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Las
azules tan lejanas de Luis Orlando Valencia
Víctor
Bustamante
A
decir verdad, la pandemia, esa experiencia irrepetible, sorpresiva y cubierta
de todo tipo de dudas en cuanto a sus fórmulas inéditas unas improvisadas otras
para solucionarla: trastabillantes, que evocan una experiencia forzada, en
nosotros que solo sabíamos de un encierro de esa magnitud por la experiencia en
la historia que narra momentos inesperados debido a una guerra, donde no había
concesiones, pero en ese momento que vivimos hace unos años acudimos a lo que
podría ser una catástrofe en su número de vidas, en la aplicación de las
experiencias médicas para encontrar procedimientos de prevención y cura, así
como fuera, lejos de una solución a ese apocalipsis que se presentaba ante la
impotencia del encierro como fórmula de salvación y de protección.
Surgieron
dudas, desconfianzas, certezas, negacionismo, cautelas, desesperanzas, teorías
de la conspiración, que añadían como era un virus lanzado al aire desde aviones
para dominar el mundo, otros que era para acabar con los jubilados que resultaban
muy costosos, que con las vacunas perdíamos identidad y libertad y un largo
etcétera.
Este
lapsus con trazas de catástrofe, de encierro y de desesperanza ha sido poco
reflexionado en el país, hay evasivas, puntos de vista discordantes, mentiras,
exploraciones inútiles, así como tergiversaciones que son solo puntos de
avanzada de los ultrajadores. Con todas esas dudas, como telón de fondo, con
todas esas iniquidades en Las azules tan Lejanas de Luis Orlando Valencia (Octámbulos
ediciones, 2024), explora esta experiencia. Casi nada. Donde surgen algunos recuerdos
y vivencias, y donde se da un alejamiento en la finca, en Miramar, pero también
una cercanía entre la familia, así como una reconciliación con la naturaleza y sobre
todo en esa búsqueda del yo, desde sus diversos matices a partir de la parte de
la música, de la escritura, de la pintura. Y eso sí del abandono de una carrera
liberal, porque la vida sencilla y la vida contemplativa del artista arrastra a
su protagonista nada menos que a buscar un alejamiento, dentro de una
experiencia inédita, donde los eventos no suceden de soslayo, ni se les puede obviar,
simplemente esos eventos que son la cercanía y la libertad de movimiento se
hayan constreñidos.
Pero
el artista se ha apartado de su cierta vida cotidiana y asume otro rol en otra
vida cotidiana paralela para buscarse así mismo, para explorarse en esta suerte
de monólogo a veces, o mejor, casi siempre, en esta conversación y compañía de
libros y de música y de artes como plena reunión, eso sí apresado en sus
recuerdos que constituyen la parte sustancial de su escritura. Ellos emanan, persisten
para mantener al protagonista encerrado, apresado en sus diarios como si fuera necesario
registrar estas vivencias que lo inoportunan.
De
tal manera, el encierro forzado, así sea en pos de salvaguardar la vida se convierte
en obstáculo para la llamada libertad personal, lo cual crea salidas, odios,
aburrimientos, y sobre todo búsquedas en la paz de esos desiertos interiores
como premisa para seguir con un horizonte magro, con un horizonte pleno de
dudas.
En
este encierro de casa por cárcel, como él repite, precisamente toda clase de
evocaciones son de antemano cubiertas por el moho de la memoria, por el paralelismo,
y eso sí son demasiado contemporáneas y en momentos extendiendo cercas falsas
para no enseñar la catástrofe que se vive.
Esta
reclusión posmoderna nada tiene que ver con el encierro de la peste en la Edad Media
o con el encierro debido a la lepra, una equivocación suprema, con diversas
personas en Agua de Dios, al ser la medicina incapaz de dilucidar un remedio
para vacunar muchas personas o todas las personas y así, esquivar este tipo de mortandad
que lleva a especular desde muchos puntos de vista y a crear incertidumbre o fanatismo
religioso, como el llamado castigo divino.
En
esta experiencia se adoptaron algunos temas del encierro vulgarizándolos y
reteniendo sus aspectos más comunes. Las elucubraciones de todo tipo sobre el
poder, así como la duda con las recomendaciones del encierro, luego obligatorias,
por supuesto salto de las bodegas de menjurjes, la llamada medicina alternativa
para dar sus recomendaciones contra la vacuna que aún no había salido, y eso sí
con señalar que el limón, era la panacea. Mientras tanto cada uno continuaba en
el encierro y lavándose las manos periódicamente con alcohol para poder salir
con la mascarilla casi mortuoria, los días señalados y solo al mercado. El negacionismo,
por el contrario, infectaba a los hombres y mujeres con sus soluciones
primarias, así como jactándose de su superioridad ya que ellos parecían tener
el acceso al secreto. Mientras tanto en su cuarto, el maestro seguía dubitativo
con su monólogo, ya que él buscaba dilucidar su ser desde la perspectiva de un
hombre sabio, solitario, enamorado, que persiste en la contemplación y en la
pregunta de los sucesos que acaecen, precisamente en ese encierro donde se
pulveriza toda clase de experiencias que nunca fueron avizoradas, inéditas
desde toda perspectiva. Entonces a él, a su narrador solo le queda la posibilidad
augusta de perfeccionarse, de pulir ese yo, de escribir para galopar por las
estepas de sus intenciones con la sorpresa de saber que, al asilarse, encontrará
otro ser, donde este tipo de experiencias entrega totalmente la soledad para elucubrar,
para sortear la amenaza que se cierne sobre todos.
Así,
con el encierro, con el temor al virus Z91, llegaron experiencias así de golpe,
forzadas, que se convertirían en un viaje a la introspección. Lo evidencian la
escritura de sus diarios, que desembocarán con el tiempo en material para sus
libros, y luego transmutarse en literatura; es decir, en materia de ficción o
en testimonio según como se le mire.
De
tal manera el narrador se convierte en su propio guía, en medio de la
calamidad, que está por llegar, en responsable de su propia situación y de sus
quimeras, así huya de una manera social, y en su introspección que lo aparta
del presente, precisamente para escribir de ese presente que pasa con cada
línea que escriba. Así se aparte no a su torre de marfil como un santo, sino a
su estudio para reflexionar ese evento, esa tragedia porque lo fue donde se
indica y expresa la fragilidad del ser humano en toda su extensión, participa
de esas experiencias remotas dadas en las noticias y desde las cuales instruye
su propia vida en un lenguaje sencillo y diligente, como lo escribe en su
novela.
En
este caso cuenta más la férrea personalidad del narrador que la peste por su
sobreposición a esta guerra, con su paciencia, con su fortaleza, con su singularidad;
fuertes, como debe ser para desarticular el encierro que es como la muerte
cuando es impuesto, así sea debido a un problema de orden público para
salvaguardar la vida de seres humanos. Así, durante estos años de reclusión se
imponen y demuestran la autenticidad del narrador, que no solo piensa sobre el
camino de la escritura, sino que se fustiga por la situación actual de la salud
social. Su desconfianza es en modo alguno comparable al común de las personas
avasalladas por la opinión pública y sus comentarios de toda índole, así como
la desconfianza progresiva de chismes y falsos profetas del desastre que
desconfían del origen del virus y de los métodos de cura, llegando inclusos a observar
cómo se trata de un caso de tal complejidad que se habla de conjura y de conspiraciones.
En
ese instante en que fue escrita esta novela la ciencia se demarcaba de sus
protocolos de seguridad y de experiencia para encontrar al precio que fuera un refugio,
una consolación a la desmedida sospecha sobre el origen y vacuna del virus. De
una parte, se definía y buscaba una salvaguarda para el género humano y de otro
las multinacionales desbocadas competían por las ganancias. Y, mientras tanto,
solo y receloso ante el peligro, ante esas dudas de supervivencia se avala en
el narrador el don de la gentileza, la fibra bondadosa, el prestigio de su
corazón, ya que cuando Elvira es contagiada, el narrador, asume la solidaridad
que designa y reune en torno suyo esos años pasados, vividos juntos como la
expresión más cara del ser humano, esa fraternidad que no huye ante ese inicio
de la derrota ante la enfermedad contraída, sino que se hace fuerte, y actúa
como una manera de fraternidad que se torna fuerte más allá ante la
circunstancia de la muerte que acecha.
Esta
novela, Las azules tan Lejanas, es la
primera reflexión sobre el tema de la pandemia que se ha realizado en el país,
ya veremos quienes cambian o seguirán esta senda, o a lo mejor hostigarán con
el tema de los sicarios, de las catástrofes morales en las comunas, de las
prepagos, y ese largo, y tedioso género de una ciudad, Medellín, con un solo
tema hace treinta años, la mafia y sus réditos.
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