viernes, 26 de junio de 2026

Navegando hacia ninguna parte / Key Serna

 

Beredd



Navegando hacia ninguna parte

Key Serna


Tengo el nuevo vicio de escribir en las mañanas.

Despierto.

Pongo la oscuridad bajo la almohada.

Me quejo del frío en una libreta.

Después prometo quemar esas páginas como quien quema una guitarra para no seguir cantando.

Esas páginas me llevaron a otras personas que escriben como yo, pero en la ciudad,

como si existiera otro mundo paralelo al mío.

Conocí a un chico que fabrica libros artesanales.

Me invitó a desayunar.

Yo le declamé un poema, porque no había otra forma de estar en ese instante

luego me invitó a conocer los poemas de la calle.

Así conocí el nadaísmo.

No a Gonzalo Arango.

No a los manifiestos.

No a la leyenda.

Conocí a los nadaístas.

Me encontraron escribiendo sola y decidieron adoptarme.

¿Qué hace una poeta de un pueblo cuando se encuentra con una pandilla de malditos urbanos?

Yo llevaba algunos poemas en el bolsillo.

Poemas que no intentaban salvar a nadie.

Ni siquiera a mí.

Descubrí que los nadaístas habitan una geografía propia.

Un domingo infinito.

El centro de la ciudad.

Siempre las mismas calles.

Siempre los mismos cafés.

Siempre las mismas esquinas donde alguna vez dejaron el eco de un poema recitado entre humo de cigarrillos.

Me llevaron por el centro bajo un sol que parecía una condena.

Esquivamos carros, vendedores ambulantes, libros piratas de superación personal apilados sobre las aceras y el olor de una ciudad que se resiste a ser bella.

Vi al vagabundo pegado al suelo con pegamento amarillo.

Escuché el grito de los vendedores.

Respiré el humo de los buses.

Y por momentos tuve la sensación de que toda la ciudad estaba escribiendo un poema involuntario.

Los nadaístas parecen no tener nada en los bolsillos.

A veces sobreviven con un corrientazo barato.

A veces con un banano pecoso.

Y para la sed tienen el jugo de chontaduro de la negra de la esquina, espeso y anaranjado, mezclado con humo de carros y sudor de ciudad.

Dicen que es afrodisíaco.

Tal vez por eso algunos terminan la tarde visitando los burdeles de la Veracruz.

Comprendí entonces que aquella tribu no estaba unida por una estética sino por una forma de habitar el fracaso.

Los nadaístas son piratas que navegan barcos de papel por los ríos de lluvia cuando la ciudad se inunda.

Sin mapa.

Sin brújula.

Sin destino.

Con un libro de bolsillo como único equipaje.

Navegando hacia ninguna parte.

¿Eso me convierte en una nadaísta?

Porque todavía no he publicado un libro.

No porque no haya escrito.

Sino porque nunca me ha gustado incomodar a la gente con mis poemas.

Ni me he tomado una fotografía obligatoria de poeta.

Ya saben cuál.

Blanco y negro.

Mirando hacia ninguna parte.

Como si el poeta ya hubiera muerto

antes de terminar el poema.

No la quiero.

Sospecho que la poesía ocurre en otra parte.

No en la foto.

No en el libro.

No en la fama.

Sino en ese instante extraño en que alguien escribe una frase y siente que acaba de descubrir algo que ya sabía desde siempre.

Hay algo profundamente inútil en todo aquello.

Y precisamente por eso me gusta.

El nadaísmo me recordó una posibilidad que había olvidado:

escribir porque sí.

Escribir aunque nadie lea.

Escribir aunque el poema termine olvidado en una servilleta.

Escribir aunque el mundo continúe exactamente igual después de escribirlo.

Aceptar que no todo tiene que producir algo.

Que no toda pasión debe convertirse en una carrera.

Que no toda experiencia necesita justificar su existencia.

Quizá por eso entendí algo de Gonzalo, que le escribió a Alberto Aguirre:

La tarea de escribir puede llegar a sentirse tan importante como un destino y tan humilde como lavar los propios calzoncillos.

Tal vez la poesía no sea una actividad sagrada.

Quizá sea un oficio doméstico.

Algo que se hace todos los días.

Como barrer.

Como cocinar.

Como encender un fogón.

Quizá la tarea sea simplemente esa:

seguir escribiendo.

Seguir navegando sin mapa.

Con algunos poemas en el bolsillo.

Con las manos vacías.

Así reafirmo mi nada.

No podré morir todavía.

Me faltan panaderías por visitar.

Me faltan poemas por perder.

Me faltan medias y calzones por lavar.

Y cuando por fin llegue a ninguna parte,

quizá encuentre allí

aquello que los nadaístas llevan sesenta años buscando:

esa pequeña región sin nombre donde el mundo termina y comienza la nada.

...

06/06/2026

 

 

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