miércoles, 12 de agosto de 2026

DOS VOCES, UNA SOLA ALMA. SELVA ROJINEGRA / Alonso Meneses Jaramillo[1].

 

Zdzisław Beksiński


DOS VOCES, UNA SOLA ALMA.

SELVA ROJINEGRA

Alonso Meneses Jaramillo[1].

Muy adentro de la selva amazónica, el aire posee una consistencia casi líquida, llevando consigo el aroma de la tierra negra fértil y antigua que soporta los árboles que emergen como catedrales vivientes, flores de fantasía, resinas aromáticas, los perfumes dulce de la orquídea de vainilla, victoria amazónica y concha de almeja,  cánticos de pájaros exóticos entonados a pleno vuelo por el campanero blanco y el guardabosques gritón, rugidos de jaguares, zumbidos de insectos, aleteos de pirañas y silbidos de serpientes multicolores. Toda esta inmensidad verde colombiana, ignora que, hacia el centro del país, hay otro mundo lleno de ruidos y objetos repetidos, otra jungla de especies en un paisaje gris, amenizado por discursos grandilocuentes en palacios de pisos brillantes, por donde deambulan apagados personajes encanecidos de trajes oscuros. Cada uno de ellos, cual mesías, habla de paz, reconciliación, esperanza, olvido y futuro sin tropiezos, palabras dichas con tal limpieza, que parecen recién avaladas por la Rae, aumentando así, con el pasar de los meses, todo el fervor mundial que pueda garantizar sin dudas, el Premio Nobel de Paz para el mandatario de turno. Este era el presidente sanido, viajero insistente del mundo que abanderaba el proceso de paz en Colombia y la posterior entrega de armas, que en su mayoría poseía el frente guerrillero más dominante del país, llamado cáncer libre, liderado por el comandante peluche. Lo apodaban así porque desde niño, volvía añicos todo muñeco que le regalaban.

     Este apodo era una burla ante su naturaleza. Cincuentón, de un rostro redondo que albergaba dos tildes como ojos, mejillas de rubor quemado, nariz ancha y abajo con un bigote cantinflesco, de una barriga ancha y templada, medía casi dos metros, caminaba lento y altivo con pecho velludo descubierto y un pañuelo rojo y negro al cuello, convencido de ser el único dueño de la selva entera, incluso antes de su creación, con una voz tan poderosa que los monos aulladores chillaban y se escondían cuando él hablaba. Alguna vez, dando la orden para fusilar a un guerrillero, dos guacamayas que volaban a media altura, las derribó el grito de peluche y las manadas de loros repetían lo mismo durante tres días, cuando ordenaba con berridos enérgicos, la toma de un pueblo.

     Controlaba miles de hectáreas a la redonda, reclutaba niños, extorsionaba comerciantes, desaparecía familias, violaba jovencitas como a los Derechos Humanos, sembraba coca donde antes crecían árboles centenarios, movía armas como juguetes en navidad y se reunía con amigos de oficinas elegantes de la capital que nunca pisaron, ni pisarán el barro de la selva.

     Una tarde de ocio destructivo, en uno de esos impulsos que el ego da a los poderosos, peluche ordenó que reclutaran cinco estudiantes de grado noveno a la salida del colegio veredal más cercano. Todo se cumplió a cabalidad. Reunido frente a una de sus tropas, vio pasar a las cinco estudiantes todavía con sus uniformes de educación física, amarradas de manos, llorosas y tiernas como le gustaban al este grandulón, su rostro rojizo giró y clavó su mirada en la jovencita más linda de todas.

     Muy temprano del día siguiente, le llevaron la muchachita a su improvisado palacio de plásticos negros y palos secos. En mucho silencio y en un ajetreo sexual casi juvenil, peluche disfrutó de la piel fresca de esta doncella, como si fuera el último orgasmo de su vida. En posición medio fetal, tembloroso y dando la espalda a la salida del cambuche, miraba a la jovencita mientras se limpiaba el sudor del rostro con su pañoleta, respiraba con dificultad, casi cerrando los ojos, y rodeado de casi cien guerrilleros, apareció de entre la maleza una diminuta rana de un rojo brillante y manchas negras, tan pequeña que habría cabido en la boca de un bebé.

     Saltó de una hoja a otra. Luego se perdió entre la maleza hasta acomodarse detrás de una raíz. Permaneció inmóvil apenas un instante, con su diminuto cuerpo orientado hacia la espalda del máximo comandante. De un brinco lo mordió y volvió a desaparecer entre el musgo, con una lentitud desconcertante, bajo la mirada atónita de todos. Peluche apenas alcanzó a reaccionar. Giró sobre sí mismo en un intento desesperado por incorporarse y buscó con la mirada a sus escoltas. Entonces lanzó un alarido que hizo temblar la espesura y pareció rebotar hasta el último rincón verde del horizonte. Después, su cabeza cayó pesadamente sobre la tierra. Murió sin disparos, sin juicios, sin discursos. Los guerrilleros permanecieron inmóviles, incapaces de apartar la vista de aquella diminuta criatura de exótica belleza. Su piel, brillante y salpicada de rojos y negros, evocaba el mismo pañuelo que todos llevaban anudado al cuello. Fue entonces cuando comprendieron que los colores también engañan, que la naturaleza no reconoce los símbolos de la guerra y que, a veces, se burla de las certezas humanas.

     Los indígenas del Amazonas, en su tradición oral repetían que las ranas venenosas son diminutos jueces enviados desde los más recóndito de la selva, cuando los tribunales humanos tergiversan su oficio. Ningún guerrillero en esta mañana se atrevió a tocar el cadáver y menos a opinar sobre el deceso de su comandante, en sus rostros desfigurados por el cansancio, solo había escepticismo y desconfianza frente a lo seguiría siendo su misión selva adentro.

     En ese preciso instante, al otro lado del continente, el presidente sanido recibía en Oslo el Premio Nobel de Paz, en medio de aplausos y cámaras que inmortalizaban sonrisas, en un acto de cortar y pegar fragmentos de discursos repetidos, que celebraban el fin de la guerrilla en este lado de Suramérica. Pero la selva no veía televisión y tampoco supo de premios, ni sabía de ilusiones mediáticas, sólo se escuchó un silencio distinto y natural, el silencio que deja un diminuto depredador cuando desaparece.

 

ESPECIE DE RIO

A fuerza de decretos y de interminables jornadas legislativas en los salones del alto gobierno, consiguieron que el Magdalena dejara de figurar en los mapas políticos de Colombia como un río. Desde entonces pasó a llamarse, con toda la solemnidad de la burocracia, «corredor hídrico biotecnológico sostenible», una denominación respaldada por el Fondo Mundial para la Naturaleza que, en el fondo, no era más que el ropaje técnico de un nuevo negocio estratégico para la nación.

Sin embargo, aquellas decisiones jamás alteraron el pulso de Puerto Delicia, un municipio ribereño casi invisible para el Estado, aunque indispensable como despensa pesquera de buena parte del país. Allí los días seguían oliendo a pescado sudado, a yuca recién cocida, a gasolina de motores envejecidos y a lociones baratas que apenas conseguían disimular el sudor. El aire arrastraba vallenatos melancólicos y miradas desconfiadas, mientras la vida transcurría con la paciencia de la corriente.

     Los hombres salían de sus casas antes del amanecer y, mucho antes de levantar la vista hacia el cielo, escrutaban el color del agua. Habían aprendido que el río siempre hablaba primero. En sus remolinos, en sus silencios y en sus cambios de tono anunciaba, con la precisión de un viejo profeta, cualquier jugarreta del destino.

     Entre los habitantes del lugar, hace algunos años, corría un rumor que fue convirtiéndose en una creencia, en la que sostenían que en las profundidades del rio Magdalena al frente del pueblo, sobrevivía muy escondido, un enorme pez. Era el último de los bagres rayados de los millones que habitaron este afluente, con alegría repetían que era una hembra y estaba embarazada. Las abuelas decían que el pez llevaba siglos escondiéndose de la codicia y del hambre de los humanos y que en su vientre cargaba todos los peces que el rio había perdido desde que comenzaron las represas, el mercurio, el exceso de lanchas rápidas, la carne humana como alimento y las promesas presidenciales.

     La noticia llegó rápido a la familia Rico Hurtado, una de las cinco más influyentes y dueñas del país. Eran propietarios de medios de comunicación, puertos, minas, petróleo, del azúcar, la sal y todo lo visible, los giros de las costumbres, la moda, las palabras, incluido el futuro y las variables del clima, como también una fuerte injerencia en las ONGS de conservación ambiental. Hicieron toda la gestión necesaria frente al gobierno de turno y en menos de una semana instalaron plataformas inteligentes sobre el rio, sensores térmicos y drones capaces de leer el ADN del agua y rastrear la presencia de algún ser vivo de un tamaño anormal. Todo parecía legal. Los ministros citaban la Constitución colombiana, la protección de especies endémicas se puso de moda, las leyes contra el tráfico de fauna silvestre y los tratados internacionales de biodiversidad ocupaban todos los titulares, en simultáneo los ambientalistas extranjeros aplaudían el operativo, mientras la National Geographic filmaba un documental sobre la relación ancestral entre el hombre y el rio en Colombia. Los pescadores escuchaban todo tipo de falacias desde las orillas del rio mientras veían pasar sus aguas verdosas y apacibles.

     -Qué locura de gobierno! - decía un viejo muy conocido en la región llamado Pedro Chispas- Cuando el rio se llenó de mercurio nadie vino a salvarlo, pero ahora que el último bagre tiende a desaparecer como especie, hasta la ley aprendió a navegar- murmuró al final mientras dejaba caer el agua del rio entre sus manos.

     Los ambientalistas prohibieron la pesca artesanal alrededor de la zona protegida, afirmando que era necesario para preservar esta especie de bagre tan importante para el país. A varios pescadores les decomisaron las atarrayas y les trajeron de Bogotá atún enlatado, huevos y bienestarina para suplir la falta de pescado, aunque unos kilómetros más arriba, las dragas mineras seguían trajinando día y noche con permiso estatal, al tiempo que se inventaban otro cauce para las aguas.

     El operativo se anunció desde la capital a primera hora de la mañana, con una alocución presidencial de argumentos incoherentes y visajes aguardienteros, como testigos estaban la prensa local e internacional en simultánea con Puerto Delicia que invitó alcaldes, concejales, organizaciones, pancartas y habitantes noveleros con ropajes fiesteros.  La captura estaba calculada para hoy domingo a las nueve de la mañana, hora en la que ya estaba despierto todo el pueblo y el calor no golpeaba a los visitantes de todo el mundo. El show mediático comenzó en el rio. Luces, cámaras, drones, rayos ultravioletas, radares sumergidos, buzos, lanchas rápidas, políticos de camisas blancas y gafas oscuras a lo largo y ancho de la orilla y amenizado el ambiente con la algarabía en varios idiomas.

     Sacaron al gran pez. Grises brillantes en sus manchas sobre el blanquecino de su piel, húmeda e imponente moviendo sus dos barbillas, con sus diminutos ojos dirigidos por primera vez a una multitud de seres que dicen proteger la naturaleza, pero son de lo peor que le ha pasado al planeta Tierra, desnuda como fue creada al comienzo del universo, dentro de un inmenso tanque transparente, se retorcía lenta y movía la cola con fortaleza. El animal parecía un pedazo de visos oscuros verdosos del mismo rio. Tenía cicatrices blancas sobre el lomo y un vientre inmenso que se movía lentamente, como si respirara otros mundos dentro de ella. Los biólogos marinos prepararon de inmediato la extracción genética del vientre animal y procedieron a masajear con rapidez sus papilas genitales, salían revolturas de huevos embriones, pedacitos de piel humana y pequeños fragmentos de oro mientras los periodistas transmitían en vivo. Entonces el bagre abrió la boca, no rugió, no hizo ningún sonido animal.

-Habló.

     Pero nadie entendió lo que dijo. extrañamente los ribereños comenzaron a llorar en silencio y los visitantes a mirarse entre sí. Las cámaras fallaron de inmediato, los drones cayeron al agua, la transmisión nacional quedó convertida en una lluvia de punticos grises y durante unos segundos el Magdalena entero pareció detener su corriente, como si estuviera escuchando.

     Ya era mediodía y el sol estaba en su mayor esplendor, de pronto en segundos, desaparecieron la bagre, los embriones, los huevos y los buzos que apoyaban el trascendental hallazgo. Este fue el momento más silencioso del que se tenga razón en Puerto Delicia, no comentarios, no cervezas, no bullicios, no vallenatos, no fritanga de bocachico, no promesas humanas. Nada. Al día siguiente, el gobierno anunció que todo había sido un sabotaje de pescadores ilegales y grupos eco terroristas. Los ambientalistas publicaron comunicados rechazando este revés del destino y la familia Rico Hurtado negó cualquier responsabilidad.

     En Puerto Delicia, mientras el río continuaba su lento y espeso recorrido frente a las casas de madera, Pedro Chispas juró haber visto algo moverse bajo el agua. Al principio creyó que era un banco de peces; después comprendió que eran decenas de pequeñas sombras deslizándose en silencio detrás del enorme bagre, como si lo escoltaran hacia el fondo del río. Desde aquel día nadie volvió a lanzar una atarraya en ese recodo del Magdalena. No por miedo a la ley ni a las autoridades, sino por temor a descubrir qué fue aquello que el viejo bagre alcanzó a decir antes de desaparecer para siempre entre las aguas oscuras.

 



[1] Maestro en Artes Plásticas, Universidad Nacional Medellín. Licenciado en Educación Artes Plásticas, Universidad de Antioquia. Fundador y profesor del Taller de Pintura Arte Azul Intenso. Tallerista de Artes Plásticas en el Programa Desarrollo de Pensamiento Creativo Crisol, Comfenalco-Antioquia. Docente de Pintura Artística en el Instituto de Educación de Comfenalco-Antioquia. Docente de Creatividad en la Universidad Remington. Docente de cátedra en Artes Plásticas en ITM, Medellín. Docente de Formación Artística en la I.E Gilberto Alzate Avendaño. Correo: alonsomenesesarte@gmail.com

 

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