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| Beredd |
Navegando hacia
ninguna parte
Key
Serna
Tengo el nuevo vicio de escribir en las mañanas.
Despierto.
Pongo la oscuridad
bajo la almohada.
Me quejo del frío en
una libreta.
Después prometo
quemar esas páginas como quien quema una guitarra para no seguir cantando.
Esas páginas me
llevaron a otras personas que escriben como yo, pero en la ciudad,
como si existiera
otro mundo paralelo al mío.
Conocí a un chico que
fabrica libros artesanales.
Me invitó a
desayunar.
Yo le declamé un
poema, porque no había otra forma de estar en ese instante
luego me invitó a
conocer los poemas de la calle.
Así conocí el
nadaísmo.
No a Gonzalo Arango.
No a los manifiestos.
No a la leyenda.
Conocí a los
nadaístas.
Me encontraron
escribiendo sola y decidieron adoptarme.
¿Qué hace una poeta
de un pueblo cuando se encuentra con una pandilla de malditos urbanos?
Yo llevaba algunos
poemas en el bolsillo.
Poemas que no
intentaban salvar a nadie.
Ni siquiera a mí.
Descubrí que los
nadaístas habitan una geografía propia.
Un domingo infinito.
El centro de la
ciudad.
Siempre las mismas
calles.
Siempre los mismos
cafés.
Siempre las mismas
esquinas donde alguna vez dejaron el eco de un poema recitado entre humo de
cigarrillos.
Me llevaron por el
centro bajo un sol que parecía una condena.
Esquivamos carros,
vendedores ambulantes, libros piratas de superación personal apilados sobre las
aceras y el olor de una ciudad que se resiste a ser bella.
Vi al vagabundo pegado
al suelo con pegamento amarillo.
Escuché el grito de
los vendedores.
Respiré el humo de
los buses.
Y por momentos tuve
la sensación de que toda la ciudad estaba escribiendo un poema involuntario.
Los nadaístas parecen
no tener nada en los bolsillos.
A veces sobreviven
con un corrientazo barato.
A veces con un banano
pecoso.
Y para la sed tienen
el jugo de chontaduro de la negra de la esquina, espeso y anaranjado, mezclado
con humo de carros y sudor de ciudad.
Dicen que es
afrodisíaco.
Tal vez por eso
algunos terminan la tarde visitando los burdeles de la Veracruz.
Comprendí entonces
que aquella tribu no estaba unida por una estética sino por una forma de
habitar el fracaso.
Los nadaístas son
piratas que navegan barcos de papel por los ríos de lluvia cuando la ciudad se
inunda.
Sin mapa.
Sin brújula.
Sin destino.
Con un libro de
bolsillo como único equipaje.
Navegando hacia
ninguna parte.
¿Eso me convierte en
una nadaísta?
Porque todavía no he
publicado un libro.
No porque no haya
escrito.
Sino porque nunca me
ha gustado incomodar a la gente con mis poemas.
Ni me he tomado una
fotografía obligatoria de poeta.
Ya saben cuál.
Blanco y negro.
Mirando hacia ninguna
parte.
Como si el poeta ya
hubiera muerto
antes de terminar el
poema.
No la quiero.
Sospecho que la
poesía ocurre en otra parte.
No en la foto.
No en el libro.
No en la fama.
Sino en ese instante
extraño en que alguien escribe una frase y siente que acaba de descubrir algo
que ya sabía desde siempre.
Hay algo
profundamente inútil en todo aquello.
Y precisamente por
eso me gusta.
El nadaísmo me
recordó una posibilidad que había olvidado:
escribir porque sí.
Escribir aunque nadie
lea.
Escribir aunque el
poema termine olvidado en una servilleta.
Escribir aunque el
mundo continúe exactamente igual después de escribirlo.
Aceptar que no todo
tiene que producir algo.
Que no toda pasión
debe convertirse en una carrera.
Que no toda
experiencia necesita justificar su existencia.
Quizá por eso entendí
algo de Gonzalo, que le escribió a Alberto Aguirre:
La tarea de escribir
puede llegar a sentirse tan importante como un destino y tan humilde como lavar
los propios calzoncillos.
Tal vez la poesía no
sea una actividad sagrada.
Quizá sea un oficio
doméstico.
Algo que se hace
todos los días.
Como barrer.
Como cocinar.
Como encender un
fogón.
Quizá la tarea sea
simplemente esa:
seguir escribiendo.
Seguir navegando sin
mapa.
Con algunos poemas en
el bolsillo.
Con las manos vacías.
Así reafirmo mi nada.
No podré morir
todavía.
Me faltan panaderías
por visitar.
Me faltan poemas por
perder.
Me faltan medias y
calzones por lavar.
Y cuando por fin
llegue a ninguna parte,
quizá encuentre allí
aquello que los
nadaístas llevan sesenta años buscando:
esa pequeña región
sin nombre donde el mundo termina y comienza la nada.
...
06/06/2026

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