| Zdzisław Beksiński |
LO
TRÁGICO DEL PUEBLO
Darío Ruiz Gómez
Hace
ya cuatro años señalé que el Cauca iba a convertirse en el centro de la
violencia causada por la presencia de algunos Carteles mexicanos en convivencia
con las Farc y el ELN más cruel éste a la hora de explotar minas y sembrados de
coca esclavizando a indígenas y campesinos. Un proceso de sometimiento de los pobres
y no de liberación del pueblo, que contó con la colaboración de la nueva Minga. Unas espléndidas crónicas de Salud
Hernández describieron magistralmente un escenario de muerte, de poblaciones
abandonadas, de la rápida caída en el narcotráfico de las comunidades que
Quintín Lame había defendido afirmando la especificidad de su lucha a
diferencia de la violencia “revolucionaria” de Aída Quilcué, Valencia, Acosta
copiada del modelo de las FARC. La Minga
a la cual mediante un tramposo
acuerdo se le hicieron inauditas
concesiones de tierras y desproporcionadas ayudas económicas mientras que sobre Jambaló, Caloto, Buenos Aires, Corinto,
Argelia, Cajibío, el Tambo, con la violación explicita del Estatuto del Roma,
siguieran reclutando niños y niñas, decapitando a placer líderes y lideresas,
en una desenfrenado genocidio, de crímenes de Lesa Humanidad que terminó por
convertir en cómplices a muchos dirigentes políticos del Cauca, a muchos
intelectuales y contó con el apoyo de la llamada Iglesia de Puebla. Entre tanto
las FARC como el ELN conformados en su origen político por dirigentes blancos, estudiantes blancos,
cabecillas de origen universitario que fueron desapareciendo en medio de los
azares de la violencia revolucionaria fueran sustituidos por cabecillas
nativos, mestizos criados en la
selva, confinados en las cárceles de la
llamada “ancestralidad” un rótulo para ocultar las verdaderas intenciones de
enriquecimiento personal de sus
cabecillas hasta caer como hoy en una
anarquía imposible de detener.
Que
dos respetados medios de comunicación titulen en su primera página que “al
parecer las cuarenta y siete acciones armadas, el asesinato de veinte
campesinos indígenas, once de ellos de una sola vereda respondieron a la
reacción de Mordisco por la muerte de su novia en un bombardeo del ejército” es
una vergonzosa demostración de que a sus
mesas de redacción les interesa más la desinformación que un análisis sobre lo
que rodea a este tipo de violencia
nacida e impulsada por una desequilibrada forma de irracionalidad donde han
terminado matando a su propio pueblo. ¿Quiénes convirtieron la Panamericana en
un territorio sangriento de secuestros, violaciones, quemas de vehículos a
nombre de una Pacha Mama caricaturesca? ¿No habíamos visto antes esos cráteres
de artefactos explosivos colocados para impedir, repito, el derecho consagrado
a la libre circulación? Los hechos convertidos en noticia no nos conmueven ni llaman
a pronunciarnos sobre estos atropellos banalizados hasta convertir finalmente a
una sociedad en cómplice de estas manifestaciones de ciega violencia. La
tragedia del pueblo consiste en que
quienes lo nombran y manipulan son los primeros que los condenan a muerte ya
que nada ahonda más la desigualdad que estos atentados donde el ejecutor quiere
afirmarse sobre la negación de sus víctimas. Hace cuatro décadas los teóricos
de cafetería universitaria aclaraban para justificar a la guerrilla que había
que distinguir entre la violencia burguesa y la violencia revolucionaria. ¿La
violencia de Calarcá, Mordisco, la del ELN y la de la Minga matando campesinos,
indígenas, afrodescendientes es acaso una “violencia revolucionaria”? Se
nombra, se actúa en nombre del pueblo –
y esto es lo trágico - para luego matarlo. PD En el 2002 un Juez
de la República condenó a 25 años a prisión a Iván Márquez, Pablo
Catatumbo y al Secretariado de las FARC
como autores intelectuales del espantoso
asesinato de Monseñor Duarte Cansino.
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