| Alonso Meneses Jaramillo |
EL ÚLTIMO NIÑO
Cuento.
Alonso Meneses Jaramillo[1].
En el año 2001, cuando Medellín despertaba o amanecía entre el aroma de
las empanadas recién hechas y el recuerdo acre de la pólvora, el magisterio
colombiano mantenía sus protestas. La huelga se extendió durante largos meses,
y el silencio fue ocupando poco a poco los salones de clase, como si el tiempo
mismo hubiera decidido hacer una pausa...
Llegó David a su colegio
llamado Eduardo Santos, situado en el Barrio La Loma de la Comuna trece (13),
allá en lo alto donde las casas de colores parecían haber nacido pegadas a la
montaña con la ciudad y sus males al frente. Se presentó a la Institución
Educativa con su cuaderno debajo del brazo, lleno de tareas sin terminar y un lapicero
azul en el bolsillo de la sudadera. Él esperaba en silencio. La puerta de
barrotes metálicos se abrió lentamente y sus bisagras chirriaron, como si
celebraran la llegada de aquel muchacho. Con apenas doce años recién cumplidos,
cursaba sexto grado y avanzó decidido al otro lado del umbral.
Hacía meses que ningún
estudiante acudía al colegio… Las aulas permanecían vacías porque muchos
de ellos ya no podían salir a la calle por cuidar su vida, habían ingresado al
negocio de los combos, le temían al reclutamiento obligado por algunos señores
que mandaban en el barrio o ya hacían parte de la galería de fotos en la Casa
de Justicia, que coleccionaba los rostros de los desaparecidos.
Los profesores seguían yendo
por costumbre, igual les pagaban, parecían sacerdotes abandonados por el
mismísimo Dios.
Aquella mañana soleada,
cuando los profes vieron a David deambular por el corredor recién trapeado,
sintieron una alegría salvaje.
— ¡Todavía queda uno! — exclamó la rectora desde lo más profundo.
En el colegio, la emoción
tomo unos visos extraños de ansiedad, porque todos los profes querían enseñarle
algo al niño. Los docentes creían poder salvarlo a través de su materia.
Hubo una discusión acalorada
durante algunas horas en la Sala de Profesores, mientras el niño caminaba por
los corredores desolados. De pronto, el maestro de Matemáticas, a quien todos
llamaban Baldor, golpeó la mesa con autoridad. El salón quedó en silencio.
Entonces dijo:
—Si, el conocimiento debe entrar en él por completo…entonces,
repartámoslo.
Nadie se opuso ni se
sorprendió, tal vez porque afuera del barrio y la ciudad entera, ya estaban
acostumbrados a que los cuerpos aparecieran incompletos.
Sin mediar, procedieron a la repartición de David.
El profesor de español, miró
al jovencito fijamente a los ojos y se retiró. Inmediatamente el profesor de
Artes apareció y tomó los ojos de David con delicadeza religiosa. Los acomodó
sobre un pupitre frente al tablero y comenzó la clase. «La vida duele
menos cuando uno aprende a mirarla como se presente, dijo el profe mientras
dibujaba palomas blancas saliendo de casas incendiadas. El arte sirve para
volver hermoso aquello que habitó en nuestras pesadillas» continuó…
Los ojos observaban fascinados cómo los colores del círculo cromático pegado en
la pared, parecían dar vueltas sobre los dibujos y saltaban hacia el frente
para luego desvanecerse.
El docente de Educación
Física, se quedó con las piernas y las hizo correr por toda la cancha cubierta
que por un costado iluminaba el sol mañanero.
«¡Más rápido! ¡El cuerpo debe ser más rápido que las balas!»
— gritaba. Las piernas se movían con disciplina militar, saltando sobre
las hojas esparcidas en el pavimento y esquivando las figuras imaginarias que
parecían correr unos pasos por delante.
El profesor de Tecnología
extrajo el cerebro y lo conectó por medio de alambritos de colores, a un radio
y a un televisor ya en desuso. «¡El futuro será la virtualidad!,
explicaba, algún día las máquinas reemplazarán la memoria de los humanos».
El cerebro aprendió códigos, deducía, relacionaba, fantaseaba, hacía
operaciones numéricas complejas y hasta se imaginaba cómo sería un barrio en la
Luna…
Mientras tanto, el profesor
de Ciencias Naturales llevó los pulmones al laboratorio improvisado del colegio
y les explicó: «Respirar en Medellín, también se ha vuelto casi un lujo
y terminarán facturando el aire por estratos». Luego susurró entre
dientes: «Sí, esto de inhalar gasolina, formol, polvo de tiza, pólvora a
diario para celebrar cortejos fúnebres de bandidos casi santos, es un acto
biológico de resistencia».
Cada parte de este cuerpo
juvenil aprendía algo distinto y quién sabe al final si servirá de algo, en esa
vida fragmentada, las ideas quebradas del jovencito eran, paradójicamente, su
única salvación.
El profe de español, aquel
hombre flaco, silencioso, que cargaba siempre libros de poesía dentro de bolsas
de mercado, porque le daba vergüenza que lo vieran leyendo versos en un barrio
donde la gente admiraba más a los pillos que a los artistas y a los escritores,
no tomó ninguna parte de David. Solamente lo miró a los ojos. Algo ocurrió después de esa inspección,
cuando el niño aún estaba completo. El profesor vio dentro de aquellos ojos una
extraña profundidad: un océano lleno de peces de colores, pájaros que volaban
llevando cajitas de cartón, la abuela flotando entre nubes, el sonido de
camiones a lo lejos y niños frente a la pantalla de un televisor mostrando una
lluvia imparable.
Entonces comprendió que el
muchacho ya poseía algo que ningún profesor podía enseñar: La imaginación.
Por eso no quiso arrancarle nada. Mientras los demás se disputaban huesos y
órganos, él eligió conservar lo único que el tiempo no podía corromper: el
recuerdo de aquella mirada.
Cada tarde entraba al salón
vacío y hablaba solo mientras imaginaba que David seguía allí. «Las
palabras sirven para inventar otras vidas» —decía al aire. «Cuando
la realidad se vuelve insoportable, uno escribe para no volverse loco».
Pero en ocasiones juraba escuchar una risa juvenil entre los pupitres.
Pasaron los meses y los
profesores comenzaron a notar algo inquietante, las partes de David se iban
apagando. Los ojos dejaron de impresionarse frente a la belleza de los colores.
Las piernas ya no corrían con facilidad. Los pulmones respiraban con
dificultad. Incluso el cerebro empezó a olvidar fórmulas simples y hasta el
nombre del niño.
Una noche, en medio de un
pequeño ensueño creativo, el profesor de español, comprendió la verdad. David,
jamás había llegado al colegio. El niño había sido asesinado dos años atrás por
un combo de la zona, al cruzar una frontera invisible, al recoger su pelota que
se rodó a la cuadra siguiente. Todos los profesores en el fondo lo sabían. Solo
que el paro ya llevaba mucho tiempo, la soledad del colegio, el vacío de las
aulas y la desesperación de sentirse inútiles, les había hecho imaginarlo vivo.
Habían despedazado un recuerdo.
A la mañana siguiente, el
profesor de español cruzó el umbral del salón y advirtió algo inusual sobre un
pupitre: un cuaderno viejo, gastado por el tiempo, que no estaba allí la
víspera. Lo abrió con cautela. En la primera hoja, una letra temblorosa parecía
haber dejado un mensaje urgente: «Profe, gracias por no quitarme nada»,
David.
[1] Maestro en Artes Plásticas, Universidad Nacional Medellín. Licenciado en
Educación Artes Plásticas, Universidad de Antioquia. Fundador y profesor del
Taller de Pintura Arte Azul Intenso. Tallerista de Artes Plásticas en el
Programa Desarrollo de Pensamiento Creativo Crisol, Comfenalco-Antioquia.
Docente de Pintura Artística en el Instituto de Educación de
Comfenalco-Antioquia. Docente de Creatividad en la Universidad Remington.
Docente de cátedra en Artes Plásticas en ITM, Medellín. Docente de Formación
Artística en la I.E Gilberto Alzate Avendaño. Correo: alonsomenesesarte@gmail.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario