octubre de 2018
HM Rodríguez en Eafit / Piedra, Papel y tijera
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HM
Rodríguez en Eafit.
Piedra, Papel y tijera
Víctor
Bustamante
La vida cultural de Medellín
está por replantearse en sus diversos aspectos desde hace muchos años, ya que
existe la costumbre de establecer procesos de cultura a un nivel muy general lo
cual ha llevado a que muchos de sus personajes se dejen de lado, se excluyan
por comodidad, se mencionen de soslayo, o de paso, se le otorgan una mención precipitada
debido a la premura y a la tozudez de agrupar este proceso de identidad
cultural en poco espacio, ya sea en algún libro, ya sea en algún video de diez
minutos para establecer el formato de ligereza cultural ante espectadores de
afán, cuyas vidas son un video clip. La vida cultural en Medellín casi siempre
se ha impregnado desde ese punto de vista
con intelectuales, como políticos emergentes, tan apresurados, ya que ellos
desfilan por las páginas de la historiografía, con sus realizaciones, y desafinan
y desafían la inteligencia con sus leves definiciones, por esa razón, un campo
tan lleno de presencias y riqueza cultural ha sido dejado de lado; me refiero a
la arquitectura y a sus creadores, de ahí que la escasa ilustración y humanismo
lleve a decir a algunas arquitectas cuando se refieren al patrimonio, como el
oasis de algunas casas viejas, lo cual se extiende y entiende en términos
generales a las personas, aquellas que pasan por algunos de esos edificios y no
interrogan, tal impavidez es necesario derogarla y darle a esos lugares su
contenido y su presencia. Interrogar la ciudad, con sus calles y edificios, así
como a sus personajes, es darle el peso específico que se merece. Por ese
motivo esta exposición, y las que siguen sobre Horacio Marino, llenan ese cúmulo
de respuestas y aclaraciones necesarias acerca de lo que hemos sido, y es tal
dimensión que de no verla se perdería el linaje de la creación en un momento muy
determinado de ebullición de la ciudad.
Esta exposición, “Piedra, papel
y tijera”, y las que siguen, junto a diversos eventos en versos sitios de la
ciudad, se convierten en un acto de justicia, ya que se repara y se analiza el verdadero
papel de Horacio Marino Rodríguez, en lo que se refiere a su vida creativa, ya
fuera como editor de revistas, como escritor, como fotógrafo, ya fuera como arquitecto,
ya que su presencia casi se había esfumado en medio del quehacer y el talento de
sus hermanos y de sus otros familiares, por ejemplo en la fotografía ante Melitón,
por ejemplo como arquitecto ante la firma MH Rodríguez y la sociedad con sus hijos.
Un acto loable, un acto
irresistible, lleno de curiosidad nos acerca a su vida, a la dinámica de su universo
creativo, y ese acto que lo hace aún más valioso, es el autodidactismo, ya que
Horacio Marino prácticamente se hizo solo y así mismo indagó y escribió sobre
esos temas. De qué manera abordó la pasión creativa que, ahora sacada a la luz
pública, nos conmueve y aún más nos enternece, ya que arrojarse a los diversos
campos del conocimiento y de las artes, que investigó, llevan a abordar una
pregunta, de qué manera, y con qué tesón, con qué medios posibles se acercó a
los campos que con los años él decidió establecer como una presencia, su
presencia. Cual fue la razón que lo movió a ser un gran fotógrafo, a ser editor
de revistas y por último a convertirse en arquitecto, labores que se encuentran
entre lo artístico pero también con la posibilidad de ser una labor de manutención.
Nunca sabremos la razón por la cual Horacio Marino cambió de actividad aunque siempre
moviéndose en la parte artística, lo que sí dilucidamos después de tanto tiempo,
es saber que su talento creativo aún persiste y resiste la fatal idea de progreso,
definida desde la óptica del comerciante paisa que solo vive la actualidad frágil
sin su historia como sustento y presencia en la ciudad, de todas las fugas.
Por ese motivo esta labor, con
sus investigadores, nos cita a ver en esta exposición, algo de lo cual no deja que
se pierda en la espuma del afán, la perdurabilidad de una obra. Nunca sabremos si su constate cambio de labor,
de HM, entre lo artístico y el negocio, se debió a que no se sentía cómodo cada
que abandonaba uno de ellos, o si buscaba ampliar su estro creativo, lo que sí
sabemos en la distancia es que este evento devuelve un Horacio Marino en toda
su extensión con su talento y arrojo porque decidirse a ser arquitecto sin
pasar por la universidad, es poseer arrojo y confianza, y así mismo saber que en
los libros subyace el conocimiento y así, él se apropió de esos saberes en
arduas jornadas de estudio, para dejar su huella en los edificios construidos que
aún están en pie, pero también en las fotografías que él creo y que lo ubican
como uno de los grandes fotógrafos y además
uno de sus divulgadores ya que escribió libros sobre ambos temas: Fotografía y arquitectura,
sus pasiones, su indagar, su asocio y aproximación a la realidad. En ambas
artes Horacio Marino nos conmueve; fue un creador total. Allí hay que buscarlo.
Esta jornada inicial lo
recobra como fotógrafo, este inicio por el ductus de sus búsquedas, lo apartan
de las lapidas, lo acercan al dibujo, a la pintura, y lo ubican en una labor
llena de un rigor muy consustancial a la memoria: los retratos, los paisajes.
Esta jornada inicial ubican a su familia, a sus quehaceres, a sus amigos, a la circunstancia
del espiritismo, esta jornada inicial es la entrada a su mundo.
Meses atrás me había encontrado
en la sala de periódicos de la Universidad de Antioquia con los historiadores e
investigadores Juan Carlos Buriticá y Maribel Tabares, indagaban con la paciencia
del alquimista en los diarios y otras publicaciones a la caza de notas de prensa,
de anuncios comerciales; es decir, tras las huellas de Horacio Marino para que
su historia, su quehacer no se extraviara en los meandros de nuestra
indiferencia.
La exposición me deja
perplejo, ya que hay reunidos diversos objetos de los Rodríguez, que provienen
de diversas colecciones, y que enternecen; han permanecido en manos generosas
que los han conservado `porque estos constituyen una referencia, ya que son la presencia de ellos, trozos de su
vida, ya sea los diarios, los cuadernos y sus manuscritos, los gabinetes, los sofás,
por supuesto más fotografías, las tarjetas de visita, su sellos, sus diplomas, por
supuesto sus libros de aprendizaje, no como simples abalorios sino que estos
objetos que sirvieron para su oficio, los tuvieron cerca, fueron en su conjunto
indispensables para su labor, para establecer su nombradía; los acompañaron en
este proceso de dejar la memoria fotográfica de Medellín, ya que, cada que vemos una fotografía
desconocida de ellos redescubrimos la ciudad y así mismo los personajes con esa
estética que nos enajena, la de ese taller fotográfico. Ahí en esos negativos
de la colección de la Biblioteca Piloto subyacen unas doce mil fotografías que
definió desde su óptica HM Rodríguez en su época de fotógrafo.
Además existe en esta exposición,
en estos trozos y trazos arrancados al olvido y a las cenizas de nuestra indolencia
ese sustrato en las creencias teosóficas que tanto persuadieron a esa familia
tan valiosa en el devenir de Medellín, ya que en largas sesiones de espiritismo
buscaron el equilibro, la inobjetable huida de esa sociedad que intentó acorralarlos,
como perversa y rara avis, bajo la aquiescencia de la jerarquía de los
purpurados, cuando en realidad el espiritismo desembocaría con los años nada
menos que en el primer socialismo tamizado de punzadas de un cristianismo primitivo.
Todas las piezas aquí reunidas
coinciden, todas apuntan a establecer la labor de HM Rodríguez, llegan desde
diversos sitios, desde diversas personas, así se restituye su imagen, su labor,
en una palabra, su presencia. Por una vía o por otra, por una indagación o una
huella, la atmosfera se impregna con la
aquiescencia de los asistentes a quienes conmueve, tanto talento, tanto talante,
tanto arrojo.
jueves, 4 de octubre de 2018
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