sábado, 27 de junio de 2026

Casa de Agustín Goovaerts en Prado, Medellín. / Víctor Bustamante /(Patrimonio Histórico 120)

 

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Casa de Agustín Goovaerts en Prado, Medellín.

Víctor Bustamante

Con el paso de los años y nuestra indiferencia, descuido la mayoría de las veces, y, en otras ocasiones, el desalojo de nuestra memoria, visible en los «descubrimientos» que con frecuencia hacemos, caemos en cuenta de que, más que todo, son debidos a nuestras torpezas por no advertir que Medellín guarda muchos tesoros, muchos relatos y, sobre todo, esa certeza de saber que su historia la vemos cada día, cada vez que caminamos, pero no la conocemos; es decir, la dejamos pasar con esa cultura, entre comillas, de fachadas.

Pero la ciudad es más que ese descuido, porque es un palimpsesto, un libro abierto que cada generación reescribe sobre él, creyendo que con ello crea la ciudad. No. Esa es la gran mentira. La ciudad denota, en su silencio y en cierta incertidumbre, una historia fresca, presente; que no la sepamos y no la descubramos es otra cosa. Es, más bien, un síntoma de nuestro alejamiento de esos espíritus lelos que deambulan por ahí, cuando deberían indagar y no dejar que el olvido se coma y devore lo más valioso de una ciudad: aquello que le da su diferencia y su peso específico, su historia.

Uno de esos hitos que ha sido maltratado desde su llegada ha sido Agustín Goovaerts. No solo fue atacado y vilipendiado cuando comenzó a diseñar edificios bajo su estética, sino que, con el tiempo, muchas de sus obras fueron destruidas: el Teatro Junín, la cárcel del Buen Pastor, el edificio Ismael Correa, La Ladera, el edificio Calpe y una casa en Maracaibo, solo por mencionar algunas.

Por esa razón, cuando nos dimos cuenta de que una casa de su factura, en la calle Miranda, aún se conserva, fuimos hasta allí a respirar su aire, su creatividad, ya que permanece prácticamente intacta. Si alguna vez pasamos por su fachada pasmados ante la elaboración de su diseño, ahora, al saber que es una casa de Goovaerts, adquiere un peso mayor, pues aquí estuvo el arquitecto belga con la certidumbre de vigilar la buena marcha de una de sus obras.

Don Paulino Londoño Londoño, que había sido arriero y comerciante y, además, accionista de la Cervecería La Libertad, contrató a Goovaerts para el diseño y la construcción de su residencia en 1920.

Fernando González, refiriéndose a él, añade:

«¿Dónde, sino allí, se graduaron don Luis y don Paulino Londoño? Los graduaron en el corral de las "paridas"; comenzaron arreando del corral a El Poblado las vacas que otros compraban y… ¡ahora son del redondel!

Fijad muy bien esto: que se aprende a caminar, caminando; a hablar, hablando; a encontrar, buscando; y a ser pendejo, leyendo. No leáis: investigad, buscad, vivid. La República de Antioquia fue grande cuando su escuela era la arriería, la feria, la plaza de mercado y los pueblos. Allí se formaron Alejandro Ángel, Emilio Restrepo Paila, Pedro Estrada, Luis y Paulino Londoño, Bernardo Mora, etc. Ninguno de ellos aprendió a leer hasta que lo necesitó para saber cuánto le debían; primero aprendieron el lenguaje de las actitudes de los seres; por eso son astutos, saben lo que quiere cada cosa que se les presenta».

Estos arrieros, transportando mercancías a través de caminos irredentos por montañas y afrontando todas las dificultades geográficas, crearon una base de acumulación de capital que serviría posteriormente para la creación de empresas.

Su hija, Sofía Londoño Mesa, contrajo nupcias con José Luis Restrepo Jaramillo, quien era escritor, otro intelectual olvidado, como es costumbre, dizque, en la ciudad más lectora, con gestores culturales de frágil armazón intelectual. Entre sus creaciones están Cuentos de juventud y las comedias La llama y Malditas lenguas, así como su periódico Labor. Además, es considerado el primer presidente del Deportivo Independiente Medellín.

Pero, y ese «pero» es una tragedia, el escritor y dirigente deportivo moriría muy joven, en 1926, lo cual llevó a que su viuda y sus dos hijos, Guido y Beatriz, se marcharan a vivir a Bélgica ese mismo año, donde permanecieron varias temporadas entre Bruselas y París.

Se dice que, durante el tiempo de su viaje a Europa, esta casa sirvió de sede para el comando militar en Medellín. Para ese entonces, en esa oscuridad que reaparece cuando hallamos otras voces y otros escritores, se afirmaba que la calle Miranda quedaba en las afueras de la ciudad, cuando Prado comenzaba a construirse en su interior y a los paisas cazurros les parecía muy démodé que las calles se ampliaran y que sus tentáculos escarbaran planicies y montañas.

A su regreso de Europa ocuparon de nuevo su casa en la calle Miranda doña Sofía y sus hijos, Beatriz y Guido. Ella, Beatriz, seguiría las huellas de su padre. Aficionada a la lectura, parece que nos dijera que la verdadera educación está en quien es autodidacta, ya que se transitan los caminos del saber porque la razón y el corazón conducen hacia fuentes desconocidas e inagotables.

Ella tuvo cercanía con Fernando González, quien venía a visitarla y, a lo mejor, en esas continuas disquisiciones le fomentó la independencia, el carácter, así como los caminos pedregosos de una formación intelectual sólida. La conversación abre puertas a la inusitada aparición de ideas, temas, preguntas y escritores diversos que no se hallan en ningún manual. El contacto, además, con una gran escritora que no se ha leído como se lo merece, María Helena Uribe de Estrada, y con Regina Mejía, seguro la llevaron a que se acendrara, con un tono de mayor responsabilidad, su labor intelectual.

Las lecturas para su formación personal se encaminan por los senderos de las reflexiones de Fernando González, quien nunca dejó su espíritu crítico y pragmático de jesuita. De ahí su cercanía, la de ella, con el sacerdote y escritor Michel Quoist, cuyas obras, que destilan espiritualidad, enlazaron la fe cristiana con la vida cotidiana a través de un lenguaje sencillo y directo, lejos de oraciones reiterativas, para entender que los escenarios cotidianos, como la calle, las reuniones, los anuncios y las relaciones con las otras personas, denotan otra manera de mantener esa cercanía y ese respeto.

También entre sus lecturas figuraba el padre jesuita Alberto Ibáñez, quien, a través de sus Convivencias con Dios, diseñó retiros espirituales de seis días, adaptando los ejercicios de San Ignacio para laicos, jóvenes y religiosas. También seguía los preceptos del padre Pedro Arrupe, quien lideró la renovación global de los jesuitas y combinó su vida con una mística profunda y un compromiso radical por la justicia social. Cuando fue destinado como misionero a Japón, vivió en carne propia el estallido de la bomba atómica en Hiroshima. Utilizó sus conocimientos médicos para convertir el noviciado jesuita en un hospital improvisado y salvar a más de ciento cincuenta personas. De ahí que Beatriz asumiera en Medellín un programa de radio en pro de los sobrevivientes de Hiroshima.

Otra de sus lecturas preferidas fue Leo Buscaglia, profesor universitario estadounidense, conocido como «Dr. Love», ya que su vida y su obra se centraron en promover la importancia de los abrazos, la empatía y las relaciones humanas afectivas.

En 1950 Beatriz Restrepo Londoño se casó con Ernesto Echavarría Gallo, quien era jefe de relaciones públicas de Coltabaco. De él se refería una leyenda, nunca urbana sino familiar, donde se aseveraba que había sido prisionero en un campo de concentración y que fue espía de la Gestapo. No sabemos si será verdad o un simple chisme; lo cierto del caso es que no hemos podido corroborar si estuvo en Alemania o en Fusagasugá, en el Hotel Sabaneta, junto a los nazis locales y sus adeptos.

Beatriz Restrepo Londoño se desempeñó como columnista de El Colombiano. A veces publicaba con su nombre y, otras, con el seudónimo de Calixto. Junto con el padre Gustavo Vélez V. y Ana Mercedes Gómez escribían la columna Tejas Arriba. También fue redactora en Sutatenza.

Aquí, en estos salones amplios, serenos y frescos de su casa en la calle Miranda, doña Beatriz Restrepo Londoño escribiría sus columnas. Como había cursado el bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, en Miraflores, donde posteriormente fue profesora, allí dictó la conferencia Respuesta de María en el plan de Dios. También viajó con María Salazar de Mejía a Dublín para participar en un encuentro mundial de alumnas del Sagrado Corazón. Fue jurado de los Premios Alejandro Ángel Escobar y, además, como conferencista, dictó seminarios de Motivación y Liderazgo.

Los actuales dueños de esa casa son el escritor y sociólogo Fabio Betancur y su esposa, la pintora Mónica Durán. Fabio, en este espacio, su espacio, en esta casa que tanta historia posee, es escritor, como lo fue doña Beatriz. Seguramente continúa con su actividad, no refugiándose en la lectura, sino manteniéndose alerta con su poesía, con sus indagaciones sobre la música, de la cual es un experto, o, a lo mejor, pensando algún ensayo sociológico sobre este país que nadie puede armar. También es posible saber que Mónica experimenta en su estudio con la creatividad de sus pinturas; es decir, indaga con los colores, con esas disolvencias que, seguro, aparecen cuando cristaliza una de sus ideas.

Entre una indagación y otra, al volver a Prado, se intenta entender las infladas recomendaciones, los inusitados proyectos que solo quedan como esbozos sobre las abultadas superficies de los archivos: puro papel inoficioso, donde mueren libros, cuadernos, revistas, folletos e inventarios, así como vídeos y certámenes. Solo queda la literatura como testigo y reflexión. Como en todas las historias, casi se pierde todo el arsenal de esa vida cotidiana que da lustre a estas casas, a estas aceras, a estas calles: pura atmósfera que retorna al caminarla, pero que completamos desde los estantes olvidados que se recuperan gracias a los testigos presentes y a sus testimonios disueltos en diversas publicaciones.

Es decir, casi deambulamos por una ciudad que, de no buscarla y de no reflexionarla, permitiremos que sea entregada al desalojo, a la opacidad y a la brutalidad de quienes deberían preservarla. Como observadores fatuos y tibios dejamos que el río de la historia, lento y mudo, prosiga hasta opacar el brillo bajo el sol que revienta en los copos de un guayacán, donde el fluir de la vida, en el interior de estas mansiones, lo releamos con el sentido que se merece y no como una fatal ilusión que deslumbra a turistas desaprensivos e ingenuos, quienes ven cómo se arrastra por las paredes la mano tenebrosa de la destrucción, o los proyectos de risa que solo ven fachadas bellas como manchas luminosas, casi inexistentes, donde el esplendor, nunca en la yerba sino en estas fachadas, será iluminado con el neón de las buenas intenciones, mientras somos testigos seducidos por un pasado que destila remordimientos ante la desaparición anunciada, que no es más que la temática de la apariencia, notoria en las tapas ilustradas y en las páginas web, como una reverberación de la nada que enciende la turbiedad de la inseguridad del barrio; las latas de cerveza abandonadas por los caminantes nocturnos en esquinas, calles y aceras; mientras las luces que escupen los faroles parecen tristes, del mismo modo que, ya en la noche, cuando todo es silencio, contrastan con las luces solitarias que arden en las ventanas.

Medellín posee una totalidad histórica que notamos al caminarla, mientras el río de personas atesta algunas calles a lo largo de las espaldas de la noche o se refugia en la nueva costumbre de los centros comerciales, limpios y seguros, pero alejados del plano citadino, con sus orillas de cristal sobre la gran rueda del comercio que los tritura hasta dejarlos satisfechos. En cada caminata por Prado existe, por lo menos, un fragmento de la acedia que perdura, al no haber respuestas ni soluciones. Así, en apariencia, pastan las horas tranquilas del abandono, mientras fluyen estas palabras en mitad de la noche, sin tener en cuenta lo huérfanos que quedamos cuando, en sus orillas, aparecen las palabras para tratar de recuperar, del barrio de Prado, esas historias que le dan lustre y que reverberan intensas y puras antes de que la noche nos persuada a buscar sus calles y sus mansiones en una historia cubierta de tanto silencio.

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(Patrimonio Histórico 120)

 

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