domingo, 13 de marzo de 2022

LA POLÍTICA NO ES PACÍFICA 7 Darío Ruiz Gómez




 LA POLÍTICA NO ES PACÍFICA

Darío Ruiz Gómez

El pacto firmado en el Palacio de Gobierno por todos los grupos políticos en contienda electoral reclama por una “cultura política pacífica”. De salida se da  en esta exigencia un más que enorme error de concepción de lo que desde Aristóteles  llamamos política que no es otra cosa que el respeto mutuo a unas formas de convivencia  para una correcta  interrelación social donde se respeta al individuo(a) y lo que llamamos sociedad se establece con base a un consenso establecido desde la libertad de cada uno o una, cumpliendo de este modo las premisas para que se dé  una sociedad plural que tome la paz como un implícito de lo político  y no como una receta farmacéutica al uso de cualquier desprevenido(a) dirigente  según la ocasión. A ningún ciudadano(a) se le puede imponer el deber de ser pacífico como, pintorescamente, lo suelen hacer en tono belicoso los llamados(as)   “pacifistas”  ya que la paz política que no parta previamente de un nuevo pacto social se convierte como lo ilustra nuestra historia  en un escabroso camino de mentiras y de nuevas formas de violencia. Es aquello que Gregorio Morán les recuerda   a los histéricos (as) pacifistas que  protestan con la machacada  consigna de “No a la guerra y sí a la Paz”; que si quieren ser consecuentes con lo que dicen predicar  deberían estar ahora en Ucrania  en la primera línea de fuego  exigiéndoles a los matones de Putin  el cese inmediato de la guerra y el regreso a la paz de la cual disfrutaba  la sociedad ucraniana. Naturalmente estos(as) activistas después de sus manifestaciones de protesta volverán tranquilamente a casa sin que les llegue a quitar el sueño las terribles imágenes de los desplazados, de los hospitales bombardeados. La buena política es ante todo el triunfo de la razón – nunca dejemos de recordarlo- sobre  las perversidades de los instintos primarios, la lógica que impide que  de llegar a encontrarme  -valga el ejemplo-   en un restaurante con un político  corrupto que continúa recurriendo a la violencia, sienta, instintivamente,  el deseo de matarlo a nombre de la justicia que exigen las víctimas, pero es  la razón la que me impide hacerlo confiando en que algún día la justicia verdadera llegará a condenarlo. Gracias a este generoso compás de espera en la justicia es que los ciudadanos(as)  hacen posible  que subsistan los llamados Partidos Políticos o sea la Democracia llamada eufemísticamente representativa.

Por eso me llamó la atención en ese Pacto lo de la “cultura política pacífica”  que, naturalmente, sólo  firmaron  los Partidos Políticos tradicionales  ya que invitar al “Pacto Histórico”  a firmar  y a comprometerse a cumplir esta ingenua propuesta es como invitar a una cena de corderos a los más despiadada jauría de lobos olvidando  que quienes han recurrido y siguen recurriendo a la violencia   para obtener una ventaja electoral  nunca por principios doctrinarios  renunciarán a ésta. Lo que debieron los Partido Democráticos es exigirles a los lobos vestidos de cordero que la explícita y previa renuncia a todas las formas de violencia debió ser no una cordial sugerencia sino una exigencia ineludible que debieron cumplir antes de ser admitidos en nuestra democracia.  Yo no puedo caer en la ingenuidad de darle al enemigo lo que éste nunca me concedió ni me concederá.  Y éste como sabemos ha sido un imperdonable error de las llamadas democracias blandas que se paga muy caro. 

sábado, 5 de marzo de 2022

DEFENSA DEL HUMANISMO Y DE EUROPA / Darío Ruiz Gómez

 


DEFENSA DEL HUMANISMO Y DE EUROPA

Darío Ruiz Gómez

Con una sorprendente energía moral Josep Borrell ante el Parlamento Europeo acaba de condenar la invasión a Ucrania ordenada por un enfermo mental como Putin y de calificar este despropósito militar contra un país pacífico como una demostración del Mal ante el cual los valores del Humanismo Occidental deben acudir en defensa de una nación cuya aspiración de integrarse a Europa no puede impedirse mediante un desproporcionado despliegue de violencia. Desde Catalina II  la aspiración de incorporar  Rusia a Europa  de la mano de Diderot y Voltaire  fue abrir a Rusia a las luces de la Razón  y  a una  sociedad moderna  tal como lo ilustra la obra de Pushkin,Tolstoi, de Dostoievski, de Chejov, de Gogol o de Berdiáyer –precisamente nacido en Kiev-   donde el gran pensamiento  ruso pone de presente su condena del mal y la ardiente afirmación de una aurora moral que supere el estigma del atraso social y económico, la tentación  al recurso de  la violencia. Recuerdo vivamente las discusiones que siguieron al llamado Tratado de Maastricht en 1992 cuando se establecieron las bases de la Unión Europea. Habermas el gran pensador la calificó como un simple convenio entre comerciantes ya que olvidaba que Europa es ante todo la presencia espiritual del Humanismo.  Legado necesario para seguir enfrentando las agresiones del estalinismo puestas de presente en la represión de la rebeliones checas y húngaras que volvieron a recordar a los países libres lo que suponía la Cortina de Hierro y el intento de eliminar y borrar de la memoria de esas sociedades esclavizadas por el comunismo, la presencia del pensamiento Occidental como un pensamiento crítico liberador.

La inhumanidad del estalinismo  continúa presente en Colombia disfrazado  de eslóganes como ”La paz y no la guerra” “Paz para Arauca y no al ejército”  y que a través de FECODE  y  de ciertas organizaciones  de sindicalistas, intelectuales, periodistas   ha buscado coronar un objetivo muy claro, borrar  mediante el asalto a la educación pública   y la difusión de mentiras a través de las plataformas rusas nuestro  vínculo espiritual con la Europa del  Humanismo  que  hoy se ha levantado  vigorosamente para responder a las locuras de Putin.  Cuando Borrell  nos recuerda  la directa responsabilidad de los gobiernos europeos y sobre todo de la inteligencia, de las universidades  en la condena de  esta afrenta a los valores que definen nuestra  civilización,  nos recuerda  también la prioritaria necesidad  de señalar  al dictador  y a su corte de mafiosos, a la burocracia militar corrompida por  su complicidad  con esta agresión a Ucrania  recordándoles que ya la Corte Penal de Justicia Internacional los ha señalado como cómplices de esta masacre. ¿Vamos a seguir ignorando el éxodo cruel de seis millones de desplazados por las FARC? ¿Vamos a seguir diciéndonos que nunca vimos el desfilar silencioso de millones de desplazados por el títere de Maduro? ¿Vamos a seguir ignorando que las plataformas y los radares rusos instalados en las fronteras de Venezuela y que espían nuestras actividades no existen y son un invento del “uribismo”?  Defender a Arauca, al Caquetá, al Cauca, a Colombia de las garras del putinismo invasor es simplemente una tarea de responsabilidad política ante una agresión que ya está en marcha contando con la complicidad de ciertos medios de comunicación. Como dice Borrell recordándonos el nacimiento de la Europa geopolítica: ”Las fuerzas del mal, las fuerzas que pugnan por seguir usando la violencia física como una forma de resolver los conflictos, siguen vivas”. A votar entonces contra esas fuerzas del mal.

 

LA SOCIEDAD Y LAS ETNIAS / Darío Ruiz Gómez

 


LA SOCIEDAD Y LAS ETNIAS

Darío Ruiz Gómez

He visto y escuchado a Francia Márquez la lideresa de las comunidades negras del Cauca y quien durante la Pandemia había sido magnificada por algunos grupos feministas presentándola como una voz nueva y necesaria. Durante la presentación de los candidatos del llamado Pacto Histórico en Caracol TV convertido inesperadamente en un sorpresivo y público desenmascaramiento de la mediocridad de este populismo, ella al igual que la representante de las comunidades Wayú apareció con un vestido del último Fashion étnico. Era la oportunidad lo admito esperada por mí para ver cuáles era su pronunciamiento frente a la violencia de las Disidencias, del ELN, del Clan del Golfo, del Clan de Sinaloa ya que Francia Márquez se había trasladado con algunos de sus colaboradores  a “las montañas libres del Cauca” - ¿Cuáles?- a esperar que, valiéndose del “llamado estallido social” la Minga indígena  y las fuerzas de choque de las Primeras Líneas, el ELN y las Disidencias fueran abriendo el camino  para la toma de Popayán y Cali estableciendo de este modo  nuevos “territorios liberados”  unido por el Sur  por las guerrillas de Gentil Duarte. ¿Por qué no se unieron los históricos macheteros negros del Cauca a esta “gesta” planteada con todas las estrategias del nuevo terrorismo? Primero, recordemos, fue el “simbólico” corte de cabeza y derribo de los monumentos de Belalcázar y el intento de eliminar el mural del maestro Efraín Martínez como huellas de la “opresión blanca”.  Salud Hernández le hizo un justo reclamo a Francia Márquez por su silencio ante el asesinato a pocos kilómetros de donde estaba, de una joven política liberal, su madre, su chofer y el incendio del automóvil por parte de las Disidencias de las Farc. En este panel y con la mantra  de repetir y repetir los mismos clichés  volvió a reclamar  lo que para ella  debe reconocerse de inmediato como territorios de afrodescendientes – los indígenas ya los tienen en abundancia-  como dueños únicos del suelo y del subsuelo, gestores de su propia justicia, hablantes de su “propia lengua” y en lo poco que pudo entendérsele dejó en claro para cualquier lector de la política  actual que su movimiento responde no a unas tradiciones tan diversas y plurales como las de los distintas comunidades históricas negras en el Pacífico, en el Caribe, en Antioquia y Chocó sino al ideario del Black Lived Matter y a ciertas feministas blancas.

La noción de Comunidad es sustituida por la de dictadura de una etnia y esto conlleva –una vez más recordemos a Sartori- a la eliminación de la tolerancia y de la pluralidad y a que cada miembro de estas Comunidades deje de ser considerado como ciudadanas(os) que se asimilan a los cambios que supone el progreso económico, la inevitable irrupción de las otras sociedades para ser convertidos en anónimos afrosdescendientes. ¿Por qué nunca se refiere a las Disidencias de las Farc, al ELN, a los mexicanos, repito que están extinguiendo a los grupos indígenas y negros en el Cauca? Esta izquierda populista recurre a cualquier clase de mentiras y tergiversaciones de los hechos para eludir su directa responsabilidad en el daño gravísimo que para la economía de los campesinos y del país supuso el corte de carreteras, la negación a la libre circulación de sus habitantes, el intento de acabar con las grandes granjas de aves y frutas, para imponer su modelo agrario de regresar a la primitiva agricultura del pan coger. Balcanización de los territorios bajo un fin político totalitario y no extensión de la Comunidad en territorios compartidos. PD Protestas de miles de obreros de la industria azucarera en Miranda Cauca por la guachafita de las invasiones de tierra promovidas por la Minga y que los están dejando sin trabajo y a sus familias sin comida. Destruir la institucionalidad, el Estado de Derecho este es el objetivo de este populismo.    

Alikanusha de Marta Quiñonez / Víctor Bustamante

 

Marta Quiñonez

 

Alikanusha de Martha Quiñonez

Víctor Bustamante

Cada lector debería relacionar su poesía, la de ella, sí la de Marta Quiñonez, con su experiencia, esa experiencia, a veces amarga, a veces punzante como ella misma lo afirma, nunca con un deslizamiento hacia el estallido verbal o incluso a la simulación como catarsis, para poder escribir de una manera urgente, y así escindirse como una escapatoria, como un atajo que conduce a un camino lejos de su lucidez y escarnio. No, y ese no lo afirmo de una manera rotunda, Marta en su poesía es ella misma en sus circunstancias, en el mérito de crear esa voz que habla, nunca desde la lejanía sino en su obstinación, precisamente en esos encuentros cuando ella se define no en la lectura agreste con los demás sino cuando presentimos que aún está más cerca, y así, nunca ella puede evitar ese dolor del cual conjetura, sino que, aún más, no al negarlo, se afirma en su presencia rotunda. De ahí que esa presencia es plausible ya que en su trasiego podemos relacionarla en lo esencial que le corresponde ya que, en sí, en su fuero personal, ha ido construyendo en cada libro su propia visión de la existencia, y no solo eso, reafirmándose en su carácter y en la dimensión de su obra. Por esa razón, al leerla, al hundirnos en sus palabras, que es su escritura misma, su expresión más allá de su misma experiencia, nos esclarece con cada poema lo que es ser poeta en estos tiempos de baja poesía y muchas relaciones públicas, de muchas redes sociales y mucha palabrería falsa, en esa falsedad que se adquiere como un fatal recurso extra poético que se reacomoda en lo que nunca se podrá decir.

En Alikanusha de Marta Quiñonez (Ateneo, 2022), su autora, relata en cincuenta poemas, eso sí no son sus sombras a la manera de Jung sino su certeza, su ajuste de cuentas con su propio pasado y su propio presente. Es más, creo que, a este libro, que es un comienzo, o sea, una suerte de testamento de su agudeza verbal, le irá agregando más textos a medida que prospera su existencia, o sea, se convertirá en un libro abierto con un punto final a la deriva, donde notaremos no solo su crecimiento y expiación, sino sus desasosiegos y las disquisiciones que llegan cada año, con la sorpresa de su intuición. Así escoge y recoge, y mejor, siega esos instantes que elige para ser impresos en su palabra. No sé por qué razón pienso en Las espigadoras de MiIlet, a lo mejor, puede ser porque ellas recogen las mejores espigas del verano.

En este sentido cada uno de estos poemas son su mejor cosecha, excepto en Retroacción, que se constituye en el destino de símbolos y signos que vendrá con sus páginas aún inescrutables: “un alfabeto infinito / es la escalera por donde sube nuestro ánimo / hacia la ventura de la soledad / vestigio mayor impreso en la piel”. Ha escrito, ventura de la soledad, y esa soledad la veremos reaparecer de diferentes maneras a lo largo de sus poemas, “Estoy sola en el parque / no tengo miedo / siento una fuerza/ empujando mi pequeña espalda”. “Las desolaciones de la infancia / comienzan a tener cuerpo dentro de mi cuerpo”.  Con mis palabras / voy al campo y declamo poemas”. “Dios / bríndame tan solo / la compañía de las palabras/ y no me abandones / en este valle fértil / de la soledad” “Soy la descendencia de su soledad”.

A estos paisajes interiores, espaciados y únicos, que constituyen un conjunto entrelazado se le suma el tema de la infancia donde trata de responder a ciertas dudas, a ciertas inquietudes y preguntas sobre ella misma. Es decir, es significativo el tema de la dificultad de hablar, del inconveniente que surge a medida que se sumerge en su destino y es entonces cuando aparecen esas instancias llenas de su quietud, esa quietud lejana que ella prefiere buscarla, reflexionarla, auscultarla en ese impedimento de poder recoger lo destacable, pero lo destacable es su meritoria necesidad de reafirmase en su expresión.

Su infancia se ha visto infectada y afectada por no pocos sufrimientos, gracias al carácter impasible, lejano y arrogante de su madre. De ahí que, al tratar de recordar esos detalles, han sido precisos más de cuarenta y nueve años de experiencia para saber que nunca le perdonará a Bertha ese carácter y le reclama: “Madre porque me has abandonado”. Margarita Duras decía desde otra óptica: “Hasta el final, la madre seguirá siendo la más loca, la más imprevisible de las personas que uno encuentra en toda una vida”, y, a más de eso le agrego: el ser que más daño puede hacer en la vida. Y es que detrás de ella, detrás de ese carácter fuerte e indivisible subyace el afecto como dadora y portadora de seguridad. La madre reaparece con frecuencia y se convierte en el tema que más trata de definir desde su continua pregunta: “lloverá porque soy una niña triste / lloverá porque soy huérfana y tengo madre”. “La casa parece un poco gigante / madre llora / y la más pequeña llora “.  ” Un temblor en mi cuerpo lo anuncia / madre vendrá a castigarme / me odia”. “Madre está enojada / hay algo en mí que la enfurece”. “He abandonado la idea de madre / para siempre / algo en mí se duele”. “El rostro de la madre / se dibuja en las estrellas /ella es eterna / es canto y es silbido de serpiente / piedra contra la que choca mi cuerpo / y es aventado lejos”. “Canto / exorcizo las penas de mi madre / y a mi pena / la hago poema”. “Estoy serena madre / soy bienaventurada / los sabios de tiempos remotos / hablan del dolor y de la alegría / sabían del aislamiento entre la multitud”. Así a medida que nos adentramos en el libro hay aproximaciones a ella, pero siempre regresa ese reclamo como una impronta ineludible.

En su devenir hay tantas palabras infranqueables, pero es en apariencia, lo afirmo porque en ella se reiteran, pero son más que palabras, son decisiones de mantener a flote esas impresiones que la arredran, dolor, tristeza, madre, que no se convierten en discurso ni que agota su decir, ya que Marta no escribe contra sí misma, cómo una extensión puramente verbal, sino que hace sitio de inmediato a algo que habla y modela su rastro y erige su rostro tan efímero con el paso de los años. De ahí que cada poema ha moldeado su carácter, cada poema es una posta de llegada, pero al mismo tiempo de reflexión y también de fuga. De ahí que cada uno de esos años se convierta en esa acción ineludible que ha ido formando su carácter que da paso a ver ese rostro surcado por su devenir en ese tortuoso y largo camino de ese trasiego ineluctable para definirse desde su evidencia que la espera cada año cuando decida escribir esa suerte de testamento de su experiencia, de esa summa de lejanías, de emociones que solo ella imprime, a lo mejor, como catarsis o como un acto vindicativo en todas sus acepciones.

Por esa razón sus escenarios de infancia, de juventud, de madurez dan la apariencia de un espacio que se vacía con estos desalojos tan propios de quien escribe para poderlos olvidar de una manera total con una acción que no será nada más que crear ese otro vacío al manifestarlo. Sí, nada más sorprendente que sus paisajes tan caros: la lluvia que huele a tormenta sobre el tejado, una granizada en medio del tórrido sol, un río cristalino, desde la reja observa el interior de la casa ajena, la casa blanca donde todo está quieto, la luz que se cuela por la ventana, y, sobre todo, la mujer que se mira a sí misma, ya sea en los cuadernos cuadriculados y escolares, y ahora en la etapa de la madurez reflexiona sobre sus logros. Donde existen sitios, lugares reducidos, ceñidos y de ningún modo excepcionales sino continuos y comunes dentro de esa cotidianidad que con los años se vuelven representaciones de continentes perdidos. Así en su inmensidad, pero en esta extraordinaria visión que otorgan las palabras, ya que estas se someten y dan idea de lo que podría ser su profundidad y la relación con sus paisajes perdidos que huyen cada año.

De tal manera algo perdurable se ha abierto, y por ese pasadizo obtenemos esos instantes, esos años, que, para siempre, en la inmovilidad de la escritura, otorgan sus silencios nunca espectrales sino matizados de lo que nos dice, con esos decires diferentes llenos de la premura y de su existencia. Es como si al leer cada uno de sus años se revelarán sus paisajes cerca al vacío, con el recaudo de sus lejanías, con esas distancias, pero que cada vez más, cada año más, se vuelven eternos a medida que huyen y se deslíen con el tiempo y que al escribirlos se vuelven de alguna forma visibles, y así da lugar al compromiso personal de acercarnos a ella misma para alejarse de ese vacío que otorga la soledad que tantas veces menciona, así como de lo taciturno de esos lugares y de esas edades que ha habitado y, sobre todo, que reclama y produce un oasis en medio de la sacudida y de sus pesadillas. Así nos dice. “Y las desolaciones de la infancia / comienzan a tener cuerpo dentro de mi cuerpo / se hacen ojeras sombreadas sobre mi piel negra / algo me anuncia que beberé / la tristeza destilada de este mundo”. De ahí que su escritura sea honesta, sin los vestigios de malabares desudados, donde el equivalente esencial del silencio y quizá de la invocación a la muerte, se visibilizan, y aun así no escapa a toda interpretación, ya que al pasar por su cuerpo esa misma soledad, la muerte, la huida, la relación con su madre, la indiferencia, el cumpleaños con su pesada losa, a veces se reconcilian y se conjugan con sus destellos. Así, mediante su escritura, intenta relegar esos instantes, pero, por el contrario, lo que ha quedado en esa superficie de la memoria, en sus aristas que hieren, son esas ausencias siempre indelebles, siempre de paso, siempre reapareciendo, y que la escritura nunca anula, sino que las hace reverberar cada que abrimos este libro y seguimos las líneas de sus poemas.




La poeta, en este caso ella, al interpretar su realidad no la escamotea o se queda en el lugar común de lo erótico como su realidad, no, ella se desplaza vindicativa para retrotraer sus paisajes que son sus estremecimientos que no deja escapar en su escritura. A ella le basta una palabra, un gesto, la desolada infancia con su hilera de hermanos. A ella le ha bastado esa desazón para que su escritura se ilumine en esa lejanía de paisajes perdidos allá en su pueblo, Apartadó, pero ella se resiste a dejarlos que huyan, prefiere tenerlos presentes, y de ahí su escritura que, a veces, parece ser su ajuste de cuentas. De ahí que sea una escritora apresada en su singularidad, precisamente allí donde parece no reivindicar ninguna lástima, comprensión, exigencia hacia el ser femenino sino que lo encara, va de frente a reclamar, así sea a través de esas lejanías, pero ella necesita expresarlo, como una suerte de catarsis ante la presencia ominosa de ese ser, de esas personas y, sobre todo, de una persona, que desperdició esas instancias, y no se dio cuenta de esa poesía que nos sorprendería con esa caja de caudales que fue su hija.

Ella, Marta, es la dueña de sus secretos, que los expresa, no en claves sino en la diferencia que la caracteriza a través de sus propias palabras, en la certeza de que al escribirlas no aboliría los desechos, los retazos de su infancia que perduran, sino que sabe que hacen parte de ella misma, que la han formado, que han trazado ese rostro que cada año se descarga de un gesto, de una línea que la hacen definirse en su desazón a la cual responde con dureza sin ser atrabiliaria. De ahí que sus poemas sean impetuosos o tenues, precisamente como síntesis de su presencia, una presencia de la cual no es ineludible dejar de lado, dejarla de leer, dejarla de pensar en su entramado de silencios y de desavenencias, pero, sobre todo, de esos fulgores que en determinados momentos se encienden con sus palabras.

De ahí que lo que hay de diferente en ella, en su poesía, es su originalidad que nos quema en sus enunciados y en sus incendios, No es cuestión de ser diferente per se. Ella es testigo, la clave para entenderla en su cercanía, cuando la encontramos por las calles de Medellín o en algún café y de inmediato uno sabe que, en su originalidad, y en su escisión, en su risa que estalla o en sus palabras Marta es ella misma. De ahí lo meritorio de sus poemas, su transparencia. 

Se trata de mucho más, de revelar, en la medida de lo posible, su identidad, a partir de una alteridad posible al reivindicar sus diferentes rostros; esos que cada año cambian a partir de saber que el espejo miente, y no puede inferir las circunstancias por las cuales ella ha decidido escribir un poema en cada uno de sus cumpleaños. Labor desoladora por lo que empaña al hacerlo, ya que hay algo, una persona, una experiencia que surca el rostro para lo llamado las edades de cada uno.  De ahí que Alikanusha sea ella misma en varias regiones junto a la inseguridad, a la maleabilidad e infamia de su infancia, al dolor y la miseria del alejamiento, pero también a la mujer ya en la ciudad que ha logrado un sueño, por supuesto debido a su tozudez, a su talento. Es decir, su obra se ajusta con diversas aristas y con una razón precisa, la indudable extrañeza. La cual obliga a que ella haga visible, no la factura para producir lo que podríamos decir una obra personalmente correcta, donde no sé qué o quién, o nadie y menos se esconde y trama otras alternativas, ya que de una vez se le infiere en sus nauseas, en sus paisajes, en los desalojos, pero también debido a su escritura que avanza, que otras veces se repliega no por cobardía, sino para estallar de nuevo y darnos esa luz que encandila, que nos enceguece momentáneamente antes de seguir leyendo sus poemas. Cada uno de ellos irá surgiendo como una revelación. De ahí que cada uno de sus libros siempre exprese la movilidad cuando hay que sacar a luz al final del túnel lo que ha guardado durante tanto tiempo.

Pero precisamente es esa incandescencia la que esclarece, lejos del territorio sagrado de las sombras esos secretos que excretan ese veneno de lo callado, de lo que el silencio obliga a guardar con un trauma, con una pena, pero que luego emerge con su transparencia para extraer sus poemas en medio de lo sombrío cuando menos lo habíamos pensado. Eso sí teñida como una sigla escarlata en su pecho, como la hija negada que pasa a través de la piel de cada uno de sus poemas.  “Y fui aquí la no esperada”. “La nacida no deseada / tendrá que recordarlo siempre”.

No, la poeta no es nostálgica, a pesar de las carencias notables en ese pasado, y que deriva en su propia experiencia, eso sí, inmersa en su originalidad que, al afirmarse completamente, promete aseveraciones y ausencias, territorios y negligencias, pero también en la poesía que ella destila y la reafirma. De ahí que este puñado de poemas, que es un legado estricto y desatado que ella guarda en algún lugar secreto de su memoria, se convierte en el presente que ella muestra, desde lo oscuro de un ser que necesita destrozar sus tempestades, hasta la lucidez ya conquistada de su escritura.

Marta poetiza lo que habita en lo cotidiano, pero que no se ve, ausculta en los rincones más oscuros de su memoria para decirnos que fue apresada en el estío de sus miedos, y cómo padecía de los azotes, de sus reclamos y de esa dejadez de quien se empoza en los territorios sombríos y personales.  Pero ella, en lo que escribe, lo resalta a su manera, desde esas privaciones que la han enriquecido, y que la hacen tan diferente, y que la han convertido en ella misma, junto a sus textos que la habitan y la definen en su obra única en la que se concentra y que nos sorprende

Marta con Alikanusha ha asaltado los infiernos de su poesía.


viernes, 25 de febrero de 2022

LA “DESAPARICIÓN” DE PABLITO / Darío Ruiz Gómez

 



LA “DESAPARICIÓN” DE PABLITO

Darío Ruiz Gómez

 Uno de las metodologías preferidas por el terrorismo soviético involucró a un importante creador del arte moderno como Rodchenko  a quien se acusa de haber participado en  la  extinción de miles de condenados por el régimen pues bastaba con un finísimo retoque sobre la foto de carnet de un condenado para que éste, convertido en un extraño, desapareciera para siempre de la vida pública. Milán Kundera mostró lo que la manipulación de fotos supuso en el régimen comunista checo. La revista Semana tituló.”¿El Comandante Pablito está vivo o muerto?” “El Colombiano”: “Pablito se perdió y Colombia ni se enteró…” Esta misma información salió en “El Tiempo” y la recalcó Infobae. ¿Quién o quiénes podrían recordar que el sanguinario Pablito Comandante del ELN se llama Gustavo Aníbal Giraldo? ¿Pablito es el ladino personaje que nos mira de reojo en una foto? El abrumador informe de “Human Rights” sobre las tropelías del ELN en Arauca muestran a Pablito como la versión de un dictadorcillo dueño de vidas y bienes quien abanicándose en una hamaca dirige las operaciones de extracción de oro y de Coltán en las minas de la frontera de Colombia y Venezuela. ¿Cuántas veces lo he descrito yo mismo basándome en la documentación  de grandes periodistas venezolanos, de NTA24” Pero, recordemos en un país donde los llamados medios informan para desinformar: Pablito y el ELN, Márquez, Gentil Duarte juraron fidelidad al régimen de Maduro y por lo tanto al dejar de ser colombianos se convirtieron en mercenarios al servicio de un régimen que ha hecho del asesinato de sus contradictores un ejercicio cotidiano. O sea que Pablito es un invasor de un territorio consagrado por la soberanía colombiana y en esa medida un terrorista que debe ser juzgado bajo las leyes de la justicia penal internacional que hasta el momento  y  ante este consumado violador de derechos humanos ha guardado silencio tal como la justicia colombiana ha sido incapaz de configurar jurídicamente sus monstruosidades. En el caso de Klaus Barbie el llamado carnicero nazi de Lyon,  quien asesinó y torturó a miles de niños, de familias enteras ¿Llegó a ser considerado como un despiadado carnicero solamente después de que la justicia francesa lo condenara o ya había sido de antemano condenado por el juicio de las víctimas con nombre propio? Esto mismo ha sucedido con Ratko Mladic condenado por la Corte Internacional de la Haya por la matanza –entre otras- de 8.000 bosnios. Reclutamiento de menores, violencia sexual, sometimiento de la población bajo el terror, juicios y fusilamientos al capricho  o sea un verdadero  Compendio de brutalidades  contra la humanidad que Pablito ha venido cumpliendo con una pasmosa capacidad de sadismo, hechos comprobados ante los cuales  la justicia colombiana no puede declararse  en suspenso  para  su condena a la espera de que se le detenga y pase a ser juzgado  por una “justicia  transicional”  donde un hábil abogado  puede dejarlo en libertad.

Hay un momento preciso en que la justificación de crímenes de lesa humanidad cometidos y justificados bajo supuestos argumentos revolucionarios – lo repito- se extingue ante la Ley para ser considerados como crímenes comunes, la diferencia que es necesario que la JEP no olvide y que se da – repito- entre el supuesto altruismo de unos levantados en armas y la conversión de estos grupos y sus responsables en multinacionales del crimen. ¿No es entonces justa mi curiosidad de porqué a la vez y como si se hubieran puesto de acuerdo previamente los grandes medios colombianos de comunicación hayan dado a conocer este más que evidente fake news sobre la supuesta desaparición de Pablito “del radar de la justicia colombiana”? ¿No es llamativo que de nuevo los arzobispos de Monseñor Monsalve hayan salido a pedir una urgente mesa de conversaciones en Quibdó “con un representante de la Onu” y de los “grupos armados”? La guerra de las plataformas aparece en toda su capacidad de distorsionar los hechos, de convertir en invisible a un criminal para que escape impunemente sin castigo alguno. ¿Tenemos lectores de estos cambios de narrativas digitales en nuestra justicia? Pablito se está escondiendo a la vuelta de la esquina y está dejando a su paso cientos de cómplices de su inventada fuga.