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| Fredy Fernández |
DE ÉDGAR TOBÓN A JAKOB MENDEL:
LITERATURA, MEMORIA Y COMUNIDAD EN SEÑAL EDITORA
Fredy Fernández
Caía la tarde, mis pasos no eran los más rápidos,
tampoco los más lentos. He vadeado la calle, aun mojada, escuché una voz que me
llamó, era el librero, Sigifredo Castro.
Me habló
y señaló al frente.
—Estoy trabajando
en aquella librería —dijo, apuntando con el índice—. Lo espero.
Pensé: ¿una
librería que solo contiene Derecho? No es para mí. Y eso que soy docente
de la misma área. Nunca me han gustado los anaqueles consagrados a un único
género literario. Olvidé la invitación del librero Castro y la introduje en mi
bolso de los olvidos. Los días transcurrían entre lo más claro y lo más oscuro,
acompañados por las trombas de agua de los crepúsculos medellinenses. Había
pirado; de ese modo me burlaba un poco de la lluvia y de su costumbre de
rociarme.
Transcurrí
por todo el frente de la librería especializada en Derecho, sentí una mano que
no podía ver, apretó mi píloro, era muy tarde para alejarme de allí. Miré la
fachada de la entrada, entre los colores blanco y azul, allí estaba parado a un
lado el librero que todos llaman Sigi, lo confundí, no sabía quién era quién,
entre la entrada de la librería y el librero, porque ambas partes lucían las
mismas piezas iguales en sus colores y enjuto, por cierto. Camisa azul con
blanco, jeans clásicos hasta en sus colores, botines bien mantenidos y
elegantes, lentes negros que sobresalen de su rostro fileno y aun jovial. No
pude esquivar aquel lugar libresco. Al estirarme la mano me dijo el librero
grácil, bien pueda siga…
Entré,
al fondo de la librería especializada estaba él. Sentado, acompañado de tres
jóvenes lectores: Santiago Álvarez, John Muñoz y Marlon Montoya, detrás de
ellos estaba Oscar, el dueño de la tienda de la esquina con su camiseta del DIM.
Siempre estaba allí, el más radical de los radicales me dijo entre sonrisas,
pero lo aprecio, sostuvo. Se levantó de su puesto, de caminar paquidérmico,
pero firme y seguro. El librero grácil amigo, nos presentó. Sus cabellos
cenizos descansaban en su cráneo, en su rostro se ubicaban unos lentes
parecidos a unos quevedos por el estilo. Su voz con un tono deje, suave,
cálida, armoniosa y arrulladora. Con textura en su tono, su sonido era
tranquilo, de un susurro agradable, tendió su mano derecha hacia la mía, se
encontraron, suaves y privanza, gastadas por el tiempo, frágil pero sensible
como si fueran las de Miguel Ángel. De estatura regular, vestido implacable
grisáceo, en sus pies lucían unos borceguí de color negro aun brillaban. Se
presentó: Soy Édgar Tobón Uribe, el segundo es el apellido de mi madre, no es
el que se imagina, disculpe usted, me dijo. Por cierto, amante del DIM tan
ganador cuando me gané la lotería con el seis (6), por eso el seis es rojo. En
afinidad con ello, mi corazón late al lado izquierdo. Soy de lo público, allí
nos conocimos él y yo. Con su mano izquierda señaló la foto de Carlos Gaviria.
Le dije, yo asistí a sus clases de filosofía del Derecho, aun lo recuerdo, le
dije. Contestó en su momento te hablaré de él, ya verás. Nunca se dio esa
oportunidad de conocer un poco más de un hombre como Gaviria en boca de Tobón
Uribe.
Se
presentó con todas sus vitelas o pergaminos: soy abogado, fui juez, magistrado,
notario, profesor universitario y propietario de la librería y de la Editorial
Señal Editora con la cual apoyo la cultura a través de la lectura rigurosa. Me
dijo, este es mi cuartel general. Bien pueda siga, “esta es su casa”,
bienvenido. Al otro lado del espacio literario, sentada en la otra mesa, estaba
ella, de cabellos cortos, tinturados, tersos y finos casi pegados a su nuca. Se
notaba sus grandes rasgos bellos de su juventud aún. Maquillada sutil adornada
de una sonrisa plácida, sentada como si estuviera en el trono de Cleopatra.
Segura en su mirada, de buena salud y sofisticada en su belleza que implica
solemnizar sus colores bien combinados en su vestir en la cual luce su
vitalidad a través de sus facciones femeninas. Ella es mi hermana, me la
presentó, soy Francia me dijo ella. Dos hermanos cercanos, se notaba en ellos
una conexión abisal que traspasa toda frontera de la convivencia familiar,
cómplices, leales, incondicionales entre sí. Este vínculo se gestó en la
librería forjada desde la sangre maternal, dos hermanos de una vitalidad que se
daban vida, inseparables, actuaban como un equipo compartiendo alegrías, dolor,
penas, sueños y secretos. Volvió a dirigirme la palabra, de lo más profundo de
su juicio dijo: “En realidad, no existe mayor obligación que la de estar
unidos” (Zweig 2007, p. 59) mirando a su hermana, eso manifestó.
La frase
pertenecía al escritor austriaco Stefan Zweig, y me sorprendió la lucidez con
la que aquel hombre la pronunciaba. Comprendí que estaba frente a un lector de
otra época, uno de esos formados en la lentitud de los libros, pero atravesado
por inquietudes enteramente actuales. Había en él algo de provocador y de
hereje: agitador, anarco, subversivo. Conocía diversas literaturas y se
desplazaba por ellas con naturalidad; por ejemplo, la filosofía —mi
propia área de formación— aparecía en su conversación como una
respiración más del pensamiento. Quedé seducido por la brillantez de su
inteligencia. Casi de inmediato lo asocié con: Mendel el de los libros (2023),
aquella figura creada por Stefan Zweig que parecía vivir únicamente para los
libros. Eh ahí a Édgar, el de los libros, el de Señal Editora. Se acercó el
librero el de la figura delgada, me invitó a ver el contenido de aquella sala.
Encontré autores que enamoran, no sabía cuál ejemplar coger. Me brindaron café
y agua, acepté. Édgar, el de los libros, me dijo cerca al oído: es todo un
reflujo de filosofía y literatura. Acentué con la cabeza. No sé cómo ese brujo
se dio cuenta inicial de mi pensar sobre la librería de contenido en Derecho.
Con una sonrisa socarrona Sigifredo lo ha cambiado, no fue fácil de
convencerme, yo lo estaba esperando, porque era necesario darle más vida a la
librería. Volvió a sonreír como si fuera el guasón.
Su
interés por la cultura recubierta de lectura, lo ubica en otro lugar entre los
irreverentes, un círculo para unos pocos, Édgar, se creó así mismo. Mientras
que a Jakob Mendel lo crea Zweig. Mendel vive a través de libros en el Café
Gluck en Viena, mientras que el irreverente de Édgar lo hace entre sus libros y
autores en su Señal Editora en Medellín. Pareciera que entre estos dos
personajes existiese una conexión desde los libros. Vivieron hechos, acciones y
actos similares. A Mendel le tocó vivir la primera guerra mundial, a Édgar el
de la Señal Editora vivió entre el conflicto colombiano, por ejemplo, la
violencia ejercida por el Pablo Escobar, me narró un poco esa historia que le
tocó vivir.
Libé un
poco de café, lo sentí quemado, mi seño me delató, Édgar el de los libros notó
la situación, se acercó y me dijo: “un regusto amargo en los labios. El
regusto de la fugacidad” (2023), de nuevo volvió a Mendel. Lo conoce muy
bien, le dije, las dos frases que acaba de recitar son de Zweig. Su respuesta
fue una risa leve disimulada como si fuera un secreto, algo oculto, pero astuto
en su respuesta. Discurrí un poco y deduje, el de Señal Editora es un librero o
papelero excéntrico jubilado en su labor profesional, pero no para la lectura,
jodido el viejo. Supongo que se afianza y se obsesiona por los libros, en la
misma mesa tomando café como si fuera Jakob Mendel, pero si es Édgar Tobón el
de Señal Editora. No sé si lo conocí a tiempo, o demasiado tarde, para tomar
café y conversar largos ratos a su lado juntos con sus amigos lectores. No sé
si es demasiado tarde. Es un ser grato, cautivante y entretenido por todo ese
baúl de textos que lleva dentro de su cabeza, inolvidable. Desde hoy hará parte
de mi ventrículo y aurícula de mi lado izquierdo, aun sabiendo que soy
anarquista.
Él
Mendel de Tobón, en su hablar pareciera que narrara a lo Zweig, en un tiempo
demasiado corto me dijo tantas cosas, entre más hablaba, más apetecía que
continuara. Sentí deseo de decirle, soy lector de Zweig, tal vez así me
liberaba un poco de su presión de librero culto. En cada palabra que escuchaba
sonaba el “Himno a la alegría” porque cada movimiento labial
representa la hermandad que se reúne en Señal Editora, gracias a la crítica que
veía tras de sus espejuelos a la sociedad política colombiana. Siempre que
compartía con sus amigos lectores, poetas, escritores, literatos, filósofos,
cuerdos, médicos, ingenieros, abogados, sociólogos, filósofos, locos, el
vendedor de aguacate, el del agua y todos los anormales a lo foucaultiano. Fue
y era feliz porque buscaba la felicidad entre los libros y su librería ante las
adversidades. Es un librero que aún está aquí entre nosotros, nos dirá: sigan
amando los libros y las plumas de los autores, es una opción de fuga como lo
considera Deleuze. Sin él, se siente un vacío profundo, total, las paredes
parecen cantil esperando el momento de la partida y desaparición del café
literario que tanto tiempo lo acompañó.
Dio un
corto giro, soltó otra expresión de Mendel, el de los libros: “Todo lo que
es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro” (2023).
Sabía que estaba buscando algo dentro de su cabeza. Su habilidad y destreza era
notable, sentí interés en saber con qué iba a continuar, a lo mejor convertiría
a su librero Sigifredo en un personaje de la obra jamás pensada por él. Noté de
inmediato en su mirada toda una biblioteca de Alejandría acompañada de una
memoria de simetrías bíblicas. Dijo, si es del autor que usted mencionó.
Descanse en mi propia alma. Recurrí a mi memoria y le contesté:
Precisamente yo, que sé muy bien, sin embargo, que los libros no se
hacen sino para unir a las personas más allá de la muerte y así defendernos
contra los adversarios más implacables de toda vida: la evanescencia y el
olvido (Zweig, 2023).
Sonrió, acaba usted de citar a Zweig, sí, le contesté. Tienes una
memoria muy clara, le dije, no como la suya que es prodigiosa. Me dijo, la obra
citada acomete con una sutileza las tristezas y la ternura con una crueldad
como si fuera su memoria en la tierra del olvido. Lo que me dijo sonó
melodioso, muy caribeño. No dejó que le contestará. Sólo me dijo, un gusto
conocerlo colega, “esta es su casa”, en la mesa lo esperaban sus
amigos comensales y lectores: Francia su hermana, Santiago, John, Marlon, Oscar
y su respetado librero Sigifredo. Di la vuelta, me despedí y salí de ese lugar.
Sentí una obligación ético-moral de volver, aunque el café esté más amargo de
lo normal o algo abrasado.
A través
de los libros nació una amistad breve; creo que no alcanzó los dos años. Volví
un día cualquiera. Me vio entrar a su refugio llamado Señal Editora. Extendió
su mano:
—Colega, gusto
verlo de nuevo.
—Gracias —respondí—.
Vengo a cancelar los libros que me llevé la última vez.
—“esta es su casa”; tome lo que guste.
Me senté
a su lado. Tomé café aguado; esta vez había mejorado su sabor. Sin embargo,
noté que algo no estaba bien en él. La tristeza se le escapaba en el rostro.
Le dije:
—La calle se ve
nostálgica y agrisada.
Me miró y respondió:
—Colega, la calle
está como mi alma: iguales.
Entonces le contesté:
—Los dos poseen un
valor irrepetible.
Guardó silencio unos segundos y añadió:
—Sí… acompañados
por este silencio que se aferra a mi voz, sin querer gritar, para poder
respirar más tranquilo.
—Padezco
ahora la melancolía de Alfonsina, pero sin el mar. A veces hasta los sueños son
prohibidos… así son las calles —le dije.
Argumentaba entre palabras desgarradoras,
untadas de transeúntes apagados por el hambre; un aire caliginoso desolaba lo
más sombrío de quienes vagan en esta vida ya atormentada, viendo pasar, una y
otra vez, dolor tras dolor.
Y tanta
riqueza acumulada en el Estado de la iglesia llamada Vaticano, allí en medio de
falsaciones y oraciones dejando que poco a poco desaparezca toda una vida
llamada Palestina. Bendito sea la iglesia y su fe escabrosa toda una vénula
convertida en una estraperla.
Sus
palabras me golpearon con fuerza. Me despedí de forma inesperada. Antes de
irme, soltó una frase más de Mendel: “Allí perdura, oculta en lo
invisible como el clavo en la madera, una parte de mi propio yo, hace tiempo
soterrado” (2023). Una vez más me
dijo que aquel era su espacio: su vida, su legado, su mausoleo; un refugio
entre libros habitados por poetas, locos, visitantes, lectores y otros
fantasmas cotidianos.
Deseé no
volver más al espacio velado del culto librero Édgar, el de los libros. Había
algo en él que no lograba descifrar; recurría siempre al mismo libro para
responderme. Me trataba con respeto y admiración. Le gustaba escucharme hablar
de mis autores preferidos.
—Al menos usted
tiene dónde escapar de la morriña que nos atrapa —le dije. Una sonrisa
apenas visible se le escapó. Miré lentamente aquel lugar llamado Señal Editora.
Había algo en ese espacio: mágico, brujesco, enigmático, oculto e
indescifrable. Sentí entonces la necesidad de descubrir cuál era el secreto de
aquella villa repleta de ejemplares, colores, autores, misticismos y
hechiceros.
Los
fragmentos que citaba abrían un firmamento profundo, cuidadosamente tejido,
como si emergieran de una figura homérica y mítica, igual a aquella librería
que protegía con fervor: su refugio, su otra vida, su línea secreta de fuga.
Que pronto desaparecerá al igual que su memoria literaria y jurídica.
La
librería era otra dimensión suspendida en medio de la anchura de la ciudad; un
territorio dispuesto para el desahogo literario entre lentos sorbos de café y
agua.
Quienes llegaban allí parecían custodios de una
memoria secreta: lectores, poetas, errantes y conversadores que habitaban los
estantes como si fueran prolongaciones de sí mismos. Entre ellos permanecían “Édgar
y Mendel, los de los libros”. Si Mendel encarnó la figura
irrepetible del hombre consumido por los libros, Édgar ha sido también
prodigioso: por la lucidez de su pensamiento y por esa mirada amplia con la que
contemplaba el mundo y a Colombia.
Todos
los libros vivían en su cabeza, como también vivía allí el país entero. En sus
palabras respiraban tragedias, derrotas y viejos acontecimientos. Era un mago y
un chamán de los libros; conocía las pócimas exactas para leer y apaciguar la
sed amarga que dejan los días. No evitaba el dolor, pero enseñaba a convivir
con las huellas que cada lectura deposita en el alma. Sólo entiende esas
cicatrices quien ha probado las crónicas invisibles de la calle: las que nunca
escribió el poeta perdido entre humo, licor y melancolía, cargando un dolor que
únicamente reconoce quien ha sido atravesado por él. “Cómo había podido
olvidarme, a él, el mago, el corredor de libros que, imperturbable, se sentaba
allí día tras día, de la mañana a la noche. Símbolo del conocimiento. ¡Gloria y
honra del café Gluck!” (2023). Ese personaje era Édgar el de Señal
Editora.
Dejé de
ir por un buen tiempo, mientras degustaba de los escritos, relatos, pasajes en
las obras que adquirí en la línea de fuga de Édgar en su Señal Editora. Era un
día nublado, triste, un día prisionero, atrapado por la melancolía apagada por
la bruma de los sonidos de los buses y los pasos desolante de personajes
sombríos por la lluvia que se dejaba caer en mis hombros. Caminaba por los
bordillos de la calle para evitar la miaja fría del caer de la tarde. Miré
hacia arriba, pasaba en esos momentos por otra librería: El Acontista.
Fue el
momento apropiado para un café gratis en medio de libros. Entré, fui recibido
con algazara por otro librero gentil conocido en el mundo de los libros como Rigo
cariñosamente. Rigoberto, es un notable personaje, se denota su delgadez
proporcionada, ligera con soltura en sus movimientos, sin querer transmitir
apariencia fina y sutil. Se acompaña con un vestir negro apropiado para su
labor libresca, de espejuelos acorde a su fisonomía espigada en su altura
grácil.
Sin decir
mucho, trajo café y agua.
—Siéntese… ¿Supo
lo del doctor Édgar Tobón?
—¿El de Señal
Editora?
No pude
distinguir qué sabía más amargo: el café o el agua. La muerte golpeó de frente
a los libros, a los libreros, a los lectores, a los poetas, a los locos, ingenieros,
médicos, filósofos, abogados a los amigos, a su hermana y a todos los que
alguna vez hallamos refugio en aquel lugar, incluso a quienes bebíamos café
gratis mientras escuchábamos hablar del mundo a través de la voz del librero
culto.
Sin
perderme entre el tiempo y la tarde, regresé a aquel lugar que tantas intrigas
había sembrado en mí. Entonces la vi. Al notar mi presencia, se levantó despacio
de su asiento. Era Francia. Había en ella una tristeza silenciosa, como si el
calor de su hermano hubiese abandonado para siempre aquel recinto. Aun así,
permanecía firme, sostenida por la serenidad que él dejó en las paredes,
resistente frente al dolor que despedaza las felicidades construidas lentamente
con los años.
Ella
sabía que nunca volvería a su refugio, a su línea de fuga, a aquella Señal
Editora donde todavía respiraban sus pasos. La enciclopedia había partido. El “catálogo
universal sobre dos piernas” (2023) se había marchado definitivamente.
Y fue
entonces cuando el silencio irrumpió con un estruendo imposible de contener.
Nos
abrazamos en un dolor ya compartido. No encontré palabras. Todo quedó entregado
a la tristeza interminable de su ausencia. Su oficio fue notable, pero prudente
y sustancioso en su cenit que nunca declinó. Entre sus amigos le escuche decir
una frase más de Zweig: “la tierra era de todos. Todo el mundo iba
adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni
autorizaciones” (Zweig, 2002). Fue un caminante entre los libros y los
tiempos, un loco por los libros y sus sabidurías. Trajeron café y agua, esta
vez el café no le sentí sabor alguno, un poco amarescente tal vez. Se detuvo el
tiempo, me senté, apoye mi mentón con la mano derecha, gire y vi entre algunas
flores su imagen, acompañado de una simulada vela muy tenue con deseos con irse
con él. Creo que la calle lloró su ausencia, ahora que no estás aquí, la
esquina a perdido su giro a hacia la izquierda que tanto le criticaron por su
postura política incluyendo sus cercanos ADN. ¿Acaso tener una posición
tranquila económicamente implica siempre caminar por la calle y girar a la
derecha? Eso lo distinguió de los demás, no por defecto o error, por principio
y afecto: el Poderoso y amar su lado izquierdo, en su Señal Editora, todos
cabían, espacio suficiente, tan inmenso como el universo. Siempre en aquel
lugar habitaba alguien con quien conversar. Has volado con tus libros, tu poderoso
y tu lado izquierdo.
Fueron
43 años entre palabras, poesía, filosofía, medicina, literatura y justicia,
vividos en el fervor de las tertulias. Qué vacío deja su ausencia, qué honda la
pérdida. Ya no volverán a escucharse, en su librería, aquellas conversaciones
interminables de mil días nacidas de su denuedo. Llegará el tiempo en que nadie
lo recuerde, tal como ocurrió con aquel personaje de Stefan Zweig.
Como
ocurrió con Jacob Mendel, el espacio de la memoria y la cultura termina
sometido a la lógica del dinero. El café fue vendido a un usurero incapaz de
comprender la historia contenida en aquel lugar. Así también desaparecerán el
alma y el espíritu de Édgar, librero y bibliófilo culto, cuya presencia
singular terminará diluyéndose en el anonimato. Porque por encima de su memoria
están los intereses comerciales y la economía.
Con su
partida estoy seguro que se extraviaron el tiempo y los libros, mas no su
memoria entre quienes habitamos el refugio de Tobón Uribe. La calle está vacía,
despojada del cariño de la doble vía. Él sabía mejor que nadie que quien da y
nunca recibe, un día se cansa. Sin embargo, él siempre recibió el afecto de
todos aquellos que habitamos su espacio sideral y literario; y nosotros, a su
vez, recibimos del librero culto su cariño, envuelto en su voz tranquila y
reposada. Sabía bien —mejor que nosotros— que quien posee mucho y
no lo cuida puede perderlo cualquier día, él nos cuidó, y nosotros cuidamos de
él, no nos perdimos.
Nunca
nos dijiste que algún día te irías, pero te has ido. Cruzaste la puerta de la
otra dimensión y, con tu partida, algo en nosotros también se fue; aunque
también es cierto que algo de ti se quedó para siempre. Al cerrarse las puertas
de tu Señal Editora, emergerán las sombras que algún día habitaste y que tú
mismo creaste. Se quebraron los sueños que a tu lado se forjaron, y apareció el
vacío que dejaste tras tu ausencia. Solo nos queda recordarte. Quisiéramos
detener el tiempo para volver a los momentos que junto a ti construimos. ¿Cómo
pedirle al tiempo que regreses? ¿Cómo pedirle a la vida que vuelvas?
¿Cómo pedirle al destino que permanezcas junto a nosotros?
Te has ido hace poco tiempo y ya nos haces falta; te extrañamos. Hoy te
has marchado y, con tu partida, algo en nosotros también se fue. Quisiéramos
volver a encontrar tus manos extendidas, escuchar de nuevo tu voz decir: “Esta
es su casa”, mientras servías café y agua con esa generosidad
silenciosa que hacía de tu presencia un refugio para todos.
Hoy has
partido, y nos duele tu adiós. Es como si el sol se apagara y su calle
desapareciera al pasar de una página a otra. Te has ido, y todavía no
comprendemos cómo ni en qué instante comenzó tu ausencia. Cuando termines de
cruzar la puerta de la otra dimensión, solo nos quedarán los recuerdos. Con
ellos aprenderemos a sobrevivir, como sombras que avanzan en la penumbra entre
la fragancia de los libros del ayer, esos mismos libros que hoy ya no estarán. Quedarán
suspendidas las preguntas, junto a las respuestas que nunca llegaron.
Una
herida que no existe y, sin embargo, está. El tiempo ya no se detendrá; nos
duele tu adiós. Te extraviarás en el tiempo del óbito junto a Sócrates,
Lucrecio, Baruch Spinoza, Friedrich Nietzsche, Michel Foucault, Jorge Luis
Borges, Gabriel García Márquez, Stefan Zweig, Marcel Proust, Albert Camus,
Fiódor Dostoievski, Alejo Carpentier, John Rawls y tantos otros. Te imaginamos
sentado junto a Jakob Mendel, compartiendo un café tan amargo y delicioso como la
vida, con el poderoso Medellín latiendo a tu lado izquierdo y creyente del
cambio político, para algunos un defecto de tuyo, que irrespeto.
Nosotros,
desde esta orilla del tiempo, seguiremos diciéndote: “Esta es tu casa”.
Señal Editora, “la tierra que era de todos” (2002),
cerrará sus puertas el 31 de mayo de 2026. Después solo quedará una voz sin
oyentes, un eco golpeando las paredes, los libros y los cuadros —también
el suyo—, como si todavía se negara a aceptar el olvido. Édgar Tobón
Uribe te has ido como la figura del guardián de libros y las memorias con un tono
elegíaco dejaste una cadencia más lenta y reflexiva, muy acorde con tú voz,
todo un conjunto de textos y vidas que venías construyendo—Adiós a todos…—Adiós
Señal Editora…
Referencias Bibliográficas
Zweig, S. (2007).
La mujer y el paisaje. Barcelona. Acantilado.
Zweig, S. (2023).
Mendel, el de los libros. España. Editorial Alma.
Zweig, S. (2002).
El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona. Acantilado.
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