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El yo como territorio y revelación: los
autorretratos de William Reazza
--- Víctor Bustamante
--- El yo
es esa gema secreta que cada uno conserva de una manera ilimitada con sus
abismos, sus destellos y dentelladas. El yo es diverso como las arenas de las
playas o como los astros que no se pueden ver en la noche con su capa de
obsidiana. El yo fulge de una manera inusitada, es algo que cada uno conserva
para mantenerse alerta, lejos de las arbitrariedades de cada generación. En
síntesis, el yo es lo que deslumbra y alumbra el camino de cada uno. El yo es
múltiple y diverso, privado y asimismo la propia huella. Solo cada uno sabe lo
que significa y cada uno sospecha que nadie puede abordarlo de una manera total.
Ese sí se escapa desde cualquier ligera interpretación, el yo es cada uno en la
diversidad.
--- Lo anterior para referirme a la persistencia de William Reazza en
pintar su rostro, para descubrir y redescubrirse y auto descubrirse, en la continua
perseverancia de un círculo virtuoso por la manera en que lo hace. De ahí que
ese yo que pernocta en cada uno nunca como un vecino, ni como un amigo sino
como el mejor amigo y el rival, sea expresado por el rostro de cada uno de
nosotros. Huella visual, infierno personal, rayo que parte con una mirada como diría
Rimbaud. Entonces la pregunta seria, cuál es la razón por la cual William se
pinta así mismo y tiene como modelo en el mayor de los casos su rostro.
Podríamos decir que es vanidad, en la primera instancia de una respuesta
delirante. Podríamos decir que le gusta mostrarse, empaparse de sí mismo frente
al espejo. Pero no, William está aparte de esa interpretación ya que él lo que
busca es la diversa expresividad en cada una de esas instancias en que se ha
pintado, es decir en que se ha redescubierto y así mismo autodefinido; en la entrañable
búsqueda de sí mismo en la noche oscura del alma como diría San Juan de la Cruz.
--- He dicho antes de que podría realizar sus autorretratos mirándose al
espejo, lo cual es una dualidad y un solipsismo, ya que se necesita mucho
silencio y concentración para que las manos obedezcan y pinten a su amo, que
frente al espejo detecte algún rasgo, una línea, un detalle que la mano debe plasmar
al frente del lienzo en contraposición.
--- Sí, contraposición con el espejo primitivo y brillante que lo refleja y el lienzo
que lo va describiendo a medida que el pincel llevado por sus manos decida
darle forma al rostro de su dueño que ha decidido verse, hurgar, buscarse en sí
mismo en esos momentos supremos de rebelión y soledad.
--- Pero también en algunas de sus
pinturas se basan en selfis, a las cuales imprimirá sus pinceladas. Y es ahí
que llegamos a esas selfis de William donde él en diversos instantes decide cuál
de ellas será la escogida para darle su tono, para que mediante sus trazos él
le otorgue su textura, a la propia devoción a su rostro, ese rostro que es cambiante
cada día, como si temiera que la memoria le jugara una mala pasada. Pero William
no se ahoga en su rostro como Narciso al decir de Lezama Lima.
--- Hay una presencia enorme en esa tradición
de los autorretratos, pero solo voy a referirme a Van Gogh, a lo que el afirma
que debe pintarse porque no tiene dinero para pagarle a una modelo. De ahí nace
esa superposición, esa sucesión de rostros de Van Gogh en diferentes épocas en
que él, a través de ese yo lacerado, se busca en su interiorización, a lo mejor
para expresarse así mismo, pero también para explicarse así mismo. Y sin darse
cuenta nos ha donado desde la soledad nada menos que el legado de su rostro,
tosco, a veces, triste; silencioso otras, herido también como una manera de expresar
no solo el paso del tiempo sino para saber cómo lo arredra esa sensibilidad que
aflora a la superficie con sus trazos fuertes, únicos, disolventes y salvajes.
--- La soledad de William deslumbra en sus autorretratos,
pero no es una queja sino una certeza en el sentido de que, a cada momento del día o de la noche, él debe realizar unos trazos, pero
eso sí no en la esfera de lo que ve en ese momento, sino en la necesidad de
verse, de saber cómo anda de ánimo, para así seguir con esa tradición de aquellos
pintores que necesitaron, de una manera vital, expresarse mediante ellos
mismos, es decir, de redescubrir su rostro como esa memorabilia que es necesario
plasmar en ese instante, ya que están protegidos, es decir aupados y guiados
por la inspiración, esa musa que atrapa y corre, y que obliga, a buscar el escenario,
posible entre telones, es decir su propio rostro.
--- Podría ser que la pintura amengua
su ilimitada persistencia en reflejarse, pues a través de su arte no solo se auto
descubre, sino que se redefine en ese instante turbador cuando en esa ceremonia
secreta de la inspiración y de su auscultación indaga por ese misterio de la creación
misma, y no solo eso, porque la razón más poderosa es indagarse así mismo sin descubrirse
a sí mismo. Como afirmaba Schopenhauer, uno nunca sabe quién es uno mismo.
--- Así, en esta circunstancia, William
se abre paso a través de las horas espesadas de la noche o en el fragor del día
cuando sus trazos buscan su rostro para detenerse un solo momento como haría Velásquez
que mira al espejo antes de sumergirse en Las
Meninas, pero Reazza solo sabe que se busca así mismo, solo sabe que él es
el pintor y su modelo como una manera sagrada de expresar su libertad creativa
y la agilidad de su trazo lo denota.
--- De ahí que sus pinturas expresen
su lucidez, su silenciosa lucidez, y así mismo su independencia lejos de las
modas y de los salones de arte entre comillas, de bienales de risa llenas de ridiculeces,
donde una idea pueril pretende destruir la consciencia de un artista como
William Reazza. Entonces caemos en cuenta que un artista como él expresa con
sus autorretratos la crítica a su tiempo, ya que él está más allá de las llamadas
instalaciones y cosas de esas porque él está aún y a más de eso enfrascado en
su devenir como persona, y de ahí al pintar su rostro que lo acoge y lo acompaña,
lo que denota es el devenir de su propia historia y su circunstancia. Comprendemos
que, en esa rebelión interior, El pintor huye de la circunstancia de su tiempo,
lo cual denota algo que poseen muy pocos y es la libertad de pertenecerse a sí
mismo y a la sustancia del arte, de su arte, sin ninguna escuela y menos con el
medio, porque él pertenece solo a la persistencia de sí mismo, a buscarte en su
propia huella, donde es soberano, sin subordinarse a nadie sino a su
creatividad.
--- En esta indagación está muy presente
su cámara fotográfica, aquella que lo acompaña para pintar sus autorretratos. La
cámara capta expresiones que se congelan de uno, que nunca serán repetibles, así
como gestos, miradas solidificadas para el tiempo de una selfi que es el autorretrato
clásico. Seguro que cuando William las realiza sabe que barre un instante
captado, nunca previsto, que sorprende, y lo sorprende a él mismo en esta circunstancia
de saber que la cámara posee sus secretos y su mirada al captar expresiones que
se escapan.
--- Parece ser que, para William,
sólo el artista se salva el mismo de lo banal y, de lo absurdo de los teóricos,
siguiendo su camino en solitario, valioso y pertinaz, ya que solo él transforma
en un presente radiante, palmario y fuerte lo que de otro modo no sería sino
las coloquiales propuestas que al otro día son las ruinas del artista imbuido
por las modas y la improvisación informe de una duración sin memoria, es decir
la reproducción nada menos que de la descomposición asquerosa del cadáver de lo
nuevo o novísimo o posmoderno sin tradición, sin sustento y sin entusiasmo.
--- William recobra los cauces de
algo, en apariencia muy sencillo, como son los autorretratos en medio de tanto selfi
inexpresivo. De ahí su valentía, de no querer parecerse a nadie ante esos innumerables
selfis tan parecidos que, con el tiempo, se convertirán en ruinas. De ahí que
sus búsquedas, porque las tiene, le otorgan ese privilegio enorme, de buscarse así
mismo, sin preocuparse de lo llamado actual o moderno, ya que su arte da la medida
de sus vestigios e indagaciones, impresas en esa huella tan personal como es el
rostro de él mismo, como preocupación, iba a decir objeto, de su camino
artístico que se enriquece sin cesar con un sentido siempre inquietante, que
nos atrae y nos sugestiona porque estos rostros, sus diversos rostros, nos
conmueven desde la premura o desde la misma osadía en que llegan desde su misma
creación.
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