viernes, 2 de noviembre de 2018

MENTIROSOS, GORRONES E INJUSTOS / Darío Ruiz Gómez





MENTIROSOS, GORRONES  E INJUSTOS

Darío Ruiz Gómez

El verdadero novelista es ante todo, como recuerda Nabokov,  un gran chismoso. Tomás Carrasquilla gozaba averiguando chismes sobre la vida  de las gentes de su vecindario  y de este modo iba haciéndose a una idea precisa sobre el alcance de la estupidez  social, de la bajeza de ciertos  seres humanos  hasta lograr construir literariamente ese magistral fresco de costumbres marcadas  todas por el fetiche del dinero, por el complejo social de raza u origen, por la codicia. Otra cosa es el mentiroso moral, aquel que para engañar  se basa en la buena fe y en la credibilidad  de las gentes, aquel que suele hacer  ostentación pública  de virtudes de las cuales carece y es capaz de desdoblarse  en múltiples  personalidades  tal como lo hace el hombre camaleón que magistralmente describe Woody  Allen en su magnífico film, “Zelig”. No es en el teatro, como uno podría pensar,  donde se da con mayor profusión esta profesión sino como lo comprobamos  cada día es en la política donde con más peligrosa  frecuencia y mayor  habilidad por parte de sus protagonistas se produce el camaleón que, naturalmente cambia según las circunstancias de color, de tono de voz, de modo de vestir  al enfrentar el protocolo social. “Me extraña, dice José Antonio Marina, que no se haya dado tanta importancia en antropología a la detección del mentiroso. El mentiroso quiere siempre sacar ventaja.  Es un timador. Desde el punto de vista individual, la búsqueda de la verdad es una necesidad, incluso vital, del ser humano”  ¿Cómo detectar entonces  a los profesionales de la mentira en un país de mentirosos? Y agrega Marina. “Un caso  especial de mentira es la de hacer promesas que no se van a cumplir” y Dennet  citado por Marina. “La capacidad de detectar trampas, de recordar las promesas rotas y de castigar al tramposo, hubo de ser inculcado en el cerebro de nuestro ancestro en una sociedad”  Por eso cuando una sociedad no solo cae en manos de gorrones y mentirosos, de injustos sino que se convierte en una sociedad que por pura dejadez moral los tolera, los reelige políticamente estamos refiriéndonos a una sociedad cuyo diagnóstico  no puede erróneamente  hacerse  desde la desgastada fraseología política sino desde la patología porque es una enfermedad contagiosa que termina precisamente por arruinar  los valores sobre los cuales se fundamenta  la convivencia, el mutuo respeto que justifica la diversidad. “Y es absolutamente seguro que  una sociedad que no favorece la detección de gorrones, mentirosos e injustos, o que los tolera- a veces con alharacas- o que acepta o incluso aplaude la infidelidad, es muy estúpida”.
O sea que hay sociedades frustradas, sociedades fracasadas y sociedades estúpidas tal como lo ha analizado lúcida y certeramente Ortega y Gasset. “Hay sistemas políticos, señala Marina, poco inteligentes en ambos sentidos. Empobrecen  la inteligencia de sus miembros, limitan sus posibilidades, deprimen sus ocurrencias y las creaciones colectivas son igualmente miserables.” El  radicalismo  de ciertos grupos  de profesionales,  intelectuales, políticos – ciertas oenegés  dan plata pero no inteligencia crítica-  es de este modo una práctica política sin sentido  y que como lo comprobamos  hoy  ha estupidizado a quienes  la practican  ya que en su retórica  lo que se disimula  es  la misma miseria moral de  aquellos a quienes señalan como  los representantes de la hipocresía  oficial. “El corrupto tiene que defender  el mismo orden legal y moral que transgrede, porque  es precisamente  de este orden del que recibe sus beneficios extra”   

domingo, 28 de octubre de 2018

Horacio Marino Rodríguez en el Claustro de Comfama




.. ..


Horacio Marino Rodríguez en el Claustro de Comfama

Víctor Bustamante

En plena noche con el cierzo de octubre, y las lluvias de octubre, un suceso, porque lo es, es más, inusitado, por la sorpresa de ese detalle ya que en lo alto, en uno de los balcones que él mismo diseñó, HMR, detrás de la balaustrada y el tono verde de la luz, de la iluminación que golpea la fachada, si allí en lo alto el tenor Andrés Gómez comienza un concierto, pero no es un concierto cualquiera, es decir, lo que va a suceder, lo tomo como una serenata no solo a la ciudad desde la plazuela de San Ignacio sino a cantarle, al propio Horacio Marino en una ceremonia inusitada, sí, esa de otorgarle ese detalle para saber que él está ahí presente, lejos de esa indolencia de casi haber ocultado su obra en la ciudad que tantas veces desaloja, y no valora a quienes la han construido: sus arquitectos, porque en esta exposición, iba a decir itinerante pero no, ¡qué no!, sino presencial que encarna este evento en cada uno de sus pasos entrega a Horacio Marino Rodríguez en su dimensión, con una inseparable fraternidad, debido a la perseverancia de su talento, y por esa razón estamos aquí cámara en mano, satisfacción en mano en este homenaje, en esta retribución , en esta reivindicación para darle el papel que se merece ahí en medio de ese edificio del claustro que él mismo diseñó en parte y, no solo eso, sino también junto al Paraninfo que el reedificó, sabiendo que en el costado occidental de la Plazuela de San Ignacio él mismo, tuvo su oficina. Noche del 24 de octubre al fervor de un concierto que tiene los visos de ser algo más íntimo: una serenata, al saber que aquí los organizadores y los asistentes le rendimos un homenaje a ese gran artista.



Sí, aquí en la plazuela, HMR estuvo en el diseño para el cambio de lo que era el colegio franciscano hasta convertirlo en el actual Paraninfo de la Universidad de Antioquia, luego estuvo también presente en el diseño del Colegio de San Ignacio, hoy el Claustro de Comfama. En esta tarde la plazuela se nota desbordada de sus habitúes que la caminan; unos van de afán, otros entran al claustro para lo de las consultas de salud y de vivienda; otros, en la iglesia asisten a un acto religioso calmados y serenos. El paraninfo con su fachada iluminada se inscribe en el conjunto arquitectónico eso sí cerrado en su conventualidad.

Antes, en las fotos, se ve esa zona, esta plazuela, en completa serenidad, ya que era básicamente un lugar dedicado a la actividad estudiantil. Dos órdenes religiosas la regentaban: los sacerdotes de la orden de San Francisco, serenos y amantes de la naturaleza, y los de San Ignacio, guerreros y de duro carácter, eso sí muy estudiosos, como son los jesuitas desde su origen. Muchos años más tarde estas sedes educativas abandonaron el centro de la ciudad en una diáspora despaciosa y despiadada. Solo quedó como vestigio el nombre inicial de San Francisco como se conocía la plazuela luego arrebata por los ignacianos.

Esta exposición “El modernismo arquitectónico y la transformación de una ciudad”, es el complemento directo de la que permanece aún abierta en la Estación Central de Medellín, del ferrocarril aclaro. Si allá se exhiben las fotos con las obras aun intactas y las demolidas de HMR, pero allá hizo falta un guía que nos atrajera más, que explicara los detalles, la diversa valoración de las obras debidas al arquitecto. En cambio aquí, en el Claustro de Comfama hay un plus, Luis Fernando González explica y se explaya, como debe ser en un tipo de eventos de esta magnitud, el contexto, los detalles que es la razón para hacer aún más valiosa esta muestra. Si en la Estación Central está la indolencia de las obras demolidas y la perdurabilidad de las obras en servicio de HMR, aquí está el camino hacia la cristalización de su arquitectura, en sus cinco momentos, que definen las obras de un gran arquitecto que tuvo que ver, y mucho, en la conformación del paisaje urbano. Aquí ya hay un Horacio Marino más personal, donde se respira su presencia en una de sus creaciones. Aquí, además, en la plazuela, que es un documento mismo con sus edificios perdurables, reparamos en la fachada del claustro con la idealización  de su proyecto, pero así mismo en poder mirarla y admirarla, palparla. 



Aquí ya HMR reaparece con la expectación de  saber que comienza a madurar sus proyectos de arquitectura, ya se aleja de la fotografía y le da a la ciudad su talento de diseño y constructor. Ya en este paso, nunca una pausa sino en la quinta exposición, nos alejamos momentáneamente de las fotografías de sus edificios, y ya entraremos a una de sus obras, el claustro con su primera parte donde el estilo de HMR es evidente y que contrasta con el otro patio donde Goovaerts, le da su sello, ya que este edifico realizado en parte, en su fachada y primer patio, HMR Rodríguez lo siguió en su acabado Goovaerts. ¿Qué hay detrás de ese cambio radical, el espiritismo de Horacio Marino y la afectación debida al clero dogmático que contrastaba con el fervor religioso de Goovaerts, impidió que él siguiera en la construcción?

Entramos al Claustro, Luis Fernando en el primer patio, en un salón amplio, explica la presencia de HMR en el inicio de esta obra, habla de sus bondades como creador, de la limpieza de su estilo, de la búsqueda de un lenguaje. Luego seguimos ya al patio donde comienza el diseño de Goovaerts y explica los cambios de estilo, y como cada uno de ellos en su diversidad, son valiosos. Más tarde nos dirigimos hacia un lugar nunca visitado en la parte posterior, a una suerte de espacio oculto, pero íntimo, el torreón, donde la exposición continúa con diversos proyectos de HMR. Uno para el pedestal al Monumento de el Salvador, y también descubrimos el realizado para el Cerro Nutibara y los otros fuera de la ciudad impresos en un álbum de fotos donde sus propios familiares Mariluz y Mónica se emocionan al percibir el talante y el talento de HMR. Eso sí, ha sido traído el busto del arquitecto que acompaña con donosura en este tour por la ciudad, pero no es un tour cualquiera, es la reivindicación de su nombre.




Luego ya en el Deck, lugar central de la exposición podemos leer  los textos y observar las fotos y los libros del arquitecto así como la explicación clara, brillante y bondadosa de Luis Fernando donde da prueba de la categoría de la obra y, sobre todo, de los cinco momentos creativos como él ha denominado a la sensibilidad del arquitecto que en este momento de la exposición es cuando completamos la plenitud de su presencia.

Cierto, en cada una de las exposiciones emerge de la oscuridad de los años y del polvo del olvido no solo la imagen de un gran medellinense, como fue Horacio Marino Rodríguez, sino la huella que ha dejado a través de los años, y que nuestros pasos lo buscan en ese amplio trasiego que son las calles, los edificios, las fotografías, los diarios, sus escritos, las revistas, las lápidas donde Horacio Marino ha dejado su señal, la magnitud de su presencia, así como en la memorabilia que guardan con cuidado sus familiares.







 Fotografías de Luisa Vergara





sábado, 27 de octubre de 2018

Horacio Marino Rodríguez en el Cementerio Museo de San Pedro


..


Cementerio Museo San Pedro ‎Cincel y mármol 

La Familia Rodríguez M y el oficio de lo fúnebre

En el marco de la exposición: Piedra papel y tijera. Horacio Marino Rodríguez Márquez (1866-1931), el Cementerio exhibe: Cincel y mármol, los Rodríguez y el oficio de lo fúnebre, una serie de piezas funerarias e imágenes fotográficas que muestran la vinculación de la familia Rodríguez Márquez con las actividades y los oficios fúnebres en Antioquia.

La exposición está dividida en cuatro temas: las prácticas funerarias en el Cementerio San Pedro; cementerios en la producción arquitectónica de Horacio Marino Rodríguez; la creación de la agencia mortuoria o de pompas fúnebres de Melitón Rodríguez Roldán y la arquitectura para el recuerdo: los mausoleos de la familia Rodríguez.

Piedra papel y tijera, es un programa expositivo de ciudad liderado por la Universidad EAFIT. Se pueden apreciar también esta exposición en la Biblioteca Pública Piloto, en la Fundación Ferrocarril de Antioquia (Estación Medellín), en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, en el Claustro Comfama, en el Museo de Antioquia y en la Universidad EAFIT.

Inauguración: 28 de octubre - 2:00 a 5:00 p.m.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Horacio Marino Rodríguez en el Museo de Antioquia / Víctor Bustamante




-------

Horacio Marino Rodríguez en el Museo de Antioquia


Víctor Bustamante

En esta quinta jornada poco a poco establecemos el perfil de Horacio Marino Rodríguez, soy, somos los transeúntes que lo buscamos en la ciudad, ahora en el Museo de Antioquia, lugar donde se guarda con celo y se conserva  una gran colección de la plástica del territorio, de nosotros, y ese nosotros no es algo especulativo, aquí reposa lo que los pintores e ilustradores modelaron para esa posteridad que se construye con tantas visiones y colores plasmados en las telas, en los lienzos en los cuadros, en los papales en los cuadernos con los lápices y las tintas si se quiere a través de los años que huyen y dejan cada una de esas obras valiosas que emergen como ahora en esta exposición donde el monograma de HMR sale de su olvido, brilla como su autor, que fue la misma confusión creada por ese mismo olvido, que fue el descuido y la poca valoración en su momento y que un largo proceso de años casi lo arrincona en las bodegas y galpones solitarios y extenuados de ese mismo olvido, cenizas de la  ciudad. Ahora en su ascesis creativa la faceta de ilustrador  pintor de HMR emerge y se separa de su obra anterior, la elaboración de lápidas, no para dejarla de lado sino como complemento, como uno de sus estados y pasos necesarios en su proceso de formación de los caminos que él siguió, aun dubitativo, entre si quería ser pintor o fotógrafo. Ese largo camino que el autodidacta puede retomar o dejar de lado, donde solo él sabe su objetivo, donde solo el regresa o retoma su quehacer como algo que lo motiva, la pasión y una búsqueda del cocimiento por sí mismo. El autodidacta es un pensador libre, el autodidacta está lejos de la academia y establece sus búsquedas, esa palabra.

Una de sus cercanías era la presencia de Francisco Antonio Cano quien convivió con ellos en familia. Cano retrataba rostros de muertos con la descripción oral de sus familiares, HMR era tallador de lápidas: ambos en oficios que veneraban la muerte, está aún era de carácter sagrado. Cano ya establecía sus dotes como pintor y fue su socio en la fotografía. No es especulativo que él influenció a Horacio Marino, y a este le faltó, escribir sobre el tema, así como lo haría después con la fotografía y la pintura. Ambos dejarían la fotografía, ambos destellarían en su oficio: Cano como pintor, HMR como arquitecto. Pero estos eran los pasos necesarios, estos eran los pasos para cristalizar una actividad, en ello fueron brillantes.





Hay una fotografía de Rodríguez hermanos, en 1897 que resume a un grupo de soñadores, de intelectuales: De pie Luis de Greiff, escritor y padre del poeta León,  luego, también de pie Horacio Marino y sentados a la derecha el fotógrafo Rafael Mesa y dando la espalda y sentado el pintor Francisco Antonio Cano. Estas personas, estos artistas, están presentes en la creación de una revista El Repertorio. Y en 1896 propugnan por ser creadores. Detrás hay un lienzo con una columna que luego se verá en otras fotos, pero lo que se destaca es el gesto de ellos, Luis sonríe y mira a la cámara, Horacio Marino serio también está fijo en el lente, lo cual le da vida al instante porque quien mire la fotografía se encuentra con la mirada de ellos. Rafael Mesa mira al escaso horizonte del estudio de Palacé donde fue tomada la foto y Cano parece mirarlo a él. Todos lucen sus bigotes, los de pie también sus chiveras; todos muy elegantes con sus sacos y su ropa de paño, en un momento cuando el ser intelectual es una suerte de persona que, apartada de los demás, busca un oficio poco rentable, ser escritor, poeta o pintor. En esta fotografía se resume ese ser que soñó con la sensibilidad sin dejar su utopía, y que aquí en la exposición se respira. Cada uno de ellos en su sabiduría, en su creatividad nos ha enviado un mensaje, sí, el mensaje de los sueños, de las utopías, en cada uno de ellos me encuentro, soy heredero y depositario de su legado. Francisco Antonio Cano le realizaría en 1920 un retrato a Horacio Marino, en él lo vemos serio, muy adusto y elegante de saco, chaleco y corbata. Era una lejana retribución a un ensayo que había escrito Horacio Marino sobre él en 1896, para ese momento Horacio Marino había cristalizado su actividad creadora y  le había aportado a la ciudad la construcción de edificios de mucha relevancia; era ya uno de sus pioneros, pero como paradoja del destino, en este lugar el Museo de Antioquia, antes Palacio Municipal y uno de los edificios de más prestigio e importancia para la arquitectura nacional, no lo conocería a pesar de haber sido edificado por su firma. Él, Horacio Marino, ya había muerto.


Horacio Marino Rodríguez de Francisco Antonio Cano, 1920
Hay otra fotografía de este evento: Recuerdo de la exposición de 1893, que se llevó a cabo el 20 de julio en la casa de Patricio Pardo, en el Parque de Bolívar, cerca a la casa de Pastor Restrepo. El gobierno del departamento había promovido la Primera Exposición Artística e industrial, y una fotografía, por supuesto, de los Rodríguez, deja esa huella imperecedera, aun intacta,  como un documento, sí, es un documento ya que en 1892 también se había realizado otra exposición. En esta, Cano ganó con un retrato de Mariano Montoya, también presentó la escultura Dulce martirio, y obtuvo otros reconocimientos. No olvidemos que se preparaba la Exposición Universal en Chicago para el mes de octubre de este mismo año, donde Edison presentaría su Kinematoscopio.

Hay dos dibujos de HMR que me llaman la atención: Bolívar en agonía y otro, Crucifixión, S. XX, en blanco y negro, al carboncillo. Entre estos dos personajes, Bolívar y Cristo, residen las creencias que HMR vive para ese momento, y que perduran en el país durante casi un siglo Bolívar y Cristo los dos padres de la mentalidad colombiana decimonónica que se cuela hasta el 1960, cuando los héroes comenzaron ser desalojados de la imaginería popular. Bolívar representa el héroe máximo del glorioso Libertador que cabalga cubierto de gloria en su caballo palomo, pero en este cuadro Horacio Marino lo muestra enfermo, derrotado, sin los gonfalones, ni el uniforme de gala que tanto lució en tantas pinturas legadas por su pintor, aquel que  creo su iconografía, José María Espinosa, pero HMR parece que ese espíritu de derrota lo embargó y por esa razón lo ha pintado así. Otorga el Bolívar pensativo, hundido en las alas de su derrotada y, así mismo, hundido en el cuello de su chaqueta, sin la elegancia, sin la fijeza de sus años de laurel.

Su otro dibujo, de HMR, es Crucifixión, S. XX, donde la escena bíblica representa a Cristo en la cruz rodeado de los ladrones, mientras María lo mira, y la estupefacción de la historia se hace presente cuando sus acompañantes lo miran antes de irse mientras otros ya viajan a otros destinos. Todo macerado con un cielo negro donde la tormenta de la iniquidad y del poder se hace presente. Es tal el nivel de elaboración de ese paisaje que de inmediato uno advierte en la creatividad de HMR, y en su trunco camino por el arte de la pintura. Este dibujo es una copia de Cristo en la cruz del húngaro Mihály Munkácsy, que también estimuló a Cano en Jesús ante platos que también es una reproducción del cuadro homónimo del húngaro y que preside la Exposición de pintura de 1893.

Acompañan la exposición algunas publicaciones con grabados de HMR, además unas primorosas acuarelas y esculturas de Nel Rodríguez, unos dibujos de Cipriano Rodríguez, pinturas de  Francisco Antonio Cano, por supuesto, y el facsímil de El Montañez y El Repertorio donde Horacio estuvo presente, como si aquí también celebraran este evento sus amigos y familiares en esa permanencia que trasmiten estas obras de arte de sus familiares, de sus amigos, que lo acompañan en esta reinvidación, su presencia, la de HMR.



Acuarelas de Nel Rodríguez


domingo, 21 de octubre de 2018

Horacio Marino Rodríguez en la Biblioteca Pública Piloto / Víctor Bustamante


.. .. ..


Horacio Marino Rodríguez en la Biblioteca Pública Piloto

Víctor Bustamante

Ahora el camino, nunca de las sendas perdidas del bosque, o de los senderos que se bifurcan, sino más real, los pasos en esta calle que conducen a otro lugar, nunca la niebla sino a la Biblioteca Pública Piloto, como una posta, donde hemos seguido los pasos de Horacio Marino Rodríguez, en su ser creativo. En esta noche lluviosa y del 17 de octubre, hemos entrado al corazón del fotógrafo, a la fotografía, digo, a su cuarto oscuro restaurado, donde me llama la atención la pequeña balanza para mezclar los químicos precisos y preciosos para revelar el negativo, junto a los frascos para  guardar los elementos químicos, y el mortero con su mazo, ambos de porcelana, para triturarlos  y poder mezclarlos, lejos ya de su actividad inicial en la cocina, y luego convertirse en un elemento indispensable en la botica, para luego ser utilizado en la fotografía. Ahí se disponía él a ejecutar, ya en la práctica, la teoría de los libros con sus indicaciones llenas de preguntas y dudas. Aquí en esta pequeña vitrina reparo en los elementos con que Horacio Marino debía preparar bien los químicos para revelar sus negativos y el fijador para que ya en el papel la imagen quedara dispuesta como él había concebido en su imaginación, eso sí con los personajes muy serios, muy circunspectos al frente de la cámara, para este evento, porque lo era, y ya listo, para cuando él mueva el obturador.

Luisa Vergara

Veo las libretas con la lista de los fotografiados donde ahí, en sus páginas, residen y se disponen nombres de personas, sus clientes, y cada día de esa historia que se escribirá con fotos, que son las imágenes de los habitantes de la ciudad donde la moda, costumbres e importancia se sacaran a la luz cada que se busque un negativo o en un magno evento como este.

Lo secreto, la manera como él poseía su estética al fotografiar, los químicos en su laboratorio, en su cuarto oscuro, y lo público, la fotografía terminada se combinan. Uno es el paso indispensable para que sucedan los otros. Cierto, aquí en la parte central de la exposición una réplica ilusoria del cuarto oscuro, bañado con luz roja, donde Horacio Marino se movía a medio paso entre lo privado, su experiencia con el baño desarrollador, fijado e impresión, y en lo público, la foto ya terminada para entregarse en su momento al cliente, pero también sin sospechar que esas fotografías viajarían hacia el futuro como un mensaje que él había enviado para que notaran que en la ciudad algunas personas, algunos artistas, entregaban su momento nunca de solaz sino creativo, y, por supuesto, en ese viaje en el tiempo, en esa cámara oscura que es el tiempo mismo convertido en materia maleable, en un túnel donde viajarían en la quietud de un archivo esas mismas fotos y esos mismos objetos, los miramos, reparamos en ellos como ahora, y una sonrisa regresa por la donosura, por el cuidado, por la certeza de saber que allá muy lejos, pero nunca perdido en el tiempo Horacio Marino es recuperado en estas exposiciones, que son, mejor que todo visiones de su trasegar en tantos campos creativos. Si en la elaboración de lápidas aprendió el pulso para marcarlas, y crear su monograma, también ha merodeado en la pintura pero también lo obsede plasmar sus fotografías.


Luisa Vergara

Reparo en la cámara, que no utilizó Horacio Marino pero sí Melitón, que da sentido de la dificultad, es una Camera Century Studio 9A, protegida en una vitrina. El lente aun intacto puro y brillante para dejar pasar la luz y para captar ese fenómeno que extrae la figura de las personas que viajan hacia la cámara, lejos de la creencia y temor de Balzac que presumía como le quitaría el espíritu, su alma. No sé si al fotografiar ellos, los Rodríguez, pensaron alguna vez en la complicidad entre la fotografía y el espiritismo, como la imagen de la persona viaja para ser copiada por la cámara y arrebatarle una imagen, su ser, así como el espiritismo reposa en la posibilidad de capturar las imágenes del espíritu que se evade al éter, a las atmosferas. Es más  hay una fotografía con doble exposición, “El ángel de la esperezan”, donde un leñador, no despierta sino que es tocado en la cabeza por un ángel, puro truco, que a lo mejor Horacio Marino había aprendido de William Mumler, además esa relación entre fotografía y espiritismo esta presente en las investigaciones aun así fraudulentas del sacerdote Staiton Moses que ideo el concepto de ectoplasma, por supuesto que este presumible espíritu solo lo fotografió él.

La cámara es grande y pesada, esta cámara me deja aún más estupefacto por su pesadez, por su fuelle, por el dispositivo para la placa que era irrepetible en el tiempo y en lo que quedara para la fotografía, su pesadez era para darle la estabilidad al lente que tampoco se moviera como no podían moverse las personas, además el fuelle para controlar su nitidez. Siempre me he preguntado con cual cámara o si era esta, que ellos salían a realizar sus fotos afuera, y además, cuantas personas los acompañaban para provechar al máximo la luz del día y lo que quedara de las sombras delatoras sobre el corazón de las fotografías ya reveladas.
También hay una pequeña sala sí, en el centro con el espejo para que las personas, nunca modelos sino en el primer peldaño de lo que sería la moda, pero en este momento, mejor retratos, aun con la incertidumbre de que con el tiempo se convertirían en la realidad que sería entregada y es por el hecho de de haber vencido el tiempo para una mirada en esa huella de ese día preciso. Sí, aquí la persona se miraba al espejo y, luego se sentaba inmóvil unos segundos para quedar fijada para la posteridad de papel en negros y blancos, y, eso sí algo de grises.

En su libro Diez y ocho lecciones de fotografía, aconseja tomar fotos en la mañana por ser la mejor hora del día, y anota sobre la dificultad de realizar fotos en grupo y da sus consejos para que ellas queden bien tomadas, también añade la dificultad de tomar fotos al estilo Rembrandt. Luego en otros capítulos, indica cómo debe realizarse la actividad y mezcla de los químicos en el laboratorio, además del proceso del positivado de los negativos y del retoque donde se pide no abusar de este procedimiento para quitar las arrugas o las canas a las personas, ya que pierden el carácter que las define, pues, de lo contrario saldrían muñecos de porcelana y no seres de carne y hueso, sin identidad. También entrega la fórmula para el uso del relámpago de magnesio para las fotos nocturnas.

En la exposición existe un diálogo entre cuatro personas dedicadas a la fotografía: Esteban Duperly, Blas Navarro, Carlos Ramírez, y  William Arango, desde diversos ángulos con sus trabajos le dan un toque al evento.



 
Luisa Vergara






sábado, 20 de octubre de 2018

El gesto exterminador de un anarquista de Omar Ardila / Víctor Bustamante




.. ..
El gesto exterminador de un anarquista, 
Aforismos de Vargas Vila.

Omar Ardila

Víctor Bustamante

Sobre Vargas Vila hay un velo sucio que ha ocultado su escritura y lo ha mostrado muchas veces solo como un autor de algunas novelas. Una de ellas la más leída. Aura las violetas, que, incluso se ha llevado al cine. También abunda la mala prensa que  ha opacado su obra con la persistencia de esos  chismes, como que sedujo a su madre, como que era masón y mantenía su quehacer gay. También  ha existido un silencio elocuente que no ha podido borrar su obra abundante en el campo de la novela, pero a la hora de esa verdad esquiva, lo que ha molestado en Vargas Vila es la perdurabilidad de su crítica, de hecho ha sido el único escritor desterrado en los años 1900.

Y aunque la menospreciada cultura popular, aquella que solo posee como medio de comunicación, el voz a voz, lo ha leído, no era raro ver en los ventorrillos de libro en las calles y en las librerías de segunda sus novelas, que eran leídas en ediciones de segunda hasta que mucho después, en 1973, fueron publicadas sus novelas. De ellas me molesta ese continuo adjetivar que les da a su escritura un brillo innecesario, pero y este otro pero es que en algún ensayo Borges estuvo presente en la conferencia que Vargas Vila dio en Buenos aires en 1924. O sea, queda una idea  sobre Vargas Vila que era un escritor de peso, un escritor que era muy leído, en el ámbito hispanoamericano, aunque el vasto y sucio silencio intentó callar su obra, sobre todo en Colombia donde muchos escritores nunca dicen lo que piensan en sus textos sino en baja voz. Algo no le perdonaban a Vargas Vila sus diatribas contra Núñez y la Regeneración y su sometimiento al clero, así como pone en su sitio e esos “prohombres” que saquean el país, solo interesados en el poder como su paraíso buscado. En los países donde debió huir fundó periódicos o revistas, en Venezuela, La Federación, Eco Andino y Los Refractarios, y fue expulsado ante las quejas desvergonzadas del gobierno colombiano. En Estados Unidos funda la revista Hispano América, luego de ser echado de del diario neoyorquino El Progreso ante su cara contra la tiranía de los presidentes gramáticos, que marcan y aun define el carácter del sr colombiano. Las babas para acceder al poder.

Por esa razón al leer el libro de Omar Ardila, El gesto exterminador de un anarquista, Aforismos de Vargas Vila, (La valija de fuego, Editorial, 2018), él ha indagado en algo que nunca sabía, y son sus aforismos, al leerlos, caemos en cuenta de sus acerados conceptos, donde la política, los mitos, la academia, la gramática, la religión, el amor, las leyes, son vapuleados con un sentido de desmesura y propiedad, bajo el influjo de un yo poderoso que no se esconde, sino que habla con toda su furia desde adentro, que me digo, por qué motivo no había leído este Vargas Vila de los aforismos, ese escritor, ese pensador, que es único en ese momento en el país, en ese país bogotano que aun cantaba los bambucos y pasillos de Julio Flórez, ese país que mantenía una tradición del amor como algo cercano a la muerte creado por Isaacs, visible en Tránsito en Salve Regina y que fue cristalizado en la María del mismo Isaacs y que pasa por Aura o las violetas, como el amor con el deseo que subyace con la remembranza a un ser muerto. Ese país que solo se recrea y traza como legado su memorabilia de escritores que nada dicen, que, extasiados transcienden el tiempo sin saber la razón por la cual muestran un país desde un solo lado, donde se olvida la virulencia y honestidad, la osadía y la necesidad de que un escritor diga algo.

Pero Vargas Vila mientras escribía ficciones de este tipo, también trazaba lo más contundente de su obra, sus aforismos, criticando no solo el ser colombiano, los esbirros con una manera de permear con sus discursos, cualquier estado de cosas sino que todo lo dejan como una insaciable tabula rasa  , y que nos reclamaba y nos recuerda como desde hace muchos años que alguien en el país fue capaz, con su osadía y acerados conceptos, oponerse al curato, y a los políticos, graciosos gramáticos,  y al partido conservador que duró en el poder tantos años.

Por las páginas de este libro obtenemos ese Vargas Vila, confrontador, disparando desde su panóptico con sus aforismos, contrariado por algunos de sus exegetas como, Federica Montseny, Ignacio Cornejo, Pompeyo Gener, que algunos van valorado su obra, otros recobran solo parte de ella, otros lo desquician, otros no le han perdonado, que haya tenidos cargos diplomáticos de Ecuador y Nicaragua, pero también que los obreros de Barcelona lo hayan leído como uno de los arúspices del movimiento anarquista donde Vargas Vila es una de sus voces poderosas.

Omar Ardila ha escogido de varios de los libros del mordaz Varas Villa, los aforismos que más le han dado lustre al escritor, y que nos hacen pensar como esa tradición de escritores que se debieron ir del país, así como esa presencia y tradición del anarquismo un perdura como esa otra escritura de ideas que combatió a quienes se escondieron detrás de las sotanas, de la gramática y de los cargos públicos a dirigir un país que no merecerían.

Con esta investigación, presentación y  ensayo crítico, Omar Ardila devuelve un Vargas Vila fresco, potente, acerado, cínico, punzante, mordaz, con su escritura  tan personal como debe de ser un escritor en su completa soledad alejado de la fisura que le otorgan los medios y que domestican las alabanzas.


Marco Osa, Queequeg editorial, con tatuajes en su brazos, también ha tatuado este libro a su manera, le ha dado su carácter, es decir su sello, su personalidad. Sus páginas rebosan del cuidado, del detalle, de la disposición de las fotografías que le dan una nueva aura a la afilada pluma de Vargas Vila.