jueves, 9 de agosto de 2018

Los Talleres del Ferrocarril en Bello





62 Bello: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico

Los Talleres del Ferrocarril en Bello

Para Fredy Saxo, para Manuel Arango, para Pablo Gallego y Stefanía Rojas.

Víctor Bustamante

A la entrada, con solo dar unos pasos, la carrilera ha sido cubierta con gravilla y una capa de pavimento, para que puedan pasar las camionetas y los automóviles, hacia este improvisado parqueadero, ya que cualquier lugar en el ámbito oficial adquiere ese destino: guardar autos, elementos del desastre de las administraciones sin proyectos; lo que no se usa se abusa. Nos reciben dos vagones escorados cuyo óxido ha corroído su costillar, lo ha lamido con toda la perseverancia del descuido, ha mellado su anatomía; el óxido ha mordido la augusta tecnología de su momento. Además, una madreselva recobra su lugar, culebrea por las ventanas de uno de los vagones, ha ocupado la puerta junto al acoplador y domina el chasis también perdido en su herrumbre. ¿Cuántos años a la intemperie llevan estos vagones donde nadie los ve como síntesis de la perfidia?

Otro vagón donde el óxido, con su persistencia, ha carcomido su color, deja ver en su interior uno de los signos de lo que fue la industria más significativa de Antioquia, pero la ineficacia, los malos manejos, de este proyecto le quedó grande a los administradores; no fueron capaces de sostenerlo, podían más las mezquindades de los negocios privados. ¿Antioquia la grande? Sí pero para cosas menores. En este vagón no sabemos cuántas personas viajaron en su época de esplendor por todo el valle, por toda la carrilera hasta puerto Berrío y de ahí Hasta Santa Marta para ver el azul y la magnificencia del mar. Tanto esfuerzo, tantos años, tantos proyectos, tanto tesón para que solo su funcionamiento fuera de unos 50 años si acaso. Región que se antoja con un proyecto y no es capaz de mantenerlo a flote y solo aquí advertimos los índices de su mismo desprecio: los vagones derruidos como antesala a lo que veremos luego, un proyecto nacional de trasporte hundido y desueto, olvidado como el sueño anestésico de una utopía abandonada que se expresa aquí en su desolada manera de ser, porque cada una de estas bodegas, cada uno de esos rieles enterrados, cada una de esas puertas color mate rojo de agraciada moldura son el sinónimo de lo que somos: deslealtad, menosprecio, corrupción y mentira.

Sobre el costado de una de las paredes la vegetación y las trepadoras de un verde intenso zigzaguean como si sus tentáculos buscaran pacientes el rastro de humedad por las paredes de ladrillo. Y algo desusado e inédito: un cementerio al costado entre la hierba, muchas cruces de madera de color blanco con los años, con las fechas de defunción; talvez sea que han traído de las otras estaciones y  a lo largo de la línea férrea los restos de aquellas personas que murieron en su labor. Pero mirado así, en este desolado lugar son como si se hubieran adelantado en un preparado happening de la muerte. Cementerio de crucecitas blancas, entre el verde intenso el follaje con solo la fecha última, es decir un número,  nunca con un nombre.

Camino, caminamos por la Estación de los Talleres del Ferrocarril de Bello. Me sobrecoge la alevosía  del abandono: las paredes de las bodegas filtradas por el agua desde los techos casi derruidos, creando esas líneas, arañazos de humedad, que con los años se ensañará tanto que los ladrillos se aflojarán y se caerán, resquebrajando las estructuras. La maleza ha cubierto la línea de los rieles, la yerba, los esquejes, se apersonan de la banca, tienden sus tentáculos por las escalas donde alguna vez persistieron tantos viajeros en la espera del tren para iniciar el viaje. Los vitrales de las bodegas enormes se hayan mancillados por el polvo que los opaca; aún más, hay demasiados vidrios rotos que dan cuenta de esa sinfonía negra de la indolencia. Entro, entramos a las bodegas olorosas, no a la historia idílica, no a la epopeya, porque el ferrocarril lo fue, sino a la masacre de la historia que el tiempo causa, desdora y entrega después de tanto esfuerzo, para conceder lo que vemos, palpamos, dolernos. Bodegas que estuvieron atiborradas de mercancías, bodegas que antes fueron talleres para la integración de las líneas férreas, bodegas ahora colmadas de la basura actual: pupitres de colegio, motos en desuso, computadoras fuera de base: o sea, las bodegas improvisadas del deterioro, y sobre todo, el olor, el aroma sucio de las ruinas modernas de una región donde la modernidad y el decoro pasaron como el viento esquivo de las tardes hacia ninguna parte. Pero estoy hablando de la pasividad del tiempo, aquel que con los días, y las lluvias y el sol calcinante o el frío irremediable, lento, pero pausado va deteriorando este lugar que fue  inobjetable y apreciado. Pero me he referido solo a los abusos del clima, me he referido solo a la lancinante manera de saber que en 100 años, los primeros, fueron de éxito, los otros fueron de una indecencia de quienes debieron mantener este lugar con su dignidad. En los últimos sesenta años, no hubo una propuesta, no existió un proyecto, una idea respetable de parte de los encargados de salvaguardar la riqueza del municipio, del departamento y de la región. Siempre pasaron de largo, en esta pausa tan larga, en este interregno escabroso, nadie fue capaz de venir a estos talleres a elucubrar siquiera una idea para su protección. De tal manera los administradores públicos siempre pendientes de sus legados de risa por los personales, y sus pequeñas y secretas y perversas mezquindades, olvidaron por completo, no solo esta estación sino las estaciones del ferrocarril mismo y como contraprestación y un ridículo aporte decidieron decir que desde 1980 estos lugares: estaciones y paraderos, la misma línea del ferrocarril y los vagones eran patrimonio nacional mientras se caían a pedazos y conformaban otro tipo de ruinas, la exaltación de la mentira escrita en el Diario Oficial, letra muerta, esta, cuando desaparezca el ultimo riel, quedará como una fábula, una fallida épica solo para verla en las fotografías o en las ruinas mismas. Pero ya lo sabemos aquí todo es pura letra muerta en el país de los olvidos, de la torpeza, de los discursos, de las babas que ya conocemos. Palabrería que surge como maleza desde el mismo Diario Oficial.



Tanto esfuerzo, tanto tesón durante unos cuarenta años cuando Francisco Javier Cisneros, partió desde Puerto Berrío con ocho personas buscando la mejor ruta para el trazado del ferrocarril, por entre la selva, por entre ríos con corrientes tormentosas, por entre culebras y lluvias, vegetación espesa, desconocida,  y la ardentía de sus vidas hacia lugares desconocidos solo con una brújula y su entusiasmo. Luego se construye una obra poderosa, el Túnel de la Quiebra para facilitar la vía cuando se termina la línea hasta Medellín, lo cual abría las posibilidades de los negocios, a la utilidad, a la economía, a la integración y olvidamos que por aquí prosperó la región, y, nunca, en estos últimos años existió una referencia de peso para no dejar desmoronar este patrimonio.

Pero vamos al comienzo. José María Bravo Betancur relata esta épica la construcción del primer enclave, en su llegada: “Continuaron los trabajos hacia Medellín y el 8 de diciembre se entregó el sector del K 43 al K 49, en las proximidades de la Estación de Bello, localizada en el K 484 + 900. Referente a este sector, extractamos los siguientes apartes del Informe presentado por el Ingeniero Ernesto Cadavid E., el 29 de enero de 1913: "En la sección de Bello están establecidas tres cuadrillas, en Guacimal, Lazareto y Bello, que son las que se necesitan para la construcción de esta parte. Como en el kilómetro 50 no hay tierra para la construcción de la Estación Bello y para los terraplenes inmediatos de la Q del Hato, hubo necesidad de comprar tierra a José Velásquez, de un solar inmediato a la estación, a $ 0,03 el metro cúbico”. Luego añade que debe llenarse la vega que va de terrenos de los señores Santamaría hasta la Q. del Hato que es de dos kilómetros aproximadamente.
Luego, ya en pleno funcionamiento desde Puerto Berrío hasta la capital del departamento, añade Agapito Betancur, quien había trabajado en el ferrocarril y muchos añas más tarde sería alcalde de Medellín: “Paseo a Bello: Bello es una población situada en medio de hermosos campos a 9 kilómetros de Medellín hacia el Norte. Muestran allí la casa donde nació Marco Fidel Suárez. Cerca está la Fábrica de Tejidos, de Bello. Junto a la Estación del Ferrocarril la Fábrica de Tejidos del Hato y los magníficos talleres del Ferrocarril de Antioquia”.

Llama la atención cuando expresa, los magníficos talleres del ferrocarril, ya que en este momento funcionaban con prontitud y decoro. Pasear a Bello tardaba tres horas en automóvil, desde donde podía mirarse las diversas casas campestres, y, sobre todo, el Club Cantaclaro para riñas de gallos. Entrar allí era como salpicarse con la brizna del status y la popularidad.

Luego, con la incorporación de la línea del Ferrocarril de Amagá, el Ferrocarril de Antioquia amplió su longitud desde Puerto Berrío hasta Jericó en 320 kilómetros. Esto permitió la conexión por tren de los ríos Magdalena y Cauca y, facilitó las labores de maniobra y mantenimiento en los Talleres de Bello, lo que tuvo un impacto positivo en la operación de toda la línea como una sola empresa, abandonando la administración por secciones propuesta por Cisneros. Así mismo, las estaciones de El Limón y de Santiago perdieron su importancia como estaciones terminales y pasaron a ser bodegas menores.

Los Talleres de Bello fueron construidos entre 1921 y 1925, su arquitecto fue Neftalí Sierra que había estudiado en la Escuela de Minas. Llegó a ser profesor allí mismo y, además, participó en la creación de la Sociedad Antioqueña de Ingenieros. Trabajó con la firma HM Rodríguez e hijos, incluso se casó con la hija de Horacio Marino Rodríguez, Carlota. Una de sus obras de renombre fue la construcción del Hotel Magdalena que se valora por ser el primer edificio construido en cemento reforzado en el país.

Desde 1917 empieza a trabajar en el Ferrocarril Antioquia, luego, en 1918, es comisionado con otros ingenieros para viajar a Filadelfia a la Baldwind Locomotive Works, para estudiar la construcción y el diseño, así como el funcionamiento de procesos referentes al uso de talleres para el ferrocarril. A su regreso, a comienzos de 1921, realiza los planos de los talleres. Empezando con el montaje del taller de carpintería y de secado de maderas. Esto permitiría el aprovechamiento de los especializados carpinteros locales y, además, la empresa no importaría madera de baja calidad y se ahorraría dinero.

En un informe del Superintendente del Ferrocarril, Ernesto Cadavid, quien había diseñado y construido la carrilera hasta Bello, añade:  “Ya está hecho el plano de la planta del taller, y consta de un edificio para Almacén y Oficinas, de 55x11 metros; un salón para maquinaria fija, de 60x36 metros, con 9 fosos de inspección (pits) para reparar y armar locomotoras; un salón para fraguas, de 25x15; un edificio para carpintería, de 30x15; uno para reparación y construcción de carros, de 90x15; un trasbordador, de 100x18; un cobertizo para reparación de carros; una casa redonda; un almacén de modelos, de 20x14; almacén de aceite, una carbonera, un almacén de maderas, de 20x10, y juegos de carrileras. Al principio se construirá lo que sea necesario para el servicio y se irá ensanchando a medida que las necesidades lo exijan”.



Ya se había planteado la apertura del Túnel de  la Quiebra que  uniría las líneas del ferrocarril y así mismo con la adquisición del ferrocarril de Amagá, los talleres de Bello se constituirán en el centro de esta empresa. Como centro industrial sus directivos planeaban que unas 100 locomotoras y 1000 vagones podían ser atendidos allí, ya que 22 millones de toneladas de mercancía entre las exportaciones e importaciones le daban ese liderazgo como la empresa más poderosa y significativa del departamento.

Para 1925, el perfil de los talleres estaba casi definido, dejaba entrever sus patios, la carpintería, el cobertizo para vagones, el edificio para Almacén, la planta de secar maderas, el guarda-ropas, el transbordador eléctrico, el depósito de maderas secas, el depósito de aceites, el edificio para fundición, la sub-estación eléctrica, el acueducto, la línea de transmisión para energía eléctrica, el muro de piedra en la quebrada La García, la instalación contra incendios y el taller de mecánica. Estos talleres fueron inaugurados el 20 de noviembre de 1926 y bendecidos por el obispo Manuel José Caicedo en una ceremonia solemne.

En 1938 y 1942, el Ferrocarril de Antioquia construyó el Ferrocarril de Occidente situado en el territorio del antiguo Caldas, instaló más de tres mil líneas telefónicas, y edificó el Hospital de Puerto Berrío. Paralelamente intensificó la adquisición de material rodante para diez años, con un pedido al exterior de equipos para carga.

En los Talleres del Ferrocarril se superaron situaciones imprevistas, como la ocasionada por la Segunda Guerra Mundial, cuando era imposible la importación de repuestos y piezas indispensables para su eficaz mantenimiento. La valiosa obstinación del personal, ingenieros, mecánicos y peritos, llevó a que fueran capaces de producir los accesorios de mayor volumen y costo. Se comprobó entonces que las obras ejecutadas en las distintas secciones del taller constituían un verdadero adelanto de la siderurgia y la metalmecánica en el país. Lo evidencian los autoferros, los carro- tanques, las góndolas y los vagones para pasajeros. Este periodo fue el de más intensa y variada actividad constructora en la vida del ferrocarril.

Pero ahora 94 años más tarde estos talleres ahora abandonados, sinónimo de todo el esfuerzo de una región, de un puñado de personas, de pioneros, el ladrillo aun luce la perdurabilidad que le otorga la poesía de su creación, así como los portales cerrados con sus incrustaciones de la madera noble elaboradas aquí mismo. El viento circula y no trae mensajes sino la discrepancia de una pregunta, ¿qué ocurrió aquí?

Aquí en la mudez, en el silencio y con la aquiescencia del viento que pasea sus murmullos, que merodea por las bodegas olorosas  a aceite quemado, que fustiga los pabellones ante la ignorancia y el abandono, se construyeron los artesonados y puertas para el Palacio de Calibío, aquí a este lugar Goovaerts vino a inspeccionar cómo iban las obras ideadas por él y ya materializados por los ebanistas y carpinteros. Luego, estas puertas y portones fueron llevados desde aquí hasta la Estación Villa en tren y luego a lomo de mula a la construcción en proceso.


También en estos talleres se dio una interacción con la Escuela de Minas, lo cual trajo como contraprestación el estudio y la práctica, es decir, la preparación de estudiantes en temas afines al ferrocarril, de tal manera el interior de los talleres se convertiría en la Escuela de Artes y Oficios debido a la alta preparación de los estudiantes y obreros.

Ha quedado en la memoria, que es lo único que nadie ni el abandono puede emascular, la Estación Bello partida por el acceso del Metro, sin aquellos viajeros a través de sus líneas que se iban para la Costa a disfrutar y a sentir el mar con sus tocados de huida o también los viajeros a lo largo y ancho del territorio en cada una de sus estaciones y paraderos hasta Puerto Berrio, pero también aquellos que en medio de la bullaranga de vendedores de frutas, de hojaldres, de gaseosas, de cerveza Karla, de frituras, que se iban para los charcos de Barbosa o a la Estación Botero, a pecar y a pescar; iban de huida otra vez para oler la hierba del campo, la mixtura del paisaje, la soledad y el silencio, así como a cambiar de lugar para que les trajera una buena ventura ese respiro.

La pátina, que como lustre  le da profundidad a las estatuas de bronce al aire libre, aquí no existe. Podríamos hablar de la pátina de esa grandiosidad perdida, de la efervescencia de este lugar, donde ingenieros y pioneros, mecánicos y carpinteros, donde ingenieros y fogoneros, donde maquinistas y estudiantes, idearon soluciones. No hablaron de emprendimiento sin saber que muchos más tarde se referirían a esta palabra como un solaz, una moda más,  y no como una manera de salir de la inercia, cuando quienes ya la habían regentado nunca hicieron alarde de ella, simplemente mantuvieron la honestidad por su labor a flor de piel. Aquí en estos patios y salones, aquí en estas bodegas vacías y abandonadas donde la vergüenza y el impudor se pavonea sin escrúpulos se escuchaba el silbato del tren a su llegada cuando azotaba la tarde para  el descanso de una necesitada solución mecánica donde prestos los mecánicos llegaban con sus manos llenas de aceites y grasa. Aquí en estas bodegas se inspeccionaron las locomotoras como la Baldwin, como la Mikado.

Sí, aquí en este maremágnum de vagones y locomotoras dispuestas para su arreglo, entre el humo cálido de las chimeneas sobre el domo negro que soplaban para salir lentas, luego expeditas, a cumplir su misión al ser reparadas, puestas a punto. Aquí en estas mismas bodegas y salones, aquí en estos patios y zaguanes, no ha quedado nada, sino la lúgubre historia manchada de olvido y la pertinaz idea de un puñado de personas que no desean que esto desparezca así no más, porque las fotografías y las narraciones, así como los escasos videos señalan con su dedo acusador.

Aquí en las oficinas de estos talleres vino León de Greiff, a mirar el poderío de una región, y a conversar con Efe Gómez. Efe Gómez, su amigo, era el auditor de le empresa y aquí por esta calles  y por estas bodegas ellos caminaron. Antes de que el poeta de Greiff se fuera como inspector y luego como administrador del ferrocarril de La Pintada donde escribió una lúdica poesía, la del país exótico,  de Bolombolo, ya que él venía de tierra fría, Bogotá, a ganar más.

Llegué a ver a finales de la década del 60, por el costado de la autopista, al regreso de Barbosa, los talleres bordeados por una pared alta, donde varias grúas habían arrumado vagones y locomotoras ya derruidas; era incompresible ver tanta tecnología desueta; aun creía en la durabilidad de los vagones y de las locomotoras, pero ellas debían de estar allí en ese inventario del desastre.



Camino, caminamos iba a decir paseo pero esa palabra en este momento es cruel y lacónica, camino por las bodegas. Alguna vez entre aquí a inicios del dos mil a una de esas reuniones de maestros donde la idea de recobrar este lugar, era apenas el martirologio de la mentira en tiempo de elecciones ya que lo prometido no se cumplió, aproveché para dar una mirada y entre a una bodega alta la más alta donde vi maquinaria poderosa aun casi intacta pesada con los cuales el ferrocarril permitía el arreglo de su parque de locomotoras y de vagones.
Unos años más tarde esa maquinaria no está, parece que se la llevaron para Bogotá, lo que permite decir que esa posibilidad de un museo del ferrocarril aquí se ha perdido. Pero eso era previsible ni una idea de ninguna entidad oficial ni de ninguno de esos líderes políticos cuidados con ansiolíticos personales para evitar este deterioro. Nunca se llevaron las dresinas estropeadas y mohosas en los salones, nunca se llevaron los muros ni las paredes solo la maquinaria que era lo último y valioso, por fortuna nunca se llevarían la inobjetable historia que poco a poco se pierde en estos pasillos, en esta plataforma en estos patios, donde alguna vez ocurrió lo inverosímil, el esplendor del ferrocarril.

Las uñas de las raíces de la matas y de las hiedras, las afiladas zarzas nunca ardientes y la hierba cubren los rieles, lo que se llamó en su momento el camino de  carriles de hierro,  se han apersonado de las paredes de ladrillo: lo muerden y lo seguirán mordiendo hasta que estos muros caigan. Hay mucho silencio en los espaciosos vagones. Cuando se entra a las sombrías bodegas se siente el regocijo de entrar, tal vez por última vez, a uno de ellos, pero también se percibe el oprobio de la miseria y de la mezquindad, porque fueron abandonadas estas bodegas y pasillos, estos salones y oficinas durante tanto tiempo. Aquí sobrecoge la insularidad y la pobreza de ideas; es la materialización de nuestros políticos a nivel nacional: nada les interesa sino el pedestal portátil que cada uno carga para vivir del Estado.

A la entrada de una bodega con un interior sombrío y sucio oloroso a destiempo hay una locomotora, la 47 que se pudre a la intemperie cubierta por los bejucos de las enredaderas que serpentean en su chasis herrumbrado hasta su lomo, parece un cuadro del Aduanero, que mezcla la tecnología en declive y la enredadera que se apodera de la máquina. Nadie ha sido capaz de entrarla al salón para que el óxido y la lluvia no la deteriore, ahí continúa enterrada con su enredaderas y su abandono. Esa locomotora aparece en las planillas y tuvo su utilidad, así como la otra que oxidada yace dentro del gran salón de máquinas, donde aún es previsible ver las escaleras y los pasillos en lo alto de donde colgaban las grúas.

Hay en la actualidad un proyecto de recuperación de los Talleres del Ferrocarril en Bello; es relevante la idea de crear allí el Parque de Artes y Oficios, donde construirán un auditorio para mil personas, así como una escuela de música. Es una propuesta seria para que este espacio no siga deteriorándose, así como las personas acudan a él como un parque posible. Pero la indecisión de las sucesivas administraciones aún esperan una solución que aún no entregan.


Hace unos días en una sesión del Concejo de Bello el grupo que procuraba una opción diferente para la conservación de ese espacio, del único patrimonio significativo de Bello, fue derrotado. Lo cual es una gran descalabro que la llamada democracia sin pudor hace para golpear el ánimo popular que busca que este complejo de edificios y estos terrenos se les dé una utilización justa sin abandonar su trascendencia. Ya es hora de decirle a ese grupo de concejales y a quienes estén detrás de ese negocio, que es hora de que salgan de ese carácter de pueblerinos sin historia, que se ilustren que quieran al municipio, que no jueguen con la significación histórica de Bello.

Bello se queda poco a poco sin sus puntos de referencia: el Club Cantaclaro fue destruido, las casas de campo de las Cabañitas fueron arrasadas, los teatros Rosalía e Iris, así como la planta industrial de Pantex, son ejemplo del descuido con lo patrimonial que es lo que le da identidad a un municipio, no los proyectos vacuos de construir otro centro comercial y torres de apartamentos y el edificios gubernamentales para la burocracia. Aquí la voracidad privada de los urbanizadores llega sin pudor con sus planes y con sus contratos y osadías de bajo la manga, y por esa razón las personas y entidades culturales de Bello sabemos que están presentes para que este crimen arquitectónico no se cometa.

Quienes ganaron y, por supuesto, derrotaron, la historia, no sabrán nunca que este lugar, Los talleres del Ferrocarril de Bello, es el sitio histórico más significativo del municipio, es más, es el lugar de mayor relevancia con respecto a la epopeya del ferrocarril  que aún no ha sido destruido en el pas.

Ahora, en esta tarde, aquí en esos pasillos, aquí en estas bodegas y salones, aquí en estos zaguanes, cobertizos y  galpones donde el eco reproduce la voz, las voces, de quienes entramos, pero que en el interior sabemos que existe aún la fantasmagoría del recuerdo: lo que fue esta epopeya en su deterioro. Y lo único cierto, por este territorio abandonado como si hubiera ocurrido una catástrofe, como en realidad ocurrió, le dimos la espalda, Y aun aquí respira de una manera tóxica la filosofía del perdedor, de los perdedores.
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BIBLIOGRAFÍA:
-Tisnés, Roberto María y Heriberto zapara Cuéncar. El Ferrocarril de Antioquia, Historia de una Empresa Heroica. Imprenta Departamental de Antioquia, Medellín, 1980.
-Bravo Betancur José María. Monografía sobre el Ferrocarril de Antioquia. Colección Autores Antioqueños 82, Editorial Lealón, Medellin, 1993.
-RESTREPO GÓMEZ, Edgar. Mulas de acero, un caso de mentalidad y tecnología en los talleres de Bello. Revista Huellas de ciudad. IX núm. 11 Abril 2009. Revista del Centro de historia. Municipio de Bello.
-RESTREPO MARÍN, Francisco. Bello, arquitectura vernácula versus modernidad líquida. Revista Huellas de ciudad. IX núm. 11 Abril 2009. Revista del Centro de historia. Municipio de Bello.
-VERGARA LUISA, fotografías.





8 comentarios:

GL dijo...

Desde que comenzamos con el cuento de la modernidad fuimos dejando de lado todo aquello que nos hizo grandes en el pasado, que tanto

ayudo al desarrollo de mi Antioquia y Medellin. Es aquella ciudad de entonces la que sigo llevando en mi corazon y tanto me arrebata la nostalgia

a cada rato. Lo que fimos destruyendo nos ha dejado sin la historia fisica que debimos conservar con esmero, carino y respeto. Y lo que nos

queda en pie poco o nada ya a muchos importa, hemos sido unos malagracidos con nuestra historia. Me duele.

Zuluaga L dijo...

Muchas gracias don Vìctor y muchas felicitaciones por empaparnos sobre este abandono en los talleres del ferrocarril que nos produce tristeza .

JF dijo...

que sirvan para el nuevo FERROCARRIL DE ANTIOQUIA el que con la voluntad del Altísimo y la buena voluntad del pueblo Antioqueño y nuestros gobiernos (nacional, departamental y municipal) sea una gran realidad, necesaria e importante para nuestro departamento.

Saludos,

Montenegro dijo...

Víctor

Abrazo heremano

En mi Cali, lo que queda de los Ferrocarriles Nacioanles ¡da vergüenza!

Hasta de carceles fueron utilizadas parte de su bodegas por el Alcalde Cobo...

¡Por Dios!

Anónimo dijo...

Hay más palabras que realidades en esta crónica, pues la historia del ferrocarril de Antioquia en Bello es, en esencia, la historia de los trabajadores, conductores, palafreneros, engrasadores, mecánicos, maquinistas, fogoneros, guardagujas, técnicos y otros muchos oficios que se perdieron en la memoria de quienes, posiblemente, reposan bajo esas anónimas cruces que descubrieron en el video; y de las familias (como la mía) que se sostenían con el trabajo de estos incansables Hércules y Vulcanos del pasado glorioso de nuestro transporte imposible.
La mezquindad de la administración de ese municipio, donde me crié; el desdén de los administradores de ese taller del ferrocarril donde mi padre trabajó en su juventud; y la indiferencia de los habitantes del municipio y aun del país, pueden exhibir, con esa altanería de quienes se llaman prohombres de nuestra sociedad (la llaman "raza antioqueña", sin vergüenza), su inalterable fanatismo y olvido a la vez de lo esencial: los valores, las cualidades, los referentes, los logros, los ideales, los destinos y las aspiraciones comunes. Todo esto se refleja y mantiene también en las huellas y en las edificaciones que deben propiciar el cultivo de niveles más altos de la comunidad: el cultivo del espíritu en el arte, la ciencia, la solidaridad, la cultura, la literatura, la reflexión, el solaz, la naturaleza.
Para eso debe servir ese gran espacio donde de niño jugué y en cuyos corredores me sentaba a ver pasar los trenes y oír cantar los pájaros que anidaban en esos frondosos árboles que rodeaban la carrilera, por la que nos íbamos los muchachos hasta los charcos de Copacabana, en las tardes soleadas de nuestras vacaciones.
Aún podemos rescatar estos espacios para los niños y jóvenes que será mañana los adultos y viejos de nuestro municipio, nuestro departamento y nuestro país. Bello cuenta con un espacio que puede reunir ciencia, cultura, arte, naturaleza y descanso en un hermoso lugar que hay que rescatar para todos. Y que algunos oportunistas dejen de pensar en edificios administrativos allí. La Administración no merece tan hermoso espacio. Que se queden en su palacio donde siempre han deliberado para mantener al municipio en el atraso y en el olvido mientras buscan puestos, prebendas y beneficios personales, salvo contadas excepciones.
Por algo Bello es uno de los municipios más feos del país. Y si no, que alguien me muestre qué hay que ver y disfrutar en Bello. No me digan que la choza de Marco Fidel y el antiguo templo de Nuestra Señora del Rosario, hoy convertido (junto con la iglesia principal) en mercado de limosnas: numerosas alcancías con avisos de peigüeñería ante unas feas imágenes dizque religiosas que han puesto allí para que la gente les eche plata, plata, plata. En cambio, los bellos cuadros al óleo de santos están a una altura inalcanzable para cualquier ojo humano. Hay que verlos con telescopios, pero el polvo no los deja contemplar. Esa es la cicatería de administradores y de curas que solo piensan en beneficios inmediatos y poco espirituales.
Es hora de que los bellanitas defiendan lo poco que queda de su patrimonio. Ojalá el nuevo presidente de Colombia y el actual gobernador de Antioquia se unan para impedir la rapiña que el Concejo de Bello pretende sobre ese poco espacio que les queda a los habitantes de mi entrañable Bello.

Victor Bustamante dijo...

Apreciado amigo, quien firma Anónimo, me gustaría poder conversar con usted . ya su texto me interesa, así como la experiencia familiar. Si eres tan amable y me envías tu correo. Abrazo.

Unknown dijo...

Son recuerdos de mi niñez, todo ese lugar, llegué a Bello desde q tenía 5 años del oriente antioqueño a vivir con mis abuelos y tíos maternos , cuando mi madre murió. Inicie la edad escolar a los7 años en la escuela Marco Fidel Suárez q aún queda en el parque de Bello y desde ese momento me vincule con los talleres del ferrocarril de Bello, cuando salía de clases antes del medio día, era doble jornada y aquí está la relación con este espacio:Mi tía Sofía estaba casada con Jorge, un trabajador del taller del y ferrocarril y como yo vivía cerca a los talleres en el barrio Manchester, pues me encargaron de llevarle el almuerzo todos los días, ya que ellos vivían una cuadra y media de esta escuela y claro era muy oportuno que al salir de clases ara irme a mi casa de los abuelos mi nuevo hogar era muy atinado que fuera yo el encargado de llevarle el almuerzo y salía rápido de la escuela hacia la casa de mi tía Sofía a recoger el portaviones, q ella ya tenía listo y me lo entregaba y rápidamente recorría todo el trayecto hasta los talleres donde el ya me estaba esperando y oía desde cierta distancia la sirena que les anunciaba a los trabajadores que ya era la hora para que los trabajadores salieran a almorzar a un restaurante que tenía cerca que era también de propiedad de los talleres o a recibir los portacomidas que les llevaban sus parientes, es ahí que inicia mis vivencias con los talleres del ferrocarril y mis recuerdos afloran, que desazón ver tanta ruina en ese bello lugar, sería muy importante la recuperación será maravilla, las locomotoras y todo ese montaje de maquinaria de la metal mecánica, tornos , fresas y demás y otros elementos de los procesos que ahí se hacían de mantenimiento y construcción de piezas de las locomotoras de la época, mi nombre Fernando Hincapié Botero; 3006129848, actualmente resido en Medellín, gracias

Juan M dijo...

Apreciado Victor, no sabes cuanto me impacta este documento entre imágenes y textos. Me queda bailando en la memoria lo poco que he sabido sobre este asunto. Vale la pena una investigación acuciosa sobre la posible incidencia de la Chrysler -Colmotores (hoy Corporation) ( Fundada un 27 de julio de 1956 - a hoy, 62-- con sede en Bogotá) y la familia Samper (¿qué de mito y qué de cierto en esto?),en la determinación de la compra de los ferrocarriles departamentales y de esa manera, ya nacionalizados, acabar con ellos ya nacionalizados. Vale la pena comparar los países mayormente desarrollados y la funcionalidad de sus ferrocarriles. Aunque esto ya no haga mal a nadie, si saber quienes y por qué se paralizó el desarrollo de los ferrocarriles en el país. Cual fue la virtud y el pecado de inversionistas, políticos y sindicalistas. Si los ferrocarriles se hubiesen seguido desarrollando no solo tendríamos mejores carreteras sino mejore y más amplias vías férreas y mayor nivel social, empresarial, laboral e industrial en el país.

Imagina que lo que es de la Nación no es de ningún departamento y menos de ningún municipio. y de ahí el abandono. "Tírenme ese trompo en la uña." Pues lo nacional nos debe doler a todos en cada pedazo del cuerpo general.

Te felicito por ese "Bello" trabajo. Un abrazo requetemacanudo.