Poemas y cosmogonías de en Antonio Machado,
el Viejo Macha.
Víctor Bustamante
Antonio Machado aparece aquí como un
poeta reconciliado con la tradición, como alguien que debe atravesar la discontinuidad
misma de la figura del escritor, debido al deseo de sentirse con otro talante, —lejos
del concepto creativo donde se padecen poemas escritos con afán y sin ninguna
mesura metódica—, para conquistar, lejos de esas improvisaciones, una autoridad
espiritual capaz de resistir la intemperie contemporánea. En un tiempo dominado
por la circulación instantánea, por la pasividad espectral de las redes
sociales y por la evaporación de la experiencia, Machado —o Macha, como si el
nombre mismo hubiese sido devuelto a una zona arcaica y ceremonial— comprende
que la poesía ya no puede aspirar a la antigua transparencia. Debe internarse,
más bien, en una región de sombras donde el lenguaje vuelva a rozar aquello que
las civilizaciones fatigadas han olvidado.
Por eso su búsqueda desemboca en una
cosmogonía de lo ancestral. No se trata de un regreso folklórico ni de una
nostalgia decorativa, sino de un reconocimiento radical de restituir el vínculo
entre palabra y misterio. Macha avanza como un guardián de los cantos sagrados,
tocando mesurado el tambor, oyendo en la lejanía el canto ceremonial que
sobrevive entre los restos de una cultura incapaz ya de escuchar sus propios
símbolos. En su disertación clara, apasionada, presente, aparecen penachos,
altares levantados en el Anáhuac, chamanes, señales del gran misterio sagrado;
pero estos elementos no funcionan como ornamento exótico, sino como fragmentos
de una memoria espiritual que resiste a la banalización contemporánea.
En ese itinerario, el poeta parece
repetir continuamente una advertencia: “cuidado, se te pierde el alma”. Y acaso
toda su obra y experiencia sean precisamente eso: una tentativa de custodiar el
alma extraviada de la experiencia poética. Macha entiende que, cuando la
cultura pierde transmisibilidad y las palabras dejan de poseer espesor
simbólico, las cosas mismas adquieren una fuerza de choque inédita. El mundo,
privado de continuidad espiritual, se vuelve extraño; y ese extrañamiento
termina convirtiéndose en la tarea esencial para un poeta tan distinto como él,
inmerso en otras preguntas y en otras dimensiones.
De ahí que su poesía, en lugar de
ofrecer refugios cómodos o ejercicios de virtuosismo vacuo, deba reproducir en
su interior la fractura de la presencia, su presencia tan unida a la circunstancia
de sus propios caminos. Frente a cierta poesía de vanguardia, sonámbula y
satisfecha de sus propios artificios, Macha elige el sendero más áspero: hacer
del poema un lugar de intemperie, una región donde lo incomprensible conserve
todavía un resplandor de verdad. La destrucción de la continuidad sagrada no
significa, entonces, nihilismo, sino apertura. Solo allí donde la vieja armonía
se ha quebrado puede surgir nuevamente una experiencia viva de lo ancestral.
Su adhesión a la toltequidad —entendida como sendero de la belleza, camino del
conocimiento y saber mágico— no responde a una doctrina fija, sino a la
intuición de que el arte constituye el último puente entre el hombre y una
dimensión sagrada del mundo. La resonancia cuántica de las cosas, la presencia
de Dios insinuada en lo invisible, el fulgor instantáneo de una imagen o de una
palabra: todo ello aparece en su habla como vestigio de una unidad perdida que,
sin embargo, todavía palpita bajo las ruinas de la modernidad.
Así, el poema deja de ser únicamente una
forma estética para convertirse en una experiencia límite. Su reserva poética
surge en ese instante imponderable donde pasado y presente se tocan fugazmente,
como si el lenguaje pudiera aún abrir una grieta en la continuidad exhausta del
tiempo. El extrañamiento no es aquí un mero procedimiento literario, sino una
forma de revelación: la conciencia de que solo revalorando la familiaridad con
el mundo perdido puede el hombre reencontrar el núcleo secreto de lo real.
En esa tensión habita la obra de
Macha. Y quizá por eso su poesía conserva una gravedad singular: porque no
busca seducir al lector con la facilidad de la época, sino conducirlo hacia una
región más lenta y más transparente, allí donde todavía resuenan los antiguos
tambores y donde el poema, antes que discurso, vuelve a ser ceremonia.
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