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Contra un viejo de larga barba que se cree sabio por eso
atribuida a Theodoros Pródromos
¡Ay, ay, ay! ¡Qué abundante barba,
cuánta cae hasta el pecho
del viejo decrépito y podrido Tucrito!
¡Ay, ay, ay! ¡Qué suciedad, qué mugre!
¡Ay de semejante carga de barba!
¡Cuánta en longitud y cuánta en anchura!
En suma, ¡cuánto ocupa en todas sus dimensiones!
Por eso —creo— andas inclinado, viejo,
llevas la espalda encorvada y arqueada;
pues la barba te inclina el cuello,
siendo tan abundante y de peso nada ligero.
Desdichado, córtate ese pelo de la barba.
Desdichado,
depílate el rostro,
usa navajas, tijeras, hachas desnudas,
espadas, cuchillos; que venga también una sierra.
Libera
la mandíbula de esa carga,
libera el cuello de semejante peso.
¿No ves cómo el pobre se inclina hacia abajo
y te muestra la postura de un suplicante,
rogando —creo— que lo libres de esa carga?
Corta,
pues, insensato, semejante mata de pelo.
Y si no te apresuras tú mismo a afeitarla,
Menipo está cerca —y ya conoces al perro—
y trae una bien afilada hacha de carpintero naval.
Nos la prestará el dulce Sirio,
arrancándola de sus propias páginas.
Y
cuando llegue el perro, ¡ay de ti, miserable!,
pues no te cortará solamente la barba,
sino que junto con ella se llevará también
una parte de tus cejas.
Te
engañas a ti mismo y deliras, viejo,
creyendo que la abundancia de una larga barba
es señal de filosofía.
¿Acaso
aquel gran hombre de Atenas,
gloria de las palabras, el teólogo,
inteligencia misma, naturaleza por encima de la naturaleza,
el hijo de Aristón, cuyo nombre era Platón;
y
el sapientísimo Aristóteles,
la más alta gloria de Estagira;
y
Empédocles, compañero del fuego;
y
Pitágoras, samio de nacimiento;
y
Sócrates, hijo de Sofronisco,
si no
llevaran largas barbas…
y
si no les llegaran hasta los tobillos,
si no olieran a suciedad y a grasa,
si sus barbas no parecieran estrellas con cola
—por el tamaño de la barba, no por su resplandor—,
¿acaso no los llamaríamos sabios y filósofos,
justos, nobles y dignos?
¿Y
qué ocurriría si un hombre lleno de calumnias,
feo de aspecto y todavía más feo en su conducta,
necio, ignorante, otro Arquibíades
como aquel del que Plutarco cuenta en alguna parte,
poseyera una barba de cabellos innumerables?
¿Habría que llamarlo por eso sabio,
y además un gran sabio?
Pues
bien, ahí está dispuesto el noble Foción
a agarrar con ambas manos al melenudo.
¡Ojalá fuera yo un nuevo general Foción,
enemigo de este Arquibíades de nuestros días!
Porque si pudiera agarrar esa barba maldita, viejo,
pronto dejaría completamente desnuda tu mandíbula.
Pero
dime, Tucrito, viejo cinco veces viejo,
Jápeto, Cronos por tu edad:
si llegara un esclavo fugitivo, digno del látigo,
que ni siquiera supiera pronunciar «gru» —como suele decirse—,
pero llevara encima el peso de una barba inmensa,
¿qué pensarías de él?
¿Lo juzgarías experto en el discurso?
¡Ay,
qué ultraje para las enseñanzas de los sabios!
¿O lo considerarías simplemente lo que es,
alguien que quizá podría venderse por una mina?
¡Ay,
qué ultraje el de esa larga barba!
Me
parece que tú concederías
la dignidad de filósofos todavía con mayor razón
a los machos cabríos, jefes del rebaño,
si haces depender la razón de la barba;
porque también los machos cabríos
llevan barbas que descienden profundamente.
Pero
ni concederemos la razón a una barba
ni colocaremos a los machos cabríos entre los filósofos.
Pues, como
bien se comprende,
nadie podría llamarse sabio
simplemente por llevar un manto hasta los pies…
ni
tampoco por ceñírselo a la altura de las rodillas.
Supongamos
que Platón, ayer, sin ceñirse el manto,
llegó al centro mismo de la Academia
y dijo estas palabras a sus discípulos;
si hoy se ciñera el manto y, ya ceñido, hablara,
no sería por ello mejor que el Platón de ayer.
Porque
no son los vestidos los que permiten juzgar
a quienes se dedican a las palabras,
ni el cambio de cinturón o de sandalias,
sino una naturaleza despierta
y el aprendizaje de los libros,
la respuesta acertada
y la pregunta formulada con inteligencia.
Del
mismo modo, las barbas profundas
nada cuentan para juzgar
a los estudiantes del saber
ni a los maestros de la palabra.
Hombre,
aunque toda la filosofía
estuviera colgada de tu barba,
aun así deberías cortártela una y otra vez,
para librarte de la fealdad que de ella procede.
Pues
así como la belleza del cuerpo
nace de la proporción de sus miembros
—manos, pies y, en suma, de toda la carne—,
mientras toda contracción o desmesura
produce deformidad, como ocurre también con los vicios,
así también la dignidad de una barba
reside en su justa proporción.
«La
medida es lo mejor de todas las cosas»,
dice un antiguo proverbio.
Pero
tú, ¡oh querida barba!,
sigue creciendo todavía más;
avanza por todas partes,
alárgate, ensánchate
y arrastra contigo hacia abajo
la espalda de ese viejo decrépito,
hasta que finalmente
lo hagas pedazos.
....
Traducción: Clarita de Bustamante

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