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Autorretratos de María Juliana Arias
/ Víctor
Bustamante /
En
los autorretratos de María Juliana Arias se percibe que las escenas provienen,
directa o indirectamente, de episodios de su propia vida. No se trata de una
autobiografía literal, sino de un conjunto de imágenes donde su experiencia
personal se transforma en materia simbólica. En síntesis, lo que surge es un
universo íntimo en el que se detectan las preocupaciones esenciales de una
mujer que atraviesa el umbral entre la adolescencia y la juventud.
En
ese tránsito vital se advierte un gesto significativo: los testamentos heredados
—aquellos discursos, valores o imaginarios provenientes de generaciones
anteriores— parecen perder peso o, al menos, no ocupar el centro de su mirada.
En lugar de reproducirlos, Arias construye un territorio propio. Su pintura se
levanta como un espacio donde formula su propio lenguaje y su propia
sensibilidad, un territorio que se alimenta de experiencias y de elementos
aparentemente dispersos: sus lecturas, ciertas exploraciones perceptivas como
las asociadas a los hongos, la estética de los videojuegos, los momentos de
fumar en soledad, y sobre todo el impulso irreprimible de pintar aquello que
emerge de sus inquietudes estéticas.
De
este modo, su pintura se convierte en una forma de indagación. No es un simple ejercicio
formal ni un repertorio de imágenes decorativas, sino un procedimiento para
interrogar su existencia. Cada cuadro parece una tentativa de acercamiento a sí
misma, como si la artista pretendiera descifrar, a través del color y de la
figura, aquello que la atraviesa interiormente.
Tal
vez esta orientación se explique por una especie de intuición. El mundo que le
ha tocado habitar es, en muchos sentidos, distinto del que contemplaron o
experimentaron quienes la precedieron. Se trata de una realidad fragmentaria,
saturada de estímulos, atravesada por nuevas sensibilidades culturales y
tecnológicas. En ese contexto, el legado de las generaciones anteriores no
aparece como una guía confiable. Más bien parece un horizonte distante, a veces
irrelevante.
Por
ello, en sus imágenes no se impone un universo dominado por figuras adultas o
por estructuras simbólicas heredadas. En su lugar emergen otras presencias:
atmósferas, gestos, escenas cotidianas, donde ella como personaje central se
sitúa en un estado de búsqueda o de suspensión. Son instancias del mundo que la
rodea —fragmentos de experiencia, sensaciones, visiones— a las cuales ella
decide aproximarse con curiosidad y con una mirada profundamente personal.
En
ese proceso, Arias va construyendo una perspectiva propia. No se limita a
describir lo que ve; más bien transforma lo que la rodea en una experiencia
estética. Es posible que esa insistencia en la exploración interior tenga que
ver con una cierta percepción crítica del mundo exterior. El entorno social que
la circunda puede parecerle, en ocasiones, injusto, confuso o incluso inicuo.
Frente a ello, la artista parece optar por una vía distinta: en lugar de
aceptar pasivamente ese orden, dirige su mirada hacia su propio interior.
Allí,
en ese territorio tan íntimo, se encuentra un campo fructífero para la
exploración. La pintura se convierte entonces en un espacio de resistencia
silenciosa, veras, y al mismo tiempo en un laboratorio de autoconocimiento.
Cada imagen es una tentativa por comprender sus propias circunstancias, para
dar forma a las emociones, intuiciones y preguntas que surgen de su
experiencia.
Así,
el universo pictórico de María Juliana Arias no sólo revela una sensibilidad
individual, sino también el gesto de una generación que busca construir su
propio lenguaje frente a un mundo heredado que ya no parece ofrecer respuestas
suficientes.
En
uno de sus paisajes, ella da la espalda al espectador. Su cabello, largo y
suelto, cae como una cascada negra que cubre la transparencia de su desnudez.
Frente a ella se abre un cielo nocturno donde no sólo brillan estrellas: allí
gravita, como en una constelación íntima, todo aquello que compone su vida.
Frente a ella las luces flotan, hay una paleta de colores y un pincel, un
aparato de play, un cigarrillo aun intacto, un libro abierto. También traspasan
ese firmamento un murciélago y un pez, una cruz, un corazón rojo atravesado por
una calavera, otras calaveras en gris que giran lentamente, un hongo solitario,
otra cruz repetida como un eco, y una letra griega suspendida en el vacío: el
signo de Géminis, pues cuando ese signo se nombra parece descomponer y
multiplicar cualquier certeza. Es decir, cada objeto es un rastro de su
biografía, un signo de su memoria y de su deseo.
Ella
ha llegado allí hace apenas un instante. Lo delatan las huellas frescas que
deja al caminar sobre una franja de colores que se derrama como un arcoíris
—tal vez el arcoíris de la diversidad— cuyos reflejos reaparecen en las
esquinas superiores del paisaje. Sí, está desnuda y sola frente al universo.
Pero no es una soledad vacía: es la soledad de quien contempla el orden secreto
de su propio mundo. Ese universo donde giran los símbolos que forman su riqueza
espiritual, su intuición, su manera de estar viva.
La
noche ocupa el cuadro, iluminada por estrellas pequeñas y lejanas. Parecen
desafiar a quien las mire, como si cada una dijera que siempre habrá más
misterio del que la mirada puede abarcar. La mujer, absorta, las observa, las
atisba con la paciencia de quien sabe que, en el fondo, también a ella la están
mirando desde la lejanía como si fuera una star secreta, soñada, que observa el
universo.
….
En
otro de sus lienzos aparece una muchacha de frente, sumergida en una atmósfera
azul. Lleva capul, como salida de la estética gótica, y sus ojos —grandes,
abiertos— parecen contener una perplejidad luminosa ante el mundo que se
despliega frente a ella. Hay en su mirada una mezcla de asombro y vigilia, como
si descubriera la noche.
Un
vestido negro de fiesta abraza su figura y le concede una elegancia casi
ritual. En torno a ella se abre una oscuridad sembrada de estrellas rojas y
círculos suspendidos, signos que flotan como pensamientos o constelaciones. Y
detrás, una luna callada vigila la escena, insinuando que pertenece a esa
región profunda donde el alma atraviesa su propia noche.
Sin
embargo, algo ha cambiado. Ya no es la desnudez solitaria frente al universo de
la pintura anterior. Aquí la muchacha parece bañada por luces azuladas, como si
el resplandor interior de una discoteca se mezclara con la gravedad de la
noche. La oscuridad no es solo abismo: también es escenario, pulso, latido.
Y
en medio de ese paisaje de sombras vibrantes, sus labios rojos arden como una
pequeña llama. Son el centro secreto de la imagen, el punto donde la vida
insiste. Allí, en ese rojo encendido, parece concentrarse su presencia: una
plenitud silenciosa que resiste y brilla en la noche.
Ella,
la autora, lo señala: “Ella es la prueba de que incluso en la oscuridad puede
existir algo deslumbrante. tiene una belleza que no se esfuerza, una elegancia
que no necesita anunciarse y un magnetismo silencioso que la vuelve
irresistible. Suave, intensa y magnética … así camina esta mujer creada entre
sombras y brillo”.
Ella
también necesita explicarse ese yo que la habita y la mantiene intacta y
diversa. Al pintarse en ese estilo gótico —como si fuera un espejo
transformándose— su fisonomía cambia, se vuelve más intensa, más nocturna. Es
otra y, sin embargo, en esencia es la misma.
La
joven aparece con capul, alta y esbelta, vestida con un traje lila que parece
absorber la penumbra. Sus ojos vivaces arden con lucidez, como si miraran más
allá del tiempo inmediato. Frente a ella se encuentra otra figura: una niña que
la acompaña, presencia delicada que parece surgir de su propia memoria.
La
muchacha gótica la observa como si contemplara a su doble. Esa niña —también
vestida de morado— es su propio reflejo detenido en otra edad, en otro instante
del ser. Entre ambas circula una mirada de reconocimiento y de asombro.
La
perplejidad de la niña es profunda: descubre que ella misma, al crecer, se ha
transformado en otra. Pero esa otra no es extraña; es apenas una dimensión
distinta de sí misma, un paso más en el camino del tiempo. Lo que la inquieta
no es la distancia, sino la revelación: esa mujer que la mira con serenidad es
su futuro, su plenitud posible. Así, en ese silencioso diálogo de miradas, la
niña comienza a comprender que dejar de ser niña no es perderse, sino abrirse a
una forma más vasta de la existencia.
Y
todo ocurre bajo un mismo ámbito secreto: la noche mágica y estrellada que
envuelve ambos cuadros. Una noche profunda, casi cósmica, que sirve de
trasfondo y de puente, como si el universo mismo custodiara ese encuentro entre
lo que fuimos y lo que llegaremos a ser.
La
autora muy reflexiva anota: “Dentro de estas pinceladas me retraté en dos
tiempos: la mujer que soy, envuelta en la oscuridad gótica que me define, y la
niña que aún habita en mí, luminosa, curiosa y sincera. Esa niña interior es
quien guía mis pasos, quien toma las decisiones y me recuerda que, aunque
crezca, nunca debo dejar de escucharla”.
……
En
otro de sus cuadros vuelve a aparecer la misma muchacha, pero ya transformada
por el tiempo. Hay en ella una madurez serena, una belleza que parece haber
alcanzado su plenitud. Sus labios, grandes y rojos, insinúan una sonrisa leve,
como si guardaran un secreto. Sin embargo, sus ojos —apenas velados por algunos
hilos de su cabello— dejan entrever una tristeza delicada, una sombra que la atraviesa.
A
su lado se alza una figura inesperada: un esqueleto. Su presencia no es brutal
ni aterradora; más bien parece un compañero silencioso, como si ella supiera
que la muerte camina siempre cerca, discreta y paciente.
El
fondo del cuadro estalla en colores psicodélicos, como un torbellino de
sensaciones y pensamientos. Y en medio de ese universo vibrante, el esqueleto
llama la atención: inclina su osamenta hacia la joven como si quisiera
consolarla. Pero no es un esqueleto solemne. Lleva pequeños cuernos, torcidos y
maltrechos, como los de un demonio cansado de su propia travesura.
Así,
la muerte se vuelve casi una figura irónica, una caricatura tierna y absurda.
Parece un esqueleto enamorado, una presencia que oscila entre la burla y la
fidelidad imposible. No es solo la muerte: es también el amante inconcluso, el
amor obstinado que persiste cuando ya no queda carne ni sangre. En esa escena
late una sonrisa secreta, una ironía antigua. Como si el cuadro recordara, con
eco barroco, la risa aguda de Quevedo, ese gesto burlón que desafía al destino
mientras murmura:
«Déjame
en paz, amor tirano,
déjame
en paz.»
Y
así, entre la belleza de la mujer, el esqueleto enamorado y la danza delirante
del color, el cuadro parece decir que la vida, el amor y la muerte no son
enemigos, sino actores de una misma comedia profunda: una farsa luminosa donde,
al final, reímos de nosotros mismos.
…
En
este cuadro la mujer alcanza una instancia distinta de sí misma, una totalidad
donde lo erótico deja de ser insinuación para convertirse en presencia. Está
desnuda, pero su desnudez no es fragilidad: es afirmación, un gesto de entrega
al mundo y a su propia esencia.
Sobre
su nuca se eleva una corona inesperada: un hongo. Uno de esos hongos que
atraviesan otros cuadros de la pintora como un signo secreto, casi como un
emblema personal. La amanita muscaria, roja y fantástica, parece que brotara de
su pensamiento, como si la imaginación misma hubiese echado raíces.
A
su lado vuelve el esqueleto sonriente, ese compañero extraño que hemos visto.
Sus cuernos, persistentes, reaparecen como una señal ambigua: ironía, deseo,
persistencia del amor inconcluso más allá de la carne y de la muerte. Esos
cuernos, junto con los hongos delicados parecen crecer como antenas sobre su
cráneo. Entonces surge una pregunta: si esta mujer alcanza un tono más alto al
desnudarse y entregarse, ¿por qué su rostro no es exactamente el mismo?, ¿por
qué su cabello ya no cae negro y suelto con su capul provocador que la define?
La
respuesta parece insinuarse en la serie misma de otras de las pinturas: sabemos
que es ella. Es la misma figura que se despliega en distintas etapas, como si
cada lienzo capturara una metamorfosis de su espíritu. Donde ya no domina el
aire gótico de los cuadros anteriores. En su lugar emerge una simbología más
amplia, casi barroca, que recuerda aquel antiguo pensamiento de Quevedo: el
amor constante más allá de la muerte. El esqueleto, lejos de ser amenaza, se
convierte en cómplice de esa permanencia.
Los
hongos, por su parte, adquieren una presencia decisiva. Son umbrales que la
autora parece haber atravesado. La amanita muscaria se vuelve entonces metáfora
de un viaje interior: un desalojo momentáneo de la realidad ordinaria y
contumaz para entrar en otra región de la percepción, un territorio donde lo
psicodélico se mezcla con lo simbólico y lo íntimo.
Allí,
en ese mundo de visiones, la obra parece decirnos que la realidad no es una
sola, sino una superposición de planos. Y la mujer del cuadro —desnuda,
coronada por un hongo, acompañada por el esqueleto enamorado— permanece en el
misterio, ya que atraviesa la vida, el deseo y la muerte.
Ella,
María Juliana, la autora, lo dice: “Inefable es mi manera de retratar el amor.
La figura del esqueleto representa la espera, lo inacabado, lo que aún no
encuentra su forma plena. El día que llegue el amor verdadero, será él quien le
dé cuerpo, quien lo llene de vida y de colores, como la presencia que lo
acompaña. Porque el amor, para mí, es aquello que da carne al vacío y sentido a
lo eterno.
…
En
otro cuadro el mundo parece haber sido sembrado por la imaginación. El paisaje
se puebla de hongos, de cactus y de flores que crecen como signos. Al fondo se
levantan montañas rojas, ásperas y encendidas, mientras nubes moradas flotan
bajo un cielo teñido de naranja y de verde. Un río cristalino atraviesa la
escena y divide el territorio en dos silencios. Sobre sus aguas se extiende un
pequeño camino de piedras que permite pasar de las montañas rojas, áridas y
severas, hacia un paisaje verde que parece un oasis. Allí los cactus gigantes
se elevan como guardianes inmóviles, y entre ellos florecen hongos y plantas
que sugieren una tierra fértil, casi soñada.
Pero
el cuadro también guarda una rareza inquietante: entre la tierra aparece la
cabeza de un perro enterrado, como si vigilara el horizonte desde su extraño
reposo. Es un detalle que introduce una nota de misterio, una sombra leve
dentro de la fantasía del paisaje.
En
medio de ese mundo simbólico aparece ella, la chica gótica. Vestida de negro,
con zapatos negros, parece detenerse en el borde de las montañas rojas. Podría
cruzar el río y entrar en el oasis verde, pero no lo hace. Permanece allí, en
el límite, como si algo de esa aridez le perteneciera. Su figura se recoge en
una quietud delicada. Hay en su postura una mezcla de silencio y timidez. Y sin
embargo, su atención no está en las montañas ni en el río ni en el cielo
fantástico que la rodea. Su mirada se dirige a algo más cercano, más íntimo: está
pendiente de su gato. No es una metáfora ni un gesto casual: su mirada
realmente descansa en él, como si en ese pequeño animal se concentrara todo su
mundo. En medio de los hongos, de los cactus gigantes, de las montañas rojas y
de los cielos imposibles, lo único que parece importarle es esa presencia.
Así,
el cuadro guarda un secreto sencillo: en un universo lleno de visiones,
símbolos y paisajes extraordinarios, el corazón de la escena permanece en un
vínculo silencioso —la muchacha y su gato— compartiendo la quietud del mundo.
…..
En
otro autorretrato, quizá el más elaborado y el más revelador, la pintora se
muestra en primer plano, como si hubiera decidido, por fin, enfrentar el espejo
de sí misma. Ya no es la muchacha que tantea el mundo: es una mujer que parece
habitar plenamente su propia presencia. Su cabellera negra cae sobre la frente con
ese capul que se ha vuelto su emblema. Desde allí, sus ojos miran de reojo, no
con la serenidad ni con la pureza de una imagen devota, sino con esa mirada
ladeada que en las colinas de Medellín llamarían “rayada”: una mirada oblicua,
viva. Sus ojos son grandes, atentos, como si guardaran el asombro de quien ha
visto demasiado y, aun así, continúa observando.
Alrededor
de sus ojos se extiende una sombra purpura iridiscente, mientras que por su
mejilla resbalan algunas lágrimas de oro que parecen recoger la luz de una
noche secreta. Lágrimas que en otro cuadro ella misma nombrará—, lágrimas que
contienen una tristeza difícil de descifrar. Tal vez provienen del
descubrimiento de ese mundo adulto que tantas veces se revela pueril; que tal
vez nacen de una herida más íntima, de la sensación de haber sido tocada por la
crudeza del mundo.
Sus
labios plenos poseen un rojo casi cruel, que sostienen el leño de un cigarrillo
cuya brasa respira, mientras una estela de humo azul se disuelve en el aire.
Ese humo parece envolverla con una seguridad nueva, como si el gesto de fumar
le concediera un aura leve de una mujer de mundo, que ha aprendido a habitar
sus propias sombras.
Es
uno de los autorretratos que más cautivan, quizá porque se aleja de otros más
díscolos y desbordados de color. En contraste con otro cuadro donde su rostro
aparece azul, el cabello verde y espeso cayendo como aceite cenagoso sobre los
hombros, los ojos rodeados de círculos con vórtices interiores y la lengua
asomando entre los labios —un gesto ambiguo entre el placer y la travesura,
mostrando sus pequeños dientes.
Aquí
no hay desafío ni desmesura psicodélica. Aquí hay una presencia. Una mujer que
se mira desde dentro, con lágrimas de oro, humo azul y una mirada que parece
decir que el mundo —con toda su trémula aspereza— ya ha pasado por sus ojos.
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