sábado, 16 de mayo de 2026

Key Serna, la poeta del vino, Urrao / Víctor Bustamante

 

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Key Serna, la poeta del vino, Urrao

Víctor Bustamante

Key Serna lleva escribiendo hace relativamente poco y, asimismo, publicando muy poco; sin embargo, aunque su quehacer poético apenas comienza, ella ha sorprendido por la manera tan personal de escribir y de expresar su poesía. Considero que, así aún no haya publicado un libro, ya es una artista que inicia un camino, camino áspero y duro, pero que ella sorteará debido a su alegato personal, unido a su instancia creadora a prueba de retos falsos, ya que percibo en ella autenticidad, paz interior, lejos de las discordias y de las disociaciones. Sus poemas reflejan un individualismo estilístico poco común en algunos poetas noveles, cargados y sin penurias, atrapados en su afán de escribir sin lecturas previas y con los temas que más están en la atmósfera para pegarse a la sazón del ambiente y agradar; uno de ellos, el tópico más manoseado en Medellín: la violencia o la sumisión de la poesía a la necedad de abrevar en ciertos poetas de dudosa actitud.

El hecho de vivir en Urrao ha permitido que Key no haya sido contaminada por la literatura de falso folclor ni por las huestes del feminismo de clóset y, así, ella prosiga en su soledad de las montañas, en un pueblo tranquilo y bello donde puede escribir verso a verso cada vez que pedalea en su bicicleta o camina por esos surcos de las veredas y montañas que constituyen su plano personal, ese que lleva en las palmas de sus manos hacia las cascadas, agua pura que corre libre, nunca domeñada, y que se refleja en la pureza de su paisaje interior. De esa manera, con una escritura tan personal y presente, Key posee, de la manera más auténtica, la palabra para entregarle todos sus ecos, aquellos que brotan limpios de su ser interior.

Me gusta que su poesía sea confesional, ya que se expresa ella misma, sin autoconmiseración, en diversas direcciones, definiendo lo cotidiano a partir de su tersura, así como mantiene, con cierta perspicacia, presentes los temas trascendentales de esas heridas a veces escondidas: la vida, la muerte y el amor, que reaparecen en los momentos más inesperados para recordarnos que somos, no el junco impávido y pascaliano, sino el ser que se siente tocado por la existencia; aquella que la lleva a escribir poemas tan inconmensurables, en apariencia simples, cargados con la fuerza de su inobjetable sello personal.

Key reacciona ante las circunstancias de la vida, ese viaje sin ruta, pero no para arrinconarse, sino para hacerse fuerte y poetizar lo que considera esencial, aquello que la lleva a ser tan genuina. De tal manera, revela el desafío de la vida que ella escudriña sin recelos para dar su respuesta a través de su escritura misma, como la respuesta personal de ella, sí, de la poeta. Lo que enfatiza que Key pone en su escritura su relación con la vida y el paisaje. Ese paisaje que ella se apropia, camina, observa y redefine, y que le entrega su toque esencial, aquel que sale para ser visible en sus poemas.

A través de sus poemas, uno de ellos Insomnio, es posible rastrear esa relación entre su poesía y sus reflexiones personales, lo cual permite un vínculo con Henry David Henry David Thoreau cuando afirma: “Solo cuando nos perdemos… comenzamos a encontrarnos a nosotros mismos”. Y eso mismo le ocurre a Key cuando, en las noches de desvelo, apaciguada a las tres de la mañana, inmersa en esa circunstancia de ser ella misma en la soledad matizada por sus reflexiones, el pensamiento leva anclas para pensar en la vida que nos atrapa entre las paredes de la noche, negra noche, así como negra madrugada entre montañas, entre paredes y entre los ruidos que provienen desde cualquier lugar.

En medio de ese momento espeso de la vida, y a esa hora del conticinio —ese instante de la noche que ya será madrugada, donde los ruidos no se sienten porque solo claudica el yo de quienes viven en posesión de su noche interior, del ser mismo—, solo se escuchan los ruidos interiores; el más preciado: el sonido del corazón, pausado, lento, como homenaje a sí mismo, golpeando las paredes del alma como si nos recordara lo que somos: un ser en soledad que se agrupa a sí mismo en sus palabras para arder y apartarse de los ruidos confabulados, pero también de las luchas interiores, tormentas duras y pasajeras que llegan desde algún lugar de la memoria que habla, así como de los pasos que no pasan y de las palabras que nadie pronuncia. Entonces es cuando la poeta deshila su insomnio, ese puerto inaudito, lacerado por las propias palabras, por las circunstancias que tejen y tejerán la vida en cualquier túmulo y, sobre todo, en esa suma de instantes donde el ser quiere expresarse; y cómo se expresa a través de ese sentido y bello poema que es Insomnio.

Key no merodea atrapada en situaciones inherentes a su sexo ni en dilemas extravagantes y de confrontación; simplemente, a través de su hermosa poesía, emergen esas palabras tan suyas, ya sea en una visita al hospital, para darnos el asombro y la melancolía de ese lugar, o cuando sale a vender su propio vino, Toche, en bicicleta, a través de ese Urrao tan amado, tan presente, tan fuerte, tan único como ella.

 



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