miércoles, 25 de febrero de 2026

La vida en grande de Arnulfo Arias // Víctor Bustamante

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La vida en grande de Arnulfo Arias

Víctor Bustamante

En Arnulfo Arias se conjuga una palabra que es una actitud ante la vida: viajar. El viaje lo embarga, y lo embarca a la lejanía, no le crea incertidumbre, sino totalidad, pero no es para escapar, no es evasión; es el deseo de comprobar que el mundo, los mapas, sus calles, las ciudades antiguas y modernas, las fachadas de las casas, las diversas religiones, y sobre todo, las costumbres definen cada uno de sus pasos en ese transcurso. De ahí, que ese ser disperso por tantos lugares que al viajar se conoce, se planta, pero en su parcialidad siempre riñe por algo inusitado: su supervivencia. De ahí que conversar con Arnulfo, después de cada viaje, es saber que la totalidad de este mundo es aprehendida con sus palabras. En él, viajar no es huir, tampoco es turismo, pero sí es certeza, sí interiorizarse, ansias de saber, de conocer: comerse el mundo a dentelladas. A veces visita un zoco religioso en la India, o un castillo que lo deslumbra en Transilvania o a más de eso persiste la plenitud de su vida en Río de Janeiro, y de las favelas, que las ha vivido en toda su dimensión de belleza y miseria, donde indagó y padeció el esplendor de la carne en medio del hambre y del mundo encriptado en el círculo vicioso del eterno retorno de la desventura como norma de vida.

Aún tengo presente una historia que me había relatado en los dias de cine del Instituto Goethe, cuando se fue para Nueva York, donde unos colombianos, amigos cambiantes que, cuando Arnulfo llegó de visita le exigieron salir con ellos desde la madrugada a la ciudad; ellos al trabajo y Arnulfo a merodear Nueva York, y así caminó sus calles y sus paisajes secretos, lejos de los colombianos que lo invitaban a no quedarse en casa, ya que allí guardaban bajo el colchón sus ganancias de trabajo y de esa manera evitaban las posibles tentaciones por los dólares ajenos del visitante.

Pero si viajar trae sus pequeñas felicidades, así Cavafis nos reproche cuando poetiza ese ser interior que nos habita, que señala y reclama su lugar de origen. También es cierto que escribir es un viaje, sí, un viaje con retornos y huidas, con pausas y con diatribas, que se resumen en un libro. Y es precisamente de ese libro, su libro, La vida en grande, (Impacto editorial, 2008), el cual atrae por una de esas razones, el concepto del viaje, no solo en la memoria, sino a su origen, Riosucio.

Arnulfo no se previene para viajar, es más, parece que lo necesitara como materia de investigación no solo para corroborar como el ser humano siempre en cualquier parte del mundo es similar, tentado por las mismas aquiescencias y diatribas, sino que el interior del viajante necesita comprobarlo para saber que viajar no es un proceso de aniquilación sino de certeza. Esa certeza que a veces alegra en apariencia al respirar nuevos veranos, pero también se corrobora, como plantea Cavafis, que somos iguales en cualquier rincón del planeta, que solo nuestro carácter es lo que hace visible y notorio esta estrategia del viaje. De todas maneras los relatos de Arnulfo poseen esa materia que los funde con su creatividad, ya que él ha narrado lo que otros no vieron, de ahí que estos se encuentren imbuidos de recuerdos, como los cuentos sobre Riosucio, esos cuentos que son materia de su memoria en este caso un regreso, y qué es un regreso, sino ese viaje al centro de la memoria para denotar que esos eventos no se deberían olvidar, sino que hacen parte de esa síntesis de lo cotidiano que nutre la historia de un pueblo tan valioso como Riosucio. Como parte de esos pueblos que se resisten a olvidar sus orígenes, esos orígenes que desplegarán sus frutos, así como esos orígenes serán rescatados de esos recovecos de la memoria. De ahí que esos momentos que quedaron para el autor los recupera del rincón de la historia para contarlos, para dar una versión de Riosucio muy personal y no dejar que esos eventos pasen al archivo común de la oscuridad y del olvido. Sexo, muerte, asesinatos, faltonerías, mujeres extravagantes y hombres traviesos, calles que los inscriben, cenáculos donde pernoctan. Así, Arnulfo los reconstruye en estos viajes nunca metafísicos en los cuales alardeará de una manera total, ya que él estuvo allí y no quiere que esa materia se olvide, que pase injustificada al despeñadero de la oscuridad porque precisamente el autor lo recobra, lo cuenta,, y nos causa ese desparpajo porque así sabemos que Riosucio no solo posee una ceremonia con el diablo, sino que Arnulfo, al recobrar esos eventos de su infancia, hace apetecible otra forma de la historia y  es que, aunque no está escrita en los anales, podríamos decir oficiales o de escritores que no la vivieron, por esa razón el autor hace presencia y nos dice, aquí vi estos personajes y sobre ellos he escrito eso sí con la certidumbre de decir que lo hace para que  no se olvide su presencia, ni la de esos personajes, ya que Arnulfo al sacarlos de las gavetas oscuras del tiempo arrasador les da un lugar.

El escritor siempre tiene presente eventos que lo han marcado con fuego, de ahí que su estadía en Brasil lo haya llevado a vivir en las favelas, sí esas favelas, donde se inmiscuyó en ellas, de tal manera, que tuvo amoríos con una mujer feísima, de cuerpo estilizado, negra, faltona, llena de desparpajo que lo dejó marcado, para siempre con las huellas placenteras a fuego al abandonarlo. Allí Arnulfo ha sido testigo de ese hábitat cubierto de mala prensa donde la pobreza en términos totales obliga a sobrevivir. Arnulfo da ese paso hacia esa perspectiva que él vivió en esos lugares,, nunca santos y que le han servido para redefinir eso que llamamos amor. Allí participó no como espectador tibio, sino como involucrado en un rito, la macumba, para casarse en una ceremonia oscura, poseído por el don de la trampa almibarada y certera del amor en tierras extrañas.

En Arnulfo no existe la angustia de estar solo durante el viaje de la escritura. Todos sabemos que escribir es el viaje más oneroso, más atrabiliario y más profundo, ya que él no se deja delimitar, por el contrario, busca la vida de esos lugares en personas nunca de renombre, sino sencillas donde observa una verdadera definición sin maquillaje del lugar visitado. Escribir para él se convierte en una actividad que honra, nunca de turismo con manuales, sino que él va al fondo, a la parte que no se habla y que en él brilla. En él brillan, esas zonas oscuras en sus diversos relatos, no sólo por esas razones sino por otras más profundas y desconocidas.

Así, escribir para él, es percibir esa cosa escondida que no vemos sobre la superficie, que lo apabulla y le causa curiosidad; una curiosidad inmediata que lo lleva a ahondar y casi a abandonarse de una manera pragmática en esa corriente oculta que cruza cada día, cada ceremonia, cada diálogo; síntesis de cada viaje y que lo lleva a contarnos ese magnifico cuento en Brasil, sobre la macumba, donde en una ceremonia subterránea, se entrega a los abrazos impuros de la traición inesperada.

De ahí que, en La vida en grande, estas expresiones del viaje, de sus viajes, retrotraen una certeza incuestionable ya que evocan la atracción y la curiosidad, donde destella el intenso rayo que no cesa del deseo, la pasión detrás de la escena sin libreto de la vida cotidiana que se desencadena. Ya sea con la faltonerías, ya sea con la mentira, ya sea con el engaño o con la trashumancia de los llamados sentimientos interesados en otras circunstancias donde le teatralidad se pavonea cruda con la mentira que aflora, como norma de vida, que coordina la circunstancia del engaño y la muerte en algunos de sus cuentos. Así Arnulfo Arias.



 


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