sábado, 14 de octubre de 2023

LA NACIÓN INCENDIADA / Darío Ruiz Gómez

 

LA NACIÓN INCENDIADA 

Darío Ruiz Gómez

Colombia arde desde sus cuatro puntos cardinales tal como con un desconocido énfasis lo acaban de señalar dos representantes de la ONU después de presentar su inquietante  informe sobre la actual situación  de violencia en Colombia : aumenta el número de cuadrillas de facinerosos en nuestros territorios, el número de niños y de niñas reclutados, prostituidos, el asesinato de líderes sociales, el asalto a carreteras, la carnetización de nuestros campesinos  por estas bandas de asesinos  calificados por nuestra Justicia como “actores políticos”  y dedicados impunemente  al saqueo, los incendios de poblados, la destrucción de escuelas, el asesinato de policías, la siembra de minas antipersonales –como  el tétrico y repetido leiv motiv  de un coro  funerario o sea que la llamada “Guerra sucia” condenada por el Derecho Universal  y que creíamos superada históricamente  ha  cobrado  una  demoníaca presencia en esta  bien calculada  destrucción de nuestra nación al hacer cesiones de los principios inalienables de la justicia a los teroristas. ¿Cómo actuaron los distintos grupos terroristas en la balkanización de  la exYugoeslavia? ¿Cómo lo están haciendo en Colombia   en su objetivo de “fundar la Nueva Patria” destruyendo la vieja Patria? Vuelvo a preguntar. ¿Qué se hicieron nuestros Jueces y Magistrados(as) si estos son delitos atroces que deben ser juzgados por la Justicia ordinaria  si  no es que ésta ya se ha refundado en la justicia totalitaria? Como el Barón de Itararé el genial humorista brasileño (Aparicio Fernando de Brinkerhoff)  lo dijo en una magnífica definición : “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes le eligieron están bien representados” Lo que nos lleva a una anomalía que ya ha sido analizada por diversos teóricos políticos como lo es la idiotización de una sociedad, su ablandamiento moral, su incapacidad para tomar decisiones necesarias frente a la catástrofe, sociedades como la española arrastradas hacia la infamia, lo que por fortuna no creo que esté sucediendo en Colombia donde las reacciones de los diversos estamentos  ciudadanos  ante estas tropelías  crece día a día colocando contra la cuerda  precisamente a los encargados de responder con la respuesta de una sanción penal inmediata,  a estas estrategias  que unas “Mesas de Conversaciones” amparan legalmente. El alarmante  informe de la ONU señala que no solo son Cauca y Nariño los territorios agredidos sino que bajo esta misma intensidad agresora y bajo la complicidad de la “Paz total” lo está haciendo en el Putumayo, Arauca, Huila, Tolima, Norte de Santander, Córdoba, el Norte de Antioquia  regiones que permanecen ignoradas por nuestros llamados medios de comunicación, por nuestros politólogos  que los siguen considerando como tierras  salvajes donde cualquier tipo de violencia se puede ejercer ante la ausencia de gobernabilidad del Estado. ¿La portavocía de estas comunidades no era lo que reclamaba como tarea el  llamado Pacto Histórico, las Curules de las Víctimas?

Dónde están ahora los llamados – vuelvo y volveré a preguntar- “Intelectuales por la Paz” los furibundos(as) defensores(as) de los Derechos Humanos y de los pueblos ancestrales, los Defensores del Medio Ambiente? ¿Dónde los Colectivos  de Abogados que se hacen los de la vista gorda ante el confinamiento violento de comunidades  enteras? ¿Incautos o bobos( as) ya seducidos irremediablemente por los oropeles de la vida parlamentaria, la rentabilidad de Fundaciones y ONG dedicadas supuestamente a defender derechos de la ciudadanía  pero  que vergonzosamente parecen desconocer? Recordemos a Brecht. “ Quienes  ríen  aún no han recibido  la terrible noticia”

LA PRESENCIA DE LAS REGIONES / Darío Ruiz Gómez

 LA PRESENCIA DE LAS REGIONES

Darío Ruiz Gómez

El Centralismo colombiano  único y nuclear destruyó mediante una división territorial en abstracto  las voces  y experiencias socio-culturales  de las distintas regiones de un país rico en diversidad cultural, en fauna y flora, en expresiones musicales, técnicas constructivas, tal como lo había constatado la Expedición Botánica con la presencia de José Celestino Mutis y su magistral trabajo de clasificación de plantas  e incorporación a la cultura de Occidente de  imágenes singulares donde la creatividad de los dibujantes  plasmaba lo que llamaría el espíritu de cada  planta, hoja, tallo o sea el trasfondo climático de llanuras y altas montañas, de la orilla de los ríos o de los barrancos. Tarea que Codazzi retomará con el mismo aliento científico que Foucault señala en la obra rigurosa de Linneo con su cuadro del conocimiento y la taxonomía de clasificaciones. El espíritu de la Ilustración que entendía que la construcción de una nación debía partir del previo conocimiento palmo a palmo de cada región en particular para que cada región sumara experiencias a ese concepto de Estado en que bajo el horizonte de la libertad se prosiguiera la tarea de reconocimiento de geografías, de habitantes y costumbres convertidos en ciudadanos(as) por encima de diferencias de razas y credos religiosos tal como lo llegó a señalar Rousseau. ¿No fue este mismo espíritu de identificación desde una geografía y sus particularidades territoriales  la que condujo a John Muir, a Tohreau a  reconocer en la vivencia  de los grandes bosques, ríos norteamericanos  el origen y punto de arranque para la construcción de una nueva sociedad?  ¿Existiría una noción de ser del antioqueño, como recordaba Juan Luis Mejía, si ese punto de arranque y de origen no nos lo hubiera dado una obra magna como “La Geografía de Antioquia” de Manuel Uribe Ángel o investigaciones como “La flora sonsonesa” de Joaquín Antonio Uribe? Recuerdo que en una vereda de Marmato una losa recuerda el paso de Humbold  el fundador de la Universidad alemana depósito  de todas sus clasificaciones –muchas de ellas con Bonpland-  de  nuestra flor, de los grandes  cambios climáticos, de estas orografías todo bajo, repito, el iluminado cielo proyectado por la Ilustración.

Cuando observo  en los canales regionales de T.V a diferentes  grupos de historiadores que han recuperado la importancia de la historia local y la tarea de admirables grupos de investigadores de la flora, la fauna, de especialistas ilustres en Planificación Regional, pienso que en el momento en que la estructura política del país se vuelva a identificar  con estas realidades  verificadas in situ  y no continuemos  bajo  la visión abstracta del centralismo no solo bogotano sino el de las capitales de los diferentes Departamentos, cuando recabo en la obra de un genio científico como Víctor Manuel Patiño  y su historia de las plantas, del concepto de cultura, del paisaje como construcción pienso entonces que  los distintos puntos de arranque para la recuperación del  país nacional que no es otra cosa que la certificación de este sinnúmero de historias locales, de testimonios  invisibilizados  por el totalitarismo  y  la pereza intelectual, debe  empezar  ahora mismo bajo la perspectiva única del reconocimiento real de la autonomía  de las regiones, la única además que puede sacarnos de las criminales polarizaciones a que estamos sometidos regresando a la más atávica de las violencias . PD Oyendo en Jardín este fin de semana unos conciertos de los adolescentes de la Escuela de Música con su magistral ejecución de obras de suma complejidad volví  a entender  el llamado de Goethe de que la cultura moderna debe  partir de la experiencia de la aldea hacia lo universal. 

lunes, 2 de octubre de 2023

Era más grande el muerto de Luis Miguel Rivas / Víctor Bustamante

 



Era más grande el muerto de Luis Miguel Rivas

Víctor Bustamante

Es inevitable, por mucho que el escritor haya cambiado los nombres de la topografía citadina, por mucho que haya tratado de mimetizarse él mismo, y sus circunstancias, así como en su excesivo pudor, al hacerlo, y como uno se aferra a los nombres para no quedar en el aire, la novela no deja de ser un texto escrito sobre Medellín. Eso sí, nos gusta mencionarla, vivirla, que es padecerla, buscarla desde diversas ópticas, y caminos, y así mismo con frustraciones, que son aquellas que cada vez que escribimos sobre ella, sabemos que nunca se hará un texto definitivo. Cada uno de sus escritores, al mencionarla, la ubica, la magnifica desde su entelequia y desde su panóptico, y eso sí desde las noches de verano, muchos antes de los años 80, cuando aún persistía ese poema liberador, digno, esa caminada nocturna de Gonzalo Arango, Medellín a solas contigo. Nadie sospechaba lo que vendría después, ese ángel exterminador, el narcotráfico, que convertiría a Medellín en una ciudad sangrienta, que cambió al país; no la guerrilla en su declive moral y ético, no los sacerdotes pastando y pasmados en sus ritos, menos los partidos políticos con sus turiferarios apegados a la nómina oficial, a los contratos, a la corrupción y a predicar que trabajan por las personas. Como para seguirse riendo de estos Mesías oportunistas y falsos, por algo sencillo, quien habla en nombre de los demás es un culebrero. Y ocurrió algo inusitado, el torrente de dinero de la mafia, dólares verdaderos, colmaron a las personas y se desplazó hacia la miseria de los barrios marginados y desde ahí empezó a cambiar el país. Para nadie es un secreto que su economía depende de una planta milagrosa que no solo boicoteó a los políticos consuetudinarios, sino a la guerrilla misma y a los demás sectores del país. Quien se sienta aludido que se dé el primer pase.

Desde ahí, así haya sangre, así haya droga, así haya esa memoria aún se persiste en mirar y redefinir la ciudad a partir de uno de sus sustentos, el narcotráfico y la mafia paisa que la ubicó en el panorama mundial. Lo digo porque en las diversas novelas que se han escrito aquí sobre este tema, siempre ha sido mencionada por su nombre, Salazar, Hoyos, Vallejo, Jaime Espinel, Ruiz Gómez, Porras, Oscar Castro, Jairo Osorio, Víctor Gaviria, y otros apologistas menores que solo ven a Medellín desde esa óptica. Medellín, nunca pronunciaré tu santo nombre en vano.

También hay otras preguntas, las cuales no pude conversar con Luis Miguel Rivas, porque se haya “ocupadísimo”, para realizarle algunas  preguntas sobre el libro, así como algo que me llama la atención, su calidad de vivir en Buenos aires, ya que se afirma de manera rotunda que para escribir sobre la ciudad es interesante hacerlo con perspectiva entre comillas e irse del país unos años, algunos lo probaron con certeza, García Márquez, Mutis, Vallejo,  Luis Fayad, Moreno Durán, Plinio Apuleyo Mendoza, se fueron y cuando regresaron al país de los siete colores, fueron reconocidos doblemente lo cual es algo ingenuo ya que el escritor traza su universo donde se encuentra su material autobiográfico y su materia prima, aquella que ha vivido y padecido y lo arredra: su origen. Los teóricos efímeros afirman que se toma distancia, lo cual no deja de ser una boutade, ya que el escritor en su circunstancia posee algo irredento, su deseo de escribir, así esté en un país lejano o así mismo como Proust encerrado en su casa, escribiendo sobre sus amigos para escribir nada menos que una obra que nos seduce todavía, En busca del tiempo perdido. Otros nos quedamos caminando las calles de esa ciudad que sentimos.

De ahí que, luego de esta suerte de proemio en menor escala, me refiero a Era más grande el muerto de Luis miguel Rivas, (Seix Barral, 2023), que regresa al ámbito de los años 80, para su autor decirnos, yo también estuve ahí.

Manuel se haya encandilado, por los zapatos de Chepe Molina, mejor decirlo de una vez seducido por los zapatos de Chepe Molina, en un puro acto de retifismo, que el libertino Restif de la Bretonne avalaría a un discípulo actual, incluso a Luis Carlos López que también lo afirmaría con su amor a Cartagena y a los zapatos viejos. Esa connotación, abarcaría a la mención y uso de los tenis de marca, junto a la buena mecha, y otra cosa se diría en La vendedora de rosas, “Pa’ qué zapatos si no hay casa“, que algunos apostilleros consideran dizque icónicas.

De ahí que Manuel y su gran amigo, Yovani, llenos de desmadre van a la boutique, junto al cementerio, donde se vende la ropa fina y llamativa, de marca, de los finados, que nunca tuvieron finura, ropa usada que será devuelta a otro uso después de un proceso de lavado y aplanchado y de haber corregido los desperfectos. Y en la otra orilla de esta dicotomía, el mecenazgo de cada uno de esos muchachos de la cuadra que les gusta nada menos que camisetas y jeans y tenis caros; indumentaria que les da nombradía. En ese juego de las apariencias en que se vive.

El fútbol y La música son los elementos distractores de  la vida cotidiana para los personajes de  la novela, pero al mismo tiempo con la posibilidad de juntarse a conversar, más la música que obra no solo como panacea, sino  como una manera de ir a un lugar a compartir. Al inicio los tangos, aquellos que las personas mayores, y respetuosos e intelectuales, y caballerosos como don Humberto escuchan en uno de los bares del marco de la plaza ya sea en El Cielo o en El Pueblo, otras veces son vallenatos, baladas, canciones del despecho que despachan venganzas amorosas. He mencionado a don Humberto que encarna la persona que ha trabajado en el sector de los textiles, Tejicadena, añade el autor, Tejicondor le digo yo,  lo cual da la idea de ese cambio económico en la cuidada donde las textilera pierden mercado, ante la avalancha del contrabando y de la falta de modernización y con el decreto de un expresidente mediocre que enterró y aun entierra al partido liberal, César Gaviria, al decretar la apertura económica a un país que no estaba preparado para ello. Pero sin darse cuenta y arrodillado, con sus Chicago boys, ante aquel que estuvo en la Catedral, burlándose de él, y que no se dio cuenta del advenimiento del maná de la USA con sus torrentes de dólares. 

En Villalinda, en un barrio marginal, se menciona, el alto del Vergel, Santa Gabriela, sus bares El Pueblo, El Cielo, La Tertulia, el Centro Cultural La Nave, la discoteca Solidgold, Las Violetas, parque Doménico, parque La Esperanza, Las Hortensias, Centro Comercial Villaplaza, Los Jazmines, y su autor lo llama pueblo, pero así sea despectivo, o lo llame Angosta con un guiño, a aquel que es su héroe literario, es notorio que estamos en Medellín, la Ciudad de la Eterna Balacera.  Así, para el lector curioso, es inevitable tratar de buscar las señas de identidad de esa topografía que Rivas, taumaturgo, esconde, pero que el lenguaje revela.

El autor se aparta del lenguaje literario y decide dar cierto toque mafiorealista la narración, al referir algunas palabras, muy antioqueñas en su utilización, churrusco, susquiniado, camellando, perratiado, chiviados, chichipato, enfierrados, engorilar, bareta, borondo, cajeteados, cañero, empitados, para solo mencionar algunas. Y eso sí, el lenguaje de las marcas, aquel que arrasa los gustos y presupuestos, apariencias y desequilibrios, e iguala en su definición de la moda como ese embate tan personal que da brillo:  cheviñón, dísel, tesa, ribuk,leclí, renol, guchi, butic, babú, lacós, lancroicer, como si en ese ámbito de lo superficial nos dijera que las marcas son lo que brilla en la oscuridad mental de esas personas que solo se fijan en la moda, como el paisaje más a la mano que es mirado y mimado por sus poseedores.

Todo esto bastaría para hacer de la novela de Rivas un libro diferente dentro de esa saga generacional, y esa diferencia se basa en la perspectiva desde la cual escribe, la desacralización del relato ya que los otros están fijados en la cuasi alegoría y en la deificación del mal, lo cual llevó a los medios a apropiarse de este y a normalizarlo en sus canales  y libros  que conformarían lo que llamarían luego la sicaresca paisa, que luego se exportó al mundo como una manera de definir a la Villa, esa Villalinda que define Rivas, desde, el asombro, que sin darnos cuenta cambió la vida y las costumbres en un parpadeo, eso sí en apariencia porque ese amor al dinero que era la perspectiva oculta, se había aprendido vía pioneros, y la familia que quería tenerlo como único valor ético, si es que no es problemático nombrarlo de esa manera, ya que perdura en Medellín ese canon de interés, ya que “el progreso” en Medellín es solo vía dinero, lo demás no existe.

Hay una caracterización que se da en la fragilidad de Efrem, aquel capo que paga para que lo culturicen, pero que renuncia a ello porque es imposible degustar de una acervo, sino no hay disposición, pero eso sí Rivas lo baja de su pedestal al recibir un budazo de  parte de Lorena Botero White, aquella diva que renuncia a un Mercedes blanco, y además también demuestra como los sicarios titubean ante el Gurbio que aparece en la mente de sus dos asesinos, Chinga y Hermosura, eso sí nunca con remordimiento, eso sí  conducidos por ese miedo que les da, esa desazón de creer que los ha espantado como si el asesino debiera mantener ese flujo de imágenes en su mente al ser el padre de una muerte ajena. Pero resulta que, como Manuel se viste con la ropa de él, sí, del Gurbio, lo confundieron y por poco lo asesinan.

Hay dos personajes que se contraponen a esa desactivación de la ética, Yovani que al final sucumbe y  Manuel Alejandro Mejía, que se mantiene firme, así se haga amigo de Efrem y esnifen cocaína como locos a la manera de Al Pacino en Scarfece, que busca puesto, es decir trabajo en oficios diversos, repartidor de directorios telefónicos, en un consultorio odontológico, vendiendo libros, en un supermercado, además se le ofrece a don Efrem sin ninguna certeza, lejos de su amigos del barrio Chucho Relay, Kalimán, Memo Patiño,  y, además, que se volvieron sicarios.

A pesar de la apariencia, se da esa dicotomía entre los habitantes de un barrio, donde siempre apuntan y sobresalen los profesionales de la faltonería y del crimen, en ese hábitat vive Mejía como un ser digno y bueno pero que no triunfa y recibe empleos sencillos para sobrevivir pero él lleva el peso de su existencia de una manera apartada del mal, lo cual es el reflejo de cada uno de nosotros, en nuestra misma esfera cotidiana, esa que se define en Medellín o en Villalinda. Este personaje, es el que se queda, el distinta a los demás, que ya son predecibles en su destino y en su catadura personal.

Uno de los rasgos que nombra a los personajes que orbitan alrededor del mundo de la droga, es dárselas de desconfiados y traidores, de tal manera ellos no pertenecen a un mundo expresado en lo normal, sino en la quimera que da el exceso y facilidad de tener dinero. Se pertenece a esa suerte de comunidad sabiendo que la muerte acecha desde los hombros dé cada uno, así el concepto de amistad no pertenece al instante en que viven, que se pertenece, sino que por el contrario cada uno se haya en la ubicuidad de ser alguien de paso, así este concepto de la amistad no deja designar a quien lo nombra ni en el eestado puro de la borrachera donde se compadece el habla, sino en la realidad. De ahí un ejemplo Bertulfo Moncada y Efrem Jaramillo, el Gurbio, Chinga y Hermosura es el límite de la decencia en su quiebre. En la mafia no hay amigos sino negocios, quien se salga de ese círculo ya no existirá, no lo salvará ni un golpe de suerte, la muerte es el precio más inmediato a un error.

Narcotráfico, coca, mafia, combos, sicariato es lo que designa a la ciudad y al país, por lo que lo nombra, y lo redefine. Hay tantos campos sembrados de coca, hay tanto dinero y tanto poder de la mafia que son la evidencia de la cual no nos libramos, como si ese fuera el destino signado por la ley de oferta y demanda del mercado. En esa confluencia de destinos hay que ver a un par de amigos, ya capos de la droga, Bertulfo Moncada y Efrem Jaramillo, discutiendo y sacándose los trapitos en la habitación cuando uno desconfía del otro al caerse un cargamento

Allí, al rabiar y amonestarse ambos capos, más Efrem, en nombre de la ira que frecuenta el desplome de un negocio, es cuando caemos en cuenta que la amistad se ha desvanecido ya que los negocios han subido la espuma de su poder por encima de cualquier relación, ya que el dominio logrado por encima de quien se atraviese y se oponga, se ejerce bajo su mismo nombre que ha transformado la esencia misma de ese poder que ha llegado a establecer la palabra como contubernio y diálogo como si ese poder mereciera sopesarse en ese pináculo insulso por encima de la vida misma. Así, ese par de amigos, Bertulfo y Efrem, se declaran la guerra por encima de su amistad.

Como colofón, al estilo sangriento de Tarantino, hay bombas y balaceras, y la mujer más intrigante de la novela, Lorena Botero White, cae asesinada, debido a la rivalidad entre Efrem Jaramillo y Bertulfo Moncada, en esa guerra desarrollada según los medios propios del naciente e inédito poder de la mafia, que no podría sino darse dentro de sus mismas entrañas. En el país han ocurrido muchas guerras de intensidad baja contra el Estado, pero a ahora era entre rivalidades de mucho poder, que alcanzaría con sus tentáculos sinestros al Estado mismo.




En el país han existido conflictos de baja intensidad donde diversos grupos y facciones guerrilleras que son casi teológicas y mesiánicas intentaban cambiar el estado de cosas hasta que conocieron el capital y se amañaron el dinero del narcotráfico, olvidando sus ideales a muerte y con muertos. En la temporalidad del libro de Luis Miguel, estas opciones ya claudicaron, la opción ya no es política ni  seudofilosófica, al contrario, es debido al exceso de dinero que da poder, ese poder de influir en todas las esferas del país, porque ya lo política ha cesado con esa suerte de eslóganes de la izquierda descontrolada, y ya sin filosofía que, además, fueron incapaces de interrogar el nuevo estado de cosas que llegaba de la mano del narcotráfico. Actividad que sorprendió al mismo Estado en su lentitud e intereses creados y sórdidos para callar ante esa avalancha de dólares que ingresaban por la ventilla siniestra para engrosar esas mentes serviles a la impunidad con sus discursos serviles y cobardes.

Ante al advenimiento de un nuevo poder atizado por el dinero sin ningún fundamento, ha cesado todo tipo de interrogación y de teorización sobre lo público como camino a lo social porque, en su lugar, en el lugar que le era propio, se ha instalado y reivindicado la ascensión de un nuevo poder, basado en el negocio per se, en la llegada del descontrol y de la mafia que se afirma con el populismo dando casas, fundando barrios y dando mercados, o cerrando calles almenadas con todos los juguetes en las madrugadas con verbenas en los barrios altos donde en la alegoría de la pólvora, sus alboradas,  estallan los voladores para satisfacción de la llegada de un cargamento a la USA.

 En todo este orden de cosas los únicos que tiene nombre y apellidos son los capos ya que sus secuaces menores, sicarios de la moto y de la pistola, solo poseen su alias que es su distintivo y su chapa y su siniestro destino, como el de Cambalache que creó una rebelión entre los mismos de los combos o facciones, entre Hermosura y Chinga, entre el Gurbio, entre la Monja, entre, el gran amigo de Manuel Mejía, Yovani, que cae entre las balas, pero hay algo noble en la novela, triunfa el bien, triunfa silencioso y sin reconocimiento de la mano de una persona como es Manuel Alejandro Mejía, que nos ha contado el periplo sucio de sus amigos de infancia, de adolescencia y de barrio, porque el desdén hacia sus oficios de poca rentabilidad, así sea vistiendo ropa usada y de muertos, ha sobrevivido a esa lluvia de balas, a ese emporio de las bombas fabricadas por el Irlandés errante, y a ese imperio negacionista de una ética que el narcotráfico golpeó de una manera infame, así como don Humberto aún perdura como sindicalista y queriendo ser escritor, aunque el Gordo Ceballos el cantinero no de Cuba, sino del bar El Cielo, con su bonhomía, también fue golpeado por las bombas.

Pero Lorena, la bella Lorena Botero White, reaparece en un acto de irreverencia, pero de mucho remordimiento de parte de Luis Miguel Rivas, tal vez por hacerla morir de una manera tan fulminante, sí, ella, que no había logrado caer en brazos de ninguna madama y menos en los brazos de Efrem, eso sí ya sintonizada con Manuel Alejando Mejía, su tinieblo, en las tinieblas de ese Medellín. Acto inusitado tal vez como Eurídice, acaso como Remedios la Bella, se le aparece a Manuel, que la sigue en su moto de mensajero, y se esfuma. Lorena que también se le aparece a Efrem para avisarle que se pierda y así sacarle pronto del atentado que llega. Lorena es aquella que su autor, cuando la queríamos, decide hacerla matar. 

Cada vez que leo un libro sobre la mafia siento un vacío donde centellea un instante, el resplandor que producen los atentados de los ejércitos personales, de aquellos capos sedientos de lo absoluto que piensan que les pertenece todo, mientras se les deshace todo. Así se da otra mirada a ese terror que resplandece como las flores eléctricas de la noche, ante la inhóspita presencia de la muerte misma con su temible irrupción. La mafia paisa causa admiración en todos los niveles sociales, pero esa atracción trajo otros dicterios y delirios que llevaron a sufrir hasta el vértigo a sus más cercanos colaboradores y a los lejanos testigos, su repulsión, hasta el horror y el repudio que causan esas muertes diarias con sus ajustes de cuentas. Algo sucede, en esas noches no de los lápices, sino de las bombas y de los fusiles, el sol de la ética no deja mirar de frente a esa sarta de asesinos con su daños laterales y colaterales debido a esa contracultura sucia que irrumpió en el país. En ese instante, todos los estamentos sociales se lavaron las manos, los valores adquiridos y los códigos quedaron desuetos al nadie hacerles caso, así como los caños y cañerías se poblaron de tanta sangre y de tanta indiferencia, lo que es visible en este libro de Luis Miguel.

Perduró la razón fría de los políticos y la razón cortante y asesina de los nuevos apoderados que se afirmaron sobre todo un país al negar a todos su derecho con lo categórico de ese fascismo de tercera que da el exceso de riqueza, sino que lo diga Efrem que compró un libro por cinco millones de dólares que ni leyó, ni lo hojeó. Luis Miguel en su novela no es neutro, sino que escribe y describe a la fija, su novela tiene la nitidez de un thriller escrito lejos del calor de los activistas de los medios que no leen ni analizan, eso sí descifra desde otra óptica el afán de poder que persiste, que nos hace recordar como aún pervive ese señor de la guerra, esos nuevos señores de la guerra en un mundo colombiano aun sin alma.

..

 

sábado, 23 de septiembre de 2023

LA POESÍA Y LOS POETAS: Germán Ossa

  

 

Germán  Ossa


LA POESÍA Y LOS POETAS

Germán Ossa

 

Toda la vida irrespeté a la poesía, nunca la quise, nunca leí poesía, vine a hacerlo ya muy mayor, por ello no me acerqué a ella. Leí poco, y hasta mis tareas en relación a ella fueron muy mal calificadas, es decir, fueron desclasificadas.

No hace mucho vine a entender que es fundamental y no me avergüenzo, pues ya tengo uso de razón y he aprendido a quererla, leerla y respetarla.

Me ha gustado escribir y he cometido el error de elegir, escribir sobre Arte (cine, teatro y literatura ...) aunque de manera breve, porque es poco lo que sè, y me ha gustado desde no se hace cuántos años,  arriesgarme con los cuentos cortos, o breves, o micro relatos o como se los quiera llamar, pero nunca he asumido el rol de poeta, porque ya me di cuenta que es para grandes del amor, del conocimiento profundo de luchas y causas sociales y para personas inteligentes que la han estudiado desde siempre y encuentran las palabras precisas, en los lugares precisos y en los momentos indicados. Y lo mejor, tienen un corazón grande.

Lo he aprendido.

Me gustaría ahora sí, ser poeta, pero obvio, es muy tarde.

De hecho, ofrezco disculpas por esta cosa que escribí anoche, desvelado, que es una reflexión pequeña que me ayudó a conciliar mi sueño.

Al menos eso creo.

Abrazos.

...

 

 LA POESÍA Y LOS POETAS

 

Escribir poesía es un poco de cosas.

Quien escribe, lo hace porque,

Con versos,

Coherentes o no,

Libres o rimados,

Se dirige generalmente al corazón del otro,

O de la otra.

 

Hace textos que acomoda de manera vertical;

Que requieren de ser leídos despacio,

Con atención,

Para que se entonen mentalmente

Como lo quiso el autor

Y así el poema cumpla su objetivo.

 

Quien escribe,

Quien ha inventado esos versos,

Dice EN y CON otras palabras,

Que la ama,

Que la odia,

Que desea que lo (o la) amen,

O lo contrario.

 

Le apunta a que lo miren con atención,

A que lo admiren,

Lo respeten,

Lo deseen,

O;

Dice directamente

Que la quiere,

La respeta

O la desea,

Independiente de que quien le lea,

Sea la mujer de otro,

O lo peor,

De su amigo, uno tal vez muy cercano.

A eso también apunta muchas veces la poesía.

 

Y lo peor,

La poesía, el poema, el poeta,

Puede tener la fortuna

De encontrar sin pensarlo ni sospecharlo,

Sin soñarlo,

Quien lo quiera,

Quien lo desee,

Pues de lo suyo se enamora hasta muy fácilmente

Una persona que, en otro mundo,

En otro planeta,

En otro contexto,

Crea que fue para ella que se escribieron tales versos.

 

Esa es la vida,

Así es el arte.

 

La poesía se relaciona con el hecho de escribir para hablarle al amor,

Así se escriban miles de ellos

Que le coqueteen

A otras cosas.

Nací en el paraíso / Manuela Ramírez

 



Nací en el paraíso

Manuela Ramírez

 

Nací en un terruño adornado por montañas,

donde a gritos las campanas de una catedral anunciaban el inicio de mis días.

Nací en un paraíso terrenal adornado por flores y cielo de colores.

Nací en un lugar cálido, donde el invierno es primavera y el cantar de los pájaros es el abrazo a la tristeza.

Rodeada de balcones de colores y con el recuerdo de la colina donde el niño eleva su cometa.

Nací con el beneficio de la calma, el olor a cardamomo, el sabor inigualable de un tinto en la mañana y un carriel cruzado que siempre me recuerda con orgullo de donde vengo.

Nací en el grato nido de amores, inspiración de poetas, tierra de talentos y corazones nobles.

Nací en el lugar donde la vida es dulce, donde existen los bombones de coco, el inigualable sabor de la Luisa y se respira aire puro.

Nací en el frío acogedor, el café en plena lluvia, en la calma, en la nostalgia, en el recuerdo.

Nací en la tierra del nunca olvidar. 





“CUENTOS DE NIQUÍA” de Pablo Montoya / Antonio Arenas

 


“CUENTOS DE NIQUÍA”

Antonio Arenas

                                                                            “Yo busco una forma”


Leí por primera vez “CUENTOS DE NIQUÍA”, en una edición bilingüe del año 1996, una impresión de pasta blanca y un título en mayúscula con unas letras de color verde. El nombre me atrajo como un imán, puesto que había trabajado en el barrio Niquía, de la ciudad de Bello y nuestras oficinas estaban en Niquía, y se observaba el imponente cerro de Quitasol. Esto fue en los años noventa y el libro había sido dado en donación a una biblioteca por su autor. Advertí la doble caratula en español y francés y una reseña sobre el autor en francés. “CUENTOS DE NIQUÍA”; “NOUVELLES DE NIQUÍA”. Se destacaba la figura en líneas de un caracol volando y de la editorial Vericuetos. El texto no va más allá de 129 páginas y en la traducción de Anne Marie Denormandie y dedicado a la memoria de “Víctor Montoya”. Niquía o “Cacique Niquía fue el nombre de una comunidad indígena prehispánica que se asentó en las tierras que hoy ocupa el municipio de Bello en el departamento de Antioquia, Colombia. Es poco lo que se conserva de esta comunidad, pero en el Cerro Quitasol se esconde uno de los caminos en piedra que construyeron”.  Los “Cuentos de Niquía”, es una obra literaria de once cuentos, de los que casi nadie ha hablado y son escasos los comentarios que se tienen sobre él. Me da la impresión de que nadie lo ha leído o intentado interpretar a la luz de los problemas de los barrios y la ciudad. Cuando se leen estos cuentos se vuelve a visitar las calles y los rincones de Niquía.  Ahora bien, “Cuentos de Niquía”, es uno de los primeros libros de narraciones, del escritor Pablo Montoya Campuzano. Este no era un escritor muy editado y con unas grandes ventas y solo a partir de haberse ganado tres premios: (el Rómulo Gallegos, José Donoso, José María Arguedas) es que sale a la luz en una editorial grande y lo empiezan a publicar masivamente y vender en las librerías. Estos cuentos fueron escritos cuando el autor tendría aproximadamente treinta años y había vivido un tiempo en Francia. En “Cuentos de Niquía” ya se distinguía el llamado, la vocación y el compromiso de Pablo Montoya, con la literatura y sus posturas frente a la violencia citadina. Pablo Montoya enunció alguna vez en una entrevista: “Soy un escritor y cuando me he enfrentado a esta urbe para narrarla, lo he hecho para desentrañar sus irradiaciones, para mostrarle al lector su opacidad y sus múltiples fantasmas”. Los “Cuentos de Niquía”, un libro de iniciación, primerizo en su acontecer literario. Todo lo que se irradia de un barrio, la ciudad y sus problemas están en este texto, donde también, hay una inversión personal, una mirada autobiográfica, con ciertas posturas, que implican la identificación con unos problemas fundamentales en la vida de la gente y un modo de percibir la ciudad. Es la verdadera vida en el barrio Niquía lo que está en juego. La existencia y la muerte al fin descubiertas, contadas y explicadas. La vida y la caída unidas por fin en la literatura. La escritura como una forma de exorcizar la muerte y la violencia. Pedro Baldrán dirá muy acertadamente: “La violencia y la muerte alcanzan una modulación casi musical en los cuentos de Pablo Montoya. Aquí hay historias siniestras y revelaciones terribles que el lector solo puede tolerar a través de la alta poesía que irradian estas páginas duras y bellas”. El libro de cuentos era la búsqueda de “una forma” que le permita narrar el barrio, la comuna, la urbe, la muerte, la intimidación, y mostrar la opacidad de sus habitantes e invocar los fantasmas del caído y sobre todo sus vivencias. El libro de cuentos es un signo del lenguaje oral llevado a una representación del lenguaje poético. Una manera de producir un efecto estético en el tema de la muerte y otra forma de mirar la violencia. Hoy si se lee con detenimiento este libro de cuentos y sus demás libros de cuentos, novelas y su prosa poética, notaríamos: “Una poética del cambio”. Del lenguaje corriente, se ha pasado al lenguaje poético y la hibridación histórica y un gran ensamblaje con la música y el arte. En los “Cuentos de Niquía” la narrativa de Pablo Montoya, no se agota en el lenguaje simple o vulgar. Hay una captación del mundo impetuoso y fantasmal del barrio Niquía de la ciudad de Bello, que linda con la ciudad de Medellín y se cruza en las alocuciones literarias.

Su libro de cuentos es una verdadera microsociología del entorno barrial, donde la muerte y la violencia andan desatadas. “Tenga cuidado, en la ciudad la muerte está suelta”. Todo esto fruto de las mafias locales, el narcotráfico, el voleteo, el chantaje y el matón particular de los convulsos años noventa. Los títulos del libro de cuentos son curiosos y van llevando al lector de la mano, recorren las calles y el cerro, se cruzan los muertos, la soledad, la perdida, la impotencia y el abandono. Nadie responde ante la indefensión de la muchedumbre que habita los poblados de Niquia. El Estado, es inerme ante los malandros y rufianes que controlaban a Niquía. Las tramas de los cuentos, los personajes y el ambiente anuncian el asecho de la muerte y la violencia en el barrio Niquía y como consuelo está la mirada y el viaje al hermoso cerro de Quitasol. En ellos se nota, se ensaya una forma de contar desde el universo de la ciudad y de las calles del barrio. El confuso mundo de la topología de las violencias y en especial la violencia social, unida a la pobreza y la muerte de sus habitantes. Los once cuentos son el signo de la muerte y la caída de sus protagonistas. Pero también marcan el destino trágico de los habitantes del barrio Niquía.  ¿Pero qué es Niquía? No es más que unos barrios altos y bajos de la segunda ciudad capital de Antioquia y muy próximo a la ciudad de Medellín. Su geografía dispar la diferencia el cerro de Quitasol, nombre de uno de los cerros más importantes del valle de Aburrá y localizado en el municipio de Bello, al Norte de la ciudad de Medellín. Una especie de ecosistema estratégico, cuna de una civilización indígena, Y camino de piedra de los Aburraes de Niquía, lleno de árboles, pájaros y flores silvestres y declarado curiosamente “Bosque de paz”. El tratamiento que Pablo Montoya, le da al uso de fuerza y la intimidación para conseguir al fin el dominio del territorio y sus habitantes, generar miedo, horror y control, someter e imponer matando. La muerte agota la gravitación de la vida, interrumpe la corriente continua entre las personas y el espacio. Legaliza y normativiza la muerte, se da una rapidez normativa a la existencia y al uso generalizado de la violencia, creando un ambiente de terror y miedo, de lémures y tinieblas, soledad y abandono. Todo esto supone un trasfondo de control territorial, surgiendo las diversas topologías de las violencias y en especial en los barrios altos y bajos de Niquía. Chantaje, extorción, voleteo, amenaza, dinero sucio y asesinatos selectivos. La muerte que anda destrabada es un enunciado literario atroz, palabras atrevidas, agresivas, crudas para intimidar y designar cierto tipo de leyenda en primera y tercera persona, más próximas a la palabra oral que la palabra escrita. En este tipo de cuentos, el narrador es una especie de personaje que se refiere así mismo, pudiendo vociferar: “yo lo viví”, “lo experimenté”, “yo lo vi” y al lector, tú lo vivirás. El libro de cuentos es la narración de unas muertes desaforadas. En estos once cuentos, Pablo Montoya, usa el vocabulario y la sintaxis características del lenguaje coloquial, pulido a veces, construido líricamente. Más que leer, vemos, oímos, sentimos que: “La muerte que anda suelta” en el barrio Niquía. Es como quien escucha a un desconocido de un barrio contando lo que está pasando o lo que pasó. Algo muy grave pasó en el barrio Niquía, “tenga cuidado de ir por ahí, por esas calles de Niquía”. Un estilo narrativo que no imita la manera de hablar de la gente común del barrio. Pero el lenguaje escrito si es la transcripción que lo que ha pasado. Los cuentos son un espejismo del miedo y la angustia, un efecto poderoso de la fuerza urbana. Efecto en el lector por su autenticidad y sinceridad con la que se narra. Un lector podría pensar que todo lo que lee es “verdad”. Infausto destino de las poblaciones de Niquía, encadenados al desastre de la violencia social. ¿Qué simboliza el cerro de Quitasol en los cuentos? No será una línea de escape, de fuga, la madre tierra, de los habitantes, en él se configura el mundo físico de Niquía.  Pablo Montoya logró comprobar en sus narraciones como la muerte se liga a la pobreza, la soledad, el abandono y la búsqueda de una posible elucidación sobre lo que ha pasado. El primer tema que se plantea Pablo Montoya, en los once cuentos es el tema de la muerte, y la manera de vivir en el barrio, las historias violentas de sus personajes y la ausencia del padre. Sea como fuere, “Cuentos de Niquía” es un texto serio, crítico, por la forma de sus aproximaciones, interroga, analiza, abre puertas a otra manera de mirar la violencia en las ciudades. Se penetra en ellos con lucidez y pensamiento y una nueva condición de ver la literatura sin caer en la Sicaresca.

Pablo Montoya, intenta expulsar el horror y la muerte de las calles de Niquía, sus personajes, viven una suerte de realidad fantasmal, cuya acción se realiza en las calles. Un narrador- autor, testigo de unas escenas violentas, que yacen sepultadas en la memoria y en las vidas de las personas de Niquía y que se cruzan con el lenguaje popular y la realidad real.

¡Perdimos, Hermano! Es el primer relato con que se abren los “Cuentos de Niquía”, un cuento bien situado en un parque principal donde concurren todo tipo de vendedores ambulantes, bandidos y desplazados por la violencia barrial, un lenguaje verbal que cuenta la historia de dos hermanos, su madre y la muerte de uno de ellos, se niegan en Niquía a pagar una cuotas o vacunas para poder establecer su negocio de arepas de chócolo. Rebusque y castigo por parte del matón del barrio Rengifo, a aquellos que se salen de su redil y control territorial. Algo nefasto, a Carlos, Calocho, Caliche, lo matan porque “se enamoraron de él”. Ya que Mercedes, su madre vive en Niquía y allí “matan por amor” y Rengifo es el que da la orden.

Soledad, es una micro ficción, y es la meditación de un hombre solo en su retraimiento, el personaje recorre con descompostura las calles del barrio Niquía. ¿Quién es? Es solo un hombre. Una sombra o un espectro que deambula por un camino brillante y que en su deambular produce alucinaciones. Monótona vida de alguien que se siente solo.

El puente, es más una construcción imaginaria, un cigoñal hacia el abismo de los sueños: “Porque María, sin pestañear con la respiración en vilo, presta atención a la única calle o acera donde Norberto debía aparecer”. Es una historia de amor triste y soñada, una pesadilla. El amor entre los dos los separa el puente de la violencia. Ella, no nota el alejamiento de su amado, sueña y lo ve, pero no puede advertir la muerte de su amado que muere intentando llegar a ella.

Nostalgia, es el recuerdo del padre que murió hace cuatro años. Un encuentro de dos personas que han perdido “la figura paterna”, ven, y se aferran las imágenes, quizás piensan que en el salir del barrio Niquía esta su liberación. Pero están solos, en el silencio, la oscuridad y la congoja. La tristeza, la lejanía y el recuerdo empañan sus vidas, no son libres.

El rastro, es un cuento donde hay huellas, de alcohol, violencia y maltrato. Ricardo quiere saber, porque Andrés una vez muerto solo lo visita a él. “Quiere gritar y preguntar porque Andrés lo visita solamente a él y no a quienes lo mataron o a quienes no le avisaron que iba a morir”. Es la señal de que Andres pasó por el barrio Niquía y lo mataron. “Este barrio que te vio nacer y vio cómo te mataban, una noche de abril, en una callejuela llena de guayacanes, en este mismo Niquía que me dice de las cuatro balas que te clavaron en la cabeza porque talión acá se repite sin remedio”. Es la huella, la aparición y el desespero por un ser que han matado.

Reencuentro, entre dos personas, tropiezo con Rubén, volver a dar con Rubén, amigo de la infancia. Es el cuento más largo de esta creación, donde está el miedo y la muerte y las advertencias, no busquen a nadie. “Tenga cuidado, en la ciudad la muerte anda suelta”. La casa de la infancia, los recuerdos, “la vida es ondeante”, “los asesinatos aquí son tan continuos que ya no son una fatalidad”. Para entender a Niquía, este es una de las ficciones más sueltas y numerada del 1 al 11, describe las calles de la ciudad de Bello y Medellín.  El Regreso a “la casa de la infancia”. Se añora ver al amigo que se ha convertido en un matón. El barrio, la esquina, las calles. Es la coincidencia fatal con la muerte.

Presagio, se anuncia lo que va a acontecer en el futuro. Se observa el cerro: “Miro hacia el Quitasol y escucho la historia de mamá: hija, el día se refugia detrás de la montaña. Pienso en este vago cuerpo que me toca y lo comparo con él. Comparo sus olores. El de la noche, repleto de aromas y el suyo inmiscuido en él, que trae la noche”.

“La Calle se vuelve corta en su extensión”. En este relato está el universo del barrio Niquía. Dos seres que se aman, la mujer que presagia algo grave, recuerda los encuentros, se cree amada, soñada. Lo espera como se aguarda a alguien que se ama y se desea, pero augura que va a morir

Invasión, es un cuento donde los matones se toman “la casa” en busca de Rubén. Lo encuentran y se lo llevan y lo matan. Y le dicen a su madre de forma irónica: “Nosotros también sabemos que su hijo es un santo y por eso venimos a hacerle la peregrinación”. Se irrumpe la casa, la familia y la intimidad de una madre y sus hijos. Se humilla a una madre que reza e implora por su hijo amado.

El secreto, uno se puede preguntar en este cuento, ¿Qué es lo que es un secreto, que cuando ya no es secreto, ya no es?, hay una relación transgresora, Rafael, Alcides, la esposa, la hermana, el niño. “como en otras ocasiones, Rafael me abrazo, celebrando el estado de mi cuerpo”, “No debí hacerlo le conté de la visita a Alcides. Él dijo que si veía a Rafael no respondería de sus actos. Las visitas se sucedieron”.

Alcides, cobra venganza y con un cuchillo corta el órgano a Rafael. Relato duro donde un hermano viola a la hermana, le roba sus cosas personales “la argolla de matrimonio, un pequeño radio, los aretes de plata”. Por eso la mujer dice: “Soy consciente, entonces, de que no había secreto”. Abusador, abusada, venganza de un esposo y el niño que lo presencia todo. No hay secreto.

Nadie responde, empieza con una descripción de la casa: “La casa donde duermo ha quedado atrás, suspendida en el borde de una de las calles de Niquía. Veo la inmensa montaña. y no es como en otras ocasiones en que se ve cercana por los destellos de una tarde mágica. Ahora esta distante. los hombres van y vienen”. ¿A quién van a matar y cuál fue su delito? Al hombre lo persiguen para matarlo. El título del cuento ya insinúa que en el barrio Niquía. Nadie responde. ¿Cometió un error cuál fue su delito? “Soy su salvación”. Nadie dice nada, nadie vio nada.

Búsqueda, es la historia a mi parecer de “una maquina imaginando el tiempo”, del regreso, un dédalo menesteroso. Una mujer que cura. un viejo que hace regresiones. Ella, “Desde el inicio conoció mi deseo más recóndito. Fue quien me acerco a la solución que yo perseguía obsesivamente”, un viejo constructor, la idea de que su progenitor se suicidó o lo mataron. “La casa, su máquina, el vejete me parecieron una inmensa vía de escape, la enajenación que me merecía, la manera tortuosa en que mi averiguación iba a finalizar. Quise salir y olvidar a la esa mujer sin nombre” el viejo le dará la clave: “llegará a un lugar cercano, a una hora próxima. No se preocupe. Cuanto menos piense estará de regreso”. Siempre el cerro del Quitasol que se levanta como un centinela que se levanta imponente. Una muerte, la búsqueda de respuesta a la muerte de un ascendiente ausente. El hastió de la vida y una búsqueda por resolver. Una voz cada vez más lejana en la memoria. 

“A mi padre lo mataron en el 85, lo mató una brigada del ELN en una situación un poco absurda porque mi papá era médico, tenía un consultorio en Bello y allí tenía un vecino con el cual se tomaba un café todos los días a las cuatro de la tarde, el vecino tenía una distribuidora de cervezas, al lado del consultorio. El día que lo mataron él había ido a donde su amigo a tomarse el tinto, en ese momento al amigo lo estaba atracando una brigada del ELN. Cuando mi papá vio lo que estaba sucediendo, su amigo le dijo “Váyase Dr. Montoya”, en ese momento le dispararon a mi papá…. Luego llegó la policía y hubo un enfrentamiento, murieron dos de los atracadores y dos policías, ahí supimos que habían sido los del ELN. La venganza de la policía contra los atracadores fue terrible, espantosa. Mi papá que era el hombre más ajeno a esas cosas, le tocó ver todo esto, un hombre que ya estaba muy mal pues estaba en un estado de alcoholismo avanzado”.

Un libro: “Cuentos de Niquía”, con cierto olor Rulfiano. Un personaje, un ambiente, un protagonista moviéndose en el entorno social. El texto tiene su valor literario por el lenguaje, el punto de vista de los personajes y el manejo adecuado de los temas y el tiempo…

“Vale la pena leer el libro: “Cuentos de Niquía”, en cualquiera que sea su edición, la primera, segunda, la necesidad de poetizar la ciudad y salir de este caos de la violencia.

antonioarebe1@hotmail.com

EL DÍA DE LOS CHACALES / Darío Ruiz Gómez

 



EL DÍA DE LOS CHACALES

Darío Ruiz Gómez

En 1973 se estrenó la película de Fred Zinneman “El día del chacal” donde se relata con el magnífico y ya clásico lenguaje de este director el transcurso de un atentado contra el General de Gaulle entonces Presidente de Francia. El personaje del terrorista, su psicología, sus escrupulosas  estrategias, eliminando obstáculos, borrando huellas es un riguroso análisis de lo que supone un atentado político cuyo objetivo era destruir la República civilista. “El Chacal”  ya había   sido detectado por la inteligencia francesa y detener el atentado es su tarea buscando posibles errores del terrorista, una equivocación ingenua, pero partiendo de algo que nuestra justicia desconoce: no se busca a un asesino sino a un enemigo del Estado que trata de desestabilizar el gobierno de una nación, de destruir una democracia. El suspense con que el terrorista va avanzando en su planificada tarea nos conduce a una necesaria inquietud ante lo que realmente significa el asesinato de una figura emblemática como de Gaulle, a su fundamental papel en la resistencia contra los invasores nazis y los colaboracionistas franceses y su posición de enérgica defensa de las libertades democráticas ante el intento de la Unión Soviética de anexarse a Europa.  No voy a recordar lo que el terrorismo supone como el desafuero de un desequilibrado que antepone el fin a las causas ya que el terrorismo actúa hoy desde el vacío de un nihilismo que ha convertido el atentado en un espectáculo necesario a su inconfesada vanidad. Es el amor por la destrucción cuando ya desaparecidos los proyectos políticos se están enfrentando a un presente vacio que los conduce a decidirse por  la aniquilación de lo existente. Pero como recordemos otra vez a Baudrillard un atentado terrorista no es un acto que expande su supuesto mensaje revolucionario   sino una implosión en el sentido que estalla y sus consecuencias van hacia adentro de los perpetradores, es la desaparición, volvamos a recordar, de la palabra y la negación de cualquier posible intercambio de argumentos entre contrarios. Quien no tiene paz consigo mismo no aspira a una paz social.

En el film de Oliver Assayas “Carlos” la figura de El Chacal en su versión del terrorismo de los años 70-80 es descrito como un militante que de defender supuestamente la causa de la liberación de Palestina termina creando plataformas dedicadas a los atentados internacionales, los secuestros pero  con fines estrictamente de lucro económico,  haciendo de sus acciones violentas un espectáculo, una mercancía –Ránciere dixit-  pues la acción le permite al terrorista olvidarse de sí mismo, es decir dejar de  escuchar su conciencia. La  trama de la amenaza puede ser descubierta por los cuerpos de inteligencia de un Gobierno y fácilmente  ser desmentida de inmediato por sus autores  ya que el objetivo de los terroristas se ha cumplido  con la instalación en la mente de las gentes de una permanente zozobra: ¿Se dará el atentado y dónde? Recordemos  el terrorismo que nos tocó sufrir con Pablo Escobar: ¿Dónde está la bomba y a qué horas estallará?  ¿Cuál será la próxima amenaza y el próximo “Chacal”? Cualquier  investigación por  parte de un Organismo nacional o Internacional para verificar si la amenaza de un  atentado contra  la vida de un alto funcionario de un Gobierno es cierta,  se hace  inútil por lo tanto. Instalar en los imaginarios colectivos  estas amenazas  es ya cumplir con el objetivo primordial de los terroristas pues nuestra vida cotidiana se ha desencajado.