miércoles, 27 de mayo de 2026

LO TRÁGICO DEL PUEBLO / Darío Ruiz Gómez

 

Zdzisław Beksiński

LO TRÁGICO DEL PUEBLO

Darío Ruiz Gómez

Hace ya cuatro años señalé que el Cauca iba a convertirse en el centro de la violencia causada por la presencia de algunos Carteles mexicanos en convivencia con las Farc y el ELN más cruel éste a la hora de explotar minas y sembrados de coca esclavizando a indígenas y campesinos. Un proceso de sometimiento de los pobres y no de liberación del pueblo, que contó con la colaboración de la nueva  Minga. Unas espléndidas crónicas de Salud Hernández describieron magistralmente un escenario de muerte, de poblaciones abandonadas, de la rápida caída en el narcotráfico de las comunidades que Quintín Lame había defendido afirmando la especificidad de su lucha a diferencia de la violencia “revolucionaria” de Aída Quilcué, Valencia, Acosta copiada del modelo de las FARC. La Minga  a la cual  mediante un tramposo acuerdo se le hicieron  inauditas concesiones de tierras y desproporcionadas ayudas económicas mientras que  sobre Jambaló, Caloto, Buenos Aires, Corinto, Argelia, Cajibío, el Tambo, con la violación explicita del Estatuto del Roma, siguieran reclutando niños y niñas, decapitando a placer líderes y lideresas, en una desenfrenado genocidio, de crímenes de Lesa Humanidad que terminó por convertir en cómplices a muchos dirigentes políticos del Cauca, a muchos intelectuales y contó con el apoyo de la llamada Iglesia de Puebla. Entre tanto las FARC como el ELN conformados en su origen político  por dirigentes blancos, estudiantes blancos, cabecillas de origen universitario que fueron desapareciendo en medio de los azares de la violencia revolucionaria fueran sustituidos por cabecillas nativos, mestizos  criados en la selva,  confinados en las cárceles de la llamada “ancestralidad” un rótulo para ocultar las verdaderas intenciones de enriquecimiento personal  de sus cabecillas  hasta caer como hoy en una anarquía imposible de detener.

Que dos respetados medios de comunicación titulen en su primera página que “al parecer las cuarenta y siete acciones armadas, el asesinato de veinte campesinos indígenas, once de ellos de una sola vereda respondieron a la reacción de Mordisco por la muerte de su novia en un bombardeo del ejército” es una vergonzosa demostración de que a  sus mesas de redacción les interesa más la desinformación que un análisis sobre lo que rodea a este tipo de  violencia nacida e impulsada por una desequilibrada forma de irracionalidad donde han terminado matando a su propio pueblo. ¿Quiénes convirtieron la Panamericana en un territorio sangriento de secuestros, violaciones, quemas de vehículos a nombre de una Pacha Mama caricaturesca? ¿No habíamos visto antes esos cráteres de artefactos explosivos colocados para impedir, repito, el derecho consagrado a la libre circulación? Los hechos convertidos en noticia no nos conmueven ni llaman a pronunciarnos sobre estos atropellos banalizados hasta convertir finalmente a una sociedad en cómplice de estas manifestaciones de ciega violencia. La tragedia  del pueblo consiste en que quienes lo nombran y manipulan son los primeros que los condenan a muerte ya que nada ahonda más la desigualdad que estos atentados donde el ejecutor quiere afirmarse sobre la negación de sus víctimas. Hace cuatro décadas los teóricos de cafetería universitaria aclaraban para justificar a la guerrilla que había que distinguir entre la violencia burguesa y la violencia revolucionaria. ¿La violencia de Calarcá, Mordisco, la del ELN y la de la Minga matando campesinos, indígenas, afrodescendientes es acaso una “violencia revolucionaria”? Se nombra, se actúa  en nombre del pueblo – y esto es lo trágico - para luego matarlo. PD En el 2002  un Juez  de la República condenó a 25 años a prisión a Iván Márquez, Pablo Catatumbo  y al Secretariado de las FARC como autores intelectuales del  espantoso asesinato de Monseñor Duarte Cansino.

 

 

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