miércoles, 27 de mayo de 2026

COLILLAS Ansar (Angel Santiago Regino Giraldo)

Ángel Santiago Regino 

 

COLILLAS

Ansar (Angel Santiago Regino Giraldo)

 

“Preludio”

Una última calada, y pudo verse la ceniza caer de su cigarro que ya quemaba la espuma del filtro, tornando aquel cuarto de un fétido alquitrán. Sus venas, ya dilatadas a causa de la nicotina que también le volvía taciturno, parecían a punto de estallar violentamente para pasar a fundirse en las sábanas de su cama. Ansar, quien ya había tomado de costumbre tan despreciable ritual (dicho desde sus propias palabras), se notaba siempre distinto con cada noche que recurría a esto. Cada noche, la sombra en sus ojos parecía arraigarse un poco más... Quizás no tenía relación directa con el consumo. Pero en aquel estado estaba convencido de ello; no solo él, su entorno se lo recordaba constantemente a través de esos eternos espejos que le seguían en cada idea de psicosis que su mente invadía. Pero aquella noche, al parecer, la nicotina tenía otro destino frente a su sangre contaminada de oscuro tabaco de mala muerte.

 

Al sentir ese último sorbo de humo gris en su pecho, presintió la víspera de la muerte misma tocando en su consciencia. Una ráfaga de dopamina, cargada de inmenso “terror”, sacudió su sistema nervioso tan fuertemente como para querer morir al instante. La desesperación mostrada en el desorden de su cuarto se arremetió contra sí mismo, haciendo notables rápidamente las súplicas de su alma que se carbonizaba en el infierno de la abstinencia y la culpa.

 

First Redemption

 

Verse I

 

 

Crecí hablando con ecos que nadie escuchaba,

 

Frías Calles, mi nombre flotando en la nada,

 

“estás raro” me dijeron … solo observaba,

 

el mundo se rompe… mientras todos actuaban.

 

Temblando el pulso, firme la mente,

 

he visto sombras como cualquier delincuente,

 

las calles… en mil miradas, en decente gente,

 

luchando por ser diferente.

 

Pre-Coro

 

Si caigo… no es derrota, es descenso consciente,

 

elegí ver el fondo… para volver más fuerte…

 

Coro melódico

 

No me fui… solo crucé la línea del ruido,

 

el alma se escucha, aunque todo esté herido,

 

testigo soy del abismo… pero sigo vivo,

 

aunque el mundo me ve como un perdido mendigo.

 

Verso II

 

No romantizo el dolor… pero lo entiendo,

 

cada error fue un idioma que aprendí viviendo,

 

háblame Dios en silencio… fui respondiendo,

 

a veces mi fe… iba deshaciendo.

 

Ceniza fui en cuartos donde nadie volvía,

 

la mente nublada… el alma encendida,

 

muchos juraron que no saldría,

 

Estoy aquí… escribiendo mi propia salida.

 

Puente

 

Me pierdo… no me busquen en lo obvio,

 

yo vivo en la forma… vivo en el fondo…

 

Coro Final

 

No me fui… solo crucé la línea del ruido…

 

ACT I : The Answer

 

CAPÍTULO I : Víspera

Quisiera que mis convicciones, respecto a mis recientes conexiones con la sociedad urbana, no me traicionen en el ejercicio de la razón; pues es en ello donde ha de sostenerse mi pensamiento, y donde mi problemática adquiere un carácter particularmente íntimo.

 

Percibo la presencia de la dualidad desde que tengo memoria. Siempre la polaridad dual ha sido clave en el desarrollo del drama de mi vida (si puedo llamarle así). He sido, casi por condena, el punto de tensión entre dos fuerzas. Esto sin distinción de lo que consideres positivo o negativo. Y aunque a simple vista esto pudiera parecer fascinante, hay en ello una carga poco gratificante. No es grato advertir cómo dos voluntades se enfrentan a razón de tu propia existencia.

 

No es fácil cargar con esa bisagra invisible que sostiene conflictos ajenos, sea por lo que Franz Kafka plasmaba en su obra “La Metamorfósis” tras ver cómo el valor del individuo era reducido a su utilidad, a su capacidad de proveer, a su absurda condición de ser en función de otros, donde la existencia misma parece perder legitimidad en el instante en que deja de ser conveniente... Otras veces, sin embargo, este conflicto no responde a lo material… sino a aquello que, con una ligereza casi cruel, hemos decidido llamar “amor”.

 

El siguiente relato no data de hace mucho. No más de un lustro. Esto quizás ha de deberse a que he de considerarme alguien bastante joven, y ciertamente lo es. Casi a punto de expresar mi libertad en amplitud, decido poner en escrito las siguientes crónicas que a mi pensamiento convienen.

 

Sépase, de primera mano, que a lo largo de mi vida siempre me he considerado una “máscara” poco agraciada, sin llegar a comprender del todo la percepción de los demás sobre mí; quizás por la frialdad que constantemente percibo en ellos. También ha de considerarse que las relaciones sociales exigen habilidades blandas muchas veces básicas, pero que en aquellos lugares donde divagué mi infancia poco pude aprender de ello.

 

Durante mi preparatoria, aunque mantenía una buena relación con la mayor parte de personas que me rodeaban, ninguna parecía poder aportar beneficio alguno en cuanto a mi desarrollo intelectual; claro está, eso era algo en lo que ni siquiera pensaba por entonces.

 

Como no es divergente en chicos de esa edad, mi percepción del mundo parecía comprender una amplitud mayor, pero aún con los deseos de un chico que no llegaba ni a los quince años. A pesar de cargar siempre con cierta “aura” sombría, logré relacionarme rápidamente en los distintos institutos y lugares a los que llegaba debido a mi constante cambio de residencia.

 

El primer año de secundaria recuerdo caminar en las noches hasta mi casa aproximadamente una hora, atravesando el corregimiento de San Antonio de Prado. Esto duró apenas tres meses, pues inmediatamente comenzó la inminente plaga viral. Confinamiento y muerte son gran parte de lo que atraviesa mi memoria de aquella época. Y, por supuesto, la negligencia de un Estado mediocre; opresor de quienes sobreviven con la honradez de la calle, y de quienes buscan escapar de un sistema que castiga al miserable.

 

El segundo año comenzó prácticamente igual. Luego de junio —mes en el que suelen dar vacaciones— logré llegar a Sonsón durante el confinamiento. Aquello representaba para mí una especie de “burla” a la autoridad, y quizá por eso siempre lo recordé con cierta satisfacción.

 

Tras el confinamiento, se logró una presencialidad parcial, por lo que me matriculé en una institución con media técnica comercial. Inicialmente, lo que convergía con la media técnica de esta institución se me resultó complejo, pues créeme que algo con lo que poco tenía experiencia era con el manejo de un patrimonio o un capital.

 

Extrañamente, logré ganarme el cariño de gran parte de directivos, alumnos y maestros. Ese primer año transcurrió bien, manteniendo principalmente relaciones sociales con otros chicos. No era precisamente popular entre las chicas. Como decía antes, no consideraba merecerlo. Salvo por una situación ocurrida al final de ese año escolar… y que, justamente, daría paso al primer drama.

 

Solía situarme con algunos amigos en las canchas de basket de aquella institución, misma que daba la impresión de tratarse de una cárcel, no solo en su infraestructura, sino también en sus reglamentaciones ambiguas y directivos poco flexibles ante los constantes cambios dentro de la sociedad del pueblo.

 

Uno de esos días, bajo un sol abrasivo que invadía cada rincón de la cancha, me encontraba sentado tras uno de los aros junto a varios amigos, esperando el timbre para regresar a casa. En medio del bullicio, escuché una voz tierna coreando los nombres de la boyband surcoreana BTS. Evidentemente no fui el único en notarlo, y no tardó alguno de mis compañeros en lanzar un comentario burlón.

 

Para ese entonces, también sentía cierta admiración hacia esa cultura, desde las boybands, hasta el concepto de belleza que allá predominaba. Una masculinidad menos marcada por los estándares occidentales, que muchas veces chocaban con ciertos principios que mantenía. Sus ideales parecían centrarse más en el autocuidado, la buena alimentación, la falta de imperfecciones en el rostro, el maquillaje… en fin, lo que aquí muchos llamarían “feminidad”.

 

Al sonar el timbre —esperado por todos para dirigirse a sus hogares y continuar sus días fuera del instituto,—, me levanté y me dirigí a secretaría, pues debía recibir un certificado de estudio solicitado por mi madre para alguna afiliación de su trabajo.

 

Al terminar aquello, justo estaba por cruzar la puerta de la institución, cuando sentí unos pasos frenéticos tras de mí, a los que reaccioné rápidamente girándome, todo para cruzarme con la mirada fija de aquella misma chica, al parecer fanática de la misma boyband que yo.

 

—Kim Seok Jin…! —dijo, señalándome con el dedo.

 

—¿Por qué asumes que me gusta BTS? —respondí, aún algo sobresaltado por la repentina situación.

 

—Jeje, es que lo noté, vi cuando te reíste al pasar al lado de ustedes. Además… pareces uno… ¡Adiós!… —no tardó en desaparecer de mi vista.

 

—Qué chica tan rara… —dije entre susurros.

 


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