domingo, 8 de marzo de 2026

María Juliana Arias, Autorretratos.

 

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Autorretratos de María Juliana Arias 

/ Víctor Bustamante /

 

En los autorretratos de María Juliana Arias se percibe que las escenas provienen, directa o indirectamente, de episodios de su propia vida. No se trata de una autobiografía literal, sino de un conjunto de imágenes donde su experiencia personal se transforma en materia simbólica. En síntesis, lo que surge es un universo íntimo en el que se detectan las preocupaciones esenciales de una mujer que atraviesa el umbral entre la adolescencia y la juventud.

En ese tránsito vital se advierte un gesto significativo: los testamentos heredados —aquellos discursos, valores o imaginarios provenientes de generaciones anteriores— parecen perder peso o, al menos, no ocupar el centro de su mirada. En lugar de reproducirlos, Arias construye un territorio propio. Su pintura se levanta como un espacio donde formula su propio lenguaje y su propia sensibilidad, un territorio que se alimenta de experiencias y de elementos aparentemente dispersos: sus lecturas, ciertas exploraciones perceptivas como las asociadas a los hongos, la estética de los videojuegos, los momentos de fumar en soledad, y sobre todo el impulso irreprimible de pintar aquello que emerge de sus inquietudes estéticas.

De este modo, su pintura se convierte en una forma de indagación. No es un simple ejercicio formal ni un repertorio de imágenes decorativas, sino un procedimiento para interrogar su existencia. Cada cuadro parece una tentativa de acercamiento a sí misma, como si la artista pretendiera descifrar, a través del color y de la figura, aquello que la atraviesa interiormente.

Tal vez esta orientación se explique por una especie de intuición. El mundo que le ha tocado habitar es, en muchos sentidos, distinto del que contemplaron o experimentaron quienes la precedieron. Se trata de una realidad fragmentaria, saturada de estímulos, atravesada por nuevas sensibilidades culturales y tecnológicas. En ese contexto, el legado de las generaciones anteriores no aparece como una guía confiable. Más bien parece un horizonte distante, a veces irrelevante.

Por ello, en sus imágenes no se impone un universo dominado por figuras adultas o por estructuras simbólicas heredadas. En su lugar emergen otras presencias: atmósferas, gestos, escenas cotidianas, donde ella como personaje central se sitúa en un estado de búsqueda o de suspensión. Son instancias del mundo que la rodea —fragmentos de experiencia, sensaciones, visiones— a las cuales ella decide aproximarse con curiosidad y con una mirada profundamente personal.

En ese proceso, Arias va construyendo una perspectiva propia. No se limita a describir lo que ve; más bien transforma lo que la rodea en una experiencia estética. Es posible que esa insistencia en la exploración interior tenga que ver con una cierta percepción crítica del mundo exterior. El entorno social que la circunda puede parecerle, en ocasiones, injusto, confuso o incluso inicuo. Frente a ello, la artista parece optar por una vía distinta: en lugar de aceptar pasivamente ese orden, dirige su mirada hacia su propio interior.

Allí, en ese territorio tan íntimo, se encuentra un campo fructífero para la exploración. La pintura se convierte entonces en un espacio de resistencia silenciosa, veras, y al mismo tiempo en un laboratorio de autoconocimiento. Cada imagen es una tentativa por comprender sus propias circunstancias, para dar forma a las emociones, intuiciones y preguntas que surgen de su experiencia.

Así, el universo pictórico de María Juliana Arias no sólo revela una sensibilidad individual, sino también el gesto de una generación que busca construir su propio lenguaje frente a un mundo heredado que ya no parece ofrecer respuestas suficientes.

En uno de sus paisajes, ella da la espalda al espectador. Su cabello, largo y suelto, cae como una cascada negra que cubre la transparencia de su desnudez. Frente a ella se abre un cielo nocturno donde no sólo brillan estrellas: allí gravita, como en una constelación íntima, todo aquello que compone su vida. Frente a ella las luces flotan, hay una paleta de colores y un pincel, un aparato de play, un cigarrillo aun intacto, un libro abierto. También traspasan ese firmamento un murciélago y un pez, una cruz, un corazón rojo atravesado por una calavera, otras calaveras en gris que giran lentamente, un hongo solitario, otra cruz repetida como un eco, y una letra griega suspendida en el vacío: el signo de Géminis, pues cuando ese signo se nombra parece descomponer y multiplicar cualquier certeza. Es decir, cada objeto es un rastro de su biografía, un signo de su memoria y de su deseo.

Ella ha llegado allí hace apenas un instante. Lo delatan las huellas frescas que deja al caminar sobre una franja de colores que se derrama como un arcoíris —tal vez el arcoíris de la diversidad— cuyos reflejos reaparecen en las esquinas superiores del paisaje. Sí, está desnuda y sola frente al universo. Pero no es una soledad vacía: es la soledad de quien contempla el orden secreto de su propio mundo. Ese universo donde giran los símbolos que forman su riqueza espiritual, su intuición, su manera de estar viva.

La noche ocupa el cuadro, iluminada por estrellas pequeñas y lejanas. Parecen desafiar a quien las mire, como si cada una dijera que siempre habrá más misterio del que la mirada puede abarcar. La mujer, absorta, las observa, las atisba con la paciencia de quien sabe que, en el fondo, también a ella la están mirando desde la lejanía como si fuera una star secreta, soñada, que observa el universo.

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En otro de sus lienzos aparece una muchacha de frente, sumergida en una atmósfera azul. Lleva capul, como salida de la estética gótica, y sus ojos —grandes, abiertos— parecen contener una perplejidad luminosa ante el mundo que se despliega frente a ella. Hay en su mirada una mezcla de asombro y vigilia, como si descubriera la noche.

Un vestido negro de fiesta abraza su figura y le concede una elegancia casi ritual. En torno a ella se abre una oscuridad sembrada de estrellas rojas y círculos suspendidos, signos que flotan como pensamientos o constelaciones. Y detrás, una luna callada vigila la escena, insinuando que pertenece a esa región profunda donde el alma atraviesa su propia noche.

 

Sin embargo, algo ha cambiado. Ya no es la desnudez solitaria frente al universo de la pintura anterior. Aquí la muchacha parece bañada por luces azuladas, como si el resplandor interior de una discoteca se mezclara con la gravedad de la noche. La oscuridad no es solo abismo: también es escenario, pulso, latido.

Y en medio de ese paisaje de sombras vibrantes, sus labios rojos arden como una pequeña llama. Son el centro secreto de la imagen, el punto donde la vida insiste. Allí, en ese rojo encendido, parece concentrarse su presencia: una plenitud silenciosa que resiste y brilla en la noche.

Ella, la autora, lo señala: “Ella es la prueba de que incluso en la oscuridad puede existir algo deslumbrante. tiene una belleza que no se esfuerza, una elegancia que no necesita anunciarse y un magnetismo silencioso que la vuelve irresistible. Suave, intensa y magnética … así camina esta mujer creada entre sombras y brillo”.

Ella también necesita explicarse ese yo que la habita y la mantiene intacta y diversa. Al pintarse en ese estilo gótico —como si fuera un espejo transformándose— su fisonomía cambia, se vuelve más intensa, más nocturna. Es otra y, sin embargo, en esencia es la misma.

La joven aparece con capul, alta y esbelta, vestida con un traje lila que parece absorber la penumbra. Sus ojos vivaces arden con lucidez, como si miraran más allá del tiempo inmediato. Frente a ella se encuentra otra figura: una niña que la acompaña, presencia delicada que parece surgir de su propia memoria.

La muchacha gótica la observa como si contemplara a su doble. Esa niña —también vestida de morado— es su propio reflejo detenido en otra edad, en otro instante del ser. Entre ambas circula una mirada de reconocimiento y de asombro.

La perplejidad de la niña es profunda: descubre que ella misma, al crecer, se ha transformado en otra. Pero esa otra no es extraña; es apenas una dimensión distinta de sí misma, un paso más en el camino del tiempo. Lo que la inquieta no es la distancia, sino la revelación: esa mujer que la mira con serenidad es su futuro, su plenitud posible. Así, en ese silencioso diálogo de miradas, la niña comienza a comprender que dejar de ser niña no es perderse, sino abrirse a una forma más vasta de la existencia.

Y todo ocurre bajo un mismo ámbito secreto: la noche mágica y estrellada que envuelve ambos cuadros. Una noche profunda, casi cósmica, que sirve de trasfondo y de puente, como si el universo mismo custodiara ese encuentro entre lo que fuimos y lo que llegaremos a ser.

La autora muy reflexiva anota: “Dentro de estas pinceladas me retraté en dos tiempos: la mujer que soy, envuelta en la oscuridad gótica que me define, y la niña que aún habita en mí, luminosa, curiosa y sincera. Esa niña interior es quien guía mis pasos, quien toma las decisiones y me recuerda que, aunque crezca, nunca debo dejar de escucharla”.

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En otro de sus cuadros vuelve a aparecer la misma muchacha, pero ya transformada por el tiempo. Hay en ella una madurez serena, una belleza que parece haber alcanzado su plenitud. Sus labios, grandes y rojos, insinúan una sonrisa leve, como si guardaran un secreto. Sin embargo, sus ojos —apenas velados por algunos hilos de su cabello— dejan entrever una tristeza delicada, una sombra que la atraviesa.

A su lado se alza una figura inesperada: un esqueleto. Su presencia no es brutal ni aterradora; más bien parece un compañero silencioso, como si ella supiera que la muerte camina siempre cerca, discreta y paciente.

El fondo del cuadro estalla en colores psicodélicos, como un torbellino de sensaciones y pensamientos. Y en medio de ese universo vibrante, el esqueleto llama la atención: inclina su osamenta hacia la joven como si quisiera consolarla. Pero no es un esqueleto solemne. Lleva pequeños cuernos, torcidos y maltrechos, como los de un demonio cansado de su propia travesura.

Así, la muerte se vuelve casi una figura irónica, una caricatura tierna y absurda. Parece un esqueleto enamorado, una presencia que oscila entre la burla y la fidelidad imposible. No es solo la muerte: es también el amante inconcluso, el amor obstinado que persiste cuando ya no queda carne ni sangre. En esa escena late una sonrisa secreta, una ironía antigua. Como si el cuadro recordara, con eco barroco, la risa aguda de Quevedo, ese gesto burlón que desafía al destino mientras murmura:

«Déjame en paz, amor tirano,

déjame en paz.»

Y así, entre la belleza de la mujer, el esqueleto enamorado y la danza delirante del color, el cuadro parece decir que la vida, el amor y la muerte no son enemigos, sino actores de una misma comedia profunda: una farsa luminosa donde, al final, reímos de nosotros mismos.

En este cuadro la mujer alcanza una instancia distinta de sí misma, una totalidad donde lo erótico deja de ser insinuación para convertirse en presencia. Está desnuda, pero su desnudez no es fragilidad: es afirmación, un gesto de entrega al mundo y a su propia esencia.

Sobre su nuca se eleva una corona inesperada: un hongo. Uno de esos hongos que atraviesan otros cuadros de la pintora como un signo secreto, casi como un emblema personal. La amanita muscaria, roja y fantástica, parece que brotara de su pensamiento, como si la imaginación misma hubiese echado raíces.

 

A su lado vuelve el esqueleto sonriente, ese compañero extraño que hemos visto. Sus cuernos, persistentes, reaparecen como una señal ambigua: ironía, deseo, persistencia del amor inconcluso más allá de la carne y de la muerte. Esos cuernos, junto con los hongos delicados parecen crecer como antenas sobre su cráneo. Entonces surge una pregunta: si esta mujer alcanza un tono más alto al desnudarse y entregarse, ¿por qué su rostro no es exactamente el mismo?, ¿por qué su cabello ya no cae negro y suelto con su capul provocador que la define?

 

La respuesta parece insinuarse en la serie misma de otras de las pinturas: sabemos que es ella. Es la misma figura que se despliega en distintas etapas, como si cada lienzo capturara una metamorfosis de su espíritu. Donde ya no domina el aire gótico de los cuadros anteriores. En su lugar emerge una simbología más amplia, casi barroca, que recuerda aquel antiguo pensamiento de Quevedo: el amor constante más allá de la muerte. El esqueleto, lejos de ser amenaza, se convierte en cómplice de esa permanencia.

Los hongos, por su parte, adquieren una presencia decisiva. Son umbrales que la autora parece haber atravesado. La amanita muscaria se vuelve entonces metáfora de un viaje interior: un desalojo momentáneo de la realidad ordinaria y contumaz para entrar en otra región de la percepción, un territorio donde lo psicodélico se mezcla con lo simbólico y lo íntimo.

Allí, en ese mundo de visiones, la obra parece decirnos que la realidad no es una sola, sino una superposición de planos. Y la mujer del cuadro —desnuda, coronada por un hongo, acompañada por el esqueleto enamorado— permanece en el misterio, ya que atraviesa la vida, el deseo y la muerte.

 

Ella, María Juliana, la autora, lo dice: “Inefable es mi manera de retratar el amor. La figura del esqueleto representa la espera, lo inacabado, lo que aún no encuentra su forma plena. El día que llegue el amor verdadero, será él quien le dé cuerpo, quien lo llene de vida y de colores, como la presencia que lo acompaña. Porque el amor, para mí, es aquello que da carne al vacío y sentido a lo eterno.

En otro cuadro el mundo parece haber sido sembrado por la imaginación. El paisaje se puebla de hongos, de cactus y de flores que crecen como signos. Al fondo se levantan montañas rojas, ásperas y encendidas, mientras nubes moradas flotan bajo un cielo teñido de naranja y de verde. Un río cristalino atraviesa la escena y divide el territorio en dos silencios. Sobre sus aguas se extiende un pequeño camino de piedras que permite pasar de las montañas rojas, áridas y severas, hacia un paisaje verde que parece un oasis. Allí los cactus gigantes se elevan como guardianes inmóviles, y entre ellos florecen hongos y plantas que sugieren una tierra fértil, casi soñada.

Pero el cuadro también guarda una rareza inquietante: entre la tierra aparece la cabeza de un perro enterrado, como si vigilara el horizonte desde su extraño reposo. Es un detalle que introduce una nota de misterio, una sombra leve dentro de la fantasía del paisaje.

En medio de ese mundo simbólico aparece ella, la chica gótica. Vestida de negro, con zapatos negros, parece detenerse en el borde de las montañas rojas. Podría cruzar el río y entrar en el oasis verde, pero no lo hace. Permanece allí, en el límite, como si algo de esa aridez le perteneciera. Su figura se recoge en una quietud delicada. Hay en su postura una mezcla de silencio y timidez. Y sin embargo, su atención no está en las montañas ni en el río ni en el cielo fantástico que la rodea. Su mirada se dirige a algo más cercano, más íntimo: está pendiente de su gato. No es una metáfora ni un gesto casual: su mirada realmente descansa en él, como si en ese pequeño animal se concentrara todo su mundo. En medio de los hongos, de los cactus gigantes, de las montañas rojas y de los cielos imposibles, lo único que parece importarle es esa presencia.

Así, el cuadro guarda un secreto sencillo: en un universo lleno de visiones, símbolos y paisajes extraordinarios, el corazón de la escena permanece en un vínculo silencioso —la muchacha y su gato— compartiendo la quietud del mundo.

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En otro autorretrato, quizá el más elaborado y el más revelador, la pintora se muestra en primer plano, como si hubiera decidido, por fin, enfrentar el espejo de sí misma. Ya no es la muchacha que tantea el mundo: es una mujer que parece habitar plenamente su propia presencia. Su cabellera negra cae sobre la frente con ese capul que se ha vuelto su emblema. Desde allí, sus ojos miran de reojo, no con la serenidad ni con la pureza de una imagen devota, sino con esa mirada ladeada que en las colinas de Medellín llamarían “rayada”: una mirada oblicua, viva. Sus ojos son grandes, atentos, como si guardaran el asombro de quien ha visto demasiado y, aun así, continúa observando.

Alrededor de sus ojos se extiende una sombra purpura iridiscente, mientras que por su mejilla resbalan algunas lágrimas de oro que parecen recoger la luz de una noche secreta. Lágrimas que en otro cuadro ella misma nombrará—, lágrimas que contienen una tristeza difícil de descifrar. Tal vez provienen del descubrimiento de ese mundo adulto que tantas veces se revela pueril; que tal vez nacen de una herida más íntima, de la sensación de haber sido tocada por la crudeza del mundo.

Sus labios plenos poseen un rojo casi cruel, que sostienen el leño de un cigarrillo cuya brasa respira, mientras una estela de humo azul se disuelve en el aire. Ese humo parece envolverla con una seguridad nueva, como si el gesto de fumar le concediera un aura leve de una mujer de mundo, que ha aprendido a habitar sus propias sombras.

Es uno de los autorretratos que más cautivan, quizá porque se aleja de otros más díscolos y desbordados de color. En contraste con otro cuadro donde su rostro aparece azul, el cabello verde y espeso cayendo como aceite cenagoso sobre los hombros, los ojos rodeados de círculos con vórtices interiores y la lengua asomando entre los labios —un gesto ambiguo entre el placer y la travesura, mostrando sus pequeños dientes.

Aquí no hay desafío ni desmesura psicodélica. Aquí hay una presencia. Una mujer que se mira desde dentro, con lágrimas de oro, humo azul y una mirada que parece decir que el mundo —con toda su trémula aspereza— ya ha pasado por sus ojos.

 

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