jueves, 20 de agosto de 2020

Hábitos sucios: apuntando hacia una visibilidad lésbica en el cine colombiano contemporáneo / Karol Valderrama-Burgos

 

Carlos Palau, director de Hábitos sucios


  Karol Valderrama-Burgos

Hábitos sucios: apuntando hacia una visibilidad lésbica en el cine colombiano contemporáneo (1) 

Karol Valderrama-Burgos

Investigadora de cine en estudios latinoamericanos y de género

 

“¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?”

                 Sor Juana Inés de la Cruz

 

Afirmo con valentía y optimismo que hacemos parte de una generación que busca deconstruir nociones sobre quiénes debemos ser y que han sido base de múltiples telos socialmente impuestos por años, a propósito de la programación que ofrece este 2020 el Festival de cine de Jardín – que se llevará a cabo del 18 al 22 de agosto de 2020 en línea –. Asimismo, tal y como su eslogan “Cine cuir. En busca de una nueva humanidad” lo acentúa, este evento promueve la búsqueda de una humanidad en la que las categorías binarias de género son desafiadas a través de múltiples e interminables miradas sobre los seres humanos.

Desglosar esa búsqueda apunta a comprender que, tanto nuestras sociedades como sus productos culturales, están constituidos por la multiplicidad de géneros. Además, dicha experiencia enfatiza que hacemos parte de una era en la que se hace esencial re-conocernos y construir una cultura de tolerancia, inclusión y diversidad desde diferentes latitudes, como sucede justamente con lo que el cine cuir ofrece.

Es posible que el cine colombiano parezca estar “atrasado” en cuanto a tener estas conversaciones (en comparación con otros contextos sociales y geográficos cercanos), pero lo que marca una pauta sin precedentes en este presente es que el Festival, siendo posiblemente uno de los primeros que se enfoca en estos temas, demuestra que la conversación sobre los derechos LGBTIQ+ se está dando de forma abierta, continua y colectiva, no solo dentro de la cultura visual, y que podemos aportar para que, en sintonía con lo que expresaba Sor Juana Inés de la Cruz, suceda de forma libre, bella y sin prejuicios.

A continuación, comparto algunos fragmentos del artículo original y titulado como este texto, el cual estará publicado en el catálogo del Festival (disponible en https://festicinejardin.com/)


 

[…]

Aunque influenciada por ideologías patriarcales en varios aspectos y con algunos detalles bastante debatibles para esta época, la película Hábitos sucios de Carlos Palau, estrenada en 2003 [que puede ser vista a través del canal de YouTube de su director: https://www.youtube.com/watch?v=NEf6FqWX6sE], es la primera película colombiana de ficción del siglo XXI en aventurarse a la reformulación de la imagen perpetuada de la mujer heterosexual, aquella que históricamente ha sido vista como pasiva y objeto de deseo desde la mirada exclusivamente masculina. Esta producción, sin ser el modelo perfecto en representaciones cuir sobre la mujer, toma hoy un sentido diferente y relevante. Casi veinte años después de su realización y lanzamiento, no cabe duda de que es una alternativa para una comprensión cultural más amplia del mundo femenino en el contexto colombiano y contemporáneo.

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Aunque la revolución sexual del siglo veinte promovió la liberación femenina en varios niveles, las películas [colombianas] realizadas desde la década de los setenta se mostraron, si no tímidas ante el tema, heteropatriarcales al explorar dicha emancipación. Si bien películas como Amazonas para dos aventureros (Ernst Hofbauer, 1974), Erotikón (Ramiro Meléndez, 1984), La mansión de Araucaima (Carlos Mayolo, 1986), e Ilona llega con la lluvia (Sergio Cabrera, 1996) proponen o sugieren implícitamente personajes femeninos lésbicos o bisexuales, todas redundan en ofrecer una mirada masculina posesiva y dominante sobre sus cuerpos y deseos. Estas mujeres no solo resultan satisfaciendo fantasías patriarcales, sino que también, tal y como sucede con las dos últimas producciones mencionadas, terminan muriendo y siendo castigadas narrativamente. De todos modos, cambios radicales surgen durante este nuevo siglo. Es así como la película Hábitos sucios (Carlos Palau, 2003) es la primera producción después de la Ley del Cine que aborda de manera directa temas de lesbianismo y homoerotismo femenino. Si bien no fueron su centro narrativo ni resulta un modelo completamente satisfactorio para lo que sería una representación completamente desligada de un contexto patriarcal, esta película es pionera en romper un discurso cinematográfico que ha tendido a silenciar, ignorar o limitar las subjetividades lésbicas.

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Además, desde una perspectiva religiosa y dentro del contexto colombiano, el título de la película actúa como doble metáfora. En primer lugar, el título señala el tema principal de la película, el caso de la hermana Gloria del Valle (Carmiña Martínez), igualmente incriminada por la desaparición de una de sus compañeras, la Hermana Beatriz (Andrea Quejuán), y con quien posteriormente es asociada/juzgada sentimentalmente. En segundo lugar, el título se posa sobre un tema que resulta secundario para el desarrollo de la película, pero central para reconocer rasgos cuir en el cine colombiano contemporáneo, y es el hecho de retratar encuentros secretos y romántico-eróticos entre cuatro monjas de un convento. Por ende, estos personajes subvierten sus roles y votos de castidad, aunque no dejan de ser entendidos desde una moral católica y patriarcal, “manchando sus vestiduras.”

Aunque Hábitos sucios es una producción que devela tensiones fuertes sobre quién y qué se representa del universo femenino, es una película que logra alterar el marco de referencia dominante sobre la sexualidad femenina. Es así como personajes como la Hermana Esperanza (Alejandra Escobar), las novicias Nicolasa y Gertrudis (Liliana Belmonte y Angélica Belmonte), y la Superiora Fanny (Adelaida Otálora) replantean la tendiente existencia implícita de personajes lésbicos en el cine de ficción, a pesar del hecho de que el contexto de sus representaciones aún exhiba narrativas y patrones que corresponden al patriarcado.



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Tal y como lo admite Laura Mulvey (2015) cuarenta años después de su discusión influyente sobre la mirada masculina, controladora y escopofílica sobre el cuerpo femenino, ‘la mirada masculina puede ser desafiada por cualquier persona a quien verdaderamente le importe afirmar su identidad o elección’ (2015: 51, traducción de la autora). Más allá de ver de forma sexualizada a sus compañeras, Gloria observa de forma peculiar e incluso privilegiada el tercer y último encuentro erótico. Escondida inicialmente detrás de una ventana, Gloria mira atentamente a la Hermana Esperanza, las novicias y la Superiora reunidas dentro uno de los dormitorios. Durante tres minutos, en un estilo casi coreografiado y meticuloso, tanto la cámara como Esperanza van de derecha a izquierda. Lentamente, Esperanza toca y besa el cuerpo de Nicolasa, mientras ésta última permanece recostada en la cama. Significativamente, una vez más, el hábito toma protagonismo, pues Nicolasa está completamente vestida. El único elemento que Esperanza elige retirarle es su velo, su símbolo de castidad, contención y claustro. Al llegar con algunos besos a los pies de Nicolasa, la cámara incluye a Gertrudis y a Fanny en escena, quienes se abrazan y se besan lentamente al pie de la cama. A medida que las tomas subjetivas revelan lo que Gloria observa, los planos medios opuestos muestran también cómo sus gestos no se traducen en placer o incomodidad. De hecho, lo que deja claro su actitud es su interés fijo en reconocer(las) y en entender(se) a través de sus experiencias lésbicas.

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Estos sucesos, en sintonía con la teoría seminal de Judith Butler (1990), justamente son performativos y explican cómo sus identidades y orientación sexual no se definen desde sus cuerpos sino desde sus actos, sin caer en lo banal o estereotípico de los discursos mainstream al retratar escenas románticas-eróticas entre mujeres. Sin recurrir a estrategias “pornonormativas” (ya que no están desnudas o no hay tomas o gemidos sexuales que enfaticen clichés pornográficos), esta película logra proponer un primer acercamiento que desafía la idea heterosexista del erotismo. A través de su enfoque, la película nos hace una primera invitación a reconocer identidades fluidas y plurales, que van más allá de los códigos binarios de género, y que reconstruyen el discurso homoerótico femenino como alteridad. Aunque los obstáculos sociales no logran ser superados completamente debido a su vida de claustro o debido a la resolución de la película frente a este tema, las cuatro monjas rompen sus hábitos (aquellos impuestos históricamente por la religión y la sociedad), haciendo de sus encuentros una serie de actos que reafirman su visibilidad como personajes y sujetos transgresores en dicho contexto.

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La película ofrece momentos cuir clave que desafían y controvierten el mismo marco en el que se dan las representaciones femeninas. En primer lugar, la película logra construir un personaje protagónico curioso y atento con las manifestaciones lésbicas alrededor y, al menos en el marco de la película, sin una mirada masculina presente. De forma secundaria, logra ofrecer un escenario aún más controversial y disruptivo en el contexto colombiano, en el que el personaje de la Superiora Fanny hace parte de esos “hábitos sucios” sin decir nada al respecto y, por ende, formulando preguntas más profundas sobre el celibato y el desarrollo de la sexualidad dentro de la iglesia católica.

(1) Este texto fue inicialmente publicado en la versión online de Revista Papel el 20 de agosto de 2020.

 

Referencias

Judith Butler, Gender trouble: feminism and the subversion of identity (New York: Routledge, 1990). 

Laura Mulvey, 'The pleasure principle', Sight & Sound, 25, 6 (2015), pp. 50-51.






2 comentarios:

Laura chilensis dijo...

“Hábitos sucios” me hace repensar en las teorías esencialistas de la bisexualidad que es vista como una estrategia para esconder la identidad lésbica, en lugar de plantear que la bisexualidad no es una fase superior del proceso de asumir una identidad sexual militante. Me identifico como bisexual, pero reconozco que en este momento de mi vida me atrae construir relaciones de pareja con mujeres. Por esta razón me afirmo como bisexual. No tengo problemas en mantener relaciones sexuales con hombres, incluso resultan más placenteras que las relaciones con mujeres. Sin embargo, la sexualidad con una mujer es maravillosa ya que tocan más el corazón. Hay dinamismo y fluidez y mucha ternura. Lo sagrado de los hábitos enternece.
El director de la película toca con su decisión y la dama que escribe reflexiona.
Filiaciones a todos por abrir la discusión.

Carlos Palau dijo...

Laura Chilensis, te agradezco tú valioso aporte a esta larga discusión dónde voces cómo la tuya dan luces a los que caminan a tientas entre sombras clandestinas.