miércoles, 10 de junio de 2026

ASPECTOS ÉTICOS DEL PODER: ¿DEBEMOS O NO OBEDECER? UN DIÁLOGO DESDE LA PARRHESÍA / Renzon de Jesús Flórez Londoño

 

 Renzon de Jesús Flórez Londoño


ASPECTOS ÉTICOS DEL PODER: ¿DEBEMOS O NO OBEDECER? UN DIÁLOGO DESDE LA PARRHESÍA

 

                    Renzon de Jesús Flórez Londoño[1]

 

No es necesario obedecer a las leyes, sino a la naturaleza.

 

                                       Epicteto. Disertaciones, IV, 1.60.

 

 

Introducción: Aclaraciones iniciales

La pregunta si debemos obedecer o no, constituye una inquietud que ha sido eje central de la reflexión filosófica occidental. Esta inquietud aparentemente simple, trasciende el plano individual para adentrarse en el tejido mismo de las relaciones de poder y de la legitimidad de los gobiernos. A lo largo de la historia, desde las tragedias griegas hasta los debates contemporáneos, la obediencia y su contracara, la desobediencia, han sido estudiadas no solo desde una perspectiva moral, sino también como formas de confrontar estructuras de poder político y social. El problema de la obediencia no se limita al plano de las decisiones individuales, sino que penetra en el tejido mismo de las relaciones sociales, políticas y éticas que configuran la vida en comunidad. La tensión entre el imperativo de mantener el orden social y la necesidad de resistir ante la injusticia ha generado debates que trascienden las fronteras disciplinarias de la filosofía para adentrarse en los campos de la política, el derecho, la educación y la sociología.

 

     Este ensayo, tiene como objetivo realizar un recorrido por las tensiones que al respecto aparecen, lo haremos a partir de obras clásicas como Antígona (2020), Hécuba (2018), Critón, y Apología de Sócrates (2006); se considerarán referentes más actuales como el Leviatán de Hobbes (2007), hasta llegar a manera de cierre con obligación impuesta y Wondrak de Stefan Zweig (2024), obras que motivaron originariamente la construcción de este texto.  

El análisis se estructurará en torno a tres líneas de tensión principales que atraviesan la reflexión: la obediencia entendida como imposición del poder y sus mecanismos de legitimación, la desobediencia concebida como acto de justicia cuando las leyes contravienen principios éticos y la problemática de la legitimidad de la justicia cuando esta ópera por fuera de los marcos legales establecidos. Nos proponemos no solo responder con un "sí" o un "no" a nuestra pregunta inicial, sino adentrarnos en el entramado ético y político que subyace a estas decisiones. En este orden de ideas, la Parrhesía como categoría de análisis tendrá importantes repercusiones, convirtiéndose en punto clave para el análisis que, desde las obras ya indicadas, abordan la problemática en cuestión.

El camino que se seguirá adopta el análisis hermeneútico de textos antiguos, con una aproximación genealógica que busca identificar continuidades y rupturas en el abordaje de la obediencia y su contrario la desobediencia en momentos muy específicos de la historia occidental. Nos detendremos con especial atención en el concepto de Parrhesía, entendido como el acto de hablar libremente y con franqueza ante el poder; categoría, que resulta esencial para vislumbrar las formas de resistencia ética que aparecen en contextos de dominación política. Este concepto, traído desde la antigüedad griega y actualizado por Michel Foucault en sus últimos estudios en Francia y Estados Unidos, posibilita desarrollar un análisis más profundo de las relaciones entre verdad, poder y subjetividad.

El cuerpo teórico seleccionado incluye tragedias griegas como Antígona de Sófocles y Hécuba de Eurípides, que plantean problemas fundamentales sobre la obediencia a las leyes humanas versus las leyes divinas o naturales, convirtiéndose en un punto de inicio que nos permite enfocar específicamente el análisis; estas tragedias, ofrecen un terreno ubérrimo para examinar las tensiones que aparecen. Así mismo, los diálogos platónicos Apología a Sócrates, Critón y Fedón, posibilitan una mirada más que atractiva en torno al individuo y su relación con las leyes de la comunidad, presentando la paradójica posición de Sócrates quien, siendo víctima de una pena injusta, elige obedecer las leyes de Atenas. Dando continuidad y contraste al mismo tiempo, el Leviatán de Thomas Hobbes viabiliza una argumentación moderna del poder soberano y el imperativo de la obediencia para evitar el “estado de naturaleza”. posteriormente, las obras obligación impuesta y Wondrak de Stefan Zweig permiten el análisis de estos asuntos en el ámbito del siglo XX, marcado por guerras mundiales y fascismos.

La importancia de este estudio se haya no solo en su valor histórico-filosófico, sino en su pertinencia para comprender los conflictos éticos y políticos contemporáneos en un mundo caracterizado por formas cada vez más sofisticadas de control social, vigilancia tecnológica y manipulación informativa. Este ejercicio académico que aborda la pregunta sobre la obediencia adquiere nuevas dimensiones que demandan ser pensadas teniendo en cuenta la tradición filosófica, pero también en diálogo con los desafíos específicos de nuestro tiempo. El artículo emprende un camino que va desde el examen de las tensiones principales descritas, pasando por el escrutinio de las posiciones filosóficas antiguas y modernas, hasta llegar a un análisis sobre las implicaciones contemporáneas de estas discusiones para la teoría y la práctica política actual.

 

La obediencia como problema filosófico fundamental

Estos estudios se ubican en una larga tradición que se remonta a los orígenes mismos del pensamiento occidental. Las problematizaciones sobre la obediencia no pueden percibirse de manera aislada, deben más bien situarse en el contexto amplio de las relaciones entre sujeto y sociedad, entre libertad y autoridad, entre ética y política. Como señala Hannah Arent en La condición humana: la capacidad de actuar en concierto, que constituye el fundamento del poder político, requiere cierto grado de obediencia o, más precisamente, de consentimiento por parte de los gobernados (Arendt, 2009). Sin embargo, este consentimiento nunca es absoluto ni incondicional, está atravesado por tensiones que emergen cuando las demandas de poder entran en conflicto con los imperativos éticos individuales o colectivos.

La obediencia, tal y como se comprende en este análisis, no se limita a la mera subordinación inmediata a las órdenes de un poder o una autoridad, involucra, por el contrario, una relación compleja en la que interceden elementos como el reconocimiento de la legitimidad, la estimación de las consecuencias y la ponderación de valores en conflicto. La obediencia política, en particular, supone una forma de relación social en la que los individuos aceptan subordinar, en cierta medida, su voluntad particular a una voluntad colectiva expresada en las leyes y en instituciones. Esta subordinación, sin embrago, plantea inmediatamente la cuestión de sus límites: ¿hasta qué punto debe el individuo obedecer cuando las leyes o las órdenes de la autoridad contravienen sus convicciones morales más profundas?

El concepto Parrhesía como herramienta analítica.

Para abordar estas cuestiones, resulta fundamental recurrir al concepto griego de Parrhesía, que Foucault explica extensamente en sus últimos cursos en el College de France, designado como el acto de hablar con franqueza, decir la verdad incluso cuando esto implica un riesgo para quien habla. Se trata de una práctica ético-política que establece una relación particular entre el sujeto, la verdad y el poder. El parrhesiastés o parrhesiasta, aquel que practica la parrhesia, no se limita a enunciar verdades abstractas o proposiciones teóricas, sino que compromete su propia existencia en el acto de decir la verdad, arriesga la vida de ser necesario. Esta dimensión existencial de la parrhesia, la convierte en una forma privilegiada de resistencia ética frente al poder injusto o tiránico. Foucault distingue entre diferentes formas de parrhesia: la política, practicada en el ágora y dirigida a los pueblos; la filosófica, ejemplificada en sus estudios principalmente por Sócrates y Diógenes de Sinope en su relación con los ciudadanos de Atenas; y la ética, que implica el trabajo del sujeto sobre sí mismo en la búsqueda de una vida auténtica. Estas distintas modalidades de la parrhesía no son excluyentes la una de la otra, sino que se articulan de maneras complejas, en las prácticas concretas de resistencia y crítica del poder.

El contractualismo y la justificación moderna de la obediencia

La modernidad introduce una nueva perspectiva en el debate sobre la obediencia a través de las teorías contractualistas. Hobbes, en su obra Leviatán, ofrece una justificación racional de la obediencia política basada en la necesidad de superar el estado de naturaleza, Según Hobbes, en ausencia de un poder soberano capaz de imponer orden, los seres humanos vivirán en una condición de guerra perpetua, donde la vida sería solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta (Hobbes. 2007. p. 93). El contrato social mediante el cual los individuos transfieren sus derechos naturales al soberano constituye, en esta perspectiva, un acto de racionalidad prudencial orientado a garantizar la propia supervivencia y la seguridad.

La teoría hobbesiana establece que la obediencia al soberano es absoluta, con la única excepción del caso en que el soberano amenace directamente la vida del súbdito. Esta concepción absolutista del poder político será posteriormente matizada por otros teóricos contractualistas como John Locke y Jean Jaques Rosseau, quienes introducen límites más estrictos al poder soberano y reconocen el derecho de resistencia cuando el gobierno viola los términos del contrato social. Aun así, en estas versiones más liberales del contractualismo, persiste la tensión fundamental entre la necesidad de un orden político y el absoluto de salvar la libertad individual.

Hécuba y Antígona: entre la parrhesía, la sumisión y la venganza frente al poder

 

En La tragedia Hécuba de Eurípides podemos mencionar distintos casos bastante representativos de las tensiones que aparecen cuando la obediencia se convierte en receptor de deshonra y degradación. Hécuba, caída en desgracia y transformada de reina a esclava tras la caída de Troya, tiene que vérselas con una serie de difíciles experiencias bajo el dominio de quienes ahora gobiernan su ciudad. Debe soportar la muerte de su esposo, el rey Príamo, y de sus hijos, incluyendo la traición a manos de Polimestor quien asesina a su hijo Polidoro con el objetivo de adueñarse de las riquezas que le habían sido encargadas por el rey de Troya. A lo largo de la obra, Hécuba se ve envuelta en un entramado de dilemas morales y éticos derivados de estos actos de injusticia; es por esto, por lo que nos aparecen una serie de preguntas: ¿Debe someterse pasivamente a su destino? ¿Debe buscar justicia por la traición sufrida a manos de Polimestor? ¿Debe resistirse a lo que considera un agravio a la honra de su familia? Estos dilemas ponen en cuestión la obediencia a las estructuras de poder. A través de su lucha, vemos que la obediencia a la autoridad no siempre es moralmente correcta, y que lo que llamamos justicia puede requerir actos de desobediencia, incluso de violencia.

       Hécuba se convierte en el eje que articula las tensiones entre obediencia a la ley y al poder, y la justicia personal que nace del deseo de venganza. A lo largo de la obra, la protagonista muestra dos caras: por un lado, la obediencia como imposición del poder para preservar la vida cuando en su papel de esclava sigue órdenes, tal como las mujeres troyanas que antes habían sido sus sirvientes. Por otro lado, la desobediencia surge como venganza cuando Hécuba descubre al traidor Polimestor a quien había confiado a su hijo Polidoro junto con riquezas para su protección, lo ha asesinado para apropiarse del oro y se enfrenta a la realidad de que las convenciones que deberán regular las relaciones humanas, incluso en tiempos de guerra, han sido completamente violadas. La traición de Polimestor no es solo un crimen personal, sino una ruptura del tejido mismo de las obligaciones recíprocas que hacen posible la vida en sociedad.

La respuesta de Hécuba a esta situación revela las complejidades morales de la desobediencia como forma de justicia. Su decisión de vengarse de Polimestor, cegándolo y matando a sus hijos, constituye un acto que opera fuera de cualquier marco legal establecido. Sin embargo, Eurípides presenta esta venganza no como un simple salvajismo, sino como una forma distorsionada de justicia que emerge cuando los canales institucionales para obtener reparación han sido bloqueados o son inexistentes. La negociación de Hécuba con Agamenón para obtener su aquiescencia tácita a la venganza muestra cómo, en situaciones de asimetría radical de poder, los oprimidos deben recurrir a estrategias oblicuas y moralmente ambiguas para obtener alguna forma de justicia.

 La venganza que busca Hécuba también propone una destrucción de la justicia y su legitimidad por fuera de las leyes, un trato extralegal que Hécuba negocia con Agamenón, otro rey que, según aparece en la literatura clásica, ha traicionado a su esposa Clitemnestra al sacrificar a su hija Ifigenia; y a Aquiles al arrebatarle a Briseida en la división del botín de guerra.

Este conflicto abre aquí una inevitable intertextualidad, no solo con las obras Homéricas, sino también con Antígona de Sófocles, al igual que Hécuba, en Antígona se desafía la justicia humana en nombre de la justicia familiar, se evidencia el conflicto entre obediencia a las leyes humanas, la justicia divina y las lealtades personales. Antígona, en plena parrhesía, que es libertad de palabra y honestidad, desafió el decreto de Creonte al enterrar a su hermano Polinices, quien había sido condenado a no recibir sepultura. Antígona en sus palabras le expresa a Creonte:

No fue por cierto Zeus quien impuso estas leyes, tampoco la justicia, que vive con los dioses del Hades esas leyes a los hombres dictó. No creí que tus bandos tanta fuerza tuvieran, para que, en gracia de ellos, pudieran los mortales quebrantar de los dioses las leyes escritas e infalibles. No rigen ni de hoy ni ayer: son eternas; y nadie sabe cuándo nacieron. No abre yo de violarlas por el temor de nadie para exponerme al justo castigo de los dioses (Sófocles, 2020, p. 38).

 

La figura de Antígona en las tragedias de Sófocles representa el paradigma de la desobediencia fundamentada en principios éticos superiores; su enfrentamiento con Creonte no es simplemente un conflicto entre dos voluntades individuales, sino un choque entre dos concepciones irreconciliables del derecho y la justicia. Antígona invoca las leyes que no están escritas y que son inmutables porque los dioses así lo han determinado, con esto justifica la decisión de enterrar a su hermano Polinices, desafiando así el decreto de Creonte que prohíbe dar sepultura al que considera un traidor. Esta invocación de un orden normativo superior al poder político establecido se erige como una forma ejemplar de Parrhesía ética, en la que el sujeto arriesga su vida para afirmar una verdad que considera fundamental.

Las palabras de Antígona ante Creonte simbolizan un momento crucial en la historia del pensamiento político. Su argumentación establece una distinción fundamental entre la legitimidad formal del poder político y su legitimidad moral, pues Creonte, posee la autoridad legal para promulgar decretos y exigir obediencia, pero esta autoridad encuentra su límite cuando pretende contravenir los deberes sagrados que los seres humanos tienen hacia sus muertos. La postura de Antígona no ejemplifica un rechazo total a la jurisdicción política de la época, sino una delimitación de su esfera legítima de acción. Hay ámbitos de la experiencia humana, sugiere Sófocles, a través de su heroína, que permanecen fuera del alcance legítimo del poder político.

La reacción de Creonte a la insubordinación de Antígona devela la lógica inherente al poder autoritario. Para Creonte, la desobediencia de Antígona no es solo una infracción personal, sino un rechazo al orden político establecido, dado que, si se accede a que una mujer joven rete manifiestamente los preceptos del gobernante, se ponen en tela de juicio y en riesgo los fundamentos mismos de la autoridad política. Esta lógica del poder, que no tolera ninguna excepción sin ver amenazada su propia existencia, conducirá finalmente a la catástrofe trágica que destruye tanto a Antígona como a la familia de Creonte.

La tensión entre las leyes divinas y las leyes humanas que articula el conflicto en Antígona trasciende el contexto especifico de la tragedia griega para convertirse en un problema permanente de la filosofía política. Esta tensión no debería entenderse básicamente como un problema entre religión y política, más bien, como una expresión de una aporía fundamental en la constitución misma del orden político, recordemos que todo sistema legal positivo aspira a la integralidad y coherencia, pero irremediablemente tropieza con limites en su capacidad para contener la totalidad de la experiencia humana. Apelar a las leyes divinas (en este caso) o naturales, funciona como un recurso fustigador frente a la reclamación totalizadora del poder político; sin embargo, esta apelación también genera problemas, escollos significativos: ¿Cómo determinar el contenido de estas leyes superiores? ¿Quién tiene la autoridad para interpretarlas? La historia muestra numerosos ejemplos de cómo la invocación de principios divinos y naturales ha sido utilizada tanto para resistir la opresión como para justificarla. La solución a este dilema no puede encontrarse en una formula abstracta, sino que requiere un ejercicio continuo de discernimiento ético y político.

 

La paradoja Socrática: obedecer la ley injusta

El juicio y condena de Sócrates en el año 399 a. c. representa uno de los momentos más significativos en la historia de la filosofía, no solo por sus consecuencias inmediatas sino por las profundas reflexiones que genera sobre la relación entre el filósofo y la ciudad:

El contexto político de Atenas tras la guerra del Peloponeso y los traumáticos episodios de la tiranía de los treinta proporcionan el trasfondo necesario para comprender la complejidad de la posición socrática, la democracia restaurada se encontraba en una situación de fragilidad, marcada por la desconfianza hacia cualquier forma de cuestionamiento que pudiera percibirse como subversiva (Stone, 1988. p.48).

 

Sócrates con su práctica constante del examen crítico y su negativa a aceptar acríticamente las opiniones dominantes, representaba la figura incómoda para el orden político restaurado. Su método de interrogación, la mayéutica, no solo exponía la ignorancia de sus interlocutores, sino que cuestionaba los fundamentos mismos sobre los que se asentaba el consenso social. La acusación formal contra Sócrates- corromper a la juventud y no reconocer a los dioses de la ciudad- puede entenderse en ese contexto como una expresión de la zozobra política de una democracia que percibía en el cuestionamiento filosófico una amenaza a su estabilidad.

En la Apología a Sócrates, Platón presenta el discurso de defensa de su maestro como un ejercicio ejemplar de parrhesía filosófica, el maestro no busca congraciarse con sus jueces mediante los recursos retóricos habituales en los tribunales atenienses, sino que mantiene su compromiso inquebrantable con la verdad, aun cuando esto pueda costarle la vida. Su defensa no es tanto una refutación de los cargos específicos como una justificación de toda su vida filosófica, presentada como una misión divina al servicio de la ciudad. El argumento central de Sócrates establece una distinción crucial entre la obediencia sin cuestionamientos a las posiciones de la mayoría y la obediencia a un principio superior de búsqueda de la verdad y el bien. Sócrates afirma que su actividad filosófica, lejos de corromper a los jóvenes, establece el mayor servicio que puede prestar a la ciudad, comparándose como un tábano que aguijonea a un caballo noble pero perezoso para mantenerlo despierto y activo (Platón, Apología de Sócrates, 30e.). Este símil representa la característica crítica de la filosofía en la esfera política: no como una fuerza destructiva, sino como una incitación necesaria para evitar el letargo moral e intelectual de la comunidad.

Sócrates en su discurso de defensa frente al tribunal, hace uso de la parrhesía, y se manifiesta no solo en el contenido del discurso sino también en la forma, Sócrates rechaza las súplicas y lamentaciones que eran habituales en los acusados que buscaban despertar la compasión de los jueces, en su lugar, mantiene una actitud de dignidad filosófica y subordina la preservación de la vida física a la integridad moral de decir la verdad. Esta postura no debe entenderse como un gesto de arrogancia ni como una forma de desprecio hacia el tribunal que lo juzga, por el contrario, constituye la manifestación consciente de una vida orientada por principios que van más allá de la mera supervivencia, sostenida en una firme coherencia ética incluso frente a un juicio y una condena de muerte injusta. En este sentido, opta por acatar las leyes de Atenas, argumentando que: ha disfrutado de los beneficios de la ciudadanía ateniense toda su vida y que, por lo tanto, tiene la obligación de aceptar sus veredictos, incluso cuando son injustos (Platón, 2006).

El conflicto entre obedecer y hacer justicia pone en evidencia una tensión estructural entre el poder instituido y la libertad individual, al tiempo que sugiere que la vida en común exige la aceptación de las reglas compartidas que hacen posible la convivencia pacífica; dicho orden puede endurecerse y derivar en formas de opresión cuando demanda una obediencia incondicional que anula el ejercicio moral o la posibilidad de resistir frente a la injusticia. Desde esta óptica, obedecer no es solo una virtud política, sino una decisión moral compleja que obliga a evaluar si las leyes resguardan realmente el bien común o si, por el contrario, reproducen relaciones de poder. En consecuencia, una noción legitima de justicia debe contemplar no solo el acatamiento de la norma, sino también la apertura a los cuestionamientos que aparecen debido a los excesos o incoherencias, pues en ese delicado equilibrio, la obediencia puede fortalecer el bien común y sostener la justicia; pero cuando se convierte en un dispositivo de control únicamente, ahoga la conciencia y la capacidad crítica, deja de constituir un deber moral y se reduce a una imposición meramente normativa.

En el Critón se abre otra dimensión para nuestra reflexión, la paradójica posición socrática sobre la obediencia, pues, ante la oportunidad de escapar de la prisión que le ofrece su amigo Critón, Sócrates desarrolla un argumento complejo sobre por qué debe permanecer y aceptar la sentencia de muerte. Este argumento no se basa en una sumisión servil al poder, sino en una concepción profunda de la coherencia ética y la relación entre el individuo y las leyes de la ciudad. Sócrates introduce con esto, la presunción de las leyes, que le recuerdan que ha vivido toda su vida bajo su protección y que ha tenido múltiples oportunidades de abandonar Atenas si no estaba de acuerdo con su sistema legal. Sócrates argumenta que escapar sería equivalente a destruir, en la medida de sus posibilidades, el orden legal mismo, pues si cada ciudadano pudiera desobedecer las sentencias judiciales cuando las considera injustas, no habría posibilidad de vida política ordenada (Platón, Critón, 50a-54d.). Este argumento revela una comprensión sofisticada de la naturaleza del orden legal como sistema que requiere cierto grado de obediencia general para poder funcionar, incluso cuando produce resultados injustos en casos particulares.

En el Fedón, Platón presenta las últimas horas de Sócrates como la culminación en coherencia de toda su vida filosófica, su serenidad para enfrentar la muerte no es mera resignación, sino la expresión de una convicción filosófica profunda sobre la naturaleza del alma y el significado de la vida filosófica. La obediencia del filósofo ante la condena se eleva, en este horizonte, a la categoría de un gesto filosófico extremo: en ella se afirma la primacía del alma sobre el cuerpo y la dignidad de los valores espirituales por encima de cualquier interés personal. El diálogo no escenifica la muerte de Sócrates como una derrota, sino como la consumación de una victoria de la filosofía frente a la arbitrariedad de la política, en la medida en que la aceptación de la cicuta preserva intacta la fidelidad a sí mismo. En este acto, Sócrates pone de manifiesto que el poder puede disponer del cuerpo, pero permanece impotente ante aquello que constituye el núcleo irreductible del ser humano, la capacidad de pensar y mantener sus convicciones. La escena adquiere así una fuerza pedagógica para sus discípulos, quienes advierten que la filosofía no se agota en la especulación, sino que exige encarnarse como forma de vida, llevada con coherencia hasta el límite. Es allí donde la Parrhesía -el coraje de decir la verdad- deja de ser un principio abstracto y se vuelve presencia viva.

La argumentación del Fedón sobre la inmortalidad del alma proporciona el marco metafísico que sustenta la actitud socrática ente la muerte. Si el alma es inmortal, la muerte es simplemente la separación del alma y el cuerpo, entonces el filósofo, que ha dedicado su vida a trascender lo corporal para concentrarse en lo intangible, no debe temer la muerte sino verla como culminación natural de su praxis filosófica; esta perspectiva, transforma radicalmente el significado de la obediencia socrática: no es sumisión a un poder externo, sino coherencia con los principios más profundos de la vida filosófica.

 

Hobbes y el Leviatán: la obediencia como fundamento del orden y el estado de naturaleza como guerra perpetua

 

Tomas Hobbes desarrolla en el Leviatán una de las justificaciones más influyentes de la obediencia política en la modernidad. Su punto de partida es una caracterización objetiva, algunos dirán pesimista del estado de naturaleza, concebido como una condición de guerra de todos contra todos donde la vida humana es: solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta (Hobbes, p.103). Esta descripción no pretende ser histórica sino analítica: muestra lo que ocurriría si se eliminaran las restricciones que impone el poder político sobre las pasiones humanas. Hobbes, fundamenta su teoría en una antropología que enfatiza la igualdad natural de los seres humanos en cuanto sus capacidades físicas y mentales. Esta igualdad, paradójicamente, es la fuente del conflicto, genera en cada individuo la esperanza de poder obtener lo que desea, incluso si debe arrebatárselo a otro; la combinación de escasez de recursos, igualdad de capacidades y ausencia de un poder superior que imponga orden, resulta en una situación de inseguridad perpetua donde ningún proyecto de vida a largo plazo es posible” (Hobbes, p. 98).

El estado de naturaleza hobbesiana no es necesariamente un estado de violencia constante, representa más bien una amenaza permanente de violencia. Esta amenaza es suficiente para hacer la vida miserable, pues obliga a cada individuo a estar constantemente en guardia, a desconfiar de los demás y a atacar preventivamente cuando percibe una amenaza potencial. En esta condición, señala Hobbes: no hay lugar para la agricultura, la industria, la navegación, las artes o las letras, pues todos estos desarrollos requieren seguridad y cooperación estable (Hobbes, p. 103).

La salida del estado de naturaleza se produce mediante un contrato social en el que los individuos transfieren sus derechos naturales a un soberado que tendrá el poder absoluto de dictar leyes y hacerlas cumplir. Este contrato no es un evento histórico, es una construcción lógica que explica la legitimidad del poder político, responde a su propio fundamento y fin en sí mismo. Hobbes argumenta que: la única manera de establecer un poder capaz de proteger a los individuos es concretar toda la fuerza y el poder en una sola entidad, ya sea un individuo o una asamblea (Hobbes, p. 141). El contrato hobbesiano presenta características peculiares que lo distinguen de otras teorías contractualistas, en primer lugar, es un contrato, no puede violarse y, en segundo lugar, el contrato es irrevocable: una vez establecido el soberano y los súbditos no pueden legítimamente rebelarse contra él, pues al hacerlo sería volver al estado de naturaleza; en tercer lugar, el poder soberano debe ser absoluto, un poder dividido o limitado no sería capaz de cumplir su función de mantener la paz.

La justificación de Hobbes sobre la obediencia es, por tanto, prudencial más que moral, los individuos obedecen al soberano no porque este tenga una superioridad moral o porque sus mandatos sean intrínsecamente justos, sino porque la alternativa a la obediencia es el caos del estado de naturaleza. Esta fundamentación pragmática de la obediencia constituye una ruptura con las justificaciones basadas en el derecho divino o la superioridad natural de los gobernantes.

A pesar del carácter aparentemente absoluto del poder soberano en la teoría hobbesiana, existen límites a la obediencia que el propio Hobbes reconoce; el más evidente es el derecho a la autopreservación: ningún individuo puede estar obligado a obedecer órdenes que pongan en peligro directo de su vida. Este límite deriva de la lógica misma del contrato social que se establece precisamente para preservar la vida de los contratantes. Hobbes también reconoce que el soberano puede perder su legitimidad si se vuelve incapaz de proporcionar protección a sus súbditos. La obligación de obediencia está condicionada a la capacidad del soberano de mantener el orden y la seguridad; si el poder soberano colapsa y se retorna de facto al estado de naturaleza, los individuos recuperan su libertad natural y pueden buscar protección donde la encuentren. Esta condición introduce un elemento de contingencia en la teoría hobbesiana que matiza su absolutismo aparente.

 

Stefan Zweig: la obligación impuesta y Wondrak

De esta manera y, teniendo en cuenta todo lo anterior, y con el ánimo de ir cerrando aspectos de nuestra reflexión, podemos recurrir -sin romper nuestro hilo de análisis- a Stefan Zweig con sus obras la obligación impuesta y Wondrak, allí se propone el análisis de “situaciones límites”, dilemas morales, y de personajes centrales como Ferdinand, Paula y la “mujer calavera” que tienen que vérselas con la guerra y la imposición de la obediencia. Estas obras, además, dan pie a Bertolt Brecht para que este, según Patricio Pron (2024), en una pieza de teatro, se preguntara: “¿hasta qué punto se debe sacrificar una persona por la perpetuación de la comunidad a la que pertenece?” (p.13) pregunta por excelencia de nuestra reflexión en este preciso momento del ensayo. Aquí se nos abre, un punto de análisis en las tensiones citadas por nosotros al inicio, y es que ahora en plena contemporaneidad, dos humanos que se saben libres y se aman, tienen que vérselas con el dilema de hacer parte o no de la gran guerra, en un territorio que no es el propio y conscientes de la máquina de guerra que los vigila.

La novela corta Obligación impuesta de Zweig, escrita en 1920, presenta una exploración profunda de los dilemas morales que enfrentan los individuos cuando el poder estatal exige su participación en la guerra. Ferdinand -uno de los protagonistas- pintor y artista, ha huido a Suiza junto con su esposa para escapar de la primera guerra mundial, pues ha construido una vida basada en principios férreos de valor humanista que le impiden hacer parte de cualquier conflicto armado, recibe una orden escrita del consulado con el fin de presentarse a exámenes médicos y probablemente podría ser enviado al frente. Ferdinand y esposa Paula viven la tragedia del llamado del Leviatán, y se preguntan si deben obedecer o no a una orden del gran monstruo que habita en sus conciencias, que nunca los ha abandonado y que quiere arrebatarles su pacto en libertad. Una vez Ferdinand recibe el llamado a presentarse a exámenes, su mujer advierte el contenido de ese terrible comunicado, percibe el miedo y quebrantamiento de sus sueños compartidos, quedan en un mutismo y no pueden comprender.

-      [Paula:] ¿Te han llamado al consulado?

-      [Ferdinand:] Si

-      ¿Y vas a ir?

Él temblaba.

-      No sé, pero tendré que hacerlo

-      ¿Por qué tienes que hacerlo? No pueden forzarte a obedecer en Suiza. Aquí eres libre.

-      ¡Libre! ¿Y quién sigue siendo libre hoy en día? -farfulló con enojo apretando los dientes.

-      Cualquiera que quiera ser libre. Y tú el que más…

-      … ¿qué fuerza tiene eso sobre ti, esos pedazos garrapateados por un pobre infeliz, por un escribiente en un despacho, ¿qué son frente a ti que estás vivo y eres libre? ¿en qué pueden afectarte?

-      La hoja en nada; pero sí el que la envía.

-      ¿Quién la envía? ¿qué persona? Una máquina, la gran máquina de asesinar personas. Pero a ti no te puede atrapar.

-      Han atrapado a millones ¿y justamente a mí no? ¿por qué?

-      Porque tú no quieres. (Zweig, 2024, p.31).

 

¿Debemos obedecer aun siendo conscientes del absurdo al que nos convoca el dictamen del poder? ¿Debemos obedecer a costa de nuestros seres amados? ¿A qué debemos obedecer?

Zweig, construye magistralmente la tensión psicológica que experimenta Ferdinand. El llamado a filas no es solo un documento burocrático, sino un símbolo del poder totalizador del estado moderno que reclama obediencia y la vida misma de sus ciudadanos. La angustia de Ferdinand no deriva únicamente del miedo a la muerte, se debe, además, a la comprensión de que obedecer significa participar en una maquinaria de destrucción que contradice todos sus valores. Su propio dilema ilustra cómo la obediencia en el contexto de los estados modernos no constituye una simple cuestión de sumisión externa, involucra la totalidad de la persona y le exige la complicidad moral con acciones que el individuo considera éticamente inhumanos.

El diálogo entre Ferdinand y Paula revela las diferentes dimensiones del problema. Paula representa la voz de la razón práctica y la libertad individual, argumentando que Ferdinand no tiene ninguna obligación real de obedecer a un mandato que proviene de la gran “máquina de matar” y que contradice sus convicciones más profundas. Ferdinand, por otro lado, siente el peso de una obligación que no puede racionalizar completamente pero que ejerce sobre él una fuerza psicológica abrumadora. Estas tensiones que aparece entre hacer lo que determina la ley y la claridad de salvaguardar la vida, junto con la claridad racional y angustia existencial, nos ilustra la contundencia del poder y su manera de operar a través de la coerción externa; además, patenta la internalización de las normas de obediencia. La guerra como revelación del poder.

La primera guerra mundial aquí representada en la obra de Zweig, simboliza un momento de ruptura en la historia de la civilización moderna occidental, revela el absurdo fundamental de un sistema político que puede exigir a millones de seres humanos que se maten entre sí por razones que la mayoría desconoce y por supuesto no comprenden ni comparten:

La obediencia masiva hace posible que la guerra moderna aparezca como una forma de alienación colectiva en la que los individuos abdican de su capacidad de juicio moral y se convierten en instrumentos de fuerzas que los trascienden (Zweig, 2021, p. 238).

 

Zweig, muestra como la guerra moderna transforma la naturaleza misma de la obediencia. Ya no se trata de la obediencia personal a un soberano visible como en las monarquías tradicionales, sino de la sumisión a un aparato burocrático impersonal que funciona según su propia lógica. El individuo se enfrenta no a una persona a la que puede dirigirse y con la que puede razonar, su disputa es con un sistema anónimo que procesa seres humanos como recursos de guerra, los despersonaliza en su propio poder y les hace más difícil la resistencia sin un adversario claro contra el cual rebelarse.

Los dos protagonistas se mueven a través de las relaciones de tensión que aparecen en el centro del análisis, legitiman en primera medida, la desobediencia en provecho de la propia vida, eligen su supervivencia, no puede obligarse a ningún ser humano a obedecer cuando el mandato va en contra del propio interés vital, la propia existencia y la de los seres amados; incluso, algunos sistemas jurídicos en nuestra actualidad, eximen a sus ciudadanos de testificar en contra de sí mismos o de sus seres queridos. Ferdinand y Paula, eligen la continuación de su propio plan de vida, eligen la vida antes que la muerte y dotan de significado la libertad que juntos han construido. No se trata en este caso de indiferencia frente a los padecimientos sufridos por sus semejantes en la guerra, sino más bien, de la reivindicación de que ninguna causa tiene sentido si para lograrla debemos aniquilar al otro. Se trata de estar del bando correcto, no de los nomos únicamente porque es lo debido, sino del Bios, porque es ontológicamente lo primero, como le corresponde estar a alguien que se considere creador o artista ¡la vida primero y siempre la vida!

En segunda medida Ferdinand, frente al dictamen que aparece ante él,  prefiere no sucumbir ante el miedo, elige una reflexión cívica de alta responsabilidad moral, siente que le incumbe, sabe que a pesar de sí, y de su propia libertad, asumir la reflexión ética de quien no obedece por obedecer, es su responsabilidad, se dota de conciencia y sabe que su pensamiento no está marcado por la obediencia a ciegas, se obedece a sí mismo como sujeto cognoscente, se pregunta cuándo tiene sentido obedecer, y no solo por dictamen moral, sino por ética, ese espacio primigenio de uso de la libertad. En este punto lo que representa Ferdinand, como cualquier hombre que tiene derecho a proteger su vida, es la capacidad que tienen algunos individuos que se saben libres, a hacer uso de su voluntad de poder, porque la ética es ese campo de batalla donde el individuo se enfrenta consigo mismo, se interpela y elige una manera de actuar, de construirse, de ser en el mundo. Para este caso, podemos recordar el diálogo que se da entre Ferdinand y Paula con respecto al llamado del consulado, el cual inicia con la pregunta que ella le hace ¿quieres ir?

-      No, no y no, no quiero, no hay nada en mí que quiera. Pero iré contra mi voluntad. Eso es precisamente lo terrible de su poder, que uno los sirve contra su voluntad, contra sus convicciones. Si por lo menos a uno le quedase su voluntad…, pero en cuanto tiene una hoja como ésa en sus manos, la voluntad huye de él. Obedece. Es un colegial: el profesor llama, uno se levanta y tiembla.

-      Pero Ferdinand, ¿quién es el que llama? ¿Acaso es la patria? ¡Un escribiente! ¡Un aburrido oficinista! Y, además, ni siquiera el estado tiene el derecho de forzarle a uno a asesinar, ningún derecho…

-      Lo sé, lo sé. ¡Ahora sigue citando a Tolstoi! Conozco todos los argumentos. ¿es que no lo entiendes? No creo que tenga derecho a llamarme, ni que yo tenga el deber de seguirlo. Sólo conozco un deber que se llama ser un hombre y trabajar. No tengo más patria que la humanidad, ni me enorgullece matar personas, todo eso lo sé, Paula, lo veo todo tan claro cómo tú…pero es que ellos ya se han apoderado de mí, me llaman y sé que, a pesar de todo, de cualquier cosa, acudiré (Zweig, 2024, p. 33).

 

A pesar de su supuesta convicción de terminar obedeciendo, ni Ferdinand ni Paula están convencidos de esas palabras, saben que aún la voluntad y la conciencia no se han ido, y que la voluntad que es el motor que todo lo mueve, elige en este caso la vida. Ferdinand, termina desobedeciendo el llamado a la guerra, pero obedeciendo a sus propias ideas, a sus principios, por amor a la humanidad, que cómo él mismo lo dice, es su patria.

       En Wondrak, Zweig muestra la obediencia como la destrucción del individuo, presenta el caso de un hombre, que no es simplemente un personaje individual, sino una construcción simbólica del poder absoluto que se configura cómo un sujeto ególatra auto-centrado. Wondrak, representa el tirano moderno en términos narratológicos, no estamos ante un personaje psicológico profundo en sentido realista, sino ante un personaje-tipología: su función es encarnar una estructura de dominación que se presenta como una figura que se considera excepcional, ontológicamente superior, como si él mismo fuera el soberano absoluto, un déspota ilustrado degenerado, incluso un Ubermensch malinterpretado (en clave de crítica de Nietzsche), que ha internalizado completamente los valores de la disciplina militar y que se ha convertido en una caricatura grotesca del soldado perfecto.

Wondrak, representa el extremo de la obediencia: ha eliminado toda capacidad de juicio independiente y existe únicamente como extensión de la voluntad de sus superiores. Su historia sirve como advertencia sobre los peligros de una obediencia que anula la personalidad individual. El personaje, ilustra lo que Hannah Arent posteriormente llamaría “la banalidad del mal”: la capacidad de los seres humanos ordinarios para participar en atrocidades cuando han renunciado a su capacidad de pensar y juzgar por sí mismos. Zweig muestra cómo la obediencia extrema no es una virtud sino una forma de degradación moral que convierte al ser humano en un autómata. La eficiencia militar acompañada de una atrofia de sus capacidades humanas más básicas: la empatía, la creatividad, la capacidad de cuestionarse.

La crítica de Zweig a la obediencia militar anticipa reflexiones posteriores sobre el totalitarismo y sus mecanismos de coerción. El caso de Wondrak muestra cómo la obediencia puede convertirse en una forma de anulación de la libertad, al someterse completamente a la autoridad; este sometimiento, hace que el individuo prefiera obedecer ciegamente a tener que cargar con la responsabilidad de tomar decisiones morales y, pueda ejecutar cualquier orden, por terrible que sea, sin experimentar culpa personal. Esta “libertad” mediante la sumisión total es, por supuesto, una forma de esclavitud.

 

Reflexiones finales: El coraje de desobedecer a partir de una educación para la parrhesía en el contexto actual

 

Como consecuencia de nuestra reflexión, este recorrido genealógico, nos aclara las líneas de tensión que nos hemos propuesto analizar, en primer lugar: la obediencia entendida como una imposición unilateral del poder sobre los individuos, una obediencia que se caracteriza por la asimetría radical entre quien manda y quien obedece, y por la ausencia de reciprocidad o reconocimiento mutuo. Al inicio, en Hécuba, esta imposición del poder se manifiesta en el descenso de la antigua reina a la condición de esclava; en el Leviatán de Hobbes, aparece como sumisión necesaria pero problemática al soberano absoluto; en Zweig, toma la forma de la conscripción obligatoria que el estado moderno impone a sus ciudadanos.

La obediencia como imposición plantea problemas fundamentales para la legitimación del poder, que es la legitimidad política. Si la obediencia se basa únicamente en la fuerza o en la amenaza de castigo, ¿puede considerarse legítima? ¿cómo se garantiza la legitimación de ese poder? Podemos echar mano del pragmatismo Hobbesiana: la legitimidad deriva de la capacidad del soberano para mantener el orden y proteger a los súbditos (2007). Sin embargo, esta respuesta no resuelve la tensión que surge cuando el poder exige acciones que contradicen principios éticos de los individuos. La experiencia moderna-contemporánea con sus guerras y regímenes autoritarios, ha mostrado los límites y riesgos de una concepción puramente pragmática de la obediencia.

En segundo lugar: la obediencia concebida como respuesta legítima a la injusticia del poder, la vemos encarnada en Antígona, patenta paradigmáticamente esta forma de desobediencia, que no busca destruir el orden político sino afirmar principios de justicia que trascienden las leyes positivas. La desobediencia civil en la edad moderna y contemporánea, practicada por figuras como Martín Luther King y Benkos Biohó se inscriben en esa tradición de resistencia ética al poder injusto. La desobediencia simbolizada por estos lideres políticos como acto de justicia, plantea la cuestión de los criterios para determinar cuándo una ley o un mandato es suficientemente injusto como para justificar la desobediencia que, no puede ser simplemente, el desacuerdo personal con una ley, pues esto nos llevaría a una especie de anarquía. Los teóricos de la desobediencia civil han propuesto diversos criterios: la violación de derechos humanos fundamentales, la discriminación sistemática contra grupos específicos, la contradicción con principios constitucionales básicos; sin embargo, la aplicación de estos criterios en casos concretos sigue siendo concebidos como actos de subversión y son objeto de debate y controversia en la arena política.

En tercer lugar: la legitimidad de formas de justicia que operan fuera del marco legal establecido. El caso de Hécuba, que obtiene venganza mediante un acuerdo extralegal con Agamenón, ilustra cómo en situaciones de colapso del orden jurídico o de exclusión sistemática de ciertos grupos al acceso a la justicia institucional, pueden emergen formas alternativas de obtener reparación. Esta problemática adquiere particular relevancia en contextos de justicia transicional, donde se debe lidiar con crímenes masivos cometidos por regímenes anteriores. La tensión entre justicia legal y justicia sustantiva se manifiesta también en los debates contemporáneos sobre los límites del positivismo jurídico, pues, la experiencia del nazismo y otros regímenes totalitarios que utilizaron el aparato legal para cometer atrocidades ha llevado a un renovado interés en teorías del derecho natural o en concepciones de la justicia que trascienden el derecho positivo. Sin embargo, el recurso a principios supralegales plantea sus propios problemas: ¿quién determina el contenido de estos principios? ¿Cómo evitar que se conviertan en justificación para la imposición de visiones particulares disfrazadas de universales?

A consecuencia de esto último, la pregunta ¿Debemos o no obedecer? no admite una respuesta simple y universal. Como hemos visto a través de nuestro recorrido por la literatura y el pensamiento filosófico hasta nuestra actualidad, en la obediencia y la desobediencia existen estas líneas de tensiones constantes, que reflejan las complejidades de la vida política y de la misma ética. La obediencia ciega a la autoridad puede llevar a injusticias y opresión, como se evidencia en la tragedia de Hécuba y en Apología de Sócrates.

La parrhesía, entendida como práctica de resistencia de resistencia y expresión de la verdad frente al poder, se configura como una forma que no necesariamente desemboca en una ruptura absoluta de la norma, más bien, abre un espacio intermedio desde el cual es posible interpelar y poner en cuestión a la autoridad cuando esta deviene injusta, Sin que ello implique, de entrada, una negación total del orden establecido. En este marco, la decisión de obedecer o desobedecer, no puede resolverse de manera abstracta: exige una ponderación rigurosa de las circunstancias concretas, de los principios éticos comprometidos y de las consecuencias que se derivan de cada acción. De ahí que la reflexión crítica y el coraje moral, encarnados en figuras como Antígona, Hécuba, Sócrates y Ferdinand, continúan siendo referentes necesarios para pensar los dilemas éticos y políticos contemporáneos. En todos ellos se reconoce una misma exigencia: la de sostener los principios y la verdad incluso cuando hacerlo implica confrontar estructuras de poder que buscan silenciarlos.

Esta indagación conduce, inevitablemente, a reconsiderar la vigencia de estos debates- tanto clásicos como modernos- en el horizonte contemporáneo. Las tensiones, entre obediencia y desobediencia continúa ocupando un lugar central en las discusiones sobre derechos civiles, formas de resistencia y los limites legítimos del poder estatal. Lejos de ser un problema superado, se reactualiza constantemente en escenarios donde la autoridad y la conciencia individual entran en fricción.

En el ámbito digital, esta problemática adquiere rasgos particularmente complejos, por un lado, las plataformas han ampliado de manera significativa las posibilidades de enunciación, permitiendo que voces históricamente marginadas accedan a audiencias globales y, en cierta medida, reconfiguren las relaciones tradicionales entre poder y discurso. Sin embargo, esta misma apertura da lugar a una dinámica ambivalente, la sobreabundancia de información, sumada a la circulación acelerada de contenidos, dificulta discernir entre expresión auténtica de la verdad y las múltiples formas de distorsión y falsación de la verdad, ya sea a través de la manipulación, la mentira o la propaganda. En este contexto, la parrhesía no desaparece, pero se vuelve más exigente, requiere no solo de coraje para decir la verdad, sino también una capacidad crítica más aguda para reconocerla.

El coraje que exige la parrhesía en el entorno digital no se reduce a la disposición de enfrentar sanciones o linchamientos mediáticos, implica, además, sostener la integridad en medio de un ecosistema saturado de ruido, desinformación y prácticas como el ciberacoso; en este escenario, decir la verdad demanda valentía, además de, una disciplina ética capaz de resistir la distorsión y la presión constante. Los caos de Edward Snowden, Chelsea Manning y Julián Assange permiten dimensionar la complejidad que adquiere hoy la parrhesía. Sus revelaciones sobre programas de vigilancia masiva global, posibles crímenes de guerra y prácticas de corrupción gubernamental han tenido repercusiones de alcance global, sacando a la luz expresiones de poder altamente cuestionables; al mismo tiempo, han abierto debates de gran calado, en torno a los límites de transparencia, la legitimidad de la filtración de la información sensible y los riesgos a la seguridad nacional. Estos casos evidencian que la parrhesía contemporánea se mueve en un terreno profundamente tensionado, por un lado, el imperativo ético de hacer visible la verdad y, por el otro, la necesidad de responder las consecuencias políticas, jurídicas, económicas y sociales que se desprenden de su exposición.

En el marco de la sociedad informacional y la globalización, las formas de ejercicio del poder tienden a volverse más dispersas y, en no pocas ocasiones, difíciles de identificar con claridad. A diferencia de lo que ocurría en las configuraciones políticas de la antigüedad; tanto la obediencia como la desobediencia adoptan modalidades menos evidentes: se expresan, por ejemplo, en prácticas de resistencia digital o en formas de activismo articuladas a través de redes sociales, donde la acción política ya no siempre se inscribe en los espacios tradicionales. Estas transformaciones introducen nuevos interrogantes en torno a la naturaleza de la aparición de la verdad en entornos digitales, así como los riesgos que implica interpelar al poder en un mundo atravesado por la hiperconectividad; a ello se suma, la reformulación de lo que Zweig ha conceptualizado mediante sus obras literarias, como formas de obediencia inducida, que adquieren una complejidad inédita en sociedades donde los mecanismos de control operan mediante tecnologías  cada vez más sofisticadas, capaces de modular conductas, percepciones y márgenes de acción sin recurrir necesariamente a la coerción directa. La vigilancia masiva, el uso de big data para influir en el comportamiento social, y la manipulación de la información plantean nuevos desafíos éticos para quienes buscan resistir o cuestionar la autoridad.

La capacidad de evaluar críticamente el entorno actual del poder político, económico y mediático, junto con sus demandas de obediencia, no es innata, debe ser cultivada mediante la educación. Una educación que promueva únicamente la obediencia sin desarrollar la capacidad de juicio crítico prepara el terreno para el autoritarismo y el abuso de poder, donde los sujetos ni siquiera comprenden la reducción de sus propias capacidades para confrontarlo y buscar espacios para la libertad y la propia conciencia. Por el contrario, una educación que enfatice la libertad de palabra honesta y franca, que permita la crítica, posibilita la resistencia al abuso, sin olvidar el orden y la cooperación social. El desafío educativo consiste en formar ciudadanos para la liberación, capaces de obedecer reflexivamente cuando es necesario y de resistir éticamente cuando su propia ética considera es un imperativo.

La formación del juicio crítico, capaz de poner en tela de juicio los discursos dominantes requiere no solo del desarrollo de capacidades intelectuales sino también de virtudes morales como coraje, integridad, templanza, justicia e imprudencia de ser necesario. El ejemplo de Sócrates muestra que el ejercicio del juicio crítico puede requerir estar dispuesto a pagar un precio alto, incluso con la misma vida. Los maestros, teniendo como referentes a estos grandes pensadores, están obligados de esta manera a enseñar con la propia verdad que representan sus vidas, en coherencia con las responsabilidades sociales y éticas que les asisten como referentes morales de una sociedad.

La realidad política contemporánea, no puede estar alejada de las reflexiones en las aulas, pues en este momento especifico de la historia de la educación, se presenta un espectro mucho más amplio donde las formas de educarse no están únicamente mediadas por la relación que se establece con la autoridad educativa, sino también, con las decisiones que se toman individualmente con los procesos formativos personales y la relación frente al poder que cada sujeto establece. La complejidad de la educación en las sociedades contemporáneas, con sus múltiples niveles de autoridad y sus diversas esferas normativas, requiere una comprensión más matizada con la obediencia, los individuos no se relacionan con una única autoridad como en el modelo Hobbesiana, sino con múltiples centros de poder que pueden entrar en conflicto entre sí: el Estado nacional, las organizaciones internacionales, las instituciones educativas, las corporaciones económicas, las comunidades locales, las tradiciones culturales. Estas múltiples demandas de obediencia requieren capacidades de discernimiento y negociación que va más allá de la simple sumisión o resistencia.

En suma, la interrogación acerca de si debemos obedecer o resistir conserva hoy la misma densidad problemática que tuvo desde la antigüedad; lejos de agotarse, los debates filosóficos heredados ofrecen un marco interpretativo bastante fértil para encarar los dilemas éticos y políticos del presente, persiste como una constante de la experiencia humana, la tensión entre la necesidad de sostener un orden común y la exigencia de oponerse a la injusticia cuando esta se institucionaliza. En este horizonte, la parrhesía mantiene su vigencia como práctica decisiva para dirigirse en escenarios marcados por la incertidumbre y la conflictividad. No obstante, la decisión de obedecer o no, no admite formulas universales, exige un juicio atento a la singularidad de las circunstancias, a los principios en juego y a las consecuencias previsibles de cada acción. De ahí que la reflexión crítica, el coraje moral y la disposición a responder por los propios actos sigan siendo condiciones ineludibles para habitar éticamente el presente. La auténtica sabiduría no se encuentra en la sumisión irreflexiva ni en la insurrección precipitada, sino en la capacidad de discernir con rigor cuando la obediencia contribuye a la justicia y cuando, por el contrario, la desobediencia se impone como exigencia moral.

 

Referencias Bibliográficas

 

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Foucault, M. (2004). Discurso y verdad en la antigua Grecia. Barcelona. Paidós.

Hobbes, T. (2007). Leviatán (A. Escohotado, Trad.). Editorial Losada. Buenos Aires. (Obra original publicada en 1651)

Laercio, D. (2007). Vida y obra de los filósofos más ilustres (J. Berenguer Amenós, Trad). Madrid. Gredos.

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Zweig, S. (2021) El mundo de ayer. Barcelona: Acantilado.

Zweig, S. (2024). Obligación impuesta (Roberto Bravo de la Varga, Trad.). Barcelona. Acantilado.

Zweig, S. (2024) Wondrak (Roberto Bravo de la Varga, Trad.) Barcelona. Acantilado.

 



[1] Licenciado en: Geografía e Historia Universidad de Antioquia. Magister en: Filosofía– Universidad Pontificia Bolivariana. Doctorado en: Filosofía– Universidad Pontificia Bolivariana. Docente de aula Institución Educativa Francisco Luis Hernández Betancur, Colombia-Medellín.  Correo: rflorezl@yahoo.es  

 

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