Contra una vieja lujuriosa
Theodoros Pródromos
¡Oh vieja abominable, gran desgracia para los
hombres!
¡Oh vieja abominable, más antigua que Tucrito,
arruga torrencial, podredumbre de los tiempos de Cronos!
¡Oh vieja lasciva, anciana impía,
lujuriosa, encendida como una cerda y pavoneándose!
¡Oh vieja arrogante, bacante anticipada, ménade salvaje!
¡Oh vieja abominable, tres veces «vieja» y cuatro veces,
anciana de cinco edades, decrépita y podrida!
¡Mar Atlántico, profundidad del Egeo,
Ponto, Propóntide, boca del Océano,
mar mucho más salado que todos ellos,
en el que se precipitaron innumerables navíos,
en el que naufragaron barcos con toda su tripulación!
¡Oh pantano de barro y profundidad de cieno,
morada de la anguila y de la rana,
mancha de la naturaleza y de cuanto existe en ella!
¡Oh langosta, granizo, mosquito y tiniebla,
y, en suma, ruina de la vida de los mortales!
¡Oh vieja, canosa hasta las cejas,
aunque ultrajes a la pobre naturaleza
embadurnándote continuamente el cabello con tintes!
¡Oh vieja privada de todos los dientes,
que apenas masticas con dos únicas muelas,
que el tiempo, haciendo muy bien, no te arrancó,
para que nadie vaya a confundirte con un bebé recién nacido!
¡Oh viejecilla pálida, aunque pretendas engañar con
albayalde!
¡Oh pasa reseca, aunque todavía quieras parecer uva verde!
¡Oh Camarina, aunque te perfumes abundantemente!
¡Oh pellejo curtido, aunque intentes afinarte la piel!
Con legañas, aunque rodees tus pupilas de adornos;
arrugada, aunque embadurnes de colorete tus mejillas;
con gota, aunque trates de disimular ingeniosamente la enfermedad
y conviertas la podagra en un elegante contoneo;
encorvada, aunque pretendas parecer erguida.
¡Oh vieja, otra vez vieja, y otra vez vieja, y otra
vez!
¡Antigua vergüenza, maldad de tiempos remotos!
¿Qué haces?
¿Otra vez te inclinas hacia los deseos?
¿Otra vez estás poseída por el amor
y respiras los placeres de Afrodita?
Y, sin embargo, ya deberías haberte dado cuenta…
que
todas las cosas son hermosas en el tiempo que les corresponde.
A
su tiempo recoges el racimo de la vid;
a su tiempo llevas la hoz hacia la espiga;
el bálsamo, el lirio y la hierba tienen también su tiempo.
El
vino joven, vigoroso, hierve
y, por su desorden, hace estallar la tinaja;
pues, siendo joven, padece también los males de la juventud.
Pero cuando llega a la vejez y a su último tiempo,
se recoge prudentemente dentro de sí,
se aquieta y piensa como corresponde a un anciano.
Tú,
en cambio, después de atravesar todas las edades,
cuando ya has alcanzado la más venerable canicie,
cuando has llegado cerca de las puertas de la muerte,
cuando ya escuchas los gritos de las Erinias
y los ladridos del perro Cerbero,
todavía te ocupas de aquello que entretiene a las muchachas jóvenes
y te embadurnas las mejillas con colorete.
¡Ay,
desdichada, por tu pasión por los placeres de Afrodita!
¡Ay, insensata, poseída por el amor!
La
cigarra, cuando muere, canta con mayor dulzura,
y tú, cuando estás ya en tus últimos suspiros,
te adornas con el vestido más propio de una cortesana;
engalanas tus dedos con anillos de oro,
esperando atrapar como presa a alguno de los jóvenes
que mire tus adornos y no mire tu edad.
¿Y
qué joven podría ser tan absolutamente insensato
como para soportar acercarse a un escarabajo,
aunque tuviera todo el cuerpo cubierto de perfumes?
¿Quién
comería estiércol mezclado con miel?
¿Quién se uniría a una cerda cubierta de oro,
a menos que hubiera perdido el juicio y la razón?
Ningún
artificio sabe transformar la naturaleza,
aunque mueva —como suele decirse— todos los cabos
e invente toda clase de recursos.
Nadie
en su sano juicio compraría,
ni siquiera por tres óbolos,
el rostro de una vieja cubierto de hollín.
Hace
mucho tiempo quizá fuiste útil para el deseo;
hace mucho tiempo quizá fuiste para los hombres
una trampa del amor
que ocultaba el aguijón de un perverso anzuelo.
Ahora
regenta un burdel;
ahora conviértete en alcahueta,
pues ninguna otra cosa conviene ya a tu edad,
o, mejor dicho, a tu vida y a tus costumbres.
¿No
quieres?
Entonces
conviértete en alimento para los lobos.
¡Muere
miserablemente,
tú, la peor entre todas las maldades!
¡Vete a los cuervos!
¡Vete con Plutón!
No
tardes, Cloto:
corta de una vez ese hilo, aunque sea tarde.
Tú
que conduces a los muertos,
recibe a esta desdichada.
Tú,
barquero de los muertos,
embarca a la anciana.
No
tardes, Radamantis;
ni tú tampoco, Minos de Creta.
Venid
a juzgar a esta vieja libertina:
no os faltarán testigos que la acusen.
Las propias
camas claman contra ella;
las propias lámparas dan testimonio.
Pero
dejemos aparte las camas y las lámparas:
las marcas de su cuerpo gritan como otros tantos Esténtores
y dan testimonio de la vida de esta decrépita.
¿Qué
debería sufrir, entonces?
¿Qué castigo debería recibir?
Entre
vosotros existen muchas clases de tormentos,
muchos y diversos modos de castigar;
pero hay uno que conviene especialmente a este juicio:
que
esta vieja sea entregada
al viejo y anciano Cerbero
y que ante él pague por sus culpas.
Aunque,
frente a una carne
tan endurecida como una vasija de barro,
hasta las fauces de Cerbero
perderán sus fuerzas.
…….
Traducción:
Clarita de Bustamante

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