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Casa de Agustín Goovaerts en Prado, Medellín.
Víctor
Bustamante
Con el paso de los
años y nuestra indiferencia, descuido la mayoría de las veces, y, en otras
ocasiones, el desalojo de nuestra memoria, visible en los «descubrimientos» que
con frecuencia hacemos, caemos en cuenta de que, más que todo, son debidos a nuestras
torpezas por no advertir que Medellín guarda muchos tesoros, muchos relatos y,
sobre todo, esa certeza de saber que su historia la vemos cada día, cada vez
que caminamos, pero no la conocemos; es decir, la dejamos pasar con esa
cultura, entre comillas, de fachadas.
Pero la ciudad es
más que ese descuido, porque es un palimpsesto, un libro abierto que cada
generación reescribe sobre él, creyendo que con ello crea la ciudad. No. Esa es
la gran mentira. La ciudad denota, en su silencio y en cierta incertidumbre,
una historia fresca, presente; que no la sepamos y no la descubramos es otra
cosa. Es, más bien, un síntoma de nuestro alejamiento de esos espíritus lelos
que deambulan por ahí, cuando deberían indagar y no dejar que el olvido se coma
y devore lo más valioso de una ciudad: aquello que le da su diferencia y su
peso específico, su historia.
Uno de esos hitos
que ha sido maltratado desde su llegada ha sido Agustín Goovaerts. No solo fue
atacado y vilipendiado cuando comenzó a diseñar edificios bajo su estética,
sino que, con el tiempo, muchas de sus obras fueron destruidas: el Teatro
Junín, la cárcel del Buen Pastor, el edificio Ismael Correa, La Ladera, el
edificio Calpe y una casa en Maracaibo, solo por mencionar algunas.
Por esa razón,
cuando nos dimos cuenta de que una casa de su factura, en la calle Miranda, aún
se conserva, fuimos hasta allí a respirar su aire, su creatividad, ya que
permanece prácticamente intacta. Si alguna vez pasamos por su fachada pasmados
ante la elaboración de su diseño, ahora, al saber que es una casa de Goovaerts,
adquiere un peso mayor, pues aquí estuvo el arquitecto belga con la certidumbre
de vigilar la buena marcha de una de sus obras.
Don Paulino Londoño
Londoño, que había sido arriero y comerciante y, además, accionista de la
Cervecería La Libertad, contrató a Goovaerts para el diseño y la construcción
de su residencia en 1920.
Fernando González,
refiriéndose a él, añade:
«¿Dónde, sino allí,
se graduaron don Luis y don Paulino Londoño? Los graduaron en el corral de las
"paridas"; comenzaron arreando del corral a El Poblado las vacas que
otros compraban y… ¡ahora son del redondel!
…
Fijad muy bien
esto: que se aprende a caminar, caminando; a hablar, hablando; a encontrar,
buscando; y a ser pendejo, leyendo. No leáis: investigad, buscad, vivid. La
República de Antioquia fue grande cuando su escuela era la arriería, la feria,
la plaza de mercado y los pueblos. Allí se formaron Alejandro Ángel, Emilio
Restrepo Paila, Pedro Estrada, Luis y Paulino Londoño, Bernardo Mora, etc.
Ninguno de ellos aprendió a leer hasta que lo necesitó para saber cuánto le
debían; primero aprendieron el lenguaje de las actitudes de los seres; por eso
son astutos, saben lo que quiere cada cosa que se les presenta».
Estos arrieros,
transportando mercancías a través de caminos irredentos por montañas y
afrontando todas las dificultades geográficas, crearon una base de acumulación
de capital que serviría posteriormente para la creación de empresas.
Su hija, Sofía
Londoño Mesa, contrajo nupcias con José Luis Restrepo Jaramillo, quien era
escritor, otro intelectual olvidado, como es costumbre, dizque, en la ciudad
más lectora, con gestores culturales de frágil armazón intelectual. Entre sus
creaciones están Cuentos de
juventud y las comedias La
llama y Malditas
lenguas, así como su periódico Labor.
Además, es considerado el primer presidente del Deportivo Independiente
Medellín.
Pero, y ese «pero»
es una tragedia, el escritor y dirigente deportivo moriría muy joven, en 1926,
lo cual llevó a que su viuda y sus dos hijos, Guido y Beatriz, se marcharan a
vivir a Bélgica ese mismo año, donde permanecieron varias temporadas entre
Bruselas y París.
Se dice que, durante el tiempo de su
viaje a Europa, esta casa sirvió de sede para el comando militar en Medellín.
Para ese entonces, en esa oscuridad que reaparece cuando hallamos otras voces y
otros escritores, se afirmaba que la calle Miranda quedaba en las afueras de la
ciudad, cuando Prado comenzaba a construirse en su interior y a los paisas
cazurros les parecía muy démodé
que las calles se ampliaran y que sus tentáculos escarbaran planicies y
montañas.
A su regreso de
Europa ocuparon de nuevo su casa en la calle Miranda doña Sofía y sus hijos,
Beatriz y Guido. Ella, Beatriz, seguiría las huellas de su padre. Aficionada a
la lectura, parece que nos dijera que la verdadera educación está en quien es
autodidacta, ya que se transitan los caminos del saber porque la razón y el
corazón conducen hacia fuentes desconocidas e inagotables.
Ella tuvo cercanía
con Fernando González, quien venía a visitarla y, a lo mejor, en esas continuas
disquisiciones le fomentó la independencia, el carácter, así como los caminos
pedregosos de una formación intelectual sólida. La conversación abre puertas a
la inusitada aparición de ideas, temas, preguntas y escritores diversos que no
se hallan en ningún manual. El contacto, además, con una gran escritora que no
se ha leído como se lo merece, María Helena Uribe de Estrada, y con Regina
Mejía, seguro la llevaron a que se acendrara, con un tono de mayor
responsabilidad, su labor intelectual.
Las lecturas para
su formación personal se encaminan por los senderos de las reflexiones de
Fernando González, quien nunca dejó su espíritu crítico y pragmático de
jesuita. De ahí su cercanía, la de ella, con el sacerdote y escritor Michel
Quoist, cuyas obras, que destilan espiritualidad, enlazaron la fe cristiana con
la vida cotidiana a través de un lenguaje sencillo y directo, lejos de
oraciones reiterativas, para entender que los escenarios cotidianos, como la
calle, las reuniones, los anuncios y las relaciones con las otras personas,
denotan otra manera de mantener esa cercanía y ese respeto.
También entre sus
lecturas figuraba el padre jesuita Alberto Ibáñez, quien, a través de sus Convivencias con Dios,
diseñó retiros espirituales de seis días, adaptando los ejercicios de San
Ignacio para laicos, jóvenes y religiosas. También seguía los preceptos del
padre Pedro Arrupe, quien lideró la renovación global de los jesuitas y combinó
su vida con una mística profunda y un compromiso radical por la justicia
social. Cuando fue destinado como misionero a Japón, vivió en carne propia el
estallido de la bomba atómica en Hiroshima. Utilizó sus conocimientos médicos
para convertir el noviciado jesuita en un hospital improvisado y salvar a más
de ciento cincuenta personas. De ahí que Beatriz asumiera en Medellín un
programa de radio en pro de los sobrevivientes de Hiroshima.
Otra de sus
lecturas preferidas fue Leo Buscaglia, profesor universitario estadounidense,
conocido como «Dr. Love», ya que su vida y su obra se centraron en promover la
importancia de los abrazos, la empatía y las relaciones humanas afectivas.
En 1950 Beatriz
Restrepo Londoño se casó con Ernesto Echavarría Gallo, quien era jefe de
relaciones públicas de Coltabaco. De él se refería una leyenda, nunca urbana
sino familiar, donde se aseveraba que había sido prisionero en un campo de
concentración y que fue espía de la Gestapo. No sabemos si será verdad o un
simple chisme; lo cierto del caso es que no hemos podido corroborar si estuvo
en Alemania o en Fusagasugá, en el Hotel Sabaneta, junto a los nazis locales y
sus adeptos.
Beatriz Restrepo
Londoño se desempeñó como columnista de El
Colombiano. A veces publicaba con su nombre y, otras, con el
seudónimo de Calixto. Junto con el padre Gustavo Vélez V. y Ana Mercedes Gómez
escribían la columna Tejas
Arriba. También fue redactora en Sutatenza.
Aquí, en estos
salones amplios, serenos y frescos de su casa en la calle Miranda, doña Beatriz
Restrepo Londoño escribiría sus columnas. Como había cursado el bachillerato en
el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, en Miraflores, donde posteriormente fue
profesora, allí dictó la conferencia Respuesta
de María en el plan de Dios. También viajó con María Salazar de
Mejía a Dublín para participar en un encuentro mundial de alumnas del Sagrado
Corazón. Fue jurado de los Premios Alejandro Ángel Escobar y, además, como
conferencista, dictó seminarios de Motivación y Liderazgo.
Los actuales dueños
de esa casa son el escritor y sociólogo Fabio Betancur y su esposa, la pintora
Mónica Durán. Fabio, en este espacio, su espacio, en esta casa que tanta
historia posee, es escritor, como lo fue doña Beatriz. Seguramente continúa con
su actividad, no refugiándose en la lectura, sino manteniéndose alerta con su
poesía, con sus indagaciones sobre la música, de la cual es un experto, o, a lo
mejor, pensando algún ensayo sociológico sobre este país que nadie puede armar.
También es posible saber que Mónica experimenta en su estudio con la
creatividad de sus pinturas; es decir, indaga con los colores, con esas
disolvencias que, seguro, aparecen cuando cristaliza una de sus ideas.
Entre una
indagación y otra, al volver a Prado, se intenta entender las infladas
recomendaciones, los inusitados proyectos que solo quedan como esbozos sobre
las abultadas superficies de los archivos: puro papel inoficioso, donde mueren
libros, cuadernos, revistas, folletos e inventarios, así como vídeos y
certámenes. Solo queda la literatura como testigo y reflexión. Como en todas
las historias, casi se pierde todo el arsenal de esa vida cotidiana que da
lustre a estas casas, a estas aceras, a estas calles: pura atmósfera que
retorna al caminarla, pero que completamos desde los estantes olvidados que se
recuperan gracias a los testigos presentes y a sus testimonios disueltos en
diversas publicaciones.
Es decir, casi
deambulamos por una ciudad que, de no buscarla y de no reflexionarla,
permitiremos que sea entregada al desalojo, a la opacidad y a la brutalidad de
quienes deberían preservarla. Como observadores fatuos y tibios dejamos que el
río de la historia, lento y mudo, prosiga hasta opacar el brillo bajo el sol
que revienta en los copos de un guayacán, donde el fluir de la vida, en el
interior de estas mansiones, lo releamos con el sentido que se merece y no como
una fatal ilusión que deslumbra a turistas desaprensivos e ingenuos, quienes
ven cómo se arrastra por las paredes la mano tenebrosa de la destrucción, o los
proyectos de risa que solo ven fachadas bellas como manchas luminosas, casi
inexistentes, donde el esplendor, nunca en la yerba sino en estas fachadas,
será iluminado con el neón de las buenas intenciones, mientras somos testigos
seducidos por un pasado que destila remordimientos ante la desaparición
anunciada, que no es más que la temática de la apariencia, notoria en las tapas
ilustradas y en las páginas web, como una reverberación de la nada que enciende
la turbiedad de la inseguridad del barrio; las latas de cerveza abandonadas por
los caminantes nocturnos en esquinas, calles y aceras; mientras las luces que
escupen los faroles parecen tristes, del mismo modo que, ya en la noche, cuando
todo es silencio, contrastan con las luces solitarias que arden en las
ventanas.
Medellín posee una totalidad histórica
que notamos al caminarla, mientras el río de personas atesta algunas calles a
lo largo de las espaldas de la noche o se refugia en la nueva costumbre de los
centros comerciales, limpios y seguros, pero alejados del plano citadino, con
sus orillas de cristal sobre la gran rueda del comercio que los tritura hasta
dejarlos satisfechos. En cada caminata por Prado existe, por lo menos, un
fragmento de la acedia que perdura, al no haber respuestas ni soluciones. Así,
en apariencia, pastan las horas tranquilas del abandono, mientras fluyen estas
palabras en mitad de la noche, sin tener en cuenta lo huérfanos que quedamos
cuando, en sus orillas, aparecen las palabras para tratar de recuperar, del
barrio de Prado, esas historias que le dan lustre y que reverberan intensas y
puras antes de que la noche nos persuada a buscar sus calles y sus mansiones en
una historia cubierta de tanto silencio.
…..
(Patrimonio
Histórico 120)
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