Este blog, en permanente construcción, hace parte de una revisión de los textos iniciáticos nadaístas con el propósito de mantener nuestra fe intacta en algunos de ellos. Podríamos decir que es una versión remasterizada, con inyecciones letales de cinismo y humor negro, de esta doctrina creada, simultáneamente, en Medellín y Cali.
Mantenemos la fe intacta en la creación libre. Somos icoñoclastas por naturaleza.
neonadaismo@gmail.com
En el tiempo de Borges que fluye al río de una noche y a su laberinto, están todas las noches,
están los senderos,
las bibliotecas milenarias,
los desamparados jardines,
los espejos,
las calles de Buenos Aires
que son una sola calle;
la que él ha acabado de cruzar, y a la cual mañana volverá cuando lea sus líneas.
Al interior de una confitería aún esperan los guapos añejos de coraje atizados por el Tango apache, Flor de fango o Mi noche triste,
Borges acaba de leer un poema de Wordsworth
O se ha anclado en la noche oscura del alma junto a San Juan de la Cruz.
Ha renunciado a Quevedo y a Góngora y ha reiniciado otra perspectiva con El Quijote,
también acaba de llegar a la playa de una fosca noche a buscar por los círculos del infierno y del tiempo a Beatrice Portinari para verla sonreír antes de perderse con el veneno de sus labios.
Ha añorado ser Martini Fierro
Una cosa sabemos: con él he visitado las sagas islandesas, las nuevas metáforas de los kenningar
y el variable color y fragancia de la rosa y un alquimista rescatado desde su casa de Maipú
luego de un verano de olvidos y certezas.
En su peregrinar por Ginebra, Buenos Aires, Texas, Bogotá, Londres, París esas ciudades merecen su alabanza.
Ahora ha visitado a Robert Graves en Deyá para decirle que ama su poema “Alejandro”
y ha pedido estar sólo rozando las paredes de una capilla antigua en una verde campiña de Inglaterra donde Hamlet adivinó el centelleo de su espada y las traiciones que se merece.
Pero esta noche no visitará a Bioy para hablar de todas las literaturas y escribir alguno de sus cuentos
Esta noche tampoco conversará con Macedonio
Tampoco le escribirá poemas a Estela Canto, a Margarita Guerrero, a Hayde Lange.
a Emma Risso Platero, a Elsa Astete,
a Alicia Jurado. a María Esher Vásquez, a Elvira de Alvear que aun llama a los sirvientes vestidos con librea roja que ya se han marchado porque el amor se ha convertido en otra de sus ficciones.
Sólo le quedaran los gestos de abandono y de huida ante la certeza de esas cenizas de labios forajidos y ajenos, saqueados por otros.
Borges nos visita cada que leemos sus poemas o sus cuentos, él nos acompaña con la misericordia de una mañana.
Borges regresa en su voz cuando lo buscamos sn Youtube y nos cuenta cómo ha ido perdiendo los colores
Ahora lo veo pasar a mi lado desde una mañana del setenta y seis, en Medellín, cuando María Kodama lo lleva de su brazo y él tactea el piso con su bastón laqueado por sus manos.
Sí, las banderas desflecadas de las patrias muertas ondean al aire de este verano de junio y también Brahms deja fluir su música:
Borges se ha ido a morir a Ginebra.
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14 de junio del 2011. A los veinticinco años de su muerte
Lo que molesta viendo Los colores de la montaña, es que el país sigue lo mismo o peor, porque cuando se termina el film y comienza el desalojo de su finca de la familia de Manuel, ya sabemos que sus otros amigos se han ido. Así es que uno se da cuenta de cómo no es saludable mantenerse alejado de este país violento y dulce como es Colombia,
En Los colores e la montaña de Carlos César Arbeláez, todo esto es fatal: saber de ese país que a cada momento histórico se desgrana en apariencia de otra manera, cuando es el la misma violencia que persiste.
He mencionado la palabra violencia, pero nada más alejado de esta película que ese tópico que, como consolación marca mucho cine colombiano. Aquí no hay nada de eso, la violencia está sublimada, subyace ahí. No es necesario hacerla evidente para que, con muchos muertos. conmover al espectador y a los jurados europeos. Nada de eso, Carlos César a la violencia no le da ninguna concesión, le importa más la vida que ocurre ahí; esa vida de unos personajes que sólo tienen como opción convivir con ella y no sólo ser contemporáneos de ella, sino espectadores y testigos de ese otro rostro del país, no de ese país llamado por los Chicago boys: “este país”, sino de esa tierra propia, de ese paisaje pintado con amor por los niños de la escuela; un paisaje de lo suyo, un deseo de mantener una memoria ante la pared, de la escuela mancillada por los violentos de ambos extremos. A esa escena de amor al paisaje y a los colores, la historia responde con el desalojo, y las familias a tenerse que ir a otras tierras, a otras calles donde comienza otro tipo de violencia, la de supervivir en paisajes desconocidos.
Cuántos colombianos, al final de esta bella película, comienzan otro periplo, desde cuántos años se repite este tenerse que ir ante nuestros ojos impávidos que piensan como este suceso ocurre en un país lejano.
Pero la película también es la grata presencia de una familia campesina, de varias familias campesinas, donde aparece el entorno vital, sus raíces, aquellas que uno presiente que en algún momento los van a desalojar. Aquí la familia no está signada por el afán del folclor sino por una mirada llena de ternura hacia la familia de Manuel, de una familia cualquiera que es nuestra expresión, y la cercanía de las otras familias: la de Julián y de Poca luz, tal vez el personaje conque uno más se encariña. Cierto, uno repara en Poca luz, tan frágil, que piensa que en lugar de cuidarlo sus amigos, ellos están a punto de hacerlo desaparecer.
Pero si he dejado la violencia de lado, los muertos que bajan por los ríos, aparecen aquellos de uniforme verde olivo que cambian un país a balazos, aquellos que, enruanados recuerdan los turbios Pájaros de la Violencia de los años Cuarenta, entonces uno dice que no queda nada más por decir, Los colores de la montaña es la expresión de ese país que no cambia de manos sino parcialmente, y es el mismo rompecabezas que no se ha podido armar hace años.
Sutileza y símbolo, cine y resistencia al silencio definen este film, Tampoco podemos olvidar como los niños ensalzados hace tiempos como ángeles sucios y heraldos de la muerte, aquí son mirados con toda exactitud no solo con cierta ingenuidad sino con la pesadez de saberlos llenos de malicia y nada de bonhomía, porque cuando Julián y Manuel llevan a Poca luz a coger el balón en un campo minado, uno sabe que los niños no son aquellos angelitos brillantes sino empantanados: aquellos que desde el comienzo son la presencia del ser que no tiene historia ni principios sino que sólo les importa el momento y ellos mismos, como la mas acabada e inicial expresión de los hombres que luego serán personas maduras. Ellos no razonan ante la muerte que muestra su presencia en la escuela, en su amenaza cuando la maestra anterior se ha marchado. Ahí están ellos despedazados con otro tipo de circunstancias.
Nada hay mas triste que cuando los niños comienzan a alejarse de la escuela, que es su segunda casa, como un paso, un escalón para luego tener que irse de ahí las familias completas. Nada hay mas ilusorio que una maestra nueva que llega con todos los brios a enseñar y a intentar de construir otro nuevo mundo y no le queda otra opción que proseguir la misma historia, irse como lo mismo que hizo su predecesora.
Carlos César ha sublimado la violencia, ha preferido mirar al interior de esas montañas y de esa familia. Se ha alejado de la magra imagen campesina y del folclor y nos ha dado una bofetada: esa es Colombia y esos somos nosotros, lo demás será nunca regresar al idilio porque cuando la película termina, recordamos de nuevo que ser un desplazado no es un simple acto violento sino un cambio de lugar, que es la presencia cuando el campo cambia de manos y cuando las comunas y los suburbios de las ciudades reciben este tipo de personas donde la indolencia es nuestro símbolo. En síntesis ser desplazado es la metafísica del colombiano.
Pero también en este film está el miedo que subyace desde un comienzo: el miedo del padre y de la madre de Manuel a ser desalojados. El miedo que merodea con sus presagios. El miedo de sus amigos cuando rechazan ir a un “taller” a la escuela, un domingo, dictado por los violentos. Eso, Los colores de la montaña también es una parábola sobre el miedo.
Los colores de la montaña nos tocan, nos abofetean de nuevo.
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Nota Bene: Esta conversación con Carlos César Arbeláez, ocurrió en el mes de mayo y está fraccionada en cuatro partes donde Carlos César amablemente nos responde unas preguntas sobre su ópera prima.
El camino de la poesía, cuando se es un verdadero poeta, es un camino sin regreso, se va hasta el final con todas las consecuencias posibles, donde sólo está un horizonte opaco, o si se quiere de una vez el abismo. Claro que me refiero a poetas verdaderos: los festivales, los concursos son pura petulancia mantenida y administrada por algunos simuladores.
Pocos poetas han logrado este preciado cenit. Hoy vemos como palidece la poesía de Byron, como los epígonos de Mallarmé han defraudado o quienes posan de poetas herméticos no dejan de ser poetas que aún se chupan el dedo con su infantilismo poético.
Cuando un poeta se cree administrador de la poesía, no hay nada más contradictorio: se vuelve, conservador y atrabiliario para mantener in situ lo que él cree que es la poesía, mejor decirlo, su envilecimiento.
Veo a Jenny Corea como una persona pura que inicia ese arduo camino de las letras, bajo esa ruptura entre la utopia y la ciencia. De ahí que sea una mujer sensible con toda su hondura posible. Sus poemas poseen ese matiz de quien, en una mañana fresca y esplendorosa, mira el inicio y la poesía le sirve como una revelación, es decir esa sensación que nos embarga cuando de una salen las palabras para buscar su lugar propicio en el poema y expresar el mundo que vendrá.
Vastedad de preguntas, fuerza y verosimilitud son las constantes en estos poemas. Si ella lo decide será una poeta en el sentido estricto de la palabra, si deja de indagar será proclive a caer en ese pozo sin fondo de los festivales, de los concursos que dan un nombre momentáneo para después apagarse.
Por su inteligencia deseamos que Yenny sea de las escritoras que perduren. . . . .
Poemas
De
Yenny Correa
HIJO NO NACIDO
La inercia sostiene el umbral
de la vida
hasta que estalla un sol falso
y te devela que en algún punto de la gota
luz y oscuridad deben unirse.
El hombre es un cúmulo
de construcciones y destrucciones
que caen y se vuelven a levantar
reinventándose,
volviendo a surgir desde el piso que removieron en su caída.
Siempre caminas sobre
una delgada línea de hielo;
te hundes en la luz
de una linterna sorda
que te descubre;
nadas en el interior de
un ojo ciego,
"valva de nieve y soledad", (1)
anhelando brillar como un hijo no nacido.
....(1)..Verso de Blanca Varela......
LA PIEL DEL ESPEJO
Escucha, no miento.
Cuando mis manos respiran
al son de una danza primigenia
que nadie ha interpretado,
cuando mis mejillas
marcan la medianoche,
me enrosco en la piel del espejo.
En esa lámina pesada
que me hunde, me aspira,
me muere.
Largo sincamino
de imágenes perdidas.
Cuántas huellas, desiertos,
cejas, lagos, aullidos,
cuántas edades
impresas todas como
transeúntes enlutados.
Los ecos de esta pupila invertida
renuevan su acento
cada noche
para poder seguir cantando
el reflejo
de lo que sólo a ti
te hiere.
PLAYÓN DE SAL
Tengo un cansancio de hueso
acumulado.
Ya no se me desangran los ojos
en un llanto bajo y salino;
con palabras como picos
me han horadado las órbitas.
Busco derrotar
el origen de mis manos,
partir desde la primera heridade mi cuerpo
y entrar en la lluvia
para abrirme
como ruega el día.
TRÍPTICO
A Bill Viola
I
Llueve tu rostro
al salir de la cueva bajo el limo.
Canto de ciego,
todo es un destello
de blanca oscuridad.
Bienvenido al día
aún no nacido.
¿Podrás vencer la muralla
invisible de tus otros?
II
Dilatada línea,
te sumerges en la profundidad
del labio.
Tanto azul que se derrama,
tanta agua que no falta el aire.
Por un momento la corriente
se detiene…
Eres la delgada oscuridad
de la mañana.
¡Qué claro se hace el rayo
antes de extinguirse!
III
El nudo al final de la cuerda.
La noche cosida
en las arrugas de tu ceño
se eleva como
humareda errante,
así tú ya eres ancestro.
CLARIDAD SUBTERRÁNEA
Allí estás otra vez
claridad subterránea.
Hay tanto miedo regado
en el aire
que apenas puedo encontrar
mi madriguera,
mi vigilia antigua.
Allí estoy,
como pantera narcotizada
a los pies de mil abejas.
Tambaleo,
eso es,
necesito un exorcismo de vidas pasadas
para mitigar esta lluvia
que no pesa,
sólo arde.
Allí están los ecos salados
que hurtan al orgullo de tu ombligo
vientos, resacas,
al igual que un pueblo de palomas
que arrasa el barro de los
hombres.
Vieran sus alas
el liquen de sol
perforado como un muro.
FÁBULA
A veces los pájaros
nacemos en la herida
de una fruta.
En un ritual
nos tiramos al abismo
para atravesar las luces
que arriba hormiguean.
Toda fábula es
nuestra historia,
Todo lo dicho
nuestra mentira,
Todolo falso
nuestra verdad.
El sabor del pan
no es siempre el mismo,
a veces rancio,
a veces miel.
Los bocados pueden perderse,
pero la masa
siempre pan
la hace la tinta,
los trazos que resbalan
la palabra sin horizonte.
....
...
Yenny Carolina Correa(Medellín 1987). Poeta y estudiante de los últimos semestres del pregrado en Letras: Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia. Ha participado en varios festivales departamentales de poesía y en el III Encuentro Internacional de Escritores realizado en Tarija, Bolivia, el mes de noviembre de 2010. Hace parte del taller literario de RENATA de la Universidad de Antioquia. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Trabajos del taller II (UdeA). Ganadora del I Premio de Poesía Joven Ciudad de Medellín con su poemario Tríptico.
Nadie puede negar que Guillermo Álvarez ha estado vinculado al quehacer cultural de la ciudad de Medellín en los últimos treinta años; su revista Ciudadha sido imagen y testigo, una presencia sobre el devenir de la ciudad y sus diversos actores en un tiempo en que los medios masivos la abandonaron para regodearse con esa ciudad de exportación: la de los sicarios, de los muertos y de la droga. O en la diatriba máxima: la ciudad soñada, con la apariencia del progreso, por sus administradores que callaron ante el desarrollo de El Poblado, que no es más que una muestra de esa mentira. o de esa falsa ciudad que no existe sino en la construcción de edificios, el desplazamiento de los habitantes de las plazoletas: reformas de plazas, sólo por “hacer algo”, no en pensarla y en vivirla.
La ciudad inicial, el Centro, fue abandonado desde la década del 70 por sus diversos administradores hasta el día de hoy. Nunca se ha justificado el fracaso de los diversos planes de mejoras al trasporte y el continuo hacinamiento de esa ciudad olvidada.
En Ciudad es previsible mirar los análisis sobre el cambio de esta urbe que se deshace en nuestras manos, que crea evasivas, que traiciona momentos altos de planeación, en pos de motivos políticos y falsas indulgencias sólo para captar votos. Nunca antes, como hoy. la ciudad ha sido presa de un botín político y su abandono.
La revista Ciudad se ha sobrepuesto a la falta de presencia en este ámbito, con el tesón de Guillermo, la prestancia y su resistencia al relegamiento y al olvido que nos muestra como está atento a estos avatares políticos que parecen ser el indicio de que sólo a través de ellos la cultura funcione. Pero a pesar de todas esas simulaciones en la llamada cultura oficial, ahí está Ciudadpresente en nosotros.
Guillermo como director, y como todos los que dirigimos revistas, somos una serie de soñadores, una suerte de personas que buscan dejar una huella en la ciudad del catolicismo más ultramontano y del filisteísmo cultural. Este filisteísmo carcome todo el ámbito de la cultura en Medellín. Una muestra de ello: sólo pueden hacer cultura los amigos de los administradores de la ciudad, como si lo que no pasara por sus manos no existiera. Pero esta valiosa revista, Ciudad, sí existe a pesar e esos caminos indignos.
Esta conversación con Guillermo nos muestra toda su estatura intelectual, la valiosa presencia de alguien que ha caminado por los diversos terrenos ideológicos para concluir con la malhadada presencia del ser tan cambiante que sólo le interesa los recovecos personales, ya que lo general y lo público es para saquearlo cada que puede.
Esta entrevista en cuatro partes nos enseña la sensibilidad de Guillermo con su última utopia: estar de cuerpo entero en esa labor en pos del medio ambiente, mientras afuera de si el país dicta leyes, asiste a foros, se muestra encumbrado como un país de leyes en ese sentido. Mientras en toda la esfera social se contradice y no se cumple lo legislado.
Cierto. Guillermo permanece con Ciudad y también Ciudad es nuestra presencia. El resto es el Paspis haciendo entretenimiento como si fuera la expresión cultural, y no la indolecia.
La poesía de Carlos Alfonso nos hace sentir contemporáneos. Él escribe sobre su generación, sobre sus utopías y sobre sus amigos quienes muerden el polvo de los fracasos.
Este poema es una muestra de ellos, de él. Es como si nos realizara un inventario de las frustraciones, en un momento, los años 90, en que caían todas las ideología y parecía que el mundo comenzara a despertar de un letargo de somnolencia y conformismo, pero a pesar de este falso espejismo, la poesía continúa haciéndose preguntas, buscando la necesidad de explicarse el mundo.
En este sentido existe un diálogo con su poesía. Él no nos habla de pajaritos, de un paisaje como marco para irse por los suburbios personales y olvidar el presente. Al contrario Carlos Alfonso en cada poema interroga el ser, su ser.
La mayoría de los poemas que hemos leído de Carlos Alfonso Rodríguez han sido escritos en el Perú. No conocemos qué o cómo lo habrá influenciado su vida en Medellín, cuáles son sus lecturas de las calles de esta ciudad que para algunos despistados es la Capital Mundial de la Poesía, o qué habrá escrito sobre la ciudad desde el puntos de vista del extranjero que se queda.
Carlos Alfonso es uno de los integrantes del programa radial en emisora de la Universidad de Antioqua, En defensa de la Palabra.
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LOS MARAVILLOSOS AÑOS 90
Carlos Alfonso Rodríguez
Eran los años 90 y los payasos de la calle no estaban en la televisión.
Con el tiempo llegaron a la televisión, pero seguían estando en la calle,
en realidad, la calle era todo su mundo y el único.
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Eran los años 90 y escribir fue una verdadera bendición de Dios
y lo mejor que me había podido ocurrir en medio de la barbarie,
de caminar dentro de los apagones, túneles negros, largos sótanos
durante horas y los días de violencia bajo el sol.
Y las bombas asesinas y los crímenes escalofriantes,
las torturas necrófilas, los golpes y puñales del silencio, los asesinatos macabros.
Y las violentas desapariciones de las políticas del enemigo.
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Eran los años 90 y Heber Ocaña, mostraba sus primeros cantos y poemas
y efectivamente, escribía bien, con excelente caligrafía,
buena letra, con sus puntos y sus comas.
Porque estaba soltero, estudiaba en Lima y los trabajaba.
Después abandonó los estudios, Lima y la literatura.
Para dedicarse a empresas, francamente, un poco difíciles en Huarmey,
(pero no imposibles) como la crianza de codornices, la venta de pichones de gaviotas y pelícanos, el comercio de alacranes y tantas otras cosas más.
¿Qué no hará Heber Elí, por su pequeño Ghandy Israel y Regina?
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Eran los años 90 y Julio Aponte, se paseaba por todo el país
con ese parecido impresionante a cualquier soldado extraído
de las huestes de Pancho Villa o a un disciplinado miliciano de Emiliano Zapata.
Julio, es ese morocho, bigotudo, que lee bien sus poemas.
Nacido en el inhóspito Morropón, un pueblo olvidado y pequeño
perdido entre la luna de Paita y el caluroso sol del departamento de Piura.
Tierra caliente de recios campesinos, bronceados hombres, bañados por las lluvias, rodeados de piajenos, mulas, algarrobos y árboles de tamarindo,
en donde han nacido los mejores escritores del Perú y también los peores.
Jamás pensó en llegar a ser el buen vendedor de libros que es hoy,
pero ya había vendido primero su alma a la poesía en las mañanas
y por las noches al diablo en mil hechicerías como buen brujo de la palabra.
No hay, en verdad, poeta más enrazado y trabajador que él
cuando una visión brilla en sus ojos y cuando se trata de poner las cosas en claro.
Lo que más le agrada es ver que las cosas caminen bien y derecho.
No entra en vainas ni alcahueterías. Él como Ange Yzquierdo Duclós.
Es otro auténtico poeta de armas tomar y de libros vender.
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Eran los años 90 y el gordo Jorge Espinoza Sánchez, seguía en sus andanzas.
Buscando más pleitos judiciales. Las malas lenguas, y las buenas también, aseguraban
que le escribía los libretos a los cómicos ambulantes del Parque Universitario
y de la Plaza San Martín; pero ellos en el escenario no le hacían caso, la verdad es que,
ellos nunca le han hecho caso a nadie, por eso exhiben publicamente sus pobrezas y miserias.
No se vestía como un típico bolerista de los años 60.
Pero era el lider de la poesía erótica como alguna vez lo definieron.
No se tiraba muchas canas al aíre pero se ganó dos años de cana.
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Eran los años 90 y Marío Vargas Llosa perdía calamitosamente
en las elecciones presidenciales, por su mala junta.
(Qué perjudiciales son las malas compañías, en estos casos).
Y por sus asesores que no lo asesoraban ni le recomendaban
un buen curso de relaciones humanas. Mario, ya tenía todo en el bolsillo;
pero le hicieron la gran jugada: cuervos, alimañas y viejos lobos vestidos de cordero.
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Eran los años 90 y Carlos Alfonso, por aquellos días de vida oculta
caminaba por las calles de Lima, entonces, no habían muchas flores pero se podía florear.
no habían muchas piletas, pero hay quienes se hacían la pila en cualquier parte
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Eran los años 90 los maravillosos, los inolvidables y Jorge Tafur,