martes, 11 de agosto de 2026

LA DICTADURA DE PASARLA BIEN: RESONANCIAS DE UN VÍA/DÍA/LOGOS CON JAVILLAFA / Carlos Alberto Molina Gómez[1].

 

                                      Zdzisław Beksiński


LA DICTADURA DE PASARLA BIEN: RESONANCIAS DE UN VÍA/DÍA/LOGOS CON JAVILLAFA

 

Carlos Alberto Molina Gómez[1].



[1] Carlos Alberto Molina Gómez. Magíster en Educación. Magíster en Estudios Políticos. Especialista en Gerencia de Servicios Sociales. Doctor en Educación. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y espiritualidad. Orcid: 0000-0002-6153-7675. Minciencias: Investigador Junior (IJ).        CvLAC: https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0000794856.

GrupLAC: G I ETNOEPISTEME Lógica y Singularidad Humana. camolina@uniquindio.edu.co  

https://scienti.minciencias.gov.co/gruplac/jsp/visualiza/visualizagr.jsp?nro=00000000013135.

 

 

El pasado 2 de julio de 2026 con el motivo corpóreo-espiritual del cumpleaños de mi colega/maestro/amigo/hermano/ Jaime Villafañe Padilla tuvimos una extensamente breve conversación telefónica en la que Jaime rasgo el velo de un mundo sutil: Me habló de audiciones de música, de encuentro de melómanos y coleccionistas, de encuentros alrededor de la música. Detengo la marcha para contextualizar al lector: Jaimillo o JaVillafa no pertenece a la estirpe del coleccionista común. Él se define, con orgullosa precisión, como seleccionista/melómano. Seleccionista porque rescata e integra únicamente la música que quiere, aquella que pasa de manera soberana por su reverendo gusto y gana, esquivando el esnobismo y la manía del coleccionista tradicional que se obliga a acumular piezas por el solo hecho de tenerlas o porque nadie más las posee. Melómano porque padece una pasión sin remedio por la música.

 

     En su altar musical, Richie Ray, Roberto Carlos, Raphael —el inconfundible Rafael Martos de España— y The Beatles constituyen la cereza del pastel o la mismísima joya de la corona. Me habló de tejer lazos alrededor de la melodía pura, manteniéndose a salvo de la fatídica/trampiellista política colombiana o de las rigideces de la anquilosada religión. Habló con entusiasmo de gozarse el Mundial de fútbol de 2026. Me habló, sobre todo, de la voluntad de no rendirse, de seguir celebrando la vida juntos y de romper -en amistad cómplice- la telaraña que nos seduce/atrapa/deshidrata. Luego de ese volver a versar o con/versar con JaVillafa me salió al encuentro esta cita que en extensión de la vía/día/logos con él resuena como el eco de Un mundo feliz. Es por supuesto un homenaje a este colega/maestro/amigo/hermano:

 

— ¿No desearías ser libre, Lenina?

—No sé a qué te refieres. Soy libre. Libre de pasármelo estupendamente. Hoy en día, todo el mundo es feliz.

Bernard rio.

—Sí, hoy en día todo el mundo es feliz. A los niños comenzamos a inculcarles eso a los cinco años. Pero, Lenina, ¿no te gustaría ser feliz de otro modo? Por ejemplo, a tu manera, no en la forma en la que lo son los demás. (Huxley, 2024, p. 84).

 

Este diálogo entre Bernard Marx y Lenina en Un mundo feliz posiblemente estaría anticipando una de las mutaciones más profundas del poder contemporáneo: el pliegue de la dominación por coerción al de la dominación por seducción. Cuando Lenina afirma: Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz y Bernard responde: ¿No te gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? A tu modo, por ejemplo; no a la manera de todos (Huxley, 2024, p. 84), se muestran dos concepciones de la libertad. La primera identifica la libertad con el consumo administrado del placer; la segunda reivindica la posibilidad de sustraerse a la felicidad estandarizada.

 

     Se dice por ahí con moderada instancia que nosotros, sujetos neoliberales, ya no somos reprimidos; somos persuadidos/engatusados/atontados para producir, consumir y entretenernos sin descanso. Pareciera entonces que la sociedad del rendimiento transforma la libertad en autoexplotación, donde el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. (Han, 2012, pp. 31-32). La obediencia adopta la forma de elección. La autoexplotación se experimenta como realización personal. La libertad deja de ser emancipación para convertirse en rendimiento.

 

     La propaganda ha cedido su lugar al advertising, al marketing y al entertainment. El advertising y el entertainment se han convertido en los nuevos instrumentos de dominación, más sutiles que la propaganda, porque actúan sobre el deseo y no sobre el miedo. El advertising y el entertainment no interpelan al ciudadano, sino al consumidor; no exigen convicción, sino atención. Sustitución de la verdad/diseñada/modulada por el estímulo. Sustituyen la coerción por la seducción, colonizando el deseo y vaciando la política de su sustancia deliberativa, transformando la esfera pública en un mercado de impulsos. La propaganda exigía adhesión a un relato; el marketing y el entertainment solo requieren clics.

     La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron no necesita que creas, solo que consumas. La dominación ya no es ideológica, sino neuronal: atrapa la atención para anular la reflexión. La publicidad, que hace desear nuestra prosperidad al resto del mundo, se guarda mucho de hacer más apreciables, para sus nuevos conversos, los cimientos religiosos, filosóficos, morales y jurídicos, que «no venden mucho», sobre los que se olvida a menudo que descansa. ¿No los hemos olvidado también nosotros, o los hemos dado por algo obvio? Este malentendido nos prepara para extraños efectos bumerán. Lenin decía de su régimen: «los soviets más la electricidad». El capitalismo más la sharia no es un porvenir más prometedor que el capitalismo trasplantado al comunismo chino. Uno y otro trabajan noche y día para dominar y asediar a nuestro capitalismo de los derechos humanos, cada vez menos seguro, a pesar de 1989, de tener el privilegio y el monopolio del futuro. (Fumaroli, 2010, p. 34).

     El poder ya no exige adhesión doctrinal; basta con capturar la atención. La ciudadanía se transforma en clientela y la deliberación política en espectáculo permanente.

     La pregunta de Bernard conserva así toda su vigencia: ¿es libre quien puede divertirse indefinidamente o quien puede vivir, pensar y ser feliz de un modo distinto al programado? La verdadera disputa política contemporánea no gira en torno al acceso al entretenimiento, sino a la posibilidad de recuperar una subjetividad capaz de resistir la colonización del deseo. Romper la telaraña, así lo expresa Jaimillo. Esta pregunta no es un mero ejercicio de nostalgia literaria. Es el diagnóstico de una mutación profunda que ha transformado el poder en espectáculo y la felicidad en obligación. Para comprender su alcance, podríamos atrevidamente arriesgarnos a desentrañar el mecanismo de la dictadura que da título a este panfleto: la dictadura de pasarla bien. La dictadura contemporánea no se ejerce únicamente con tanques ni censores, sino con likes, stories y algoritmos de recomendación. Su lema no es obedece, sino disfruta. Su promesa no es la salvación, sino la viralidad. Y su dios no es un tirano con rostro, sino una Entidad difusa, una Matrix sin centro, un Palantir que todo lo ve y todo lo predice, una suerte de Sauron digital que no aniquila, sino que seduce. No destruye cuerpos; coloniza deseos.

     La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron —expresada como Gran Hermano 2.0, algoritmo, mercado total o inteligencia artificial predictiva— ha diseñado un modelo de felicidad a medida. Una felicidad que se expresa en la superficialidad del emperador/faraón/ídolo contemporáneo de helio: el yo egoísta, exhibido y performado en el escaparate de las redes sociales. Allí, el yo/individuo se convierte en gran hermano/emperador/faraón/becerro/ídolo de su propia biografía, construye una pirámide de selfies, poses y opiniones prefabricadas. Pero este emperador/faraón/ídolo es hueco: reina sobre un reino de apariencias, pero no gobierna sobre su propia vida. Su felicidad es la de un espectador que aplaude su propio reflejo, sin advertir que el espejo es un dispositivo de control. El yo show/espectador en libre esclavitud. Frente a esa felicidad insulsa, gelatinosa, incolora e insípida —la felicidad del yo/individuo que se pavonea, pero no se encuentra—, se alza otra posibilidad, casi olvidada: la felicidad del encuentro con el prójimo/próximo, con aquel que no es un avatar ni un seguidor, sino un rostro, una carne, una historia compartida. Esa felicidad no se mide en me gusta, sino en silencios cómplices, en miradas que no buscan aprobación, en gestos que no buscan registro. No es la felicidad del yo de silicio inflado con helio sino la del nosotros: un nosotros común, común/unitario, que no se diluye en la masa anónima, sino que se reconoce en la fragilidad compartida: común/unidad en parte/sí/pasión.

     Para Shallis (1986), el peligro de nuestra era tecnológica no es meramente técnico, sino profundamente antropológico:

El hombre, redefinido por un ídolo hecho por el hombre, siempre quedará disminuido. En los últimos años hemos construido ídolos de silicio, y nuestra creciente fe en ellos nos ha hecho más inhumanos, porque el ídolo de silicio no es humano. Hasta el punto de que es una parodia de un ser humano, una perversión de las cosas reales, podría ser descrito como algo diabólico, no bueno, no de Dios. (pp. 223–224).

Desde esta perspectiva, la promesa tecnológica corre el riesgo de empobrecer aquello que hace propiamente humana la existencia cuando sustituye la experiencia vivida por sus representaciones técnicas. En este horizonte crítico, la felicidad ofrecida por las máquinas puede entenderse como una ilusión que debilita el vínculo comunitario y desplaza la experiencia del encuentro hacia mediaciones tecnológicas, razón por la cual recuperar un «nosotros común» supone reivindicar la fragilidad compartida y la primacía de las relaciones humanas sobre sus simulacros. Ya no hay más un nos/otros, un nos/otros que incluya al otro como parte de sí mismo. Lo que queda es un yo insulso, deshidratado de contacto real, que se desliza por el feed como un fantasma en busca de reconocimiento. La dictadura de pasarla bien nos ha robado algo más profundo que el tiempo: nos ha robado la capacidad de desear lo que no está en el catálogo. Nos ha vuelto adictos a una felicidad de usar y tirar. Nos ha hecho olvidar que la alegría verdadera —la que no necesita publicidad— nace siempre en el encuentro, nunca en el consumo.

     Con respecto al impacto de la informática en los vínculos humanos, Shallis advierte que la máquina “se interpone entre las personas, sustituyendo las relaciones humanas por la interacción con las máquinas; y también se interpone entre el hombre y la naturaleza de un modo engañosamente "útil".” (Shallis, 1986, p. 5).

     Por eso, la pregunta de Bernard no es literaria. Es etho/política. Es, quizá, la única pregunta que vale la pena formular en un mundo que nos ofrece todo menos lo que necesitamos: la libertad de ser felices… a nuestro modo, no a la manera de todos. ¿Para donde la felicidad? Para donde va Vicente. ¿Para dónde va Vicente? Excelentes ovejas en procesión conducidas por sus profetas/pastores/gurús/coaching de la nueva era, del pensamiento positivo, de la espiritualidad de supermercado banal. Pero si la dictadura de pasarla bien ha secuestrado la felicidad y la ha convertido en un producto de consumo, cabe preguntarse: ¿qué podría significar entonces pasarla bien desde las filosofías del vivir/ser? ¿Acaso la contra-conducta consiste en renunciar al placer, en abrazar el ascetismo o la melancolía?

     No. Lo que toca romper no es el pasarla bien en sí mismo, sino la dictadura del pasarla bien como guberna/mentalidad: esa forma de gobierno que nos dice como pasarla bien de esa manera y como dicen ellos. La contra-conducta no es la negación del goce, sino la reapropiación del goce como una tecnología de la subjetivación alternativa, una hermenéutica de sí que nos permita desenmascarar la telaraña que seduce, atrapa y deshidrata. Romper la telaraña en amistad cómplice, lo diría JaVillafa. La contra-conducta no es una rebelión frontal contra el poder, sino una lucha contra los procedimientos de conducción de la conducta. Se trata de movimientos del sentípensar álmico espiritual cuyo objetivo es otra conducta, es decir, querer ser conducido de otro modo no por otros ni por sus objetivos sino por mí mismo.

     En este sentido, pasarla bien a contrapelo de la dictadura del entretenimiento es una práctica de re/existencia que cuestiona la guberna/mentalidad neoliberal. Si el poder nos conduce hacia el consumo estandarizado del placer, la contra-conducta consistiría en conducirse a sí mismo hacia placeres no estandarizados, hacia experiencias que no pueden ser monetizadas ni convertidas en engagement. Se trata quizás de vincular esta posibilidad con el cuidado de sí (epimeleia heautou), una ética que no es un retiro narcisista, sino una práctica de libertad que implica relaciones complejas con los otros. Pasarla bien desde el cuidado de sí no es pavonearse en redes sociales, sino cultivar una relación reflexiva con el propio deseo, una hermenéutica de sí que permita distinguir entre el placer impuesto y el placer elegido.

     La filosofía del devenir y del afecto nos invita a pensar el pasarla bien no como un estado, sino como una intensidad, un pasaje entre estados. El afecto, no tiene representación diría Deleuze; no es un like ni un selfie, sino una variación intensiva en el modo de sentir. Pasarla bien sería entonces devenir: devenir-música al escuchar un tango, devenir-cuerpo al bailar, devenir-amigo al compartir un asado. No se trata de acumular experiencias para el catálogo de la identidad digital, sino de dejarse afectar por el acontecimiento, de abrirse a la alteridad. La emoción no es del orden del yo, sino del acontecimiento como tal vez podría señalar Deleuze en algún momento. La dictadura de pasarla bien nos ofrece emociones prefabricadas para un yo prefabricado; la contra-conducta nos invita a experiencias que nos desbordan, que nos hacen devenir-otro.

     Para Deleuze (1981), el afecto no se reduce a una comparación entre estados del yo, sino que constituye una variación intensiva que afirma una realidad mayor o menor en el cuerpo: La emoción no es, pues, propiedad de un yo sustancial, sino el registro de un devenir que nos atraviesa y nos transforma. No somos dueños de nuestras emociones. Somos atravesados por ellas. Las emociones nos cambian, nos potencian o nos debilitan, y ese cambio es lo que realmente somos en cada instante. No hay un yo detrás; hay un devenir que se expresa en cada afecto.

     Imagine que siente alegría, tristeza, rabia o amor. Normalmente, pensaría: yo estoy alegre, yo estoy triste. El yo parece el dueño de la emoción, un sujeto fijo que siente cosas. Eso es un espejismo, porque el afecto no es una comparación, sino una variación real. Cuando se pasa de la tristeza a la alegría, no se están comparando dos fotos mentales (antes estaba triste, ahora estoy alegre). Se está experimentando un cambio real en la propia fuerza de existir: el cuerpo y la mente están funcionando con más o menos potencia. La alegría es entonces un aumento de la capacidad de obrar, de relacionarse, de pensar; la tristeza, una disminución.

     No es que el yo juzgue que ahora está mejor; es que el afecto mismo es la afirmación de que el cuerpo y el espíritu son más o menos reales, más o menos potentes, en ese instante. No hay un yo detrás de la emoción que la mida, porque la emoción es el cambio mismo. El afecto no se reduce a una comparación entre estados del yo, sino que constituye una variación intensiva que afirma una realidad mayor o menor en el cuerpo:

Cuando hablo de una fuerza de existir mayor o menor que antes, no entiendo que el espíritu compare el actual estado del cuerpo con lo pasado, sino que la idea que constituye la forma del afecto afirma del cuerpo algo que envuelve realmente mayor o menor realidad que antes. (Deleuze, 1981, p. 62-63, citando y explicando la definición general de los afectos de Spinoza, Ética, III, definición general).

Esta afirmación implica que el afecto no es un juicio del espíritu sobre sí mismo, sino una modificación efectiva de la potencia de obrar y de pensar. Lo que experimentamos como alegría o tristeza no es una etiqueta que el yo coloca sobre un estado dado, sino el registro inmediato de un cambio en nuestra capacidad de existir.

     El afecto es un paso, no un estado, y las emociones no son cosas que se tienen a la manera de una foto fija, sino pasajes, transiciones, devenires. Se pasa de un estado a otro, y esa variación es el afecto: no una imagen mental de lo que ocurre, sino el movimiento mismo de pasar de una potencia a otra. Por eso, la emoción no es una propiedad de un yo estable, sino el registro de un devenir que nos atraviesa y nos transforma.

     De este modo, los afectos-sentimientos remiten al paso de un estado a otro distinto, considerada la variación correlativa de los cuerpos afectantes (Deleuze, 1981, p. 62). No se trata de una imagen fija ni de una representación mental, sino de una transición vivida, de un devenir que nos atraviesa y nos modifica. La emoción no es propiedad de un yo sustancial, sino el testimonio de un encuentro, de una composición o descomposición de relaciones entre cuerpos: la alegría es el signo de que nuestro cuerpo se compone con otro y aumenta su potencia; la tristeza, el indicio de que una relación se descompone y nuestra fuerza disminuye.

     En consecuencia, el afecto no expresa una identidad previa, sino un acontecimiento que nos transforma, una intensidad que no puede medirse desde un sujeto exterior a ella. El yo no es la causa ni el dueño del afecto, sino aquello que el afecto constituye y disuelve en cada instante. La emoción es, pues, el devenir mismo, y en ese devenir se juega la posibilidad de una vida más intensa o más precaria, más abierta o más contraída sobre sí misma.

     ¿Cuál es el mecanismo de esta dictadura? Hemos pasado de una sociedad disciplinaria, basada en la negatividad del deber (debes), a una sociedad del rendimiento, basada en la positividad del poder (puedes). El sujeto de rendimiento se autoexplota creyendo que se realiza. La dictadura de pasarla bien es la forma más sutil de esta autoexplotación: nos obliga a disfrutar, a ser felices, a rendir en el campo del placer. “La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento.” (Han, 2012, p. 25). Frente a esto, pasarla bien como contra-conducta implicaría recuperar la negatividad, el aburrimiento profundo, la pausa contemplativa. El cansancio fundamental, lejos de ser un agotamiento, es una facultad que inspira y deja surgir el espíritu. Pasarla bien podría ser, entonces, saber aburrirse, saber no hacer nada, saber escuchar un disco entero sin distraerse, saber estar con otros sin la mediación de una pantalla.

     Pasarla bien como otra tecnología de la subjetivación en esta telaraña neoliberal que diseña un yo a la altura de las redes sociales. Pasarla bien con amistades en un encuentro para escuchar música jazz, salsa, rock clásico, baladas, tangos. Pasarla bien compartiendo un asado con esas amistades y las familias. Pasarla bien leyendo buena literatura o poesía. Pasarla bien saliendo a caminar con las mascotas caninas. Pasarla bien tirado en la cama sin hacer nada más que ver una película icónica o de culto. Como bien expresa El Gran Combo de Puerto Rico (1983) en su icónica canción:

Me levanto por la mañana, me doy un baño y me perfumo... Me como un buen desayuno y no hago más na', más na'. Después yo leo la prensa, yo leo hasta las esquelas o me pongo a ver novelas y no hago más na', más na'. A la hora de las doce yo me como un buen almuerzo de arroz con habichuelas y carne guisada y no hago más na', más na'. Después me voy a la banca a dormir una siestita; y a veces duermo dos horas y a veces más, no hago más na', más na'. Y me levanto como a las tres, y me tomo un buen café. Me fumo un cigarrillito con mi guitarra y me pongo a cantar. A la la, a la la, ala la, a la la. Y a la hora de la comida, me prepara mi mujer un bistec con papas fritas con ensalada y mil cosas más. Y me lo mando y no hago más na', más na'. Luego me voy al balcón, cuál si fuera un gran señor a mecerme en el sillón con mi mujer a platicar. A larara, la, la. ¡Ay! Cuando se me pega el sueño enseguidita me voy a acostar y duermo hasta por la mañana y no hago más na', más na'. ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡oígan! Yo nunca he doblado el lomo y no pierdan su tiempo no voy a cambiar. ¡qué va! ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡señores! ¡si yo estoy declarado en huelga! ¡Mi mujer que me mantenga! ¿oíste? ¡Qué bueno es vivir así!, comiendo y sin trabajar, ¡qué bueno!, ¡qué bueno!, ¡qué bueno! ¡Qué bueno es vivir la vida! ¡comiendo, durmiendo y no haciendo na’! El Gran Combo de Puerto Rico, (1983).

Friedrich Nietzsche, en su crítica al espíritu de la pesadez, ofrece una imagen poderosa: “Yo no creería más que en un dios que supiese bailar.(Nietzsche, 2003, p. 74). El dios que baila es el dios que afirma el devenir, que no se petrifica en la moral del deber ni en la pesadez del resentimiento.

     El relato evangélico presenta a Jesús el Nazareno como una figura que, lejos del ascetismo severo, celebra la vida en comunidad a través de la comida y la bebida compartida. Esta imagen se manifiesta inicialmente en las bodas de Caná, donde su primer acto público, un signo, consiste en convertir el agua en vino para prolongar la fiesta nupcial, revelando una gloria que se manifiesta en el gozo del banquete. Más tarde, en casa de Leví (Mateo), se le encuentra en una mesa junto a muchos publicanos y pecadores. Ante las críticas de los fariseos, que preguntan por qué come con esa clase de gente, Jesús responde con la metáfora del médico que no necesita a los sanos, sino a los enfermos. Incluso, cuando se le cuestiona por qué sus discípulos no ayunan, su respuesta es contundente y evoca la imagen de la boda: ¿Acaso pueden ayunar los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Para él, el tiempo de su presencia es un tiempo de fiesta y celebración, no de duelo y abstinencia, revelando así a un Dios que no se petrifica en la seriedad del deber, sino que sabe bailar en el compartir la mesa con los excluidos y marginados.

     La felicidad no es un estado de satisfacción pasiva, sino una danza, un juego, una ligereza que se eleva por encima de la gravedad. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila en mí. Pasarla bien sería bailar, reír, afirmar la vida en su devenir.

Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profundo, solemne: era el espíritu de la pesadez, - él hace caer a todas las cosas. No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos el espíritu de la pesadez! He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empujado para moverme de un sitio. Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí. (Nietzsche, 2003, pp. 74-75).

Pero cuidado: la dictadura de pasarla bien también ofrece una danza —la danza del consumo, del scroll infinito, de la posesión performática. La diferencia es que la danza nietzscheana es creación, no repetición; es afirmación de la propia singularidad, no sumisión al algoritmo. “Pero es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelicidad, es mejor bailar torpemente que caminar cojeando… -incluso la peor de las cosas tiene buenas piernas para bailar: ¡aprended, pues, de mí, hombres superiores, a teneros sobre vuestras piernas derechas!” (Nietzsche, 2003, p. 400) La contra-conducta también sería atreverse a bailar torpemente, a ser feliz de una manera que no está coreografiada por la Entidad.

     Esto recuerda la fragilidad de toda felicidad. Nadie es feliz, sentencia el escepticismo radical. La felicidad auténtica, si existe, es una experiencia tan esquiva que apenas puede distinguirse de la desdicha, pues lo único que puede afirmarse con certeza es que no constituye un estado positivo. Más que una condición permanente, parece manifestarse como un destello fugaz, inestable y difícil de aprehender; de hecho, se suele advertir que la plenitud es tan abrumadora que, paradójicamente, puede llegar a despertar una profunda nostalgia por el fin absoluto de la existencia.

     La felicidad auténtica se resiste a ser definida, pues el conocimiento profundo de la condición humana revela que el saber es sinónimo de desdicha. Así, la verdadera experiencia radical no se formula en términos de satisfacción estable, sino en la intensidad de lo vivido y en reacciones fisiológicas. Esta perspectiva no es un llamado al nihilismo, sino una advertencia contra la felicidad falsa: aquella que se exhibe, se cuantifica y se confunde con la comodidad o el éxito social. Conviene desconfiar de la complacencia y de la certidumbre del que cree haber alcanzado la estabilidad, porque la comodidad del asentamiento suele ser el precio de la obediencia.

     Una comunidad que se acomoda pierde su vitalidad transformadora, del mismo modo que todo individuo que obedece sin resistencia renuncia a su libertad interior y se estanca espiritualmente. Intentar ser libre, por el contrario, implica asumir altos costos personales, condenando casi inevitablemente al aislamiento, al hambre y a la intemperie. El entramado social no tolera la independencia real y solo acepta a quienes oscilan, alternativamente, entre la servidumbre y el despotismo. Vivimos en una prisión sin carceleros que favorece la adaptación antes que la autonomía, una estructura de la que, si se logra escapar, solo aguarda la propia destrucción. Al final, la verdadera vida no se encuentra en el catálogo de las satisfacciones oficiales, sino en la búsqueda, en la tensión y en la imposibilidad misma de ser plenamente feliz.

     La dictadura de pasarla bien nos ofrece un asentamiento: la comodidad del consumo, la certeza del like. La contra-conducta sería, quizá, mantener viva la inquietud, la insatisfacción creadora, la conciencia de que la verdadera felicidad no se encuentra en el catálogo de las satisfacciones oficiales, sino en la búsqueda, en la tensión, en la imposibilidad misma de ser plenamente feliz. Pasarla bien no es entonces un escape de la realidad, sino una inmersión más profunda en ella. No es la búsqueda del placer fácil, sino la práctica de un placer que nos transforma. Es escuchar un disco de jazz con atención plena, dejándose llevar por la improvisación. Es compartir un asado con amigos, no para publicarlo, sino para saborear la conversación. Es leer un poema de Emily Dickinson, Alfred Tennyson, Pablo Neruda o Mario Benedetti; o una página de Friedrich Nietzsche, Stefan Zweig, Flannery O'Connor, Carson McCullers, Italo Calvino, Jorge Luis Borges, José Saramago, Gabriel García Márquez, Cormac McCarthy, Pablo Montoya o Gabriel Jaime Álzate Ochoa, no para acumular cultura, sino para ser interpelado por la palabra. Es salir a caminar con el perro, sintiendo el aire y el suelo, sin la necesidad de documentarlo. Es tirarse en la cama a ver Casablanca o El Padrino, no como un acto de consumo pasivo, sino como un ritual de encuentro con la obra.

     En definitiva, la contra-conducta consiste en sustraerse a la coreografía de la felicidad impuesta para inventar, con los materiales de la vida cotidiana, una danza propia. No se trata de renunciar al pasarla bien, sino de despojarlo de su dictadura, de devolverle su condición de experiencia irrepetible, no cuantificable, no publicable. La contra-conducta no es un acto puramente negativo; es la afirmación de que el poder nunca determina de manera exhaustiva las posibilidades de un sujeto. Siempre queda un margen, un pliegue, una grieta por donde puede filtrarse otra manera de ser feliz. La pregunta de Bernard —¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz… de otra manera? — es, en el fondo, la pregunta por ese margen. La respuesta no está en el catálogo de La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron, sino en la experiencia singular, intransferible y siempre precaria de cada encuentro, cada escucha, cada danza:

Queda mucho por hacer; y aunque se haya perdido mucho, aún queda bastante; y aunque no tengamos ahora aquella fuerza que en los antiguos días movía cielo y tierra, somos lo que somos: un corazón de estirpe heroica enardecido por igual por el tiempo y el destino, pero fuerte en voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse. (Tennyson, 2004, pp. 604-605).

Tal vez de eso trataba, sin que entonces lo supiera del todo, aquella conversación. No era simplemente una llamada de cumpleaños, ni un intercambio de anécdotas sobre discos, melómanos, audiciones o el Mundial de futbol que se jugaba en México. Era, a lo mejor, una pequeña conspiración contra esa telaraña. Porque toda época teje sus propias telarañas que consumen/deshidratan. Telarañas que prometen seguridad democrática, éxito, progreso, firmeza por la patria, felicidad administrada; incluso alguna en modo de autodefensa grita: ¡estudien vagos! Todas terminan, pues esa es su naturaleza, inmovilizando el deseo, secando lentamente la capacidad de asombro y convirtiendo la existencia en una rutina dócil. Romper esa telaraña —en amistad cómplice— no significa huir del mundo, sino negarse a vivir únicamente según los algoritmos del rendimiento, las liturgias de la polarización (expresión cotidiana por esos días en Colombia: entre la gente decente y los de bien) o los mandamientos del consumo y del resentimiento o más bien de ese sentimentalismo exacerbado que obliga/exige decir/mostrarse políticamente correcto para no herir a nadie. Significa sentarse a escuchar un disco como quien recupera una forma de oración laica; conversar durante horas sin la urgencia de tener razón; celebrar un gol, una carcajada o un silencio compartido como si en esos gestos mínimos todavía pudiera respirarse una libertad que ninguna maquinaria consigue programar.

     Por eso, cuando colgué el teléfono aquel 2 de julio, supe que la conversación había sido, en sí misma, un acto de desobediencia. Jaimillo me habló de algoritmos ni de encuestas, ni de las fauces del Palantir advertising, marketing y entertainment que todo lo digiere y todo lo devuelve mercancía (como la misma música y los encuentros de coleccionistas). Me habló de música, melómanos, audiciones; del Mundial de futbol en México; me habló, sobre todo, de romper —en amistad cómplice— la telaraña que nos seduce, nos atrapa y nos deshidrata.

     Y entendí entonces que esa telaraña no se rompe con discursos ni con manifiestos, sino con una canción puesta a todo volumen de Riche Ray, de Roberto Carlos, de Raphael y de los Beatles, con una risa compartida, con un abrazo que dura lo que dura un verso de Let It Be. Entendí que gozar no es evadirse: es la forma más lúcida de estar presente. Que bailar, aunque sea a solas en la cocina, es un gesto político. Que escuchar a un amigo que selecciona música con el rigor de quien elige la vida es ya un acto de contra-conducta.

     En un mundo que nos prefiere dóciles, predecibles y deshidratados por la fatídica tramoya de la política trampiellesca -tan de moda por estos días aciagos en Colombia- y el dogma, la melomanía y la amistad se erigen como nuestra más alta forma de re-existencia. Al final, sintonizar la música que nos da la reverenda gana, gozarse el mundial y elegir el afecto sobre el desencanto es la manera más radical de romper —en amistad cómplice— esa telaraña que nos seduce y nos atrapa. Porque, aunque el tiempo y el destino pretendan desgastarnos, la decisión de pasarla bien, de buscar el encuentro y de danzar sobre las grietas del sistema no es mera evasión: es una vibrante, emotiva y poética re-existencia colectiva que se niega rotundamente a rendirse.

     Esa voluntad inquebrantable de la que habla Tennyson es la misma que late cuando decidimos desobedecer la inercia del aislamiento. Por eso, resistir al peso de los días y a las prisiones invisibles que pretenden codificar nuestra alegría no es una abstracción teórica; es un acto urgente que se concreta en la complicidad de una llamada, en el calor de un reencuentro. La telaraña se nutre de nuestra seriedad, de nuestra fatiga, de nuestra creencia de que resistir exige rostro grave y puño cerrado. Pero Jaimillo —seleccionista, melómano, hermano— me recordó que también se resiste riendo, también se desobedece bailando, también se lucha cantando.

     Lo que Tennyson canta con voz de héroe cansado pero firme —esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse— es, en el fondo, el eco de aquella conversación telefónica del 2 de julio de 2026. Porque romper la telaraña no es un acto de guerra ni de renuncia: es, como bien sabe Jaime Villafañe Padilla, un arte de la selección y del encuentro. No se trata de acumular discos por esnobismo, sino de escuchar solo la música que pasa por el filtro del propio gusto y gana; no se trata de engrosar el catálogo de La Entidad/Matrix/Palantir/Sauron tidad, sino de compartir una audición, un asado, una charla sin política ni religión anquilosada, un mundial de fútbol gozado en complicidad. Esa es la contra-conducta del melómano, del seleccionista, del amigo que sabe que la felicidad no está en el like ni en la posesión, sino en el instante compartido: el sonido bestial y el mulato de Richie Ray, el gato en la oscuridad de Roberto Carlos, la gran noche de Raphael o la melodía inmortal de los Beatles con su all you need is love.

     Romper la telaraña es, entonces, habitar el margen, el pliegue, la grieta por donde se cuela otra manera de ser feliz. No la felicidad que se mide, sino la que se siente; no la que se exhibe, sino la que se vive en la precariedad luminosa del encuentro. Queda mucho por hacer, sí, pero mientras quede un amigo con quien escuchar, un balón que rodar, una canción que compartir, la voluntad de esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse será la misma que nos mantiene vivos, libres, a contracorriente de la telaraña. Y si el tiempo nos ha quitado aquella fuerza que movía cielo y tierra, si el destino nos ha dejado debilitados, pero no vencidos, entonces que sea la amistad el temple heroico que nos queda. Que sea la música el mundo nuevo que aún podemos buscar. Que sea el goce pagano compartido, cómplice, seductor, la forma más terca y más dulce de no rendirse.

     Porque tal vez la resistencia más profunda comience precisamente allí: en la decisión de seguir celebrando la vida juntos, no como una evasión de la realidad, sino como una forma de habitarla con mayor lucidez, dignidad y alegría.

 

Referencias Bibliográficas.

 

Deleuze, G. (1981). Spinoza: Filosofía práctica (A. Escohotado, Trad.). Tusquets.

El Gran Combo de Puerto Rico. (1983). No hago más na. En: From the Beginning. Combo Récords.  

Fumaroli, M. (2010). París–Nueva York–París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes. Diario de 2007 a 2008 (J. L. López, Trad.)

Huxley, A. (2024). Un mundo feliz (S. Gaspar Mosqueda, Trad.). Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1932).

Nietzsche, F. (2003). Así habló Zaratustra (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial.

Shallis, M. (1986). El ídolo de silicio: La «revolución» de la informática y sus implicaciones sociales (J. Vicuña, Trad.). Salvat.

Tennyson, A. L. (2004). Ulysses. En C. Ricks (Ed.), The poems of Tennyson (2.ª ed., pp. 599–605). Routledge. (Obra original publicada en 1842).

 

 

 

 



[1] Carlos Alberto Molina Gómez. Magíster en Educación. Magíster en Estudios Políticos. Especialista en Gerencia de Servicios Sociales. Doctor en Educación. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y espiritualidad. Orcid: 0000-0002-6153-7675. Minciencias: Investigador Junior (IJ).        CvLAC: https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0000794856.

GrupLAC: G I ETNOEPISTEME Lógica y Singularidad Humana. camolina@uniquindio.edu.co  

https://scienti.minciencias.gov.co/gruplac/jsp/visualiza/visualizagr.jsp?nro=00000000013135.

 

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