sábado, 14 de marzo de 2020

LA CIUDAD ES DEL CIUDADANO / Darío Ruiz Gómez



LA CIUDAD ES DEL CIUDADANO
Darío Ruiz Gómez

No es que los ciudadanos no estén de acuerdo sobre las medidas que convengan a la buena marcha de una ciudad es decir a su calidad de vida, a la necesidad de espacios verdes – ¡nuevos  parques por favor! - consagrados por los Derechos ciudadanos  sino que otra cosa viene a ser  que  autoridades  elegidas por el voto ciudadano  lleguen a tomar medidas  que no  contaron  previamente  con el consenso o el disenso ciudadano.  J.J García Posada se ha referido con justeza  a la “tiranía del municipio”  atropello  que  los ciudadanos  han venido sufriendo a través de algunas   Alcaldías que  llegaron a tomar  medidas  inconsultas  por parte de una burocracia improvisada, carente de la mínima experiencia sobre temas tan álgidos como la economía urbana, como aspectos demográficos definitorios en el momento en que las invasiones están creando una crisis alarmante en los distintos bordes de ciudad,  problemáticas  que deben ser enfrentadas  por verdaderos especialistas  y no, repito, por improvisados  funcionarios  que es lo que ha venido sucediendo  con la llamada crisis de la calidad del aire. ¿Cuánto dinero se gastó descaradamente  en el llamado urbanismo de materitas y de terribles ciclovías   responsabilidad directa de bisoños burócratas  que ahora es necesario  enmendar?  En primer lugar  Planeación, la Edu y el Área Metropolitana debieron   hacer   una minuciosa lectura del estado actual  de  las  periferias que crecen descontroladamente  fuera de las estructuras de la economía urbana  lo que indica la necesidad  de contar con  un pensamiento urbanístico  capaz  de analizar  los profundos cambios demográficos que Medellín ha sufrido durante la última década en sus espacialidades  territoriales ¿Quiénes se desplazan y hacia dónde? ¿Qué territorios siguen aislados?  Luis Racionero quien acaba de morir decía que la revolución urbana debía comenzar por el reconocimiento de la calle y luego del  barrio,  morfologías, espacialidades  conquistada por el ciudadano como  afirmación de su derecho a la ciudad  frente a un poder  centralista  totalitario  dueño de toda decisión. Es necesario  por lo tanto escuchar la diversidad  de voces y criterios y no imponer el vigilar y castigar como una dictadura  de  funcionarios  improvisados que confunden conocimiento con autoritarismo. ¿Qué poder se esconde detrás de la desconcertante votación que llevó a Quintero a la Alcaldía? Una decisión  inconsulta  como la del Pico y Placa de 24 horas  ha alterado  bruscamente el ritmo de la vida familiar,  agredió  al metro,  ignoró los peligros que suponen las largas colas en momentos en que  ha irrumpido  el  coronavirus,  los horarios de trabajo se alteraron y se atentó gravemente contra la economía de la ciudad:  una medida shock   dictada por el emocionalismo  de un  funcionario fundamentalista que busca castigar al ciudadano desobediente, obsesivamente desterrar el vehículo privado, imponer la bicicleta. Autoritarismo  revestido  de  ideologías  como el fetichismo ambientalista, el animalismo, el resentimiento social. El cruce de  respuestas disparatadas  entre el patético   Secretario de Movilidad, el Alcalde y el gran dictador del Área cuya mayor experiencia  la tuvo en una “empresa operadora de  organismos de tránsito” pone de presente la exhibición  de ignorancia  sobre  temas tan complejos  y  que al  ser aplicadas   abusivamente   crisparon  aún más el ánimo  del  ciudadano que conoce in situ que  parte de la polución proviene  de las irracionales  secuelas  de una movilidad  traumatizada  por la libre  circulación a cualquier hora  de volquetas, vehículos  cementeros, tractomulas,  verdaderas chimeneas,  con  las cifras  desconsoladoras  de peatones, motociclistas y ciclistas muertos por la incapacidad de esta burocracia  de racionalizar los flujos vehiculares. ¿O es que acaso el recurso al ignorante  es la estrategia política  de los nuevos poderes que tratan de regir la ciudad? Porque esta no fue una medida científica para salvar  recuperar el aire puro   sino una drástica demostración de malsano poder sobre la ciudad.        

CORROMPER EL LENGUAJE PARA NEGAR LA VERDAD / Darío Ruiz Gómez



CORROMPER  EL LENGUAJE PARA NEGAR LA VERDAD
Darío Ruiz Gómez

La corrupción de una sociedad comienza a hacerse evidente con la corrupción del lenguaje. Con esta dura premisa Karl Krauss, a quien tanto he acudido a través de los años en esta columna periodística  escribe “Contra los periodistas” ejecutores de esta tarea. Krauss percibe ya la caída en el abismo de la sociedad alemana  cuando lee  diariamente  esta  neolengua  que se degrada ante la cobardía moral de quienes, supuestamente estarían  encargados de velar por la verdad para que  la ciudadanía   no fuera  embaucada  por una ideología malvada: la pérdida del lenguaje como la pérdida del conocimiento  conducen inevitablemente  hacia la esclavitud social. . Los nuevos  totalitarismos  nacen  en nuestros días  de los grandes poderes informáticos  tal como  lo ha analizado Baudrillard cuando nos  recuerda  que convertir un hecho de violencia contra la ciudadanía  en una noticia más que se repite  hasta desgastar su significado es precisamente la banalización de la verdad. “La primera víctima, recuerda Bauman, de una vida apresurada y de la tiranía del momento es el lenguaje, demacrado, empobrecido, vulgarizado y despojado de los sentidos que presumiblemente transmite”  Para imponer su Ley de Libertad Sexual la Ministra española de Igualdad impone este lenguaje degradado:”Ya no decir madre sino “mujer gestante”  La guerra de relatos por parte de las FARC ha continuado  tal como lo he venido analizando  con el envilecimiento  del lenguaje en el cual el fake news juega un papel decisivo: caricaturizar la verdad, mentir grotescamente frente a hechos comprobados, inventar situaciones ficticias como autoatentados, sacando fuera de su contexto los testimonios y documentos  supuestamente analizados tal como  cínicamente  lo está haciendo la  JEP : lo que  fueron oprobiosos campos de concentración donde se ejerció crueldad, sadismo – recuérdese la depravación del Mono Jojoy-  sobre los prisioneros  “fue un acto de protección a los detenidos” o esa recurrencia a la falacia de que “no hubo  secuestro sino “retención”, las víctimas no existen para la JEP sino como un invento para  este simulacro  de juicio.

Porque lo que se ha puesto en marcha es la estrategia de un plan incluido ya en el Acuerdo de Paz de la Habana:  seguir desacreditando  el ejército que es lo que acaba de demostrar  el especialista suizo encargado por la JEP – junto a la experticia de criminales, pues no han sido juzgados aún, como Pablo Catatumbo, Carlos Lozada y “El Médico”-  de considerar que el atentado contra la Escuela Militar es un acto válido de guerra, descontextualizando los hechos ofensivamente tal como el orondo Ramelli lo hizo en Dabeiba, lo han  hecho coercionando al Alcalde de Medellín fijándole “cinco días para entregar nombres”. Tarea de dejar en babia a la justicia colombiana al amnistiar  una conducta terrorista  y al olvidar nuestros abogados  litigantes investidos de Magistrados que el terrorismo ha sido  tipicado  como un delito  por el Código Penal de cualquier país  civilizado. Para muestra otro fake news de Caracol Noticias: Imelda Daza una de las más duras dirigentes de las FARC y quién adujo que los niños guerrilleros no habían sido reclutados sino que de motus propio habían buscado en las FARC “el amor que la sociedad  les habían negado”, la que aún no ha entregado el lugar donde  decenas de esos niños murieron, proclamó  que “El Cesár está lleno de “dabeibazos” o  sea de cementerios de falsos positivos. De este modo mediante una falacia lanzada  por un medio de comunicación que lo avala como cierto, se abre espacio a las deformaciones jurídicas que van a permitir no la sanción debida sino la amnistía.      

domingo, 8 de marzo de 2020

Juan Fernando Ospina, Fotógrafo en la BBP.

Juan Fernando Ospina (Babel, 2020)

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Juan Fernando Ospina, Fotógrafo en la BBP.

Víctor Bustamante

Hay una fotografía de Juan Fernando Ospina realizada en Guayaquil, justamente en esa calle, en esas calles, narradas en un bello libro por Carlos Sánchez Ocampo, Contrasueño, sobre los ñeros y su poesía de la miseria y del honor, que es el horror callejero. Allí veo, vemos a una chica desnuda, con una copa de vino en su mano derecha, y para colmo del deseo en tacones, sentada en la calle sobre una sábana de cuadros, acompañada por una botella de vino y una canasta donde emerge una hogaza de pan, que contrasta con el acucioso personaje con buzo en sus hombros, de gafas que la mira, así como el otro personaje de cachucha que, a lo mejor era, un poeta en vacaciones, que descansa enfrente suyo y bebe una copa de vino. Los diversos transeúntes se han detenido para echarle un vistazo, aún más el vendedor de cigarrillos quien es el que más da andando de todos ya que el rebusque o obliga, así como el más sorprendido, un chico con su botella de pegamento, de sacol, se ha estancado ante la sorpresa de esa mujer ahí en pleno Guayaquil; y así, es el único que posee una expresión de sorpresa ya que los dos personajes que la acompañan, el de antejos, a lo mejor chupa en una pipa, amorosa picadura holandesa o a lo mejor expele el humo sagrado de los dioses, nunca disfruta de las viandas y la mira, pero no expresa emoción. Detrás de ellos, nada menos que los habitantes de calle, algunos le dicen desechable, con esa lejía de la crudeza citadina. La fotografía se llama Picnic, (1993), la calle es Amador, justo frente a los muros cariados de la plaza de Guayaquil abajo, un poco, los muros, aún más agrietados del Pasaje Sucre y mucho más abajo las agujas de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Barrio triste. Es decir, entre el comercio y la religión dos elementos significativos de esta fotografía, que la enmarca además entre los actuales la lujuria y los hombres de la calle, pero ya las mujeres de los bares, las saloneras, pero ya los cafés del viejo Guayaquil desaparecen poco a poco, y solo queda el contraste esta fotografía, talvez la que más me ha llamado la atención del autor en su primera etapa y así mismo fue su carta de presentación.  Siempre la tengo presente, además cada una de las fotografías de juan Fernando dan la posibilidad pensar que es un fotograma, de una puesta en escena, ya que siempre queríamos saber el antes y el después. No sé si él habrá pensado en filmar el evento completo cuando decide tomar una fotografía y haya pensado no solo en el instante sino en algo más en el antes y después de ese momento cenital en que la fotografía queda lista para ser única, y así mismo, expresar la estética de su autor. El poder de evocación de esa fotografía es debido a que Amador ya ha quedado como una calle sin comercio, donde aún perduran los vestigios de la plaza de mercado, y ya está poblada por otros habitantes como si fueran el detritus de esa fauna citadina que se apodera de los lugares abandonados. Y nada más paradójico que la muchacha desnuda, exhibiendo la salacidad de su sonrisa, espiada, mirada por los posibles amadores, que solo serán transeúntes, que se han sorprendido al encontrarla así de golpe en este interregno en que Guayaquil había sido abandonado. Por esa razón esta fotografía es valiosa, surge el concepto del deseo en medio de las ruinas, y en esa evocación florece y renace esta puesta en escena, este leitmotiv, en medio de la desazón. Y en medio de la desazón suprema, la manera de Barba Jacob, siempre hay un principio de esperanza. ¡Fiat Lux!

Esta misma calle fue fotografiada por Gabriel Carvajal varias veces en años anteriores, y en ese mismo sector, vemos la multitud de personas, muchos de ellos vendedores fuera de la plaza de mercado, muchos de ellos compradores que van para realizar su mercado, así como autos por doquier con el motor encendido siempre de afán. Es decir, es la señal del tráfago de Amador una de las calles más concurridas.

Pero volvamos al Picnic que me lleva a recordar el “Almuerzo sobre la hierba” de Manet. Pero sí aquí, en esta fotografía ya son otros tiempos y otros lugares. Manet entregó la seriedad y serenidad de una salida al campo, donde la mujer desnuda mira a quien repara en ella, el espectador curioso, y no es mirada por sus acompañantes, que deberían hacerlo desde la óptica masculina, mientras que aquí, en Picnic, el foco de las miradas cae sobre la chica que sonríe y mira al cielo, sin saber que el cielo esperado es ella misma, y eso sí, es espiada por todos los hombres que la rodean, once es la suma, aunque no será la presa de ninguno de ellos.

Hay otra fotografía, en términos desafiantes, provocadora, como le gustan a Juan Fernando. Se trata de una muchacha columpiándose en un puente, como si ella disfrutara de un espacio de la ciudad y, a más de eso, se regocijara con lo que fue un río, y ella misma recibe y disfruta las tufaradas de ese viento del norte y del remanso de ese río, en esa quietud y abandono con su desafío. Aunque el desafío es del fotógrafo que ha creado esta escena.

Entre estas dos fotografías memorables ha pasado mucho tiempo por la retina de Juan Fernando, así como el evento de mayor envergadura, la llegada de la fotografía digital, por la cual él ha accedido a ser “moderno”, que ha llevado a fotógrafos aficionados a realizar muchas placas inútiles, y a la promiscuidad de este arte, aunque de todo esto hay fotografías que vale la pena rescatar como documentos. Pero si algo es digno de mencionarse, con respecto a las fotografías de Ospina, una espina, con respecto a los anteriores fotógrafos, es nada menos que el desalojo de la mirada anterior, al filmar fotografías, a concentrarse ya en los transeúntes, en aquellas personas que se consideran personajes y que quedarán para la posteridad de sus fotos.

Además, hay una actitud principio para tomar sus fotografías, Juan Fernando busca la calle, como hace un gran cronista; él sabe que la ciudad bulle desde diversos puntos de vista y por ese motivo él debe salir a buscarla, a saber, que cada una de esas fotografías expresan una razón de ser así como una de las imágenes vitales que definen a Medellín. Él huye de las postales, de las fotos que enmarcan otra ciudad, la del turismo sin altruismo. Él las busca en los derelictos, en lo lugares, en las calles, en las aceras en los salones prohibidos, olvidados, y a las personas de cierta marginalidad que lo expresan todo y que es la otra imagen, la negada, de Medellín. Es decir, busca la poesía del desalojo y de nuestros abandonos como nadie la había mirado.

Ya habrá más tiempo de comentar sobre cada uno de sus libros, ya habrá más tiempo para conversar más rato con él. Por el momento la Biblioteca Pública Piloto conservará su archivo, unas 56.000 fotografías, todo un opus, y él acompañará a uno de sus maestros, Benjamín de la Calle, que fotografió el otro Medellín pero que también salía a la calle, lejos de su gabinete, a buscar el tout Medellín.  

Juan Fernando Ospina ha buscado a Medellín en sus rincones, y en la poesía de su desolación. Ya nos ha advertido del tiempo que pasa raudo por su lente, pero que él ha escogido y recogido en su obra para que los transeúntes y paseantes, así como los viajeros inmóviles en los cuartos y salones, en las aceras y parques, en las calles y cafés, de la ciudad puedan decir, yo también estuve ahí.


PIcnic. Juan Fernado Ospina, 1983.





martes, 3 de marzo de 2020

La Casa de la Literatura de San Germán /Inauguración

Luis Fernando González y Pascual Gaviria

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La Casa de la Literatura en San Germán

Víctor Bustamante

Leer nos hace milenarios, añade Lezama Lima, y cada que se abre un sitio para esta actividad, el de lector, es para recordar a las personas que, cada que esto ocurre, es una manera de resistencia contra la banalidad. Una forma de conquistar un territorio y traer el mundo maravilloso, cubierto de la perennidad de los libros con sus historias, con sus reflexiones, la poesía con sus poemas más sublimes o trágicos o más cotidianos, así como ese mundo que los libros apresan y expresan en sus hojas continuas, que van desde las exploraciones por selvas irredentas hasta el caminante citadino que redescubre los mundos ocultos de su ciudad o aquel buscador de utopías que quiere viajar a la ilusión de la conquista de los planetas. O, a lo mejor, buscar el libro de arena de Borges con sus páginas infinitas.

Habitar La Casa de la Literatura es saber que aquí se viene a buscar esos mundos posibles, guardados en los libros, es saber que, quien escribe lo ha hecho con el deseo de dejar una huella, una impresión, la definición de su ser y de esos lugares que le fueron caros a su memoria y, así, de la manera más casual indica que fue contemporáneo.

En esta tarde algo fría, este sábado, hemos visitado La Casa de la Literatura en San Germán. No sobra decir que Germán viene del latín y significa hermano y, además, el hombre de este santo, San Germán, nos advierte que es el patrono de los pobres. Pero aquí, lejos de estas significaciones, San Germán ha sido un barrio antes oculto con sus casitas de tapias y tejados, perdido en las estribaciones del Cerro del Volador, ahora avasallado por lo indefinible de las diversas torres de apartamentos.

Esta tarde, algo fría vine, venimos, para escuchar la conversación de Luis Fernando González y Pascual Gaviria sobre lo que ha sido este sitio, a través de su historia, que en cada estadio de nuestra insensatez deja de lado eventos que lo definen. Uno de ellos la crecida de la Iguaná en 1880, que cambió el rumbo del pequeño poblado de Aná que quedaba cerca y debió se remontado más arriba. En un tiempo, San German, fue catalogado como el barrio más tomador de aguardiente de la ciudad, y además se recuerda al cochero que iba de casa en casa, el Papa le decían para hacer mandados de toda índole. Por ahí en los años 60 fue abierta la calle que lo cruza para poder ir los estudiantes desde Colombia, por sus inmediaciones, al Liceo Antioqueño y a la Universidad Nacional, además aún está presente el pequeño cerro de Blanquizal que fue mordido hasta ser digerido por las palas mecánicas y la industria de la construcción. Jorge Alberto Naranjo en La estrella de cinco picos, narra los diversos sucesos de su estudio en la Facultad de Minas, además de sus pasos por San Germán.

Lejos ha quedado en el tiempo las reminiscencias de cómo ha ido creándose el hábito de la literatura en Medellín, de las primeras bibliotecas, de las primeras librerías, de Medellín. Jorge Brisson, ingeniero civil francés, en 1891, señala como en algunas librerías alquilan libros mediante el pago de una módica suma. Como aquí no hay distracciones de ninguna clase, afirma, ni se adquieren fácilmente relaciones, él busca algo para leer. Allí hay escritores españoles, traducciones de novelas francesas, así como autores del país. Algo nos consuela, en la lejanía, Brisson, añade que estos lugares, las escasa librerías, se mantienen concurridos por diversas personas. En una fotografía de Melitón Rodríguez a principios de 1900, se ve en un tercer piso el nombre de una Gabinete de Lectura. También es memorable la Librería del Negro Cano, ahí en Colombia con Boyacá, donde oficiaba una tertulia, inusitada en ese Medellín del 1930, y cuando los contertulios salían de allí luego de leer sus versos, luego de libar, luego de contradecirse, el Negro Cano les decía, salgan de a uno para que nadie se de cuenta que han estado bebiendo.

Ya en 1948 Guillermo Salamanca, político y escritor boyacense, visita una librería donde encuentra al librero muy malhumorado ya que, según su diatriba, nadie compraba libros, ni de poesía ni novelas, sino manuales técnicos, los mismos que le solicitaba Rimbaud con ahínco a su madre, desde la ciudad prohibida de Harar, unos años antes para poder producir mercaderías, aprender a buscar oro y, además, de cómo vender los colmillos de elefantes, así como aprender diversas maneras de imaginar transacciones para conseguir dinero, mientras era considerado por sus lectores, sin él saber, toda una revelación poética.  Y aun más tarde, en un país lejano Colombia, y en una ciudad cercana, Medellín, los dóciles poetas de la ciudad pensar que era un poeta maldito, y que esa era la línea a seguir mientras mataban moscas detrás de sus escritores de poetas sin riesgo, sumisos.

Estos casos anteriores, solo para citar algunos, son para recordar la relación de Medellín con los libros a partir de diversas instituciones. ¿Qué será de La Casa de la literatura, un lugar para ser frecuentado por escritores, por lectores, por los poetas, y por críticos? Esperemos que su funcionamiento cubra esa fractura cultural que posee este lugar, ¿Tierra firme?, yermo, sin paisaje aun, donde solo hay torres de apartamentos y más torres de apartamentos, equipos de sonidos, el afán de sus habitantes y nada de lectura.






LA CIUDAD EN LA UNIVERSIDAD / Darío Ruiz Gómez

Babel.


LA CIUDAD EN LA UNIVERSIDAD
Darío Ruiz Gómez

La crítica a los Campus cerrados lleva ya más de setenta años de existencia. En Alemania hacia los años 60 pensadores como Schelsky,  Dahrendorf estuvieron presentes en una  fructífera discusión centrada en este tema: el Campus aísla a estudiantes y profesores de la experiencia de la ciudad y de la Historia del presente en lo universal. Lo primero que uno observa es que el estudiante de origen modesto comienza por renunciar a su identidad social y entra en un vacío donde es fácil presa de los adoctrinadores  políticos que los convierten en carne de cañón de sus fechorías. Lo segundo es que se produce respecto al conocimiento una especie de tautologia cuando el profesor perezoso-la mayoría- recurre no a los libros como fuente de consulta sino que previamente entrega para su lectura los mismos cinco o seis textos copiados de internet. El conocimiento necesita del diálogo, de la contrastación que está afuera y estudiantes y profesores necesitan de la lealtad al origen para que el conocimiento tenga una ética necesaria. Mayo del 68 en Francia supuso la crisis de un concepto de universidad. Amurallarlas significa en Colombia la persistencia de una universidad que no se pregunta y que burocratizada cae fácilmente en la corrupción a través del amiguismo, de las componendas y ser víctima del terrorismo. El problema del conocimiento que debe partir de las nuevas realidades se congela en el tiempo para que los burócratas lo usufructúen a su antojo pues el problema del conocimiento científico, tecnológico, obedece a procesos internos específicos mientras los demagogos pretenden mantener la discusión sobre el conocimiento  en categorías políticas sobrepasadas por la  Historia. De ahí el fanatismo de disfrazados mamertos, helenos, maoístas para los cuales la praxis política no ha implicado nada. Desde hace treinta años el proyecto de unir en un campus la Facultad de Minas, El Colegio Mayor de Antioquia, el Instituto de Antioquia, el Pascual Bravo, el ITM incorporando el Cerro El Volador  e incorporando los campus de la Universidad Nacional a la Universidad de Antioquia siempre contó con propuestas de la Facultad de Arquitectura de la Nacional, la última hace ocho años rigurosamente planteada, diseñada  para que finalmente fuera  desechada,  tal como lo han hecho las distintas Alcaldías  en las cuales hasta hoy  Medellín  ha carecido de lo más apremiante: planes de renovación urbana que impidan  el deterioro de lo ya construido o sea de los espacios históricamente  conquistados por las comunidades. La urgente  renovación de La Iguaná se quedó también en el aire.  Muchísimos años ha permanecido Barranquilla en obra negra y hoy mismo sigue siendo un tajo encementado pero no una avenida categorizada por su amoblamiento, por su arbolado  y por no haber integrado barrios que siguen estando aislados  Desde la Plaza Minorista hasta el Parque de los Deseos se vive un infierno ante la falta de racionalidad  en el tráfico. ¿Por qué no se salvó el barrio Sevilla conservándolo como vivienda e impidiendo su deterioro? Abruptamente Carabobo se corta y no se prolonga hasta Aranjuez de manera que Zamora queda como un espacio residual  y este azaroso cruce se convierte en algo infernal ya que también lo que se contempló como un bulevard  que iría desde Bolívar hasta el corazón de Manrique se olvidó y todos los barrios aledaños quedaron bajo el estigma de la segregación. ¿No está aislado el Parque Norte? ¿A qué se dedicó la EDU cuando suplantó las funciones de la Oficina de Planeación? No desde luego a recuperar los barrios, a integrar los sectores fracturados, a racionalizar el embate de la especulación urbana sino a hacer edificios  como el mamotreto de su sede. El Jardín Botánico como la Universidad de Antioquia quedaron aislados en sus lotes por verdaderos anillos de miseria, negados a la integración a la ciudad y defendiéndose de las bandas de droga, de los asaltantes, gracias al enmallado.

El proyecto ganador del Concurso sobre el Museo de Antioquia integraba el confinado Campus de la  Universidad de Antioquia creando corredores peatonales a través de Cúcuta, Cundinamarca y Carabobo, Juan del Corral,  para que sin traumas, colonizando esos espacios como áreas creativas, los estudiantes y profesores se integraran al Centro y los ciudadanos tuvieran una nueva actividad económica: la ciudad estaría así en la Universidad y la Universidad en la ciudad.   

sábado, 29 de febrero de 2020

Walter Betancur, Esculturas

Walter Betancur 



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Walter Betancur, Esculturas

Víctor Bustamante

La primera escultura que vi de Walter Betancur fue en la Casa Barrientos de Comfenalco, ahí en La Playa. Se trataba del niño que pensativo con las manos en la quijada, y sus codos reposando sobre sus rodillas, parece estar alerta del paso del tiempo, o a lo mejor preso en su ensoñación, pero también por la disposición, por su actitud, a lo mejor, algo le ha ocurrido, lo cierto es que estas preguntas solo le quedan al espectador que mira la obra y se cuestiona. Al mirarlo se ve indefenso y, a más de eso, solo, perdido en algún drama interior porque ha cerrado los ojos, y en esta línea delgada nunca de la ensoñación, sino de sus temores, algo le ha ocurrido y no nos lo puede decir desde su mudez, desde ese silencio impuesto, solo nos queda mirarlo y saber que nunca nos podrá decir algo. Además, el hecho de que esta escultura se haya incrustado en la pared, también da la impresión de que flotara en lo dubitativo ya que parece salir desde el otro lado, otras veces el escultor al dejarlo en su inmediatez pareced que no quisiera haberla terminado, sino que bastara el rostro, las manos y los pies del niño para definirlo de una manera precisa. De ahí que cada vez que la apreciemos da la significación de que nos acompañara desde su lasitud, a veces desde su abandono, porque es tan fuerte su presencia que no podemos pasar en vano sin mirarla, justo ahí en su nuevo hábitat, e la I.E. Federico Sierra Arango, el FESA.

Hay otra escultura de la cual solo la he visto y es la referente al Padre Marianito, que me había referido un amigo común Fredy, antropólogo y tanatólogo, que en alguna noche de largas conversaciones me refiero el procedimiento de cómo se acercó al Padre marianito, lo cual dio posibilidad de haber escrito un cuento mucho más tarde conversado con Walter me refirió el hecho de su participación en el rescate de este beato paisa, que tanta devoción causa por Angostura.

Luego al llegar al FESA, vi la escultura de la muchacha que lee en el segundo piso de un bloque y de una fui a mirarla. La lectora, fija en un libro la sostiene con sus manos, ella lleva gafas, ella recibe desde su nicho a los estudiantes, ella se haya inmersa en el libro, no sabemos que lee, pero desde esta epifanía sabemos que ella se encuentra inmersa en los mundos y reflexiones posibles que dona un libro. Recostada sobre la baranda donde se sitúan muchos estudiantes en el lapso de la espera, ella no se inmuta por nada ni por nadie, sino que sigue presa en su lectura en un perfecto acto de concentración, lo cual lo avala su rostro tranquilo.
La escultura, Muchacha que lee, nos permite distinguir sus facciones, aunque a veces por la apremiante sequedad de la fibra de vidrio, parece que no estuviera terminada, así como en las otras esculturas de su autor, pero ese precisamente es un rasgo que las distingue. En esa bastedad merodea el camino de estas obras, da la impresión de que están si terminar, y casi bordean el arte efímero.

Pero esto le da cierta terquedad en la falta de su lisura, le da cierto sabor a herrumbre en cierto momento para saber que la perfección no existe, que el trazo con ese elemento permite que la figura pareciera que estuviera casi sin acabar, pero es un lastre y lustre que le entrega la fibra de vidrio como un nuevo material para trabajar por parte de los artistas. Y s nea textura que la obra adquiere su magnificencia, como si fuera el detalle que expresara el momento actual, de la inmediatez, del deterioro rápido en todos los sentidos, pero ahí en esa imperfección reside su presencia, ya que se aleja de lo perfecto y os lleva al recinto de las obras de arte que pareciera que algo les falta, cuando en realidad ya están su plenitud total.

Ahora, en es este mes de enero hemos ido a ver parte de sus obras en la fachada de Gestos y Mnemes, donde dos figuras fragmentadas alrededor del aviso, entregan la significación de quedar incompletas como si el espectador las debiera neutralizar con su imaginación y decide que esas dos esculturas las debemos mejorar al mirarlas. También me da la impresión del paso del tiempo como una constante en las obras de Walter, ya que nos augura el temor que vendrá, a pesar de estar instaladas en el mismo momento de creación.

Luego, ahí en compañía de John Jairo, el profesor deleuziano, y de Ana, ex alumna del FESA. Walter se sitúa frente a Calíope en el primer piso, junto a la calle. Conversamos la parte de este diálogo empezado hace algunos meses. Calíope, la musa de la poesía, desde la óptica de su autor, está inscrita, mejor incrustada, sobre una de las columnas de la fachada de la sede de teatro. A su manera, Walter, la ha dispuesto desde su estro creativo para que salga de la columna mientras ella lee un papiro, donde, a lo mejor, un poema la haya embriagado, mientras los autos pasan veloces y ruidosos por las calles indescifrables de Bello, así como pasa la vida tan amenazado en tantos sentidos, pero también los transeúntes, seguro, le dan una mirada pertinaz a Calíope que desde Grecia aún continúa inmersa en su lectura, como reclamando que aún le debemos parte a la poesía de nuestra vida para residir plenos.

Esta tarde de enero Walter ha desbrozado una parte de su camino creativo por el mundo de las esculturas y del color blanco que él les proporciona; a veces parece que fuera un sudario, otras la plenitud de lo inacabado, otras la incertidumbre del color blanco que, a veces, en su carácter de rigidez se vuelve inadmisible con esa paz interior que entrega, ya que la pureza es un estadio imaginario.

Esta tarde de enero hemos transitado una parte del camino creativo de Walter Betancur.


La Casa de la Literatura de San Germán /Inauguración


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La Casa de la Literatura de San Germán /Inauguración
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