lunes, 13 de abril de 2020

El Café Rojo y Adriana Hernández



Adriana Hernández (Babel)

El Café Rojo y Adriana Hernández
Víctor Bustamante

En esta casa construida y estrenada en 1958 vivió José Pablo Toro V., con su esposa Margot Mejía y con sus hijos Clarita, Juan Luis y Pablo. Él ha sido poco mencionado por lo que se denomina, bajo perfil, ya que él no se destaca en las fotografías ni ceremonias sobre la industria antioqueña. Sin embargo, fue accionista de la Naviera, de la Fábrica Nacional de Chocolates y de Zenú. Julio Silva Colmenares, aquel que nos abrumó con uno de sus libros, Los verdaderos dueños del país, señala como José Pablo Toro, ha pertenecido a las directivas de dos empresas por más de 30 años, como si no se diera en cuenta que un accionista debe cuidar su inversión. También José Pablo Toro, en compañía de otros industriales antioqueños, embistió a la dictadura de Rojas Pinilla hasta hacerla caer, y, por tal razón, fue llamado uno de los conjurados en Soldados sin coraza, historia de una revolución, Abelardo Londoño Marín, y Flavio Correa Restrepo, apelando al verso de Núñez que impuso su himno con este verso nunca memorable, “Soldados sin coraza ganaron la victoria”. Por supuesto, estos industriales no tenían coraza, pero detrás de sus escritorios se confabularon para darle al traste con Rojas Pinilla que había prometido: “Paz, justicia y libertad para todos los colombianos", y terminó prohibiendo y censurando periódicos mientras se enriquecía, corrupto pertinaz, de una manera total desde su blasón de Teniente general, sentado en el mullido solio de dictador. José Pablo, también fue ganadero quizá para venderle a su propia empresa, Zenú, su ganado como buen paisa socarrón y negociante. Su padre era dueño de la finca Pascalma donde se construyó el Hotel Intercontinental. Muchos años más tarde el político liberal César Pérez García fue propietario de esta casa.

En esta parte de la calle Maracaibo siempre tan tranquila, antes alejada del bullicio descubre su historia debido a Álvaro Mejía, que revela su permanencia en esta vecindad desde hace sesenta años. Debido a él descubrimos una presencia que no está en los libros. Ya que enseguida de esta casa, subiendo por la misma acera, a la derecha, vivió el industrial Octavio Echavarría y, además, esta calle otorga tanta presencia de otro Medellín perdido en las crónicas personales dan la significación de un lugar que nos perteneció, La Boa, y cerca de ella la casa de Eduardo Uribe Escobar. Sitios de los cuales ya hablaremos en otro lugar.

Siempre que salíamos con algunos amigos de La Boa rumbo al Parque del Periodista o a los confines de La Playa, al pasar por esta casa, siempre había un aura de silencio. Pocas veces la vi abierta en la noche, pero enseguida, en la otra casa si había una taberna y, además, por épocas de votación era preciso ver el gentío, y no era para menos, ya que era parte de un directorio liberal agenciado por Cesar Pérez García.

Adriana y el pintor Juan Uribe (Café Rojo)

El frente de esta casa, donde ahora el Café Rojo posee sus instalaciones, es el más diferente de todos en esta cuadra, ya que su diseño rompe con el concepto de estilos arquitectónicos. Para la fachada que es el rostro de la casa se han combinado materiales que no poseen aún ninguna de las mansiones cercanas como el mármol amarillo que, dispuesto en tablillas horizontales, le otorgan un contraste a la tercera parte de esta fachada con ventanas de aluminio y celosías, así como otro material que son los mosaicos que han sido cubiertos con pintura. Luego, la piedra bogotana de color verde incrustada en la fachada, se apodera de la otra tercera parte, en el primer piso a la entrada, así como del balcón con baranda de hierro. En total hay cuatro ventanas. Las del primer piso con rejas, que permiten la regulación de la luz. En la 
entrada, una suerte de vestíbulo, que servía de garaje, presenta una reja de hierro y una puerta lateral en artesonado de madera, que conduce al interior de una sala donde la voluta de unas escalas con pasamanos también de madera sobre una reja elaborada en hierro, último resquicio de una arquitectura republicana, que conduce al segundo piso.

Luego de esta sala sigue una suerte de living. De su primer cuarto, al lado izquierdo, hay una entrada a otro salón, otra puerta que conduce a una suerte de patio amplio que traslada hacia la parte trasera, por lo cual debemos pasar un puente que supera un estanque que, cuando estaba lleno le daba esa sensación de estar cerca a la cercanía del agua para darle ese toque mágico a la vida. El puente de madera, de una manera rotunda le proporcionan a este espacio la movilidad necesaria para ir hacia un patio más amplio, lo que sería un solar, donde queda la piscina, acaso la única que había en estas casas y que es la continuación del baño de inmersión de las casas de principios de siglo.


Luisa Vergara


En este espacio, amplio y fresco, se destaca la piscina donde seguro la familia disfrutó de ese contacto y de ese alejamiento en una ciudad aún serena en la época de los años 60. Esta piscina luego fue cubierta con un piso de madera que la despoja de su dignidad, a lo mejor, para aprovechar el espacio y situar ahí una suerte de proscenio para la lectura de poesía y para los encuentros literarios que se realizaron. Es cierto, cada generación, casi siempre sin historia le da un uso diferente y lo adecúa de acuerdo a sus necesidades.

Esta es la huella de su arquitecto, del cual aún no sabemos su nombre, pero sí de su rastro no en la nieve pero sí por la calle Maracaibo, con sus ideas sobre una disposición de la amplitud de los espacios: zaguán con un puente de madera y atrás, ya no el solar, sino un patio para el rito de la piscina, una piscina ondulada con su baño de azulejos, como antesala, para entrar al espejo de agua en los días de esos veranos perdidos, que le daba ese aislamiento necesario a sus habitantes para sentirte en una casa total, su casa, como símbolo del aislamiento sino de la conciencia del lujo como norma de vida.

Junto a la piscina aún hay una parcela de tierra con jardines que le dan ese toque de lo que fue un solar como huella que poco a poco desaparecerá de las casas, como el último vínculo con las anteriores concepciones de arquitectura. Si caminamos al frente del jardín, hay una puerta que conduce a la cocina como eje y contacto de la casa hacia donde confluyen los actos de rutina no solo hacia el comedor, a un costado, y al aire libre sino con las otras conexiones del primer piso hacia a entrada. Hay, además, un bar elaborado en madera, un rinconcito muy paisa, muy de fiesta taimada, donde se destaca una foto de Gardel y otra de Rafael Escalona para matizar el jolgorio y los eventos y conversaciones non sanctas, alrededor de la piscina.

Su segundo piso, en el interior, posee un suelo en madera, que al caminar da un toque muy chic, como diría el poeta Amílkar U, “tan tibia las maderas de los suelos hoy temprano en la mañana”. Hay una biblioteca donde seguro su dueño la pasó largo rato haciendo cálculos para la valoración de sus acciones y negocios y, a lo mejor, luego utilizada por sus hijos para el estudio. También hay un balcón al interior que servía para mirar el zaguán y por ese corredor la entrada a los dormitorios, así como un tercer piso que también servía de dormitorio en la parte de atrás, para la servidumbre.

No sabemos nada del uso del interior de esta casa, magnifica amplia y sosegada. Nada sabemos de las fiestas que ocurrieron cuando su dueño siempre a la sombra, y en discreción total, recibía a sus amigos, realizaba reuniones de su familia. Sorprende la disposición de los espacios, la luminosidad que se cuela, así como el silencio que reinaba en esta casa, para cinco personas que poco se veían.

Pero esa historia del interior de la casa se ha perdido cuando sus dueños y habitantes decidieron irse hacia otro barrio casi siempre El Poblado, en esa diáspora constante, y en venderla debido a que el espacio interior es inmenso, y el uso del suelo va cambiando lo que condujo a usos diferentes del inicial.

En la actualidad, en el primer piso de la casa, hay varios almacenes. En el segundo piso, el eje central en la biblioteca de su nueva inquilina con computadores y sus libros. En la parte de la piscina el Café Rojo, al aire libre, ya habilitado con la piscina cubierta, donde tantas veces hemos entrado a la invitación de algún almuerzo con los enemigos de la carne, digo de la carne animal, o casi siempre a las lecturas en las noches, donde siempre fui la mayoría de veces a compartir la presentación de alguna revista, a la lectura de poesía del Festival Alternativo, pero también al ejercicio de unas buenas charlas sobre literatura y ciudad donde se da todo tipo de reuniones esenciales.



En el Café Rojo (Babel)

Aquí en esta casa hemos presenciado la lectura de algunas ediciones de la revista,
La musa sonámbula, con Gustavo Zuluaga ejerciendo como un buda barbado y desaliñado, risueño y lenguilargo, imprudente como solo él sabe hacerlo, al lado de Mario Sánchez, poeta pausado e inteligente matizado de esa bondad tan presente. Una de esas noches con la edición total de la revista, esperamos la llegada de Harold Alvarado Tenorio que venía para una lectura, pero el poeta que llamaba luego de una hora de espera insistía en que se encontraba parqueado en La Pintada debido a problemas en la carretera, luego supimos que el poeta no había ni salido de su escondite en Cali, su casa, atestada de libros y de esa voz crítica tan necesaria en el país de las letras tan amañado, áulico y ojeroso. Alvarado, aficionado a Sábados felices y al Súper agente 86 nos había hecho esperar, pero más tarde sí vino a la presentación de otro número de la misma revista, de la Musa sonámbula y también a unas lecturas del Festival Alternativo de Poesía dedicado a esa gran poeta Olga Elena Mattei. El presentador, quien abría la entrevista era el mismo Gustavo Zuluaga, indeciso entre Mattei y Alvarado, y a cuál de los dos preguntarles algo con su imprudencia, lengua viperina dicen, hasta que le sacó la piedra al poeta al preguntarle e insistirle hasta el desespero por un comentario sobre Uribe o referir que me pagaban valiosas sumas de dinero para criticar al municipio por el abandono del patrimonio.

A veces Adriana Hernández, la nueva inquilina de ese lugar y creadora del Café Rojo, declama poesías ya clásicas del repertorio de ese parnaso que aun habita en muchos colombianos.  A ella siempre le ha gustado declamar, para esa labor se viste de una manera elegante con vestidos de fiesta, amplios y vaporosos, y se dispone a decir su poesía con una concentración muy personal, en un acto de tanta presencia como si su lectura fuera un rito, ese rito que merece la poesía ya en su dicción , ya en su habla, en su presencia, en su voz en estos días cuando hay tanta poesía y tantos lectores que han olvidado que declamar es un arte ahora olvidado por la bacanería y relegan la presentación de la voz a una simple lectura. No, Adriana le da un valor, un concepto muy denodado a su manera de decirnos las poesías que la embargan, en lo que podríamos llamar, todo un evento litúrgico, donde ella pausada, a veces inmersa en sus silencios que irrumpe con esa voz que le da la palabra, a la poesía, el tono crucial que nos transporta al tiempo del habla, de la declaración del habla con corazón. También han programado charlas dirigidas por Mario Sánchez, una de ellas inolvidable en memoria del poeta, de Porfirio Barba Jacob del poeta con mayúsculas, digo. Era una noche muy porfiriana por cierto y después de una conversación, uno de los habitués, dijo en voz alta y con un fervor algo inusual, una de las cartas de Porfirio que se sabía de memoria.

Este lugar, el Café Rojo, es símbolo de la resistencia para que estos espacios no sean carcomidos por el avatar constante de los paisas que no solo destruyen el paisaje citadino, sino que continuamente perseveran en su mentalidad de comerciantes a como de lugar y, a lo mejor, de estas casas al cambiar su uso llevados por la rentabilidad la conviertan en taberna, motel, venta de pollos, parqueadero, con esa destreza de los señores de ahora sin escrúpulos para dañar una casa como estas. Todo un espacio ganado para la cultura.

Además, es el único lugar un oasis en esta parte del Centro para entrar y aprovechar ese encuentro con tono bajo de música para poder conversar y compartir. Últimamente han ocurrido eventos desusados en este lugar, debido a visitas inesperadas de parte de personas del municipio que han llegado con sus motivos al cierre del Café Rojo, lo cual causa extrañeza, si precisamente la ciudad necesita de estos espacios culturales para el establecimiento de la civilidad y de la socialización de encuentros, de certezas. Fue tanta la fuerza y la contundencia para mantener este lugar cerrado que uno piensa, por qué razón estos mismos entes municipales no acuden a tantos sitios donde se expende droga o licor adulterado y los cierran con la misma decisión, ya que estos sí que le causan mal a las personas y a la comunidad. No sabemos qué trama existirá con esta durísima imposición al Café Rojo, uno de los lugares que más necesita protección en la ciudad, en una calle como, Maracaibo, donde solo se ven venir parqueaderos que destruyen la arquitectura y las casas patrimoniales, o se convierten en moteles, en sitios para expendedores de confites alucinógenos de muchos colores y nada que se investiga y previene, eso sí para practicarles unas normas contundentes.

El municipio de Medellín, que solo da una visión de la cultura de la ciudad, como espectáculo, muchas veces enfocado a lo que se percibe como una decisión para el turismo, es decir para el taimado viajero que viene y se va, no puede desdeñar las otras presencias, las otras actividades que provienen de una ciudad que necesita preservar estas instituciones. Además, no sabemos si la flamante oficina de la gerencia del Centro ya conoce de este caso, y si ya ha dispuesto algún oficio para que el Centro no continúe desbocado a su misma destrucción que se mira de reojo.

Actividades en el Café Rojo ( El Café Rojo)

LA PANDEMIA Y LA VERDAD ÚLTIMA / Darío Ruiz Gómez


LA PANDEMIA Y LA VERDAD ÚLTIMA
Darío Ruiz Gómez

La muerte está en el aire e invisible nos cerca llenándonos de terror y el terror desarma la razón y nos sume en el infierno que somos nosotros mismos al  ponernos de frente a lo  vergonzoso  que  habíamos  ocultado: nuestra falta de compasión, nuestro  desolado  egoísmo, nuestras “explicaciones  racionales”  y nuestra displicencia  ética.  Las fábricas de analgésicos para el dolor, las pastillas para rehuir los zarpazos de la soledad a través de la promesa de una insulsa felicidad, la muerte de las ilusiones en estas realidades virtuales donde nos han instalado para hacernos  ciegos y sordos ante la suerte del  prójimo. Pero lo que nunca llegamos a esperar ha explotado en medio de nuestra bonhomía colocándonos ante las postrimerías de juicio e infierno que ningún ser humano puede eludir.  A esta situación Scruton la llamó “demandas de la moral”.  La industria de la falsedad informativa ha recurrido a un método muy eficaz para engañarnos al encubrir el sufrimiento humano como mera información periodística. Disfrazar estas ofensas recurriendo a consideraciones abstractas ha sido el sofisma de distracción para que al desaparecer los valores morales estos sean sustituidos o por el pragmatismo de las nuevas economías o por el amargo simulacro de un mesianismo populista empeñado en negar al individuo en sus derechos,  convirtiendo lo plural en multicultural, instrumentalizando   lo religioso al matar  lo sagrado. He aquí el resultado de la destrucción sistemática de la educación a lo largo de décadas y por parte de quienes no han sido transmisores de conocimientos, de perplejidades sino difusores agresivos de ideas  totalitarias. ¿Tienen derecho los ignorados (as) a tomar la palabra en las Universidades, en los Sindicatos para no ser humillados (as)?  El inesperado  distanciamiento   que  con respecto a  lo que ha constituido  un  continuo atropello   de vejaciones  a nuestra  civilidad,  hoy  nos  brinda   la  pausa  propiciada   por  la pandemia,  creo que  debe  convertirse  en demostración  de  madurez  política  en lo que  respecta  a la destrucción de nuestro patrimonio moral a nombre de una falsa paz,  sometiendo   mediante  el necesario  cuestionamiento  que no hemos logrado hacer,  mareados  como estábamos  por el vértigo  de tanta desinformación, para  lograr hacer un  juicio  implacable  a  hechos  que conciernen a nuestra vida personal  y social  y  que un ser ofendido  nunca  debe olvidar ni perdonar. ¿Qué dirá ahora el caricaturesco Magistrado de la JEP que “fundamentó” la inocencia de un criminal como Santrich,  absolución que  de inmediato  fue ratificada  por el Consejo de Estado y la Corte Suprema de Justicia para que el narcotraficante  orondamente  se fugara? ¿Cómo responderá nuestra justicia cuaternaria a las preguntas que ya le están  haciendo  la justicia de 22 países y de la Fiscalía norteamericana?

El espacio  de preguntas  abierto  por  el  coronavirus  permite  a los colombianos  el lograr sopesar  con  fundamentada indignación  la aberración  jurídica  de  una  patraña  que  es la radiografía  misma de cierto  país   oficial,  sacado a flote por  esta dolorosa situación de  pandemia   frente a  la cual  la  ciudadanía  ha sabido responder  estableciendo   profundos  lazos  de esa solidaridad  que la corrupción política había tratado de desconocer y que la llamada Oposición  paradójicamente  a ignorado a pesar de haber tenido  la gran oportunidad  de mostrarse como una Organización  supuestamente  comprometida  con la suerte de  las gentes;  instrumentando   a cambio otra “política de la amenaza”  que, para suerte  ha dejado  al descubierto  ante la opinión pública su incapacidad  de  humanizar su credo político pero igualmente   la ilegitimidad ética de cada uno de sus dirigentes  perseguidos desde ahora pero por su turbio pasado   recurriendo como siempre no al debate sino a la difamación, al escándalo  mediático, a la policía del lenguaje. Olvidando que toda crisis es siempre indicadora de que retóricas, costumbres  políticas como las instrumentadas por su delirante oportunismo ya se han  desacreditado suficientemente  ante los ojos del mundo.   

LOS ANCIANOS Y LAS ANCIANAS Y EL EGOÍSMO SOCIAL / Darío Ruiz Gómez



LOS ANCIANOS Y LAS ANCIANAS Y EL EGOÍSMO SOCIAL
Darío Ruiz Gómez

“En un tiempo lejano”  así  comenzaban  los relatos  donde palabra, ficción y moral se fundían  y   que  el desamparado  ser humano  sacaba de su imaginación  respondiendo a la crueldad  de la  naturaleza   cuando  la tribu debía  acudir  a los más viejos para escuchar relatos llenos de  sabiduría  pues  sabían, sobre todo los más jóvenes, que estas parábolas  habían brotado del fondo de  las  respuestas a la adversidad  mediante las figuras  que ante la muerte  elevan las metáforas sagradas de  la oración, metáforas  que  se convertirán en herencia  viva para quienes inician  sus retos de vida.  Hay en la senectud de los grandes pensadores (as)  y creadores (as) un punto de intangible magnanimidad  solamente explicable por la visión de quienes convocando la belleza lograrían hacernos comprender que trascender la condición humana  únicamente  puede  hacerse  pidiendo  lo imposible, ver  el rostro de Dios, a quien – San Juan de la Cruz- nunca veremos sin embargo. Ya que como nos recuerda Norbert Elias, sabio maravilloso,  inevitablemente tendremos que abocar  lo que él llama la  soledad de los moribundos. ¿En qué momento  entonces los ancianos comienzan a ser excluidos de  las sociedades?  En el momento en que dejan de producir económicamente y deben dar paso a la fuerza productiva que se supone  incorporarán las nuevas generaciones  ¿Y el saber y  el conocimiento acumulados  en la experiencia de los adultos? La palabra jubilación pragmáticamente indica el aparente reconocimiento del derecho a un descanso después de largos años de trabajo en una empresa pero la pregunta es inevitable. ¿Se jubila el talento creador en un hombre o mujer a los cincuenta y cinco años? Baumam acaba de morir a los 91 años. ¿La clase obrera se limitó  a hacer un trabajo robótico o puede plantear con su experiencia un nuevo campo de trabajo para la economía de un país agobiado por el mal uso de las tecnologías en manos de bisoños? ¿De un trabajo alienante no se puede acceder a la libertad positiva de un trabajo liberador? Un ser humano, hombre o mujer que desapareció en la tarea mecánica de la burocracia no puede ser reconocido(a) en sus aportes a la jardinería, a  la cocina, a la ingeniería o la medicina? Claudio Magris  a propósito de Italo Svevo, el autor de “Senilitá” nos recuerda  que  hoy  los  verdaderos rebeldes son los ancianos(as)  ya que al  no tener  nada que perder pueden desafiar cualquier norma establecida por un régimen social para el cual es más importante una economía abstracta que sus vidas. De manera que cuando ante el Coronavirus tanto en España  como  Cataluña se ha elegido   prioritariamente dar  atención médica  a quienes  aún tienen “esperanza de vida”  o sea  a los jóvenes,  abiertamente se excluirá  a los  ancianos y ancianas que mueren -1165 en cinco días en Madrid-  en la soledad de las Residencias donde sus cadáveres deben permanecer en sus camas a veces durante varios días.  Escoger entre la economía o la vida es una supuesta aporía  al uso de mediocres  opinadores  que se valen siempre de frases de moda  para posar de profundos: la economía de los economistas es la de las ganancias  y no las de una nueva racionalidad que logre equilibrar el trabajo con el medio ambiente porque está la economía necesaria de los empresarios del gran capital pero también están las economías  agrícolas  campesinas, la economía manufacturera donde las clasificaciones por edad no existen. 

Un mecánico, un artesano, una modista, un campesino agricultor o pescador nunca se jubilan tal como lo estamos comprobando con la pandemia. Clasificar a los mayores de 70 años bajo el estremecedor rótulo de “sobrevivientes” tal como lo acaba de hacer la Oficina del Coronavirus,  a mis 83 años ¿Me ha irritado  por su burdeza o me ha llevado a confesarme a mí mismo que verdaderamente como decía Picasso para ser joven se necesita de muchos años? ¿Será incluida en el Plan de Desarrollo la necesidad del ocio para que el pensamiento nos libere? Una cosa es trabajar  y otra estar ocupado.

miércoles, 8 de abril de 2020

El Palacio Egipcio / Medellín: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico 82

Foto: Luisa Vergara

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El Palacio Egipcio / Medellín: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico 82

Víctor Bustamante

Desde lejos llama la atención la torre lotiforme que le da una arquitectura tan diferente a toda la imperante en la ciudad. Allí en lo alto Fernando Estrada había determinado su centro de operaciones visuales, el primer observatorio astronómico de Medellín, con un telescopio para mirar los astros, y, a lo mejor, hacia el valle mismo y por qué no a las otras estrellas que superan a los astros, las vecinas acercadas por la lente.

Luego de viajar por segunda vez a Egipto en 1912, Fernando Estrada compra un lote de 962 varas cuadradas a Carlos E. Rodríguez en 1928 y, después de algunos años, se terminó el Palacio Egipcio. Luego de sus viajes, ya venía con la decisión de que su casa fuera algo exótico. Además, luego de sus estudios de optometría en Alemania y en Estados Unidos, Fernando Estrada Estrada fundaría en Medellín la Óptica Santa Lucia, que aún pervive desde 1917. Su residencia, a la cual le daría un nombre esencial, Inemi, princesa hereditaria de noble familia aún existe casi intacta, con esa inscripción grabada en lo alto de la torre donde Estrada se subía a mirar a las estrellas.

Cartografía: Luisa Vergara
Desde afuera, desde la calle, el rojo del granito se desvanece a un rosado mate, más bien grisáceo, debido al paso de los años y a la intemperie que poco a poco de una manera lenta y letal carcome no solo su entrada sino la altivez de esa torre que termina en loto. No en vano, en sus comienzos, este lugar era llamado la Casa de la Torre ya que fulgía a la distancia, entre las otras edificaciones, en este paisaje, como una miniatura que provenía de tierras exóticas. Una de las curiosidades que causa este inmueble, desde el momento de su inauguración, así como después cuando fue relegado se debe a ese asombro que causa la civilización de los egipcios que no solo erigieron pirámides, con todas las interpretaciones que ha tenido, que llegan y seguirán llegando, sino lugares fastuosos en Tebas. Pero no solo en esas macizas pirámides donde se han examinado con toda la tecnología posible, buscando cámaras secretas, el oficio y el destino mismo de las pirámides como alineadas a los astros, sino los sitios aledaños donde se encuentra con frecuencia las afamadas momias con sus rituales de despedida, con su preparación para el viaje al más allá y a ese libro exhaustivo, extraño, profundamente religioso, el Libro de los muertos de los egipcios, aunados a la diáspora desde otras épocas dirigidos por Moisés y, sobre , a ese busto coloreado que proviene desde lejos, de Nefertiti. Incluso una replica, una copia fue llevada muchos años después del Palacio Egipcio al Museo de Zea. Nefertiti que debió ser bella al máximo junto a esa reina díscola, voluptuosa y amada por Marco Antonio, Cleopatra.  Pero Egipto subsiste, sobre todo, por esa diversidad de enigmas que reaparecen con la asunción de los jeroglíficos, al miraros en Karnak y en Luxor. Así como en la paredes y antros funerarios. Eso sí sin dejar de lado nada menos que la Esfinge, monumento que ha sido referenciado por los griegos, y aun, subyuga a Freud y a su séquito, así como por los aficionados a los Ovnis que explican el origen de las pirámides de una manera fácil y frágil sin saber de sus honduras.


Foto: Babel

En una fotografía se ve a Fernando Estrada acompañado por otro viajero, ambos en camello, mientras un guía toma las riendas del que corresponde a Estrada.  Además, hay otro egipcio, a lo mejor servidumbre del guía, montado en burro que los acompaña. Detrás de ellos se ve la mítica Esfinge y las pirámides. En otra fotografía el mismo Estrada, marca y establece, su afición hacia lo llamado exótico, se ve como un beduino. A lo mejor provenía de un carnaval ya disfrazado no solo para alguna comparsa sino para la fotografía con el atuendo, túnica a rayas, turbante de color oscuro, ni que fuera un tuareg. Sobre su pecho exhibe un estuche con las cachas de dos pistolas, y prosigue con sus manos aferradas a una espada, para expresar su valor, al menos visualmente. Pero al mirarla bien, la foto es de estudio y él se ve tan sereno y tranquilo en esa actitud, que contrasta con lo que aparenta ser, un guerrero. A lo mejor, como estaba cercano el descubrimiento por Howard Carter, patrocinado por Lord Carnarvon, del tesoro de Tutankamón, Estrada se había aficionado a esa civilización, ya que a nivel mundial ofrecía todo tipo de conjeturas. Y además la egiptología se encontraba en esas primeras décadas del siglo XIX en su punto máximo.

Tal vez ahora, desde la acera de enfrente, donde fotografiamos el Palacio Egipcio, se situó en 1932 Nel Rodríguez para mirar la obra acabada, perfecta, a pesar de las intromisiones de Estrada, ya que en la revista Progreso # 44 de mayo 23 del 1929, se observa un diseño diferente con una deidad egipcia en ébano con forma de perro, nada menos que Anubis, que da la bienvenida, y un saliente de cinco columnas con diseños papiriforme con remate cerrado a las que luego se cambiaría sus remates, en el capitel, y ya serían siete, campaniformes, es decir, la flor de papiro abierta. También, a lo mejor, lo ha acompañado Horacio Franco ingeniero y los dos decoradores: Bernardo Vieco encargado de los símbolos, pictogramas y jeroglíficos, y Ramón Elías Betancur que le colaboraba. Fernando Estrada, por haber tenido la idea y el conocimiento de los egipcios, pudo haber intervenido en su construcción, porque los clientes deben de tener la razón aun sea en parte. En la revista Progreso, figuran: Nel Rodríguez como encargado de la perspectiva, arquitecto Fernando Estrada Estrada y como constructor HM Rodríguez. Puede ser que algo soberbio, con la soberbia del millonario, Estrada haya deseado que como había viajado a Egipto, él poseía la visión de esos lugares de faraones y desiertos, y él se haya autoproclamado como el arquitecto y, por esa razón, a partir de fotografías o grabados traídos del exterior, Nel haya dibujado la perspectiva, pero con los años desaparece el arquitecto Estrada y Nel figura como su diseñador.

Fernando Estrada Estrada

En la revista Progreso aparece en la carátula, en color rosado, con su nombre original, Ineni, residencia particular, más tarde la denominarían la Casa de la Torre y más adelante, hasta hoy, el Palacio Egipcio. En la revista hay un artículo de HM Rodríguez, “Cuna de la arquitectura, el Arte Egipcio”, dedicado al Dr. Fernando Estrada Estrada. Horacio Marino que había colaborado en otras revistas literarias, da su versión, claro que una versión tomada de los libros, donde dilucida sobre el arte egipcio y da ejemplos de cómo construirlo, a partir de lo encontrado en Tebas y en particular en Karnak, Luxor, Medinet Habón y Edfou. El templo de Armón en Karnak, añade, es el más conservado debido a la disposición de sus columnas, y salas hipóstilas y patios rodeados de columnas. En este texto teórico y escarchado de historia y de arquitectura. Lo que describía Horacio Marino era nada menos que explicar lo que sería la construcción de la casa y, además, basado en el templo de Amón. Aquí, en este texto Horacio Marino da el motivo y la importancia de la solidez de las columnas egipcias como soporte a esas construcciones que necesitaban muchos conocimientos matemáticos.

Nel Rodríguez, arquitecto.

Ahora, aun desde la acera de enfrente, se destaca la torre mayor acanalada de cuatro caras con cuatro pilares que remata en lo alto con una despampanante flor de loto cerrada, donde ya no se distingue el observatorio astronómico con su domo de lata oxidado. Ya, antes, en su acera, junto a la reja de hierro a la entrada elaborada con siluetas abierta de flores de papiros, una burda cadena con candado desmiente la elegancia de la casa. Sobrecoge el mal estado del piso como bienvenida, junto a las escalas que empiezan a cariarse, así como la altivez de las siete columnas campaniformes, donde se ha deteriorado y perdido desde su fuste en forma de bulbo, en algunas de ellas, la capa de cemento que cubría con un jeroglífico las bases. Estas siete columnas sostienen un el arquitrabe donde en sus caras exteriores e interiores lucen jeroglíficos. Hay una palmera sembrada en una base. La balaustrada donde alguna vez se sentaron sus dueños a mirar hacia las calles, enseña el deterioro de muchos de sus balaustres, como si nadie se hubiera percatado de ellos o acatáramos el consejo de Ruskin, a los edificios hay que dejarlos envejecer sin intervenirlos.

H.M. Rodríguez, constructor.

Al entrar, en el dintel, de cada una de las cuatro puertas de entrada enseñan entre, un bosque de flores de papiros y bulbos de lotos, la figura de un halcón con las alas abiertas y sobre su pecho un sol rojo que simboliza la protección a lugares y templos. Ya en el interior impresionan las columnas con bases de color café y, en sus bordes, inscripciones de jeroglíficos, así como las hojas de diferente gradación del verde y una línea café que dan la apariencia que desde sus bulbos salen las columnas con un fuste fasciculado que luego terminarán en forma papiriforme, sosteniendo en esa suerte de capitel los mismos colores distribuidos, que sostienen ábacos con jeroglíficos y estos a su vez un arquitrabe también con inscripciones egipcias que sostienen el celo azul del techo. De tal manera la distribución de estas columnas interiores da la presencia de vivir, de morar en un bosque exótico, debido a esa profusión de columnas que forman salas hipóstilas y patio, paisaje único en la ciudad, como si después de tanto tiempo aun fuera posible respirar, mirar, caminar, deambular por el mismo paisaje inicial que vieron y disfrutaron sus dueños. Eso sí al mirar arriba del patio vemos lo desusado, unas tejas plásticas, tan vulgares que de inmediato nos sacan de nuestra ensoñación.

Bernardo Vieco, escultor

Aquí en esa salvedad del tráfago citadino, del paso inexorable, burlesco del tiempo que derrota la creatividad humana, aún es posible decantar que este sitio fue magnifico, a pesar de la bienvenida tan anormal, digo, por el edificio que se deteriora, pero en su interior, aun advertimos su pasado esplendor cuando se reunían de una manera secreta, atendidos por Fernando Estrada sus amigos masónicos, que seguro también observaron los otros jeroglíficos en las paredes, intentando abordar su significación.

En algunos cuartos donde no sé ni de qué manera vivieron catorce hijos del matrimonio Estrada, existen varios dibujos y pinturas que por el tono, a veces erótico, da la impresión de que el doctor Estrada fuera una persona muy libre y, a lo mejor, por ese erotismo tan palpable dio motivo para que el cura de la Metropolitana, mientras su mujer, Soledad de manto, muy sola, asistía a misa y él predicara el Evangelio y hablara mal del Palacio Egipcio no solo por ser masónico su dueño sino por estos dibujos eróticos, como si fuera poco recomendaba a su feligresía que pasara por la acera de enfrente sin mirar hacia esa casa. Para colmo de mi mala interpretación más tarde supe que eran dibujos y pinturas de Camilo Isaza, pintor antioqueño, elaborados en los años 80 cuando existió allí una taberna con salas cubiertas de salacidad para los visitantes; lo cual los sacaba de la arquitectura egipcia para llevarlos al erotismo local atribuido a Cleopatra.

Ramón Elías Betancur, escultor.

Sigo y completo algunos personajes descritos en la investigación de Mario Arango sobre la masonería: “La logia Iris de Aburrá, fue instalada el 6 de septiembre de 1941 y su personería jurídica fue reconocida por la Gobernación de Antioquia el 15 de noviembre de 1943, tuvo inicialmente las siguientes dignidades: Venerable Maestro Pedro A. Gallego T., Abogado; Primer Vigilante Oscar Sadder, comerciante; Segundo Vigilante Miguel Villa Uribe, periodista y dramaturgo autor de Clínica Mater Escritor y dramaturgo. Autor de los dramas: La honda de David, Clínica master, y Clase media. Y El libro de la Industria Colombiana. Orador, Benedicto Uribe Upegui, abogado, autor de: Reglamentación de la abogacía en Colombia, 1929. Ritmos perdidos, Laurel y armiño, poesía. Autor de la letra de las canciones: Alma de una flor y Tálamo de rosas. Después del otoño, novela.; Secretario, Mauricio Daza Ovalle, abogado; Tesorero, Aureliano Restrepo, médico, político y decano de la Universidad de Antioquia; además, hicieron parte de ella: Dionisio Echeverri Ferrer, ingeniero de minas nacido en Quibdó e Intendente del Chocó; Eduardo Uribe Vargas, comerciante; Jorge Morales Isaza, comerciante; Emilio Cárdenas, comerciante de materiales de construcción y minerales; Jorge Restrepo; Roberto Uribe Muñoz ingeniero civil; Rafael Plata Z; Fernando Estrada Estrada, optómetra, grado 33”.

A esta Logia, Iris del Aburrá, a pertenecía el barítono italiano Roberto Ughetti, Jorge Isaza de Cine Colombia, y desde el comienzo Fernando Morales. Y vuelvo a ella por una razón de peso ya que ese día el 24 de junio cuando celebraban el Día de San Juan Bautista, su patrono, fecha esencial de la masonería, se mató Gardel. Roberto Ughetti le relataría al periodista argentino Jorge Sturla en 1971, como las autoridades eclesiásticas no querían darle sepultura, ya que Gardel era masón. De tal manera el párroco de la Metropolitana, Enrique Uribe, proporcionó su casa de La Playa, entre Junín y el Puente Baltazar Ochoa, para la velación. El padre Enrique Uribe había estudiado en Roma y llegaría a ser profesor de latín e historia en la Universidad de Antioquia, escribiría una biografía sobre el general Braulio Henao. El sepelio empezó alrededor de las 10 de la mañana del martes 25 de junio. Antes de salir de la casa, los masones realizaron una vehemente actividad sobre el ataúd de Gardel, lo rodearon formando una cadena humana y procedieron a dar unos golpes sobre la tapa, luego se inició la marcha hacia la iglesia de la Candelaria.

Foto: Babel

Subí, subimos las escalas hacia el segundo piso de lo que fue una suntuosa mansión, ahora en el ámbito de la pérdida de significado. El segundo piso es una terraza que asemeja un desierto por la probidad, solo hay una construcción que parece un monumento visto en Karnak. Hace unos años operaba aquí un grupo de teatro y de moda que combinaba fiestas y todo tipo de reuniones sociales, pero al subir uno de los teatreros y ver numerosos huesos diseminados en su interior se decidió a contar a alguien, como creía que eran asesinatos rituales en la época de la masonería, y al llegar casi una investigación judicial, el lugar, el palacio fue reclamado por sus dueños. La realidad era otra, Fernando Estrada poseía sus palomares ese recinto oscuro, la única pieza. Y después de muerto su dueño, cuando su familia decidió abandonar y vender el lugar, las palomas siguieron yendo a su palomar, pero ya bajo otras condiciones, el abandono. Nadie se había percatado de que las palomas blancas indican el renacimiento del ser, según el simbolismo de los masones.

 A Estrada Estrada, desde el Palacio Egipcio, le encantaba ostentar a la caída de la tarde, sobre las solariegas calles de Prado la música para que flotara una de sus composiciones preferidas, la ópera Pagliacci de Ruggero Leoncavallo, en la voz de Enrico Caruso. La cual trata de la llegada de una troupe de actores en sus carromatos a un poblado y de la posterior tristeza del payaso, Canio, que ha sido traicionado por su mujer Nedda. La poderosa voz de Caruso no conmovía a los habitantes de Prado. Sus oídos querían una música más suave, no esa voz poderosa que partía las tardes apacibles de Medellín de la cual no entendían la tormenta de esos amores lejanos.

Foto: Babel

En alguna ocasión llegó a Medellín una comisión de egiptólogos a dar sus conferencias y terminaron visitando el Palacio Egipcio, nombre extravagante en el interior del trópico montañero. Poco entendieron las inscripciones egipcias, por una razón, Fernando Estrada como se creía un faraón en su palacio, en Inemi, también había ideado algunos jeroglíficos que estos expertos no entendieron ni con la ayuda de un manual de Champollion. O sea, el mismo Fernando Estrada se llevó sus secretos no a la tumba de Tutankamón sino a la propia.

Pero hay algo cierto, el polvo del tiempo pasa y arrastra todo, memorias, vidas, libros, búsquedas, utopías y aquí al frente del Palacio Egipcio que aún continúa siendo un enigma, uno de los enigmas escondidos de la ciudad y que todos ven desde lejos o lo han oído mencionar como una de las casas que más ha sido fotografiada, sigue ahí en nuestra exaltación camino al aniquilamiento, ya que a pesar de ser patrimonio nacional no ha podido ocurrir una manera de que se le recobre. Carpinterías, salones de moda, restaurantes árabes, lugar para conciertos de rock, sala para teatro y otras más, pero nada que el palacio recobra su unidad y su presencia. Y, sobre todo, su esplendor.

No sobra decir que el Palacio Egipcio figura como patrimonio de la ciudad, situado en la Carrera 47 59-54, con Resolución 123 de 1991, de la Dirección de Planeación.

martes, 31 de marzo de 2020

Gustavo Adolfo Montoya, Fragmentos de Porfirio

Gustavo Adolfo Montoya, (Babel, 2020)
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Gustavo Adolfo Montoya, Fragmentos de Porfirio

Víctor Bustamante

Hay tanta vehemencia en su actuación, tanto apropiarse del papel que encarna, que se confunde con el personaje mismo; le da vida, lo hace suyo, le da su matiz y, tanta perseverancia, que uno termina diciéndose que es el mismo personaje retrotraído, representado, apropiado a la manera de Gustavo Montoya, que en el fondo ha terminado en confundirse con el poeta. Y eso lo digo al advertir solo un personaje que he visto representado en su actuación, a Porfirio digo, a Porfirio Barba Jacob insisto, a nuestro poeta con mayúsculas, lacerado, pendenciero, sableador, torcido y mundano, que ha convivido con nosotros desde siempre. O sea, aquel poeta donde se inscribe toda la poesía del mundo, aquel poeta donde se confunde vida y poesía, aquel poeta cuya vida es su obra misma, para utilizar ese lugar común, manoseado muchas veces. Pero que en Porfirio es certeza y norma de vida.

Pero volvamos a Gustavo, que es una de las voces del teatro en la ciudad, pero no cualquiera de las voces, sino una voz muy personal, que ha permanecido casi furtivo, y me refiero a ese ocultamiento por el silencio sobre él, ya en sus actuaciones, en la manija que entrega cuando se desborda, en un desbordamiento preciso y precioso, cuando Porfirio se apodera de él en esa simbiosis de la representación misma entre el actor y el poeta. Así, el actor al encarnar al poeta es el poeta mismo, es su reencarnación. La voz de Gustavo es la voz del poeta. Nunca hemos averiguado en nuestra insolencia como era la voz del poeta, como eran sus ademanes. He buscado alguna grabación con su voz, con su imagen, pero nada que llega. A lo mejor se ha perdido, pero tengo la certeza de que algún día la escucharemos. Gustavo nos lleva a la ficción de saber que ese es Porfirio, un Porfirio hecho, sangre, carnadura misma a la medida y con la talla de él.

Gustavo posee una voz portentosa que no se quiebra, una voz recia, indicada para leer, para decir, para culminar con el habla y volverla a decir de una manera tan recia que Porfirio se impregna de él, de su habla, de sus gestos. Así es Porfirio en un día cotidiano, en la actuación nunca vedada que Gustavo le entrega al poeta. Y es que Gustavo reclama con su voz, nos añade desde lo profundo de su ser mismo que el poeta con sus palabras, con sus certezas, reclama que la poesía debe poseer nervio, nunca la casualidad de un puñado de versos decorativos con lo que no debe estar impregnada, matizada, apropiada del ser mismo. Es decir, del poeta que lo ha dejado todo, que ha abandonado la tesitura del solipsismo de pandereta para inmiscuirse en sí mismo. Por eso para Porfirio cada palabra para poder escribirla la ha vivido, la ha sentido. Cada una de esas palabras han atravesado su cuerpo, como una saeta, nunca piadosa como en las pinturas de San Sebastián.  No, cada palabra lo ha partido, no lo ha cesado, otra vez lo ha traspasado. Cada una de esas palabras, en síntesis, nos ha fulminado. De ahí que Porfirio al revivir en Gustavo nos de la talla del poeta no solo enigmático, sino profundo, que en su interior no solo haya brasas personales aun humeantes sino que hay lo más profundo, un ser que habla, y donde su   valerosa voz matizada de sí mismo, de un yo que el poeta nunca osa esconder, o posar de maldito para refrescar a los poetas de oficina, a los dolores impostados de algunos que se dicen modernos cuando no han sido atravesados ni mordidos ni calcinados por la llama de la poesía.

Porfirio es otro, Porfirio está en el límite, se explaya en el límite, en la osadía de la palabra que de nuevo nos fulmina. De ahí que cuando necesitamos leerlo es para decirnos que cuando escribamos debemos de huir de lo banal, de la torpeza de la representación misma de nosotros mismos, cuando hay fatuidad y rebajamos la palabra para cromar un verso como parte de la bisutería personal, sin recordar que escribir de esa manera las palabras pierden su significación. De ahí que ser poeta es tan difícil, de ahí que ser poeta no es un refrito, sino una confesión. De ahí que la mayoría de la poesía, son versitos turbios que pasan bajo el puente de la vida con sus palabras sin sangre, sin vida sin nervios. De ahí que ser poeta es uno de los estigmas de quien posee para sí los estigmas de sus palabras que deben fulminar; de lo contrario seremos vanos estetas aplazando el ser poético.

Esta tarde de enero ha llegado Gustavo Montoya al Parque de Bolívar, convertido en ágora poética, a pesar de los arreglos realizados debido al despilfarro por el ingenuo y pasado alcalde, vendedor de humo patrimonial. Porfirio, perdón Gustavo, viste camisa blanca de boleros en la solapa. Sus mangas cerradas hasta el puño, abombadas en sus codos. Pantalón negro, zapatos negros. En estos dos colores el poeta que no salió de este par de tonos, ni en sus momentos de fulgor ni en sus momentos de desesperanza. Porfirio infiel se mantuvo en su postura fiel, eso sí, a sus imposturas. Un bufan da, tenía que ser roja, tiene, tenía que ser roja completa su atuendo y le sirve de punto de equilibrio, al actor, ya que le da esa elegancia momentánea antes y durante el rito de su llegada, debería decir de su aparición cuando Gustavo se apropia de él y se reencarna en Porfirio, solo en Porfirio como él saber hacerlo. Nadie más en el país de las salas concertadas, sino Gustavo que es Porfirio mismo en toda su estatura como actor.

Dice el poeta, Gustavo en este caso, que actúa y siente, las brasas transitorias, “Mi país teatral es un país tejido donde dejamos atrás las máscaras, el hielo y la cobardía y nos damos la mano en la oscuridad”. Nada más cierto, nada más premonitorio y actual, el verdadero theatrum mundi es el que oficiamos cada día en el lapso del tiempo que convivimos con los demás, ahí poseemos máscaras de diversa índole, máscaras arrebatadas, a veces, llenas de furia para avasallar al otro, máscaras apacibles para el disimulo o máscaras cargadas de intereses personales para sobreaguar por encima de los demás. De ahí que el actor y poeta al mencionar las palabras máscaras, hielo y cobardía, significa que, en esas palabras, en ese tríptico de la representación, cada una de esas puntas afiladas hieran con su cobardía, por su fatuidad, por escamotear al ser. De ahí que cuando apela a mencionar la palabra, oscuridad, no ceje en empañarse en decirnos que ahí vivimos, que estamos confeccionados de esa misma sustancia. Y es, en esa oscuridad misma, donde el actor se muestra como es, el actor es en sí mismo, no fragua un personaje, el personaje se ha apoderado de él, para enseñarnos, decirnos, y llevarnos al territorio donde la oscuridad es el terreno baldío que habitamos sin tiempo y con mucha desesperanza y en la mezquindad de la vida que corre, y se transfigura, que huye a cada lado, y muy cerca de nosotros.

Gustavo no tiembla cuando actúa, pero sí hace temblar al espectador que sospecha como el actor da todo de sí mismo cuando sale a las tablas, a escena. Cuando sale ahora al parque como un vórtice y partido por el rayo que no cesa de sus palabras. Provoca, hiere, arroja lava volcánica porque él es un volcán mismo cuando actúa y desgaja de su papel. La actuación, su actuación, no lo sobrelleva, la actuación es un máximo acto creativo donde él flota sobre sí mismo, ángel exterminador, y con sus gestos y su palabra trasgrede, hiere con la espada de su voz y nos sacude en nuestra comodidad.

Klaus Kinski, Bernardo Ángel, Victorio Gassman y Gustavo Montoya son la palabra hecha carne misma. Es la presencia de la voz, pero no la voz populi que uniforma y llama a la entelequia de un dios en el último peldaño, sino hecho personaje, no verbo ni sustantivo, es la palabra que debe sonar alto para cautivar, para llamar la atención, para no perder su poder de convocatoria en este tiempo en que la palabra se haya disuelta en los viejos y perpetuos modales de la cortesía y en lo banal de los discursos desde la vitrina de la televisión con las alocuciones de la mentira y de la vanidad. No, en él, en Gustavo, la palabra es el rictus mismo que fluye por el río del tiempo hacia el espectador que cautivado en ellos, Porfirio y Gustavo, sale de la obra y sabe que es imposible escapar a la llenura de sus propias confesiones, ya que un actor lo ha abofeteado para que salga de la miseria de lo común y sus pretendidas fuerzas inferiores que no significan sino masacre interior a la banalidad confundida como poesía. Nunca antes habían existido tantos discursos, tanta palabrería, nunca antes también debimos asilarnos en las palabras de un poeta que lo dijo todo en tono mayor. Y que Gustavo no deja que desvanezca.

Cómo no referirme a él, a Gustavo, cómo callar en estos tiempos de uniformidad, y del silencio más soberbio y atroz, cómo no decirle del asombro que me causa verlo actuar, por su entereza, por su entrega. Cómo no tener en cuenta su definición de teatro en esta oscuridad que habita, y habitamos, y que él nombra no como un adorno o un capricho sino con esa verdad que lo inmola, que nos inmola, cada que lo escuchamos en su periplo, porque lo es, y así sospechamos que se haya embrujado en la actuación que lo  ha poseído, y él, sabedor de esa reencarnación y virtud, nos habla, no solo con sus palabras, con sus gestos, con el portento de su voz, sino en la escena misma de lo cotidiano, en su talento que llama, en su talante que nos sobrecoge.