DOS VOCES,
UNA SOLA ALMA.
SELVA
ROJINEGRA
Alonso Meneses Jaramillo[1].
Muy adentro de la selva amazónica, el aire posee
una consistencia casi líquida, llevando consigo el aroma de la tierra negra
fértil y antigua que soporta los árboles que emergen como catedrales vivientes,
flores de fantasía, resinas aromáticas, los perfumes dulce de la orquídea de vainilla, victoria amazónica y concha de almeja, cánticos de pájaros exóticos entonados a pleno
vuelo por el campanero blanco y
el guardabosques gritón, rugidos de jaguares,
zumbidos de insectos, aleteos de pirañas y silbidos de serpientes multicolores.
Toda esta inmensidad verde colombiana, ignora que, hacia el centro del país,
hay otro mundo lleno de ruidos y objetos repetidos, otra jungla de especies en
un paisaje gris, amenizado por discursos grandilocuentes en palacios de pisos
brillantes, por donde deambulan apagados personajes encanecidos de trajes
oscuros. Cada uno de ellos, cual mesías, habla de paz, reconciliación,
esperanza, olvido y futuro sin tropiezos, palabras dichas con tal limpieza, que
parecen recién avaladas por la Rae, aumentando así, con el pasar de los meses,
todo el fervor mundial que pueda garantizar sin dudas, el Premio Nobel de Paz
para el mandatario de turno. Este era el presidente sanido, viajero insistente
del mundo que abanderaba el proceso de paz en Colombia y la posterior entrega
de armas, que en su mayoría poseía el frente guerrillero más dominante del
país, llamado cáncer libre, liderado por el comandante peluche. Lo apodaban así
porque desde niño, volvía añicos todo muñeco que le regalaban.
Este
apodo era una burla ante su naturaleza. Cincuentón, de un rostro redondo que
albergaba dos tildes como ojos, mejillas de rubor quemado, nariz ancha y abajo
con un bigote cantinflesco, de una barriga ancha y templada, medía casi dos
metros, caminaba lento y altivo con pecho velludo descubierto y un pañuelo rojo
y negro al cuello, convencido de ser el único dueño de la selva entera, incluso
antes de su creación, con una voz tan poderosa que los monos aulladores
chillaban y se escondían cuando él hablaba. Alguna vez, dando la orden para
fusilar a un guerrillero, dos guacamayas que volaban a media altura, las
derribó el grito de peluche y las manadas de loros repetían lo mismo durante tres
días, cuando ordenaba con berridos enérgicos, la toma de un pueblo.
Controlaba
miles de hectáreas a la redonda, reclutaba niños, extorsionaba comerciantes,
desaparecía familias, violaba jovencitas como a los Derechos Humanos, sembraba
coca donde antes crecían árboles centenarios, movía armas como juguetes en navidad
y se reunía con amigos de oficinas elegantes de la capital que nunca pisaron,
ni pisarán el barro de la selva.
Una
tarde de ocio destructivo, en uno de esos impulsos que el ego da a los
poderosos, peluche ordenó que reclutaran cinco estudiantes de grado noveno a la
salida del colegio veredal más cercano. Todo se cumplió a cabalidad. Reunido
frente a una de sus tropas, vio pasar a las cinco estudiantes todavía con sus
uniformes de educación física, amarradas de manos, llorosas y tiernas como le
gustaban al este grandulón, su rostro rojizo giró y clavó su mirada en la
jovencita más linda de todas.
Muy
temprano del día siguiente, le llevaron la muchachita a su improvisado palacio
de plásticos negros y palos secos. En mucho silencio y en un ajetreo sexual
casi juvenil, peluche disfrutó de la piel fresca de esta doncella, como si
fuera el último orgasmo de su vida. En posición medio fetal, tembloroso y dando
la espalda a la salida del cambuche, miraba a la jovencita mientras se limpiaba
el sudor del rostro con su pañoleta, respiraba con dificultad, casi cerrando
los ojos, y rodeado de casi cien guerrilleros, apareció de entre la maleza una
diminuta rana de un rojo brillante y manchas negras, tan pequeña que habría cabido
en la boca de un bebé.
Saltó
de una hoja a otra. Luego se perdió entre la maleza hasta acomodarse detrás de
una raíz. Permaneció inmóvil apenas un instante, con su diminuto cuerpo
orientado hacia la espalda del máximo comandante. De un brinco lo mordió y
volvió a desaparecer entre el musgo, con una lentitud desconcertante, bajo la
mirada atónita de todos. Peluche apenas alcanzó a reaccionar. Giró sobre sí
mismo en un intento desesperado por incorporarse y buscó con la mirada a sus
escoltas. Entonces lanzó un alarido que hizo temblar la espesura y pareció
rebotar hasta el último rincón verde del horizonte. Después, su cabeza cayó
pesadamente sobre la tierra. Murió sin disparos, sin juicios, sin discursos. Los
guerrilleros permanecieron inmóviles, incapaces de apartar la vista de aquella
diminuta criatura de exótica belleza. Su piel, brillante y salpicada de rojos y
negros, evocaba el mismo pañuelo que todos llevaban anudado al cuello. Fue
entonces cuando comprendieron que los colores también engañan, que la
naturaleza no reconoce los símbolos de la guerra y que, a veces, se burla de
las certezas humanas.
Los indígenas del Amazonas, en su tradición oral
repetían que las ranas venenosas son diminutos jueces enviados desde los más
recóndito de la selva, cuando los tribunales humanos tergiversan su oficio. Ningún
guerrillero en esta mañana se atrevió a tocar el cadáver y menos a opinar sobre
el deceso de su comandante, en sus rostros desfigurados por el cansancio, solo
había escepticismo y desconfianza frente a lo seguiría siendo su misión selva
adentro.
En
ese preciso instante, al otro lado del continente, el presidente sanido recibía
en Oslo el Premio Nobel de Paz, en medio de aplausos y cámaras que inmortalizaban
sonrisas, en un acto de cortar y pegar fragmentos de discursos repetidos, que
celebraban el fin de la guerrilla en este lado de Suramérica. Pero la selva no
veía televisión y tampoco supo de premios, ni sabía de ilusiones mediáticas, sólo
se escuchó un silencio distinto y natural, el silencio que deja un diminuto
depredador cuando desaparece.
ESPECIE DE RIO
A fuerza de decretos y de interminables jornadas
legislativas en los salones del alto gobierno, consiguieron que el Magdalena
dejara de figurar en los mapas políticos de Colombia como un río. Desde
entonces pasó a llamarse, con toda la solemnidad de la burocracia, «corredor
hídrico biotecnológico sostenible», una denominación respaldada por el Fondo Mundial
para la Naturaleza que, en el fondo, no era más que el ropaje técnico de un
nuevo negocio estratégico para la nación.
Sin embargo, aquellas decisiones jamás alteraron
el pulso de Puerto Delicia, un municipio ribereño casi invisible para el
Estado, aunque indispensable como despensa pesquera de buena parte del país.
Allí los días seguían oliendo a pescado sudado, a yuca recién cocida, a
gasolina de motores envejecidos y a lociones baratas que apenas conseguían
disimular el sudor. El aire arrastraba vallenatos melancólicos y miradas
desconfiadas, mientras la vida transcurría con la paciencia de la corriente.
Los
hombres salían de sus casas antes del amanecer y, mucho antes de levantar la
vista hacia el cielo, escrutaban el color del agua. Habían aprendido que el río
siempre hablaba primero. En sus remolinos, en sus silencios y en sus cambios de
tono anunciaba, con la precisión de un viejo profeta, cualquier jugarreta del
destino.
Entre
los habitantes del lugar, hace algunos años, corría un rumor que fue
convirtiéndose en una creencia, en la que sostenían que en las profundidades
del rio Magdalena al frente del pueblo, sobrevivía muy escondido, un enorme
pez. Era el último de los bagres rayados de los millones que habitaron este
afluente, con alegría repetían que era una hembra y estaba embarazada. Las
abuelas decían que el pez llevaba siglos escondiéndose de la codicia y del
hambre de los humanos y que en su vientre cargaba todos los peces que el rio
había perdido desde que comenzaron las represas, el mercurio, el exceso de
lanchas rápidas, la carne humana como alimento y las promesas presidenciales.
La
noticia llegó rápido a la familia Rico Hurtado, una de las cinco más
influyentes y dueñas del país. Eran propietarios de medios de comunicación,
puertos, minas, petróleo, del azúcar, la sal y todo lo visible, los giros de
las costumbres, la moda, las palabras, incluido el futuro y las variables del
clima, como también una fuerte injerencia en las ONG’S de conservación
ambiental. Hicieron toda la gestión necesaria frente al gobierno de turno y en
menos de una semana instalaron plataformas inteligentes sobre el rio, sensores
térmicos y drones capaces de leer el ADN del agua y rastrear la presencia de
algún ser vivo de un tamaño anormal. Todo parecía legal. Los ministros citaban
la Constitución colombiana, la protección de especies endémicas se puso de
moda, las leyes contra el tráfico de fauna silvestre y los tratados
internacionales de biodiversidad ocupaban todos los titulares, en simultáneo
los ambientalistas extranjeros aplaudían el operativo, mientras la National
Geographic filmaba un documental sobre la relación ancestral entre el hombre y
el rio en Colombia. Los pescadores escuchaban todo tipo de falacias desde las
orillas del rio mientras veían pasar sus aguas verdosas y apacibles.
-Qué locura de gobierno! - decía un viejo
muy conocido en la región llamado Pedro Chispas- Cuando el rio se llenó
de mercurio nadie vino a salvarlo, pero ahora que el último bagre tiende a
desaparecer como especie, hasta la ley aprendió a navegar- murmuró al
final mientras dejaba caer el agua del rio entre sus manos.
Los
ambientalistas prohibieron la pesca artesanal alrededor de la zona protegida,
afirmando que era necesario para preservar esta especie de bagre tan importante
para el país. A varios pescadores les decomisaron las atarrayas y les trajeron
de Bogotá atún enlatado, huevos y bienestarina para suplir la falta de pescado,
aunque unos kilómetros más arriba, las dragas mineras seguían trajinando día y
noche con permiso estatal, al tiempo que se inventaban otro cauce para las
aguas.
El
operativo se anunció desde la capital a primera hora de la mañana, con una
alocución presidencial de argumentos incoherentes y visajes aguardienteros,
como testigos estaban la prensa local e internacional en simultánea con Puerto
Delicia que invitó alcaldes, concejales, organizaciones, pancartas y habitantes
noveleros con ropajes fiesteros. La captura
estaba calculada para hoy domingo a las nueve de la mañana, hora en la que ya
estaba despierto todo el pueblo y el calor no golpeaba a los visitantes de todo
el mundo. El show mediático comenzó en el rio. Luces, cámaras, drones, rayos
ultravioletas, radares sumergidos, buzos, lanchas rápidas, políticos de camisas
blancas y gafas oscuras a lo largo y ancho de la orilla y amenizado el ambiente
con la algarabía en varios idiomas.
Sacaron
al gran pez. Grises brillantes en sus manchas sobre el blanquecino de su piel,
húmeda e imponente moviendo sus dos barbillas, con sus diminutos ojos dirigidos
por primera vez a una multitud de seres que dicen proteger la naturaleza, pero
son de lo peor que le ha pasado al planeta Tierra, desnuda como fue creada al
comienzo del universo, dentro de un inmenso tanque transparente, se retorcía
lenta y movía la cola con fortaleza. El animal parecía un pedazo de visos
oscuros verdosos del mismo rio. Tenía cicatrices blancas sobre el lomo y un
vientre inmenso que se movía lentamente, como si respirara otros mundos dentro
de ella. Los biólogos marinos prepararon de inmediato la extracción genética
del vientre animal y procedieron a masajear con rapidez sus papilas genitales,
salían revolturas de huevos embriones, pedacitos de piel humana y pequeños
fragmentos de oro… mientras los periodistas transmitían en vivo.
Entonces el bagre abrió la boca, no rugió, no hizo ningún sonido animal.
-Habló.
Pero
nadie entendió lo que dijo. extrañamente los ribereños comenzaron a llorar en
silencio y los visitantes a mirarse entre sí. Las cámaras fallaron de
inmediato, los drones cayeron al agua, la transmisión nacional quedó convertida
en una lluvia de punticos grises y durante unos segundos el Magdalena entero
pareció detener su corriente, como si estuviera escuchando.
Ya
era mediodía y el sol estaba en su mayor esplendor, de pronto en segundos,
desaparecieron la bagre, los embriones, los huevos y los buzos que apoyaban el
trascendental hallazgo. Este fue el momento más silencioso del que se tenga
razón en Puerto Delicia, no comentarios, no cervezas, no bullicios, no
vallenatos, no fritanga de bocachico, no promesas humanas. Nada. Al día
siguiente, el gobierno anunció que todo había sido un sabotaje de pescadores
ilegales y grupos eco terroristas. Los ambientalistas publicaron comunicados
rechazando este revés del destino y la familia Rico Hurtado negó cualquier
responsabilidad.
En
Puerto Delicia, mientras el río continuaba su lento y espeso recorrido frente a
las casas de madera, Pedro Chispas juró haber visto algo moverse bajo el agua.
Al principio creyó que era un banco de peces; después comprendió que eran
decenas de pequeñas sombras deslizándose en silencio detrás del enorme bagre,
como si lo escoltaran hacia el fondo del río. Desde aquel día nadie volvió a
lanzar una atarraya en ese recodo del Magdalena. No por miedo a la ley ni a las
autoridades, sino por temor a descubrir qué fue aquello que el viejo bagre
alcanzó a decir antes de desaparecer para siempre entre las aguas oscuras.
[1] Maestro en Artes Plásticas, Universidad Nacional Medellín. Licenciado en
Educación Artes Plásticas, Universidad de Antioquia. Fundador y profesor del
Taller de Pintura Arte Azul Intenso. Tallerista de Artes Plásticas en el Programa
Desarrollo de Pensamiento Creativo Crisol, Comfenalco-Antioquia. Docente de
Pintura Artística en el Instituto de Educación de Comfenalco-Antioquia. Docente
de Creatividad en la Universidad Remington. Docente de cátedra en Artes
Plásticas en ITM, Medellín. Docente de Formación Artística en la I.E Gilberto
Alzate Avendaño. Correo: alonsomenesesarte@gmail.com

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