Foto de Luisa Vergara
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Marcha del Orgullo LGBTI Medellín 2017
Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali. Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza. neonadaismo@gmail.com
lunes, 3 de julio de 2017
martes, 27 de junio de 2017
6 Festival Alternativo de poesía de Medellín / 2017
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6 Festival Alternativo de poesía de Medellín / 2017
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El
Camino Rocoso de la Soledad...
Darío
Lemos
El
camino rocoso de la soledad es blando.
Por
que los poetas de mi generación han sonreído más, yo soy el anónimo con mis
poemitas
guardados como gigantes en cajita de vidrio. Yo estuve con Genet en la
cárcel
y con Artaud en el sanatorio, yo ayudé a despegar la oreja que cercenó Van
Gogh
vilmente, y soy el marginado, vituperado asediado de demonios blancos
luminosos,
que quieren ser dolor en mí, pero mi "mundo" gira en un sentido
común,
para mí, por que no me entienden. Si yo matara a mi hijo no me entenderían.
No
conocen el amor de la sangre.
Sucede
que no puede quedarme en los objetos, me maltratan casi como me duele
y
purifica Boris.
¡Y ha
llegado Jesucristo a mi alma! Luz soy y soy número 7, amando dos puedo
ser
no el ¨solo" sino el "solitario". Los ancianos no comprenden lo
que dicen los
niños,
por que los niños son ángeles y los ancianos ancianos. Ahora comprendo
por
que nado mejor cuando lleno la piscina de sangre, que reflejada en el sol
parece
vino. Abriguémonos soledad hasta luz.
Pero
embriaguémonos y comamos culebras!
Solo
la salvación está en el veneno que rechaza el espíritu. Soy un ángel que no
hago
mucho ruido con las alas para no despertar a los habitantes cuando salgo y
aleteo
un poco en el sitio donde mi hijo respira y tiene heridas las manos.
domingo, 25 de junio de 2017
50 Medellín: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico: Edificio Víctor
Edificio Víctor
HM Rodríguez e Hijos
(Nel, Horacio Jr, Horacio Marino, Martín)
50 Medellín: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico: Edificio Víctor
Edificio Víctor
Para Carlos Puerta
Víctor Bustamante
Qué más podría decir, agregar, sobre la
familia de Horacio Marino Rodríguez, cómo catalogarla a la distancia, si el
tiempo ha situado con justa medida sus obras que hablan por ellos y su aporte
imperecedero aun es visible, así como esa creatividad a flor de piel, ese saber
que, en el caso de Melitón, su hermano, las fotografías dan la idea del
trascurso de una ciudad que él plasmó al comienzo con Horacio. Ya que después,
cuando cada uno decidió casarse, partieron su profesión, en el gabinete de
fotografía, para buscar cada uno un camino, y es ese camino creativo todo un
reto en Horacio Marino: ser arquitecto. La vena artística de esta familia, esa
presencia, ese talento de su padre que fue tallador de lápidas, la cercanía con
Hauesler, su suegro, con la familia Cano, algunas de sus mujeres escritoras,
dan la idea del fuste de una familia y su presencia intelectual bajo un
concepto diferente que conmueve, que llama la atención ante la sobriedad de sus
vidas, ante el talento y talante de todos ellos. Las obras son las que hablan,
su idoneidad pervive. Ellos son parte entrañable de la ciudad.
Horacio Marino fue fotógrafo, pintor y
luego arquitecto autodidacta, participó en la creación de la revista El
Repertorio, escribió dos libros: Diez y ocho lecciones de fotografía y el Libro
del constructor. En 1903 creó la oficina de arquitectura HM Rodríguez e Hijos,
con la participación de sus hijos: Martín que estudió arquitectura en Estados
Unidos, Horacio y Nel que estudió arquitectura en Estados Unidos y en Francia.
La firma de HM Rodríguez establece su
presencia en la ciudad: en la remodelación del Paraninfo y de la Plazuela de
San Ignacio, diseñaron Teatro Circo España, el edificio Tobón Uribe (Farmacia
Pasteur), el edificio de Bellas Artes, el edificio Gutiérrez, el Banco
Republicano, el Palacio Egipcio, el Castillo del Poblado, el Palacio Municipal,
y el Edificio Víctor y es precisamente este edificio del cual nos
ocuparemos.
Cuando se presentó la posibilidad de
inaugurar el Edificio Víctor, este acontecimiento fue saludado por la revista
Progreso:
EDIFICIO VÍCTOR
Uno de los más hermosos de la ciudad,
de propiedad de los Sres. Félix de Bedout & Hijos, cuyos arquitectos fueron
los H.M. Rodríguez e Hijos.
Medellín cuenta con varios hermosos
edificios comerciales, pero entre ellos hay pocos construidos por casas de
comercio para sus propios negocios únicamente. Entre estos últimos está el
edificio Víctor de Félix de Bedout & hijos, que ellos ocupan, junto con el
Edifico Bedout, con sus extensos negocios de Droguería, Librería, Papelerías,
Agencias y Representaciones.
La severidad de las líneas del edificio
se debe al estilo netamente comercial que se adoptó. No hay a excepción de los
mascarones, nada que no obedezca a la más estricta economía, a exigencias de
más pura construcción y adaptación de materiales, los cuales están en la parte
exterior, completamente desnudos
La línea vertical domina por la forma
misma del edificio, dándole con esto un énfasis a la altura, la cual en
realidad es inferior a su apariencia. El segundo piso está soportado por dos
columnas de hierro, para lograr con esto la mayor área de vidrios en el
primero, lo cual es indispensable en un almacén moderno.
Cada piso es un solo salón, con el
mínimo de Columnas, con servicios sanitarios y de ascensor.
Es Construcción a prueba de fuego y
está dotado de una buena instalación de hidrantes. Su solidez es toda prueba:
los pisos están calculados para resistir 600 kilos por metro cuadrado.
Los arquitectos fueron Horacio M.
Rodríguez e Hijos
Reciban ellos y los propietarios las
felicitaciones de Progreso por esta nueva obra que embellece. Y aprestigia a
Medellín.
Aquí, en esta presentación, se
mencionan los mascarones como el único detalle que se aparta de la sobriedad
del edificio. Ellos han sido utilizados en la arquitectura con diversas
significaciones. En el Art Noveau, son los decorados más enigmáticos que
presentan. Estos mascarones del Edificio Víctor no son terroríficos, ni
cómicos, ni alegres como se utilizó en esa corriente arquitectónica. No, su
autor Bernardo Vieco, les dio una serenidad y cierto carácter de extrañeza que
aún nos preguntamos en dónde reside ese encantamiento. Él se alejó de esas significaciones
que le daban para ahuyentar a los demonios y a los malos espíritus, en esos
tres mascarones buscó su sello, ese misterio que aun pervive. Me detengo en
esas esculturas por esa desazón que causa cuando las miramos desde la calle y
sorprende la seriedad de su mirada.
El Edificio Víctor, con los años, fue
conocido con ese apelativo dado por la habladuría popular: el Edificio de las
tres cabezas. Bastaba esa señal, da un punto de localización en la calle
Boyacá.
Esas tres cabezas vaciadas en cemento,
que coronan el Edificio Víctor son un enigma. Algunos afirman que se trata de
tres rostros de los integrantes de la familia Bedout, dueños del edificio;
otros, según testimonios de la época, que son autorretratos del autor, famoso
por sus pronunciadas ojeras. Bernardo Vieco, su escultor, lúcido,
imprescindible y laborioso, siempre se relega, mientras sus obras aún están
presentes en diversos sectores de la ciudad. Pueden verse en el Cementerio de
San Pedro, en iglesias, en fachadas; muchas de ellas asociadas a la cuestión
religiosa. Hace casi cien años que él esculpió estas tres cabezas y esta escultura es la que más incógnitas causa. Junto a las tres Marías del cementerio de San
Pedro se convierten en la triada, no en vano estas tres mujeres de inmediato
nos llaman la atención. Dos de ellas miran hacia abajo como dándole cierta
profundidad, similar a los mascarones.
Félix de Bedout Moreno, el dueño del
Edificio Víctor, el magnate que deseaba darse su tono, como los otros
comerciantes de la Villa, nació en Medellín en 1868. Hijo del ingeniero francés
Pablo de Bedout de Vassal, se casó con Ana del Valle López. A los 21, en 1889,
años fundó la Tipografía del Comercio y el semanario "La Tipografía",
órgano de la difusión de la Librería Bedout. Importó de Estados Unidos una
imprenta pequeña que solo servía para imprimir tarjetas. Autodidacta, aprendió
el arte de la impresión, de revistas y catálogos. Él introdujo al país la
primera prensa de cilindro, antes sólo eran conocidas las de mano y trajo las
cuñas de cierre automático para imponer las formas y las pastas para rodillos,
también debido a su experiencia suprimió la mojada del papel antes de su
impresión. Conocía cabalmente su industria, por haber sido cajista, prensista y
distribuidor en sus talleres.
En 1914 creó la Casa comercial Félix De
Bedout e Hijos, con su hijo Pedro Pablo, luego con sus otros hijos, Jorge,
Jaime, Ramón y Horacio. Y se convirtió en distribuidor de marcas extranjeras
como la Víctor, la Remington, la Dalting. En 1903 publicó los dos primeros
textos escolares de carácter religioso, Cien lecciones de historia sagrada y el
catecismo del Padre Astete.
La calle Boyacá, sede del edificio
Víctor, posee su historia, por ahí corrió Epifanio cuando se enloqueció y salió
despavorido hacia las orillas del río. En esta calle, cerca de la Veracruz, una
señora, desvelada y sicalíptica, en las noches, anotaba la escapada de sus
vecinos por si regresaban a casa borrachos y registraba la hora. Esta calle
posee las casa de Girardot y la de Zea, y también a la salida de la librería
del Negro Cano, algunos intelectuales de su tertulia, se iban por Boyacá, al
Chateclair, diagonal al Perdón de la Candelaria, a rematar su bohemia.
En los inicios del Edificio Víctor, en
el primer piso funcionaba la Droguería Bedout. En el segundo piso un almacén de
música, el Salón Víctor, que vendía discos de la RCA Víctor. Allí, en el balcón
izquierdo, podía verse el símbolo de la RCA Víctor, el Fox Terrier, Nipper,
escuchando la voz de su amo.
En 1939 la RCA Víctor envió a Medellín
una grabadora de discos y encargaron al director artístico de Radio Nutibara,
Hernando Téllez Blanco, para que grabara algunos temas y los enviara a Estados
Unidos, en donde se prensaban los discos, sería el distribuidor exclusivo al
impresor, editor y comerciante Félix de Bedout. Esos estudios estaban ubicados
en la carrera Junín, al frente del Teatro Junín. Allí grabaron: «No quieras más
corazón», de Carlos Vieco y Santiago Vélez Escobar, «Recuerdo de amor»,
interpretado por Ospina y Martínez. También allí grabaron el Trío Colombiano,
Los Payadores, Abel de J. Salazar con Eladio Espinosa y Plutarco Uquillas.
Antes, maestros como José María Tena y
Pietro Mascheroni escuchaban emisoras en onda corta desde México, y de
inmediato pasaban estas canciones a partituras para ser tocadas en sus
radioteatros. Un caso curioso ocurrió cuando una cantante cubana trajo su
repertorio a la ciudad para su debut, y encontró que aquí hacia años lo
cantaban los conjuntos locales.
Ese mismo año, el portorriqueño Johnny
y su grupo estuvieron en Medellín. Aquí en este edificio, existió un encuentro
entre Johnny y Tartarín y de ahí salió una guaracha, "Los responsorios de
Lola ", con letra de Libardo Parra Toro. Félix de Bedout, representante de
la RCA Víctor desde 1935, le había solicitado a Tartarín algunas canciones,
“Embriaguez de llanto” y “Son de campanas”, para entregárselas a Carlos Gardel
pero la muerte de este en Medellín llevó a que se le cedieran Agustín Magaldi.
Ya en 1940 existían en Medellín, en el
Centro, ocho emisoras, siete de las cuales tenían un carácter comercial: La Voz
de Antioquia, La Voz del Comercio, Radio Córdoba, Radio Nutibara, Ecos de
Occidente, Ecos de la Montaña y Emisora Claridad. Existía además la emisora de
la Universidad de Antioquia, Radio Universidad, y una revista memorable, Micro
de Camilo Correa.
Boyacá, hoy, ha declinado su prosapia,
ya no está la librería Don Quijote, el centro comercial la Veracruz se haya más
desprestigiado que nunca, con bodegas de afán y carretillas, y se pierde en los
arrestos de la pauperización y abandono del Centro, si antes la calle Boyacá,
en este tramo de Bolívar a la Plazuela de la Veracruz, era sitio de llegada de
viajeros, ahora en la cuadra de Carabobo hacia abajo observamos el barullo de
las ventas de todo a mil, los vendedores ambulantes y las putillas situadas en
los hotelitos, y las pensiones de ultra mala muerte.
Al declinar la industria de la música,
es decir, al aparecer otras disqueras con otras propuestas, al igual que al
negocio de las drogas adquirir otro tipo de contratación, y, sobre todo, al
declinar los negocios de la Editorial Bedout, las actividades del Edificio
Víctor asumen otro carácter. En un tiempo, en el primer piso, funcionaria la
Recaudación de impuestos, en el tercer piso una escuela de hapkido. Ahora, en
esta caída posmoderna, el Edificio Víctor, exhibe una placa de Bien de Interés
Cultural, pero ya sabemos lo que eso significa, una lápida. Ya descolgaron de
la parte alta de la fachada el aviso amarillo que anunciaba su intervención,
ahora suspendida por algo de peso, le faltaba el visto bueno del Ministerio de
Cultura, el cumplimiento de la resolución 2236 del 2008, sobre las zonas de
influencia de los polígonos culturales en este caso el de la Veracruz. En la
Curaduría Tercera, en Punto Clave, después de indagar con Faduil Alzate, no
sabían de ese requisito indispensable ya que este Edificio Víctor está
protegido.
Actualmente funciona el Centro
Comercial Corona, entre el bullicio de los altoparlantes de los vendedores, las
vitrinas. El mal gusto de esos almacenes indican la nueva preferencia del
habitante de la ciudad por esos lugares, sin aura, y ya Boyacá una calle sin
aceras, queda perdida, sin su verdadera significación.
Solo arriba del Edificio Víctor, en su
silencio, las tres caras de Bernardo Vieco, impasibles, silenciosas, y con la
lama del tiempo permanecen atentas, vigilantes.
Aquí la palabra patrimonio sabe a la
desidia de lo amargo.
Bibliografía:
-Fotos antiguas de Medellín
-Archivo fotográfico BPP
-https://www.myheritage.es/photo-188_115980082_115980082/horacio-y-leon
-http://www.encuentrolatinoradio.com/2017/02/johnny-
rodriguez-cancionero-de-america.html
-Boletín Cultural y Bibliográfico: Vol.
23, núm. 09 (1986)-Arias Calle, Juan David. La industria musical en Medellín
1940-1960: cambio cultural, circulación de repertorios y experiencias de
escucha, Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, Facultad de
MERIDIANO DE SANGRE / Darío Ruiz Gómez
Darío Ruiz Gómez
Repasar de nuevo la
prodigiosa novela de Cormac Mccarthy es
sentirse implicado en un vértigo de desaforada
violencia, ubicados en esos territorios
donde no es que la ley haya desaparecido si no que al ser borrada, la ausencia
de autoridad permite que salga de las entrañas del llamado ser humano el rostro de la maldad absoluta. Matar por matar, asesinar y violar a
una niña de diez años, bailar y tocar el violín, hablar muchos idiomas y estar al tanto de lo que sucede
en la sociedad civilizada podrían
indicarnos la presencia de un ciudadano
consciente de sus derechos y deberes, pero no, lo que el protagonista, el juez
Holden representa, es lo contrario: la cuchillada que cercena la cabellera de
un indio escuálido, el disparo que asesina sin cesar a cientos de campesinos,
niños, mujeres en una conmocionante demostración de insania, el terror resumido en una figura que intenta, a través de las matanzas, abolir hasta la más
intangible presencia de los valores sociales. El juez con una cabeza monda sin
cabello, sin cejas ni bigote, recorre los territorios fronterizos de México y
Texas en compañía de su banda de asesinos, el llamado Grupo Glandon, dedicado a
matar por matar, a pasar a cuchillo a todos aquellos a quienes consideran aptos para
el sacrificio por su inferioridad. Para Holden convertido en un remplazo de Dios en la tierra hay dos
actividades que lo satisfacen, tocar el violín y bailar. El territorio determinado por sus sangrientas andanzas se constituye en una selva sin leyes ni justicia ni Dios. Lo importante es la manera como Mccarthy logra dotar de una perspectiva moral a la caída en el abismo de este personaje
o sea a la manera como la violencia vaciada de sentido logra convertirlo en un monstruo que desconoce
cualquier límite, cualquier tipo de escrúpulo. Solamente un gran narrador de ficción puede llevar a la culminación estética esta alucinante
visión de lo que significan la violencia y el violento, gracias a su soberbia capacidad de convertir
en simbólico lo que los llamados historiadores reducen a cifras acomodaticias.
Los soldados que después
de la Guerra de los Mil días” se negaron a una paz pactada convirtiéndose en
cuadrillas de bandoleros, señalan un proceso de desadaptación de terribles consecuencias cuyas secuelas se prolongan hasta hoy. Marx
diferenció con claridad al revolucionario que lucha por lo que considera una
causa justa, del forajido que hace de la tropelía su único objetivo. ¿Cuál es la
diferencia entre la barbarie de los Paramilitares y la de las Farc? ¿Cuál es la
diferencia entre la locura religiosa asesina de Isis y el mesianismo criminal
del Eln? Lo importante en este caso para
la justicia consistiría en señalar el momento en que abandonan la “causa
política” y comienzan a aniquilar
inocentes para enriquecerse. ¿Quiénes podrían emitir un juicio al respecto, los
jueces que se amparan en una ley inventada o el clamor no escuchado de los
sacrificados cuya venganza será inevitable? La presencia de los degollados, de
los desplazados, pone en tela de juicio conceptos como Estado y como Iglesia
cuestionados por quienes dejaron de ser ciudadanos, creyentes, o sea
abandonados a su suerte. ¿Quién determina entonces la anhelada reconciliación,
los políticos y sus intereses o los
asesinados a nombre de nada?
¿Pueden la matanza y el uso del terror contra la población civil disfrazarse indefinidamente en una supuesta causa política?
miércoles, 21 de junio de 2017
LA VIGILANCIA SOBRE EL LENGUAJE / Darío Ruiz Gómez
LA VIGILANCIA SOBRE EL
LENGUAJE
Darío Ruiz Gómez
Durante algunas visitas a
Cali tuve la oportunidad, hace ya muchos años, de conocer a un poeta, profesor
de una Universidad y quien abiertamente me confesó su cercanía con el
Secretariado de las FARC. En una Feria del Libro celebrada en el Campus de esa
Universidad se incluía una conversación de los dos sobre el papel de la poesía
en la sociedad, al medio día hablamos amistosamente. Llegado el momento yo me
referí al papel que la poesía jugaba en mi vida y a la necesidad de que
estuviera presente en un mundo dominado por la mezquindad. El poeta se levantó
cuando llegó su turno y dirigiéndose al público dijo, sorpresivamente: “Ahí
tienen a este paisa con las manos manchadas de sangre pues con el nuevo
Presidente paisa se ha iniciado la más tremenda represión contra las masas
trabajadoras” Y continuó su perorata
acudiendo a los consabidos clichés sobre los paramilitares, el imperialismo
asesino. Cuando terminó dije a los
presentes que yo había venido a hablar de poesía, que me sentía agredido y por
lo tanto me retiraba del salón. Para sorpresa del poeta y sus aceitados bucles la
gente salió detrás de mí. En seguida me alcanzó una señora quien se ofreció a
sacarme de aquel enmalezado campus. Recordé
esto al leer en “El Espectador” – 13- 6-2017- que Timochenko ha declarado que
de aquí en adelante sólo la palabra será
su arma. Marx, recuérdelo Londoño, mostró, precisamente, la relación directa entre
lenguaje e ideología política: ¿Cuál puede ser la palabra a utilizar por quien hasta
hoy ha vivido dentro de un intransigente dogma totalitario? Las peroratas de Fidel Castro solo sirvieron
para hacer dormir de tedio a unas masas “proletarias” de origen campesino. Y
¿Qué tal las alucinadas cacofonías de Maduro evidenciando el hecho de que se
desfondó para siempre su cantinflesco populismo? Víctor Klemperer sobreviviente de los bombardeos de Dresde,
gran filólogo, escribió un texto de indispensable referencia a este respecto:
“El lenguaje del Tercer Reich”, clarividente análisis de la manera como se convierte el lenguaje
humanizado en la virtud de la confianza;
en consignas alienantes que destruyen la consciencia de los individuos y los
convierten en masas vociferantes. ¿Cómo podrá Londoño, alias Timochenko
y sus intelectuales comenzar a desmontar el lenguaje del totalitarismo e irlo
haciendo permeable a la experiencia real de niños, indígenas,
afrodescendientes, gays, madres perseguidas? ¿No tendrá primero qué
reconocerlos como los seres humanos a quienes les negó su identidad a nombre de una infame idea de revolución? Al despojarse del alias y
recuperar nombre y apellido ¿No nacerá en cada exguerrillero la responsabilidad moral que los hará reconocer
como individuos? ¿Cómo entonces se podría dar un diálogo entre gentes de ideas
diferentes?
El desmonte de un discurso
totalitario que negó el derecho al pluralismo político ¿No supone la
autocrítica en quienes han vivido prisioneros de una palabra vigilada que les
prohibía pensar libremente? La libertad
comienza por un lenguaje insumiso a todo dogmatismo. “La ausencia de justicia,
recuerda Bauman, destruye el camino hacia la paz” Pero algo me preocupa cuando
Victoria Sandino al definir drásticamente el nuevo feminismo fariano nos
anuncia la “construcción de una nueva masculinidad”. ¿Le cortarán los bucles al
poeta y perderá su inspiración “revolucionaria”? ¿Cómo será el canon viril de
los poetas de las FARC? El haber vivido fuera de la libertad conduce a muchos
desvaríos, sobre todo cuando se tiene que arrastrar un lastre tan antimoderno: el
cadáver del comunismo.
DOS RELATOS
Raúl Mejía
AMIGOS
Así como cierta vez
intenté volverme escritor, redactar al menos un relato, poema, ensayo o novela,
también me atreví a ser buen amigo y, de esa manera, rodearme de excelentes
amistades. Lo intenté apasionada y desapasionadamente, dejé que el azar
discurriera sin obstáculos. Tengo cincuenta años, ignoro cuantos más viviré,
pero desde adolescente anhelo esa sensación de contar, por lo menos, con una
presencia fraterna y que se me apreciase de la misma manera. Asumir fracasos no
difieren sustancialmente desde el momento de ser joven y este ahora, poco menos
que viejo: es sensación idéntica, salvo que la dermis pueda atenuar
escalofríos, rabias, hastíos.
Cursé carrera nocturna,
sencilla, la que me agradaba. Ingresé antes de ser mayor de edad y el ecléctico
grupo aquel, inicial, lucía como tosca galería de seres distantes. Permanecí
ese semestre con mi única compañera, la timidez. En aquellos años “ochenta”
tanto mi universidad como Medellín, se presentaban con bajos índices de
cemento, predominando notorias superficies verdes. Sobre vastas gramas dejaba
que el tiempo se aproximara al instante de acudir a clases, tontas asignaturas
como insípidas jaculatorias para sordomudos. Para el segundo semestre se hizo
común (ahora la palabra sería viral) el uso del “beeper”, reliquia en estos
días, pero novedad allí. Entre intersticios, ir a cafeterías y deambular, me
topé con la tarjeta personal de un compañero, joven él, robusto y casi tan
distante como yo. Saber que estaba allí su nombre era irrelevante, no un código
y números donde ubicarlo. ¡Qué diablos! Tal vez Adán haya podido ser menos
displicente. Llego a casa, marco y le menciono a la operadora que mi mensaje
es, apenas, “hola”, nada más. Siguientes días y añado al hola mi nombre, más
días y extrema atención al coincidir con el compañero en cualquier asignatura…
Aparece, se ubica y, rodeado de otros sujetos, me muestra su dedo anular
erguido. Ríen todos menos él, me sonrojo, salgo, acudo al baño y doy del
cuerpo: primero mi salud que ese inicial fracaso. Como en cuentos apócrifos
sobre duendes denostados, el resto de mi épica universitaria transcurrió plena
de monotonías y misantropías. Recibo el grado, vago un par de años, logro
emplearme y arribo, próximo a mis treinta años, a la siguiente década. Trabajé
como docente en colegios privados hasta que mi vapuleada hoja de vida no dio
para más enmendaduras: decidido estaba a aventurarme en actividades diferentes,
sólo que, por estratagemas del azar, vine a toparme con un ex colega, bien
posicionado en elitista universidad. Reconozco que entre ambos hubo aceptable
cordialidad sin avanzar, por supuesto, a esa –para mí- deseada amistad. Que nos
vemos, hablamos, recordamos… Al cabo del tercer tinto había, mal que bien,
culminado mis cuitas. Me sorprende con atención, silencio y la opción de que
podría “ayudarme”. Se planean citas, las primeras fueron aplazadas por virosis
mía y reuniones suyas. Para esa época empezaron a ser novedad teléfonos
inalámbricos y pequeños juguetes electrónicos que, si mal no estoy, consistían
en alimentar y proteger a un animalito o sujeto, evitando que muriese.
(Recuerdo haber “quitado” varios a fastidiosas estudiantes). Ansioso, sí, estoy
esperando al ex colega afuera de su oficina, no tiene secretaria, lo que me
insta a tener paciencia. Antes de mí ingresan alumnos, les oigo reír, hablar en
voz alta. Después de impacientes instantes, estrafalarias carcajadas y
sobresaltos me alarman. Lo peor ocurre al escuchar atronadores gritos: penetro
en esa oficina, preparado para ser solidario o servir de ayuda y me apabullo al
observar desopilantes escenas de jóvenes riendo a más no poder por desenlaces
en aquellos juguetes: “¿qué pasa?”, pregunto.
Nadie responde y el ex colega solidario me mira –sin separarse de su
teléfono inalámbrico-, mandándome visualmente a la mierda. Recuerdo que, al
pedir mi cédula al salir de esa universidad, no dejé de maldecir hasta
provocarme consecuentes bilis.
Penosamente proseguí
como docente, siendo única novedad mi llegada a la educación oficial. Estoy
pocos meses en execrable pueblo antioqueño, soy trasladado a Medellín a
comienzos de este siglo XXI. Decir que me había casado, que era padre, no
aportan al trasunto de este relato. Habría de durar en aquella institución
oficial más de diez años: cuando di mi primera clase, contaba con treinta y
cinco años, aún lucía bien y correspondía (hasta donde la ley de adolescencia
no es punible) coquetamente a la voluminosa coquetería de muchas chicas. Otros
colegas, otros… Lo que en este instante pueda asimilarse como serio trastorno
mental, no se anunciaba al comienzo de mi labor durante esos años, pero sí era
evidente en más de un compañero, enfermizos, sindicalistas, siempre mal de
dinero, feos, mala gente, estúpidos. Ya algunos se irían a jubilar, llegarían reemplazos
jóvenes o adultecidos; sin tener completa idea de lo valioso que era estar
allí, vivía mi rol con abultada apatía. No se retrasaría el nuevo espectáculo:
los “celulares”. ¡Oh sí, celulares! Inicialmente onerosos, luego asequibles.
Todos luciendo modelos, peligrosa libertad para localizar y ser localizado.
Desde lustros atrás traía fobia por adminículos novedosos, no quise hacerme a
esos teléfonos pequeños, prácticos, viciosos…Pero perdí y más, cuando cierto
divertido profesor de química, bastante irreverente durante empalagosas
reuniones con rector y coordinadores, me pasó (nos pasó a varios) su número:
“ten para que me marques, nos hablamos”, me dijo. Adquiero el propio, me
enseñaron a manejarlo avezadas alumnas, pero poco lo utilizo. Al empapelárseme
los dígitos que pudieran comunicarme con el compañero de colegio, procedí a
pedírselo de nuevo. Enarca este sujeto peligrosamente sus cejas, pasando de
bravuconadas gestuales, a improperios agresivos: “¿quién te crees tú, marica?
¿Cómo te atreves a pedirme eso?” “Oye”, iba a decirle, pero el energúmeno salió
a prisa. Supe después…Es fácil colegirlo, me enteré de infidelidades, romances
complicados con adolescentes y montones de amenazas. “¿Es el celular o soy
yo?”, no me sé responder.
Ciclos y ciclos, mueren,
nacen. Presidentes corruptos, país corrupto. Mediocres vanidosos, genios
apáticos. Grados, bachilleres, publicidad y el ascenso del poderoso agujero
negro del Internet: ya celulares inteligentes, portátiles, computadores
personales, las tres WWW, redes sociales, información desbordada… Cumplo
cuarenta y seis años, logro anticipada pensión: celebro compensado papel de
vago con sueldo. No volví a dictar clases, no volví a pisar aulas, ni a leer
grotesca pedagogía. Por supuesto he ido engordando y mis deudas prosiguen:
docente que se respete se vende al diablo de los bancos y cooperativas,
fácilmente. El reto novísimo apunta hacia manejos del computador, lo cual es
abismal para un sujeto como yo, aprendo lo esencial. Caramba, era difícil
prever en lejanos años “ochenta” el avance exponencial que ha traído consigo
este mundo digital. Leo, pues, portales de noticias, repito y repito videos
musicales, clandestinamente observo páginas de pornografía (sabiendo, después,
que traen muchos virus) y abro mi correo.” ¡Correo!”, ¿con quién? Ah sí, con
corporaciones, almacenes, periódicos. Luego acudo a redes sociales (ya sabía de
ellas antes de pensionarme, pero mi desprecio era vomitivo), cedo de nuevo,
creo mi perfil y a “buscar amigos” … ¡Jajajajaja! Pero, ¿cómo, de dónde? La
esposa cuenta con cientos, el hijo con miles. “¿Son todos conocidos?”,
pregunto. Ríen y no responden. ¿Amigos así de fácil, en cantidades? “¡Cosa del
diablo!”, me decía. Me sugieren probar con el buscador o que haga atractivo mi
perfil. Pasan meses, me entretengo con deleznables chistes y farándulas.
Cualquier día, pues, que llegan de improviso “solicitudes de amistad” …
¡Hombre!, recuerdo emocionarme. Empiezo a abrir una por una y, carajo, son de
parte de aquel compañero de antaño, del docente universitario y del ex colega
que me dio su número de celular, incluso saludan y mandan caritas. ¡No puede
ser!, repito en obsesivo soliloquio. Por supuesto y tras décadas de aridez en
asuntos de amistad, rechacé a aquellos bellacos, enviándoles –de paso-
“emoticones” sarcásticos.
“Amigos” … Mejor estar
solo. Sin embargo, es palmaria y contundente esta pregunta: ¿por qué, entonces,
no opté por hacerme a amigas? La respuesta hace parte de otro cuento.
DUDAS…
Tengo dudas sobre como
iniciar. ¿Debería comenzar con palabras como fracaso, obstinación, frustración,
pesadilla? Sé que de lo vivido e intentado hay apenas felicidad, pero me
resisto a que todo haya sido deplorable. Sin embargo, quiero insistir, necesito
persistir hasta la muerte.
Recuerdo muy bien al
profesor de Castellano durante el bachillerato, el cascarrabias y erudito “don
José”. Oh lo que insistió en asuntos gramaticales y ortográficos, envejeciendo
peligrosamente ante nuestros exámenes, trabajos, que devolvía atizados de
tachones rojos, remarcados con sarcasmos y anatemas. ¡Poquísimo progresamos!
Aun así, le estimábamos. A este docente le encantaba la poesía, en particular
la de poetas modernistas como Rubén Darío, Silva, Guillermo Valencia, Porfirio
Barba Jacob, etc. Montones de versos nos dictaba, leía y exigía a modo de
análisis e investigación. Para muchos compañeros, esto era peor que conjugar o
memorizar reglas ortográficas. Pero a mí me fascinaban esas estrofas, rimas,
ambientes. Tenía dieciséis años y, espontáneamente, quise volverme poeta. Al
principio te escondes, garrapateas, no muestras; van avanzando multitud de
textos horribles, mediocres pero fascinantes para el imberbe bardo. Una de mis
hermanas leyó esas horrísonas grafías y contundentemente dijo: “no entiendo”. Bien,
no iba a ser esa primera observación la que me desanimaría. Al cabo de meses
contaba con más de cien poemas: soñaba con mi primer libro, recitales, fama (no
dinero, eso sí lo aprendí pronto). Problemas surgieron como devastadores
efectos colaterales de mi pésima ortografía: el diccionario ayudó, pero
quedaban asuntos como conjugaciones, rimas, extensión de versos y, por
supuesto, calidad. Era previsible que la persona indicada para “revisarlos” era
mi titular de lengua materna. Ansioso y mal, pasé en limpio, usando vetusta
máquina de escribir manual, poemas que suponía mejores. Al siguiente viernes,
antes de salir del colegio, le entregué al profesor aquellas cuartillas,
sintiendo que se formaban en mi piel miles de volcanes en ebullición. Estábamos
a escasas semanas de culminar el curso, pronto recibiría grado de bachiller.
Por esos días había presentado pruebas de admisión en diversas universidades,
fácil accedí a la que ofrecía la carrera que deseaba: Lenguaje y Literatura.
Estábamos pues, como dije, culminando períodos lectivos, viviendo tensos
episodios de exámenes finales; entre tanto, silencio y apatía de parte de “don
José”. No me atreví ni atrevería a, digamos, acosarlo. Durante su previa
semestral, le observaba soslayadas miradas, burlonas a juicio mío. Y así,
pronto, parafernalias del grado. Recibí título como mejor bachiller, fotos de
ocasión, efusividades que no me distrajeron del displicente docente aquel. No
volvería más al colegio, de tal manera que me armé de valor, lo busqué en sala
de profesores (ahíta de quejosos) y no le vi. “¡A la mierda!, pensé,
seguramente ni los habrá leído”. No podría faltar una última broma de parte del
payaso del salón: nos lanzó a varios
detonantes no peligrosos pero sí ruidosos, en medio de sustos, risas y
sobresaltos, tropecé con una caneca de basura, la tiré al piso y al estar
bastante copada, procedí a recoger lo disperso y que me topo con mis poemas,
extravagantemente remarcados con tinta roja, innumerables signos de
interrogación y esta frase lapidaria: “quien esto haya escrito, le sugiero que
pruebe con la venta de morcilla, de seguro le irá mejor…” “Mis poemas”,
farfullé, percibiendo calcinante agresividad, derrota y desprecio.
Entre comienzos de
diciembre e inicio de febrero, me dediqué a vacaciones, a laxitudes. Archivé
mis manuscritos, no sin tristeza. Inicio universidad bastante adolescente, me
siento aislado, solo. Hacerme a espacios y amigos habría de convertirse en
desolada odisea. Asignaturas variopintas sobre literatura, lingüística,
pedagogía, avanzan con reducido entusiasmo, atraen poco y la calidad de estos
docentes es patética. Vivo experiencias con lo que denominan “documentos”,
fragmentos de obras de consulta. No estaba al tanto de la redacción de ensayos,
tal concepto fue eludido por aquel anciano adicto al modernismo. Me sedujo el
término, al proveer libertad de opinión, apoyado en dosis mínimas de citas o
epígrafes. Investigué, leí. En ese primer semestre tuvimos escasos trabajos, la
mayor parte de las notas se basaron en previas. Sentía que aumentaba mi bagaje,
leía a Camus, Borges, Ciorán, Nietzsche: fantásticos textos. Recuerdo haber
sido puntillista en mis notas y al tener que redactar algo sobre aspectos del
psicoanálisis de Freud, concentré al máximo mis capacidades. Había, sí, mejorado
ostensiblemente en ortografía. Los ensayos fueron pronto devueltos y recibo
comentarios amables. “Nada mal”, concluí. Durante ese resto de año y en los
siguientes proseguía sin afugias, leía, no contaba con amigos, pero escribía
ensayos. Ad portas de asistir al seminario final sobre literatura, se nos
advirtió de lo excelente y exigente que sería el docente a cargo. Tratábase de
un sujeto en extremo proclive a los griegos clásicos, en particular su teatro y
mitología. “Nada azaroso”, barruntaba. Este profesional en compañía de otros,
rendirían homenaje al poeta Barba Jacob, al celebrarse el centenario de su
nacimiento. Acudimos en masa al foro de la universidad. Los participantes
procedían a brindar sus charlas, algunas orales, otras leídas. Al llegarle el turno
al experto en seminarios, que se despacha este hombre con decenas de páginas,
densas, farragosas, intercalando en cada una siete o más citas, desglosándose
en exégesis y posturas de intelectual oligofrénico: ¡más de dos horas sobre un
poema breve, “FUTURO”, del vate antioqueño! Tuve, después, acceso al documento,
asustado ante diccionario de autores citados: estructuralistas, pos
modernistas, lacanianos y demás. Inquieto, me cuestioné: “¿es este el ensayo
que predomina, vence, descresta?” …Me costó admitirlo esa vez y posteriormente,
cuando entre camaradas “escritores” me topo con uno que, si escribiese sobre
“Salomé” en cuatro, cinco cuartillas, anotaría minúsculo párrafo suyo, seguido
de evidentes robos, paráfrasis y decenas de citas, refritos de cajón. Supe que
optó, mejor, por editar y construir. Me gradúo como Licenciado, reduzco
imágenes a eventualidades, renuncio por laxas temporadas a leer, escribir y
visitar bibliotecas. Ocioso, sin trabajo, sin amigos.
Finalmente consigo
novia, nos amamos y casamos. Aprovecho el título obtenido, obtengo trabajo en
colegio de curas. Firmo contrato por el 75% del valor real, percibiendo solo
diez meses de sueldo. Explotado sí, pero casado: la docencia cual vampiro
impenitente. Trabajé en diversidad de instituciones, memorables y
despreciables, había oferta abundante hasta que, a fines del siglo pasado,
espantosa crisis me catapultó a tener empleo fijo. Gano convocatoria
departamental, me nombran al primer pueblucho que se me ocurrió en extensa
lista. Circunstancialmente y debido a reducción de plazas docentes, me
trasladan a Medellín. Soy padre, dicto con contenido entusiasmo clases, siento
que envejezco y adopto honestísima actitud “leceferista”. A comienzos del
tercer milenio abren subsede de prestigiosa biblioteca cerca al lugar donde
vivo. Frecuento el sitio, leo periódicos, revistas, presto libros, películas:
es rito. Lo que ignoré durante semanas, era que allí funcionaba un “taller de
escritores”. Pese a no desconocer el término, no sospechaba de alguno próximo.
Me instalo como escuchante, joven poeta dirige las sesiones, se reparten
fotocopias, leves tareas son asignadas y, por lo general, se consideran
escritos de la mayoría. Me agrada, siento que reviven atávicos anhelos por la
escritura. Me vuelvo asiduo, pero escasamente intervengo. Al director le
complacen sobre manera las “crónicas”, ensalzándolas, entronizándolas. Desde
mí, si acaso, son híbridos torpes entre ficciones y chismes amarillistas de
periodistas, nunca me interesaron. Hay ciclos, felizmente habían pasado por lo
poético y ensayístico, al culminar este sobre crónicas, se pasaría al cuento.
Siendo franco, jamás me vi como buen lector, pero había hallado en los relatos
fascinantes instantes. Poseía de Poe, Cortázar, Rulfo, Kafka, Borges, Chejov… ¡Muchos!
Empero y debido a frustraciones previas, no me atrevía a intentar la escritura
de uno. Bien, se proponen autores, títulos. Participo pasivamente. Al cabo de
dos semanas empiezan leerse esbozos, tímidos e ingenuos en mi callada opinión.
Se me trataba como miembro y estaba en mora de mostrar “algo”. Pensé en mis
poemas, ensayos y sentí náuseas: ¿qué podría “mostrar”? Pero no estaba en mí
esa decisión, debía escribir un cuento. El ejercicio estaba condicionado: el
joven director, previamente, había propuesto tema y título, quedando lo demás
cargo nuestro. Durante el fin de semana consecuente, dicha tarea no dejó de
obsederme. Comencé con clásicas, manidas frases: “Había una vez…Érase una
vez…”, fatales y obvias. Al cabo de múltiples intentos, concluí aquel par de
cuartillas mínimas; acudí a descripciones meticulosas, fui preciso con el
sugerido discurrir: inicio, nudo, desenlace; utilicé –entre efímeros diálogos-
primera persona y ominoso narrador omnisciente. Recuerdo haber intercalado
encriptados “monólogos interiores”. Respiré gozoso, lo transcribo en “Word”, mi
esposa envía orden y la impresora cumple. Arribo a la siguiente sesión, ya
anteriores, díscolos compañeros, habían cumplido con su tarea, faltaba yo.
Multiplico mi texto, lo leo. (Nunca había leído en voz alta, ni siquiera en
clase) ¿Cuánto pude tardarme, cinco minutos? Sentí que pasaron horas, empecé a
sudar y a vivir altibajos en mi voz, pero leí y terminé. Nadie comentó –solía
suceder-, lapidario: “Ok, gracias”, de parte del encargado del taller, me
sepultó en la silla. Tomé agua, me sequé el sudor e ignoro si pudo ser
fantasía, epifanía o epílogo frecuente, furiosa humillación que se apoderó de
mí al finalizar la reunión: los que estaban conmigo, al salir, rasgaron y
arrojaron al cesto de basura, aquellas copias de mi cuento. Se agolparon
nostálgicas, depresivas escenas. Dejé aquel recinto apesadumbrado, angustiado,
harto. No volví y si el suicidio, “por extraños sortilegios”, otorgase otra
oportunidad, me habría lanzado como misil hacia el universo.
La vida sigue,
prosiguen mi esposa e hijo. Ebrio de orgasmos y éxtasis, destruyo todo lo que
tenga escrito. Me convenzo, como todo mentiroso, de piadosas moralejas: al no
tener amigos, estas citadas experiencias se sepultan en mi dermis como pústulas
ocultas, añejas. ¡Vaya novela esta vida mía! “Novela”, ¿por qué no?
GARCÍA MAFFLA: LLAMA DESDE EL PEVETERO 0 EL PESCADOR DE SILENCIOS / Juan Mares
GARCÍA
MAFFLA:
LLAMA
DESDE EL PEBETERO 0 EL PESCADOR DE SILENCIOS
Juan
Mares
Me
ha llegado por medio de los vericuetos de la posmodernidad la reciente
antología personal de un poeta queridísimo por quienes somos tejedores de
versos en el manto sacrílego de las páginas. No soy su conocido, aunque ya lo he
leído desde que fue galardonado, o exaltado por la Universidad de Antioquia en
1997. Y me pareció merecido ese homenaje convertido en hito porque testimonia,
no el descubrimiento de un poeta sino la afirmación de un juglar que respira y
canta como el pájaro de San juan de la Cruz, poniendo el pico al aire.
Antología
especial “La herida del juglar” y en mi adentro, tras un camino antiguo de
simbolismos y por efecto fonológico, pienso, en la herida del jaguar americano,
el poeta tiene en el campo estelar de su pecho todas las mariposas encendidas
del jaguar. Sin embargo en su canto viene, toda una estela de tradiciones que se enraízan en la lengua materna, y
aparece el verso sin florituras describiendo una cotidianidad: OTOÑO /// A la mesa sentados a la tarde / Quietos
abuelos dóciles como el trigo / Al oro de la sombra contemplan /
Sueños, trozos de objetos / En el patio desierto la aurora / De
la estirpe / Breve tiempo
/Caer cobre los muros con alas apagadas.” Historia y tiempo resumidos en la imagen de
la estirpe, el ancestro, y en esencia es la evocación como un espejo de sí mismo,
ya se es presencia iterada en carne, huesos y agonías.
El
poeta es aroma antiguo y renovado en el pebetero de las esencias y lo esencial,
murmurando las palabras que dicen de su empeño para sanar la herida, agua que
brota del cuerpo astral y ya es la rosa sacudida por el aletazo del pájaro que
canta refundido entre el follaje de las páginas.
El
poeta se afina de preguntas como filosofando las palabras que nombran cada
aventura del soñador de soledades. Del masticador de soledades de las que se
nutre con nostalgias.
La
sola presencia de la sombra de sus versos señalan el grito de Job en cada
línea, como un centellazo de mirada que se disgrega entre el mundo de las cosas
ya nombradas y de las vidas ya respiradas: solo le queda el cataclismo de las
dudas y añudado en un pañuelo una pequeña porción de la esperanza. Es un adalid
contra la desesperanza. Lo dice él, en alguna presentación, recordando a Rilke.
Lo recuerdo por él citado: “Vivir es imposible, y la tarea del hombre consiste
en sobreponerse”. Buen vino libado. Es un apóstol que testimonia sus
transparencias y misterios más abscónditos.
Hay
poetas que manejan tres velocidades en el discurrir de sus elucubraciones entre
corazón y cerebro: la primera es la del
vehículo en retro con la cabrilla hacia adelante dejando el atrás y sin embargo
allí el retrovisor y nombrar el asunto.
Es la del ensueño de que hablara Gastón Bachelard, la velocidad de la añoranza,
el filón del recuerdo rescatado de todos los tsunamis morales y éticos tras una
reflexión filosófica que se hace poema. Esta velocidad la controla Jaime García
Maffla: Y sin embargo, es un eco de hechos que han resonado en su casco de submarino dentro del gris-azul de su
conciencia.
La
segunda velocidad es la de la bicicleta estática, donde contemplamos como se
nos escurre el presente como agua entre los cuencos de las manos al ser
empuñada; puñalada de espumas que se lleva el rio de Heráclito. El eterno rio
de nuestros días en el instante fugaz donde “… nosotros los de entonces, ya no somos los mismos.” Según reflexionar de
Porfirio Barba Jacob: es la huida siguiendo en el aquí. En un aquí referido a
las cicatrices del alma del poeta que sangra y sana como un Sísifo de los
desencantamientos y a su vez la osadía de sherezada esperanzada, que en este
caso es el hada del poema como súmmum de lo eterno en cada hora que transcurre
mientras las cosas y los acontecimientos se suceden. O como un Ulises
desafiando a las sirenas. Maffla es un poeta contra el fluir de las horas que
se deslizan tras cada señal de agotamiento ante la duda.
Su
referencia en un poema de Vive si puedes nos remite a un fragmento del poema
La espera donde los versos se tejen con
las palabras que dicen el movimiento desde dentro del ser: “Aguarda, que la
espera / Estación única es / Y la de la conciencia, / Su hacerla suya puedes.” Porque “En la inmovilidad / Ya silencioso
viaje.” Y “…la ausencia es estar
presente.” Dice en Pasarela. Para él es un ejercicio saberse así mismo en su
onda de viajes sin misterio, siendo el misterio mismo: “Estar así / Aquí en
mitad del aire / Y solo por el aire sostenido,
// Estar aquí, / Así en mitad del sueño, / Y solo por el sueño
alimentado. // Estar en mí, / Aquí en mitad del duelo, / Y
sólo por el duelo conocido.” Uno interpreta que el aire indica viaje, el sueño
indica viaje y el duelo, haber ya
conocido; ya viajado. Y allí empotrado
sigue como el jinete de Clavileño, aunque las cosas y los asuntos difieran
siguen siendo lo mismo en ese sucederse del misterio de la vida. “Vive si
puedes”, es un Lied, el lay y es la cantiga, de lo aprendido y confesado, no
para enseñar sino para mostrar lo que ha vivido. No lo que ha aprendido pero si
lo que ha aprehendido. Como el pájaro soledad, estático en su rama, levanta el
pico y canta. Es el ADN del ancestro lingüístico de cuando en Europa el latín
explotó en romances, y así un eco del Cid campeando por los mares del sur al
pie de la cordillera andina. Este nuestro poeta, lleva un escudo de palabras
frente a las desesperanzas. Sus dedos digitan el silencio de donde salen todos
los hechizos para embrujarnos con su ritmo: “Cada uno miraba en torno a sí / O
al patio / Y algo adentro escapaba de
las manos.”
La
tercera velocidad es la del cohete viajando en el vacío. Allí, inmanente en ese
sucederse de las horas y sin el aguamanil para lavarse el rostro de los días:
“De aire son las horas / como es de aire / El aire del ensueño, / Y mi alma les
habla / Del misterioso azul / Del duelo de las cosas.” O para el caso: “La
alegría de este cielo / Que miramos en silencio:”.
No
todo lo dicho aquí se puede ver en sus palabras, más todo lo elucubrado aquí lo
inferí de sus palabras. Él le habla al poeta desde su nave de ensueños: “Lo que
debes hacer es bellos versos, / Dijo en silencio el ángel al poeta; / De tus
canciones la fuente secreta / Sean, el suave decir que hace los tersos /
Pliegues de las palabras, los dispersos / Ecos de voces santas, la discreta /
Historia de tu alma y la violeta / Mirada por tu alma. Bellos versos / Que
hablen de antiguos cielos y de horas / Amadas y de seres que te amaron / Y de
vuelos de alas misteriosas / Que a solas pasan cuando a solas lloras / Por lo
que con la infancia te quitaron. / Lo que debes cantar es bellas cosas.” A
veces, hay que hacer caso.
García
Maffla tiene todo un acervo de fuentes que han nutrido su lira, su laúd, su
arpa, su tiple o su charango; en sus palabras que rescato de un texto de
huellas de su paso del ojo por las páginas, dice esto: “…la Obra de Gustavo
Adolfo Bécquer, la Antología de Gerardo Diego con las voces del 27 y, al cabo,
Cesar Vallejo y luego, al paso de años, Mario Rivero y Francisco Cervantes. Por
muchos años me acompañó en mi quehacer Giovanni Quessep, algo que sucedió en la
vida misma, porque en la Universidad encontré a Ramón de Zubiría, a Fernando
Charry Lara, a Daniel Arango o a un exégeta de lo Poético: Danilo Cruz Vélez.
Luego Juan Manuel Roca. “, la viruela, el sarampión, o la lepra literaria para
quienes este asunto poco importa, a Maffla, le brotan transformadas en abejas
meleras, que igual, llevan su ponzoña.
En
cualquier caso, estamos ante un verdadero lírida que en materia de versos nos
dice: “Pero oye también / Esto que no te dice: / Que no le oigas y te oigas, /
Que tu voz es su voz y es la del cielo. “.
Este
poema, titulado Poetas y dedicado a otro poeta: a Alfredo Pérez Alencart, ya
justifica leerlo de nuevo:
Los
poetas son como los pájaros:
Ninguna
Cualidad
aparte de volar y cantar,
Ninguna
posesión que no sea el aire.
Inofensivos
y depredadores
Lloran
con el llanto del mundo
Y
el dolor del dolor es su dolor.
Saben
lo que la vida es y no pueden vivir.
(Los
hombres de negocios, en cambio,
Son
como los aviones:
Vuelan
más alto
Y
verdaderamente llegan a algún sitio).Efímeros y bellos,
Van
tras de su alimento
Por
eras de los sueños o jardines del duelo,
Y
las palabras son sus plumas.
Sienten
la eternidad en el instante,
Pues
nada
Sino
el instante eterno tiene,
Como
su vuelo que son sus canciones.
Nada
pueden hacer Como no sea decorar las calles,
Nada
sino ser nadie,
Si
no es el nido de sus versos nada saben hacer.
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