sábado, 29 de octubre de 2022

Alfabeto de Ilusiones, Memorias de un maestro Efraín Alzate / Víctor Bustamante

 


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Alfabeto de Ilusiones, Memorias de un maestro

 Efraín Alzate

Víctor Bustamante

 

¿Sabemos toda la deuda social que le debemos a los profesores y, más aún, a la enseñanza? No creo, y lo que sabemos, lo sabemos mal. Y eso precisamente lo pensamos, pero callamos. Los profesores poco muestran sus logros, simplemente sabemos que están ahí, que aportan muchísimo en la esfera social, tanto en los colegios como a las familias.  Sabemos que el medio donde se desenvuelven está pendiente de ellos, pero en la parte que los agravia a la espera de que fallen en algo. Tres estamentos lo miran, lo escrutan, lo revierten: las familias, los directivos y los mismos alumnos. Así el maestro es una suerte de catalizador. Pocos le reconocen su valor y su aporte a la sociedad; incluso existe un premio que se otorga en ese errado concepto disque al mejor maestro en un medio cultural que desmerece esa estructura de improvisaciones en el campo educativo con este ingenuo e insustancial reconocimiento. ¿Y dónde queda el resto de profesores? ¿Los que no ganan premios ni reconocimientos ni menciones?  Los cómodos burócratas hablarán de que al darle un premio a un maestro representa a los demás en la Sociedad del espectáculo. Pura boutade.

Además, cuando se siente agradecimiento hacia los maestros, desde la lejanía, es con ese desdén que la sociedad de burócratas, los ejecutivos del Estado, les han entregado, pero que olvidan como ellos asumen valientemente esta incertidumbre que es la tarea de educar, de enseñar al otro. Incluso, a los mismos alumnos, si se les saluda pasados los años, es para no reconocerlos como a maestros, sino como alguien incómodo, con esa incomodidad que da a una persona de que alguien lo haya iniciado en un proceso de Ilustración y lo haya sacado de la oscuridad de los mismos principios que como acertijos rondan a la mayoría. Muchos de sus exalumnos lo ven desde lejos y no recuerdan ni de una manera fugaz como fue la escala inicial para al procedimiento de enseñanza. De ahí que la labor de muchos maestros quede oculta, incluso dentro del mismo sindicato, ADIDA, porque allí son relevantes los agregados en su militancia, pero los demás maestros están más ocultos y dejados de lado, como si siguieran las mismas pautas del Estado intransigente. De tal manera muchos maestros que son tan necesarios, no se les reconoce su abnegación y son desechados de nuestra cultura, una cultura que nunca ha cristalizado una manera de darles el lugar que se merecen, por el contrario, cada que se puede les envilece.

De ahí que, al leer el libro de Efraín Alzate, Alfabeto de Ilusiones, Memorias de un maestro, nos lleva a recapturar y a repensar la vida de un maestro desde sus inicios. Solo desde esa experiencia es factible referir ese oficio. Aquí en este texto ellos son narrados discretamente, sumidos en su oficio. El autor hace un recuento de su infancia y la de sus profesoras más cercanas, y de esa presencia notable en su vida y de como un buen maestro o maestra deja una huella que subsiste. De ahí que después de tanto trasiego, como esa experiencia letal en Segovia, al lado de tanto conflicto político, de los mineros y de las putillas en los bares, y de esa firmeza, sobre todo, en querer enseñar para cambiar de mentalidad a esos estudiantes, y familias, nuestro reconocimiento se convierte en deuda, pero permanece silencioso, un poco desdeñoso, desde luego por respeto, pues no estamos en condiciones de estarles agradecidos a quienes ocuparon un lugar en nuestras vidas. Y es que la presencia de Efraín en Segovia se da de una manera un poco curiosa, ya que él, indiscreto y ávido de experiencias, frecuenta los bares de la zona donde comienza a cambiar no solo de aspecto sino de mentalidad. Aquí hay un quiebre al adentrarse en la Antioquia profunda, ese territorio donde la vida está signada por la alteridad, por la lejanía del concepto que se mide y señala en un pueblo al recién llegado de una forma diferente en solo varias cuadras adelante. De ser maestro y bebedor por esos pagos aprende lo que es la vida con su otra significación. Así, en Segovia, Efraín ha adquirido lo que sería y vendría después: su temple.

También en esa formación lejos del nido, es decir de Granada, Efraín tiene encuentros propicios, comprometidos eso sí, y a veces discursivos en lo político con varios gamonales donde los enjuicia con valor a pesar de ser un forastero. Y es que, en efecto, Efraín no es un político taciturno, sino alguien preocupado por el bienestar de las personas y, a más de eso, un luchador nato por la asunción del Estatuto Docente. En ese momento álgido de esa confrontación entre el gremio de maestros y el Estado, estuvo Efraín presente y aún es notoria su persistencia y compromiso ante las dudas que generan ese tipo de acuerdos que a veces se convierten en una suerte de panacea trivial.

Esa militancia no ha impedido a Efraín escribir poemas, y al mismo tiempo, ser en todo el sentido de la palabra un maestro; maestro que lleva en sí no solo el interés en ser creativo e inspirado en esa labor filosófica, narrativa, ensayística como lo indican sus libros y, además, teniendo una idea fundamental en la nitidez de su norma de vida que sabe cómo y cuándo se educa, y se llega al momento indicado y preciso para ilustrar lo que serán alumnos útiles y esforzados. Es plausible su interés en no dejar desplazar su carácter de maestro desde el fondo, desde su sentir, y que en adelante parece estar bajo la dirección del sindicato, ADIDA, pero es en apariencia porque él mantiene su sentido común, su independencia. Eso sí teniendo en cuenta como se esfuerza, al restituir el papel del maestro en la sociedad, en la cual sufre un menoscabo, pero que en Efraín es notorio su papel por la dignificación de esta labor en contraposición y el dominio inmerso en una comunidad que infiere, en situar al maestro como la antena que capta todos los males, y al cual se le cobra, por supuesto, cualquier movimiento que lo aparte de lo ya fundado y de lo considerado casi una verdad intransitable que lo lleve a diferir del conjunto en cuanto a sus opiniones. Queda una etapa, y quizá la más sorprendente, cuando el maestro debe coincidir con la ausencia de todo relevo en un medio cubierto de hostilidades que ha sido discrepante desde sus comienzos, ya que su labor es mirada con recelo o con un exceso de admiración a veces llena de fatuidades.

Efraín recuerda la vida de algunos alumnos y de personas que lo han sacudido, que le han llegado. En él su profesión se ha convertido en una suerte de reto de vida, ya que en cada maestro descansa la idea de un mejor futuro de cada generación. De ahí que en su escritura es posible tener presente no solo su trascurso vital, sino también la necesidad de instituciones fuertes, así como la exaltación de los buenos maestros, y eso sí de fustigar a los rectores ociosos y de bajo calado, también él cuestiona los métodos formativos, al exponer sus pensamientos, sus sentimientos en torno a lo educativo. Así leyéndolo con cuidado nos da a entender que todo lo que concierne a un maestro se ha vuelto digno de ser revisado, a veces por esos eventos inhabituales, otras veces temporales, inesperados, transitorios, es decir en esta actividad todo se siente precario debido a que la pedagogía a veces es insuficiente y es necesario el sentido común, lejos del autoritarismo, ya que en ese perpetuo movimiento que se vive en una institución educativa sucede lo inesperado que es cercano a la enseñanza misma, como el carácter episódico en la vida de cada alumno y de los mismos maestros, como si algunos eventos accidentales sorprendieran más de la cuenta, pero si bien en muchos de esos casos son accidentales no quiere decir que lleven la impronta de la insignificancia, sino que en diversas ocasiones son más significativos de lo que pensamos.

Muchas veces en esa sucesión de eventos que, parecen episódicos, es previsible la diversidad de actitudes que se deben llevar a cabo y que el maestro soluciona con mucha prudencia y cuidado. De tal manera Efraín nos dice en su libro como esos eventos que parecen diversos e inesperados llegan cargados de significación en la vida no solo de esas personas, los alumnos, sino también de los maestros, que permanecen juntos durante un día la mitad de su tiempo. De ahí que esa profesión que más se acerca a una vocación, la de ser maestro, cada vez a pesar de la irrupción de los medios de comunicación y de las redes sociales se le da más significación, a medida que estos medios alejan el contacto entre alumnos y su realidad más cercana.  Por esa razón Alfabeto de ilusiones, es más significativo de lo que creemos no solo porque su autor devela su trascurso en esa profesión que es toda una disposición, que es la experiencia en su quehacer que no aparece en ningún manual de pedagogía ni en ningún tratado, sino que esa experiencia se adquiere a medida que el maestro en el salón no olvida que le da clases a personas que están en formación y que en ese trato diario ambos se enriquecen, el maestro con su amistad, comprensión con su sentido de la tolerancia y de su inteligencia, y los alumnos como personas que serán guiadas por ese maestro lleno de fervor y de significación.

Vemos claramente, cómo al leerlo, él ofrece diversos puntos de contacto en esa experiencia de vida, además matizada por su arrojo y criterio existencial, como si nos advirtiera: cada momento en la vida de un maestro lo puede realizar, pero realizar con dedicación y mucha tenacidad. Quizá sea lo propio de cada uno de los maestros, enseñar las verdades que la experiencia araña a momentos inesperados, paro instruir y compartirlos con profundidad, esa profundidad que entregan los gestos en apariencia más rutinarios antes que las enseñanzas pedagógicas y frías que se asumen como doctrina.

Estos relatos, estas vivencias de Efraín están llenas de esa sabiduría que da la experiencia. Una de ellas, su encuentro con el estudiante minero que le enseña al profesor recién llegado a buscar oro, pero también del profesor amenazado que debe cambiar de colegio, ya en Medellín, como una de las soluciones más estériles y, a más de eso, con la humillación más indigna. Y, además, el caso de Brisa Marcela, la alumna díscola que amaba la poesía.

 Alfabeto de ilusiones, Memorias de un maestro, da indicios y claras señales de lo que es haber sido profesor, y eso sí, haberse inmiscuido de una manera profunda en esa labor. Efraín, desde su llegada no ha cesado de enseñar a sus alumnos la necesidad de ser prácticos, y acceder a su sabiduría, apartándose de ese concepto, La letra con sangre entra. Él ha ideado otros caminos, otros conceptos dando a entender que cada maestro o continúa una tradición que ya no le pertenece, o idea e impone la suya en su tiempo donde no se pierde esa  relación con la piedad e incluso aporta rasgos nuevos que con los días se particularizan, dándole su tono que  deberíamos acoger como su característica, lo representativo en él, el toque que lo hizo llegar a esos discípulos ahora casi perdidos en su memoria y que pertenecieron a su tiempo, y que ya mayores, con una fisonomía irreconocible, aún recuerdan a su profe en su estoicismo.

Esta historia, contada por Efraín, puede aparecer también como un inicio de un proceso de Ilustración derivado de algunos textos que hablan de esa labor de los maestros en diversas épocas, dentro de un país que poco lee y al no leer no tiene memoria. Un ejemplo de ello podría ser Dimitas Arias de Tomás Carrasquilla, donde se refiere a aquel maestro tullido y deforme, y que su autor define: “No fue Maestro atrabiliario ni de viarazas: si chuzaba y daba azotes a la indómita chusma, obedecía a la consigna del superior, a la ley de su tiempo, en que era un axioma aquello de "la letra con sangre entra y la labor con dolor".  En esas escrituras que abordan el tema de quien enseña también podría citar El maestro de escuela de Fernando González, donde hacen cara presencia el infortunio, la pobreza suprema de Manjarrez, profesor viudo que hace de su experiencia como si fuera un grande hombre incomprendido. Las cuatro edades del maestro de Aldemar Tapias con más reflexión y propuestas, más una obra con carácter pedagógico; libros que, desde diversas ópticas, dan cuenta de esa labor donde se entrecruzan relaciones muy diversas entre las pedagogías de su momento y el concepto de los profesores; entre el autoritarismo y la religión, que siempre se cuela en las aulas; entre la política y el quehacer diario en un salón de clases; entre el aspecto crítico tan difícil de dilucidar en el bachillerato, donde solo la mística del profesor que está absolutamente solo frente a ellos, sus alumnos, es el responsable y portador de un mensaje, su mensaje, la enseñanza, lejos de cualquier ayuda externa. Así el verdadero maestro se atreve a proseguir su labor con escasos recursos, abandonado, privado, pero entregado de sí mismo, cargado con la ilusión de abrir un futuro de una manera sublime que, ante la indiferencia, es capaz de convocar las fuerzas necesarias; y así logra casi todo, al sacar del oscurantismo a los jóvenes, porque ese todo es una idea que su estoicismo elige para sacar partido; eso sí, como si cada maestro debiera guardar silencio y soportar la particularidad de cada alumno.

El proceso educativo, tan personal y eficiente, prefigurado en este libro, tiene como principal objeto de reflexión alcanzar instancias y objetivos de gran calado que se asocian a la disciplina de la enseñanza y del aprendizaje. En toda circunstancia, honroso y plausible, para poder desentrañar la contradicción que se da en ese instante, en que se logra abarcar los medios propicios para suspender esta incompatibilidad entre alumnos y profesores. Para ese efecto con mucho afecto Efraín añade: “La filosofía y la ética deben enseñarse todos los días a pesar de que se perciba como tiempo perdido. Los discursos morales y éticos algo dejan y algo tomamos”. Así Efraín Alzate.

 

 

 


 





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