sábado, 1 de agosto de 2026

SISIFO Y NARCISO COMO METÁFORA DEL SUJETO CONTEMPORÁNEO / Fredy Fernández Márquez.

 

Fredy Fernández Márquez



SÍSIFO Y NARCISO COMO METÁFORA DEL SUJETO CONTEMPORÁNEO

 

 

                                     Fredy Fernández Márquez[1].

 

El ser humano contemporáneo se despierta cada día para reincidir en su propio crepúsculo. Allí se enfrenta consigo mismo y vuelve a emprender la interminable tarea de construir una lógica capaz de sostener la fragilidad de su existencia. Como un Sísifo contemporáneo, asciende con las piedras que pesan sobre sus manos para caer, una vez más, en el tártaro, en la insondable profundidad del báratro que él mismo ha cavado. La salvación le permanece ajena, no porque le haya sido negada, sino porque desprecia las preterías de la otredad. Al clausurar el acceso al otro, queda encerrado en el círculo de su propia insuficiencia, condenado a repetir el ascenso y la caída de una existencia que confunde la persistencia con el sentido. Mientras Sísifo asciende la pendiente con todas sus fuerzas, su cuerpo, cubierto de sudor y con el olor a petricor impregnado en la piel, se aproxima a la cima donde la roca debería encontrar reposo. Sus manos tiemblan por el agotamiento cuando el viento de la cumbre roza su rostro; sin embargo, en el instante decisivo, el pedrusco vuelve a precipitarse hacia el valle. Ese esfuerzo incesante, que aparenta conducir a una superación permanente, termina por convertirse en una ilusión de triunfo. Es precisamente allí donde Sísifo deja de ser únicamente el héroe del absurdo para transformarse en Narciso: «el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso» (1994. p. 162).

     Se niega a escucharse y a escuchar; por ello, tampoco consigue liberarse de sí mismo. Se condena a repetir el círculo de su propia insuficiencia y contempla en los demás no a un interlocutor, sino a un potencial opresor que amenaza con limitar su existencia. Incapaz de reconocer en la alteridad una posibilidad de realización, convierte al otro en la medida de sus temores y frustraciones. Como el prisionero de la caverna platónica que permanece cautivo de las sombras, se repliega sobre sí mismo hasta contemplar únicamente su propia imagen. Incapaz de abrirse a la alteridad, convierte el yo en el único horizonte posible de existencia. En esa clausura interior nace el Sísifo-Narciso: una figura que reúne la obstinación del primero y la fascinación egocéntrica del segundo. Cree que todo puede alcanzarlo mediante la fuerza de su voluntad y el culto a su propia imagen; sin embargo, cada jornada reproduce el mismo itinerario: ascender para volver a caer, esforzarse para regresar al punto de partida y descubrir que la aparente plenitud no es más que el reflejo de una existencia vaciada de sentido.

     Sin advertirlo, ignora que la contemporaneidad no constituye un simple momento cronológico, sino un acontecimiento histórico, sociocultural y político atravesado por profundas transformaciones. En ella convergen procesos y tensiones que han erosionado la aparente solidez de los paradigmas sobre los cuales se edificaron la cultura de la sociedad moderna. Como consecuencia, no solo se han fragilizado las relaciones del ser humano consigo mismo y con los otros, sino también las formas tradicionales de autoridad, legitimidad y poder. Es precisamente esta condición de inestabilidad la que exige ser pensada para comprender las dinámicas culturales del Sísifo contemporáneo: un sujeto que, mientras insiste en ascender con el peso de su propia piedra, desconoce que la verdadera condena no reside en el esfuerzo, sino en la incapacidad de transformar ese esfuerzo en una experiencia de reconocimiento, libertad y apertura hacia la alteridad.  

     Cada amanecer repiquetea con fuerza el reloj para recordar que, una vez más, habrá que regresar a la repetición cotidiana del quehacer: asumir el absurdo de la existencia. Ese pedrusco incómodo, pesado e imaginario termina convirtiéndose en una realidad ineludible, hasta hacer sentir que el esfuerzo diario carece de sentido. Sin embargo, cada despertar constituye un desafío que no se elude; se vive en medio de la incertidumbre, donde la única certeza es la persistencia del camino. No hay retorno posible ni resignación definitiva frente a la roca de Sísifo. Ascender para descender, y volver a ascender una y otra vez: en ese incesante movimiento se consume la vida, pero también se revela la obstinación del ser humano por continuar, aun cuando el horizonte parezca desprovisto de toda promesa. ¿Por qué se lucha entonces, si la vida es una carga pletórica de dudas?

     La comunidad nace y se sostiene en la palabra compartida. Es un círculo que, para unos, permanece abierto al encuentro, mientras que, para otros, se cierra bajo el peso del individualismo. En ella, el diálogo y la escucha constituyen expresiones esenciales del respeto por la palabra, permiten confrontar ideas, fundamentar conceptos y defender, con argumentos, los paradigmas que orientan el pensamiento. Escuchar no significa únicamente oír; implica reconocer la legitimidad del otro como interlocutor y concederle un lugar desde el cual su voz pueda ser comprendida e interpretada.

     Esta disposición parece haberse extraviado en el Sísifo-Narciso contemporáneo. Su atención ha sido progresivamente absorbida por la mediación permanente de los dispositivos tecnológicos —teléfonos inteligentes, relojes inteligentes, auriculares y múltiples pantallas— que, lejos de ser simples herramientas, terminan ocupando el espacio destinado al encuentro humano. La interlocución se debilita, la conversación cede ante la inmediatez de las notificaciones y el silencio reflexivo es sustituido por el incesante flujo de información. En ese escenario, el sujeto comienza a distanciarse de los otros y, paradójicamente, también de sí mismo. La escucha se desvanece, la presencia pierde densidad y la realidad queda eclipsada por representaciones fragmentarias e instantáneas. Incapaz de escucharse a sí mismo, difícilmente podrá escuchar a los demás. Así, la existencia se empobrece en medio de una conectividad que multiplica los contactos, pero reduce la posibilidad del auténtico encuentro. Los Sísifos actuales, no están condenados a las tecnologías en sí mismas, sino que se absorbe por ella y abandona la posibilidad de escuchar y de dialogar, dejando de lado en pleno abandono el cuidado de sí para con los otros.

     Este individuo ha conquistado las grandes distancias mediante los avances de la alta tecnología y los dispositivos que habitan su intimidad cotidiana. Paradójicamente, mientras el mundo parece comprimirse y los lugares más remotos se vuelven próximos, el otro permanece cada vez más distante. La capacidad de prestar oídos se desvanece, porque se ha perdido el interés por acoger la palabra ajena. En la lógica del sujeto contemporáneo, escuchar deja de ser un acto de reconocimiento para convertirse en una interrupción de su propio monólogo. Por ello:

En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. A cambio de pago, el oyente escuchará a otro atendiendo a lo que dice. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedara nadie más que nos escuche (2022. P. 109).

 

Desde hace mucho tiempo existen profesiones cuya vocación fundamental consiste en escuchar a quienes necesitan ser escuchados; entre ellas se encuentran la psicología, la filosofía, la terapia, la teología y otras disciplinas dedicadas al cuidado y la comprensión de la existencia humana. Sin embargo, la disposición para escuchar parece extinguirse progresivamente. Se trata de una sordera deliberada que ensancha la distancia entre los seres humanos y favorece el desconocimiento del otro como interlocutor legítimo.

     Quienes eligen hacerse los sordos suelen hallarse resguardados por el ego, expresión del resurgimiento de un narcisismo hedonista que caracteriza amplios sectores de la contemporaneidad. En este escenario, la atención se desplaza hacia lo banal, lo insustancial, lo trivial y lo efímero; la exaltación de la individualidad termina por imponerse sobre el reconocimiento del otro, mientras la frivolidad, el culto a la apariencia y la satisfacción inmediata ocupan el lugar que antes correspondía al diálogo, la escucha y el encuentro humano.

     El discurso sordo se despliega sobre una superficie donde la reflexión acerca de las conductas y los comportamientos humanos ha perdido profundidad. En ese escenario se configura una distorsión de la realidad que el propio sujeto termina por asumir como verdadera, mientras el ego se expande hasta convertirse en el criterio desde el cual interpreta el mundo. De este modo, el individuo habita una ficción de verdad en la que el narcisismo opera como una forma de agnosia liminar: una incapacidad para reconocer al otro y para reconocer(se) más allá de los límites impuestos por la propia autocomplacencia.   

     Esta transformación no solo altera la comprensión del ser, sino que también erosiona los fundamentos éticos heredados de la modernidad. El deber deja de constituir un horizonte moral compartido y cede su lugar a la primacía del deseo, del rendimiento y de la satisfacción inmediata. Surge así un sujeto con nuevas formas de habitar el mundo, de relacionarse, de sentir, de interpretar la realidad y de construir su identidad. La metamorfosis de la individuación, el progresivo debilitamiento del humanismo y el ocaso del deber configuran una subjetividad cuya mayor carencia no es la ausencia de información, sino la pérdida de la capacidad de escuchar. Precisamente por ello, resulta imprescindible una nueva comprensión filosófica de la escucha, entendida no solo como una facultad comunicativa, sino como una condición ética y ontológica para el reconocimiento del otro y para la reconstrucción del vínculo humano en la contemporaneidad.

     A quien se escucha se le recibe con hospitalidad. La escucha constituye un acontecimiento de acogida desde la alteridad, reconoce al otro en su singularidad y le permite ser aquello que es: un ser en sí mismo, libre de etiquetas, prejuicios o clasificaciones que limiten su existencia. Escuchar implica, por tanto, dar la bienvenida al otro sin levantar fronteras ni establecer distancias que obstaculicen el encuentro.

     La alteridad exige una disposición auténtica hacia quien toma la palabra. Supone interesarse por su experiencia, comprender el sentido de su intervención y reconocer la legitimidad de su voz. En este sentido, la escucha trasciende el ámbito de la comunicación para convertirse en una acción ética y axiológica que hace posible la confianza, fortalece el vínculo interpersonal y propicia un diálogo genuino. Quien se siente escuchado encuentra un espacio de serenidad desde el cual puede expresar sus ideas, emociones y convicciones con libertad y determinación.

     A medida que la conversación avanza, el simple acto de escuchar despliega una profunda potencia humanizadora: «El oyente es una caja de resonancia en la que el otro se libera hablando. Así, escuchar puede tener efectos salutíferos» (Han). La escucha no solo acoge la palabra del otro, sino que también la dignifica, la hace fecunda y contribuye a restaurar una dimensión esencial de la existencia humana: la posibilidad de reconocerse y ser reconocido a través del diálogo. Su finalidad es la audición generosa, hospitalaria, no es la atención de la escucha metódica, ordenada, razonada, no es enterarse, por el contrario, es la escucha acogedora. En términos kantianos: un fin en sí mismoquien se expresa desde sus propias palabras, posee una valoración inherente, connatural y categórica. Por elemental que sea, no se debe recurrir a utilizarlo como medio o instrumentalización para lograr alcanzar un interés particular. La utilidad del otro no es aceptable a través del diálogo: «el oyente hospitalario se vacía haciéndose una caja de resonancia para el otro que lo redime devolviéndolo a él mismo. La escucha puede bastarse a sí misma para sanar» (2022. P. 111). Departir es una práctica milenaria que restablece el alma.  

     Para que exista una conversación auténtica, es necesario reconocer en el otro a un ser íntegro, digno de consideración ética y de respeto por su palabra. En términos foucaultianos, ello supone el ejercicio del cuidado de sí, una disposición que cultiva la serenidad, el sosiego y la capacidad de abrirse a la presencia del otro: «la pasividad de la paciencia es la primera máxima de la escucha» (2022. P. 112). Quien escucha con atención no solo recibe un discurso, sino que reconoce la dignidad de quien lo pronuncia. Sin embargo, la contemporaneidad parece haber extraviado esta disposición. La prisa, la inmediatez y la aceleración permanente han convertido la existencia en una incesante moneda de cambio, donde el tiempo se mercantiliza y la calma se desvanece. En un mundo sometido a la lógica de la productividad, la conversación pierde su profundidad y la escucha deja de ser un acto de hospitalidad para transformarse en una espera impaciente del turno para hablar.

     Saber oír, allí donde «el oyente se pone a merced del otro sin reservas. Quedar a merced es otra máxima de la ética de la escucha» (Han), no significa silenciar el alma ni abdicar de la propia conciencia. Implica, por el contrario, una disposición ética mediante la cual quien escucha suspende el afán de juzgar, interpretar o condenar moralmente la existencia del otro. Escuchar no consiste en absolver ni en censurar, sino en acoger la palabra ajena desde una presencia serena que permita al interlocutor habitar su propia verdad sin el peso inmediato del juicio.

     Quien asume el lugar de receptor, desde una postura ética, desplaza conscientemente la centralidad de su propio yo para abrir un espacio de hospitalidad donde el otro pueda desprenderse de los miedos, las incertidumbres y los vacíos que le impiden manifestarse en su autenticidad. En este sentido, el acto de escuchar no invade la conciencia del hablante ni la sustituye; más bien, se sitúa junto a ella, acompañándola con una presencia silenciosa que favorece el despliegue de su palabra. El diálogo auténtico acontece precisamente cuando el oyente suspende la hegemonía de su ego y permite que la voz del otro adquiera legitimidad, densidad y sentido. Solo entonces la escucha deja de ser una recepción pasiva para convertirse en un verdadero acontecimiento ético, en el que la alteridad encuentra un lugar desde el cual revelarse sin temor y sin violencia.

     Quienes antes prestaban sus oídos al otro han sido progresivamente reemplazados por dispositivos que simulan escuchar, pero que, en realidad, capturan datos, emociones y fragmentos de la intimidad humana. Un «me gusta», una selfie, la IA, las consultas virtuales y las múltiples formas de interacción digital constituyen escenarios donde la comunicación se multiplica, mientras la escucha auténtica se desvanece. La paradoja contemporánea consiste en que nunca se ha hablado tanto y, sin embargo, pocas veces el ser humano ha encontrado un interlocutor dispuesto a escuchar sin prisa, sin cálculo y sin juicio. De este modo, las tecnologías no solo median la comunicación, sino que también estrechan los espacios donde puede acontecer el arte de la escucha.

     Permitir que otro escuche la propia palabra supone un acto de profunda vulnerabilidad. Quien habla expone aquello que hiere su existencia, abre las fisuras de su intimidad y se arriesga a ser comprendido o rechazado: «la herida rompe la intimidad casera y narcisista abriéndola. Pasa a ser una puerta abierta para el otro» (2022, p. 113). La herida deja de ser únicamente una experiencia de sufrimiento para convertirse en la posibilidad ética del encuentro. La escucha hospitalaria acoge esa apertura con cordialidad y respeto, evitando que el dolor se perpetúe en el aislamiento o en el silencio. En este sentido, hablar constituye un giro de la mirada sobre sí mismo: aquello que permanecía oculto en el alma encuentra, mediante la palabra compartida, un camino hacia la comprensión, la reconciliación y el cuidado de sí. Quien no se escucha, estará condenado a carga su propia piedra, hará parte del club de Sísifo.

     Sísifo es también ese Narciso (2022) al que la contemporaneidad rinde culto:  una figura que habita en el inconsciente y despierta cada día para alimentar la ilusión de un yo que se contempla, se exhibe y se consume a sí mismo. En esa metamorfosis surge el homo consumens, sujeto que ya no encuentra sentido en la comunidad, sino en la permanente satisfacción de sus deseos y en la incesante construcción de su propia imagen. El antiguo héroe condenado a empujar la roca ha dejado de enfrentarse al peso del destino; ahora carga con el imperativo de mostrarse, de producirse y de consumirse sin descanso. Esta mutación ha debilitado el tejido de las sociedades liberales al exacerbar el individualismo y convertir el reconocimiento del otro en un acontecimiento cada vez más excepcional. El Sísifo-Narciso encarna así la paradoja del sujeto posmoderno: mientras persigue incansablemente su realización personal, termina aislado en el laberinto de su propia identidad. Su existencia gira alrededor de la representación, donde la apariencia sustituye progresivamente a la experiencia y la visibilidad adquiere mayor valor que la autenticidad.

     En este escenario, la figura de Narciso opera como una máscara desde la cual se interpreta la realidad contemporánea. Es el rostro de la sociedad del espectáculo, de la banalización de la existencia, de la ironía convertida en entretenimiento permanente y del exceso de comicidad que, lejos de suscitar reflexión, termina vaciando de significado la experiencia humana. La risa deja de ser una forma de liberación para convertirse en un mecanismo de distracción que impide confrontar el sufrimiento, la soledad y el silencio. Como ideal estético y cultural, Narciso representa la máxima expresión del individualismo posmoderno. Su erotismo ya no remite únicamente al deseo del otro, sino a la fascinación por la propia imagen, convertida en objeto de contemplación, consumo y reconocimiento. De este modo, el sujeto contemporáneo no solo vive para ser visto; termina interpretándose a sí mismo como un espectáculo permanente, mientras la escucha, la hospitalidad y el encuentro con la alteridad se desvanecen bajo el predominio del ego.

     El individuo contemporáneo personifica las dos facetas del mito y de la leyenda griega: Sísifo y Narciso. Como Sísifo, carga el peso de su propio silencio, condenado a una existencia repetitiva que lo aparta de los círculos del diálogo y de la comunidad. Como Narciso, permanece cautivo de sí mismo, incapaz de mirar más allá del reflejo de sus propias pupilas. Esta obstinación lo conduce a una forma de autofagia espiritual: se consume en su propia imagen, se repliega sobre sí mismo y renuncia a la posibilidad de encontrarse auténticamente con el otro, convirtiéndose en su contumacia idílica, estos personajes son una alegría para el presente porque son consumo y un júbilo para el futuro porque ya se sabe para donde va lo humano. El estímulo intelectual pasará al baúl de los desechos.

     Gran parte de las generaciones presentes y de las venideras parecen orientarse hacia una cultura del consumo permanente de dispositivos digitales. En ese contexto, el otium fecundo, entendido en su acepción clásica como el tiempo destinado al cultivo del espíritu, la contemplación y la formación de sí, ha cedido terreno frente a la inmediatez tecnológica. Los libros, el buen cine, las conversaciones entre amigos, los recitales poéticos, la música escuchada con atención y otras experiencias estéticas y humanísticas han sido progresivamente desplazados por las tabletas, los teléfonos inteligentes, las múltiples plataformas audiovisuales y el incesante flujo de contenidos digitales.

     Este giro cultural configura un Homo novus cuya relación con el mundo se encuentra mediada por el consumo continuo de pantallas. La intensidad de esta transformación alcanza incluso los primeros años de vida. No son pocos los padres que, desde edades tan tempranas como los dos años, introducen a sus hijos en el universo digital, convirtiendo los dispositivos electrónicos en instrumentos de distracción o de entretenimiento permanente. En numerosos casos, estas tecnologías dejan de ser recursos complementarios para convertirse en sustitutos de la presencia, el diálogo y el acompañamiento que exige la tarea educativa. Así, las pantallas terminan ocupando un lugar que corresponde, ante todo, a la responsabilidad formativa de la familia.  

     En buena medida, la familia contemporánea ha experimentado un desplazamiento de algunas de sus responsabilidades formativas esenciales. La dedicación al diálogo, al acompañamiento y a la transmisión de referentes éticos y culturales ha cedido espacio, en numerosos contextos, a la mediación creciente de la tecnología y de la lógica del consumo. Como consecuencia de esta transformación han surgido diversas categorías para describir al sujeto de nuestro tiempo: Homo mediaticus, Homo digitalis, Homo consumens, entre otras. Estas denominaciones intentan dar cuenta de una subjetividad modelada por la omnipresencia de las pantallas, el consumo permanente de información y la progresiva sustitución del encuentro humano por la interacción tecnológica. Muchos críticos consideran:

Numerosas almas ilustradas: premios Nobel de literatura, periodistas, profesores de universidad, psiquiatras, doctores en psicología, investigadores de neurociencia, y personal sanitario que trabaja sobre el terreno (médicos, logopedas, psicólogos, etc.). Estas personas, que en su mayoría han estudiado atentamente la literatura disponible, nos explican que la juventud actual es, a todas luces, la generación «más estúpida» (2025. p. 18-19).

La proliferación de estas críticas no responde únicamente a un ejercicio de señalar, constituye, más bien, el intento de comprender una mutación antropológica en la que el ser humano comienza a definirse menos por su capacidad de pensar, dialogar y contemplar, y más por su condición de consumidor, espectador y productor incesante de información. En este horizonte, el otium (tiempo libre o descanso) creador es reemplazado por la hiperconectividad, mientras que el silencio reflexivo cede ante el ruido constante de los estímulos digitales. Conduce a que la persona se configura en un contexto social que favorece este proceso de subjetivación, al propiciar el desarrollo ególatra de la propia representación. El sujeto termina por reconocerse, valorarse y proyectarse a partir de la imagen que construye de sí mismo, antes que desde el encuentro con la alteridad. En este sentido, el individualismo contemporáneo expresa las múltiples formas de una creciente «narcisificación» de la existencia, entendida como un proceso mediante el cual el yo se convierte en el centro de referencia de la experiencia, desplazando progresivamente el vínculo con los otros y con la comunidad.

     La sociedad contemporánea presenta profundas asimetrías con respecto a las sociedades precedentes. Entre sus rasgos más significativos se encuentra la progresiva depreciación de los deberes comunitarios y el debilitamiento de aquellos imperativos categóricos que, durante largo tiempo, orientaron la vida colectiva. En este contexto, la moral fundada en la reciprocidad y en la responsabilidad hacia el otro cede paso a una ética centrada en la autorreferencialidad del individuo. El resultado es una transformación del comportamiento social caracterizada por el debilitamiento de los vínculos comunitarios y por una creciente desestructuración del horizonte ético que tradicionalmente regulaba la convivencia.

     Esta mutación encuentra su expresión en la figura del Sísifo-Narciso contemporáneo, un sujeto que se desvincula progresivamente de las éticas heredadas de la tradición y de la modernidad. No porque estas carezcan de valor, sino porque sus fundamentos parecen insuficientes para responder a las complejas exigencias culturales, tecnológicas y antropológicas del presente. Uno de los signos más evidentes del declive de nuestra época consiste, precisamente, en la dificultad para construir un horizonte ético compartido que otorgue sentido al bien común y restablezca el equilibrio entre la autonomía personal y la responsabilidad frente a los otros. Todo ello ha provocado una profunda transformación histórica de los fines y de las modalidades de la socialización. En la actualidad, esta se desarrolla bajo la égida de dispositivos abiertos, plurales y altamente mediatizados, que privilegian la autonomía individual por encima de los vínculos comunitarios. En consecuencia, el individualismo hedonista y la personalización de la existencia han adquirido una legitimidad social difícilmente cuestionable. En este horizonte cultural, la revolución permanente, el escándalo como forma de visibilidad y la expectativa de un futuro siempre renovado rasgos inseparables del proyecto moderno y de sus prolongaciones posmodernasse consolidan como expresiones dominantes de la sensibilidad contemporánea.

     En este escenario emerge con mayor claridad el Sísifo-Narciso contemporáneo: un sujeto que ya no encuentra resistencia cultural significativa frente a la exaltación del ego. La libertad se interpreta como la posibilidad irrestricta de autorrealización, mientras que el deber, el sacrificio, la memoria y el compromiso con la comunidad se perciben como vestigios de un pasado que la cultura del rendimiento y del consumo se considera superado. Así, la socialización deja de orientarse hacia la construcción del nosotros para concentrarse en la permanente afirmación del individuo.

     El Sísifo-Narciso fractura la construcción comunitaria del sujeto contemporáneo y favorece la configuración de una subjetividad cada vez más flexible, autorreferencial e individualizada. En este proceso, el individuo tiende a relativizar sus responsabilidades sociales para privilegiar la satisfacción inmediata de sus deseos, inclinaciones y pasiones. El culto al yo termina por imponerse sobre el sentido del deber, mientras la búsqueda del bienestar personal adquiere el estatuto de principio orientador de la existencia. En la medida en que la sociedad moderna pierde la severidad normativa que regulaba las costumbres y los comportamientos colectivos, emerge un nuevo horizonte cultural en el que los placeres, los gustos, los deseos y los proyectos individuales alcanzan una legitimidad sin precedentes. Las instituciones, lejos de imponer modelos homogéneos de vida, comienzan a reconfigurarse para responder a las expectativas, aspiraciones y formas de autorrealización de los sujetos. De este modo, el Sísifo contemporáneo no constituye una anomalía de la cultura actual, sino el resultado de un prolongado proceso histórico de individualización que redefine la relación del ser humano consigo mismo, con los otros y con la sociedad.

     Las influencias que reciben gran parte de las generaciones contemporáneas encuentran su principal vehículo en los dispositivos digitales y en los medios audiovisuales que estructuran la vida cotidiana. La información circula con una inmediatez sin precedentes, mientras los flujos culturales reconfiguran de manera constante las formas de pensar, sentir y relacionarse. Paradójicamente, esta aceleración comunicativa no ha producido mayor serenidad ni un fortalecimiento de los vínculos humanos; por el contrario, ha contribuido a extender la inquietud, la decepción y el desasosiego. Las instituciones tradicionales experimentan una pérdida progresiva de legitimidad, al tiempo que la lógica del consumo transforma la escala de valores y reviste al individuo con una sensación de felicidad tan inmediata como efímera.

     En este contexto, buena parte de la industria audiovisual alimenta imaginarios de éxito, reconocimiento y realización personal que ofrecen una vía de evasión frente a las tensiones de la existencia cotidiana. El cine convertido en espectáculo y los programas de telerrealidad, junto con el incesante flujo de contenidos digitales, ocupan con frecuencia el lugar que antes correspondía a la reflexión, al diálogo y al cultivo interior. La narcisificación constituye, así, uno de los rasgos más visibles de esta transformación cultural. Lo audiovisual reorganiza la percepción del presente, mientras el consumo se convierte en el principio que orienta la experiencia social. De esta metamorfosis antropológica emerge la figura del Sísifo-Narciso, símbolo del individuo que oscila entre la permanente exhibición de sí mismo y la incesante búsqueda de satisfacción en una cultura dominada por la inmediatez, el rendimiento y el consumo.

     El Sísifo-Narciso se erige como el símbolo del individualismo contemporáneo, propio de una sociedad de consumo globalizada que, seducida por la promesa de la autorrealización y el bienestar permanente, termina reproduciendo el movimiento circular del héroe condenado a empujar la piedra. La ilusión del progreso oculta en realidad una repetición incesante de prácticas, deseos y aspiraciones que impiden toda transformación profunda del sujeto y de la vida colectiva. Se trata de una sociedad que ha debilitado los fundamentos éticos y comunitarios necesarios para impulsar cambios verdaderamente estructurales. En este contexto, la contemporaneidad ha quedado atrapada en el imperio de lo banal, de lo light y de lo efímero. La cultura de la imagen ha desplazado la profundidad del ser, mientras la apariencia adquiere mayor valor que la existencia misma. El sujeto ya no busca comprenderse ni transformar el mundo que habita; se conforma con proyectar una versión idealizada de sí mismo, convirtiendo su propia imagen en el principal objeto de culto y consumo.

     Germina un giro inesperado: El cambio «ser» al «parecer». En esa línea, el Sísifo-Narciso no solo personifica al sujeto que reitera una y otra vez el sacrificio de Sísifo, sino al individuo que se engaña a través de la mostración con la identidad, la diafanidad con el reconocimiento, la diferencia y el consumo con la integridad. Dicha sentencia contemporánea no es solamente en reiterar, sino en repetir admitiendo que cada reanudación establece una construcción para la actuación individual. Se descuida el concepto foucaultiano de «cuidado de sí» por el instinto de la razón, las figuras del individualismo, la individualidad de la razón, la economía del cuidado y bienestar, conveniencia ultrarrápida, experiencias digitales y entretenimiento, consumo inteligente e IA, sostenibilidad y segunda mano, productos Premium silenciosos. Estas nuevas categorías son la superación del yo en el nosotros, que asociados a los Sísifo-Narcisos contemporáneos, acompañado del consumismo habitual, ocasional de experimentación y compulsivo se han convertido en nuevas formas de vida.

     Estas nuevas lógicas de vida han penetrado profundamente en el ámbito educativo, transformando tanto las dinámicas individuales como las colectivas de los procesos de enseñanza-aprendizaje. La creciente presencia de los dispositivos digitales ha reconfigurado la relación con el conocimiento, desplazando progresivamente la centralidad del docente y privilegiando formas de interacción mediadas por la inmediatez, la hiperconectividad y el consumo permanente de información. No se trata de afirmar que la tecnología sustituirá por completo al maestro, sino de advertir el riesgo de que su función formativa se vea subordinada a una racionalidad técnica que privilegia la eficiencia sobre la reflexión y la formación humana. En este contexto, diversos estudios han señalado un incremento en problemáticas relacionadas con la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes, entre ellas dificultades de atención, trastornos de ansiedad, síntomas depresivos, alteraciones del lenguaje, conductas impulsivas y otras manifestaciones del malestar psicológico. Aunque estos fenómenos poseen un origen multifactorial, no puede desconocerse que el uso indiscriminado de las tecnologías digitales, sumado a una cultura orientada por el consumo y reforzada, en ocasiones, por las propias dinámicas familiares, constituye uno de los factores que contribuyen a profundizar dichas dificultades. Estos dispositivos son las nuevas piedras que cargan los jóvenes en la actualidad convertidos en los Sísifos-Narcisos.

     La preocupación pedagógica, no radica únicamente en el desarrollo tecnológico, sino en el tipo de ser humano que este contribuye a configurar. Si la educación renuncia a su misión de formar sujetos críticos, autónomos y capaces de establecer vínculos auténticos con los otros, las generaciones venideras corren el riesgo de convertirse en individuos cada vez más dependientes de los sistemas tecnológicos que ellas mismas han creado. En esa paradoja reside el drama del Sísifo-Narciso contemporáneo: creyéndose más libre gracias a sus inventos, termina sometido a ellos, repitiendo incesantemente una existencia gobernada por la lógica del consumo, la aceleración y la dependencia tecnológica. Desmurget, sostiene que:

han nacido con un ratón en una mano y un smartphone en la otra [...], son multitarea, saben hacer de todo y pasan con genialidad de una cosa a otra.» Sus «circuitos neuronales están especialmente cableados para las ciberbúsquedas de fuego rápido». Gracias al efecto beneficioso de todo tipo de pantallas, su cerebro «se desarrolla de un modo diferente». «Ya no [tiene] la misma arquitectura», y en estos momentos está siendo «mejorado, aumentado, perfeccionado, amplificado (y liberado) gracias a la tecnología». Estos cambios son tan profundos y esenciales «que ya no hay vuelta atrás posible (2025. P. 17). 

El consumo de dispositivos digitales se ha convertido en una de las nuevas tareas pedagógicas que hacen parte de la vida de las generaciones actuales. Porque es el reemplazo de todas las herramientas académicas. Ha existido una línea del tiempo de la humanidad, primero fue: pre-australopitecinos, australopithecus, Homo habilis, Homo ergaster, Homo erectus, Homo neanderthalensis y el Homo sapiens. Desmurget, advierte la llegada de alguien más y lo llama: Homo digitalisel humano digital (p. 16). De acuerdo a lo anterior, se dejó atrás la era del cerebro (neuronal) y se pasó a una nueva época llamada: era digital, o sea nativos digitales. Quienes la viven y la habitan, poseen otras capacidades diferentes de aquellos que no recurren a estos dispositivos. Sostiene el neuro científico, que les hacen creer que son más veloces en utilizar y buscar toda información que necesitan, educación de primera mano, o ¿la presente generación es diferente? Supuestamente, son más competentes, ágiles lo cual son productivos para el trabajo colectivo, aunque estén distantes.

     Desmurget, recurre a las estadísticas, deja por sentado los porcentajes del consumo de los dispositivos: 

Entre los ocho y los doce años de edad, la exposición a los dispositivos se divide de forma más o menos armoniosa en niveles que van desde «ligero» (un consumo inferior a una hora, que se da en el 19 % de los chicos) hasta «intenso» (seis horas o más, en el 20 % de los casos). Entre los trece y los dieciocho años, la categoría de usuarios furibundos aumenta considerablemente, desde luego, pero no llega ni de lejos a constituir la mayoría (los que consumen más de seis horas se quedan en el 39 %). De hecho, el 12 % de los adolescentes presentan una exposición inferior a sesenta minutos diarios, y casi una cuarta parte del total permanecen por debajo de las dos horas. En buena medida, estas disparidades tienen que ver con las características socioeconómicas de los hogares: el consumo de los individuos de familias desfavorecidas presenta una media muy significativamente superior (más de dos horas y media) a la de sus compañeros de entornos privilegiados (P. 42). 

A renglón seguido manifiesta la influencia en el campo de lo doméstico:

También en este terreno se observa una considerable variabilidad interindividual. Tomemos a los adolescentes: se distribuyen de un modo más o menos equilibrado entre quienes hacen un uso de los dispositivos a diario (29 %), una vez por semana (44 %) y en ocasiones puntuales (una vez al mes o menos, 27 %). También en este caso la desigualdad está ligada a las circunstancias socioeconómicas de las familias. Así, los individuos de entornos acomodados que recurren a Internet para hacer sus deberes cada día son casi el doble que sus compañeros de los entornos desfavorecidos (39 %, frente a un 22 %). Si nos vamos ahora al porcentaje complementario de usuarios puntuales, comprobaremos que la proporción se invierte (17 %, frente al 39 %).37 Así pues, presentar a todos estos chicos como una generación uniforme, con necesidades, comportamientos, competencias y formas de aprender homogéneos no tiene sentido alguno, sencillamente (p. 42-44).

La industria digital ha traspasado todas las fronteras geográficas, culturales y simbólicas, conduciendo a las nuevas generaciones y a familias enteras hacia un consumo cada vez más desmesurado. Este fenómeno ha configurado un nuevo paradigma de interacción que articula, mediante las tecnologías digitales, los ámbitos de la educación, el trabajo y la vida cotidiana, difuminando los límites que tradicionalmente separaban estos espacios.

     En este nuevo escenario emerge un umbral donde convergen tanto las posibilidades de inclusión como las múltiples formas de desigualdad. La conectividad global, sustentada en la expansión de los dispositivos digitales, universaliza prácticas individuales caracterizadas por la inmediatez, la hiperconectividad y la lógica del consumo, reconfigurando las relaciones sociales y los procesos de formación. En consecuencia, los referentes éticos heredados del humanismo moderno pierden progresivamente su capacidad orientadora frente a una racionalidad tecnocrática que privilegia la eficiencia, la productividad y la satisfacción inmediata por encima de la reflexión crítica y del cultivo de la vida común.

     Las utopías colectivas que aspiraban a una formación integral del ser humano ceden su lugar a una cultura centrada en el rendimiento, la autoexposición y el consumo permanente. El Sísifo-Narciso contemporáneo, deja de proyectar horizontes compartidos para concentrarse en la administración de su propia imagen y en la satisfacción de deseos incesantemente renovados por la industria digital, reproduciendo así un modelo de existencia que privilegia lo individual sobre el bien común.

     Sísifo-Narciso, deja a un lado la gran piedra pesada y en su reemplazo utiliza los nuevos dispositivos donde puede y logra amar más su bella imagen por fatigosa que sea, se refleja a través de pantallas interindividuales y rechaza toda tradición moderna como referente histórico. Jamás volverá a ver el pasado, superando la inteligencia callejera en las aulas de clase.     

 


Referencias Bibliográficas

 

Camus, A. (1994). El mito de Sísifo. Barcelona. Altaya.

Desmurget, M. (2025). La fábrica de cretinos digitales. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos. España. Península.  

Han, B. (2022). La expulsión de lo distinto. Barcelona. Herder.

Ovidio. (2022). Metamorfosis. España. Ediciones Cátedra.  



[1] Filósofo. Historiador. Especialista en Cultura Política. Mg en filosofía Moral. Ph. D. Doctor. Filosofía contemporánea. Docente universitario-secundaria. Investigador. Escritor independiente. Critico de Salsa y jazz. Orcid: 0000-0001-8230-8831. Minciencias: CvLAC-GrupLAC  frecho13@hotmail.com  



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