domingo, 29 de marzo de 2026

Julio Cortázar, El escritor y sus cuatro amores de Fernando Rivillas / / Víctor Bustamante

 

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Julio Cortázar, El escritor y sus cuatro amores de Fernando Rivillas /


Víctor Bustamante


Julio Cortázar es uno de nuestros clásicos, ya que cuando leí sus cuentos, de una vez caí atrapado en los brazos de su escritura. Y no solo eso, sino en la forma en que el escritor los resolvía de una manera inesperada, lo cual enriquecía esa prosa tan personal, con ese humor que abre fronteras, con momentos paradójicos que de inmediato nos hicieron decir: somos cortazarianos.

A esa actitud y aptitud le sumamos su traducción precisa de los cuentos de otro escritor amado, Edgar Allan Poe. Por supuesto que ahí no se iba a quedar Cortázar, porque él había decidido convertirse en un escritor de peso, es decir, con mundo propio tanto en su percepción como en su escritura. Entonces caemos en su obra máxima, esa que convocó diversas generaciones: Rayuela.

Esa obra que aún está intacta y que aún guarda el aroma y nuestros afectos por París, por su relación con la Maga, por sus caminatas a través de las calles. Cortázar nos lleva junto a él auscultando esa ciudad mítica, a través de las orillas del Sena, a admirar el Pont des Arts, a perdernos en callejuelas estrechas y desconocidas, pero, sobre todo, a vivir esa relación amorosa con la Maga que a veces lo dejaba casi nocaut, así como a saber que Rocamadour estaba tan presente.

Además, hay un aliciente que alimentaba la curiosidad en su grado más alto, ya que el escritor disponía y proponía al juicioso y cautivo lector nada menos que diversas lecturas de su obra, lo cual permitía buscar otras significaciones, para de esa manera indagar por otros laberintos, no solo de capítulos, sino en ese abanico de disparidades en que Cortázar quería que admiráramos y viviéramos ese libro, su libro, con otras significaciones más profundas y, por supuesto, con algo muy peculiar en Cortázar: lo inesperado, así como el juego que nos otorgaba desde su lejanía.

Si hablo de lo anterior es para algo muy presente: Rayuela es una obra enraizada en la propia experiencia del autor. Es decir, las obras literarias, si bien hacen parte del imaginario de cada autor, este siempre se basa en algo muy presente en cada uno, y es nada menos que la experiencia vivida. Esa experiencia y ese carácter de ver una ciudad desde la perspectiva del visitante que terminó arraigado en la Ciudad Luz.

Por este motivo, Julio Cortázar, El escritor y sus cuatro amores de Fernando Rivillas (Planeta, 2026), no solo pulsa su investigación sobre el origen de la novela, sino que, además, indaga sobre una parte de las mujeres que estuvieron cerca del escritor, es decir, que tuvieron una relación sólida, dejando de lado a las ninfas mendaces, múltiples ninfas que revolotearon a su alrededor, alrededor de esa luz que generaba el talento de Cortázar, pero que se quemaron con el olvido. Muchas de ellas son mencionadas en la obra, pero pronto se dispersan en el olvido y bajo las sombras de la anécdota, de una o varias noches o del intercambio de cartas, donde el modoso Cortázar las dejaba en un silencio cauto, pero delicioso interregno, que es la vacua espera de quien no regresará a cortejarlas.

Fernando Rivillas, después de consultas y análisis, nos deja conocer el aporte que cada una de estas mujeres, valiosas a veces, despiadadas otras, le entregaron a Cortázar, lo cual nos retrotrae a esa sentencia que sale del cajón de la memoria a cada rato: “Detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. Por supuesto que, en este caso, existieron cuatro grandes mujeres en apariencia, de las cuales puede inferirse que solo una de ellas puede considerarse su gran mujer: Aurora Bernárdez.

Sin embargo, Edith Arón será quien pase a la posteridad como la Maga de Rayuela. Las incidencias, la vida, su carácter, fueron narrados por Cortázar mientras descubría París junto a ella. Ella le daba la frescura de su ingenuidad galopante; a él, un hombre que se refugiaba en ella y al cual le servía de instructor casi, pero que con ella —o mejor, ambos— caminaron esa ciudad, encontrando sitios, rincones, museos, teatros, lugares donde Cortázar poco a poco va creando la ruta de su ciudad, es decir, sus recorridos con ella, que le servirían de basamento literario en una ciudad que empezaba a recorrer: sus calles, aceras, parques y recovecos que luego saldrían en su novela.

Pero Edith Arón, que no creía —o mejor, no se interesaba— en el talento de un escritor que no triunfaba, nunca tomó esa relación en serio, sino cuando Cortázar brillaba con luz propia. Es entonces cuando ella confiesa, muchos años después, que en realidad lo amaba. Es decir, Edith, que no asumió con rigor y certeza el camino de Cortázar para ser su compañera, se convirtió en la musa para su novela, ella que a la literatura poca atención le prestaba. Solo cuando se identificó en la novela se daría cuenta del error tardío de no haber valorado a este escritor que la había eternizado como modelo para su “otra total”.

En una forma de encadenamiento amoroso: Cortázar, cuando ya estaba con Aurora Bernárdez, le presentó a Edith, que ya salía de su vida. Pero Aurora, celosa —así no lo expresara—, se dio cuenta de que Edith no poseía talla. De tal manera, Aurora, que había llegado de Buenos Aires a París, asume el relevo amoroso, erótico y ético en la vida del escritor, quien asume con ella un serio y dilatado oficio de escritor. Además, los dos trabajan en la Unesco como traductores y viajan a diversos países, entre ellos Italia, con ese italiano de Cortázar que nadie allí le entendía.

Creo que es la relación más presente en Cortázar, más formativa y más notoria, debido a que Aurora es toda una presencia en su vida.

Ella añade sobre Cortázar en El libro de Aurora: “Las ‘virtudes’ personales de Julio, bien conocidas por quienes lo estimaban e ignoradas por los demás, no son lo importante: lo que cuenta es la obra. En lo otro hay más posibilidades de duda. E incluso, ¿quién puede meterse a decir, con certeza, ¿cómo era un hombre? En el caso de Julio, sus actos fueron a veces contradictorios: muchos de ellos te sorprenderían. No es el caso de convertirlo en paradigma. Le hubiera repelido. De lo que hay que hablar es de la obra. Para lo demás: silencio”.

En efecto, Aurora, al guardar silencio, priva a los biógrafos de saber más de Julio, olvidando que las biografías se convierten en otra parte de la literatura y de la investigación que suscita un autor amado por sus lectores. Sin embargo, pese a esa actitud, Aurora, sin rencores, ya exmujer de Cortázar —ese Cortázar enamorado que barría a quien fuera a su paso—, se convirtió en la albacea de su obra y fue quien rescató diversas cartas y manuscritos valiosos que el autor no había publicado.

En ese relevo amoroso, Cortázar, en Gallimard, conoce a Ugné Karvelis, quien lo conduce no solo a esa editorial poderosa para que su obra sea conocida en otros países, sino para que Cortázar asuma un camino impredecible, ya que el esteta, el gran escritor, le da por volverse militante político y así comienza a transitar por los caminos oscuros que lo deslumbran: el de aquellos que se asumen como misioneros de la izquierda, tanto de la izquierda caviar y de tacón alto como los “mamertos”, que se las dan de falsos Mesías con su demagogia.

Cortázar vuelve a sus cauces creativos con Carol Dunlop, aquella escritora canadiense que conoció en su casa cuando se separaba de su esposo, y a quien luego Cortázar, consolador a la distancia, invitó a París para asesorarla en algunos relatos. Terminó siendo su última esposa, con la cual escribieron un libro maravilloso: Los autonautas de la cosmopista.

Sabemos, por supuesto, del interés que experimentó Fernando Rivillas cuando, gracias a su empeño, dedicó tantos viajes, tantas indagaciones en archivos y conversó con tantas personas buscando las huellas de su autor amado, lo cual dio como resultado una obra donde Cortázar respira, camina. Lo sentimos cerca no solo por Buenos Aires, sino por París, así como en tantos lugares que él visitó, junto a tantas personas que hicieron posible que, gracias a su talento —ese que se adquiere con disciplina y tesón—, escribiera de una manera tan llena de frescura y de gozo.

De la misma manera, Fernando siguió los pasos de sus travesuras eróticas, ideológicas, sus discordancias, para situarlo en el plano de un libro memorable, donde es posible leerlo con efusión, así como son de apasionados la mayoría de los libros de Julio Cortázar.

De tal manera, estas cuatro mujeres, tan presentes y valiosas en la vida de Julio Cortázar, cada una desde una perspectiva muy peculiar, han sido también valoradas por Fernando, y así ocupan un sitio primordial en la vida de Cortázar. Cada vez que lo buscamos en este libro, que nos sorprende desde diversos puntos de vista, comprendemos que un autor siempre tiene un basamento en su experiencia para volverla literatura.

Con este libro nos damos cuenta del inmenso aprecio por la literatura, con esa forma tan peculiar de Cortázar concebirla, al crear ese mundo de cronopios y de famas, y en esta manera de buscar un equilibrio. Así, siguiendo con Rivillas los pasos en su libro, conocemos los intríngulis del Cortázar revolucionario, para estar a tono con su época, pero con una condición —como advierte Rivillas—: ya habíamos descubierto antes al escritor prolífico y explorador de otros universos, donde nos demuestra cómo, asimismo, un escritor como él mantiene su pulso y su mirada sobre momentos en las ciudades que pasaron inadvertidos.

Fernando Rivillas nos demuestra que no solo basta escribir bien, sino también darle sentido a la vida y reconocer que en la literatura puede coexistir perfectamente la biografía como una manera de acercarnos al autor, a Cortázar, no como una reminiscencia fatal, sino en todo su esplendor, con sus aspiraciones y alteridades, y asimismo con sus contradicciones, lo cual se logra con un equilibrio donde se posesiona su arte de escribir con su vida misma, hasta donde se puede auscultar, y además saber que de esta eclosión surge, volcánica, la literatura.

Hay un capítulo, el último, dedicado a la circunstancia de la muerte de Cortázar, donde Fernando Rivillas se dedica con paciencia y pudor a esclarecer las diversas versiones sobre el fallecimiento del escritor. Allí es notoria la cantidad de consejas y chismes baratos con que se refieren a él en este suceso, pero que Rivillas sabe capear con sus disquisiciones quirúrgicas y la precisión de diversas fuentes.

Pero prefiero al Cortázar presente, vivo, de los otros capítulos que merece estas palabras, parodiando uno de sus cuentos: “Amamos tanto a Julio”. Además, merece este trasegar sobre sus amores, sus amigos, sus ciudades, donde uno se contagia del maestro, de sus palabras inmersas y dispuestas con un peso específico.

Cortázar no es un rehén para Rivillas, sino un pretexto para rendirle no solo esa admiración que profesamos, sino también la circunstancia de haber sido un compañero de viaje —mejor, de vida— en esos momentos cuando despuntaba la curiosidad del mundo presente, y mejor aún descubrir esa luz brillante que nos enviaba, rutilante y llena de esplendor, desde París, el mismísimo Julio Cortázar.

 


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