Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali.
Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza.
neonadaismo@gmail.com
El pacto firmado en el
Palacio de Gobierno por todos los grupos políticos en contienda electoral reclama
por una “cultura política pacífica”. De salida se da en esta exigencia un más que enorme error de
concepción de lo que desde Aristóteles llamamos
política que no es otra cosa que el respeto mutuo a unas formas de
convivencia para una correcta interrelación social donde se respeta al
individuo(a) y lo que llamamos sociedad se establece con base a un consenso
establecido desde la libertad de cada uno o una, cumpliendo de este modo las
premisas para que se dé una sociedad
plural que tome la paz como un implícito de lo político y no como una receta farmacéutica al uso de
cualquier desprevenido(a) dirigente según
la ocasión. A ningún ciudadano(a) se le puede imponer el deber de ser pacífico
como, pintorescamente, lo suelen hacer en tono belicoso los llamados(as) “pacifistas”
ya que la paz política que no parta
previamente de un nuevo pacto social se convierte como lo ilustra nuestra
historia en un escabroso camino de
mentiras y de nuevas formas de violencia. Es aquello que Gregorio Morán les
recuerda a los histéricos (as) pacifistas
que protestan con la machacada consigna de “No a la guerra y sí a la Paz”;
que si quieren ser consecuentes con lo que dicen predicar deberían estar ahora en Ucrania en la primera línea de fuego exigiéndoles a los matones de Putin el cese inmediato de la guerra y el regreso a
la paz de la cual disfrutaba la sociedad
ucraniana. Naturalmente estos(as) activistas después de sus manifestaciones de
protesta volverán tranquilamente a casa sin que les llegue a quitar el sueño
las terribles imágenes de los desplazados, de los hospitales bombardeados. La
buena política es ante todo el triunfo de la razón – nunca dejemos de
recordarlo- sobre las perversidades de
los instintos primarios, la lógica que impide que de llegar a encontrarme -valga el ejemplo- en un
restaurante con un político corrupto que
continúa recurriendo a la violencia, sienta, instintivamente, el deseo de matarlo a nombre de la justicia
que exigen las víctimas, pero es la
razón la que me impide hacerlo confiando en que algún día la justicia verdadera
llegará a condenarlo. Gracias a este generoso compás de espera en la justicia es
que los ciudadanos(as) hacen posible que subsistan los llamados Partidos Políticos
o sea la Democracia llamada eufemísticamente representativa.
Por eso me llamó la atención
en ese Pacto lo de la “cultura política pacífica” que, naturalmente, sólo firmaron los Partidos Políticos tradicionales ya que invitar al “Pacto Histórico” a firmar y a comprometerse a cumplir esta ingenua
propuesta es como invitar a una cena de corderos a los más despiadada jauría de
lobos olvidando que quienes han
recurrido y siguen recurriendo a la violencia para
obtener una ventaja electoral nunca por
principios doctrinarios renunciarán a
ésta. Lo que debieron los Partido Democráticos es exigirles a los lobos
vestidos de cordero que la explícita y previa renuncia a todas las formas de
violencia debió ser no una cordial sugerencia sino una exigencia ineludible que
debieron cumplir antes de ser admitidos en nuestra democracia. Yo no puedo caer en la ingenuidad de darle al
enemigo lo que éste nunca me concedió ni me concederá. Y éste como sabemos ha sido un imperdonable error
de las llamadas democracias blandas que se paga muy caro.
Con una sorprendente energía
moral Josep Borrell ante el Parlamento Europeo acaba de condenar la invasión a Ucrania ordenada por un enfermo
mental como Putin y de calificar este despropósito militar contra un país
pacífico como una demostración del Mal ante el cual los valores del Humanismo
Occidental deben acudir en defensa de
una nación cuya aspiración de integrarse
a Europa no puede impedirse mediante un desproporcionado despliegue de violencia. Desde Catalina II la aspiración de incorporar Rusia a Europa de la mano de Diderot y Voltaire fue abrir a Rusia a las luces de la Razón y a
una sociedad moderna tal como lo ilustra la obra de Pushkin,Tolstoi,
de Dostoievski, de Chejov, de Gogol o de Berdiáyer –precisamente nacido en
Kiev- donde el gran pensamiento ruso pone de presente su condena del mal y la
ardiente afirmación de una aurora moral que supere el estigma del atraso social
y económico, la tentación al recurso de la violencia. Recuerdo vivamente las
discusiones que siguieron al llamado Tratado de Maastricht en 1992 cuando se
establecieron las bases de la Unión Europea. Habermas el gran pensador la
calificó como un simple convenio entre comerciantes ya que olvidaba que Europa
es ante todo la presencia espiritual del Humanismo. Legado necesario para seguir enfrentando las agresiones
del estalinismo puestas de presente en la represión de la rebeliones checas y
húngaras que volvieron a recordar a los países libres lo que suponía la Cortina
de Hierro y el intento de eliminar y borrar de la memoria de esas sociedades
esclavizadas por el comunismo, la presencia del pensamiento Occidental como un
pensamiento crítico liberador.
La inhumanidad del estalinismo
continúa presente en Colombia disfrazado
de eslóganes como ”La paz y no la
guerra” “Paz para Arauca y no al ejército” y que a través de FECODE y de ciertas
organizaciones de sindicalistas, intelectuales,
periodistas ha buscado coronar un
objetivo muy claro, borrar mediante el
asalto a la educación pública y la
difusión de mentiras a través de las plataformas rusas nuestro vínculo espiritual con la Europa del Humanismo
que hoy se ha levantado vigorosamente para responder a las locuras de
Putin. Cuando Borrell nos recuerda la directa responsabilidad de los gobiernos
europeos y sobre todo de la inteligencia, de las universidades en la condena de esta afrenta a los valores que definen nuestra
civilización, nos recuerda también la prioritaria necesidad de señalar al dictador y a su corte de mafiosos, a la burocracia militar
corrompida por su complicidad con esta agresión a Ucrania recordándoles que ya la Corte Penal de
Justicia Internacional los ha señalado como cómplices de esta masacre. ¿Vamos a
seguir ignorando el éxodo cruel de seis millones de desplazados por las FARC? ¿Vamos
a seguir diciéndonos que nunca vimos el desfilar silencioso de millones de
desplazados por el títere de Maduro? ¿Vamos a seguir ignorando que las
plataformas y los radares rusos instalados en las fronteras de Venezuela y que espían nuestras actividades
no existen y son un invento del
“uribismo”? Defender a Arauca, al
Caquetá, al Cauca, a Colombia de las garras del putinismo invasor es
simplemente una tarea de responsabilidad política ante una agresión que ya está
en marcha contando con la complicidad de ciertos medios de comunicación. Como
dice Borrell recordándonos el nacimiento de la Europa geopolítica: ”Las fuerzas
del mal, las fuerzas que pugnan por seguir usando la violencia física como una
forma de resolver los conflictos, siguen vivas”. A votar entonces contra esas
fuerzas del mal.
He visto y escuchado a
Francia Márquez la lideresa de las comunidades negras del Cauca y quien durante
la Pandemia había sido magnificada por algunos grupos feministas presentándola
como una voz nueva y necesaria. Durante la presentación de los candidatos del
llamado Pacto Histórico en Caracol TV convertido inesperadamente en un
sorpresivo y público desenmascaramiento de la mediocridad de este populismo, ella
al igual que la representante de las comunidades Wayú apareció con un vestido
del último Fashion étnico. Era la oportunidad lo admito esperada por mí para
ver cuáles era su pronunciamiento frente a la violencia de las Disidencias, del
ELN, del Clan del Golfo, del Clan de Sinaloa ya que Francia Márquez se había
trasladado con algunos de sus colaboradores a “las montañas libres del Cauca” - ¿Cuáles?- a
esperar que, valiéndose del “llamado estallido social” la Minga indígena y las fuerzas de choque de las Primeras Líneas,
el ELN y las Disidencias fueran abriendo el camino para la toma de Popayán y Cali estableciendo
de este modo nuevos “territorios
liberados” unido por el Sur por las guerrillas de Gentil Duarte. ¿Por qué
no se unieron los históricos macheteros negros del Cauca a esta “gesta” planteada
con todas las estrategias del nuevo terrorismo? Primero, recordemos, fue el “simbólico” corte de cabeza y derribo de los
monumentos de Belalcázar y el intento de
eliminar el mural del maestro Efraín Martínez como huellas de la “opresión
blanca”. Salud Hernández le hizo un
justo reclamo a Francia Márquez por su
silencio ante el asesinato a pocos
kilómetros de donde estaba, de una joven política liberal, su madre, su chofer
y el incendio del automóvil por parte de las Disidencias de las Farc. En este
panel y con la mantra de repetir y
repetir los mismos clichés volvió a
reclamar lo que para ella debe reconocerse de inmediato como territorios
de afrodescendientes – los indígenas ya los tienen en abundancia- como dueños únicos del suelo y del subsuelo,
gestores de su propia justicia, hablantes de su “propia lengua” y en lo poco
que pudo entendérsele dejó en claro para cualquier lector de la política actual que su movimiento responde no a unas
tradiciones tan diversas y plurales como las de los distintas comunidades históricas
negras en el Pacífico, en el Caribe, en Antioquia y Chocó sino al ideario del
Black Lived Matter y a ciertas feministas blancas.
La noción de Comunidad es
sustituida por la de dictadura de una etnia y esto conlleva –una vez más
recordemos a Sartori- a la eliminación de la tolerancia y de la pluralidad y a
que cada miembro de estas Comunidades deje de ser considerado como ciudadanas(os)
que se asimilan a los cambios que supone
el progreso económico, la inevitable irrupción de las otras sociedades para ser
convertidos en anónimos afrosdescendientes. ¿Por qué nunca se refiere a las
Disidencias de las Farc, al ELN, a los mexicanos, repito que están extinguiendo
a los grupos indígenas y negros en el Cauca? Esta izquierda populista recurre a
cualquier clase de mentiras y tergiversaciones de los hechos para eludir su
directa responsabilidad en el daño gravísimo que para la economía de los
campesinos y del país supuso el corte de carreteras, la negación a la libre
circulación de sus habitantes, el intento de acabar con las grandes granjas de
aves y frutas, para imponer su modelo agrario de regresar a la primitiva
agricultura del pan coger. Balcanización de los territorios bajo un fin
político totalitario y no extensión de la Comunidad en territorios compartidos.
PD Protestas de miles de obreros de la industria azucarera en Miranda Cauca por
la guachafita de las invasiones de tierra promovidas por la Minga y que los
están dejando sin trabajo y a sus familias sin comida. Destruir la institucionalidad,
el Estado de Derecho este es el objetivo de este populismo.
Cada lector debería relacionar su poesía, la de ella, sí la de Marta
Quiñonez, con su experiencia, esa experiencia, a veces amarga, a veces punzante
como ella misma lo afirma, nunca con un deslizamiento hacia el estallido verbal
o incluso a la simulación como catarsis, para poder escribir de una manera
urgente, y así escindirse como una escapatoria, como un atajo que conduce a un
camino lejos de su lucidez y escarnio. No, y ese no lo afirmo de una manera
rotunda, Marta en su poesía es ella misma en sus circunstancias, en el mérito
de crear esa voz que habla, nunca desde la lejanía sino en su obstinación,
precisamente en esos encuentros cuando ella se define no en la lectura agreste
con los demás sino cuando presentimos que aún está más cerca, y así, nunca ella puede evitar ese dolor del cual conjetura, sino que, aún más, no al
negarlo, se afirma en su presencia rotunda. De ahí que esa presencia es
plausible ya que en su trasiego podemos relacionarla en lo esencial que le corresponde
ya que, en sí, en su fuero personal, ha ido construyendo en cada libro su
propia visión de la existencia, y no solo eso, reafirmándose en su carácter y
en la dimensión de su obra. Por esa razón, al leerla, al hundirnos en sus
palabras, que es su escritura misma, su expresión más allá de su misma
experiencia, nos esclarece con cada poema lo que es ser poeta en estos tiempos
de baja poesía y muchas relaciones públicas, de muchas redes sociales y mucha palabrería
falsa, en esa falsedad que se adquiere como un fatal recurso extra poético que
se reacomoda en lo que nunca se podrá decir.
En Alikanusha de Marta
Quiñonez (Ateneo, 2022), su autora, relata en cincuenta poemas, eso sí no son sus
sombras a la manera de Jung sino su certeza, su ajuste de cuentas con su propio
pasado y su propio presente. Es más, creo que, a este libro, que es un
comienzo, o sea, una suerte de testamento de su agudeza verbal, le irá agregando
más textos a medida que prospera su existencia, o sea, se convertirá en un
libro abierto con un punto final a la deriva, donde notaremos no solo su
crecimiento y expiación, sino sus desasosiegos y las disquisiciones que llegan
cada año, con la sorpresa de su intuición. Así escoge y recoge, y mejor, siega esos
instantes que elige para ser impresos en su palabra. No sé por qué razón pienso
en Las espigadoras de MiIlet, a lo
mejor, puede ser porque ellas recogen las mejores espigas del verano.
En este sentido cada uno de estos poemas son su mejor cosecha, excepto
en Retroacción, que se constituye en
el destino de símbolos y signos que vendrá con sus páginas aún inescrutables: “un
alfabeto infinito / es la escalera por donde sube nuestro ánimo / hacia la
ventura de la soledad / vestigio mayor impreso en la piel”. Ha escrito, ventura
de la soledad, y esa soledad la veremos reaparecer de diferentes maneras a lo
largo de sus poemas, “Estoy sola en el parque / no tengo miedo / siento una
fuerza/ empujando mi pequeña espalda”. “Las desolaciones de la infancia /
comienzan a tener cuerpo dentro de mi cuerpo”. “Con mis palabras /
voy al campo y declamo poemas”. “Dios / bríndame tan solo / la compañía de las
palabras/ y no me abandones / en este valle fértil / de la soledad” “Soy la
descendencia de su soledad”.
A estos paisajes interiores, espaciados y únicos, que constituyen un
conjunto entrelazado se le suma el tema de la infancia donde trata de responder
a ciertas dudas, a ciertas inquietudes y preguntas sobre ella misma. Es decir, es
significativo el tema de la dificultad de hablar, del inconveniente que surge a
medida que se sumerge en su destino y es entonces cuando aparecen esas instancias
llenas de su quietud, esa quietud lejana que ella prefiere buscarla, reflexionarla,
auscultarla en ese impedimento de poder recoger lo destacable, pero lo
destacable es su meritoria necesidad de reafirmase en su expresión.
Su infancia se ha visto infectada y afectada por
no pocos sufrimientos, gracias al carácter impasible, lejano y arrogante de su
madre. De ahí que, al tratar de recordar esos detalles, han sido precisos más
de cuarenta y nueve años de experiencia para saber que nunca le perdonará a Bertha
ese carácter y le reclama: “Madre porque me has abandonado”. Margarita Duras
decía desde otra óptica: “Hasta el final, la madre seguirá siendo la más loca,
la más imprevisible de las personas que uno encuentra en toda una vida”, y, a
más de eso le agrego: el ser que más daño puede hacer en la vida. Y es que
detrás de ella, detrás de ese carácter fuerte e indivisible subyace el afecto
como dadora y portadora de seguridad. La madre reaparece con frecuencia y se
convierte en el tema que más trata de definir desde su continua pregunta:
“lloverá porque soy una niña triste / lloverá porque soy huérfana y tengo
madre”. “La casa parece un poco gigante / madre llora / y la más pequeña llora “.
” Un temblor en mi cuerpo lo anuncia /
madre vendrá a castigarme / me odia”. “Madre está enojada /
hay algo en mí que la enfurece”. “He abandonado la idea de madre / para siempre / algo en mí se duele”. “El rostro de la
madre / se dibuja en las estrellas /ella es eterna / es canto y es silbido de
serpiente / piedra contra la que choca mi cuerpo / y es aventado lejos”. “Canto
/ exorcizo las penas de mi madre / y a mi pena / la hago poema”. “Estoy serena
madre / soy bienaventurada / los sabios de tiempos remotos / hablan del dolor y
de la alegría / sabían del aislamiento entre la multitud”. Así a medida que nos
adentramos en el libro hay aproximaciones a ella, pero siempre regresa ese
reclamo como una impronta ineludible.
En su devenir hay tantas palabras infranqueables,
pero es en apariencia, lo afirmo porque
en ella se reiteran, pero son más que palabras, son decisiones de mantener a
flote esas impresiones que la arredran, dolor, tristeza, madre, que no se
convierten en discurso ni que agota su decir, ya que Marta no escribe contra sí
misma, cómo una extensión puramente verbal, sino que hace sitio de inmediato a algo
que habla y modela su rastro y erige su rostro tan efímero con el paso de los
años. De ahí que cada poema ha moldeado su carácter, cada poema es una posta de
llegada, pero al mismo tiempo de reflexión y también de fuga. De ahí que cada
uno de esos años se convierta en esa acción ineludible que ha ido formando su carácter
que da paso a ver ese rostro surcado por su devenir en ese tortuoso y largo
camino de ese trasiego ineluctable para definirse desde su evidencia que la
espera cada año cuando decida escribir esa suerte de testamento de su
experiencia, de esa summa de lejanías,
de emociones que solo ella imprime, a lo mejor, como catarsis o como un acto
vindicativo en todas sus acepciones.
Por esa razón sus escenarios de infancia, de juventud, de madurez dan la apariencia de
un espacio que se vacía con estos desalojos tan propios de quien escribe para
poderlos olvidar de una manera total con una acción que no será nada más que crear
ese otro vacío al manifestarlo. Sí, nada más sorprendente que sus paisajes tan caros:
la lluvia que huele a tormenta sobre el tejado, una granizada en medio del
tórrido sol, un río cristalino, desde la reja observa el interior de la casa
ajena, la casa blanca donde todo está quieto, la luz que se cuela por la
ventana, y, sobre todo, la mujer que se mira a sí misma, ya sea en los
cuadernos cuadriculados y escolares, y ahora en la etapa de la madurez reflexiona
sobre sus logros. Donde existen sitios, lugares reducidos, ceñidos y de ningún
modo excepcionales sino continuos y comunes dentro de esa cotidianidad que con
los años se vuelven representaciones de continentes perdidos. Así en su
inmensidad, pero en esta extraordinaria visión que otorgan las palabras, ya que
estas se someten y dan idea de lo que podría ser su profundidad y la relación
con sus paisajes perdidos que huyen cada año.
De tal manera algo
perdurable se ha abierto, y por ese pasadizo obtenemos esos instantes, esos
años, que, para siempre, en la inmovilidad de la escritura, otorgan sus silencios
nunca espectrales sino matizados de lo que nos dice, con esos decires
diferentes llenos de la premura y de su existencia. Es como si al leer cada uno
de sus años se revelarán sus paisajes cerca al vacío, con el recaudo de sus lejanías,
con esas distancias, pero que cada vez más, cada año más, se vuelven eternos a
medida que huyen y se deslíen con el tiempo y que al escribirlos se vuelven de
alguna forma visibles, y así da lugar al compromiso personal de acercarnos a
ella misma para alejarse de ese vacío que otorga la soledad que tantas veces
menciona, así como de lo taciturno de esos lugares y de esas edades que ha
habitado y, sobre todo, que reclama y produce un oasis en medio de la sacudida
y de sus pesadillas. Así nos dice. “Y las desolaciones de la infancia / comienzan a tener cuerpo dentro de mi cuerpo / se
hacen ojeras sombreadas sobre mi piel negra / algo me anuncia que beberé / la
tristeza destilada de este mundo”. De ahí que su escritura sea honesta, sin los
vestigios de malabares desudados, donde el equivalente esencial del silencio y
quizá de la invocación a la muerte, se visibilizan, y aun así no escapa a toda interpretación,
ya que al pasar por su cuerpo esa misma soledad, la muerte, la huida, la relación
con su madre, la indiferencia, el cumpleaños con su pesada losa, a veces se
reconcilian y se conjugan con sus destellos. Así, mediante su escritura, intenta
relegar esos instantes, pero, por el contrario, lo que ha quedado en esa
superficie de la memoria, en sus aristas que hieren, son esas ausencias siempre
indelebles, siempre de paso, siempre reapareciendo, y que la escritura nunca
anula, sino que las hace reverberar cada que abrimos este libro y seguimos las
líneas de sus poemas.
La
poeta, en este caso ella, al interpretar su realidad no la escamotea o se queda
en el lugar común de lo erótico como su realidad, no, ella se desplaza
vindicativa para retrotraer sus paisajes que son sus estremecimientos que no deja
escapar en su escritura. A ella le basta una palabra, un gesto, la desolada
infancia con su hilera de hermanos. A ella le ha bastado esa desazón para que
su escritura se ilumine en esa lejanía de paisajes perdidos allá en su pueblo,
Apartadó, pero ella se resiste a dejarlos que huyan, prefiere tenerlos presentes,
y de ahí su escritura que, a veces, parece ser su ajuste de cuentas. De ahí que
sea una escritora apresada en su singularidad, precisamente allí donde parece
no reivindicar ninguna lástima, comprensión, exigencia hacia el ser femenino
sino que lo encara, va de frente a reclamar, así sea a través de esas lejanías,
pero ella necesita expresarlo, como una suerte de catarsis ante la presencia
ominosa de ese ser, de esas personas y, sobre todo, de una persona, que desperdició
esas instancias, y no se dio cuenta de esa poesía que nos sorprendería con esa
caja de caudales que fue su hija.
Ella,
Marta, es la dueña de sus secretos, que
los expresa, no en claves sino en la diferencia que la caracteriza a través de
sus propias palabras, en la certeza de que al escribirlas no aboliría los
desechos, los retazos de su infancia que perduran, sino que sabe que hacen parte
de ella misma, que la han formado, que han trazado ese rostro que cada año se descarga
de un gesto, de una línea que la hacen definirse en su desazón a la cual responde
con dureza sin ser atrabiliaria. De ahí que sus poemas sean impetuosos o tenues, precisamente como síntesis
de su presencia, una presencia de la cual no es ineludible dejar de lado,
dejarla de leer, dejarla de pensar en su entramado de silencios y de desavenencias,
pero, sobre todo, de esos fulgores que en determinados momentos se encienden con
sus palabras.
De
ahí que lo que hay de diferente en ella, en su poesía, es su originalidad que
nos quema en sus enunciados y en sus incendios, No es cuestión de ser diferente
per se. Ella es testigo, la clave para entenderla en su cercanía, cuando la
encontramos por las calles de Medellín o en algún café y de inmediato uno sabe
que, en su originalidad, y en su escisión, en su risa que estalla o en sus
palabras Marta es ella misma. De ahí lo meritorio de sus poemas, su transparencia.
Se
trata de mucho más, de revelar, en la medida de lo posible, su identidad, a
partir de una alteridad posible al reivindicar sus diferentes rostros; esos que
cada año cambian a partir de saber que el espejo miente, y no puede inferir las
circunstancias por las cuales ella ha decidido escribir un poema en cada uno de sus cumpleaños. Labor desoladora por lo que empaña al hacerlo, ya que hay algo, una
persona, una experiencia que surca el rostro para lo llamado las edades de cada
uno. De ahí que Alikanusha sea ella misma en varias regiones junto a la inseguridad,
a la maleabilidad e infamia de su infancia, al dolor y la miseria del alejamiento,
pero también a la mujer ya en la ciudad que ha logrado un sueño, por supuesto debido
a su tozudez, a su talento. Es decir, su obra se ajusta con diversas aristas y con
una razón precisa, la indudable extrañeza. La cual obliga a que ella haga
visible, no la factura para producir
lo que podríamos decir una obra personalmente correcta, donde no sé qué o
quién, o nadie y menos se esconde y trama otras alternativas, ya que de una vez
se le infiere en sus nauseas, en sus paisajes, en los desalojos, pero también debido
a su escritura que avanza, que otras veces se repliega no por cobardía, sino para
estallar de nuevo y darnos esa luz que encandila, que nos enceguece momentáneamente
antes de seguir leyendo sus poemas. Cada uno de ellos irá surgiendo como una
revelación. De ahí que cada uno de sus libros siempre exprese la movilidad cuando
hay que sacar a luz al final del túnel lo que ha guardado durante tanto
tiempo.
Pero
precisamente es esa incandescencia la que esclarece, lejos del territorio
sagrado de las sombras esos secretos que excretan ese veneno de lo callado, de
lo que el silencio obliga a guardar con un trauma, con una pena, pero que luego
emerge con su transparencia para extraer sus poemas en medio de lo sombrío cuando
menos lo habíamos pensado. Eso sí teñida como una sigla escarlata en su pecho,
como la hija negada que pasa a través de la piel de cada uno de sus poemas. “Y fui aquí la no esperada”. “La nacida no
deseada / tendrá que recordarlo siempre”.
No,
la poeta no es nostálgica, a pesar de las carencias notables en ese pasado, y
que deriva en su propia experiencia, eso sí, inmersa en su originalidad que, al
afirmarse completamente, promete aseveraciones y ausencias, territorios y negligencias,
pero también en la poesía que ella destila y la reafirma. De ahí que este puñado de
poemas, que es un legado estricto y desatado que ella guarda en algún lugar
secreto de su memoria, se convierte en el presente que ella muestra, desde lo
oscuro de un ser que necesita destrozar sus tempestades, hasta la lucidez ya
conquistada de su escritura.
Marta
poetiza lo que habita en lo cotidiano, pero que no se ve, ausculta en los
rincones más oscuros de su memoria para decirnos que fue apresada en el estío
de sus miedos, y cómo padecía de los azotes, de sus reclamos y de esa dejadez de
quien se empoza en los territorios sombríos y personales. Pero ella, en lo que escribe, lo
resalta a su manera, desde esas privaciones que la han enriquecido, y que la hacen
tan diferente, y que la han convertido en ella misma, junto a sus textos que la
habitan y la definen en su obra única en la que se concentra y que nos sorprende
Marta con Alikanusha ha asaltado
los infiernos de su poesía.
Uno de las metodologías preferidas por el terrorismo soviético involucró a un importante creador del arte moderno como
Rodchenko a quien se acusa de haber
participado en la extinción de miles de condenados por el
régimen pues bastaba con un finísimo retoque sobre la foto de carnet de un condenado para que éste, convertido en un extraño, desapareciera
para siempre de la vida pública. Milán Kundera
mostró lo que la manipulación de fotos supuso en el régimen comunista checo. La
revista Semana tituló.”¿El Comandante Pablito está vivo o muerto?” “El
Colombiano”: “Pablito se perdió y Colombia ni se enteró…” Esta misma
información salió en “El Tiempo” y la recalcó Infobae. ¿Quién o quiénes podrían
recordar que el sanguinario Pablito Comandante del ELN se llama Gustavo Aníbal
Giraldo? ¿Pablito es el ladino personaje que nos mira de reojo en una foto? El
abrumador informe de “Human Rights” sobre las tropelías del ELN en Arauca muestran a Pablito como la versión de un dictadorcillo dueño de vidas y bienes quien abanicándose en
una hamaca dirige las operaciones de extracción de oro y de Coltán en las minas
de la frontera de Colombia y Venezuela. ¿Cuántas veces lo he descrito yo mismo
basándome en la documentación de grandes
periodistas venezolanos, de NTA24” Pero, recordemos en un país donde los
llamados medios informan para desinformar: Pablito y el ELN, Márquez, Gentil
Duarte juraron fidelidad al régimen de Maduro y por lo tanto al dejar de ser
colombianos se convirtieron en mercenarios al servicio de un régimen que ha
hecho del asesinato de sus contradictores un ejercicio cotidiano. O sea que Pablito es un invasor de un
territorio consagrado por la soberanía colombiana y en esa medida un terrorista
que debe ser juzgado bajo las leyes de la justicia penal internacional que
hasta el momento y ante este consumado violador de derechos humanos ha guardado
silencio tal como la justicia colombiana
ha sido incapaz de configurar jurídicamente sus monstruosidades. En el caso de Klaus Barbie el llamado carnicero nazi de Lyon, quien asesinó y torturó a miles de niños, de
familias enteras ¿Llegó a ser considerado como un despiadado carnicero
solamente después de que la justicia francesa lo condenara o ya había sido de antemano condenado por el juicio de las
víctimas con nombre propio? Esto mismo ha sucedido con Ratko Mladic condenado
por la Corte Internacional de la Haya por la matanza –entre otras- de 8.000 bosnios.
Reclutamiento de menores, violencia sexual, sometimiento de la población bajo
el terror, juicios y fusilamientos al capricho o sea un verdadero Compendio de brutalidades contra la humanidad que Pablito ha venido
cumpliendo con una pasmosa capacidad de sadismo, hechos comprobados ante los
cuales la justicia colombiana no puede declararse en suspenso para su
condena a la espera de que se le detenga y pase a ser juzgado por una “justicia transicional”
donde un hábil abogado puede
dejarlo en libertad.
Hay un momento preciso en
que la justificación de crímenes de lesa humanidad cometidos y justificados
bajo supuestos argumentos revolucionarios – lo repito- se extingue ante la Ley para ser considerados
como crímenes comunes, la diferencia que
es necesario que la JEP no olvide y que
se da – repito- entre el supuesto
altruismo de unos levantados en armas y la conversión de estos grupos y sus
responsables en multinacionales del crimen. ¿No es entonces justa mi curiosidad
de porqué a la vez y como si se hubieran puesto de acuerdo previamente los
grandes medios colombianos de comunicación hayan dado a conocer este más que evidente fake news
sobre la supuesta desaparición de Pablito “del radar de la justicia colombiana”?
¿No es llamativo que de nuevo los arzobispos de Monseñor Monsalve hayan salido
a pedir una urgente mesa de
conversaciones en Quibdó “con un representante de la Onu” y de los “grupos armados”? La guerra de las
plataformas aparece en toda su capacidad de distorsionar los hechos, de convertir en invisible a un criminal para que
escape impunemente sin castigo alguno. ¿Tenemos lectores de estos cambios de
narrativas digitales en nuestra justicia? Pablito se está escondiendo a la
vuelta de la esquina y está dejando a su paso cientos de cómplices de su inventada fuga.