viernes, 1 de octubre de 2021

JAIME JARAMILLO ESCOBAR X-504 O El grito de la guacamaya / Juan Mares

 


JAIME JARAMILLO ESCOBAR

X-504

O El grito de la guacamaya

 

“Fui lejos, pero allá también me encontré con la poesía.”

 Geraldino Brasil.

 

Por Juan Mares (Colombia)

Se marchó al Olimpo con su original voz para leer sus peroratas salpicadas de historia con el ají pajarito y verdades con humor. Cuando abría sus alas, tenía unos ojos como dos planetoides en busca de luna. Con ocasión de una visita que realicé a Medellín, alguna vez lo abracé  en Otra Parte (la casa del “papá” de los nadaístas, en Envigado) y me pareció un cuerpo celeste, lo más parecido a un ángel: no le sentí carnes, ni huesos, ni cartílagos; lo sentí etéreo, lo más parecido al aire de algodón o nube blanca de sus palabras con las que envolvía los cuchillos de sílex para despresar prejuicios. Sentí sí, su sangre hirviente con el calor suficiente para cocinar sus poemas y la amistad sin contraprestación.

A Jaime lo conocí en la Biblioteca Publica Piloto Para América Latina, en Medellín (La Piloto como le decimos sus “hijos”), con ocasión de una convalecencia tras una severa enfermedad que padecí. Eran los años ochenta. Y bueno, asistí a ese taller durante un año. El que no quería a Jaime, no podía querer a nadie. Jaime era transparente. Sé, y doy fe, de que todos los que lo conocimos lo quisimos.

Desde el Taller de Escritores de Apartadó, en el Urabá, el Caribe antioqueño donde ahora vivo, lo invitamos varias veces. Le ofrecimos pasajes en avión y otras prebendas para su categoría del poeta más importante vivo por esos días,  pero rehuía este sistema de transporte, creo que por ello nunca fue a Europa ni a Estados Unidos. Y tampoco nunca quiso arriesgarse por carretera. Ahí empecé a sospechar que quizá sí tenía huesos y, que con sus años, temía maltratarlos en los derrumbes de la interminable carretera al mar. Y quizá tendría otros ajos más.

En sus talleres utilizaba una metodología sin rimbombancias, leía, nos ponía a leer y luego a conversar sobre lo leído, todos afinábamos el oído a su ritmo de voz. Se tomaban apuntes de sus recomendaciones o cuando se hablaba de algún autor poco conocido por nosotros.

La primera vez que lo leí me prendé de su Mamá Negra, de su libro campeón de peso pesado; me llenó ese libro, Los Poemas de la Ofensa (ganó el premio Cassius Clay, convocado por otros nadaístas), con la certeza de saber que la poesía no era cuestión de métrica ni de rimas, era algo más mágico; eran ritmos de otra galaxia. Ese libro no sé por qué me recordaba pasajes de la biblia y comprendí su anacoretismo. También me hizo evocar pasajes de Walt Whitman y, sobre todo, las peroratas de los culebreros de la zona andina, esa poética ancestral de la que Jaime se nutrió en los pueblos que recorrió escuchando  a los juglares trovadores y otros aderezos con su alto contenido poético. Jaime era observador y sabía escuchar, esto no hay que sustentarlo, es solo leer sus poemas, es ver caer una hoja desprendida de una alta bonga, escuchar el zumbido del aire y el sonido de ella al caer.

Cómo desdeñar ese poema de Palabra  Mágica cuando en  Alrevesino nos canta la copla popular: “Culebra guarda caminos / por qué me querés picar / Sabiendo que sos la contra / de la culebra coral”.  Es típico de esa influencia del paisa que salía a vender menjurjes en plazas y pueblos y -como una sarta de pescados del Cauca- enhebraba su tejido de palabras para recrear el mundo que le había tocado vivir: soñar, padecer y gozar. Esta forma de perorata permea, con toda la gracia de la picaresca paisa, la mayoría de sus trabajos. Agreguemos en ello esa bella Perorata de Sombrero de ahogado, Alheña y azúmbar y Mamá Negra en los Poemas de la ofensa. Nos marcó el camino para pregonar nuestras costumbres con altura y visión poética haciéndonos tirar al basurero del olvido lo que nos diagnosticó el Brujo de Otra parte (Fernando González, a quien algunos consideran el “papá” de los nadaístas): el complejo de hideputa.

Gregorio Gutiérrez Gonzáles abrió una brecha con su Canto al maíz, Epifanio, en su Canto al antioqueño, Barba Jacob con su Canción de la vida profunda, León de Greiff con sus artilugios musicales en cambiar la vida porque de todas formas la llevaba perdida sin remedio, como en el Libro de los Números de la Biblia, uno a uno, en esa cadeneta, fue creando al otro, repito, hasta acabar con el complejo de hideputez con Jaime Jaramillo Escobar. (En la prosa existe otra línea que de igual modo llega a la cúspide con X-504 y Mario Escobar Velásquez). Me perdonan esta digresión, quería decirlo y se me fue. Pues, Colombia es un país de culturas literarias como la de Aurelio Arturo en las montañas del Sur, la de García Márquez en la costa Caribe, la de Jorge Isaacs en el Valle del Río Cauca y el Pacífico y la de Tomás Carrasquilla y Balandú en la zona andina cafetera.

La influencia bíblica en Jaramillo, es tan evidente como la aplicación de sus versículos. Veamos: “Poco después, en un camino, una alambrada de cuchillos detuvo su carrera por una mujer. El pavor del puñal entrando veloz en su pecho como el rayo de Jehová en el becerro de oro que había profanado la virginidad de una hija de Israel”. Pululan las alusiones al libro de libros.

Jaime no aplica la biblia a la manera de los Testigos de Jehová; él escruta la parte mítica, la leyenda y la histórica del texto; para él es la epopeya de un pueblo y sus diferentes épicas. En esa maceración de influjos literarios está en toda su presencia el gran Walt Whitman, ese original narrador poético sin parangón en lengua inglesa y de un humanismo sin igual.

A Jaime solo le faltó estar dentro de una guerra cuidando heridos, pero claro, liberó almas del famoso complejo. Construyó ritmos y demostró habilidades para el soneto, de los que se burló, demostró suficiente tacto para la métrica y sin embargo se pasó más allá de los versos alejandrinos. Jaime escribía leyendo rostros, paisajes, memorias antiguas y los vericuetos de su alma, tan liviana como una lágrima evaporándose de una piedra con un sol trópico-ecuatorial como el de Colombia.

Era abundoso en conocimiento de fauna y flora y de una antropología cartográfica y ancestral del Chocó, de donde sustrajo vetas desde la psicología de las costumbres y la admiración por un pueblo para ser cantado, solo por él y después los otros.

Era igualmente un chamán de las palabras que embrujan: Ruego a Nzamé es una perla de su imaginación. Con los afrodescendientes, a Jaime le pasó lo que a Picasso cuando descubrió la magia de las pinturas rituales y de guerra africanas. Algo lo imantaba al color de borojó maduro, el colorido de los labios de chontaduro de la mujer negra, alta como un cativo, como una bonga, y, brazos fuertes como un choibá y músculos de titanes de los negros de las negras. Magia poderosa ese verso infinito: De allí que pedía “…una palabra antigua para volver a Angbala”, ritual de sacerdote recogiendo las palabras más sabias de los antiguos, la sabiduría popular escalonada generación tras generación. Pulpa de tamarindo y pulpa de coco. Vulva de mujer con ritmo y volcán de zocotroco. Miremos qué mira el niño y canta un pájaro loco. Y no se enojen señores con esto madera toco, que suene al tambor de balso y una marimba de ocho troncos.

Jaime amaba el ritmo y el sentido en cada gimnasia mental como descubriendo y mostrando el entorno por los caminos que anduvo. Enaltece la costumbre ancestral cuando recoge el canto del niño cordobés, heredero de los antiguos zenúes, cuando le guapurreaban (Guapirreo dicen otros para guapirreaban) al viento para alentar las quemas donde iban a sembrar el arroz o el maíz y el  ñame: “¡Harto viento San Lorenzo, viejo barbas de chivo! ¡San Lorenzo, harto viento!” mismo grito para cuando en los amplios patios cordobeses se trataba de pilar el arroz y a falta de balay lo venteaban con totuma sobre totuma y repetían la cantinela. Y era la cascada de arroz de una totuma a la otra y el espumarajo de cisco amarillento, aleluyas al viento. Ese poema, San Lorenzo, es un elogio al niño trabajador y donde pide que lo dejen trabajar porque a los niños no les gusta ser niños, pero que por ese hecho, no los exploten. Y para ajustar, traer a cuento un pueblo asociado al viento: San Bernardo del viento con su La casa de Bob de Sombrero de ahogado.

Jaime fue un gran traductor del portugués y de ello fue bendecido con la izquierda, la derecha y el centro donde están los sesos, del poeta Geraldino Brasil. Tenía mucho magnetismo en eso de transmitir el pensamiento de un poeta a múltiples lectores. Geraldino lo quiso y lo manifestó carteándose con Jaime. Miren esta ofrenda: “Jaime: ésta es sobre mi madre. Ya no está más con nosotros. Se conservó lúcida hasta el fin. Me preguntaba por nuestro amigo de Bogotá. Me besó las manos pocas horas antes.”. ¿A quién se le confían tantas intimidades de familia, tan íntimas? A un amigo poeta.

Para los poetas dejó dos tomos de su Método rápido y fácil para ser poeta. Una serie de segmentos a manera de colección de epígrafes que sustentan toda una normativa donde pone a hablar a los poetas y filósofos que han sido y permanecen para la eternidad de los días. “Ser poeta es, pues, tener un dolor permanente en el costado. Cristo lo ha tenido. Príncipe aporreado de los poetas.”. De sus asuntos con el lenguaje y la academia es bueno recordar las palabras en breve prólogo donde sobre ello dice: “El respeto por el verso obliga a conceder el beneficio de la duda y la objeción académica, y el respeto por la prosa me obliga a aceptar de buen agrado su identidad con ella. Por lo tanto he dispuesto los versos como versículos, modo que adopté para otros libros. En prosa, en versículo, en verso, en semiverso, el poema siempre es el poema.” (Del prólogo a la cuarta edición de Los Poemas de la Ofensa).

La elegancia de sus versos, con historias solemnes, le permitía el malabarismo lingüístico para una sarta de huevos de iguana con camarones y pescados y un racimo de corozos de chontaduro, evocando a una mujer chocoana llena de candongas, pulseras y una batea en la cabeza mientras menea la cadera al caminar.

Uno puede decir como dijeron sus amigos y el propio Gonzalo Arango, al referirse al poeta menos alharaquero de los loros finos de la bandada, para quedarse solo, escuchando el glere-glere de la guacamaya. Guaca de mallas con plumajes tricolores.

                                                                           Epígrafe posterior:

EN EL ADIOS DE X-504 

Sabemos eso:

Un día, cualquier día,

Estiraremos la pata

 

Y ya no pondrá más huevo

¿Elevará el vuelo hacia dónde?

 

O se estrellará contra el suelo,

Como los pelícanos,

Ese suelo lleno de estrellas.

 

Y, como en duelo,

Volará la mariposa negra.

J. M.

LOS NIÑOS / Antonio Arenas

 


 

LOS NIÑOS

Antonio Arenas Berrío

Esta ficción corta, de la escritora Bogotana, Carolina Sanín, no va más allá de 148 páginas, está dividida  en tres partes y cada parte numerada. La I parte esta marcada del 1 al 5, la II parte del 6 al 12 y la III parte del 13 al 18, dando una organización y orden para seguir con atención la lectura de la narración. El hilo descriptivo se construye a través de la ciudad de Bogotá, de una mujer solitaria llamada Laura, su perro Brus y “un niño” de la calle que aparece de repente logrando alterar la vida de la mujer y su entorno laboral. “El niño” desconocido es llamado por la mujer, Fidel, pero su verdadero nombre es Elvis Fider Loreto Membrives, no se sabe quiénes son sus padres, tiene seis años y medio, se desconoce su origen y su fecha de nacimiento. Laura, una mujer sola que vive de las rentas de unas salinas heredadas y que trabaja para unos ancianos por distracción más que por necesidad. Su existencia es vacía y monótona, no tiene novio, otros devaneos y se desconocen sus amigos más íntimos. La llegada del “niño” la altera a tal punto que el lector cree que “ella” cae en divagaciones e incoherencias. Su vida parece ser aburrida y corriente, pero todo esto se ve trastornado con el arribo del “niño” a su vivienda y que inicialmente no pasará a convivir con Laura.  La presencia del “niño” va a cambiar la vida de Laura, alterando su rutina, sus hábitos y costumbres y lo más significativo, su trabajo, el cual abandonará pronto. La ficción comienza con una frase tajante y alegórica pronunciada por “una mujer desconocida” que cuida los carros en el supermercado. Laura, oyó que la mujer le decía: “Le tengo al niño”. Con la aparición del “niño”, la novela da un vuelco, al principio sosegado pero conforme avanza se hará más claro, más preciso. ¿Le vendieron el niño? ¿Se lo regalaron porque la vieron sola, soltera y pudiente? ¿Es un fantasma? La novela empieza como “un drama social” cotidiano: “un niño de la calle” que es “ofrecido”, para de pronto pasar a ser una aventura de intrigas y poder conocer qué fue del “niño aparecido” y finalmente termina siendo un relato de terror, no se sabe si se está ante un “niño” o  un fantasma. El tema en la novela corta, en esencia parece ser la protección de “un niño” de la calle “prometido” por una desconocida en parqueadero de un supermercado y que repentinamente aparece en su puerta y no se sabe de dónde vino, ni como apareció el “niño”, puesto que se desconoce todo de él. Fidel no le dijo a Laura de donde venía. Ahora bien, la novela, en realidad, es una perspicaz “crítica social” que gira en torno a la pregunta de si: ¿se puede vivir en dos lugares a la misma vez? Un lugar que parece real y otro lugar imaginado en las divagaciones de Laura. La novela es “una creación literaria” de lo que podría llamarse los inicios de una “adopción simple”. Una crítica a la burocracia estatal y las casas de adopción en una gran ciudad. Una “creación literaria” de una vida fantasmal de “un niño aparecido”. La escritora maneja una prosa franca donde se recalcan los diálogos y frases cortas entre la mujer, “el niño” y el perro Brus.  Es a través de esta prosa sencilla donde se va destilando de manera paulatina esa “problemática social” que termina con un resultando alarmante para el lector que reconoce como son tratados “los niños de la calle”, en los lugares de Acogida, Casas Hogares y Sitios de Adopción contratados por el Estado para atender este tipo de población de la calle. “Un niño” que llevó Laura, a la mayor institución del Estado. “Un niño que llegó a su puerta y de la cual Laura dijo lo había encontrado en la calle”.  Se trata de “una problemática social” grave, “los niños abandonados” en las grandes ciudades y la respuesta del Estado y el sector privado que administra los programas sociales para la población más pobre y vulnerable.

Una de las dificultades sociales y éticas de la condición humana en todos los tiempos habidos y por haber. ¿Un abandonado? ¿Un huérfano? ¿Un desamparado? ¿Un fantasma? Laura, deberá enfrentarse a “un problema social y legal”, la disyuntiva que establece la Ley frente al “paradigma de la  protección integral y la adopción”. Y la otra Ley que no está escrita pero esta tallada en el rostro de “los niños abandonados” que circulan por las calles de la ciudad. “Niños inocentes”, abandonados al destino, almas nobles con un presente y un futuro incierto. Mujeres que quieren “hijos no biológicos” para hacer de sus vidas algo mejor en una sociedad, deshumanizada e indiferente ante sus “niños”, donde la burocracia y el poder impiden a veces cualquier acto de solidaridad de destino o solidaridad familiar. Toda la trama de la ficción corta, gira en torno a  cuatro actores principales: Laura – mujer – sola. Niño – desconocido. Brus - perro de compañía. Ciudad – de poca acogida para “los niños” abandonados.  Las relaciones establecidas entre ellos y los vínculos afectuosos  son algo raro, que dejan un sin sabor e incomodidad al lector de la ficción. Situaciones cambiantes, divagaciones, isla desconocida, ballenas, casas etc. Carolina Sanín, como escritora hábil utiliza un lenguaje sencillo, mesurado, que prescribe la información y las explicaciones  dadas y estableciendo una tensión en el relato. La novela, profundiza subrepticiamente en disertaciones de tipo crítico sobre las condiciones de “los niños abandonados”. La ficción resalta la burocracia estatal, torpe, lenta e infructuosa, en contexto de los Albergues y las condiciones de “los niños” que van allí. La destreza de Laura para buscar el “niño”,  su relación con “el niño, el informe  incoherente que recibe y por el cual ha pagado una suma de dinero,  el lugar donde vive “el niño” resultan raros en una sociedad que dice proteger a sus “niños”. La supuesta formalidad y cotidianidad de la narración social se van desvaneciéndose gradualmente hasta acabar floreciendo una ficción con visos de aparecidos, lugares imaginados y fantasmas. El título de la novela corta,  representa un desafío social al lector “LOS NIÑOS” y se puede preguntar como lector: ¿Le pasa algo a “los niños” en la ciudad de Bogotá? ¿Qué representan “los niños” en esta sociedad? La crítica social, es clara, algo pasa con “los niños” en esta ciudad. No nos dejemos impactar porque la novela posea elementos fantásticos, isla, casa ballenas, fantasmas, y dos cuentos que darían una salida digna a la vida y el futuro de “los niños”. Empero, la lectura lenta página a página de la novela Moby Dick, del escritor, norteamericano, Herman Melville, pareciera ser un pretexto para hablar de “un niño” y de “ballenas”. Recuérdese que Ismael, en la ficción de Melville, es “la voz” que narra la historia. Se trata de “un niño”,  o un joven, que ha resuelto entrar en el mundo de la casa de las ballenas, está motivado por las aventuras que desea experimentar, pero se da cuenta de la crudeza del trabajo de ballenero. También, en la ficción la cita de la película, “Gloria”, de Jhon Cassavetes. Es otro subterfugio para escribir “LOS NIÑOS”. Y para  narrar y hacer una  “denuncia social” en el trato con “los niños” en las grandes ciudades. La película cuenta la historia de “una mujer”, exnovia de un Pistolero, que ayuda en la huida de “un niño”, que es buscado por la información que puede suministrar. El filme sucede en la ciudad de Nueva York. Se  ve la sucesión melancólica de la película y la intrigante trama llena de sensibilidad frente a  la situación de “los niños”. Carolina Sanín, nos  plantea una novela  sensible y encantadora, con la  capacidad para agarrar a cualquier lector. Con una historia  misteriosa  y turbadora, Toda novela cuenta una historia y en la historia deberá pasar algo. Una historia de “un niño”, fingida y tejida de cosas que comúnmente suceden o son creíbles. Es una historia ficticia y al mismo tiempo parciamente inventada. La verdad de las mentiras sobre “los niños” en una gran urbe.

La novela “LOS NIÑOS”, es una manera estupenda de revelar la situación de “los niños desamparados” en las grandes ciudades. Vidas   de  “niños inocentes” atrapados por la pobreza,  la violencia y el abandono social. Vidas utilizadas por los adultos para ejercer la mendicidad en las calles.

Vale la pena leer la novela corta, “LOS NIÑOS”, que ha tenido “tres ediciones” y representa una de las mayores sátiras sociales sobre la vida de “los niños abandonados” en  la ciudad  de Bogotá.   

 antonioarebe1@hotmail.com


SILENCIO: PIEDAD ESTÁ JUGANDO / Darío Ruiz Gómez

 


SILENCIO: PIEDAD ESTÁ JUGANDO

Darío Ruiz Gómez

El ojo avizor de un funcionario descubrió a Piedad Córdoba cruzando el puente fronterizo de Cúcuta disimulada  entre la cola  de niños exhaustos, ancianos(as) , jóvenes derrotados que buscan escapar del infierno de la narcodictadura. ¿Se había cambiado su turbante ostentoso por uno de telas baratas, por un sencillo hábito y unas chancletas para “empaparse de pueblo” y en la nueva campaña electoral “dar voz a quienes no tienen voz”?  Primeramente como a Pablo de Tarso  la luz de la verdad tendría  que haberla derribado del caballo para que se diera  cuenta de que había estado en el camino equivocado y de aquí en adelante  va a anunciar  su renunciar a las bullosas y ostentosas fiestas con cinco orquestas, a un exhibicionismo cínico al lado de  un dictador como Chávez y de un monstruoso asesino como Maduro con el cual  ha aparecido abrazada una y otra vez en los balcones del populismo olvidando que a esta falta se la llama injerencia en la vida política de un país que no es el suyo y debe ser castigada.  Bajar de esas tribunas, salir de las fiestas interminables del Cartel de los Soles, del encuentro con la dirigencia de las FARC supondría que después de su descenso a los infiernos de la miseria  al lado de quienes deben abandonar sus hogares y convertir la carretera en su única patria, Piedad ha comprendido  por fin lo que sería la entrega de Colombia a un régimen de torturas, ejecuciones extrajudiciales, desaparición de todo derecho a la libre expresión y vestida de pobre ha venido a predicar con su ejemplo su rechazo a estas ignominias. Sin embargo, sabemos que esto nunca llegará a suceder y el porqué de esta particular entrada y salida de Venezuela tampoco llegará a conocerse. Pero también sabemos que ninguna de nuestras autoridades la llamará a dar explicaciones de su conducta ya que tiene, desde que se llamaba Teodora, el derecho a salir y entrar del país sin que ninguna autoridad  le pueda llamar a cuentas por transgredir  una ley de la República. Declarar como nulos por “un mal procedimiento” los discos duros de los computadores de Raúl Reyes fue la estrategia  para  politizar  la Justicia y  ponerla  por entero al servicio de un objetivo único para el Gobierno Santos: los Acuerdos de Paz. La otra, recurrir a una larga tradición de la justicia colombiana en el empleo de los eufemismos para evitar  castigar a los directos responsables de asaltos y masacres con el fin de  mantener bajo la mayor ambigüedad el concepto fundamental de terrorismo. ¿Cuál es la diferencia entre colocar una bomba que mata treinta civiles y asaltar un banco? ¿Entre alguien que lucha por sus supuestas ideas y un desalmado narcotraficante? ¿Porqué los autores de 32.000 secuestros y 14.000 niños reclutados, fusilados andan en la calle?

En toda guerra las partes soslayan crímenes expresamente condenados por la Convención de Ginebra, pero en el caso de Colombia la laxitud de la justicia al respecto ha llegado a verdaderos desatinos cuando se sigue considerando como guerrillero político a quien ya debía ser juzgado como un criminal de guerra. Piedad en cada ocasión en que aparecía involucrada al chavismo y a las FARC rápidamente fue exonerada de culpas por un inexistente Partido Liberal y un dirigente sin credibilidad moral alguna como César Gaviria y desde luego por esa justicia que ella había logrado acomodar a los intereses de los Acuerdos de Paz. ¿No es una agria broma el que hayan existido personajes del subsuelo como el Fiscal Montealegre y su Robin? A estas alturas Piedad ha perdido realidad en tanto no ha sido una defensora de su etnia ni de su pueblo mantenido en la miseria. Si miramos hacia atrás el Caso 8.000, el Cartel de la Toga, los argumentos de la JEP para dejar en libertad a Santrich, personajillos como Roy Barreras, Benedetti, Gustavo Bolívar se constituyen en actores del friso  de una gran farsa política de la cual Piedad Córdoba ha sido la descarnada Hada Madrina. El “Pollo” Carvajal tiene los discos duros de Reyes como –según se anuncia- presentarlos como prueba de la colaboración de las FARC con el chavismo en el negocio del narcotráfico. ¿Lo que sigue a continuación será un giro lingüístico o una aurora de la verdad? Cuando la verdad la deje al desnudo ¿Se aburrirá Piedad como las niñas grandes que nunca reprendieron y que no tuvieron amigos(as) en la tierra?

Francisco Jaramillo Medina. Un poeta que, a comienzo del siglo XX, fustiga la violencia del progreso / Adonaís Jaramillo

 

Francisco Jaramillo Medina 


Francisco Jaramillo Medina,

Un poeta que, a comienzo del siglo XX, fustiga la violencia del progreso


 Adonaís Jaramillo

 

“Progresar es violar”

Por allá por la segunda década del siglo pasado cuando la SMP de Medellín representaba una instancia de  poder para orientar el destino de la ciudad, Ricardo Olano, su oficiante  mayor, quiso abanderar la subjetividad en boga de la época con su revista   PROGRESO, que era el nombre con el que agitaba el nuevo mito, todo un  imaginario  inscrito en ese sentimiento occidental de entonces que afirmaba la mejora continua del hombre y de las cosas por el efecto de su intervención sobre el mundo;  tema que  se convirtió en la  Villa de La Candelaria de entonces en una obsesión.

Este relato,  -referente de la modernidad-,  era  agenciado por Ricardo Olano, máximo representante de la nueva ciudad, quien había nacido en  Yolombó  (fue  par de Tomás Carrasquilla, en la  tertulia que tenía su sede en la vecina población de Santo Domingo); había amasado allí parte de la fortuna como minero y luego se hizo comerciante próspero, lo que le permitió viajar y graduarse de arquitecto en la universidad del mundo, y en esos viajes, por la  Europa finisecular, que estrenaba la máquina y la revolución industrial, dándole paso al capitalismo,  colmó su ideario para implantarlo en la Villa, “evangelizando” con su buena nueva a sus paisanos, “gente local y chata y roma” con este arrollador cuento.

Y en Medellín, centro de su accionar urbanista y urbanizador, donde la SMP daba las pautas privadas con efecto político para ordenarla, - no le quedaba difícil hacerlo-, pues era en verdad político sin que se notara, por su reputación de hombre cívico, y por su recorrido y conocimientos, no encontró muchos oponentes. Salvo los poetas.

¿Quién era el osado que se atrevía a desafiar el dispositivo de poder que inauguraba Ricardo Olano y le pusiera un contrapunto a su publicación? Con las armas del alma, un poeta de provincia de nombre Francisco Jaramillo Medina quien había nacido en Angostura en 1884, se le midió al reto.

Un año menor que Miguel Ángel Osorio (Barba Jacob), con quien compartió la escuelita del maestro Cornelio en esa aldea minera, donde crecieron juntos entre el fuego del Padre Marianito y la biblioteca de don Alejandro Vélez que mezclaba ilustrados con cataratas de versos de Zorrilla y de Campoamor, y que les abrió al mundo.

Esos muchachos románticos se dispersaron de su aldea en los primeros años del siglo, y los dos –los más notables- no volvieron a verse.

Miguel Ángel (que en 1906 enterró su nombre de pila para encontrar en el de Ricardo Arenales que adoptaba al comienzo de su errancia y creación, recogiendo en él su sentimiento de los amigos y parajes de la infancia que dejaba, lo mantuvo hasta que en Guatemala, por los años veinte, lo abandonó porque se confundía con el de un malhechor que buscaban, por el de Porfirio Barba Jacob.

Ya el Ricardo Arenales instalado en Barranquilla por esos años de la huida, inauguraba la primera tertulia que tuvo lugar en esa ciudad con Leopoldo de la Rosa y José Félix Fuenmayor, entre otros, y desde allí, recordaba a Francisco Jaramillo, su compañero de la infancia y hermano de su primera novia, Teresita, esa que “… era como las teresitas, azul crepuscular…”

Y a él, desde ese puerto distante, le dedicó un extenso poema de juventud, con temática igualmente romántica, “las Tristezas del Camino”, que publicó en el periódico La Quincena de San Salvador; un entrañable epígrafe, revela los lazos profundos que los unían desde la escuela, sirve de dintel al poema.

“hasta los riscos antioqueños y para el alma de F.Jaramillo Medina, vibradora como un cristal, lejana como una constelación… alma de poema y de balada, de flor y de estrella, de niño y de hombre…”

Jaramillo Medina, no tuvo el alcance territorial de su camarada de la infancia Miguel Ángel Osorio, Barba Jacob, “que vagó, sensual y pródigo por islas de su América…” ni su lírica que aún resuena; aquél se afincó en Yarumal, centro por entonces de un importante actividad cultural y económica que a la par con Santa Rosa de Osos, se disputaba la preeminencia de la región del norte de Antioquia. Y allí permaneció hasta su muerte, acaecida en plena juventud, a la edad de treinta y cinco años, abatido por el tedio y la cafeína.  El spleen del fin de siglo, entre el fuego de Baudelaire, Nietzsche y Rousseau, inflamaron su canto.

Y desde esta empinada sierra donde está emplazado Yarumal, Jaramillo Medina afirmaba intensamente con sus versos publicados en periódicos y revistas de la época, su talla de poeta, y agitaba controversias por sus escritos, y horrorizaba con su Sulamita - un poema erótico de impecable factura-, a las almas municipales; en este poema sinfónico, vibra con la mujer que lo inspira, en un mano a mano con el Cantar de los Cantares.

Era 1912, y el motor de la ola capaz de transformar la ciudad en todos sus órdenes, Ricardo Olano, con el dispositivo que alentaba, necesitaba un cantor que interpretara el momento. Y lo encontró en el poeta F. Jaramillo Medina.

Y la necesidad de este sello, de una épica, que requería Olano, parecía contenerla el poema PROGRESO con el que concursó Francisco Jaramillo Medina, y que le valió del jurado las palmas, en esa época cuando la poesía lo colmaba todo, y el héroe, no era el traqueto y la estrella del futbol de ahora. El poema, conmovió al jurado, pero no conjuró el PROGRESO.  El futuro nos pertenece, parecía predicar Olano. Y Jaramillo Medina, mezclando sentimientos expresaba:

 

 “Delante de los pórticos divinos

Del siglo XX. Poderoso, ileso,

Tras de peregrinar por los caminos

De todas las naciones y las eras:

Tal se yergue el PROGRESO,

Rayando con su testa las esferas

Del porvenir….

¿Qué brazo titanida

De arquitecto profundo

Comienza a dar al mundo

¿La forma de Palacio de la Vida?

 

Y Jaramillo Medina va desgranando sus versos para mostrarnos que toda la belleza del mundo, está amenazada, y así nos lo comunica, en detalle, como si le estuvieran desgarrando su alma con lo que intuye; versos que nos alcanzan ahora, con los desastres provocados, como si la poesía y la profecía se confundieran.

 

PROGRESAR ES VIOLAR.  El indio, el monte,

La cascada ululante, el bosque puro,

La azul diafanidad del horizonte,

La Fauna, el océano…todo eso

En pro del vellocino del futuro,

Sufre las violaciones del PROGRESO.

 

El monstruo, El Progreso, como era la calificación que le daban los románticos a ese nuevo ethos que de manera tan fiel lo expresaba e interpretaba F. Jaramillo Medina, encuentra en este verso su clímax.

” La selva se estremece: sordo ruido

Perfora sus silencios milenarios

Aquí tiembla una rama, y allá un nido

Cayó sobre los rieles…”

 

 Verso que mantiene su verdad, en el ahora.

Jaramillo Medina, intuyó que EL PROGRESO mancillaba la tierra, y se quejaba porque ésta, la Tierra, no reaccionaba. Y esa reacción no se podía medir en ese momento, como si ocurre ahora.

 

“La tierra irresponsable

Debiera odiar al hombre;

Al sátiro insaciable

 Que a la luz de los astros la desnuda…”

 

PROGRESAR, ES VIOLAR, un eco de su maestro Rousseau, que, a manera de ritornelo, busca calar hondo. Y su canto profético lo logra.

 

Solitarios

Devotos de la selva incorruptible:

La civilización es luz terrible,

Pecho sin corazón, potencia llena

De una severidad que nada abate;

La civilización es la serena

Máquina que fusila en el combate.

 

Pero también sabe que esa emergencia, no la puede detener, y un tanto resignado, se despacha al final dándole la bienvenida

 

PROGRESAR ES VIOLAR.  Y sin embargo

¡Bien venido a mi Patria, tú, el amargo

Violador del paisaje rumoroso….

Bien venido a mí Patria, tú ladrón

De la joya inefable del reposo,

De la paz de la vida,

De la doncellez rebelde y santa

De la Naturaleza estremecida…

Allí donde tú planta

De yankee el suelo toca

¿No más la yerba crecerá?...

Y entonces

¿Ha de morir como la Fé, la loca

Poesía Increada,

Al sufrir la pisada

¿De tu bota de bronce?


Ese poema, fue laureado en los “juegos florales” de 1912, y a F. Jaramillo Medina, se le coronó.  Eran otros tiempos.

La obra de F. Jaramillo Medina está dispersa en las publicaciones de entonces, (apenas como para rescatistas de los poetas olvidados de la literatura temprana como el  maestro Jorge Alberto Naranjo y Juan Luis Mejía)  y existe un libro que recoge una selección de esos poemas, editado por la librería de Antonio J. Cano en 1936, y una obra de teatro “El Frio de la Gloria”, esa  “que pesa como un opulento fardo”, que nos recordara Pessoa.

Jaramillo Medina, murió el 15 de febrero de 1919 en Yarumal, su ciudad.


PROGRESO

Poema Laureado en Medellín en los Juegos Florales de 1912:Delante de los pórticos divinos

 

Del siglo XX. Poderoso, ileso

Tras de peregrinar por los caminos

De todas las naciones y las eras:

Tal se yergue el PROGRESO,

Rayando con su testa las esferas

Del porvenir... ¿Qué brazo titanida

De arquitecto profundo/comienza a dar al mundo

¿La forma de Palacio de la Vida?

 Se abandona la Tierra, el hombre sube;

Y para gloria del eterno Sabio,

Ubres de claridad tendió la nube.

Tesoros de sapiencia dijo el labio;

Y prodigiosamente, en largo vuelo,

El globo, cual la Fe, conquista el cielo...

La selva se estremece: sordo ruido

Perfora su silencio milenario; aquí tiembla una rama, y allá un nido

Cayó sobre los rieles.../

Solitarios/devotos de la selva incorruptible:

La civilización es luz terrible,

Pecho sin corazón, potencia llena

De una severidad que nada abate;

La civilización es la serena

Máquina que fusila en el combate.

 

PROGRESAR ES VIOLAR. El indio, el monte,

La cascada ululante, el bosque puro,

La azul diafanidad del horizonte,

La Fauna, el océano...todo eso

En pro del vellocino del futuro,

Sufre las violaciones del PROGRESO

La tierra irresponsable

Debiera odiar al hombre;

Al sátiro insaciable

Que a la luz de los astros la desnuda,

Y que apesta de máquinas ruidosas

Sus cálidos vergeles

Mientras ella, grandiosamente muda,

Deshoja, como lágrimas, sus rosas

Sobre las paralelas de los rieles...

Compañeros queridos,

Amantes de la Selva y del Pasado, de Grecia y de los nidos...

Mirad: El Porvenir está cuajado

De fraguas!...

Corazones encendidos

En todos los deseos:

Vosotros con cabal sabiduría

Hubierais, como el lírico de Theos

En medio de la orgía

Y ante la danza de las diosas locas,

Saboreando el beso en los racimos

Y el vino en la fragancia de las bocas!

 

PROGRESAR ES VIOLAR. Y sin embargo ¿Bien venido a mi Patria, tú, el amargo

 

Violador del paisaje rumoroso...

Bien venido a mi Patria, tú ladrón/

De la joya inefable del reposo,/

 

De la paz de la vida,

Y de la doncellez rebelde y santa

 

De la Naturaleza estremecida...

Allí donde tu planta/de yankee el suelo toca

¿No más la yerba crecerá?...

Y entonces

¿Ha de morir, como la Fe, la loca

Poesía Increada/al sufrir la pisada

De tu bota de bronce!...

 

Niéguelo Zarathustra ¿Dios existe!

Abierto entre las noches `prodigiosas

El ojo del Señor -la estrella-viste

De dulce claridad las mudas cosas

Y la conciencia yerta;

Por eso toda estrella es una puerta de la Verdad...

La mano del Señor bendice e prado,

Y el prado, agrade decido,

Derrama sus espigas por doquiera....

Cual si la voz del Infinito oyera,

Ya el trigo, arrodillado,

Se siente, estremecido,

Carne del Redentor Sacramentado...

Niéguelo el eunuco! Anadiomena

Existe para Grecia y para el Arte! Arte, Grecia! La lúbrica sirena

De Chipre, con olor de rosa, vierte

Fiebre divina en los prados

De la vida y de la muerte...

Seguida de la sonora

Cohorte de los Pecados,

Avanza la Vencedora, la gran Belleza que llora,

Con su pajecillo -el beso-

Y su espíritu -el Amor,

Oponiendo siempre una flor

En el ojal del PROGRESO.

Bien venido a mí Patria, tú, el de pies

De hierro para el valle florecido;

Bien venido a mí Patria, tú el Burgués

De las fraguas, del sórdido alarido; a pesar del paisaje silenciario,

De la Belleza herida,

De la trémula esencia de la Vida/y de mi corazón de visionario!.  1912

 

Y este soneto.


TEDIO

Ni placer, ni dolor. Un tedio, un tedio,

Que todo en mi camino lo enajena,

Un desdén por el goce y por la pena,

Un fastidio del mal y del remedio...

El alma hecha cristal, absorta, en medio

De un inconmensurable mar de arena.

Ni un aura, ni un rumor, ni una azucena

En el planeta desolado.  Un tedio...

 

Rota por los eternos vendavales

El alma, como un tronco, en los cristales

De la tierra y del tiempo se reclina...

 

Por eso nada busco, nada espero.

¡Ya de la vida al santo pebetero

No aporta el corazón ni una resina!

 

SULAMITA

Las mujeres del Arte.

¿Qué valen junto a ti? ¿Qué Dulcinea,

Qué Cloe, qué Beatriz, qué Margarita?

La mujer en el Arte, es una idea;

En la tierra, en la vida, es un baluarte

Del corazón…

¡Oh ardiente Sulamita,

La de los labios únicos! Simula

Tu mórbida belleza la redoma

En que Amor sus tesoros acumula,

Y cuando el fuego a tu pupila asoma