sábado, 19 de septiembre de 2026

EL FUTURO PRESENTE DE LA ORIENTACIÓN VOCACIONAL EN LA ERA ALGORÍTMICA: POSTULADOS DE/PARA LA ELECCIÓN IRREDUCTIBLE A LA DATISTIKA / Carlos Alberto M-Gómez. Omar Alberto Carabalí Chara

 

Carlos Alberto M-Gómez.  Omar Alberto Carabalí Chara  

EL FUTURO PRESENTE DE LA ORIENTACIÓN VOCACIONAL EN LA ERA ALGORÍTMICA: POSTULADOS DE/PARA LA ELECCIÓN IRREDUCTIBLE A LA DATISTIKA

 

Carlos Alberto M-Gómez[1].

Omar Alberto Carabalí Chara[2].

 

                                                 OTRO REFUGIO

 

En un mundo donde la Inteligencia Artificial y el lifelong learning funcional se erigen como nuevos oráculos de la orientación profesional, esta breve reflexión parte de un testimonio rebelde: el de un orientador vocacional que opera por fuera del paradigma algorítmico. Desde esta opción, se emprende una crítica filosófica al tecno-autoritarismo pedagógico que reduce la elección de profesión a un problema de gestión de datos y adaptación a mercados. Frente al modelo binario de la IA y la educación por competencias para un mundo laboral explotador y manipulador, se defiende la elección de profesión como un acto psico-espiritual de responsabilidad ante uno mismo. Se argumenta que otra orientación –quizá la psicagogía– no consiste en predecir trayectorias óptimas, sino en acompañar el auto-cuestionamiento que valida o invalida desde la singularidad irrepetible del diamante interior. Se abre el debate: ¿puede la educación tecnológica reconciliarse con la formación de un sujeto dueño de su deseo o está condenada a producir tributarios dóciles de Microsoft, Google y Meta?

    Testimonio del orientador vocacional. Se deja aquí el testimonio intacto con todo su contenido, estructura y tono original: “El sistema binario de información condensada, llamado equivocadamente inteligencia artificial, en sí mismo está posibilitándole a los usuarios del mismo generar maneras versátiles y alternativas de percibir y gestionar el quehacer profesional en diversos campos de conocimiento, enviando innegociablemente a otros a los museos arqueológicos. Me agrada constatar que mi asesoría en Elección Acertada de Carrera sigue estando por fuera del paradigma algorítmico; porque sigo acompañando a individuos contemporáneos que interactúan prenatalmente con los dispositivos tecnológicos y con la infocomunicación, mediante los cuales se procesa y comunica visiones de realidad manipulada; con la fortuna de que mi método aún apela a la capacidad de autocuestionamiento que, al interrogar, sigue estando en la posibilidad de validar o invalidar propuestas, respuestas y resultados. El proceso sigue delegando en el sujeto la capacidad de determinar lo que es válido para sí mismo; porque quien converge o diverge consigo mismo, sigue siendo gestor y responsable de sí, pues el método no le condicionó su capacidad de elegir, rechazar, descartar, valorar, o más. Mi método propone una senda donde quien la transite tiene la opción incluso de no transitarla; apela a esa fanegada de diamantes interiores: su psiquismo, su fisiología y su capacidad espiritual. No me tocó a mí, pero con sensación de satisfacción se lo posibilito a quien lo quiere acoger. Respecto al experto, lo etiqueto en el ámbito de análisis de sistemas de productividad simbiótica entre máquinas y seres humanos; que, por ejemplo, pasa por alto el tema de 'los computadores cuánticos', que sí me parecen un real 'reto-amenaza'; aunque tú y yo sabemos que en nuestros contextos operamos ordenadores con psiquismo colonial y por eso somos tributarios de Office, Microsoft, Apple, Google, Meta y otras hierbas aromáticas. El reto es que el ideal del sujeto promedio sea anhelar convertirse en un Quantum P.C. para interpretar y obviar, para así decidir y delegar lo indelegable. La responsabilidad de sí ante sí mismo.”

     Artículo: El modelo de estudiar una carrera para toda la vida caducó; el futuro es el lifelong learning. (28 de diciembre de 2025). El Mercurio (Sección Línea Directa / Comunidad, p. C14). Santiago, Chile. Versión impresa y digital. Disponible en https://www.elmercurio.com/ (acceso según suscripción).

 

La pregunta en la era del oráculo binario.

 

Vivimos en la era del oráculo binario. Una época donde la pregunta angustiosa y fundacional –¿qué haré con mi vida? – parece encontrar una respuesta no en el murmullo confuso del deseo, ni en la lenta maduración de una vocación, sino en el frío y veloz cálculo de un sistema de información condensada al que, con notoria imprecisión semántica, llamamos Inteligencia Artificial.

     El artículo periodístico que sirve de contrapunto a esta reflexión plasma con cruda claridad el nuevo dogma: el modelo de estudiar una carrera para toda la vida ha caducado. Su sucesor es el lifelong learning, un aprendizaje perpetuo que ya no se orienta hacia la sabiduría o la realización personal, sino hacia la reconfiguración constante del ser humano para que encaje, como un engranaje siempre actualizable, en un mercado laboral transformado por la misma tecnología que dicta las reglas.

     La radiografía laboral es elocuente: advierte de profesiones en riesgo de obsolescencia –el administrativo, el contable rutinario– y señala con dedo profético aquellas con buen futuro –el arquitecto de IA, el ingeniero verde, el guardián de ciberseguridad–.

     Se trata de un discurso que, bajo la apariencia de una descripción neutral y técnica, ejerce una violencia simbólica formidable. No solo describe un futuro; lo prescribe. Convierte la contingencia histórica –el avance de la automatización bajo el régimen del capitalismo de plataformas– en un destino ineludible, en una nueva ley natural a la que el individuo debe someterse so pena de irrelevancia social y económica.

     En este paisaje, la orientación vocacional quizá se pueda ir vislumbrando como una rama de la futurología corporativa. O como un servicio de coaching no algorítmico ni datistiko para navegar eficientemente las olas de la disrupción, donde el éxito se mide por la capacidad de aprender, desaprender y reaprender lo que el sistema productivo demande en cada ciclo. Es precisamente contra este paisaje homogeneizador donde emerge, con la fuerza de un mal visto anacronismo deliberado, la voz del orientador vocacional que motiva esta reflexión.

     La postura del orientador vocacional no es la de un nostálgico, sino la de un resistente que cartografía un territorio distinto. Él no ofrece respuestas desde un algoritmo. Acompaña preguntas desde una praxis que a lo mejor se podría denominar: psicagógica.

     Su método, afirma, sigue estando por fuera del paradigma algorítmico. Esta afirmación no es una boutade. Es una declaración de principios filosóficos profundos. Lo que está en juego en esa simple preposición –por fuera– es nada menos que la definición de la subjetividad humana.

     ¿Somos sistemas de procesamiento de información, conjuntos de competencias digitales y blandas que pueden ser mapeadas, evaluadas y optimizadas para una productividad simbiótica con las máquinas? ¿O somos algo más, algo irreductible a lo binario, algo que reside en esa fanegada de diamantes interiores que él menciona: el psiquismo, la fisiología singular, la capacidad espiritual?

     Esta reflexión se propone seguir el hilo de esta resistencia. Pretende desarrollar una primigenia crítica filosófica a la colonización tecno-autoritaria de la elección profesional, utilizando como brújula el testimonio de este orientador vocacional.

     Se argumenta que su práctica encarna, quizás sin proponérselo de modo teórico, una ontología crítica del presente educativo: una que defiende la elección como acto de libertad radical y responsabilidad intransferible ante uno mismo, frente a un modelo que busca delegar en el algoritmo lo indelegable: el sentido de una vida. Así hoy se esté volviendo moda pasajera acudir a la IAG para encontrarle sentido a la vida. Claro, una vida maquínica. Ex-machina. La consciencia y el sentido de la vida de un humano guiado por una máquina. Se cumple la profecía: no son las máquinas cada vez más parecidas a los humanos. Somos los humanos cada vez más parecidos a las máquinas. Ron da error[3] (Ron's Gone Wrong)[4]

 

Del sujeto-dato al diamante interior: cartografía de una elección irreductible.

 

El experto en recursos humanos del artículo opera dentro de un marco de referencia preciso: el análisis de sistemas de productividad simbiótica entre máquinas y seres humanos. Su mirada es la del gestor del capital humano, para quien los individuos son, ante todo, recursos. Recursos que, eso sí, deben ser actualizados constantemente. La lógica es la de la adaptación funcional. El futuro ya no le pertenece a quien acumula más títulos académicos, sino a los profesionales que integran la curiosidad y el aprendizaje continuo (lifelong learning) como estrategia de supervivencia. He aquí la palabra clave: supervivencia.

     No se habla de florecimiento, de plenitud, de contribución al bien común o de búsqueda de la verdad. Se habla de la lógica darwiniana aplicada al mercado laboral digital.

     La IA es el nuevo ambiente al que hay que adaptarse. Ella es la que dictamina qué habilidades son valiosas y cuáles son prescindibles. Ella es la que, al automatizar tareas rutinarias, libera al humano para que supuestamente se ocupe de lo irreemplazablemente humano: Paradójicamente, mientras más nos digitalizamos, más valor cobra lo irreemplazablemente humano. Pero esta liberación es una trampa o espada de Damocles.

¿Qué es lo irreemplazablemente humano? ¿La empatía, el criterio, la creatividad estratégica?

     Si fuese eso pareciera que también es inmediatamente reificado y convertido en una nueva competencia blanda, cuantificable y demandable por el mercado. La empatía del enfermero, el criterio del analista financiero, la creatividad del arquitecto de IA, dejan de ser disposiciones éticas o expresiones de carácter para transformarse en skills que mejoran el rendimiento y la competitividad. Todo manipulado al servicio de la Matrix-necro-capitalista globalitaria.

     El sujeto producido por este discurso es el sujeto-dato: un ser cuya identidad profesional es un conjunto mutable de certificaciones, habilidades y experiencias, constantemente evaluado y re-evaluado por sistemas que miden su adecuación a las necesidades del sistema productivo. Su elección no es un acto fundacional, sino una táctica de posicionamiento en un juego cuyas reglas él no escribe.

     Frente a este sujeto-dato, el orientador vocacional de nuestro testimonio opone una figura radicalmente distinta: el sujeto-diamante. Su método no empieza con un test psicométrico digitalizado ni con un análisis de big-data sobre tendencias del mercado. Empieza en un lugar ancestral y a la vez complejo: en el auto-cuestionamiento. Mi método aún apela a la capacidad de auto-cuestionamiento que al interrogar sigue estando en la posibilidad de validar o invalidar propuestas, respuestas y resultados. Este es el núcleo de su praxis filosófica.

     La validación o invalidación no viene dada por una autoridad externa –el algoritmo, el experto, el mercado–. Es una operación que el propio sujeto realiza desde un lugar interior que precede y excede a cualquier sistema de información.

     El proceso, añade el orientador vocacional, sigue delegando en el sujeto la capacidad de determinar lo que es válido para sí mismo.

     He aquí una defensa práctica de la autonomía kantiana rodeada quizá de una dimensión existencial. No se trata de seguir la ley moral que la razón descubre en sí misma. Se trata de descubrir, en la singularidad irrepetible de la propia existencia, una ley propia.

     El método del orientador vocacional es, por tanto, un arte de la mayéutica socrática aplicada a la vida contemporánea. No impone un contenido (debes ser arquitecto de IA). Activa una forma: la de la pregunta que obliga a volver sobre sí. Y es en este volver sobre sí donde el sujeto encuentra esa fanegada de diamantes interiores: su psiquismo único (con sus traumas, sus fantasías, sus estructuras de deseo), su fisiología singular (sus ritmos, sus energías, sus disposiciones corpóreas) y su capacidad espiritual, término polémico y de difícil manejo pero posiblemente potente que alude a la búsqueda de sentido, a la conexión con algo que trasciende la mera funcionalidad: Mi método propone una senda donde quien la transite tiene la opción incluso de no transitarla; apela a esa fanegada de diamantes interiores, su psiquismo; su fisiología y su capacidad espiritual.

     Esta praxis es un acto de resistencia política. El tecno-autoritarismo, encarnado en las grandes corporaciones de software y plataformas (las hierbas aromáticas de Microsoft, Apple, Google, Meta de las que habla el orientador), busca producir tributarios. Un tributario no es solo un usuario que paga con dinero o datos. Es un sujeto cuya subjetividad ha sido moldeada para operar dentro de los ecosistemas cerrados de esas corporaciones. Piensa con Office, se comunica con Meta, busca con Google, se entretiene con Apple.

     Su psiquismo, como señala irónicamente el orientador, es colonial: está colonizado por las lógicas de usabilidad, inmediatez, estandarización y consumo que esos sistemas promueven.

     La educación por competencias para el mundo laboral es la fábrica perfecta de estos tributarios. Enseña a usar las herramientas, a desarrollar las skills demandadas, a pensar dentro de la caja que las propias corporaciones han diseñado.

     La elección vocacional, en este contexto, se reduce a elegir qué tipo de tributario útil se quiere ser. ¿Prefieres tributar con tu habilidad para programar algoritmos (arquitecto de IA) o con tu empatía cuidadosa (enfermero)? Ambas son necesarias para el sistema. La gran máquina tecno-necro-económica necesita tanto los algoritmos como los cuerpos que cuiden a los programadores estresados.

     Lo que no necesita, lo que no puede tolerar, es el diamante interior en su irreductible singularidad. Porque el diamante, con sus facetas únicas y sus inclusiones imperfectas, no encaja sin fricción en ningún engranaje. Es inoptimizable. Su valor no es funcional, sino intrínseco.

     El método del orientador vocacional, al apelar a ese diamante, al posibilitar a quien lo quiere acoger la tarea de tallarlo a través del auto-cuestionamiento, está creando sujetos potencialmente ingobernables por la lógica del algoritmo. Sujetos que pueden decir no a la propuesta más racional del mercado, porque han validado o invalidado desde un criterio que les es propio.

     Este orientador vocacional lanza, además, entre líneas una advertencia sutilmente bulliciosa sobre el horizonte último de este proceso: los ordenadores cuánticos. Para el experto en recursos humanos, esto es solo un detalle técnico más en la carrera evolutiva. Para este orientador vocacional, es el real reto-amenaza. ¿Por qué?

     Porque si la IA binaria actual opera con lógica probabilística y basada en datos del pasado, la computación cuántica promete una capacidad de procesamiento y modelado de realidades alternativas de una potencia inconcebible. A lo mejor se podría suponer que el ideal del sujeto promedio podría ser anhelar convertirse en un Quantum P.C. para interpretar y obviar para así decidir y delegar lo indelegable. Esta sería una previsión de primer orden.

     El sueño tecno-autoritario no es simplemente que un algoritmo nos asesore, sino que se convierta en una prótesis cognitiva tan perfecta, tan capaz de simular y predecir los resultados de cada posible elección en un árbol de ramificaciones cuántico, que la decisión misma sea delegada: El nuevo escenario exige preguntarse "que estudiar" bajo una óptica de datos y tendencias globales en que la intuición dé paso a una decisión informada y pensando en el futuro.

     Revisemos los hilos de esta afirmación que es bastante sonara y en apariencia inocente: preguntarse "que estudiar" bajo una óptica de datos y tendencias globales; óptica de datos y tendencias globales; que la intuición dé paso a una decisión informada; pensando en el futuro. Una bella construcción que podría estar cargada de un dulce opiáceo.

     La afirmación de que el nuevo escenario exige decidir qué estudiar bajo una óptica de datos y tendencias globales, sacrificando el deseo, la pasión, el interés propio por la decisión informada, constituye la culminación de la psicopolítica digital. Esta frase, presentada con retórica edulcorada, implica una mutación silenciosa del sujeto decisional. Preguntarse qué estudiar ya no se concibe como un acto existencial, conflictivo y situado, sino como una operación de lectura de flujos. En esta nueva estructura, el ser humano deja de ser un sujeto introspectivo para convertirse en un proyecto de auto-optimización dentro de un mercado de visibilidad. El yo que decide se disuelve en un enjambre de indicadores donde no hay deliberación interior, solo correlaciones.

     Bajo la apariencia de una decisión pensando en el futuro, se opera la sustitución del pensamiento por el cálculo.

     La intuición, el deseo, la pasión, el interés propio —un residuo opaco de experiencia, deseo y riesgo— se nos podría presentar quizá como un ruido que debe ser neutralizado en favor de una elección informada, conforme al consenso estadístico. Al delegar la elección vital al análisis de datos, el individuo se somete a la dictadura del rendimiento: ya no se estudia para ser, sino para encajar en una cuadrícula de productividad previsible. Esta lógica enjambrosa hace que la decisión no surja de la singularidad de la experiencia, sino de la presión difusa de lo que el sistema Matrix señala como viable, rentable o prometedor.

     La decisión informada a menudo se confunde con libertad. Es en realidad una forma de alineación que opera por sugestión. Nadie ordena explícitamente; nadie prohíbe. En este escenario de optimización y promesas de porvenir, el sujeto se autoajusta para no quedar fuera del ritmo global. El futuro deja de ser un horizonte de posibilidades abiertas y se transforma en una proyección estadística del presente, modelada por algoritmos. Pensar en el futuro ya no implica imaginar lo posible, sino asegurar la adaptación, reduciendo la educación a una inversión y el estudio a una simple estrategia de supervivencia dentro del mercado de competencias.

     El dulce opiáceo de esta construcción reside en su promesa de seguridad y su efecto anestésico. Al delegar la decisión a los datos, el sujeto se ve liberado del peso del error, pero a la vez se priva del riesgo de la libertad y de la singularidad de su existencia.

     Estamos ante la domesticación del espíritu. Un gobierno del alma en el que las grandes corporaciones sólo necesitan sugerir el camino más eficiente para que el sujeto renuncie a su propio misterio. La promesa de seguridad calma la angustia, pero atrofia la capacidad de decidir contra la tendencia, de fracasar creativamente o de habitar un tiempo propio. Así, la decisión informada se revela como una decisión ya tomada por el enjambre, una seducción que transforma la búsqueda del conocimiento en una mera adaptación a reglas predefinidas.

     La ansiedad de elegir, el peso de la responsabilidad, el vértigo de lo irreversible, todo ello sería obviado. El sujeto, en su pereza ontológica, anhelaría esa delegación total. Querría ser, él mismo, un ordenador cuántico: una máquina de calcular optimalidades sin el lastre de la duda, la pasión o el significado.

     Frente a este ideal deshumanizante, nuestro orientador plantea su última y más contundente barrera: La responsabilidad de sí ante sí mismo. Esta frase, que resuena desde la ética griega hasta las tecnologías del yo, es el antídoto final. La responsabilidad no es hacia el mercado, ni hacia la eficiencia del sistema, ni siquiera hacia el futuro que predice un oráculo cuántico. Es una relación ética consigo mismo. Es el reconocimiento de que, al final del día, quien converge o diverge consigo mismo, quien valida o invalida, es uno. Y de esa convergencia o divergencia íntima, nadie puede absolvernos. Es lo indelegable por excelencia.

     El método del orientador, al no condicionar la capacidad de elegir, rechazar, descartar, valorar, lo que hace es custodiar y fortalecer ese músculo de la responsabilidad íntima. No ofrece un mapa del territorio del mercado (ese mapa lo hace mejor la IA), sino que entrena al viajero para que confíe en su propia brújula interior, por titubeante que sea.

 

Apertura al Debate: ¿Psicagogia o Tecno-aprendizaje? El futuro de la orientación en la era del algoritmo.

El contraste no podría ser más nítido. Un discurso hegemónico que proclama la muerte de la carrera vitalicia y en su lugar erige el lifelong learning como estrategia de supervivencia en un mercado reconfigurado por la IA. Su orientación es prospectiva, adaptativa y funcional. Produce sujetos-dato, tributarios dóciles de un ecosistema tecno-necro-corporativo, cuya seguridad laboral depende de su plasticidad para ser remodelados según las demandas del sistema.

     Una praxis marginal y resistente que opera por fuera del paradigma algorítmico y apela al diamante interior. Su orientación es retrospectiva y prospectiva a la vez, pero en un sentido radical. Retrospectiva porque bucea en el psiquismo y la historia singular. Prospectiva porque ayuda a proyectar un futuro que sea una expresión auténtica de esa singularidad, no una adaptación a un molde externo. Es una práctica que podríamos llamar, recuperando el término griego, psicagogia: conducción del alma. No conduce al alma a un destino predeterminado por los dioses (o por los algoritmos), sino que la acompaña en su propio y tortuoso camino de autodescubrimiento y de asunción de responsabilidad.

     Esto nos abre un debate urgente y necesario, especialmente en los escenarios donde las narrativas sobre la identidad y la vocación son materia prima esencial (que no son precisamente los espacios escolares).

     ¿Qué modelo de orientación queremos para los jóvenes que crecieron, como señala el orientador, interactuando prenatalmente con los dispositivos tecnológicos? ¿Una psicagogia que los entrena en el difícil arte del auto-cuestionamiento y la validación interior, incluso a riesgo de llevarlos por caminos improductivos u obsoletos según el estándar del mercado? ¿O un tecno? aprendizaje por competencias que los convierte en ágiles navegantes de las plataformas digitales, pero que puede dejar atrofiado ese músculo espiritual de la elección irreductible?

     El cine y la literatura están llenos de arquetipos de ambos modelos: desde el héroe que sigue una llamada interior contra todo pronóstico (una vocación artística, científica o espiritual) hasta el personaje distópico perfectamente adaptado a un sistema que ha anulado su capacidad de desear por sí mismo.

     La educación formal, hoy capturada por la lógica de las competencias para el empleo, parece inclinarse peligrosamente hacia el segundo modelo. Se convierte en la antesala del mundo laboral asalariado y autoexplotador, donde el lifelong learning no es una aventura del conocimiento, sino una obligación para mantener la empleabilidad. En este marco, la orientación vocacional como psicagogia aparece no como un lujo, sino como un acto de sabotaje necesario, un espacio de fuga dentro del sistema educativo. Es el lugar donde se puede recordar que la vida no es solo un CV por optimizar, sino una biografía por escribir, y que el autor de esa biografía debe ser, en última instancia, uno mismo, con toda la angustia y la gloria que eso conlleva.

     El reto, entonces, es formidable. ¿Podemos imaginar una educación tecnológica que no sea meramente funcional? ¿Una que, sin renunciar a preparar para el mundo digital, no sacrifique en el altar de la empleabilidad la formación del diamante interior? ¿Una que enseñe a usar Python y a la vez a leer a Sófocles, no como adornos culturales, sino como herramientas igualmente vitales para el auto-cuestionamiento? La propuesta del orientador nos señala que el camino no está en rechazar la tecnología, sino en negarse a que ella defina los términos de nuestra humanidad. Su método es un testimonio vivo de que, incluso en la era del oráculo binario, es posible –y quizás más urgente que nunca– guardar un espacio para la pregunta lenta, para la duda fértil, para la elección que nace no del cálculo, sino de la convergencia íntima de un ser consigo mismo. El futuro de la orientación, y en el fondo de la educación, dependerá de cuántos estemos dispuestos a escuchar ese llamado y a defender ese espacio, ese último refugio de la responsabilidad indelegable. Porque, en palabras que podrían cerrar una gran novela o una película sobre el tema, al final no seremos juzgados por cuán bien nos adaptamos a los algoritmos, sino por cuán fieles fuimos a la insondable y singular geología de nuestro propio diamante interior.

 

 

 



[1] Magíster en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana Cali (Colombia). Magíster en Estudios Políticos de la Pontificia Universidad Javeriana Cali (Colombia). Especialista en Gerencia de Servicios Sociales de la Universidad Católica Luis Amigó, Medellín (Colombia). Ph. D. Doctor Filosofía en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá (Colombia) con tesis doctoral distinguida. Investigador en el campo temático: filosofía como educar/se y espiritualidad. Minciencias: Investigador Junior (IJ). CvLAC. GrupLAC. Orcid: 0000-0002-6153 -7675. camolina@uniquindio.edu.co molinagomezcarlosalberto@gmail.com

[2] Psicoterapeuta y orientador profesional -Vocacional Universidad Cooperativa de Colombia. Gestor de procesos de auto descubrimiento personal para la autoconfiguración de perfiles de desempeño contextualizado, vinculados a experiencias vitales significativas. Asistente personalizado para el afrontamiento de experiencias de auto relacionamiento critico consigo mismo o con agentes del medio psico-social. Interesado en el acompañamiento de personas en labores autónomas de búsqueda, hallazgo, configuración e identificación de nuevas semánticas vitales. omarcarabali@gmail.com

 

 

[3]. Ron da error retrata la Matrix contemporánea: corporaciones que gobiernan el alma mediante vigilancia y manipulación algorítmica. Bajo la promesa de aliviar la soledad, la IAG impone una sujeción donde lo humano no humaniza a la máquina, sino que el humano se mecaniza, delegando su conciencia a un diseño ex-machina.

[4]      Smith, S. J. y Vine, J.-P. (directores). (2021). Ron da error [Ron's Gone Wrong] [Película]. 20th Century Studios; TSG Entertainment; Locksmith Animation.

CAMINANDO SOBRE LA TIERRA / Darío Ruiz Gómez

 


CAMINANDO SOBRE LA TIERRA

 

Darío Ruiz Gómez

 

Durante los cuatro años de gobierno Petro la táctica empleada  respecto a la información pública fue la que entonces  señalé:  “Yo no veo lo que estoy viendo” Porque veíamos a los encapuchados entrar al recinto sagrado de algunas universidades para imponer mediante el terror sus oscuras intenciones, los vimos detener el transporte público para que las gentes populares debieran hacer extenuantes  recorridos para llegar a su casa, los vimos en medio de su paranoia quemar los comercios de gentes de modestos recursos. Vimos bajo la retórica de la Paz a los grupos armados cometer genocidios, permanentes desplazamientos de población que siguen engrosando de tugurios los bordes de Bogotá, Cali, Medellín, Pereira, Barranquilla, y nadie vio nada. Para quienes ven la realidad solamente a través de lo que les dicta esta falsa ideología se hace imposible abrir los ojos ante los hechos mediante los cuales fuimos perdiendo el derecho consagrado al libre desplazamiento por esos territorios. Si en algo es claro Max Weber es en el señalar al investigador que ante los hechos cumplidos solo cabe valorarlos para reconocer su verdadero efecto social. A un mes de gobierno De la Espriella, yo que nada tengo que ver con este Gobierno, y respecto a la caricatura de socialismo del siglo XXI de Petro debo aceptar que en cualquier orden de la vida del país siento  que se está dando un cambio radical en la vida pública ¿Qué los grandes empresarios se están encargando de reconstruir el país? Pretender que el capitalismo va a morir recuerda Zygmunt Bauman es una estupidez propia  de fanáticos mostrando su incapacidad de leer la realidad de los hechos, desconociendo los lenguajes que van surgiendo de la experiencia de una sociedad que había sido traumatizada, ignorada, donde las voces de las gentes  indica ante las masacres que una nueva vida está en camino si somos capaces de afirmarla.

¿Vamos a seguir sepultando los lenguajes sociales bajo los ya vacíos clichés de abstracciones antropológicas olvidando que el concepto de Comunidad no excluye las experiencias de sus individuos tal como se da en el caso de la arquitectura y de la espacialidad urbana de la Colonización antioqueña en el Norte del Valle?  Camino-carretera-autopista un proceso para regularizar el territorio más densamente poblado de Colombia, la forma urbana que se adaptó a la vertiente o a la montaña, y que ha sido la más afectada por el terremoto. ¿ Lo urgente no es  comenzar a construir el lenguaje de la democracia mediante el cual se incorporan críticas y reclamos para no caer en el error de que reconstruir unas arquitecturas se limitaría a la reconstrucción material olvidando los intangibles, las poéticas en las cuales se han identificado las comunidades, la trama de los primeros caminos y carreteras  que continúan siendo referencias  que de  no tener en cuenta  como como palimpsesto, cualquier nuevo proyecto vial, espacial, plazas, parques, puede conducir a los peores errores? Lo que se presenta ante la razón pensante después de un terremoto es siempre una pregunta que debemos responder ya que esta vez ese Otro que desconocíamos está ahora enfrente de nosotros, ese Otro que como recuerda Levinas es el rostro de Dios que nos exige una respuesta ética. Ya que, no lo olvidemos,  esta tragedia es nuestra propia tragedia y no podemos eludir esa responsabilidad tal como lo está haciendo la  histérica  Oposición que en lugar de proponer  respuestas como las que los planificadores, urbanistas, arquitectos  de las universidades pueden aportar con  su larga experiencia, se  ha  limitado  a señalar supuestos  inquisidores que con un Cristo y un rosario  en la mano y en la otra un cuchillo le cortan el cuello a los doctores Uprimny del país, azotan a las mujeres por llevar escote.  Lo que en lugar de opositores críticos los ha convertido mediante un odio heredado en rojos  Torquemadas. 

 

ENRIQUE SANTIAGO: COLOMBIA TE ESPERA / Darío Ruiz Gómez




ENRIQUE SANTIAGO: COLOMBIA TE ESPERA

 

Darío Ruiz Gómez

 

Inevitablemente en lo que atañe a la vida de una nación respecto a hechos de gravedad, contando con el tiempo debido terminará por imponerse la verdad contemplada desde los ojos de quiénes  han podido contar con la distancia exigida para mirar con objetividad esos acontecimientos  que la confusión del momento , la inevitable manipulación de los acontecimientos, impidieron ver con la objetividad requerida. El llamado Pacto de Paz de la Habana desde que el Presidente Santos y Timochenko lo firmaron  ya se demostró su falsedad. Cuando Timochenko se disponía a firmar el documento con postiza solemnidad, emergió de improviso del mar un avión que voló por encima de los protagonistas de la farsa. Timochenco tembló, Santos se puso pálido, pero sobre el documento, sobre aquellos envarados testigos una vez recuperados los sonidos del día pareció soplar un viento que desgajaba el documento y corroía las figuras presentes en aquel triste simulacro de Paz. La negación de los resultados del Plebiscito que rechazaban el simulacro de Santos- Timochenko fue el inicio de una Dictadura aprobada por los mediocres líderes de los Partidos Políticos que se tragaron ese sapo enorme mientras la maquinaria del Estado se encargaba de ablandar la justicia, todo esto con el sonido de fondo de una habanera de Lecuona recordando en “El Padrino” la llegada de Al Pacino para enviar a la muerte a su hermano. Nadie había visto aún a quien manejaba los hilos de la farsa, Enrique Santiago el último representante del Partido Comunista español, hijo de Stalin y la Pasionaria.

Ya varias veces en esta columna me había referido a este astuto personaje asesor de las FARC desde su juventud participando del despliegue de la más infame violencia que Colombia haya conocido, y cuando fue nombrado en medio de la matanza y con la venia de Piedad Córdoba Consejero de Derechos Humanos de las FARC cuando destruían poblaciones con los cilindros bomba, mataban a todo lo que tuviera apariencia de ser humano. Léanse el documento  de Orwell sobre la Guerra Civil española en Cataluña para que se den cuenta de la dimensión de la violencia bolchevique en Colombia. Enrique Santiago fue asesor jurídico de las FARC en el llamado proceso hacia el Pacto de Paz de la Habana y el habilidoso creador de ese engaño que es la JEP lo cual nos ayuda a comprender por qué ninguno de los asesinos del Comando Central ha sido condenado y las FARC no ha reparado a miles y miles de víctimas  y porqué los interrogatorios  a militares o acusados de paramilitarismo se basan en las técnicas de los juicios estalinistas. Y por qué camuflados en las Disidencias han podido seguir su cadena de fechorías. Sofía Gaviria y Hernán Hoyos a nombre de la Fundación de Víctimas de las FARC ante el Fiscal Martínez pusieron una denuncia por los delitos de Concierto para delinquir, lavado de activos, fraude procesal, falsos testimonios contra  22 miembros del llamado Comité Técnico de la Interinstitucional liderado previsiblemente  por Enrique  Santiago y Timochenko. El prontuario a este respecto es extenso y nos continúa aclarando la triple moral de estos personajes a la hora de evitar condenas para sus cabecillas, pretendiendo además  amparar a grandes narcotraficantes. Petro le otorgó a Santiago la ciudadanía colombiana. El agradecido Santiago naturalmente con permiso de Ramelli y la JEP invitó a Timochenko al Congreso de los Diputados de España  en medio de las protestas de los congresistas demócratas. Ahora con total descaro Santiago pretende rechazar al nuevo embajador colombiano ante el gobierno de Sánchez, Carlos Felipe Mejía, por haber sido miembro de la Comisión que en su momento condenó el Pacto de la Habana. Ignorando este estalinista que cada día más crímenes de Lesa Humanidad, corrupción, irán quedando al descubierto en lo que efectivamente ha sido un gran engaño que aún se prolonga con una alucinante cifra de muertos.

 

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Jan Bartelsman: Fotografías de Medellín, 1955 / Víctor Bustamante

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 Jan Bartelsman: Fotografías de Medellín, 1955

Víctor Bustamante

 

«Antes de fotografiar Medellín, Jan Bartelsman tuvo que aprender algo más difícil que mirar: sobrevivir.»


En otoño de 1943 Jan Bartelsman sabe que lo buscan. Es pintor y uno de los hombres de la resistencia en Laren, Holanda; para los ocupantes alemanes pesa sobre él la sospecha de espionaje y una culpa todavía más grave en aquellos años: esconder judíos.

Prepara las maletas apresuradamente. Se despide de Marie Henriette —Mieke—, su esposa, y de su hija de tres años. Todo parece dispuesto para la fuga hasta que recuerda el jabón de afeitar y regresa a casa. A veces la historia, que después será contada mediante grandes fechas y movimientos de ejércitos, entra en una vida por un objeto insignificante. Un jabón olvidado puede separar la libertad de una prisión. Un contingente alemán lo reconoce. Bartelsman da media vuelta. Un disparo en el talón derecho lo derriba sobre los rieles. Comienza entonces otra geografía.

Primero una celda en el cuartel de policía. Allí intenta escapar excavando un túnel debajo de la cama. Una noche, al mover una tabla, los guardianes descubren el pasadizo. Después vienen los campos: Vught, Kassel y Dachau. Diecisiete meses durante los cuales Europa deja de ser para él el territorio de ciudades, caminos y fronteras que muestran los mapas y se convierte en una sucesión de alambradas, barracas, vigilancia y espera. En Dachau está preso con su mejor amigo, Ted Marchand. Más tarde Marchand será enviado a Auschwitz.

Jan y Mieke habían comenzado años antes su labor clandestina protegiendo judíos del asedio nazi. Los escondíanen casas, armarios, cajones, sótanos y entretechos. Es difícil imaginar hoy esa extraña arquitectura del miedo, una casa aparentemente normal y, detrás de una puerta o encima de un cielorraso, alguien obligado a permanecer inmóvil para continuar existiendo. El hogar, lugar destinado a proteger de la intemperie, debía proteger entonces de la Historia. No siempre lo conseguía. Muchos fueron descubiertos.

La resistencia necesitaba además inventar una geografía de la comunicación. Primero utilizaban el teléfono. Una llamada alcanzaba a cinco amigos; cada uno avisaba a otros cinco y la alarma se extendía. Cuando los teléfonos fueron incautados, aparecieron las bicicletas. Cuando también estas se hicieron sospechosas, quedaron los pies. Los mensajes comenzaron a viajar caminando e incluso por los techos de las casas. Una red clandestina aprendía así a transformarse cada vez que era descubierta.

Entre enero y febrero de 1945, en uno de aquellos inviernos europeos en los que la nieve parece borrar los caminos, Bartelsman escapa junto con otros prisioneros. Caminan durante la noche y se esconden durante el día. Algunos mueren en el intento. Los sobrevivientes continúan avanzando sin saber exactamente dónde termina la fuga.

Hasta que un día encuentran soldados estadounidenses.

Para Bartelsman termina allí una parte de la odisea. Pero quien ha atravesado ciertos lugares quizá nunca salga completamente de ellos. Los campos quedan atrás y, sin embargo, continúan viajando con quien los sobrevivió.

Cuatro años después, en 1949, los Bartelsman abandonan Laren. Ya tienen dos hijas, Emelie y Anemieke. Se dirigen a Chile, donde nace Pablo, su tercer hijo. Después vendrá otro desplazamiento: Colombia. El barco llegó a Buenaventura. Allí los Bartelsman experimentaron uno de los primeros desconciertos del nuevo continente: según el recuerdo familiar, se asustaron al encontrarse con personas negras, pues nunca antes habían visto una. El episodio, más que hablar de quienes los recibían, revela la estrechez del mundo conocido que los viajeros traían consigo. Habían atravesado países y océanos, pero viajar significaba también descubrir hasta qué punto la propia mirada estaba hecha de límites.

Después continuaron hacia Cali y, en 1953, se instalaron en una casa del barrio San Fernando. El itinerario resulta extraño cuando se mira sobre un mapa: Laren, Chile, Buenaventura, Cali. Europa queda al otro lado del océano y la nieve es reemplazada por el trópico. Bartelsman trabaja como contador, pero continúa siendo fotógrafo, músico y pintor. En Cali entra en contacto con un mundo artístico que también está buscando nuevas maneras de mirar. Allí se vincula con un grupo, El Taller, junto a otros pintores: Lucy Tejada, Pedro Alcántara —nadaísta—, Beatriz Daza, Nirma Zárate, María Thereza Negreiros y Guillermo Wiedemann.

Tal vez los exilios verdaderos no consistan solamente en abandonar un país, sino en aprender lentamente a mirar otro.

 

Medellín, 1955

Dos años después de su llegada a Cali, Bartelsman está en Medellín. Lleva una Rolleiflex. Con ella realiza once fotografías. Podrían considerarse simplemente documentos de una ciudad desaparecida. Pero vistas juntas cuentan otra historia: la de un hombre que cambia continuamente de posición porque parece sospechar que ninguna ciudad puede comprenderse desde un único lugar.

Primero la mira desde el aire. La fotografía aérea convierte Medellín en una superficie legible. Calles, manzanas, diagonales, barrios, terrenos vacíos y zonas construidas se organizan debajo del avión. Por un instante desaparecen incluso las montañas que habitualmente definen la ciudad.

Medellín deja de ser paisaje. Se vuelve dibujo. Casi un mapa. Resulta inevitable pensar en el hombre que pocos años antes había recorrido otra geografía durante la noche, huyendo entre la nieve. Ahora contempla desde arriba una ciudad desconocida y pacífica. Los caminos ya no sirven para escapar. Pueden simplemente ser observados.

Después Bartelsman desciende. Desde las alturas del Centro descubre una Medellín todavía baja. Los tejados ocupan grandes extensiones y entre ellos comienzan a levantarse edificios modernos. La ciudad antigua y la nueva no aparecen separadas por una frontera. Conviven dentro de la misma fotografía.

Una Medellín horizontal empieza a ensayar la verticalidad. Bartelsman cambia de posición continuamente desde el Hotel Nutibara. Parece buscar no tanto aquello que debe fotografiar como el lugar desde donde hacerlo. Cada desplazamiento modifica la ciudad. Pero existe algo que nunca desaparece completamente: la montaña.

En varias fotografías el cielo y las cordilleras ocupan una parte enorme del encuadre. Abajo queda Medellín, comprimida entre las laderas. La arquitectura no domina todavía el paisaje; debe negociar con él.

La ciudad cabe dentro de su valle. Todavía no se ha desbordado. Desde otro punto aparece la Plaza Nutibara. Las palmeras dibujan una curva; circulan buses y automóviles; se levantan edificios modernos; aparecen avisos comerciales, emisoras y nuevas formas de publicidad. Al lado sobreviven construcciones pertenecientes a otro tiempo.

Las ciudades quizá nunca abandonan completamente aquello que fueron. Construyen el futuro al lado del pasado y durante algún tiempo ambos comparten la misma calle.

En esa fotografía Medellín parece sorprendida precisamente en ese instante. Quiere seguir siendo reconocible y, al mismo tiempo, tiene prisa por parecerse a su futuro. Entonces aparece una piscina. Bartelsman inclina la cámara casi verticalmente y personas, automóviles, muros, escaleras y agua dejan de ser objetos para convertirse en geometría. Rectángulos, curvas, superficies. Por un momento Medellín desaparece. Queda el pintor. Pero después el fotógrafo vuelve a bajar. Frente a la iglesia de la Veracruz descubre una multitud concentrada alrededor de la entrada. Otras personas miran desde los márgenes. La iglesia podría dominar la escena, pero algo pequeño se interpone entre la solemnidad y la fotografía: un carro de Paletas La Antioqueña.

Quizá una ciudad se reconoce precisamente por esas contradicciones. La ceremonia y el comercio. La piedra antigua y el vendedor ambulante. Lo solemne y lo trivial.

La historia suele conservar iglesias; la fotografía, algunas veces, tiene la generosidad de conservar también el carrito de paletas. Después llega la noche.

Las montañas desaparecen, pero solamente en apariencia. Otra geografía comienza a dibujarse sobre ellas. Pequeños puntos luminosos ascienden por las laderas.

Las luces dibujan el valle.

Bartelsman ya no fotografía edificios. Fotografía señales. Medellín existe en la oscuridad como una constelación terrestre.

En otra imagen realiza el movimiento contrario. Abandona el Centro, asciende por la montaña y vuelve la cámara hacia la ciudad. Un árbol ocupa el primer plano. Luego aparecen la vegetación, las laderas, el valle cubierto por la bruma y finalmente Medellín, casi deshecha por la distancia.

La ciudad que desde el Centro parecía crecer vertiginosamente vuelve a ser pequeña.

Es una vieja ilusión de las ciudades: creer que su tamaño les pertenece. Basta subir una montaña para desmentirlas.

Finalmente Bartelsman coloca la Rolleiflex casi a la altura de un caminante.

Una calle sin pavimentar desciende entre casas encaladas y aleros de teja. Las fachadas forman un embudo que conduce la mirada hacia el fondo. Hay pocas personas. Ningún monumento. Ningún gran edificio. Ninguna industria. Ningún acontecimiento que explique por qué alguien decidió detenerse allí y disparar una cámara.

Precisamente por eso la fotografía resulta tan hermosa.

Después de buscar Medellín desde el avión, las terrazas, las montañas, las plazas y la noche, Bartelsman parece descubrir que una ciudad también puede caber en una calle cualquiera y en un hombre que camina por ella.

Tal vez toda fotografía de viaje contenga esa derrota feliz: se parte buscando aquello que distingue un lugar y finalmente se encuentra aquello que podría pertenecer a cualquier lugar.

Vistas juntas, las once fotografías dejan entonces de ser solamente documentos de la Medellín de 1955.

Cuentan una aventura de la mirada.

Bartelsman se acerca y se aleja. Sube y baja. Gira. Mira desde el Centro y desde la periferia. Observa durante el día y regresa durante la noche. Medellín se convierte sucesivamente en mapa, paisaje, arquitectura, geometría, multitud, luz y vida cotidiana.

Quizá esa inquietud tenga algo que ver con el viaje anterior, el mucho más terrible. El hombre que había conocido una Europa donde los caminos conducían a fronteras, escondites, campos y fugas podía ahora permitirse algo extraordinariamente sencillo: desplazarse por una ciudad solamente para mirarla.

No sabemos si Bartelsman pensó alguna vez esa relación.

Sus fotografías tampoco necesitan demostrarla.

Pero existe una extraña correspondencia entre aquella vida desplazada y esta mirada que nunca permanece quieta.

Quizá por eso las imágenes conservan todavía su frescura: no parecen hechas por alguien que ya sabe qué es Medellín, sino por alguien que todavía está tratando de descubrirla.

Y en ese aprendizaje ocurre una paradoja: cuanto más cambia Bartelsman de lugar, más reconocible se vuelve la ciudad.

Después de tantos desplazamientos —Laren, los campos, la nieve, Chile, Buenaventura, Cali—, en Medellín vuelve a comprobar que ningún territorio puede comprenderse desde una sola posición.

Medellín no estaba en un solo punto. Había que mirarla desde todas partes.

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Asesora: Clarita de Bustamante

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-Bibliografía: 

-Bongue, Erick, Rostros y Rastros: Jan Bartelsman (1988), Canal Univalle TV.

-El Tiempo, Bogotá, 1989.

-Facebook, Historia fotográfica de Medellín (HFM), Erick Bongue.

- Jan Bartelsman, Revistas Artnexus 31, https://www.artnexus.com/es/magazines/article-magazine-artnexus/6399fc807bd43d50b9aa8f29/31/jan-bartelsman

-Semilla, herencia y color, INSTITUTO POPULAR DE CULTURA, Cali, 2016

- Bartelsman, Gertjan. Pasajeros, 1978-1980, Banco de la República, 2016.