La vida en grande de Arnulfo Arias
Víctor Bustamante
En Arnulfo Arias se conjuga una palabra que es una actitud ante la vida:
viajar. El viaje lo embarga, y lo embarca a la lejanía,
no le crea incertidumbre, sino totalidad, pero no es para escapar, no es
evasión; es el deseo de comprobar que el mundo, los mapas, sus calles, las
ciudades antiguas y modernas, las fachadas de las casas, las diversas religiones,
y sobre todo, las costumbres definen cada uno de sus pasos en ese transcurso. De
ahí, que ese ser disperso por tantos lugares que al viajar se conoce, se planta,
pero en su parcialidad siempre riñe por algo inusitado: su supervivencia. De
ahí que conversar con Arnulfo, después de cada viaje, es saber que la totalidad
de este mundo es aprehendida con sus palabras. En él, viajar no es huir, tampoco
es turismo, pero sí es certeza, sí interiorizarse, ansias de saber, de conocer:
comerse el mundo a dentelladas. A veces visita un zoco religioso en la India, o
un castillo que lo deslumbra en Transilvania o a más de eso persiste la
plenitud de su vida en Río de Janeiro, y de las favelas, que las ha vivido en
toda su dimensión de belleza y miseria, donde indagó y padeció el esplendor de la carne en medio del hambre y del
mundo encriptado en el círculo vicioso del eterno retorno de la desventura como
norma de vida.
Aún tengo presente una historia que me había relatado en los dias de cine
del Instituto Goethe, cuando se fue para Nueva York, donde unos colombianos,
amigos cambiantes que, cuando Arnulfo llegó de visita le exigieron salir con
ellos desde la madrugada a la ciudad; ellos al trabajo y Arnulfo a merodear Nueva
York, y así caminó sus calles y sus paisajes secretos, lejos de los colombianos
que lo invitaban a no quedarse en casa, ya que allí guardaban bajo el colchón sus
ganancias de trabajo y de esa manera evitaban las posibles tentaciones por los
dólares ajenos del visitante.
Pero si viajar trae sus pequeñas felicidades, así Cavafis nos reproche cuando
poetiza ese ser interior que nos habita, que señala y reclama su lugar de
origen. También es cierto que escribir es un viaje, sí, un viaje con retornos y
huidas, con pausas y con diatribas, que se resumen en un libro. Y es precisamente
de ese libro, su libro, La vida en
grande, (Impacto editorial, 2008), el cual atrae por una de esas razones,
el concepto del viaje, no solo en la memoria, sino a su origen, Riosucio.
Arnulfo no se previene para viajar, es más, parece que lo necesitara como
materia de investigación no solo para corroborar como el ser humano siempre en
cualquier parte del mundo es similar, tentado por las mismas aquiescencias y
diatribas, sino que el interior del viajante necesita comprobarlo para saber
que viajar no es un proceso de aniquilación sino de certeza. Esa certeza que a
veces alegra en apariencia al respirar nuevos veranos, pero también se corrobora, como plantea Cavafis, que somos
iguales en cualquier rincón del planeta, que solo nuestro carácter es lo que hace
visible y notorio esta estrategia del viaje. De todas maneras los relatos de
Arnulfo poseen esa materia que los funde con su creatividad, ya que él ha narrado
lo que otros no vieron, de ahí que estos se encuentren imbuidos de recuerdos,
como los cuentos sobre Riosucio, esos cuentos que son materia de su memoria en
este caso un regreso, y qué es un regreso, sino ese viaje al centro de la
memoria para denotar que esos eventos no se deberían olvidar, sino que hacen
parte de esa síntesis de lo cotidiano que nutre la historia de un pueblo tan
valioso como Riosucio. Como parte de esos pueblos que se resisten a olvidar sus
orígenes, esos orígenes que desplegarán sus frutos, así como esos orígenes serán
rescatados de esos recovecos de la memoria. De ahí que esos momentos que quedaron
para el autor los recupera del rincón de la historia para contarlos, para dar
una versión de Riosucio muy personal y no dejar que esos eventos pasen al archivo
común de la oscuridad y del olvido. Sexo, muerte, asesinatos, faltonerías,
mujeres extravagantes y hombres traviesos, calles que los inscriben, cenáculos
donde pernoctan. Así, Arnulfo los reconstruye en
estos viajes nunca metafísicos en los cuales alardeará de una manera total, ya que
él estuvo allí y no quiere que esa materia se olvide, que pase injustificada al
despeñadero de la oscuridad porque precisamente el autor lo recobra, lo cuenta,,
y nos causa ese desparpajo porque así sabemos que Riosucio no solo posee una
ceremonia con el diablo, sino que Arnulfo, al recobrar esos eventos de su infancia,
hace apetecible otra forma de la historia y es que, aunque no está escrita en los anales, podríamos
decir oficiales o de escritores que no la vivieron, por esa razón el autor hace
presencia y nos dice, aquí vi estos personajes y sobre ellos he escrito eso sí
con la certidumbre de decir que lo hace para que no se olvide su presencia, ni la de esos personajes,
ya que Arnulfo al sacarlos de las gavetas oscuras del tiempo arrasador les da
un lugar.
El escritor siempre tiene presente eventos que lo han marcado con fuego, de
ahí que su estadía en Brasil lo haya llevado a vivir en las favelas, sí esas
favelas, donde se inmiscuyó en ellas, de tal manera, que tuvo amoríos con una
mujer feísima, de cuerpo estilizado, negra, faltona, llena de desparpajo que lo
dejó marcado, para siempre con las huellas placenteras a fuego al abandonarlo. Allí
Arnulfo ha sido testigo de ese hábitat cubierto de mala prensa donde la pobreza
en términos totales obliga a sobrevivir. Arnulfo da ese paso hacia esa perspectiva
que él vivió en esos lugares,, nunca santos y que le han servido para redefinir
eso que llamamos amor. Allí participó no como espectador tibio, sino como involucrado
en un rito, la macumba, para casarse en una ceremonia oscura, poseído por el
don de la trampa almibarada y certera del amor en tierras extrañas.
En Arnulfo no existe la angustia de estar solo durante el viaje de la escritura.
Todos sabemos que escribir es el viaje más oneroso, más atrabiliario y más
profundo, ya que él no se deja delimitar, por el contrario, busca la vida de
esos lugares en personas nunca de renombre, sino sencillas donde observa una verdadera
definición sin maquillaje del lugar visitado. Escribir para él se convierte en
una actividad que honra, nunca de turismo con manuales, sino que él va al
fondo, a la parte que no se habla y que en él brilla. En él brillan, esas zonas
oscuras en sus diversos relatos, no sólo por esas razones sino por otras más
profundas y desconocidas.
Así, escribir para él, es percibir esa cosa escondida que no vemos sobre la
superficie, que lo apabulla y le causa curiosidad; una curiosidad inmediata que
lo lleva a ahondar y casi a abandonarse de una manera pragmática en esa
corriente oculta que cruza cada día, cada ceremonia, cada diálogo; síntesis de
cada viaje y que lo lleva a contarnos ese magnifico cuento en Brasil, sobre la
macumba, donde en una ceremonia subterránea, se entrega a los abrazos impuros
de la traición inesperada.
De ahí que, en La vida en grande, estas expresiones del viaje, de sus viajes, retrotraen una certeza incuestionable ya que evocan la atracción y la curiosidad, donde destella el intenso rayo que no cesa del deseo, la pasión detrás de la escena sin libreto de la vida cotidiana que se desencadena. Ya sea con la faltonerías, ya sea con la mentira, ya sea con el engaño o con la trashumancia de los llamados sentimientos interesados en otras circunstancias donde le teatralidad se pavonea cruda con la mentira que aflora, como norma de vida, que coordina la circunstancia del engaño y la muerte en algunos de sus cuentos. Así Arnulfo Arias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario