miércoles, 10 de junio de 2026

EL ÚLTIMO NIÑO / Alonso Meneses Jaramillo

 

Alonso Meneses Jaramillo

EL ÚLTIMO NIÑO

Cuento.

 

Alonso Meneses Jaramillo[1].

 

En el año 2001, cuando Medellín despertaba o amanecía entre el aroma de las empanadas recién hechas y el recuerdo acre de la pólvora, el magisterio colombiano mantenía sus protestas. La huelga se extendió durante largos meses, y el silencio fue ocupando poco a poco los salones de clase, como si el tiempo mismo hubiera decidido hacer una pausa...

     Llegó David a su colegio llamado Eduardo Santos, situado en el Barrio La Loma de la Comuna trece (13), allá en lo alto donde las casas de colores parecían haber nacido pegadas a la montaña con la ciudad y sus males al frente. Se presentó a la Institución Educativa con su cuaderno debajo del brazo, lleno de tareas sin terminar y un lapicero azul en el bolsillo de la sudadera. Él esperaba en silencio. La puerta de barrotes metálicos se abrió lentamente y sus bisagras chirriaron, como si celebraran la llegada de aquel muchacho. Con apenas doce años recién cumplidos, cursaba sexto grado y avanzó decidido al otro lado del umbral.

     Hacía meses que ningún estudiante acudía al colegio Las aulas permanecían vacías porque muchos de ellos ya no podían salir a la calle por cuidar su vida, habían ingresado al negocio de los combos, le temían al reclutamiento obligado por algunos señores que mandaban en el barrio o ya hacían parte de la galería de fotos en la Casa de Justicia, que coleccionaba los rostros de los desaparecidos.

     Los profesores seguían yendo por costumbre, igual les pagaban, parecían sacerdotes abandonados por el mismísimo Dios.

     Aquella mañana soleada, cuando los profes vieron a David deambular por el corredor recién trapeado, sintieron una alegría salvaje.

     ¡Todavía queda uno!exclamó la rectora desde lo más profundo.

     En el colegio, la emoción tomo unos visos extraños de ansiedad, porque todos los profes querían enseñarle algo al niño. Los docentes creían poder salvarlo a través de su materia.

     Hubo una discusión acalorada durante algunas horas en la Sala de Profesores, mientras el niño caminaba por los corredores desolados. De pronto, el maestro de Matemáticas, a quien todos llamaban Baldor, golpeó la mesa con autoridad. El salón quedó en silencio. Entonces dijo:

Si, el conocimiento debe entrar en él por completoentonces, repartámoslo.

     Nadie se opuso ni se sorprendió, tal vez porque afuera del barrio y la ciudad entera, ya estaban acostumbrados a que los cuerpos aparecieran incompletos.

Sin mediar, procedieron a la repartición de David.

     El profesor de español, miró al jovencito fijamente a los ojos y se retiró. Inmediatamente el profesor de Artes apareció y tomó los ojos de David con delicadeza religiosa. Los acomodó sobre un pupitre frente al tablero y comenzó la clase. «La vida duele menos cuando uno aprende a mirarla como se presente, dijo el profe mientras dibujaba palomas blancas saliendo de casas incendiadas. El arte sirve para volver hermoso aquello que habitó en nuestras pesadillas» continuó Los ojos observaban fascinados cómo los colores del círculo cromático pegado en la pared, parecían dar vueltas sobre los dibujos y saltaban hacia el frente para luego desvanecerse.

     El docente de Educación Física, se quedó con las piernas y las hizo correr por toda la cancha cubierta que por un costado iluminaba el sol mañanero.  «¡Más rápido! ¡El cuerpo debe ser más rápido que las balas!» gritaba. Las piernas se movían con disciplina militar, saltando sobre las hojas esparcidas en el pavimento y esquivando las figuras imaginarias que parecían correr unos pasos por delante.

     El profesor de Tecnología extrajo el cerebro y lo conectó por medio de alambritos de colores, a un radio y a un televisor ya en desuso. «¡El futuro será la virtualidad!, explicaba, algún día las máquinas reemplazarán la memoria de los humanos». El cerebro aprendió códigos, deducía, relacionaba, fantaseaba, hacía operaciones numéricas complejas y hasta se imaginaba cómo sería un barrio en la Luna

     Mientras tanto, el profesor de Ciencias Naturales llevó los pulmones al laboratorio improvisado del colegio y les explicó: «Respirar en Medellín, también se ha vuelto casi un lujo y terminarán facturando el aire por estratos». Luego susurró entre dientes: «Sí, esto de inhalar gasolina, formol, polvo de tiza, pólvora a diario para celebrar cortejos fúnebres de bandidos casi santos, es un acto biológico de resistencia».

     Cada parte de este cuerpo juvenil aprendía algo distinto y quién sabe al final si servirá de algo, en esa vida fragmentada, las ideas quebradas del jovencito eran, paradójicamente, su única salvación.

     El profe de español, aquel hombre flaco, silencioso, que cargaba siempre libros de poesía dentro de bolsas de mercado, porque le daba vergüenza que lo vieran leyendo versos en un barrio donde la gente admiraba más a los pillos que a los artistas y a los escritores, no tomó ninguna parte de David. Solamente lo miró a los ojos.  Algo ocurrió después de esa inspección, cuando el niño aún estaba completo. El profesor vio dentro de aquellos ojos una extraña profundidad: un océano lleno de peces de colores, pájaros que volaban llevando cajitas de cartón, la abuela flotando entre nubes, el sonido de camiones a lo lejos y niños frente a la pantalla de un televisor mostrando una lluvia imparable.

     Entonces comprendió que el muchacho ya poseía algo que ningún profesor podía enseñar: La imaginación. Por eso no quiso arrancarle nada. Mientras los demás se disputaban huesos y órganos, él eligió conservar lo único que el tiempo no podía corromper: el recuerdo de aquella mirada.

     Cada tarde entraba al salón vacío y hablaba solo mientras imaginaba que David seguía allí. «Las palabras sirven para inventar otras vidas» decía al aire. «Cuando la realidad se vuelve insoportable, uno escribe para no volverse loco». Pero en ocasiones juraba escuchar una risa juvenil entre los pupitres.

     Pasaron los meses y los profesores comenzaron a notar algo inquietante, las partes de David se iban apagando. Los ojos dejaron de impresionarse frente a la belleza de los colores. Las piernas ya no corrían con facilidad. Los pulmones respiraban con dificultad. Incluso el cerebro empezó a olvidar fórmulas simples y hasta el nombre del niño. 

     Una noche, en medio de un pequeño ensueño creativo, el profesor de español, comprendió la verdad. David, jamás había llegado al colegio. El niño había sido asesinado dos años atrás por un combo de la zona, al cruzar una frontera invisible, al recoger su pelota que se rodó a la cuadra siguiente. Todos los profesores en el fondo lo sabían. Solo que el paro ya llevaba mucho tiempo, la soledad del colegio, el vacío de las aulas y la desesperación de sentirse inútiles, les había hecho imaginarlo vivo. Habían despedazado un recuerdo.

     A la mañana siguiente, el profesor de español cruzó el umbral del salón y advirtió algo inusual sobre un pupitre: un cuaderno viejo, gastado por el tiempo, que no estaba allí la víspera. Lo abrió con cautela. En la primera hoja, una letra temblorosa parecía haber dejado un mensaje urgente: «Profe, gracias por no quitarme nada», David. 



[1] Maestro en Artes Plásticas, Universidad Nacional Medellín. Licenciado en Educación Artes Plásticas, Universidad de Antioquia. Fundador y profesor del Taller de Pintura Arte Azul Intenso. Tallerista de Artes Plásticas en el Programa Desarrollo de Pensamiento Creativo Crisol, Comfenalco-Antioquia. Docente de Pintura Artística en el Instituto de Educación de Comfenalco-Antioquia. Docente de Creatividad en la Universidad Remington. Docente de cátedra en Artes Plásticas en ITM, Medellín. Docente de Formación Artística en la I.E Gilberto Alzate Avendaño. Correo: alonsomenesesarte@gmail.com

 

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